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¡Un grito que estremece, Vallese no aparece!

NOTAS EN ESTA SECCION
"¿Puede desaparecer una persona?"
Una foja de servicio coherente
Felipe Vallese
En la calle Canalejas...
Felipe Vallese, primer desaparecido político peronista
Requiem por Juan Ingallinella

"¿Puede desaparecer una persona?"

Por Alejandro Incháurregu, Fundador del Equipo Argentino de Antropología Forense

Felipe Vallese desapareció a los 22 años, en el año 1962. Era obrero metalúrgico y delegado del establecimiento donde trabajaba, la fábrica TEA. Consecuencia casi obvia de ello, militaba en un grupo juvenil de la resistencia peronista. El 23 de agosto de ese año, junto a un grupo de militantes, fue secuestrado en Capital Federal por un grupo de la Unidad Regional de San Martín. Para entonces, no se pedía zona liberada: simplemente se operaba.

Luego del silencio inmediato, la versión sobre la desaparición de Vallese trasciende. El diario El Mundo publica el 25 de agosto el siguiente artículo, titulado “Como en Chicago”: “Rarísimo el suceso en Flores Norte, que la policía dice ignorar. Frente al 1776 de Canalejas, a las 23.30 del jueves, un hombre fue secuestrado. Desde hacía varios días había autos ‘sospechosos’ en las inmediaciones. Una estanciera gris frente a aquel número, un Chevrolet verde en Canalejas y Donato Alvarez y un Fiat 1100 claro en Trelles y Canalejas. Dentro de ellos, varios hombres y otros en las inmediaciones de los coches. A la hora citada, el automóvil de Donato Alvarez hizo guiños con los focos señalando el avance del hombre. Le respondieron y todos convergieron sobre él. Se le echaron encima y lo golpearon. Y pese a que se aferró con manos y uñas al árbol que está frente al número señalado, lo llevaron a la estanciera gris que partió velozmente, con las puertas abiertas. Los gritos de desesperación que habían comenzado con la agresión poblaban la noche y atrajeron a todos los vecinos que, alarmados, dieron otro tono a la cuadra. Todos corrieron. Algunos quisieron acercarse, un hombre armado, pistola 45 en mano, los detuvo. ‘Esto no es para ustedes, piénsenla si no quieren ligarla.’ Y se tuvieron que ir, viendo, inermes, cómo en plena ciudad se raptaba un hombre”.

Junto a Vallese, fueron secuestrados su hermano mayor Italo, Francisco R. Sánchez, Osvaldo Abdala, Elba R. de la Peña, Rosa Salas, Mercedes Cerviño de Adaro, Felipe Vallese (h) de 3 años de edad y dos niñas de 8 y 10 años, hijas de una de las detenidas. Todos fueron sometidos a las consabidas torturas mientras repiqueteaba la pregunta “¿Dónde está Rearte?”. Como la emblemática pregunta “¿Dónde está Tanco?” de la Operación Masacre de 1956, a Vallese lo interrogaban por el militante de la Juventud Peronista Alberto Rearte. Su hermano Italo lo vio destrozado. En la golpiza, Vallese debe haber muerto y su cuerpo ocultado. Felipe Vallese nunca apareció, ni vivo ni muerto.

Las denuncias fueron masivas y desde el sindicalismo corrieron especialmente por cuenta de los dirigentes metalúrgicos Augusto T. Vandor y Rosendo García con el asesoramiento letrado del Dr. Fernando Torres.

Diez días después la evidencia y los testimonios de los detenidos luego blanqueados fueron aplastantes. La patota de la Unidad Regional de San Martín había estado comandada por el oficial principal Juan Fiorillo. El intento oficial de desmentir los sucesos se expresa en un comunicado formal del jefe de Policía Bonaerense que, releído luego de 40 años, suena como un lugar común: “Detenidos el 23 de agosto de 1962 en la localidad de José Ingenieros, partido de Tres de Febrero, por una comisión del servicio de calle de la Unidad Regional de San Martín, cumpliendo directivas de la superioridad para la prevención y represión de actividades subversivas y disolventes, al mando de Juan Fiorillo”.

Así, la policía no incluía a Felipe Vallese entre los detenidos y quitaba la Capital Federal como escenario del crimen. Un impensado elogio a lo mejor de Vallese surge del mismo comunicado de la policía: “Los detenidos tenían abundante propaganda peronista-comunista, panfletos cuyos títulos decían ‘Contra los préstamos del F.M.I. que atentan contra la soberanía del país’ y ‘No queremos préstamos que engorden a los enemigos del pueblo’. Firmados: Juventud Peronista”.

Suceden las gestiones públicas y judiciales y no se esclarece la suerte corrida por Vallese. Diez meses después, en junio de 1963, La Fraternidad publica una solicitada reclamando por la aparición de Vallese. El gran título es premonitorio para la década siguiente: “¿Puede desaparecer una persona?”. El final del texto, luego de reclamar enfáticamente por la aparición de Vallese, dice “medite quien lea este alegato: mañana puede tocarle ‘desaparecer’”.

El caso de Felipe Vallese es paradigmático por los elementos que lo componen: las consignas políticas que como militante reivindicaba, su condición de víctima de desaparición forzada e involuntaria, la impunidad de la Bonaerense, la aterradora precisión de quienes reclamaban por una desaparición y la infinita lucha por mantener la memoria del desaparecido.

La lucidez de Paco Urondo debe haber advertido todas las dramáticas aristas y matices que hacen a esta historia. Por eso su novela Los pasos previos incluye el caso Vallese. Sin saberlo, describió en él a otros miles que, como un eco, se repitieron interminablemente.

[Imágen: Felipe Vallese, obra de Carlos Terribili]


Una foja de servicios coherente

El comisario Juan Fiorillo fue arrestado el martes (29/05/06) por su responsabilidad en secuestros y torturas de la comisaría quinta de La Plata. Estuvo implicado en el caso de Felipe Vallese. Está acusado de llevarse, en un operativo, a una beba que sigue desaparecida.

