La
semiótica más maravillosa
Por Martín De Ambrosio [2003]
La reedición de Perón o muerte de Eliseo
Verón y Silvia Sigal [primera edición 1986, reeditado en 2003] y su presentación terminaron por convertirse en un
estimulante acontecimiento: los propios autores revisaron algunas tesis
polémicas del libro, mientras Tulio Halperín Donghi y Carlos Altamirano
resaltaron riesgos y bondades de meterse con el General, aunque su vozarrón ya
no haga tronar el escarmiento.
Dado el cariz definitivamente peronista (es decir, polivalente, contradictorio,
ambidiestro) que está tomando el país, no es mala idea volver a un texto ya
clásico (o al menos saludado como tal) de Eliseo Verón y Silvia Sigal en cuanto
a la interpretación discursiva del fenómeno que constituyó por acción, reacción
(y reacción a la reacción), ese conjunto complejo que es la Argentina en los
últimos 60 años. Perón o muerte. (Los fundamentos discursivos del fenómeno
peronista) puede tomarse como un ejemplo de la aplicación de la celebérrima
Teoría de los Discursos Sociales (tan frecuentada en las carreras de
comunicación) del mismo Verón, o más bien leerse sin tantos pruritos teóricos
como un estudio histórico del discurso peronista, dividido en tres partes: 1) la
fundación del discurso peronista en el decenio que gobernó (1945/1955); 2) la
constitución del discurso del general en el exilio y 3) los conflictos en torno
de las decisiones que tomó Perón a su vuelta en 1973, cuando se convierte en
lopezreguista.
Casi inevitablemente, si se prefiere el segundo modo de encarar la lectura,
algunas cosas pueden llamar la atención, inclusive sonar raras. Por ejemplo, la
manera en que se evita todo análisis material (cuando la materialidad es
no-textual) de la historia, lo que hace que la oposición peronista-antiperonista
de los 40 y los 50 deje de lado aquellos actos clasistas (por cierto, no
menores: expropiaciones, redistribución de la renta, etc.) que no tengan
contrapartida textual o discursiva fundante. Pero las cosas se ponen aún más
polémicas cuando, promediando el libro, Verón y Sigal afirman que “inaugurada
por la introducción de la muerte como instrumento político, con el asesinato de
Vandor, y luego el de Aramburu en 1970 (...) esta segunda historia es la que
culmina en una represión sin precedentes en la Argentina”. Curioso modo de salir
del plano discursivo, gambeteando referencias a la represión de la resistencia
peronista en el período post 1955, entre ellos el salvaje castigo al
levantamiento del general Juan José Valle (asesinaron a todos) o los fusilados
en los basurales de José León Suárez (a casi todos), como si los Montoneros
hubieran inaugurado la violencia política en la Argentina. Semejante ¿desliz?
histórico tal vez no alcance a impugnar todo el análisis. Estos aspectos del
debate, entre otros, fueron tratados durante la presentación del libro.
Con motivo del lanzamiento de la reedición de Perón o muerte la editorial Eudeba
organizó en la librería Gandhi una mesa redonda sobre “Los derroteros del
discurso peronista en la actualidad”, en la que participaron Tulio Halperín
Donghi, Carlos Altamirano, Emilio de Ipola y Marita Soto, además de los autores.
Y, si bien suele decirse –con tino– que las presentaciones son de las cosas más
aburridas del mundo editorial, ésta tal vez sea una de las escasas excepciones a
esa regla. Buena parte de la “culpa” de no aburrir la velada la tiene la osada
invitación que se le hizo al decano de los historiadores argentinos Tulio
Halperín Donghi, quien ya en el momento de la primera edición, en 1986, se había
referido de modo especialmente crítico al libro en un artículo luego compilado
en Ensayos de historiografía.
Carlos Altamirano, que fue el encargado de la primera intervención, contó qué
impresión le había causado el libro en la década del 80, e hizo referencia a la
nota bibliográfica que en su momento había escrito para Punto de Vista (revista
que cofundó en 1978 y en la que aún trabaja). Altamirano dejó claro que no es
necesario conocer los meandros de la semiología (o ser un devoto de semejante
marco teórico) ya que “igualmente se puede disfrutar de los análisis que han
hecho los autores; análisis que permiten ver cosas que antes de esa intervención
no eran perceptibles”. Según Altamirano, éste fue uno de los primeros libros que
se planteó la discusión de cómo algunos actores políticos, y específicamente el
general Perón, legitiman la empresa política en la que toma parte y con la que
se identifica. “El libro de Silvia y Eliseo tiene una perspectiva teórica bien
fuerte y reconocible, con una tesis clara que podría enunciarse así:las claves
discursivas del fenómeno peronista no hay que buscarlas en los enunciados
variados y aun contradictorios de ese discurso sino en el dispositivo que reguló
los enunciados a lo largo de varias décadas y que hizo de Perón su enunciador
eminente del verbo peronista”, concluyó Altamirano.
Después vino la intervención de Halperín Donghi. El historiador comenzó
elogiando el “masoquismo” que habrían ejercido los autores al acceder a
invitarlo, aun sabiendo el tenor de sus opiniones. Pero Halperín le restó
importancia a aquella reseña crítica. “Después de todo, lo mío había sido una
típica reacción de historiador frente a quienes desde otra perspectiva hacen lo
que deberíamos hacer nosotros. Después de usar abundantemente de lo que hicieron
los semiólogos, les reprochamos que no hagan obras de historia.” Sin embargo,
lejos estuvo Halperin de arriar las banderas. Uno de los puntos que el
historiador aún les objeta a los semiólogos es la afirmación de que Perón, por
no ser totalitario, se abstuvo de definirse por uno de los dos bandos en pugna
de la interna peronista (la burocracia sindical o la juventud peronista), hacia
comienzos de la década del 70.
“Me parece que, simplemente, la explicación está equivocada. Es un momento
patético cuando dicen que la negativa de Perón a decidir por uno u otro de los
bandos hizo que la muerte de Perón decidiera. Creo que no corresponde a lo que
sucedió en la realidad: no hubo ninguna negativa de Perón a decidir, lo que
ocurre es que aquellos contra los que decidió simplemente estaban decididos a
ignorarlo”.
Halperin tuvo también tiempo para quejarse del autodeclarado cientificismo de
los autores. “Ellos son hombres de ciencia, y por lo tanto miran al objeto desde
arriba. El objeto no puede hablar, para eso es objeto. Y, me da la impresión que
su selección de algunos poemas montoneros me recuerda al deleite con que ciertos
entomólogos toman a una cucaracha particularmente repulsiva, la atraviesan con
un alfiler, la ponen bajo un vidrio y la exhiben.”
A su turno, el sociólogo Emilio de Ipola arriesgó cierta hipótesis según la cual
“ser peronista para amplios sectores populares es ante-predicativo, anterior a
todo discurso, pre-ideológico”. En ese sentido habló de un “pacto tácito” por el
cual las clases populares aceptaron el liderazgo de Perón y en contrapartida
recibieron un reconocimiento y “se transformaron en ciudadanos, es decir, seres
humanos dotados de identidad pública y colectiva y de dignidad social. Eso caló
tan hondo que lo llevó al actual gobernador cordobés José Manuel de la Sota a
afirmar que el peronismo es la ideología natural de los argentinos. Durante
mucho tiempo esa afirmación fascista me provocó irritación porque yo, como buena
parte de mi generación, pensaba que el socialismo era esa ideología natural.
Pero, curiosamente, teníamos que intervenir para que la naturaleza se impusiera
por sobre la contaminación de los populismos y los fascismos. Por eso creo que
finalmente hay algo de cierto en la formulación de De la Sota”.
LA SANGRE DERRAMADA
En sendos (y breves) diálogos con Radarlibros, los autores contaron qué
continuidades y qué rupturas veían en el discurso actual del peronismo en el
poder, cómo afectan la lectura del libro los 17 años que pasaron desde su
primera edición, y finalmente cómo sigue aún latiendo el peronismo, en tanto
“eterno presente argentino”, según palabras de Halperín Donghi. Para Silvia
Sigal, una de las cualidades históricas del peronismo que continúa en el
presente tiene que ver con la ausencia de contenido ideológico. “Si algo quedó
es esa falta de límites precisos en la ideología peronista. El peronismo puede
abordarse por todos lados y hoy nadie puede decir quién es un verdadero
peronista y quién no, porque ése era un atributo de Perón. Cuando Menem se decía
peronista, no mentía, como tampoco mienten quienes se manifiestan peronistas
hoy, y son tan distintos. En ese sentido hay unacontinuidad. Cuando la Juventud
Peronista quiso insertar contenidos ideológicos se encontró con una
imposibilidad.”
En cuanto a las rupturas, ambos escritores están de acuerdo en que la muerte de
Perón –enunciador privilegiado con la potestad de definir a los integrantes del
par peronistas-antiperonistas– es un vacío que nadie ha podido llenar.
Una de las discusiones alrededor de libro tiene que ver con la afirmación de que
Perón no se decidió a su regreso al país por uno de los sectores internos en
conflicto.
Verón: –Perón nunca excluyó a ningún sector del movimiento. En ocasiones sí lo
hizo con algunas personas, pero eran individuos, en todo caso, y siempre había
algún resquicio para el retorno. Desde ese punto de vista, el razonamiento me
parece correcto. A los de la JP llegó a tratarlos como “chicos indisciplinados”
pero igual los recibió. Era siempre esa cosa ambigua.
Sigal: –Además, la manera en que los echó de la Plaza está caracterizada por
palabras sin contenido político-ideológico: “esos estúpidos”, “estúpidos que
gritan” e “imberbes”; no los acusó de trotskistas que era como los llamaban los
sindicalistas. Y es en ese sentido que nos referimos a una “trampa” en la que
cayó la Juventud. Como vanguardia se había constituido como portavoz
privilegiado de cierta verdad, pero a la vez seguía subordinada a la verdad que
emanaba de Perón.
En un momento del libro se dice que la violencia política en la Argentina
comenzó con los asesinatos de Vandor y Aramburu.
Verón: –Si bien la violencia apareció en los albores de la patria, la novedad
del asesinato de Vandor tiene que ver con el uso de la violencia como
instrumento dentro del peronismo. El peronismo no estaba caracterizado por eso;
en su época clásica no era un movimiento con violencia mortífera. Lo de Vandor
tuvo un sentido inaugural. Esa aparición, en los 60, tuvo más que ver con la
guerrilla revolucionaria, que era ajena al peronismo, venía por el lado marxista
de la guerrilla latinoamericana. La guerrilla era muy extraña al peronismo, que
nunca fue un movimiento de violencia institucionalizada, el que luego se
consagra con la Triple A. Hay algo que se puede decir con certeza y es que Perón
nunca fue un tirano sanguinario.
Fuente: Página 12, 02/11/03
Reseña
de "Perón o Muerte. Los fundamentos discursivos del fenómeno Peronista."
Por
Raúl N. Alvarez [2004]
El trabajo consiste en un análisis del peronismo desde la teoría de los
discursos sociales. El cuerpo principal del mismo desmenuza los principales
elementos de la enunciación peronista, de la circulación de ese discurso, y
del reconocimiento discursivo desde el punto de vista de la izquierda
peronista. En base a este análisis, se formulan algunas hipótesis
sustanciales sobre el peronismo en sí y sobre la relación entre enunciación
peronista y democracia representativa.
La escritura que recorre el lector presenta una sensorialidad
estético/conceptual esmerada que se reconoce como bella. Los tiempos del
relato siguen los pasos del peronismo, en tiempo de tragedia histórica,
protagonizada por actores con sus relaciones de amor y dominio, que
atraviesan sucesivas etapas de preparación, nudo, desenlace y muerte. Del
título mismo se desprende que por detrás de su lectura como obra científica,
"Perón o Muerte..." puede ser leído en clave trágica, a través de la cual
los autores fijan una posición subjetiva contraria al peronismo.
Para el lector que no esté dispuesto a abordar la obra completa, los
capítulos imperdibles son el primero y el ultimo. Es decir, la introducción
teórica y las conclusiones. El análisis central está incluido sintéticamente
en ambos.
Marco Teórico.
En la introducción se presenta la teoría de los discursos sociales (TDS) al
modo que la utilizan los autores. Se entiende por discurso el universo
simbólico e imaginario que genera y es generado por la acción social. Toda
acción social se refiere en una matriz simbólica. Todo discurso es producido
socialmente, a partir de ciertas condiciones de producción de sentido
(condiciones sociales "objetivas"). La diferencia entre la teoría de los
discursos sociales y la teoría de la acción social es que la primera trata
de interpretar el sentido de la acción social desde el punto de vista del
actor, en tanto que la TDS se ubica desde el punto de vista del observador.
Esta perspectiva externa permite centrar la atención más allá del esquema
lineal de la comunicación (emisión, recepción, retroalimentación). Al
contrario, la TDS refiere al "...campo de efectos posibles..." del discurso,
que es actualizado en la recepción, conforme la clave de interpretación con
que es reconocido, que puede ser distinta a la clave con la que fue
producido. De modo que si para la Teoría de la comunicación hay un mensaje,
un emisor, y un receptor, para la TDS hay discurso, producción de discurso y
reconocimiento de discurso. En el contexto del reconocimiento, el discurso
siempre produce algún efecto, aunque el "mensaje" no haya sido recibido o
decodificado. Es decir que la TDS no es una teoría de la comunicación, dado
que entiende que la circulación de sentido contiene una indeterminación
constitutiva. Subyace una postura epistemológica diferente en ambas
concepciones, dado que para la TDS la noción de "verdad" es una ingenuidad.
La dimensión ideológica de un discurso refiere a la relación de dicho
discurso con sus condiciones sociales de producción. Los autores encuentran
aquí una constante en el peronismo "en la manera en que le discurso
peronista construye su relación con el sistema político democrático". Esta
dimensión ideológica se da en la enunciación, por lo que los autores
presentan entonces un bosquejo de teoría de la enunciación. Enunciado es lo
que se dice y enunciación (plano de la enunciación) es cómo se lo dice o más
bien la relación del que habla con lo que dice. El plano de la enunciación
genera dos sujetos imaginarios: el que habla o enunciador y el que recibe o
enunciatario. Ambas figura no se confunden con emisor y receptor, dado que
son subjetividades imaginarias que se suponen al solo efecto de la
enunciación de un discurso.
