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Los fundamentos discursivos del fenómeno peronista

[En torno a Perón o muerte, de Eliseo Verón y Silvia Sigal]
              
NOTAS EN ESTA SECCION
La semiótica más maravillosa, por Martín De Ambrosio
Reseña de Perón o Muerte, por Raúl N. Alvarez
"Ser peronista significa cada vez menos", Eliseo Verón, 2004
Sigal y Verón, Perón o muerte, introducción


LECTURAS RECOMENDADAS
Eliseo Verón: La semantización de la violencia política (pdf 74K)
Sigal y Verón - Perón o Muerte (doc zip 33K)

La semiótica más maravillosa

Por Martín De Ambrosio [2003]

La reedición de Perón o muerte de Eliseo Verón y Silvia Sigal [primera edición 1986, reeditado en 2003] y su presentación terminaron por convertirse en un estimulante acontecimiento: los propios autores revisaron algunas tesis polémicas del libro, mientras Tulio Halperín Donghi y Carlos Altamirano resaltaron riesgos y bondades de meterse con el General, aunque su vozarrón ya no haga tronar el escarmiento.

Dado el cariz definitivamente peronista (es decir, polivalente, contradictorio, ambidiestro) que está tomando el país, no es mala idea volver a un texto ya clásico (o al menos saludado como tal) de Eliseo Verón y Silvia Sigal en cuanto a la interpretación discursiva del fenómeno que constituyó por acción, reacción (y reacción a la reacción), ese conjunto complejo que es la Argentina en los últimos 60 años. Perón o muerte. (Los fundamentos discursivos del fenómeno peronista) puede tomarse como un ejemplo de la aplicación de la celebérrima Teoría de los Discursos Sociales (tan frecuentada en las carreras de comunicación) del mismo Verón, o más bien leerse sin tantos pruritos teóricos como un estudio histórico del discurso peronista, dividido en tres partes: 1) la fundación del discurso peronista en el decenio que gobernó (1945/1955); 2) la constitución del discurso del general en el exilio y 3) los conflictos en torno de las decisiones que tomó Perón a su vuelta en 1973, cuando se convierte en lopezreguista.
Casi inevitablemente, si se prefiere el segundo modo de encarar la lectura, algunas cosas pueden llamar la atención, inclusive sonar raras. Por ejemplo, la manera en que se evita todo análisis material (cuando la materialidad es no-textual) de la historia, lo que hace que la oposición peronista-antiperonista de los 40 y los 50 deje de lado aquellos actos clasistas (por cierto, no menores: expropiaciones, redistribución de la renta, etc.) que no tengan contrapartida textual o discursiva fundante. Pero las cosas se ponen aún más polémicas cuando, promediando el libro, Verón y Sigal afirman que “inaugurada por la introducción de la muerte como instrumento político, con el asesinato de Vandor, y luego el de Aramburu en 1970 (...) esta segunda historia es la que culmina en una represión sin precedentes en la Argentina”. Curioso modo de salir del plano discursivo, gambeteando referencias a la represión de la resistencia peronista en el período post 1955, entre ellos el salvaje castigo al levantamiento del general Juan José Valle (asesinaron a todos) o los fusilados en los basurales de José León Suárez (a casi todos), como si los Montoneros hubieran inaugurado la violencia política en la Argentina. Semejante ¿desliz? histórico tal vez no alcance a impugnar todo el análisis. Estos aspectos del debate, entre otros, fueron tratados durante la presentación del libro.
Con motivo del lanzamiento de la reedición de Perón o muerte la editorial Eudeba organizó en la librería Gandhi una mesa redonda sobre “Los derroteros del discurso peronista en la actualidad”, en la que participaron Tulio Halperín Donghi, Carlos Altamirano, Emilio de Ipola y Marita Soto, además de los autores. Y, si bien suele decirse –con tino– que las presentaciones son de las cosas más aburridas del mundo editorial, ésta tal vez sea una de las escasas excepciones a esa regla. Buena parte de la “culpa” de no aburrir la velada la tiene la osada invitación que se le hizo al decano de los historiadores argentinos Tulio Halperín Donghi, quien ya en el momento de la primera edición, en 1986, se había referido de modo especialmente crítico al libro en un artículo luego compilado en Ensayos de historiografía.
Carlos Altamirano, que fue el encargado de la primera intervención, contó qué impresión le había causado el libro en la década del 80, e hizo referencia a la nota bibliográfica que en su momento había escrito para Punto de Vista (revista que cofundó en 1978 y en la que aún trabaja). Altamirano dejó claro que no es necesario conocer los meandros de la semiología (o ser un devoto de semejante marco teórico) ya que “igualmente se puede disfrutar de los análisis que han hecho los autores; análisis que permiten ver cosas que antes de esa intervención no eran perceptibles”. Según Altamirano, éste fue uno de los primeros libros que se planteó la discusión de cómo algunos actores políticos, y específicamente el general Perón, legitiman la empresa política en la que toma parte y con la que se identifica. “El libro de Silvia y Eliseo tiene una perspectiva teórica bien fuerte y reconocible, con una tesis clara que podría enunciarse así:las claves discursivas del fenómeno peronista no hay que buscarlas en los enunciados variados y aun contradictorios de ese discurso sino en el dispositivo que reguló los enunciados a lo largo de varias décadas y que hizo de Perón su enunciador eminente del verbo peronista”, concluyó Altamirano.
Después vino la intervención de Halperín Donghi. El historiador comenzó elogiando el “masoquismo” que habrían ejercido los autores al acceder a invitarlo, aun sabiendo el tenor de sus opiniones. Pero Halperín le restó importancia a aquella reseña crítica. “Después de todo, lo mío había sido una típica reacción de historiador frente a quienes desde otra perspectiva hacen lo que deberíamos hacer nosotros. Después de usar abundantemente de lo que hicieron los semiólogos, les reprochamos que no hagan obras de historia.” Sin embargo, lejos estuvo Halperin de arriar las banderas. Uno de los puntos que el historiador aún les objeta a los semiólogos es la afirmación de que Perón, por no ser totalitario, se abstuvo de definirse por uno de los dos bandos en pugna de la interna peronista (la burocracia sindical o la juventud peronista), hacia comienzos de la década del 70.
“Me parece que, simplemente, la explicación está equivocada. Es un momento patético cuando dicen que la negativa de Perón a decidir por uno u otro de los bandos hizo que la muerte de Perón decidiera. Creo que no corresponde a lo que sucedió en la realidad: no hubo ninguna negativa de Perón a decidir, lo que ocurre es que aquellos contra los que decidió simplemente estaban decididos a ignorarlo”.
Halperin tuvo también tiempo para quejarse del autodeclarado cientificismo de los autores. “Ellos son hombres de ciencia, y por lo tanto miran al objeto desde arriba. El objeto no puede hablar, para eso es objeto. Y, me da la impresión que su selección de algunos poemas montoneros me recuerda al deleite con que ciertos entomólogos toman a una cucaracha particularmente repulsiva, la atraviesan con un alfiler, la ponen bajo un vidrio y la exhiben.”
A su turno, el sociólogo Emilio de Ipola arriesgó cierta hipótesis según la cual “ser peronista para amplios sectores populares es ante-predicativo, anterior a todo discurso, pre-ideológico”. En ese sentido habló de un “pacto tácito” por el cual las clases populares aceptaron el liderazgo de Perón y en contrapartida recibieron un reconocimiento y “se transformaron en ciudadanos, es decir, seres humanos dotados de identidad pública y colectiva y de dignidad social. Eso caló tan hondo que lo llevó al actual gobernador cordobés José Manuel de la Sota a afirmar que el peronismo es la ideología natural de los argentinos. Durante mucho tiempo esa afirmación fascista me provocó irritación porque yo, como buena parte de mi generación, pensaba que el socialismo era esa ideología natural. Pero, curiosamente, teníamos que intervenir para que la naturaleza se impusiera por sobre la contaminación de los populismos y los fascismos. Por eso creo que finalmente hay algo de cierto en la formulación de De la Sota”.

LA SANGRE DERRAMADA

En sendos (y breves) diálogos con Radarlibros, los autores contaron qué continuidades y qué rupturas veían en el discurso actual del peronismo en el poder, cómo afectan la lectura del libro los 17 años que pasaron desde su primera edición, y finalmente cómo sigue aún latiendo el peronismo, en tanto “eterno presente argentino”, según palabras de Halperín Donghi. Para Silvia Sigal, una de las cualidades históricas del peronismo que continúa en el presente tiene que ver con la ausencia de contenido ideológico. “Si algo quedó es esa falta de límites precisos en la ideología peronista. El peronismo puede abordarse por todos lados y hoy nadie puede decir quién es un verdadero peronista y quién no, porque ése era un atributo de Perón. Cuando Menem se decía peronista, no mentía, como tampoco mienten quienes se manifiestan peronistas hoy, y son tan distintos. En ese sentido hay unacontinuidad. Cuando la Juventud Peronista quiso insertar contenidos ideológicos se encontró con una imposibilidad.”
En cuanto a las rupturas, ambos escritores están de acuerdo en que la muerte de Perón –enunciador privilegiado con la potestad de definir a los integrantes del par peronistas-antiperonistas– es un vacío que nadie ha podido llenar.
Una de las discusiones alrededor de libro tiene que ver con la afirmación de que Perón no se decidió a su regreso al país por uno de los sectores internos en conflicto.
Verón: –Perón nunca excluyó a ningún sector del movimiento. En ocasiones sí lo hizo con algunas personas, pero eran individuos, en todo caso, y siempre había algún resquicio para el retorno. Desde ese punto de vista, el razonamiento me parece correcto. A los de la JP llegó a tratarlos como “chicos indisciplinados” pero igual los recibió. Era siempre esa cosa ambigua.
Sigal: –Además, la manera en que los echó de la Plaza está caracterizada por palabras sin contenido político-ideológico: “esos estúpidos”, “estúpidos que gritan” e “imberbes”; no los acusó de trotskistas que era como los llamaban los sindicalistas. Y es en ese sentido que nos referimos a una “trampa” en la que cayó la Juventud. Como vanguardia se había constituido como portavoz privilegiado de cierta verdad, pero a la vez seguía subordinada a la verdad que emanaba de Perón.
En un momento del libro se dice que la violencia política en la Argentina comenzó con los asesinatos de Vandor y Aramburu.
Verón: –Si bien la violencia apareció en los albores de la patria, la novedad del asesinato de Vandor tiene que ver con el uso de la violencia como instrumento dentro del peronismo. El peronismo no estaba caracterizado por eso; en su época clásica no era un movimiento con violencia mortífera. Lo de Vandor tuvo un sentido inaugural. Esa aparición, en los 60, tuvo más que ver con la guerrilla revolucionaria, que era ajena al peronismo, venía por el lado marxista de la guerrilla latinoamericana. La guerrilla era muy extraña al peronismo, que nunca fue un movimiento de violencia institucionalizada, el que luego se consagra con la Triple A. Hay algo que se puede decir con certeza y es que Perón nunca fue un tirano sanguinario.

Fuente: Página 12, 02/11/03


Reseña de "Perón o Muerte. Los fundamentos discursivos del fenómeno Peronista."

Por Raúl N. Alvarez [2004]

El trabajo consiste en un análisis del peronismo desde la teoría de los discursos sociales. El cuerpo principal del mismo desmenuza los principales elementos de la enunciación peronista, de la circulación de ese discurso, y del reconocimiento discursivo desde el punto de vista de la izquierda peronista. En base a este análisis, se formulan algunas hipótesis sustanciales sobre el peronismo en sí y sobre la relación entre enunciación peronista y democracia representativa.

La escritura que recorre el lector presenta una sensorialidad estético/conceptual esmerada que se reconoce como bella. Los tiempos del relato siguen los pasos del peronismo, en tiempo de tragedia histórica, protagonizada por actores con sus relaciones de amor y dominio, que atraviesan sucesivas etapas de preparación, nudo, desenlace y muerte. Del título mismo se desprende que por detrás de su lectura como obra científica, "Perón o Muerte..." puede ser leído en clave trágica, a través de la cual los autores fijan una posición subjetiva contraria al peronismo.

Para el lector que no esté dispuesto a abordar la obra completa, los capítulos imperdibles son el primero y el ultimo. Es decir, la introducción teórica y las conclusiones. El análisis central está incluido sintéticamente en ambos.

Marco Teórico.

En la introducción se presenta la teoría de los discursos sociales (TDS) al modo que la utilizan los autores. Se entiende por discurso el universo simbólico e imaginario que genera y es generado por la acción social. Toda acción social se refiere en una matriz simbólica. Todo discurso es producido socialmente, a partir de ciertas condiciones de producción de sentido (condiciones sociales "objetivas"). La diferencia entre la teoría de los discursos sociales y la teoría de la acción social es que la primera trata de interpretar el sentido de la acción social desde el punto de vista del actor, en tanto que la TDS se ubica desde el punto de vista del observador. Esta perspectiva externa permite centrar la atención más allá del esquema lineal de la comunicación (emisión, recepción, retroalimentación). Al contrario, la TDS refiere al "...campo de efectos posibles..." del discurso, que es actualizado en la recepción, conforme la clave de interpretación con que es reconocido, que puede ser distinta a la clave con la que fue producido. De modo que si para la Teoría de la comunicación hay un mensaje, un emisor, y un receptor, para la TDS hay discurso, producción de discurso y reconocimiento de discurso. En el contexto del reconocimiento, el discurso siempre produce algún efecto, aunque el "mensaje" no haya sido recibido o decodificado. Es decir que la TDS no es una teoría de la comunicación, dado que entiende que la circulación de sentido contiene una indeterminación constitutiva. Subyace una postura epistemológica diferente en ambas concepciones, dado que para la TDS la noción de "verdad" es una ingenuidad.