Por V. G., Página/12, 01/06/06

No hay duda de que se trata de un hombre consecuente. Fue identificado como el secuestrador del primer desaparecido por razones políticas del país, el obrero metalúrgico y militante de la juventud peronista Felipe Vallese, apresado el 23 de agosto de 1962. Fue integrante de la Triple A y la última dictadura le ofreció la oportunidad para moverse como un pez en el agua. Actualmente está señalado como responsable de más de cien casos de privación ilegal de la libertad y torturas y de llevarse personalmente envuelta en una frazada a Clara Anahí Mariani, una beba de cinco meses que sigue desaparecida. Se llama Juan Fiorillo y estuvo libre hasta el martes, cuando fue arrestado por orden del juez Arnaldo Corazza. Ahora está preso en su casa.

Felipe Vallese fue secuestrado el 23 de agosto de 1962 en la calle Canalejas (actualmente Felipe Vallese), por una patota de la Unidad Regional de San Martín. Tenía 22 años y su cuerpo nunca apareció, aunque fue visto en la comisaría de San Martín y en Villa Lynch y se sabe que fue torturado.

Fiorillo tenía 31, era jefe de la Brigada de Servicios Externos de la Unidad Regional de San Martín y comenzó su carrera represiva como el primer desaparecedor de personas. Pero no es por este caso que fue detenido el martes, sino por el prontuario que acumuló durante la última dictadura, aunque en ese entonces sus acciones se tradujeron en felicitaciones en su legajo personal.

Fiorillo estuvo un tiempo detenido por el crimen de Vallese y al recuperar la libertad se integró en la Triple A. En enero de 1976 estaba destinado a la Dirección General de Investigaciones con el grado de comisario inspector, pero sólo dos meses después del golpe de Estado fue ascendido a jefe del Departamento de Coordinación General de esa repartición. Terminó convirtiéndose en mano derecha de Miguel Osvaldo Etchecolatz, que era su superior inmediato.

Entre 1977 y 1978 trabajó –primero como segundo jefe y después como titular– en la Unidad Regional de La Plata. Esa dependencia tenía a su cargo las comisarías de la zona, entre ellas la quinta de la capital bonaerense, donde funcionó un centro clandestino de detención. Pero más allá de su responsabilidad mediata en desapariciones y torturas, varios testimonios dan cuenta de la participación directa de Fiorillo en esos crímenes.

En el Juicio por la Verdad de La Plata, el policía Lino Ojeda aseguró que Fiorillo era el jefe del grupo de tareas que ingresaba y sacaba a los detenidos encapuchados en coches sin patentes y que tenía su oficina en esa misma dependencia. El ex chofer de Etchecolatz, Hugo Alberto Guallama –que actualmente está procesado–, envió una carta a la Justicia, que luego ratificó personalmente, en la que narró detalles sobre la participación de Fiorillo en el secuestro de Clara Anahí Mariani, de cinco meses. La niña, hija de Daniel Mariani y Diana Teruggi, desapareció el 24 de noviembre de 1976, luego de que un operativo de las fuerzas conjuntas atacara la casa de sus padres, donde funcionaba una imprenta clandestina.

Diana Teruggi fue asesinada ese día; Daniel Mariani, que no estaba en la vivienda, unos meses después. Clara Anahí sobrevivió al ataque, pero hasta hoy no hay noticias acerca de su paradero. “Me informaron que duró el tiroteo entre cinco y seis horas, que a poco de iniciado se hizo presente el coronel (Ramón) Camps con su equipo de confianza (...) De los jefes superiores sé que estuvieron presentes Etchecolatz, González Conti, Forastiero y Fiorillo. De este último, de haber desaparecido una menor, sería el responsable, pues lo vieron cargar un bulto en su coche envuelto en una frazada”, aseguró en su declaración Guallama.

Fiorillo también está involucrado en el homicidio de Edgardo Sajón. El ex policía Carlos Hours dijo en el Juicio a las Juntas que el comisario era uno de los hombres que estaba en la escuela Juan Vucetich cuando asesinaron al secretario de Prensa del dictador Alejandro Agustín Lanusse.

En septiembre del año pasado, el fiscal Sergio Franco, a cargo de la unidad especial que interviene en las causas del terrorismo de Estado en La Plata, solicitó la detención de Fiorillo. Este martes, el juez Arnaldo Corazza concretó el arresto. El represor, que era dueño de una agencia de seguridad privada que fue clausurada por el Ministerio de Seguridad de la provincia, fue apresado en su casa de Villa Adelina. Durmió una noche en la DDI de La Plata y luego volvió a su vivienda, ya que como tiene 74 años logró que se le concediera el beneficio del arresto domiciliario.


Felipe Vallese

Por Daniel Brión

Felipe Vallese (1940-1962), militante de la JP, es el primer detenido-desaparecido de la historia contemporánea argentina. Fue secuestrado el 23 de agosto de 1962 y visto brutalmente torturado en una comisaria de Villa Adelina.

Un poco de Historia

La ofensiva política de 1958: Felipe Vallese, mártir de la JP.

El gobierno de Frondizi se caracterizó por la inestabilidad institucional sometida a sucesivas crisis y planteos militares, por las constantes huelgas gremiales y de la CGT con que la clase trabajadora respondía al paulatino cercenamiento de sus derechos y por la respuesta gubernamental de creciente represión al movimiento peronista. La movilización militar de los trabajadores en paro y la aplicación del plan Conintes fueron los ejes de la respuesta instrumentada.

Llegado el año 1962 que sería el último de su mandato, su ministro del Interior Alfredo Vítolo, firmó un documento con los jefes militares garantizando que no se permitiría a Perón volver al país. Es que frente al inminente proceso electoral previsto para el 18 de marzo de ese año, había trascendido que la fórmula que el peronismo presentaría en la provincia de Buenos Aires iba a estar integrada por Andrés Framini como gobernador y Juan Perón como vice. A fin de aquel mes de enero, Vítolo anunciaba que el gobierno rechazaría la candidatura de Juan Perón. Paralelamente el juez electoral Leopoldo Isaurralde de abierta filiación frondicista declaraba que Juan Perón no podía ser candidato por no tener residencia, no estar en el padrón y ser un fugitivo de la justicia. Para que nada quedara librado al azar, el cardenal Antonio Caggiano, recordaba que la excomunión estaba en vigencia.

El 10 de marzo Frondizi pronosticó en conferencia de prensa que los ciudadanos iban a dar las espaldas a Perón en las elecciones y acusó al peronismo de impedir la pacificación.