Toda este marco teórico es incluido porque hace a la manera de constituir al
peronismo en objeto de estudio: "... en tanto fenómeno discursivo, el
peronismo no es otra cosa que un dispositivo particular de enunciación a
través del cual el discurso se articula, de una manera específica, al campo
político definido por las instituciones democráticas."
A los efectos de dar contenido a esta reseña, vamos a intentar reproducir
los principales argumentos del trabajo. Vale aclarar que cada afirmación de
los autores está respaldada por la cita discursiva textual que lo confirma,
que a los efectos de esta síntesis vamos a obviar.
La enunciación Peronista.
Tanto en el período inicial, como en los 70 Perón enuncia desde el modelo de
la llegada: el enunciador (él) llega desde afuera (el cuartel, el exilio).
Perón es exterior al pueblo y a la política, ha vivido distante, y como buen
servidor ahora llega para producir el momento fuerte del encuentro. En tanto
el enunciatario, el pueblo, es pasivo ("de la casa al trabajo, del trabajo a
la casa) , lo recibe y depende de él.
Perón llega desde el mundo del órden, el cuartel, al mundo bajo de la
política y del estado, que se ha degenerado y su misión es regenerarlo.
La temprana enunciación peronista construye los colectivos (sujetos
supuestos) imaginarios de su discurso: los trabajadores (vosotros), el
ejército, los argentinos, la patria y el peronismo. Más adelante va a
agregar otros colectivos. Y entre esos colectivos, se presenta un mediador
indispensable: el propio enunciador Perón: él, un simple soldado, deja los
honores y se convierte en simple ciudadano, el primer trabajador. Es la
persona de Perón la que unifica los distintos colectivos que constituyen la
nación. "Bajo la mirada de Perón, los trabajadores se descubren como
argentinos".
La llegada desde afuera se explica porque Perón es la verdad, y la política
es la lucha esteril. Por eso el llega de afuera con una misión salvífica. El
enunciador Perón ocupa el lugar de la verdad, más allá, a condición de que
la política, el más acá, esté vacío de verdad. De modo que en el discurso
peronista la política siempre va a ser el campo del sinsentido, de lo bajo.
En tanto que el peronismo será la realización de la verdad en la sociedad,
la justicia social, etc. Por eso dentro del peronismo el enunciador acepta
una pluralidad de ideología políticas. Porque no son más que eso, cuestiones
inferiores. Más importante que la ideología es la doctrina, cuyo principal
objetivo es la unidad nacional.
De modo que el dispositivo discursivo peronista produce, al identificar la
patria con Perón y con la Verdad, vacía el campo político y descalifica toda
oposición como "antipatria". El antiperonismo no tiene cabida en ese
universo superior de la patria, Perón y la verdad, es inconcebible. La
antipatria solo se expresa en el mundo inferior de la política, pero con
ella no cabe diálogo alguno porque es una especie de degeneración negativa
contraria a la patria, es decir, contraria a todos.
En el discurso peronista el "otro político" queda excluido y relegado al
lugar oscuro de la antipatria, al "orden de la sombra". El verdadero
argentino va a rechazar a estos "políticos oscuros" y va a reconocer con
nitidez que "para un peronista no hay nada mejor que otro peronista".
Perón construye una posición de enunciación que lo deja a si mismo como
única voz legítima. La enunciación de Perón constituye varios colectivos:
los soldados, los trabajadores, los argentinos y los peronistas. Cada uno de
estos colectivos es plural, está constituido por multitudes y se personifica
en un colectivo singular: de los soldados, el ejército; de los trabajadores,
el pueblo; de los argentinos, la patria y de los Peronistas, Perón. Ahora
bien, de todos esos colectivos plurales, representados en colectivos
singulares, el único que tiene voz y produce discurso es Perón. Entonces, el
dispositivo discursivo de Perón va a ser hacer una homología, una igualación
de todos los colectivos singulares en su propio cuerpo, de modo que el
enunciador Perón se convierte en un enunciador abstracto, que habla con la
autoridad de lo universal. Aquí el liderazgo no se explica por las dotes
excepcionales del lider, como pensaba Weber, sino por la construcción
discursiva de si mismo como enunciador abstracto.
No pasa por alto que en los 70 Perón reformula los términos de relación con
los partidos no peronistas y los incluye en el colectivo argentinos. La
nueva consigna dirá: "Para un argentino no hay nada mejor que otro
argentino". Pero el funcionamiento básico del dispositivo discursivo queda
intacto. El otro expulsado sigue siendo la antipatria. Pero los partidos
democráticos, aunque no sean peronistas, no son antipatria, sino argentinos.
Lo que se mantiene incólumne es la posición de Perón como único enunciador
abstracto parlante.
La palabra distante. Circulación restringida.
En el período 1955/73 Perón se constituye en un lider a distancia,
proscripto y cuya palabra se encuentra legalmente prohibida. Esta situación
en vez de perjudicar su liderazgo lo va a reforzar. La prohibición solo
permite un circulación restringida del discurso peronista. Va a haber una
inevitable distancia entre el enunciador Perón y los enunciatarios que
reconozcan su discurso. La censura no descalifica a Perón, sino que termina
sacralizándolo.
La palabra de Perón estalla en un multiplicidad de formas: cartas,
grabaciones, libros prohibidos, entrevistas, etc. Todas estas formas son
fragmentos que contienen el discurso peronista de entonces.
Proscripto Perón, en la escena política tienen la palabra los dirigentes
peronistas. El juego político lleva a que cada tendencia actúe según su
propia conveniencia y convicción, de modo que la estrategia de Perón se
orientará a mantener vivo el movimiento peronista alentando a todas las
tendencias simultáneamente, alternando sus favores de modo que ninguna
alcance preeminencia propia. A este efecto el enunciador Perón emitirá
cartas autorizando a distinto dirigentes, grabaciones, etc. De modo que cada
dirigente va a contar con una pieza documental de la palabra de Perón que lo
legitima, con contenido contrario a la de otro dirigente que también va a
exhibir la suya como justificación. Los dirigentes se van a debatir entre
las versiones contradictorias de distintas cartas de Perón y van a adoptar
un dispositivo típico: si coincide con sus ideas la van a considerar
auténtica. Pero si no coincide, no van a discutir con Perón (cuya autoridad
es indiscutible) sino que van a optar con considerar que esa carta no es
auténtica, de modo que directamente harán como si no existiera. Se desdobla
la persona de Perón (colectivo singular) de los actos de Perón (su
enunciación).
Cada dirigente del movimiento se constituyen así como un enunciador segundo
de Perón, legitimado por alguna carta o mensaje de éste. El enunciador
segundo puede interpretar el peronismo como quiere, a condición de reenviar
a la palabra de Perón como justificación última del discurso peronista,
relegando la lucha entre dirigentes a una puja por consagrarse el verdadero
enunciador segundo. De modo que cualquiera habla en nombre de Perón, pero la
enunciación Peronista verdadera es intransferible en cabeza de Perón.
Mientras perón estuvo ausente, distante, esta estrategia de no definir
contribuyó al sostenimiento y desarrollo del movimiento peronista. La
circulación restringida impuesta por el antiperonismo, lejos de perjudicar a
Perón, le permitió ampliar el juego.
Los enunciadores segundos, en puja entre sí, producen la "segunda palabra"
de Perón. Este discurso segundo no debe ser interpretado como producción
sino como una particular forma de recepción de la palabra de Perón, a los
efectos de su reproducción.
El Retorno, la Juventud y el desenlace.
Los autores hablan aquí de "La trampa". ¿En qué consiste la trampa? En que
Perón alentó, mientras le convino, a la izquierda peronista, hablándoles de
Patria socialista y de Revolución. Pero cuando llegó al gobierno nuevamente,
ya no los necesitaba más, de modo que los desautorizó, los insultó, y se
deshizo de ellos. ¿Quién es el tramposo? Perón. ¿Quién es la víctima
ingenua? La JP, la izquierda peronista. ¿Cuál es el drama? No es un drama,
sino una tragedia, porque lleva a la muerte. A la juventud, que cayó en la
trampa, no le quedó más opción que la muerte. La muerte de Perón, la muerte
de los militantes, el genocidio, etc. En términos de los autores, la JP
anticipa la muerte, porque ante el descubrimiento de la trampa, produce un
discurso que interpreta a Perón como si ya estuviera muerto. Muerte porque
se juega y se paga con la cultura de la muerte.
Desde 1968 importantes grupos de clase media adoptan posturas políticas
revolucionarias y adhieren al peronismo. ¿Por qué al peronismo? Porque
identifican al peronismo con el pueblo y con el principio de unidad de la
clase obrera. Entran al peronismo, pero deben jugar el juego -tramposo,
según los autores- de Perón. La JP se postula como vanguardia revolucionaria
popular con camiseta peronista. Pero al ser peronista no puede sino ser
"enunciador segundo" de Perón. Es decir que el discurso revolucionario de JP
solo puede reenviar a la figura de Perón. Ese es su límite constitutivo: la
contradicción entre su pretensión de vanguardia popular y la
intransferibilidad de la enunciación en la persona de Perón.
El discurso de la JP se estructura sobre la necesidad de un trasvasamiento
generacional que les de el lugar de conducción del movimiento junto a Perón,
la lucha por la liberación y contra los burócratas sindicales, sindicados
como traídores a Perón. Para la JP el Perón auténtico es un lider
revolucionario, tal como se muestra en "la hora de los pueblos", y el lugar
de la JP es el de vanguardia junto al lider, del que se pretende -sin llegar
a serlo- su expresión auténtica. Este discurso se legitima a través de una
visión de la historia en la que la izquierda peronista es heredera de los
héroes populares. La JP es "Juan (guerrillero) de Güemes, Juan Moreno de San
Martín, Juan Mazorquero, Juan Revolucionario del 90, Juan de la resistencia.
Juan Montonero". Juan JP estuvo siempre y de ese modo se legitima la
incorporación de los jóvenes de clase media al peronismo: La JP, como actor
trans-histórico, estuvo siempre. Cuando Perón "llegó" en el 43, "Juan
(pueblo-montonero)" ya estaba desde siempre.
En esa mística de la historia popular versión JP, se inserta la
identificación de la juventud con Evita. Evita es el enunciador segundo por
excelencia, unida a Perón y al Pueblo por el amor. En la voz de evita la
lucha a muerte contra al oligarquía es palabra permanente, y en esos
términos va a ser retomada por la Izquierda Peronista en un contínuo
amor-muerte-revolución.
La postura de Perón, en cambio, no es revolucionaria sino estratégica. Hasta
1973 alienta a la izquierda peronista. Pero desde que llega al país (Ezeiza,
20 de Junio de 1973) le va a quitar todo apoyo a la JP y se lo va a brindar
al ala sindical y a la derecha peronista.
Lo autores hacen una descripción genial de la recepción que la JP hace del
discurso de Perón que los perjudica. Este discurso -palabra segunda- de la
JP es tomado de su principal órgano de prensa, "El descamisado". Este
periódico tiene como enunciatario a los peronistas. Pero a medida que avanza
el "desengaño", cada vez más va a dirigirse directamente a Perón.
En la masacre de Ezeiza va a irrumpir -según el discurso de la JP- el "otro"
interno. Los infiltrados que están en contra de la liberación. La JP espera
que Perón denuncie a los responsables de este hecho. Contrariamente, en su
primer discurso Perón casi no habla de ello,y llama a la reconstrucción
pacífica y a la pasividad popular.
Inicialmente la JP actúa como si ignorara ese discurso, una operación
aprendida en la etapa anterior. Pero más adelante se explica las conductas
de Perón a través de la teoría del cerco: El que habla, el que se ve no es
el verdadero Perón, sino el cerco que los traídores le tienden. Perón está
engañado, es un Perón falso. Lo que hay que hacer es romper el cerco para
que aparezca el Perón auténtico. El 2l de Julio del 73 Perón recibe a la JP
y entonces el descaminado anuncia que "se rompió el cerco".
Pero en Agosto del 73 las evidencias siguen hablando por sí: Perón elige a
Isabel como compañera de fórmula. Para la JP es incomprensible, pero no se
atreve a desobedecer. La edición del descamisado del 22 de agosto del 73, en
vez de anunciar que Isabel aceptó la candidatura a vice, titula "Renunció
Evita", remitiendo al renunciamiento del 22 de agsoto de 1951. La noticia
atrasa el reloj de la JP en 22 años. "... se aproxima aquí al discurso
psicótico: en el lugar de la realidad aparece el objeto alucinado del
deseo". El evitismo es, para los autores, un "amor alucinado" que lleva a la
trampa.
Para fines de 1973 las diferencias entre Perón y la JP son cada vez más
evidentes. Un sector minoritario, contrario a la táctica de apartarse de las
directivas de Perón, se desgaja y forma la JP Lealtad. Pero el grueso de la
JP continúa su rumbo de progresiva ruptura con el lider.
A comienzos de 1974 "El descamisado" ya postula que disentir no es
traicionar, que la lealtad no excluye la crítica al lider porque la
principal lealtad no es a Perón, sino a la clase trabajadora. Es un cambio
radical que muestra una ruptura en el discurso de la JP. Se profundiza el
"desplazamiento temporal", mediante un recurso aprendido en el período
anterior: Perón es un sujeto indeterminado, en tanto que el Perón actual es
desconocido. Para la Juventud, a comienzos de 1974 "...Perón ya está
muerto..." y denuncia la trampa: "Ayer éramos 'los muchachos'... y ahora ...
nos señalan que hay otros partidos 'socialistas'...¿Por qué no nos lo
dijeron antes...?" La JP agota su contradicción constitutiva y se repliega
en su componente de vanguardia, empezando a disputar con Perón el rol de
enunciador primero.
