|
| PARTE 1 | PARTE 2 | PARTE 3 |

LAS CARTAS:
LXIV - LXV -
LXVI - LXVII -
LVIII - LVIX -
LXX - LXXI -
LXXII -
NOTA DEL EDITOR
CARTA LXIV
El presidente de Blamont a Dolbourg
París, 29 de Marzo
Es preciso que te vea... ¿Lo creerías? esa Augustine... tiembla cuando ha
llegado el momento de actuar... Cualquiera diría que estamos exigiéndole cosas
extraordinarias... Yo creía que tenía presencia de ánimo... no la tiene... es
una imbécil... Qué cierto es que, cuando se trata de cosas importantes solamente
se puede confiar en personas importantes: ella pretende que yo vaya a
Vertfeuille... dice que actuaría en mi presencia, con más valor... ¡La muy
tonta! te das cuenta, como yo, de la necesidad de enderezar ese espíritu débil.
Es preciso que cene con ella en tu casita de las afueras, lo más tarde mañana
por la noche, ya que salen al día siguiente, y allí triunfaremos, espero, sobre
sus necios escrúpulos. En ocasiones he visto la necesidad de que el temperamento
encienda la estrecha cabeza de una mujer para que haga esta clase de cosas. Es
inaudito lo que se puede obtener de ellas en esos momentos de embriaguez. Su
alma, más próxima al estado de maldad para el que las ha creado la naturaleza,
acepta entonces con más facilidad todos los horrores que sea preciso
proponerles. Claro está que ni tú ni yo vamos a encargarnos de esa burda tarea:
nuestros principios sobre el placer, nuestra edad, nuestra manera de ser, en una
palabra, todo eso no concuerda con las desmedidas exigencias de una muchacha de
dieciocho años a la que hay que trastornar el seso... Pero tengo un ayuda de
cámara que es único en ese tipo de justas... actuará sobre lo físico sin
sospechar nada de nosotros... al recibirla ya encendida de sus manos,
trabajaremos con éxito su moral.
Nada hay peor que esta clase de oscilaciones. Y sin embargo hay que estar
preparado para ello cuando se emplea a mujeres en asuntos como el presente.
Tímidas por naturaleza, en ellas el ingenio es siempre el resultado de los
síncopes del corazón. Hace ya mucho tiempo que afirmo que las mujeres sólo son
buenas en la cama y ¡aun en eso!... en lo demás no se puede contar con ellas
para nada. Falsas o débiles, pérfidas o descuidadas si tenemos la desgracia de
encomendarles un proyecto... lo hacen abortar por desidia o lo traicionan por
maldad. Seguramente se refería a ellas Maquiavelo cuando dijo que, o bien había
que evitarlas como cómplices o bien era urgente deshacerse de ellas en cuanto
hubiesen actuado . Lamento mucho que no hayamos encargado este trabajo a ese
capellán sinvergüenza que me ha servido durante tres años... Emprendedor...
bribón... diestro... hipócrita... hubiera puesto en la operación tanto vigor
como falsedad. Nunca he visto nada tan seguro como los principios de ese truhán.
Solamente a él debo más aventuras de las que a mí, como juez, me bastarían para
enviar a treinta tunantes al cadalso. Ya sabes, querido amigo, la gran
diferencia que entre nosotros existe entre lo que nos vemos obligados a defender
y lo que nos gusta hacer. La equidad con que nos adornamos se funde, como la
cera sometida a los ardientes rayos del sol, ante nuestros hirvientes arrebatos.
Pero eso no es motivo para que no censuremos lo que adoptamos, ni para que
dejemos de castigar lo que nos gusta. Solamente ostentando con escrúpulo esa
rigidez para con la moral de los demás conseguimos ocultar artísticamente toda
la depravación de la nuestra. En realidad solamente se trata de engañar: ya que
no podemos hacerlo con nuestras virtudes al menos que sea con nuestros rigores.
Estoy desesperado de que hayan fallado con Valcour ... Sin embargo eran unos
canallas bien hábiles, capaces de otras mil gentilezas... a los que hice
absolver a condición de que se encargasen de ésta... ¡Los muy imbéciles! ... Sea
como fuere ya nos hemos librado de él, le habrá entrado tanto miedo que
seguramente no se atreverá a volver a asomarse hasta que todo esto esté
decidido.
No te veré esta tarde... es el día destinado a la despedida conyugal y ya te
imaginas por qué quiero que sea especialmente dulce... Cuando dos personas se
separan... por un cierto tiempo... ¡Qué idea tan agradable! Estoy encantado de
haberla imaginado...
A menudo es placentero ver hasta dónde puede llegar la propia alma. No te
imaginarias lo contento que estoy de la mía. Todo esto me aporta una sensación
que no está del todo desprovista de placer... ¡Qué cosa tan extraña es el
análisis del corazón humano! Ahora estoy perfectamente seguro de que se hace con
él todo lo que se quiere. Fácil receptor de las impresiones de la mente, no
tarda en rechazar todo lo que no sean sus emociones y así se va gangrenando uno
voluptuosamente de un extremo a otro sin que nada se oponga a la circulación del
veneno.
Apresurémonos... te lo advierto... todo retraso podría ser funesto. Desconfío de
la presidenta y, a pesar de las cláusulas firmadas, apostaría a que esta
actuando bajo cuerda con su adorable protector... ese conde encantador... ¡El
otro día pretendía aturdirme! No hay nada que me divierta tanto como esos seres
bonachones que creen engañar a desalmados profesionales como nosotros. Por lo
que dicen el ascendiente de la virtud nos aplasta, peor si esa virtud es una
quimera, si la contemplamos siempre como tal, entonces el choque no puede ser ya
muy peligroso.
Adiós, tierno y delicado esposo: ya me parece verte en los brazos del himeneo,
robando besos... quizás inundados de lágrimas, al principio, pero que, secadas
pronto gracias al ardor de tu llama, perderán, bajo el delirio de tus besos,
toda la acritud de la resistencia.
No te pongas celoso, te lo suplico. Hay que renunciar a esa extravagancia que en
otra época nos impedía mezclar nuestros placeres y nuestras amantes. Acuérdate
de que una de las cláusulas del contrato es que yo presto sin ceder... Es lo
menos que me debes por todas las preocupaciones que me he tornado desde hace
tanto tiempo para la satisfacción de tus deseos. No te imaginas, amigo mío, las
ganas que tengo de poseer a esa querida Aline: creo que ha de tener unos
detalles sumamente picantes... ¡Qué delicia poseerla entre lágrimas! ¡Sophie
estaba bien, pero Aline!... Y además no llegaremos con esta tan lejos como con
la otra... a la sangre. A la virtud se le debe una especie de consideración. Sin
embargo no juremos nada, porque los efectos del extravío, en mentes como las
nuestras, son, como sabes, incalculables.
CARTA LXV
Valcour a Déterville
Dijon, 20 de Abril
He llegado aquí y salgo mañana, quizás hubiera ido inmediatamente a Saboya si mi
salud lo hubiera permitido, pero necesito unos días de descanso.
¡Oh! mi querido Déterville, ¡qué funesta separación! ... El horror que la
acompañó, mis heridas mal curadas... la espantosa agitación de mi alma... los
horribles presentimientos, consecuencia de los detalles de este cruel adiós...
todo... todo, amigo mío, me hace imposible proseguir. Y antes de que vaya más
lejos es preciso que vierta un momento en tu corazón toda la voraz tristeza que
atormenta el mío.
Escucha las lúgubres circunstancias de esta última entrevista y dime si no ves
en ella, como yo, la sentencia del cielo escrita con trazos de sangre.
Después de haberte abrazado el día ocho por la tarde, para disimular aún mejor
mi salida de París, decidí salir con el traje de cazador que me había sido
propuesto para la cita. Así fue como viajé solo y a pie hasta Orléans, mientras
que mi lacayo, escoltando mi equipaje, iba a esperarme a Montargis. No sabía
exactamente qué camino debía tomar para ir desde Orléans al pueblo indicado,
pero imaginaba no obstante que disponía de más tiempo del necesario para
encontrarme allí a la hora prescrita. Salí de la ciudad el día quince a las
siete de la mañana... Pero cuál no sería mi sorpresa, después de haber andado
por el bosque hasta mediodía... cuando al preguntar a un leñador si estaba lejos
de Vertfeuille, me dijo que no conocía ningún lugar con ese nombre...
¡Cielos! me dije, ellas van a esperarme... Al ver que no acudo su inquietud será
terrible. Y eso bastó para que yo mismo me viese impregnado de toda la inquietud
que sus almas sensibles iban a dignarse sentir por mí... ¿Qué hacer en semejante
circunstancia? En tres leguas a la redonda no había una casa en donde pudiese
obtener la más insignificante brizna de información... me encontraba en el
centro de un bosque, en una región que no conocía... Hubo un momento en que
quise volver a la ciudad... un instante después esta idea se desvanecía y
renacía la esperanza de encontrar a alguien mejor informado. En esta cruel
alternativa rogué al campesino que acababa de interrogar que me condujese a la
casa más próxima.
– Me guardaré mucho de hacerlo, me respondió... ¿Sois cazador furtivo, no es
cierto? Y la casa a la que queréis que os conduzca está llena de guardias que no
os lo perdonarían. No, yo no seré el causante de vuestra pérdida... Más vale que
os alejéis, es lo mejor que podéis hacer.
Entonces comprendí que este disfraz que no tenía ningún peligro en los
alrededores de Vertfeuille, no resultaba tan inocente en otros sitios y sobre
todo ante la imposibilidad de identificarme. Me despedí de mi hombre y caminé
aún cuatro leguas orientándome como pude sin encontrar a nadie cuando
súbitamente el cielo se oscureció. Como no veía nada en los alrededores y
viajaba siempre al azar de los caminos apartados del bosque, no me quedó más
remedio que subirme a un árbol si quería ver un poco más lejos y observar si no
había algún refugio... No vi ninguno... Sin embargo mis fuerzas se agotaban...
la cruel agitación de mi alma me impedía sentir hambre, pero estaba destrozado
por la fatiga. Me di cuenta de que me resultaba imposible ir más lejos y, como
no quería dormir en el camino, me adentré en el espesor del bosque... Apenas
hube llegado cuando la noche más oscura extendió sus velos por todos los
rincones del bosque. Poco a poco la bóveda atmosférica se cubrió de nubes que
aumentaron el espanto de la oscuridad. Aunque la estación era ya un poco
avanzada, los relámpagos que surcaban la nube me anunciaron una horrible
tormenta. Los vientos soplaban... su prodigioso esfuerzo rompía los árboles a mi
alrededor... el fuego celeste brillaba por doquier... veinte veces cayó a mi
lado... veinte veces me creí tan afortunado que había llegado a mi última hora,
cuando súbitamente el sonido de una infinidad de lúgubres campanas vino a añadir
a esta dolorosa escena todo el horror de que era susceptible. Negras quimeras
terminaron de extraviar mi razón... Este desencadenamiento de toda la
naturaleza... ese silencio espantoso solamente interrumpido por el mugido del
aire, por los estallidos del relámpago y por ese ruido majestuoso del bronce,
tristemente proyectado hacia el cielo, me hizo temer que no era el único que ese
día se veía amenazado por la cólera divina...
¡Desgraciado! exclamé... está muerta. Y ese siniestro tañido, cuyos lastimeros
acentos martirizan mis oídos, se refiere a mi Aline... Entonces parecía que mil
fantasmas estuviesen revoloteando a mi lado... entre ellos creí distinguir el
espíritu querido que idolatro y cuando quise precipitarme hacia ella, un
torrente de llamas la envolvió y la hizo desaparecer ante mis ojos... Rodé por
tierra, quise que ese suelo inundado que me sostenía, se abriese para recibirme.
Mi razón me abandonó completamente y permanecí el resto de la noche en esa
actitud de dolor y desesperación.
Finalmente se calmaron los vientos, brillaron las estrellas... el cielo se
iluminó... y mi alma, que acababa de ser juguete de los airados elementos, como
los robles que me rodeaban, se atrevió a renacer a la esperanza, al igual que
sus ramas, curvadas bajo el impetuoso aquilón, se alzaban, majestuosas, hacia el
cielo.
Me puse en camino, con el único proyecto de retornar a la ciudad... Llegué a
ella el dieciséis a las seis de la madrugada. Habiendo descansado un poco, volví
a salir a las ocho acompañado por un guía que se comprometió a llevarme en menos
de cinco horas al pueblo de Haut-Chêne.
Llegué, en efecto, a él sin novedad y, como no quería que ese hombre presenciase
lo que iba a hacer, lo despedí en cuanto me mostró la aldea.
– ¡Oh! señor, me dijo la madre de Colette en cuanto me vio entrar en su casa,
¡con qué impaciencia os esperaron ayer esas damas! Les habéis causado mucha
inquietud. No se fueron hasta la noche y envueltas en llanto. Y estoy segura de
que no llegaron a casa antes de la tormenta... Corre, corre, Colette, añadió
dirigiéndose a su hija a avisarles, hija mía. Ya sabes qué encarecidamente lo
pidieron. Quítate los zuecos para ir más deprisa... y vos, buen hombre,
descansad mientras tanto... ¡Ay! continuó esa buena mujer ofreciéndome todo lo
que tenía, somos muy pobres, señor, y no podemos ofreceros gran cosa, pero lo
hacemos de todo corazón. ¡Ah! sin la caridad de la señora y de la señorita,
haría quizás mucho tiempo que no estaríamos en este mundo ni mi hija ni yo, pero
¡son dos personas tan buenas, señor! Hay gente que espera que el desdichado se
acerque a ella para socorrerle. Pero éstas lo buscan. No vivirían si no lo
confortasen... También hay que ver lo que nosotros las queremos. Si necesitasen
nuestra sangre, la derramaríamos inmediatamente hasta la última gota y aún
pensaríamos no haber hecho nada.
Mi corazón se ensanchaba al escuchar tales palabras... dulces lágrimas inundaban
mis ojos... ¿Hay una felicidad más viva que la de oír las alabanzas de las
personas amadas?
Finalmente llegó Colette jadeando. ¡Había hecho las cuatro leguas corriendo y en
menos de dos horas!
– Vienen detrás de mí, dijo la pobre niña cubierta de sudor... vienen detrás de
mí, señor. Les he dado una buena alegría. Madre, añadió arrojándose al cuello de
la anciana, están tan contentas que la señora me ha dicho que me iba a dar las
diez ovejas que necesito para casarme con Colas. Me casaré con él, madre, me
casaré con él ¿verdad?
No pude resistir la inocente alegría de esa jovencita.
– Sí, sí, os casareis con él, mi niña, le dije, tomad diez luises, es todo lo
que llevo encima, reservadlos para el ramo de novia. Es justo que comparta la
gratitud por un servicio que es para mí aún mucho más precioso que para las
amigas que me anunciáis...
Apenas hube pronunciado estas palabras cuando entraron esas damas...
Madame de Blamont se arrojó a mis brazos y Aline, envuelta en llanto, le siguió
poco después. Después de haber estrechado contra mi corazón a esas personas tan
queridas, después de haber colmado a ambas de deliciosas caricias que prodiga el
alma y que la mente no puede describir, la conversación se hizo más tranquila...
nos sentamos... Esa madre respetable me dio los mejores y más sensatos
consejos... me comunicó sus esperanzas y sus proyectos para hacerlas realidad.