Contra la alquimia y la aritmética gubernamental, el pueblo de la provincia de Buenos Aires, eligió aquel 18 de marzo como gobernador a Andrés Framini, quien finalmente había ido acompañado por Marcos Anglada como vice-gobernador, quienes concurrieron bajo las siglas de la Unión Popular. El pueblo no había dado la espalda a Perón y por el contrario hería de muerte al gobierno de Frondizi.

Fue este el hecho político más importante producido por el peronismo desde 1955. El triunfo de Framini fue la más palmaria demostración que el peronismo seguía siendo mayoría, que su voluntad era inquebrantable y que no estaba dispuesto a presentarse "manicurado" para ser aceptado. Por el contrario, Perón había elegido a un dirigente obrero, un histórico peronista, para encabezar aquella fórmula.

Las fuerzas armadas reclamaban la proscripción del peronismo, un nuevo gabinete y la expulsión del país de Rogelio Frigerio. Aramburu por su parte, "aconsejaba" la renuncia de Frondizi y el comandante del Ejército general Raúl Poggi le pedía efectivamente la renuncia.

El día 27 el presidente declara "no me suicidaré, no renunciaré y no dejaré el país". Dos días después frente al movimiento de tropas, renuncia, y es arrestado en Olivos y trasladado a Martín García. El día 30 de marzo asume José María Guido como presidente de la Nación, hasta entonces, presidente del Senado. El gobierno títere de Guido, no es más que una fachada tras la cual gobiernan los militares.

El 24 de abril, el nuevo presidente anula las elecciones ganadas por el peronismo: Andrés Framini había anunciado que el 1º de mayo asumiría la gobernación y pese a la anulación concurre acompañado por altos dirigentes a la casa de gobierno provincial, labrando un acta. Las provincias donde el peronismo o los partidos neoperonistas había triunfado eran las siguientes: Buenos Aires, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Chaco, Misiones, Río Negro y Neuquén.

El 24 de julio por un decreto del Poder Ejecutivo queda prohibido el proselitismo peronista, la exhibición publicitaria de fotografías y marchas. Nuevamente, bajo otro rótulo, reaparece el decreto 4161.

El mes de agosto se inicia con una huelga general de 48 horas decretada por la CGT. Este mes, más precisamente el 23 de agosto, se produce un hecho que conmueve al movimiento peronista: es secuestrado el obrero metalúrgico y dirigente de la juventud peronista Felipe Vallese. El reclamo por su vida se convierte en bandera de lucha: "un grito que estremece, Vallese no aparece"

Felipe Vallese tenía 22 años y era delegado desde 1958 en la fábrica TEA S.R.L., paralelamente con su actividad gremial tenía una intensa actividad militante en la Juventud Peronista. Era integrante del grupo de Corrientes y Esmeralda y había secundado a Gustavo Rearte en el copamiento del puesto de la aeronáutica en Ezeiza. Sin embargo, no es secuestrado por la policía de la provincia de Buenos Aires por su propia actividad, sino buscando a su amigo Alberto Rearte. Se trató de un procedimiento ilegal en jurisdicción de la Capital Federal y Vallese fue secuestrado frente al número 1776 de la calle Canalejas. La justicia a instancias de su familia y de la UOM reconstruyó el camino hacia la muerte de Felipe Vallese hasta la comisaría de Villa Lynch donde desaparece después de ser terriblemente torturado. Su cuerpo jamás apareció pero su nombre desde entonces simboliza lo mejor de aquella juventud que no reparó en peligros por la defensa de sus ideales. Hoy, la calle Canalejas lleva su nombre y así también se denomina el salón de actos de la CGT en su sede de la calle Azopardo 802 de la Capital Federal.

Paradojalmente el asesinato de Vallese no hizo retroceder a la J.P., sino que por el contrario, su ejemplo actuó como un enfervorizador de las conciencias. En el mes de agosto del año 1963 una acción propagandística de uno de aquellos comandos juveniles sorprende al país: el robo del sable del General San Martín del Museo Histórico Nacional donde estaba en custodia. El hecho tuvo una repercusión espectacular y el grupo que se lo había llevado del cual era responsable Osvaldo Agosto, exigía para su devolución el retorno del general Perón, la libertad de los presos políticos y la devolución del cadáver de Evita. La operación fracaso por la confesión de una persona que conocía el hecho y que cayera presa en otras circunstancias. Pero el efecto había sido logrado.

La represión, por su parte no se quedaba atrás y ampliaba sus círculos: 84 personas de filiación nacionalista fueron detenidas en Buenos Aires por realizar un homenaje a Juan Manuel de Rosas. En Posadas se detiene a otros veinte acusados de formar parte de una conspiración "peronista/comunista". También es clausurado el Teatro La Máscara y poco después, la agencia Télam.

Aquella acción represiva no era mayor, porque los militares estaban empeñados en enfrentarse violentamente entre sí: en septiembre de 1962, se habían producido los primeros choques entre "azules" y "colorados", los que se repitieron en el año siguiente.

El peronismo seguía siendo "el hecho maldito" de la política argentina. A esta altura, parecía -y así fue- que no alcanzaban las leyes para prohibirlo, declararlo fuera de la ley e intentar borrarlo del mapa. En noviembre de 1962 se dicta el Estatuto de los Partidos Políticos que excluye al peronismo. Como si fuera poco, en febrero de 1963 se firma un decreto ley que proscribe el peronismo en las elecciones del 23 de junio cuya convocatoria ha sido anunciada por el comandante en jefe del ejército general Juan Carlos Onganía. El odio gorila no cesaba, la comisión liquidadora de los bienes de Juan Domingo Perón (Dto. 8124/57) distribuye lo recaudado entre varias entidades. El 10 de abril, se dicta una nueva reglamentación del decreto ley 7165 que prohibe la exaltación del peronismo: la marina ha hecho un planteo por la participación neoperonista en las elecciones. El 17 de mayo de ese mismo año, por decreto se prohibe al Partido Unión Popular, pese a tener personaría legal, el presentar candidatos a presidente y vicepresidente. Como si todo fuera poco, el 18 de junio, por otro decreto, se prohiben todas las candidaturas del partido Unión Popular.

