
Carlos
Ponce de León
Carlos Ponce De León, obispo de San Nicolás durante la última
dictadura, murió el 11 de julio de 1977 en un misterioso accidente
automovilístico en proximidades de la ciudad de Ramallo. Su muerte ocurrió
cuando viajaba, junto a su hijo adoptivo, desde San Nicolás a Buenos Aires,
para presentar unos papeles en sus gestiones pidiendo por ciudadanos
desaparecidos en su área y reportando la represión ilegal que tenía lugar en
el norte de la provincia de Buenos Aires y el sur de Santa Fe.
Tercer Obispo Titular
Mons. Carlos Horacio Ponce de León, fue el tercer Obispo Titular de la
Diócesis de San Nicolás de los Arroyos. Fue nombrado por el Papa Pablo VI,
mientras era obispo auxiliar de Salta, el 28 de abril de 1966. Tomó posesión
canónica de esta sede el 18 de junio de ese año hasta que en 1977, fallece
víctima de un accidente automovilístico sobre ruta 9, cuyas causas aún no
han sido aclaradas y por lo que hay una causa abierta.
Al quedar vacante la sede, Pablo VI designó Administrador Apostólico de San
Nicolás al Obispo auxiliar de San Isidro, Mons. Justo Oscar Laguna
Incluso, se cree que iba a presentar en la Nunciatura de Buenos Aires
documentación que tenía que ver con el asesinato de los curas palotinos.
Según organismos de derechos humanos, Ponce De León era considerado un
"obispo rojo" en el norte del territorio bonaerense, ya había tenido
enfrentamientos con militares de San Nicolás e incluso lo apodaban "monseñor
ambulancia" porque solía recoger a heridos en enfrentamientos y atendía a
familiares de desaparecidos.
Como en el caso del obispo riojano Enrique Angelelli, siempre se sospechó
que el accidente en el que murió Ponce De León había sido fraguado; el juez
Villafuerte Ruzo, que investiga esa hipótesis, interrogó al hijo adoptivo
del religioso, quien desde hace 25 años vive en el exterior.
Al declarar por primera vez en la justicia sobre aquel episodio, Martínez
"relató cómo Ponce de León fue rematado al borde de un camino por fuerzas
militares a cargo del coronel Saint Amant", según aseguró la subsecretaria
de Derechos Humanos bonaerense.
Rematando al obispo
La subsecretaria de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires, Sara
Derotier de Cobacho, querellante en la causa, declaró a la prensa que
Martínez contó que cuando viajaba por la ruta el auto volcó repentinamente y
pudo ver cómo "un grupo de militares golpeaba con las culatas de sus fusiles
al obispo, antes de oír la voz del coronel Saint Amant dar la orden para que
lo remataran".
Incluso, Martínez habría salpicado a sectores de la Iglesia con esta muerte
y habría señalado al Nuncio Pío Laghi como "cómplice" del crimen. "Ponce de
León recibía de manera habitual a los familiares de jóvenes desaparecidos y
le remitía esa información al Nuncio Apostólico Pío Laghi, que se la
entregaba a su vez a Eduardo Emilio Massera", aseguró la subsecretaria.
La funcionaria tuvo acceso a la declaración de Martínez, ya que es
querellante en la causa en representación de los sacerdotes Marcelo Sbaffo y
Marcelo Domenech, la agrupación HIJOS de Rosario, Madres de San Nicolás y
Rosario y familiares de Ponce de León.
Según el organismo, existen testimonios que dicen que Ponce León recibía
constantes amenazas de muerte en las que le decían que "de julio no pasaba",
que lo habían perseguido e insultado en la calle y que contaba con
importante información sobre el asesinato de los curas palotinos, ocurrida
un año antes, que planeaba presentar en la Nunciatura el mismo día de su
muerte.
Carpetazo
Pero desde la iglesia, las preocupaciones están centradas en otro temor,
también relacionado con la dictadura, pero referente al cardenal Jorge
Bergoglio. Según informó la agencia de noticias DyN, los estrategas
celestiales esperan un "carpetazo" del gobierno contra Bergoglio, en
referencia a una presunta operación que de antemano las fuentes religiosas
dicen tener la certeza de que se sustenta en "viejas calumnias".
Las mismas fuentes anticipan que un documento de inteligencia reflota el
conflicto de Bergoglio con los sacerdotes jesuitas Orlando Yorio y Francisco
Jalics, por el compromiso de éstos con la "pastoral villera".
La consecuencia fue el secuestro por un grupo de tareas el 23 de mayo de
1976 y la aparición después de cinco meses de cautiverio. Según el propio
Yorio, el deseo de Bergoglio de sacárselo de encima tentó, a este último, a
hablar varias veces con Emilio Massera para que vinieran a llevarse a los
terroristas infiltrados en la actividad evangelizadora", aseguran que cita
el dossier de inteligencia que dicen conocer en la curia.
En la Iglesia, en cambio, sostienen que la versión de los hechos es
"maliciosa" y que, en realidad, Bergoglio hizo numerosas gestiones en la
Santa Sede para trasladar a los sacerdotes a Roma y salvarles la vida.
Fuente: Causa Popular
El asesinato del obispo
Ponce de León en 1977
Crimen en la ruta
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El 11 de julio de 1977 el obispo
de San Nicolás, Carlos Ponce de León, fue asesinado en la ruta. Como en el caso
de Angelelli, se simuló un accidente de tránsito. El regimiento en el que se
planificó el crimen fue cedido en comodato a la Iglesia, que lo usó hasta esta
semana como casa de reposo y ejercicios espirituales. Su encargado fue el
militar que firmaba los inventarios después de los saqueos. El papel del obispo
Oscar Justo Laguna y la reapertura de la causa, ahora en la justicia federal.
Por Horacio Verbitsky
Con el mayor sigilo, el miércoles de esta semana fue evacuada la casa diocesana
San Ignacio de Loyola, que la Iglesia de San Nicolás mantuvo durante diez años
en la unidad castrense en la que se planificó el asesinato del obispo Carlos
Horacio Ponce de León. El cartel que identificaba el local, colocado debajo de
la garita de guardia, fue uno de los símbolos más estridentes de la complicidad
de la jerarquía eclesiástica con la última dictadura militar. Ponce de León fue
el segundo obispo asesinado por aquél gobierno, el 11 de julio de 1977, un año
después que el obispo de La Rioja, Enrique Angelelli. En ambos casos se
simularon accidentes de tránsito. En 1996, cuando esa unidad de ingenieros del
Ejército fue desactivada, el Obispado de San Nicolás (entonces a cargo de Mario
Maulión) recibió en comodato sus instalaciones. Como encargado de esa casa
diocesana de retiros quedó el sargento retirado del Ejército Carlos Nilson
Suárez, el hombre que firmaba los inventarios de bienes luego de los saqueos en
casas de personas detenidas-desaparecidas. Cinco días después del 30º
aniversario del golpe de 1976, colchones, muebles y el cartel delator fueron
retirados de la ex unidad militar.
Casi al finalizar la dictadura Adolfo Pérez Esquivel y los obispos Jaime de
Nevares, Jorge Novak y Miguel Hesayne denunciaron el asesinato de Angelelli ante
la justicia riojana, que en 1986 lo consideró probado, aunque no identificó a
sus autores. El Episcopado sigue sin asumir lo sucedido. En una declaración
emitida en 2001 aun sostiene que Angelelli "encontró la muerte" y que "la muerte
lo encontró". El caso de Ponce de León ha sido aún más olvidado y su obra al
frente de esa diócesis industrial es tan poco conocida como las circunstancias
de su muerte. Sin embargo, desde el año pasado el juez federal de San Nicolás
Carlos Villafuerte Ruzo la está investigando.
Hostigamiento
Durante la primera asamblea plenaria del Episcopado posterior al golpe, en mayo
de 1976, Ponce de León había informado del hostigamiento y las humillaciones a
que era sometido y fue uno de los que más insistió en la necesidad de un
pronunciamiento público firme, cosa que el Episcopado rechazó pero el gobierno
supo. El asesinato de los palotinos de San Patricio lo golpeó más que a nadie,
porque estaba relacionado con varias de las víctimas. El sacerdote Alfie Kelly
era su confesor y amigo. El seminarista Salvador Barbeito era íntimo amigo de
uno de los sacerdotes de San Nicolás, José Aramburu, con quien había cursado el
seminario. Otros palotinos daban clases en el seminario nicoleño. Ponce de León
decidió dispersar a los seminaristas de su diócesis porque temía que fueran los
siguientes.
San Nicolás ocupó un lugar central en los proyectos del nacionalismo militar y
del industrialismo peronista y fue el origen de un polo de desarrollo económico
y urbano que se extendió hacia Villa Constitución y Campana. La evangelización
de los núcleos obreros fue una de lasprioridades del Obispado. Los Encuentros
del Pueblo de Dios, los campamentos de jóvenes, las peregrinaciones provocaron
reacciones hostiles de los sectores tradicionalistas. La izquierda peronista y
el marxismo, que en esa zona alcanzó implantación obrera, confrontaban desde
comisiones internas y sindicatos, con la línea peronista ortodoxa de la Unión
Obrera Metalúrgica, a la que ganaron la conducción de Villa Constitución en
elecciones limpias. En marzo de 1975 la presidenta Isabel Perón despachó una
caravana de un centenar de vehículos con hombres armados para desmantelar toda
organización independiente. Ponce de León viajó a Buenos Aires para tramitar la
libertad de los nicoleños detenidos. Los activistas gremiales que no perdieron
la libertad o la vida entonces fueron secuestrados y asesinados después del
golpe militar, que designó como ministro de Economía al presidente de Acindar,
la siderúrgica de Villa Constitución, José Alfredo Martínez de Hoz.
El dueño de casa
El primer informe posterior al golpe que firmó el jefe del área 132 y del
Batallón de Ingenieros de Combate 101, teniente coronel Manuel Fernando Saint
Amant, calificó a Ponce de León como "enemigo acérrimo de monseñor Bonamín" y
dijo que dirigía al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo que, a su vez,
había copado la diócesis. El obispo llegó a Ramallo durante un gran operativo
militar frente a la parroquia y se abrió paso entre los soldados. Saint Amant se
sorprendió al verlo sentado frente al escritorio de la casa parroquial:
–¿Qué hace usted aquí?
–¿Qué hace usted? Yo soy el dueño de casa.
–¡Qué servicio de informaciones tienen! –se fastidió el militar, que lo trataba
como si fuera el jefe de un Ejército enemigo.
El obispo le exigió un inventario de todo lo que requisaron, incluyendo un
mimeógrafo. Esos inventarios eran la especialidad del sargento Suárez. Ponce de
León había ordenado a sus sacerdotes que no pernoctaran solos en sus parroquias,
que trataran de dormir en casas de los fieles, de modo que siempre hubiera
alguien que pudiera avisar. Poco antes de la Semana Santa de 1976, Ponce de León
visitó a Saint Amant para reclamar la libertad de ocho sacerdotes de distintas
parroquias que habían sido detenidos y estaban alojados en los cuarteles de San
Nicolás.
–Yo me quedo detenido también hasta que los liberen –dijo el obispo.
–Usted ya está detenido, lo tenemos bien controlado y tiene que venir a informar
de cada cosa que haga –respondió el militar.
–Si tengo ocho parroquias sin sacerdote, voy a suspender la celebración de
Semana Santa –le comunicó Ponce de León.
Saint Amant liberó a los ocho sacerdotes frente al Obispado y sin ninguna
explicación. Ponce de León nunca cumplió con la intimación de presentarse al
cuartel.
Inteligencia militar
El informe de Saint Amant sobre Ponce de León afirma que en San Nicolás los
grupos más importantes de Montoneros salieron de la "Iglesia" (comillas en el
fabuloso original) y con deliberada despreocupación por los matices anuncia que
"hablaremos indistintamente de Juventud Peronista, de Montoneros y de Peronismo
Auténtico". No se trataba sólo de hablar.
La indiferenciación se extiende luego también al ERP y "a los hechos
guerrilleros de Villa Constitución", como llamaba a la organización sindical de
los trabajadores al margen de la conducción de la UOM. Coincidía con él Ricardo
Balbín, presidente de la Unión Cívica Radical (UCR). Poco ducho en el arte de la
metáfora y obsesionado con los sacerdotes tercermundistas, Saint Amant informó
que "esos pastores son lobos vestidos de ovejas". Como estaba en juego el "Ser o
no ser de laPatria" había que atacar al enemigo en todos los frentes porque "se
vale indistintamente de la pornografía, del liberalismo, del capitalismo, de los
medios de comunicación, del freudismo, de los partidos políticos, de la pobreza,
de la explotación de las injusticias, de la UNESCO, de la declaración de los
derechos humanos, etc". Los tres motivos por los que, según el jefe del área,
esos sacerdotes no hacían definiciones subversivas públicas y explícitas,
equivalen a un reconocimiento de que no practicaban ninguna actividad armada ni
simpatizaban con la guerrilla:
a. miedo (hasta hace poco han creído que por ser sacerdotes no les pasaría nada.