Me dijo todo lo que había hecho... las posibilidades que aún percibía... las
medidas a adoptar para alcanzar el éxito... en una palabra, a juzgar por lo que
decía debía considerar que mi dicha era segura para este otoño... Me ordenó que
volviese entonces... Arreglamos el intercambio de correspondencia, lo decidimos
sobre el mapa teniendo en cuenta las ciudades por las que debía pasar... ambas
me hicieron prometer ser puntual en mis respuestas. Quise hablar un instante a
Mme. de Blamont sobre mis temores por el interés que ella se tomaba por mí. ¿No
podía eso acarrearle nuevas desgracias?... Se podía temer cualquier cosa de un
marido furioso a quien tanto enojaban los sentimientos que en mí despertaba su
hija. Y le describí de la manera más viva mi inquietud por todos los males que
padecía por mi culpa. Ella volvió hacia mí sus bellos ojos inundados de
lágrimas...
– ¿Qué importa amigo mío, me dijo, que importa ser un poco más o menos
desdichada? Lo sería igualmente sin vos. Al menos tengo el consuelo de que lo
soy por serviros...
Una de sus manos estrechó la mía mientras pronunciaba estas palabras y mi boca
se imprimió sobre esa boca adorada y grabó en ella los besos de la amistad y de
la más viva gratitud...
– Amigo mío me dijo Aline, atrayéndome hacia sí, ¿me prometéis escribirme... me
prometéis ser muy puntual?
– ¡Cielos! ¿Acaso podéis dudarlo?...
– ¡Pues bien!, continuó esa muchacha adorada entregándome una soberbia
cartera... tened, quiero que esto sólo sirva para mis cartas... os prohíbo que
lo empleéis para otra cosa...
Cogí ese precioso objeto... lo besé... lo devoré, saltó un resorte y el retrato
de mi Aline vino a embriagar a la vez mi alma y mis ojos. En la parte inferior
de ese adorado retrato, su sangre... la sangre de la divinidad que idolatro
había trazado dos líneas que inmediatamente se grabaron en mi alma. De ahí las
recojo, de ese santuario en donde reina para siempre su imagen con el fin de
ofrecerlas a tu mirada: PENSAD SIEMPRE EN MÍ Y QUE ESTA IDEA SEA LA BASE DE
TODAS VUESTRAS ACCIONES. Éstas son esas líneas queridas, éstas son, Déterville.
Que la mano del Eterno me convierta en polvo en el instante en que su contenido
no sea la ley de mi vida.
– La sangre que he utilizado para escribir estas palabras procede de aquí, me
dijo Aline poniendo mi mano sobre su corazón, son las expresiones de este
corazón que os adora grabadas por la sangre que lo agita... Deseo que todo esto
os resulte grato amigo mío, y no olvidéis a una desdichada muchacha que, a los
pies de su madre, os jura que sólo vivirá para vos... Con esas palabras cayó de
sus hinojos y esa madre respetable, conmovida, al igual que todos los de allí
estábamos tomó la mano de su hija; la puso en la mía... y me dijo:
– Sí, Valcour... es vuestra, que el cielo sea testigo de que mi consentimiento
no será jamás para otro.
Inmediatamente me arrojé a los brazos de esas dos amigas tan queridas y en este
punto, mi silencio, más elocuente que mis palabras les convenció de que mi alma
encendida se unía a las suyas para residir allí hasta el último día de mi vida.
No obstante la noche se nos echaba encima... había que separarse. Madame de
Blamont creyó tener la fuerza para señalar el momento. Se levantó sin mirarme...
su hija la oyó... quiso hacer lo mismo... sus rodillas fallaron y cayo en su
silla entre sollozos... Entonces Madame de Blamont le dijo con noble firmeza:
– Pierdo, como vos, un amigo, hija mía... Me sostiene la esperanza de volverlo a
ver y tengo valor para separarme de él.
Pero Aline ya no escuchaba nada, se había abandonado entre mis brazos. Mezclaba
sus lágrimas con las mías y ya no dejaba oír más que los amargos gritos de dolor
y los sollozos de la desesperación...
Madame de Blamont se volvió a sentar... tomó una mano de su hija y la besó
arrebatada. Esta intensa caricia produjo inmediatamente en el alma de Aline la
diversión prevista por esa mujer espiritual y sensible... Se volvió hacia su
madre... se escondió en su seno, allí derramó un nuevo torrente de lágrimas... y
Madame de Blamont levantándose enseguida... llevándola en sus brazos, por
decirlo así intentó franquear el umbral de la puerta; mientras tanto, a una
señal suya, yo, desaparecí en otra habitación... Sagrado impulso de un alma
impetuosa... cruel presentimiento que aún impregna la mía de confusión y de
hielo: esa niña adorada se volvió hacia el lugar donde habíamos estado,
suponiéndome aún allí... Al no verme, se liberó de los brazos de su madre,
franqueó de un salto el espacio que nos separaba, llegó como el rayo a la
habitación en donde me escondía y cayó inerte a mis pies...
Entonces estalló mi corazón... no había ya ninguna consideración que pudiese
calmar su efervescencia... Me precipité sobre esta querida amiga, la estreché
contra mi pecho... nuestros cuerpos, unidos como nuestras almas, parecían formar
una masa que ningún esfuerzo podría separar y mi razón no retornó sino por el
deseo de devolver a la vida a quien está destrozando la mía... a quien suspende,
a través del dolor, todas las facultades de mi existencia.
– ¡Huid! dijo madame de Blamont, mientras hacía que tendiesen a su desdichada
hija sobre una cama... huid, más vale que al volver en sí no os vea ya...
Marchad, divino amigo, continuó ella tendiéndome la mano... acordaos de esta
escena, recordad cómo se os ama y si creéis que quiero a mi hija, persuadíos...
que, o bien me quitan la vida o bien sólo será vuestra.
Después de prosternarme ante esta mano adorada, después de haberla bañado con
las lágrimas de mi gratitud y de mi cariño, me atreví a alzar los ojos una vez
más sobre el ídolo adorado de mi corazón. Le dirigí sin ser oído, las últimas
expresiones de mi amor y corrí hacia el bosque, con la intención de llegar a
Orléans esa misma tarde... Ellas me contarán, espero, las consecuencias de esta
triste separación. Te ruego que obtengas para mí su relato con el mayor
detalle... Terminemos con lo que me concierne.
No había andado dos leguas cuando la noche, que cayó de golpe, me hizo temer que
me perdería, como el día anterior. Además, el estado en que me encontraba no
permitía a mi espíritu la posibilidad de guiarme, por lo que decidí esperar al
pie de un árbol que el astro, al venir a consolar a la tierra, devolviese, si
esto era posible, un poco de calma a mi agitado corazón. Me tendí al pie de un
añoso roble y, perdiéndome en mis ideas, abandonándome a la lúgubre melancolía
que parecía lastrar a la vez todos mis sentidos, encontré, a través de la misma
violencia de mi pesar, la posibilidad de un instante de reposo... que, de haber
estado mi alma menos destrozada y siendo más leve la presión del dolor, no
hubiera alcanzado.
Me dormí... Apenas lo hube hecho cuando inmediatamente un espantoso fantasma se
ofreció a mis sentidos desencadenados... Aún lo veo... Digo que soñaba, pero no
me atrevería a sostenerlo... la impresión fue demasiado viva... No, amigo mío,
no soñaba... Yo vi ese fantasma... iba vestido de negro... tenía un aspecto que
describiría sin vacilar... el del padre de Aline... en su mano ... perdona el
desorden... sostenía por los cabellos la cabeza de esa hija querida... la
sacudía sobre mi pecho... mezclaba el torrente de sangre que de ella manaba con
la que fluía de mis heridas, de nuevo abiertas... mientras me ofrecía este
espantoso espectáculo me decía... sí, amigo mío, me lo decía... sus palabras
llegaron a mis oídos, no estaba dormido... me decía el muy cruel: – "Aquí está a
la que quieres como esposa... tiembla, ya no la verás más". Lancé mis brazos
contra ese fantasma, quise arrebatarle esa preciosa cabeza y llevarla,
ensangrentada, a mis labios, pero mis manos sólo agarraron una sombra. Todo
desapareció en un instante. Solo el terror y la desesperación seguían siendo
reales.
Me levanté presa de una agitación mortal... Proseguí mi camino al azar.
Diferentes sombras gigantescas, producidas por los reflejos de la luna sobre los
árboles que me rodeaban, parecían conferir aún más realismo a la visión lúgubre
que acababa de tener. En ese momento cruel hubiera dado mi vida por oír aún una
sola palabra de mi Aline, por retener un instante su mirada. Emocionado a un
tiempo por mil pensamientos diferentes... presa de mil diversos tormentos, ora
quería volver sobre mis pasos, ora quería poner fin a mis días para no
sobrevivir, cuando menos, a aquella que mi imaginación me había pintado
muerta... Finalmente salió el sol y guiado más por el azar que por la
imprecisión de mis vacilantes pasos, volví a la ciudad de donde salí al cabo de
unas pocas horas para ir a reunirme con mi criado en Auxerre y llegar como pude
a Dijon, desde donde te escribo... de donde saldré asimismo pronto para
abandonar finalmente Francia y merecer, a través de la exacta ejecución de las
órdenes recibidas, la estima y la confianza de las dos sinceras amigas que han
tenido a bien dármelas. Adiós, larga carta es ésta y llena de detalles atroces,
pero para calmar los propios males es preciso verterlos en el pecho de un amigo.
No tardes en ir a ver a esos dos objetos de mi ternura, infórmame de su
suerte... refiéreles la mía... tráeme hasta sus más insignificantes pensamientos
y piensa que los verdaderos desvelos de la amistad consisten en servir al amor
desesperado.
CARTA LXVI
Aline a Valcour
Vertfeuille, 22 de Abril
¿Por qué es preciso que la primera carta que os escriba después de vuestra
marcha haya de ser escrita con mano temblorosa? ¡Oh, no! ¡jamás las expresiones
de mi corazón llegarán hasta vos sino entre sollozos, siempre habrá un torrente
de lágrimas que las acerque hasta vos! Pero pasemos a los detalles del instante
fatal en que os separasteis de vuestras desdichadas amigas. El espantoso estado
en que me encontraba obligó a mi madre a dormir en casa de Colette. Ella pasó la
noche conmigo. Enviamos recado al palacio, para que no se inquietasen y
regresamos a él al día siguiente para la hora de comer... Esa protegida de mi
padre, esa Augustine de la que os he hablado en ocasiones, pareció ser la más
sorprendida por esa breve ausencia y, ni mi madre ni yo pudimos dejar de
observar, que en sus preguntas había mucha más curiosidad que interés... A
partir de ese momento no tuvimos ya dudas de que era la vigilante que el
presidente había colocado a nuestro lado... No obstante nos abstuvimos de
despedirla, mi madre quiere ser fiel a lo convenido... pero desconfiamos de
ella... No sé... desde que estamos aquí... observo que esa criatura tiene la
mirada perdida... posee unos ojos soberbios y, sin embargo, causan horror. Antes
tenía candor... una especie de decencia y honestidad en el porte que aumentaban
el brillo de sus atractivos... de todo eso no queda hoy más que el orgullo, la
indecencia y la inmodestia... ¡Oh! ¡cómo afea el vicio! Esa desdichada, cuando
era sensata era bella... sigue teniendo la misma cara y ya resulta imposible
mirarla sin repugnancia... Esa es, pues, la obra de la seducción... del
desenfreno. Y el carácter del crimen es hasta tal punto enemigo de la naturaleza
que, allí donde se impriman los odiosos rasgos del primero, todos los atractivos
de la segunda desaparecen o se marchitan.
Todo permaneció tranquilo hasta el dieciocho, ese día, hacia las tres, mi madre
se sintió indispuesta... Al día siguiente tuvo fiebre, acompañada de dolores de
cabeza, pesadez y un poco de irritación en las entrañas. El veinte se encontró
mejor, su médico dijo que no era nada. Al no ver peligro de ninguna clase, se
limitó a prescribir los remedios indicados para un poco de empacho y se fue.
Durante todo el día veintiuno reinó la calma... Hoy se renuevan los dolores, a
pesar de que ha observado el régimen más estricto... la fiebre es más fuerte que
el primer día... los dolores de cabeza más agudos, los dolores de las entrañas,
más vivos. Esperamos al médico... pero la hora del correo me obligará a echar
esta carta antes de que haya podido comunicaros el resultado de esta visita.
Acaban de entregarle un billete muy cariñoso de mi padre... hace poco, dice, se
había enterado de su estado... su inquietud es extrema. A no ser por el temor de
violar lo convenido, acudiría a su lado... Le pide permiso para no escuchar, en
este momento, más que a su corazón. He respondido, en nombre de mi madre, que
era dueño de hacer lo que quisiera, pero que ella suponía que su indisposición
era demasiado ligera como para que eso valiese la pena de obligarle a hacer un
viaje.
¡Oh, Valcour!, ¡en qué confusión se encuentra vuestra Aline! ¿Os imagináis el
tormento que la agita?... ¡Suponéis el estado de su alma? Afortunadamente nada
me anuncia aún la desgracia que me hace temblar, pero ¡si alguna vez llegase!,
¡si hubiese de perder a esa dulce amiga!... ¡si la mano del cielo fuese a romper
los más tiernos lazos de mi vida! Vais a reñirme... lo merezco... vais a decirme
que mi imaginación, siempre lúgubre, vuela por delante de las desgracias y que
las realiza a su antojo.
¡Pues bien! pensad lo que os plazca, pero no las tengo todas conmigo cuando
escribo estas líneas, un involuntario estremecimiento guía las palabras que
traza mi mano... me las dicta o las veta...
Amigo mío, ¿creéis que yo pueda sobrevivir a la autora de mis días?... ¿Vos, que
sabéis como la amo, podéis suponerlo por un instante? Si a través de esta
horrible pérdida me viese privada a un tiempo de la esperanza de consagrarle mi
vida y de la de pasarla con vos... imagináis que... ¡Oh, no, no! estar seguro,
os lo juro de que no sobreviviré un solo minuto... preferiría interrumpir el
curso de una vida que ya no podría ofrecerme más que dolor.
No creo, amigo mío, que haya mal alguno en poner fin a sus días cuando ya no
pueden servir a nuestra felicidad ni a la de los demás. ¡Ah! ¡la vida ya no es
entonces más que un fardo que hemos de arrastrar bien a pesar nuestro! Esa
alma... imagen del Dios que la ha creado, al liberarse un poco antes de sus
ataduras, no dejará de volar pura al seno de su Padre. Si las almas están
cerradas durante unos instantes en nuestros cuerpos sólo para languidecer, si su
verdadero destino está cerca del Dios del que emanan, ¿por qué no reunirlas
allí? ¿Acaso el afán de unirse con su autor puede ser jamás tachado de crimen?
Solamente aquel que crea que todo muere con él... aquel cuya pobre imaginación
no pueda elevarse hasta el dogma sublime de la inmortalidad del alma, debe temer
la muerte y ha de estremecerse ante la idea de dársela. Pero quien contempla la
grosera envoltura que encierra esa brillante porción de su Dios como una prisión
en la que nada le obliga a permanecer, puede destruir los lazos cuando estos se
hacen demasiado dolorosos... Quien no ve esta vida más que como un tránsito
puede regresar al hospicio cuando han sembrado su camino con espinas... ¿Qué
daño recibe entonces ese alma inmortal? ¿Acaso pueden perjudicarle los golpes
que la liberan? Desorganizan un poco de materia cuya forma es igual a la
naturaleza. ¿Qué importa que los elementos que nos componen existan de tal o
cual manera? No está en nuestra mano el destruirlos. No aniquilamos nada al
darnos la muerte; solamente hacemos variar las modificaciones y este derecho que
nos confiere la naturaleza no contraría ninguna de sus leyes ya que no atenta
contra sus fundamentos... esos elementos indestructibles que ella misma modifica
cada día bajo mil formas diferentes.