Paralelamente y tratado de divorciar al movimiento obrero de su expresión política, el movimiento peronista, el gobierno títere de Guido permitió que en enero/febrero de aquel año se celebrara el anhelado Congreso Normalizador de la CGT, en el que estuvieron representadas 100 organizaciones sindicales de primer y segundo grado, eligiendo como secretario general a José Alonso del gremio del vestido, uno de aquellos dirigentes de relevante actuación antes de 1955, habiendo sido diputado y director del diario "la Prensa" cuando quedó en manos de la central obrera.

El Congreso Normalizador, liderado y homogeneizado por las 62 Organizaciones, criticó en su declaración final el decreto de Seguridad del Estado promulgado por el nuevo gobierno y exigió la libertad de los detenidos y condenados por cuestiones políticas, el esclarecimiento de los secuestros y la investigación de las torturas. También reclamó la aparición con vida de Felipe Vallese. Se iniciaba una etapa de gran vitalidad política de la CGT y de enfrentamiento con el gobierno. Las 62 Organizaciones, lideradas por la UOM, cuyo secretario era Augusto Vandor, comprendieron que se estaban creando las condiciones en el país para una nueva contraofensiva del peronismo.

Para las anunciadas elecciones nacionales, hasta ese momento se perfilaban como posibles candidatos Vicente Solano Lima-Carlos Sylvestre Begnis, por el Frente Nacional y Popular y Raúl Matera-Horacio Sueldo por el partido Demócrata Cristiano. Matera es proscripto, y finalmente tampoco se presenta Solano Lima-Begnis, y Juan Perón da órdenes de votar en blanco.

El 24 de julio el Colegio Electoral elige presidente de la República a Arturo Illia y como vice presidente a Carlos Perette de la Unión Cívica Radical del Pueblo quienes en las elecciones sólo alcanzaron el 24,9% de los votos. Su escasa base popular y la proscripción del peronismo harían que su gobierno tuviera pies de barro: en dos años y ocho meses los militares volverían al poder.

No es de extrañar que ese álgido 1963, se cerrara con una violenta represión a la masiva concentración celebrada en plaza Once, el día 17 de octubre, en que el Cuadriunvirato que dirigía como comando táctico, el peronismo, diera a conocer por boca de Andrés Framini, una declaración, en la que se exigía "Derogación de toda legislación represiva y de los decretos que establecen proscripciones o cualquier forma de discriminación. Inmediata convocatoria a elecciones generales en todo el país para que el pueblo pueda elegir libremente y sin condiciones, todos los cargos electivos, desde Presidente para abajo. Regreso inmediato e incondicional a la Patria del Jefe del Movimiento Peronista, compañero Juan Domingo Perón. Restitución de los restos de la compañera Eva Perón. Estas exigencias políticas iban acompañadas con un programa de propuestas económicas y sociales y se declaraba el "estado de movilización popular, como método revolucionario para la conquista de los objetivos enunciados".
IMEPU

Fuente: Instituto por la Memoria del Pueblo
imepu@hotmail.com
www.lucheyvuelve.com.ar
[Imágen: Andrés Framini en acto de campaña]


En la calle Canalejas... Crónica del secuestro de Felipe Vallese

Ayer se cumplió un nuevo aniversario del secuestro y desaparición de Felipe Vallese. Este fue el segundo caso de un militante detenido-desaparecido antes de que esa figura delictiva fuera puesta en práctica masivamente por la dictadura militar del ´76.

En la calle Canalejas, frente al número 1776, un hombre joven se abraza desesperado a un árbol. Siete personas armadas tironean de él, lo golpean y, por fin, logran separarlo del árbol y lo meten en Fiat 1100, que parte raudo, dobla por la calle Trelles y se pierde.

Ese hombre se llama Felipe Vallese, tiene 22 años, un hijo de tres, es delegado gremial en la fábrica metalúrgica Tea, militante de la Juventud Peronista y nunca más aparecerá.

Un periodista, Pedro Leopoldo Barraza, en un trabajo de inspiración walsheana, hará una prolija investigación de este secuestro, que publicará en ocho entregas en los periódicos 18 de Marzo y en su sucesor, Compañero. Este semanario es dirigido por el médico Mario Valotta, y expresa la línea del Peronismo Revolucionario que lidera Gustavo Rearte.

El trabajo de Barraza denunciará una serie de encubrimientos policiales, judiciales, omisiones y falsedades que son solo el preanuncio de lo que después, 14 años después, serán la moneda corriente, perfeccionada y instalada como doctrina de guerra.

Vallese es secuestrado porque la Policía de la Provincia estaba detrás de los rastros de Alberto “Pocho” Rearte, y estaba detrás de Rearte porque pensaba que había tenido que ver con la muerte de dos sargentos de esa fuerza, en la calle Gascón en la Capital Federal. Pero en realidad lo que había sucedido es que la policía provincial había allanado esa vivienda, detrás de una supuesta célula peronista revolucionaria. Y la Federal, que no estaba enterada, intenta a su vez copar el lugar: en el consiguiente tiroteo, quedan muertos los dos policías provinciales. Para encubrir éste hecho, inventan la responsabilidad de Pocho Rearte, hermano de Gustavo.

Felipe es conducido a la comisaría 1º de San Martín, ya herido en la cabeza cuando intentó resistir el secuestro. El oficial Juan Fiorillo lo tortura personalmente. Luego es llevado a la comisaría de Villa Lynch, ya en muy mal estado, lo que no impide que lo sigan torturando con picana eléctrica y golpes. Consigue sacar, por intermedio de un preso común que sale en libertad, un papel de cigarrillos donde anota su nombre, y el número de teléfono de la UOM y de la fábrica. Fernando Torres, abogado de la UOM, pide al juez federal de San Martín el allanamiento de la subcomisaría, pero el magistrado se limita a pedir informes, que son negativos: ninguna fuerza –ni la Federal ni la policía de la Provincia- reconocen tener a Vallese, a su hermano Italo y a tres personas más detenidas en los procedimientos. Ante la fuerte campaña iniciada por los compañeros de Vallese, el 3 de septiembre la policía da a conocer un comunicado en donde reconoce haber detenido a un grupo de personas en José Ingenieros, acusadas de poseer armas y panfletos. Pero Felipe no está entre ellos. Presumiblemente, ha muerto en manos de sus captores. Su cuerpo nunca aparecerá.