Ahora tienen miedo).
b. astucia.
c. en parte por a. y por b., en otros casos porque consideran a los guerrilleros
tal vez como desubicados porque entienden que el proceso de marxistización
(‘socialización’) debe nacer del pueblo y los guerrilleros lo quieren imponer a
la fuerza. PERO NUNCA POR CONVICCIONES ANTIMARXISTAS. Esto debe quedar bien
claro".
"Fuerza enemiga"
Saint Amant vaticina que, en alianza con partidos políticos, el resentimiento
peronista, los grupos marxistas no destruidos "y los infaltables idiotas útiles,
tontos y democráticos que pidan elecciones", la Iglesia será "la principal
fuerza enemiga". Por ello propuso operar sobre Ponce de León. Según la doctrina
católica, escribió, el obispo es sucesor directo de los Apóstoles, la unión con
la Iglesia se hace mediante la unión al obispo y fuera de la Iglesia no hay
salvación. Los católicos que se cuestionan la actuación del obispo "piensan que
ponen en juego su salvación eterna". Por eso "hace falta lucidez intelectual y
cierto coraje para entender que un obispo es traidor a la Iglesia, y para obrar
sin el respeto que la doctrina enseña para con el sacerdote cuando éste está
destruyendo su Patria y su fe". No sería posible tener éxito en la lucha contra
la subversión "si no se erradican los males expresados", decía.
En San Nicolás estaban organizados los Legionarios de Cristo Rey, a quienes el
obispo acusaba de vinculaciones con el arzobispo cismático francés Marcel
Lefébvre y había un núcleo integrista de Tradición, Familia y Propiedad. Entre
esos laicos que llegaron a denunciar a Ponce de León ante la Nunciatura estaba
Héctor Hernández, hermano de un sacerdote. Para manifestar su hostilidad hacia
el obispo, Hernández llegó a leer un libro en forma ostensible mientras Ponce de
León pronunciaba una homilía. Hernández era colaborador habitual de la revista
integrista Mikael, que editaba el Arzobispado de Paraná a cargo del vicario
general castrense Adolfo Tortolo y dirigía el sacerdote Alberto Ezcurra Uriburu,
fundador de la Guardia Restauradora Nacionalista. Junto con el informe de Saint
Amant, el archivo de la Cancillería guarda el esquema manuscrito en el que se
inspiró, con las líneas internas, los nombres y las alcahueterías sobre los
sacerdotes de San Nicolás. Está escrito con una letra elegante, parecida a la
del laico Hernández, quien entonces era abogado de Somisa y hoy es defensor
oficial en los Tribunales Federales de San Nicolás.
Según Saint Amant, Ponce de León, "vive atemorizado" y en sus sermones dice que
recibe permanentes amenazas. Los colaboradores del obispo dicen que las amenazas
las formulaba Saint Amant, quien lo llamaba "obispo rojo". Cuando Ponce de León
intercedió por varias personas desaparecidas, el militar le respondió:
–Sí. Yo los detengo. ¿Y qué? Voy a hacer desaparecer a todos los que están con
usted, y a usted todavía no puedo porque es obispo.
Las amenazas al obispo llegaban primero por carta y por teléfono, pero luego
pasaron a ser personales, con insultos en la calle cuando salía a caminar. Una
de esas cartas decía: "Antes fue Angelelli, ahora te toca a vos". Otra
anunciaba: "Preparate porque en julio se te acaba". En ambas lafirma era el
dibujo de un ataúd. Sus colaboradores más próximos sentían que Ponce de León
estaba "cercado, tenía los teléfonos controlados".
El choque
Dos oficiales de policía llegaron al sanatorio de Buenos Aires donde estaba
internado el seminarista nicoleño Nicolás Gómez. Querían saber quién era su
obispo, si vendría a visitarlo, y cuándo. Gómez y su padre respondieron que
Ponce de León les había prometido que vendría la mañana del lunes 11. Tenía
también otros motivos para el viaje. Había preparado una carpeta para la
Nunciatura Apostólica con datos sobre secuestros y torturas en San Nicolás y
Villa Constitución. Uno de sus sacerdotes afirma que era una carpeta azul con el
título "Asesinato de los padres y seminaristas palotinos". Con esa documentación
salió a la ruta, acompañado por el laico Víctor Oscar Martínez, de 19 años,
quien cumplía con el servicio militar obligatorio en la Prefectura de San
Nicolás. El obispo era su tutor judicial desde que el muchacho tenía doce años.
A las 6.40 de la mañana, cuando aun no había amanecido, el auto Renault 4 del
Obispado fue embestido en la ruta 9 por una pick-up. Atendido en primer momento
en Ramallo, Ponce de León fue trasladado a la clínica San Nicolás en "coma
profundo, con fractura y hundimiento de cráneo" según la instrucción policial.
Pero la presunta fractura no aparecerá luego en el informe del sanatorio donde
fue atendido. Su historia clínica, si la hubo, no quedó archivada. Tampoco se
citó a declarar ni se solicitó documentación a la clínica de Ramallo a la que
Ponce de León fue llevado en primer momento. Sólo su madre pudo verlo. Ni
siquiera a su médico personal se le permitió pasar a la sala de terapia
intensiva. La documentación que llevaba desapareció. Nunca se practicó un
peritaje accidentológico ni de ingeniería mecánica para establecer cómo se
produjo la colisión. En ningún lado consta que se haya realizado la autopsia,
aunque ni el médico policial ni un forense hicieron un examen externo del cuerpo
para determinar causas evidentes de muerte que la hicieran innecesaria. Tampoco
hay un certificado médico que establezca los motivos de la defunción. La clínica
donde el obispo agonizaba fue rodeada por fuerzas militares y policiales y lo
mismo ocurrió con la Catedral luego de su muerte, tal como había sucedido en La
Rioja cuando el asesinato de Angelelli. Los militares temían una reacción
popular porque nadie creía que se hubiera tratado de un accidente. El expediente
judicial contiene irregularidades y omisiones más graves. Contra lo usual, la
policía devolvió los vehículos y su contenido sin que se certificara la
propiedad de cada uno y no describió el contenido de los dos portafolios que
llevaba Ponce de León.
Tres versiones
El conductor de la pick-up F100, modelo 77, Luis Antonio Martínez, declaró que
debió frenar en forma brusca para no embestir a un colectivo. Como la ruta
estaba mojada, la camioneta patinó y se cruzó a los trompos sobre la otra mano,
por donde avanzaba el Renault. Nada se hizo para determinar por qué no quedaron
huellas en el pavimento. Ni la policía ni el juez buscaron testigos del choque.
Tampoco identificaron al colectivo ni al chofer y sus pasajeros que podrían
haber relatado lo sucedido. La escueta instrucción judicial no verificó si las
heridas que causaron la muerte del obispo eran compatibles con los daños del
vehículo en que viajaba. Nunca se estableció quienes llevaron al obispo
moribundo al hospital ni en qué vehículo.
Luis Antonio Martínez dijo que él y su acompañante en la pick-up, Carlos Sergio
Bottini, viajaban hacia Entre Ríos "por razones comerciales" de la empresa
Agropolo S.A. dedicada a negocios agropecuarios y propietaria de la pick-up.
Bottini se identificó como directivo de Agropolo, con domicilio en Viamonte
1866, de la Capital, esto es, a pocos metros de lasede del batallón de
Inteligencia 601 del Ejército. Todos los edificios vecinos a esa unidad
operativa eran por entonces propiedad del propio batallón. El juez le devolvió
la camioneta, pero en el expediente no quedó constancia de la documentación que
acreditaba su propiedad. Ni la existencia real de Agropolo, ni sus negocios
fueron objeto de constatación.
Cuando la policía buscó los antecedentes de Luis Antonio Martínez, la empresa en
que trabajaba ya no fue mencionada como Agropolo sino como Don Paco. Recién dos
meses después el juez Oberdán Andrín, cuñado del ex hombre fuerte del peronismo
San Nicolás, José María Díaz Bancalari, escuchó por primera vez a los
tripulantes de la pick-up. El 18 de julio de 1978, condenó a Martínez a seis
meses de prisión, dejó la pena en suspenso y lo inhabilitó para manejar durante
cinco años. La única descripción de lo sucedido en todo el expediente es la del
condenado por homicidio culposo. Aun así, en la apelación surgieron dudas sobre
su relato. En setiembre de 1978 la Cámara de San Nicolás destacó que el
conductor había dado tres versiones distintas de lo sucedido. Los camaristas se
limitaron a afirmar que en cualquier caso su responsabilidad era indudable y
confirmaron la condena pero no les interesó profundizar en las causas del cambio
de versión. Nadie tomó declaraciones sobre las amenazas y persecuciones al
obispo, que todos conocían en San Nicolás.
La intervención
Las amenazas a los colaboradores del obispo continuaron después de su muerte.
Les exigían que abandonaran el trabajo pastoral en las villas y con los obreros
de la zona. Muchos de ellos partieron al exilio. El nuncio Pío Laghi envió como
administrador apostólico al obispo Oscar Justo Laguna, cuya llegada fue vivida
por el clero como una intervención porque abandonó la línea pastoral de Ponce de
León.
Uno de los sacerdotes del presbiterio nicoleño, José Karamán, califica como
"nefasta" la gestión de Laguna. "Su misión fue desarmar lo que Ponce había
armado". Afirma que frente a una diócesis dolorida actuó con histeria. "Nos
decía que parecíamos las viudas de Ponce y que estaba harto de oír hablar de él.
¿De qué quería que habláramos, de Lola Flores?" También considera que actuó con
soberbia, haciendo pesar sus conocimientos teológicos ante sacerdotes de menor
formación. Además tuvo miedo de interceder por "unos muchachos que habían sido
detenidos", lo cual provocó un serio incidente en el que un sacerdote amagó con
pegarle y otro se interpuso para impedirlo. El retrato se completa con alusiones
a la prepotencia que usó en la relación con los presbíteros. "Manejaba
información y había averiguado vida y milagros de los curas". Creía que eran "tipos peligrosos". Luego de recorrer la diócesis
"se sorprendió porque
celebrábamos misa normalmente. ¿Qué esperaba, alguna orgía?" Sin embargo, cuando
Saint Amant protestó por la continuidad del párroco de la Catedral, Carlos
Pérez, quien se había negado a recibir al vicario castrense Tortolo para la
confirmación de 200 soldados, porque "su figura es mal vista por el clero
diocesano", Laguna no aceptó removerlo.
La biografía oficial de Laghi, en cuya redacción Laguna se atribuye una parte
decisiva, incluye juicios críticos hacia Ponce de León y Angelelli. "Para actuar
en favor de los más necesitados no era inevitable caer en los extremismos" de
ambos, que habían "alcanzado niveles de fuerte radicalización teológica y
pastoral", dice. Mientras duró su intervención en el Obispado, Laguna designó
para representarlo en la causa penal al abogado Luis Alberto Gritti, quien en
ese momento era Delegado en San Nicolás de la Fiscalía de Estado de la Provincia
de Buenos Aires. A sus órdenes trabajaba el laico Hernández, pero también el
abogado Héctor García Huerta, quien en la misma causa asumió la defensa del
conductor procesado, Luis Antonio Martínez. Los tres eran amigos personales.
Grittiy Hernández son incluso parientes políticos. Gritti reconoció su firma en
el viejo expediente penal pero dijo que nunca supo que su compañero de oficina
García Huerta hubiera sido el defensor del hombre que manejaba la camioneta que
causó la muerte del Obispo. Lo espera una denuncia por falso testimonio.
Expedientes
Además del expediente provincial por la muerte de Ponce de León hubo una causa
federal paralela. En 1984 fue solicitada por el Consejo Supremo de las Fuerzas
Armadas. Del juzgado federal de San Nicolás la retiró la Policía Federal, pero
al CONSUFA nunca llegó. El expediente provincial también se consideraba perdido.
Había sido retirado del archivo en 1997 por el juez provincial nicoleño Alberto
Moreno y desde entonces se le perdió el rastro. Un día de 2004, el fiscal
interino de San Nicolás Juan Patricio Murray tocó la puerta del despacho del
defensor oficial Héctor Hernández, e ingresó sin esperar respuesta.
–Acá estamos matando un obispo –bromeó el prosecretario administrativo de la
Defensoría, Luis Ré (un viejo funcionario judicial, hijo de un militar).