La definición más contundente se producirá el 1º de Mayo de 1974. Para la
mística peronista el acto del día de los trabajadores era un momento de
comunión lider/ masas. Perón escuchaba a su pueblo, era el verdadero
encuentro, el instante mágico de las masas en el poder, "la masa crea, Perón
encuadra". Era -en al visión JP- el momento indicado para "romper el cerco"
y dar cabida al Perón auténtico previsto en el discurso de la juventud.
La pluma maestra de los autores dan a esta parte del texto la forma de guión
dramático, intercalando fragmentos del discurso de Perón, con las consignas
coreadas por los asistentes al acto (pags. 229/231). Las masas reclaman a
Perón y Perón responde tratándolos de "estúpidos", "imberbes" e
"infiltrados". La JP (según ellos, el pueblo) se retira de la plaza, que
quedó semivacía.
¿Por qué fue la JP a la Plaza? ¿No era previsible que Perón los rechazara?
Desde la racionalidad del discurso de la izquierda peronista el "imaginario"
era vivido como escenario real. La asistencia de la Juventud a la Plaza
tiene sentido si se la piensa en función de los "fantasmas heredados" que
los conducía a una supuesta "esencia del peronismo". "Sólo en este sentido
afirmamos la perfecta coherencia entre el discurso y las conductas. Pero
como ese discurso no era sino imaginario, lo que sucedió en la plaza fue el
encuentro brutal con una realidad que nunca fue otra..." La JP cae presa de
la "trampa del dispositivo discursivo del peronismo".
¿Cómo explicar, desde el discurso peronista, este desencuentro
incomprensible entre Perón y el Pueblo, que por definición, son homólogos?
"El pueblo no fue escuchado por Perón". "Esto ha sido un grave error suyo,
General". La JP rompe con la doctrina peronista tradicional y se
autoatribuye la enunciación legítima que antes detentara Perón. Se repliega
en el componente de vanguardia de su contradicción constitutiva, y la
lealtad a Perón es encarnada por la lealtad a Montoneros. Desde entonces, la
figura de "Perón" solo será una pantalla para la JP. La apuesta de cambiar a
Perón estaba perdida. Entonces el dispositivo discursivo sigue siendo:
tratar a Perón como si ya estuviera ausente, como si hubiera muerto. El 1º
de Mayo de 1974 la JP consuma la ejecución simbólica de Perón, aprovechando
las estrategias discursivas aprendidas en el período de la resistencia. La
muerte física del lider dos meses después no hará sino reforzar el curso ya
elegido.
Conclusión: Perón Eligió la muerte.
En el último capítulo del libro se exponen las conclusiones. De alguna
manera se recapitula la trama de toda la obra, para luego trabajar el
terreno de las cuestiones planteadas.
¿Qué es lo específico del peronismo hasta 1974? La enunciación de Perón,
cuyas constantes son: ubicarse fuera del campo político, el vaciamiento del
campo político, el descentramiento (anulación) del adversario, la homología
del líder con la Patria y la ubicación de Perón como enunciador abstracto.
En la etapa del exilio, de circulación restringida se exacerban las
características de esta estructura enunciativa. Era la patria misma que
estaba ausente, con la consiguiente emergencia de enunciadores segundos. En
tanto el líder aumenta su infalibilidad papal. La tercer etapa, vista desde
el reconocimiento de esa enunciación por la JP, termina mal, puesto que la
juventud reclama una determinación que Perón, acorde a su estrategia
discursiva, no puede pronunciar.
Se adentran los autores en cuestiones propias de la ciencia política.
Caracterizan el discurso democrático y el sistema democrático: ningún
enunciador puede apropiarse de la verdad, aunque lo pretende, y para zanjar
diferencias se recurre a la institucionalización del conflicto. Como no hay
verdad, sino pretensión mayoritaria y transitoria de verdad, el "lugar del
poder" -siguiendo a Lefort- en la democracia queda vacío.
Caracterizan el totalitarismo como lo contrario: el pretender llenar ese
vacío político con la verdad y la voluntad de lo uno (el partido, la nación,
etc.).
¿Qué tiene de totalitario el peronismo? La identificación de "Nosotros
peronistas" con la patria, la expulsión del otro del campo racional
legítimo. Pero esto no los lleva a concluir que el peronismo sea
totalitario. Dado que otro de sus elementos: el vaciamiento de lo político,
paradójicamente, lo ubica a Perón como no totalitario. Dicho sencillamente:
como Perón estaba más allá de todo, dejaba el más acá político, vacío, para
que se defina electoralmente. El campo político, bajo, vulgar, no era un
problema para Perón. A diferencia del totalitarismo que trata de llenar el
vacío político, Perón deliberadamente vacía la política para ubicarse por
encima.
La política vaciada, esa lucha sin sentido, hace que los antagonismos
importantes se ubiquen dentro del colectivo "peronistas". Al respecto, la
estrategia de Perón es mantener vigente e indeterminado diversos contratos
de creencias, con los múltiples actores e intereses internos del peronismo.
El problema se presenta con la JP, única rama que en cierta coyuntura -el
73/4- le pide a Perón que determine. Que cumpla el contrato. Y Perón no se
define. Porque -aunque los autores no lo explicitan- ese contrato era una
trampa.
La consigna "Perón o Muerte" supone esa indeterminación papal.
Indeterminación que Perón sostiene a perpetuidad. No hay elegidos, "mi único
heredero es el pueblo".
Cuando era necesaria un definición, Perón no la dicta. "Al negarse a
pertenecer a unos antes que a otros, Perón de hecho eligió, en nombre de
todos, el segundo término de la alternativa." Y así termina el libro. Final
abierto ¿no? Los autores ejercen la misma indeterminación que Perón.
Análisis crítico de "Perón o Muerte."
Doble relato con un solo hacedor.
El texto "Perón o Muerte" incluye dos relatos o niveles. El nivel principal,
que dá mérito académico a la obra es el estudio científico de la enunciación
peronista. El segundo plano, encapsulado, mencionado al pasar, es el nivel
literario de la tragedia. Pasa desapercibido, pero está patente: El General,
tiene una relación de "amor alucinado" con una mujer (el sujeto evitista, la
JP). Una relación basada en la "trampa", dado que el villano también alienta
otros amores (y otros odios). Una trampa que termina develada, y es
castigada con la muerte, no solo del villano, sino también de la muchachita
(Evita, la JP). Este relato trágico, que puede parecer ingenuo dentro de una
obra científica, no es vanal, dado que le da la conclusión y el título al
libro: "Perón o Muerte" que como ya dijimos, debe ser leído como "Perón 'es'
Muerte" porque elige la muerte. Entre ambos relatos hay una vinculación no
expresa, sino insinuada por nexos de escritura solo recorridos desde los
autores. Desde la simple lectura no se puede desentrañar el mensaje trágico
histórico con el que se pinta al peronismo. Hay que construir una nueva
enunciación, por fuera del universo simbólico de "Perón o Muerte" ver el
revés de la imbricación de estos dos relatos.
Aplicación anacrónica del concepto "democracia".
En las conclusiones de la obra se intenta ubicar la enunciación peronista
con relación al sistema democrático, entendido como un marco pluralista de
resolución de conflictos, sujeto en definitiva, a la formula de la mayoría
electoral contingente. El problema es que esta noción sustancializada de la
democracia, considerada un valor en si, corresponde a la cultura política de
la Argentina de los 80, y no a la del período del discurso peronista que se
analiza (1943/1974). Con el concepto sustancial de democracia como prisma de
análisis probablemente no encontremos ningún discurso político de ese
período que pueda ser caracterizado como "democrático". Es un instrumento
conceptual que no permite discernir si se lo aplica anacrónicamente.
Si a eso le sumamos que la noción de democracia como valor en si, tan en
boga en los 80, ha quedado cuestionada por el "engaño a la democracia"
perpetrado en 20 años de continuidad institucional, poco nos queda de
aprovechable en ese cruzamiento conceptual.
La política ya estaba vacía desde antes.
Sostienen los autores de "Perón o Muerte" que la enunciación peronista
produce un vaciamiento del campo de lo político, dado que este queda en el
plano de los tiempos débiles de la cotidianeidad, en contraste con los
tiempos fuertes de la patria en el que se ubica el colectivo parlante Perón.
Aquí se atribuye al discurso peronista la creación de una realidad que en
verdad le precede. Perón enuncia su discurso con el campo de lo político
vaciado como condición preexistente. La política era "mala política" por lo
menos desde el Golpe del 30. No existía un campo político sustancial que
pudiera ser vaciado por Perón. El régimen constitucional que derribó el GOU
en 1943 no era legítimo. ¿Valoraba el campo político democrático la
oposición antiperonsita, como un valor en si? Desde 1955 hasta 1973 quedó en
claro que la valoración antiperonista de la política democrática era mucho
más vacía (y mortífera) que la del discurso peronista.
El otro del otro.
Sostienen los autores de "Perón o Muerte" que la enunciación peronista
postula un "descentramiento del otro", del adversario político, al que no se
le deja pretensión de verdad legítima alguna.
Omiten aquí considerar los autores que la enunciación del otro por parte de
Perón no es unilateral sino que forma parte de un diálogo. Esto es: que lo
que decían los adversarios de Perón (Nazi, Fascista, Tirano, etc.) era mucho
peor que lo que Perón enunciaba respecto de ellos.
La mayoría electoral permanente.
Cuando se analiza la relación discurso peronista/ democracia, no parece
tomarse adecuada consideración de que el Peronismo, mientras Perón vivió,
peleó y ganó -directa o indirectamente-todas y cada una de las elecciones en
las que intervino. No es una fatalidad natural sino la consecuencia de una
lucha que articuló la enunciación de Perón y de los enunciadores segundos,
con la recepción que el pueblo hacía de esta enunciación. Perón no estaba
parado solo frente a un tablero de ajedrez, sino que periódicamente, desde
el campo del reconocimiento, desde "la gente común" se plesbiscitaba
favorablemente su estrategia.
Otra interpretación.
¿Las mismas palabras, pueden ser interpretadas de otro modo? ¿Y si la
enunciación peronista fuera constitutivamente indeterminada? ¿Qué pasa si
reducimos la unidad de análisis desde el peronismo al peronismo
revolucionario? ¿Si pensamos el sujeto en términos de evita- resistencia-
JP? ¿Qué pasa si consideramos que la indeterminación es característica
esencial del enunciador primero, y que los únicos discursos verdaderos son
los emitidos por enunciadores segundos, plurales y diversos? Si pensamos que
no hay un peronismo sino varios peronismos envueltos bajo una misma
simbología vacua. ¿Y si el discurso de la izquierda peronista era discurso
verdadero, cómo explicar la muerte? ¿Por qué no analizar la consigna "Perón
o Muerte", no en términos de trampa, sino en términos de lucha, que terminó
en derrota?
Fuente:
http://personales.ciudad.com.ar/argenpol/resenas/peronomuerte.htm
"Ser
peronista significa cada vez menos"
Eliseo Verón [2004]
Por Jesús A. Cornejo
Los intelectuales y el país de hoy
Para el filósofo y semiólogo, la falta de coherencia lleva al PJ a la
disolución.
Eliseo Verón dice haber llegado a la conclusión de que el peronismo le hizo
mal a la política nacional y que hoy, por añadidura, ha perdido su identidad
ideológica. “El peronismo está entre las peores cosas que le pasaron a este
país. No lo digo agresivamente. Si lo pienso en escala, debo decir que el
peronismo se perdió una gran cantidad de oportunidades históricas para
cambiar el rumbo de la Argentina.”
Licenciado en filosofía por la Universidad de Buenos Aires, Verón trabajó
dos años en el Laboratorio de Antropología Social del College de France
junto con Claude Lévi-Strauss. Dirigió, aquí, el Centro de Investigaciones
Sociales del Instituto Di Tella, antes de radicarse por más de veinte años
en Francia.
Actualmente dicta cátedra en la Universidad de San Andrés, en la UBA y en
distintas maestrías.
Verón es internacionalmente reconocido por sus trabajos en semiótica,
comunicación y análisis del discurso. Ha escrito muchos libros, entre los
que se destacan “La semiosis social”, “Construir el acontecimiento”,
“Conducta, estructura y comunicación”, “El cuerpo de las imágenes” y “Perón
o Muerte”.
En esta última obra, escrita con Silvia Sigal, Verón se sumerge en el
análisis discursivo del peronismo y se propone desmenuzar el tejido en el
que se cruzan los discursos del propio Perón con los de la Juventud
Peronista y Montoneros.
–Carlos Menem, Alberto Rodríguez Saá, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, José
Manuel de la Sota... Todos se dicen peronistas. Pero, ¿cómo se entiende hoy
el peronismo?
–La tendencia profunda del pero-nismo fue buscar que el adjetivo “peronista”
y el adjetivo “argentino” fueran sinónimos. Una vez logrado eso, ya el
peronismo significa poco en términos de contenido ideológico-político. Creo
que si Menem, Kirchner, Duhalde y De la Sota son todos peronistas, no se
puede hacer un análisis político serio. La llegada de Kirchner al gobierno
implica una especie de desaparición, una especie de disolución: como si uno
hubiera echado al peronismo en un vaso de agua y terminara por disolverse
completamente. Eso sí: queda un estilo, un modo de negociar, de establecer
contacto con la gente, de las camándulas. Significa más, quizás, en el nivel
del manejo interpersonal, de los modos de usar las influencias, de cómo
plantear las alianzas y los enfrentamientos. Ahí sí se puede decir que hay
un estilo peronista. Pero si "ser peronista" significó algo en términos de
ideología política, yo creo que cada vez significa menos.
-Con el radicalismo desarticulado y el peronismo disuelto, ¿cree que los
partidos políticos hoy son nichos vacíos?