En mayo de 1971, el juez en lo penal de La Plata, Rómulo Dalmaroni condena a 39 policías a tres años de cárcel por privación ilegítima de la libertad, por el secuestro de Felipe Vallese. Lo ridículo de la pena –porque no se considera la figura de homicidio- fue conseguido, en parte, por el trabajo investigativo de Barraza. No obstante, fue demasiado para Fiorillo, que muy pocos años después se la cobra con creces: el 13 de octubre de 1974 son asesinados por las 3 A Pedro Barraza y su compañero Carlos Ernesto Laham, en Villa Soldati. Barraza ya no militaba más, y su último trabajo fue como interventor en Radio del Pueblo. No caben dudas de que le estaban cobrando el caso Vallese, que había molestado a tantos policías.

Fiorillo, alias El Tano, alias Sarachu, lugarteniente de genocida Camps, fue reconocido por ex detenidos como de relevante actuación en los campos de concentración de El Vesubio, El Banco y Omega. Actualmente tiene una agencia de seguridad privada.

En la ex calle Canalejas –hoy se llama Felipe Vallese- persiste todavía el árbol donde se aferró Felipe defendiendo no sólo su libertad, sino la de todos. Pero la placa que sus compañeros pusieron para recordarlo ha sido robada, tal vez por personas que, sin trabajo, recorren las calles en busca de algo de valor para poder sostener su vida y la de sus hijos.

Fuente: Agencia Rodolfo Walsh


Felipe Vallese, primer desaparecido político peronista

Por Roberto Bardini

Bajo el título Como en Chicago, el diario El Mundo publicó el 25 de agosto de 1962 lo que sigue:

Felipe Vallese - Un libro de Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde [Introducción]

El 23 de agosto de 1962 con el secuestro de Felipe Vallese a manos de la policía comienza el punto crítico de esta historia, el desencadenante dramático con su elemento simbólico: Felipe asido al árbol de la calle Canalejas, intentando inútilmente aferrarse a la libertad y a la vida, hasta que sus captores logran violentamente arrancarlo. Se pone en marcha entonces el círculo del horror: golpes-interrogatorio-torturas-indignación ante su silencio-golpes-interrogatorio-torturas, y así reiteradamente hasta cerrar el círculo, hasta que definitivamente terminan con la vida de Felipe, destrozado con puntillosa saña.

Un brutal hecho político y un nombre que queda como marca imborrable.

¿Cómo se llegó a aquel 23 de agosto? ¿Qué ocurrió después?

El libro que hoy se reedita conjuntamente con este trabajo fue escrito por Rodolfo Ortega Peña y por mí en 1965, al cumplirse tres años del secuestro, como parte de la batalla contra la impunidad de los autores del crimen. Texto que con el paso del tiempo se ha convertido en indispensable para conocer los detalles de las actuaciones judiciales impulsadas a fuerza de protestas, denuncias y movilizaciones, ya que a 37 años de su primera edición sigue siendo el único ensayo específico sobre el tema. 1.

Magra producción reflexiva para la gravedad del hecho por parte de una sociedad que entendió muy tarde, con mucha sangre y dolor, lo que Eduardo Pavlosvky 2 resume de este modo: -El olvido forma parte necesaria de una de las condiciones para la producción de un tipo de subjetividad que fabrica complicidad permisiva y que permite la construcción de nuevas máquinas de guerra, a veces desembozadamente represivas, y otras, formando parte de una maquinaria cada vez más sutil de control social. Recordar, en cambio, es ejercer estrategias de acción para la denuncia y desarme de esas mismas maquinarias. No es un problema de psicología social. Es un problema de tácticas y estrategias de acción política. Porque no se trata sólo de recordar el pasado. Se trata de denunciar el futuro represivo que se avecina con sus nuevas máquinas en gestación.3

La historia del secuestro, crimen y desaparición de Vallese, está narrada en esa pequeña obra de dos jóvenes abogados. Lo que no está en ella aunque sí, ínsita, es la historia del contexto político resistente de esos siete años transcurridos desde la caída del gobierno popular de Juan Perón, hasta el secuestro de Felipe. Tampoco está narrado cómo se fue generando en esos años y al calor de la lucha una nueva generación de la juventud peronista de la que Felipe Vallese fue mártir y símbolo, que se iría reproduciendo por millares hasta que la dictadura genocida del 76 llegara para aniquilarla.

Igualmente por su contemporaneidad, en el libro no hay registro suficiente de la forma en que se llevó adelante la investigación del caso, del papel cumplido por el periodista Pedro L. Barraza y sobre la repercusión de nuestro ensayo, ni cómo continuó con posterioridad la causa judicial hasta la condena parcial de los autores.

Está sí el envés de la historia narrada con su dramaticidad constitutiva y perversa: la de la represión política del 55 en adelante y la específica relacionada con Vallese, incluidos los asesinatos de Barraza y Ortega Peña y los atentados contra quien esto escribe, hasta llegar a los campos de exterminio (Omega y el Banco) de Suárez Mason y Camps, que puede reconstruirse teniendo como hilo conductor la propia biografía de un frío criminal: el comisario mayor de la Bonaerense Juan Fiorillo, partícipe en todos ellos.

Conocimientos contrapuestos: el de la represión y el crimen por un lado, y el de la resistencia y lucha por los derechos fundamentales, por el otro. Contradanza dramática de la memoria y el olvido reglado como saberes en pugna.

Pero hay más: hoy es posible abordar con más detalles la breve pero intensa vida militante de Vallese; el paso del tiempo ya no pone en riesgo a sus compañeros y también analizar el discurso político que acompañó la denuncia del secuestro, y las polémicas en torno al papel de la dirigencia sindical.

Éste es el propósito del presente trabajo: dar respuestas tentativas a los interrogantes señalados, al amparo del privilegio que me otorga haber sobrevivido a esta historia represiva, y con la carga de responsabilidad que me cabe en ese largo camino recorrido por la militancia.

