Breve biografía del autor (Contemporáneo,
sanmartinense)
Juan Carlos Tripaldi nace el 10 de febrero de 1960 en la ciudad de Gral. San
Martín, Pcia. de Buenos Aires. Incursiona en el arte abrazando la pintura,
habiendo estudiado en la "Escuela de Artes Visuales Antonio Berni" donde egresa
como maestro.
Realiza continuos viajes a Europa en la década del 80 ampliando su visión
artística.
En un amanecer de sus días incorpora las letras como método de expresión,
generando "un mundo propio", al cual recurre con pasión y entusiasmo, dejando
documentada cada vivencia en la que participa como actor fundamental de éstas.
El autor incursiona en la narrativa y la poética, valiéndose de esta última como
expresión fundamental en su discurso y llevando como "punta de lanza", la
metáfora "envolvente".
Prólogo
Recurro a la palabra como expresión de vida, y la hago documento para no
extraviarla, para que no quede apenas en mi aliento, o en una vana sensación de
que en un momento dado algo fulguró en mi sentir y manifestó un escozor vital.
Por tanto, una necesidad extrema me impulsa a circundar mi ser, mi forma, con el
legado inequívoco de que lo escrito, escrito está; de que ha amarrado, que ha
encontrado un lugar: no levita en una sensación de haber estado; sino que ha
estado, ahora está: permanece; pues ya lo vivo profusamente como propio y puedo
mostrarlo, porque el discurso escrito está.
Y no bamboleo en engaños; porque la razón me nutre, porque la he sujetado; y no
me desprendo, porque sé que hay más allá, sé muy bien lo que hay en las afueras
de la razón y no quiero allí estar…
He tomado la palabra, la he reconocido, la he gustado, la he encontrado, la
recuperé desde el silencio, desde la misma muerte…
Recurro a la palabra como necesidad de vida, y la hago documento para no
extraviarla, para no olvidarla… y con todas mis fuerzas la manifiesto: ahora hay
testigos, sobre Ella
Juan Carlos Tripaldi
Desde El Alma
Carta a Jorge Sombra
(Cada Día…)
San Martín 17de Marzo de 2005
Estimado Jorge:
Respondiendo a tu inquietud última, "sobre el esfuerzo diario, el día a día,
donde cada día ha de ser el sustento renovado de una nueva historia por cumplir
y donde la meta no es el fin, sino el umbral hacia algo nuevo", es que me he
permitido reflexionar, y en lo posible, "no alcanzar repuestas", sino intentar
generar preguntas que me permitan estar despierto, y así, no contentarme con
argumentaciones válidas, pues me inflaría en agrado, y ahí quedaría, satisfecho
de nada.
Te diré que en este reflexionar no estoy solo, ni siquiera cerca del planeta
tierra; aquí, estoy junto a la Sapiencia y el Silencio, y unos metros más allá
se encuentran la Paz y el Buen Decir, y circundando el lugar están los Otros;
los Maestros, sabios de la congruencia.
Y estando entre ellos pregunto…
- Si cada día ha de ser un comienzo, un volver a renacer ¿Cuándo seré quien debo
ser?
Alguien dice:
- Cómo puedes pensar en ser si aún no concebiste tu existir, e inhalas timorato
tu sustento vital.
Otro agrega:
- Cuando concibes tu existir y la certeza de tu realidad te inunda, no habrá
días por cumplir, pues en ese mismo instante comenzará tu día perpetuo, tu
jornada de eternidad, donde el silbido del silencio será tu regente.
Pregunto nuevamente:
- ¿Es entonces el "día perpetuo" la totalidad de las cosas?
Alguien muy cerca responde:
- La totalidad eres tú, ¿Dónde la buscas?, ¿dónde pretendes hallarla? Lo que no
se halla oculto, está a la vista, y así, no hay motivos para buscar.
Tras mi desconcierto agrego…
- He nacido una mañana, y conquistado mil y una alboradas, y no he logrado
afianzarme en una simple mirada. ¿Cómo puedo entonces, vislumbrar esa mañana
distinta que no logro siquiera concebir desde el ser que aún no soy? Si he
dejado de pensar en los días que fueron, y ni se me ocurren los venideros.
¿Puedo acaso tropezar con mi existencia, y obviar de ella?
Voces se alzan, y unas dicen:
- ¿Qué dices?¿Qué pretendes?
Y otra voz añade:
- Ver sólo un día es morir ese mismo día.