-Hay una especie de vaciamiento político, pues por procesos distintos los
dos partidos que dominaron la política del país están desapareciendo. Eso me
parece bueno. La progresiva disolución del peronismo es una buena cosa para
la Argentina. Y de la desaparición del radicalismo, ni hablemos, pues salvo
por el injustamente olvidado presidente Arturo Illia, los radicales siempre
demostraron que son incapaces de gobernar. Son incompetentes para
administrar. Por eso hay que rearmar el espectro político de otra manera. Y
eso era lo que pedía la gente.
-¿Cómo ve la gestión del presidente Néstor Kirchner?
-Por el momento, si tuviera que hacer un juicio global, sería positivo. Pero
ese juicio es inseparable de aquello de lo que veníamos hablando. El país
estaba en crisis y ya no nos podía pasar algo peor. Eso favoreció a Kirchner
y condiciona mi juicio, pues salvo que el que viniera hubiera sido un loco,
todo lo demás tenía que ser mejor que lo que estaba sucediendo en ese
momento. Creo que lo mejor que ha hecho el actual presidente, y lo que
sustenta todo lo demás, es haber logrado una cierta estabilidad económica y
haber entablado buenas negociaciones por la deuda. Eso está bien llevado. El
resto es más variable. Fuera de este núcleo fuerte de la economía, el resto
de las áreas está muy teñido por la personalidad del primer mandatario. Eso
no es algo que a mí me moleste, pero plantea interrogantes todavía sin
respuesta sobre ciertas cosas.
-¿Cree que Kirchner tiene rasgos de autoritarismo?
-El Presidente puede tener decisiones fuertes, pero no lo calificaría de
autoritario. Es más: no me parece mal un presidente especialmente fuerte.
Sin embargo, creo que en algunos casos se ha buscado conflictos inútiles. Es
posible que eso se deba a su estilo de conducción. Cada uno tiene el suyo y
hay gente que necesita provocar enfrentamientos para tomar decisiones. Lo
que me preocupa es la concentración del poder. No porque crea que es un
totalitario, sino porque esa concentración puede ser fuente de ineficacia.
Hay puntos pendientes que, finalmente, nunca se tratan y que se van
posponiendo. En un país normal, las decisiones son tomadas por un equipo
coherente que sirve de marco a un estilo presidencial. Ese mecanismo aquí no
se ve. Es cierto que hay algunas personas clave, pero las decisiones las
toma sólo el Presidente. Eso puede volverse ineficaz, porque no hay
suficiente delegación.
-El actual gobierno suele identificarse con los años 70. ¿Cree que eso le
impide tener un proyecto serio de país?
-La evocación que hace el Gobierno de los años 70 es, más bien, un intento
de reafirmar la identidad. Es algo que pasa por la biografía de cada uno. Me
parece lógico que, dada una situación de llegada, bastante accidental, a la
cima del poder político, cada uno reivindique los componentes de su
identidad. No obstante, me parece que ninguna de estas personas que dicen
evocar la década de los 70 está pensando en aplicar en la realidad de hoy
las cosas que se podrían haber dicho en aquel momento. Nadie es tan tonto
como para hacer semejante cosa.
-¿Pero el Gobierno tiene un proyecto político para la Argentina?
-Es muy difícil que se hubiera podido definir un proyecto de país tal como
se encontraba la Argentina en 2002. Ahora se están comenzando a advertir
posibles direcciones, pero hay aún grandes agujeros negros, que no dejan ver
si hay un proyecto o no. Pero eso me parece normal, pues éste no es un
gobierno que siga a otro, no es una expresión de continuidad. Empezó de
cero, en 2003. Un año antes, Kirchner no se imaginaba que iba a terminar
donde terminó. Creo que por el momento no hay un proyecto como el que tuvo
la generación del 80. Incluso no creo que en países mucho más avanzados que
el nuestro si alguien pregunta cuál es el proyecto nacional le puedan
contestar. El nivel de incertidumbre es tan alto en el mundo que es difícil
definir un proyecto de país. El proyecto de Kerry, por ejemplo, es decir que
lo que estaba no puede seguir. Y eso no es muy diferente de lo que hizo
Kirchner cuando asumió. Su primer posicionamiento fue decir: basta con la
década del 90.
-¿Cree que el gobierno de Kirchner manipula los medios de comunicación a
través de la publicidad oficial?
-No, no tengo esa impresión. Todo anunciante va a ejercer el máximo poder en
aquellos lugares en los que compra espacio publicitario. Lo que me parece un
desperdicio es que se haya gastado tanto dinero en publicidades oficiales
desde el comienzo de la gestión. En el momento en que se difundieron, el
Presidente gozaba de una imagen positiva que muy pocos gobernantes han
tenido en la historia del país.
-¿La televisión tiene la culpa de que se haya perdido la buena retórica
política?
-Hay un proceso de desgaste de la política en todas partes del mundo. La
televisión fue ocupando espacio dejado por la crisis y las instituciones
tradicionales. En los años 80, los políticos no sabían cómo manejarse en la
televisión e hicieron un montón de tonterías. Hoy la política tiene otra
dinámica y sólo se puede ejercitar a través de los medios de comunicación.
Particularmente a través de la televisión. Este es un hecho mundial y los
políticos argentinos lo están aprendiendo.
-¿Cuál es su análisis sobre el fenómeno piquetero?
-En el plano político, el fenómeno piquetero es importante en la medida en
que ha cumplido un papel opositor. Durante todo este año y medio, Kirchner
gobernó sin oposición y eso es siempre malo en términos de una
administración. Un gobierno necesita oposición para verse forzado a tomar
buenas decisiones. Y la perturbación que generaron los piqueteros cumplió un
papel opositor. Kirchner gobernó en una especie de vacío político, porque
Ricardo López Murphy se manejó mal y porque la verdad es que lo que diga
Elisa Carrió a través de los diarios no le importa demasiado a nadie. Si
tomo a los piqueteros como un conjunto, veo algo que genera un poco de
presión dentro de un marco demasiado "liso" para la administración de
Kirchner.
-¿En qué se manejó mal López Murphy?
-López Murphy me parece demasiado marketinero. Da la impresión de que algún
consejero le dice: hoy tenés que hacer esto, y él lo hace. Me da la
sensación de que, como no tiene convicción sobre lo que debe hacer, está
siempre a la espera del consejo: qué cara tiene que poner en tal programa o
qué frase debe decir en tal radio. Se queda en el gesto. No es la misma
impresión que me da Kirchner, ni Elisa Carrió, que dice tonterías algunas
veces, pero que transmite una cierta convicción en lo que dice.
-El secretario de Cultura, Torcuato Di Tella, dijo que la cultura no es
prioridad para este gobierno. ¿Un país puede salir adelante sin un proyecto
cultural?
-No. Entiendo que cualquier persona que esté en el Gobierno pueda hablar de
prioridades. En la situación en que se encuentra la Argentina, es lógico que
la prioridad sea la economía. Pero se pueden buscar alternativas. Y eso
tiene que ver con la formación de equipos, pues mientras un grupo busca
soluciones a la economía, otro podría trabajar en un proyecto cultural. Pero
eso no ocurre. El problema está vinculado con la centralización del gobierno
de Kirchner. Como si todo tuviera que pasar por él. Pero si la definición de
una política cultural tiene que pasar por el Presidente, y... vamos a tener
que esperar tres o cuatro años hasta que tenga tiempo de ocuparse. Esto no
tendría que funcionar así. Ahí hay un grave problema de delegación. Aunque
en este caso el problema es, más bien, haber nombrado un secretario de
Cultura que dice que la cultura no es prioritaria para el Gobierno. ¡Eso sí
es un problema!
-¿Cree que a Di Tella lo mueve su gusto por la provocación?
-Torcuato siempre fue así. Es su estilo. Uno puede ser así en distintas
instituciones, pero no cuando es parte de un gobierno. Declaraciones de ese
tipo no le hacen bien a nadie.
-¿Cree que está cumpliendo una buena administración?
-No vi en la gestión cultural algo que haya llamado mi atención, que me haya
parecido un paso adelante. No creo que la gestión Kirchner pase a la
historia por su política cultural. Eso está claro.
-Usted es profesor aquí y en Europa. ¿Los alumnos argentinos están lejos de
los que tienen acceso a las casas europeas de altos estudios?
-En una evaluación general, le digo que no, a pesar de todos los problemas
estructurales del país, pero creo que los problemas educativos se van a ir
agravando a medida que pase el tiempo. Los estudiantes que tuve en las
universidades argentinas no tienen nada que envidiarles a los europeos. No
son peores que ellos. Pero hay que tener en cuenta que las dificultades son
siempre institucionales, no de las personas. Y en ese sentido puedo decir
que un tema prioritario para este gobierno deberían ser las universidades
públicas. Hay que repensar la Universidad. Es un tema prioritario y no se
está haciendo nada. Hay una especie de analfabetismo alfabeto o, más bien,
alfabetos analfabetizados que uno sospecha que el sistema escolar está
produciendo. Eso recién ahora está empezando a llegar. Por ejemplo, uno se
encuentra con graduados que empiezan un posgrado y que no saben escribir.
Ese es el resultado de fallas que comenzaron hace tiempo. Uno se encuentra
con gente inteligente que no sabe redactar. Si uno combina la situación
política con la crisis en el sistema escolar, la educación está en serios
problemas. Lo importante es que la cultura pedagógica en la Argentina no se
ha perdido todavía. El peso de la historia es importante. Eso no está
muerto. Pero hay que hacer algo rápido, inmediatamente, porque si no
estaremos muy pronto en problemas. Actualmente, si comparamos un estudiante
de grado en cualquier universidad, el argentino es mejor que en muchos
países de América latina. Esa diferencia sigue existiendo, pero tiende a
desaparecer.
-La fuga de cerebros, ¿se puede detener?
-Eso comenzó hace mucho tiempo. Ya en la época del Instituto Di Tella se
trabajaba sobre el tema. Pero lo preocupante es que sólo el diez por ciento
de los que se inscriben en los posgrados los termina y que muchos se van al
extranjero. Que no se pueda retener esa materia es tremendo.
-¿La Argentina ha superado la dicotomía civilización o barbarie?
-Creo que lo mejor que le ha ocurrido al país es que ha terminado con los
ciclos macabros de gobiernos civiles y gobiernos militares. Esa dicotomía ha
terminado. Es como un milagro. El país tiene 21 años de democracia y esa
tendencia se está imponiendo en toda América latina: pasó en Brasil, en
Chile, tarde o temprano pasará en Cuba. Este dato no hay que perderlo de
vista, pues es un ajuste con la situación internacional. Hoy ha desaparecido
la idea de un golpe militar y con eso hemos salido de una historia muy
larga, de una especie de ciclo infernal. Nadie puede predecir el futuro,
pero parece que hemos salido definitivamente. Soy un optimista en ese
terreno y veo las cosas positivas que nos ocurrieron en los últimos años.
Fuente:
www.lanacion.com
http://www.ancaloo.com/noticias/noticia.asp?id=1259, 30/10/04
NOTA SOBRE ELISEO
VERON: Licenciado en Filosofía en la UBA, una beca externa del
CONICET lo llevó después a trabajar durante dos años en el Laboratorio de
Antropología Social del Collège de France, con Claude Lévi-Strauss. De
regreso a la Argentina, fue profesor del Departamento de Sociología de la
UBA hasta 1966. Dirigió el Centro de Investigaciones Sociales del Instituto
Di Tella antes de radicarse en Francia, donde vivió más de veinte años. Hizo
su doctorado en la Universidad de París VIII, donde fue nombrado profesor y
dirigió el Departamento de Ciencias de la Comunicación. Ha dictado
seminarios en numerosas universidades de América Latina, Europa y Estados
Unidos.
En 1995 regresó definitivamente a la Argentina. Actualmente es profesor del
Departamento de Humanidades de la Universidad de San Andrés, donde dirige la
Maestría en Periodismo recientemente creada por esa universidad con el Grupo
Clarín y la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.
Ha publicado una quincena de libros, entre ellos "Conducta, Estructura y
Comunicación", "Construir el acontecimiento" y "La Semiosis Social". Sus
trabajos más recientes son "Esto no es un libro" y "Efectos de Agenda"
(Editorial Gedisa, 2000) y "El cuerpo de las imágenes" (Grupo Norma, 2001).
Este año se publicarán "Efectos de agenda 2", que lleva el título "Espacios
Mentales", y "Fragmentos de un tejido", recopilación de sus trabajos sobre
análisis del discurso.
Eliseo Verón y Silvia Sigal
Introducción
El objeto de este libro es el peronismo, considerado como un caso,
históricamente crucial, del discurso político. Crucial no solamente respecto
de la historia argentina, sino también en relación con el contexto general
de los fenómenos políticos contemporáneos.
De esta caracterización, insistiremos aquí en sólo dos aspectos: la noción
de “objeto” y la noción de “discurso”. Nociones que son en este caso
inseparables, puesto que es por medio de la noción de discurso que hemos
construido al peronismo como objeto. Nuestro procedimiento suscitará,
probablemente, reacciones condenatorias; por un lado, ante la utilización de
la palabra de Perón como objeto científico, operación que viola, casi
blasfematoriamente, el terrorismo de lo inefable que ejercieron -o ejercen-
quienes sostienen que el peronismo debe “sentirse”. Por otro lado -y esto es
más grave- el análisis del peronismo como fenómeno discursivo será rechazado
por quienes consideran que, en política, las palabras se las lleva el
viento.
Comencemos por la cuestión de la cientificidad. Si el tratamiento al que
hemos sometido nuestro “objeto” se pretende científico (o, en todo caso,
responde a nuestra concepción de la cientificidad), las razones que nos
llevaron a elegir dicho objeto son, sin ninguna paradoja, perfectamente
subjetivas: este trabajo tiene su origen, su único origen, en la necesidad
de comprender, aunque sólo fuese de manera imperfecta, parcial y provisoria,
lo que ocurrió en la Argentina en 1973-74. Confrontados a este interrogante
nos vimos obligados, es verdad, a remontar el curso de la historia hasta
1943.
