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Osvaldo Soriano nació en Mar del Plata en enero de 1943. En 1973 publicó su primera novela Triste, solitario y final, traducida a doce idiomas. En 1976, después del golpe de Estado, Soriano se trasladó a Bélgica y luego vivió en París hasta 1984, año en que regresó a Buenos Aires. En 1983 se conoció en Buenos Aires No habrá mas penas ni olvido, llevada al cine por Héctor Olivera, que ganó el Oso de Plata en el festival de cine de Berlín. En 1983 se publicaron seis ediciones de Cuarteles de invierno, ya considerada la mejor novela extranjera de 1981 en Italia, y llevada dos veces al cine. En 1984 apareció Artistas, locos y criminales, y en 1988 Rebeldes, soñadores y fugitivos, colecciones de textos e historias de vidas. Ese mismo año se publicó A sus plantas rendido un león, la novela de más éxito editorial de los últimos años. Entre 1989 y 1990 escribió Una sombra ya pronto serás, llevada al cine en 1994, una vez más, por Héctor Olivera . En 1993 publica Cuentos de los años felices, historias cortas, la mayoría de las cuales aparecieron en el diario Página/12, del cual Soriano era asiduo colaborador. Las novelas Triste, solitario y final, No habrá más penas ni olvido, Cuarteles de invierno y A sus plantas rendido un león han sido publicadas en veinte paises y traducidas a los idiomas inglés, francés, italiano, alemán, portugués, sueco, noruego, holandés, griego, polaco, húngaro, checo, hebreo, danés y ruso. Murió el 29 de enero de 1997 en Buenos Aires.
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Adiós al amigo, por Eduardo Galeano
Lo vi en el ataúd, con esa cara plácida y jodona, y pensé: Es un chiste. No hay duda. El Gordo se está haciendo el muerto para hacer sufrir a los amigos. Nos está tomando el pelo, pensé.
Pero Manuel Soriano, el hijo del Gordo, que es idéntico al Gordo aunque mucho más chiquito y que andaba por ahí con su camiseta de San Lorenzo, nos dio la justa. El le había dado una carta al padre, para que se la entregara a Filipi. Filipi, gran amigo de Manuel, había muerto también, un poco antes, y él lo había enterrado, con cruz y todo, en un pocito del fondo de su casa. Filipi tenía forma de lagartija y costumbres de camaleón, porque cambiaba de color cuando quería. En la carta, Manuel le decía que lo extrañaba mucho y le enseñaba un jueguito, para que Filipi pudiera entretenerse en la muerte, que es muy aburrida. En el jueguito había que escribir las letras que faltaban: "Usá las uñas, Filipi", le decía Manuel.
Entonces lo vi claro. El Gordo se nos fue por un ratito nomás. Está trabajando de cartero de su hijo. Ahora nomás vuelve. A mí ya me parecía, porque es evidentísimo que este mundo no puede ser tan espantosamente triste, solitario y final; y un tipo tan buenazo como el Gordo no podía hacernos la cochinada de dejarnos sin él.
Eduardo Galeano
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Por Osvaldo Soriano
Recuerdo aquel día del golpe de Estado que me tocó vivir desde Bruselas: el
noticiero de la televisión belga mostraba tipos bigotudos, ceñudos y
entorchados que parecían la caricatura de una irrecuperable republiqueta
bananera. Esa mañana que supe que había perdido la Argentina de mi infancia,
la de mi escuela y mi primer trabajo. Perdía, como millones de compatriotas,
cosas íntimas e intransferibles; dejaba atrás una manera de explicarme la
vida, los fundamentos sobre los que había construido mi propio imaginario.
Tenía treinta y tres años recién cumplidos. Luego maduré boxeando contra la
sombra de la dictadura, lejos, sin pensar mucho en mí, contando muertos,
atragantado por nuevos rencores. Fui, con las Madres de Plaza de Mayo, con
Cortázar, Osvaldo Bayer, David Viñas, con miles de otros mejores que yo, uno
más de lo que los militares llamaban "campaña antiargentina". Ese es uno de
mis más íntimos orgullos.
La dictadura ha significado, para mí, el mal absoluto. No me salen matices
para explicarla. Quiero decir, asimilo a aquellos militares con el régimen
nazi y eso me impide comprender las razones de los que trabajaron de cerca o
de lejos para ella, de los que colaboraron e incluso de quienes fueron
actores pasivos pero conscientes. No les creo una palabra a los que dicen
aún hoy "yo no sabía lo que pasaba". Me es imposible perdonar aquel "por
algo será", el "somos derechos y humanos". Me siguen pareciendo inexcusables
las conversaciones y los toqueteos con el poder. Los almuerzos de
intelectuales con Videla. La estrategia de la reverencia, el codazo y la
palmada. Era mejor estar equivocado contra la dictadura que tener razón
obedeciéndola.
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Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos. Miramos con recelo,
intentamos entender este fin de siglo, pero nada podrá hacernos olvidar,
perdonar. Me acuerdo bien: volví por unos días a Buenos Aires, estaba
viviendo en casa de Tito Cossa y Marta Degrazia, nos acogía Rafael Perrota
en el viejo diario El Cronista, que había sido más o menos socializado y en
esos días secuestraron a Haroldo Conti, el autor de Sudeste, una de las
grandes novelas argentinas. Me viene a la memoria la cara de Videla,
aplaudido en cines y estadios. La pesada ausencia de Conti, de Paco lirondo,
Vicky Walsh, caída en combate pocos meses antes que su padre. Yo estaba
vagamente enamorado de Vicky aunque ella no lo supiera.
De modo que no puedo escribir sin odio. Mataron a treinta mil jóvenes y a
algunos viejos, guerrilleros o no. Destruyeron la educación, los sindicatos
combativos, la cultura, la salud, la ciencia, la conciencia. Desterraron la
solidaridad, el barrio, la noche populosa. Prohibieron a Einstein y a
Gardel. Abrieron autopistas y llenaron de cadáveres los cimientos del país;
dejaron una sociedad calada por el terror que en estos días asoma en el
juicio de Catamarca. Somos al mismo tiempo el testigo que se desdice y la
valiente monja Pelloni. Somos el juez iracundo, el abogado gordo y el tipo
al que retaron por estar con las manos en los bolsillos. ¿Acaso no fue la
dictadura, su largo brazo estirado a través del tiempo, la que mató a María
Soledad? ¿No es el Proceso que sigue asesinando pibes, asustando, castrando
por procuración?
En esos años vergonzosos se impusieron los valores del éxito a cualquier
costo por sobre la idea de felicidad compartida. El plan de aniquilamiento
desató por su propia lógica una guerra a la vez humillante y absurda. Eso
dejaron. Un escenario vacío y oscuro que había que tomar en silencio. No
quedaban civiles armados en 1983; sólo conciencias heridas y una pena
infinita. Lo curioso para quien volvía del extranjero era que la gente había
enterrado definitivamente a Perón, se inclinaba por un abogado de Chascomús
que antes le había propuesto a Videla un pacto cívico-militar y después
impulsó un acuerdo radical-menemista.
Lo que pasó en las almas de los argentinos entre 1976 y 1983 es todavía un
enigma. Los veinte años que hemos vivido después fueron una sucesión de
avances y retrocesos, de incógnitas abiertas. Sé que hay mil hipótesis y las
he escuchado todas. ¿Fue cielo alguna vez la tierra que se convirtió en
infierno? No lo sé, los abuelos de nuestros padres decían que sí. Sin
embargo no hay razón para creer en viejas fábulas. Hoy tenemos otras.
Cuentos de príncipes y cenicientas, héroes con amnesia, sobrevivientes
perplejos, chicos que no se rinden. ¿Por qué habrían de hacerlo si lo que
está en juego es su futuro? Acaso a ellos les espera una gran aventura
republicana, pacífica y fraternal. No se trata de una nueva ideología. Ni
siquiera de cambiar la historia. Simplemente decirle no al olvido y levantar
las viejas banderas de Mayo, las que alguna vez hicieron de este país una
Nación rebelde y orgullosa.
[Publicado originalmente en
Página/12 el 24 de marzo de 1996]
Fuente: Agencia Walsh
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Una
entrevista de Cristina Castello
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Hice esta entrevista a Osvaldo Soriano el 19 de noviembre de 1995.
El mismo día de su publicación, me llamó.
El escritor lloraba, conmovido.
Me dijo que nunca se reconoció tanto en un texto, en una entrevista, como en
la que le hice yo.
Osvaldo murió el 29 de enero de 1997.
Este es el resultado de nuestro diálogo en su casa de Buenos Aires,
Argentina (Cristina Castello).
Osvaldo Soriano, escritor, periodista, defensor de los derechos humanos.
"Mi hijo Manuel es mi último gol"
Vendió un millón de sus libros en todo el mundo. Lo tradujeron a quince
idiomas. Pero él prefiere ni hablar del tema. Le gusta más sostener que los
ideales son la única forma de saber que estamos vivos.