La dimensión ideológica de un discurso refiere a la relación de dicho discurso con sus condiciones sociales de producción. Los autores encuentran aquí una constante en el peronismo "en la manera en que le discurso peronista construye su relación con el sistema político democrático". Esta dimensión ideológica se da en la enunciación, por lo que los autores presentan entonces un bosquejo de teoría de la enunciación. Enunciado es lo que se dice y enunciación (plano de la enunciación) es cómo se lo dice o más bien la relación del que habla con lo que dice. El plano de la enunciación genera dos sujetos imaginarios: el que habla o enunciador y el que recibe o enunciatario. Ambas figura no se confunden con emisor y receptor, dado que son subjetividades imaginarias que se suponen al solo efecto de la enunciación de un discurso.

Toda este marco teórico es incluido porque hace a la manera de constituir al peronismo en objeto de estudio: "... en tanto fenómeno discursivo, el peronismo no es otra cosa que un dispositivo particular de enunciación a través del cual el discurso se articula, de una manera específica, al campo político definido por las instituciones democráticas."

A los efectos de dar contenido a esta reseña, vamos a intentar reproducir los principales argumentos del trabajo. Vale aclarar que cada afirmación de los autores está respaldada por la cita discursiva textual que lo confirma, que a los efectos de esta síntesis vamos a obviar.

La enunciación Peronista.

Tanto en el período inicial, como en los 70 Perón enuncia desde el modelo de la llegada: el enunciador (él) llega desde afuera (el cuartel, el exilio). Perón es exterior al pueblo y a la política, ha vivido distante, y como buen servidor ahora llega para producir el momento fuerte del encuentro. En tanto el enunciatario, el pueblo, es pasivo ("de la casa al trabajo, del trabajo a la casa) , lo recibe y depende de él.

Perón llega desde el mundo del órden, el cuartel, al mundo bajo de la política y del estado, que se ha degenerado y su misión es regenerarlo.

La temprana enunciación peronista construye los colectivos (sujetos supuestos) imaginarios de su discurso: los trabajadores (vosotros), el ejército, los argentinos, la patria y el peronismo. Más adelante va a agregar otros colectivos. Y entre esos colectivos, se presenta un mediador indispensable: el propio enunciador Perón: él, un simple soldado, deja los honores y se convierte en simple ciudadano, el primer trabajador. Es la persona de Perón la que unifica los distintos colectivos que constituyen la nación. "Bajo la mirada de Perón, los trabajadores se descubren como argentinos".

La llegada desde afuera se explica porque Perón es la verdad, y la política es la lucha esteril. Por eso el llega de afuera con una misión salvífica. El enunciador Perón ocupa el lugar de la verdad, más allá, a condición de que la política, el más acá, esté vacío de verdad. De modo que en el discurso peronista la política siempre va a ser el campo del sinsentido, de lo bajo. En tanto que el peronismo será la realización de la verdad en la sociedad, la justicia social, etc. Por eso dentro del peronismo el enunciador acepta una pluralidad de ideología políticas. Porque no son más que eso, cuestiones inferiores. Más importante que la ideología es la doctrina, cuyo principal objetivo es la unidad nacional.

De modo que el dispositivo discursivo peronista produce, al identificar la patria con Perón y con la Verdad, vacía el campo político y descalifica toda oposición como "antipatria". El antiperonismo no tiene cabida en ese universo superior de la patria, Perón y la verdad, es inconcebible. La antipatria solo se expresa en el mundo inferior de la política, pero con ella no cabe diálogo alguno porque es una especie de degeneración negativa contraria a la patria, es decir, contraria a todos.

En el discurso peronista el "otro político" queda excluido y relegado al lugar oscuro de la antipatria, al "orden de la sombra". El verdadero argentino va a rechazar a estos "políticos oscuros" y va a reconocer con nitidez que "para un peronista no hay nada mejor que otro peronista".

Perón construye una posición de enunciación que lo deja a si mismo como única voz legítima. La enunciación de Perón constituye varios colectivos: los soldados, los trabajadores, los argentinos y los peronistas. Cada uno de estos colectivos es plural, está constituido por multitudes y se personifica en un colectivo singular: de los soldados, el ejército; de los trabajadores, el pueblo; de los argentinos, la patria y de los Peronistas, Perón. Ahora bien, de todos esos colectivos plurales, representados en colectivos singulares, el único que tiene voz y produce discurso es Perón. Entonces, el dispositivo discursivo de Perón va a ser hacer una homología, una igualación de todos los colectivos singulares en su propio cuerpo, de modo que el enunciador Perón se convierte en un enunciador abstracto, que habla con la autoridad de lo universal. Aquí el liderazgo no se explica por las dotes excepcionales del lider, como pensaba Weber, sino por la construcción discursiva de si mismo como enunciador abstracto.

No pasa por alto que en los 70 Perón reformula los términos de relación con los partidos no peronistas y los incluye en el colectivo argentinos. La nueva consigna dirá: "Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino". Pero el funcionamiento básico del dispositivo discursivo queda intacto. El otro expulsado sigue siendo la antipatria. Pero los partidos democráticos, aunque no sean peronistas, no son antipatria, sino argentinos. Lo que se mantiene incólumne es la posición de Perón como único enunciador abstracto parlante.

La palabra distante. Circulación restringida.

En el período 1955/73 Perón se constituye en un lider a distancia, proscripto y cuya palabra se encuentra legalmente prohibida. Esta situación en vez de perjudicar su liderazgo lo va a reforzar. La prohibición solo permite un circulación restringida del discurso peronista. Va a haber una inevitable distancia entre el enunciador Perón y los enunciatarios que reconozcan su discurso. La censura no descalifica a Perón, sino que termina sacralizándolo.

La palabra de Perón estalla en un multiplicidad de formas: cartas, grabaciones, libros prohibidos, entrevistas, etc. Todas estas formas son fragmentos que contienen el discurso peronista de entonces.

Proscripto Perón, en la escena política tienen la palabra los dirigentes peronistas. El juego político lleva a que cada tendencia actúe según su propia conveniencia y convicción, de modo que la estrategia de Perón se orientará a mantener vivo el movimiento peronista alentando a todas las tendencias simultáneamente, alternando sus favores de modo que ninguna alcance preeminencia propia. A este efecto el enunciador Perón emitirá cartas autorizando a distinto dirigentes, grabaciones, etc. De modo que cada dirigente va a contar con una pieza documental de la palabra de Perón que lo legitima, con contenido contrario a la de otro dirigente que también va a exhibir la suya como justificación. Los dirigentes se van a debatir entre las versiones contradictorias de distintas cartas de Perón y van a adoptar un dispositivo típico: si coincide con sus ideas la van a considerar auténtica. Pero si no coincide, no van a discutir con Perón (cuya autoridad es indiscutible) sino que van a optar con considerar que esa carta no es auténtica, de modo que directamente harán como si no existiera. Se desdobla la persona de Perón (colectivo singular) de los actos de Perón (su enunciación).

Cada dirigente del movimiento se constituyen así como un enunciador segundo de Perón, legitimado por alguna carta o mensaje de éste. El enunciador segundo puede interpretar el peronismo como quiere, a condición de reenviar a la palabra de Perón como justificación última del discurso peronista, relegando la lucha entre dirigentes a una puja por consagrarse el verdadero enunciador segundo. De modo que cualquiera habla en nombre de Perón, pero la enunciación Peronista verdadera es intransferible en cabeza de Perón. Mientras perón estuvo ausente, distante, esta estrategia de no definir contribuyó al sostenimiento y desarrollo del movimiento peronista. La circulación restringida impuesta por el antiperonismo, lejos de perjudicar a Perón, le permitió ampliar el juego.

Los enunciadores segundos, en puja entre sí, producen la "segunda palabra" de Perón. Este discurso segundo no debe ser interpretado como producción sino como una particular forma de recepción de la palabra de Perón, a los efectos de su reproducción.

El Retorno, la Juventud y el desenlace.

Los autores hablan aquí de "La trampa". ¿En qué consiste la trampa? En que Perón alentó, mientras le convino, a la izquierda peronista, hablándoles de Patria socialista y de Revolución. Pero cuando llegó al gobierno nuevamente, ya no los necesitaba más, de modo que los desautorizó, los insultó, y se deshizo de ellos. ¿Quién es el tramposo? Perón. ¿Quién es la víctima ingenua? La JP, la izquierda peronista. ¿Cuál es el drama? No es un drama, sino una tragedia, porque lleva a la muerte. A la juventud, que cayó en la trampa, no le quedó más opción que la muerte. La muerte de Perón, la muerte de los militantes, el genocidio, etc. En términos de los autores, la JP anticipa la muerte, porque ante el descubrimiento de la trampa, produce un discurso que interpreta a Perón como si ya estuviera muerto. Muerte porque se juega y se paga con la cultura de la muerte.

Desde 1968 importantes grupos de clase media adoptan posturas políticas revolucionarias y adhieren al peronismo. ¿Por qué al peronismo? Porque identifican al peronismo con el pueblo y con el principio de unidad de la clase obrera. Entran al peronismo, pero deben jugar el juego -tramposo, según los autores- de Perón. La JP se postula como vanguardia revolucionaria popular con camiseta peronista. Pero al ser peronista no puede sino ser "enunciador segundo" de Perón. Es decir que el discurso revolucionario de JP solo puede reenviar a la figura de Perón. Ese es su límite constitutivo: la contradicción entre su pretensión de vanguardia popular y la intransferibilidad de la enunciación en la persona de Perón.

El discurso de la JP se estructura sobre la necesidad de un trasvasamiento generacional que les de el lugar de conducción del movimiento junto a Perón, la lucha por la liberación y contra los burócratas sindicales, sindicados como traídores a Perón. Para la JP el Perón auténtico es un lider revolucionario, tal como se muestra en "la hora de los pueblos", y el lugar de la JP es el de vanguardia junto al lider, del que se pretende -sin llegar a serlo- su expresión auténtica. Este discurso se legitima a través de una visión de la historia en la que la izquierda peronista es heredera de los héroes populares. La JP es "Juan (guerrillero) de Güemes, Juan Moreno de San Martín, Juan Mazorquero, Juan Revolucionario del 90, Juan de la resistencia. Juan Montonero". Juan JP estuvo siempre y de ese modo se legitima la incorporación de los jóvenes de clase media al peronismo: La JP, como actor trans-histórico, estuvo siempre. Cuando Perón "llegó" en el 43, "Juan (pueblo-montonero)" ya estaba desde siempre.

En esa mística de la historia popular versión JP, se inserta la identificación de la juventud con Evita. Evita es el enunciador segundo por excelencia, unida a Perón y al Pueblo por el amor. En la voz de evita la lucha a muerte contra al oligarquía es palabra permanente, y en esos términos va a ser retomada por la Izquierda Peronista en un contínuo amor-muerte-revolución.

La postura de Perón, en cambio, no es revolucionaria sino estratégica. Hasta 1973 alienta a la izquierda peronista. Pero desde que llega al país (Ezeiza, 20 de Junio de 1973) le va a quitar todo apoyo a la JP y se lo va a brindar al ala sindical y a la derecha peronista.

Lo autores hacen una descripción genial de la recepción que la JP hace del discurso de Perón que los perjudica. Este discurso -palabra segunda- de la JP es tomado de su principal órgano de prensa, "El descamisado". Este periódico tiene como enunciatario a los peronistas. Pero a medida que avanza el "desengaño", cada vez más va a dirigirse directamente a Perón.

En la masacre de Ezeiza va a irrumpir -según el discurso de la JP- el "otro" interno. Los infiltrados que están en contra de la liberación. La JP espera que Perón denuncie a los responsables de este hecho. Contrariamente, en su primer discurso Perón casi no habla de ello,y llama a la reconstrucción pacífica y a la pasividad popular.

Inicialmente la JP actúa como si ignorara ese discurso, una operación aprendida en la etapa anterior. Pero más adelante se explica las conductas de Perón a través de la teoría del cerco: El que habla, el que se ve no es el verdadero Perón, sino el cerco que los traídores le tienden. Perón está engañado, es un Perón falso. Lo que hay que hacer es romper el cerco para que aparezca el Perón auténtico. El 2l de Julio del 73 Perón recibe a la JP y entonces el descaminado anuncia que "se rompió el cerco".

Pero en Agosto del 73 las evidencias siguen hablando por sí: Perón elige a Isabel como compañera de fórmula. Para la JP es incomprensible, pero no se atreve a desobedecer. La edición del descamisado del 22 de agosto del 73, en vez de anunciar que Isabel aceptó la candidatura a vice, titula "Renunció Evita", remitiendo al renunciamiento del 22 de agsoto de 1951. La noticia atrasa el reloj de la JP en 22 años. "... se aproxima aquí al discurso psicótico: en el lugar de la realidad aparece el objeto alucinado del deseo". El evitismo es, para los autores, un "amor alucinado" que lleva a la trampa.

Para fines de 1973 las diferencias entre Perón y la JP son cada vez más evidentes. Un sector minoritario, contrario a la táctica de apartarse de las directivas de Perón, se desgaja y forma la JP Lealtad. Pero el grueso de la JP continúa su rumbo de progresiva ruptura con el lider.

