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LAS CARTAS:
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XL
CARTA XXI
Déterville a Valcour
Vertfeuille, 10 de Septiembre
Sophie está ya completamente bien, ayer se levantó y como hacía buen tiempo tomó
el aire un momento en la terraza; había escogido este lugar porque sabía que en
él se encontraba la dueña de la casa y quería que su primer deber fuese un acto
de agradecimiento. Al avistar a estas damas desde lejos, leyendo bajo un
bosquecillo, se precipitó hacia ellas y vino a caer a los pies de Mme. de
Blamont, bañando con sus lágrimas el regazo de su bienhechora, buscando las
palabras y no encontrándolas y llegando a ser más expresiva a través de este
silencio del sentimiento que a través de todas las frases del espíritu. Mme. de
Blamont la levantó, la abrazó con todo su corazón y la hizo sentarse a su lado;
está débil, está pálida, pero este abatimiento no perjudica sus poderosos
atractivos.
– Es más bonita que vos, dijo riendo Mme. de Blamont a su hija...
– ¡Ojalá pueda llegar a ser más feliz! respondió Aline besándola.
Esa noche cenó con nosotros, sus modales, su aspecto y su decencia nos han
encantado a todos. Pero tengo que contarte cosas mucho más interesantes, permite
que dejemos por el momento a Sophie para reanudar la historia de sus
perseguidores.
Era imposible encontrar un momento mejor para seducir a la vieja Dubois y para
desentrañar, a través de ella, todo el nudo de esta infame intriga... Expulsada,
despedida también ella, el despecho y la necesidad la arrojaron a los brazos de
Saint-Paul y, bajo el pretexto de presentarla, como si fuese pariente suya, en
una casa excelente, la condujo fácilmente hasta Vertfeuille; está aquí, pero aún
no ha visto a Sophie. En cuanto a las astucias que ha usado nuestro hombre, voy
a ahorrártelas, bástate saber que han dado resultado; voy a relatarte ahora lo
que hemos descubierto gracias al éxito de esta operación.
Apenas Mirville hubo puesto a Sophie en la puerta cuando llegó Delcour: era el
día de su cena; el primero enfurecido aún, puso a su amigo al corriente de la
operación que acababa de realizar y como su diálogo es bastante curioso voy a
transcribírtelo palabra por palabra de acuerdo con las declaraciones de la vieja
que no perdió una sola sílaba.
El presidente Delcour: ¡Voto a Judas!, amigo mío, esa es una causa mal juzgada,
habéis olvidado los derechos que tengo sobre esa p..., y sólo debisteis
castigarla en mi presencia; os hubiera ayudado de todo corazón. Soy inflexible
sobre los atentados del crimen, ningún lazo me retiene en estos casos y los
derechos de la naturaleza se anulan cuando se han infringido los de la gente.
¿Dónde está?
El financiero Mirville: No creo que haya ido muy lejos... Si quieres darte el
gusto...
Delcour: Sí, por cierto, que corran a buscarla y que le digan que aún ha de
recibir una corrección suplementaria a manos de su padre.
¡Oh! amigo mío, ¿ha habido nunca atrocidades meditadas, combinadas, tan grandes
como estas? La cocinera salió y, de buena fe, busco a Sophie y, aunque esta
estaba en el umbral de la puerta pequeña del jardín, afortunadamente no la
descubrió. Esa fue la causa del ruido que la desdichada oyó en medio de su dolor
y que redobló tan oportunamente su espanto. Como no había visto nada, la
cocinera volvió y dijo que, sin duda, la criminal se había evadido. Una
reflexión súbita asaltó inmediatamente al presidente. Prosigamos con nuestra
manera de reflejar su enérgica conversación:
Delcour: ¿Estás seguro, Mirville, de que Sophie es realmente culpable?
Mirville: La he encontrado con el delincuente, me pareció que era más que
suficiente para legitimar su estupidez.
Delcour: Las apariencias engañan tan a menudo, amigo mío... Las manos de un juez
gotean continuamente con la sangre que las apariencias le hacen derramar.
Afortunadamente, estamos por encima de estas miserias y un ser de menos en el
mundo no supone para nosotros un asunto excesivamente grave. Además, lo que digo
no es para desculpar a Sophie, sino porque me gustaría mucho tener, como tú, un
culpable para castigarlo. Examinemos los hechos y hagamos comparecer a los
testigos; comencemos por interrogar a la Dubois, creo que es cómplice. ¿Hay
pistolas?
Mirville: Sí.
Delcour: Coge una y yo la otra; se trata de asustar, no te imaginarías lo que se
obtiene asustando: te estoy enseñando los secretos de la profesión.
Mirville: ¡Quién los ignora! Pero estas pistolas... amigo mío, están cargadas.
Delcour: Eso es lo que hace falta, y ¿qué importa una cabeza cuando se trata de
conseguir lo que llamamos indicios? Mil víctimas para descubrir a un culpable,
éste es el espíritu de la ley.
Mirville: De la ley, de acuerdo, yo no conozco muy bien la ley y aún menos la
justicia. Yo sigo los dictados de mi corazón y rara vez me engaña. Vas a ver
cómo los golpes de bastón y los correazos que propiné a tu hija, han sido debida
y legítimamente aplicados. Por lo demás si hiciera falta una reparación, ¿qué
podría hacer? esas cosas no se corrigen. ¿Dónde la encontraría, cómo lo
repararía?
Delcour: ¡Oh! pero, en estos casos, digo yo, no procede la reparación. Harás
como nosotros. Nadie ofende como los discípulos de Themis y nadie repara tan
poco como ellos. Has captado mal el sentido de mi discurso; lo que yo me
propongo no es hacer que realices una buena acción, sino procurarme el placer de
realizar una mala. Tu ejemplo me ha tentado... y no conozco nada peor que el
ejemplo; interroguemos, ese es nuestro objeto.
Y la Dubois, que hubiera deseado estar muy lejos, fue convocada al instante,
introducida en una misteriosa habitación que solamente se utilizaba para las
grandes aventuras. Prodigiosamente asustada, como te imaginarás, al sentir los
dos cañones de las pistolas apoyados sobre sus sienes y al verse conminada a
decir la verdad o, de lo contrario, a perder la vida, declaró que Rose era la
única culpable y que ella no había tenido jamás noticia de que Sophie hubiese
cometido falta alguna.
– ¡Voto a tal!, exclamó Mirville, creo que siento remordimientos.
– ¡Pues bien! dijo Delcour furioso, los aplacarás ayudándome a vengarme:
comencemos por decidir la suerte de esta intrigante... Y amenazándola con la
pistola, añadió: No sé qué me contiene...
Ésta protestó en vano su inocencia, los dos amigos le dijeron que después de
semejante conducta, no podían depositar en ella ninguna confianza y que debía
irse esa misma tarde... Y, como ves, antes de castigar a la culpable, como a
buen seguro el castigo no era muy legal, quisieron verse libres de testigos...
Desafortunada circunstancia, ya que nos priva por completo de las consecuencias
de esta funesta aventura y hurta a nuestras miradas atrocidades cuyo
descubrimiento bien pudiera sernos necesario un día. La Dubois devolvió, pues,
sus llaves, cogió sus cosas y salió. Gracias a un afortunado azar se hospedó
cerca del portazgo en una especie de pequeña posada a donde precisamente llegó
nuestro Saint-Paul dos o tres días después. En la casa sólo quedaban la
delincuente y la cocinera. Ésta, interrogada por Saint-Paul la víspera de su
salida para Vertfeuille, dijo que en cuanto la Dubois salió, Rose fue llamada y
acudió. Que cenó muy tranquilamente con los dos amigos y que ella, una vez
servida la cena, se retiró como de costumbre y que no vio nada de particular;
pero que al día siguiente por la mañana, cuando quiso ir a servir el desayuno
según su costumbre vio que todos habían salido sin que hubiese oído nada
diferente a los otros días y sin que encontrase desorden en ninguna de las
habitaciones. Esto rompe nuestro hilo y ya ves que ahora nos resulta imposible
saber de que naturaleza pudo ser la venganza que recayó sobre Rose.
Al día siguiente por la mañana, un lacayo de Mirville vino a pedir a la cocinera
los vestidos y los efectos de la joven; pero fue incapaz de responder a ninguna
de las preguntas que la sirviente le hizo. Seguidamente la casa fue cerrada por
el hombre de Mirville, que dijo a su camarada que podía estar tranquila, que un
viaje que esos señores iban a realizar al campo iba a interrumpir sus cenas, al
menos durante un mes... Solamente podemos, pues, hacer conjeturas sobre la
suerte de la desgraciada compañera de Sophie. La viva imaginación de Mme. de
Blamont ha forjado enseguida las más siniestras. Las de la Dubois, que yo adopto
por encontrarlas más naturales, son que el presidente ha hecho encerrar a Rose,
tal y como le había amenazado para el caso en que se viese obligado a ello en
virtud de sus desmanes. Esto es, amigo mío, todo lo que hemos podido averiguar
por esta parte... Veamos ahora el resto.
Ya no hay dudas, mi querido Valcour, sobre la personalidad de nuestros dos
desconocidos; la Dubois, engañada por Saint-Paul y sin saber a quien estaba
hablando, dijo a Mme. de Blamont
– El que se hace llamar Delcour, señora, es el presidente de Blamont, que tiene
una de las mujeres más amables de París; el otro es un tal señor Dolbourg,
financiero riquísimo y amigo suyo desde hace treinta años y que va a casarse con
su hija. Estos señores vivieron primero, con dos famosas cortesanas, continuó
nuestra dueña, de las que quizás la señora haya oído hablar.
– ¿Las Valville?
– Si, señora, dos hermanas; uno tenía a la mayor y el otro a la menor, casi al
mismo tiempo tuvieron ambos una hija de sus amantes; pero la de M. de Blamont
murió al cabo de ocho días; el presidente ocultó la muerte a su amigo y le
enseñó otra niña de la misma edad que la que acababa de perder ya que la llevó
al pueblo de Berseuil en donde hizo que la criasen.
– ¡Qué! interrumpió Mme. de Blamont sumamente turbada, ¿y esa niña de Berseuil
no será la de la Valville?
– No, señora, respondió la Dubois, la niña de la Valville murió con toda
seguridad y la que fue llevada a Berseuil era una hija legítima que el señor
presidente había tenido de su mujer y que habían mandado criar en
Pré-Saint-Gervais. Al retirarla él mismo de este pueblo, entregó cincuenta
luises a la nodriza a fin de que propalase la muerte de esa criatura, que, según
decía, quería sustraer por razones secretas a su madre; y se fingió enterrar una
niña en la parroquia de Pré-Saint-Gervais.
– ¡Santo cielo! exclamó Mme. de Blamont que no podía contenerse ya,
efectivamente yo perdí una hija en aquella época; y se estaba criando en el
mismo sitio que decís... ¿Será posible? ¡Sophie!... ¡Mi querido Déterville!...
¡qué multitud de crímenes!... ¿qué objeto podría perseguir?
En este momento la Dubois se dio cuenta de quién era la dueña de la casa y cayó
a los pies de Mme. de Blamont suplicándole compasión...
– Tranquilizaos, le dijo esa desdichada esposa..., estáis a salvo; pero no me
ocultéis nada; no os abandonaré jamás. Y entonces esa mujer continuó y a través
de sus respuestas supimos que ambos amigos, al nacer hijas que habían tenido de
sus amantes se habían prometido mutuamente utilizar a esas niñas para reemplazar
a sus antiguas sultanas y prostituírselas recíprocamente en cuanto hubiesen
alcanzado la edad núbil; pero el presidente, al ver que se desvanecían sus
derechos sobre la hija de Dolbourg con la muerte de la suya, había decidido
silenciar esa muerte y sustituir a la pequeña bastarda por una hija legítima ya
que era lo bastante afortunado como para tener una en ese momento. Esa era la
historia de Sophie; ésta era la causa que explicaba su asombrosa semejanza con
Aline; así verás que el poco delicado Dolbourg, gracias a las diabólicas
maquinaciones del presidente, hubiera tenido, si todo sale bien, a una de las
hijas de Mme. de Blamont como amante y a la otra como mujer. Por añadidura,
puedes reconocer aquí el alma tierna y delicada del querido presidente que,
aunque estaba persuadido de que Sophie era su hija legítima, ríe y se divierte
con su pérdida, con los malos tratos que ha recibido y se ofrece incluso, con
una barbarie atroz, a hacerla víctima de nuevos tormentos. Si hay en este mundo
rasgos que dibujen mejor el carácter abominable... si los conoces, te ruego que
me lo digas a fin de que los reserve para describir al primer malvado que haya
de pintar... Esta es, no obstante, la conducta de todos aquellos que deshonran,
encarcelan, torturan y atormentan a los desdichados... culpables de algunas
debilidades, sin duda, ¡pero la vida de diez de estos desdichados no mostraría
semejantes refinamientos en el crimen y en la infamia!
La Dubois añadió que sus dos amos tienen otra casa de placer, parecida a la de
Gobelinos, en la parte de Montmartre, en ella se reunían para almorzar tres
veces por semana al igual que lo hacían en la otra para las tres cenas; como no
había sido introducida en este segundo nido no estaba muy al corriente de las
orgías que en el celebraban; pero a grandes rasgos sabía que todo era más
indecente y más abundante que en la casa que ella regentaba.
– Allí tienen, dijo, un serrallo compuesto por doce jovencitas de las que la
mayor no tendrá más de quince años y las renovaban a razón de una cada mes.
Las sumas que gastan en esto, dice la vieja, son enormes y, por muy ricos que
sean, no comprende como no han disipado ya toda su fortuna.
Puedes imaginar el estado en que se encuentra Mme. de Blamont. No obstante,
había que tomar una decisión respecto a esta mujer; no podía permitir que se
quedase ni que Sophie la viese; le propuso que buscase una casa en Orléans y
que, mientras la encontraba, le indemnizaría todos los gastos con una
gratificación de veinticinco luises que le pagaría en el acto. La Dubois,
encantada, colmó a Mme. de Blamont con expresiones de gratitud. Saint-Paul salió
esa misma tarde para llevarla a Orléans, en donde se colocó poco tiempo después.
Creo que supondrás, mi querido Valcour, quien iba a ser el objeto de los
primeros arrebatos de Mme. de Blamont: apenas hubo concluido con los asuntos de
la Dubois cuando ardía ya en deseos de verse cerca de Sophie...
– ¡Oh, tú, cuya muerte me costó tantas lágrimas, exclamó precipitándose a los
brazos de esta atractiva criatura... ¡me has sido devuelta! mi querida hija... y
¡en qué estado, Dios mío!
– ¿Vos mi madre?... ¡Oh, señora! ¿es eso cierto?
– Aline, comparte mi alegría... besa a tu hermana... el cielo me la devuelve...
me fue arrebatada de la cuna... ¿por quién? Nada hay que pueda expresar lo que
siento.
Amigo mío, renuncio a describirte la situación... era sumamente emocionante.
Mme. de Senneval, Eugénie y yo mezclamos nuestras lágrimas a las de esta
encantadora familia y el resto del día lo dedicamos a disfrutar de este
inesperado acontecimiento que proporcionó regocijo a una madre tan dulce.