Ver, aquellos idos, y los que vendrán, es sólo ver una parte.
Poder sentir el que has de comenzar, es el día que no se te escapará, y tu
existencia lo hará perpetuo, porque privilegias el Buen Sentir.
- He derrochado ingenuidad – confieso turbado- y tanta más brutalidad, y días se
me han escapado. ¿Cómo podrá advenir la totalidad, la existencia, el día
perpetuo, desde la vera del sonido universal?
¿Sabré acaso identificar mi existencia, o una fragmentada percepción anulará una
vez más el día de victoria?
- El guerrero es guerrero mientras hay batalla. -anuncia uno de los maestros-
¿Tú en que batallas estás? –agrega.
- Escudriño en mí, que ninguna batalla he ejercido, pero creo haber muerto en
tantas, y haber quedado en más de una.
Confieso estar extenuado, pocas preguntas me han azorado, y mi voz se hace
débil.
Alguien exclama:
- Aprende a recoger tu mirada, llévala hacia ti, lo más próximo posible, y
cuanto más de ella hayas adquirido, tanto igual, de tu existencia habrás
conocido, y tanto más, SERÁS.
Sacudo mis ojos con pasividad
Aquí estoy Jorge, he vuelto; entre papeles, el escritorio, y alguna que otra
confusión; te pido disculpas por mi "desprolijidad", si es que la notas o se
hace evidente. Quise apenas reflexionar sobre algo…
Me despido, Buen Amigo.
Yo desde aquí, seguiré en voz baja reflexionando como cada día… Trataré de no
auto-aturdirme.
En la próxima te cuento, Adiós.
Juan Carlos Tripaldi
17de Marzo de 2005
*Jorge H. Sombra (Periodista, Escritor contemporáneo)
El cuento…"que me
contaron"
(FICCIÓN)
Este cuento, fue distinguido con segunda mención de honor en el 1° concurso
distrital de cuentos "JOSÉ HERNÁNDEZ," auspiciado, por el Honorable Concejo de
Deliberante de General San Martín.
Corría el año… ma’ qué sé yo. Perdí la cuenta. Sí recuerdo, que había llegado a
casa una gacetilla, o algo así como… un panfleto, de muy buena calidad por
cierto, y bien diagramado. La portada, hacía alusión a las votaciones que
tendrían lugar aquel año; y a pie de página en bastardillas decía: "Gracias por
confiar en nosotros". En las páginas interiores, sin mucho preámbulo se pasaba a
detallar las bondades del plan trazado. Recuerdo que hice una minuciosa
observación de cada punto. Me resultaba amena la lectura, era muy coloquial;
casi como… un tutearse con el vecino; así, como un ida y vuelta, sin chicanas ni
medias tintas; percibí que dos más dos, era tanto como me "habían enseñado"…
Me resultó confiable el discurso: baja de impuestos; mejoras hospitalarias, poda
de árboles, atención a los ancianos y… otras cosas más, ah… el bacheo…
Bacheo… Mirá, no me hables de bacheo; le venía diciendo a mi viejo, "Cuando
salgo con la bici y trato de sortear los dos primeros pozos, termino rebotando
en los cinco que le siguen". Soy "experto" jugando damas, por lo del movimiento
en zigzag lo digo; pero contra los baches… es imposible, te ganan; porque ellos
manejan las blancas y las negras. ¡Y a uno sí que se le ponen negras! ¡Qué
paradoja!…
Bacheo… Hace poco, hablando con el viejo le dije: "Mirá pa, yo cuando ando por
la urbe, tengo que hacerme un croquis mental, para anticipar las calles que me
permitan llegar a destino. Es que la preocupación que me asola es por llegar a
donde voy; los buracos, pasan a un segundo plano: arribar a destino es el fin".
Y en esta aventura, que sí lo es; hay una protagonista con atributo de "heroína
silenciosa", a quien debo destacar y rendirle homenaje; y es a mi aguerrida y
valerosa Bici. Realmente hasta ella se transforma "en víctima": menos mal que es
un mionca, aguanta todo, y un poco más…
La bici… Nos damos cada tortazo, ella se la banca, qué va a decir… pero no es
justo, sé que sufre. Últimamente escuché cómo le crujían los intersticios, y más
allá de algún rezongo, se la aguanta, es un fierro…
Y yo… yo sí que soy osado. La vieja me lo repetía a cada rato, "¡Tené cuidado,
andá despacio!". Y yo… qué le iba a decir, lo de siempre: "Quedate tranquila,
más que al suelo adónde voy a ir"… Lo decía a manera de chiste, quizás de mal
gusto. Pero…
-¿Pibe?...- escucho a lo lejos.