Pero supongamos por un momento que yo me encontrase en semejante situación, que
me fuese imposible vivir sin ser la causa de una multitud de crímenes y sin
poder evitar ser obligada a cometerlos yo misma. ¿Creéis, amigo mío, que ese
estado perpetuo de desorden y de desesperación no irritaría bastante más a la
divinidad que el leve daño que causaría dándome la muerte? Y, en todas las
suposiciones posibles... un crimen, si queréis considerarlo como tal, ¿no es
preferible a doscientos? Y si no cometo ninguno al matarme, estoy firmemente
convencida de que ha de ser lícito que me libere de mis cadenas cuando me
molestan, mientras que la acción que me sustrae a millones de crímenes ciertos,
¿no es, por el contrario, loable? ¿No se convierte en un título merecedor de las
bondades del Eterno? ¿Es tan preciosa nuestra existencia como para que una
criatura de más o de menos en el universo pueda ser considerada como algo
realmente importante?
En nombre de un Dios de paz un general del ejército podrá sacrificar a veinte
mil hombres en un solo día, volverá de esta carnicería cubierto de honores y de
laureles, ¿y cargareis de censuras y de oprobio al infeliz que perjudicándose
sólo a sí mismo... que, deseoso de gozar de la luz celestial... que, ansioso de
abandonar rápidamente esta morada de la falsedad, el egoísmo, el libertinaje y
el crimen, haya destruido su frágil existencia para volar cuanto antes junto a
su Dios? ¿A quién puede pertenecer mi vida sino a mí? ¿Quién podrá disponer de
ella si no soy yo? Si esta vida es un don de Dios, no puede exigir que considere
o que respete ese don como conveniente para mí, más que en la medida en que nada
me impida considerarlo así. Pero cuando este presente se hace oneroso, cuando
pesa en lugar de ser útil, puedo devolverlo sin temor a quien me lo dio. Sería,
sin duda, una ingrata si, al querer disfrutar de este don, mancho de crímenes
este camino que sólo es lícito seguir para glorificar a Quien me ha colocado en
él. Pero si, por el contrario, el temor de verme expuesta a cometerlos me obliga
a devolver el don que profanaría al conservarlo, a buen seguro de que no obro
mal al deshacerme de él.
Amigo mío, perdonadme estas ideas... un poder más fuerte que yo me las
inspira... Si esa voz que me las dicta fuese a obligarme a seguirlas... si fuese
a dejaros sobre la tierra... si fueseis a perder a quien tanto habéis amado,
¿adoraríais siempre su memoria?... ¿os ocuparíais de esta dulce Aline? ¿Viviría
ella siempre en vuestros pensamientos? ¿Sería sin cesar el alma de vuestra
vida... el elemento de vuestra existencia?
¡Oh! mi querido Valcour, si el Dios a quien imploro se dignase escucharme... le
pediría la gracia de que el aliento que otrora animó el cuerpo de la que
amasteis pueda acudir de vez en cuando a agitar el vuestro. Y si obtengo ese
favor, observad los días en que me améis mejor... estad atento los días en que
os parezca más presente... Esos días, amigo mío, serán aquellos en los que el
alma de vuestra Aline haya conseguido revivir en vos, aquellos en que sólo
estaréis animado por ella...
Mi madre llama... Había aprovechado un momento de reposo para escribiros... Se
despierta... ¡Dios! está peor que nunca: escalofríos... vómitos... Desgraciada
de mí... ya no hay nada oscuro para mí en el futuro. Ya se ha desgarrado ese
velo oscuro que separaba mi vida, todos los horrores que adivinaba detrás de él
avanzan hacia mí bajo la guadaña de la muerte... el ángel de las tinieblas
entreabre el féretro y vuestra desdichada Aline sólo ha de dar un paso para
descender a él.
CARTA LXVII
Déterville a Valcour
Vertfeuille, 6 de Mayo
Pasaron ya los días felices en que mi mano, ocupada en transmitirte hechos
interesantes, empleaba días enteros en disipar tus penas distrayéndote con los
mismos relatos que hacían las delicias de los objetos de tu cariño. Contempla
ahora los trazos de esta pluma fúnebre como otras tantas serpientes crueles que
han de destrozarte el corazón. Tiembla al abrir este paquete. No te diré que te
armes de valor... no te induciré a consolarte. Te conocería mal o te tendría en
poco si esos fuesen los acentos de la voz que te habla... No... lee y muere...
No te retengo ya en una existencia demasiado cruel para ti después de las
pérdidas que acabas de padecer... Renuncia a la vida, Valcour, ya sólo puede
ofrecerte espinas. Une tu alma a las de tus amigas... Una vez más te digo, lee y
desciende a la tumba.
Apenas me hube enterado del estado de Mme. de Blamont, corrí a Vertfeuille. Me
habían enviado un hombre a caballo para rogarme que no perdiese un instante. El
mismo correo me traía una carta para el conde de Beaulé a quien invitaban a
venir conmigo. Acababa de salir el día anterior para realizar unas inspecciones
urgentes en las costas. Puse su carta en el correo dentro de una carta mía y el
día veinticuatro llegué solo. Encontré, como te imaginarás, a todo el mundo
presa de la más extrema desolación. El accidente de nuestra respetable amiga
revestía suma gravedad. La recaída del veintidós había presentado síntomas tan
regulares como espantosos y el médico me dijo en voz baja que si no había una
evolución favorable al día siguiente, no respondía de la enferma ni tres días
más. Me guardé mucho de anunciar esta noticia a tu Aline, los presagios de su
corazón eran más que suficientes. Como, según me dijeron, su madre me esperaba
con impaciencia, me acerqué inmediatamente a ella para recibir sus órdenes y
manifestarle mi preocupación por su estado. En cuanto me vio me tendió su mano y
estrechándomela dijo:
– ¡Oh! amigo mío, temo que vayamos a separarnos.
Pero cuando vio que la tranquilizaba:
– Bueno, sea como fuere, respondió, he querido veros para confiaros mis últimas
voluntades.
– Esa preocupación es aún inútil, ¿por qué ensombrecer la imaginación cuando aún
hay tantas esperanzas?
– Eso no mata a nadie, amigo mío... eso no mata a nadie y tranquiliza.
Diciéndome estas palabras me entregó un papel y me rogó que lo leyese.
Como ese escrito contiene muchas cláusulas que, sea cual fuere el interés que
puedas tener en esta noble mujer, son, sin embargo, de poca importancia, sólo lo
mencionaré las más importantes.
Casada, separada de bienes y pudiendo disponer de lo que tenía, dejaba todo a su
hija Aline bajo la estricta condición de que se casase contigo. Como única y
última gracia pedía a su marido no contrariar la voluntad de su hija en un
asunto del que dependía absolutamente la felicidad o la desdicha de su vida. En
el caso en que Aline fuese obligada a realizar otro matrimonio, no la privaba de
sus bienes, pero quería que fuese ella sola quien dispusiera de ellos y esos
bienes no entrarían a formar parte de la comunidad... Fundaba un hospital de
seis camas en Vertfeuille destinado exclusivamente a los habitantes del lugar,
el dinero necesario para la creación de este establecimiento se encontraba en
poder de su notario... Pedía un entierro sumamente simple en la parroquia del
lugar, pero deseaba que todos los pobres que hubiese en el ámbito de sus
posesiones, fuesen alimentados durante nueve días, mañana y tarde y servidos por
sus criados en la sala grande del palacio... Quería que una cajita que contiene
su retrato engarzado en pedrería por un valor de quince mil francos te fuese
enviada inmediatamente desde el día siguiente a su muerte... Quería que sus
soberbios cabellos fuesen cortados y entregados a su hija... Dejaba una joya de
doce mil francos a Léonore y a Sainville otra hermosa caja de su retrato.
Este escrito terminaba con sabios consejos para su Aline, consejos repletos de
moral y de piedad. A continuación suplicaba a esa dulce hija que no eligiese
nunca una sepultura distinta a aquella en que reposaba su madre... Me nombró
ejecutor testamentario de sus legados y voluntades y, en nombre de la amistad
que siempre nos había unido, me exigió la más completa exactitud en el
cumplimiento de todas las cláusulas contenidas en el escrito que me entregaba.
En cuanto vio que lo hube leído me pregunto ansiosamente si le juraba cumplir lo
que me pedía...
Se lo prometí estrechando sus manos.
Me sonrió, me dijo que esto era una prueba de mi amistad, y que, segura de esto,
se encontraba mucho más tranquila.
Efectivamente durmió cerca de tres horas durante la noche del veinticuatro al
veinticinco. Pero al despertarse hacia las dos de la madrugada llamó a Aline,
que nunca quiso separarse de la cabecera de su cama, la estrechó contra su pecho
y le dijo que se encontraba peor.
Esta dulce hija rompió en llanto. Entonces Mme. de Blamont se contuvo para no
afectar excesivamente a aquella que tan cruelmente compartía sus dolores. Le
suplicó que se tomase unos instantes de descanso, le aseguró que yo la
sustituiría. Pero Aline no quiso ceder a nadie la satisfacción que experimentaba
al cuidar a su madre. Dijo que no confiaría en nadie... que los hombres no
entendían este tipo de cosas y, ni ruegos, ni súplicas, ni órdenes pudieron
hacer que abandonase su sitio.
¡Qué atractiva resultaba, amigo mío, en el cumplimiento de sus sagrados
deberes!... Pálida... ojerosa... despeinada, con una pobre bata de tela...
rodeada de un gran delantal de doncella... Parecía que la piedad filial quisiera
disputar a las Gracias el deber conmovedor de embellecerla.
Pero al aumentar el dolor Mme. de Blamont no pudo seguir fingiendo... El médico,
que no había abandonado su puesto, me dijo, acercándose a mí después de haberla
observado:
– Esto es lo que me temía, está perdida.
– ¡Oh! ¡cielos! respondí espantado... ¿Perdida... a esta edad... con tantos
recursos... tanta sensatez y tanta salud?
– Está perdida.
– ¿Cuál es entonces su enfermedad? ¿Cuál es la causa de este accidente
imprevisto?
– Una causa ante la que fracasaran todos los secretos del arte: ha sido
envenenada...
– ¡Envenenada! ¡Santo cielo!
– Sí, envenenada. Decid, ¿qué queréis que haga?
– Escribir a su marido y ocultárselo cuidadosamente a ella, a su hija y a toda
la casa. Esto es lo que me parece más prudente...
El médico certificó, firmó su opinión y la carta salió secretamente, encomendada
a un correo especial.
No obstante los dolores de las entrañas oscilaron varias veces durante el día...
En una de las crisis más violentas, Aline hizo brotar las lágrimas de todos los
presentes. Fue a arrojarse a los pies del médico.
– ¡Oh! señor, dijo en un espantoso acceso de dolor, ¡Oh! señor, ¡salvad a mi
madre! Todo lo que poseo es vuestro, os lo doy públicamente.
Pero cuando vio que el medico retrocedía, cubriéndose los ojos con un pañuelo y
sin responderle, volvió a precipitarse a los pies del lecho de su madre...
invocó al Eterno con una compunción, con un fervor tan ardiente que la violencia
de la emoción terminó con sus fuerzas y la hizo caer en mis brazos sin
sentido...
La llevamos a una cama... cuando hubo recuperado el conocimiento, le hice
comprender lo mejor que pude que debía calmarse, que el abandono al que se
entregaba perjudicaría su salud y que dañaría incluso la de su madre: creí
observar que esos razonamientos la tranquilizaban un poco, quise intentar
prepararla para el terrible acontecimiento que la amenazaba. Pero me interrumpió
violentamente a la primera frase.
– ¡Santo cielo!... exclamó, ¿está muerta?...
Y escapándose de mis brazos, salió disparada de la cama en donde yo intentaba
retenerla hasta los pies de la de su madre en donde cayó de rodillas y con las
manos juntas.
Mme. de Blamont, que se encontraba un poco mejor hizo que se levantase y la riñó
dulcemente por haberse exaltado tanto y besándole los ojos le dijo:
– ¿Es que no quieres que charlemos tranquilamente las dos?
– ¡Oh, mi querida y dulce madre! respondió Aline entre lágrimas, ¿acaso no
sabéis cuánto os amo? ¿Ignoráis hasta qué punto vuestra suerte está
irrevocablemente unida a la mía?
– Si me amas, pruébalo calmándote...
– Bueno, bueno, estoy tranquila, mamá, estoy tranquila...
Entonces Mme. de Blamont, que quería olvidar sus males y los de su hija, hizo
que le trajesen los diamantes a su cama y jugó con ellos durante dos horas
poniéndoselos ella o aderezando a Aline, pero, más propensa a caer en el lado
lúgubre de sus ideas que a realizar el proyecto de aliviarlas por un momento, me
dijo:
– Mirad, Déterville... ¡qué bien hubiera estado mi Aline el día de su boda!...
Así es como la hubiera enjoyado...
Y esa idea desgarradora hizo que ambas derramasen sendos torrentes de lágrimas.
Sin embargo, en toda esta casa, que en otras ocasiones había sido tan tranquila,
tan deliciosa, sólo había dolor, sólo afloraban la tristeza y la inquietud...
por todas partes se veía gente que venía, se informaba, se iba... la desolación
era general.
En medio de la multitud que circulaba por las habitaciones vimos entrar
súbitamente a una muchacha con los brazos alzados y la cara inundada de
llanto... Era la pequeña Colette en cuya casa os despedisteis. Quisieron
contenerla, pero ella se resistió.
– ¡Dejadme, dejadme! dijo, quiero ir a ver a la protectora de los pobres, quiero
ir a ver a mi buena madre...
Se arrojó de rodillas a los pies de la cama, suplicó a su querida señora que le
diese su bendición, besó la tierra y se retiró entre lágrimas.
– ¡Bien! dijo esa mujer adorable una vez que hubo salido la joven, ¿no es cierto
que se encuentran satisfacciones haciendo el bien? ¿No creéis que el homenaje
del pobre vale tanto como todas las caricias de la fortuna?
Como se sintiese fatigada el veinticinco por la tarde, nos retiramos antes de
medianoche. Pero por mucho que rogué a Aline, no quiso dejar a su madre. Me
pidió que me encargase de todos los cuidados exteriores, que ella se encargaría
de los interiores. La ayudaban dos mujeres de Verfeuille que se relevaban por
turnos. Todas se disputaban este honor, no había una sola, ni siquiera entre las
más acomodadas, ni en el pueblo ni en los alrededores, que no solicitase como un
favor la gracia de velar a esa mujer angelical.
¡Oh, amigo mío! ¡esos son los efectos de la beneficencia, esos son los
deliciosos frutos de la compasión y la prudencia! Parece como si el Eterno,
deseoso de recompensar al hombre, quisiese hacerle saborear en la tierra la
imagen de los placeres celestes que premiaran sus virtudes.
El veintiséis, desde el alba, día espantoso, amigo mío, día en que la voluntad
de Dios permitió que la inocencia sucumbiese bajo el crimen, para probar a los
hombres o para humillarlos... nos anunciaron ya por la mañana que Augustine
acababa de evadirse... que no había dicho nada a nadie y que no podían
imaginarse qué había sido de ella. En ese momento se rasgo el velo... ya no
podía dudar... Recomendé que se guardase el máximo secreto y me abstuve de toda
investigación.
Debía mirar por el honor de Aline. ¿Iba a emprender algo que no salvaría la vida
de su madre y que daría con su indigno padre en el cadalso?... Subí... la noche
había sido terrible, espasmos... convulsiones... todos los síntomas de un fin
tan cruel como próximo indujeron al médico a decirme que mi deber era advertir a
Mme. de Blamont... Me acerqué a la cama de la enferma... había escogido un
momento en que Aline había ido a buscar unos papeles por orden de su madre y
había encargado al médico que la retuviese a la vuelta para que yo tuviese
tiempo de actuar...