Eduardo Luis Duhalde

NOTAS
1 Durante el año 2001 intenté localizar la causa judicial ?Fiorillo, Juan y otros s/privación ilegítima de la libertad", es decir, las actuaciones del ?caso Vallese?, que deberían encontrarse archivadas en los tribunales de La Plata, sin que el expediente pudiera ser hallado. Las dos hipótesis más probables del ?extravío? son: 1. que el propio Fiorillo las haya hecho desaparecer cuando fue lugarteniente de Camps durante la dictadura genocida; 2. que dicho expediente se haya agregado a algún otro cuando en 1984 se iniciaron las investigaciones sobre la actividad criminal de Fiorillo, paralizadas luego por la aplicación de la leyes de Obediencia Debida y de Punto Final. Lo cierto es que será muy difícil que futuros investigadores puedan consultar aquellos documentos, que en buena parte están en el libro que hoy se reedita.
2 Pavlovsky, Eduardo, Micropolítica de la Resistencia, Denuncia de una represión futura, EUDEBA, Buenos Aires, 1999. pág. 55
3 Este trabajo se refiere a una época que, desde distintos abordajes he encarado en una serie de publicaciones cuyos conceptos aquí se resumen. Entre ellos: El retorno de Perón y las luchas de la Resistencia Peronista, ediciones Historia Viva, Bs. As. 1995. Peronismo y Revolución (el debate ideológico en los 60: una experiencia)? revista Confines N° 6, UBA, Bs. As. 1999. Estudio Preliminar a la Historia documental de las FAP y el PB, Ed. La Campana, Bs. As., 2002.

Rarísimo suceso en Flores Norte, que la policía dice ignorar. Frente al 1776 de Canalejas, a las 23:30 del jueves, un hombre fue secuestrado. Desde hacía varios días, había autos "sospechosos" en las inmediaciones. Una estanciera gris frente a aquel número; un Chevrolet verde en Canalejas y Donato Álvarez. Y un Fiat 1100 color claro, en Trelles y Canalejas. Dentro de ellos, varios hombres. Y otros, en las inmediaciones de los coches. A la hora citada, el automóvil de Donato Álvarez hizo guiños con los focos, señalando el avance del "hombre". Le respondieron, y todos convergieron sobre él. Se le echaron encima y lo golpearon. Y pese a que se aferró con manos y uñas al árbol que está frente al número señalado, lo llevaron a la estanciera gris, que partió velozmente con las puertas abiertas...

La información dice que varios vecinos, alarmados por los gritos, se acercaron al lugar. Un hombre armado con una pistola 45 los amenazó: Esto no es para ustedes. Píquenselas si no quieren ligarla . Se tuvieron que ir, pero avisaron a la policía. Al día siguiente, el reportero de El Mundo preguntó en la comisaría 50. Es la primera noticia que tenemos , le dijeron.

El secuestrado se llamaba Felipe Vallese, tenía 22 anos y trabajaba como obrero metalúrgico. Era peronista. Es el primer desaparecido político de Argentina.

Alumno, obrero y militante

Felipe nació el 14 de abril de 1940 en el barrio de Flores. Su padre, Luis Vallese, un inmigrante italiano, era dueño de una verdulería y había sido afiliado al MPE (Movimiento Peronista de los Extranjeros). El joven vivió una infancia dolorosa. Cuando aún era pequeño, su madre fue internada en una institución para enfermos mentales. El padre no se pudo hacer cargo de su educación y lo internó desde los nueve hasta los 13 años en una especie de orfanato en Mercedes, provincia de Corrientes. De regreso a Buenos Aires, Felipe y su hermano Ítalo ayudan a don Luis en el negocio. En un momento difícil de la situación económica familiar, el muchacho regresa a Corrientes y trabaja en las cosechas de algodón y lino.

En 1957, Felipe asiste a una escuela secundaria nocturna y se gana la vida como operador de máquinas en TEA (Transfilación y Esmaltación de Alambres) Al año siguiente, lo eligen delegado sindical. Tiene 18 años. En febrero del año 1958 desobedece, como varios otros compañeros, la orden de Perón de elegir a Arturo Frondizi para presidente y vota en blanco. Ese año participa de las movilizaciones estudiantiles en favor de la enseñanza laica y termina expulsado del colegio. También ese año va preso a la cárcel de Caseros, por organizar un paro. Vuelve a ser arrestado en enero 1959, por respaldar la huelga del frigorífico Lisandro de la Torre, en el barrio de Mataderos. Lo envían a un buque-cárcel de la marina junto con dirigentes más veteranos, como Sebastián Borro y Armando Cabo.

En abril de 1959, representantes de diversas agrupaciones juveniles peronistas realizan una asamblea general en el Sindicato de Empleados de Farmacia, cedido por Jorge Di Pascuale, el joven conductor del gremio, de 27 años. Del encuentro surge la Mesa Ejecutiva de la Juventud Peronista, integrada por Gustavo Rearte, Héctor Spina, Tito Bevilacqua, Tuli Ferrari y Felipe Vallese.

Cambio de guardia

A mediados de marzo de 1962, la Resistencia Peronista realiza atentados contra objetivos económicos en el interior del país, entre ellos el incendio de tanques de petróleo de la Shell en Córdoba. El gobierno de Arturo Frondizi aplica con intensidad el Plan de Conmoción Interna del Estado (Conintes). Más de 3 mil 500 personas son detenidas; en su mayoría, peronistas que han contribuido con sus votos al triunfo del presidente que ahora los persigue y encarcela.

Un solo abogado presenta dos mil quinientos habeas corpus : su nombre es Fernando Torres y está vinculado desde 1954 a la Unión Obrera Metalúrgica. Entre los jóvenes militantes apresados y condenados a prisión, se encuentran Dardo Cabo, Carlos Alberto Burgos, Gustavo Rearte, Tuli Ferrari, Héctor Spina, Jorge Rulli, Envar el Kadri y Felipe Vallese. Casi todos ellos, con el paso de los anos, se convertirán en figuras históricas de la Juventud Peronista, asociados a su etapa más combativa.

El constante uso de picanas eléctricas eleva el consumo de electricidad en las comisarías y los cuarteles. El diputado socialista Alfredo Palacios, a pesar de haber sido opositor a Perón, denuncia en el Congreso: Hoy también se tortura en el estado de derecho .

El 27 de marzo de 1962 los militares destituyen a Frondizi y lo mandan preso a la isla de Martín García. Dos días después colocan en la Casa Rosada al presidente del Senado, José María Guido, un oscuro legislador por Río Negro.

En la mira

Ítalo Vallese, hermano de Felipe, relata que el muchacho y otros militantes juveniles que se reunían en el Sindicato del Calzado, en la calle Yatay, eran vigilados por la Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE), poco conocida en aquellos años. Más se conocía a la Coordinación Federal, organismo político represor de la Policía Federal, que aplicaba como método de tortura contra los militantes peronistas la conocida "parrilla", que consistía en acostar a los companeros en los elásticos de hierro de las camas de aquellos anos, mojarlos y aplicarles la picana eléctrica.