A comienzos de 1974 "El descamisado" ya postula que disentir no es traicionar, que la lealtad no excluye la crítica al lider porque la principal lealtad no es a Perón, sino a la clase trabajadora. Es un cambio radical que muestra una ruptura en el discurso de la JP. Se profundiza el "desplazamiento temporal", mediante un recurso aprendido en el período anterior: Perón es un sujeto indeterminado, en tanto que el Perón actual es desconocido. Para la Juventud, a comienzos de 1974 "...Perón ya está muerto..." y denuncia la trampa: "Ayer éramos 'los muchachos'... y ahora ... nos señalan que hay otros partidos 'socialistas'...¿Por qué no nos lo dijeron antes...?" La JP agota su contradicción constitutiva y se repliega en su componente de vanguardia, empezando a disputar con Perón el rol de enunciador primero.

La definición más contundente se producirá el 1º de Mayo de 1974. Para la mística peronista el acto del día de los trabajadores era un momento de comunión lider/ masas. Perón escuchaba a su pueblo, era el verdadero encuentro, el instante mágico de las masas en el poder, "la masa crea, Perón encuadra". Era -en al visión JP- el momento indicado para "romper el cerco" y dar cabida al Perón auténtico previsto en el discurso de la juventud.

La pluma maestra de los autores dan a esta parte del texto la forma de guión dramático, intercalando fragmentos del discurso de Perón, con las consignas coreadas por los asistentes al acto (pags. 229/231). Las masas reclaman a Perón y Perón responde tratándolos de "estúpidos", "imberbes" e "infiltrados". La JP (según ellos, el pueblo) se retira de la plaza, que quedó semivacía.

¿Por qué fue la JP a la Plaza? ¿No era previsible que Perón los rechazara? Desde la racionalidad del discurso de la izquierda peronista el "imaginario" era vivido como escenario real. La asistencia de la Juventud a la Plaza tiene sentido si se la piensa en función de los "fantasmas heredados" que los conducía a una supuesta "esencia del peronismo". "Sólo en este sentido afirmamos la perfecta coherencia entre el discurso y las conductas. Pero como ese discurso no era sino imaginario, lo que sucedió en la plaza fue el encuentro brutal con una realidad que nunca fue otra..." La JP cae presa de la "trampa del dispositivo discursivo del peronismo".

¿Cómo explicar, desde el discurso peronista, este desencuentro incomprensible entre Perón y el Pueblo, que por definición, son homólogos? "El pueblo no fue escuchado por Perón". "Esto ha sido un grave error suyo, General". La JP rompe con la doctrina peronista tradicional y se autoatribuye la enunciación legítima que antes detentara Perón. Se repliega en el componente de vanguardia de su contradicción constitutiva, y la lealtad a Perón es encarnada por la lealtad a Montoneros. Desde entonces, la figura de "Perón" solo será una pantalla para la JP. La apuesta de cambiar a Perón estaba perdida. Entonces el dispositivo discursivo sigue siendo: tratar a Perón como si ya estuviera ausente, como si hubiera muerto. El 1º de Mayo de 1974 la JP consuma la ejecución simbólica de Perón, aprovechando las estrategias discursivas aprendidas en el período de la resistencia. La muerte física del lider dos meses después no hará sino reforzar el curso ya elegido.

Conclusión: Perón Eligió la muerte.

En el último capítulo del libro se exponen las conclusiones. De alguna manera se recapitula la trama de toda la obra, para luego trabajar el terreno de las cuestiones planteadas.

¿Qué es lo específico del peronismo hasta 1974? La enunciación de Perón, cuyas constantes son: ubicarse fuera del campo político, el vaciamiento del campo político, el descentramiento (anulación) del adversario, la homología del líder con la Patria y la ubicación de Perón como enunciador abstracto. En la etapa del exilio, de circulación restringida se exacerban las características de esta estructura enunciativa. Era la patria misma que estaba ausente, con la consiguiente emergencia de enunciadores segundos. En tanto el líder aumenta su infalibilidad papal. La tercer etapa, vista desde el reconocimiento de esa enunciación por la JP, termina mal, puesto que la juventud reclama una determinación que Perón, acorde a su estrategia discursiva, no puede pronunciar.

Se adentran los autores en cuestiones propias de la ciencia política. Caracterizan el discurso democrático y el sistema democrático: ningún enunciador puede apropiarse de la verdad, aunque lo pretende, y para zanjar diferencias se recurre a la institucionalización del conflicto. Como no hay verdad, sino pretensión mayoritaria y transitoria de verdad, el "lugar del poder" -siguiendo a Lefort- en la democracia queda vacío.

Caracterizan el totalitarismo como lo contrario: el pretender llenar ese vacío político con la verdad y la voluntad de lo uno (el partido, la nación, etc.).

¿Qué tiene de totalitario el peronismo? La identificación de "Nosotros peronistas" con la patria, la expulsión del otro del campo racional legítimo. Pero esto no los lleva a concluir que el peronismo sea totalitario. Dado que otro de sus elementos: el vaciamiento de lo político, paradójicamente, lo ubica a Perón como no totalitario. Dicho sencillamente: como Perón estaba más allá de todo, dejaba el más acá político, vacío, para que se defina electoralmente. El campo político, bajo, vulgar, no era un problema para Perón. A diferencia del totalitarismo que trata de llenar el vacío político, Perón deliberadamente vacía la política para ubicarse por encima.

La política vaciada, esa lucha sin sentido, hace que los antagonismos importantes se ubiquen dentro del colectivo "peronistas". Al respecto, la estrategia de Perón es mantener vigente e indeterminado diversos contratos de creencias, con los múltiples actores e intereses internos del peronismo. El problema se presenta con la JP, única rama que en cierta coyuntura -el 73/4- le pide a Perón que determine. Que cumpla el contrato. Y Perón no se define. Porque -aunque los autores no lo explicitan- ese contrato era una trampa.

La consigna "Perón o Muerte" supone esa indeterminación papal. Indeterminación que Perón sostiene a perpetuidad. No hay elegidos, "mi único heredero es el pueblo".

Cuando era necesaria un definición, Perón no la dicta. "Al negarse a pertenecer a unos antes que a otros, Perón de hecho eligió, en nombre de todos, el segundo término de la alternativa." Y así termina el libro. Final abierto ¿no? Los autores ejercen la misma indeterminación que Perón.

Análisis crítico de "Perón o Muerte."

Doble relato con un solo hacedor.

El texto "Perón o Muerte" incluye dos relatos o niveles. El nivel principal, que dá mérito académico a la obra es el estudio científico de la enunciación peronista. El segundo plano, encapsulado, mencionado al pasar, es el nivel literario de la tragedia. Pasa desapercibido, pero está patente: El General, tiene una relación de "amor alucinado" con una mujer (el sujeto evitista, la JP). Una relación basada en la "trampa", dado que el villano también alienta otros amores (y otros odios). Una trampa que termina develada, y es castigada con la muerte, no solo del villano, sino también de la muchachita (Evita, la JP). Este relato trágico, que puede parecer ingenuo dentro de una obra científica, no es vanal, dado que le da la conclusión y el título al libro: "Perón o Muerte" que como ya dijimos, debe ser leído como "Perón 'es' Muerte" porque elige la muerte. Entre ambos relatos hay una vinculación no expresa, sino insinuada por nexos de escritura solo recorridos desde los autores. Desde la simple lectura no se puede desentrañar el mensaje trágico histórico con el que se pinta al peronismo. Hay que construir una nueva enunciación, por fuera del universo simbólico de "Perón o Muerte" ver el revés de la imbricación de estos dos relatos.

Aplicación anacrónica del concepto "democracia".

En las conclusiones de la obra se intenta ubicar la enunciación peronista con relación al sistema democrático, entendido como un marco pluralista de resolución de conflictos, sujeto en definitiva, a la formula de la mayoría electoral contingente. El problema es que esta noción sustancializada de la democracia, considerada un valor en si, corresponde a la cultura política de la Argentina de los 80, y no a la del período del discurso peronista que se analiza (1943/1974). Con el concepto sustancial de democracia como prisma de análisis probablemente no encontremos ningún discurso político de ese período que pueda ser caracterizado como "democrático". Es un instrumento conceptual que no permite discernir si se lo aplica anacrónicamente.

Si a eso le sumamos que la noción de democracia como valor en si, tan en boga en los 80, ha quedado cuestionada por el "engaño a la democracia" perpetrado en 20 años de continuidad institucional, poco nos queda de aprovechable en ese cruzamiento conceptual.

La política ya estaba vacía desde antes.

Sostienen los autores de "Perón o Muerte" que la enunciación peronista produce un vaciamiento del campo de lo político, dado que este queda en el plano de los tiempos débiles de la cotidianeidad, en contraste con los tiempos fuertes de la patria en el que se ubica el colectivo parlante Perón. Aquí se atribuye al discurso peronista la creación de una realidad que en verdad le precede. Perón enuncia su discurso con el campo de lo político vaciado como condición preexistente. La política era "mala política" por lo menos desde el Golpe del 30. No existía un campo político sustancial que pudiera ser vaciado por Perón. El régimen constitucional que derribó el GOU en 1943 no era legítimo. ¿Valoraba el campo político democrático la oposición antiperonsita, como un valor en si? Desde 1955 hasta 1973 quedó en claro que la valoración antiperonista de la política democrática era mucho más vacía (y mortífera) que la del discurso peronista.

El otro del otro.

Sostienen los autores de "Perón o Muerte" que la enunciación peronista postula un "descentramiento del otro", del adversario político, al que no se le deja pretensión de verdad legítima alguna.

Omiten aquí considerar los autores que la enunciación del otro por parte de Perón no es unilateral sino que forma parte de un diálogo. Esto es: que lo que decían los adversarios de Perón (Nazi, Fascista, Tirano, etc.) era mucho peor que lo que Perón enunciaba respecto de ellos.

La mayoría electoral permanente.

Cuando se analiza la relación discurso peronista/ democracia, no parece tomarse adecuada consideración de que el Peronismo, mientras Perón vivió, peleó y ganó -directa o indirectamente-todas y cada una de las elecciones en las que intervino. No es una fatalidad natural sino la consecuencia de una lucha que articuló la enunciación de Perón y de los enunciadores segundos, con la recepción que el pueblo hacía de esta enunciación. Perón no estaba parado solo frente a un tablero de ajedrez, sino que periódicamente, desde el campo del reconocimiento, desde "la gente común" se plesbiscitaba favorablemente su estrategia.

Otra interpretación.

¿Las mismas palabras, pueden ser interpretadas de otro modo? ¿Y si la enunciación peronista fuera constitutivamente indeterminada? ¿Qué pasa si reducimos la unidad de análisis desde el peronismo al peronismo revolucionario? ¿Si pensamos el sujeto en términos de evita- resistencia- JP? ¿Qué pasa si consideramos que la indeterminación es característica esencial del enunciador primero, y que los únicos discursos verdaderos son los emitidos por enunciadores segundos, plurales y diversos? Si pensamos que no hay un peronismo sino varios peronismos envueltos bajo una misma simbología vacua. ¿Y si el discurso de la izquierda peronista era discurso verdadero, cómo explicar la muerte? ¿Por qué no analizar la consigna "Perón o Muerte", no en términos de trampa, sino en términos de lucha, que terminó en derrota?

Fuente: http://personales.ciudad.com.ar/argenpol/resenas/peronomuerte.htm


"Ser peronista significa cada vez menos"

Eliseo Verón [2004]

Por Jesús A. Cornejo

Los intelectuales y el país de hoy

Para el filósofo y semiólogo, la falta de coherencia lleva al PJ a la disolución.

Eliseo Verón dice haber llegado a la conclusión de que el peronismo le hizo mal a la política nacional y que hoy, por añadidura, ha perdido su identidad ideológica. “El peronismo está entre las peores cosas que le pasaron a este país. No lo digo agresivamente. Si lo pienso en escala, debo decir que el peronismo se perdió una gran cantidad de oportunidades históricas para cambiar el rumbo de la Argentina.”

Licenciado en filosofía por la Universidad de Buenos Aires, Verón trabajó dos años en el Laboratorio de Antropología Social del College de France junto con Claude Lévi-Strauss. Dirigió, aquí, el Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Di Tella, antes de radicarse por más de veinte años en Francia.
Actualmente dicta cátedra en la Universidad de San Andrés, en la UBA y en distintas maestrías.

Verón es internacionalmente reconocido por sus trabajos en semiótica, comunicación y análisis del discurso. Ha escrito muchos libros, entre los que se destacan “La semiosis social”, “Construir el acontecimiento”, “Conducta, estructura y comunicación”, “El cuerpo de las imágenes” y “Perón o Muerte”.

En esta última obra, escrita con Silvia Sigal, Verón se sumerge en el análisis discursivo del peronismo y se propone desmenuzar el tejido en el que se cruzan los discursos del propio Perón con los de la Juventud Peronista y Montoneros.