Mme. de Blamont sonrió al verme... ¡sublime tranquilidad de un alma honesta y
apacible!... ¡Oh, dulce reposo de una conciencia pura!
– ¿Estoy muy mal, no es cierto, amigo mío? me dijo... ¿No veré nunca la
felicidad de mi hija? ¡Ay! sólo deseo la vida para hacer su felicidad... no la
disfrutaré nunca... el cielo no lo quiere...
En ese momento pensé que nada sería tan expresivo como mi silencio... bajé los
ojos y me callé.
– ¿No me respondéis, Déterville?...
Tomé una de sus manos y la acerqué a mis labios.
– ¿No me respondéis? replicó una segunda vez...
En este punto, la naturaleza pudo más que el valor. Tuvo una violenta crisis y,
tendiéndome los dos brazos, exclamó:
– Estoy preparada, amigo mío... estoy preparada... Pero esa querida Aline...
¿voy a abandonarla entonces? ... ¡voy a dejarla desamparada en medio de los
peligros que la rodean!... No hubiese creído que el cielo lo permitiera... No
importa, no soy yo quien para examinar esas órdenes, sólo he de acatarlas...
Entonces me rogó que hiciese venir a su confesor y que me encargase por completo
de Aline durante dos horas, sin permitirle que entrase.
Ese encargo no era fácil... envié enseguida a que llamasen al cura y, asegurando
a Aline que su madre estaba mejor, le supliqué que viniese conmigo a dar un
paseo por el jardín, y que debía decirle algo absolutamente esencial... Pero ya
sabía yo que no era fácil manejar un carácter como el suyo. Me respondió
decididamente que no iría antes de haber visto a su madre, que hacia ya más de
una hora que la había dejado y que después de tanto tiempo no confiaría más que
en sus ojos para saber cómo se encontraba. Subió a llevarle los papeles que ésta
le había pedido. Bajó poco después. Me di cuenta de que Mme. de Blamont no le
había dicho nada y que, sin duda se había limitado a recomendarle que viniese a
hablar conmigo.
Al principio y con frases imprecisas me la llevé mucho más allá del jardín y
cuando finalmente llegamos a un bosquecillo, le supliqué que me escuchase.
– ¡Bien! me dijo sin sentarse y presa de una terrible excitación... ¿qué tenéis
que decirme?... Ya veo que hacéis mucho misterio... ¿Voy a perderla?...
– Quizás no, le dije, ¿pero si llegase esa desgracia?...
– No sería la única víctima y no tardaría en compartir su suerte.
– ¡Oh, cielos! ¿Es esto lo que se ha de esperar de una piedad y una virtud como
las vuestras? ¿Pensáis en lo que os debéis a vos misma, en lo que debéis al
hombre que os adora?
– ¿Valcour?... Ya lo he perdido... ¿Cómo podéis pensar que pueda ser suya algún
día? Pero no me habléis de eso, os lo ruego, ni siquiera el sentimiento de lo
que debo a Dios prevalecería hoy sobre lo que sólo corresponde a mi madre. No
quiero pensar más que en ella, sólo quiero ocuparme de ella. No hay una sola
idea que pueda vencer a la suya en mi corazón... ¿Es eso todo lo que tenéis que
decirme? añadió emprendiendo la huida como si hubiese contado todos los momentos
que la separaban del objeto de su idolatría.
Pero, reteniéndola por una mano y viendo que con un alma como esa más valía dar
la mala noticia enseguida que emplear consideraciones que sólo servirían para
destrozarla, exclamé:
– ¡Aline!... ¡mi querida Aline!... esa madre que adoramos... ese dulce objeto de
nuestras mutuas inquietudes... vamos a perderla irremisiblemente...
El golpe había caído sobre la parte más sensible de su alma y, por así decirlo,
la había petrificado. Clavo sus ojos en mí... De pronto su mirada se extravió,
la estupidez apareció en su rostro, su respiración se hizo viva y pesada y su
cabeza se trastornó completamente...
Me arrepentí de haber sido tan brusco. Reconocí que no estaba en forma alguna
preparada y que, a pesar de sus palabras, siempre se había hecho ilusiones... Me
acerqué a ella, me rechazó con un gesto furioso y, extraviándose más y más... me
dijo balbuciente que fuese a buscar a su madre... que la comida estaba servida
en el bosquecillo donde nos encontrábamos... ¡Ay! desgraciadamente era el mismo
que solíamos emplear antaño para estos menesteres...
– Sé perfectamente que no acudirá, continuó... luego, señalando el suelo,
añadió, quiere ir allí... allí, allí, pero no se irá sin mí... Déterville, id a
buscarla, ya veis que la estamos esperando...
Entonces, inundado con mis propias lágrimas, la estreché contra mi pecho.
– ¡Oh dulce niña!, exclamé, recuperad vuestra razón y vuestros sentidos.
Reconoced al más sincero de vuestros amigos y escuchadle...
Pero liberándose bruscamente de mis brazos, me dijo, siempre extraviada, que ya
que no quería ir a buscar a su madre, iba a hacerlo ella misma...
– No, le dije, reteniéndola... está cumpliendo unos piadosos deberes que no
debéis estorbar.
Estas palabras golpearon de nuevo su alma, porque, por crueles que fuesen no
destruían completamente la esperanza... estas palabras, decía, la retornaron a
la realidad... la razón volvió, pero como el choque había trastornado
excesivamente sus nervios, cayó víctima de un violento ataque de convulsiones.
Cayó a tierra... se revolcó... todos sus miembros temblaban... quizás hubiese
sucumbido en ese instante fatal si un diluvio de lágrimas no la hubiese
aliviado... Contento al verla llorar, le tendí los brazos... Se lanzo a ellos...
– ¡Oh, amigo mío! me dijo, ¿es preciso entonces que me sea arrebatada? ¿He de
perder el consuelo de mi vida... la amiga preferida de mi corazón... el árbitro
de mi destino... la que yo adoro... cuya dulzura hacía toda mi felicidad... y
que podía haber conservado aún durante cincuenta años? ¿Y queréis que yo la
sobreviva?... ¡Ah! ¿qué será de mí en este mundo cuando ya no esté conmigo? No,
no, no me pidáis tal sacrificio... no me lo exijáis, amigo mío, no podría
prometéroslo.
Al verla más afligida, sin duda, pero no obstante algo más razonable, destaqué
los motivos de consuelo que nos podía dictar la prudencia... Todo en vano...
cuanto más intentaba resignarla más se me escapaba; lo que debería calmarla, la
sublevaba casi de inmediato, y no llegaba a su alma abatida más que para agravar
su desesperación. Sin embargo, ella se impacientaba; ardía en deseos de acudir
al lado de su madre... Me vi obligado a llevarla allí y a dejar incompleta la
tarea que se me había encomendado. Mme. de Blamont había terminado con la
suya... Entramos... Aline se lanzó a los brazos del dulce objeto de su corazón,
le preguntó por que las habían separado durante tanto tiempo.
– Ciertas obligaciones...
– Esas obligaciones no son necesarias aún, respondió Aline enojada, aún no ha
llegado el momento...
Entonces Mme. de Blamont, abrazando cariñosamente a su hija, le dijo entre
amargas lágrimas:
– Aline, Aline, hemos de separarnos.
Y ambas abrazadas se quedaron así, sin moverse, durante varios minutos. Pero
cuando Aline se deshizo del abrazo, volvió a caer sobre la cama de su madre
presa de un nuevo ataque de espasmos que nos hizo temer por su vida. Sin
embargo, a fuerza de cuidados y como esa dulce hija no quería perder los últimos
momentos que le quedaban, se calmó y el médico permitió a Mme. de Blamont que
tomase un poco de crema de arroz que parecía desear.
Aline, más tranquila, porque siempre se ilusionaba cuando no estaba desolada,
compartió estos últimos alimentos pegada al pecho de su madre.
¡Qué cuadro, amigo mío! nunca vi nada más conmovedor y mis lágrimas son
demasiadas como para que intente describírtelo.
A las tres nuestra enferma se sintió horriblemente debilitada. Solamente pudimos
volverla en sí gracias a los más violentos cordiales... En cuanto volvió a abrir
los ojos pidió que la dejaran sola durante media hora con su hija y conmigo. El
médico, al ver que podía hablar, la fortaleció con unas gotas más de esencia y
nos dejó:
Ella hizo que ambos nos colocásemos cerca de su cama, pero Aline sólo quiso
escucharla de rodillas... En esto postura, apoyó sus manos en las de su madre e
inclinando su cabeza sobre la cama, la escuchó con el más santo respeto.
– Amigos míos, nos dijo esa divina mujer, estoy ya dispuesta a separarme de
vosotros para siempre. A los treinta y seis años debería tener una vida más
prolongada, pero con las desgracias que gravitaban sobre mí, dudo que hubiese
sido más útil para la salvación de mi alma. El momento que he de vivir es cruel,
uno no se acostumbra a contemplarlo de una manera suficiente en este mundo y sea
cual fuere nuestra conducta, cuando llega, nos asusta. Plenamente convencida de
la existencia de un Dios justo, me atrevo a volar sin temor a sus brazos. Le
pido sinceramente perdón por mis ofensas. Me hubiera gustado llevarle un corazón
más puro... al menos se lo ofrezco sin crimen. Sin embargo os engañaría si os
dijese que no he cometido muchas faltas: ¡con cuánta impaciencia soportaba el
yugo que tuvo a bien echar sobre mis espaldas! Fui sacrificada muy joven y
sabéis lo que he sufrido. Me quejé y no debí hacerlo. Debí contemplar lo que me
sucedía como la voluntad del cielo... cada despecho era una rebelión de la que
debería acusarme como de un crimen... Quizás también sea culpable de demasiado
amor propio, pero la culpa la tiene esta querida Aline... Durante mucho tiempo
me sentí orgullosa de haberla traído al mundo y, como todo mi cariño era suyo,
también coloqué en ella mi orgullo. El excesivo amor que he tenido por esta hija
me distrajo sin duda del que debía a Dios. Su felicidad era mi única ocupación.
Contemplé la posibilidad de conseguirla como un consuelo de todos mis males...
No pude hacerlo. Debía cargar también con esta cruz, era preciso que apurase
hasta las heces la copa del dolor. Ahora la acechan peligros que me hacen
temblar por ella... y ya no estaré yo para apartarlos de su camino... mi mano no
podrá enjuagar las lágrimas que derrame su corazón... ¡Oh, hija mía, ahora hemos
perdido toda esperanza! El último consejo que he de darte es que obedezcas a tu
padre y que aceptes ciegamente lo que él te dé...
Y como viese que Aline hacia un gesto de horror.
– ¡Bien! continuó, ya que temes los crímenes que inevitablemente acompañarían a
semejante unión, te queda la alternativa del convento. Arrójate a los brazos del
Esposo sin mancha, los placeres celestiales que Él te promete son mucho más
valiosos que las engañosas alegrías de un mundo en el que solamente encontrarás
contrariedades... En ese caso, Déterville, sería preciso hacer que mi marido
reconociese a Léonore y todos mis bienes serían suyos. Léonore, protegida por un
esposo que la ama no tendría nada que temer de un padre vicioso y cruel y, al
desaparecer todas las razones que hubieran podido legitimar un arreglo... que no
dejaba de ocasionarme muchos remordimientos, al desaparecer estas razones,
decía, si mi Aline se entrega a Dios, sería necesario devolver a su hermana la
existencia que le corresponde y hacerla renunciar a los bienes que hoy reclama
que quedarán generosamente recompensados por los míos y los de su padre. Os
confío esta tarea, Déterville, dependiendo de la decisión que adopte Aline y, de
acuerdo con esta decisión introduciréis los cambios necesarios en el acta que os
he entregado. Os autorizo plenamente...
Luego, levantándose con gran trabajo.
– Se acerca el momento, amigos míos, continuó... Dentro de poco compareceré a
los pies del Eterno... dentro de poco intercederé ante Él por mi Aline...
Levántate, hija mía, levántate... ¿no es una gran dicha que tenga la suerte de
expirar en tus brazos?... ¿No ha podido serme arrebatada? Déjame que te bendiga
y que te abrace... Déterville, os la confío. Adiós.
Entonces arrojó sus brazos alrededor de su Aline, la estrechó fuertemente contra
su pecho... sufrió una ligera convulsión... y el alma más pura que haya salido
de las manos del Ser supremo voló de nuevo hacia su autor.
Renuncio a describirte mi estado, Valcour, ya te lo imaginas... Apenas si tenía
fuerzas para levantar los ojos. Pero había importantes ocupaciones que me
exhortaban a tener valor, mi primera preocupación fue correr hacia Aline, estaba
inclinada sobre su madre. ¡Ay! era difícil saber cuál de las dos vivía aún. Esa
querida niña carecía de pulso, de respiración y de calor y cuando, con grandes
esfuerzos, conseguí arrancarla de los brazos que la enlazaban, cayó sobre la
cama sin conocimiento. Acudieron, se dividieron los cuidados, pero la
infortunada madre ya no los necesitaba... Se encontraba ya en la morada que el
Eterno destina a la virtud... ya la adornaba.
Llevaron a Aline a su habitación confiada a los cuidados de su querida Julie y
del médico... Al cabo de una hora volvió en sí y, al verme en la cabecera de su
cama, me preguntó por su madre... extraviada me dijo que era yo quien se la
arrebataba... que yo le impedía verla y que apelaría ante el tribunal de Dios
por todas las injusticias de las que era objeto.
La cogí en mis brazos y ella se esquivó, volviendo enseguida emocionada, me
pidió mil perdones por los reproches que me dirigía. Me dijo que había perdido
la cabeza, que sabía de sobra la horrible pérdida que acababa de experimentar,
pero que, si la amaba, le permitiría la dicha de abrazar una vez más a su dulce
madre.
Diciendo esto se escapó y, a pesar de los esfuerzos de Julie, se hubiera
abalanzado infaliblemente sobre el cadáver que acababa de ser expuesto sobre el
lecho mortuorio si afortunadamente Julie, corriendo el riesgo de ser derribada,
no le hubiera opuesto su cuerpo, no la hubiera cogido y conducido sin tardanza a
su cama.
Entonces sus lágrimas manaron copiosamente. Profirió gritos de dolor que
hubieran desgarrado el alma del más insensible mortal... Pero, como una silla de
postas llegaba al patio, me vi precisado a abandonarla, después de haberla
confiado a Julie y hube de ocuparme en otras cosas.
Esa silla era la del presidente, con él solamente había un criado. Se paró en la
primera sala y por los lúgubres acentos que hirieron sus oídos... por los
gemidos... por los llantos generales, pudo comprobar que su abominable fechoría
se había consumado... que el ángel no estaba ya en el templo, y que el Eterno lo
había llamado a su seno...
Lo abordé... me abrazó con la mayor serenidad... agradeció mis cuidados, dándome
a entender hábilmente que mi presencia en el palacio era ya inútil. Yo hice como
que no comprendía, como tenía en mi cartera lo necesario para justificar mi
presencia. Permití que dijese lo que quisiera... Me rogó que le llevase al lugar
en donde reposaba su mujer, lo llevé a la sala mortuoria y, como estaban
amortajando el cuerpo, éste estaba desnudo, cubierto solamente por un velo que
se habían apresurado a echar por encima cuando nos oyeron entrar. Hizo señas de
que se retirasen.
Cuando estuvo solo conmigo... se acercó a la cama, y, levantando el velo, el muy
monstruo dijo como Nerón cuando quiso mancillar a Agripina:
– ¡En verdad que está bella aún!
Quizás hubiera seguido hablando si no me hubiera visto estremecerme de horror...
Se acercó... miro con atención el rostro...