¡Son muchos los baches! En una cuadra, es decir, en cien metros aproximadamente,
llegué a contar catorce, entre micro y macro buracos; ¡terrible!
-¡Pibe… estamos trabajando! - escucho muy a lo lejos.
¡Qué bicicleta!... es guerrera la guacha; qué se va a achicar, si acá está, al
pie. Ni siquiera la escuché gritar. Pero… quedó hecha pelota, sonó como un
bandoneón, y terminó fruncida como el vestido de abuelita, qué lo parió…
- ¡Pibe… si escuchás, mandá una señal! – escuché con dificultad, ya que una
sirena cubría estrepitosamente el espacio.
La ¡pucha carajo!, quién lo iba a pensar…Podía pensar en un raspón, en la nariz
hundida en el crudo alquitrán del pavimento… Pero no…
- Pibe… vamos a bajar una lámpara, y ya llegó la ambulancia.
- Sí, sí, ¡gracias!… -respondo, sabiendo que mi voz no pasó más allá de los
labios.
Quién lo iba a imaginar… bajé como tres subsuelos, creo… a lo mejor son cinco.
Lo que más bronca me da es que iba despacio, eludí el primero, gambeteé el
segundo, arrimé bochín en el tercero, pero el cuarto… el cuarto fue fatal. El
cuarto fue el trampolín de rebote que me llevó a bucear en el quinto… El quinto…
¡qué buraco!, esto sí que es una caverna. Parafraseando el tango aquel "Que me
van hablar de baches", ¡éste sí que es un flor de bache!
- Ya te vimos pibe, aguantá que ya llegamos…
Qué bárbaro… me siento como ese hermoso tango de Enrique Cadícamo," Anclao en
París", y me viene a la memoria… la primera estrofa, que dice: "Tirao por la
vida de errante bohemio estoy, Buenos Aires, anclao en París"…
Pensar que por un pelo no zafé. Parecía una grieta más, una más de las tantas
que pululan en la urbe. Ma’ qué, la rueda delantera se ensartó como la mejor:
mejor hija de…Y con el impulso y el peso gravitatorio, chau, al muere… se
desmoronó hasta el obelisco.
¿Me pregunto cuánto me diferencio de Don Quijote, en lo referente a su
"renegar"?
Don Quijote se las tenía que ver con los molinos de viento, que "amenazaban su
existencia". Pero aquí en la "crítica Babilonia", los molinos y los vientos
confabularon para taladrar el cemento, y crearon monstruos alucinantes,
vivientes. ¡Mamma mía!, te devoran como los agujeros negros, esos del espacio
estelar; en cuanto arrimás un poco, una misteriosa fuerza concéntrica se apodera
de tu eje, y chau, fuiste: te tragó.
Qué vergüenza che… Aunque vergüenza es la falta de mantenimiento. Hoy entro a
ser un "anónimo" más, uno de aquellos que constituyen las trágicas
estadísticas:"como un caso de accidente vial". Y bue’, qué levasacé. Los que
andamos rodando por la urbe, nos transformamos en guerreros silenciosos de las
tórridas y "poéticas" calles, y de tanto en tanto tenemos que enfrentar alguna
derrota.
¡Uyy!… ¡Qué tortazo! ¿Qué me tiraron?, ¿qué es este manojo de no sé qué?...
- Che pibe… atajá el arnés - me grita un salame numero uno, "sin saber" que me
lo enterró en el marote – fijate si te lo podes colocar – "grita el socorrista".
- Sí gracias, voy a tratar de adosármelo - replico con cierto grado de
confusión.
- Tranquilo, tranquilo pibe, movete despacio, y cuando está, pega un tirón a la
cuerda.
Qué locura… si yo iba al laburo. ¿Ahora, adónde voy? ¿Y la bicí?… ¡Hermanita!
Voz llegaste al final del camino, perdoname… no te cuide lo
suficiente…perdoname…
-¡Señor socorrista… suba! – tiro apenas de la cuerda, dando la señal.
Una congoja amarga multiplica el peso de mi cuerpo.
