"...habrá que salir al aire, al amor salvaje del agua y tocar las orillas del mundo..." P.U.
NOTAS EN ESTA SECCION
Juan
Gelman escribe sobre Paco Urondo
Poesías, vindicadores y ajos, por
Osvaldo Bayer
"Si ustedes lo
permiten,/ prefiero seguir viviendo": Urondo, de la guerra y del amor
Recordando a Paco Urondo, Luis Saavedra
Horacio
Verbitsky y su evocación de Francisco Urondo
Verbitsky y sus testimonios en el documental sobre Paco Urondo
Paco está entre nosotros
Para que el
mundo entrara en la historia de la alegría
"Paco es la mitad de mi vida...", reportaje a Beatriz Urondo, hermana del poeta
Poeta de tiempo completo, por Juan
Sasturain
La vida, la muerte y la
revolución, por Nilda Susana Redondo
Selección poética
NOTA RELACIONADA
La Patria fusilada
LECTURAS RECOMENDADAS
Vicente Zito Lema: La poesía puede más que la
muerte (pdf)
Entrevista a Pablo Montanaro (pdf)
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Francisco "Paco" Urondo
nació en Santa Fe en 1930. Poeta, periodista, académico y militante de la
organización Montoneros, donde pertenecía al equipo de prensa.
Dió su vida luchando por el ideal de una sociedad más justa.
"No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo." -dice Juan Gelman-, "corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente.
Paco fue entendido en eso y sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del encuentro del lector con su palabra.
Fue -es- uno de los poetas en lengua castellana que con más valor y
lucidez, y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad de la
escritura.
El 17 de junio de 1976, con motivo de una encerrona de fuerzas
conjuntas de la policía y el ejército, muere Paco Urondo en Mendoza. Tenía 46 años.
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La
acción poética
Por Patricio Lennard
En 1972, en vida del autor, se publicó la poesía
completa de Francisco Urondo. Tras su muerte, de la que se cumplen treinta años
el 17 de junio (de 2006), Adriana Hidalgo publica ahora la primera edición
integral de su Obra poética, que recoge toda su producción édita y también
aquella dispersa en publicaciones y revistas.
La poesía les habla a las heridas
pero no a los torturadores. John Berger
Tan antigua como Garsilaso de la Vega (quien murió en 1536 por las lesiones que
sufrió en una misión como oficial del ejército de Carlos V) es la figura del
"hombre de armas y de letras". Caras de una misma moneda que, en tiempos de
Cervantes, el otro arquetipo de esa tradición heroica (y a siglos de distancia
de las vacilaciones que muchos intelectuales latinoamericanos sufrieron, a fines
de los ’60 y principios de los ’70, ante el dilema de si la pluma era o no más
poderosa que el fusil), constituían las virtudes ideales de todo perfecto
caballero.
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"Yo empuñé las armas porque busco la palabra justa" es, quizá, la
frase más famosa de Francisco Urondo. Una frase que Juan Gelman, su entrañable
amigo, alguna vez le oyó decir como al pasar y en la que se atisba cierto temple
cervantino. Poeta, periodista, militante y guerrillero; hijo de una dialéctica
que no discernía la acción de la palabra, Paco Urondo fue un hombre de armas y
de letras en un momento en que el mundo parecía estar ahí de dar un vuelco. "Años de calentura histórica" (las palabras son de David Viñas) en los que un
poema del líder vietnamita Ho Chi Minh repicaba en el Parnaso de los poetas de
izquierda, arengándolos en el deber de saber combatir y "armar de acero los
versos" que escribieran, y en los que una mítica revista literaria argentina
(cuyo nombre no fue otro que La rosa blindada) pretendía que la poesía fuera "un
artículo de primera necesidad como el pan y el fusil" en América latina.
La consecuente labor poética de Urondo no sólo no entró en contradicción con su
militancia política sino que tampoco se subordinó a ella. Urondo dejó en claro
–en el ethos de héroe trágico que aunó su obra y su vida– que no era necesario
abandonar la escritura para hacer uso de las armas. A diferencia de Rodolfo
Walsh, su compañero de militancia en Montoneros, Urondo no se vio ante esa
disyuntiva. Un dilema que al autor de Operación masacre lo llevó a ver la
literatura como una adicción de la que era necesario reponerse. "Poética, en
griego, quiere decir acción", afirmaba en 1973 Urondo en una entrevista. "En
este sentido, no creo que haya demasiadas diferenciaciones entre la poesía y la
política (...) Por la poesía, por la necesidad de usar las palabras en toda su
precisión y significación he llegado al tipo de militancia que ahora tengo." De
esos dichos al "Ya no escribo más" que, en uno de sus arrebatos por abandonar la
ficción, Walsh anotaba en su Diario por aquel entonces (lo que para Daniel Link
pone en evidencia que Walsh escribía que no podía escribir para seguir
escribiendo) hay, en efecto, una clara diferencia.
Walsh veía en el testimonio y la denuncia (en desmedro de la novela, esa vieja
burguesa) los formatos apropiados para intervenir en la realidad a través de la
escritura y no por nada asociaba el libro tradicional con la pintura de
caballete, y la prosa periodística con el muralismo. Si para Walsh básicamente
de lo que se trataba era de politizar lo estético de un modo sui generis ("El
documento, el testimonio, admite cualquier grado de perfección; en el trabajo de
investigación se abren inmensas posibilidades artísticas"), para Urondo el
compromiso político es un arte de vivir, una transformación de sí, un efecto
artístico. En la articulación de su vida y su poesía, y en la pose de
dandy-militante, de bon vivant-revolucionario que cultivó durante mucho tiempo,
lo que se estetiza, en el caso de Urondo, es una forma particular de
intervención política.
Desde sus primeros libros, Perichole (1954) e Historia antigua (1956) –que la
editorial Adriana Hidalgo ha reunido junto con el resto de sus textos en esta
edición integral de su poesía, cuyo prólogo está a cargo de Susana Cella–,
Urondo ensaya una síntesis entre militancia y vanguardia estética. Y para eso no
sólo capta y fusiona en sus versos las corrientes literarias de su tiempo (el
invencionismo, en la concisión y la simpleza; el coloquialismo, en el uso de
palabras del habla cotidiana, en la presencia del paisaje urbano, en la omisión
de la métrica y la rima y en la apropiación de las letras del tango) sino que
también hace ingresar lo político de manera progresiva como pequeñas
incrustaciones. Deslizamientos discursivos que parecen buscar la atención del
lector casi subliminalmente y que se dan sobre todo a partir de Del otro lado
(1966), su quinto libro. Allí, en efecto, algunos poemas muestran irrupciones de
una voz politizada que –sin solución de continuidad enunciativa– de repente
espeta: "por qué/ no hablo de la revolución social o del sufrimiento" ("La vida
por delante"). Un artificio que ya se ve en Nombres (1963), en un magnífico
poema en que se lee subrepticiamente: "era el sudor corrompido por una riqueza
que faltaba/ que no quisieron distribuir" ("B. A. Argentine").
Una foto de infancia de Francisco Urondo
Pero si en algún lugar la escritura de Urondo crea un espacio de intervención
política es en su primera y única novela, Los pasos previos (1972). Un fresco
generacional en el que sus personajes reproducen discusiones que se daban en la
Argentina a fines de los ’60, sobre si era o no viable la lucha armada o cuál
debía ser el papel de los intelectuales en la revolución "venidera". Una zona de
su obra a la que se sumó, un año más tarde, La patria fusilada: una extensa
entrevista que en 1973 Urondo les realizó en la cárcel de Devoto a los tres
sobrevivientes de la masacre de Trelew.
A diferencia de lo que mayormente hará en su poesía (en donde lo ideológico
adopta formas mucho más sutiles), Urondo se inserta así en un arco que va desde
la novela de corte netamente político (cuyo paradigma en la década del ’70 es el
Cortázar de El libro de Manuel) hasta la prosa denuncialista que Walsh
propugnaba y venía practicando. Un autor que en aquellos años veía las
limitaciones de la novela incluso en las pretensiones políticas que ésta se
arrogaba; lo que queda claro en una de las entradas de su Diario cuando escribe:
"La denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, es decir, se
sacraliza como arte". Quizá creyendo neutralizar las limitaciones consabidas,
Urondo pergeña en Los pasos previos un híbrido que incluye ficción, registro
documental y testimonio; articulando así reportajes al sindicalista Raimundo
Ongaro con relatos en los que se debaten ideas con la intención de plasmar un "clima" de época.
Será recién en los diez poemas que sobrevivieron de Cuentos de batalla –el libro
que Urondo había empezado a escribir en 1973 y parte del cual desapareció el 17
de junio de 1976, cuando decidió tomar una pastilla de cianuro en medio de una
emboscada policial que acabó también con la vida de su esposa– donde su poesía
finalmente deviene militante. De ahí, que la progresión política que realiza
Urondo –quien de participar en el Movimiento de Liberación Nacional (Malena)
pasa a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y luego a Montoneros– se
conecte con el hecho de que Cuentos de batalla sea el punto de llegada de un
proceso. La meta de una transición similar a la que Walsh ya venía consumando, y
que para Viñas va "desde la literatura como vanguardismo a la literatura vivida
como guerra civil".
Pero si esto sucede en la poesía de Urondo, no lo hace sin ciertos reparos.
(Reparos que él no tuvo ante la decisión de Montoneros de trasladarlo en 1976 a
Mendoza, en donde la guerrilla estaba siendo diezmada. Una misión que se le
asignó a modo de castigo por haberle sido infiel a Lili Mazaferro, su anteúltima
pareja, y que para muchos significó casi "enviarlo al muere"). Para usar una
expresión de González Tuñón, Urondo se resiste a ser un "editorialista en
verso". Y parece hacerse eco de las advertencias que Cortázar hacía desde Cuba a
comienzos de los ’60: "Cuidado con la fácil demagogia de exigir una literatura
accesible a todo el mundo". Si algo no hace Urondo, entonces, es "poesía
comunicativa": nunca cae en la ingenuidad de hacer de su obra un auto de fe para
despabilar conciencias. Su búsqueda de la "palabra justa" (de la mot juste, pero
también de una idea de "justicia poética" que va mucho más allá del lugar común
por el que el cine de Hollywood, sobre todas las cosas, se arroga el poder de
redimir las injusticias haciendo que los "buenos", al final, triunfen) elude
cualquier fórmula sobre cómo militar en la literatura. Y es que Urondo sabe que
no hay fórmulas, ni recetas, ni prospectos sobre el tema, porque nadie sabe "lo
que es realmente una palabra en acción, revolucionando".