– Pero no veo ningún síntoma de veneno, dijo... ¿Qué es lo que pretende vuestro
médico? Es un loco o un hombre peligroso que merecería que lo hiciese castigar.
Eso supone un perjuicio para todas las personas honradas entre las que ha
muerto... y vos mismo no deberíais haberlo consentido.
– ¿Yo? no solamente lo he consentido, sino que he ordenado que os escribieran.
– No veo que eso sea un signo de vuestra prudencia.
– Quizás no haya tenido más en toda mi vida.
Y conteniéndome, añadí.
– ¿A quién había que quejarse? ¿A quién había que comunicar un hecho cierto sino
a aquel que debe vengarlo?
– ¿Cierto? no; y ya que no lo era hubiese valido mucho más no decir nada; eso es
lo que yo llamaría prudencia.
– Una muchacha se ha escapado.
– ¿Qué?
– Augustine.
– ¡Bueno, esa es una zorra! La conozco bien. Ha sido seducida por uno de mis
criados, no le gustaba su ama... enferma o no, ha decidido escaparse de todas
formas... Ambos están muy lejos. Imaginaréis que he despedido al criado. ¿Son
esas vuestras pruebas?
– Podría reunir más.
– Vamos, vamos, dejemos todo esto. Estos horrores no deben suponerse jamás en
una casa, creer en ellos es comprometer a todas las personas que la habitan.
¿Dónde está Aline?
Contento de cambiar de tema y como no quería ir más lejos de acuerdo con las
firmes decisiones que había adoptado, le describí el estado de esa querida niña
y le dije que consideraba prudente dejarla tranquila durante algunos días.
– ¿Algunos días? me dijo socarronamente. Sin embargo, cuento con llevármela
mañana. Dolbourg la espera en Blamont y vamos a dar fin a este asunto
inmediatamente.
– ¿Qué me dice, señor? Estando aún abierta la tumba de su madre.
– ¡Bueno! ¡Eso son pequeñeces! Una mujer que acaba de morir no impide que se
ponga a otra en condiciones de dar la vida... Por el contrario, es una especie
de reparación que debemos a la naturaleza y cada minuto de retraso es una
infracción de sus leyes. Una madre es sagrada, si queréis... cuando vive...
cuando está muerta ya no es nada... Mirad, acabo de venir de París y ayer por la
tarde sucedió algo muy semejante aunque no exactamente igual, pero que, sin
embargo, os hará ver que, cuando se trata de cosas serias, no hay que pararse en
sentimentalismos estúpidos que solamente están hechos para el pueblo. M. de
Mezane que tiene un asunto pendiente con la Audiencia de Aix y esa Audiencia es
una de las más prudentes, más íntegras y mejor compuestas del reino no quiso
arreglarse con la familia de su mujer, por lo que la única alternativa era una
prolongada detención, M. de Mezane, decía, se escondía desde hace años, pero
movido por la estúpida delicadeza de acudir a París a prodigar los últimos
cuidados a una madre agonizante, acudió a pesar de los peligros. Apenas había
puesto el pie en la casa de la difunta cuando la familia de su mujer le hizo
detener. Protestó contra ese procedimiento... se rieron de él en sus propias
narices y lo arrojaron a un calabozo de la Bastilla en donde tranquilamente
puede deplorar a la vez la pérdida de su libertad, la muerte de su madre y la
bárbara estupidez de sus parientes. Me parece que si el gobierno nos da
semejantes ejemplos, podemos seguirlos.
– ¡Oh! señor, lo que decís me horroriza, dije, sin duda el hombre de quien
habláis era culpable de alta traición.
– No, por cierto, algunos escritos contra nosotros... contra los reyes,
predicciones, algunas aventuras de juventud, bien perdonables a los veintisiete
años. Cosas que hacemos nosotros mismos todos los días, pero que no queremos que
hagan los demás.
– En ese caso, señor y permitidme que os lo diga, me parece una atrocidad
incurrir en tal crimen para castigar un delito ordinario. Porque entonces la
virtud no ha ganado nada y una execrable fechoría más viene a aumentar la masa
de los errores del Estado .
Y el muy indigno, desviando la conversación, prosiguió:
– ¿Sobre qué basáis la legitimidad de ese dolor que sentimos al perder a los
seres queridos? ¿Qué utilidad puede tener un sentimiento que no aporta ninguna
variación al estado de quien ya no existe y que trastorna o desarregla la salud
del que queda?
– Esas cosas no se razonan, señor, se sienten y ¡ay de quien no las sienta!
– No, señor, todo debe someterse al análisis, lo que no es susceptible de ello,
es falso. Ahora bien, decidme, os lo ruego, si, de acuerdo con mis sistemas
materialistas... si, de acuerdo con la perfecta certeza que poseo de que la
muerte termina con todos nuestros males y no debemos temer ninguno más, si, de
acuerdo con esto, decía, mi mujer, que no era en absoluto feliz en este mundo,
no se encuentra ahora en un reposo preferible al estado de perpetuo dolor en que
vivía aquí abajo... ¿Y si es así, por qué habría de lamentarlo yo? Mi pena sería
como decirle: deploro que ya no seáis desgraciada... me desespera ver que ya no
vais a sufrir más, ¿y esta pena... os pregunto... os parece delicada?
Renunciando por un momento a mis sistemas, si adopto los vuestros, si creo que
mi mujer está en un mundo mejor, mi pena por no verla más en este en que sufría
¿no es insultante ya que soy yo su único objeto? Me concederéis que este egoísmo
es repugnante... Me enfado porque me veo privado de ella y mi única aflicción es
por la pérdida que experimento al no tenerla ya, sin pensar en la ganancia que
para ella supone no tenerme más. Si actúo de esta forma sólo pienso en mí... y
en modo alguno en ella y parece como si consintiese tácitamente en que ella
perdiese el bien que posee para que viniese a devolverme el que pierdo yo. Por
lo que concluyo que es una grave injusticia lamentar la muerte de los seres
queridos, porque, al quedar excluido el infierno, o no son nada, lo cual no es
un estado peor o están mejor, lo que supone un estado más agradable. Y en ambos
casos es un error desear que vuelvan a la vida, lo que supondría un
empeoramiento. Por eso no hemos de extrañarnos de que haya países enteros en
donde reine la costumbre de reunirse para regocijarse por la muerte de los
parientes y lamentar el nacimiento de los niños. No conozco costumbres mejores
que éstas . Hay que compadecer a quienes nacen al dolor, hay que imitarlos y
llorar como ellos cuando ven la luz del día. Cuando nos abandonan son
afortunados, sin duda, y no debemos afligirnos.
– Pero supongamos por un momento que ese dolor sea solamente para nosotros el
instinto delicioso de un alma sensible, ¿no sería bárbaro resistirse?
– La verdadera filosofía se acostumbra a las privaciones y no debe resultar
afectada por ninguna. Además no estoy de acuerdo con vos en que esa exagerada
sensibilidad sea un bien. Quizás me resultase muy fácil probaros lo contrario.
Lo que es seguro es que si esa emoción es una dicha, al menos no lo es para todo
el mundo, porque os aseguro que no la he experimentado jamás... ¡Ay! señor, ¡es
tan fácil volver a llenar el vacío que deja una mujer, una querida, un pariente
o un amigo! Si su pérdida nos afecta tan intensamente es por la idea que tenemos
de que jamás podremos encontrar en otra persona las cualidades que se nos
escapan en aquel que nos arrebata la muerte. Esta idea no solamente es personal,
sino que es quimérica. Es la costumbre, que nos ata mucho más que esa relación o
esa conveniencia de cualidades y, si nos preocupásemos, advertiríamos que la
pena experimentada con la pérdida es solamente la sensación física de un hábito
interrumpido. Luego el hombre más desgraciado es, sin duda aquel que, al no
conocer el arte de revolotear igualmente sobre todos los placeres... de
probarlos todos sin apegarse a ninguno, se crea un hábito tan fuerte en algunas
cosas que ya no puede renunciar a ellas sin dolor. Usemos todo y no nos
apeguemos a nada y entonces las pérdidas no nos afectarán jamás, un amigo nuevo
reemplazara al antiguo, una nueva querida, a la que acabamos de perder y el
torbellino de los placeres nos arrastrará sin darnos tiempo a pensar y no
tendremos que experimentar jamás el dolor de lamentar la pérdida de las cosas
que sepamos reemplazar con tanta prontitud.
– Ese vacío es espantoso, su sola idea produce horror, eso supone embrutecer
nuestra alma, supone sofocar en ella la más dulce de las facultades. ¡Oh! señor,
sea cual fuere el placer que podáis ofrecerme ahora, ¿existe uno solo que pueda
comparar con lo que para mí supone la sensación de llorar a la amiga que acabo
de perder?
– Pero si amáis vuestro dolor, este se convierte en un placer y en ese caso, me
concederéis que el placer que consuela es mucho mejor que el que aflige.
– El uno corresponde a un alma de hierro, el otro, a un corazón delicado y
sensible.
– ¿Y de dónde sacáis, señor, que valga más estar organizado en vuestro sentido
que en el mío, si ambos experimentamos placeres?
– Los míos son los de la virtud, los vuestros conducen a todos los crímenes.
– Ahora habría que saber (dejando de lado las convenciones sociales) qué
proporciona más placer, si el vicio o la virtud.
– ¿Cómo puede discutirse una cosa semejante?
– Os devuelvo la pregunta, porque si caracterizáis al placer, esa sensación
excitante recibida por el alma y debida a una causa cualquiera, esa conmoción,
mucho más violenta cuando es causada por el vicio, dará infaliblemente origen a
más placer que la que fuese efecto de la virtud. Y en ese caso el hombre
perfectamente feliz podría ser perfectamente quien, derribando todas vuestras
ideas sociales, convirtiese vuestros vicios en virtudes y todas vuestras
virtudes, en vicios.
– Señor, dije enfurecido al no poder aguantar más esos sofismas tan crueles,
mandaríais colgar, y con razón, al desdichado que pensase como vos.
– De acuerdo, respondió ese desalmado, pero la felicidad de estar por encima de
los demás confiere el derecho de no pensar como ellos. Ese es el primer efecto
de la superioridad. El segundo consiste en abusar de ellos, para dirigir las
propias acciones de acuerdo con la picante singularidad de los propios sistemas
filosóficos. Esto es lo que permite que un hombre traicione al Estado, amase una
fortuna y abandone el ministerio diciendo que está arruinado , que otro destruya
el comercio interior de Francia porque su absurdo proyecto le costó dos millones
, que cien otros se pongan de acuerdo para atraer hacia sí la sustancia del
pueblo y para hacer morir de hambre a continuación a ese mismo pueblo
vendiéndole diez veces por encima de su valor ese alimento que acaban de
robarle. ¿Creéis que esas gentes son menos felices por no haber amado, como vos,
ese fantasma ideal de la virtud?
– ¿Felices? No pueden serlo; la verdadera felicidad solamente reside en la
virtud y los remordimientos de los sinvergüenzas de que habláis deben vengarnos
de todos sus crímenes ya que no lo hace la espada de Themis.
– ¿Remordimientos? No me hagáis reír. Creedme que el hábito del mal los ha
debilitado hace ya tiempo en semejantes almas. Si alguno de ellos volviese a
tener una recaída es un tonto a quien sus compañeros deberían despojar al
instante y que, al menos, es objeto de sus bromas más crueles, si es que no se
atreven a molestarlo en forma diferente. Pero mirad, señor, ya veo que no nos
vamos a poner de acuerdo en toda la tarde. Ordenad, os lo ruego, que nos sirvan
la cena, yo no he almorzado para venir más deprisa y tengo un hambre feroz. Ya
filosofaremos a los postres si lo deseáis...
Di las órdenes y él se sentó a la mesa y cenó con una tranquilidad que me hizo
comprender que era preciso que ese desalmado hubiera adquirido un arraigado
hábito en el crimen para que pudiese permanecer tan tranquilo después de
cometerlos. Como imaginaras, yo no comí, me contenté con hacerle compañía
levantándome de vez en cuando para ocuparme de los detalles propios de mi
cometido, pero no fui a la habitación de Aline a quien mi presencia irritaba en
lugar de calmar y a quien no quería informar si no al día siguiente de la cruel
continuación de sus desdichas.
El médico no se había ido aún, estaba descansando un poco. El presidente quiso
verle, le preguntó descaradamente que cuál era la causa de la muerte de su
esposa.
– El veneno, respondió audazmente éste.
– Pero, doctor, ¿acaso pensáis?...
– Hay una forma segura de convenceros, señor, cuando queráis procederemos a
abrir el cuerpo.
– No, por favor, esas operaciones me han disgustado siempre. No son seguras y
además opino que tienen algo de cruel... No disequemos, enterremos.
Un poco sorprendido por esta respuesta, el medico le preguntó si no creía
conveniente formular una denuncia en regla.
– ¿Contra quién? dijo el presidente.
– Pero, señor, esas cosas no deben quedar impunes. Vos, que castigáis hasta la
más leve sospecha, debéis saber mejor que nosotros la necesidad que hay de
perseguir estos horrores.
– De acuerdo, dijo el presidente, pero como no admito en absoluto vuestra
sospecha, que al ser formulada compromete inevitablemente a todas las buenas
personas que ha habido alrededor de mi mujer desde hace tres meses y como,
desprovistos como estamos de pruebas, sólo conseguiríamos armar mucho ruido y no
dar un escarmiento, estoy plenamente convencido que lo más sensato es permanecer
en silencio y concluir, como yo, que un crimen así, sin fundamentos y sin
motivos, es inadmisible.
Inmediatamente cambió el tema de la conversación evitando, con el mayor cuidado
hablar de Augustine. Después de cenar fue a acostarse... pero para colmo de
horror... ¿por qué es preciso que haya de revelar aún esta última torpeza, por
qué una carta que solamente dedicaría a la tristeza ha de verse manchada por
relatos infames?
El presidente no viaja jamás sin uno de esos sirvientes, celosos de los placeres
de su amo que, para procurárselos, sacrifican todo, deberes, religión, honor y
todas las virtudes que caracterizan a un hombre honrado. En cuanto el patrón
está en alguna parte, este famoso agente lanza inmediatamente sus ojos a su
alrededor y descubre con una habilidad y presteza singulares el objeto que pueda
convenir a los sucios deseos de quien lo emplea. El lugar, las circunstancias,
el dolor general... esa impresión de profundo respeto grabada profundamente en
todos los que allí estaban, nada consideraron sagrado estos dos monstruos. Uno
ordenó acción y el otro trabajo. Y entre todas las jóvenes campesinas atraídas
por la piedad y el agradecimiento a los pies de su respetable señora, una, más
débil o menos afectada, se atrevió a escuchar las proposiciones que se le
hicieron. Se trataba de una joven huérfana de catorce años que está casi sola en
el mundo. El celoso sirviente se la mostró a su amo, éste aprobó la elección.
Por la tarde se la llevó a las habitaciones de este horrible esposo y el traidor
se atrevió a consumar la fechoría junto a los restos, aún palpitantes de esa
desdichada mujer cuyos días acababa de abreviar de forma tan odiosa. Se quedó
con ella durante toda la noche. Yo me enteré solamente después de su marcha...
En verdad que no lo hubiera tolerado de haber sido advertido.
En cuanto se retiró me ocupé de los tristes deberes que me habían sido
encomendados. Lo que más me preocupaba era la manera en que prevendría a la
pobre Aline de las nuevas desgracias que la esperaban.
La orden era precisa, el presidente me la había repetido antes que nos
separásemos. Y cuando le hube mostrado las últimas voluntades de su mujer al
respecto, dijo que no eran más que desatinos a los que, por compasión, se podía
prestar oídos en el momento en que ella los dictaba, pero que después había que
reírse de ellos...