–Carlos Menem, Alberto Rodríguez Saá, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, José Manuel de la Sota... Todos se dicen peronistas. Pero, ¿cómo se entiende hoy el peronismo?
–La tendencia profunda del pero-nismo fue buscar que el adjetivo “peronista” y el adjetivo “argentino” fueran sinónimos. Una vez logrado eso, ya el peronismo significa poco en términos de contenido ideológico-político. Creo que si Menem, Kirchner, Duhalde y De la Sota son todos peronistas, no se puede hacer un análisis político serio. La llegada de Kirchner al gobierno implica una especie de desaparición, una especie de disolución: como si uno hubiera echado al peronismo en un vaso de agua y terminara por disolverse completamente. Eso sí: queda un estilo, un modo de negociar, de establecer contacto con la gente, de las camándulas. Significa más, quizás, en el nivel del manejo interpersonal, de los modos de usar las influencias, de cómo plantear las alianzas y los enfrentamientos. Ahí sí se puede decir que hay un estilo peronista. Pero si "ser peronista" significó algo en términos de ideología política, yo creo que cada vez significa menos.
-Con el radicalismo desarticulado y el peronismo disuelto, ¿cree que los partidos políticos hoy son nichos vacíos?
-Hay una especie de vaciamiento político, pues por procesos distintos los dos partidos que dominaron la política del país están desapareciendo. Eso me parece bueno. La progresiva disolución del peronismo es una buena cosa para la Argentina. Y de la desaparición del radicalismo, ni hablemos, pues salvo por el injustamente olvidado presidente Arturo Illia, los radicales siempre demostraron que son incapaces de gobernar. Son incompetentes para administrar. Por eso hay que rearmar el espectro político de otra manera. Y eso era lo que pedía la gente.
-¿Cómo ve la gestión del presidente Néstor Kirchner?
-Por el momento, si tuviera que hacer un juicio global, sería positivo. Pero ese juicio es inseparable de aquello de lo que veníamos hablando. El país estaba en crisis y ya no nos podía pasar algo peor. Eso favoreció a Kirchner y condiciona mi juicio, pues salvo que el que viniera hubiera sido un loco, todo lo demás tenía que ser mejor que lo que estaba sucediendo en ese momento. Creo que lo mejor que ha hecho el actual presidente, y lo que sustenta todo lo demás, es haber logrado una cierta estabilidad económica y haber entablado buenas negociaciones por la deuda. Eso está bien llevado. El resto es más variable. Fuera de este núcleo fuerte de la economía, el resto de las áreas está muy teñido por la personalidad del primer mandatario. Eso no es algo que a mí me moleste, pero plantea interrogantes todavía sin respuesta sobre ciertas cosas.
-¿Cree que Kirchner tiene rasgos de autoritarismo?
-El Presidente puede tener decisiones fuertes, pero no lo calificaría de autoritario. Es más: no me parece mal un presidente especialmente fuerte. Sin embargo, creo que en algunos casos se ha buscado conflictos inútiles. Es posible que eso se deba a su estilo de conducción. Cada uno tiene el suyo y hay gente que necesita provocar enfrentamientos para tomar decisiones. Lo que me preocupa es la concentración del poder. No porque crea que es un totalitario, sino porque esa concentración puede ser fuente de ineficacia. Hay puntos pendientes que, finalmente, nunca se tratan y que se van posponiendo. En un país normal, las decisiones son tomadas por un equipo coherente que sirve de marco a un estilo presidencial. Ese mecanismo aquí no se ve. Es cierto que hay algunas personas clave, pero las decisiones las toma sólo el Presidente. Eso puede volverse ineficaz, porque no hay suficiente delegación.
-El actual gobierno suele identificarse con los años 70. ¿Cree que eso le impide tener un proyecto serio de país?
-La evocación que hace el Gobierno de los años 70 es, más bien, un intento de reafirmar la identidad. Es algo que pasa por la biografía de cada uno. Me parece lógico que, dada una situación de llegada, bastante accidental, a la cima del poder político, cada uno reivindique los componentes de su identidad. No obstante, me parece que ninguna de estas personas que dicen evocar la década de los 70 está pensando en aplicar en la realidad de hoy las cosas que se podrían haber dicho en aquel momento. Nadie es tan tonto como para hacer semejante cosa.
-¿Pero el Gobierno tiene un proyecto político para la Argentina?
-Es muy difícil que se hubiera podido definir un proyecto de país tal como se encontraba la Argentina en 2002. Ahora se están comenzando a advertir posibles direcciones, pero hay aún grandes agujeros negros, que no dejan ver si hay un proyecto o no. Pero eso me parece normal, pues éste no es un gobierno que siga a otro, no es una expresión de continuidad. Empezó de cero, en 2003. Un año antes, Kirchner no se imaginaba que iba a terminar donde terminó. Creo que por el momento no hay un proyecto como el que tuvo la generación del 80. Incluso no creo que en países mucho más avanzados que el nuestro si alguien pregunta cuál es el proyecto nacional le puedan contestar. El nivel de incertidumbre es tan alto en el mundo que es difícil definir un proyecto de país. El proyecto de Kerry, por ejemplo, es decir que lo que estaba no puede seguir. Y eso no es muy diferente de lo que hizo Kirchner cuando asumió. Su primer posicionamiento fue decir: basta con la década del 90.
-¿Cree que el gobierno de Kirchner manipula los medios de comunicación a través de la publicidad oficial?
-No, no tengo esa impresión. Todo anunciante va a ejercer el máximo poder en aquellos lugares en los que compra espacio publicitario. Lo que me parece un desperdicio es que se haya gastado tanto dinero en publicidades oficiales desde el comienzo de la gestión. En el momento en que se difundieron, el Presidente gozaba de una imagen positiva que muy pocos gobernantes han tenido en la historia del país.
-¿La televisión tiene la culpa de que se haya perdido la buena retórica política?
-Hay un proceso de desgaste de la política en todas partes del mundo. La televisión fue ocupando espacio dejado por la crisis y las instituciones tradicionales. En los años 80, los políticos no sabían cómo manejarse en la televisión e hicieron un montón de tonterías. Hoy la política tiene otra dinámica y sólo se puede ejercitar a través de los medios de comunicación. Particularmente a través de la televisión. Este es un hecho mundial y los políticos argentinos lo están aprendiendo.
-¿Cuál es su análisis sobre el fenómeno piquetero?
-En el plano político, el fenómeno piquetero es importante en la medida en que ha cumplido un papel opositor. Durante todo este año y medio, Kirchner gobernó sin oposición y eso es siempre malo en términos de una administración. Un gobierno necesita oposición para verse forzado a tomar buenas decisiones. Y la perturbación que generaron los piqueteros cumplió un papel opositor. Kirchner gobernó en una especie de vacío político, porque Ricardo López Murphy se manejó mal y porque la verdad es que lo que diga Elisa Carrió a través de los diarios no le importa demasiado a nadie. Si tomo a los piqueteros como un conjunto, veo algo que genera un poco de presión dentro de un marco demasiado "liso" para la administración de Kirchner.
-¿En qué se manejó mal López Murphy?
-López Murphy me parece demasiado marketinero. Da la impresión de que algún consejero le dice: hoy tenés que hacer esto, y él lo hace. Me da la sensación de que, como no tiene convicción sobre lo que debe hacer, está siempre a la espera del consejo: qué cara tiene que poner en tal programa o qué frase debe decir en tal radio. Se queda en el gesto. No es la misma impresión que me da Kirchner, ni Elisa Carrió, que dice tonterías algunas veces, pero que transmite una cierta convicción en lo que dice.
-El secretario de Cultura, Torcuato Di Tella, dijo que la cultura no es prioridad para este gobierno. ¿Un país puede salir adelante sin un proyecto cultural?
-No. Entiendo que cualquier persona que esté en el Gobierno pueda hablar de prioridades. En la situación en que se encuentra la Argentina, es lógico que la prioridad sea la economía. Pero se pueden buscar alternativas. Y eso tiene que ver con la formación de equipos, pues mientras un grupo busca soluciones a la economía, otro podría trabajar en un proyecto cultural. Pero eso no ocurre. El problema está vinculado con la centralización del gobierno de Kirchner. Como si todo tuviera que pasar por él. Pero si la definición de una política cultural tiene que pasar por el Presidente, y... vamos a tener que esperar tres o cuatro años hasta que tenga tiempo de ocuparse. Esto no tendría que funcionar así. Ahí hay un grave problema de delegación. Aunque en este caso el problema es, más bien, haber nombrado un secretario de Cultura que dice que la cultura no es prioritaria para el Gobierno. ¡Eso sí es un problema!
-¿Cree que a Di Tella lo mueve su gusto por la provocación?
-Torcuato siempre fue así. Es su estilo. Uno puede ser así en distintas instituciones, pero no cuando es parte de un gobierno. Declaraciones de ese tipo no le hacen bien a nadie.
-¿Cree que está cumpliendo una buena administración?
-No vi en la gestión cultural algo que haya llamado mi atención, que me haya parecido un paso adelante. No creo que la gestión Kirchner pase a la historia por su política cultural. Eso está claro.
-Usted es profesor aquí y en Europa. ¿Los alumnos argentinos están lejos de los que tienen acceso a las casas europeas de altos estudios?
-En una evaluación general, le digo que no, a pesar de todos los problemas estructurales del país, pero creo que los problemas educativos se van a ir agravando a medida que pase el tiempo. Los estudiantes que tuve en las universidades argentinas no tienen nada que envidiarles a los europeos. No son peores que ellos. Pero hay que tener en cuenta que las dificultades son siempre institucionales, no de las personas. Y en ese sentido puedo decir que un tema prioritario para este gobierno deberían ser las universidades públicas. Hay que repensar la Universidad. Es un tema prioritario y no se está haciendo nada. Hay una especie de analfabetismo alfabeto o, más bien, alfabetos analfabetizados que uno sospecha que el sistema escolar está produciendo. Eso recién ahora está empezando a llegar. Por ejemplo, uno se encuentra con graduados que empiezan un posgrado y que no saben escribir. Ese es el resultado de fallas que comenzaron hace tiempo. Uno se encuentra con gente inteligente que no sabe redactar. Si uno combina la situación política con la crisis en el sistema escolar, la educación está en serios problemas. Lo importante es que la cultura pedagógica en la Argentina no se ha perdido todavía. El peso de la historia es importante. Eso no está muerto. Pero hay que hacer algo rápido, inmediatamente, porque si no estaremos muy pronto en problemas. Actualmente, si comparamos un estudiante de grado en cualquier universidad, el argentino es mejor que en muchos países de América latina. Esa diferencia sigue existiendo, pero tiende a desaparecer.
-La fuga de cerebros, ¿se puede detener?
-Eso comenzó hace mucho tiempo. Ya en la época del Instituto Di Tella se trabajaba sobre el tema. Pero lo preocupante es que sólo el diez por ciento de los que se inscriben en los posgrados los termina y que muchos se van al extranjero. Que no se pueda retener esa materia es tremendo.
-¿La Argentina ha superado la dicotomía civilización o barbarie?
-Creo que lo mejor que le ha ocurrido al país es que ha terminado con los ciclos macabros de gobiernos civiles y gobiernos militares. Esa dicotomía ha terminado. Es como un milagro. El país tiene 21 años de democracia y esa tendencia se está imponiendo en toda América latina: pasó en Brasil, en Chile, tarde o temprano pasará en Cuba. Este dato no hay que perderlo de vista, pues es un ajuste con la situación internacional. Hoy ha desaparecido la idea de un golpe militar y con eso hemos salido de una historia muy larga, de una especie de ciclo infernal. Nadie puede predecir el futuro, pero parece que hemos salido definitivamente. Soy un optimista en ese terreno y veo las cosas positivas que nos ocurrieron en los últimos años.

Fuente: www.lanacion.com
http://www.ancaloo.com/noticias/noticia.asp?id=1259, 30/10/04


NOTA SOBRE ELISEO VERON: Licenciado en Filosofía en la UBA, una beca externa del CONICET lo llevó después a trabajar durante dos años en el Laboratorio de Antropología Social del Collège de France, con Claude Lévi-Strauss. De regreso a la Argentina, fue profesor del Departamento de Sociología de la UBA hasta 1966. Dirigió el Centro de Investigaciones Sociales del Instituto Di Tella antes de radicarse en Francia, donde vivió más de veinte años. Hizo su doctorado en la Universidad de París VIII, donde fue nombrado profesor y dirigió el Departamento de Ciencias de la Comunicación. Ha dictado seminarios en numerosas universidades de América Latina, Europa y Estados Unidos.

En 1995 regresó definitivamente a la Argentina. Actualmente es profesor del Departamento de Humanidades de la Universidad de San Andrés, donde dirige la Maestría en Periodismo recientemente creada por esa universidad con el Grupo Clarín y la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.

Ha publicado una quincena de libros, entre ellos "Conducta, Estructura y Comunicación", "Construir el acontecimiento" y "La Semiosis Social". Sus trabajos más recientes son "Esto no es un libro" y "Efectos de Agenda" (Editorial Gedisa, 2000) y "El cuerpo de las imágenes" (Grupo Norma, 2001). Este año se publicarán "Efectos de agenda 2", que lleva el título "Espacios Mentales", y "Fragmentos de un tejido", recopilación de sus trabajos sobre análisis del discurso.


PERON O MUERTE

Eliseo Verón y Silvia Sigal

Introducción

El objeto de este libro es el peronismo, considerado como un caso, históricamente crucial, del discurso político. Crucial no solamente respecto de la historia argentina, sino también en relación con el contexto general de los fenómenos políticos contemporáneos.

De esta caracterización, insistiremos aquí en sólo dos aspectos: la noción de “objeto” y la noción de “discurso”. Nociones que son en este caso inseparables, puesto que es por medio de la noción de discurso que hemos construido al peronismo como objeto. Nuestro procedimiento suscitará, probablemente, reacciones condenatorias; por un lado, ante la utilización de la palabra de Perón como objeto científico, operación que viola, casi blasfematoriamente, el terrorismo de lo inefable que ejercieron -o ejercen- quienes sostienen que el peronismo debe “sentirse”. Por otro lado -y esto es más grave- el análisis del peronismo como fenómeno discursivo será rechazado por quienes consideran que, en política, las palabras se las lleva el viento.

Comencemos por la cuestión de la cientificidad. Si el tratamiento al que hemos sometido nuestro “objeto” se pretende científico (o, en todo caso, responde a nuestra concepción de la cientificidad), las razones que nos llevaron a elegir dicho objeto son, sin ninguna paradoja, perfectamente subjetivas: este trabajo tiene su origen, su único origen, en la necesidad de comprender, aunque sólo fuese de manera imperfecta, parcial y provisoria, lo que ocurrió en la Argentina en 1973-74. Confrontados a este interrogante nos vimos obligados, es verdad, a remontar el curso de la historia hasta 1943.