Murray se acercó y vio sobre el escritorio de Hernández un viejo expediente
abierto en una página con fotos de dos vehículos después de un choque. De pie
junto a Hernández, la empleada Franca Padullo observaba las fotos. Muy molesto
con la situación, Hernández explicó:
–Franquita tenía la versión transmitida por sus padres de que al obispo Ponce de
León lo habían asesinado en la época del Proceso, y yo le estaba mostrando el
expediente para que verificara que había sido un accidente, que no era posible
que personas honorables como un juez, su secretario, un fiscal, un abogado
defensor, tres jueces de Cámara, un secretario y un fiscal de Cámara se hayan
puesto de acuerdo para hacer aparecer como accidente un atentado.
Murray se retiró sin hacer comentarios. Pocos días después el expediente
reapareció en el archivo. Hombre de otra generación, Murray descubrió en él la
abrumadora serie de irregularidades cometidas por la policía y el juez Andrín y
requirió el pase de la causa al fuero federal donde ahora por fin, se podrá
hacer justicia por el asesinato de Ponce de León.
Los
asesinatos de Angelelli y Ponce de León
El eslabón perdido
Los asesinatos de los obispos Enrique Angelelli, de La Rioja, y Carlos Horacio
Ponce de León, de San Nicolás, en agosto de 1976 y julio de 1977, presentan tan
llamativas similitudes que sugieren una común inspiración operativa. Ambos
crímenes se realizaron de modo de que parecieran accidentes de carretera, en
ciudades donde tenían asiento sendos batallones de ingenieros del Ejército. El
eslabón perdido entre ambos casos es el coronel Osvaldo Pérez Battaglia.
Por Horacio Verbitsky
"Ustedes son comunicadores y se les plantea este desafío de la projimidad:
hacerse prójimo para que .a través de esa comunicación de cercanía. se implante
la verdad, la bondad, la belleza, que trascienden la coyuntura y la
espectacularidad y que, mansamente, siembran humanidad en los corazones".
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, ante la Asociación de Entidades Periodísticas
Argentinas (ADEPA).
Luego de leer la nota del domingo pasado sobre el asesinato del obispo Carlos
Ponce de León, un actual ministro que hizo su carrera política en San Nicolás le
preguntó al autor quién era el jefe militar de La Rioja cuando mataron a
Angelelli.
–Pérez Battaglia.
–Me lo imaginaba. Era de San Nicolás, un petiso pelado que se hacía el malo. En
esa época viajaba todos los fines de semana a San Nicolás, donde tenía a la
familia –dijo el funcionario.
El coronel Osvaldo Héctor Pérez Battaglia era jefe del Batallón riojano,
mientras el Batallón de San Nicolás era conducido por el teniente coronel Manuel
Fernando Saint Amant. Pérez Battaglia murió hace seis años, pero Saint Amant
vive y en los próximos días deberá responder ante la justicia por otro caso que
vincula La Rioja con San Nicolás: la desaparición forzada de María Cristina
Lanzilloto y Carlos Benjamin Santillán. Los restos de la riojana Lanzilotto
fueron identificados esta semana por el Equipo Argentino de Antropología
Forense.
Nacido en la Capital Federal en 1926, Pérez Battaglia egresó del Colegio Militar
en uno de los últimos puestos de la promoción 78 (su orden de mérito fue 242,
sobre 246), cuyos integrantes llegaron al comando de unidades en torno del golpe
militar de 1976. Pérez Battaglia es un nicoleño por adopción. En su primer grado
militar, en 1950, fue designado jefe de la sección de zapadores motorizados de
San Nicolás. Allí conoció a la veinteañera María Teresa Pérez, una nativa de esa
ciudad industrial, con la que se casó y tuvo dos hijos: Teresita nació en 1953 y
Jorge en 1957. Ascendido a teniente, en 1954 consiguió una nueva designación en
la ciudad de sus afectos, esta vez como jefe de pontoneros zapadores. Entre 1970
y 1975 estuvo destinado en Rosario, a 70 kilómetros de San Nicolás. Esta
proximidad le permitió mantener el contacto con su familia. Los compañeros de
promoción de su hijo en la Escuela Normal de San Nicolás fueron invitados a
visitar el Comando del Cuerpo II y almorzaron en su casino de Oficiales, en la
casona de Córdoba esquina Moreno, frente a la Facultad de Derecho.
Vidas paralelas
En agosto de 1968 Pablo VI designó a Enrique Angelelli al frente de la diócesis
riojana. Allí promovió la creación de sindicatos de mineros,peones rurales y
empleadas domésticas, de cooperativas de trabajadores para fabricar tejidos,
ladrillos, relojes, pan y para poner a producir los latifundios ociosos. Una de
esas cooperativas reclamaba la expropiación de un latifundio, propiedad de un
usurero que se había ido apropiando de los pequeños fundos de sus deudores y que
consumía el 70 por ciento del agua de la zona. Durante la campaña electoral de
1973, el candidato Carlos Menem prometió que entregaría el latifundio a la
cooperativa y lo reiteró luego de asumir la gobernación. Angelelli se sintió
confiado y el 13 de junio de 1973 viajó al pueblo natal de Menem, Anillaco, para
presidir las fiestas patronales de San Antonio. Lo recibió una algarada
conducida por un grupo de comerciantes y terratenientes. Entre ellos estaban el
hermano del electo gobernador, Amado Menem, y sus hijos César y Manuel Menem,
quienes junto a otros propietarios se habían sublevado contra el obispo. Ante la
pasividad policial, manifestaron frente al templo, declararon a Anillaco Capital
de la Fe e irrumpieron por la fuerza en el templo y la casa parroquial. Cuando
Angelelli se retiró luego de suspender las celebraciones religiosas, lo
corrieron a pedradas. Arguyendo la intranquilidad social, Menem retiró su apoyo
a la cooperativización del latifundio. Angelelli atribuyó la agresión a un
sector que procura .el mantenimiento de sus privilegios" y mencionó a los grupos
Cruzada Renovadora de Cristiandad y Tradición Familia y Propiedad. También
suspendió las ceremonias litúrgico-sacramentales en todos los templos de la
parroquia. Los sacerdotes riojanos habían pedido la excomunión de los Menem y
sus acompañantes, pero Angelelli prefirió una sanción menos drástica y los
declaró "incursos en entredicho personal", lo cual los privaba de asistir a
celebraciones religiosas y recibir los sacramentos sólo en forma temporaria.
Renuncias
El superior general de los Jesuitas, Pedro Arrupe, y el arzobispo de Santa Fe,
Vicente Zazpe, visitaron La Rioja donde respaldaron a Angelelli. Arrupe dijo que
Angelelli seguía las opciones del Concilio y del Papa. Zazpe llegó como auditor
enviado por la Santa Sede luego de que Angelelli ofreciera su renuncia al
Consejo Presbiteral y pidiera a Pablo VI que le ratificara o retirara la
confianza. Los entredichos le exigieron la remoción de Angelelli, mientras desde
un altoparlante se difundían marchas militares. Todos los sacerdotes de la
diócesis salvo tres se reunieron con Zazpe y le dijeron que los poderosos
manoseaban la fe para "mantener una situación injusta y opresora del pueblo" y
aprovechar "la mano de obra barata y mal pagada". El presidente de la
Conferencia Episcopal, Adolfo Tortolo, sostenía que el Episcopado no debía
mediar en los problemas riojanos (lo cual implicaba poner en un pie de igualdad
al obispo y a los rebeldes) y el Nuncio Lino Zanini apoyó a los sancionados, a
quienes obsequió con sendos crucifijos. Al concluir su inspección Zazpe
concelebró la misa con Angelelli en la catedral y proclamó que la diócesis
riojana era una servidora de los pobres como habían pedido el Concilio y
Medellín y que su pastoral "es la pastoral de la Iglesia universal". Uno de los
sancionados le dijo que Angelelli "se va por las buenas o por las malas, y si no
es por las malas será lo peor". Durante una visita a la base aérea de Chamical,
en La Rioja, el provicario castrense Victorio Bonamín dijo que el pueblo había
cometido pecados que sólo podían redimirse con sangre. Ése era el clima en
noviembre de 1975, cuando Pérez Battaglia asumió como jefe del Batallón de
Ingenieros en Construcciones 141, con sede en la ciudad capital de La Rioja.
Comunicado número uno
El 12 de febrero de 1976, el Ejército arrestó al vicario general de la diócesis
de La Rioja, Esteban Inestal, y a dos jóvenes del MovimientoRural diocesano. Uno
de los oficiales les dijo que Juan XXIII y Pablo VI habían destruido la Iglesia
de Pío XII, que los documentos de Medellín eran comunistas y que la Iglesia
riojana estaba separada de la Iglesia argentina. Angelelli ofreció una vez más
su renuncia a la Conferencia Episcopal. Durante la inauguración del curso
lectivo en la base aérea de El Chamical, el vicecomodoro Lázaro Aguirre
interrumpió la homilía que pronunciaba Angelelli sobre la responsabilidad social
de los cristianos:
–Usted hace política –le gritó. Angelelli suspendió los oficios religiosos en la
capilla de la base.
Como jefe de la Guarnición militar de La Rioja, el 24 de marzo de 1976 Pérez
Battaglia fue designado interventor federal en la provincia y encarceló al
gobernador Menem. A su cargo quedó el Area de Seguridad 314. Pérez Battaglia fue
así el responsable político y militar de la provincia. De él dependían todas las
fuerzas militares y de seguridad (Ejército, Fuerza Aérea, Policía Federal y
provincial, Gendarmería), entre ellas los Comandos Operacionales Tácticos.
También la justicia le fue subordinada. "Intenté presentar un habeas corpus,
pero el juez federal Roberto Catalán dijo que esperaba instrucciones del jefe
del Batallón 141, Osvaldo Pérez Battaglia", declaró un testigo ante la Comisión
Provincial por los Derechos Humanos que se creó en La Rioja al concluir la
dictadura, en 1985. Al regresar de un viaje, la valija de Angelelli fue
violentada en la oficina de Aerolíneas Argentinas en La Rioja. En una carta a su
amigo Héctor Bertaina (reproducida por Luis Miguel Baronetto en un libro sobre
"Vida y martirio de monseñor Angelelli") el obispo dijo que ello ocurrió por
orden de Pérez Battaglia. También escribió que el militar lo trataba en forma
grosera y lo llamaba "llorón" cuando reclamaba. Angelelli viajó a Córdoba para
apelar ante el jefe de Pérez Battaglia, el jefe del Cuerpo III, general Luciano
Menéndez. Para mayor seguridad, pidió que lo acompañara el cardenal Raúl
Primatesta. Menéndez le contestó en forma muy seca:
–El que tiene que cuidarse es usted.
Estaciones del Calvario
En la primera reunión plenaria del Episcopado después del golpe, en mayo,
Angelelli usó un ayuda memoria de 37 puntos, que llamó estaciones del Calvario
riojano. Cada uno detallaba una agresión contra el obispo o sus sacerdotes.
Incluía el allanamiento y clausura de una casa parroquial, la detención de
sacerdotes y seminaristas, la demora y detención de religiosas, la prohibición
de celebrar misa en la cárcel, la transmisión radial de la misa celebrada por el
capellán militar Mario Pellanda López, en el Batallón que comandaba Pérez
Battaglia, pero no la del obispo en la Catedral; la requisa de equipajes y
documentos a los participantes de los ejercicios espirituales, la requisa al
propio obispo en el santuario popular del Señor de la Peña, la detención e
interrogatorios coercitivos a laicos por su contacto con la Iglesia riojana, las
cesantías y despidos de personas vinculadas con la Iglesia, etc.
En apoyo de Angelelli, el obispo de San Nicolás, Carlos Ponce de León, contó que
en su diócesis además de la detención de sacerdotes se habían producido
allanamientos a parroquias y casas religiosas. Se vivía un "clima de terror". A
los sacerdotes detenidos se los interrogaba sobre el obispo. Uno de ellos, el
salesiano López Molina, fue maltratado. También denunció ataques violentos a
algunas casas con el objeto de robar. El propio Ponce de León había estado
presente en un allanamiento y fue sometido a humillaciones. También se pegaron
afiches contra la Iglesia en los que se reclamaba la .defenestración. del
obispo.
El 13 de junio, al cumplirse el primer aniversario del tumulto que corrió a
Angelelli de Anillaco, los terratenientes celebraron el "Día de la Defensa de la
Fe", con el apoyo de Pérez Battaglia, quien organizó allí undesfile militar. El
sacerdote Carlos Murias dijo en una homilía que podrían acallar la voz del
obispo pero no la de Jesús. El 18 de julio a las nueve y media de la noche, fue
secuestrado junto con el sacerdote Gabriel Longueville de la casa religiosa
donde vivían. El 20 por la tarde un empleado ferroviario encontró los cadáveres
de ambos sobre una vía, maniatados, con restos de cinta adhesiva y algodón en la
boca. Uno de ellos había sido mutilado y la autopsia indicó que había padecido
una muerte lenta. Los cuerpos estaban cubiertos por mantas del Ejército y junto
a ellos había una lista con nombres de sacerdotes. Pérez Battaglia prohibió que
se publicara el comunicado del obispo y hasta el aviso fúnebre que informaba del
asesinato. En cambio firmó un comunicado en el que, ante denuncias sobre
desaparición de personas, anunciaba más operaciones para "erradicar
definitivamente de la provincia a los delincuentes subversivos e ideológicos".