Inmediatamente hice observar a Mme. de Blamont las armas que este acontecimiento
nos proporcionaba contra las odiosas e ilegítimas pretensiones del presidente;
ella asintió, pero al mismo tiempo vio que nuestras gestiones exigían el
misterio y los más delicados preparativos... ¿Quién podía impedir a M. de
Blamont afirmar que todo esto no era más que una patraña? ¿Reconocería a Sophie
como hija legítima? ¿era siquiera probable que diese muestras de conocerla? ¿Qué
pruebas tendría entonces Mme. de Blamont para convencerle? La muerte de su
hijita, bautizada con el nombre de Claire, había sido comprobada. M. de Blamont
había conseguido un testimonio del cura; la nodriza, que se había prestado a
todo, había colocado con toda probabilidad un tronco, en lugar de la niña, en el
ataúd que se había enterrado; mientras tanto, Claire, bajo el nombre de Sophie,
había sido transportada a casa de Isabeau por el mismo presidente... Y además,
¿podríamos encontrar a la nodriza de Pré-Saint-Gervais? ¿Suponiendo que la
encontrásemos, confesaría su crimen? Todo esto multiplicaba las dificultades,
hacía tambalearse los derechos de Mme. de Blamont; porque si Claire, a quien
continuábamos dando el nombre de Sophie, no suponía para ella un arma poderosa
contra su esposo, éste, invirtiendo los términos, se encontraba en posición de
superioridad respecto a su mujer; desde ese momento Sophie no sería ya más que
una desdichada bastarda que había recibido todos los cuidados que le
correspondían y que había sido seducida por Mme. de Blamont y llevada a su casa
para que le sirviese de pretexto para perjudicar a su marido y para privarle del
derecho que él, con razón, pretendía tener sobre Aline y del que quería hacer
uso para entregársela a su amigo. Todo lo que no favorecía ya a Mme. de Blamont
se ponía inmediatamente en su contra. Todas esas consideraciones la
impresionaron; su primera idea fue respetar lo convenido con Isabeau, imaginando
que esa pobre desgraciada sería más afortunada si permanecía oculta que si se
quedaba en su casa.
Pero yo me opuse a esa manera de abordar las cosas e hice observar a Mme. de
Blamont que, si el presidente deseaba investigar sobre Sophie comenzaría sin
duda por el pueblo de Berseuil y que además, aislándola en esa oscura aldea y en
un estado tan inferior al que le correspondía, le resultaría casi imposible
servirse de ella decentemente y con eficacia para rechazar las indignas
pretensiones de M. Dolbourg: Convinimos, pues, que lo mejor sería que se quedase
con nosotros; que debíamos conseguir informaciones más seguras sobre la antigua
nodriza de Sophie y que había que forzar a esta criatura a confesar su crimen.
Esto no era seguro ni fácil, de acuerdo, pero era no obstante la única solución
adecuada a las circunstancias... De acuerdo con todo esto te encargamos a ti
esta importante investigación; no dejes de hacer nada que permita que la
realices con tanta celeridad como exactitud. La antigua nodriza de Claire vivía
en Pré-Saint-Gervais, el pueblo no es muy grande y las investigaciones serán
fáciles; fue allí donde Sophie pasó las tres primeras semanas de su vida, en
casa de una aldeana llamada Claudine Dupuis y en esa parroquia fue donde se
celebraron los funerales; de ese pueblo salió el presidente la noche del 15 de
Agosto de 1762 llevando a una niña pequeña en una cunita verde en la parte
delantera de un coche gris sin lacayos. Esto es todo lo necesario, mi querido
Valcour, para dirigir tus informaciones; actúa inmediatamente y prescinde de
cualquier tipo de reflexiones por tu parte. Piensa que no estás actuando contra
Blamont ni contra Dolbourg, sino únicamente en favor de una madre desolada que
te adora y que solamente puede confiarte a ti estos trabajos; no hay delicadeza
alguna que pueda detenerte en estas circunstancias. Si encuentras a la mujer que
buscamos creemos que es conveniente que emplees métodos de extremada suavidad
para hacerla confesar lo que hizo, y que intentes que te reconozca delante de
algunos testigos. Si se niega a confesar será necesario ponerla en manos de la
justicia, ya que toda consideración debe ceder ante la importancia de comprobar
la legitimidad de Sophie; no hay recurso que no deba emplearse para alcanzar el
éxito ya que del reconocimiento de esta legitimidad penden todas nuestras
esperanzas y que, probando por una parte esta legitimidad y, por otra, el
comercio de Dolbourg con esta muchacha, conseguiremos destruir todos los
proyectos que tiene para perjudicarte. Adiós, acelera tus gestiones, infórmanos
y cuenta siempre con la exactitud de nuestros cuidados.
CARTA XXII
Aline a Valcour
Vertfeuille, 15 de Septiembre
Solamente os escribo unas palabras y ¡Dios sabe la agitación que me embarga!
Ayer por la tarde todo estaba tranquilo... esperábamos noticias vuestras; Sophie
estaba cada día mejor; yo me encontraba entre la mejor de las madres y esta
hermana querida e infortunada a quien amo con pasión; a ambas las colmaba de
caricias. Esta pobre Sophie, consolada de todos sus males, feliz por su nueva
situación, mezclaba sus lágrimas con las nuestras; Eugénie, Déterville y Mme. de
Senneval leían en el otro extremo del salón, dejando que de vez en cuando sus
miradas cayesen emocionadas sobre el cuadro que les ofrecíamos; de repente Mme.
de Senneval, que estaba cerca de una ventana que daba al patio, dejo su libro y
exclamó asustada:
– Oigo un coche.
Escuchamos, no se equivocaba... Mi madre se apresuró a esconder a Sophie en la
habitación de una de sus doncellas; apenas hubo bajado cuando una silla de
postas entró efectivamente; trajeron antorchas... Amigo mío, era mi padre... era
el cruel Dolbourg... Mi mano tiembla al trazar estos nombres... se han
presentado a pesar de su promesa. ¿Por qué motivo? ¿saben que tenemos a Sophie?
¿qué es lo que quieren?... ¿qué exigen? Toda mi sangre se trastorna... Sólo
tengo fuerzas para besaros y para entregar este billete a Déterville que se
encargará de que lo recibáis.
Post scriptum de Déterville
Lo envío con la diligencia, porque los postillones que han traído hasta aquí a
estos malvados van a encargarse de hacerlo pasar de mano en mano de forma que lo
recibirás tres días antes. No temas nada, actúa; prefiero que estén aquí a que
estén en París durante tus operaciones: de momento no hay caras largas y sólo
percibo honestidad y decencia. Mme. de Blamont se encuentra en un estado
horrible... pretexta una jaqueca. Mme. de Senneval, Eugénie y yo estamos
preparados para todo, nos ocupamos de todo. Voy a reanudar el diario, sabrás
todo lo que suceda minuto a minuto.
¡Santo cielo! si los hombres supieran al entrar en la vida las penas que les
esperan y si de ellos dependiese volver a la nada, no habría uno sólo que
quisiera emprender esta carrera.
CARTA XXIII
Déterville a Valcour
Vertfeuille, 20 de Septiembre
¡Oh Valcour! ¿hay un punto en donde el vicio, confundido, se detiene? ¿Existe un
medio para adivinar en los ojos del hombre corrompido si lo que dice, si lo que
hace, emana verdaderamente de su corazón o si sus acciones y sus discursos
proceden exclusivamente de su falsedad? ¿Qué procedimientos pueden, en pocas
palabras, darnos la clave del alma de un malvado y cómo, habituado, como lo está
a fingir, puede distinguirse cuando engaña o no? Me resulta verdaderamente
imposible asegurarte que haya nada cierto sobre las consecuencias de lo que he
de decirte hasta que hayamos solucionado este problema; yo contaré y tú
combinarás.
El catorce por la tarde nuestros viajeros fatigados se limitaron a algunas vagas
cortesías, algunas noticias, la cena y la cama. Por nuestra parte, el billete
que te escribimos, temores y una noche sin sueño... La virtud se atormenta y se
agita allí donde el vicio reposa seguro.
El quince por la mañana el presidente llevó a su amigo a la habitación de Aline;
ésta se había levantado temprano para venir a deslizar bajo mi puerta, como
habíamos convenido la víspera, el billete al que yo añadí algunas palabras; pero
se había vuelto a acostar.
Extremadamente sorprendida por una visita tan matinal, respondió a su padre que
le preguntaba si ya era de día, que lamentaba mucho no poderle abrir, pero que
nadie había entrado hasta entonces en su habitación. El presidente, poco
escrupuloso, insistió...
– Cuando se trata de recibir a un padre y a un esposo, dijo a través de la
puerta, no se debe andar con tantos miramientos: abrid, Aline y no temáis.
– Es cierto que no puedo, estoy en la cama.
– Qué importa, habéis de abrir, hija mía, o me enfadaré.
Pero la prudente Aline no pudo oír esta última frase; envuelta en un salto de
cama se había evadido con presteza por la pequeña escalera que comunica su
cuarto con la habitación de Mme. de Blamont, y estaba ya sumamente alarmada a
los pies de la cama de su madre, cuando el presidente, poco acostumbrado a la
resistencia frente a sus deseos, declaró que si no se le abría al instante
derribaría la puerta... Ya estaba resuelto a ello cuando una doncella que le
había sido enviada con rapidez, le propuso pasar a la habitación de su mujer en
donde iban a servir el desayuno.
Desgraciadamente he de representar a dos libertinos; es, pues, necesario que te
prepares a leer detalles obscenos y que me perdones por referirlos. Ignoro el
arte de pintar sin color; cuando el vicio cae bajo mis pinceles lo esbozo con
todas sus tintas, y si éstas desagradan, mejor; presentarlo bajo una luz hermosa
es el medio de hacer que se le ame y esto no entra en mis proyectos.
La embajadora era bonita, muy blanca, con ojos muy vivos, nueva en la casa y
había sido enviada porque fue la primera que se presentó. El presidente la cogió
de la mano y, como la puerta del cuarto que ocupaba se encontraba un poco
alejada empujó hasta allí a la muchacha, seguido de Dolbourg, y se dispuso a
encerrarse cuando la ágil criada, adivinando sus intenciones, se escapó y fue a
reunirse con su ama. No tardaron en seguirla sus dos asaltantes; creyeron
prudente aparecer enseguida a fin de que las quejas de quien se les había
escapado fuesen tomadas a broma.
Libre ya de sus enemigos, Aline había subido de nuevo a su cuarto; gracias a lo
cual estos señores sólo encontraron a la presidenta.
– Vuestras mujeres son auténticas Lucrecias, señora, dijo Blamont al entrar, en
verdad que son estas virtudes romanas. Yo imaginaba... Ya sabéis que yo doy poca
importancia a esas pamplinas; cuando, con todos los riesgos de aburrimiento que
entraña el campo, uno se atreve a sacar a un amigo de la ciudad, es preciso
entretenerle... ¿Cuanto tiempo hace que tenéis a esa orgullosa vestal?... (y
ella estaba presente). Está muy bien... ¿Qué edad tenéis, señorita?
– Diecinueve años, señor.
– No está mal, en verdad; me gustan sus ojos, dicen toda clase de cosas.
Y Mme. de Blamont, confusa:
– Salid, salid, Augustine, ¿no veis que el señor se está burlando de vos?
– Pero, señora, vuestro rigor es excesivo... hacéis que parezca un crimen el
homenaje rendido a la belleza.
– Eso no significa que yo sea severa... ¡Y bien! ¿No os sentáis?... mi hija va a
bajar... la habéis despertado... ¡menudo susto!... ha venido corriendo hacia
mí... Yo me he reído de sus temores y la he enviado a vestirse.
– ¿Vestirse? ¡qué extravagancia! ¿es que hay que vestirse para un padre?...
¿desde cuándo tantos miramientos estando en el campo?
– La honradez está de moda en todas partes.
– Tenéis razón, señora, dijo Dolbourg... Perdonad, pero si creyese a vuestro
marido, a veces ¡me haría hacer unas cosas!...
– ¡Oh! esto merece que me siente, dijo el presidente, dejándose caer en una
butaca... si, voy a sentarme, Dolbourg va a predicar y hace ya tiempo que tengo
curiosidad por oír el sermón de un recaudador de impuestos... Vamos, prosigue,
Dolbourg, te escucho; analízanos un poco, te lo ruego, las virtudes cívicas y
las virtudes morales... sí, que haya mucha virtud en tu discurso; ¡es asombroso
lo que me gusta la virtud!
– ¿Preferís tomar el desayuno aquí o pasar al salón? interrumpió la presidenta.
– Iremos a donde os plazca... ¿Dónde está mi hija?
– Está terminando de vestirse y acudirá a donde se le diga que estamos.
– Pues decidle, os lo ruego, que cuando vaya a verla por la mañana con mi amigo,
no quiero que se haga la mojigata...
– Pero hay cosas que la decencia...
– ¡Decencia!... ¡ya salió la palabra que las mujeres siempre tienen en los
labios! hace ya mucho tiempo que intento penetrar la significación de esta
palabra bárbara sin haberlo conseguido; confieso que en vuestra opinión, los
salvajes deben ser bien indecentes; porque siempre van desnudos y podéis estar
perfectamente segura de que entre los Californianos o entre los Ostiagos cuando
un padre quiere ver a su hija por la mañana ésta no le cierra la puerta bajo el
ridículo pretexto de que está en camisón.
– Señor, respondió Mme. de Blamont, con tanta amabilidad como modestia, la
decencia no es ideal, puede ser arbitraria; puede ser relativa según los
diferentes climas, pero su existencia no es por ello menos real; es hija del
sentido común y de la prudencia, debe regir nuestras acciones de acuerdo con
nuestras costumbres y con nuestros sentimientos y si en Francia la moda fuese ir
como en el Paraguay, la decencia, al servicio de otros deberes más esenciales no
dejaría por ello de ser respetada.
– ¡Oh! os digo que hay países en donde no existe nada de lo que decís, en donde
vuestros deberes son quimeras y vuestros crímenes excelentes acciones.
– Basta este razonamiento para condenaros, porque, a fin de cuentas, sean cuales
fueren los vicios de ese pueblo del que habláis, ¿admitís cuando menos que
existen? y esos vicios, cualesquiera que sean, los evita y los castiga: he aquí,
pues, un freno reconocido en razón de la clase de clima o de gobierno. Y,
¿habiendo nacido en éste, por qué no aceptar igualmente sus principios?
– Pero nada de eso es cierto.
– No, para quien está ciego; pero os digo que, por lo que a mí respecta, no
tengo necesidad de argumentos ni de disertaciones para convencerme del verdadero
carácter de una cosa y para entregarme a ella si está bien o para detestarla si
está mal.
– ¿Y cuál es esa guía infalible?
– Mi corazón.
– No hay órgano más mentiroso, cada cual puede hacer de su corazón lo que quiera
y os aseguro que a fuerza de sofocar su voz pronto se consigue extinguirla.
– Esto supone, cuando menos, un instante en que se la ha oído aún sin quererlo.
– De acuerdo.
– Luego se ha sido virtuoso cuando esa voz se dejaba oír y se ha dejado de serlo
a partir del momento en que se intenta sofocarla. El bien y el mal tienen, pues,
diferencias bien acusadas que vos mismo definís esforzándoos en suprimirlas.
Dolbourg: Me parece que tenéis razón, señora, es muy cierto que el vicio es una
cosa que... y además, siempre lo he dicho, nada como la virtud...
El presidente, entre risotadas: ¡Ah! a fe mía, si el lógico Dolbourg interviene,
estoy vencido; vamos, señora, salvémonos; os temo demasiado aliada a semejante
campeón; vayamos a desayunar: decid a Aline que baje.
Todo el mundo se reunió en el salón. Aline, confusa, apareció; el presidente le
dijo unas cuantas frases agrias a propósito de la historia de la mañana que
terminaron por ruborizarla y gracias a la habilidad de Mme. de Senneval, la
conversación paso a otros temas.
Durante el almuerzo M. de Blamont obligó a su hija a colocarse entre Dolbourg y
él y le repitió a menudo:
– Señorita, habéis de ser cortés con mi amigo, ambos habéis nacido para
conoceros pronto más íntimamente.