Entrevista de Cristina Castello
No hay un punto de inflexión en nuestra charla. Ni un antes o un después, ni
una brecha. El clima es parejo, en la madrugada de café y exaltación de la
palabra.
Y de eso se trata. A Osvaldo Soriano le gusta conversar y hasta hilvana
guiones con el contenido de nuestro diálogo. Con un pucho sin prender en la
mano, cosa de ex-fumador, tira una ceniza inexistente en un inexistente
cenicero y escarba. Y hurga simultáneamente en su interior y en la médula de
Argentina, en curiosa simbiosis entre él y "su" país. Como si lupa en mano,
anduviera en busca de algo.
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- ¿Qué buscás?
- Bueno, aunque quede ridículo que lo diga (con simplicidad), uno siempre
anda buscando los orígenes: ¡nuestra identidad.
- ¿Difícil hoy y aquí, no?
- Sí, porque aunque parezca una sátira hoy parece que fuera lo mismo luchar
por los ideales (se ilumina) -como (Juan José) Castelli en los días de Mayo-
que ir a comer con Mirtha Legrand. Quiero decir que paradójicamente lo
"light" caló tan hondo que es un hecho "hard". ¿A
quién le importa desentrañar qué significa ser argentino si eso es meterse
en un lío de identidades?
- Mejor no develar misterios: caerían muchas máscaras.
¡Por favor! (sonríe, comprensivo con la condición de argentinos)...¡Que
nadie se atreva! Mire qué pasa con Gardel, uno de nuestros mayores mitos. El
sólo quería tener una casita y jugar a los burros pero en su imagen misma y
con la incógnita de su nacionalidad, muestra desconcierto...¡Y eso nos viene
bárbaro! Nosotros jamás aceptaríamos que se probara si era uruguayo, francés
o ruso, porque perderíamos la incertidumbre y no sabríamos qué hacer sin
ella.
- Se seguiría discutiendo sobre Maradona, ¿es un mito viviente?
- No, Maradona es un rey en un país sin corona y así se ubica él: como un
rey que nos habla a nosotros, los súbditos. Pero hay que entenderlo porque
el tipo debe pensar: "¿qué me van a aplicar la ley justo a mí, si les hice
un gol con la mano a los ingleses?" Y tiene razón: si acá los corruptos
andan sueltos y ni siquiera nos dan felicidad. Como él.
- No a mí pero es curiosa tu descripción, ¿la vida es un relato?
- (Muy llano) Para mí lo es porque fui formado por mi mamá y para que me
durmiera, ella me contaba historias de gente medianamente loca. Del Gordo y
el Flaco (Laurel y Hardy), a quienes necesito tener "para mí". Son míos: una
metáfora de la ingenuidad y del genio frente a los poderosos.
- Su mamá te sembró la primera semilla de ficción...
- Sí (parece descubrirlo recién)...y es curioso porque ella es más bien
sombría. Quizás por eso el personaje emblemático que tuve (sonríe, tierno)
fue mi padre: él siempre miraba al país....no fuera cosa que desapareciera.
- ¿Y desaparece?
- (Sonríe) Bueno, no soy tan fatalista pero diría que Argentina se desarma
en el desamparo y la ilegalidad. Y hay una absoluta disgregación de la
sociedad porque se rompieron los lazos que nos unían como nación.
- ¿Nación...qué quiere decir hoy y aquí?
- Que cada vez seamos más los que estemos mejor.
- Lo contrario de este capitalismo "a la argentina": el desamparo del Estado
y la pérdida del sentido de vida y los valores.
- Sí, pero tampoco la gente vincula que todo lo que nos pasa es producto de
la historia, aunque nadie vela por nuestras vidas.
- Y se impone la idea del "dios" Mercado....
- Sí, todo está a merced del libre mercado y el libre mercado acá consiste
en fabricar ravioles "Pirulín" sin decir de qué están hechos, sin registros,
ni inspecciones. Y lo peor es que muchos no hablan porque están más
preocupados porque no comen, que por la calidad del alimento.
- Muchos se cansan de tener ganas. Hay una ausencia de rebeldía: vivimos la
"cultura" de la resignación.
- Si, falta la queja que sería indispensable.
- Quejas hubo sobre todo en las provincias, pero sin un Norte....
- Claro, cada levantamiento no significa un horizonte o una ilusión, sino
una expresión de la bronca. Entonces, la policía pega tres bastonazos, y
cada uno se va a su casa y no sale más .(descarnado)...¡aunque coma lauchas!
- Antes se esperaba la democracia...¿y ahora?
- Ese es el tema: ¿y ahora qué? Bueno, satirizando un poco(lo tienta su
costumbre de construir ficciones) digamos que "ahora" vamos a encontrarnos
en un inmenso shopping, en cuyo sótano habrá una villa miseria con el
Comandante Marcos (el Jefe del Ejército Zapatista mexicano) ,
pero...¡negociando!. Y habrá miles de canales de cable, y...y bueno, es la
posmodernidad vista desde esta (duda en decir la palabra)... patria.
- ¿Decís "patria" con timidez por tanto mal uso que se hizo de su nombre?
- Sí, porque con ella en la boca se justificó lo horroroso. Pero bueno... no
hay que regalar las palabras nobles a los canallas, así que (sencillo, y con
ímpetu) siento el derecho de decir: "¡Patria!". Y porque, además tengo en mí
aquellos discursos patrióticos que decía mi viejo, como humilde inspector de
Obras Sanitarias.
- Ahora es Aguas Argentinas y ya no es estatal...
- Claro (travieso)...y si mi viejo lo supiera se moriría de nuevo (se ríe).
Quizás no se opondría a una sociedad de oferta y demanda pero si el Estado
regulara los apetitos y pasiones, para que el objetivo de cada cosa no fuera
el lucro para los privados.
¿Su papá es para vos un espejo del país que fue este?
- Me parece que por ahí anda la idea, porque además de amarlo lo recuerdo
como un constructor de cosas concretas. (Se deleita) El construyó las
cloacas de Mar del Plata, por ejemplo; y estaba orgulloso de levantarse a
las cuatro de la mañana y en camiseta para controlar el agua y velar por la
salud de la población. Vivió de modo muy frugal pero luchó por este país que
- seguía ganando metros al desierto.
- Hablas de tu padre como si fuera El Gordo (Hardy)...
- (Divertido) Es verdad... era como El Gordo, porque intentaba significar la
autoridad: le decía al Flaco cómo hacer las cosas y a él le salían como el
diablo. Y así era, mi viejo: "no camines para ese pozo", decía (se alboroza,
como si viviera la infancia))...¡y se caía de traste!
¿Desde chico te diste cuenta de cuánto lo querías?
- Sí, por suerte (habla despacito para no quitar magia al instante) y fui
felz, con los dos juguetes que tuve: una lanchita a kerosene y un camioncito
de madera que me hizo él. Ganaba ciento catorce pesos y yo tenía un solo
pulóver, un solo guardapolvo y no me importaba.. Pero...(introspectivo) hubo
una cosa que hoy me duele: ¿por qué no me preguntó si yo quería vivir en
todos los sitios adonde lo llevaba su trabajo?
- ¿Tus exilios de niño te dieron desamparo y soledad?
- (Con tristeza) Esas son las palabras. Aquellos desarraigos me cortaban los
afectos con amiguitos o novias. Pero bueno, él era un luchador y nos llevaba
de pueblo en pueblo porque creía que había un mañana mejor para la
Argentina.
- Lo ves como la contracara del presente...
- Sí, porque ahora no hay caída Hay decadencia y a él le dolería como a mí.
(Con dulzura, de nuevo) Pero .a pesar de aquella locura tierna que tenía, no
heredé casi ninguna de sus pasiones: él era de River y yo de San Lorenzo; él
me quería ingeniero electrónico, y yo soy negado para matemáticas. El era
gorila hasta el punto de decir "ese degenerado de Perón" y yo hasta los
trece años fui peronista; y después dejé de serlo nunca pude ser
antiperonista.
- ¿Con qué argumentos él era anti y vos peronista?
- El era un gran demócrata y veía en el peronismo la conculcación de sus
derechos. Y yo de chico no comprendí el componente fascistoide de Perón y
veía que él plasmaba mis derechos y ansias de justicia social.
- ¿Por eso lloraste 36 horas cuando murió Evita, sin que ella te viera
campeón de fútbol?
- Sí...a mí la muerte de Evita me sonaba (todavía deslumbrado) como un
cuento de hadas. Y lloré ¡tanto!. En mi cuarto...mientras en el otro mi
viejo la insultaba de la forma más agraviante. Curiosamente, es la misma
situación que vi en la calle una vez que voltearon un busto de ella: "se
llevan a la prostituta", decía la mitad del pueblo; "se llevan a la
santita", decía la otra mitad. (Parece incrédulo de la capacidad para el
mal, de los humanos)¿Cómo una mujer puede haber generado tanto odio?