Hemos dicho comprender: en ningún momento este trabajo ha sido imaginado por
sus autores como un pretexto para “expresar” sus puntos de vista a propósito
del peronismo. Lo cierto es que una buena parte de la literatura sobre los
fenómenos políticos nos parece de naturaleza “expresiva”: con mayor o menor
felicidad y talento, el autor se complace en manifestar sus opiniones y
saldar cuentas.
La preparación de este libro ha sido para nosotros un largo viaje a través
de documentos, textos, discursos e informaciones, en busca de la lógica de
un proceso político. De un proceso político singular: fue abierto por la
elección de un candidato que se presentó al sufragio prometiendo que si
ganaba renunciaría en favor de otro candidato que estaba ausente; llevó a la
elección, por tercera vez en la historia argentina, del general Perón,
apoyado por enemigos irreconciliables; preparó, en fin, las condiciones que
hicieron posible el primero genocidio de la historia política argentina.
La explosión de violencia en que culminó el proceso iniciado con el triunfo
del peronismo en marzo de 1973 está, así, en el origen de los interrogantes
de los que nació este libro, y no podía ser de otra manera. El pasaje a la
violencia, la lucha política que se revela súbitamente organizada en torno a
la muerte del enemigo, ¿muestra las raíces profundas sobre las que reposan,
sin confesarlo, los sistemas políticos considerados democráticos, o bien esa
lucha política, transformada en engranaje infernal, es una desviación, un
accidente de la historia, impermeable a todo esfuerzo de explicación y ante
el cual sólo cabe decir, como ante la débacle del nazismo, “esperemos que no
se repita nunca más”?
Si optamos por la hipótesis según la cual la irrupción de la violencia
política, que se manifiesta bajo las múltiples formas de la guerrilla (rural
o urbana) o que culmina en la represión militar sistemática que han conocido
países como Uruguay, Argentina y Chile, no hace más que poner en evidencia
la naturaleza íntima de la dominación del Estado, ello implica que la
violencia es consubstancial al sistema político, aun cuando se exprese de
maneras diferentes y en diversos grados según las circunstancias: encubierta
por las instituciones “democráticas”, la violencia permanece en estado
latente en los países desarrollados.
La hipótesis alternativa consiste en afirmar que, en tanto sistema de
reconocimiento e institucionalización de la legitimidad del conflicto, la
democracia ha conseguido expulsar la violencia mortífera del campo político.
Si ésta aparece, se trata de la irrupción de un fenómeno que es a la vez
ajeno a las reglas del juego institucional y que resulta difícil de
controlar precisamente porque el sistema político no se funda en el
ejercicio sistemático de la violencia.
La primera hipótesis permite dar cuenta fácilmente de múltiples fenómenos
políticos de nuestro siglo (desde el nazismo y el fascismo hasta los
regímenes militares actuales) pero difícilmente de las democracias estables;
éstas serán reducidas a una suerte de ilusión transitoria, que deberá
estallar en el momento en que “se agudicen las contradicciones”. En términos
de la segunda hipótesis, son las situaciones de extrema violencia las que
resultan difícilmente explicables: los partidarios de dicha hipótesis se
verán llevados, de una u otra manera, a dividir la humanidad en dos
especies, aquella cuya historia le ha permitido acceder a la democracia y
aquella que ha errado el camino.
Creemos que estas dos hipótesis, inversas y complementarias, dibujan una
falsa alternativa, y que si no se trata de probar que bajo las apariencias
de la razón democrática arde el fuego inevitable de la pulsión de muerte,
tampoco es cuestión de adoptar una teoría de la democracia incapaz de pensar
la violencia, a no ser como residuo patológico.
En el esfuerzo por superar esta alternativa, la noción de “discurso”
desempeña un papel fundamental. Como todo comportamiento social, la acción
política no es comprensible fuera del orden simbólico que la genera, y del
universo imaginario que ella misma engendra dentro de un campo determinado
de relaciones sociales. Ahora bien, el único camino para acceder a los
mecanismos imaginarios y simbólicos asociados al sentido de la acción es, el
análisis de los discursos sociales. Dicho análisis no se sitúa en un plano
pretendidamente “superestructural”, como si se tratara de un nivel que
“acompaña” o “refleja” (más o menos bien) el desarrollo de los procesos
“concretos” o “materiales” del comportamiento social. Estudiar la producción
discursiva asociada a un campo determinado de relaciones sociales es
describir los mecanismos significantes sin cuya identificación la
conceptualización de la acción social y, sobre todo, la determinación de la
especificidad de los procesos estudiados, es imposible. Dicho de otra
manera: analizar los discursos sociales no consiste en estudiar lo que los
actores sociales “dicen” por oposición a lo que “hacen”, puesto que el
análisis del discurso no es un análisis de contenido y no se limita a la
descripción de las representaciones conscientes y explícitas que los actores
tienen de sus propios comportamientos o de los comportamientos de los demás.
El análisis del discurso es indispensable porque si no conseguimos
identificar los mecanismos significantes que estructuran el comportamiento
social, no sabremos tampoco lo que los actores hacen. La distinción entre
acción y discurso no corresponde en modo alguno a la distinción entre
“infraestructura” y la “superestructura”; no corresponde tampoco a la
distinción entre “hacer” y “decir”, puesto que la acción social misma no es
determinable fuera de la estructura simbólica e imaginaria que la define
como tal. La validez de este principio teórico es totalmente independiente
de la cuestión de saber si los actores, cuando actúan, saben lo que hacen y
si cuando discurren, saben lo que dicen.
Lo que interesa al análisis del discurso es la descripción de la
configuración compleja de condiciones que determinan el funcionamiento de un
sistema de relaciones sociales en una situación dada. La caracterización de
esas condiciones, no como condiciones “objetivas”, simplemente, sino como
condiciones de producción del sentido, es lo que abre el camino a la
aprehensión del orden simbólico como matriz fundamental del comportamiento
social, y de las estructuraciones de los imaginario como red compleja de
representaciones engendradas en el seno mismo de las prácticas sociales. En
esta perspectiva, la violencia que estalla en el campo político se nos
aparece no como retorno súbito de lo irracional reprimido no como ruptura
patológica, sino como un elemento que, en determinadas circunstancias,
resulta de los mecanismos significantes que determinan la naturaleza del
conflicto y las posiciones ocupadas por los protagonistas. La violencia no
se opone a la palabra como el “hacer” al “decir”: ella no empieza, como la
música, “donde mueren las palabras”. La violencia, como los discursos, está
articulada a la matriz significante que le da sentido y, en definitiva, la
engendra como comportamiento enraizado en el orden simbólico y productor de
imaginario.
Puede decirse que la violencia es, desde este punto de vista, una especie de
discurso. Ahora bien, el poner en evidencia su dimensión significante nos
muestra de inmediato la imposibilidad de hablar de la violencia en general.
La violencia ejercida en la Argentina por los grupos armados de inspiración
marxista, como el ERP por ejemplo, fue distinta de la violencia practicada a
partir del proyecto político de los Montoneros. No cabe confundirlos puesto
que las causas, los efectos, el valor estratégico y el “mensaje” transmitido
eran diferentes en un caso y en otro. (Cabe, sí, asimilarlos en un nivel de
generalidad mayor en tanto ambas introducen la muerte del enemigo- como un
mensaje más del campo político.) La especificada de los mecanismos
estudiados tiene pues, para nosotros, una importancia fundamental: es sólo a
través de una descripción precisa, lo más minuciosa posible, de la lógica
significante específica de procesos políticos determinados, que podremos dar
respuesta a la pregunta, a la vez general y capital, acerca de la relación
entre el poder del Estado, la violencia política y el destino de las
instituciones democráticas.
Este libro no pretende contestar a tamaño interrogante. Pero nuestro
análisis contiene inevitablemente ciertas hipótesis relativas a dicha
cuestión, y las conclusiones a las que hemos llegado tal vez permitan -así
lo esperamos- comprender mejor algunas de las condiciones que es necesario
satisfacer para entrever una respuesta adecuada. Entre dichas condiciones se
encuentra, desde nuestro punto de vista, la de analizar en detalle procesos
políticos específicos. No creemos, dicho de otro modo, que para lograr una
respuesta adecuada baste el sólo ejercicio de la reflexión filosófica.
La teoría del discurso se funda en el principio inverso al del viejo
funcionalismo representado en sociología por la llamada “teoría de la acción
social”: mientras la teoría de la acción nos recomienda “adoptar el punto de
vista del actor” (es decir, afirma que una teoría de la acción social es
imposible si no se tiene en cuenta el carácter subjetivo del sentido de la
acción), la teoría del discurso sostiene, por el contrario, que el sentido
sólo puede ser aprehendido a condición de abandonar el “punto de vista del
actor”. Dicho de otro modo: una teoría de la producción de sentido es una
teoría del observador. El sentido no es ni subjetivo ni objetivo: es una
relación (compleja) entre la producción y la recepción, en el seno de los
intercambios discursivos.
Esta relación sólo puede ser adecuadamente captada desde la posición de
observador, que es la que ocupa el analista del discurso.
Este problema de la posición del observador merece un comentario que nos
permitirá explicitar ciertas hipótesis básicas de la teoría del discurso. La
posición del observador es, en primer lugar, siempre relativa, o, si se
prefiere, metodológica, o aun: transitoria. Observar un juego de discurso
(en nuestro caso, el discurso político) implica ponerse fuera del juego.
Pero ponerse fuera de un juego no quiere decir ocupar la posición de lo que
sería un observador absoluto; significa simplemente jugar a otro juego (en
este caso, se trata de ese discurso que se llama “ciencia”). Lo que podemos
llamar el “principio del observador” afirma solamente que no se puede al
mismo tiempo jugar a un juego y observarlo. Volveremos en seguida a las
razones de esta imposibilidad. Conviene subrayar que en esta perspectiva,
que encuentra su origen en el concepto de “juegos de lenguaje” de
Wittgenstein, no hay un juego absoluto, que sería una suerte de metajuego,
depositario de la teoría de todos los juegos de discurso posibles: la
ciencia no es un metajuego: ella es apenas un juego entre nosotros.
La posición del observador implica pues un desplazamiento, supone atravesar
una frontera, colocándose en un juego para observar otro. Este
desplazamiento es relativo, porque puede invertirse: es posible y a la vez
altamente instructivo, por ejemplo, observar el juego de la ciencia desde el
juego de la política. Una sociedad puede ser considerada, desde este punto
de vista, como un tejido, extremadamente complejo, de juegos de discurso que
se interfieren mutuamente.
¿Por qué este desplazamiento, destinado a definir, respecto de un juego de
discurso, la posición del observador, es siempre necesario? Porque los
juegos de discurso no son otra cosa que el marco, el contexto, donde, en el
seno de determinadas relaciones sociales, tiene lugar la producción social
del sentido. Y una de las propiedades fundamentales del sentido cuando se lo
analiza en el marco de su matriz social, es el carácter no lineal de su
circulación. En efecto: del sentido, materializado en un discurso que
circula de un emisor a un receptor, no se puede dar cuenta con un modelo
determinista. Esto quiere decir que un discurso, producido por un emisor
determinado en una situación determinada, no produce jamás un efecto y uno
solo. Un discurso genera, al ser producido en un contexto social dado, lo
que podemos llamar un “campo de efectos posibles”. Del análisis de las
propiedades de un discurso no podemos nunca deducir cuál es el efecto que
será en definitiva actualizado en recepción. Lo que ocurrirá probablemente
es que, entre los posibles que forman parte de ese “campo”, un efecto se
producirá en unos receptores, y otros efectos en otros.
De lo que aquí se trata es de una propiedad fundamental del funcionamiento
discursivo, que podemos formular como el principio de la indeterminación
relativa del sentido: el sentido no opera según una causalidad lineal. En
realidad, la situación del analista de los discursos sociales es comparable
a la del observador de lo que se llama actualmente los “sistemas alejados
del equilibrio”, sistemas en los cuales un acontecimiento local engendra una
transformación brusca y cualitativa del conjunto. El observador de estos
sistemas puede definir la clase de acontecimientos que se producirán a
partir del “punto crítico” pero el solo análisis del sistema antes de este
punto no le permite predecir a priori cuál será la configuración singular,
específica, que aparecerá. (1)
Este carácter no lineal (o si se prefiere, no “mecánico”) de la circulación
del sentido, conduce a distinguir dos grandes capítulos en la investigación
de los discursos sociales, que corresponden a dos modos de análisis del
discurso: la producción y el reconocimiento. Si utilizamos “producción” en
lugar de “emisión” y “reconocimiento” en lugar de “recepción” es porque
emisión y recepción son términos inevitablemente asociados a las teorías de
la comunicación social. Ahora bien, toda teoría de la comunicación supone
que una comunicación tendrá lugar cuando un contenido determinado (en
general, lo que el emisor “quiere decir”) pasa del emisor al receptor: si
este pasaje tiene lugar, se dirá que el receptor ha “comprendido el
mensaje”. Como puede verse, las teorías de la comunicación están fundadas en
la hipótesis según la cual la circulación del sentido (cuando es “exitosa”)
supone un proceso lineal de circulación. Ante este punto de vista, se
plantea una alternativa: o bien nos dedicamos al estudio de la comunicación
“exitosa” (y nos condenamos a no poder analizar sino los semáforos y otros
códigos simples del mismo tipo), o bien partimos de la indeterminación
constitutiva de la circulación del sentido, que nos obliga a abandonar el
punto de vista “comunicacional”. Es por esta razón que la teoría de los
discursos sociales no es una teoría de la comunicación.
El lector ya habrá comprendido que la diferencia entre una teoría de la
comunicación y una teoría del discurso es que la primera es una teoría
formulada desde el punto de vista subjetivo del actor, y la segunda una
teoría del observador. En efecto: desde el punto de vista de un actor social
que “comunica”, no existe ninguna clase de indeterminación: él sabe (o cree
saber) lo que “quiere decir”, y en función de esta representación produce su
discurso. Dicho de otra manera: la indeterminación relativa de la
circulación del sentido sólo es visible para un observador, el cual,
colocándose “fuera”, analiza el intercambio discursivo. El predominio de las
“teorías de la comunicación” ha ocultado, durante largo tiempo, esta
propiedad fundamental del funcionamiento de los discursos sociales que es el
carácter no lineal de la circulación.