No fue una tarea fácil para mi suegra y para mí interrumpir a cada instante la
conversación y volver a introducirla dentro de los límites de la decencia de
donde el presidente, más que Dolbourg, se empeñaba en sacarla una y otra vez.
Al retirarse el presidente dijo a su hija que debía estar sola al día siguiente
por la mañana en su habitación porque tenía algo que decirle que solamente podía
ser oído por Dolbourg. Ante esta orden las damas se unieron para combatirla.
- En verdad, señor, dijo Mme. de Senneval, he estado casada durante dieciséis
años y jamás mi marido ha deseado hablar con mi hija sin mí; sean cuales fueren
los lazos que una muchacha pueda tener con los hombres, no es decente que los
reciba sola; y aunque os enfadéis siempre me oiréis decir, señor, que no hay
nada más deshonesto que la orden que dais ahora a vuestra hija y que, si yo
fuera Mme. de Blamont, a buen seguro que no lo toleraría.
– Hace veinte años, señora, respondió el presidente con acritud, Mme. de Blamont
hace lo que yo quiero; yo lo manifiesto y ella me satisface. Se siente tan bien
así, dentro de esta correspondencia que quizás le sentase mal el procedimiento
contrario. Nunca he querido saber lo que M. de Senneval hace en vuestra casa;
aceptad, pues, que ruegue a su respetable esposa que no se meta en nada de lo
que suceda en la mía.
Mme. de Senneval,, que, como tú sabes no es ni muy suave, ni muy sufrida, quiso
replicar, pero Mme. de Blamont, que preveía una escena que deseaba evitar, dijo,
mientras llamaba a la servidumbre para que trajesen luz.
– Aline, habéis oído las órdenes de vuestro padre, esperadle mañana por la
mañana levantada en vuestro cuarto a la hora en que le plazca pasar.
El día dieciséis, a las ocho de la mañana, ambos amigos se presentaron
efectivamente en la puerta de Aline; estaba levantada; estaba vestida.
¿Reconoces en esto, amigo mío, el pudor y la timidez de esta encantadora
muchacha?... no se había acostado... ¡Hombres odiosos! ¡hasta qué punto habéis
llegado a ser despreciables en el seno de vuestra propia familia ya que la
desconfianza que inspiráis induce a semejantes precauciones!
– ¿Levantada ya? dijo M. de Blamont.
– Vuestras órdenes son leyes para mí.
– Os pregunto que por qué estáis ya levantada.
– ¿No me dijisteis que M. Dolbourg...?
Dolbourg: ¡Oh! por mí, señorita, no valía la pena molestarse...
M. de Blamont: Le hubiera gustado tanto encontraros en la cama como levantada.
¿No va a veros en ella dentro de poco?
Aline: Había imaginado, padre mío, que teníais algo que decirme.
– ¡Cómo está hecha! dijo M. de Blamont, rodeando con sus dos manos el talle de
Aline, ¿has visto jamás proporciones semejantes? ¡Cómo! ¿Lleváis un corsé
estando en el campo?
– Lo llevo siempre.
– Pero este pañuelo, prosiguió Blamont lanzando con una mano la prenda sobre la
cama y sujetando a su hija con la otra, este pañuelo nos lo vais a dispensar.
Y Aline, confusa y desolada, cruzando sus manos sobre su pecho:
– ¡Oh! padre mío, ¿era esto lo que teníais que decirme?
– Permitidme, señorita, dijo Dolbourg separando una de las manos con que Aline
trataba de ocultar lo que su padre acababa de descubrir... permitidme, a vuestro
padre le complace que yo mire todo esto como algo mío y es lo bastante juicioso
como para no concluir un trato antes de que me haya cerciorado de que no hay
fraude... Estas tonterías se ven sin dificultad... bien, si fuese así... pero
esto... vemos tantas...
– ¡Oh, señor, a vos os debo la vida! exclamo Aline escapándose con presteza, no
imaginéis que mi respeto y mi obediencia llegan hasta el punto de traicionar mi
deber y ya que vos olvidáis el vuestro hasta el extremo, me siento autorizada a
desoír sentimientos que os negáis a merecer.
Tarda más el rayo en preceder al trueno que lo que tardó esta dulce y honrada
criatura en precipitarse a la alcoba de su madre. Llegó a ella anegada en
llanto, se lanzó a los pies de esa madre adorable; le suplicó que la llevase a
un convento, le dijo que la desesperación la cegaba, que no respondía de sí
misma y después de algunas palabras de consuelo, Mme. de Blamont, habiéndola
dejado al cuidado de Eugénie y de Mme. de Senneval, fue a reunirse con su
marido.
Su papel en todo esto resultaba tanto más difícil por el temor que sentía por
Sophie; aun no se había resuelto a tomar partido, aunque presentía el objeto del
viaje. Sin embargo, no se atrevía a informarse y esperaba que su esposo se
explicase en primer lugar. Su natural timidez, las circunstancias, todo la
obligaba a obrar con tiento. Se contuvo, pues, y, al encontrar confundidos a los
dos amigos como consecuencia de la súbita huida de Aline, le preguntó
amablemente a M. de Blamont que había hecho a su hija que la hacia derramar tan
copiosas lágrimas. Blamont, un poco confuso por su parte, y considerando que aún
no había llegado el momento de hablar, sonrió, bromeó y dijo que su hija se
había asustado de una caricia completamente inocente que Dolbourg había querido
hacerle. Todo se aplacó; Augustine, que vino a anunciar que el desayuno estaba
servido, desvió la atención y el presidente rogó a su mujer que tranquilizase a
Aline y que le dijese que podía presentarse, que ya no habría nada que pudiera
hacerla enfadar. Mme. de Blamont se retiró y Augustine, que estaba arreglando
algo, se vio gracias a ello a solas con nuestros dos héroes. Los detalles de
esta segunda escena no llegaron a nuestros oídos, pero sus consecuencias son
suficientemente elocuentes. Augustine, fascinada por el oro, fue, sin duda menos
cruel que la víspera. Lo cierto es que estos señores no aparecieron para
desayunar, que no volvimos a ver a Augustine durante todo el día y que
desapareció al día siguiente. Hay cosas muy desagradables que, en determinadas
circunstancias, son bienvenidas, este suceso es una de ellas. Al menos logró
aplacar a nuestros libertinos y todo el resto del día fue tranquilo.
Pero el diecisiete por la mañana, tan pronto como se supo que Augustine se había
ido, la inquietud de Mme. de Blamont creció considerablemente; podía haber
hablado de Sophie; aunque no se le hubiese contado a ella, conocía de la
historia todo aquello que no había podido ocultarse en la casa; ¿no sería esto
excesivo si había sido indiscreta? Sumida en esta horrible perplejidad la
presidenta se decidió a preguntar a su marido qué podía haber hecho a esa
muchacha y cuál era la causa de su evasión. Incluso le hostigó un poco para
descubrir si había algo sobre sus temores y le convencieron de que su doncella
había sido corrompida y que la desdichada había ido a París a esperar los
efectos de la liberalidad de sus seductores y las nuevas pruebas de su fantasía
hacia ella.
Durante todo el día anterior y gran parte del presente había habido una sensible
confusión entre padre e hija. Ésta había deseado ardientemente permanecer en su
habitación, conseguimos que renunciase a este proyecto y se había presentado
como de costumbre limitándose a ruborizarse ligeramente.
Durante la jornada del diecisiete el presidente, que seguía afanándose en
quedarse a solas con Dolbourg y Aline, propuso un paseo por el bosque al que se
opuso toda la concurrencia cuando percibimos que, gracias al arte con que había
dispuesto los recorridos y los coches, Aline, en lo más espeso del bosque iba a
verse a merced de sus dos perseguidores. Al contemplar el fracaso de sus planes
el presidente dijo que quería ir a recorrer los bosques solo con su amigo; este
último proyecto se ejecutó y ya no les vimos hasta la cena. Nosotros no nos
habíamos movido del palacio durante esta ausencia y yo había logrado convencer a
Mme. de Blamont a romper el hielo; el asunto era penoso, pero se hacía necesaria
una explicación; como el presidente no decía nada, podía albergar secretamente
el proyecto de llevarse a su hija; no bastaba con limitarnos a estudiar su
conducta, había que desvelar sus designios. Decidí, pues, una aclaración para el
día siguiente por la mañana sin falta y preparé todo con la intención de
conferir a la escena el patetismo que juzgaba necesario con el fin de conmover,
si ello era posible, los resortes de ese alma marchita. Ya es hora de describir
detalladamente este acontecimiento que tuvo lugar en el segundo salón en cuyo
lado izquierdo hay un pequeño gabinete para escribir en el que había hecho que
se escondiese Sophie que ya estaba prevenida. Una vez que hubimos tomado el
chocolate nos dirigimos al salón del que lo he hablado y Mme. de Blamont comenzó
así:
– Concededme, señor, que me proporcionáis, si fuera malvada, muy justos motivos
para quejarme de vuestra conducta.
M. de Blamont: ¿De qué habláis?
Mme. de Blamont: ¿Qué significa este rapto? ¿No merece mayor respeto el asilo de
vuestra familia?
M. de Blamont: ¡Vaya! ya ves, Dolbourg, las amonestaciones que recibo por tu
culpa, todo lo he hecho por ti y mira como me riñen como si yo fuese el
delincuente.
M. Dolbourg: ¿Me hubiera atrevido yo a incurrir en semejante ofensa si tú no
compartieras mi culpabilidad?
Mme. de Blamont: ¡Oh! es una pérdida que no me entristece en absoluto.
Mme. de Senneval: Las desordenadas costumbres de esa criatura no han debido
daros la oportunidad de lamentar su pérdida... ¡Dos hombres casados!
M. de Blamont: Poco importa el sacramento en este caso; no digo que, tomándolo
como es debido, no pueda exaltar a veces la mente, pero, en verdad, que no la
calma jamás. Además Dolbourg no está ya sujeto por ningún lazo, es el más feliz
de los hombres, está ya en su tercera viudedad.
Mme. de Senneval: Creía que estaba casado.
M. de Blamont: Creo que dentro de cuatro días eso dejará de ser una mera
presunción.
Mme. de Blamont: ¿Acaso intentáis contraer nuevos lazos?
M. de Blamont: ¡Menuda ignorancia! ¿se debe al misterio o quizás a la falsedad?
Mme. de Blamont: Será lo que vos queráis, pero no conozco nada tan simple como
ignorar los propósitos de las personas que apenas si se conocen.
M. de Blamont: Ya habrá tiempo para conocerse y en cuanto al interés que debéis
tomaros en ello, me cuesta concebir que lo ocultéis después de lo que sabéis
sobre este asunto.
Mme. de Blamont: Hay cosas que se pueden repetir cien veces sin que se lleguen a
comprender jamás.
M. de Blamont: De acuerdo, pero cuando suceden, al menos no se puede alegar
ignorancia.
Mme. de Blamont: Me confundís en lugar de explicarme. Quería una solución y me
proponéis un enigma.
M. de Blamont: ¡Ah! ¡Vive Dios! estoy dispuesto a daros la clave de éste.
Mme. de Senneval: Nos encantará escucharla.
M. de Blamont: Pues bien, se trata de que voy a entregar mi hija a este
caballero, he ahí todo el misterio.
Aline: ¿Padre, habéis decidido sacrificarme de esa forma?
M. de Blamont: He decidido haceros feliz y conozco lo bastante el carácter de
este caballero como para estar seguro de que tiene todo cuanto hace falta para
conseguirlo.
Mme. de Blamont: Pero en un asunto como este, ¿quién puede juzgar mejor que ella
misma? Si os asegura que a pesar de todas las cualidades del señor Dolbourg le
resulta imposible alcanzar la felicidad con él, ¿que objeción podríais hacerle?
M. de Blamont: Que lo que no llega un día llegará otro. No se trata de saber si
mi hija debe creerse feliz en el matrimonio que le propongo, se trata solamente
de aceptar que el hombre que le destino tiene todo lo necesario para hacerla
dichosa.
Mme. de Blamont: ¡Oh! señor, ¿cómo podéis razonar así?
M. de Blamont: ¿Qué pretendéis que haga ante sus caprichos si tengo la intención
de no ceder ante ellos?
Mme. de Blamont: No afirméis, pues, que deseáis la felicidad de vuestra hija.
M. de Blamont: Dado el actual estado de nuestras costumbres una muchacha que
dice que teme no encontrar la felicidad en los lazos del himeneo me hace reír.
¿Quién la obliga a buscarla ahí? Un esposo de la edad de mi amigo sólo pide
algunas consideraciones... algunas asiduidades... algunas observaciones de la
práctica y si, una vez satisfechas estas nimiedades, la mujer piensa que puede
encontrar algo mejor... ¡pues bien! cierra los ojos. ¿Qué hombre sería lo
bastante tirano como para escandalizarse al ver que su mujer va a buscar un bien
que él no puede proporcionarle?
Mme. de Blamont: Si las costumbres son depravadas, ¿creéis que lo son todas las
mujeres?
M. de Blamont: Esta depravación es solamente ideal, el delito solamente afecta
al marido y queda anulado desde el momento en que éste lo tolera o lo niega.
Desde el momento en que él no se opone a nada a cambio de ciertas condiciones
puramente físicas, ¿cuál puede ser el crimen de la mujer?
Mme. de Senneval: Yo tendría en bien poca estima al esposo que hiciese conmigo
ese tipo de arreglos.
M. de Blamont: La estima... la estima, ese es otro de esos sentimientos
quiméricos que no concuerdan con mi filosofía. ¿Qué es la estima?... La
aprobación de los tontos concedida a los seguidores de sus pequeños y ruines
prejuicios... tiránicamente negada al hombre genial que los censura. Decidme, os
lo ruego, cómo pretendéis que alguien pueda estar deseoso de merecer semejante
sentimiento. Por lo que a mí respecta, no os lo oculto, el hombre de mundo que
prefiero es aquel a quien menos se estima y siempre le supondré más ingenio que
a todos los demás... No, no, ese fantasma no es el que hace la felicidad. Jamás
el hombre prudente fundamenta la suya en lo que los demás le pueden dar y le
pueden quitar al más ligero movimiento de sus caprichos; solamente la basa en sí
mismo, en sus opiniones, sus gustos, e ignora toda consideración ulterior.
Dejemos todos esos goces ilusorios. Creedme, un marido rico, amable,
complaciente, que nunca exige más que lo que se le puede dar, que disculpa todo
lo metafísico, ese es un hombre que puede hacer feliz a una mujer: si él no lo
consiguiese, señoras mías, confieso que no puedo imaginarme lo que pedís.
Mme. de Blamont: Simplifiquemos, señor, porque vuestros análisis están demasiado
alejados de nuestros principios como para que jamás podamos ponernos de acuerdo;
atengámonos, pues, a los hechos. Aline, ¿creéis que la unión que os propone
vuestro padre pueda haceros feliz?
Aline: Estoy tan segura de que no es así que ruego a mi padre que me traspase
mil veces el corazón antes que sujetarme con semejantes nudos.
M. de Blamont: ¡ah! esas son vuestras lecciones, señora, estos son vuestros
preceptos. De haber actuado yo como debiera no hubierais educado vos a esta
criatura... Separada de vos desde su nacimiento, no habiendo conocido nunca más
que el convento, alejada de vuestros indignos prejuicios, no hubiera encontrado
ninguna respuesta cuando se tratase de obedecerme.
Mme. de Blamont: Una criatura arrancada a su madre desde la misma cuna no
alcanza ciertamente la felicidad.
M. de Blamont, conmovido y balbuciente: Al menos su espíritu no se vería
estorbado por los malos principios.