Me dejo arrastrar por la fuerza de aquellos que vinieron a socorrerme, y una
lágrima maltrecha cae sobre la guacha guerrera, mientras mis ojos la ven
quedarse allí, allí en esa húmeda tumba de la vergüenza… Chau piba, chau…
- Bien pibe, dale que falta poco; así, dale, ¡dale… bien pibe! ¡Bien! – escucho
aplausos efusivos que llegan a acorralar mi dolor, me dejo envolver por ese
calor…
- Gracias, muchas gracias – le digo a los socorristas que me ayudan.
Veo que son tres, con ropa de bombero. El petiso, semejante a un chucki, y otro,
el más gordo, me acuestan en la camilla. Mientras que el tercero, con cara de
bondad, y de haber comido un regio sándwich de mortadela, me mira como diciendo
hemos cumplido, al tiempo que recupera el arnés.
Me sacaron a la luz como en un parto. Sí, así me sentí, como la criatura que
despuntó del útero de la tierra. Fui parido desde el ridículo, como un vomito no
querido. Sin un padre a quién reclamar por tanto horror, sin poder preguntar por
su ausencia.
En la efusiva y confusa bienvenida se me abalanza un personaje de aquellos,
pensé que era el carnicero de la zona, "por la pinta"; con un guardapolvo color
isabelino, y trágico aspecto.
- Señor soy el médico. Dígame si siente dolor, si le duele donde toco – mamita
qué baranda a nicotina, debería cuidar la higiene, me rozó la cara con un hedor
pestífero a pucho altamente insalubre.
- Parece que estoy bien doctor, me apabulló el impacto. Lo peor lo recibió la
bicicleta; tuve un Dios aparte, y una hermana de oro que amortiguó el golpe;
sino, "andá a saber"…
El tordo empieza con las preguntas de rigor, y anota en una planilla
recauchutada: nombre, domicilio, teléfono etc. etc.…
Lentamente busco incorporarme, pero el olor a pucho me ataja ridículamente, como
un aliento mal expresado frena mi cuasi levitación:
-¿Adónde va?...
- No, está todo bien doctor, creo que puedo seguir…
Se acerca uno de los bomberos, el de la cara bondadosa.
-Pibe soy el oficial Salomón, te hago unas preguntas por favor… Son las de
rigor. – respondo sin muchas vueltas. Pregunto quién dio avisó y me responde que
fueron los vecinos.
Finalizadas las preguntas elogio el comportamiento:
- Les agradezco mucho estimados servidores públicos, han cumplido con sus
funciones, y lo destaco, agradeciéndoles nuevamente.
El médico da palmaditas en mi espalda, mientras lo acompaña una sonrisa
trasnochada quién sabe en qué tertulia, y uno de los bomberos, el chucki, me
toma del hombro con mucha simpatía.
El oficial socorrista me entrega un papel con el número de registro del informe,
donde queda constancia de lo sucedido y dice:
-Pibe si querés iniciar algún tipo de acción legal, hacé la denuncia en la
fiscalía, y con este papel podés pedir una copia del informe que labré
Doy las gracias, y saludo con un apretón de manos a los tres "magníficos", y lo
mismo hago con el doctor, que me deja ir después de firmarle la "conformidad".
Los servidores públicos se retiran con la satisfacción de haber cumplido; al
mejor estilo indio hacen alarde de la sirena – "a su manera expresan algarabía".
Varios vecinos me miran asombrados desde la acera, les hago gesto de que todo
está bien y agradezco la preocupación y el haberme socorrido. Mirando al cielo
doy gracias en posición de rezo, y alzo las manos en gratitud...
Al rato quedo solo…. Solo es un decir, "el alma de una Hermana" está tan cerca…
Una cinta en señal de alerta circunda la boca del cráter…y allí, en el fondo, en
ese fondo húmedo que no alcanzo a distinguir "desde mi razón" queda una heroína,
una guerrera laburante… una vida…
Entre sollozos me retiro despacito. Como un pibe enojado, marcho pisando globos
de aire, de bronca; los enrostro contra la calle. La calle… hay que estar loco
para ir por la calle…
Subo a la acera, llevado por pensamientos confusos, y un poquito dolorido por el
tremendo "bochorno", quiero decir, golpazo.