Sobre este asunto, precisamente, se mofa en un texto de Cuentos de batalla que
comienza diciendo: "¿Soy el Poeta de la Revolución/ acaso, como dice/ por ahí
–bromeando–/ un compañero de cárcel? No. El poeta/ de la Revolución es el
Pueblo...". Un poema en el que se evidencia cierta distancia irónica con
respecto a la retórica militante de izquierda (hacia su costado demagógico,
pedagógico y propagandístico: al "Poeta de la Revolución" le terminan cantando "La Marchita Revolucionaria del Pueblo/ como si fuera el Happy Birthday"), y en
donde no por nada la palabra "Revolución" aparece por primera (y única) vez en
su obra escrita en mayúscula: signo de la cautela con la que Urondo imaginaba
las implicancias políticas de su poesía.
De lo que se trata, ante todo, es de corroer el discurso anquilosado de la
izquierda a través del humor y la ironía. Sólo así se explica que el poeta
continúe a fines de los ’60 tomando para la chacota a las doncellas de Rubén
Darío (hay que "pensar en las derrotas/ de la alegría/ en los aplausos y en
otras/ cabronadas como el café/ tibio o la princesa está triste"). Un gesto que
más que mofarse de una tradición literaria pasada de moda ironiza, de manera
desplazada, sobre esa izquierda que veía con horror que una obra no hablara de
asuntos sociales. Verdaderos pajueranos que hubieran suscripto sin pensarlo esa
ridícula frase de Edgar Morin que decía: "Un escritor que escribe una novela es
un escritor, pero si habla de la tortura en Argelia es un intelectual".
Urondo –quien no se imaginaba en las huestes de Sartre, pues acusaba poseer el
"oficio de poeta" y una humilde "sabiduría de intemperie"– produce en el cruce
de su vida y su obra una crítica de los reaccionarismos de la izquierda
revolucionaria. El perfil de mujeriego que cultivó desde siempre (aunque en
menor grado que Adolfo Bioy Casares, el máximo playboy de las letras argentinas)
no sólo entró en contradicción con el puritanismo de una agrupación como
Montoneros (lo que causó la cruenta decisión de su traslado a Mendoza), sino
también supo armar en su poesía un contrapunto entre los rigores de la
militancia y ese andar "como bola sin manija".
El donjuanismo diseminado en varios de sus textos y el lugar que en ellos lo
mundano con frecuencia ocupa ("No descarto la posibilidad/ de la fama y el
dinero; las bajas pasiones y la inclemencia", dice en uno de sus poemas) hacen
del tándem eros y política la herramienta con la que Urondo crea un imaginario
en que la cultura de izquierda y el culto del buen vivir dejan de ser
contradictorios. Así es como "la moral revolucionaria no anula el hedonismo
pequeñoburgués" ni en su obra ni en su vida, lo que se traduce en una "amalgama
de franqueza vitalista, compromiso político y experimentación artística", según
marca Daniel García Helder. En Urondo se oyen, de este modo, los últimos
estertores de la bohemia sesentista, confundidos con los ruidos de las armas que
se cargan. De la vie de bohème a la escalada guerrillera (en un contexto de
radicalización progresiva) se juega el destino de una generación de la que la
obra de Urondo es por demás emblemática.
No por nada la muerte está tan presente en sus últimos textos. Sobre todo cuando
empieza a entretejerse con la idea revolucionaria del martirio. Algo que Urondo
no sólo trata en sus poemas sino que también aborda a partir de una frase de
José Martí ("Osar morir da vida") en un artículo de 1974 en el que dice: "Cuando
se considera a la vida una propiedad privada, sólo el heroísmo, con su carga de
posteridad o, en el mejor de los casos, de búsqueda de inmortalidad, permite la
osadía de ponerla en riesgo. Pero el sentido de la osadía que propone Martí no
es individualista, sino que responde a una concepción ideológicamente más
generosa. Porque la vida no es una propiedad privada, sino el producto del
esfuerzo de muchos". Que el poema más conocido de Urondo comience con la frase "Si ustedes lo permiten/ prefiero seguir viviendo" deja ver que detrás de ese
ardoroso vitalismo se halla la perspectiva de su propia muerte. Si no ¿por qué
hacer de la vida un objeto elegible, cuando es algo que de por sí ya se tiene?
No gratuitamente Urondo titula Poemas póstumos al último libro que publica en
vida.
Así como Walsh escribe en la "Carta a mis amigos" que la muerte de su hija Vicky
"fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy quien renace en ella"
(lo que supone una forma de aprehender y conjurar su propia muerte), Urondo
desperdiga en algunos poemas la premonición de su deceso. "Estoy/ a punto de
morirme –años más, años menos– y aunque no creo/ que sea bueno decirlo, aunque
sea yeta, lo repito", se lee en un poema titulado, sugestivamente, "Carta
abierta". Pero si la muerte aparece como un riesgo que se está dispuesto a
correr casi sin reparos, el íntimo temor a la tortura es su reverso. Sólo a
partir del horror que implica la pregunta ¿qué hacer si me torturan? –un lugar
común entre los militantes de izquierda en los años ’70– es que Urondo articula
las modulaciones de sus miedos personales con una dimensión política de su
literatura.
"La gente que/peligra/ en las inmediaciones del templo de la delación" atizaba
sus lógicos fantasmas. Y fueron esos fantasmas los que un día infausto le
acercaron el veneno a su boca muda.
Las imágenes que acompañan esta nota pertenecen a la biografía de Francisco
Urondo que Pablo Montanaro publicó en Homo Sapiens Ediciones, en 2003.
La pura verdad
Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.
Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:
siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.
Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconciencia y dolor y miedo y apremio.
Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.
Me avergüenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,
un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.
Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin darme cuenta, voy
iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a cualquiera o aburrir
de golpe.
Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi memoria ha muerto
y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.
El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algún
día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la Cenicienta,
aunque algunos
me recuerdan con cariño o descubran mi zapatito y también vayan muriendo.
No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.
La crueldad no me asusta y siempre viví
deslumbrado por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.
Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:
sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.
Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no sirve y se corrompe.
Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.
Tocar el sueño y la limpieza,
nacer con cada temblor gastado, en la huida.
Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.
Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme.
Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.
|
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Benefacción
Piedad para los equivocados, para
los que apuraron el paso y los torpes
de lentitud. Para los que hablaron bajo tortura
o presión de cualquier tipo, para los que supieron
callar a tiempo o no pudieron mover
un dedo; perdón por los desaires con que me trata
la suerte; por titubeos y balbuceos. Perdón
por el campo que crece en estos espacios de la época
trabajosa, soberbia. Perdón
por dejarse acunar entre huesos
y tierras, sabihondos y suicidas, ardores
y ocasos, imaginaciones perdidas y penumbras.
Poemas extraídos de Obra poética, publicada por Adriana Hidalgo.
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Juan Gelman
escribe sobre Paco
Urondo
Para Paco
nunca hubo contradicciones entre la militancia por una
patria justa, libre y soberana,
y la condición de escritor. En sus poemas se puede ver la profunda unidad de
vida y obra que un autor y sus textos pueden alcanzar. No hubo abismo entre
experiencia y poesía para Urondo. "Empuñé un arma porque busco
la palabra justa", dijo alguna vez.
En 1975 junto
con Rodolfo Walsh
se pone a trabajar en la confección de una respuesta al golpe militar que se veía venir. Dicho plan no apuntaba a un improbable freno al golpe sino a
una respuesta orgánica que dificultara el despliegue inicial de los militares
en
las primeras 48 horas. El documento fue llevado
a la dirigencia de la organización, la cual nunca llegó a ejecutar la
propuesta de los compañeros sino que implementó otro plan de operaciones,
para el cual no fueron llamados a discutir ni Walsh ni Urondo. Por
consiguiente la prensa montonera siguió funcionando como si hubiera un futuro
electoral: pensando en una revista ¡e
incluso en un diario! Esto, naturalmente, traía como consecuencia la
necesidad de mantener más o menos congregado un aparato importante, con
grandes locales, imprentas, etc. Un blanco terriblemente fácil para el
enemigo.
En mayo de
1976, la organización, decide trasladar a Paco a Mendoza. Un error según
opiniones actuales y contemporáneas, ya que dicha provincia desde 1975 era una
sangría permanente. El 17 de junio, en un contexto de derrota, cae
Francisco Urondo como consecuencia de una cita envenenada.
El compañero
y amigo Rodolfo Walsh, así relata el momento: "Hubo un
encuentro con un vehículo enemigo, una persecución, un tiroteo de los dos
coches a la par. Iban Paco, Lucía con la nena y una compañera. Finalmente el
Paco frenó, buscó algo en su ropa y dijo: "Disparen ustedes".
Luego agregó "Me tomé la pastilla y ya me siento
mal". La compañera recuerda que Lucía dijo:
"¡Pero papi, por qué hiciste eso!"
La compañera escapó entre las balas, días después llegó herida a Buenos
Aires.
También
luchó contra un sistema social encarnizado en crear sufrimiento,
para que el mundo entero entrara en la historia de la alegria. Las dos luchas
fueron una sola para él. Ambas lo escribieron y en ambas quedó escrito.
Juan Gelman
Palabras
Dicen que un escritor atraviesa al morir un purgatorio de veinte años en
la memoria pública. El plazo está más que cumplido para ese gran poeta
que fue –que es– Francisco Urondo, caído en combate contra la dictadura
militar un día de junio de 1976, a los 46 de edad. Dejaba un libro
inédito, Cuentos de batalla, que se perdió en la noche genocida. Como
Rodolfo Walsh, como Haroldo Conti, Paco escribió hasta el final, en
medio de tareas, urgencias y peligros de la vida clandestina. Para estos
pilares de la literatura nacional nunca hubo contradicciones entre la
militancia por una patria justa, libre y soberana, y la condición de la
escritura. Cuando en este tiempo de la despasión se recuerdan las
polémicas de los años sesenta –unos pretendían hacer la Revolución en su
escritura; otros, abandonar su escritura en aras de la Revolución–, se
percibe en toda su magnitud lo que Paco, Rodolfo, Haroldo nos mostraron:
la profunda unidad de vida y obra que un escritor v sus textos pueden
alcanzar.
No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo. "Empuñé un arma
porque busco la palabra justa", dijo alguna vez. Corregía mucho sus
poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de
corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van
del misterio de la lengua al misterio de la gente. Paco fue entendido en
eso v sus poemas quedarán para siempre en el espacio enigmático del
encuentro del lector con su palabra.
Buitres de la derrota –que siempre se han cuidado mucho cada centímetro
de piel– le han reprochado a Paco su capacidad de arriesgar la vida por
un ideal. Paco no quería morir, pero no podía vivir sin oponer su
belleza a la injusticia, es decir, sin respetar el oficio que más amaba.