Mme. de Blamont: Pero se pervertirían sus costumbres en medio de la infamia y el
que debería ser el protector de su inocencia es a menudo el corruptor.
M. de Blamont: Ciertamente estas afirmaciones son...
– Ven Sophie, prosiguió con ardor Mme. de Blamont abriendo la puerta del
gabinete, ven a explicárselas tú misma a tu padre, ven a precipitarte a sus
pies, ven a pedirle perdón por haber podido merecer su odio desde el primer día
de tu nacimiento.
Luego, dirigiéndose rápidamente a Dolbourg:
– Y vos señor, ¿osaréis hundir aún más el puñal en el corazón de una madre
desdichada? ¿Osaréis desear como mujer una de sus hijas después de haber
convertido la otra en vuestra amante?
Luego, captando la turbación de su marido a cuyos pies se encontraba Sophie:
Dejad que hable vuestro corazón, señor, lo sabemos todo, no os neguéis a abrir
vuestros brazos a esta desdichada Claire que me arrebatasteis de la cuna; hela
aquí, señor, hela aquí víctima de vuestros manejos. Engañada sobre su
nacimiento, que no siga viendo en vos al corruptor de sus primeros años y
mostradle el corazón de un padre para hacerle olvidar a su verdugo.
En este momento, amigo mío, el arte de la maldad más refinada vino a disponer
los músculos de la fisonomía de estos dos indignos mortales. En este momento
pudimos convencernos de que el alma de un libertino no tiene una sola facultad
que no esté al servicio de su cabeza y que todos los movimientos de la
naturaleza ceden en semejantes corazones ante la pérfida corrupción del
espíritu.
– ¡Oh! a fe mía, señora, dijo el presidente con la mayor serenidad mientras
rechazaba a Sophie, si estas son las armas con que queréis batirme, ciertamente
no triunfaréis...
Y alejándose aún más de Sophie:
– ¿Qué casualidad ha traído a esta muchacha hasta aquí?... ¿Te hubieras
imaginado, Dolbourg, que la casa de mi mujer iba a servir de refugio a nuestras
putillas?
– ¡Oh! querida, no esperes ya nada más de este hombre atroz, dijo Mme. de
Senneval furiosa, quien rechaza a la naturaleza con tanta energía sólo puede
inspirarte temor. Ve a implorar a las leyes, su templo está abierto a tus
quejas, nunca hubo tantos motivos para acudir, nunca hubo tanto derecho a su
auxilio...
– ¿Querellarme yo contra mi mujer?, respondió Blamont lleno de dulzura y
amabilidad... ¿aturdir al público con discusiones tan minuciosas como
estas?...eso no lo veréis jamás.
Luego, dirigiéndose a mí.
– Déterville, añadió, haced que se retire la gente joven, os lo ruego, volved
enseguida, explicaré el enigma, pero sólo quiero hacerlo ante estas dos damas y
vos.
Sophie, desolada, Aline y Eugénie pasaron a la habitación de Mme. de Blamont y
en cuanto volví el presidente, que nos había pedido que nos sentásemos y le
escucháramos nos dijo que entre Sophie y él no había habido jamás lazo alguno de
parentesco; que la idea de esta alianza era absurda. Confesó que había tenido
una hija de la Valville, confesó el deseo que había formulado de sustituirla por
otra para conservar los derechos que su pérfido convenio le otorgaba sobre la
hija natural de su amigo; añadió que como la muerte, muy real, de su hija
Claire, le había llevado a Pré-Saint-Gervais, en donde había sido confiada a una
nodriza, después de haber cumplido los últimos deberes para con esa hijita,
había pensado en procurarse alguna niña bonita que pudiera ocupar el lugar de la
que había tenido de la Valville y que la hijita de la nodriza, que tenía
justamente la edad necesaria, le había convenido y que pagó cien luises a la
madre y la llevó seguidamente el mismo al pueblo de Berseuil en donde había sido
educada hasta la edad de trece años, pero que en todo esto no había habido más
mal que el de haber querido engañar a su amigo, pero nunca el de haber
corrompido a su propia hija o habérsela arrebatado a su mujer. Seguidamente nos
preguntó cómo había llegado esa muchacha hasta Vertfeuille.
Mme. de Blamont, siempre dulce, siempre honrada y sensible, creyendo ver alguna
sinceridad en lo que estaba oyendo y prefiriendo renunciar al placer de volver a
encontrar a su hija ante la necesidad de ver a su marido culpable de tantos
crímenes, si Sophie le pertenecía realmente y, como no tenía nada positivo que
objetar, porque tú no habías aclarado nada... Mme. de Blamont, decía, confesó
todo de buena fe. El presidente se arrojó a los brazos de su mujer y abrazándola
con la mayor ternura:
– No, no, querida, le dijo... no, no, no vamos a desunirnos por una cosa
semejante, soy culpable de algunos desvaríos, sin duda, mi debilidad por las
mujeres es horrible, no puedo ocultarlo, pero un error no es un crimen y yo
sería un monstruo si fuese culpable del crimen que me acusáis. Nada hay más
cierto que la muerte de vuestra hija, soy incapaz de haberos engañado hasta el
punto de fingir esa muerte si no hubiese sido real. Sophie es hija de una
campesina, es hija de la nodriza de vuestra Claire, pero no os pertenece en
absoluto. Estoy dispuesto a jurároslo frente a los altares, si fuese necesario.
El parecido es singular, lo confieso, hace tiempo que he observado los rasgos
comunes de Sophie y de vuestra Aline, pero se trata solamente de un capricho de
la naturaleza que no debe engañaros... En señal de reconciliación, prosiguió
estrechando las manos de su mujer, os concedo la prórroga que pedís para vuestra
Aline. El matrimonio que pido haría mi felicidad, no obstante me habéis pedido
tiempo para disponerlo, os concedo hasta mi vuelta a París, como habíamos
convenido en un principio, pero que acepte después, me atrevo a suplicaros.
Sobre todo que el temor de un crimen no sea lo que os retenga. Dolbourg ha
podido ser el amante de Sophie, pero os aseguro que jamás lo ha sido de la
hermana de Aline. No hay ninguna prueba que no pueda proporcionaros, no hay
juramento que no pueda haceros, disfrutad en paz con vuestros amigos del tiempo
que os dejo para convencer a mi hija de lo que constituye la meta de mis
anhelos. Os suplico que os ayuden a obtener de ella lo que espero y que estén
bien seguros que solamente me preocupa su felicidad.
Mme. de Blamont, que sólo pensaba en ganar tiempo para Aline... que lo obtenía,
que no podía refutar las afirmaciones de su marido o que no podía oponerle más
que las de la Dubois, que no tenían nada que las hiciese preferibles a las del
presidente... que, madre o no de Sophie, seguía estando en condiciones de
hacerle mucho bien, encontró en su corazón la respuesta que le dictaban nuestros
ojos. Convenció a su esposo de la fe que otorgaba al discurso que acababa de
pronunciar y añadió que, ya que el cielo había hecho que Sophie cayese en sus
manos, se le concediese la gracia de conservarla.
Dolbourg: No merece el bien que queréis hacerle, he vivido cinco años con ella,
debo conocerla y la conozco bien, creed que sería indigno del honor que pretendo
de convertirme un día en vuestro yerno si hubiese maltratado a esa muchacha como
lo hice sin que ella me hubiera dado los más serios motivos para ello. Quizás me
haya dejado llevar por mi cólera, pero podéis tener la certeza de que es
culpable.
Mme. de Blamont: Se nos ha asegurado insistentemente que no.
Dolbourg: ¡Ah! ya lo veo, señora, Sophie no ha sido la única que ha caído en
vuestras manos y esa criatura que la encubría y era cómplice de sus desórdenes
se encuentra igualmente en ellas.
Mme. de Blamont: Es cierto que he visto a la Dubois.
El Presidente: Ahora ya no hay impostura que pueda asombrarnos, esa es la
persona que os ha inducido a caer en los errores sobre el objeto que nos ocupa.
Pero no le creáis nada: si queréis conocer la verdad ninguna mujer en el mundo
es capaz de disfrazarla con tanto arte, ninguna puede llevar tan lejos la
mentira y la atrocidad.
Mme. de Blamont: ¿Y qué ha sido de esa otra criatura de la que ambos habéis
aceptado que ha sido la amante de mi marido y la hija de Dolbourg?
El Presidente, alterado: ¿Qué ha sido de ella?
Mme. de Senneval: Sí.
El Presidente: ¡Pues bien! nada más simple, era culpable, al igual que Sophie...
culpable de la misma clase de falta... Dolbourg castigó a una; yo quería
castigar igualmente a la otra... se me escapó... no os oculto nada, podéis ver
mi sinceridad... es como el corazón de un niño.
Mme. de Blamont: ¡Oh! amigo mío, ¡contemplad a dónde os lleva el libertinaje!
Cuántas penas, cuántas inquietudes son siempre la consecuencia de ese vicio
espantoso; ¡ah! si la felicidad hubiese sido menor en vuestra casa, creed, al
menos, que entre vuestra Aline y yo hubiese sido mil veces más pura.
M. de Blamont: Dejemos de lado mis faltas, necesitaría siglos para repararlas.
La imposibilidad de conseguirlo me llevaría a la desesperación. Debe bastaros la
seguridad de que no las agravaré más...
Y las lágrimas escaparon de los ojos de la crédula Mme. de Blamont.
– A falta de la felicidad real, la certeza de no ver aumentar sus males, resulta
un consuelo para el infortunado. Concededme la gracia completa, dijo esa
desdichada esposa anegada en llanto, no penséis más en ese matrimonio
desproporcionado.
El Presidente: Tengo compromisos que no puedo romper, ignoráis hasta qué punto
son fuertes, ya no soy dueño de mi palabra; ni siquiera Dolbourg podría
liberarme. No obstante puedo concederos una prórroga, él no se negará, su alma
es demasiado delicada como para pretender la mano de Aline sin merecerla. Dos
meses, tres meses, si fuese necesario, os los concedo... pero deberíais
devolvernos a esa Sophie, deberíais permitir que fuese tratada como merece.
Mme. de Blamont: Su desgracia le garantiza mi compasión, la quiero simplemente
porque sufre... ya no puede ofenderos, dejádmela. Es joven, puede
arrepentirse... se arrepiente ya. La haríais entrar en un convento por la
fuerza, yo la convenceré por las buenas para que realice el mismo sacrificio y
seréis vengado igualmente.
El Presidente: Sea, pero desconfiad de su dulzura, temed sus virtudes ya que
sólo las adopta para esconder el alma más traidora.
Dolbourg: No hay falta que no haya cometido respecto a nosotros.
El Presidente: Hubo incluso algunas que hubieran merecido la atención de la ley.
El hijo que llevaba en su seno no era de mi amigo con seguridad; nos robaba para
su amante, es capaz de todo; esa segunda muchacha de la que acabáis de hablarnos
sólo nos engañaba a instancias suyas. Seduce, engaña, finge sentimientos y todo
con el único objeto de llegar siempre a sus fines, siempre criminales, como su
corazón.
Mme. de Blamont: Pero no hay bien que no le haya atribuido la mujer que la crió.
Dolbourg: Esa mujer sólo la conoció de niña y fue en París, con la Dubois, donde
se pervirtió. No protejáis a esa serpiente, creedme, señora, no tardaríais en
arrepentiros.
Al observar que Mme. de Blamont estaba a punto de desfallecer, clavé en ella mis
ojos; ella me entendió, se mantuvo firme, alegó que la caridad y la religión la
obligaban a no abandonar a esa desdichada después de haberle prometido su
protección y los dos amigos no se atrevieron a insistir más sobre las ganas que
tenían de recobrarla. Se firmó la paz bajo la condición de que no se harían
reproches por ninguna de ambas partes, que Sophie se quedaría con Mme. de
Blamont y que se concedería a Aline un plazo hasta el invierno para decidirse al
matrimonio que se exigía de ella.
– Además querría pediros aún, en nombre de la honestidad y de la decencia, dijo
Mme. de Blamont, que no abuséis más de esa infeliz que sedujisteis ayer en mi
casa.
– En verdad, respondió el Presidente, por lo que hace al crimen, ya es demasiado
tarde... está cometido... Tantas ganas de ceder... tan poca resistencia... todo
esto no debería ser motivo de tristeza.
– Al menos no la retengáis, colocadla... puede volver a ser honrada... que no
encuentre en vos el apoyo seguro de sus desórdenes.
– ¡Bien! os lo juro... Vamos, llamad a Aline y a Eugénie y ya que no nos quedan
más que veinticuatro horas de estancia aquí, que los placeres sustituyan a las
penas y que reine la alegría.
Mme. de Blamont fue a buscar ella misma a su hija, no dio ninguna explicación a
Sophie; ¿qué hubiera podido decirle dada la incertidumbre que la embargaba? La
acarició, la consoló, la confió a sus doncellas y volvió a reinar la
tranquilidad. Hasta el día siguiente por la tarde las cosas fueron mejorando
continuamente y el día veinte por la mañana, ambos amigos con el rostro
tranquilo, quizás mucho más que sus corazones, se despidieron colmando de
elogios y de expresiones de amistad a todos los habitantes del palacio.
¿Qué piensas ahora de esto, mi querido Valcour? ¿debemos creer?... ¿debemos
desconfiar?... Mme. de Blamont, harta de desgracias, se aferra ávidamente a la
ilusión que se le presenta. Es un momento de reposo del que quiere disfrutar, su
alma honesta encuentra tanto placer en ver reflejadas sus virtudes en los demás.
Su querida hija se le parece, ambas se han abandonado a las más dulces
esperanzas, Eugénie las comparte, porque es buena y sensible, como su amiga. Los
únicos incrédulos somos Mme. de Senneval y yo, pero lo somos de verdad, lo
confieso. Su partida ha sido rápida, las circunstancias la imponían de tal forma
que creemos que solamente obedece a ellas. El tiempo se encargará de
desengañarnos... y, además, ¿qué ha prometido el Presidente?... una prórroga de
algunos meses, ¿debemos darnos por satisfechos con eso? ¿cuando hayan
experimentado esos plazos, cuando haya tenido tiempo de recuperarse del breve
momento de confusión en que todas estas cosas consiguieron sumirle, no volverá
con el mismo ímpetu?
No obstante hemos acordado mi suegra y yo dispensar a nuestras amigas de estas
reflexiones, sólo servirían para turbar su momentánea calma. Si ha de
confirmarse esa calma en la que no creemos, ¿por qué mostrarles nuestros
temores? Si se equivocan, se trata de un bello sueño de cuyo disfrute no podemos
privarlas. No podemos prevenir nada, ningún suceso depende de nosotros. ¿De qué
serviría nuestra desconfianza? ¿qué necesidad hay de mostrársela? por lo tanto,
solamente me atrevo a manifestártela a ti. Acelera las investigaciones sobre
Sophie, muchas cosas dependen de ello si nos han mentido a este respecto, nos
habrán engañado sobre todo lo demás. Entonces significa que están tramando algo
horrible. Solamente nos conceden tiempo para poder conseguirlo y, en ese caso,
debemos disipar la ilusión. Si no nos han engañado respecto a Sophie y las
mentiras proceden de la Dubois; si es cierto, cosa que no puedo creer, que esa
joven Sophie es culpable de todas las faltas de las que le acusan... en una
palabra, si han dicho la verdad, entonces exclamaré lleno de alegría que ésta es
la influencia de la virtud, que hay momentos en los que el vicio, absorbido por
ella, se ve obligado a humillarse, confundirse, implorar gracia y desaparecer...