El hermano hace la siguiente narración: El 23 de agosto de 1962, siendo aproximadamente las 23:00, Felipe sale de su casa. En Morelos y Canalejas (hoy Felipe Vallese) se despide de su hermano mayor, Ítalo. Se dirige por Canalejas hacia la calle Caracas. Al llegar a la altura de Canalejas al 1776, es interceptado por varios hombres. Se aferra a un árbol, tratando de aferrarse a la vida, como presintiendo que esta vez puede ser la última, como ya se lo habían advertido en otras oportunidades y pide ayuda. Para que se suelte, lo golpean. Logran reducirlo y lo introducen en una estanciera. Simultáneamente, en Plaza Irlanda, a pocas cuadras, otro grupo levanta a su hermano. Son trasladados a la comisaría primera de San Martín (provincia de Buenos Aires) y en días posteriores van siendo detenidos otros compañeros, compañeras y amigos de Felipe. En esta seccional son torturados y vejados. El 3 de septiembre recién se los "blanquea", bajo los cargos que Felipe poseía panfletos, libros y propaganda peronista. El caso toma estado público por la desaparición de estas personas. Dos jueces toman el caso, declaran falsas las acusaciones y después de tres meses de estar detenidos, torturados y humillados, son dejados en libertad. Pero Felipe Vallese no está entre ellos. Las informaciones que han podido anudarse permiten senalar que fue trasladado a un destacamento de José Ingenieros y luego a la comisaría de Villa Lynch. Es allí donde se pierde su existencia y se lo considera desaparecido. Se supone que murió en una de las sesiones de tortura .

Me han reventado

Un hombre es torturado; sucumbe, o lo rematan, o se suicida; se escamotea su cadáver: no hay cadáver, por consiguiente no hay crimen. A veces un padre, una esposa, pregunta; se le responde: desaparecido, y el silencio vuelve a cerrarse.

La frase pertenece a la escritora francesa Simone de Beauvoir y aparece al comienzo del libro Felipe Vallese - Proceso al sistema , patrocinado por la Unión Obrera Metalúrgica y publicado en agosto de 1965. Los autores fueron los abogados Rodolfo Ortega Pena y Eduardo Luis Duhalde, quienes contaron con la colaboración de Fernando Torres, asesor legal de la UOM.

El libro explica que el 7 de julio de 1962, poco más de un mes antes del secuestro, dos sargentos de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, fueron muertos en un tiroteo en un taller de baterías para coches. La policía señala como autor de las muertes a Alberto Rearte, de la Juventud Peronista. Lo buscan, y como saben que Vallese es su amigo también se dirigen a él.

Felipe está allí, en la primera de San Martín, en la que ha sido introducido por los fondos. Se queja de que "lo han reventado". Mercedes [Cerviño, otra detenida] le grita que siga hablando. Pero poco después, ante el silencio, comprende que Felipe se ha desmayado. Al rato, la policía se lo lleva del calabozo, al que ya no vuelve.

Tres precursores de los anos de plomo

El principal sospechoso de la muerte de Vallese es el oficial sub-inspector Juan Fiorillo, jefe de la Brigada de Servicios Externos de la Unidad Regional San Martín, que entonces tenía 31 anos. Él dirige el secuestro y las sesiones de tortura. Fiorillo tiene un hermano, oficial de Gendarmería, quien hace circular la versión de que Felipe es comunista y se ha fugado a Cuba . Uno y otro tendrán varios discípulos en las décadas del 70 y el 80.

El policía reaparece en 1974 como integrante de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A). Después del golpe militar del 24 de marzo de 1976, es lugarteniente del general Ramón Camps, jefe de la Policía de Buenos Aires. No pierde la costumbre: dirige el Comando de Operaciones Tácticas (COT) y tiene una oficina en la comisaría quinta, de La Plata, por donde pasan cientos de detenidos políticos. Con el apodo de Tano y Saracho es corresponsable del campo de concentración clandestino Omega, en la Capital Federal.

Fiorillo se retiró voluntariamente el 2 de diciembre de 1983 con el grado de comisario mayor, luego de ser jefe del Estado Mayor de la Policía. Era dueño de la agencia de vigilancia privada JF, en Vicente López, que fue clausurada en 2002 por el Ministerio de Seguridad de Buenos Aires.

Mientras la familia y los amigos buscan a Felipe, el ministerio del Interior informa a los medios de comunicación que el sumario administrativo arribó a la conclusión de que Vallese no estuvo nunca detenido en San Martín ni en ninguna otra dependencia subordinada a la jefatura de La Plata . El subsecretario del Interior es un abogado católico de 30 anos, que mucho tiempo después publicará varios libros, entre ellos Los pensadores de la libertad (1986) y Bajo el imperio de las ideas morales (1987). Se llama Mariano Grondona.

© Roberto Bardini
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Requiem por Juan Ingallinella

Por Roberto Bardini

Hace unos días, se publicó en este espacio mi artículo Vallese, el primer desaparecido. Debo retractarme: el título correcto debió ser Vallese, el primer desaparecido político peronista, (como indicaba la presentacion de la Nac&Pop). Porque antes hubo otro, de distinta filiación: el médico rosarino Juan Ingallinella, dirigente del Partido Comunista de Santa Fe.

El 17 de junio de 1955, Ingallinella fue detenido, torturado y asesinado por policías de civil. Su cadáver nunca fue hallado.

Lo paradójico es que el médico y sus camaradas santafecinos se opusieron -al menos a través de un manifiesto- al sangriento golpe militar que el día antes había intentado derrocar al presidente Juan Domingo Perón.


Quién fue
Ingallinella, nacido en 1912 e hijo de inmigrantes sicilianos, vivía y atendía a sus pacientes en la calle Saavedra 667, del barrio Tablada. En el consultorio exhibía un cuadro con la foto de Lenin. Su esposa, Rosa Trumper, era maestra.