El había escuchado el reclamo de Rimbaud: "¡Cambiad la vida!". Estaba
convencido de que sólo de una vida nueva puede nacer la nueva poesía. Mi
confianza se apoya en el profundo desprecio / por este mundo
desgraciado. Le daré / la vida para que nada siga como está, escribió.
Fue –es– uno de los poetas en lengua castellana que con más valor y
lucidez, y menos autocomplacencia, luchó con y contra la imposibilidad
de la escritura. También luchó con y contra un sistema social
encarnizado en crear sufrimiento, para que el mundo entero entrara en la
historia de la alegria. Las dos luchas fueron una sola para él. Ambas lo
escribieron y en ambas quedó escrito.
Juan Gelman
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"Si ustedes
lo permiten,/ prefiero seguir viviendo": Urondo, de la guerra y del
amor
Francisco Urondo nació en Santa Fe en 1930 y murió en 1976, en una
encerrona que le hace la policía en Mendoza: en esa circunstancia
ingiere la pastilla de cianuro que los combatientes de Montoneros
llevaban consigo. El odiaba la posibilidad de que lo prendieran, lo
torturan horrendamente y lo colocaran en la situación de delatar. Iba
con Alicia Raboy, la hijita de ambos, Ángela, y otra militante
montonera.
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Un documental sobre el poeta Homenaje a Urondo Paco Urondo, revisitado por Daniel Desalmos En un homenaje al poeta, de quien en 2005 se cumplieron 29 años de su muerte, el 10 de noviembre (de 2005) se estrenará Paco Urondo, la palabra justa, un largometraje documental de Daniel Desalmos que llevará a la pantalla grande a Cristina Banegas y a Juan Leyrado para interpretar los poemas del reconocido escritor. Estructurado en base a entrevistas a la hermana del autor, Beatriz Urondo, y a sus hijos Javier y Angela, el film reconstruye la vida del poeta a través de relatos y valiosas imágenes de archivo. El punto de partida que llevó al director a rodar este film, tras una ardua investigación, fue comprobar que este intelectual que brilló como poeta, novelista, dramaturgo y guionista cinematográfico ha sido relegado al olvido, al igual que aquel atardecer invernal de junio de 1976 en el que fue perseguido por una patrulla del Ejército en la localidad de Guaymallén, Mendoza, y luego asesinado. A través de este documental, Desalmos intentará rescatar el valioso y entrañable legado de un artista, recuperando así también su identidad y su memoria. |
Un año después, cansado de las actitudes intolerantes hacia su gestión,
y cuando el gobierno nacional de Arturo Frondizi deja de lado las
promesas electorales y se convierte en rehén de las Fuerzas Armadas.
renuncia a su cargo.
En la época de Urondo, la ciudad de Santa Fe tenía un brillo cultural
enorme: en ese entonces, los hermanos Maraño y Washington Castro en la
Escuela Superior de Música ofrecían conciertos populares gratis, junto a
Carlos Guastavino, y Ariel Ramírez.
El "Cocho" José María Paolantonio con gran sacrificio ponía en escena
"La Cantante Calva" de Ionesco. Fernando Birri hacía sus primeras
experiencias fílmicas en la Escuela de Cinematografía de la Universidad
Nacional del Litoral (U.N.L.), y sentaba las bases del movimiento de
cine documental junto a Nicolás Sarquis, Gerardo Vallejo, Jorge
Goldemberg y Adelqui Camusso, luego de la brillante experiencia cultural
de "El Retablo de Maese Pedro", propuesta cultural multidiscliplinaria
encabezada por Fernando Birri, donde Paco Urondo, a principios de los
cincuenta había sido titiritero junto a su primera esposa, entonces
novia "Chela" Murua. En literatura estaban Juan José Saer, Hugo Gola,
Hugo Mandón. En plástica, el Grupo Litoral marcaba tendencia.
En esa época surge la inolvidable TIRE DIE, cortometraje testimonial,
que mostraba el cruce del tren proveniente de Buenos Aires por un puente
angosto sobre el Río Salado y la miseria de los chicos del barrio El
Triángulo que, seguían ó trepaban el tren y por diez centavos –que
tiraban los pasajeros– se arrojaban al agua con una zambullida a veces
impecable, y otras no tanto para recuperar las monedas lanzadas.
Mucho tiempo después, en Junio de 1973, luego de haber sido un preso
político, y con Héctor Campora al Frente de la Presidencia, y Rodolfo
Puiggros al frente de la Universidad de Buenos Aires, Paco Urondo es
designado Director del Departamento de Letras de la Facultad de
Filosofía y Letras de la UBA. Renunciaría el 1 de Octubre de 1973, en
solidaridad con la renuncia del rector Puigross, cuestionado fuertemente
por la derecha universitaria. La primavera camporista empezaba a
marchitarse. Un mes después asumiría la jefatura del recién creado
Diario NOTICIAS.
Quien esto escribe tuvo la satisfacción de salir de la cárcel de Devoto,
aquel glorioso 25 de Mayo de 1973, junto a Paco Urondo, quien prometía
beberse íntegra una botella de Pont Leveque, como alguna vez lo habíaos
hecho junto a Jorge Conti y otros intelectuales santafesinos.
Meses después, en noviembre de 1973 el Paco periodista pasa a ser el
responsable político del diario "Noticias" que salía todas las mañanas
desde el 20 de Noviembre de ese año y tiraba 130.000 ejemplares. Esa
experiencia militante que compartían Miguel Bonasso, Rodolfo Walsh, Juan
Gelman, Horacio Verbitsky, y el uruguayo Zelmar Michelini. A fines de
Agosto de 1974, Isabel Perón clausuraría esa publicación. Poco antes,
había sido también clausurado "El Mundo" otra expresión de prensa
militante, aunque encarada desde otro ángulo político.
Como dato curioso, acotemos que la corresponsalía Rosario de El Mundo
era compartida por Carlos Gabetta, hoy Director de la Edición Cono Sur
de Le Monde Diplomatique y nuestro compañero Miguel Ferrari. El
corresponsal de Noticias era el hoy Subsecretario de Derechos Humanos de
la Provincia, Víctor Aliprandi. Ambas corresponsalías compartían
fraternalmente el fotógrafo.
Para finalizar, leeremos un fragmento de MUCHAS GRACIAS, uno los últimos
poemas de Paco Urondo, no sin antes agradecer a los compañeros de la
Asociación Civil "El Periscopio" de Santa Fe, que nos han hecho llegar
los materiales para componer este texto.
La suerte ha dejado aquí de andar
fallando: se encendió la luz y pudo verse el caos, las
flagrancias: esa mano
allí, esta codicia; el miedo y otras mezquindades se pusieron
en evidencia y el amor
no aparecía por ninguna parte. Recompuestos
de la sorpresa, rendidos ante los hechos, nadie
pudo negar que en este país, en este
continente, nos estamos todos muriendo de vergüenza.
Aquí estoy perdiendo amigos, buscando
viejos compañeros de armas, ganándome tardíamente
la vida, queriendo respirar
trozos de esperanzas, bocanadas de aliento; salir
volando para no hacer agua, para
ver toda la tierra y caer en sus brazos.
*Nota: "Momentos de memoria", columna de opinión emitida el sábado 4 de
junio de 2005, en el programa "Hipótesis", LT8 Radio Rosario, Argentina.
Fuente: La Fogata
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Horacio
Verbitsky y su evocación de Francisco Urondo, en la semana en la que
Santa Fe lo recuerda a 29 años de su muerte
Paco, ese amigo del alma
A 29 años de su muerte, Santa Fe reivindica a Paco Urondo.
Periodista, militante social y santafesino, Francisco Paco Urondo no
encontró diferencias entre la poesía y la política porque ambas
compartían el mismo espacio: "Los compromisos con las palabras llevan o
son las mismas cosas que los compromisos con las gentes, depende de la
sinceridad con que se encarecen tanto una actividad como la otra", dijo
alguna vez. Y tanto creía en ello, que no dudó en entregar su vida a la
militancia en Montoneros en los años ‘70. Y por eso, el 17 de junio de
1976, acechado por fuerzas militares, se tomó la pastilla de cianuro que
llevaba entre sus ropas.
Horacio Verbitsky compartió con Urondo algo más que una redacción.
Fueron amigos durante varios años y el recuerdo de Paco se mantiene vivo
en su memoria, tal como lo evocara, con cariño y emoción el pasado lunes
cuando se inaugurara en Santa Fe una semana de homenaje/reivindicación a
un poeta que fue, desde su muerte, condenado a la cruel oscuridad del
olvido.
"El recuerdo de Paco para mí esta asociado, por un lado por una serie de
historias personales que hemos vivido juntos; y por otro, con una época
de nuestro país", rememora Verbitsky, y continúa: "La primera vez que yo
lo vi debe haber sido en 1960 o 1961, cuando asistí a una lectura de
poemas suya. En esa época, Paco y Juan Gelman leían poemas en lugares
pequeños en una época en la que todo el mundo fumaba en lugares cerrados
e intoxicaba a todos los demás. Estaban los dos sentados en una mesa y
leían primero un poema uno y luego un poema el otro, y nosotros
escuchábamos. Eran maravillosos porque hablaban de los temas de la vida
cotidiana con un tono coloquial, que no era lo que uno estaba
acostumbrado a lo que era la poesía y era muy fuerte porque constituía
un cambio, implicaba sentir que eso era poesía y al mismo tiempo estaba
hablando de vivencias de la vida cotidiana. Pero además, planteaban los
temas de la lucha política, del poder, de la revolución. Tanto Paco como
Juan le escribían a la revolución, la interpelaban con su poesía, aunque
tenían historias políticas distintas".
Verbitsky también recuerda entre risas que
"la década del ‘60 era una
época de la libertad de costumbres; y Paco vivía en una vieja casona que
seguramente le recordaba las casas de Santa Fe porque era una
construcción de un estilo italiano, aunque en realidad prefería llamarse
francés porque quedaba mejor. La casa era muy grande, estaba siempre
llena de gente, de amigos, había reuniones continuamente y se conversaba
de todo, se escuchaba música, se discutía en voz alta de temas
relacionados con la literatura y con el arte y con la política; pero
también esa casa servía para hacer y deshacer parejas, porque era
refugio de recién separados, un lugar de protección de parejas
políticamente incorrectas pero que igual se formaban; y había unos
chiquilines que andaban escuchando y mirando todo y abriendo mucho los
ojos, que jugaban mientras nosotros hacíamos la sobremesa con ‘la
máquina de decir pavadas’, que era como Paco llamaba a la botella de
vino. Ellos escuchaban y absorbían las frustraciones de los padres por
una época en la que se cerraban los caminos y se abrían otros, pero
había proyectos, esperanzas y mucha voluntad de que las cosas
cambiaran".