Reunido con sus sacerdotes, Angelelli dibujó una espiral que se cerraba y señaló
el centro. "Buscan un copete colorado. Ahora me toca a mí". Los vicarios zonales
le sugirieron que se alejara por un tiempo, pero se negó. El 4 de agosto de 1976
cerró su informe sobre la situación con la frase "poseo otros datos que por
prudencia no debo escribir" y emprendió viaje a La Rioja con el sacerdote Arturo
Pinto. Salieron después del almuerzo una vez que Pinto revisó el auto. El obispo
iba al volante. A las tres de la tarde en el camino entre El Chamical y La Rioja
fueron seguidos por otro vehículo, un Peugeot 404 claro, que los pasó y los
encerró. Según Pinto "se produjo como una explosión. Y a partir de ese momento
no recuerdo más nada".
El primer médico que lo atendió dijo que, inconsciente, Pinto murmuraba: "los
papeles, apúrese que nos alcanzan". La camioneta dio varios tumbos. El cuerpo de
Angelelli fue hallado a veinticinco metros del vehículo, cara al cielo, con los
brazos extendidos hacia atrás, descalzo y con la piel de los talones raspados,
pero sin marcas similares en el rostro o la calva. Según la justicia los autores
arrastraron el cuerpo luego del vuelco. Un camionero vio el cuerpo "ubicado con
llamativa prolijidad, derecho, sin magulladuras ni hematomas" cuando "toda
persona que es despedida de un vehículo cae como desparramada, desarticulada".
La misma impresión transmitió el primer sacerdote que llegó al lugar y encontró
el cuerpo rodeado de policías y militares que empuñaban armas largas. "Me daba
la impresión de que lo habían sacado del auto, liquidado y arrastrado hasta ahí,
porque tenía las manos hacia atrás. En un accidente uno se enrolla todo, se
defiende. No, estaba bien estirado." La autopsia indicó como causa de muerte
fractura de cráneo con pérdida de masa encefálica pero la ropa del obispo no
mostraba desgarraduras. Pérez Battaglia llamó por teléfono al director del
diario El Independiente, Américo Torralba y le ordenó:
–Hay que publicar que fue un accidente por el reventón de la goma trasera.
Un sacerdote que llegó a poco del vuelco intentó retirar el maletín, la carpeta
y las pertenencias de Murias y Longueville que Angelelli llevaba consigo, pero
los militares se lo impidieron. El teléfono sonó en el despacho del ministro del
Interior. El general Albano Harguindeguy escuchó a su interlocutor. "Su cara se
iluminó con una sonrisa", narró el ex ministro de Defensa José Antonio Deheza,
quien lo visitaba para pedirle la libertad de dirigentes peronistas detenidos.
Igual que en el caso de los palotinos asesinados un mes antes en la iglesia de
San Patricio, los papeles que llevaba Angelelli llegaron al despacho de
Harguindeguy en una carpeta que decía "Confidencial". Cuando las cosas que
llevaba el obispo fueron devueltas a la Curia, cinco días después, era evidente
que habían sido revueltas. El informe sobre el asesinato de los curas del
Chamicalapareció no en el maletín sino en la valija con ropas, el orden de las
fojas había sido alterado y había tildes en algunas de ellas.
La prudencia
de las serpientes
La noche del 4 de agosto de 1976, camiones de asalto con tropas ocuparon las
entradas de la Catedral riojana. Se proponían allanar el dormitorio de Angelelli
y detener a los fieles que se aproximaron al conocer la noticia de su muerte.
Cerca de medianoche, luego de largas discusiones entre sacerdotes y militares,
se abrieron las puertas y grupos de personas cantaron y rezaron. El 6 de agosto,
luego de la misa concelebrada ante el cuerpo de Angelelliy de su entierro, el
nuncio Pío Laghi, Primatesta y Zazpe hicieron una visita protocolar a Pérez
Battaglia, quien les aseguró que se había tratado de un accidente. Según el
obispo Oscar Justo Laguna, en un primer momento Laghi lo creyó, hasta que entró
en dudas y terminó convencido de que había sido asesinado. Laghisostiene haber
presentado una enérgica protesta a las autoridades:
–Deben demostrarme que sucedió lo contrario de lo que yo supongo –dice que dijo.
En su primera edición posterior a la muerte de Angelelli, el diario vaticano
L’Osservatore Romano presentó el caso como un "extraño accidente". Pero el
cardenal Juan Carlos Aramburu declaró que "no había pruebas concretas para
hablar de un crimen" y no se produjo la esperada protesta vaticana. Sin embargo
la biografía oficial del nuncio es hipercrítica con Angelelli, a quien vincula
con "los extremismos que proponía la Teología de la Liberación". Para ello Laghi
y sus colaboradores, Laguna y Jorge Casaretto, fuerzan los hechos. Los autores
sostienen que Pablo VI dio orden de que no se tomaran fotos para no "inmortalizar" la última visita del
"incómodo" obispo riojano al Papa, debido a
sus "heterodoxias doctrinales". No es así. Pablo VI se fotografió en el gesto
afectuoso de tomar la mano de Angelelli el 7 de octubre de 1974 en el Vaticano.
Esa imagen ilustra la biografía del obispo asesinado escrita por el domínico
Luis O. Liberti.
Tres días después del entierro de Angelelli, la Conferencia Argentina de
Religiosos dirigió un angustioso llamado a Primatesta en busca de protección.
Primatesta respondió que los obispos habían elegido ser "prudentes como las
serpientes" porque estaban convencidos de que "hay tempus loquendi y tempus
tacendi". Tempus tacendi quiere decir tiempo de callar. Ese mandato se mantuvo a
lo largo de las décadas. Fueron los obispos Jaime de Nevares, Jorge Novak y
Miguel Hesayne, junto con Adolfo Pérez Esquivel y Emilio Mignone, quienes aun
durante la dictadura presentaron la denuncia por el asesinato de Angelelli, que
la justicia riojana dio por probado el 19 de junio de 1986. El juez Aldo Morales
sentenció que se había tratado "de un homicidio fríamente premeditado". Cuando
el juez dirigió un exhorto a Primatesta, inquiriendo si conocía algún elemento
que pudiera vincularse con la muerte de Angelelli, el cardenal respondió
secamente que no. El Episcopado sigue sin asumir lo sucedido. En una declaración
emitida en 2001 aun sostiene que Angelelli "encontró la muerte" y que "la muerte
lo encontró" y se abstiene de mencionarlo como mártir. Hesayne replicó: "Tenemos
más pruebas de su martirio que del de muchos mártires de los primeros siglos del
cristianismo".
Que parezca un accidente
Angelelli fue asesinado en la ruta el 4 de agosto de 1976; Ponce de León el 11
de julio de 1977. En ambos casos se simularon accidentes carreteros. Durante su
desempeño al frente de la guarnición riojana, Pérez Battaglia viajaba los fines
de semana a San Nicolás. Durante los primeros años de sucarrera militar
alquilaba un departamento en Malabia 2200 de la Capital Federal. Pero luego se
construyó una casa en San Nicolás, donde vivía su familia. No era un hombre que
pasara inadvertido. Los socios del Club Belgrano recuerdan su irrupción, pistola
a la cintura, para amenazar a un grupo de muchachos que habían fastidiado a su
hijo. En esos viajes, Pérez Battaglia confraternizaba con el jefe del Batallón
de Ingenieros de San Nicolás, el teniente coronel Saint Amant, quien se había
hecho cargo de esa unidad en diciembre de 1975. Se conocían desde la
adolescencia. Cuando Saint Amant ingresó al Colegio Militar, en marzo de 1948,
Pérez Battaglia cursaba el último año y fue su jefe de sección en la Compañía de
Ingenieros. Este ascendiente de un superior sobre su subordinado se mantiene a
lo largo de toda la carrera. Había, además, otras afinidades. Igual que Pérez
Battaglia en La Rioja, Saint Amant se vinculó con los sectores integristas de la
Iglesia nicoleña, los Legionarios de Cristo Rey y Tradición, Familia y
Propiedad, y comenzó a hostigar al obispo Ponce de León y a sus presbíteros.
Cuando Ponce de León intercedió por varias personas desaparecidas, el militar le
respondió:
–Sí. Yo los detengo. ¿Y qué? Voy a hacer desaparecer a todos los que están con
usted, y a usted todavía no puedo porque es obispo.
Saint Amant llamaba a Ponce de León "obispo rojo". Su primer informe al jefe del
Cuerpo I, Carlos Suárez Mason sobre la denominada lucha contra la subversión en
San Nicolás, estuvo dedicado a Ponce de León, contra quien propuso operar. Según
la doctrina católica, escribió, el obispo es sucesor directo de los Apóstoles,
la unión con la Iglesia se hace mediante la unión al obispo y fuera de la
Iglesia no hay salvación. Los católicos que se cuestionan la actuación del
obispo "piensan que ponen en juego su salvación eterna". Por eso "hace falta
lucidez intelectual y cierto coraje para entender que un obispo es traidor a la
Iglesia, y para obrar sin el respeto que la doctrina enseña para con el
sacerdote cuando éste está destruyendo su Patria y su fe". No sería posible
tener éxito en la lucha contra la subversión "si no se erradican los males
expresados", decía.
Retirado en 1981, Pérez Battaglia se radicó en San Nicolás. Su hija Teresita se
casó con el cardiólogo Roberto Fernández Viña, quien ahora es Concejal
justicialista. En 1991 y 1992, Pérez Battaglia llegó a ser gobernador del
Distrito 5 del Club de Leones, con cabecera en San Nicolás. Su lema era "Por un
leonismo sincero, fraterno y solidario". Allí cultivó algunas amistades más
liberales con profesionales y empresarios muy conocidos en San Nicolás, como
Bonelli, Scaglia y Ondarchu. Pérez Battaglia murió hace seis años.
Saint Amant se retiró en 1992. La semana pasada, el juez federal de San Nicolás,
Carlos Villafuerte Ruzo, inspeccionó en compañía del ministro de Justicia de la
provincia de Buenos Aires, Eduardo Di Rocco, el campo clandestino de
concentración que funcionó en la Unidad Penal 3 de esa ciudad. Dos ex agentes
penitenciarios declararon que allí estuvo detenido el matrimonio formado por la
riojana María Cristina Lanzilloto y el santiagueño Carlos Benjamin Santillán,
dos militantes del PRT-ERP, quienes fueron torturados por personal policial y
del Ejército en ese lugar, que Saint Amant visitaba con frecuencia. La semana
pasada, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de la
mujer. Su hermana, la dirigente de Abuelas de Plaza de Mayo Alba Lanziloto, dejó
La Rioja en julio de 1976 para escapar de la persecución de Pérez Battaglia.
Ahora es querellante en la causa "Alvira, María Cristina y otros" donde también
se investiga la desaparición forzada y torturas de un grupo de la Juventud
Peronista, vinculado con la diócesis de San Nicolás y el Colegio Don Bosco y que
podría culminar con la detención de Saint Amant.
El silencio del arzobispo
Guillermo Bolatti, arzobispo de Rosario, sabía de las detenciones y de la
represión ilegal efectuada a partir del 20 de marzo de 1975 y no hizo nada para
aliviar la situación de los perseguidos.
Por Carlos del Frade
Se negó a respaldar al entonces obispo de San Nicolás, Carlos Ponce de León, y
lo dejó solo en su aventura de pedir una entrevista a Alberto Rocamora, Ministro
del Interior del gobierno de Isabel Martínez de Perón. Dos años después, Ponce
de León era asesinado en la ruta a la altura de la localidad bonaerense de
Ramallo, cuando se disponía a llevar los papeles de la represión ilegal en el
norte de la provincia de Buenos Aires y el sur de la provincia de Santa Fe. Todo
esto se desprende de las investigaciones que se están llevando a cabo en el
juzgado federal de San Nicolás, a cargo del doctor Carlos Villafuerte Russo, con
la participación del fiscal subrogante, Juan Murray. En estas causas comienzan a
verificarse los trabajos conjuntos de los comandos del primer y segundo cuerpo
de ejército y las demás fuerzas de seguridad de Buenos Aires y Santa Fe, como
también los intereses privados beneficiados con la sangre derramada.
La complicidad
'Es necesaria la reivindicación del obispo Ponce de León', empieza diciendo Raúl
Vacs, sobreviviente de las mazmorras del terrorismo de estado en San Nicolás,
histórico dirigente del Partido Comunista y hoy militante por los derechos de
los jubilados.