Voy pensando qué contarle a la vieja, al viejo; no sé cómo explicarles lo
sucedido, y entre pensamientos me doy cuenta que la vereda no tiene mucho que
envidiarle a la calle, y tengo que empezar a hacer zigzag para zafar de las
baldosas rotas y algún que otro pozo, y zafo una, zafo dos y… ¡Uh...la puta! –
trastabillé y volé como tres metros, quizás un poco más, agarrándome entre el
piso y la pared al mejor estilo hombre araña - casi más me mato, dejame de
joder, no me cabe duda que han confabulado las raíces y alguna que otra escoba
traidora para roer, corromper, y desnaturalizar la convivencia social, para mí
que alguna potencia extranjera está metida en todo esto. ¡Qué locura, dónde me
incrusté, qué oscuro que está!… ¡Sancho, asistente! ¡Escudero!!!…
JUAN CARLOS TRIPALDI
Epígono y Dialéctica
(Tras la ruta de los "Epígonos")
Discurriendo en el Ensayo: No sé si me cabe el mote o el calificativo de
Epígono, no he propiciado ninguna gesta y en mis días que han de madurar, no he
previsto ir tras alguna osada maestría, tras la cual se me diera título de
envergadura.
¿El Maestro se adelantó…o nací después, tardíamente?… fuera el caso, uno u otro,
los pasos que emprendo me harán recorrer inexorablemente un camino ya trazado;
considerarlo mi camino puede que sea arbitrario: el camino existe, las huellas
fueron transitadas una y tantas veces; los peregrinos fueron gestores de sus
pisadas, un sello indeleble e inamovible perdura.
¿Que transite sobre otras huellas, en un camino que ya existe, implica seguir
esas huellas, o corporizarme en pisadas que no son las mías?
Desde lo literario, a la vera de los senderos, me detendrán fragancias, perfumes
extasíales, colores que visten flores y mil bellezas más. Entonces digo, que mis
vocablos tendrán los matices que se me ocurran recoger desde la vera; esto será
posible desde mi observación y del tiempo que mi ánimo se regale, y puede que
ande distraídamente sin percibir el eco de las sandalias (De maestros) que
hubiesen precedido mi andar; porque lo lindo, es extasiarse uno con todo lo que
lo rodea; toda esa infinitud con la infinitud del ser.
Entonces, si concibo que el camino ya sea un hecho ¿es lícito decir que sigo tal
o cual huella? ¿O que algún maestro me lleva? Prefiero pensar, que los viajantes
se encuentran en los caminos, y cruzan saludos, y puede que se acompañen a lo
largo de la travesía y disfruten, y se admiren de aquello que compartan, pues
las percepciones están disponibles y cada uno la dispondrá a su antojo.
Puedo plantear, que mi estilo poético o narrativo, e inclusive mi discurrir
("filosofar") tenga un parecido a tal escuela, escritor o maestro; y sí, puede
que sea muy probable, pero a esto argumentaré inequívocamente que "Nada Nuevo
Hay Bajo el Sol".
Nuevamente diré que los caminos existen; como el camino de la vida (que es un
hecho) lleva a la muerte, y desde allí, seguramente, un nuevo camino se
emprenda.
Con este planteo y pocas argumentaciones no siento estar desmereciendo a ningún
Epígono consumado, ni es mi intención degradar en modo manifiesto a aquel que en
valerosa gallardía sienta la impronta de un cruzado a seguir; es más, pueda que
yo, sin querer notarlo esté siendo llevado de la mano por alguna traza solitaria
(Escuela o Maestro), bienvenida en tal caso; y si es necesario, no me advertiré,
porque quizás me resulte deleitable; y si me hastío, agudizaré mi sensibilidad y
activaré mi percepción, unificando mis criterios, para lograr manifestarme del
mejor modo que así lo sienta.
En este breve discurrir, creo por el momento, suficiente lo dicho; los "Epígonos
inaugurales" en aquella Grecia de mitos y conquistas tuvieron motivos
suficientes; justificados o no, para ir tras las huellas de quienes les
precedieron; sin embargo, muchas veces esas pisadas son el camino a la locura,
temprana o tardía, para el caso da igual, el resultado es destrucción; por lo
que prefiero ser el artífice de la huella que he de diseñar en el transitar de
un camino, que nos es común a cada uno de los mortales, y está en nosotros dar
el paso inicial.
Juan Carlos Tripaldi
07 de Abril de 2005
*(Epígono/s; gr. m., nacido después)
El que sigue las huellas de otro, esp. en materia artística, filosófica o
científica.
Grisín
8 + 1; (Factor Sorpresa)
En épocas de barbarie, sólo la desolación se proclama; "la humanidad" pierde tal
título, para entregarse al espanto, y cabalgando sobre él, lucubra su
desaparición; y la "ciencia," "majestuosa e imperturbable" se encarna en
religión.