Pero la marca imborrable que Verbitsky lleva de Francisco Urondo es ese
apodo que lo acompaña desde la primera vez que trabajaron juntos en una
redacción. "Jacobo Timerman había organizado un diario en Mendoza para
un empresario inmobiliario muy importante y yo monté la corresponsalía
en Buenos Aires. Ahí trabajaba Paco. Esa fue la primera vez que
trabajamos juntos en una redacción, y él me bautizo con el apodo de
Perro. Cuando me preguntan por qué, yo respondo que por el buen
carácter, pero no se si fue por eso. La verdad es que Paco era muy
bautizador. Se divertía mucho y divertía mucho a los demás, porque
cuando uno piensa en su vida, en cómo lo mataron, da una imagen muy
solemne, como de libro escolar, pero él no era así. Al contrario, era un
tipo muy serio en todas las cosas que hacía, pero muy gozador de todo.
Siempre cerraba los ojitos chiquitos, miraba todo irónicamente,
observaba, catalogaba, y a través de esos ojitos entrecerrados veía todo
lo que pasaba alrededor".
Luego de ello, volvieron a encontrarse en la redacción del diario La
Opinión, "que era como un Arca de Noé, había dos animales de cada
especie política de la época. Todos sabíamos que el otro andaba en algo
pero nadie sabía en qué, porque el secreto se mantenía mucho. Pero había
gente que participaba de distintas organizaciones que se lanzaron a
hacer esa revolución que Paco y Juan habían escrito en sus poemas; y
esos fueron varios años en los que yo no supe qué estaba haciendo Paco
aunque lo imaginaba", recuerda. Hasta que en los primeros días de 1973,
cae detenido junto con un grupo de gente entre la que estaba su mujer de
ese momento, Lili Mazzaferro, y su hija Claudia. Urondo estuvo preso
varios meses en la cárcel de Devoto. "Él decía que era un preso señorito
porque estaba en condición de detenido, pero mantenía su ironía, su
prestancia, su postura. Y ahí estuvo toda una noche encerrado en una
habitación con los tres sobrevivientes de la Masacre de Trelew grabando
las entrevistas que después fueron su libro La patria fusilada", narra
Verbitsky.
Fuente: www.analisisdigital.com.ar
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Verbitsky
y sus testimonios en el documental sobre Paco Urondo
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Paco está entre nosotros
Presentacion
de una biografia sobre Paco Urondo
Asociación Madres de Plaza de Mayo, junio de 2003
En la Biblioteca Julio Huasi, de la Asociación Madres
de Plaza de Mayo, fue presentado un importante libro que narra la vida y
la lucha del gran Francisco "Paco" Urondo, hombre de palabra y acción, tal
vez uno de los mejores poetas de la llamada Generación del 60. En el acto
hablaron José Luis Mangieri, Carlos Aznárez, el autor Pablo Montanaro, y
la voz del mismísimo Paco, leyendo sus poemas más extraordinarios.
Ocurrió el miércoles 18 de junio de 2003, a la hora del atardecer. Fue en
la Biblioteca de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, que lleva el
nombre de otro poeta, militante y periodista fundamental, Julio Huasi. Al
día siguiente de cumplirse 27 años de su caída en combate, y en ocasión de
la aparición de una minuciosa biografía escrita por el joven escritor Pablo Montanaro, se reivindicó la vida y la lucha, los sueños y los
poemas de Francisco "Paco" Urondo.
Al acto de presentación de
"La palabra en acción. Biografía de un poeta
y militante" (Ed. Homo Sapiens. Rosario), asistieron José Luis
Mangieri, poeta y editor de la legendaria revista "La rosa blindada",
y Carlos Aznárez, escritor y periodista, compañero de Paco Urondo
en la organización Montoneros. Además, intervinieron el autor del libro y,
centralmente, el mismísimo Paco, a través de una emocionante cinta que
contenía la voz del poeta en la lectura de sus versos más reveladores.
El primero en hablar fue José Luis Mangieri. El director de la
célebre colección de poesía "Libros de tierra firme", expresó que "lo más
importante es que Paco Urondo murió en combate. Paco Urondo no fue
asesinado; es cierto, tomó la pastilla, pero murió en combate, que es muy
distinto a decir que fue asesinado. Dadas las características de Paco, es
la muerte que le correspondía". Además, destacó que "a Paco habría que
sacarlo a la calle, ponerle su nombre a alguna plaza. Paco fue un
combatiente que llegó como los famosos poetas surrealistas de París que
lucharon con el cuerpo bajo la ocupación nazi y no solamente con sus
versos". Tal como luego lo hizo Carlos Aznárez, Mangieri celebró que el
libro haya sido realizado por un joven: "Me llama la atención la inquietud
de Montanaro sobre Paco y especialmente que se acerque a un combatiente en
un momento de una decadencia tan grande en todos los niveles, donde el
Proceso está instalado, lo tenemos instalado".
A su turno, el director del periódico "Resumen Latinoamericano" reconoció
que "el libro de Pablo Montanaro me gustó mucho, no sólo porque lo escribe
un joven sino porque vengo notando que nuestra historia de lucha de los 60
y 70 la están escribiendo, en gran parte, una cantidad de farabutes que ni
estuvieron, tampoco era necesario que estuvieran, pero por lo menos
tuvieran respeto para contarla. Montanaro la ha contado bien, ha recogido
los testimonios y nos ha edificado un Paco Urondo muy parecido a lo que
realmente fue".
La alocución de Aznárez fue por demás emotiva porque incluyó no pocas
anécdotas acerca de la acción política de Urondo. "A Paco tuve la
suerte de conocerlo en la militancia, cuando estaba en las Fuerzas Armadas
Revolucionarias y, sobre todo, cuando andaba huyendo por los caminos hasta
que fue detenido con Lili Mazzafero y con el 'Jote' Koncurat. De pronto
gran cantidad de gente que lo conocía se sorprendió porque no podían
entender que fuera guerrillero y además fuera todo eso que contaban los
diarios con exageración pero dando algunos datos que tenían bastante que
ver con la realidad militante", recordó.
Enseguida remarcó que Paco "era jodón, era muy alegre. Todo lo que hacía
lo hacía con una pasión desenfrenada. Cuando cae preso, poco antes de la
amnistía a todos los presos políticos, obviamente nadie sabía que iba a
salir tan rápido, él dedica con pasión a trabajar en una acción militante
que fue supereficaz y que fue recoger los testimonios de los
sobrevivientes de la Masacre de Trelew, en ese libro maravilloso, 'La
patria fusilada', que leímos todos".
Justo cuando Carlos Aznárez estaba relatando el contexto que rodeó a aquel
importantísimo libro sobre los fusilamientos en Trelew, ingresó al salón
de la Biblioteca Hebe de Bonafini, la presidenta de las Madres,
quien hasta ese momento había permanecido escaleras abajo, en el Auditorio
de la Universidad Popular, en la proyección inaugural de un valioso film
producido por egresados de la carrera de Periodismo.
Envuelta en su pañuelo blanco, Hebe pudo escuchar que "cuando Paco salió
de Devoto nos llamaba la atención que lo hiciera con el pelo largo, con
cara de preso de varios meses, de estar dando vueltas al patio y, sobre
todo, cuidando ese bolso marinero. Le preguntábamos qué tenía en ese
bolso. El contestaba 'esto es la bomba'. Tal cual. 'La patria fusilada'
prestó un servicio tremendo para desenmascarar lo que había sido esa
miserable dictadura lanussista que llevó a practicar ese fusilamiento en
masa que aún está impune, porque todavía no apareció el Capitán Sosa, a
quien todos los compañeros lo seguiremos buscando en nuestros sueños".
Carlos Aznárez también subrayó la etapa periodística de Urondo y evocó que
"después estuvimos en el diario 'Noticias', que fue una experiencia
de periodismo maravilloso. Era un diario bien hecho, bien escrito, con
buen material y con una cantidad de gente enorme. Ahí estuvo Paco
representando el cargo de coordinador, de director y mandamás. Lo hacía no
sólo porque estaba trabajando con sus amigos, sus compañeros de toda la
vida, sino también tenía un enorme respeto por aquellos que recién se
iniciaban. Paco se tomaba el trabajo, a pesar de todas las
responsabilidades que tenía, de guiarlos, conducirlos, no tirarles las
notas al cesto de papeles, sino que se tomaba el tiempo que fuera
necesario para corregirlos. Paco decía: 'Hay que hacer un periodismo que
cuente lo que la gente hace, dice y tiene ganas de que se cuente'".
Además, su compañero en Montoneros recalcó que "obviamente, Paco
pertenecía a una organización que era muy vertical, él respetaba esa
verticalidad y se encuadraba cuando lo corregían o cuando le marcaban un
error. Aunque no lo reconocía como un error, lo aceptaba porque venía de
sus compañeros a los que les reconocía más mérito para marcárselo". De la
misma manera destacó la capacidad militar de Urondo: "Era muy rígido
cuando se disponía a plantear algo como una operación militar. Un tipo muy
valiente. Lo interesante, y esto es lo bueno que cuenta el libro, muchos
de nuestros compañeros lo tenían como un intelectual, en el concepto malo
del intelectual. Subyacía la idea de que Paco no podría actuar en un
enfrentamiento fuerte. Yo no participé de ninguna acción militar con Paco,
pero tengo compañeros que sí lo han hecho y realmente agradecían tener un
jefe militar como Paco, porque cuidaba hasta el último momento a su gente,
porque lo más importante no era la acción a realizar sino el equipo de
gente que estaba en la operación. En eso Rodolfo Walsh y Paco construyeron
una relación con la organización, sobre todo con la base de la
organización, que siempre le agradecían o pedían ir con ellos en los
tantos ámbitos en que han estado de militancia".
Más adelante, Aznárez reconstruyó los días finales de Urondo y reveló que
"cuando termina su paso por 'Noticias' y empieza la nueva experiencia
de Informaciones, llega ese momento álgido para el cual hay una polémica
de si lo mandaron o no lo mandaron al muere por ir a Mendoza. A nosotros
nadie nos mandaba a hacer cosas que no tuviéramos ganas de hacer. Todo lo
que hacíamos en la militancia política lo hacíamos porque queríamos estar
en esa organización, porque nos comprometíamos con eso. A veces había
excesos, errores, pero hay una parte de nuestra historia que se ha contado
en el después, sobre todo cuando se empezaron a escribir libros que
contaban la experiencia del 70 donde se quiere dejar esa imagen de que
todos nuestros jefes nos mandaban al muere. Y no es así. Nadie iba al
muere porque lo mandaban, uno estaba en una organización comprometida
hasta las últimas consecuencias. Se cometían errores graves y también se
pagaban esas culpas con los compañeros de base y otras veces con la muerte
de algunos de los compañeros de la dirección; porque no todos los
compañeros de la dirección de Montoneros o del ERP son los que
sobrevivieron. Hay un montón de compañeros que fueron direcciones de esas
organizaciones y estuvieron en la primera línea de combate hasta último
momento. Y Paco era uno de ellos. Evidentemente Mendoza no era el lugar
ideal para mandarlo, pero ya no había lugares ideales, todo el país estaba
agujereado por la delación, por los servicios..."