- Suele ocurrir con personalidades intensas, y capaces de cambiar
estructuras...
- Es verdad, Evita llegó en un momento en que la mujer era sólo para la cama
y para la cocina. Y con su pelo teñido y su fuerza, despertó las
emociones...¡y pateó todos los tableros!
- ¿Entonces ella sola era como el dúo del Gordo y el Flaco?
- (Sonríe, algo se le revela) Sí, sí...¡Evita era el Gordo y el Flaco!.
Evita era la concepción universal de la inocencia, frente al Poder.
- Y la pasión. Ahora la única que une a los argentinos es la del fútbol
- Sí, y reemplazó a la pasión política.
- ¿Cuál es el corazón de ese fervor futbolero que tanto convoca?
- Creo que el fútbol tiene la significación de una guerra sin muertos, pero
con conflicto. Con drama, reflexión e ironía. Y amalgama a la familia, cosa
que no consigue la política.
- No se cree en nadie y se vota en contra y diferente. También está en
crisis la teoría de la argumentación.
- Y hay diferencias (lo dice, como si escribiera un guión), porque la mujer
le dice al marido: "Viejo, ¿por quién vas a votar?"; "Y...por Carlitos
(Menem)", dice él. "Pero si Carlitos te jodió", le acota ella. Pero él
contesta: "y bueno pero Carlitos va a volver a ser peronista". Y responde
as, porque necesita pensar que Menem se va a reivindicar; lo que quiere
decir que espera que ese hombre con pinta de peronista del 45, va a salir a
gritar: "¡se acabó compañeros, (Soriano golpea, sobre el escritorio) se
acabó el país de Cavallo, ahora vamos a hacer la revolución productiva
y....viva Perón carajo¡"
- ¿Por qué gana el menemismo desde el '89?
- La anterior es una de las razones entre varias. Otra es que la alta
dirigencia y la clase más disminuida, son dos polos opuesto, que se miran en
el mismo espejo y dicen: "en una de esas, mañana nos va mejo. Y otra causa
es que desaparecieron los partidos: el radicalismo no existe.
- Sobre todo después del Pacto de Olivos ,entre Alfonsín y Menem.
Sí pero seamos sinceros: el peronismo tampoco existe y hay "políticos" pero
sin partidos, porque s fueron desbordados por una condición "new age" del
subdesarrollo. Por eso no hay capacidad crítica ni se tiene en cuenta que el
voto cobra sentido cuando se cumplen las promesas.
- Y no sólo no se cumplen: se traicionan.
- ...Y por eso se pierde la confianza en el prójimo y - en el hecho de
votar.
- Pero es que no hay educación, no hay cultura, no hay memoria, ni lazos de
solidaridad: el retroceso de Argentina es feroz.
- ¡Claro! Entonces alguien le dice a algún chico: "¿cómo votaste a (Antonio
Domingo) Bussi, si él mató a tu papá?", y el chico contesta: "no me di
cuenta, no me enteré".
- No rigen los valores universales: la verdad, el bien, la justicia...
- Sí...en algún lugar están, pero acá nunca se dijo que -para construir una
democracia- hacen falta demócratas.
- ¿Entonces?
- Entonces esos personajes de la dictadura, en dos generaciones más estarán
muertos; y también lo estaremos los que venimos de la época
comunismo-anticomunismo, o River y Boca. Y eso será bueno porque les habrá
llegado el turno a los chicos. Que hicieron la escuela en democracia, que
saben de los juicios a los militares y de los tabúes pasados, como el del
sexo.
- ¿Sufriste aquellos tabúes?
- Sí, los tabúes y la virginidad como valor se llevaban hasta la
exageración. Pero éramos felices. Me acuerdo ( tiene alegría) de la primera
vez que hice el amor con una novia...en las butacas de un cine, que era de
su padre: me sentía como en la película "Cinema Paradiso" y por supuesto que
no la había visto.
- Y sin que amar significara el riesgo de Sida
- ¡Claro!...él temor era el embarazo pero la pastilla solucionó el tema. En
cambio ahora conviven la informática y la Edad Media que significa el mundo
tenebroso del Sida.
-¿Cómo compensabas el dolor que desde chico te provocaba la injusticia?
- Yo iba a trabajar cargado de miseria y espanto por las injusticias pero me
llevaba en la moto "Los hermanos Karamazov" (de Fedor Dostoievski), y lo
leía entre las horas de trabajo. Y después seguí con Faulkner, con Hemingway
y con Chandler y llegué a Borges y a tantos otros, a quienes leí con
infinita voracidad. En realidad, (muy reflexivo) creo que los libros me
hicieron nacer otra vez, porque empecé a leer recién a los veinte años:
antes no había librerías en los pueblos donde vivimos.
- ¿Y en busca de identidad acudiste a los padres de la literatura?
- Creo que sí, como un destino que se agudiza ahora. Pero cuando empecé a
bucear a fondo en nuestra historia, fue porque lo que me interesaba era
humanizar a nuestros padres.
- ¿Te enamoraste de Belgrano porque sentiste que a él "le pasó" la vida?
- Claro (entusiasmado)...le pasó de todo: le dieron palos, se enfermó,
perdió batallas, tuvo que mandar a buscar a su amada por todo un territorio
-porque se le había casado con otro; y, mientras le pasaba todo eso, lo
atacaban los españoles .Entonces, a este patriota que demostró dureza se lo
descubre ingenuo, tierno, piadoso, generoso. Y eso me importa.
- ¿Y San Martín?
- (Muy franco) San Martín no me despierta ternura pero se me hace querible
por el resultado de lo que hace y por su final fue imprevisible. En cambi,
Castelli y Moreno me provocan pasión.
- ¿Dónde están hoy los próceres?
- Hoy no hay próceres: hay "ídolos". Pero es bueno escuchar a qué patriotas
nombran los presidentes en sus discursos. O si no los nombran: en ambos
casos hay un mensaje bien interesante.
- Contame de los valores fundantes de Mayo de 1810...
- ¡Ah¡ Aquella (con emoción) fue la época de la utopía, palabra que hoy
parece antigua. Fue cuando se construyó la Nación: la empresa mayor de la
mentalidad humana que pensaba a los demás, incluidos en un gran ideal. A
aquellos hombres(muy conmovido) yo... los amo.
- Te sentís humano sólo con ideales: única forma de vivir aunque ahora digan
lo contrario...
- Sí (con pasión) no puedo vivir si no armo epopeyas o las invento en mis
novelas. Y creo (humilde, y convencido) que los ideales, son la única prueba
de que estamos vivos.
- Parecés El Flaco...
- (Ríe, potente) No, no (con amor hacia el personaje)... El Flaco es el que
mete el dedo en el ventilador, llora porque se lastimó y vuelve a meterlo.
Es un paradigma de lo ingenuo y de lo bueno. Como las Madres de Plaza de
Mayo: ellas son un símbolo universal. Y siguen en lo suyo. Pero si no, nadie
convoca salvo los pastores que dicen que Cristo va a bajar. Pero eso es
ficción. Lo que no es ficción es que Jesús existió, que sostuvo una causa
noble, que dijo basta a los ladrones, que estuvo con los pobres y que
terminó mal. Entonces hablamos siempre de lo mismo: pasamos de Gardel a
Belgrano y a Jesucristo...¡y ya está¡
-¿"Está" o un día habrá lugar para la esperanza?
- Sí, habrá porque la esperanza consiste en sentir la democracia como un
lugar de espera para convivir todos y crear reglas de juegos que nos den un
mundo mejor.
- Un mundo que las personas, los ciudadanos debemos construir. Con bondad,
con sentido fraterno de la vida y con una exigencia sin concesión alguna al
Poder para que trabaje por una vida humana para todos. ¿Tenés certeza de que
eso ocurrirá?
- (Sonríe, sencillo) Mirá, vos misma dijiste que yo ando rastreando a los
padres, así que...déjeme en eso....¡no me pida certezas futuras!
- ¿Acaso los paisajes desérticos -con su potencia y su inmensidad- que están
en tus libros no son una certeza?
- (Muy reflexivo) No lo había pensado as, pero ...es verdad. En esos
caminos, uno ve todo en primer plano: los coches, el horizonte y el Universo
mismo. Y ahí es difícil esconderse y entonces se hace más fácil la confesión
con uno mismo o el encuentro con el despuntar de alguna certeza.
- ¿Tu certeza hoy se llama Manuel?
- Mi hijo Manuel es una esperanza. Pero también es mi último gol.
cristinacastello@fibertel.com.ar
http://www.cristinacastello.com/ (en construcción)
Estos apuntes completan el retrato de Osvaldo Soriano.
I.- RADIOGRAFÍA
* Hace poco firmó un contrato por 500.000 dólares, con el grupo editorial
Tesis Norma. Por esta cifra inusual se compraron sus derechos de autor.