Hemos dicho comprender: en ningún momento este trabajo ha sido imaginado por sus autores como un pretexto para “expresar” sus puntos de vista a propósito del peronismo. Lo cierto es que una buena parte de la literatura sobre los fenómenos políticos nos parece de naturaleza “expresiva”: con mayor o menor felicidad y talento, el autor se complace en manifestar sus opiniones y saldar cuentas.

La preparación de este libro ha sido para nosotros un largo viaje a través de documentos, textos, discursos e informaciones, en busca de la lógica de un proceso político. De un proceso político singular: fue abierto por la elección de un candidato que se presentó al sufragio prometiendo que si ganaba renunciaría en favor de otro candidato que estaba ausente; llevó a la elección, por tercera vez en la historia argentina, del general Perón, apoyado por enemigos irreconciliables; preparó, en fin, las condiciones que hicieron posible el primero genocidio de la historia política argentina.

La explosión de violencia en que culminó el proceso iniciado con el triunfo del peronismo en marzo de 1973 está, así, en el origen de los interrogantes de los que nació este libro, y no podía ser de otra manera. El pasaje a la violencia, la lucha política que se revela súbitamente organizada en torno a la muerte del enemigo, ¿muestra las raíces profundas sobre las que reposan, sin confesarlo, los sistemas políticos considerados democráticos, o bien esa lucha política, transformada en engranaje infernal, es una desviación, un accidente de la historia, impermeable a todo esfuerzo de explicación y ante el cual sólo cabe decir, como ante la débacle del nazismo, “esperemos que no se repita nunca más”?

Si optamos por la hipótesis según la cual la irrupción de la violencia política, que se manifiesta bajo las múltiples formas de la guerrilla (rural o urbana) o que culmina en la represión militar sistemática que han conocido países como Uruguay, Argentina y Chile, no hace más que poner en evidencia la naturaleza íntima de la dominación del Estado, ello implica que la violencia es consubstancial al sistema político, aun cuando se exprese de maneras diferentes y en diversos grados según las circunstancias: encubierta por las instituciones “democráticas”, la violencia permanece en estado latente en los países desarrollados.

La hipótesis alternativa consiste en afirmar que, en tanto sistema de reconocimiento e institucionalización de la legitimidad del conflicto, la democracia ha conseguido expulsar la violencia mortífera del campo político. Si ésta aparece, se trata de la irrupción de un fenómeno que es a la vez ajeno a las reglas del juego institucional y que resulta difícil de controlar precisamente porque el sistema político no se funda en el ejercicio sistemático de la violencia.

La primera hipótesis permite dar cuenta fácilmente de múltiples fenómenos políticos de nuestro siglo (desde el nazismo y el fascismo hasta los regímenes militares actuales) pero difícilmente de las democracias estables; éstas serán reducidas a una suerte de ilusión transitoria, que deberá estallar en el momento en que “se agudicen las contradicciones”. En términos de la segunda hipótesis, son las situaciones de extrema violencia las que resultan difícilmente explicables: los partidarios de dicha hipótesis se verán llevados, de una u otra manera, a dividir la humanidad en dos especies, aquella cuya historia le ha permitido acceder a la democracia y aquella que ha errado el camino.

Creemos que estas dos hipótesis, inversas y complementarias, dibujan una falsa alternativa, y que si no se trata de probar que bajo las apariencias de la razón democrática arde el fuego inevitable de la pulsión de muerte, tampoco es cuestión de adoptar una teoría de la democracia incapaz de pensar la violencia, a no ser como residuo patológico.

En el esfuerzo por superar esta alternativa, la noción de “discurso” desempeña un papel fundamental. Como todo comportamiento social, la acción política no es comprensible fuera del orden simbólico que la genera, y del universo imaginario que ella misma engendra dentro de un campo determinado de relaciones sociales. Ahora bien, el único camino para acceder a los mecanismos imaginarios y simbólicos asociados al sentido de la acción es, el análisis de los discursos sociales. Dicho análisis no se sitúa en un plano pretendidamente “superestructural”, como si se tratara de un nivel que “acompaña” o “refleja” (más o menos bien) el desarrollo de los procesos “concretos” o “materiales” del comportamiento social. Estudiar la producción discursiva asociada a un campo determinado de relaciones sociales es describir los mecanismos significantes sin cuya identificación la conceptualización de la acción social y, sobre todo, la determinación de la especificidad de los procesos estudiados, es imposible. Dicho de otra manera: analizar los discursos sociales no consiste en estudiar lo que los actores sociales “dicen” por oposición a lo que “hacen”, puesto que el análisis del discurso no es un análisis de contenido y no se limita a la descripción de las representaciones conscientes y explícitas que los actores tienen de sus propios comportamientos o de los comportamientos de los demás. El análisis del discurso es indispensable porque si no conseguimos identificar los mecanismos significantes que estructuran el comportamiento social, no sabremos tampoco lo que los actores hacen. La distinción entre acción y discurso no corresponde en modo alguno a la distinción entre “infraestructura” y la “superestructura”; no corresponde tampoco a la distinción entre “hacer” y “decir”, puesto que la acción social misma no es determinable fuera de la estructura simbólica e imaginaria que la define como tal. La validez de este principio teórico es totalmente independiente de la cuestión de saber si los actores, cuando actúan, saben lo que hacen y si cuando discurren, saben lo que dicen.

Lo que interesa al análisis del discurso es la descripción de la configuración compleja de condiciones que determinan el funcionamiento de un sistema de relaciones sociales en una situación dada. La caracterización de esas condiciones, no como condiciones “objetivas”, simplemente, sino como condiciones de producción del sentido, es lo que abre el camino a la aprehensión del orden simbólico como matriz fundamental del comportamiento social, y de las estructuraciones de los imaginario como red compleja de representaciones engendradas en el seno mismo de las prácticas sociales. En esta perspectiva, la violencia que estalla en el campo político se nos aparece no como retorno súbito de lo irracional reprimido no como ruptura patológica, sino como un elemento que, en determinadas circunstancias, resulta de los mecanismos significantes que determinan la naturaleza del conflicto y las posiciones ocupadas por los protagonistas. La violencia no se opone a la palabra como el “hacer” al “decir”: ella no empieza, como la música, “donde mueren las palabras”. La violencia, como los discursos, está articulada a la matriz significante que le da sentido y, en definitiva, la engendra como comportamiento enraizado en el orden simbólico y productor de imaginario.

Puede decirse que la violencia es, desde este punto de vista, una especie de discurso. Ahora bien, el poner en evidencia su dimensión significante nos muestra de inmediato la imposibilidad de hablar de la violencia en general. La violencia ejercida en la Argentina por los grupos armados de inspiración marxista, como el ERP por ejemplo, fue distinta de la violencia practicada a partir del proyecto político de los Montoneros. No cabe confundirlos puesto que las causas, los efectos, el valor estratégico y el “mensaje” transmitido eran diferentes en un caso y en otro. (Cabe, sí, asimilarlos en un nivel de generalidad mayor en tanto ambas introducen la muerte del enemigo- como un mensaje más del campo político.) La especificada de los mecanismos estudiados tiene pues, para nosotros, una importancia fundamental: es sólo a través de una descripción precisa, lo más minuciosa posible, de la lógica significante específica de procesos políticos determinados, que podremos dar respuesta a la pregunta, a la vez general y capital, acerca de la relación entre el poder del Estado, la violencia política y el destino de las instituciones democráticas.

Este libro no pretende contestar a tamaño interrogante. Pero nuestro análisis contiene inevitablemente ciertas hipótesis relativas a dicha cuestión, y las conclusiones a las que hemos llegado tal vez permitan -así lo esperamos- comprender mejor algunas de las condiciones que es necesario satisfacer para entrever una respuesta adecuada. Entre dichas condiciones se encuentra, desde nuestro punto de vista, la de analizar en detalle procesos políticos específicos. No creemos, dicho de otro modo, que para lograr una respuesta adecuada baste el sólo ejercicio de la reflexión filosófica.

La teoría del discurso se funda en el principio inverso al del viejo funcionalismo representado en sociología por la llamada “teoría de la acción social”: mientras la teoría de la acción nos recomienda “adoptar el punto de vista del actor” (es decir, afirma que una teoría de la acción social es imposible si no se tiene en cuenta el carácter subjetivo del sentido de la acción), la teoría del discurso sostiene, por el contrario, que el sentido sólo puede ser aprehendido a condición de abandonar el “punto de vista del actor”. Dicho de otro modo: una teoría de la producción de sentido es una teoría del observador. El sentido no es ni subjetivo ni objetivo: es una relación (compleja) entre la producción y la recepción, en el seno de los intercambios discursivos.

Esta relación sólo puede ser adecuadamente captada desde la posición de observador, que es la que ocupa el analista del discurso.

Este problema de la posición del observador merece un comentario que nos permitirá explicitar ciertas hipótesis básicas de la teoría del discurso. La posición del observador es, en primer lugar, siempre relativa, o, si se prefiere, metodológica, o aun: transitoria. Observar un juego de discurso (en nuestro caso, el discurso político) implica ponerse fuera del juego. Pero ponerse fuera de un juego no quiere decir ocupar la posición de lo que sería un observador absoluto; significa simplemente jugar a otro juego (en este caso, se trata de ese discurso que se llama “ciencia”). Lo que podemos llamar el “principio del observador” afirma solamente que no se puede al mismo tiempo jugar a un juego y observarlo. Volveremos en seguida a las razones de esta imposibilidad. Conviene subrayar que en esta perspectiva, que encuentra su origen en el concepto de “juegos de lenguaje” de Wittgenstein, no hay un juego absoluto, que sería una suerte de metajuego, depositario de la teoría de todos los juegos de discurso posibles: la ciencia no es un metajuego: ella es apenas un juego entre nosotros.

La posición del observador implica pues un desplazamiento, supone atravesar una frontera, colocándose en un juego para observar otro. Este desplazamiento es relativo, porque puede invertirse: es posible y a la vez altamente instructivo, por ejemplo, observar el juego de la ciencia desde el juego de la política. Una sociedad puede ser considerada, desde este punto de vista, como un tejido, extremadamente complejo, de juegos de discurso que se interfieren mutuamente.

¿Por qué este desplazamiento, destinado a definir, respecto de un juego de discurso, la posición del observador, es siempre necesario? Porque los juegos de discurso no son otra cosa que el marco, el contexto, donde, en el seno de determinadas relaciones sociales, tiene lugar la producción social del sentido. Y una de las propiedades fundamentales del sentido cuando se lo analiza en el marco de su matriz social, es el carácter no lineal de su circulación. En efecto: del sentido, materializado en un discurso que circula de un emisor a un receptor, no se puede dar cuenta con un modelo determinista. Esto quiere decir que un discurso, producido por un emisor determinado en una situación determinada, no produce jamás un efecto y uno solo. Un discurso genera, al ser producido en un contexto social dado, lo que podemos llamar un “campo de efectos posibles”. Del análisis de las propiedades de un discurso no podemos nunca deducir cuál es el efecto que será en definitiva actualizado en recepción. Lo que ocurrirá probablemente es que, entre los posibles que forman parte de ese “campo”, un efecto se producirá en unos receptores, y otros efectos en otros.

De lo que aquí se trata es de una propiedad fundamental del funcionamiento discursivo, que podemos formular como el principio de la indeterminación relativa del sentido: el sentido no opera según una causalidad lineal. En realidad, la situación del analista de los discursos sociales es comparable a la del observador de lo que se llama actualmente los “sistemas alejados del equilibrio”, sistemas en los cuales un acontecimiento local engendra una transformación brusca y cualitativa del conjunto. El observador de estos sistemas puede definir la clase de acontecimientos que se producirán a partir del “punto crítico” pero el solo análisis del sistema antes de este punto no le permite predecir a priori cuál será la configuración singular, específica, que aparecerá. (1)

Este carácter no lineal (o si se prefiere, no “mecánico”) de la circulación del sentido, conduce a distinguir dos grandes capítulos en la investigación de los discursos sociales, que corresponden a dos modos de análisis del discurso: la producción y el reconocimiento. Si utilizamos “producción” en lugar de “emisión” y “reconocimiento” en lugar de “recepción” es porque emisión y recepción son términos inevitablemente asociados a las teorías de la comunicación social. Ahora bien, toda teoría de la comunicación supone que una comunicación tendrá lugar cuando un contenido determinado (en general, lo que el emisor “quiere decir”) pasa del emisor al receptor: si este pasaje tiene lugar, se dirá que el receptor ha “comprendido el mensaje”. Como puede verse, las teorías de la comunicación están fundadas en la hipótesis según la cual la circulación del sentido (cuando es “exitosa”) supone un proceso lineal de circulación. Ante este punto de vista, se plantea una alternativa: o bien nos dedicamos al estudio de la comunicación “exitosa” (y nos condenamos a no poder analizar sino los semáforos y otros códigos simples del mismo tipo), o bien partimos de la indeterminación constitutiva de la circulación del sentido, que nos obliga a abandonar el punto de vista “comunicacional”. Es por esta razón que la teoría de los discursos sociales no es una teoría de la comunicación.