– Por lo que hace a los bienes muebles e inmuebles, nada tengo que reclamar,
señor, me dijo, todo pertenece a mi mujer y ella pudo adoptar las disposiciones
que le pareciesen convenientes. Pero por lo que respecta a mi hija, ésta me
pertenece. Os ruego que la advirtáis que es preciso que salgamos mañana sin
falta.
Debía prepararla, pues. Para no turbar su sueño, que ya imaginaba muy
intranquilo, no fui a sus habitaciones hasta el alba. Ella no se había
desvestido ni acostado. Sus accesos de dolor habían sido crueles... y tanto más
por cuanto su desesperación era muda. Sus lágrimas al no poder encontrar el
camino hacia el exterior, volvían a caer sobre su corazón en forma de gotas de
sangre. Pedía incesantemente ir a besar a su madre y se irritaba violentamente
ante la obligada resistencia que se le oponía. Cuando me vio se recuperó un
poco. Me pregunto por qué la había dejado sola durante tanto tiempo. Me disculpé
hablándole de los deberes correspondientes a mi situación y, después de haber
concedido todo lo que me fue posible a la aflicción que embargaba su alma,
intenté adueñarme de ella. Se le escapó un gesto de amistad... la cogí... la
estreché en mis brazos y lloró...
– ¡Oh, amiga mía!, le dije entonces... armaos de valor... debo notificaros
nuevas desgracias...
Me miró con un gesto de espanto que me hizo temblar... y todas sus ideas se
dirigieron hacia ti.
– ¡Oh, cielos! exclamó, ¿Valcour está con mi madre? ¿Han sido derribados por el
mismo golpe?
En semejantes circunstancias es agradable que la persona a quien se ha de dar
una noticia espantosa vaya más allá de la verdad, cogí una de sus manos y,
sonriéndole amistosamente, le dije:
– No, Valcour está perfectamente bien y estoy seguro de que solamente se ocupa
de vos, pero lo que he de deciros es quizás más cruel que lo que temíais...
Vuestro padre está aquí... sale hoy mismo con vos y quiere que os convirtáis
inmediatamente en la esposa de Dolbourg...
En mi vida he visto una emoción tan violenta como la que embargo a esa muchacha
valerosa a infortunada a la vez...
– ¡Oh, amigo mío!, me dijo levantándose, ¡ya no hay nada en el mundo que pueda
impedirme que me reúna con mi madre!
– Sentaos Aline, le respondí, creí encontrar en vos la fuerza y solamente me
mostráis la desesperación. Nada puede revocar las decisiones de vuestro padre,
pero os quedan medios para escapar a los lazos que os destina.
– ¿Cuáles son?
– Escuchadme y, sobre todo, calmaos.
Se sentó y me prestó toda su atención.
– No os aconsejaría la reclusión en un convento, le dije entonces, vuestro
intento sería en vano, a buen seguro se os negaría, pero esto es lo que os dicta
la amistad. En primer lugar vuestra sumisión debe doblegar a vuestro padre,
durante el viaje mostradle obediencia y respeto. Una vez en el castillo intentad
hablar a solas con Dolbourg, mostradle enérgicamente la insuperable aversión que
experimentáis por este matrimonio. Describidle las desgracias que con toda
seguridad se derivarán para ambos, interesadle, en fin. Emplead todo: la
naturaleza os ha conferido gracias, una elocuencia suave y persuasiva a la que
resulta difícil resistir. Como es menos violento que vuestro padre, no me
extrañaría que se rindiese. Si esto sucede, como supongo, convencedle con el
mismo ardor para que rompa lo que quizás haga. Pero pongamos las cosas en lo
peor y supongamos que no encontrarais ningún medio de evitar la suerte que os ha
sido destinada. Vuestra fiel Julie irá con vos, eso ya está decidido. Escapad
con ella. Tomad cien luises que os doy para los gastos que esto origine. Acudid
a casa de Mme. de Senneval, estará sobre aviso, irá a esperaros expresamente a
su propiedad cercana a París que ya conocéis. Desde allí me avisaréis. Eugénie y
yo nos encargaremos de vos. Os sacaremos de Francia, os llevaremos a los brazos
del esposo que os destinaba vuestra madre y haremos que disfrutéis allí en paz
la fortuna que os deja.
¡La más ligera apariencia de felicidad es tan halagadora para un corazón
desesperado! Esa querida niña cayó en una dulce entonación, le pregunté que le
pasaba.
– ¡Oh, Déterville!, me dijo, vuestros procedimientos me confunden, pero
permitidme una reflexión, amigo mío, si es cierto que tenéis ganas de librarme
de los males que me amenazan, como me han demostrado vuestras conmovedoras
bondades ¿por qué no comienzan aquí vuestras atenciones? ¿por qué no me evitáis
ese horrible viaje con mi padre?
– ¿Es eso posible? respondí yo con dulzura, vuestro padre esta aquí en este
momento, estáis en su poder... Si desaparecierais significaría que yo os he
raptado y, sin que esta gestión sirva para salvaros, perderéis con ella al mejor
amigo de que podíais disponer. Si salís de Blamont, ninguna sospecha puede
recaer sobre mí, vuestra huida será obra exclusivamente vuestra y las atenciones
que tengamos seguidamente para con vos no serán ya el fruto de una seducción,
sino la protección que os concedemos, un servicio que os prestamos. En ese caso
vuestro padre habrá incurrido en faltas reales de las que simplemente no
querréis ser víctima, mientras que hasta el momento sus faltas hacia vos no
justifican la huida. Aquí sólo ha habido malas maneras, en Blamont hay horrores.
Escaparos de aquí es, en una palabra, una decisión violenta. Hay decisiones más
simples que pueden tener éxito y una ley de la prudencia aconseja no emplear
jamás métodos excesivos más que cuando los otros no ofrezcan ninguna esperanza.
Ella volvió a sumirse en sus reflexiones... Luego al cabo de un tiempo me dijo:
– Déterville, me siento más fuerte de lo que hubiera imaginado. Vuestras
bondades me han conmovido y voy a aprovecharlas... Sí, amigo mío, voy a
aprovecharlas, continuó levantándose, en donde me resulte imposible... luego
añadió con violencia... Pero posible o no, no seré jamás la esposa de Dolbourg.
Y cociéndome ambas manos:
– Ahora decidme, amigo mío, si creéis que hay en el mundo una criatura más
desdichada que yo.
– Seguro que sí, le dije, y si bien es verdad que vuestra desgracia es
desesperada quizás haya que compadeceros hoy menos de lo que hubiera creído
ayer.
– Amigo mío, dijo volviéndose hacia la ventana, es de día. Lo más probable es
que nos separemos pronto. ¡Mi querido Déterville!, exclamó lanzándose a mis
brazos, este nuevo golpe será terrible para mí, pero antes de que me destroce no
me neguéis el favor que voy a pediros.
– ¿Qué queréis, Aline? ¿No conocéis los derechos que tenéis sobre mi corazón?
– Quiero besar una vez más a mi madre... O no me habéis amado jamás o me
concederéis este consuelo.
– Os temo, le dije, vuestra mente es demasiado viva, vuestro corazón, demasiado
apasionado... ese espectáculo es doloroso, no podréis soportarlo jamás...
Pero conteniéndose con un valor que me resulta imposible describir, respondió:
– No, os equivocáis, es un santo deber y no voy a marcharme sin cumplirlo. Pero
no temáis nada, la religión y la piedad combatirán el dolor. Mi alma, abatida
por un número excesivo de choques, encontrará en medio de la multitud de
sacudidas la fuerza que cada una de ellas le arrebato... Vayamos... guiad mis
vacilantes pasos y no temáis.
Luego, sin darme tiempo para responder, cogió mi brazo y avanzamos hacia la
cámara mortuoria.
Mme. de Blamont estaba sobre una cama de damasco azul en donde había hecho que
la prepararan convenientemente ya que quería que al día siguiente los habitantes
de sus posesiones tuviesen la satisfacción de verla, cosa que pedían entre
torrentes de lágrimas. Llevaba un vestido de gros de Tours blanco, sus cabellos,
en su color natural, estaban debidamente peinados bajo un gran gorro, su cabeza
reposaba sobre una almohada adornada con encaje y su actitud era la de una mujer
que duerme. Alrededor de la cama ardían ocho cirios y las cortinas de ésta
estaban sujetas con grandes lazos de cinta blanca. Dos curas modestamente
recogidos recitaban oraciones en voz baja.
Desde la puerta por la que entramos pudimos contemplar todo el cuadro... Tu
desdichada Aline, en cuanto lo advirtió, dio un paso atrás y cayó en mis
brazos... pero la convicción de que no disponía más que de un momento, el temor
de perderlo, la extrema resignación que la embargaba, todo la sostuvo y
avanzamos. Los curas se retiraron un instante. Aline, más libre, se arrojó a los
pies de su madre y los besó con respeto... se levantó, fue a ambos lados de la
cama, cogió cada una de las dos manos e imprimió en ellas sus labios con la
compunción que confiere el más vivo dolor... Se acercó a la cabecera, contempló
un instante la calma pura que emanaba de los rasgos de esa mujer... admiró la
belleza que aún la adorna...
En este instante su alma se desgarró. Lanzó sus brazos al cuello de esa madre
adorada, la regó con sus lágrimas, la colmó de besos y le dirigió palabras tan
dulces... le hizo preguntas tan conmovedoras que el temor de verla sucumbir ante
este exceso de sensibilidad hizo que me acercase a ella y que la suplicara que
no se abandonase así. Pero como ella se resistía, como no escuchaba... ya que
sólo tenía oídos para su dolor, acudió el cura y le hizo las mismas súplicas.
Entonces temió haber faltado al respeto. Esa dulce niña, perpetuamente
consciente de sus deberes y que siempre sacrifica las pasiones más ardientes de
su alma, se retiró con los ojos bajos y se arrodilló a los pies de la cama para
compartir un instante las oraciones con los honrados eclesiásticos que se
ocupaban de esta tarea. En ese momento le anuncié en voz baja el legado de los
cabellos que le había hecho su madre. Le dije que iba a cortarlos para
entregárselos enseguida. Esta noticia la reconfortó.
– Ella me da sus cabellos, dijo, esa buena madre... esa dulce madre... ha
pensado en mí... ¡Ah!, dádmelos... dádmelos enseguida... los conservaré toda mi
vida...
Me acerqué a la cama para proceder a esta operación... pero Aline se volvió, no
quiso ver como actuaba, le agradaba la idea de poseer sus cabellos, pero le
enojaba que fuesen cortados. Parecía que esto fuese para ella una prueba más de
la muerte de su madre y quizás alimentase en este momento la ilusión de creerla
dormida. Además, en cierta forma esto significaba desarreglar ese cuerpo que
ella idolatraba. Todas estas ideas ensombrecieron sin duda el triste placer que
le causaba este regalo y cuando se lo entregué lo recibió al principio con un
estremecimiento... Sin embargo enseguida lo cubrió de besos y, volviéndose para
abrir su vestido, los colocó debajo del pecho izquierdo prometiendo a los pies
de su madre que jamás los pondría en otro lugar.
– Mi querida amiga, dije al cabo de media hora de esta cruel visita, debemos
irnos. Este momento ha de aumentar vuestra aflicción, más valdría que no
hubiésemos venido.
Ella se estremeció y se hubiera dicho que yo estaba arrancando la parte más
sensible de su alma, pero siempre firme y valerosa, después de haber renovado
una vez más sus besos en las manos y en la frente, se inclinó respetuosamente y
salió llorando con la cabeza escondida en mis brazos. Yo la abrace en cuanto
estuvimos fuera.
– Estoy mucho más contento de vos de lo que hubiera creído, le dije, esto me
llena de esperanzas para el porvenir... ¡Oh!, mi querida amiga, habéis de ser
fuerte, prudente, sagaz... y estad segura de que todo saldrá bien.
Volvimos a su habitación. Me preguntó dónde sería enterrada su madre con una
especie de emoción que me alarmó. Le conté las últimas disposiciones de la
difunta y cuando vio que Mme. de Blamont deseaba expresamente que su hija fuese
colocada un día en su mismo féretro, dijo:
– ¡Ah! ¡Cómo me consuela eso! ¿Se hará así, no es cierto, Déterville? ¿Se hará
así? ¿Nadie puede oponerse, no?
– No, ciertamente, le dije...
Luego, como distraída, añadió:
– ¿Os encargareis vos de ello, amigo mío?
– Niña adorable, respondí, la naturaleza no va a modificar sus leyes para que yo
me ocupe de esa tarea. Pensad que tengo doce anos más que vos.
– ¡Oh! qué importa, se puede morir a cualquier edad. Prometedme que si me
sobrevivís os encargareis de ponerme junto a mi madre.
– Os lo juro, pero a condición de que nos ocupemos de otra cosa.
– ¡Oh! de todo lo que queráis después de esa promesa.
– ¡Pues bien!, exijo que toméis algún alimento.
– Si, crema de arroz, como ayer, con aquella que he perdido. ¿No es así, amigo
mío, como ayer?
Y, ligeramente extraviada...
– ¡Pero ella ya no estará aquí... ya no será con ella... ya no la veré más!
Sin responder directamente dije:
– ¿Queréis que vaya a buscaros algún alimento ligero?
– No, de verdad.
Y no obstante, a fuerza de insistir, le obligue a tomar un huevo fresco en el
que había batido unas gotas de elixir. Empleamos seguidamente el poco tiempo que
nos quedaba en asegurar nuestras medidas. Convine con ella que, en cualquier
caso, Julie me contaría detalladamente lo que pasase en el castillo de Blamont
desde que Aline entrase en él. Aline me prometió por su parte escribirme con la
mayor frecuencia posible y observar con exactitud lo que había sido convenido
entre nosotros. El tiempo apremiaba, se vistió. Cuando le presentaron el vestido
negro lo besó arrebatada.
– ¡Ah!, amigo mío, dijo mirándome, este será el último color que lleve en mi
vida...
Apenas estuvo preparada cuando el presidente me avisó que me esperaba en las
salas de abajo y que me rogaba que llevase allí a su hija.
– ¡Bien!, le dije, ¿Cómo va ese corazón?
– Mejor de lo que hubiera creído, me respondió ella tomando mi brazo, pero sobre
todo, amigo mío, no me dejéis hasta que haya subido al coche.
Se lo prometí y bajamos... En cuanto oyó la voz del presidente que hablaba con
algunos habitantes de Vertfeuille, se estremeció.
– Valor, le dije, respeto y silencio.
Entró, saludó a su padre sin decir una palabra. M. de Blamont se acercó a ella y
la exhorto fríamente a que se consolara. Le dijo que el luto la sentaba de
maravilla y que jamás la había visto tan bonita. Ella continúo de pie con los
ojos bajos sin responder ni una palabra.
– Como ejecutor testamentario todo esto va a daros mucho trabajo, me dijo el
presidente. Hizo bien en escogeros, pienso que nadie lo haría mejor que vos...
¿Ha comido mi hija?
– Si señor, dije, seguro de que esta respuesta complacería a Aline. ¿Habéis
ordenado que os sirvan?
– Si, he dicho que pongan dos perdices. Me gustan con locura las perdices de
Vertfeuille, son mucho más sabrosas que las de Blamont. ¿Tomaréis una, Aline?
– No, padre mío.
– El viaje será largo, es una travesía de veinticinco leguas. Haremos seis
relevos, no nos pararemos. Tendremos galletas en el coche, pero eso no alimenta.
Sirvieron, el presidente comió sus dos perdices, bebió otras tantas botellas de
vino de Borgoña y habló con las diferentes personas que llenaban la sala
mientras que Aline y yo nos fuimos a un rincón a hablar aún durante un momento.