Antes de terminar, también recordó a quien fuera la última compañera de
Urondo, "Alicia Cora Raboy, una compañera que siempre reivindico porque la
conocí y trabajé en distintos ámbitos de la organización. Alicia ha
quedado siempre como la compañera de Paco, incluso algunos compañeros la
miraban como 'La mujer de...'. Alicia se tomó la militancia en serio y le
cambió la vida. Era muy disciplinada, honesta. A Paco, Alicia lo calmaba,
porque Paco muchas veces volaba y Alicia lo bajaba a tierra. Y sobre todo
le dio a su hija, Angela. Cuando nació Angela a Paco lo vimos cambiado,
como que necesitaba ser padre otra vez y lo festejó con un entusiasmo que
le hizo olvidar todos los agujeros negros que le estaba planteando en ese
momento la militancia".
Para finalizar, Carlos Aznárez reflexionó que "hay que rescatar de Paco y
de todos estos compañeros como Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Miguel Angel
Bustos, que siendo brillantes intelectuales nunca se dejaron ganar por
esta aureola de intelectualidad y cuando hubo que pasar a la acción
directa, porque no había otra vía o forma de combatir a los enemigos,
tomaron el camino de las armas. Y si hubiéramos ganado la revolución,
hubieran sido maravillosos constructores. Hay que decirlo, estuvimos ahí
del triunfo y porque estuvimos ahí nos pegaron con la ferocidad con que
nos pegaron, porque estuvimos arañando el cielo. En ese sentido Paco nos
dejó un legado de vivir con coherencia y con alegría las cosas que se
hacen".
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Para
que el mundo entrara en la historia de la alegría
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"Paco Urondo era lo menos
parecido a un guerrillero"
Osvaldo Bayer, fragmento
de un reportaje de Ana Bianco
"En el documental, usted afirma que ERP y Montoneros habían tomado su
libro sobre Severino Di Giovanni como una especie de obra de cabecera.
¿Cómo evalúa hoy esa época?
"Fue un período que viví intensamente. Mucho de mis mejores amigos
estaban metidos en la guerrilla. Paco Urondo trabajó al lado mío durante
dos años, en la redacción de Clarín. En mis encuentros con Rodolfo Walsh
yo le decía que ellos eran los mejores, pero que los iban a matar. Que
la represión era diez veces mayor en fuerzas, y que era necesario cuidar
a la juventud argentina. Otros, que no eran mis amigos, me llamaban "el
burguesito", acusándome de ser responsable de una interpretación
libertaria de la vida que no podía llegar jamás a la revolución.
Desgraciadamente, los hechos me dieron la razón y no porque yo viera tan
claramente esa época. Con Rodolfo nos habíamos conocido en Cuba. Por eso
quiero escribir una segunda novela, que se va referir a finales de los
'60 y principios de los '70. No puedo contar mis polémicas con Paco ni
con Rodolfo, porque ellos no están. Tampoco puedo reproducirlas y
adjudicarles expresiones, con lo que lo voy a hacer a través de
personajes que el lector pueda reconocer. Teníamos hermosas discusiones,
eran realmente de lo mejor. Paco Urondo era lo menos parecido a un
guerrillero. Yo no sabía que había tomado esa línea. En un encuentro en
Berlín con Manuel Puig, el novelista, recibimos la noticia de su muerte,
en Mendoza. Puig me contó, con algo de indignación: "Tengo que contarte,
Osvaldo, que las crónicas dicen que Paco era Montonero". Yo, para
tranquilizarlo, porque sabía que le podía dar un ataque de nervios, le
dije que no que estaban mal, que Paco era del ERP. Puig me dio un gran
abrazo y me dijo: "Que alegría que me das". Es que Puig era muy
antiperonista.
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Paco es la mitad de mi vida, le tengo un profundo respeto
Beatriz Urondo, hermana del poeta y militante asesinado por la
dictadura, recuerda su calvario para recuperar el cuerpo.
Por Ana Bianco
Francisco "Paco" Urondo (1930-1976) tuvo una vida intensa. Era un
reconocido poeta de la generación de los años ’60 y ’70, novelista (Los
pasos previos), cuentista, dramaturgo, ensayista (Veinte años de poesía
argentina), guionista de cine y televisión y periodista, responsable
junto a Juan Gelman del suplemento cultural del diario La Opinión
(1971), secretario de redacción del diario Noticias (1973) y autor de La
patria fusilada (reportaje a tres sobrevivientes de la masacre del 22 de
agosto de 1972 en Trelew), que realizó mientras estaba preso en la
cárcel de Villa Devoto, en 1973. Urondo, un intelectual comprometido, se
integró a la organización guerrillera FAR a comienzos de los años ’70 y
aceptó, en contra de su voluntad, un destino en Mendoza. Murió
combatiendo el 17 de junio de 1976 en Guaymallén, en una redada en la
cual Alicia Rabboy, su esposa, fue secuestrada y continúa aún
desaparecida, y Angela, su hija, sobrevivió. El documental Paco Urondo,
la palabra justa, dirigido por Daniel Desaloms, revaloriza la figura de
Urondo y entre los entrevistados destaca a Beatriz (80 años) hermana de
Paco, una testigo importante. En una charla telefónica desde Merlo, San
Luis, Beatriz Urondo compartió con Página/12 la odisea que soportó para
recuperar el cuerpo de su hermano y rescatar a su sobrina, Angela. El
director Desaloms se refiere al testimonio de Javier, hijo de Paco,
frente al estreno de hoy en el Cosmos [10/11/05].
Beatriz llegó a Mendoza con Teresa, la madre de Alicia Rabboy, y empezó
su peregrinar: "Visitaba el Comando del Ejército dos veces por día, iba
vestida con un tapado de piel y con alhajas, como si fuera una oligarca,
y recibía reiteradamente la misma respuesta: ‘Desconocemos el hecho’. En
una de esas visitas había observado a un hombre de civil que me miraba
con lástima. Y fue él quien me dijo que el cuerpo de Paco estaba en el
Hospital Cevit, y también agregó que no sabía nada de la señora, pero
que me iban a entregar a la nena. Llegamos al hospital con Teresita y
nos impedían entrar porque había finalizado el horario de visita. A un
milico le dije que pensaba entrar igual, que si quería me diera un tiro
por la espalda. Adentro escuché que unos hombres con botas de lluvia y
palas hablaban de un periodista, bien empilchado y con un reloj tan
lindo, que no lo iban a poder enterrar en la fosa común, porque la
hermana lo reclamaba. Me dirigí al forense, que no sabía nada del hecho,
le mostré una foto y le insistí que me mostrase los registros, hasta que
finalmente trajo un cuaderno Tamborcito sucio y de mala muerte donde
constaba: 17 de junio, alrededor de las 18 horas, NN sexo masculino. Un
policía me acompañó a reconocerlo, yo fingía estar enojada por ser mi
hermano la oveja negra de la familia. Paco estaba ahí desnudo en la
morgue, y pensé: ‘Qué frío debe haber tenido’. Le habían robado la
vida..."
Beatriz necesitaba la constancia de defunción: "Le pedí al forense la
partida de fallecimiento y figuraba como NN. En Tribunales me enteré de
que para ponerle el nombre correspondía iniciar un juicio y eso demoraba
mucho tiempo. Yo quería terminar con todo lo antes posible y todavía me
faltaba recuperar a mi sobrina Angela, de once meses. En el juzgado
argumentaban que faltaba una firma de Minoridad y Familia y me dio un
ataque de nervios. Ellos se comunicaron por teléfono con las autoridades
de Casa Cuna de Godoy Cruz. Acudí allí y empecé a los gritos a
desahogarme, hasta que me dieron a Angela bajo mi responsabilidad. La
directora se había encariñado con Angela y la llevaba a dormir a su
casa. La tenencia provisoria la tuvo Teresita, su abuela, y aunque
resulta increíble, ella la dio en adopción a una prima de Alicia que no
tenía hijos. Era un hecho consumado. Volví a ver a Angela a los 18 años,
cuando la contactó Javier, el hijo de Paco".
Beatriz, Teresa y Angela tomaron finalmente un avión en el aeropuerto
con los restos de Paco: "En el Plumerillo, el féretro fue puesto en una
cureña hasta subirlo al avión y una doble fila de soldados lo
custodiaba. La situación era paradójica. El avión estaba iluminado y lo
revisaban centímetro por centímetro. En el hall revisaban los bolsos de
mano de los pasajeros y eso generó una reacción en la gente. Llegamos y
fue enterrado en el cementerio de Merlo, Buenos Aires, como NN, a fines
de junio de 1976, hasta que en 1983 le devolvieron su identidad".
–Usted menciona en la película una carta que nunca le entregó a su
hermano.
–Sí, una carta que le escribí cuando estaba preso y le decía simplemente
que lo quería. Pensaba dársela en alguna visita o cuando saliese de la
cárcel, pero no se la di. Estoy escribiendo Mi hermano y yo, un libro de
anécdotas, que abarca desde el nacimiento de Paco en Santa Fe hasta su
muerte. A mi hermano lo amaba y cuando nació jugaba con él como si fuese
un juguete. Yo escribía, pero Paco nunca se enteró. Paco es la mitad de
mi vida. Le tengo un profundo respeto como poeta. Era jodón, simpático,
prepotente, machista, y conmigo era muy protector. Soy docente y no pude
aspirar a una dirección por mi apellido. Me presenté a concurso varias
veces, hasta que finalmente me percaté de que estaba en una lista negra.
Presenté la renuncia y me jubilé. La familia no estaba enterada de la
actividad política de Paco hasta que cayó preso en 1973. No sabíamos por
qué habían mermado sus visitas. Luego desaparecieron Claudia, la hija de
Paco, y "Jote" Koncuart, su marido, en diciembre de 1976. La película la
vi dos veces y está realizada con mucho respeto. El poema con la voz de
Paco, dedicado a los hijos y grabado en Cuba a modo de despedida, es
premonitorio y me hace llorar...