¿Pero acaso los vicios mimados pueden doblegarse de esta manera... los vicios
alimentados desde hace tantos años? No..., quizás cedería así la fogosidad de la
juventud o el error del momento, pero jamás el crimen arraigado y sostenido por
las ideas. La mayor desgracia del hombre consiste en fundamentar sus desvaríos
con sus teorías, una vez que ha conseguido que sean lo suficientemente seguras
como para legitimar su conducta, todo lo que la haría condenable en el corazón
de los demás sirve para fijarla para siempre en el suyo. Esto es lo que hace que
las faltas de las personas jóvenes carezcan de importancia; solamente han
transgredido sus principios, volverán a ellos, pero el hombre maduro peca por
reflexión, sus faltas emanan de su filosofía, ésta las fomenta, las alimenta en
él y, como ha creado sus principios sobre los escombros de la moral de su
infancia, en estos principios invariables encuentra las leyes de su depravación.
Como quiera que sea, todo está tranquilo: tenemos cuando menos hasta el
invierno, ha dicho Mme. de Blamont, la suerte del infortunado consiste en
disfrutar del presente sin preocuparse del porvenir y, ¿qué instantes serían
estos para ella, si, junto a los tormentos que la abruman incesantemente no
pudiese disfrutar, al menos, de los goces que le proporciona la ilusión?
– Lo que llamamos felicidad, nosotros los desgraciados, me decía ayer, es
solamente la ausencia del dolor. Por triste que sea esta miserable situación,
que nuestros amigos nos dejen disfrutar de ella.
En cuanto a Sophie, sigue teniendo los mismos derechos, fundados o no, hasta que
se aclare la situación. Sería demasiado duro despojarla de ellos y la crueldad
no tiene albergue en un alma como la de nuestra amiga. No obstante, si algo
turba a esta respetable mujer es el silencio aparente que guardamos sobre ti...
¿es natural? ¿No es, por el contrario, uno de los motivos del viaje informarse
si tú no has aparecido? Algunas preguntas que formularon en la casa y que
inmediatamente llegaron a nuestro conocimiento prueban que estas investigaciones
formaban parte de sus planes. ¿Por qué, pues, se callaron delante de nosotros?
¿por qué, incluso, en el momento de la reconciliación, no lo mencionaron
abiertamente? ¿No es este un aspecto turbio de la conducta del Presidente?
Además, estamos seguros de que hasta el último instante se aferró al deseo de
recuperar a Sophie. La buscaron por el palacio. Intentaron introducirse en el
cuarto en donde suponían que estaba encerrada: un hombre del presidente estuvo
al acecho todo el día que precedió a su salida. Este es un misterio más en la
conducta de este esposo que parece arrepentido. Mme. de Blamont sabe todo esto;
dice que el deseo de recuperar a Sophie, si efectivamente no es hija suya, es
independiente de lo que les atañe a Aline y a ella; que es muy comprensible que,
si Sophie no es pariente suya, quiera vengarse de una criatura que, según él, ha
cometido tantos desmanes; que esto no es prueba de que quiera afligir a su mujer
o hacer desgraciada a su hija... No me atrevo a responder nada; pero no por eso
dejo de pensar; no por eso dejo de temer que todo esto no sea más que un letargo
cuyo despertar sea quizás terrible... Adiós, haz como yo, escribe, consuela y no
provoques ningún alboroto, a menos que tus investigaciones te obliguen a ello;
todo depende de las luces que esperamos que nos proporciones... Pero si ese
hombre pérfido ha sido lo suficientemente hábil como para aliar la mentira a la
verdad... para dar a una la apariencia de la otra... si quiere engañar a estas
dos respetables mujeres... ¡si quiere hacerlas eternamente desgraciadas! ¡Oh!
amigo mío, entonces diré que el cielo es injusto, porque jamás creó seres que
fuesen acreedores de mayor felicidad; nunca hubo dos criaturas que la mereciesen
con más justo título si esta manera de existir es el patrimonio de quienes son
virtuosos y sensibles, si es debida a quienes saben transmitirla tan bien a
todos cuantos les rodean.

CARTA XXIV
Valcour a Déterville
París, 20 de Septiembre
El día catorce, mi querido Déterville, recibí la carta en la que me recomendabas
las gestiones en Pré-Saint-Gervais y, a pesar de la diligencia que he puesto en
ello, no he podido alcanzar ningún resultado hasta ayer. ¡Oh, amigo mío! ¡qué
estudio tan interesante nos proporciona, cada día, el corazón del hombre! ¿Cómo
negar la influencia que la divinidad ejerce sobre él cuando se contempla la
fatalidad con que el que tiende las trampas es casi siempre el primero en caer
en ellas y como el vicio, en perpetua oposición consigo mismo, se traspasa a sí
mismo con los tiros con que pretende alcanzar a la virtud? El presidente es
culpable en conciencia y no lo es de hecho; engaña odiosamente a su mujer; la
engaña con la más insigne falsedad y, sin embargo no le miente. Te ruego que me
leas con atención y mi enigma quedará desvelado .
El día quince me dirigí al pueblo indicado y, habiéndome alojado en la posada,
pregunté si el cura era persona honrada, si le querían sus parroquianos, si era
un individuo sociable.
– Es un hombre íntegro, me aseguraron, viejo y hace ya veinticinco años que está
en posesión de su curazgo. Si tenéis algo que tratar con él, quedaréis realmente
contento.
– Si, es cierto, le dije, tengo algo que comunicar a ese pastor. Y ya que sois
tan amable como para informarme, sedlo también, os lo ruego, para ir a
preguntarle si un honrado ciudadano de París no le incomodaría solicitándole
audiencia...
Mi hombre salió y la respuesta fue una invitación para que acudiese al
presbiterio en donde encontré a un eclesiástico de más de sesenta años, de
rostro dulce y atento que me preguntó en primer lugar a que debía la dicha de
poderme ser de alguna utilidad. Explique mi comisión, rebuscamos en los
registros y encontramos la muerte que buscábamos tan bien constatada como podría
estarlo y todas las pruebas de un servicio celebrado en la parroquia el 15 de
Agosto de 1762 a Claire de Blamont, hija legítima de M. y Mme. de Blamont,
domiciliados en la rue Saint-Louis, en el Marais.
– Bien, señor, le dije al cura clavando mis ojos en él, para no perder nada de
los movimientos de su fisonomía, esa Claire de Blamont que enterrasteis el 15 de
Agosto de 1762, hoy, 17 de Septiembre de 1778, se encuentra mejor que vos y que
yo...
Aquí nuestro hombre se estremeció y retrocedió... por un momento le creí
culpable, pero lo que vino después no tardó en convencerme de mi error.
– Lo que me decís es muy difícil de creer, señor, me respondió el cura, es
necesario profundizar... el asunto bien lo vale. Pero permitidme que antes os
pregunte: ¿a quién tengo el honor de dirigirme?
– A un hombre honrado, señor, le respondí con dulzura, ¿no basta este título
para esclarecer una traición?
– Pero esto puede dar lugar a un proceso y yo debo saber...
– No habrá proceso, señor, estáis lejos de ser considerado sospechoso; nuestra
intención es solucionar esto amistosamente y podéis confiar en mi palabra de que
no trascenderá nada de lo que hagamos aquí. Soy amigo de Mme. de Blamont, he
venido a veros de su parte, por consiguiente puedo garantizaros el secreto que
se guardará sobre todo este asunto y lo lejos que estamos de querellarnos.
– Pero, si esa Claire existe, como me decís, ¿dónde se encuentra actualmente?
– En los brazos de su madre. Solamente pretendo verificar una superchería de la
nodriza e investigar discretamente las razones que la motivaron. Estáis obligado
a ello para prevenir estos desórdenes en el futuro, el ministro de Dios no debe
limitarse a escuchar la confesión del crimen, sino que debe incluso prevenirlo.
Nuestro hombre, sentándose, se sumió en profundas reflexiones. Le dejé en ellas
por dos o tres minutos y finalmente le pregunté cual era su decisión.
– La de abrir la tumba, señor, me dijo levantándose... intentaremos buscar ahí
las primeras pruebas del fraude antes de tomar ninguna otra decisión.
– Buena idea, le dije, cerrad todo, en esta expedición sólo podemos estar el
enterrador y nosotros, os lo repito, el secreto es esencial...
Llegó el enterrador, cerramos la iglesia y pusimos manos a la obra. El lugar
estaba mencionado en los registros, además había una inscripción en el ataúd, no
nos equivocamos.
Extrajimos un cofrecillo de plomo que debía contener el cuerpo de Claire y el
examen de los huesos, que se llevó a cabo con la mayor exactitud, nos llevó a la
conclusión de que se trataba de los restos de un perro, cuya cabeza, en perfecto
estado aún, probaba evidentemente el fraude. El cura se sobresaltó: no obstante
se recuperó enseguida y recobrando la serenidad de una persona honrada que ha
sido engañada, pero que es incapaz de haber tomado parte en semejante treta, me
propuso que se tirasen los restos del animal. Me opuse a ello y, habiéndole
convencido de la necesidad de dejar todo como estaba, ya que estábamos actuando
en secreto, comenzamos a trabajar en ello desde ese mismo momento. Volvimos a
dejar la caja en su lugar, él impuso silencio a su hombre y regresamos al
presbiterio.
– Señor, me dijo el cura al cabo de unos instantes, a pesar de lo que digáis yo
podría pasar por culpable en esta aventura, es esencial que me justifique.
– De ninguna forma, respondí, conocemos a los malhechores. No albergamos en
absoluto ninguna sospecha contra vos, os lo confirmo una vez más.
Entonces le dije que la nodriza y el padre eran los únicos autores de la
superchería, que el segundo lo negaba todo y que se trataba de interrogar a la
nodriza.
– ¿Su nombre?
– Claudine Dupuis.
– ¿Claudine?, aún vive; su casa está aquí cerca, lo sabremos todo.
– Enviad a por ella, señor, en los asuntos que tratemos con ella deben reinar la
dulzura y la amabilidad y deben quedar envueltos en el silencio más inviolable.
Llegó Claudine; era una campesina gorda, muy lozana, de cerca de cuarenta años y
viuda desde hacia cuatro.
– ¿Qué hay seor cura?, dijo alegremente.
El cura: Sentaos, Claudine, tenemos que plantearle algunas preguntas serias,
cuyas respuestas, si son ciertas, pueden valeros una recompensa.
Claudine: ¿Una recompensa? Pos cuanto m'alegro, buena falta me hace; ¡ay! cuanta
razón llevan cuando icen qu'una casa sin hombre 'sun corazón sin alma; cachis,
ende que se murió el mío cá dia estoy peor.
El cura: Os acordáis, Claudine, de haber criado durante tres semanas, hace
dieciséis años, a una niña llamada Claire, que pertenecía al presidente M. de
Blamont.
Claudine: Sí, sí que m'acuerdo, murió de cólicos la creatura; era más bonita que
toas las cosas vediez. Os pagaron el funeral como si juese la hija d'un préncipe
y l'anterrastís en la iglesia, delantico mismo de la capilla'la Virgen,
m'acuerdo como si juera ayer.
El cura: ¿Sabéis lo que se dice, Claudine?
Claudine: ¿Por qu'es lo que icen, seor cura?
El cura: Dicen que esa niña no está muerta.
Claudine: Andalá, pos si que pué ser qu'haya resucitao. Ya resucitó Cristo ¿no?,
Dios lo pué to.
El cura: No, no me refiero a eso, se sospecha que perpetrasteis alguna
superchería.
Claudine: ¿Yo? ¿y qu'habría ganao yo con to eso? ¡mia qu'hay malas lenguas! ¿no
m'habría prejudicao yo misma si habría hecho eso que decís?
El cura: ¿Y si os hubiesen pagado bien?
Claudine: Que no, que no, que yo no paso por ahí, cachislá, pá que luego te
cuelguen después.
Aquí suprimo el resto del dialogo, aunque aún fue muy largo. E1 hecho es que
Claudine no confesó nada en esa primera visita y que todo lo que pudimos obtener
de ella, al no querer convencerla aún por la fuerza de los hechos, fue que se
retirase calmada y sobre todo con la promesa de no decir nada de lo que acababa
de pasar.
– Marchaos, señor, me dijo el cura en cuanto ella salió, le garantizo que
investigaré a fondo todo esto con esa mujer. Es menester que la vea a solas,
vuestra presencia le incomoda. Dejadme una dirección y volveréis aquí para
recibir su última respuesta.
Como vi que este hombre tenía tanta simpatía como ganas de agradarme, consentí
en sus arreglos, le dejé las señas de un amigo y volví a esperar noticias suyas
con la firme resolución de llevar enérgicamente adelante el asunto si no me
escribía enseguida.
El quinto día comenzaba a impacientarme cuando mi amigo me envió una carta que
acababa de recibir a mi nombre, a través de la cual el cura me invitaba a
almorzar en su casa al día siguiente para ponerme al corriente, por boca de la
propia Claudine, de acontecimientos muy extraordinarios y que yo distaba mucho
de imaginar.
– Me ha costado esfuerzo, me dijo el buen hombre en cuanto me vio, me ha costado
promesas y hasta he tenido que ponerme severo, pero lo he averiguado todo. Por
fin tenemos el secreto, no tardaréis en saberlo.
– Señor, le respondí, vuestros compromisos serán atendidos, todas las
recompenses que hayáis podido prometer serán pagadas. Pero por secretas que
hayan sido nuestras operaciones y a pesar de que os garantizo que esto no
llegará a los tribunales, es necesario tomar algunas precauciones. Designad,
pues, a dos de vuestros parroquianos, gentes notables, discretas y de buena
reputación que colocaremos, si no permitís, cerca del sitio en que vayamos a
escuchar a Claudine con el fin de que puedan dar fe de sus confesiones en caso
de necesidad.
– No veo inconveniente alguno, me dijo el cura y al momento mandó a buscar a dos
granjeros que le merecían confianza, les hizo jurar el secreto y los escondió
detrás de una cortina ante la cual se colocó la silla destinada a Claudine; ésta
llegó y al exigirle el pastor que remitiese delante de mí las mismas cosas que
le había dicho, admitió en mi presencia los hechos siguientes:
1.- Que M. de Blamont se había dirigido a su casa el 13 de Agosto, antevíspera
de la pretendida muerte de Claire y le había dicho que destinaba a esa hija una
suerte sumamente ventajosa, pero que su mujer era una arpía que no veía con
buenos ojos la situación que él proyectaba para su hija porque se trataba de ir
a las Indias; que como no quería hacer perder a su hija el rico matrimonio que
le destinaba, ni enfrentarse abiertamente con los deseos de su mujer, había
imaginado hacer pasar a la pequeña por muerta, educarla secretamente en París y
no declarar el fraude a su mujer más que cuando la joven estuviese casada. Pero
para ello era necesario el consentimiento de la nodriza, por tanto le pedía
encarecidamente que no se opusiera a esta ligera treta de la que sólo se
derivaría un bien. Que como ella no veía en todo es esto nada que fuese en
contra de su conciencia, había consentido en propalar la falsa noticia de la
muerte de esa Claire a cambio de lo cual el presidente la indemnizaría, cosa que
hizo inmediatamente mediante un presente de cincuenta luises y desde el día
siguiente ella había preparado todo para el buen fin de la ficción.