* Tiene un millón de ejemplares vendidos en todo el mundo.
* Sus obras fueron traducidas a quince lenguas.
* Entre otros premios, recibió en 1994 -en el Festival de Cine Courmoyeur-
el "Raymond Chandler Award", que antes había ganado el escritor Graham
Greene.
* La revista "Análisis" de Santiago de Chile, le otorgó el premio Carrasco
Tapia por su defensa de los derechos humanos.
* En Argentina lo distinguieron las fundaciones Konex y Quinquela Martín.
* Publicó once libros, desde 1973 en adelante. Entre ellos: "Triste,
solitario y final"(a partir de su recreación la historia de El Gordo y el
Flaco), "Cuarteles de invierno", "Una sombra ya pronto serás", y "Cuentos de
los años felices" y "El ojo de la patria"
* Algunas de sus novelas, son libros de textos en algunos colegios
secundarios.
* Tres de sus libros, fueron llevados al cine.
* Ganó el Oso de Plata en el Festival de Berlín '84, con "No habrá más penas
ni olvido", que dirigió Héctor Olivera, y protagonizaron Federico Luppi,
Miguel Ángel Solá, Ulises Dumont, Héctor Bidonde, Lautaro Murúa y Rodolfo
Ranni.
* Las otras son: "Cuarteles de invierno", con dos versiones:, una argentina
y otra italiana. Y "Una sombra ya pronto serás", que tuvo como director a
Héctor Olivera, y como protagonistas a Miguel Ángel Solá, Pepe Soriano,
Alicia Bruzzo y Luis Brandoni.
* Alberto Olmedo quiso producir "A sus plantas rendido un León", y Soriano
se sintió feliz: lo admiraba. Pero no pudo ser: Olmedo murió y -según el
escritor- "con él desapareció una forma de hacer comicidad".
*Su último libro, de publicación reciente, es "La hora sin sombra" (novela).
(Cristina Castello)
II.- Documento de identidad de Soriano
- Vive en Palermo Viejo (Buenos Aires, Argentina) pero hasta hace poco, su
lugar fue La Boca. Pero no son los únicos domicilios que tuvo.
- Nació en Mar del Plata el día de Reyes del '43 -hijo de José Vicente
Soriano, catalán que llegó a la Argentina a los dos meses de vida- y de Doña
Eugenia, tandilense.
- El padre era inspector de Obras Sanitarias.
- De sus años adolescentes, se recuerda a sí mismo a bordo de su motoneta
"Tehuelche", donde llevaba una foto de San Lorenzo.
- Y tiene muy presente la imagen de su padre, piloteando un viejo "Gordini".
- A sus tres años su familia se instaló en Tandil y después en San Luis,
hasta sus diez. El próximo destino fue Río Cuarto (Córdoba), por un año y
después otra vez Tandil, Cipolletti, Tandil y Buenos Aires.
- En el 69 se instaló en Buenos Aires, en una pensión de Avenida de Mayo.
- En l976, por decisión propia -ante el golpe de estado- se fue a vivir a
Bélgica y después, a París: limpiaba oficinas o iglesias.
- Volvió a Buenos Aires en 1984 pero alterna con tiempos de residencia en
Mar del Plata.
- Nunca terminó el secundario.
- Se ganó sus primeros pesos como número 9 en la Liga del Alto Valle.
Todavía extraña sus tiempos de jugador.
- Después envolvió manzanas en La Patagonia, en un frigorífico y en una
metalúrgica, como sereno: simultáneamente escribía sus primeros cuentos.
- Empezó a hacer periodismo en "El eco de Tandil".
- Después, lo ejerció en "Primera Plana", "Panorama", "La Opinión" y "El
Cronista". Es co-fundador del diario "Página 12", donde actualmente es
columnista.
* Es el corresponal argentino de "Il Manifesto", de Italia.
* Está casado con la francesa Catherine Brucher, con quien tiene un hijo:
Manuel, de cinco años, inseparable de su gato "Pirulín".
- Se viste de sport y no sale nunca de su cueva, donde tiene un romance
pasional con la computadora. Dice que podría vivir preso, si tuviera esos
"chiches" y recibiera visitas.
- Se considera uno de los últimos Mohicanos de la época de la intensidad
pero reflexiona que los intensos se metieron en muchos líos.
- La noche es su cómplice. Escribe hasta las ocho de la mañana y duerme
hasta las cuatro de la tarde.
- La luz del día en los amaneceres de noches de vigilia lo pone francamente
mal.
- Actualmente no toma nada de alcohol pero -aunque más delgado- conserva el
gusto por la buena comida.
- Detesta la publicidad -"machista" que exhibe cuerpos femeninos como
mercadería: "no sé si acá es una ventaja para las chicas, el hecho de ser
lindas", dice.
- Abomina de la discriminación y sostiene que los argentinos la ejercitamos:
"con los vecinos de los países limítrofes, a quienes tratamos como animales,
y aún en la impericia de las investigaciones sobre el horror de la Amia".
- Recuerda -como si fuera de hoy- la voz "dramática y quebrada de Evita" y
el "Cinco por uno no va a quedar ninguno", de Perón.
- Perón le mando camisetas de fútbol y una pelota de tiento cuando era
chico. También una carta manuscrita: el papá se la rompió en mil pedazos.
- Teme que Buenos Aires se convierta en un nombre para la correspondencia y
nada más.
- Su pasión por el fútbol lo desmereció ante círculos intelectuales, no
populares. El dice que ellos "son los que están lejos del cuerpo, como
fuente de esos placeres, que no tienen que ver con la razón." (Cristina
Castello).
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Relatos de Osvaldo Soriano
José María Gatica: Un odio que no conviene olvidar (1974)
A Julio Cortázar
[Poco después del "rodrigazo", que nos dejó a todos en la miseria, Roberto Cossa me hizo entrar en El Cronista Comercial, donde volví a ser redactor de deportes. Esta semblanza de José María Gatica se publicó a fines de 1975.]
"No me dejés solo, hermano". Tirado en el pavimento, el cuerpo sacudido por los espasmos, Gatica se aferraba al pedazo de vida que se le iba. Lo rodeaba una multitud de extraños que lo habían visto caer bajo las ruedas de un colectivo, a la salida de la cancha de Independiente. Pocos ojos entre los que miraban esa piltafa cercana a la muerte habrán reconocido el cuerpo de José María Gatica, uno de los mayores ídolos que tuvo el boxeo argentino.
Tenía 38 años y parecía un viejo. Hasta ese día en que la borrachera no le dejó hacer pie en el estribo del ómnibus, había sobrevivido en una villa miseria como tantos otros; algún rasgo lo distinguía: la nariz aplastada, la sonrisa provocadora, un cierto desdén por el futuro. Era uno de esos hombres obligados a soñar con el pasado, porque el suyo estaba teñido de sangre y ovaciones.
El 7 de diciembre de 1945 subió por primera vez a un ring como semifondista profesional. Esa noche, su triunfo por nocaut en la primera vuelta frente a Leopoldo Mayorano no puso al público de pie, ni lo irritó. Comenzaba su carrera un hombre de rabia larga, de ambición fresca.
Había sufrido la violencia desde su nacimiento, en Villa Mercedes, San Luis, el 25 de Mayo de 1925. A los siete años llegó a Buenos Aires en un tren de carga, con su madre y un hermano mayor.
A los diez había ganado un lugar en Plaza Constitución, donde lustró miles de zapatos. De rodillas, miraba desde abajo la cara de la gente, pero hasta ese privilegio tuvo que defender a golpes frente a competidores tan desesperados como él. Un peluquero que vivía por allí lo vio pelear varias veces y quedó impresionado por su agresividad. Era Lázaro Koczi, un hombre relacionado con el boxeo profesional. Pronto le propuso cambiar de oficio.
The Sailor's Home era la casa de la misión inglesa para marineros. Estaba en Paseo Colón y San Juan, un barrio con tradición de compadritos. Allí paraban los hombres que habían perdido sus barcos en los extravíos de una borrachera, los desertores, los enfermos, los malandras sin cuchillo. Todo se resolvía a puñetazos. Un hombre de agallas podía ganarse allí veinte pesos si era capaz de vencer en tres rounds al marinero más fuerte.
Lázaro Koczi apareció una noche con Gatica, le mostró el ring y le habló de los veinte pesos. El lustrabotas subió. Se sabe que ganó varias peleas, que agachó a corpulentos marineros y luego dejó su parada de Constitución. Había ganado el derecho a más.
El 7 de diciembre de 1945
-ese año singular en la historia argentina- debutó en el Luna Park. Sus ojos verdes habrán visto la multitud con el brillo del desafío. Bastó un golpe para que Mayorano, su rival, fuera a la lona. En poco tiempo ganaba dos peleas más y los empresarios pusieron sus ojos en él. Al año siguiente ganó las siete peleas que hizo, una de ellas con Alfredo Prada, quien sería su más rival encarnizado.