Su testimonio habla de la labor del obispo asesinado el 11 de julio de 1977, en
cercanías de Ramallo, cuando Villa Constitución sufrió la invasión de cuatro mil
integrantes de la policía federal, patotas del sindicalismo de derecha, grupos
de la policía santafesina y personal de los Comandos del Ejército, tanto de
Buenos Aires, como de Santa Fe.
-Me contacté con él a partir de aquella primera experiencia fascista en la
Argentina que fueron los hechos de Villa Constitución. Yo estaba, en esos días
de la invasión de la ciudad vecina a San Nicolás, en España.
Pero mi hijo estaba en la casa de un amigo, de Raúl Horton que era fotógrafo.
Ese día, el 20 de marzo de 1975, tuvieron que cobijarse debajo de una mesa por
el ruido infernal de balas, los estruendos sobre los techos de zinc, las puertas
violentadas. Fue una noche de terror.
El hijo de mi amigo, obrero y delegado de Acindar, pudo escapar de esa represión
junto a Segovia, el único integrante de la comisión directiva del sindicato que
siguió en libertad.
Raúl Horton hijo, entonces, comenzó a promover una comité de lucha por los
presos de Villa Constitución.
Hablé con él en Rosario.
Y me pidió que hiciéramos todo lo posible para hablar con Alberto Rocamora, el
entonces ministro del Interior del gobierno de Isabel Martínez de Perón. La idea
era que Rocamora ofreciera garantías para hacer una entrevista con ellos y que,
de paso, cuidara la vida de los activistas.
Nosotros hicimos un comité de ayuda en San Nicolás y en eso debo reconocer el
notable papel que tuvo el intendente radical de entonces, Atilio Parodi. Las
reuniones se hacían, justamente, en el local de la UCR.
Entonces decidí entrevistarme con monseñor Carlos Ponce de León.
Cuando lo fui a ver tuve que eludir la presencia de monseñor Mancusso que era el
prototipo de la iglesia reaccionaria, todo lo contrario de Ponce.
Al fin pude llegar hasta él y le expliqué el problema.
-¿Cuándo tendría que viajar para entrevistarme con Rocamora? - me preguntó el
obispo.
-Ayer -le dije-.
-No, ni ayer, ni hoy. Mañana. Porque primero tengo que entrevistarme con el
obispo de Rosario porque Villa Constitución pertenece a la diócesis de Rosario.
Yo se que se va a oponer. Pero necesito no pasar por encima de él. Como se que
me va a decir que no, mañana viajo a verlo a Rocamora. Y lo hizo.
No tuvo ni la entrevista ni las garantías', contó Raúl Vacs.
Bolatti, en tanto, tenía como secretario al sacerdote Héctor García, el mismo
que tiempo después exigiría regalos a los familiares de los desaparecidos que
buscaban información sobre el destino de sus seres queridos.
Treinta años después, el arzobispado rosarino todavía no ha hecho ninguna
autocrítica sobre su complicidad con el terrorismo de estado e incluso ha
promovido a Eugenio Zitelli, capellán de la policía rosarina, al rango del
monseñor, aprobado desde el Vaticano.
Ahora hay que sumarle, después de la declaración de Vacs, su desprecio por la
suerte de un verdadero obispo cristiano como Carlos Ponce de León.
'Es necesario hacer que se conozca toda la pastoral de Ponce de León,
especialmente en San Nicolás. Aquí los que piensan que fue asesinado, muchos
creen que lo mataron por perejil. Y Ponce de León no era ningún perejil', agregó
Vacs.
-Era un hombre muy preocupado por lo que acontecía en el país.
En una carta que envió en la cuaresma de pascua, dirigida a sacerdotes, laicos y
fieles de la diócesis tiene párrafos notables:
'Esta carta de cuaresma pretende ser un reconocimiento de los pecados de nuestra
iglesia diocesana y de esta sociedad, siempre hay que empezar por casa...'
'Es innegable el clima de tensión en el plano internacional y nacional, la falta
de justicia hace difícil la paz, si quieres la paz trabaja por la justicia...En
el orden nacional existe gran incertidumbre por el futuro político y económico.
La acentuada influencia de las fuerzas armadas, la continua acción represiva, la
funesta evasión impositiva, los quebrantos financieros con consecuencias
definitorias como el cierre de fuentes de trabajo; un sindicalismo politizado en
no pocos casos que debería responder más ampliamente a las necesidades de la
clase trabajadora y que llega hasta traicionar los mismos intereses de los
obreros. Conflictos planteados en la iglesia nacional que llevan al
enfrentamiento de obispos entre si y con frecuencia obispos y sacerdotes con
autoridades. Situaciones eclesiásticas que se definen más a nivel jurídico que
en lo humano y pastoral'.
'Para muchos aparece una imagen de iglesia comprometida con el poder a través de
discursos y hechos. Nuestra comunidad diocesana padece de diversos males que
sostenerlos y callarlos sería hacerse cómplice de los mismos'.
Y este párrafo lo quiero subrayar con la carta firmada por el propio obispo y
otras personalidades sociales que pidieron por mi libertad. Yo que era el
secretario general del Partido Comunista de San Nicolás, era defendido y
atendido por un obispo de la iglesia católica. Me siento orgulloso de haber
recibido semejante ayuda.
Esa carta decía que 'evitar injusticias es también colaborar con el orden y el
silencio de los deben y pueden opinar como los suscriptos están encaminados en
ese sentido. De allí nuestro pedido de reparación', decía ese texto.
Y volviendo a la carta diocesana de la cuaresma, terminaba diciendo: 'Nos
sentimos desbordados pero no derrotados. Ni somos pesimistas. Sabemos que
estamos en la lucha con la esperanza que nos da Cristo y que nos transmite su
alegría pascual'.
Este era el obispo Ponce de León. El mismo que hacía reuniones con los
familiares de los detenidos desparecidos en plena catedral de San Nicolás. Y
cuando estábamos en la cárcel nos hacía llegar sus especiales saludos a través
de Mancusso que lo hacía a regañadientes, como mordiéndose la bronca. Esos
especiales saludos eran para dos personas, uno era Ricardini, un muchacho
peronista, afiliado al Peronismo Auténtico y que durante mucho tiempo ofició de
monaguillo, y otro era el secretario del Partido Comunista, quien le habla. Un
auténtico cristiano que hay que reivindicar', terminó diciendo Raúl Vacs,
sobreviviente y militante por los derechos de los jubilados.
Las causas en San Nicolás
Juan Murray es el fiscal subrogante del juzgado federal de San Nicolás, a cargo
del doctor Carlos Villafuerte Russo. Es quien está produciendo la prueba
necesaria sobre los hechos que comenzaron a configurar el terrorismo de estado
desde la invasión a Villa Constitución, en marzo de 1975 hasta 1983.
En diálogo con este cronista apuntó que desde agosto de 2004 requirieron 'la
reapertura de todas las causas relativas a la represión ilegal instaurada en
nuestro país entre 1975 y 1983 en todo el área que configuraba la vieja
jurisdicción del juzgado de San Nicolás, que estaba comprendida por los partidos
de San Nicolás, Ramallo, San Pedro, Baradero, Arrecifes, Campana, Capitán
Sarmiento, Zárate, Pergamino, Rojas y Colón', sostuvo.
Agregó que ya existen pruebas testimoniales que se incorporan en los diversos
legajos aportadas por familiares de las víctimas que se presentaron como
querellantes particulares.
A manera de ejemplo relató que en la causa Di Pasqua, la causa madre, se
presentó Alba Lancilloto, que es secretaria de Abuelas de Plaza de Mayo. También
están los testimonios de Claudio Novoa y Gastón Gonzálvez, en una matanza
ocurrida en 1976 en calle Juan B. Justo, en San Nicolás; y las hermanas de
Osvaldo Cambiasso, requiriendo la reapertura de la causa. Allí estuvo imputado
Luis Abelardo Patti.
Apuntó que 'tiene una gran importancia la causa del obispo Ponce de León. Una
causa especial que condensa todo lo que sucedió en ese período en esa
jurisdicción, norte de Buenos Aires y sur de Santa Fe. Vamos reconstruyendo la
relación entre todos los poderes económicos de la zona con la represión ilegal.
Simples ciudadanos, laicos y religiosos están aportando testimonios muy
importantes sobre la pastoral de Ponce de León. Se trataba de una personalidad
notable. En San Nicolás hay una imagen de Ponce de León que pertenecía a una
casta privilegiada o que tenía cierto espíritu conservador. Sin embargo, lo que
vamos reconstruyendo, indica todo lo contrario. Una persona absolutamente
crítica a las situaciones de injusticia, de acumulación de poder y dinero y
creemos que en todo eso está la causa de la muerte de Ponce de León', afirmó.
En relación a la participación de policías y militares de la provincia de Santa
Fe, Murray destacó que 'no solamente en Cambiasso Pereyra Rossi o en el
quíntuple homicidio en San Nicolás, se ha determinado una comunicación fluida y
una información proveniente del servicio de informaciones de la policía de la
provincia de Santa Fe que se hizo presente en San Nicolás y que intervino en la
matanza juntamente con personal de la policía federal, de la bonaerense y
directamente coordinada por la jefatura del área militar 132 que estaba a cargo
del teniente coronel Saint Aman. Eso se ha determinado y documentado en la
causa. Y también por documentos de la época, de 1976. Toda la información y
apoyo directo provino de la policía de Santa Fe bajo las órdenes del Segundo
Cuerpo de Ejército', remarcó el fiscal subrogante.
En la causa Cambiasso - Pereyra Rossi se pidió la declaración de
inconstitucionalidad de las leyes de obediencia debida y punto final para
ordenar 'la indagatoria de Patti, Spataro y Diéguez, porque la prueba obtenida
en su momento ya eran suficientes para dictarles orden de procesamiento y no de
sobreseimiento como se hizo. También en la causa Novoa tenemos datos muy firmes
sobre quiénes fueron los asesinos de María del Carmen Granada pero estamos
tratando de terminar de hilvanar toda la prueba de la causa', finalizó diciendo
el fiscal.
Detrás de los asesinos materiales que comenzarán a desfilar por los tribunales
de San Nicolás, están los intereses de las grandes empresas de la región sur de
Santa Fe y norte de Buenos Aires, sus abogados, gerentes de personal y otros
civiles que, por ahora, brillan por su ausencia en la búsqueda de memoria,
verdad y justicia.
Fuente: www.italy2.peacelink.org
Los dueños de la espada
La conspiración que llevó al golpe aún no fue dilucidada, pero se puede entrever
en documentos y declaraciones, como indica Miguel Bonasso. Susana Viau y Luis
Bruschtein rehacen el 24 que vivieron Rodolfo Walsh, Luis Brandoni, Liliana
Herrero, Roberto Cossa y Liliana Chiernajowsky.