2.- Que, habiendo reflexionado profundamente durante toda la jornada del catorce
en el feliz destino que el presidente le había dicho que debía gozar la pequeña
Claire y como su propia hija tenía un parecido muy singular con la del
presidente, había imaginado colocar a una en el lugar de la otra con el fin de
conseguir la felicidad para su hija. Que, consecuentemente con esta resolución,
había preparado dos supercherías a la vez había puesto a su pequeña hija en la
cuna de Claire y que había enviado a Claire, haciéndola pasar por su hija, a
casa de uno de sus vecinos pretextando que el aire de la casa estaba infestado y
que no quería exponer a su hija. Una vez arreglada esta primera escena, se había
ocupado de la otra. Había divulgado la enfermedad de la hija de M. de Blamont y,
poco después, su muerte; que había puesto el cadáver de un perro en la caja de
plomo delante mismo del presidente, que había venido de París ante la noticia de
la enfermedad de su hija; que, en consecuencia, se celebraron los funerales en
la parroquia y que M. de Blamont, engañado en la misma forma que él había
querido engañar a los demás se había llevado esa misma noche a la hija de
Claudine en lugar de la suya.
3.- Que, no habiéndosele retirado aún la leche, había solicitado criaturas que
alimentar y que ocho días después del entierro que acabamos de mencionar, Mme.
la condesa de Kerneuil, que había venido de Bretaña a París para recoger una
sucesión esencial en la que su presencia era más necesaria que la de su marido,
había dado a luz a una hija nada más llegar, que esta hija había quedado
confiada al partero, que protegía a Claudine y que este la condujo a casa de
Claudine al dia siguiente para que se criase allí entre los mayores cuidados.
Cuando esta niña llegó a Pré-Saint-Gervais había recibido una sola vez la visita
de su madre. Ésta, que se había visto obligada a salir muy deprisa para Rennes,
había encomendado muy encarecidamente su hija a Claudine, asegurándole que la
enviaría sin falta un coche y una mujer para recoger a la pequeña dentro de dos
años entregando una fuerte recompensa a la nodriza. Pero que al cabo de tres
meses esa pequeña, llamada Elisabeth, había muerto y que ella, Claudine, para no
perder la recompensa prometida y como no tenía mucho apego a la pequeña Claire
que le había quedado del presidente Blamont, había urdido una nueva patraña
cuando vino la mujer de la condesa de Kerneuil. Entonces puso a Claire en el
lugar de Elisabeth y divulgó que quien había muerto era su hija: que había
sostenido este fraude, esencial para el comportamiento de los demás, incluso
frente al cura a quien había hecho enterrar a Elisabeth de Kerneuil bajo el
nombre de su hija.
Esta exposición, como ves, mi querido Déterville, establece la existencia
presente o pasada de tres niñas:
1.- Claire de Blamont a quien se dio por muerta y que realmente ocupó el lugar
de Elisabeth de Kerneuil y que debe vivir actualmente en Rennes bajo ese nombre.
Ahí es donde está la hija de M. de Blamont.
2.- Jeanne Dupuis, hija de Claudine, raptada por el presidente y criada en
Berseuil bajo el nombre de Sophie y que actualmente se encuentra en Vertfeuille.
3.- Y finalmente, Elisabeth de Kerneuil, efectivamente muerta a los tres meses
en casa de Claudine y enterrada en la parroquia de Pré-Saint-Gervais bajo el
nombre de la hija de Claudine... de esa hija que ella ya había cedido al
presidente y que sólo vivía ficticiamente en su casa bajo el nombre de Claire de
Blamont y que seguidamente fue entregada a Mme. de Kerneuil.
Esos son los fraudes y las supercherías de esta criatura de escasa probidad;
pero como estábamos obligados a actuar delicadamente fingimos reírnos de sus
atrocidades y la despedimos entregándole diez luises después de haberle hecho
firmar su declaración y el juramento sobre el Evangelio de que no desfiguraba la
verdad. Los testigos firmaron también. Te envío los originales de estas actas,
cuando hubo terminado todo nos juramos mutuamente guardar el secreto
reservándonos el derecho de establecer jurídicamente nuestras pruebas solamente
si el caso to requería.
El cura quiso que escribiese a la condesa de Kerneuil.
– Eso corresponde a Mme. de Blamont, le dije, voy a informarle y ella actuará
como lo crea conveniente: nuestro papel consiste en confirmar, si fuese
necesario, todo lo que sabemos y en no revelar nada.
Cedió ante mis razones y nos despedimos.
La imposibilidad en que actualmente me encuentro para dar consejos a Mme. de
Blamont, en este flujo y reflujo de acontecimientos prodigiosos, me obliga a
silenciar mis reflexiones; pero sin embargo me atrevería a decirle que debe
continuar escuchando a su compasión y a su corazón en todo lo que respecta a la
desdichada Sophie, con la precaución muy especial de no entregarla ni al
presidente ni a su madre: dos seres que, a buen seguro, no conseguirían hacerla
feliz. Por lo que respecta a Claire, reclamarla, privar de ella a Mme. de
Kerneuil, junto a la cual es, sin duda, muy feliz y eso para entregarla a un
padre que ya había conspirado contra ella cuando se encontraba en la cuna
¿supondría eso trabajar para su felicidad? Mme. de Blamont debe, en mi opinión,
informarse solamente de la suerte de esa muchacha y si esa suerte es como debe
ser, esa joven, que pertenece a una mujer noble, establecida en la capital de
una gran provincia, debe continuar disfrutándola, sea cual sea el sacrificio que
esto suponga para el corazón de nuestra amiga. Porque si se querella, ganará,
sin duda, pero, por rica que sea ¿podría dar a esta hermana menor la situación
que le haría perder en calidad de heredera única de la casa de Kerneuil, título
certificado por Claudine?... No, no podría compensarle. Que piense, pues y que
actúe después en consecuencia, sin olvidar nunca el enorme peligro que supondría
poner de nuevo a esa muchacha entre las manos de su marido. Pondera estas
razones, Déterville: sé muy bien que hay una especie de fraude deshonesto en el
hecho de permitir que subsista el de la nodriza, que consiste en frustrar a los
verdaderos herederos de Mme. de Kerneuil y adoptar, por consiguiente, una
postura culpable. Pero si adoptamos la otra ¡cuántos nuevos crímenes habría que
temer! ¿Es, pues contrario a la conciencia de un hombre honrado elegir de entre
dos males ciertos, aquel que le parezca menos peligroso? Porque, por lo que se
refiere al presidente verás, amigo mío, que el crimen no deja por ello de estar
en su alma y que, si no lo ha cometido, es, porque se lo ha impedido el crimen
perpetrado por Claudine. Como si fuese una de las leyes de la fortuna que las
pequeñas fechorías deban suprimir siempre los efectos de las más grandes...
Verdad terrible que nos hace ver la espantosa necesidad del mal sobre la tierra
y que nos demuestra que los grandes males solamente pueden inhibirse a través de
los pequeños. Sucede lo mismo con algunos insectos que nos molestan y sin
embargo su útil existencia nos impide ser incomodados por otros más venenosos.
Sea como fuere me produce horror que se haya mancillado a Sophie con acusaciones
graves para despojarla incluso de las generosas atenciones de su protectora.
Siempre se intenta hacer odiosos a aquellos a quienes se maltrata a propósito,
para aplacar los remordimientos y legitimar las injusticias... Pero esos dos
bribones no se contentan con una mentira, a ella unen la más notoria calumnia.
¿Es que acaso parece que esa muchacha honrada, sensible y dulce, sea cual fuere
su cuna, pueda ser culpable de lo que se le acusa?... La Dubois, cuyas
declaraciones parecían tan verdaderas y que solamente se ha callado sobre lo que
era imposible que supiese, no dijo nada que se pareciese a esto. Contempla,
pues, cómo la maldad se alimenta por sus propios efectos; cuanto más se le da,
más exige y cada vez que se le permite romper un freno solamente se consigue
incrementar aún más el deseo que tiene de quebrantar otros.
Estoy convencido, amigo mío, que el vicio puede conducir al hombre a tal punto
de depravación que debe resultar casi imposible a quien lo cultiva en sí
concebir la misma idea de la virtud. Desde ese instante o bien su vida le parece
fastidiosa o ha de envenenar cada minuto con esa ponzoña que le gangrena.
Llegado a este punto ya no se contenta con hacer simplemente el mal sino que
pretende incluso no hacer jamás el bien y su corazón, embebido en una
perversidad habitual, experimenta, ante las impresiones de la virtud, la misma
clase de dolor que siente el alma del justo ante la sola idea de la fechoría. ¿Y
cuál es el primer vicio que nos lleva a todo esto?... El libertinaje... no lo
dudemos, es inaudito lo que extingue, lo que deteriora, lo que envenena. Es
inexpresable hasta qué grado relaja la energía del alma... hastía la conciencia,
obligándola a convertir en placeres las molestas consecuencias de sus errores y
esto es sin duda lo que esta pasión tienen de más peligroso que ninguna de las
demás que devoran al hombre, ya que el recuerdo de las acciones a las que las
otras le arrastran son agudos remordimientos, que en este caso se convierten en
horribles goces.
El presidente, es por tanto todo lo culpable que puede ser. Lo digo con pena, me
duele arrancar el velo de los ojos de nuestra amiga, pero su marido la engaña
indignamente. Dice que Sophie no es su hija y a buen seguro que está persuadido
de que lo es. Por convencido que esté de ello, la desea, quiere recuperarla. ¿Y
por qué, si no es, para vengarse de que el azar le haya dado por asilo a esa
infeliz la casa de su esposa? Que Mme. de Blamont no dude que él intentará todo
para sacarla de su casa y que escuche a su corazón cuando éste le dicte las
medidas necesarias que haya que adoptar para oponerse a esa nueva fechoría.
¡Qué cuadro, amigo mío, el de la dulce y virtuosa Aline entre las manos de esos
dos libertinos! creí ver a Susana sorprendida en el baño por los ancianos... El
velo del pudor arrancado por un padre... ¿Imaginas tú esa atrocidad?, ¿te
imaginas que sus infames deseos no se inflamarían ante esa impudicia? ¡Ah!,
perdona mis temores. Pero sea cual fuere el motivo que le haya podido contener
con Sophie, la amante de su amigo a quien creía su hija, créeme que ninguno le
detendrá en este asunto y que la esposa de Dolbourg será pronto la víctima del
incestuoso ardor de Blamont.
¡Oh, mi querido Déterville! impidamos esos horrores. Me parece que, después de
ese odioso golpe ha disminuido mi delicadeza en lo que concierne a ese hombre.
Le perseguiré por todas partes si es necesario. Desentrañaré hasta el más
secreto repliegue de su conciencia. El rapto de esa Augustine me parece otra de
sus infernales maquinaciones. ¿Crees que es el simple placer de corromper a una
muchacha lo que les hace cometer ese horror? A ellos, que saborean trescientas
veces al año los indignos placeres de esas seducciones, a ellos que... Apuesto a
que esto se debe a otra cosa, no perdamos de vista a esa muchacha.
En cuanto a los remordimientos que ha manifestado el presidente, puedes estar
bien seguro de que sus promesas son solamente el fruto de su confusión. Esta
emoción saca al alma de sus registros ordinarios y la mantiene prolongadamente
nerviosa, no obstante creo en las prórrogas, lo que temo es el instante de la
reunión.
Todo esto no consolida los derechos de Mme. de Blamont si se ve obligada a
querellarse. El presidente ha querido realizar una mala acción, sin duda, al
proyectar el rapto de su hija, pero la acción no ha tenido lugar y como Sophie
resulta ser realmente la hija de Claudine, sostendrá que lo sabía y que no se la
hubiera llevado sin ese requisito. Y Claudine, cuya voluntad puede comprarse con
un poco de oro, se pondrá fácilmente de su parte. Es cierto que tenemos una
prueba de las malas intenciones de este hombre, ha querido hacer pasar a Claire
por muerta. Todo esto está bien probado y podemos probarlo jurídicamente cuando
queramos, pero no son estas las armas que nos darán el triunfo; no son estas las
cosas de las que no pueda defenderse si lo necesita y que incluso no pueda negar
si lo desea. Quizás hubiera valido más que Sophie hubiese sido realmente su
hija: los derechos de Mme. de Blamont contra ese pérfido esposo serían mucho más
fuertes. ¿Pero qué ha habido aquí? un crimen premeditado, de acuerdo, pero que
ha quedado anulado por las circunstancias. Solamente ha entregado a su amigo una
campesina y ¿cómo se defendeos Mme. de Blamont cuando la acuse de haber seducido
a esa criatura y de haberla recogido en su casa para procurarse un medio poco
honrado con el fin de privarle de la autoridad que tiene sobre su hija mayor?
Todo el resto de esta novela no influye para nada en nuestro asunto, si Claire
pasa actualmente por ser la hija de Mme. de Kerneuil, no es por su culpa, sino
por la de Claudine: él proporcionó a través de sus gestiones el primer impulso a
esta falta, lo concedo, pero no la ha cometido y esto no va a impedirle que
consiga casar a su hija según sus deseos. Opinas como yo en todo esto o quizás
ambos veamos las cosas demasiado negras. ¿Sabes?, amigo mío, el amor y la
amistad se alarman con facilidad, este último sentimiento es el origen de tu
temor, el otro alimenta el mío. No abandones, te lo suplico, a esa desdichada
madre. Temo su soledad, su alma, animada por los consejos, fortificada por el
encanto de la agradable compañía de tu suegra y de tu mujer, será menos propicia
a sucumbir a sus tormentos que si estuviese abandonada a sí misma. Adiós, no
puedo resistirme al placer de escribir unas palabras a mi querida Aline y voy a
incluirlas en tu carta.
CARTA XXV
Valcour a Aline
París, 22 de Septiembre
Os he compadecido, Aline, habéis llegado a ser aún más querida para mí mientras
sufríais. Hay que amar como yo lo hago para sentir lo que he experimentado.
¡Santo cielo! ¿precisamente aquel que por su condición debe ser el guardián de
la virtud de su hija se convierte en su corruptor? ¿A dónde nos llevarán los
desórdenes de una mente extraviada y de un corazón sin principios?... Ellos
triunfaban, los muy monstruos, mientras que triste y abandonado, presa de las
más punzantes inquietudes, la sola idea de la felicidad que estaban arrebatando
ni siquiera hubiera osado presentarse a mi espíritu... Aline, perdonadme una
pregunta... Habitualmente la gente no imagina las tiernas solicitudes del
enamorado, no suponen hasta donde llega su curiosidad... Pero, en esa emoción
que os hizo huir, ¿había un poco de amor junto a la decencia? ¿estabais tan
enfadada por el insulto al pudor como por el ultraje que se hacia al enamorado?
Lo primero os hace muy respetable a mis ojos, pero ¡cuánto más adorable aún os
haría lo segundo! Y quizás, en el cruel estado en que me encuentro, preferiría
ver en vos una virtud de menos a cambio de un poco más de amor. Pero ¿a dónde se
dirige mi imaginación? ¿No son acaso las virtudes lo que amo? ¿y no es acaso el
ídolo de mi amor más que la reunión de todas ellas? ¡Ah!, huid, Aline, escapad
siempre al crimen cuando éste os persiga. Ya sea por amor o por prudencia, no le
dejéis jamás que se acerque a vos. No puede afectaros, sin duda, pero que ni
siquiera se atreva a aproximarse a vuestra persona. Imponedle respeto con
vuestras miradas, obligadle con vuestros discursos, alejadle con vuestras
virtudes y que su existencia sea imposible en todos los lugares que vos
adornáis.
Os quito una hermana, Aline, una hermana que ya es vuestra compañera, para
devolveros otra a doscientas leguas de distancia y a la que quizás no veáis en
vuestra vida. Pero si la desdichada Sophie no os pertenece ya por los lazos de
la naturaleza, que los lazos de la compasión aumenten vuestro apego por ella.
Cuanto mayor sea su recaída en el infortunio, tantos mayores cuidados le debéis.