Por entonces el público se había dividido: el ring-side abucheada a Gatica, quería verlo en el piso; la popular rugía alentando a ese morocho que miraba con odio a sus rivales y cuando los tenía a sus pies levantaba los brazos tan abiertos como para abrazar al mundo. Los apodos de la tribuna eran diversos, según de dónde provenían: Tigre, para la popular, Mono para el ring-side. A los periodistas le gustaba más Mono y así lo recuerdan aún.

Mientras duró su grandeza tuvo un rival irreconciliable sobre el ring: Alfredo Prada. Ya se habían enfrentado antes, cuando no suponían que la vida los iba a unir en el triunfo y el fracaso. Combatieron seis veces y ganó tres cada uno. La última pelea, en 1953, significó la derrota de Gatica y el comienzo de su patética decadencia. Los enfrentamientos entre Gatica y Prada dividieron al público como nunca; se estaba con Gatica o contra él. Prada era campeón argentino, una satisfacción que el Mono nunca alcanzó. Cuando el pleito terminó, las carreras de ambos llegaraban al ocaso. Prada dejó el boxeo con algún dinero en el banco. Afrontó la vida como un ciudadano recompensado. El Mono volvió a su origen, como si toda su pelea con la vida hubiera sido una parábola restallante, una explosión de luces que lo iluminaron hasta, de pronto, dejarlo nuevamente en la oscuridad.
Volvió a una villa miseria. Vivió de la caridad junto a su segunda mujer y dos hijas. Fue una fiesta para los periodistas encontrarlo sentado a la puerta de su casilla de latas, tomando mate, sucio y harapiento.
Entonces Prada tuvo un gesto que los diarios elogiaron: abrió un restaurante en calle Paraná y llevó al Mono con él. Le pagó quince mil pesos por mes y lo puso en la puerta del negocio para exhibirlo. El gesto compasivo de Prada era otra humillación que Gatica soportó porque no podía sino aceptar su derrota.
Había vivido como un esclavo y pocos le perdonaron su grotesca revancha: como un Robin Hood de barrio, iba con los suyos
-los lustradores- y les destrozaba los cajones a patadas a cambio de billetes de mil. Pagaba con una fragata los diarios que quitaba a las viejas que rodeaban el Luna Park. Unos pocos lo miraban con respeto, otros ser reían de él.
Desde que Alfredo Prada lo venció en 1953, en la última pelea, no dejó de caer. Siguió tres años más, pero estaba acabado como boxeador. Como hombre le faltaba recorrer la pendiente más dura: el desprecio, el odio, el revanchismo de las buenas conciencias.
Era, para ellas, un analfabeto despreciable, un "lumpen". Perdió todo lo que tenía pero jamás se lamentó. Fue noticia para los diarios el día que una inundación se llevó lo poco que le quedaba. Entonces, fue fotografiado en camiseta, lleno de mugre y mereció crónicas colmadas de aleccionadora compasión. Curiosamente, el Mono sonreía.
Adhirió fervorosamente al peronismo y, curiosamente, su esplendor y caída desplegó la misma parábola en el almanaque: levantó su brazos en 1945 y lo bajó, vencidos, en 1956. Había sido el preferido de Perón mientras brillaba. Aficionado al boxeo, el Presidente apoyó el viaje de Gatica a Estados Unidos para buscar una pelea con el campeón de los livianos. En cuatro rounds venció a Terence Young y esta victoria le abrió las puertas a la pelea con Ike Williams, dueño de la corona mundial, en 1951. Medio país estuvo pendiente de la suerte del Mono que iba a batirse en el Madison Square Garden de Nueva York. Subió a la lona sobrador, fanfarrón. Cuando empezó el combate bajó las manos y puso la cara, como lo haría luego Nicolino Locche. Pero Gatica no sabía de esas sutilezas. Bastaron tres golpes de Williams y a los tres minutos de pelea el Mono se derrumbó. Desde entonces perdió los favores oficiales y dejó de ser el hombre que se fotografiaba junto a Perón. Entre 1952 y 1953 ganó trece combates luego de ser vencido por Luis Federico Thompson, pero la última derrota ante Prada lo puso en la pendiente definitiva; caualmente, esa derrota sucedió un 16 de setiembre, dos años antes del día que estalló el pronunciamiento militar contra el peronismo.
No sólo Prada usó al Mono para exaltar la beneficencia. Martín Karadagián, un empresario del espectáculo que había montado una troupe de luchadores, lo llevó a parodiar una final. También allí tenía que perder. En "sensacional encuentro" Karadagián, dueño del poder, benefactor de hospitales, lo sometió por unos pocos pesos.
La última derrota ocurrió el 10 de noviembre de 1963, bajo las ruedas de aquel colectivo. Había terminado su vida en una parábola perfecta de humillación; "una bala perdida", como solía decir él.
No tuvo amigos. Apenas dos o tres compañeros de aventuras en los momentos en que regalaba su pequeña fortuna. Contestaba con monosílabos, recuerdan algunos, para escapar de los adulones y los ambiciosos; otros dicen que no hablaba para ocultar su escasa educación. Tirado en la calle Herrera, de Avellaneda, manchado de sangre, con los ojos abiertos puestos en otro vendedor de muñecos, repitió: "No me dejés solo, hermano; levantáme, no quiero estar tirado".
Cuando murió, La Prensa dijo: "La popularidad que adquirió Gatica por sus éxitos y por su característico estilo de infatigable peleador, fue utilizada por el régimen de la dicatdura, que lo adoptó como en el caso de otros campeones deportivos como instrumento de propaganda. Y esta publicidad extradeportiva y el aplauso obsecuente de personajes encumbrados no fueron ajenos por cierto a que él cayera en actos de inconducta dentro y fuera del ring". Fué un recuerdo político, cargado de desprecio. Al comentarista, como a tantos otros hombres de traje gris, le hubiera gustado ver a Gatica domado. Pero no; aún muerto sería molesto: nunca llegó tanta gente a la Federación Argentina de Box como para su velatorio. Hombres y mujeres hicieron una colecta y compraron una corona que decía: "El pueblo a su ídolo". El féretro tardó siete horas en llegar al cementerio de Avellaneda. Cuando la última palada de tierra cubrió el modesto cajón, los cronistas anotaron esta frase de Jesús Gatica: "La única miseria qe vivió mi hermano fue consecuencia de su desesperado afán de querer vivir la vida".
Se cumplen tres décadas de la que fue, quizá, su primera alegría, cuando tenía veinte años. Gatica es, todavía, un símbolo contradictorio, arbitrario; la vida le fue quitada poco a poco, con un odio que conviene no olvidar.
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La California Argentina
Ahí va Hipólito Bouchard, viento en popa y cañones limpios, a arrasar la California donde no están todavía el Hollywood del cine ni el Sillicon Valley de las computadoras. Lleva como excusa la flamante bandera argentina que ha hecho reconocer en Kameha-Meha, aunque los oficiales de su estado mayor se llamen Cornet, Oliver, John van Burgen, Greyssa, Harris, Borgues, Douglas, Shipre y Miller.
El comandante de la infantería, José María Piris, y el aspirante Tomás Espora son de los pocos criollos a bordo. Entre los marineros de la Argentina" y la "Chacabuco" van decenas de maleantes recogidos en los puertos del Asia, 30 hawaianos comprados al rey de Sandwich, casi un centenar de gauchos mareados y diez gatos embarcados en Karakakowa para combatir las ratas y pestes.
Al terrible Bouchard, como a todos los marinos, lo preocupa la indisciplina: sabe que algunos de los desertores que habían sublevado la Chacabuco" en Valparaíso se han refugiado en la isla de Atoy y quiere darles un escarmiento. Manda a José María Piris que se adelante a bordo de una fragata de los Estados Unidos e intime al rey que protege a los rebeldes.
Antes de partir, los piratas norteamericanos, que roban cañones y los revenden, dan una fiesta a la oficialidad de las Provincias Unidas: corre el alcohol, se desatan las lenguas y un irlandés con pata de palo comenta, orgulloso, la intención argentina de bombardear la California. El capitán de los piratas anota: en la bodega lleva doce cañones recién robados, y se adelanta con la noticia a Monterrey -la capital de California-, podrávenderlos a cinco veces su precio. El rey de Atoy no sabe donde quedan las Provincias Unidas, nunca oyó hablar de la nacionalidad argentina y teme una represalia española. Piris lo amenaza con la cólera del infierno, y el rey, por las dudas, hace capturar a los sublevados entre los que se encuentra el cabecilla. El comandante duerme en la playa y cuando divisa los barcos de Bouchard se hace conducir el bote para dar la buena nueva.
El francés desconfía: en la entrevista con el rey comunica la sentencia de muerte para los asilados en Atoy y trata, como en Karakakowa, de hacer reconocer la soberanía argentina. El rey se insolenta y dice, muy orondo, que los prisioneros se le han escapado.