Definir el análisis del discurso desde el punto de vista de un observador,
tiene una ventaja adicional: nos permite desembarazarnos de ciertas
objeciones que han podido formularse a propósito del estudio de los
discursos sociales. Podría argüirse, en efecto, que en la investigación de
los procesos políticos, no tiene sentido privilegiar el discurso, en la
medida en que la palabra política está siempre en desfasaje respecto de la
acción política: sería ingenuo, según este punto de vista, suponer que la
“verdadera” estrategia y los “verdaderos” objetivos de los actos políticos
se expresan en lo que los políticos dicen: frecuentemente, por el contrario,
la palabra política sirve para ocultar la estrategia o para dar de ella una
imagen errónea.
Este tipo de objeciones no afecta al análisis del discurso tal como lo
concebimos en este trabajo: el análisis de los discursos sociales se
interesa en la relaciones interdiscursivas que aparecen en el seno de las
relaciones sociales; la unidad de análisis, por lo tanto, no es el sujeto
hablante, el actor social, sino las distancias entre los discursos. El
análisis del discurso se interroga, por una parte, acerca de la especifidad
del tipo de discurso estudiado y responde siempre a esta pregunta por
diferencia; por ejemplo, ¿qué es lo que distingue el discurso político de
otros tipos de discurso? El análisis del discurso se interesa, por otro
lado, en la dinámica de un proceso dado de producción discursiva: ¿cuál es
la relación entre un discurso A, y otro discurso B que aparece como
respuesta al primero? Trabajando sobre el inter-discurso, el análisis no
necesita recurrir a ningún concepto concerniente a las “intenciones” o los
“objetivos” de los actores sociales que intervienen en los procesos
estudiados.
En verdad, la ingenuidad consiste en suponer que se puede interpretar la
acción política fuera de toda hipótesis sobre la matriz significante que la
engendra. Quienes rehusan estudiar el sentido en el lugar mismo en que éste
se produce, es decir, en la discursividad social inseparable del
comportamiento, no hacen más que ejercitar una “intuición” interpretativa
cuyo fundamento y cuyo método no son justificados.
El observador, dijimos, aborda los discursos sociales desde dos puntos de
vista: la producción y el reconocimiento. (2) El problema que nos planteamos
al comenzar este trabajo era un problema de reconocimiento: queríamos
comprender el proceso político que culminó en el gobierno peronista de
1973-1974, y en particular el papel jugado por la llamada “izquierda”
peronista, a través de la juventud y del movimiento Montoneros. ¿Cómo podía
entenderse la posición y la estrategia de esta “izquierda”, violentamente
enfrentada al peronismo tradicional de corte “sindical”, en el contexto en
su conjunto? ¿Qué tipo de lectura del peronismo y, en particular, del
discurso del propio Perón implicaba esta posición de la juventud?
El fenómeno peronista, con su larga historia, debía pues ser tratado como
condición de producción del discurso de esta “izquierda” que, en el proceso
electoral que condujo al triunfo de marzo de 1973, se apodera del candidato
Cámpora y lo transforma en símbolo de su estrategia política contra la
“burocracia sindical”. Inversamente, el discurso de la juventud peronista
podía ser considerado como el lugar en que se manifestó una cierta
configuración de efectos del discurso de Perón.
Era pues necesario, en primer lugar, tratar de comprender el fenómeno
peronista como fenómeno discursivo. ¿Cuáles son los elementos que
determinaron su especificidad? ¿Existe, desde este punto de vista, una
continuidad del peronismo identificable a lo largo de los treinta años que
separan las primeras apariciones públicas del general Perón, de su retorno a
la Argentina en 1973?
La búsqueda de una respuesta a estas preguntas nos condujo a una conclusión:
el peronismo no puede ser caracterizado como una “ideología” o, en otros
términos, su continuidad histórica y su coherencia discursiva no reposan en
la permanencia de ciertos contenidos que configurarían algo así como la
“ideología peronista”. Dicha continuidad y dicha coherencia existen pero se
sitúan en otro plano.
Aquí es necesario, respecto de la vieja cuestión de las ideologías,
distinguir entre dos empleos diferentes del término: el substantivo y el
adjetivo. El primero empleo designa lo que no puede ser sino un objeto: una
ideología (poco importa, para lo que aquí nos interesa, si el substantivo es
utilizado en singular o en plural). El término es, podríamos decir,
“preteórico” y puramente descriptivo, del cual probablemente sea imposible
desembarazarse, en la medida en que su empleo es cómodo: permite designar
configuraciones históricas extremadamente complejas pero intuitivamente
identificables, como cuando se habla de comunismo, leninismo, liberalismo o
fascismo, como concepciones del mundo, teorías políticas o configuraciones
de opiniones. Recurriendo a este empleo substantivo, decimos: el peronismo
no es reductible a una ideología. En razón, por una parte, del hecho que
algunos de sus temas dominantes variaron a lo largo del tiempo. Y en razón,
por otra parte y sobre todo, que otros de sus temas son demasiados vagos o
ambiguos como para definir una “ideología”. Las eternas polémicas en torno a
la cuestión de saber si el peronismo fue un fenómeno de “derecha” o de
“izquierda” es un buen síntoma que indica que la cuestión fundamental
planteada por el peronismo en el campo político no se decide en el plano de
las “ideologías”.
El empleo del adjetivo es muy diferente: hablamos, en este caso, de
ideológico. Más precisamente, podemos utilizar el adjetivo para calificar un
substantivo: dimensión ideológica. El concepto de dimensión ideológica es
muy diferente del concepto de ideología: el primero es analítico, el segundo
puramente intuitivo; el primero tiene una pretensión teórica, el segundo es
descriptivo. El concepto de dimensión ideológica de un discurso (o de un
tipo de discurso) designa la relación entre el discurso y sus condiciones
sociales de producción: esta relación se concreta en el hecho de que el
discurso en cuestión exhibe ciertas propiedades que se explican por las
condiciones bajo las cuales ha sido producido. Un aspecto fundamental de la
problemática de la dimensión ideológica de los discursos sociales es,
precisamente, la cuestión de los tipos de discurso. Los diferentes tipos de
discursos se distinguen por una estructuración diferente de su dimensión
ideológica, es decir, de la relación que guardan con sus condiciones de
producción. Si, por ejemplo, el discurso político y el discurso científico
son juegos de discurso diferentes no es porque en uno hay “ideología” y en
el otro no: un discurso científico puede perfectamente vehicular “contenidos
ideológicos” determinados, lo cual no afecta en nada su cientificidad. Esta
última se determina en el plano de la dimensión ideológica: la relación
entre el discurso científico y sus condiciones de producción se estructura
de un modo diferente que la relación del discurso político con sus propias
condiciones de producción. Pero el concepto de dimensión ideológica es
pertinente en ambos casos: tanto el discurso político como el discurso
científico son producidos bajo condiciones sociales determinadas.
Interrogarse por la dimensión ideológica del discurso político no es pues
preguntarse por la presencia de tales o cuales contenidos, “opiniones” o
“representaciones” de la sociedad, sino preguntarse por la relación del
discurso político con sus condiciones específicas de producción. Un aspecto
fundamental de estas condiciones específicas es la naturaleza del sistema
político en el cual el discurso es producido. ¿Qué características del
discurso político producido en el contexto de un sistema democrático,
caracterizado por el pluralismo de partidos, se explican precisamente por
dichas condiciones? Una pregunta de este tipo no se refiere a tal o cual
ideología (puesto que varias ideologías diferentes pueden coexistir en un
sistema de pluralismo de partidos) sino a la manera en que los discursos
políticos producidos bajo esas condiciones construyen su relación con
respecto a dichas condiciones.
Hemos dicho que la especificidad del peronismo no puede caracterizarse en
términos de “ideología”. Podemos agregar ahora que su especificidad reside,
en cambio, en su dimensión ideológica, vale decir, en la manera en que el
discurso peronista construye su relación con el sistema político
democrático. ¿Cuáles son los mecanismos discursivos que entran
principalmente en juego en esta relación de un discurso con sus condiciones
de producción? Los progresos realizados en los últimos años por las diversas
disciplinas que se ocupan del lenguaje y del discurso permiten formular una
primera respuesta: las variaciones en la relación de los discursos con sus
condiciones de producción afectan sobre todo los mecanismos de la
enunciación.
La noción de enunciación es capital para el análisis que se presenta en este
trabajo. Ella constituye uno de los términos de la distinción que opone
enunciación a enunciado, en tanto niveles de funcionamiento discursivo. El
nivel de enunciado es aquel en el que se piensa cuando se habla de
“contenido” de un discurso; el enunciado es aquello que se dice: “X posee la
propiedad Y”. Si comparamos la afirmación “X posee la propiedad Y” con la
pregunta “¿posee X la propiedad Y?” estas dos expresiones son idénticas en
su contenido (en el plano del enunciado) pero diferentes en la medida en que
afirmar no es lo mismo que preguntar. La diferencia entre afirmar y
preguntar es una diferencia en el Plano de la enunciación.
De la frase de nuestro ejemplo podemos imaginar múltiples variantes: “yo
creo que X posee la propiedad Y”, “es evidente que X posee la propiedad Y”,
“como bien se sabe X posee la propiedad Y”, etc. Todas estas variaciones son
variaciones enunciativas en torno a un enunciado cuyos elementos de
contenido permanecen idénticos. El plano de la enunciación es ese nivel del
discurso en el que se construye, no lo que se dice, sino la relación del que
habla a aquello que dice, relación que contiene necesariamente otra
relación: aquella que el que habla propone al receptor, respecto de lo que
dice. Si yo digo “X posee la propiedad Y” presento mi enunciado como una
verdad compartida por la colectividad, con lo cual estoy indicando a mi
interlocutor que no puede rechazar mi afirmación sin correr el riesgo de
quedar fuera del “sentido común”.
El plano de la enunciación comprende dos grandes aspectos: las entidades de
la enunciación y las relaciones entre esas entidades. Todo discurso
construye dos “entidades” enunciativas fundamentales: la imagen del que
habla (que llamaremos el enunciador) y la imagen de aquel a quien se habla
(que llamaremos el destinatario). El enunciador no es el emisor, el
destinatario no es el receptor: “emisor” y “receptor” designan entidades
“materiales” (individuos o instituciones) que aparecen respectivamente como
fuente y destino “en la realidad”. Enunciador y destinatario son entidades
del imaginario: son las imágenes de la fuente y del destino, construidas por
el discurso mismo. La distinción es importante, puesto que un mismo emisor,
en diferentes momentos, puede construir imágenes muy diferentes de sí mismo.
Pero el funcionamiento discursivo consiste también en relacionar estas
entidades entre sí, a través de lo que se dice; en otros términos, la
relación entre el plano de la enunciación y el plano del enunciado es un
fenómeno del orden de la enunciación. Lo hemos visto en nuestros ejemplos:
la certidumbre, la duda, la interrogación, la sugerencia, son algunos de los
múltiples modos en que el que habla define su relación con lo que dice y,
automáticamente, define también la relación del destinatario con lo dicho.
Puede ocurrir, por supuesto, que el receptor no se reconozca en la imagen de
sí mismo (el destinatario) que le es propuesta en el discurso.
Podemos ahora articular las dos distinciones que hemos presentado, entre
ideología y dimensión ideológica, por un lado, y entre enunciado y
enunciación por el otro.
La noción de “ideología” conceptualiza el plano del enunciado: en su uso
habitual, el término ideología designa precisamente una configuración de
opiniones o de representaciones de la sociedad, vale decir, una colección de
enunciados. La problemática de la dimensión ideológica nos lleva a cambiar
de nivel: es en el plano de la enunciación que se construye la relación de
un discurso con sus condiciones sociales de producción.
El hecho de que en los últimos años se haya puesto de relieve la importancia
de los mecanismos enunciativos no quiere decir en modo alguno que, a partir
de este punto de vista, el análisis del discurso se desentienda de los
contenidos. Lo esencial es que, vistos en relación con los mecanismos
enunciativos, los enunciados no son ya más simples “contenidos”. En esta
perspectiva, en efecto, la noción de enunciado es inseparable de la noción
de enunciación: una teoría de la enunciación discursiva no olvida los
enunciados, pero estos últimos no son comparables a los “temas” o “unidades”
definidos por el análisis de contenido; los enunciados se articulan a las
entidades enunciativas: el enunciador y el destinatario. Que no se diga
entonces que el análisis del discurso “olvida” o “descuida” los contenidos;
lo que hace es incorporarlos a una teoría de la enunciación. Una cosa es
considerar un tema o un contenido en sí mismo, de una manera aislada; otra
cosa es considerar ese tema o ese contenido como organizado por la
estrategia de un enunciador y orientado hacia un destinatario.
Dijimos que a partir de interrogantes que concernían al proceso político en
1973-74, nos embarcamos, remontando la historia, en una indagación acerca de
la especificidad del peronismo. Estamos ahora en condiciones de reformular
de una manera más precisa la conclusión a que nos condujo esa exploración:
la continuidad del peronismo, su coherencia y su especificidad, no se sitúan
en el plano de los enunciados que componen la doctrina, sino en el plano de
la enunciación. Dicho de otra manera: en tanto fenómeno discursivo, el
peronismo no es otra cosa que un dispositivo particular de enunciación a
través del cual el discurso se articula, de una manera específica, al campo
político definido por las instituciones democráticas.
Ahora bien, el fenómeno de la “izquierda” peronista, tal como se desenvolvió
a partir de 1973, es una “lectura” del peronismo que pone en juego
precisamente ese dispositivo de enunciación: los avatares del peronismo de
“izquierda” no pueden comprenderse como respuesta a los enunciados
peronistas sino como estrategia (fracasada) de inserción en el dispositivo
de enunciación del peronismo.