Terminé de fortalecer su corazón. Ella me prodigó mil caricias... y como, al
abrirse a la amistad, su corazón estaba a punto de derrumbarse, yo hice que no
veía nada. Me rogó que te escribiese y apenas hubo aflorado tu nombre en sus
labios cuando sus ojos se inundaron... Puse término una vez más a esas nuevas
efusiones, temía una horrible crisis. Cuando llegó el momento de salir no vi,
para evitar ese trance, más alternativa que afligirla con mi frialdad. Me estaba
destrozando a mí mismo al obrar así, pero era preciso. Abordé al presidente,
ella me oyó y se contuvo...
Vinieron a avisar que los caballos estaban puestos... Vi cómo se estremecía,
pero no me acerque más a ella... El presidente salió... Seguidamente Julie...
Ella salió en último lugar. En cuanto la vieron la gente formó dos hileras en
medio de las cuales se vio obligada a pasar.
Allí ese ángel celestial recibió involuntariamente los homenajes de todos los
presentes. Unos elevaban sus manos al cielo deseándole toda suerte de
prosperidades... Otros lloraban y se volvían como para no ver como se la
arrebataban, finalmente otros se arrojaban a sus pies, le daban las gracias por
los favores que habían recibido e imploraban su bendición... Ella atravesó la
multitud mirando al suelo y sin reflejar en su frente más que no fuese el dolor
y la humildad.
El presidente subió al coche, Julie le siguió... Entonces Aline volvió sus ojos
hacia mí para dirigirme un adiós cruel que hubiera abierto la fuente de lágrimas
que yo me esforzaba por contener... Pero al no poder distinguirme ya, por las
precauciones que había tomado, aunque yo no la perdía de vista, ella se metió
súbitamente en el coche. Éste se alejó con la rapidez de un rayo... y yo
confundido... anonadado... creí que el astro desaparecía para siempre de los
cielos y que el mundo iba a verse condenado a vivir eternamente en las
tinieblas.
Entré en la casa seguido por el pueblo que lloraba incesantemente. Como no
quería enterrar a Mme. de Blamont hasta que hubiesen pasado treinta y seis
horas, de acuerdo con los reiterados deseos de su hija, hice abrir la habitación
en que se encontraba expuesta, después de haber tomado la precaución de rodear
la cama con una balaustrada cubierta de paño negro. No hubo nadie que no viniese
a prosternarse a los pies de aquella persona que tanto habían amado, todos la
bendijeron y la adoraron...
¡Oh, gentes del siglo! vosotros que vivís como el monstruo que la sacrifica,
¿obtendréis semejantes homenajes cuando la Parca ponga fin a vuestros días?...
¿Tendréis, como esta divina mujer, en el seno del Padre, en donde la han
colocado sus virtudes, el dulce consuelo de vivir aun en el corazón de los
hombres y de verles ofreceros el sagrado tributo de su amor y su agradecimiento?
Estas tareas ocuparon todo el día veintisiete. Al día siguiente a las diez de la
mañana vino el cortejo para tomar el cuerpo y llevarlo a su última morada. Todo
el mundo se disputaba el honor de llevar esa preciosa carga y sus gentes
acabaron cediéndola a duras penas a los seis más notables del lugar.
Se la llevaron y llegó a la parroquia al triste son de las campanas... armonioso
murmullo que hacían aún más lúgubre los llantos y los gemidos de todos los que
la acompañaban. Pero la desesperación se hizo tan violenta cuando la vieron
desaparecer y hundirse en las entrañas de la tierra... los gritos de dolor
fueron tales, que las bóvedas del templo se estremecieron. Se hubiera dicho que
todos los allí presentes hubiesen estado unidos a ella por algún lazo... parecía
que todos fuesen sus hijos, todos la lloraban como a una madre.
Yo volví y pasé sin duda el día más cruel de mi vida: liberado de las tareas más
importantes ya sólo tenía oídos para mi dolor.
¡Oh, amigo mío, qué espantoso fue! La obligación de contenerme reprimiendo hacia
mi corazón las lágrimas que yo mismo me negaba había derribado todos sus
resortes, la máquina se había derrumbado... Me paseaba solo a grandes zancadas
por esas habitaciones en donde antaño había reinado la decencia, la dulce
alegría y la honestidad y sólo encontraba un vacío horrible y señales de luto.
Ya se ha ido ella, me decía, la que hacía la felicidad de los demás. El cielo no
quiso dejarla más que un instante sobre la tierra... sólo ha estado aquí para
hacer el bien... Y le apliqué esas soberbias palabras que inspiró a Fléchier la
celebre duquesa d’Aiguillon : "Solo ha sido grande para servir a Dios, rica,
para asistir a los pobres, ha vivido para prepararse a morir."
Esa es, mi querido Valcour, la primera parte de las desdichas que he de
notificarte. Omito los detalles que me mantuvieron ocupado los días siguientes
para llegar cuanto antes al triste relato que he de transmitirte y que no
destrozara más tu corazón de lo que destrozo el mío cuando lo leí.
El 3 de Mayo por la tarde volvía de la iglesia a donde no he dejado de ir a
llorar dos horas al día sobre la tumba de mi desdichada amiga desde que tuvimos
la desgracia de perderla, cuando me advirtieron que un hombre a caballo
solicitaba insistentemente hablar conmigo. Acudí corriendo al lugar en donde me
dijeron que estaba con el corazón palpitando de espanto. Encontré a un
desconocido que me entregó al instante un paquete de cartas... Lo abrí
precipitadamente... pregunté... leí sin comprender, finalmente reconocí la letra
de Aline precedida de un diario exacto escrito por Julie. Te lo envío todo...
lee, Valcour, y respira, si puedes, hasta la última línea.
CARTA LXVIII
Julie a Déterville
Desde el castillo de Blamont, 1 de Mayo
Ejecuto vuestras órdenes y las de mi señora. Ojalá podáis leer estos tristes
caracteres que mis lágrimas borran a medida que mi mano los traza. Exigís los
detalles por dolorosos que sean, yo obedezco.
El Sr. presidente se durmió en cuanto el coche se puso en movimiento y sólo se
despertó en la primera parada. Hizo algunas preguntas a su hija que solamente le
respondió con monosílabos, entonces le preguntó con un tono severo si pensaba
seguir de mal humor.
– Solamente tengo tristeza, señor, respondió ella, pienso que mis desgracias me
confieren ese derecho.
A eso el Sr. presidente respondió que la mayor de todas las locuras era apenarse
y que era preciso saber elevar el alma a una especie de estoicismo que nos haga
contemplar con indiferencia todos los acontecimientos de la vida. Que él, lejos
de afligirse de nada, disfrutaba con todo. Que si se examinaba con atención lo
que, a primera vista, debiera apenarnos cruelmente, se percibiría enseguida un
lado agradable. Que se trataba de captar éste, de olvidar el otro y que con ese
sistema se llegaría a convertir en rosas todas las espinas de la vida... que la
sensibilidad era simplemente una flaqueza de fácil curación rechazando con
violencia todo lo que pretendiese afectarnos de muy cerca y reemplazando
rápidamente con una idea voluptuosa o consoladora las estocadas con que la
tristeza pretendiese alcanzarnos... que ese pequeño ejercicio era cosa de pocos
años al cabo de los cuales uno conseguía endurecerse hasta un punto en que nada
le podía afectar. Y aseguró a la señorita que sería siempre desgraciada mientras
no adoptase esa prudente filosofía...
Aline no respondió nada y el señor, volviéndose hacia mí, me hizo en alta voz
preguntas sumamente indecentes sobre la señorita.
Cuando vio que yo bajaba los ojos sin responder me increpó enojado. Me dijo que
me irían mal las cosas si yo también quería hacerme la mojigata. Que el tono de
su casa era bien distinto al de la que yo dejaba y que había que acomodarse a él
o hacerse a la idea de no permanecer en ella durante mucho tiempo. Seguidamente
me repitió las preguntas indiscretas que acababa de hacer sobre su hija,
añadiendo que, ya que iba a casarla, era preciso que conociese esos extremos,
que era esencial que supiese si la mercancía carecía de defectos. Pero que ya
que yo me negaba a decírselo... él registraría los fardos por sí mismo para
apreciar su valor. Y después de esto dijo a la señorita que hacía mucho calor y
que le aconsejaba que se quitase todos los tocados y manteletas que la
agobiaban.
Pero Aline, que había preferido viajar en el traspontín, estaba inclinada sobre
la portezuela con la cabeza escondida entre sus manos y no respondía a nada...
Entonces el Sr. presidente me pidió que le proporcionase los mismos informes que
quería que le diese sobre la señorita y acompañó sus preguntas con gestos tan
deshonestos... con acciones tan indecentes que le amenacé con llamar o con
saltar fuera del coche. Me dijo que ya sabría hacerme entrar en razón. Que me
equivocaba ampliamente si pensaba que me llevaba consigo para agradar a su hija
y que a buen seguro me hubiera dejado a no ser por mi juventud y mi bonita
figura; que, ya que yo me hacía la difícil, esperaría, pero que me advertía que
sería preciso llegar ahí y que en Blamont contaba con medios infalibles para
vencer la resistencia de las muchachas.
Poco después volvió a dormirse y no volvió a hablar en casi todo el día. Cuando
estábamos casi a un cuarto de legua de Sens se rompió una rueda y llegamos como
pudimos al albergue de la posta en donde debíamos pasar la noche bien a pesar
nuestro. El señor habló él mismo a la dueña de la casa y, poco después subimos a
una habitación con dos camas a donde hizo llevar el equipaje de noche de la
señorita diciéndome que esa era su habitación y la de su hija y que yo no tenía
más que pedir una para mí. Pero Aline me tomó por el brazo y dijo que iba a
pedir una para ella y para mí, porque no podía prescindir por la noche de su
doncella de cámara.
– ¡Bueno! dijo el presidente, pondrán aquí una tercera cama, pero vos no
pasaréis la noche en otro sitio.
– Os pido perdón, padre, dijo Aline abriendo bruscamente la puerta y saliendo
conmigo al pasillo.
Entonces llamó a la dueña de la casa y le pidió una habitación. Esa mujer,
guiada por los ojos del presidente que consultó enseguida, respondió que no
podía ofrecerle más cama que la que se encontraba en la habitación del
presidente y que su casa estaba llena.
– ¿Pero alojaréis a esta muchacha en algún sitio?
– Si, señorita, pero esa habitación no es digna de vos.
– No importa, no importa, dormiré con ella. Todo es bueno siempre que sea
decente y nada lo es menos, señora, que hacer que una hija duerma en la
habitación de su padre.
– Sin embargo eso nos sucede todos los días.
– Espero que no os importe que conmigo no sea así.
La posadera no se atrevió a replicar y abrió un cuartito bastante malo en el
otro extremo del pasillo y entramos en él sin que el presidente, que nos
observaba desde su puerta, se atreviese a pronunciar una sola palabra.
La señorita pidió un caldo para ella y un pollo para mí. Pidió insistentemente a
la posadera que guardase ella misma la llave de nuestra habitación y que no nos
abriese al día siguiente más que cuando su padre quisiese salir.
Apenas estuvimos encerradas recordé a Aline la conducta de su padre durante este
día y le dije que, con todos los peligros que corríamos con un hombre semejante,
quizás fuese prudente intentar huir de donde estábamos. Le recordé que una vez
en el castillo quizás no dispusiéramos de los medios que encontrábamos en ese
momento.
Pero la señorita, que no se acordaba en absoluto del castillo de Blamont, a
donde sólo había ido una vez con su madre cuando era niña, me dijo que le
parecía imposible que no encontrásemos allí los mismos recursos que aquí; que
esperaba doblegar a Dolbourg, obtener de él la renuncia a sus proyectos y que,
favorecida por M. Déterville, no quería apartarse en nada de los consejos que
había recibido.
– Señorita, le dije, M. Déterville, que habló delante de mí, dijo, según me
parece, que para legitimar vuestra huida era preciso que vuestro padre cometiese
alguna falta. Lo que ha dicho... sus proyectos de hoy... ¿no anuncia todo esto
los horrores que nos esperan?
– Julie, dijo esa inestimable ama, ¿no sabes lo que es acusar a un padre? No
sientes lo que a un alma como la mía le cuesta divulgar las faltas de esta clase
cometidas por aquel que me dio la vida. Preferiría morir que atreverme a algo
semejante. Y además en todo esto no hay aún nada real que yo pueda probar y nada
que él no pueda combatir... ¡Oh, mi querida amiga! esperemos, quizás las cosas
transcurran mejor de lo que crees, tengo gran confianza en Dolbourg... Sea como
fuere, añadió cogiendo mi mano con un gesto que me hizo estremecer, no temas
nada, Julie, no traicionaré jamás a aquél que amo, jamás haré una elección
distinta a la de mi madre y si esos monstruos necesitan una víctima, esta es la
mano que abrirá su costado...
Seguidamente se tendió en la cama sin desvestirse y pasó la noche llorando.
Al día siguiente por la mañana vinieron a avisarnos para seguir viaje. Salimos
enseguida y fuimos a colocarnos ante la puerta de la habitación del señor sin
entrar en ella. Apareció, bajamos con él y ocupamos en el coche las mismas
plazas que la víspera.
El señor no dijo una sola palabra. Nosotras imitamos su silencio y llegamos
hacia el mediodía al castillo de Blamont cuyos alrededores tenebrosos y aislados
sorprendieron y asustaron a la señorita que, como acabo de decir, no se acordaba
ya de su situación. El coche entró hasta el patio interior y allí encontramos a
M. Dolbourg que ofreció su brazo a la señorita para que bajase del coche. Ella
acepto esa cortesía y le hizo una reverencia llena de dulzura.
El coche se retiró y entramos en la sala de la parte inferior. Todo es triste en
ese horrible castillo, en él todo ensombrece la imaginación, todo inspira el
terror. Y esa horrible casa tiene más el aspecto de una fortaleza que la de una
casa de campo. Sólo se ven bóvedas, rejas y gruesas puertas.
En cuanto hubimos entrado, el señor me dijo que llevase el equipaje de su hija a
la habitación que se me indicase, pero la señorita me detuvo y pidió
encarecidamente a esos dos señores que permitiesen que yo estuviera siempre con
ella.
– ¡Oh!, pardiez, dijo bruscamente M. de Blamont, sin embargo ella no va a comer
y dormir con vos. Me parece que una muchacha está segura cuando esta con su
padre y con el esposo que le ha sido destinado.
– No tenéis nada que temer, señorita, dijo M. Dolbourg, creedme, por favor y
permitid que se vaya vuestra Julie...
Aline no se atrevió a resistir. Yo fui a hacer lo que me habían ordenado y volví
enseguida al salón. La señorita estaba sentada entre los dos señores y pude
averiguar que, excepción hecha de algunas palabras fuera de lugar, porque era
imposible que personas como esas no las profiriesen, solamente se había hablado
en esa entrevista de cosas indiferentes. En cuanto Aline vio que yo volvía,
pidió permiso para retirarse. Le fue concedido, el señor le ofreció el brazo
para conducirla a su habitación. Cuando ella entró allí y al ver que solamente
había una cama pidió encarecidamente que instalasen otra para mí.
– Eso es imposible, le respondió el presidente, pero estará cerca de vos y aquí
están las campanillas que utilizaréis cuando sea preciso.
Dicho esto se retiró y nos instalamos en esa habitación. Al revisar los
diferentes rincones pudimos ver en el hueco de la ventana la siguiente
inscripción hecha a lápiz: Aquí fue donde la desdichada Sophie... La frase
estaba inacabada...