Es la quinta semana que marcho caminando, a punto de comenzar la sexta… y será
la octava desde que diezmaron al resto, y aún no comprendo cómo pudo ser tal
devastación imbuida de lujuria, y cómo aún estoy aquí, si me ofrecí burdamente
al evento de ráfagas, para que pudieran talar mis formas, derrotar mi figura y
caer esclavizado ante la muerte; aún no distingo mi hado, ni las huellas que me
cargan, como devotas de piedad.
Deberé seguir en la espesura verde y sanguinolenta, de esta contienda que
camufla el ambiguo aliento que me resta, sin lograr detener tanta negrura que me
ciñe; y continuaré echándome a cualquier andanada de expiración que el enemigo
tire.
Desde aquel día que no pruebo alimento; desde aquella masacre absurda, que sólo
un fino y perlado hilo de trigo amasado me acompaña; lo tomaré…
…Como un milagro, descubro que dejó de ser uno, para multiplicarse en ocho
partes; "valoro esta disposición de arrojo, conmigo seremos nueve, es una
brigada importante para poder continuar y alcanzar las líneas enemigas, y hacer
mella en su mismo corazón, y si es posible, capturar su comandancia".
"Me han acompañado sin desmayo, ocupando la sombra que ya no pronuncio, cuidando
la retaguardia, ocupándose de los flancos… sin perder mis pasos; aprecio tanta
destreza y bizarría; seremos de temer si no mengua nuestro arresto".
Lejos del suceso, atrincherada en los suburbios de alguna metrópoli…
Una sala, guardapolvos muy blancos, una asepsia propia del lugar; y casi en el
centro de ese "universo hermético, en extremo inescrutable", como lugar de
privilegio, un cuerpo… sobre una camilla; y ellos, a su alrededor.
-…Es imposible doctor Guillén, no fue considerada en ningún momento tal opción,
el estudio se realizó a partir de ocho partes, y bajo ningún aspecto se estimó
un cambio tan radical.
-Es verdad doctora Sen, pero a la luz de los hechos, deberíamos reconsiderar la
aplicación del implante Z 4 SON; lo pongo a consideración del resto de los
colegas…
¿Cuál es su opinión doctor Craf ?…
Y allá….lejos… donde la muerte es el cometido…
…El enemigo no disminuye su furia, y arrasa sin contemplación todo aquello que
emana calor; sin embargo, "se ha fortalecido el andar de quienes me acompañan, y
la destreza es tal, que sus pisadas no magullan la ignota tierra, que nos
sostiene desde su frágil impavidez".
Comenzaré en sigilo a arremeter sobre la línea de choque, que no declina con su
arreciar de disparos, que ya no son plomos, sino ojos aguijados, hirientes,
cortando hasta el aire enrarecido que porta restos de oxigeno.
Y allí… donde la ciencia elucubra dogmas misteriosos…
-Propongo, doctor Guillén, alterar lo establecido, y buscar en el tiempo que
resta una reacción cromosómica para luego insertar el implante Z 4 SON.
-Muy buena resolución, doctor Craf; solicito al resto evaluar esta medida.
…He cruzado la línea de descargas, y andanadas de muerte me han atravesado,
buscando restos de quien que ya no soy; furibundos fuegos no me han amedrentado,
"y a quienes me acompañan ni un pelo le han encrespado, la fortaleza es tanta
cual enérgicos trigos en espiga creciendo".
"Seguiremos en sigilo tras la línea de fuego, y con el ardor que nos impulsa,
los venceremos"…
"Allí, allí mis valerosos; hemos localizado la fuente de tanto horror; allí,
frente a nuestros ojos está la cúpula de la inteligencia; les ruego que queden
aquí, yo me haré cargo, yo sitiaré ese antro de crueldad y los arrastraré uno a
uno, hasta las líneas de sus propios espantos"…
-Doctor Guillén, debemos detener el proceso, el agregar una parte a lo
establecido provocará un desborde linfático que no nos permitirá continuar, y
perderemos la fuente de conexión.
-Déme más detalles doctor Santor.
Y allí… donde el dolor se pronuncia….
Quietos todos, y sólo hagan lo que les indique; al suelo, y comiencen a salir,
"están rodeados".