Aquí reside, en definitiva, el interés que atribuimos al nivel de análisis
en que nos hemos colocado en este libro. El estudio de los mecanismos
discursivos permite, en primer lugar, identificar el nivel del pertinencia
que es preciso definir para comprender la relación (y el enfrentamiento)
entre el peronismo “histórico” y el peronismo de “izquierda”. En segundo
lugar, un análisis de la economía enunciativa de esa relación nos permite
comprender por qué la “izquierda peronista” fracasó en su intento por
insertarse en el movimiento peronista. Y en tercer lugar, dicho análisis nos
lleva a formular algunas hipótesis que tal vez clarifiquen el problema de la
relación entre el sistema político y los engranajes de la violencia.
Nuestro análisis comporta tres momentos y una conclusión.
En la primera parte nos colocamos en producción, vale decir, intentamos
describir aquellas propiedades que definen el discurso de Perón en tanto
origen del movimiento político que lleva su nombre y en tanto fuente de un
cierto modo de definir la posición de líder dentro del campo político. Este
análisis está orientado a mostrar que los invariantes que caracterizan la
especificidad y la continuidad del discurso peronista a lo largo de su
historia (1943-1974) no son invariantes de contenidos sino invariantes
enunciativos, no son elementos que componen una “ideología” entre otras,
sino elementos que determinan una manera particular de articular la palabra
política al sistema político.
En la segunda parte abordamos ciertos fenómenos de la circulación del
discurso político peronista durante el importante período del exilio
(1955-1972). En la situación “normal” de producción/reconocimiento del
discurso político, vale decir, cuando el discurso del líder político es
proferido dentro del contexto nacional en el que resulta inmediatamente
pertinente, la circulación sólo puede ser definida como diferencia entre la
producción, por un lado, y las varias modalidades de reconocimiento a través
de las cuales el discurso produce sus múltiples “efectos” en distintos
sectores de la sociedad, por otro lado.
Durante el período del exilio de Perón la voluntad del líder de mantener,
pese al alejamiento físico, el control del movimiento peronista (y, a través
de éste, de la situación política argentina) condujo al establecimiento de
un complejo dispositivo de comunicación hecho de diferentes tipos de
mensajes, mediaciones y representantes, que constituye una suerte de
materialización de la circulación del discurso político, circunstancia sin
duda excepcional dentro de la historia de un movimiento político en la época
contemporánea, y que dio lugar al funcionamiento de lo que tal vez se pueda
describir como eficacia a distancia. Lo que intentamos mostrar en esta
segunda parte es que la “lógica” del sistema de comunicación establecido
durante el exilio no es ajena a las características de la enunciación
peronista tal como las describimos en la primera parte. Más aún: la eficacia
de ese “control a distancia” se explica a la luz de los mecanismos de la
enunciación peronista.
Sólo en la tercera parte nuestro análisis se coloca en reconocimiento. De
los múltiples casos de reconocimiento en los que podrían estudiarse los
“efectos” del discurso de Perón dentro y fuera del movimiento peronista
hemos elegido uno, que nos parece central en el proceso que fue el punto de
partida de nuestro trabajo. Ese caso es el de la Juventud Peronista y el
movimiento Montoneros. Los avatares de la “izquierda” peronista representada
por la juventud y en particular el modo en que la creencia operó en dicho
contexto, no pueden explicarse, a nuestro juicio, si no se los sitúa a la
luz de las propiedades fundamentales de funcionamiento del discurso
peronista, analizadas en las dos primeras partes.
La conclusión intenta, en fin, a partir del fenómeno peronista, discutir
algunas consecuencias de nuestro análisis sobre la teoría del discurso
político en general, y sintetizar nuestro punto de vista sobre la
contribución que el análisis del discurso puede aportar al estudio de los
procesos y los movimientos políticos.
Primera Parte
La enunciación peronista
El modelo de la llegada
“Llegó del otro extremo del mundo”
El 20 de junio de 1973, Perón regresa a la Argentina por segunda vez después
de la apertura política iniciada por el general Lanusse. Este segundo
retorno aparece como definitivo: el peronismo ha ganado las elecciones el 11
de marzo y Héctor J. Cámpora ocupa el gobierno, en nombre de Perón, desde el
25 de mayo. La lucha, que se ha intensificado a partir del triunfo electoral
entre la derecha y la izquierda del peronismo por el control de lo que los
mismos actores en presencia llamarán el “espacio político”, alcanza un
primer “clímax” precisamente el 20 de junio, con motivo del regreso del
líder. Una enorme concentración, estimada en más de un millón de personas,
se organiza en las inmediaciones del aeropuerto internacional de Ezeiza. La
Juventud Peronista y las varias organizaciones armadas de la izquierda
peronista encuadran perfectamente el desplazamiento y la concentración de
sus militantes, pero 105 grupos de derecha, tutelados principalmente por el
ministro de Bienestar Social José López Rega, controlan el palco oficial.
Enfrentamientos y tiroteos se suceden durante la tarde, produciendo
numerosos muertos y heridos. (1) Ante esta situación de tensión extrema, el
avión que conduce a Perón es desviado hacia el aeropuerto militar de Morón.
Al día siguiente, Perón pronuncia un discurso transmitido por la cadena de
radio y de televisión. Se trata de su primer discurso público en la
Argentina, después de dieciocho años de exilio. Mientras que el reencuentro
con el líder, tan largamente esperado por sus partidarios, ha fracasado,
Perón inicia al día siguiente su discurso definiendo a su destinatario de la
manera más general posible: se trata del pueblo argentino.
“Deseo comenzar estas palabras con un saludo muy afectuoso al pueblo
argentino. Llego del otro extremo del mundo con el corazón abierto a una
sensibilidad patriótica que sólo la larga ausencia y la distancia pueden
avivar hasta su punto más alto. Por eso, al hablar a los argentinos, lo hago
con el alma a flor de labio, y deseo que me escuchen también con el mismo
estado de ánimo.
“Llegó casi desencarnado. Nada puede perturbar mi espíritu porque retorno
sin rencores ni pasiones, como no sea la pasión que animó toda mi vida,
servir lealmente a la Patria. Y sólo pido a los argentinos que tengan fe en
el gobierno justicialista, porque ése ha de ser el punto de partida para la
larga marcha que iniciamos (...).”
El enunciador se coloca, como puede verse, en una posición peculiar que
consiste en destruir una distancia explícita entre sí mismo y sus
destinatarios: “Llego del otro extremo del mundo”; “llego casi
desencarnado”; “nada puede perturbar mi espíritu”; “llego sin rencores ni
pasiones”; se presenta como un puro espíritu, animado sólo por la pasión de
servir lealmente a la patria. En esta cobertura, conviene subrayarlo, la
distancia es construida tanto respecto del pueblo argentino nombrado como
destinatario explícito de esas palabras (“llego del otro extremo del mundo”)
cuanto respecto de sus propios partidarios (“retorno sin rencores ni
pasiones”) quienes, veinticuatro horas antes, han protagonizado una
explosión particularmente violenta de “rencor y pasión”. A “los
argentinos”(destinatario genérico) sólo les pide una cosa: que tengan fe en
el gobierno justicialista.
Este preámbulo del discurso del 20 de junio de 1973 es interesante, porque
admite de inmediato una lectura puramente circunstancial. Perón acaba de
regresar definitivamente al país tras 18 años de ausencia. La distancia que
cobra forma aquí como encuadre general del discurso, no traduciría más que
la distancia real, vivida por el exiliado que vuelve a un país que no puede
ser otra cosa que una Patria abstracta. La pureza patriótica expresaría el
fin del exilio, a la vez que el rol voluntariamente marginal que Perón ha
jugado en el reciente proceso político: Perón ha ganado de hecho las
elecciones, sin presentarse como candidato. Prolongando la misma estrategia
contenida en ese rol premeditadamente marginal, Perón estaría aquí
presentándose como el conciliador de todos los argentinos. Al mismo tiempo,
el tema del regreso no sería otra cosa que la materialización, la
realización final, en cierto modo, del mito del “retorno”, que se ha
mantenido vivo durante esos 18 años de ausencia.
La lectura que acabamos de evocar esquemáticamente es, sin duda alguna,
plausible: da cuenta del fragmento como una introducción cuyos elementos se
adaptan perfectamente a las circunstancias inmediatas en que el discurso ha
sido pronunciado, y a la coyuntura política. Y sin embargo, dicha lectura
desconoce el hecho de que esos mismo elementos poseen un valor que
trasciende la situación inmediata, un valor que reenvía a un funcionamiento
discursivo sistemático, y es este nivel de funcionamiento el que nos
interesa aquí. No se trata pues de afirmar que la lectura circunstancial es
“falsa”; ella simplemente oculta (o ignora) otro nivel que está igualmente
presente en el fragmento que comentamos. Porque no es la primera vez que
Perón construye su posición de enunciador como la de alguien que llega.
La presencia de una suerte de “modelo general de la llegada” se manifiesta
si recorremos el conjunto de la producción discursiva de Perón. El modelo
aparece ya nítidamente cuando Perón hace su primera entrada en la escena
política.
Consideremos los siguientes fragmentos:
“Soy un humilde soldado que cumple con un deber impuesto por la hora; y
pueden estar seguros que lo mejor que puede existir en mí, es la buena
voluntad...”(12.8.44)
“Soy un austero soldado que no tengo ambiciones ni las tendré
nunca...”(15.10.44)
“Llego a vuestra presencia con la emoción que me produce sentirme confundido
entre este mar humano de conciencias honradas... llego a vosotros para
deciros que no estáis solos en vuestros anhelos que redención
social...”(12.2.46)
“... no soy nada más que argentino; que no tengo otra ideología que el
pueblo de mi patria, ni otro partido político que mi patria...”(10.8.44)
“... Por eso el ejército ha expuesto la vida y la carrera de sus integrantes
sin otro interés que el bien del país, que es el bien de todos. En esta
empresa, yo no tenía nada que ganar, absolutamente nada. Pude perderlo
todo.” (31.8.44)
“Afortunadamente, nosotros no somos hombres importantes, somos modestos
soldados que nos hemos dado a servir una causa y no tenemos la pretensión de
hacerlo todo bien pero sí de hacerlo con honradez y con buena voluntad. Y
así como pensamos que cada hombre debe servir a sus semejantes, pensamos
asimismo que el pueblo no está para servir al gobierno, sino el gobierno
para servir al pueblo. (...) No queremos nada, no tenemos nada; pero
aspiramos a que nadie pueda decir jamás que la Secretaría de Trabajo no haya
obrado con justicia y con honradez” (9.12.44).,
Varios elementos fundamentales parecen componer este modelo del enunciador
como “alguien que llega”.
En primer lugar, Perón es alguien que viene de afuera. Si ese “exterior”
desde el cual llega es, en 1973, el exterior geográfico del exilio, en sus
primeros discursos era un exterior abstracto, por decirlo así,
extrapolítico: el cuartel.
“... cuando yo caiga en esa lucha en que voluntariamente me enrolo, estoy
seguro que otro hombre más joven y mejor dotado, tomará de mis manos la
bandera y la llevará al triunfo. Para un soldado, nada hay más grato que
quemarse en la llama épica y sagrada para alumbrar el camino de la victoria”
(2.12.43).
El proceso de la llegada está pues fuertemente marcado por el universo
metafórico del imaginario militar.
¿Cómo se justifica el acto mismo de venir, cómo se explicitan las
motivaciones de aquel que ha decidido venir? Esas motivaciones están
construidas también como sentimientos extrapolíticos, valores que no son
otra cosa que el conjunto de deberes y virtudes del soldado: austeridad,
patriotismo, sinceridad, honradez, humildad, buena voluntad.
¿Cuáles son, en fin, los objetivos de esta venida? Comienza a dibujarse aquí
lo que será el lugar del pueblo, y la relación que se establecerá entre
Perón y el pueblo como relación de exterioridad: “llego a vosotros para
deciros que no estáis solos en vuestros anhelos de redención social”.
Conviene precisar la naturaleza de esta relación Perón/pueblo, en sus dos
direcciones.
De Perón hacia el pueblo: Perón caracteriza su propia acción como un
servicio impuesto simplemente por el deber del soldado. Este último no tiene
nada, no quiere nada para sí mismo; está sólo movido por el interés de la
Patria y llega para servir al pueblo. He aquí otro texto significativo:
“Personalmente, con el apoyo del excelentísimo señor Presidente de la Nación
y del gabinete que colabora en sus tareas, he aceptado la responsabilidad de
tomar a mi cargo la defensa de la clase trabajadora. Entiendo esa causa y
esa defensa, tal como la entienden los soldados; y la resumo en estas
palabras: “Defendería hasta morir por ella, si es necesario” (25.6.44).
Del pueblo hacia Perón. Este pueblo tiene anhelos, anhelos de “redención
social”, frustrados durante muchos años. Perón llega y ese pueblo no está
más solo. La posición del pueblo aparece así, necesariamente, como la de un
actor social pasivo. En efecto, ¿qué es lo que Perón, soldado providencial,
solicita del pueblo? Confianza, en primer lugar, que deberá transformarse
luego (y el pedido reaparece, como hemos visto, a su llegada en 1973) en fe:
“Trabajamos empeñosa y asiduamente para todos. Para vosotros y para
nosotros, en una labor exenta de promesas y palabras, para que nadie en esta
tierra generosa y altiva, sienta la angustia de sentirse socialmente
olvidado (...) Y esta labor de justicia que cumplimos, sin pausa y sin
desmayo y sin otra aspiración que la de trabajar por la grandeza de la
patria, nos ha deparado grandes satisfacciones (...) Decenas de delegaciones
nos traen sus problemas, sus esperanzas, sus aspiraciones.”
“Llegan, desde todos los puntos del país, alentando la confianza de un
pueblo defraudado que comienza a creer en la justicia social; y siente, por
primera vez, el orgullo de saberse escuchado, y de sentirse argentino.”
“Yo, en este día clásico de los trabajadores, prometo en nombre del
gobierno, que esa confianza no será defraudada. Las nuevas conquistas darán
a esta conmemoración un sentido más patriótico y más argentino” (1.5.44).