El testimonio de Javier
En el documental, uno de los principales testimonios es de Javier, hijo
de Paco, que hace un relato personal y político muy reflexivo. El
director Daniel Desaloms dice de Javier: "El se quita jerarquía
intelectual y dice que es simplemente un cocinero. Pero es brillante en
su análisis sobre la realidad política de esos años. En febrero del ’73
fueron detenidos en Ingeniero Maschwitz Iván Roqué, Lili Mazzaferro,
Alicia Rabboy y Paco. La policía allanó el domicilio de Chela Murúa, ex
esposa de Paco, que vivía en Colegiales, y la llevaron detenida, a pesar
de que no participaba en política y estaba separada de Paco desde 1959.
Cuando llegó a su casa, Javier se encontró con efectivos policiales y,
desesperado, tomó un tren para llegar a Maschwitz: encontró la quinta
con la luz prendida y la policía adentro, y se escapó por un alambrado.
Javier era un chico de apenas 12 años y se ocupó de hacer los llamados a
los amigos y a los abogados para informar de la detención. Tuvo una
historia muy intensa".
Fuente:
Página/12, jueves, 10 de Noviembre de 2005
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Poeta de tiempo completo
Por Juan Sasturain
Hay que tener humor, corazón y huevos –y saber que se los tiene– para
publicar en vida los Poemas póstumos y cerrar el libro que reunía Todos
los poemas (De la Flor, 1972) con estos versos, los finales de
"Solicitada": "Yo no soy / de aquí; apenas me siento una memoria / de
paso. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio / por este mundo
desgraciado. Le daré / la vida para que nada siga como está". Y hacerlo.
Porque ese hombre que murió desguarnecido pero con las armas en la mano
apenas cuatro años después, sabía y respetaba el valor de las palabras.
Era un hombre entero, y un escritor en serio.
Ahora, cuando se lo leía poco, llega la bienvenida película. La
reedición que hizo Adriana Hidalgo hace unos años, de Los pasos previos,
su única novela –"una crónica jodona, capaz que dramática, de las
perplejidades de nuestra inteligencia ante el surgimiento de las
primeras luchas populares", la definió Walsh– nos devolvió un texto que
como La canción de nosotros, de Galeano, e incluso el Mascaró, de Conti,
son más representativos y sintomáticos de la época que de los autores.
Porque Urondo, que fue periodista y de los buenos –y ahí está La patria
fusilada (1973) para testimoniar el oficio–, frecuentó el ensayo
literario como cronista y lector atento de su generación, pero fue sobre
todo poeta y, en este caso sí, de los mejores.
Es cierto que últimamente –tres décadas...– se lo ha leído salteado y
con anteojeras ideológicas reversibles: la predisposición celebratoria
ante el poeta militante victimizado o el prejuicio frente a una palabra
que se supone meramente instrumental. Claro que tampoco estaban los
poemas a mano para verificar. Después de aquella edición de De la Flor,
poco y nada anduvo por las librerías. Hasta que hace unos años, a fines
de los noventa, Juan Gelman armó para la editorial Seix Barral una
hermosa antología de su amigo. Es la que anda por ahí, se llama Poemas
de batalla y al seleccionador no le gustó el título elegido finalmente
por alguien que no era él (ni Paco, claro). Y con razón: da una idea
algo estrecha del contenido del libro y sobre todo de la actitud del
autor a la hora de versear. Acaso se debió precisar un detalle: durante
veinticinco años de leer, escribir y publicar poesía, la primera batalla
de Urondo –no la única, por supuesto– fue por la expresión justa y
contra la estimulante opacidad de las palabras. "La crueldad no me
asusta y siempre viví deslumbrado / por el puro alcohol, el libro bien
escrito, la carne perfecta", escribió en La pura verdad, a mediados de
los sesenta, para concluir: "Sin jactancias puedo decir / que la vida es
lo mejor que conozco". Algo que la misma vida podría haber dicho de él.
Fuente:
Página/12, jueves, 10 de Noviembre de 2005
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La
vida y la muerte en la revolución (1)
Por Nilda Susana Redondo
"Decime una cosa, Simón: ¿a vos te gusta la gente?"
No, así como estaban, no. A él le pasaba lo mismo; a Mateo también. A Marcos,
seguramente, quién sabe, al mismo Che: sin embargo se arriesgaron por esa gente,
por esos hombres insatisfechos; murieron por ellos"
Francisco Urondo. Los pasos previos. 1971
¿Qué estaba pensando Urondo (2) a inicios del ’70 respecto de la función del
arte, la poesía, la cultura, la revolución, la vida y la muerte? Para buscar
respuestas vamos a mirar algunos textos significativos: la novela Los pasos
previos, escrita en el ’71 y publicada en el ‘73; Trelew. La Patria Fusilada,
reportaje publicado por Crisis en el mismo año y que Urondo ha realizado a los
tres sobrevivientes de la masacre perpetrada el 22 de agosto de 1972, un día
antes de la liberación de todos los presos políticos (3) que se concreta en el
inicio del gobierno de Cámpora; y un artículo referido a la vanguardia y los
intelectuales en la revolución, que publica en septiembre del ‘74 junto a
algunas poesías que pertenecen al libro Cuentos de Batalla (4).
La Patria Fusilada expresa la línea peronista del revolucionario Urondo y pone
en evidencia una tensión entre populismo y vanguardia. Se plantea que la acción
represiva, que se viene produciendo desde el 16 de junio de 1955, busca
"separarnos a nosotros de Perón y del pueblo": es decir a la formación de
vanguardia guerrillera del líder y la masa e impedir el proceso electoral. Creen
que si Perón es desplazado, el peronismo se puede integrar al sistema. La
guerrilla está definida como "una expresión política del pueblo en condiciones
de represión y de opresión extremas". Ha sido aceptada por el pueblo a pesar de
estar integrada por militantes cuya extracción de clase no es popular u obrera
porque "el pueblo mismo tenía experiencia de violencia y de lucha que venía
haciendo por sí solo" y porque lo que importa es la inclusión de clase. Así es
como la masacre de Trelew genera una reacción popular tan importante que coloca
a la dictadura en retirada.
Hay una fascinación por Perón y su tacticaje: Se alaba el "juego pendular" del
líder y se lo considera superior a Lanusse, luego de colocarlos en una escena
como de duelo personal:
"M. A. B.: Lo que pasa es que el juego pendular de Lanusse es una cosita ...
F. U.: Este no es un problema de simetría sino un problema de dialéctica.
R. R. H.: Me inclino a pensar que el que llevaba la manija era el general Perón.
M. A. B.: ¡No tenemos líder, eh! "
En Crisis, en 1974, sostiene que la vanguardia debe existir para modificar el
estado de cosas y tiene que construirse no solamente en el terreno político sino
también en el cultural porque actúan en permanente interrelación. Hay que
colocarse en el momento histórico, conocer el estado de situación para no actuar
a espaldas de la realidad que, desde su punto de vista, sería la forma de hacer
política del ultraizquierdismo, y que lleva al vanguardismo, es decir al
desprendimiento del conjunto de la sociedad aunque advierte también que no hay
que caer en el populismo. En ese facilismo de decirle al pueblo todo el tiempo
que sí.
Le da principalidad al rol del intelectual en el movimiento revolucionario de
vanguardia pero dice que los intelectuales tienen "un enemigo difícil de aislar
y de aniquilar. Ese enemigo son ellos mismos. O dicho de otra manera, a estos
trabajadores de las ideologías, lo que más les obstaculiza la tarea es la propia
ideología."
Otro tema que aparece en este artículo es su concepto de la muerte. Urondo,
lejos del "culto a la muerte", sostiene:
"El Che decía que la revolución es un acto de amor. Y es cierto, porque los
actos de amor requieren entrega y lucidez".
"Osar morir da vida", me recordaba Lezama Lima que alguna vez dijo José Martí.
Cuando se considera a la vida una propiedad privada, sólo el heroísmo, con su
carga de posteridad o, en el mejor de los casos, de búsqueda de inmortalidad,
permite la osadía de ponerla en riesgo. Pero el sentido de la osadía que propone
Martí no es individualista, sino que responde a una concepción ideológicamente
más generosa. Porque la vida no es una propiedad privada, sino el producto del
esfuerzo de muchos. Así, la muerte es algo que uno no solamente no define, que
no sólo no define el enemigo ni el azar, que tampoco puede ponerse en juego por
una determinación privada, ya que no se tiene derecho sobre ella: es el pueblo,
una vez más, quien determina la suerte de la vida y de la muerte de sus hijos."
Esta misma reflexión van a realizar sus personajes de Los pasos previos. Es una
concepción comunista: la vida y la muerte son hechos colectivos. Además este
concepto está en toda la lógica de la época en el sentido de que en la
prolongada tarea en pro del triunfo de la revolución y por la liberación de la
humanidad, las clases dominantes, a medida que aumenten los niveles de lucha,
van a aumentar los niveles de tortura, represión y barbarie, y por lo tanto
también crece el riesgo de morir.
Se entrecruzan en la novela textos de ficción con entrevistas que le hacen en
Cristianismo y Liberación a Raimundo Ongaro de la CGT(A) (5), y textos de
Rodolfo Walsh, o escritos en conjunto por Ongaro y Walsh. Estos discursos ponen
en escena la cantidad de discusiones que se daban en la Argentina en el
’66,’67,’68 en relación a si era posible o no la lucha armada, de qué manera
tenía que llevarse adelante; si el foquismo y la guerra revolucionaria de
Guevara, tal como se había expresado hasta su muerte en Bolivia, debía tener
modificaciones o no; cómo debe evaluarse la experiencia de guerrilla urbana que
están desarrollando los Tupamaros en el Uruguay; cuál era el papel de los
intelectuales en la revolución y cuál, el rol de Cuba. Se contrastan las
visiones de la nueva y la vieja izquierda, con clara inclinación hacia la nueva
y presentando a la vieja como encerrada en dogmas que no le permiten el
encuentro con la realidad como por ejemplo, no puede comprender el cordobazo.
(continúa en pág. 14)
En el relato ficcionalizado aparecen artistas, intelectuales, actrices, actores,
pianistas, escritores que llevan una vida bohemia, de halago para el propio
cuerpo; y en determinado momento algunos de ellos se van a integrar a la lucha
armada. Además se van presentando escenas eróticas y de enamoramientos a medida
que se desarrolla la propia militancia. Urondo se atreve de esta manera a romper
con el modelo del militante puritano que debe renunciar al goce de la vida para
desarrollar su militancia. Y lo hizo no sólo con las temáticas que circulan por
sus escritos sino además en su vida práctica.