Por Miguel Bonasso
La historia secreta del 24 de marzo todavía no ha sido escrita. Ni siquiera
existe un análisis riguroso de las causas que lo motivaron. En el imaginario
colectivo, alimentado por las malversaciones teóricas de un vasto sector de la
clase política y la inmensa mayoría de los medios, sigue gravitando una tesis
banal: ante el vacío de poder generado por el catastrófico gobierno de María
Estela Martínez de Perón, con su secuela de violencia generalizada, las Fuerzas
Armadas ocuparon --de manera casi natural-- el Estado. Una tesis que ha servido,
entre otras cosas, para prohijar la teoría de los dos demonios y ocultar un
hecho decisivo: el contenido económico y social (de clase, podría decirse), que
tuvo el golpe militar, aunque encubriera sus verdaderos propósitos en la lucha
contra "la subversión" y la "delincuencia económica". El golpe del '76 encerraba
un proyecto socioeconómico cuyos objetivos últimos serían alcanzados
--paradójicamente-- en el gobierno "peronista" de Carlos Saúl Menem con el
desmantelamiento del Estado de bienestar fundado por el primer Perón y la
apertura de la economía a la "globalización". Como lo ha dicho con claridad y
cierta envidia el propio ministro de Economía de la dictadura, José Alfredo
Martínez de Hoz (h.), al señalar que la política económica de Domingo Felipe
Cavallo representaba la "continuidad" de la suya. El esquema, por cierto, se
sigue perfeccionando en la actual gestión de la Alianza, con la adscripción a
los dictados del Consenso de Washington y la renovada flexibilización de una
clase social a la que ya hicieron de goma. Ese esquema económico constituyó la
razón principal de un golpe de Estado que fue planeado con gran anticipación
hasta en sus menores detalles, como lo prueba --entre otros documentos-- el Plan
del Ejército de febrero de 1976, firmado por el entonces jefe de Estado Mayor,
general Roberto Viola. Donde puede apreciarse a simple vista que los pretendidos
"excesos" de algunos individuos fueron en verdad políticas establecidas desde el
alto mando. Incluyendo el robo de niños, que el actual jefe del Ejército,
general Ricardo Brinzoni, sigue negándose a reconocer. La decisión de dar el
golpe fue tomada mucho antes del 24 de marzo. Y en esa decisión pesó de manera
determinante el consejo y la visión estratégica de los sectores más concentrados
del capital local estrechamente ligados al capital internacional (hoy diríamos,
globalizado). Encarnados en el dirigente empresario José Alfredo Martínez de
Hoz, al que pocos señalan hoy en día su carácter de ideólogo de la carnicería
que ejecutaron Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Rubén
Agosti, como jefes de la primera junta militar. Sin embargo, el propio "Joe"
reconoció en 1984 ante la Cámara de Diputados (que investigaba la dolosa
"nacionalización" de la Compañía Italo Argentina de Electricidad) que él visitó
al general Videla, cuando éste era jefe del Estado Mayor Conjunto, "en el curso
del año 1975". En ese momento Martínez de Hoz presidía el poderoso Consejo
Empresario y concurrió junto con otros hombres de negocios para expresarle al
militar su preocupación porque "se estaba impidiendo la libertad de trabajo, la
producción y la productividad" y recordarle que se debía asegurar "el imperio
del orden sobre todas las cosas". Videla escuchó con reverencia clasemediera las
preocupaciones de este patricio, hijo y nieto de los terratenientes que fundaron
la Sociedad Rural y articularon sus intereses con los del capital financiero
internacional (Rockefeller, banca Morgan, etc.) y supo cumplir su papel. Para
ese entonces, la movilización de las bases sindicales contra el Rodrigazo (el
brutal plan de ajuste dispuesto por el ministro de Economía de Isabel, Celestino
Rodrigo) había logrado la expulsión del gobierno y del país del "Brujo" José
López Rega, que pretendía ser el poder tras el trono de la viuda de Perón. Hecho
decisivo que fue inteligentemente interpretado por los sectores dominantes: la
derecha peronista (política y sindical) ya no les servía como instrumento para
domesticar a la base social que decían representar; su desgaste los inhabilitaba
para encarar con rigor y a fondo la reforma del Estado y el aparato productivo
que propiciaba el gran capital. Para colmo, en las Coordinadoras de Base
sindicales, iba surgiendo un nuevo tipo de dirigentes que el líder radical
Ricardo Balbín no trepidaría en denunciar como "guerrilla industrial" y que
constituían un potencial más peligroso para la "entente" de generales y
empresarios que el accionar militar de las organizaciones armadas (ERP y
Montoneros) que estaban lejos de representar un verdadero desafío bélico. En
rigor, cuando llegó el golpe, la guerrilla guevarista del ERP había sufrido ya
el desastre de Monte Chingolo y estaba por ser aniquilada en Tucumán. Montoneros
aún conservaba la mayoría de sus cuadros y era más peligrosa para los militares
por su influencia sobre el ala juvenil y radicalizada del movimiento de masas,
pero pesaba sobre ella el anatema de Perón en la Plaza de Mayo (primero de mayo
de 1974) y su propia tendencia a militarizar la política que la llevaría a
encerrarse en el aparato antes que a replegarse en la base social para afrontar
un largo período de resistencia. Sin embargo, los militares no ignoraban que
había vasos comunicantes entre la "guerrilla industrial" y la guerrilla a secas,
y no los subestimaron, como queda de manifiesto en el citado plan del golpe
redactado por Viola. Los contactos entre empresarios y militares se hicieron
cada vez más frecuentes, con la intermediación de un hombre que combinaba la
filosofía de Ortega y Gasset (era amigo de su discípulo Julián Marías) con los
buenos negocios: el ex ministro de Justicia de la dictadura de Alejandro Lanusse,
Jaime "Jacques" Perriaux. Un empresario vinculado como "Joe" a la oligarquía (La
Vascongada, La Querencia SA) y al capital extranjero (Citroën, Pfaff Bromberg
etc.). La última de esas reuniones --según Martínez de Hoz-- se hizo con Massera
como anfitrión en el comando de la Armada. Para ese entonces las principales
empresas del país --entre las que destacaba la siderúrgica Acindar, fundada por
el ingeniero Arturo Acevedo y presidida casualmente por "Joe", el futuro
ministro de Economía del golpe-- habían establecido un sistema de espionaje y
vigilancia, junto con la policía y los servicios, para individualizar a los
principales activistas. En mayo de 1975, la represión de la gran huelga de Villa
Constitución, dirigida por Alberto Piccinini --un metalúrgico rebelde a la
conducción de Lorenzo Miguel-- había constituido un ensayo general de los
métodos que se aplicarían después del 24 de marzo, incluyendo el primer centro
clandestino de detención que funcionó en el país.
Pero el golpe de clase necesitaba además cierto consenso o al menos neutralidad
de la clase política, que viniera a complementar la decidida participación de
gran parte de la jerarquía católica. En octubre del '75 algunos jefes militares
como el comandante del Primer Cuerpo, Carlos Guillermo Suárez Mason, comenzaron
una serie de reuniones secretas con altos dirigentes de la Unión Cívica Radical,
para sondearlos acerca de la actitud que adoptarían ante el derrocamiento de
Isabel. La respuesta debió complacerlos, porque en febrero del '76, Viola pudo
estampar esta profecía en el plan de operaciones: "Otros agrupamientos políticos
no incluidos en el presente documento como podrían ser la Unión Cívica Radical y
el Partido Federalista (del ex marino Francisco Manrique) es probable que no se
opongan al proceso y hasta lleguen a apoyarlo por vía del silencio o no
participación". Tampoco la dirigencia justicialista (rezagada en el ranking de
los "oponentes potenciales") les daba mayor dolor de cabeza: "De los
agrupamientos incluidos en Prioridad IV sólo del Movimiento Nacional
Justicialista, se prevén manifestaciones parciales y como consecuencia del
cambio". No es casual, en cambio, que entre los "oponentes activos" a nivel
gremial (Prioridad 1), colocaran a "las agrupaciones de base, la ex CGT de los
Argentinos, la Juventud Trabajadora Peronista, el Movimiento Sindical de Base,
el Movimiento Sindical Combativo" y otras organizaciones enfrentadas con la
dirigencia gremial, que podían actuar contra "la estabilización y solución del
problema social". Tampoco es casual que en las primeras horas de este golpe, que
el Plan de Viola ordenaba "encubrir" bajo la apariencia de "acciones
antisubversivas", la guadaña cayera con ferocidad sobre el movimiento sindical
alternativo: doscientos delegados de base "chupados" en Córdoba y centenares de
secuestros y arrestos en la estratégica franja industrial que iba desde el Gran
Rosario hasta San Nicolás. Primer paso de una estrategia represiva que seguiría
constantemente hasta alcanzar un porcentual estratégico relevado en su momento
por la Conadep y convenientemente olvidado por una sociedad desmemoriada: el 46
por ciento de los detenidos-desaparecidos por la dictadura militar pertenecía a
esa especie en extinción que solía llamarse clase trabajadora.
El "obispo rojo" de San Nicolás
Ni el Vaticano ni la jerarquía católica suelen evocar al fallecido obispo de San
Nicolás, Carlos Ponce de León, a pesar de que su muerte (en tiempos de la
dictadura y en un sospechoso accidente automovilístico) se parece demasiado a la
del obispo riojano monseñor Enrique Angelelli. Monseñor Ponce de León condujo la
diócesis de San Nicolás entre 1966 y 1977, cuando la empresa Somisa (Sociedad
Mixta Siderúrgica Argentina) le imprimía aún un fuerte sesgo industrial a la
ciudad. El obispo creó la escuela diocesana de Servicio Social y envió
sacerdotes a las villas de emergencia, lo que le valió ser llamado "el obispo
rojo" por los militares y las patronales de la zona. El encono aumentó después
del golpe, cuando el prelado comenzó a recibir a familiares de víctimas de la
represión. El día que se "accidentó" en la rotonda de Ramallo, Ponce de León
llevaba a Buenos Aires una serie de carpetas con información sobre obreros de
Somisa y Acindar desaparecidos. La información desapareció y la policía impidió
que la prensa tomara fotografías del vehículo en el que el obispo encontró la
muerte. El canciller de la diócesis, monseñor Roberto Mancuso, que también se
desempeñaba como capellán de la cárcel local, no reclamó la documentación que
llevaba el obispo e involucraba al comandante del Primer Cuerpo, general Carlos
Suárez Mason, al coronel Camblor del regimiento de Junín y al teniente coronel
Saint Aman, a cargo del regimiento de San Nicolás. Según Víctor Oscar Martínez,
un muchacho que acompañaba a Ponce de León en el momento del accidente, el
obispo había anunciado su propia muerte. Cuando se enteró del otro accidente
automovilístico que le costó la vida a su "hermano en Cristo", el obispo de La
Rioja Enrique Angelelli, sentenció: "Yo voy a ser el próximo". Pocos días
después del segundo "accidente", Víctor Martínez, que en esa época cumplía la
conscripción en la Prefectura, fue arrestado, interrogado y torturado hasta el
desmayo por orden del teniente coronel Saint Aman, que le preguntaba
insistentemente a cuántos "extremistas" había refugiado "el obispo rojo".
"Bajo tierra"
Acindar, la acerera fundada por Arturo Acevedo y presidida durante un tiempo por
José Alfredo Martínez de Hoz, jugó un papel estratégico en la represión
clandestina. El ex inspector de la Policía Federal Rodolfo Peregrino Fernández,
que estuvo en el Ministerio del Interior en tiempos del general Albano
Harguindeguy, denunció en 1983, ante la Comisión Argentina de Derechos Humanos (Cadhu),
que Acindar "pagaba a todo el personal policial, jefes, suboficiales y tropa, un
plus extra en dinero, suplementario al propio plus que percibían ya del Estado
esos efectivos. El pago estaba a cargo del jefe de Personal, Pedro Aznárez y del
jefe de Relaciones Laborales, Roberto Pellegrini". "Acindar --reveló el ex
policía-- se convirtió en una especie de fortaleza militar con cercos de
alambres de púas". En su libro Desaparecidos/Desocupados, el periodista rosarino
Carlos del Frade enumera diversos casos de activistas de Acindar que
desaparecieron para siempre en 1976 y 1977. También denuncia que el helipuerto
de la empresa en Villa Constitución era usado por la Policía Federal para
estacionar los helicópteros que participaron en la represión de la gran huelga
de 1975 y que las instalaciones fabriles también albergaron automóviles Ford
Falcon sin patente, policías de civil y el temible comando "Los Pumas". En 1976,
el aristocrático general Alcides López Aufranc, que había estudiado en Saint Cyr
y había sido jefe de Estado Mayor del Ejército en tiempos de Lanusse, reemplazó
a Joe Martínez de Hoz, en la presidencia de la empresa siderúrgica. En 1976, en
un coctel con otros empresarios, López Aufranc se jactó de que veintitrés
delegados de base de Villa Constitución "ya no darían problemas", porque estaban
"bajo tierra". Entre los desaparecidos de Acindar figura Nadia Doria, de la
sección IBM de la empresa, que era compañera de Alberto Piccinini, el secretario
general de la UOM de Villa Constitución. Nadia forma parte de los desaparecidos
de origen italiano, por los cuales reclama la Justicia peninsular. Luego de la
represión --cuenta Del Frade--, Acindar se convirtió en el quinto deudor privado
con un pasivo de 652.193.000 dólares que pudo transferir al Estado mediante
seguros de cambio. Domingo Cavallo, presidente del Banco Central durante la
dictadura militar, había favorecido a los grandes empresarios endeudados
"nacionalizando" su deuda.
Fuente: Página/12, marzo 2000
¿Habrá
democracia para Ponce de León? (Parte I)
Por Carlos del Frade
La Conferencia Episcopal Argentina está a punto de renovar autoridades al mismo
tiempo que varios de sus principales participantes, como monseñor Carmelo
Giaquinta, obispo de Resistencia, Chaco, promueve posiciones feudales que
tienden a mantener la obediencia debida en el interior de la institución y
presionar hacia fuera para destacar la histórica presencia del factor de poder
en la sociedad. Sin embargo, la cúpula eclesiástica no ha hecho demasiado para
difundir, discutir y aclarar el asesinato del obispo de San Nicolás, Carlos
Ponce de León, ocurrido el 11 de julio de 1977. ¿Por qué?. Lo que sigue es un
fragmento de la investigación presentada en la Feria del Libro de San Nicolás el
pasado 10 de octubre por el autor de estas líneas. La intención es saber si
habrá democracia o no para la memoria del obispo nicoleño y las fuerzas que se
desataron con él desde la década del sesenta del siglo pasado.
El obispo y su tiempo
Carlos Ponce de León nació el 17 de marzo de 1914 en Navarro, provincia de
Buenos Aires. En el mismo lugar en que fuera fusilado Manuel Dorrego, aquel jefe
del partido federal que había denunciado que "el país estaba siendo manejado por
la aristocracia del dinero". Un sacerdote de apellido Castañer estuvo presente.