– ¡Oh, cielos!, dijo Aline asustada... entonces fue aquí a donde trajo a esa
pobre chica. Yo no lo sabía, me habían dicho que estaba en un convento... ¿Y qué
ha hecho con ella? ¿Por qué la trajo a este castillo?... ¿Por qué no pudo
terminar de escribir esta línea?... ¡Oh, Julie! todo esto me hace estremecer...
Estábamos así cuando vinieron a avisar a la señorita que el almuerzo estaba
servido. Segura de que la forzarían a presentarse, no se atrevió a poner
excusas. Se repuso como pudo de su turbación y bajo.
Entonces vio que el grupo se componía de los dos amigos, una señora mayor, una
joven de quince a dieciséis años, bastante bonita y un joven abad. La
conversación fue general mientras los criados sirvieron, pero cuando fueron
despedidos después de los postres, adoptó un tono muy diferente.
– Aline, dijo el presidente, esa joven que veis ahí es la hija de esta señora.
Es mi querida, os la recomiendo, espero que os llevéis bien con ella... Ese
tunante de Dolbourg fue mi rival durante un cierto tiempo, pero ahora que está
atado por el sacramento, me ha prometido que sólo encenderá los fuegos del amor
en los brazos del himeneo. Esta hermosa niña y su madre serán los testigos de
vuestra boda y la celebrará el señor abad, circunstancia a la que ha pensado
oponerse Dolbourg, porque el abad es un conquistador y vuestro anciano marido es
celoso como un italiano.
La señorita, con los ojos constantemente bajos, no respondió una sola palabra.
Se levantaron de la mesa y en cuanto hubieron salido, saludó respetuosamente a
su padre y se retiró. Pretextó estar fatigada a fin de dispensarse de la cena y
después de haber revisado ambas todos los rincones de la habitación para
asegurarnos de que nadie podría entrar allí por sorpresa, se encerró conmigo y
pasó la noche poco más o menos como la anterior, pero más agitada aún a causa de
esa línea imperfecta escrita por la mano de Sophie cuyo sentido no podía
descifrar. Esa fue la historia del veintiocho.
Al día siguiente el presidente llamó a las nueve. Le abrimos, me ordenó que me
retirase y, después de decir a su hija que le escuchase con atención, le
preguntó si estaba decidida a obedecerle y a casarse con Dolbourg.
La señorita le dijo que no podía recuperarse de la sorpresa que la embargaba al
ver que se le hacía semejante proposición antes de que su madre estuviese
siquiera enterrada. El señor, viendo que dominaba a su víctima, respondió con
términos duros que se reía de esas consideraciones, que quería ser obedecido y
que venía a pedirle su palabra de que lo haría así o de lo contrario la
arrojaría a un calabozo del que no saldría en toda su vida.
La señorita no se alarmó, su valor fue enorme. Dijo que confiaba demasiado en la
bondad de su padre como para temer ser tratada así. Pero ya que se exigía de
ella un sacrificio tan cruel, pedía encarecidamente poder hablar con Dolbourg a
solas. Ese favor no le fue negado.
El presidente salió y M. Dolbourg entró poco después... No hubo nada que Aline
dejase de hacer, nada que no utilizase para alejarlo de ese himeneo. El amor y
la desesperación conferían energía a su discurso, al que era imposible
resistir... Dolbourg fue inquebrantable. Finalmente esa muchacha admirable se
arrojó a los pies de su tirano anegada en llanto a fin de rogarle que renunciase
a sus proyectos... Todo fue inútil... le dijo fríamente que se levantase... que
se haría lo que se había decidido... que no quería de ella más que su persona...
en forma alguna su corazón y que una vez convertida en su mujer, sabría vencer
sus repugnancias o reírse de ellas si aumentaban... que respecto al odio que
ella le manifestaba, era la cosa del mundo que menos le asustaba. Que la haría
vivir en tal soledad y en una subordinación tan completa que no tendría porqué
temer los efectos de su antipatía. Dijo que eso le recordaba a su primera esposa
a quien se había visto obligado a tomar al asalto, como ya veía que tendría que
hacer con ella y que a pesar de toda la altivez del carácter de esa mujer, a
pesar de la invencible repugnancia que ella sentía por él, había sabido
reducirla en pocos meses a la mayor sumisión. Que se acordaba perfectamente de
los medios empleados y que, por violentos que fuesen sabría servirse de ellos...
Entonces la señorita, confundida por haberse rebajado hasta la suplica con
semejante monstruo, le dijo altivamente
– Bien, señor, ya se ha dicho todo, mi padre puede venir a buscar mi palabra,
seré vuestra mujer mañana.
Cuando regresó M. de Blamont ella repitió delante de Dolbourg las mismas
promesas con una expresión firme y tranquila. Le pidió como única gracia que no
se la obligase a bajar y que se la dejase sola durante veinticuatro horas para
prepararse a una acción que le costaba tanto.
El presidente vaciló, dijo que no correspondía al esclavo dictar las leyes a sus
amos.
– Ya veis, respondió ella con presteza, que solamente os pido una gracia.
– Sí, sí, dijo Dolbourg, llevándose al presidente, dejémosla enfadarse durante
veinticuatro horas ya que eso la divierte. Además ¿acaso no hay cosas en que
haya de ocuparse necesariamente una muchacha que va a dejar de serlo?, continúo
con un tono de chanza tan impertinente como ridículo... Sí, sí, niña mía, añadió
intentando cogerla por la barbilla, sí, sí, haced todo eso y que yo sólo pueda
alabar la casa cuando tu papá me dé las llaves.
Entonces el señor, pretendiendo mantener ese tono de broma grosera, dijo que lo
normal era barrer las habitaciones antes de admitir en ellas a un huésped nuevo,
que, cuando menos, era preciso orearlas y que esa tarea le incumbía solamente a
él.
– Es verdad, dijo Dolbourg, no soy celoso, ya lo sabes. Haz lo que quieras,
amigo mío. Aunque te comas la ostra no puedes evitar que yo encuentre la concha
y eso es todo lo que precisa un esposo examinador y que desdichadamente no es
nada más que eso.
Animado por estas palabras insulsas y odiosas, el presidente avanzó
impúdicamente hacia su hija y tomándola de un brazo, le dijo:
– Salvaje criatura, ya no hay defensa que valga, ya no tienes una madre en cuyo
seno puedas refugiarte.
Ante esas crueles palabras la señorita cayó boca arriba sobre un sofá y sus
lágrimas y sollozos la hubieran sofocado infaliblemente si Dolbourg, mucho más
asustado que su amigo, no me hubiera llamado enseguida. Yo, que estaba escondida
en un rincón fuera de la habitación y no había perdido nada, acudí. La señorita
estaba sin conocimiento, aflojé inmediatamente los lazos de su vestido... Pero
los muy malvados... me estremezco al escribir estas indignidades... se
atrevieron a posar sus ojos en ese seno de alabastro, agitado por los suspiros
del dolor... inundado por las lágrimas de la desesperación... Se atrevieron a...
¡Oh!, señor, no exijáis más detalles, sus execraciones no conocieron límite...
Entretanto me sujetaron.
La señorita, al recuperar el conocimiento, se dio cuenta de todo.
– ¡Ah! mi querida Julie, exclamó, ¿Qué han hecho esos señores?
– ¡Ay!, respondí yo, deshaciéndome en lágrimas, ese es el precio que exigen por
concederos las veinticuatro horas...
– Bueno, respondió ella con una firmeza que me sorprendió, no necesito más
tiempo.
Y acercándose a la ventana, consideró su altura, la midió con sus ojos, era de
más de ochenta pies y debajo había un foso de tres toesas de ancho y
completamente lleno de agua...
– Bueno, Julie, me dijo después de haber reflexionado un poco, ya ves que
nuestros proyectos son imposibles.
– Más de lo que pensáis, respondí yo con dolor, se nos observa por todas partes,
eso es lo que hace que nuestra suerte sea horrible... Mirad, le dije,
mostrándole el otro lado del foso, observad que hay allí dos hombres que nunca
pierden de vista nuestra ventana y si ando por la casa hay otros dos que me
siguen a todos lados. Nuestra situación es espantosa.
– Ya me doy cuenta, respondió Aline, de forma que sólo me queda una cosa que
hacer...
Como no comprendí lo que quería decir, me atreví a decirle que, dadas las
circunstancias en que nos encontrábamos, la única alternativa era obedecer...
pero sin escuchar más me rechazo airada.
– Creía que eras mi amiga, me dijo, pero ya veo que no lo eres. ¿Ya te has
vendido a mis tiranos? ¿Son ellos los que te obligan a hablarme así? ¿Estoy ya
sola en el mundo? ¿Me han abandonado? ¿Estoy rodeada de enemigos por todas
partes?...
– ¡Oh, cielos! exclamé arrojándome a sus pies, ¿cómo habéis podido concebir
semejante sospecha? ¿Traicionaros yo... abandonaros yo? ¡Podéis contar conmigo
hasta la muerte!
– ¡No tardaré en saber si lo que me dices es cierto y ya verás si el último
recurso que me queda no me libera de mis perseguidores!
– ¡Qué! ¿Pensáis escaparos?
– Sí, dijo ella sonriendo con un gesto que he recordado después y que no me
chocó excesivamente entonces, sí; Julie, voy a escaparme... volveré a la casa de
mi madre... No es cierto, como han dicho, que su seno no me servirá ya de
refugio... Me servirá, Julie... me servirá aún.
Y después de dar dos veces la vuelta a la habitación a gran velocidad, me pidió
un vaso de agua.
– Este es, dijo al tomarlo, el último alimento que voy a tomar en Blamont.
– Señorita, dije yo, que creía que se había recuperado un poco y suponiendo que,
tenía los medios para huir y que me los iba a comunicar, esa comida no os dará
muchas fuerzas si queréis ir muy lejos.
– Ciertamente, me dijo con un talante abierto y libre, ciertamente, mi buena
amiga, me iré muy lejos. ¡No se puede huir demasiado lejos de semejante morada!
...
Me pidió su escritorio, se lo entregué... Me dijo que la dejase tranquila hasta
que llamase.
Obedecí y escribió hasta las siete... Entonces me hizo entrar y después de
haberme dicho que me sentara:
– Mira las señas de estas cartas, me dijo...
Las leí. En una decía: A mi mejor amigo.
– Apuesto, le dije, que esta es para M. Déterville...
– Así es...
Leí la otra, decía: A aquel que idolatraré incluso más allá de la tumba...
– ¡Oh! a esta, le dije, le pondré el nombre cuando queráis.
Ella sonrió...
La tercera decía: A los manes de mi madre.
– ¿Quieres entregar esta?, me dijo.
– ¡Oh, señorita!
– ¡Bueno!, ya la llevaré yo, niña mía... la entregaré yo misma...
Se levantó presa de una agitación prodigiosa... ¡Oh! ¿por qué se me escaparon
esas emociones... todas esas palabras?...
Poco después me dijo que, desde que habíamos salido de Vertfeuille, no nos
habíamos acordado de rezar un instante por su madre.
– Es cierto, le dije.
– Reparemos eso, Julie.
Se puso de rodillas y me ordenó que adoptase la misma postura y que recitase en
mi libro el Oficio de Difuntos lentamente y de forma que pudiese seguirme y
oírme. Cumplió este deber con un fervor... una compunción que hizo que se me
saltasen las lágrimas. Seguidamente quiso que recitásemos juntas el salmo
veinticuatro, Dominus, illuminatio mea, cuyo sentido es que, sea cual fuere el
número de enemigos que nos acosen, no se ha de temer nada cuando Dios es nuestro
protector y la vida eterna nuestra esperanza. Pero cuando llegó al tercer
versículo: Mi padre y mi madre me han abandonado solo el Señor se ocupa de mí,
sus ojos se llenaron de lágrimas... y ella se sumió en el más profundo dolor.
Poco después se levantó.
– Ahora estoy más tranquila, me dijo, es inaudita la satisfacción que
experimenta un alma sensible al rezar por los que ama. Esa pobre madre; esa
dulce madre... ¡cómo me amaba, cómo me cuidaba cuando era niña! ... ¡más
adelante mi felicidad era su única preocupación!... ¡cómo me estrechaba entre
sus brazos unas horas antes de expirar! ¡No me queda nada, he perdido todo en
este mundo, he perdido todo, Julie! no me queda nada...
Y prorrumpió de nuevo en llanto. No obstante eran casi las once. Me preguntó si
quería velar con ella... Era lo que yo quería y acepté.
– Bueno, me dijo, sin embargo no pasaremos toda la noche, un poco antes de que
vengan a buscarme me apetecería tomarme unas horas de descanso. Quiero estar
bonita para la ceremonia... quiero estar tan bonita como me lo permita la
naturaleza... ¡ah!, me dijo después de un instante de reflexión... están
cenando... están sumidos en la alegría y los placeres... no me oirán, dame la
guitarra...
La cogió, la afinó e improvisó a continuación los versos que siguen imitando la
romanza de Nina:
Melodía: Romanza de Nina
Madre adorada en un momento
La muerte te aleja de mi cariño.
Tú estás vivo, ¡oh mi amor!
Vuelve a consolar a tu amada. ¡Ah! que venga (bis) ¡Ay! ¡Ay!
Pero el bienamado no vuelve ya.
Como la rosa en la dulce primavera
Se abre al soplo del céfiro
Ante estos suaves acentos
Mi alma se abriría al delirio
En vano escucho ¡Ay! ¡Ay!
El bienamado no habla ya.
Vos que vendréis a llorar
Sobre la tumba en que repose
Gimiendo sobre mis dolores
Decid al amante que los causa
Que fue siempre ¡Ay! ¡Ay!
El bienamado hasta la muerte.
En cuanto hubo terminado:
– ¡Vete, dijo rompiendo enfurecida su guitarra contra el muro, vete lejos de mí,
instrumento inútil! Después de haber cantado por última vez a aquel que amo no
debes servir ya para nada.
No me atrevía a hablarle porque la veía sumamente turbada y agitada... Ora se
levantaba y cruzaba la habitación a grandes zancadas, ora se volvía a sentar y,
sumiéndose en su dolor, sólo dejaba o ir gritos y gemidos.
Sonaron las once... contó las campanadas.
– Solamente me quedan esas horas... Vendrán a las diez. Y reuniendo sus cartas
las puso en un sobre con vuestra dirección.
– ¿No te pidió Déterville, me pregunto, un diario exacto de todo lo que pasase
aquí?
– Sí, señorita.
– Pues bien, tienes que hacerlo y, cuando se lo envíes, no te olvides de
enviarle también este paquete.
Me lo dio y me hizo jurar que os lo enviaría sin falta.
Hecho esto, se calmó. Hablamos dos o tres horas tranquilamente. Parecía inquieta
por la suerte de Sophie. No comprendía cómo había llegado al castillo ni por qué
su nombre estaba escrito en esta habitación. Como no conocía la huida de
Augustine ni las espantosas sospechas que esa aventura nos había inspirado,
continué ocultándoselas de acuerdo con vuestras órdenes. Hablamos de temas sin
importancia, pero ella entremezclaba siempre en sus palabras alusiones
siniestras que me asustaron mucho. En ocasiones me preguntó durante cuánto
tiempo se conservaba intacto un cuerpo después de haber exhalado el último
suspiro... o si creía que una persona que se abriese las venas tardaría mucho en
morir. Otras veces si pensaba que, en el caso en que muriese en Blamont, su
padre le negaría la gracia de ser colocada junto a su madre. Si creía que
Valcour se enojaría mucho al saber su muerte... Y otras mil cosas semejantes a
las que no presté toda la atención que debiera.
Finalmente dieron las tres, se estremeció...
– Cómo pasa el tiempo, dijo; cuando se acerca un gran acontecimiento, parece que
los instantes tr