"Comprometidos así la justicia y el honor del pabellón que tremolaba en mi buque, fue necesario apelar a la fuerza", cuenta Bouchard en sus Memorias. En realidad, basta con amagar. El rey manda un emisario a parlamentar a la "Argentina" y lleva a los prisioneros a la playa. Bouchard baja, arrogante y triunfal, les lee la sentencia y ahí nomás fusila a un tal Griffiths, cabecilla del amotinamiento. A los otros los conduce al barco y les hace dar "doce docenas de azotes". El 22 de diciembre de 1818 llega a las costas de Monterrey sin saber que los norteamericanos han armado la fortaleza a precio vil. Bouchard traza su plan: pone 200 hombres de refuerzo en la corbeta "Chacabuco", les hace enarbolar una engañosa bandera de los Estados Unidos y la manda al frente a las ordenes de William (o Guillermo) Shipre. Ya nadie recuerda la letra del Himno Nacional y Shipre hace cantar cualquier cosaantes de ir al ataque. Están calentándose los pechos cuando advierten que cesa el viento y la "Chacabuco" queda a la deriva. Desde el fuerte le tiran diecisiete cañonazos y no fallan ninguno. La "Chacabuco" empieza a naufragar en medio del desbande y los gritos de los heridos. Shipre se rinde enseguida. "A los diecisiete tiros de la fortaleza tuve el dolor de ver arriar la bandera de la patria".
Todo es desolación y sangre en la "Chacabuco" pero Bouchard no quiere pasar vergüenza en Buenos Aires. Las Provincias Unidas de la Revolución han autorizado a más de sesenta buques corsarios para que recorran las aguas con pabellón celeste y blanco y las presas capturadas son más de cuatrocientas. De pronto, la joven nación esta asolando los mares y las potencias empiezan a alarmarse. Todavía hoy la Constitución argentina autoriza al Congreso a otorgar patentes de corso y establecer reglamento para las presas (art. 67, inc. 22).
Los pobres españoles de California no tenían un solo navío para su defensa. Bouchard ordena trasladar a los sobrevivientes de la "Chacabuco" a la "Argentina" pero abandona a los mutilados y heridos para que con sus gritos de espanto distraigan a los españoles. Al amanecer del 24, mientras en Monterrey se festeja la victoria, Bouchard comanda el desembarco con doscientos hombres armados con fusiles y picas de abordaje. Lo acompañan oficiales que no saben para quién pelean pero esperan repartirse un botín considerable. A las ocho de la mañana, después de un tiroteo, la tropa española abandona el fuerte y retrocede hacia las poblaciones. A las diez, Bouchard captura veinte piezas de artillería y con mucha pompa hace que los gauchos y los mercenarios formen en el patio mientras hace izar la bandera. Sin embargo el capitán no esta contento. Quiere que en el mundo se sepa de él, que le paguen la afrenta de la "Chacabuco". Arenga a la tropa enardecida y la lanza sobre la población aterrorizada. Los marinos de Sandwich son implacables con la lanza y la pistola; otros tiran con fusiles y los gauchos manejan el cuchillo y el fuego a discreción. Dicen los historiadores de la Marina que Bouchard respeta a la población de origen americano y es feroz con la española. Difícil es saber cómo hizo la diferencia en el vértigo del asalto. La fortaleza es arrasada hasta los cimientos. También el cuartel y el presidio. Las casas son incendiadas y la Nochebuena de 1818 es un vasto y horroroso infierno de llamas y lamentos. Después del pillaje, Bouchard manda guardar dos piezas de artillería de bronce para presentar en Buenos Aires con las barras de plata que encuentra en un granero.
Durante seis díaz, sobre los escombros y los cadáveres, flamea la bandera argentina. Los prisioneros liberados de la cárcel ayudan a reparar la Chacabuco" mientras los soldados arman juerga sobre juerga con las aterradas viudas de España, episodios que las historias oficiales eluden con pudor.
Tanto escándalo arman Bouchard y los suyos en el norte que el Departamento de Estado norteamericano -cuenta el historiador Harold Peterson- "dio instrucciones a sus agentes para que protestaran vigorosamente contra los excesos cometidos con barcos que navegaban bajo la bandera y con comisiones de Buenos Aires". Sin embargo, recién en 1821, con Rivadavia como ministro de guerra, los Estados Unidos obtendrían un decreto de revocación de las patentes de loscorsarios: "En su forma literal -dice Peterson-, este decreto representaba una entrega total a la posición por la cual Estados Unidos había luchado durante cinco años".
Para entonces, Bouchard ya había quemado toda California. Después de destruir Monterrey arrasa con la misión de San Juan, con Santa Bárbara y otras poblaciones que quedan en llamas. El 25 de enero de 1819 bloquea el puerto de San Blas y ataca Acapulco de México. En Guatemala destruye Sonsonate y toma un bergantín español. En Nicaragua, por fin, se echa sobre Realejo, el principal puerto español en los mares de Sur, y se queda con cuatro buques españoles cargados con añil y cacao y 27 prisioneros. Esa fue su última hazaña. Al llegar a Valparaíso, maltrecho por el ataque de otro pirata, Bouchard reclama la gloria pero lo espera la cárcel. Lord Cochrane, corsario al servicio de Chile, lo acusa de piratería, insubordinación y crueldad con los prisioneros capturados. Bouchard argumenta: "Soy un teniente coronel del Ejército de los Andes, un vecino arraigado en la Capital, un corsario que de mi libre voluntad he entrado a los puertos de Chile con el preciso designio de auxiliar a sus expediciones". Sobre las torturas ordenadas, se defiende así: "Que se pregunte por el trato que recibieron los tripulantes chilenos del corsario chileno Maipú u otro de Buenos Aires que, luego de apresado, entró a Cádiz con la gente colgada de los penoles".
Pasa apenas cinco meses en prisión. Al salir pone sus barcos a las ordenes de San Martín y le lleva granaderos a Lima. Ya en decadencia, reblandecido por dos hijas a las que apenas había conocido, se pone a las ordenes de Perú y en 1831 se retira a una hacienda. En 1843, un mulato harto de malos tratos lo degüella de un navajazo. Es una muerte en condicional: los apólogos de la Marina, que le justifican torturas y tropelías, no consignan ese indigno final.
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Mecánicos
Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día. indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad creemos que el mundo solo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén.
Antes de que me fuera al servicio militar me preguntó que haría al regresar. Ni él ni yo servíamos para tener un buen empleo y le preocupaba que la plata que yo traía viniera del fútbol, que consideraba vulgar. A mi padre le gustaba la ópera aunque creo que nunca conoció el Teatro Colón. Venía de una lejana juventud antifascista que en 1930 le había tirado piedras a los esbirros del dictador Uriburu, y conservaba un costado romántico. Cuando le dije que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para pasarla mejor. Siempre se equivocaba: fue como centro-delantero que evité las humillaciones en el regimiento. Cualquiera arregla un motor pero poca gente sabe acercarse al arco. La ambición de mi padre era que yo conociera bien los motores viejos para después inventar otros nuevos. Igual que Roberto Arlt, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos. Una tarde en que me prestó el Gordini para ir al bosque me anunció que al día siguiente, aprovechando sus vacaciones, lo íbamos a desarmar por completo para poder armarlo de nuevo.
Yo no le hice caso pero el se tomó el asunto en serio. En el fondo de la casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas, los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado. Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros y relojes, que nadie sabía para que servían.
A la madrugada dejé el coche en el garaje y me tire en la cama dispuesto a dormir todo el día. Pero a las seis mi viejo ya estaba de pie y vino a golpear a la puerta de mi pieza. Mi madre no me permitía fumar y el entrenador tampoco, así que cuando me ofrecía el paquete yo sonreía y lo seguía por el pasillo poniéndome los pantalones. Caminaba delante de mí, medio maltrecho, y lo sorprendía que yo pudiera saltar un metro para peinar la pelota que bajaba del techo y meterla por la claraboya del taller.
-Sos un cabeza hueca-me decía.
Se reía con Buster Keaton y leía La Prensa, que le prestaba un vecino. Tal vez había envejecido antes de tiempo o quizá se enamoró de una mujer intocable en uno de esos pueblos perdidos por donde nos había arrastrado. Nunca lo sabré. Mi madre ha perdido la memoria y apenas si recuerda el día en que lo conoció, ya de grande, en las barrancas de Mar del Plata.
Me miró y dijo: "Vamos a desarmar el coche. Después, cuando lo volvamos a armar, no nos tiene que sobrar ni una arandela, así aprendés". Era un día feriado, sin fútbol ni cine. Hacía un calor terrible y a mediodía el cura del barrio se presentó a comer gratis y a ver televisión. Pero antes de que llegara el cura mi padre me pidió que eligiera por donde empezar. Parecía un cirujano en calzoncillos. Sudaba a mares por la piel de un blanco lechoso que yo detestaba. Al agacharse para aflojar las ruedas del Gordini se le abría el calzoncillo y las bolsas rugosas bajaban hasta el suelo grasiento. Puso tacos de madera bajo los ejes y empezo a sacar tornillos y tuercas, bujes y rulemanes, grampas y resortes. A mí me daba bronca porque creía que nunca más iba a poder llevar a mi novia al otro lado del río y entre los árboles.