Lo confesó al condenado y luego asistió impávido a la ejecución. Ponce de León
nació allí, donde la iglesia mostraba una de sus caras, asistiendo a la víctima
pero quedándose del lado del victimario.
Después de cumplir diecisiete años, el 5 de abril de 1931, se conformó la Acción
Católica Argentina, institución que adquiriría un gran desarrollo como
consecuencia de ser la confluencia de sacerdotes y laicos a lo largo de la
historia nacional. Ponce y muchos que fueron protegidos por él, se enfrentarían
en varias ocasiones contra los postulados de la Acción Católica en la ciudad de
San Nicolás. El asesor general durante los primeros cuatro años fue Antonio
Caggiano, obispo de Rosario desde 1934, cardenal en 1946, arzobispo de Buenos
Aires desde 1950, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina en 1955 y
principal sostén ideológico de la dictadura encabezada por el general Juan
Carlos Onganía, a partir de junio de 1966.
Caggiano, impulsor de la llegada del Opus Dei a la Argentina, es reconocido como
"promotor y fundador de la Acción Católica".
En forma paralela al surgimiento de la Acción Católica, también en 1931,
apareció la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas.
El 23 de setiembre de 1961, Guillermo Bolatti, asumió como tercer obispo en la
historia de la diócesis rosarina que también comprendía las ciudades de San
Nicolás y Venado Tuerto.
Los nombres de Caggiano y Bolatti estarían vinculados de manera directa a la
pastoral iniciada y promovida por Ponce en San Nicolás.
Ya en 1962, Ponce de León fue nombrado obispo auxiliar de Salta, acompañando a
monseñor Roberto Tavella. Se convirtió en asesor del Sindicato del Personal
Doméstico e impulsó la asistencia a los barrios de emergencia 'donde es
reconocida su obra en las villas General Belgrano, María Esther, Alto Molino, El
Milagro, San Antonio, 20 de Junio, General Lavalle y San José', como indica una
biografía oficial difundida por el arzobispado de San Nicolás.
Ponce de León participó del Concilio Vaticano II, en Roma, y se tomó en serio
sus conclusiones acerca de la necesidad de reformar la institución.
El 18 de junio de 1966 asumió como arzobispo de la ciudad siderúrgica.
Diez días después, el general Onganía derrocaba al gobierno de Arturo Illia.
La cruz y la espada
Aquella dictadura sería una mezcla de "incienzo, espada, picana y dólares", como
la definió el historiador Alberto Lapolla.
El coronel Juan Francisco Guevara, que perteneció a la plana mayor del general
Eduardo Lonardi, fue el mascarón de proa de un proyecto político cultural que
Rogelio García Lupo definió como 'una sociedad secreta' que vinculara los
empresarios católicos más poderosos, los militares y la jerarquía, a usanza de
las experiencias de la derecha francesa.
Se hizo representante de Cité Catholique, el grupo de militares franceses que
habían participado durante las guerras coloniales contra los pueblos de
Indochina y Argelia, y luego comenzó a traducir y editar la revista Verbe,
divulgando la obra del escritor francés Jean Ousset. Este hombre escribió 'El
marxismo leninismo' y su traducción al español correspondió a Guevara, mientras
que el prólogo de la edición argentina fue producto del cardenal Antonio
Caggiano, el mismo que había introducido el Opus Dei en la Argentina, en 1950,
cuando fuera arzobispo de Rosario.
Ousset decía que 'o la iglesia da su sentido a la sociedad o esta sociedad se
ordenará en contra de ella. La neutralidad es imposible. Es imposible que una
doctrina no reine sobre el Estado. Cuando no es la doctrina de la Verdad será
una doctrina del error'.
El arzobispo de Paraná, monseñor Adolfo Tortolo, decía que 'Dios no es neutral.
Aprueba o desaprueba; en él no cabe tercera posición. Nadie puede servir a dos
señores'.
Era el anticipo de la alianza del poder profundo.
Lo dijo el 23 de agosto de 1963.Cinco años después, Tortolo se convertiría en el
vicario castrense, reemplazando en el puesto, nada menos que a Antonio Caggiano.
Sería vicario hasta 1981. Sus arengas serían la justificación ideológica de la
dictadura más sangrienta de la historia argentina.
En forma simultánea, Cité Catholique argentina y la Obra de Cooperadores
Parroquiales de Cristo Rey, surgieron en el país.
Tres generales participaron de aquel origen: Eduardo Señorans, Franciso Imaz y
Eduardo Conessa. Comenzaron a desarrollarse los encuentros de adoctrinamiento,
los llamados cursillos de cristiandad en los que participaron militares en
actividad, entre ellos el general Alejandro Lanusse. En 1966, el general Onganía
comenzó a formar parte de estos cursillos.
Rogelio García Lupo describió la influencia de tal partido secreto: 'el primer
gabinete ministerial de Onganía se constituyó básicamente con los hombres de
Cité Catholique, a la que pertenecían, por lo menos, cuatro ministros: el de
economía, Jorge Salimei, representante de capitales eclesiásticos y empresario
que había dado empleo durante años a los generales Señorans y Conessa; el de
Bienestar Social, Roberto Petracca, un industrial del vidrio que falleció poco
tiempo después; el de promoción y asistencia a la Comunidad, Roberto Gorostiaga,
que renunció al cabo de algunos meses, y el de Interior, Enrique Martínez Paz,
miembro notorio de la Hermandad del Santo Viático, una organización católica
cuyos miembros pueden administrar los sacramentos a un moribundo si no hay un
sacerdote cerca'.
Entre 1964 y 1967, se concretaron 49 retiros espirituales o cursillos, con
presencia mayoritaria de personas provenientes de Córdoba. Para Lupo, 'el
cónclave de 1966 liquidó el gobierno de Illia; el de 1967, a los hermanos
Alsogaray'.
En el notable libro de Tomás Abraham, 'Historias de la Argentina Deseada', el
filósofo titula a la época del onganiato como 'introducción a la vida fascista'.
'En el año 1966 llega al poder en nuestro país un grupo dirigente sembrado de
intelectuales de buen nivel...Eran claros en el sentido de que había un acuerdo
sobre lo que debía ser la república, una ciudad católica. Oscuros porque no
constituyeron un movimiento con un líder doctrinario, uno que agrupase en un
movimiento las diferentes tendencias. Onganía era un líder político en busca de
una doctrina nacional y católica aplicable al momento histórico de nuestro
país', y Abraham es más contundente: 'nada de lo que ocurrió en el Proceso
hubiera sido posible sin la meticulosa preparación ideológica y cultural de la
conocida Revolución Argentina'.
Caggiano pontificó: 'Estamos en plena lucha y no acabamos de persuadirnos de que
se trata de lucha a muerte organizada y dirigida con inteligencia y sin frenos
morales, llevada con decisión y sin rehuir medios de conquista...el marxista
parte del supuesto de que el hombre es sólo materia y de que su origen obedece a
un principio casual. Algún día demostrable por el cálculo de probabilidades,
lógico es pensar en la evolución permanente indefinida de ese ser natural,
centro del universo, dios de si mismo, artífice de su destino a la par que su
propia víctima: que puede y debe ser sacrificada cuantas veces convenga a ese
horrible Saturno que en vez de devorar a sus hijos, se devora a si mismos sin
saciarse ni arrepentirse, porque de este autodevorarse obtiene el alimento que
lo hace vivir, durar, perfeccionarse, crecer'.
Pero para demostrar quién tiene el poder político en serio del país surgido un
25 de mayo de 1810, Onganía luego de despojar a Arturo Illia de su lugar estampa
'su firma junto a los ministros, antes de que por primera vez en la historia
argentina el Cardenal Primado Monseñor Caggiano ponga la suya en el libro
rubricado de la patria', cuenta con ironía el ya citado Abraham.
"El golpe militar contra Illia es uno de los momentos estelares de la reacción
católica. Los golpistas provienen de los principales grupos integristas que
actúan en esa época: el movimiento de los cursillos de la Cristiandad, los
Cooperadores de Cristo Rey con revista Verbo, los discípulos de la Ciudad
Católica, de Genta y Meivielle...El general Onganía asume la presidencia rodeado
de cursillistas y miembros del Ateneo de la República, y están presentes los
principales dirigentes de la burocracia sindical encabezada por Augusto Timoteo
Vandor, como expresión de una nueva alianza militar sindical, un eje que volverá
a expresarse años después en momentos cruciales", sostienen los investigadores
de esos días.
La pastoral de Ponce
Mientras tanto, Ponce de León fundaba Cáritas Diocesana y creaba dieciséis
nuevas parroquias y varias vicarías.
También inició 'la escuela diocesana de Servicio Social que funciona con número
cada vez mayor de alumnos, preparando asistentes sociales con una sólida
formación de caridad cristiana' y aplicó el llamado 'plan pastoral diocesano'
que 'ha tenido una marcada insistencia en la religiosidad popular'.
'Para la atención de las clases más necesitadas, procuró la presencia de
sacerdotes en las villas de emergencia, quienes acompañados por religiosas y
laicos, llevan a cabo una tarea pastoral especializada', señala la biografía
oficial que entrega el obispado de San Nicolás.
Según el sacerdote José Karaman, Ponce de León se dedicó a poner en marcha las
conclusiones del Concilio Vaticano II y "empezó movilizando a los curas. Ese
conglomerado de curas de distintas edades, distintas procedencias, disímiles
formaciones. Era una Babel clerical. Y la movilización fue la para la
organización interna de acuerdo a lo que el Concilio pedía: delegados de zona,
delegados de distintas áreas, secretarios, apuntando a un gran encuentro del
pueblo de Dios", cuenta en su jugoso ensayo "Mini historia diocesana de San
Nicolás".
En setiembre de 1966 se hizo el primer encuentro del pueblo de Dios, toda una
semana en Pliar. Para Karaman se trató del acto fundacional de la pastoral
diocesana. Participaron todos los sectores, menos la Acción Católica.
Ponce, igualmente, los volvió a invitar a un nuevo encuentro en el Colegio de la
Misericordia de San Nicolás, pero "no hubo acuerdo y renunciaron en pleno. La
razón era muy simple: eran la mano derecha de la jerarquía, pero si la jerarquía
hacía lo que ellos deseaban. Y cuando se trató de poner en marcha el Concilio en
nuestra diócesis, no sólo se abrieron de gambas, sino que algunos combatieron
duramente al obispo y a algunos curas. Y a mi me queda la sospecha que en la
época del proceso hasta hubo alguno de los muchachos que se dedicó a soplón. O,
al menos, a idiota útil", recordó Karaman.
Los cambios introducidos por Ponce abarcaron la liturgia, la catequística y la
acción social. Fue en esta última donde aparecieron los mayores problemas. "No
había compromiso cristiano sin compromiso político", reflexiona el sacerdote en
su escrito.
Las decisiones se tomaban a través de rigurosas votaciones y fue la primera vez
que hubo remoción de sacerdotes con la consulta al clero. "Hubo un claro
enfrentamiento al obispo. Y yo no se si fueron causa remota de su muerte, en la
medida en que le hicieron una persecuta insidiosa y mal intencionada ya que
llegaron a acusarlo de obispo comunista", dice el cura José. Y añade que
teniendo a los militares en el poder aquella acusación "era por lo menos firmar
el destierro y más adelante se vio que también el entierro".
En de marzo de 1967, el papa Pablo VI publicó la encíclica "Populorum progressio.
Tres meses después, Juan Carlos Aramburu es nombrado arzobispo coadjutor de
Buenos Aires.
En julio de aquel año, se prohibió que el sacerdote Jerónimo Podestá hablara en
el Luna Park sobre la encíclica de Pablo VI.
El clero tucumano empieza un conflicto con el gobierno de la provincia por la
política social. El 15 de agosto se publica el Manifiesto de 18 Obispos del
Tercer Mundo.
El primero de diciembre renunció Podestá como obispo de Avellaneda.
270 clérigos argentinos adhieren al Manifiesto.
Uno de los casos de mayor resistencia fue la remoción del padre Celeste. Ponce
fue agredido. Roma falló a favor del sacerdote y en contra del obispo. A partir
de ese momento arreciaron las consignas de purificar el obispado de la infección
comunista.
Ponce también empezó a recibir presiones del Episcopado. Fue entonces que
decidió juntarse a otros que pasaban por los mismos problemas como Jaime De
Nevares, Miguel Hesayne, Brasca, Enrique Angelelli y Vicente Zazpe.