Conté un número de dieciocho, todos de máxima jerarquía; los llevé hasta la
línea de fuego, aun un poco más, donde el rigor de los fusiles escupen llanto de
muerte y el dolor es un invitado ausente; sus desvariados hombres arrojaron
veneno ardiente, hasta diezmar el latido de esos impenitentes jefes, promotores
de tanto olor pestilente.
Mientras en aquella sala… trono de la pulcritud….
-Doctores, han congeniado nueve partes, pero no logramos reestablecer la fuente
de mando.
Lejos de aquel primer espanto, en una sala, doctores discurren, guardapolvos muy
blancos bandean en danzas, perdidos en palabras, en hipótesis…
…He logrado el cometido, "con la ayuda de ellos"; "lo que era uno, se trocó en
ocho, conmigo sumamos nueve, y los pudimos".
Escucho alborotos desde las líneas enemigas; han perdido las voces de mando…
-Lo perdemos doctor Guillén…
-Rápido doctora, neutralice las partes.
-¡Es inútil doctor!, no hemos considerado el factor sorpresa…
-¡Rápido, desalojen!...
Una fuerte explosión sacudió ese antro de experimentación.
Ningún vestigio de humanidad, hallaron los visitantes…
Juan Carlos Tripaldi
La Divina Proporción
Sobre un comentario de Rubén Darío: "Lo esencial en la forma de la literatura,
es por el encanto de la palabra."
Interlocutores: Jorge Luis Borges (Argentino, 1899-1986)
Rubén Darío (Nicaragüense, 1867-1916)
Interpretación no autorizada, que desde lo imaginario el autor rememora a dos
grandes escritores; "exaltando" la intelectualidad de Ellos.
En el patio, en casa de Jorge Luis.
Café de por medio, y argumentos como excusa, animan la charla…
-Jorge Luis, siento que…
"Lo esencial en la forma de la literatura, es por el encanto de la palabra".
-Comparto lo que tú dices, Rubén. La palabra adecuada es el argumento propicio;
el marco sustentador lo construye la exacta medida del vocablo que corresponde,
si así no fuese todo argumento caería. En mi caso, Rubén; otorgo valor literario
cuando la palabra llega a asombrarme, y así me da la pauta, de que ésta lleva un
peso; una medida y una característica que por sí misma la justifica.
-Comparto por completo tú visión, Jorge Luis. Hay palabras que calzan a medida,
como si fuera que están a la espera, para que uno las recoja y las ubique en ese
espacio que le es propio, por consecuencia armónica, y no de otras; pues otras
perderían entidad y no alumbrarían el sentido de la argumentación.
-Sí es muy cierto Rubén, hay palabras que no deben ser esculpidas, trabajadas;
son esas palabras precisas, que por sí mismas deslumbran y otorgan sentido a la
totalidad. Son palabras que unifican, y que logran sustentar renglones y
renglones.
Claro que el buen artesano no reniega del producto, sabe muy bien con el
material que trabaja, y de él, saca el mejor provecho.
-Sí, es verdad Jorge Luis; el artesano no duda cuando pone su empeño, hay una
actitud y una intencionalidad en él, que no le hace dudar; y debe ser lo más
preciso posible, pues si equivoca el golpe, arruina la pieza; o si su pincelada
es esquiva, perderá brillo el trazo; y si la pluma del escritor es mezquina,
adónde arribará.
El orfebre sabe lo que tiene en las manos; así, el trabajador de la palabra debe
ser respetuoso del producto; pues, es oro, y en manos desinteresadas perdería el
brillo, el encanto, y desvirtuaría su propósito.
-Te confieso Rubén, que percibo cuando logro incorporarle perfume a las
palabras, y aún me deleito más, cuando de ellas hago brotar agua; no las
neutralizo, sino que las reactivo, las dimensiono en su exacta proporción, yo
mismo me incorporo, yo mismo me hago palabra y busco fluir en ella; me desvivo y
participo en su alumbramiento, necesito; una imperiosa necesidad me lleva a
parir, a sentir que yo mismo soy la criatura que porta gozo a la familia, y que
como primicia nueva, deslumbra, y porta regocijo e inocencia y mucha frescura, y
todos se reúnen en esa vida que porta disfrute.
-Me conmueve tu sinceridad Jorge Luis, y no puedo menos que hacerme eco de tu
sapiencia. Reafirmo lo que tú dices, y en la medida en que uno eleva la palabra,
en esa misma medida, uno se eleva. Y no hay palabras menores ni mayores, sí hay
palabras con contenidos, que por sí mismas lo traen; y nosotros, somos "apenas"
los benefactores que podemos gustar lo que éstas nos ofrecen.