Igual ataqué el motor con una caja de llaves inglesas, francesas y suecas. A mediodía, cuando el cura asomó la cabeza en el taller, ya teníamos medio coche desarmado. Los dos estábamos negros de aceite y habíamos perdido por completo el control de la operación. Mi padre había desmontado todo el tren delantero, la tapa del baúl, el parabrisas, y asomaba la cabeza por abajo del tablero de instrumentos. Atrás, yo había sacado válvulas y culatas y trataba de arrancar el maldito cigueñal. De vez en cuando mi viejo gritaba "jCarajo, qué mal trabajan los franceses!" y arrojaba el velocímetro sobre la mesa mientras arrancaba con furia el cable del cebador. El cura nos miraba perplejo con un vaso de vino en una mano y la botella en la otra y de pronto le preguntó a mi padre cuántas cuotas llevaba pagadas. Ahí se hizo un silencio y el otro casi se pierde los tallarines gratis:
-Doce- le contestó de mal humor mi viejo, que era devoto de cristos y apóstoles . Y con la ayuda de Dios todavía tengo que pagar otras veinticuatro.
Tardamos tres días para convertir al Gordini en miles y miles de piezas diminutas y tontas desparramadas sobre la mesada y el piso. La carcasa era tan liviana que la sacamos al patio para lavarla con la manguera. La segunda tarde mi madre nos desconoció de tan sucios que estábamos y nos prohibió entrar a la casa. Dormíamos en el garaje, sobre unas bolsas, y allí nos traía de comer. Vivíamos en trance, convencidos de que un técnico diplomado en el Otto Krause y un futuro conscripto de la Patria no podían dejarse derrotar por las astucias de un ingeniero francés. Fue entonces cuando mi padre decidió comprimir el motor y aligerar la dirección para que el coche cumpliera una performance digna de su genio.
Hizo un diseño en la pared y me preguntó, desafiante, si todavía pensaba que el fútbol era mas atrayente que la mecánica. Yo no me acordaba cual pieza concordaba con otra ni qué gancho entraba en qué agujero y una noche mi padre salió a buscar al cura para que con un responso lo ayudara a rehacer el embrague. Al fin, una mañana de fines de febrero el coche quedó de nuevo en pie, erguido y lustroso, más limpio que el día en que salió de la fábrica. Lo único que faltaba era la radio que el cura nos había robado en el momento del recogimiento y la oración.
Le pusimos aceite nuevo, agua fresca, grasa de aviación y un bidón de nafta de noventa octanos. Hacía tiempo que mi padre había perdido los calzoncillos y se cubría las verguenzas con los restos de un mantel. Mi novia me había abandonado por los rumores que corrían en la cuadra y mi madre tuvo que lavarnos a los dos con una estopa embebida en querosene. En el suelo brillaba, redonda y solitaria, una inquietante arandela de bronce, pero igual el coche arrancó al primer impulso de llave. Mi padre estaba convencido de haberme dado una lección para toda la vida.
Adujo que la arandela se había caído de una caja de herramientas y la pateo con desdén mientras se paseaba alrededor del Gordini, orgulloso como una gallo de riña. Después me guiñó un ojo, subió al coche y arrancó hacia la ruta. A la noche lo encontré en el hospital de Cañuelas, con un hombro enyesado y moretones por todas partes.
-Andá-me dijo-. Presentate al regimiento como mecánico, que te salvas de los bailes y las guardias.
Ese año hice mas de veinte goles sin tirar un solo penal. Por las noches leía a Italo Calvino mientras escribía los primeros cuentos. Mi viejo sabía aceptar sus errores y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado La luz mala, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para el su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón.
[Publicado originalmente en el diario Página/12, éste cuento forma parte de
"Cuentos de los años felices". ©1993 Editorial Sudamericana]
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Sin paraguas ni escarapelas
El 24 de mayo por la noche, el coronel Saavedra y el doctor Castelli atraviesan la Plaza de la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares. Van a jugarse el destino de medio continente después de tres siglos de dominación española. Uno quiere la independencia, el otro la revolución, pero ninguna de las dos palabras será pronunciada esa noche. Luego de seis días de negociación van a exigir la renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra, jefe del regimiento de Patricios, ha sido cauto: "Dejen que las brevas maduren y luego las comeremos", aconsejaba a los más exaltados jacobinos.
Desde el 18, Belgrano y Castelli, que son primos y a veces aman a las mismas mujeres, exigen la salida del virrey, pero no hay caso: Cisneros se inclina, cuanto más, a presidir una junta en la que haya representantes del rey Fernando Vll, preso de Napoleón, y algunos americanos que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan armados y Domingo French, teniente coronel del estrepitoso regimiento de la Estrella, está por sublevarse.
Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: "Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora", les dice a los jacobinos reunidos en casa de Rodríguez Peña. De allí en más los acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que no hubo paraguas ni amables ciudadanos que repartieran escarapelas.
El orden de los hechos es confuso y contradictorio según a qué memorialista se consulte. Todos, por supuesto, salvo el pudoroso Belgrano, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el 24 todo Buenos Aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo. "Un inmenso pueblo", recuerda Saavedra en sus memorias, y deben haber sido más de cuatro mil almas si se tiene en cuenta que más tarde, para el golpe del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus amigos han reunido esa cifra en la Plaza y sólo la califica de "crecido pueblo".
La gente anda con el cuchillo al cinto, cargando trabucos, mientras Domingo French y Antonio Beruti aumentan la presión con campanas y trompetas que llaman a los vecinos de las orillas. Esa noche nadie duerme y cuando los dos hombres llegan al Cabildo, empapados, los regidores y el obispo los reciben con aires de desdén. Enseguida hay un altercado entre Castelli y el cura. "A mí no me han llamado a este lugar para sostener disputas sino para que oiga y manifieste libremente mi opinión y lo he hecho en los términos que se ha oído", dice monseñor, que se opone a la formación de una junta americana mientras quede un solo español en Buenos Aires. A Castelli se le sube la sangre a la cabeza y se insolenta: "Tómelo como quiera", se dice que le contesta. Cuatro días antes ha ido con el coronel Martín Rodríguez a entrevistarse con Cisneros que era sordo como una tapia. " ¡No sea atrevido! " le dice Cisneros al verlo gritar, y Castelli responde orondo: "¡Y usted no se caliente que la cosa ya no tiene remedio!"
Al ver que Castelli llega con las armas de Saavedra, los burócratas del Cabildo comprenden que deben destituir a Cisneros, pero dudan de su propio poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel Belgrano esperan afuera, recorriendo pasillos, escuchando las campanadas y los gritos de la gente. Saavedra sale y les pide paciencia. El coronel es alto, flaco, parco y medido. El rubio Belgrano, como su primo, es amable pero se exalta con facilidad. Paso es hombre de callar pero luego tendrá un gesto de valentía. Entrada la noche, cuando French y Beruti han agitado toda la aldea y repartido algunos sablazos a los disconformes, Belgrano y Saavedra abren las puertas de la sala capitular para que entren los gritos de la multitud. No hay más nada que decir: Cisneros se va o lo cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel cruzan la Plaza y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último intento del español por formar una junta que lo incluya, pero Castelli, que tiene 43 años y está enfermo de cáncer, se opone. Los "duros" juegan a todo o nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el coronel ya acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en George Washington mientras Castelli se imagina en la comuna francesa. Su Robespierre es un joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace en lo de Nicolás Peña.
Entre tanto French, que teme una provocación, impide el paso a la gente sospechosa de simpatías realistas. Sus oficiales controlan los accesos a la Plaza y a veces quieren mandar más que los de Saavedra. Por el momento la discordia es sólo antipatía y los caballos se topan exaltados o provocadores. Al amanecer, Beruti, por orden de French, derriba la puerta de una tienda de la recova y se lleva el paño para hacer cintas que distingan a los leales de los otros. Alguien toma nota y nace la leyenda de la escarapela en el pecho.
Al amanecer, para guardar las formas, el Cabildo considera la renuncia de Cisneros, pero la nueva Junta de gobierno ya está formada. Escribe el catalán Domingo Matheu: "Saavedra y Azcuénaga son la reserva reflexiva de las ideas y las instituciones que se habían formado para marchar con pulso en las transformaciones de la autognosia (sic) popular; Belgrano, Castelli y Paso eran monarquistas, pero querían otro gobierno que el español; Larrea no dejaba de ser comerciante y difería en que no se desprendía en todo evento de su origen (español); demócratas: Alberti, Matheu y Moreno. Los de labor incesante y práctica eran Castelli y Matheu, aquél impulsando y marchando a todas partes y el último preparando y acopiando a toda costa vituallas y elementos bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el consejo sereno y abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin contemplación a cosas viejas ni consideración a máscaras de hierro; de aquí arranca la antipatía originaria en la marcha de la Junta entre Saavedra y él." Matheu exagera su importancia. Todos esos hombres han sido carlotistas y, salvo Saavedra, son amigos o defensores de los ingleses que en el momento aparecen a sus ojos como aliados contra España.