La necesidad en que os veréis de separaros de ella os conducirá quizás a la idea
de devolvérsela a su madre. No le deseéis semejante suerte; guardaos mucho de
entregársela, terminaría de corromperse. El motivo por el que Claudine la quiso
alejar de si era excusable, sin duda; creía que gracias a esta picardía haría
pasar a su hija la fortuna inmensa que vuestro padre aseguraba que un día
pertenecería a la suya. Pero Claudine no se paró ahí, es claramente culpable de
otra superchería que revela la bajeza de su alma, además es muy interesada.
Viendo que sus proyectos se habían desvanecido quizás intentase por vías menos
honestas hacer que su hija entrase en posesión de la fortuna que no había podido
procurarle su primer fraude. El pueblo en que habita es uno de esos asilos
pestilentes a donde la corrupción de la capital acude a cubrirse con las sombras
del secreto. No la enviéis allí. Os aseguro que no estaría segura durante mucho
tiempo. Los compromisos contraídos con Isabeau tienen escollos, Déterville los
ha percibido: sería ahí donde el presidente haría sus primeras pesquisas si es
que persiste, como parece, su extremado deseo de tenerla. Ved, pues, junto con
vuestra buena madre, qué es lo mejor para esta infortunada y dadme vuestras
órdenes si creéis que puedo seros útil en todo esto. No obstante ahora estáis
tranquila hasta el final del viaje; así lo imagino, al menos; permitidme que me
aproveche de este intervalo para utilizar vuestros hermosos talentos; sea cual
fuere el estado que la suerte os destine los encontraréis continuamente. Ellos
harán que alcance su plenitud la flor de vuestros días felices si el cielo, como
espero, os los concede después de tantas desdichas; calmarán vuestros ratos de
hastío si por una horrible fatalidad, las espinas han de alfombrar eternamente
vuestro camino. Debéis, pues, cultivarlos en todas circunstancias; solamente veo
quizás una en la que serían inútiles, aquella en que, destinados el uno al otro,
no pudiera haber un instante en que tuviéramos necesidad de distraernos de los
sentimientos que experimentásemos.
Perdonadme los ligeros temores que aún se perciben en mi carta. Los releo con
dolor y no me atrevo a borrarlos. Sin embargo no deben asustaros, atribuidlos
exclusivamente al estado de mi alma. ¿No tiembla uno siempre por aquello que
ama?
CARTA XXVI
El presidente Blamont a Dolbourg
París, 26 de septiembre
No, no intervengas en la educación de esta muchacha; haz de ella lo que quieras
en otro orden de cosas, pero déjame a mí el trabajo de guiarla... Es un tesoro
esta encantadora Augustine... Tiene todo lo que hace falta para llegar; no te
inquietes, te lo suplico, todo se perderá si tú te encargas de ello. Tú no
entiendes nada del gran arte de calentar una mente joven. Esa ciencia sublime
que nos hace dueños de las energías del alma mediante la influencia de las
pasiones, que nos enseña a mover poco a poco a aquella que ha de surtir el
efecto deseado. Este estudio experto del corazón humano que, revelándonos sus
más recónditas costumbres, nos muestra al mismo tiempo cuál es la tecla que hay
que tocar, los diferentes usos que hay que hacer de la alabanza y del halago, la
indulgencia que hay que mostrar aún ante determinados prejuicios, cuáles de
ellos no son perjudiciales, cuál es esencial desarraigar, los nuevos aspectos
bajo los que hay que presentar todos los objetos, la filosofía que hay que
inspirar, la clase de delicadeza que hay que emplear en razón de la edad, el
sexo o la educación del sujeto que se desea corromper, hasta qué punto es
posible apoyarse en lo físico, la manera de manejar el orgullo, de aprovecharse
de las debilidades halladas, de extenderlas o de cambiar su objeto, la forma de
sofocar los remordimientos, de reemplazarlos por sensaciones agradables y de
emplear finalmente en el vicio que se desea hasta las virtudes que se descubren.
Todas esas profundas sutilezas del gran secreto de la seducción son, en una
palabra, cosas que tú ignoras. No intervengas, pues en ello, amigo mío, déjame
hacer y yo lo conseguiré.
Aquí hay una cosa sumamente singular y es que la ciencia de interrogar
jurídicamente nace de la de seducir criminalmente. Porque ¿qué son nuestros
interrogatorios capitales? ¿qué son sino espantosas subordinaciones y
seducciones?
Éste resulta ser uno de esos casos gratos en los que el arte de nuestra virtud
aparente, que nos eleva y nos hace respetables, conduce al arte del crimen
secreto que nos degrada y que nos envilece. ¿Son acaso estos los extremos que se
tocan?... No son los hombres que se depravan, son los abusos de la
civilización... de esta civilización tan mentada que devuelve al hombre al
estado del animal antes que rescatarlo de él, que le somete, que le esclaviza
bajo el pesado yugo del opresor consiguiendo hábilmente que toda la cantidad de
felicidad de que priva al otro pase a este en el nombre de Farinacius, de Jousse
y de Cujas ... Qué importa, aprovechémonos de ello y callémonos. Cuando el
camello baja sus riñones y se arrodilla el viajero se monta sobre él y lo
gobierna sin preocuparse de calcular sus fuerzas, se limita a asombrarse del
animal, que no conoce las suyas. Pero volvamos al tema.
A todas las armas indicadas añadiría, como bien sabes, el móvil poderoso del
interés, vehículo seguro para estos seres subalternos que jamás conciben el
crimen a gran escala que solamente consienten en arriesgarse a ir al patíbulo
ante la esperanza de hacer una fortuna. Por lo que se refiere a Sophie, confieso
que me calienta los cascos: ir a buscar refugio en casa de mi mujer... y esa
respetable esposa que no me advirtió enseguida, que se organizó en secreto para
poder dominarme...
Pues no, no, encanto, no sois vos quien va a dárselas de lista conmigo;
defendeos y no combatáis, una sola de mis tretas haría fracasar, si me tomo la
molestia, todas las que vos alumbraseis en diez años.
¡Oh! son estos delitos demasiado graves como para ser perdonados, el bienestar
de la sociedad exige un ejemplo. He de responder de mi conducta ante toda la
corporación de los maridos... Sería un hombre marcado, tachado de la lista, como
decía Linguet, si dejase impunes estas calaveradas... ¡Dichoso error! Qué fuente
de delicias voy a hallar en tu castigo... cada rama es un placer...
Tranquilízate, pues, Dolbourg, te lo repito, come, bebe... y duerme. Yo meditaré
sobre tus placeres y sobre nuestra mutua tranquilidad. ¿No te sientes sumamente
feliz de tener un segundo como yo, un amigo que se ocupa de que sólo tengas que
coger los frutos de todas las fechorías que tiene la amabilidad de cometer para
tu felicidad. Es cierto que arriesgo menos que tú, lo confieso para que tu
corazón se tranquilice y para liberarle de una parte del vivo agradecimiento
que, sin esto, le embargaría.
Consideración, amigo mío, crédito, dinero, un cargo, eso es lo que hace falta
para hacer todo lo que uno quiera... Sí, digo bien, un cargo... sí, un cargo en
el que protegerse cuando sea necesario... porque en los cargos como el mío, por
ejemplo, no me exigen que me conduzca bien, sino solamente que obligue a los
demás a que lo hagan.
A poco que se haya logrado atormentar magistralmente a media docena de
desdichados, se puede conseguir serlo veinte veces uno mismo, si se desea, sin
el menor peligro. Y eso es lo que hace que yo ame a Francia con locura. Esta
impunidad que aquí se consigue con un poco de consideración, esa garantía de
poder hacerlo todo bajo la negra armadura que es la toga y la caricatura
ampulosa, envarada y rigorista que es necesaria para engañar al vulgo, es algo
que siempre me hará preferir nuestra buena patria a esos malditos reinos del
norte donde nuestro crédito se pierde, donde nuestras prevaricaciones se
castigan, donde los pueblos, esclarecidos por la antorcha de la filosofía,
comienzan a creer que pueden gobernarse sin nosotros y en donde presumen de ser
felices sin la pena de muerte.
CARTA XXVII
Madame de Blamont a Valcour
Vertfeuille, 28 de Septiembre
¡Cuántas variaciones! ¡cuántas cosas! me parece que el cielo sólo me ha dado un
corazón sensible para ponerlo a prueba en los más rudos combates... Sería mucho
más feliz si no sintiese nada. ¡Qué lejos estoy ahora de creer que un alma dulce
es uno de los dones más preciosos de la naturaleza! solamente nos ha sido dada
para nuestro tormento... ¿Qué digo? ¿Qué blasfemia he osado proferir? ¿No es una
injusticia por mi parte pretender una felicidad sin sombra? ¿Es que eso existe
en este mundo?... Lo más fácil es haber nacido para las contrariedades. ¿No
somos como jugadores alrededor de una mesa?... ¿Acaso la fortuna favorece a
todos los que hay en ella? ¿Y con qué derecho se atreven a acusarla los que
dilapidan su oro en lugar de recogerlo? Hay una suma más o menos igual de bienes
y de males suspendidos sobre nuestras cabezas por la mano del Eterno, pero es
indiferente a quien correspondan. Podía ser feliz igual que soy desgraciada. Es
cosa del azar y la mayor de las equivocaciones es quejarse... Además, ¿es que se
supone que no hay algún gozo... incluso en el exceso de desgracia? A fuerza de
aguzar nuestra alma ésta incrementa nuestra sensibilidad, las impresiones que
deja sobre ella, al desarrollar de una manera más enérgica todas las formas de
sentir le hacen experimentar placeres desconocidos a personas frías, lo bastante
desdichadas como para haber vivido siempre en la calma y en la prosperidad. ¡Hay
lágrimas tan dulces en nuestras situaciones! Esos momentos, amigo mío, esos
instantes deliciosos en los que se abandona el universo en los que se penetra en
un antro oscuro o en lo más espeso del bosque para llorar a gusto... en las que
uno se repliega con todos los sentidos sobre su desdicha, en los que se recuerda
todo lo que la agrava, en las que se prevé todo lo que va a aumentarla, en los
que uno se embebe y se alimenta de ella... Esos tiernos recuerdos de los días de
nuestra infancia, en los que aún no conocíamos esas largas y penosas
reminiscencias sobre los diversos acontecimientos que nos han puesto en
semejante estado, esos sombríos temores al sentir que nos acompañarán hasta la
muerte, al ver nuestro ataúd abierto por las lívidas manos del infortunio... y
junto a todo esto la dulcísimo esperanza de un Dios consolador, a cuyos pies
irán a secarse nuestras lágrimas y comenzarán todas nuestras alegrías... ¿Amigo
mío, acaso no son placeres todos estos? Son los placeres de un alma dulce, los
de un corazón delicado. Permitid que, por un momento, los disfrute con vos.
Sacrificada muy joven a un esposo que no tenía nada que me gustase y que apenas
conocía , no por ello dejé de formar en el fondo de mi alma el plan de mis más
rigurosos deberes... Dios sabe que jamás los infringí. Vi cómo mis cuidados se
pagaban con dureza, mis atenciones con brusquedades, mi fidelidad con crímenes y
mi sumisión con horrores.
¡Ay! me creí la única culpable, solamente me reprochaba a mí el no ser amada, a
pesar de las alabanzas que me embriagaban cada día. Prefería imaginar en mí
defectos o errores que suponer que mi esposo era injusto. Y, contenta de haber
obtenido en mi seno pruebas de su estima, quizás de su amor, todos mis
sentimientos confluyeron desde entonces en esas prendas sagradas... ¡Y bien!, me
decía, seré la amiga de mis hijas ya que no he sido suficientemente dichosa como
para ser la amiga de mi esposo. Ellas me consolarán de sus brusquedades y
encontraré en sus brazos la felicidad que me arrebatan.
¡Cuántos proyectos no llegué a formar desde entonces para su dicha! Sólo estas
ideas lograban apaciguar mis males, solamente ellas podían cerrar mis párpados,
sólo ellas conseguían que durmiese apaciblemente... No veía ya contrariedades
desde que creí haber hallado lo que debía hacer felices a mis hijas. El cielo no
deseaba, amigo mío, que esa fuese ya para mí la fuente de la felicidad. Tuve dos
hijas, una me fue arrebatada en la cuna, la encuentro cuando jamás podré volver
a verla... Pretenden que la otra sea tan desdichada como yo y que... ¿quién me
asalta con todos estos males? ¿quién me hace beber, hasta las heces, la copa
amarga del infortunio? Aquél a quien siempre he respetado... querido; aquél que
me fue dado para que fuese el báculo de mi vida y que solamente ha sido su
destructor... aquel que se ha permitido todo conmigo... conmigo, que hubiera
preferido perder la vida a faltarle en cualquier cosa... aquel que yo
consideraba como a mi padre, después de la pérdida del mío... como mi amigo,
como mi esposo y que solamente era mi tirano y mi perseguidor.
Bueno, me callo, Valcour... me callo. Lloráis al leerme, lo veo, bien quisiera
mezclar mis lágrimas con las vuestras, amigo mío, pero no quiero que las
derraméis si mi mano no puede enjuagarlas... ¡Oh! qué felices hubiésemos sido,
sin embargo... Vos... mi Aline... y yo. ¡Cuántos días serenos hubieran
transcurrido para los tres!... ¡Con qué calma hubiera llegado en vuestra
compañía hasta el término de mi vida! Mi vejez hubiera sido una primavera,
cerrados los ojos por la dulce mano de la amistad, hubiera descendido al féretro
con la tranquilidad que confiere la dicha. En lugar de esto descenderé sola y
ningún amigo se dignará a prestarme su ayuda, ya no los tendré cuando llegue al
borde de la tumba... ¡Vaya! ved como a pesar de todo esto, vuelvo a caer en los
tonos sombríos que deseaba evitar... No... en vano cerraría la fuente de mi
llanto, corre a pesar mío... Mil nuevas ideas me atormentan... Si sois
desdichado es por mi culpa. No debía haber permitido que naciese en vos una
pasión que no podía satisfacer. No debía haberos permitido que conocierais a
Aline y a su triste madre. Hoy tendríamos todos menos penas y uno no se consuela
jamás de las que hace pasar a los demás... Pero no todo es desesperado, no,
Valcour, no todo lo es. Recibid aún un poco de esperanza de vuestra buena y
sincera amiga, de quien, con tanto ardor, desearía merecer este título ante
vos... No Valcour, no todo está perdido... Ese bárbaro esposo puede reflexionar,
ese monstruo que le sigue a todas partes y que os persigue con tanta furia,
sentirá quizás que ninguno de los placeres que espera puede alcanzarse con una
persona que sólo siente odio por él. Tengo necesidad de pensarlo y de creerlo
así. La ilusión es al infortunio como la miel con que se frotan los bordes del
vaso lleno de ajenjo salutífero que se presenta al niño, se le engaña, pero el
error es dulce.
Cómo ha abusado de mí este hombre... Yo lo creía ¡uno se entrega tan
apresuradamente a lo que desea! El desdichado que naufraga agarra con tanta
diligencia el brazo que le tienden para salvarle... ¿Puede imaginar que es para
volver a empujarle al abismo? ¡Ay! tenéis razón, me engañaba hasta donde podía
hacerlo, debía creer que Sophie era su hija, nada podía disuadirle de ello y en
esos corazones la naturaleza no suele hacer milagros:.. Creía que era su hija y
juraba que no lo era. El crimen es, pues, completo y lo que he obtenido de su
falsedad no es más que el fruto de su vergüenza... Ese sentimiento lleva al
despecho y el despecho a todo, en esa clase de almas... Como quiera que sea
tengo parientes, no estoy del todo abandonada. Me arrojaré a sus brazos y ellos
me salvarán, les imploraré por mi Aline y por mí, no querrán perdernos a las
dos... Pero cambiemos de tema, Valcour, dejad que os cuente mis proyectos y mis
gestiones porque con el lenguaje de las lamentaciones mi corazón se altera
incesantemente.