El lector ya habrá comprendido que la diferencia entre una teoría de la comunicación y una teoría del discurso es que la primera es una teoría formulada desde el punto de vista subjetivo del actor, y la segunda una teoría del observador. En efecto: desde el punto de vista de un actor social que “comunica”, no existe ninguna clase de indeterminación: él sabe (o cree saber) lo que “quiere decir”, y en función de esta representación produce su discurso. Dicho de otra manera: la indeterminación relativa de la circulación del sentido sólo es visible para un observador, el cual, colocándose “fuera”, analiza el intercambio discursivo. El predominio de las “teorías de la comunicación” ha ocultado, durante largo tiempo, esta propiedad fundamental del funcionamiento de los discursos sociales que es el carácter no lineal de la circulación.

Definir el análisis del discurso desde el punto de vista de un observador, tiene una ventaja adicional: nos permite desembarazarnos de ciertas objeciones que han podido formularse a propósito del estudio de los discursos sociales. Podría argüirse, en efecto, que en la investigación de los procesos políticos, no tiene sentido privilegiar el discurso, en la medida en que la palabra política está siempre en desfasaje respecto de la acción política: sería ingenuo, según este punto de vista, suponer que la “verdadera” estrategia y los “verdaderos” objetivos de los actos políticos se expresan en lo que los políticos dicen: frecuentemente, por el contrario, la palabra política sirve para ocultar la estrategia o para dar de ella una imagen errónea.

Este tipo de objeciones no afecta al análisis del discurso tal como lo concebimos en este trabajo: el análisis de los discursos sociales se interesa en la relaciones interdiscursivas que aparecen en el seno de las relaciones sociales; la unidad de análisis, por lo tanto, no es el sujeto hablante, el actor social, sino las distancias entre los discursos. El análisis del discurso se interroga, por una parte, acerca de la especifidad del tipo de discurso estudiado y responde siempre a esta pregunta por diferencia; por ejemplo, ¿qué es lo que distingue el discurso político de otros tipos de discurso? El análisis del discurso se interesa, por otro lado, en la dinámica de un proceso dado de producción discursiva: ¿cuál es la relación entre un discurso A, y otro discurso B que aparece como respuesta al primero? Trabajando sobre el inter-discurso, el análisis no necesita recurrir a ningún concepto concerniente a las “intenciones” o los “objetivos” de los actores sociales que intervienen en los procesos estudiados.

En verdad, la ingenuidad consiste en suponer que se puede interpretar la acción política fuera de toda hipótesis sobre la matriz significante que la engendra. Quienes rehusan estudiar el sentido en el lugar mismo en que éste se produce, es decir, en la discursividad social inseparable del comportamiento, no hacen más que ejercitar una “intuición” interpretativa cuyo fundamento y cuyo método no son justificados.

El observador, dijimos, aborda los discursos sociales desde dos puntos de vista: la producción y el reconocimiento. (2) El problema que nos planteamos al comenzar este trabajo era un problema de reconocimiento: queríamos comprender el proceso político que culminó en el gobierno peronista de 1973-1974, y en particular el papel jugado por la llamada “izquierda” peronista, a través de la juventud y del movimiento Montoneros. ¿Cómo podía entenderse la posición y la estrategia de esta “izquierda”, violentamente enfrentada al peronismo tradicional de corte “sindical”, en el contexto en su conjunto? ¿Qué tipo de lectura del peronismo y, en particular, del discurso del propio Perón implicaba esta posición de la juventud?

El fenómeno peronista, con su larga historia, debía pues ser tratado como condición de producción del discurso de esta “izquierda” que, en el proceso electoral que condujo al triunfo de marzo de 1973, se apodera del candidato Cámpora y lo transforma en símbolo de su estrategia política contra la “burocracia sindical”. Inversamente, el discurso de la juventud peronista podía ser considerado como el lugar en que se manifestó una cierta configuración de efectos del discurso de Perón.

Era pues necesario, en primer lugar, tratar de comprender el fenómeno peronista como fenómeno discursivo. ¿Cuáles son los elementos que determinaron su especificidad? ¿Existe, desde este punto de vista, una continuidad del peronismo identificable a lo largo de los treinta años que separan las primeras apariciones públicas del general Perón, de su retorno a la Argentina en 1973?

La búsqueda de una respuesta a estas preguntas nos condujo a una conclusión: el peronismo no puede ser caracterizado como una “ideología” o, en otros términos, su continuidad histórica y su coherencia discursiva no reposan en la permanencia de ciertos contenidos que configurarían algo así como la “ideología peronista”. Dicha continuidad y dicha coherencia existen pero se sitúan en otro plano.

Aquí es necesario, respecto de la vieja cuestión de las ideologías, distinguir entre dos empleos diferentes del término: el substantivo y el adjetivo. El primero empleo designa lo que no puede ser sino un objeto: una ideología (poco importa, para lo que aquí nos interesa, si el substantivo es utilizado en singular o en plural). El término es, podríamos decir, “preteórico” y puramente descriptivo, del cual probablemente sea imposible desembarazarse, en la medida en que su empleo es cómodo: permite designar configuraciones históricas extremadamente complejas pero intuitivamente identificables, como cuando se habla de comunismo, leninismo, liberalismo o fascismo, como concepciones del mundo, teorías políticas o configuraciones de opiniones. Recurriendo a este empleo substantivo, decimos: el peronismo no es reductible a una ideología. En razón, por una parte, del hecho que algunos de sus temas dominantes variaron a lo largo del tiempo. Y en razón, por otra parte y sobre todo, que otros de sus temas son demasiados vagos o ambiguos como para definir una “ideología”. Las eternas polémicas en torno a la cuestión de saber si el peronismo fue un fenómeno de “derecha” o de “izquierda” es un buen síntoma que indica que la cuestión fundamental planteada por el peronismo en el campo político no se decide en el plano de las “ideologías”.

El empleo del adjetivo es muy diferente: hablamos, en este caso, de ideológico. Más precisamente, podemos utilizar el adjetivo para calificar un substantivo: dimensión ideológica. El concepto de dimensión ideológica es muy diferente del concepto de ideología: el primero es analítico, el segundo puramente intuitivo; el primero tiene una pretensión teórica, el segundo es descriptivo. El concepto de dimensión ideológica de un discurso (o de un tipo de discurso) designa la relación entre el discurso y sus condiciones sociales de producción: esta relación se concreta en el hecho de que el discurso en cuestión exhibe ciertas propiedades que se explican por las condiciones bajo las cuales ha sido producido. Un aspecto fundamental de la problemática de la dimensión ideológica de los discursos sociales es, precisamente, la cuestión de los tipos de discurso. Los diferentes tipos de discursos se distinguen por una estructuración diferente de su dimensión ideológica, es decir, de la relación que guardan con sus condiciones de producción. Si, por ejemplo, el discurso político y el discurso científico son juegos de discurso diferentes no es porque en uno hay “ideología” y en el otro no: un discurso científico puede perfectamente vehicular “contenidos ideológicos” determinados, lo cual no afecta en nada su cientificidad. Esta última se determina en el plano de la dimensión ideológica: la relación entre el discurso científico y sus condiciones de producción se estructura de un modo diferente que la relación del discurso político con sus propias condiciones de producción. Pero el concepto de dimensión ideológica es pertinente en ambos casos: tanto el discurso político como el discurso científico son producidos bajo condiciones sociales determinadas.

Interrogarse por la dimensión ideológica del discurso político no es pues preguntarse por la presencia de tales o cuales contenidos, “opiniones” o “representaciones” de la sociedad, sino preguntarse por la relación del discurso político con sus condiciones específicas de producción. Un aspecto fundamental de estas condiciones específicas es la naturaleza del sistema político en el cual el discurso es producido. ¿Qué características del discurso político producido en el contexto de un sistema democrático, caracterizado por el pluralismo de partidos, se explican precisamente por dichas condiciones? Una pregunta de este tipo no se refiere a tal o cual ideología (puesto que varias ideologías diferentes pueden coexistir en un sistema de pluralismo de partidos) sino a la manera en que los discursos políticos producidos bajo esas condiciones construyen su relación con respecto a dichas condiciones.

Hemos dicho que la especificidad del peronismo no puede caracterizarse en términos de “ideología”. Podemos agregar ahora que su especificidad reside, en cambio, en su dimensión ideológica, vale decir, en la manera en que el discurso peronista construye su relación con el sistema político democrático. ¿Cuáles son los mecanismos discursivos que entran principalmente en juego en esta relación de un discurso con sus condiciones de producción? Los progresos realizados en los últimos años por las diversas disciplinas que se ocupan del lenguaje y del discurso permiten formular una primera respuesta: las variaciones en la relación de los discursos con sus condiciones de producción afectan sobre todo los mecanismos de la enunciación.

La noción de enunciación es capital para el análisis que se presenta en este trabajo. Ella constituye uno de los términos de la distinción que opone enunciación a enunciado, en tanto niveles de funcionamiento discursivo. El nivel de enunciado es aquel en el que se piensa cuando se habla de “contenido” de un discurso; el enunciado es aquello que se dice: “X posee la propiedad Y”. Si comparamos la afirmación “X posee la propiedad Y” con la pregunta “¿posee X la propiedad Y?” estas dos expresiones son idénticas en su contenido (en el plano del enunciado) pero diferentes en la medida en que afirmar no es lo mismo que preguntar. La diferencia entre afirmar y preguntar es una diferencia en el Plano de la enunciación.

De la frase de nuestro ejemplo podemos imaginar múltiples variantes: “yo creo que X posee la propiedad Y”, “es evidente que X posee la propiedad Y”, “como bien se sabe X posee la propiedad Y”, etc. Todas estas variaciones son variaciones enunciativas en torno a un enunciado cuyos elementos de contenido permanecen idénticos. El plano de la enunciación es ese nivel del discurso en el que se construye, no lo que se dice, sino la relación del que habla a aquello que dice, relación que contiene necesariamente otra relación: aquella que el que habla propone al receptor, respecto de lo que dice. Si yo digo “X posee la propiedad Y” presento mi enunciado como una verdad compartida por la colectividad, con lo cual estoy indicando a mi interlocutor que no puede rechazar mi afirmación sin correr el riesgo de quedar fuera del “sentido común”.

El plano de la enunciación comprende dos grandes aspectos: las entidades de la enunciación y las relaciones entre esas entidades. Todo discurso construye dos “entidades” enunciativas fundamentales: la imagen del que habla (que llamaremos el enunciador) y la imagen de aquel a quien se habla (que llamaremos el destinatario). El enunciador no es el emisor, el destinatario no es el receptor: “emisor” y “receptor” designan entidades “materiales” (individuos o instituciones) que aparecen respectivamente como fuente y destino “en la realidad”. Enunciador y destinatario son entidades del imaginario: son las imágenes de la fuente y del destino, construidas por el discurso mismo. La distinción es importante, puesto que un mismo emisor, en diferentes momentos, puede construir imágenes muy diferentes de sí mismo.

Pero el funcionamiento discursivo consiste también en relacionar estas entidades entre sí, a través de lo que se dice; en otros términos, la relación entre el plano de la enunciación y el plano del enunciado es un fenómeno del orden de la enunciación. Lo hemos visto en nuestros ejemplos: la certidumbre, la duda, la interrogación, la sugerencia, son algunos de los múltiples modos en que el que habla define su relación con lo que dice y, automáticamente, define también la relación del destinatario con lo dicho.

Puede ocurrir, por supuesto, que el receptor no se reconozca en la imagen de sí mismo (el destinatario) que le es propuesta en el discurso.

Podemos ahora articular las dos distinciones que hemos presentado, entre ideología y dimensión ideológica, por un lado, y entre enunciado y enunciación por el otro.

La noción de “ideología” conceptualiza el plano del enunciado: en su uso habitual, el término ideología designa precisamente una configuración de opiniones o de representaciones de la sociedad, vale decir, una colección de enunciados. La problemática de la dimensión ideológica nos lleva a cambiar de nivel: es en el plano de la enunciación que se construye la relación de un discurso con sus condiciones sociales de producción.

El hecho de que en los últimos años se haya puesto de relieve la importancia de los mecanismos enunciativos no quiere decir en modo alguno que, a partir de este punto de vista, el análisis del discurso se desentienda de los contenidos. Lo esencial es que, vistos en relación con los mecanismos enunciativos, los enunciados no son ya más simples “contenidos”. En esta perspectiva, en efecto, la noción de enunciado es inseparable de la noción de enunciación: una teoría de la enunciación discursiva no olvida los enunciados, pero estos últimos no son comparables a los “temas” o “unidades” definidos por el análisis de contenido; los enunciados se articulan a las entidades enunciativas: el enunciador y el destinatario. Que no se diga entonces que el análisis del discurso “olvida” o “descuida” los contenidos; lo que hace es incorporarlos a una teoría de la enunciación. Una cosa es considerar un tema o un contenido en sí mismo, de una manera aislada; otra cosa es considerar ese tema o ese contenido como organizado por la estrategia de un enunciador y orientado hacia un destinatario.

Dijimos que a partir de interrogantes que concernían al proceso político en 1973-74, nos embarcamos, remontando la historia, en una indagación acerca de la especificidad del peronismo. Estamos ahora en condiciones de reformular de una manera más precisa la conclusión a que nos condujo esa exploración: la continuidad del peronismo, su coherencia y su especificidad, no se sitúan en el plano de los enunciados que componen la doctrina, sino en el plano de la enunciación. Dicho de otra manera: en tanto fenómeno discursivo, el peronismo no es otra cosa que un dispositivo particular de enunciación a través del cual el discurso se articula, de una manera específica, al campo político definido por las instituciones democráticas.

Ahora bien, el fenómeno de la “izquierda” peronista, tal como se desenvolvió a partir de 1973, es una “lectura” del peronismo que pone en juego precisamente ese dispositivo de enunciación: los avatares del peronismo de “izquierda” no pueden comprenderse como respuesta a los enunciados peronistas sino como estrategia (fracasada) de inserción en el dispositivo de enunciación del peronismo.