“Al hablar en otra oportunidad a los trabajadores de la patria, les solicité
que tuvieran confianza en nuestra honradez y decisión. Hoy me encuentro
absolutamente persuadido de que esa confianza existe y que ella debe
constituir el fundamento de lo que les pediré en este momento a los
trabajadores compatriotas. Es necesario que esa confianza se transforme hoy
en fe, sobre lo que todavía debemos realizar...” (8.7.44).
“En los primeros tiempos de la Secretaría de Trabajo, yo pedí a los
trabajadores confianza; después les pedí fe y no me han defraudado jamás.
Ahora necesitamos la cooperación de todos para salvar nuestras conquistas,
que no deben perderse y llevar adelante los postulados de nuestra justicia
social, en lo que no estamos ganando nada para nosotros, sino para nuestro
pueblo. Y si es necesario, pediremos ayuda a los trabajadores, persuadidos
que no defendemos nuestras posiciones, que no nos interesan, sino la que han
alcanzado los trabajadores argentinos, que no podrán ceder en adelante un
solo paso en las conquistas logradas” (11.10.44).
El orden cronológico en que hemos reproducido los tres últimos fragmentos
permite subrayar el desarrollo progresivo de la construcción que hace Perón
de su relación con el pueblo: primero pide al pueblo confianza; luego la
confianza debe transformarse en fe; en tercer lugar, solicita colaboración,
la colaboración de todos. “Si es necesario -agrega- pediremos ayuda a los
trabajadores”: esta frase es una excelente prueba indirecta a la vez de la
exterioridad de la relación y de la semantización pasiva del pueblo. Si es
cierto que este último aparece identificado con los trabajadores, ninguna
acción específica se solicita de ellos. El “pedido de ayuda a los
trabajadores” es contemplado, a fines de 1944, como una eventualidad, como
un recurso último al que apelaría “si es necesario”. Y nótese la presencia,
siempre implícita, de la distancia: el eventual pedido de colaboración no
sería hecho para defender las posiciones de Perón, “que no le interesan”,
sino las de los trabajadores. Esta primera construcción de la relación
Perón/pueblo se apoya en una suerte de modelo especular, elaborado en ese
registro sensorial que es, por excelencia, el registro del contacto en la
distancia: la mirada. En efecto, antes de su intervención providencial,
Perón observaba, desde afuera, lo que ocurría en el país:
“Simple espectador, como he sido, en mi vida de soldado, de la evolución de
la economía nacional y de las relaciones entre patrones y trabajadores,
nunca he podido avenirme a la idea, tan corriente, de que los problemas que
tal relación origina sean materia privativa de las partes directamente
interesadas (...) (2.12.43).
Observar, desde afuera, la situación del país, es la posición propia del
soldado en el cuartel. A partir del momento en que comienza a intervenir en
la vida política desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, lo que Perón va
a solicitar del pueblo es que éste, a su vez, observe ahora lo que Perón
está realizando en su favor. Se confirman así a la vez la exterioridad de la
relación Perón/pueblo y la pasividad de éste último: la confianza del pueblo
proporciona a Perón el tiempo inicial necesario para comenzar a hacer, de la
constatación de las acciones realizadas nacerá la fe. Acciones, y no
palabras: “Trabajamos empeñosamente... en una labor exenta de promesas y
palabras”. La construcción del pueblo como observador de los actos de Perón
está pues en el origen de uno de los “slogans” fundamentales del peronismo.
“Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar”. El
comportamiento de Perón aparece así definido como el más claro de los
mensajes:
“No tenemos la costumbre de prometer, sino de hacer. Por eso no vengo a
prometerles nada. Ustedes verán a través del tiempo las realizaciones que
nosotros ejecutaremos; irán viendo día a día el progreso respecto de los
problemas que las clases trabajadoras de nuestro país vienen planteando
desde hace veinte o treinta años, sin ningún resultado” (17.6.44).
“Sería inútil que yo tratara de explicar cómo hemos cumplido con este
postulado, que encierra todo el contenido social de la Revolución. Yo
prefiero seguir como hasta ahora, sosteniendo que mejor que decir es hacer,
y mejor que prometer es realizar” (28.7.44).
Si este slogan define, por un lado, la conducta del propio Perón, otra
consigna, no menos célebre, se aplicará al comportamiento que Perón espera
del pueblo: “de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Difícilmente otra
fórmula expresaría mejor esa posición que hemos caracterizado como la
pasividad del pueblo.
El 10 de octubre de 1945, el entonces coronel Perón es obligado a renunciar
a su cargo en la Secretaría de Trabajo y Previsión. En ese momento crítico,
se dirige así a los trabajadores:
“Estamos empeñados en una batalla que ganaremos porque es el mundo el que
marcha en esa dirección. Hay que tener fe en esa lucha y en ese futuro.
(...) Al dejar el gobierno, pido una vez más a ustedes que se despojen de
todo otro sentimiento que no sea el de servir directamente a la clase
trabajadora. Desde anoche, con motivo de mi alejamiento de la función
pública, ha corrido en algunos círculos la versión de que los obreros están
agitados. Yo les pido que en esta lucha me escuchen. No se vence con
violencia; se vence con inteligencia y organización. Por ello les pido que
conserven una calma absoluta y cumplan con lo que es nuestro lema de
siempre: del trabajo a casa y de casa al trabajo (...) Recuerden y mantengan
grabado el lema “de casa al trabajo y del trabajo a casa” y con eso
venceremos”, (10.10.45).
Más tarde, cuando Perón es ya presidente y el problema de la representación
se ha materializado, por decirlo así, en el proceso electoral, el propio
Perón evocará esos años de entrada en la escena política con la misma imagen
de un país que no hace otra cosa que observar, con entusiasmo y asombro, el
mensaje contenido en sus realizaciones:
“Y no puedo alejar de mi mente las primeras armas hechas en favor de las
masas obreras; las inquietudes de las batallas que se avecinaban para
imponer la justicia social; las manifestaciones de entusiasmo cuando el
pueblo percibió que le iban llegando los primeros destellos de sus anheladas
reivindicaciones; el asombro que producía este avance a los que habían
convertido la ley en un instrumento para oprimir a los humildes” (1.5.49.
“Poco a poco el pueblo comenzó a entendernos. Hombres sin fe y sin esperanza
empezaron a vislumbrar una vida distinta... y alentados por las realidades
de una nueva conducta de gobernantes, comenzaron a sentirse otra vez unidos
al destino de la Patria...” (1.5.50).
El mismo modelo reaparecerá, intacto, hacia el fin del proceso. En el
discurso que Perón pronuncia con motivo de la renuncia del presidente
Cámpora, el 13 de julio de 1973, dirá:
“Si Dios me da salud y si Dios me lo permite, he de gastar hasta el último
esfuerzo de mi vida para cumplir la misión que pueda corresponderme. No sé
cuál será la decisión del pueblo argentino. Ni me interesa. Pero cualquiera
fuera el designio que ha de plantearse para el futuro inmediato y mediato de
la República, yo seguiré siendo un soldado a su servicio, en el cual
empeñaré, no solamente mi honor, sino también mi vida”.
“Quiero hacer llegar a través de este medio mi profundo agradecimiento al
pueblo argentino que una vez más nos está dando su confianza y nos está
mostrando su fe. Fe y confianza que nosotros hemos de llevar adelante...”
(13.7.73).
Aquel que llega de un exterior absoluto, que pide a su pueblo confianza y
fe, porque sus obras hablarán por él, y que concibe su llegada como el
estricto cumplimiento de una misión superior, el Bien de la Patria, no es,
en efecto, nada más ni nada menos que un Redentor: “Llego a vosotros para
deciros que no estáis solos en vuestros anhelos de redención social”.
El modelo de la llegada no es otra cosa que un modelo de la presencia: si he
decidido venir, es porque he observado, desde afuera, vuestra situación.
Ahora estoy aquí. Observen lo que hago por ustedes: eso bastará. Si la
reciprocidad de la metáfora de la mirada es tan importante, ello se debe al
hecho de que la relación entre el líder y el pueblo queda definida por un
contacto que es al mismo tiempo distancia e inmovilidad: la copresencia de
ambos. El primero actúa y habla; el segundo confía y observa, mudo, la
convergencia progresiva entre la esperanza y la realidad: la palabra del
primero y la situación del segundo terminarán por coincidir.
Del cuartel al Estado, o la anulación de la historia
Entre 1943 y 1946, Perón elabora pues su presencia como una llegada. ¿De
dónde viene? ¿A dónde llega? La respuesta es simple: viene del cuartel y
llega al Estado. Ese pasaje del cuartel al Estado es, evidentemente, una
entrada en la política, pero la transición no será nunca explicitada en esos
términos: la política es lo que ha permitido que la Patria se deteriore, la
política es conflicto. Perón es la unificación armoniosa de pueblo, Patria y
Estado.
“El Estado manteníase alejado de la población trabajadora. No regulaba las
actividades sociales como era su deber. (...) La táctica del Estado
abstencionista era encontrarse frente a ciudadanos aislados, desamparados y
económicamente débiles, con el fin de pulverizar las fuerzas productoras y
conseguir, por contraste, un poder arrollador” (2.12.43).
“Treinta o cuarenta años de absoluto abandono de las clases obreras en
nuestro país no podemos reponerlo en pocos meses. Nuestro trabajo es
abrumador. Trabajamos día y noche, sin descanso, para poder remediar esa
falta de justicia social que ha imperado durante cuarenta años” (17.6.44).
Ahora bien, el modelo de la llegada conduce necesariamente a una pregunta:
¿por qué la llegada se produce en un momento dado, por qué no antes, o
después? ¿Por qué haber esperado el 4 de junio de 1943, si el “absoluto
abandono” dura desde hace treinta o cuarenta años? ¿Por qué Perón, soldado
providencial, no ha intervenido antes? (2) En la lógica del modelo que
estamos analizando, la explicitación de la nacionalidad de la llegada es
inseparable de una justificación de la no intervención precedente.
La doble explicación, de la ausencia y de la presencia, se articula por
medio del par de conceptos cuartel/ejército.
El uso de estos conceptos trasciende sin duda el peronismo propiamente
dicho, y forma parte de la semántica política argentina. (3) El cuartel es
el lugar cerrado, autónomo, del ejercicio de las armas. Es el lugar del
soldado. En el cuartel, el soldado aprende a desenvolver sus virtudes
patrióticas; el cuartel es el lugar de la comunión con la Patria como ente
abstracto, el lugar donde el enemigo es el extranjero y la guerra la única
actividad legítima.
Ser un soldado en el cuartel no es estar en ninguna parte. El soldado
observa la sociedad desde afuera de la sociedad. Ahora bien, si es un lugar
cerrado y autónomo, el cuartel no es impermeable: posee una suerte de
porosidad que permite, en determinados momentos, que el rumor que viene de
la sociedad llegue hasta el ejército encerrado en él. El soldado que
responde al clamor de la sociedad deviene ejército que abandona el cuartel
para cumplir el deber patriótico.
Estos elementos están nítidamente presentes en la Proclama “Al pueblo de la
República Argentina” de la Revolución del 4 de junio, que según su propio
testimonio fue redactada por Perón:
“Las Fuerzas Armadas de la Nación, fieles y celosas guardianas del honor y
tradiciones de la patria, como asimismo del bienestar, los derechos y
libertades del pueblo argentino, han venido observando silenciosa pero muy
atentamente las actividades y el desempeño de las autoridades superiores de
la Nación.
“Ha sido ingrata y dolorosa la comprobación (...)”
“Dichas fuerzas, conscientes de la responsabilidad que asumen ante la
historia y ante su pueblo -cuyo clamor ha llegado hasta los cuarteles-
deciden cumplir con el deber de esta hora: que les impone salir en defensa
de los sagrados intereses de la Patria” (4.6.43).
El ejército es pues, por un lado, el conjunto de los soldados y por otro una
entidad que, a través de la defensa de la Patria, está (o debe estar) unida
la pueblo y puede, en determinados momentos interesarse directamente en el
funcionamiento del Estado.
“... nadie, absolutamente nadie, puede honradamente desconocer el profundo
sentido social de la Revolución de junio. Los motivos que la originaron y el
espíritu que la anima, surgen de la misma, de la innegable realidad
argentina.”
“El ejército no abandonó sus cuarteles movido por un sentimiento de
ambición.”
“Fue el clamor de la calle, del taller y del campo el que llegó hasta ellos
para golpear a sus puertas en demanda de justicia. Y el Ejército y la Armada
-partes vivas de la indivisa unidad nacional- respondieron patrióticamente.
Abandonaron la tranquilidad de los acantonamientos. Salieron a la calle
precedidos en su marcha por el mismo pueblo que los estimula y aclama.”
“No hubiéramos podido justificar nunca ante nuestra conciencia y ante la
historia, una actitud indiferente, frente a la realidad política y a la
realidad social de aquella hora.”
“Un deseo superior de justicia fue el motor que impulsó a la revolución
triunfante” (1.5.44).
El ejército abandona los cuarteles porque escucha el clamor de la sociedad y
constata que:
“El panorama que ofrecía en aquellos instantes todo lo que se refiere a la
vida de relación que el trabajo engendra, era desolador” (1.5.44).
En ese “momento dado”, que en cierto modo está fuera del tiempo, el
ejército, que observaba atentamente lo que ocurría en el país, llega a esta
suerte de constatación instantánea, de comprensión inmediata, que resume
prácticamente toda la vida del país: percibe así el panorama de la
degradación de la sociedad y del Estado.
Si decimos que se trata de una comprensión instantánea, a-histórica, es
porque ella se realiza desde un lugar que está fuera del tiempo (el
cuartel), desde otra sociedad, completamente ajena, precisamente, a la
degradación de la sociedad civil:
“Enfrentamos el problema con decisión y con energía de soldados (...)
entiendo que la organización interna del ejército está concebida con un
auténtico sentido orgánico-social y es un