Paco era un tipo lleno de vida que sin embargo eligió morir para no delatar a
sus compañeros. Entendía su muerte como un mandato colectivo y le horrorizaba lo
que podía significar la tortura en cuanto a romper las barreras de las personas
y obligarlas a delatar a otras; probablemente desde esta perspectiva del horror
a la delación es que tenga que interpretarse la cuestión de la pastilla de
cianuro en Urondo (6). No desde el punto de vista del culto a la muerte y no
tampoco de lo que quería la organización Montoneros, respecto de lo que ellos
consideraban debían ser héroes inquebrantables; justamente Urondo lo que estaba
pensando es que él no era inquebrantable, y que lo que no quería hacer era
delatar porque le parecía el acto más indigno.
Notas:
(1) El trabajo forma parte de una investigación poético-ideológica que la autora
inició recientemente.
(2) Francisco Urondo nació en Santa Fe en 1930. En la década del ’50 fue
frondizista; al inicio de la gestión de Arturo Frondizi, en 1958, fue Director
de Cultura en la provincia de Santa Fe. Como toda la intelectualidad progresista
que había apoyado a Frondizi, se alejó rápidamente dado el rumbo reaccionario
que tomaba el gobierno. Luego participó en el Movimiento de Liberación Nacional,
hasta su opción por la lucha armada, a fines del ’60. Su producción artística es
enorme. Participó en revistas poéticas: Poesía Buenos Aires en la década del ’50
y Zona de poesía Americana, luego. Escribió obras de teatro, ensayos referidos a
la literatura argentina contemporánea; fue guionista de películas, adaptó
novelas a la televisión. Trabajó en diarios como Clarín y La Opinión y revistas
como Panorama.
(3) Urondo había sido apresado en febrero del ’73, junto a Lili Mazaferro, su
hija Claudia; el compañero de su hija, Mario Lorenzo Koncurat, y Julio Roqué
cuando las fuerzas represivas descubren la quinta que Urondo había alquilado por
resolución de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) a las que pertenecía
desde 1970, con el objetivo de realizar reuniones con Montoneros con los que
estaban en tratativas para la fusión que pronto se plasmaría.
(4) Llevaba con él estos poemas cuando lo abatieron. Escribió siempre, nunca
dejó de escribir. Es decir, con su práctica rompió el prejuicio respecto de que
hay una disociación elemental entre la militancia política revolucionaria, la
toma de las armas, el ser un combatiente y el ser poeta y dedicarse al arte y la
cultura.
(5) CGT de los Argentinos, del sindicalismo combativo, formada en 1968.
Perseguida por la dictadura de Onganía, sobrevivió hasta principios del ’69. El
secretario general fue Raimundo Ongaro; responsable de la prensa, Rodolfo Walsh.
(6) Incorporado ya a Montoneros y teniendo a cargo prensa de Noticias por 1975,
Urondo se enamora de una joven: Alicia Cora Raboy, del mismo diario. La cúpula
de la organización aprovecha la oportunidad para degradarlo con el argumento de
que ha violado el código interno de ética, moral y buenas costumbres; por
infidelidad, pues él aún vivía con Lili Mazaferro. Resuelve enviarlo a Mendoza,
donde (como relatan Walsh y Verbitsky) había un alto nivel de represión y gran
desarticulación en el grupo: ese traslado significaba ser colocado en riesgo de
muerte. Urondo acepta ir allí por mayo del '76 y rápidamente muere en una
encerrona policial. Iban en un Renault 6 con su esposa Alicia Cora Raboy, con la
bebita de ambos, Angela y con una compañera montonera. Urondo tenía armas en el
baúl pero no puede detenerse para buscarlas. Cuando comienzan a tirotearlos se
defienden con armas cortas pero finalmente Urondo les dice a las mujeres que
intenten escapar. El tiene un tiro en la espalda; cuando el auto se detiene por
el impacto de las balas, ingiere una pastilla de cianuro (recomendación de
Montoneros), igual lo rematan con otro tiro. La Turca escapa y Alicia intenta
entregar la bebita a un hombre que estaba ahí, dueño de un taller. Ella es
secuestrada, no aparece en el parte de la policía. Finalmente a Angela se la
lleva la policía y la colocan en una casa cuna. El comisario coronel Sánchez
Camargo envía a su responsable la siguiente nota: "remite a un menor lactante
hija presunta de N.N. y de N.N. quien en la fecha fuera abandonada en un
automóvil mientras se realizaba un procedimiento en este servicio con
conocimiento de las autoridades de la 8° Brigada de la Infantería de Montaña.
Tanto ella, la progenitora, como su padre, al ser evocados por la policía
abandonaron a la niña dejándola en total desamparo material y moral. . ." (2003,
158/9) En Los Andes la noticia se tituló: "Abatieron en Mendoza a un delincuente
subversivo".
Bibliografía:
Urondo, Francisco.
*Los pasos previos, Bs.As. Adriana Hidalgo editora S.A., 1999.
*Poemas de batalla. Antología poética 1950-1976. Selección y prólogo de Juan
Gelman. Bs.As., Seix Barral, 1998.
*"La patria fusilada. Testimonios de María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps
y René Haidar, sobrevivientes de Trelew", Bs.As., Crisis N°4, agosto 1973.
*"Textos y Poemas", Bs.As., Crisis N°17, setiembre 1974.
Referidos a Urondo
*Freidemberg, Daniel, "Dossier Urondo" en Diario de Poesía N° 49, Bs.As., otoño
1999.
*Montanaro, Pablo, Francisco Urondo. La palabra en acción. Biografía de un poeta
y militante. Bs.As., Homo Sapiens ediciones, 2003.
Nota publicada en la edición Nº 57 (enero de 2004)
Fuente: www.primerodeoctubre.com.ar
Su obra poética comprende
Historia antigua (1956), Breves (1959), Lugares (1961), Nombres (1963),
Del otro lado (1967), Adolecer (1968) y Larga distancia (antología
publicada en Madrid en 1971). Ha publicado también los libros de cuentos
Todo eso (1966), Al tacto (1967); Veraneando y Sainete con variaciones
(1966, teatro); Veinte años de poesía argentina (ensayo, 1968); Los pasos
previos (novela, 1972), y en 1973, La patria fusilada, un libro de
entrevistas sobre la masacre de Trelew del '72. Es autor en colaboración
de los guiones cinematográficos de las películas Pajarito Gómez y Noche
terrible, y ha adaptado para la televisión Madame Bovary de Flaubert, Rojo
y Negro de Stendhal y Los Maïas de Eça de Queiroz. En 1968 fue nombrado
Director General de Cultura de la Provincia de Santa Fe, y en 1973,
Director del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras
de la Universidad de Buenos Aires. Como periodista colaboró en diversos
medios del país y del extranjero, entre ellos, Primera Plana, Panorama,
Crisis, La Opinión y Noticias.
Amarla es difícil
Es buena, cuando duerme;
el calor de su cuerpo es un puñal de vidrio
que remonta los sueños.
Cuando calla, es buena
y su voz una premonición olvidada y peligrosa
que arruina el silencio.
Cuando grita o llora
o se lamenta o se divierte o se cansa,
nada puede contener
este dolor alegre que envenena
mis sueños y mi soledad.
Por eso es difícil pensar
en ella, en su cara bondadosa;
abandonarse; por eso
es una cobardía retenerla
y dejarla ir, una pavorosa crueldad.
A veces, cuando lo pienso,
no sé qué hacer con ella,
con este destino luminoso.
Dos lineas de fiebre, mareas y pronósticos
Oigo tu paso que se acerca o se
despide; revolcar la sangre, el odio; conocer,
reconocernos. Saber para qué sirven
los fracasos, las victorias del amor. Dejar
que a tu rincón se siente quien no debe sentarse.
Sin poder iluminarte; embarazada, sepultada,
mejor que valga la pena, que todo salga bien. Perdón
y desconfianza: tu pesado calor
es una muela de reproches
y agradecimientos y ternuras y miedos.
Rastro luminoso y cálido, perdido
para encontrarme. Rastro de la verdad que alcanzo
a tocar, rescatado por mi flagrancia vacilante, hirviendo
de terror. Rostro que levantamos para destrozar.
De una punta a la otra de la verdad,
voy a levantar tu nombre, como si fuera mi brazo derecho.
Del otro lado
Cuando estuvimos desesperados, alguien
contó la historia.
No se la puede escuchar serenamente, tiemblan
las manos, el corazón se encoge de dolor;
da un poco de miedo mirar a la gente, detenerse.
Ocurre lo de siempre.
Estábamos perdidos y la historia era confusa. Nada
tenía que ver con la certeza, ni
con el muslo de la bataclana. No
intervinieron traiciones; no es
una vulgar historia de fervores o de mantenidas.
Tu mano es necesaria para sobrellevarla. También
aquella vez (siempre aquella vez) apagaron
las luces y fue necesaria la presencia de tu mano.
Nos apretamos las manos en la sala impenetrable, temblamos
ante la cólera que aún no se había manifestado, que nunca
llegaría a marcarnos como sospechábamos, sino
de otra manera. Nuestras manos
procuraban ordenar el temblor, dominar el doloroso pánico;
y todo porque Humphrey Bogart había resucitado.
Estábamos perdidos en aquel
cine y él no era como el redentor; su cruz
no era un mandato, era
la inteligencia del hombre, era la resurrección
de la ciencia y de nuestros queridos finados.
Hace mucho que nos pasó esto; la mano
fría del cadáver impenitente
rozaba los sueños,
acariciaba nuestros tiernos rostros despavoridos.
Desde aquella vez no sabemos qué hacer con las historias,
con los muertos que no aceptan su desdichada condición, no
sabemos qué hacer con el miedo; no sabemos
encontrar nuestras manos, nuestra
tristeza. El mundo inconsistente.
Hubo muchas anécdotas como ésta ¿Quién
no tiene cosas horribles que contar? ¿Quién no tiene
su historia? Pero nadie supo qué decir, nadie supo
qué hacer, cuando alguien contó la historia.
Seguramente al escucharla buscarás una mano; será
como antes, pero enseguida
intentará olvidar que estuvimos tristes o asustados.
Tampoco sabrás qué decir cuando se haga tarde; lo de siempre:
tendrás ganas de llorar, y nada más.
Nadie esperaba una historia como ésta, tan lamentable ¿Por qué
no llorar entonces? ¿Por qué no perderse en la
espesura de la sala?