Qienes lo conocieron, lo describen como una persona muy querida en el barrio.
Testimonios recogidos en la prensa de Rosario cuando se cumplieron 50 años de su desaparición, narran que no les cobraba a los pobres y les suministraba muestras gratis cuando no tenían para comprar medicinas. Incluso, les regalaba ropa y zapatillas. También atendía ad honorem en el Hospital de Niños de Rosario. Hay que reconocer que hoy no existen muchos médicos con estas características.

Además, Ingallinella era un militante que acumuló 20 procesos por desacato y resistencia a la autoridad.
En los últimos diez años de su vida fue el huésped más frecuente de la Jefatura de Policía en Rosario.

En 1943, el golpe militar que derrocó al presidente Ramón Castillo declaró ilegal al Partido Comunista. A principios de 1944, la policía rosarina detuvo y torturó a tres comunistas. Ingallinella, que manejaba una pequeña imprenta clandestina, denunció el hecho en un volante y señaló como responsables a los oficiales Félix Monzón, Francisco Lozón y Santos Barrera.

El comisario Monzón era jefe de Orden Social y Político. Barrera era el subjefe.
El comisario Lozón dirigía Leyes Especiales. En abril descubrieron al médico y lo encarcelaron. El matrimonio Ingallinella festejó en una celda el primer cumpleaños de su hija Ana María.

En las elecciones de abril de 1954, el doctor fue candidato a diputado nacional por el Partido Comunista, cuya dirección provincial integraba al momento de su desaparición.


Los hechos
El 16 de junio de 1955, un golpe militar intentó derrocar a Perón. Aviones de la Marina y la Fuerza Aérea bombardearon la Casa Rosada y a civiles reunidos en la Plaza de Mayo. La masacre dejó 300 muertos y más de 2 mil heridos y mutilados.
Ese mismo día, en Rosario, el Partido Comunista distribuyó un volante titulado Unidad popular contra el golpe oligárquico imperialista. Era una breve declaración contra el complot antiperonista.

Sin embargo, el entonces jefe de policía de Rosario, Emilio Gazcón, ordenó detenciones masivas de comunistas. Los primeros en caer fueron los hermanos Víctor Hugo y Miguel Angel Riskin, a quienes el subcomisario Barrera y un grupo de agentes les secuestraron panfletos en los que se instaba al pueblo a mantenerse contra los golpes de estado, según el informe posterior.

El 17 de junio, Ingallinella repartió volantes cerca del Frigorífico Swift, en la zona sur de Rosario. Por la tarde, tres policías al mando del oficial Telémaco Ojeda llegaron a pie a su casa y lo detuvieron junto con su cuñado, Joaquín Trumper.
Se fueron a la jefatura en el tranvía 18 y cada uno pagó su boleto de diez centavos. Una vez allí, mientras esperaban el ascensor -relató Trumper cinco décadas después- pasó un policía y dijo: Hola Inga, hace mucho que no viene por aquí.
El médico siempre era de los primeros en ser buscados.

Poco después, todo cambió. Ingallinella fue brutalmente torturado con la picana eléctrica por el comisario Francisco Lozón y otros policías, hasta que murió de un paro cardíaco. Tenía 43 años.


Los epílogos
El 18 de junio de 1955, todos los detenidos quedaron en libertad y Lozón falsificó la firma del médico en el registro de salida. Después, exhibió ante sus cómplices una carta escrita a máquina por el propio jefe de policía, comisario Emilio Gazcón, como si hubiera sido dirigida por Ingallinella a su esposa. El falso mensaje a Rosa Trumper anunciaba que se iba del país. Para darle más credibilidad, Lozón dijo que él mismo la iba a enviar desde Entre Ríos.

El 3 de agosto de 1955, la justicia de Santa Fe intervino en la investigación del asesinato de Ingallinella y el 9 de septiembre inició el proceso a los policías. Uno de ellos, Rogelio Tixe, rompió el habitual pacto de silencio y reveló los detalles del caso. Un grupo de expertos en calígrafía determinó que la firma del médico había sido falsificada. Los acusados dijeron que el cadáver había sido arrojado al río Paraná, mientras que la defensa planteaba que no existía prueba del crimen porque no se había encontrado el cuerpo de la víctima.

El 30 de mayo de 1961, el juez Juan Antonio Vitullo rechazó la hipótesis de homicidio sin intención que esgrimía la defensa. Sostuvo que la muerte de Ingallinella pudo no haber sido planeada, pero estaba dentro de las posibilidades por el método de tortura. Lozón, Monzón, Tixe y Barrera fueron condenados a prisión perpetua y Serrano a dos años de prisión. El magistrado le impuso al jefe de policía Gazcón una multa y la inhabilitación por un año.

La defensa apeló y el caso volvió a ser debatido el 19 de diciembre de 1963, ante los jueces Carlos Carré, Luis Laporte y Jorge Tellería.

En su edición del 12 de junio de 2005, el diario La Capital, de Rosario, publicó un artículo de Osvaldo Aguirre con el epílogo: En opinión de estos jueces, el asesinato de Ingallinella debía ser encuadrado como homicidio simple, ya que los policías no se habían propuesto matar a la víctima, escribe el periodista.

Aguirre, que es redactor de la sección policiales y editor del suplemento de cultura, apunta que la defensa de los policías insistió en que no podemos suponer (que la picana eléctrica) fuera normalmente peligrosa desde que ninguna de las otras víctimas sufrió consecuencias graves. Más bien debe pensarse en una condición anormal predisponente del doctor Ingallinella para explicar la diferencia de resultado. El periodista comenta que este argumento es algo que se parecía a responsabilizar a la víctima de lo sucedido.

Los jueces rebajaron las penas a todos los condenados a prisión perpetua: 20 años, en el caso de Lozón, y 15 años para los otros policías. Aún así, señala Aguirre, el crimen no quedó sin castigo.

Dos epílogos adicionales: Ana María Ingallinella, tenía 12 años cuando secuestraron a su padre. Hoy es ingeniera sanitaria, directora del Centro de Ingeniería Sanitaria (CIS) e investigadora de la Universidad Nacional de Rosario.

Telémaco Ojeda, el oficial que detuvo al médico, con el paso de los años llegó a ser comisario inspector y subjefe de la Policía Provincial de Santa Fe. Antes, había ganado fama de mano dura como jefe de Robos y Hurtos. El 23 de marzo de 1975 fue acribillado a tiros por un comando de los Montoneros en Campana, mientras guardaba el coche en un garage cercano a su casa.

© Roberto Bardini
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