Aquí reside, en definitiva, el interés que atribuimos al nivel de análisis en que nos hemos colocado en este libro. El estudio de los mecanismos discursivos permite, en primer lugar, identificar el nivel del pertinencia que es preciso definir para comprender la relación (y el enfrentamiento) entre el peronismo “histórico” y el peronismo de “izquierda”. En segundo lugar, un análisis de la economía enunciativa de esa relación nos permite comprender por qué la “izquierda peronista” fracasó en su intento por insertarse en el movimiento peronista. Y en tercer lugar, dicho análisis nos lleva a formular algunas hipótesis que tal vez clarifiquen el problema de la relación entre el sistema político y los engranajes de la violencia.

Nuestro análisis comporta tres momentos y una conclusión.

En la primera parte nos colocamos en producción, vale decir, intentamos describir aquellas propiedades que definen el discurso de Perón en tanto origen del movimiento político que lleva su nombre y en tanto fuente de un cierto modo de definir la posición de líder dentro del campo político. Este análisis está orientado a mostrar que los invariantes que caracterizan la especificidad y la continuidad del discurso peronista a lo largo de su historia (1943-1974) no son invariantes de contenidos sino invariantes enunciativos, no son elementos que componen una “ideología” entre otras, sino elementos que determinan una manera particular de articular la palabra política al sistema político.

En la segunda parte abordamos ciertos fenómenos de la circulación del discurso político peronista durante el importante período del exilio (1955-1972). En la situación “normal” de producción/reconocimiento del discurso político, vale decir, cuando el discurso del líder político es proferido dentro del contexto nacional en el que resulta inmediatamente pertinente, la circulación sólo puede ser definida como diferencia entre la producción, por un lado, y las varias modalidades de reconocimiento a través de las cuales el discurso produce sus múltiples “efectos” en distintos sectores de la sociedad, por otro lado.

Durante el período del exilio de Perón la voluntad del líder de mantener, pese al alejamiento físico, el control del movimiento peronista (y, a través de éste, de la situación política argentina) condujo al establecimiento de un complejo dispositivo de comunicación hecho de diferentes tipos de mensajes, mediaciones y representantes, que constituye una suerte de materialización de la circulación del discurso político, circunstancia sin duda excepcional dentro de la historia de un movimiento político en la época contemporánea, y que dio lugar al funcionamiento de lo que tal vez se pueda describir como eficacia a distancia. Lo que intentamos mostrar en esta segunda parte es que la “lógica” del sistema de comunicación establecido durante el exilio no es ajena a las características de la enunciación peronista tal como las describimos en la primera parte. Más aún: la eficacia de ese “control a distancia” se explica a la luz de los mecanismos de la enunciación peronista.

Sólo en la tercera parte nuestro análisis se coloca en reconocimiento. De los múltiples casos de reconocimiento en los que podrían estudiarse los “efectos” del discurso de Perón dentro y fuera del movimiento peronista hemos elegido uno, que nos parece central en el proceso que fue el punto de partida de nuestro trabajo. Ese caso es el de la Juventud Peronista y el movimiento Montoneros. Los avatares de la “izquierda” peronista representada por la juventud y en particular el modo en que la creencia operó en dicho contexto, no pueden explicarse, a nuestro juicio, si no se los sitúa a la luz de las propiedades fundamentales de funcionamiento del discurso peronista, analizadas en las dos primeras partes.

La conclusión intenta, en fin, a partir del fenómeno peronista, discutir algunas consecuencias de nuestro análisis sobre la teoría del discurso político en general, y sintetizar nuestro punto de vista sobre la contribución que el análisis del discurso puede aportar al estudio de los procesos y los movimientos políticos.


Primera Parte

La enunciación peronista

El modelo de la llegada

“Llegó del otro extremo del mundo”

El 20 de junio de 1973, Perón regresa a la Argentina por segunda vez después de la apertura política iniciada por el general Lanusse. Este segundo retorno aparece como definitivo: el peronismo ha ganado las elecciones el 11 de marzo y Héctor J. Cámpora ocupa el gobierno, en nombre de Perón, desde el 25 de mayo. La lucha, que se ha intensificado a partir del triunfo electoral entre la derecha y la izquierda del peronismo por el control de lo que los mismos actores en presencia llamarán el “espacio político”, alcanza un primer “clímax” precisamente el 20 de junio, con motivo del regreso del líder. Una enorme concentración, estimada en más de un millón de personas, se organiza en las inmediaciones del aeropuerto internacional de Ezeiza. La Juventud Peronista y las varias organizaciones armadas de la izquierda peronista encuadran perfectamente el desplazamiento y la concentración de sus militantes, pero 105 grupos de derecha, tutelados principalmente por el ministro de Bienestar Social José López Rega, controlan el palco oficial. Enfrentamientos y tiroteos se suceden durante la tarde, produciendo numerosos muertos y heridos. (1) Ante esta situación de tensión extrema, el avión que conduce a Perón es desviado hacia el aeropuerto militar de Morón.

Al día siguiente, Perón pronuncia un discurso transmitido por la cadena de radio y de televisión. Se trata de su primer discurso público en la Argentina, después de dieciocho años de exilio. Mientras que el reencuentro con el líder, tan largamente esperado por sus partidarios, ha fracasado, Perón inicia al día siguiente su discurso definiendo a su destinatario de la manera más general posible: se trata del pueblo argentino.

“Deseo comenzar estas palabras con un saludo muy afectuoso al pueblo argentino. Llego del otro extremo del mundo con el corazón abierto a una sensibilidad patriótica que sólo la larga ausencia y la distancia pueden avivar hasta su punto más alto. Por eso, al hablar a los argentinos, lo hago con el alma a flor de labio, y deseo que me escuchen también con el mismo estado de ánimo.

“Llegó casi desencarnado. Nada puede perturbar mi espíritu porque retorno sin rencores ni pasiones, como no sea la pasión que animó toda mi vida, servir lealmente a la Patria. Y sólo pido a los argentinos que tengan fe en el gobierno justicialista, porque ése ha de ser el punto de partida para la larga marcha que iniciamos (...).”

El enunciador se coloca, como puede verse, en una posición peculiar que consiste en destruir una distancia explícita entre sí mismo y sus destinatarios: “Llego del otro extremo del mundo”; “llego casi desencarnado”; “nada puede perturbar mi espíritu”; “llego sin rencores ni pasiones”; se presenta como un puro espíritu, animado sólo por la pasión de servir lealmente a la patria. En esta cobertura, conviene subrayarlo, la distancia es construida tanto respecto del pueblo argentino nombrado como destinatario explícito de esas palabras (“llego del otro extremo del mundo”) cuanto respecto de sus propios partidarios (“retorno sin rencores ni pasiones”) quienes, veinticuatro horas antes, han protagonizado una explosión particularmente violenta de “rencor y pasión”. A “los argentinos”(destinatario genérico) sólo les pide una cosa: que tengan fe en el gobierno justicialista.

Este preámbulo del discurso del 20 de junio de 1973 es interesante, porque admite de inmediato una lectura puramente circunstancial. Perón acaba de regresar definitivamente al país tras 18 años de ausencia. La distancia que cobra forma aquí como encuadre general del discurso, no traduciría más que la distancia real, vivida por el exiliado que vuelve a un país que no puede ser otra cosa que una Patria abstracta. La pureza patriótica expresaría el fin del exilio, a la vez que el rol voluntariamente marginal que Perón ha jugado en el reciente proceso político: Perón ha ganado de hecho las elecciones, sin presentarse como candidato. Prolongando la misma estrategia contenida en ese rol premeditadamente marginal, Perón estaría aquí presentándose como el conciliador de todos los argentinos. Al mismo tiempo, el tema del regreso no sería otra cosa que la materialización, la realización final, en cierto modo, del mito del “retorno”, que se ha mantenido vivo durante esos 18 años de ausencia.

La lectura que acabamos de evocar esquemáticamente es, sin duda alguna, plausible: da cuenta del fragmento como una introducción cuyos elementos se adaptan perfectamente a las circunstancias inmediatas en que el discurso ha sido pronunciado, y a la coyuntura política. Y sin embargo, dicha lectura desconoce el hecho de que esos mismo elementos poseen un valor que trasciende la situación inmediata, un valor que reenvía a un funcionamiento discursivo sistemático, y es este nivel de funcionamiento el que nos interesa aquí. No se trata pues de afirmar que la lectura circunstancial es “falsa”; ella simplemente oculta (o ignora) otro nivel que está igualmente presente en el fragmento que comentamos. Porque no es la primera vez que Perón construye su posición de enunciador como la de alguien que llega.

La presencia de una suerte de “modelo general de la llegada” se manifiesta si recorremos el conjunto de la producción discursiva de Perón. El modelo aparece ya nítidamente cuando Perón hace su primera entrada en la escena política.

Consideremos los siguientes fragmentos:

“Soy un humilde soldado que cumple con un deber impuesto por la hora; y pueden estar seguros que lo mejor que puede existir en mí, es la buena voluntad...”(12.8.44)

“Soy un austero soldado que no tengo ambiciones ni las tendré nunca...”(15.10.44)

“Llego a vuestra presencia con la emoción que me produce sentirme confundido entre este mar humano de conciencias honradas... llego a vosotros para deciros que no estáis solos en vuestros anhelos que redención social...”(12.2.46)

“... no soy nada más que argentino; que no tengo otra ideología que el pueblo de mi patria, ni otro partido político que mi patria...”(10.8.44)

“... Por eso el ejército ha expuesto la vida y la carrera de sus integrantes sin otro interés que el bien del país, que es el bien de todos. En esta empresa, yo no tenía nada que ganar, absolutamente nada. Pude perderlo todo.” (31.8.44)

“Afortunadamente, nosotros no somos hombres importantes, somos modestos soldados que nos hemos dado a servir una causa y no tenemos la pretensión de hacerlo todo bien pero sí de hacerlo con honradez y con buena voluntad. Y así como pensamos que cada hombre debe servir a sus semejantes, pensamos asimismo que el pueblo no está para servir al gobierno, sino el gobierno para servir al pueblo. (...) No queremos nada, no tenemos nada; pero aspiramos a que nadie pueda decir jamás que la Secretaría de Trabajo no haya obrado con justicia y con honradez” (9.12.44).,

Varios elementos fundamentales parecen componer este modelo del enunciador como “alguien que llega”.

En primer lugar, Perón es alguien que viene de afuera. Si ese “exterior” desde el cual llega es, en 1973, el exterior geográfico del exilio, en sus primeros discursos era un exterior abstracto, por decirlo así, extrapolítico: el cuartel.

“... cuando yo caiga en esa lucha en que voluntariamente me enrolo, estoy seguro que otro hombre más joven y mejor dotado, tomará de mis manos la bandera y la llevará al triunfo. Para un soldado, nada hay más grato que quemarse en la llama épica y sagrada para alumbrar el camino de la victoria” (2.12.43).

El proceso de la llegada está pues fuertemente marcado por el universo metafórico del imaginario militar.

¿Cómo se justifica el acto mismo de venir, cómo se explicitan las motivaciones de aquel que ha decidido venir? Esas motivaciones están construidas también como sentimientos extrapolíticos, valores que no son otra cosa que el conjunto de deberes y virtudes del soldado: austeridad, patriotismo, sinceridad, honradez, humildad, buena voluntad.

¿Cuáles son, en fin, los objetivos de esta venida? Comienza a dibujarse aquí lo que será el lugar del pueblo, y la relación que se establecerá entre Perón y el pueblo como relación de exterioridad: “llego a vosotros para deciros que no estáis solos en vuestros anhelos de redención social”.

Conviene precisar la naturaleza de esta relación Perón/pueblo, en sus dos direcciones.

De Perón hacia el pueblo: Perón caracteriza su propia acción como un servicio impuesto simplemente por el deber del soldado. Este último no tiene nada, no quiere nada para sí mismo; está sólo movido por el interés de la Patria y llega para servir al pueblo. He aquí otro texto significativo:

“Personalmente, con el apoyo del excelentísimo señor Presidente de la Nación y del gabinete que colabora en sus tareas, he aceptado la responsabilidad de tomar a mi cargo la defensa de la clase trabajadora. Entiendo esa causa y esa defensa, tal como la entienden los soldados; y la resumo en estas palabras: “Defendería hasta morir por ella, si es necesario” (25.6.44).

Del pueblo hacia Perón. Este pueblo tiene anhelos, anhelos de “redención social”, frustrados durante muchos años. Perón llega y ese pueblo no está más solo. La posición del pueblo aparece así, necesariamente, como la de un actor social pasivo. En efecto, ¿qué es lo que Perón, soldado providencial, solicita del pueblo? Confianza, en primer lugar, que deberá transformarse luego (y el pedido reaparece, como hemos visto, a su llegada en 1973) en fe:

“Trabajamos empeñosa y asiduamente para todos. Para vosotros y para nosotros, en una labor exenta de promesas y palabras, para que nadie en esta tierra generosa y altiva, sienta la angustia de sentirse socialmente olvidado (...) Y esta labor de justicia que cumplimos, sin pausa y sin desmayo y sin otra aspiración que la de trabajar por la grandeza de la patria, nos ha deparado grandes satisfacciones (...) Decenas de delegaciones nos traen sus problemas, sus esperanzas, sus aspiraciones.”

“Llegan, desde todos los puntos del país, alentando la confianza de un pueblo defraudado que comienza a creer en la justicia social; y siente, por primera vez, el orgullo de saberse escuchado, y de sentirse argentino.”