-Aplaudo tu criterio Rubén; nos une una misma euforia, bienvenida esta
embriaguez que no mezquina actitud, la cual sabemos compartir.
Y me maravillo de la Buena Expresión, del Buen Decir, de la Generosa Mirada que
nos une…
Bebamos el café que preparo Mamá, Rubén; bebamos…
Juan Carlos Tripaldi
07 de Septiembre de 2004
La Mano del Escultor
(El Crisol de la Sapiencia)
¿Cuánta generosidad te animó, Señor?
¿Cuántos elementos maravillosos unificaste para tal creación?
¿Qué Clase de Artista sobre los artistas Eres para tan magnifica obra sin igual?
Háblale a mi espíritu de tus maravillas.
Eres escultor sin escalpelo, ni cincel; y menos con martillo en mano.
Sería absurdo creer que tanta agresividad incrustara en "tan frágil maravilla".
Ni lograría comprender semejante brutalidad sobre tanta finura.
¿Cómo llegaste a Ella, cómo alcanzaste su piel, cómo encontraste sus límites de
mujer; dime cómo Maestro? ¿Cómo te adentraste en el aroma de su ser? Háblale a
mi espíritu de Tu Sempiterno Sentir.
Desnudo me concebiste Señor, y de admiración me atiborraste, y en paroxismo
agitado pretendo descifrar los caminos de Tu Mano Talladora.
¿Cuál fue tu inquietud extrema Señor, qué impulso de genio apasionado te
encumbró en semejante obra inigualable? Háblame de semejante maestría expresada.
Háblame de semejante bondad.
¿Por qué te decidiste por curvas?, ni una por trazar descuidaste. ¿Es que, Tú
Mismo te asombrabas a medida que descubrías la pieza, es que Tu Sapiencia se
maravillaba de lo que era capaz, o eras Tú, mi Señor, que deslumbrabas tu mismo
ser?
Otorga voz a tu inescrutable maestría, para que Ella me cuente lo profundo de su
saber; ¡Anímale, Señor!...
Yo aquí me hallo, al pie de tu finura, en el regazo de tu inmensidad
inabordable.
Háblame del Crisol de la Sapiencia, Padre. ¿Allí concebiste a la mujer que amo?
¿De la fundición de los elementos trajiste su forma? ¿Y su belleza… de ti la
arrancaste, Señor?
¡OH!... Cual tejedor enhebraste ternura, delicadeza, belleza sin igual y le
diste a la prenda la luz de la creación misma.
Cuánta generosidad arrojaste sobre el amor que anhelo, y con cuánta virtud la
enviaste. ¿Fueron acaso, parte, de los elementos que ardieron en el crisol; uno
a uno fraguó en la paciencia de tu saber hasta alcanzar la pureza deseada?
Gracias mil, mi Señor, te doy. Me modelaste con el rigor de tu saber y con la
certeza del dominio que debía ejercer en esta tierra, mas procuraste a mi
necesidad tu don último como regalo acertado, y como presente que se ofrece con
ternura, has tenido el cuidado de la delicadeza en su modelación; Tus Dedos de
Artesano, moldearon en Ella reposo y regocijo en su rostro, en sus ojos
pronunciaste el universo todo, y en su sonrisa guardaste Tu Inescrutable Don; en
sus manos llevaste la laboriosidad, y en su vientre refugiaste tu creación en lo
recóndito del calor uterino; cual crisol ardiente dejaste tu magia formadora de
vida que llamamos milagro, depositaste tu rastro creador donde Varón y Mujer se
funden por voluntad de tu existencia.
¡Cuánto me maravillo!; y de igual manera, me agito desbordado de exclamación.
En el pedestal de tu obra trabajaste en sus pies, y tanta fue la fortaleza que
le indujiste que la encumbraste sostenedora de la familia.
De perfume intenso la cubriste y cual Rosa Matutina la sublimaste de fortaleza,
y en el atardecer temprano, le coronas la Maternidad.
Gracias mi Dios, gracias mi Señor, porque mantienes ardiendo el crisol de los
elementos, que purifican, lo que llamamos Amor.
Que el Crisol de la Sapiencia no mengüe, Señor, el fulgor que lo habilita.
Ante Ti me inclino; Gracias mi Redentor.
Juan Carlos Tripaldi
12 de Mayo de 2005
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