Se derramará sobre tu memoria,
como el alcohol que se vuelca entre los nervios y la madrugada;
la historia sobrevolará tu linda cabecita,
será un cuervo que sacudirá tus entrañas corrompidas,
que despeinará cariñosamente tu pelo
Cada día que pasa
Sin excepción, casi por naturaleza o desatino,
todos los días, a la mañana, temprano,
ando por este camino. Llego tarde al trabajo y con
alegría, cuando
es necesario llegar más temprano
y con indignación o repugnancia o sed
de venganza o rabia. Todo esto
no me martiriza ni me apena, aunque parezca
lo contrario y tenga olor a traición; sé muy bien,
con toda impaciencia, que el ocio
llegará algún día con la revolución. Y que ni una cosa
ni la otra vienen de la tristeza o de la impotencia.
Voy cansado, es cierto, harto como todo el mundo que se precie,
o con desaliento; pero nunca falta
alguna cosa, un olor,
una risa que me devuelva,
para valer la pena; recién entonces empiezo a convencerme;
calles sucias y bocinas y el tráfico
alucinado y dormido todavía; viejos conocidos,
como el destino
o la bruma de la ciudad. Y
el mal semblante; la desconfianza
en los ojos, en los grandes ojos de la gente
hechos para volar. Manos enrarecidas
que rodean
la calle sitiando su respiración. Dominados
del mundo; empleadas
tersas y vulgares bajando
de coches lujosos de los dueños
de otras empleadas, y así sucesivamente.
La pura verdad
Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.
Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:
siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.
Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor
y miedo y apremio.
Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.
Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,
un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.
Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin
darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a
cualquiera o aburrir de golpe.
Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi
memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.
El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la
Cenicienta, aunque algunos
me recuerden con cariño o descubran mi zapatito
y también vayan muriendo.
No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.
La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.
Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:
sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.
Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no
sirve y se corrompe.
Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.
Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida
Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.
Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme
Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.
Bar "La Calesita"
Es el fondo de un bar. Es un lugar parecido a una
cueva donde uno se sienta, bebe y ve pasar a
hombres enrarecidos por distintos problemas. Es una
gran linterna mágica.
Es una gruta retirada del mundo que cobija a sus
criaturas. Uno se siente allí ferozmente feliz.
Acaba de aparecer el primer hombre, apenas ha
aprendido a caminar, aún no sabe defenderse.
El hombre sonríe y llora y sigue la fiesta.
El ocaso de los dioses
No hay nadie en la calle, en los ruidos húmedos, en el
vuelo de las hojas y mis pasos quieren reiniciar
las maderas de la adolescencia.
Pero todo está abandonado, no hay nada que pueda
favorecernos; ningún aire de inconsciencia, ningún
reino de libertad. Sólo hábitos tolerantes haciendo
crujir nuestra memoria. "Ha estado bien", decimos.
Dueños del incendio, de la bondad del crepúsculo,
de nuestro hacer, de nuestra música, del único
amor incoherente; soberanos de esa calle donde los
tactos y la impresión hicieron su universo.
Las sombras acarician aún sus veredas, tu mismo
nombre y tu gesto son una forma nocturna que en
esa constelación crece y sabe enrostrar nuestra
culpa.
Y todo termina con una esperanza, con una dilación
–"ha estado bien"–, o en un bostezo, o en otro
lugar donde es menester el coraje.
Algo
a Rubén Rodríguez Aragón
con tu muerte
algo vendrá
algo que jamás sacudió
tu conciencia
no importará
la tierra que te rodea
el árbol que te soporta
el agua que admitió tu pereza
no será algo
que ahora retumba en tu memoria
ni las resonancias que prefirió olvidar
vendrá algo sin vínculos
una lluvia sin pasado
sin gestos censurables
o bondadosos
no estará en juego
tu salvación
tampoco el olvido
ni el arrepentimiento
el "ángel tuerto"
no vendrá a consolarte
no será necesario
y olvidarás también el consuelo
para tu corazón
no habrá consuelo el día en que caigas
no habrá estaciones
ni pájaros
ni trenes
ni alcohol
ni sangre penosa que aguantar
no por eso habrá descanso
el día en que llegue algo que no suponías
algo que vendrá a reclamar
el lugar en el mundo
que supiste negarle
una indescriptible culpa
haciendo estallar las huellas
que minuciosamente lograbas distribuir
ningún rastro
con tu muerte
vendrá una nueva
y desconocida vergüenza
Como bola sin manija
puedo ir para un lado
puedo ir para otro lado
encontrar estuarios pálidos cisnes quietos
buques mansos que como a las nubes
me llevan de un lado para otro lado
puedo dar con lugares apacibles
o sombras excitantes
la primera piel de una mujer
el aroma de una mujer el sonido de una fiesta
puedo beber de cierto cuidado y enfermarme levemente
y sentir en las sábanas el olor del sol
puedo llegar a tener suerte en el juego y en la vida
puedo cambiar de vida y de nombre
puedo peinarme de otra manera
y vestir como nunca lo hice
puedo sorprender
ser irascible o piadoso
comprensivo con las mujeres
o despiadado con sus increíbles sentimientos
puedo como antaño volver a enamorarme
puedo padecer por un vago recuerdo
o tirar todo por la borda
o no soportar la memoria
–hoy te he recordado vagamente–
puedo reír y cantar
divertir a la gente
y esperar a que todos estén completamente locos
y ya no parezca tan divertido
puedo envejecer y enmudecer para siempre
y decir palabras sin mayor fundamento
puedo gozar de placeres fáciles y complicados
–eras alta antes de conocerte
y hoy no he recordado tu nombre
y pienso que otro día podré humillarlo–
puedo tener rasgos bondadosos
arranques de conmovedora caridad
puedo echarme a perder
o tener más hijos como si ofreciera
el más estupendo y bonito de los mundos posibles
puedo ambicionar una amplia fortuna
hasta puedo trabajar o pensar en el as de oro
o seducir a una adolescente frágil-como-un-pétalo-de-agosto
puedo hacer viajes exóticos morder la espesura de un follaje
jugar mi vida por unos diamantes impuros
o por lánguidos ojos saturados de sabiduría
puedo emborracharme aquí o en el extranjero
y caer exhausto en la turgencia de un muslo
o en el filo de una dudosa alcantarilla
puedo investigar o escribir luminosos párrafos
que abrirían por sí el futuro
puedo ser un intelectual responsable o desaprensivo
firmar o no firmar traicionar o jugar a la lealtad
puedo ser adorado
puedo ser odiado
tener amantes
distintas en su belleza singulares en sus caprichos
o no tener a nadie
y no guardar un solo recuerdo
puedo rechazar la ternura
o mendigarla como hace unas horas
puedo vivir alternativas viejas o recientes
fáciles y peligrosas
puedo elegir mi destino
aunque no sepa darle forma adecuada
ni por dónde empezar
puedo imaginar el tiempo que desconozco
luchar por esa o por otra dulce aspiración
puedo olvidar
–hoy no he podido recordar tu nombre–
de la memoria puedo imaginar las interminables apuestas
y sus mañas de vieja tramposa
puedo no pensar en que distribuye los signos
de ese futuro tangible y ajeno
POEMAS POSTUMOS
Milonga del marginado paranoico
Parece mentira
que haya llegado a tener
la culpa de todo lo que ocurre
en el mundo; pero es así. Han tratado
de disuadirme psicólogos y sociólogos de mi tiempo,
me han dado razones de peso técnico largamente
formuladas y
parcialmente ciertas. Pero
yo sé que soy culpable de los dolores
que aquí siento y recorren el mundo; de las soledades
que lo van vaciando: quisiera saltar
como Juan L. Ortiz, vociferar
como Oliverio Girondo, pero: primero, ellos me ganaron
de mano; segundo, no me sale bien y aquí
empieza todo nuevamente: otro sufrimiento
igual a diapasones y recursos
que conozco perfectamente y que no vale la pena
repetir: primero, para no emularlos; segundo, porque
tendré que ir
reconociendo que no he sabido
hacerme entender. Y esto es agudo como un ataque
que nos traga la lengua; pido entonces disculpas
por la mala impresión, por las exageraciones.
No puedo quejarme
Estoy con pocos amigos y los que hay
suelen estar lejos y me ha quedado
un regusto que tengo al alcance de la mano
como un arma de fuego. La usaré para nobles
empresas: derrotar al enemigo– salud
y suerte–, hablar humildemente
de estas posibilidades amenazantes.
Espero que el rencor no intercepte
el perdón, el aire
lejano de los afectos que preciso: que el rigor
no se convierta en el vidrio de los muertos; tengo
curiosidad por saber qué cosas dirán de mí; después
de mi muerte; cuáles serán tus versiones del amor, de estas
afinidades tan desencontradas,
porque mis amigos suelen ser como las señales
de mi vida, una suerte trágica, dándome
todo lo que no está. Prematuramente, con un pie
en cada labio de esta grieta que se abre
a los pies de mi gloria: saludo a todos, me tapo
la nariz y me dejo tragar por el abismo.
Muchas gracias
Sirve y me inclino
ante tu palabra, luz de mi pensamiento. Abrirán
las puertas, dejarán entender: los artistas, los
intelectuales, siempre
han sacudido el polvo de la realidad; descubrieron
caminos, emancipaciones
que no siempre lograron recorrer: era
prematuro en algunos casos, en otros fue distinto
– convengamos–, otras palabras son, bajar
la corredera de la mira, buscar con el guión
y dar justamente sobre algo que puede
moverse; un bulto,
un meneo a menos de cien metros
de tu corazón vulnerable, también enemigo.
La suerte ha dejado aquí de andar
fallando: se encendió la luz y pudo verse el caos, las
flagrancias: esa mano
allí, esta codicia; el miedo y otras mezquindades se pusieron
en evidencia y el amor
no aparecía por ninguna parte. Recompuestos
de la sorpresa, rendidos ante los hechos, nadie
pudo negar que en este país, en este
continente, nos estamos todos muriendo de vergüenza.
Aquí estoy perdiendo amigos, buscando
viejos compañeros de armas, ganándome tardíamente
la vida, queriendo respirar
trozos de esperanzas, bocanadas de aliento; salir
volando para no hacer agua, para
ver toda la tierra y caer en sus brazos.
La verdad es la única realidad
Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la explotación o
de la producción.
Los sueños, sueños son; los recuerdos, aquel
cuerpo, ese vaso de vino, el amor y
las flaquezas del amor, por supuesto, forman
parte de la realidad; un disparo en
la noche, en la frente de estos hermanos, de estos hijos, aquellos
gritos irreales de dolor real de los torturados en
el angelus eterno y siniestro en una brigada de policía
cualquiera
son parte de la memoria, no suponen necesariamente
el presente, pero pertenecen a la realidad. La única aparente
es la reja cuadriculando el cielo, el canto
perdido de un preso, ladrón o combatiente, la voz
fusilada, resucitada al tercer día en un vuelo inmenso
cubriendo la Patagonia
porque las masacres, las redenciones, pertenecen a la realidad, como
la esperanza rescatad