“Yo, en este día clásico de los trabajadores, prometo en nombre del gobierno, que esa confianza no será defraudada. Las nuevas conquistas darán a esta conmemoración un sentido más patriótico y más argentino” (1.5.44).

“Al hablar en otra oportunidad a los trabajadores de la patria, les solicité que tuvieran confianza en nuestra honradez y decisión. Hoy me encuentro absolutamente persuadido de que esa confianza existe y que ella debe constituir el fundamento de lo que les pediré en este momento a los trabajadores compatriotas. Es necesario que esa confianza se transforme hoy en fe, sobre lo que todavía debemos realizar...” (8.7.44).

“En los primeros tiempos de la Secretaría de Trabajo, yo pedí a los trabajadores confianza; después les pedí fe y no me han defraudado jamás. Ahora necesitamos la cooperación de todos para salvar nuestras conquistas, que no deben perderse y llevar adelante los postulados de nuestra justicia social, en lo que no estamos ganando nada para nosotros, sino para nuestro pueblo. Y si es necesario, pediremos ayuda a los trabajadores, persuadidos que no defendemos nuestras posiciones, que no nos interesan, sino la que han alcanzado los trabajadores argentinos, que no podrán ceder en adelante un solo paso en las conquistas logradas” (11.10.44).

El orden cronológico en que hemos reproducido los tres últimos fragmentos permite subrayar el desarrollo progresivo de la construcción que hace Perón de su relación con el pueblo: primero pide al pueblo confianza; luego la confianza debe transformarse en fe; en tercer lugar, solicita colaboración, la colaboración de todos. “Si es necesario -agrega- pediremos ayuda a los trabajadores”: esta frase es una excelente prueba indirecta a la vez de la exterioridad de la relación y de la semantización pasiva del pueblo. Si es cierto que este último aparece identificado con los trabajadores, ninguna acción específica se solicita de ellos. El “pedido de ayuda a los trabajadores” es contemplado, a fines de 1944, como una eventualidad, como un recurso último al que apelaría “si es necesario”. Y nótese la presencia, siempre implícita, de la distancia: el eventual pedido de colaboración no sería hecho para defender las posiciones de Perón, “que no le interesan”, sino las de los trabajadores. Esta primera construcción de la relación Perón/pueblo se apoya en una suerte de modelo especular, elaborado en ese registro sensorial que es, por excelencia, el registro del contacto en la distancia: la mirada. En efecto, antes de su intervención providencial, Perón observaba, desde afuera, lo que ocurría en el país:

“Simple espectador, como he sido, en mi vida de soldado, de la evolución de la economía nacional y de las relaciones entre patrones y trabajadores, nunca he podido avenirme a la idea, tan corriente, de que los problemas que tal relación origina sean materia privativa de las partes directamente interesadas (...) (2.12.43).

Observar, desde afuera, la situación del país, es la posición propia del soldado en el cuartel. A partir del momento en que comienza a intervenir en la vida política desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, lo que Perón va a solicitar del pueblo es que éste, a su vez, observe ahora lo que Perón está realizando en su favor. Se confirman así a la vez la exterioridad de la relación Perón/pueblo y la pasividad de éste último: la confianza del pueblo proporciona a Perón el tiempo inicial necesario para comenzar a hacer, de la constatación de las acciones realizadas nacerá la fe. Acciones, y no palabras: “Trabajamos empeñosamente... en una labor exenta de promesas y palabras”. La construcción del pueblo como observador de los actos de Perón está pues en el origen de uno de los “slogans” fundamentales del peronismo. “Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar”. El comportamiento de Perón aparece así definido como el más claro de los mensajes:

“No tenemos la costumbre de prometer, sino de hacer. Por eso no vengo a prometerles nada. Ustedes verán a través del tiempo las realizaciones que nosotros ejecutaremos; irán viendo día a día el progreso respecto de los problemas que las clases trabajadoras de nuestro país vienen planteando desde hace veinte o treinta años, sin ningún resultado” (17.6.44).

“Sería inútil que yo tratara de explicar cómo hemos cumplido con este postulado, que encierra todo el contenido social de la Revolución. Yo prefiero seguir como hasta ahora, sosteniendo que mejor que decir es hacer, y mejor que prometer es realizar” (28.7.44).

Si este slogan define, por un lado, la conducta del propio Perón, otra consigna, no menos célebre, se aplicará al comportamiento que Perón espera del pueblo: “de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Difícilmente otra fórmula expresaría mejor esa posición que hemos caracterizado como la pasividad del pueblo.

El 10 de octubre de 1945, el entonces coronel Perón es obligado a renunciar a su cargo en la Secretaría de Trabajo y Previsión. En ese momento crítico, se dirige así a los trabajadores:

“Estamos empeñados en una batalla que ganaremos porque es el mundo el que marcha en esa dirección. Hay que tener fe en esa lucha y en ese futuro. (...) Al dejar el gobierno, pido una vez más a ustedes que se despojen de todo otro sentimiento que no sea el de servir directamente a la clase trabajadora. Desde anoche, con motivo de mi alejamiento de la función pública, ha corrido en algunos círculos la versión de que los obreros están agitados. Yo les pido que en esta lucha me escuchen. No se vence con violencia; se vence con inteligencia y organización. Por ello les pido que conserven una calma absoluta y cumplan con lo que es nuestro lema de siempre: del trabajo a casa y de casa al trabajo (...) Recuerden y mantengan grabado el lema “de casa al trabajo y del trabajo a casa” y con eso venceremos”, (10.10.45).

Más tarde, cuando Perón es ya presidente y el problema de la representación se ha materializado, por decirlo así, en el proceso electoral, el propio Perón evocará esos años de entrada en la escena política con la misma imagen de un país que no hace otra cosa que observar, con entusiasmo y asombro, el mensaje contenido en sus realizaciones:

“Y no puedo alejar de mi mente las primeras armas hechas en favor de las masas obreras; las inquietudes de las batallas que se avecinaban para imponer la justicia social; las manifestaciones de entusiasmo cuando el pueblo percibió que le iban llegando los primeros destellos de sus anheladas reivindicaciones; el asombro que producía este avance a los que habían convertido la ley en un instrumento para oprimir a los humildes” (1.5.49.

“Poco a poco el pueblo comenzó a entendernos. Hombres sin fe y sin esperanza empezaron a vislumbrar una vida distinta... y alentados por las realidades de una nueva conducta de gobernantes, comenzaron a sentirse otra vez unidos al destino de la Patria...” (1.5.50).

El mismo modelo reaparecerá, intacto, hacia el fin del proceso. En el discurso que Perón pronuncia con motivo de la renuncia del presidente Cámpora, el 13 de julio de 1973, dirá:

“Si Dios me da salud y si Dios me lo permite, he de gastar hasta el último esfuerzo de mi vida para cumplir la misión que pueda corresponderme. No sé cuál será la decisión del pueblo argentino. Ni me interesa. Pero cualquiera fuera el designio que ha de plantearse para el futuro inmediato y mediato de la República, yo seguiré siendo un soldado a su servicio, en el cual empeñaré, no solamente mi honor, sino también mi vida”.

“Quiero hacer llegar a través de este medio mi profundo agradecimiento al pueblo argentino que una vez más nos está dando su confianza y nos está mostrando su fe. Fe y confianza que nosotros hemos de llevar adelante...” (13.7.73).

Aquel que llega de un exterior absoluto, que pide a su pueblo confianza y fe, porque sus obras hablarán por él, y que concibe su llegada como el estricto cumplimiento de una misión superior, el Bien de la Patria, no es, en efecto, nada más ni nada menos que un Redentor: “Llego a vosotros para deciros que no estáis solos en vuestros anhelos de redención social”.

El modelo de la llegada no es otra cosa que un modelo de la presencia: si he decidido venir, es porque he observado, desde afuera, vuestra situación. Ahora estoy aquí. Observen lo que hago por ustedes: eso bastará. Si la reciprocidad de la metáfora de la mirada es tan importante, ello se debe al hecho de que la relación entre el líder y el pueblo queda definida por un contacto que es al mismo tiempo distancia e inmovilidad: la copresencia de ambos. El primero actúa y habla; el segundo confía y observa, mudo, la convergencia progresiva entre la esperanza y la realidad: la palabra del primero y la situación del segundo terminarán por coincidir.

Del cuartel al Estado, o la anulación de la historia

Entre 1943 y 1946, Perón elabora pues su presencia como una llegada. ¿De dónde viene? ¿A dónde llega? La respuesta es simple: viene del cuartel y llega al Estado. Ese pasaje del cuartel al Estado es, evidentemente, una entrada en la política, pero la transición no será nunca explicitada en esos términos: la política es lo que ha permitido que la Patria se deteriore, la política es conflicto. Perón es la unificación armoniosa de pueblo, Patria y Estado.

“El Estado manteníase alejado de la población trabajadora. No regulaba las actividades sociales como era su deber. (...) La táctica del Estado abstencionista era encontrarse frente a ciudadanos aislados, desamparados y económicamente débiles, con el fin de pulverizar las fuerzas productoras y conseguir, por contraste, un poder arrollador” (2.12.43).

“Treinta o cuarenta años de absoluto abandono de las clases obreras en nuestro país no podemos reponerlo en pocos meses. Nuestro trabajo es abrumador. Trabajamos día y noche, sin descanso, para poder remediar esa falta de justicia social que ha imperado durante cuarenta años” (17.6.44).

Ahora bien, el modelo de la llegada conduce necesariamente a una pregunta: ¿por qué la llegada se produce en un momento dado, por qué no antes, o después? ¿Por qué haber esperado el 4 de junio de 1943, si el “absoluto abandono” dura desde hace treinta o cuarenta años? ¿Por qué Perón, soldado providencial, no ha intervenido antes? (2) En la lógica del modelo que estamos analizando, la explicitación de la nacionalidad de la llegada es inseparable de una justificación de la no intervención precedente.

La doble explicación, de la ausencia y de la presencia, se articula por medio del par de conceptos cuartel/ejército.

El uso de estos conceptos trasciende sin duda el peronismo propiamente dicho, y forma parte de la semántica política argentina. (3) El cuartel es el lugar cerrado, autónomo, del ejercicio de las armas. Es el lugar del soldado. En el cuartel, el soldado aprende a desenvolver sus virtudes patrióticas; el cuartel es el lugar de la comunión con la Patria como ente abstracto, el lugar donde el enemigo es el extranjero y la guerra la única actividad legítima.

Ser un soldado en el cuartel no es estar en ninguna parte. El soldado observa la sociedad desde afuera de la sociedad. Ahora bien, si es un lugar cerrado y autónomo, el cuartel no es impermeable: posee una suerte de porosidad que permite, en determinados momentos, que el rumor que viene de la sociedad llegue hasta el ejército encerrado en él. El soldado que responde al clamor de la sociedad deviene ejército que abandona el cuartel para cumplir el deber patriótico.

Estos elementos están nítidamente presentes en la Proclama “Al pueblo de la República Argentina” de la Revolución del 4 de junio, que según su propio testimonio fue redactada por Perón:

“Las Fuerzas Armadas de la Nación, fieles y celosas guardianas del honor y tradiciones de la patria, como asimismo del bienestar, los derechos y libertades del pueblo argentino, han venido observando silenciosa pero muy atentamente las actividades y el desempeño de las autoridades superiores de la Nación.

“Ha sido ingrata y dolorosa la comprobación (...)”

“Dichas fuerzas, conscientes de la responsabilidad que asumen ante la historia y ante su pueblo -cuyo clamor ha llegado hasta los cuarteles- deciden cumplir con el deber de esta hora: que les impone salir en defensa de los sagrados intereses de la Patria” (4.6.43).

El ejército es pues, por un lado, el conjunto de los soldados y por otro una entidad que, a través de la defensa de la Patria, está (o debe estar) unida la pueblo y puede, en determinados momentos interesarse directamente en el funcionamiento del Estado.

“... nadie, absolutamente nadie, puede honradamente desconocer el profundo sentido social de la Revolución de junio. Los motivos que la originaron y el espíritu que la anima, surgen de la misma, de la innegable realidad argentina.”

“El ejército no abandonó sus cuarteles movido por un sentimiento de ambición.”

“Fue el clamor de la calle, del taller y del campo el que llegó hasta ellos para golpear a sus puertas en demanda de justicia. Y el Ejército y la Armada -partes vivas de la indivisa unidad nacional- respondieron patrióticamente. Abandonaron la tranquilidad de los acantonamientos. Salieron a la calle precedidos en su marcha por el mismo pueblo que los estimula y aclama.”

“No hubiéramos podido justificar nunca ante nuestra conciencia y ante la historia, una actitud indiferente, frente a la realidad política y a la realidad social de aquella hora.”

“Un deseo superior de justicia fue el motor que impulsó a la revolución triunfante” (1.5.44).

El ejército abandona los cuarteles porque escucha el clamor de la sociedad y constata que:

“El panorama que ofrecía en aquellos instantes todo lo que se refiere a la vida de relación que el trabajo engendra, era desolador” (1.5.44).

En ese “momento dado”, que en cierto modo está fuera del tiempo, el ejército, que observaba atentamente lo que ocurría en el país, llega a esta suerte de constatación instantánea, de comprensión inmediata, que resume prácticamente toda la vida del país: percibe así el panorama de la degradación de la sociedad y del Estado.

Si decimos que se trata de una comprensión instantánea, a-histórica, es porque ella se realiza desde un lugar que está fuera del tiempo (el cuartel), desde otra sociedad, completamente ajena, precisamente, a la degradación de la sociedad civil:

“Enfrentamos el problema con decisión y con energía de soldados (...) entiendo que la organización interna del ejército está concebida con un auténtico sentido orgánico-social y es un