Imagináis bien que no he podido resistir al deseo de recibir cuanto antes
noticias de Elisabeth de Kerneuil. Sea cual fuere la suerte que disfrute, me
interesa demasiado como para no tener deseos de averiguarla. Déterville ha
escrito inmediatamente a uno de sus parientes en Rennes. Le suplica que nos
proporcione cuanta información le sea posible sobre esa joven... esperamos. Mi
situación en este caso es muy embarazosa... lo habéis advertido. Tengo, sin
duda, grandes deseos de poseer a esa muchacha, pero ¿qué derecho tendría a su
corazón?
El sólo título de madre que podría alegar ¿sería suficiente para ganarme su
cariño? ¿No se debe toda entera a los padres que la han criado?... Y además
¿trabajaría yo en favor de la felicidad de Elisabeth si consiguiese recuperarla?
¿EI destino que tiene o que le está reservado no será siempre preferible al que
yo le podría dar como hermana menor?... ¿Y los inconvenientes de devolverla a un
padre que quizás no quiera reconocerla o que solamente vea en ella una víctima
de su más insigne libertinaje... esos peligros espantosos no cuentan nada,
Valcour?... No, prefiero dejarla en donde está, me basta con saber solamente que
es feliz, que puedo conocerla, verla una vez, amarla siempre y me consideraré
excesivamente dichosa. Pero si este pobre gozo es negado a mi dulce alma...
¡oh!, Valcour, seré aún más desgraciada. Afortunadamente sé serlo y mi corazón
se encuentra en tal estado de abatimiento que una sacudida más o menos no
significa absolutamente nada para él. Luego esta ese asunto de los bienes que
ensombrece un poco mi conciencia. ¿Puedo permitir que mi hija disfrute de una
fortuna que no le pertenece? ¿Debo privar de ella a los herederos legítimos? No,
sin duda. Esa circunstancia os ha chocado tanto como a mí. Amigo mío, yo diría
también como vos que, entre dos males terribles, escogemos el menor. Respecto a
Sophie, voy a contaros lo que hemos hecho, ignoro si lo aprobareis.
Pertenezca o no al presidente, Déterville objetaba siempre el peligro cierto que
supondría su regreso a Berseuil y la imposibilidad de devolverla allí se hace
tanto más fastidiosa, por cuanto la variación de su suerte había hecho que le
pareciese muy agradable el destino que le habíamos preparado en el pueblo. Yo
objetaba a Déterville que no había encontrado obstáculos al establecimiento de
esa muchacha en Berseuil en los primeros momentos en que imaginamos eso, cuando
no creímos que fuese su hija legítima y que no entendía cómo los encontraba
ahora que sabíamos que no pertenecía ni al marido ni a la mujer. Me respondió
que había desaprobado radicalmente esa decisión en todas las circunstancias,
pero que cuanto más evidentes se hacían las investigaciones del presidente,
mayor peligro veía en Berseuil. Fuese o no su hija no debíamos dudar en este
momento del deseo que tenía de recuperarla; que, en cuanto supiese que estaba
fuera de Vertfeuille, no dejaría de enviar a alguien a casa de Isabeau y que
entonces, en vez de salvar a Sophie, estaba claro que la sacrificaba... Me
rendí, hemos decidido pues, un convento en Orléans en donde nos esforzaremos
para que se aficione a la vida recogida y para que al cabo de unos años se ate
con los votos si no ve nada objetable en ello. Y esta suerte, por dura que pueda
ser, al evitarle esa otra, más enojosa sin duda, que hubiera supuesto la
venganza de sus dos perseguidores, nos pareció decididamente la más prudente de
todas.
Se trataba de prevenir a esa desdichada de los cambios de su suerte y de su
nacimiento. Preveía que esto causaría demasiada pena como para querer encargarme
yo misma. Nuestro amigo se ocupó de ello. Después de muchas lágrimas, como
imaginareis, manifestó en primer lugar el deseo de ser devuelta a su madre.
Convencida finalmente del peligro que supondría esta decisión, reclamó a su
querida Isabeau. Renunciaba gustosa a la dote y al matrimonio, pero quería vivir
con Isabeau... Le explicamos los nuevos peligros y admitió finalmente que eran
mayores.
– Hay que sustraeros al presidente, le dijo Déterville, es seguro que os busca,
no podemos dudarlo. Es evidente que os tratará mal si os descubre. Un retiro
perpetuo es la única alternativa que puede protegeros de sus ardides y de sus
iras. Allí no seréis tanto una protegida como una pariente de Mme. de Blamont y
disfrutaréis de una pensión de cien doblones. Este destino no es comparable al
de ser su hija, pero ya que unas circunstancias desdichadas os privan de esta
dulce satisfacción, estaréis mejor allí que en ningún otro sitio.
– ¡Está bien! iré, exclamó envuelta en lágrimas, soy una carga para todo el
mundo. No puedo encontrar refugio en la tierra. Que me lleven a donde quieran,
en todas partes estaré llena de agradecimiento a la bondad de la dama que no
desea abandonarme...
En cuanto supe que se encontraba en este estado corrí a abrazarla, ella se
precipitó a mis brazos anegada en llanto y me dedicó las más dulces y
halagadoras expresiones. En verdad, amigo mío, hay momentos en que mi corazón
ignora las realidades que nos comunicasteis... Es imposible que las virtudes de
esta alma encantadora se hallen en la hija de una campesina depravada, tal y
como nos habéis descrito a esa Claudine, pero hay que atenerse a las pruebas y
separarla de ella. Así pues, Aline y yo la llevamos antes de ayer a las
Ursulinas de Orléans a cuya superiora conozco; la recomendé como una pariente y
la inscribí con el nombre de Isabelle de Ganges con mil libras de renta cuya
acta le fue entregada al momento. No oculté los motivos de mi secreto a la
superiora; para ello, apelé a su religión y a su compasión; ella sólo se pondrá
en contacto conmigo para todo lo que se refiera a esta joven y ocultará su
existencia a todo el resto de la gente. Pero veré a esa muchacha querida... Se
lo prometí, ella me lo pidió insistentemente, me dijo que antes renunciaría a
todo el bien que yo le hacía que a este compromiso. Me pidió permiso para
escribirme y sobre todo de poder entregar todos los años una parte de su pensión
a Isabeau. Estas dos peticiones honraban demasiado su alma afectuosa como para
ser rechazadas; se las concedí de todo corazón y nos despedimos... Cuando me vio
preparada a abrir la puerta del locutorio, su alma se desbordó, lanzó sus
hermosos brazos a través de la reja y pidió insistentemente el favor de besar
una vez más las manos de su bienhechora. Volvimos sobre nuestros pasos y quedó
sofocada por el dolor al abrazarnos a las dos... Esta es la persona que el
presidente acusa de falsedad, impostura y crimen. ¡Ah! ¡ojalá fuera tan puro
como esta persona a la que así calumnia para hacer así felices a los suyos!
Nos retiramos, y os respondo que Aline no se encontraba mejor que yo. Sin
embargo sólo abandonamos la ciudad al día siguiente, después de habernos
enterado que esta pobre muchacha estaba todo lo bien que su situación le
permitía. Ella había adivinado por sí misma la muerte de su hijo, cuando había
visto que no se le hablaba de él. Pero Déterville le hizo reflexionar tan
hábilmente sobre este asunto, que su dolor fue mucho menos vivo de lo que
hubiéramos creído.
Mientras yo me ocupaba de esto, Déterville se encargaba por su parte de romper
los compromisos que habíamos contraído en Berseuil. La buena Isabeau estaba muy
afligida, no pude resistir la tentación de entregarle una pequeña suma del
dinero que me había devuelto el cura. Así como otra a este buen pastor para los
necesitados de su parroquia. ¡Es tan dulce, amigo mío, hacer un poco de bien! ¿Y
de qué serviría que la suerte nos haya tratado favorablemente si no es para
satisfacer todas las necesidades del infortunado? Nuestras riquezas son
patrimonio del pobre y el que no sienta el placer de confortarle ha vivido sin
conocer la verdadera razón de haber nacido en una situación más acomodada que
otros y los más dulces encantos de la vida.
Terminadas todas nuestras operaciones, nos miramos como lo haría alguien que, de
la tranquilidad hubiera pasado súbitamente a la angustia y la tribulación y que
finalmente ve renacer la calma... Digo la calma porque creo en ello y no veo
absolutamente nada que pueda turbarla hasta nuestro regreso a París. Entonces mi
intención es solicitar una nueva prórroga, contener al presidente lo mejor que
sepa con los escasos medios de que yo dispongo para esto y poner finalmente en
pie de guerra a mis parientes si fuese necesario. Porque, estad bien seguro,
solamente la fuerza podrá decidirme a sacrificar mi hija al malvado que la
desea... Y si gano mi causa, ¿en favor de quien será?... ¿Conocéis el hombre a
quien la destino?... Es el más digno de poseerla... es el mejor amigo de mi
corazón.
CARTA XXVIII
Aline a Valcour
Vertfeuille, 8 de Octubre
¡Ah! Valcour, habéis compartido mis penas... ¡Han penetrado en vuestro corazón!
¡Qué preciosos son para mí los testimonios que de ello me dais! Perdono menos a
mi padre todo lo sucedido que su funesta alianza con ese hombre malvado. Si
pudiese perder a ese desafortunado amigo, estoy segura de que sería más honrado,
tiene más ingenio que ese monstruo y, sin embargo, éste le arrastra. ¡Pérfido
efecto del vicio!... Lo odiaba tanto que pensaba que, para seducir, debería
tener, cuando menos, algún encanto. ¡Me equivocaba, Santo Dios! ya lo habéis
visto, lo consigue mostrando al desnudo su fealdad.
Me preguntáis; amigo mío; si el amor ha contribuido tanto como la decencia en el
arrebato que me hizo huir. ¡Ah! ¿cómo queréis que distinga entre esos dos
efectos? Lo que creo, lo que siento es que el amor los hermana, los confunde tan
perfectamente en mí, que no existe un solo pensamiento de mi mente, ni una sola
emoción de mi corazón que no se deba a ese primer sentimiento. Dirigirá siempre
todos los pasos que me veáis dar y cuando me exijáis que os revele los motivos,
no podré mostraros nunca más que mi corazón.
He llorado mucho a esa pobre Sophie; qué golpe... ¡Ay! se creía mi hermana,
miradla hoy, hija de una campesina tan indigna de ella que no nos atrevemos
siquiera a devolvérsela. No perderá nada: mi madre me ha prometido considerarla
siempre como hija suya. Le he jurado llamarla siempre mi hermana y conservar
siempre para ella todos los sentimientos que por este título le corresponden...
y a aquella a quien realmente se los debo... ¿No la veré jamás?... ¡Quién sabe!
Déterville ha escrito, esperamos. ¡Ah! ¡qué a gusto haría el viaje hasta Bretaña
para ir a abrazarla! ... Pero no quisiera que supiese que la pertenezco.
Quisiera conocerla accidentalmente, para ver si nuestros caracteres armonizan...
si terminará amándome... Por lo que a mí respecta, siento que ya la amo... ¡Ah!
¡son sólo quimeras! apostaría que no la veré en toda mi vida... ¡Qué fatalidad!
¡cuántas molestias... cuántos desórdenes causa a una familia la ambición de una
desdichada nodriza! No soy severa; pero concededme, amigo mío, que semejante
falta no debería quedar sin castigo.
El conde de Beaulé ha vuelto a vernos, lo amo, os estima. ¡Oh, amigo mío, qué
título para ganar mi aprecio! Yo era de la opinión de que mi madre le confiase
nuestras penas... Quizás lo haga. A buen seguro él nos serviría con todas sus
fuerzas. Julie me decía ayer que era un antiguo amante de mi madre... ¡Qué
historia! yo me reí, el conde es bastante más viejo, pero aún era joven cuando
mi madre entró en sociedad y se conocen desde entonces... ¡Ah! si alguna vez esa
mujer respetable hubiera tenido que apartarse de los penosos y rigurosos deberes
que le imponía el cielo, seguro que la elección del conde hubiera excusado
sobradamente sus errores. ¡Oh, amigo mío! dejad que ría un minuto con vos. La
alegría entra tan pocas veces en mi corazón que debéis tener un poco de
indulgencia en los breves momentos que me entrego a ella. Pero si esa locura que
acabo de mencionar fuese cierta, ¿si yo fuese la hija del conde de Beaulé?...
Apuesto a que lo preferiríais. Vamos... no quiero decir ya más extravagancias,
mi alegría no se ha repuesto aún lo bastante... y éstas son tan quiméricas que
he creído que podría permitírmelas para distraeros un instante. ¡Si hay una
mujer en el mundo que merezca legítimamente los títulos de casta y de virtuosa,
se puede afirmar que es ésta! ¡Y qué mérito tenía al merecerlos!... Ya lo
sabéis, amigo mío... ¿cuántas veces la he visto lamentar en mis brazos el peso
de la carga que la abrumaba?... Si este hombre cruel se hubiese contentado con
olvidarla, ella hubiese hallado en su indiferencia hacia él razones para
perdonar esa falta. Pero el muy perverso... Cambiemos de tema, es mi padre y
debo respetar en él hasta sus desviaciones... ¡Ay! lo haría de buen grado si
esos desmanes no ultrajasen a la mejor de las madres. Pero lo que a ella le debo
me hace olvidar a veces lo que él exige y la obligación de odiar al perseguidor
de la que me ha llevado en su seno, me libera a menudo de los sentimientos que
debo a quien me coloco allí. Adiós, amigo mío, mi mente se entristece; no quiero
aburriros. Nuestras aventuras... la temporada que finaliza, todo esto estorba un
poco nuestro plan de vida y nuestros paseos... ¡Oh, cuánto tiempo hace que no os
veo!... Casi siete meses. Si queréis os lo diré también en días, en horas y en
minutos. Estos espantosos intervalos los considero como instantes en los que no
vivo... ¡Ah! si se prescindiese de los momentos de la vida en los que no nace
ningún placer, ¿viviríamos en suma más de cuatro años?
CARTA XXIX
El caballero de Meilcourt a Déterville
Rennes, 12 de Octubre
Querría, querido Déterville, poder responder extensamente y de una manera más
satisfactoria a la carta que tuvisteis la amabilidad de escribirme, pero, atado
por consideraciones de las que dependo esencialmente, no puedo arrojar más luz
sobre el objeto de vuestras pesquisas que la que contienen las pocas líneas que
vais a leer.
Elisabeth de Kerneuil, dotada con todas las gracias del cuerpo y del espíritu,
pero hija de una madre que no podía soportarla, respondió, aún joven, a los
sentimientos del conde de Karmeil, uno de los primeros gentilhombres de Bretaña.
Los obstáculos invencibles que uno y otro encontraban para llevar a cabo la
unión deseada originaron dos desgracias que perdieron para siempre a ambos
jóvenes. El conde se expatrió, sirvió durante algún tiempo en Rusia... Se le da
por muerto. Antes de que la noticia se divulgase, Mlle. de Kerneuil había
terminado su vida de una manera aún más horrible: se mató en cuanto vio la
imposibilidad de pertenecer jamás al objeto de su ardor... Su padre había muerto
hacia tiempo. Su madre terminó sus días dos años después del suceso que
interrumpió la vida de su hija y como Mlle. de Kerneuil era hija única, los
bienes han pasado a los colaterales... Esto es todo cuanto puedo deciros. A
quienquiera que interrogaseis en nuestra provincia no os respondería con tanta
fran