El delirio y la compasión
La mañana del 25, cuando muchos se han ido a dormir y otros llegan a ver "de qué se trata", el abogado Juan José Castelli sale al balcón del Cabildo y, con el énfasis de un Saint Just, anuncia la hora de la libertad. La historiografía oficial no le hará un buen lugar en el rincón de los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que arroja los dados de la Historia.
Aquellas jornadas debían ser un simple golpe de mano, pero la fuerza de esos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente. Dice Saavedra: "Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del interior mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos, (...) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra (...) En el mismo Buenos Aires no faltaron (quienes) miraron con tedio nuestra empresa: unos la creían inverificable por el poder de los españoles; otros la graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros en fin, y eran los más piadosos, nos miraban con compasión no dudando que en breves días seríamos víctimas del poder y furor español".
La audacia desata un mecanismo inmanejable. Saavedra es un patriota, no un revolucionario, pero no puede oponerse a la dinámica que se desata en esos días El secretario Moreno, un asceta de la revolución, dirige sus actos y sus órdenes a forzar esa dinámica para destrozar el antiguo sistema. Habla latín, inglés y francés con facilidad; ha leido y hace publicar a Rousseau, conoce bien la Revolución Francesa y es posible que desde el comienzo se haya mimetizado con el fantasma de un Robespierre que no acabará en la tragedia de Termidor. El ateo Castelli está a su izquierda, como French y el joven Monteagudo que maneja el club de los "chisperos". Todos ellos celebran en los templos del Norte el culto de La mort est un sommeil éternel, que Fouché y la ultraizquierda francesa usaron como bandera desde 1792. Belgrano, que es muy creyente, no vacila en proponer un borrador con apuntes sobre economía para el Plan terrorista que en agosto redactará Moreno.
En la primera junta gana la gauche (la acepción de "izquierda" se pronuncia, todavía, en francés): Moreno, Castelli y Belgrano son un bloque sólido con una política propia a la que por conveniencia se pliegan Matheu, Paso y el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan las ventajas que puedan sacar y simpatizan con el presidente Saavedra que a su vez los desprecia por oportunistas. Las discordias empiezan muy pronto, con las primeras resoluciones. Castelli parte a Córdoba y el Alto Perú como comisario politico de Moreno, que no confiaba en los militares formados en la Reconquista. Es él quien cumple las "instrucciones" y ejecuta a Liniers primero y al temible mariscal Vicente Nieto más tarde.
Belgrano, el otro brazo armado de los jacobinos, va a tomar el Paraguay; no hay en él la cólera terrible de su primo, sino una piedad cristiana y otoñal que lo engrandece: en el Norte captura a un ejército entero y lo deja partir bajo juramento de no volver a tomar las armas. Manda a sus gauchos desharrapados con un rigor insostenible y no mata por escarmiento sino por extrema necesidad. Sufre sífilis, cirrosis y tiene várices, pero conserva la fe cristiana y el sentido del humor. Las victorias de Castelli en Suipacha y la suya en Tucumán afirman la posición de Moreno en la Junta, pero las catástrofes de fines de año aceleran su caída.
Frente a frente, uno de levita y otro de uniforme, Moreno de Chuquisaca y Saavedra de Potosí, se odian pero no se desprecian "Impío, malvado, maquiavélico", llama el coronel al secretario de la Junta; y cuando se refiere a uno de sus amigos, dice: "El alma de Monteagudo, tan negra como la madre que lo parió". El primer incidente ocurre cuando los jacobinos descubren que diez jefes municipales están complotados contra el nuevo poder. En una sesión de urgencia Moreno propone "arcabucearlos" sin más trámite, pero Saavedra le responde que no cuente para ello con sus armas. "Usaremos entonces las de French", replica un Moreno siempre enfermo, con el rostro picado de viruela, que acaba de cumplir 30 años. Al presidente lo escandaliza que ese mestizo use siempre la amenaza del coronel French, a quien hace espiar por sus "canarios", una especie de soplones manejados por el coronel Martín Rodríguez. Los conjurados salvan la vida con una multa de dos mil pesos fuertes, propuesta por el presidente. "¿Consiste la felicidad en adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres impunemente hagan lo que su capricho e interés les sugieren? ¿Consiste en atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, matarlo, acabarlo y exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y en decir con toda franqueza me cago en Dios y hago lo que quiero?", se pregunta Saavedra en carta a Viamonte que lo amenaza desde el Alto Perú.
Desde fines de agosto, Moreno ha hecho aprobar por unanimidad el Plan secreto de operaciones que recomienda el terror como método para destruir al enemigo emboscado. Ese texto feroz, por momentos descabellado, no se conoció hasta que a fines del siglo XIX. Eduardo Madero, el constructor del puerto, lo encontró en los archivos de Sevilla y se lo envió a Mitre. Para entonces, los premios y castigos de la historia oficial ya estaban otorgados y Moreno pasaba por un periodista y educador romántico influido por las mejores ideas de la Revolución Francesa. Pero es la aplicación de ese método sangriento lo que garantiza el triunfo de la Revolución. Hasta la llegada de San Martín la formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la conspiración de Alzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron en suplicio y los españoles descubrieron, entonces, que los patriotas estaban dispuestos a todo: "Nuestros asuntos van bien porque hay firmeza y si por desgracia hubiéramos aflojado estaríamos bajo tierra. Todo el Cabildo nos hacía más guerra que los tiranos mandones del virreinato", escribe Castelli antes de ser llevado a juicio.
El coronel manda parar
A principios de diciembre dos circunstancias banales sirven de pretexto a la ruptura entre Moreno y Saavedra que será nefasta para la Revolución. En la plaza de toros de Retiro el presidente hace colocar sillas adornadas con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve, Matheu hace un escándalo y argumenta que ningún vocal merece distinción especial. Pocos días más tarde, el 6, el regimiento de Patricios da una fiesta a la que asisten Saavedra y su mujer. En un momento un oficial levanta una corona de azúcar y la obsequia a la esposa que la entrega al Presidente, Moreno se entera y esa misma noche escribe un decreto de supresión de honores. Saavedra se humilla y lo firma, pero el rencor lo carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre, mientras los Patricios se agitan y reclaman revancha por la afrenta civil, el coronel llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la Junta. Moreno, que intuye su fin, no puede oponerse a esa propuesta "democratizadora". El único que tiene el valor de votar en contra es el tímido tesorero Juan José Paso.
Moreno renuncia y el 24 de enero de 1811 se embarca para Londres. "Me voy, pero la cola que dejo será larga", les dice a sus amigos que claman venganza. También pronuncia un mal augurio: "No sé qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje". En alta mar se enferma y nada podrá convencer a Castelli y Monteagudo de que no lo asesinaron. "Su último accidente fue precipitado por la administración de un emético que el capitán de la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento", cuenta su hermano Manuel, que agrega en la relación de los hechos el célebre "¡Viva mi patria aunque yo perezca!"
Saavedra ha liquidado a su adversario, pero la Revolución está en peligro. El español Francisco Javier Elío amenaza desde la Banda Oriental y no todos los miembros de la Junta son confiables. El 5 y 6 de abril el coronel Martín Rodríguez,con los alcaldes de los barrios, junta a los gauchos en Plaza Miserere y los lleva hasta el Cabildo para manifestar contra los morenistas. Saavedra, que jura no haber impulsado el golpe, aprovecha para sacarse de encima al mismo tiempo a jacobinos y comerciantes corruptos. Renuncian Larrea, Azcuénaga, Rodríguez Peña y Vieytes. Los peligrosos French, Beruti y Posadas son confinados en Patagones. Belgrano y Castelli pasan a juicio por desobediencia y van presos.
Pero Saavedra sólo dura cuatro meses al frente del gobierno. Ha acercado a Rivadavia al poder, pero el brillante abogado y los porteños se ensañan con éI y lo persiguen durante cuatro años por campos y aldeas; se ensañan también con Castelli, que muere deslenguado durante el juicio; con el propio San Martín que combate en Chile; con Belgrano que muere en la pobreza y el olvido gritando el plausible "¡ Ay patria mía! " Pese a todo, la idea de independencia queda en pie levantada por San Martín, que se ha llevado como asistente a Monteagudo, "el del alma más negra que la madre que lo parió". Los ramalazos de la discordia duran intactos medio siglo y se prolongan hasta hoy en los entresijos de una historia no resuelta.
Fuente: Página/3, revista aniversario de Página/12, junio 1990
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