"Era de un perfil muy bajo, un hombre que trabajaba mucho en silencio. A mí me
gusta la gente que sabe tomar decisiones cuando la cosa viene fulera, y él no
hacía alharaca. Aparecía en el momento oportuno y se jugaba el cuero, que al fin
de cuenta es la mejor manera de ser cristiano, porque seguimos a alguien que
puso el cuero, no usó la lengua. Porque hay mucha gente que vive de la lengua
pero el cuero lo deja afuera. Era un hombre silencioso, súmamente afectivo, de
esos amigos que uno quisiera tener siempre. Yo digo que un verdadero amigo no es
el que te pregunta qué te pasa, sino el que dice aquí me tenés, porque el tipo
que te pregunta demasiado ya jode y Ponce era uno de esos que se te acercaba y
ponía su pecho y sus brazos para recibirte, pero jamás te preguntaba qué te
pasa, sabía y punto. Yo agradezco a Dios haberlo conocido. En cuanto a su acción
pastoral, tengo esa impronta de que cumplía con aquello de yo soy el buen pastor
que decía Cristo y ponía tres notas, 'el pastor conoce a sus ovejas', 'las
ovejas conocen al pastor' y 'el buen pastor da la vida por las ovejas'. No es
conocerlas por nombre, sino conocer la situación, la época que nos toca vivir,
las constantes históricas que se dan y sobre todo descubrirlas desde el que
sufre. Los grandes revolucionarios son grandes sufrientes. Conocer al pastor
significa que intuyen que este tipo vale la pena y cuando había que tomar
decisiones no mandaba a las ovejas, iba al frente él, como lo hizo Cristo",
agregó Karaman.
"A mi me nombró párroco de Villa Pulmón que estaba donde ahora está el Santuario
en San Nicolás. Me dijo: "No te asustés, tenés 26 años, pibe...Si a los 26 años
no sos revolucionario cuándo lo vas a ser". Y me dios dos consejos. Para
trabajar, buscá gente que esté ocupada porque el que está al cuete va a estar al
cuete siempre y segundo, que me quedó grabado para siempre, acordate que las
grandes obras se hacen con la promesa de los ricos y la guita de los pobres, que
al fin de cuenta eso es más o menos aquello de las bienaventuranzas de Cristo
que comienzan diciendo 'felices los pobres'", agregó el cura José.
En marzo de 1968, la dictadura expulsó a cuatro sacerdotes españoles que
trabajaban en San Isidro.
En los primeros días de mayo se realizó el I Encuentro Nacional del Movimiento
de Sacerdotes por el Tercer Mundo con 21 participantes de 13 diócesis.
Entre el 22 y 26 de agosto se concretó el Congreso Eucarístico de Bogotá, con la
presencia de Pablo VI, seguido de la II Conferencia del Episcopado
Latinoamericano en Medellín.
El 15 de setiembre apareció el primer número de la revista Enlace, boletín de
los sacerdotes del tercer mundo.
Antonio Quarracino asume el obispado de Avellaneda.
El 18 de octubre se inicia la llamada crisis interna en la arquidiócesis de
Rosario.
Cuatro días antes de la navidad, plantón ante la Casa Rosada y entrega de una
carta al presidente Onganía.
El 27 de octubre de 1968, Ponce ordenó como sacerdote de la Catedral de San
Nicolás, al cura Galli, peronista, obrero de SOMISA y villero, habitante de
Villa Pulmón, allí donde muchos años después se levantaría el templo que venera
la imagen de la Virgen María del Rosario.
El 27 de febrero de 1969, monseñor Aramburu ordena a los sacerdotes de Buenos
Aires que se abstengan de acciones y declaraciones políticas.
El 17 de marzo, 28 sacerdotes de Rosario renuncian a sus cargos eclesiásticos.
Perón apoya al Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo.
El 11 de abril, marcha del hambre en Villa Ocampo, en el norte santafesino. Un
día después, el cardenal Caggiano criticó la participación de sacerdotes en la
protesta social. En mayo se organiza y realiza el II Encuentro del Movimiento en
Colonia Caroya con ochenta participantes. Vendría el Cordobazo y los dos
Rosariazos.
El 30 de junio, el Ministerio del Interior de la Nación le pide a la Iglesia que
apoye al gobierno "sin claudicaciones".
El 30 de noviembre, Juan Carlos Onganía, con la presencia de algunos obispos,
consagra la nación a la Virgen de Luján. El Movimiento denuncia una manipulación
política de devoción a la Virgen por parte de la dictadura.
A fines de 1969 tiene lugar el llamado Segundo Encuentro del Pueblo de Dios en
Pergamino. Ya existía un muy fuerte grupo juvenil que trabajaba en la zona de
villas y se ratificó, entonces, el compromiso con los más pobres.
Hacia 1970, a Ponce comenzaron a llamarlo "ambulancia", porque recogía a todos
los heridos.
"En el mismo ámbito de su sede fue combatido. Y muchas veces amenazado. No sólo
por sectores gorilas o militares. Me consta que también por algún sector
católico reaccionario, donde había siempre algún conspicuo miembro de Acción
Católica, no sólo de San Nicolás, sino de San Pedro o Pergamino", relata Karaman
en sus memorias – ensayo histórico.
Según el padre Gómez, a principios de los años setenta "andaban en San Nicolás
un grupo de Tradición, Familia y Propiedad que justamente tenía toda esa
tendencia de ultraderecha de la iglesia y veían muy mal a Ponce de León" y que
distribuían volantes en contra del obispo calificándolo de comunista.
En marzo de 1970, el obispo de Neuquén, Jaime de Nevares, apoya la lucha de los
obreros del Chocón y se desata un conflicto en la diócesis de Corrientes. Hay
suspensiones de sacerdotes y excomuniones. No se celebra el Te Deum del 25 de
mayo y se realiza el III Encuentro del Movimiento en Santa Fe con 117
participantes. El 16 de junio asumió Roberto Levingston como presidente
argentino. Un mes después, José Rucci fue elegido secretario general de la CGT.
El 8 de julio fue detenido el padre Alberto Carbone, acusado de conexió con el
secuestro de Eugenio Aramburu, producido el 29 de mayo anterior.
El 31 de julio, la Sacra Rota, tribunal vaticano, confirma las penas canónicas
contra los sacerdotes Marturet, Babín y Tiscornia, de Corrientes, impuestas por
su obispo Vicentín. La sentencia define al Movimiento por el Tercer Mundo como
"hábiles agitadores".
Medio millar de eclesiásticos se declara en contra del movimiento. Los
sacerdotes Carlos Mugica y Hernán Benítez son detenidos por sus expresiones en
el funeral de los guerrilleros Fernando Abal Medina y Carlos Ramus.
Las diferencias internas
El propio Ponce de León escribió en una carta pastoral del 24 de febrero de 1971
sobre los "lamentables hechos de la comunidad de la Parroquia Nuestra Señora del
Socorro de San Pedro" que: "Hasta el presente he guardado religioso silencio
aunque elocuente, unido a los presbísteros que han sabido mantener la serenidad
y calma propia y del laicado, afectados por inverosímiles declaraciones e
incomprensibles actitudes, tentados de elevar su protesta airada y esclarecer
situaciones, magnificadas no pocas veces por la publicidad e intereses ajenos a
la extensión del Reino de Dios", escribió el obispo.
"Reconozco que he sido presionado, difamado, calumniado, que se ha llegado al
cantaje, a la violencia encubierta, a la mentira, a la violación de la propiedad
privada y al insulto. Sin decir nada, he creado y esperado, exhortado a la paz,
a la práctica de la única caridad, la que Jesús nos enseña, callando y sufriendo
por amor", sostuvo Ponce de León.
"Todo lo que lamentamos tiene su origen en divergencias pastorales. Quiero pues
deciros: esta hora fecunda de la Iglesia que hace temblar a los débiles de
espíritu y a los que han hallado un estatus en su catolicismo costumbrista y
utilitario, es la hora de la renovación, señalada por el Concilio para todos",
denunciaba el obispo.
Aseguraba que establecería "severas sanciones" que llegarán: "Hasta la
excomunión y el entredicho local y personal, si, amonestados los responsables,
persistieren en su obstinada e irrespetuosa actitud que culmina con el pedido de
mi renuncia, pretendiendo atribuirse un derecho que solo compete a la Santa
Sede", se defendía Ponce.
Igualmente, la derecha avanzaba en San Nicolás. Se suspendieron los campamentos
de jóvenes y los encuentros del Pueblo de Dios.
"Conocemos la situación de nuestra diócesis en sus parroquias, sus colegios, sus
movimientos apostólicos. La conocemos en su diversidad de opiniones y pluralidad
en el quehacer eclesial. No ignoramos las acusaciones politizantes ni la
ubicación tercermundista de las actividades renovadoras y experiencias
peligrosas por las cuales somos juzgados con frecuencia", escribió el obispo.
El 19 de febrero de 1971, el jefe de la policía santafesina denuncia la
complicidad de dos conocidos sacerdotes en un caso de tenencia y uso de
explosivos. Un día después, el obispo santafesino, Vicente Zazpe, defiende a los
sacerdotes acusados y exige pruebas. El titular de la policía debe renunciar al
no poder reunir elementos probatorios.
El 23 de mayo asume Alejandro Lanusse como presidente de los argentinos. El 24
de mayo son detenidos en Rosario varios sacerdotes del Movimiento a quienes se
los quiere emparentar al secuestro del cónsul inglés, Stanley Silvestre.
El 16 de julio fue tomado el arzobispado de Córdoba por comunidades cristianas
de base. En Perú se publica "Hacia una teología de la liberación", del sacerdote
Gustavo Gutiérrez. Se produce el IV Encuentro Nacional del Movimiento en San
Antonio de Arredondo con 157 participantes.
El 2 de agosto son detenidos cuatro sacerdotes del movimiento en Rosario y al
día siguiente es secuestrado Rubén Dri, en Resistencia, Chaco, también
integrante de la organización. El obispo Italo Di Stefano envía una carta al
ministro del Interior denunciando avances del poder político e informando que ha
dejado su pectoral de obispo al sacerdote Dri hasta que este salga de la cárcel.
El 18 de agosto, Zazpe envía una carta reservada a los sacerdotes del tercer
mundo criticando algunas actitudes de los mismos.
El 27 de agosto, sacerdotes del movimiento de San Nicolás, se oponen a la
construcción de una capilla por SOMISA.
El 17 de setiembre, el ejército allanó una casa de religiosas en Goya,
Corrientes, denunciado por el obispo. Varios obispos, por otra parte, acusan de
arbitrariedad a los responsables de la segunda detención de los sacerdotes del
movimiento en Rosario. El 25 de setiembre, 49 sacerdotes del movimiento también
son detenidos en Rosario que querían demostrar solidaridad con los otros curas
detenidos.
En 1972, Ponce lanzó la Pastoral de Cuaresma y se ordenaron los primeros siete
sacerdotes de su seminario: José Pepe Aramburu, Abel Gaspar, Rogelio Vázquez,
Horacio Lombardo, José Luis Sposaro, Raúl Acosta y José María Regueiro. Este
último terminaría siendo capellán del ejército en San Nicolás y calificado de
Judas por varios sacerdotes sobrevivientes de aquellos años. En relación a
Regueiro, el padre Nicolás Gómez, fue uno de los que se puso en contra de Ponce
e hizo público a través de dos homilías su enfrentamiento con el obispo. Y que
junto a él había laicos como el doctor Héctor Hernández que también marcaba
públicamente sus diferencias con la pastoral.
El 6 de enero de 1972, otra vez detienen al padre Carbone por supuesta conexión
con el ataque de Zárate. En abril serán medio millar los sacerdotes que pidan
por la libertad de Carbone.
El 16 de agosto se inicia el V Encuentro Nacional del Movimiento en San Antonio
de Arredondo. Seis días después se produciría la masacre de Trelew. Los
sacerdotes Gill y Praolini son detenidos en La Rioja. Mugica y Vernazza
acompañan el primer regreso de Perón al país. El 6 de diciembre, sesenta
sacerdotes del Tercer Mundo se reúnen con el líder. (Continúara)
Fuente: Argenpress
Una historia muy argentina
Por Osvaldo Bayer
No es que uno sea suspicaz pero, ¿por qué los obispos de izquierda mueren en
accidentes automovilísticos? En Perú, entre 1982 y 1986, murieron cuatro obispos
en misteriosas colisiones; aquí, uno de los contados obispos que enfrentó con
todo coraje la dictadura de Videla, monseñor Angelelli, perdió su vida durante
la dictadura militar en un extraño choque en la ruta; al obispo de San Nicolás,
verdadero paladín en defensa de la gente perseguida durante ese tiempo, Ponce de
León, también le tocó la misma suerte; a monseñor Devoto, obispo de Goya,
defensor de los campesinos, le pasó lo mismo. Al obispo de Santa Fe, monseñor
Zazpe, un camión lo chocó de atrás cuando estaba en su automóvil, y salvó
milagrosamente su vida. ¿Qué ocurre? ¿Acaso nuestro buen Dios juega al choque de
autitos a pila desde el cielo? Obispos y de izquierda. Una mezcla detonante para
establecidos y globalizados. Pero dejando de lado el triste e irónico humor
negro no podemos omitir la pregunta y presentar la queja: van a ser ventiún
años, que un verdadero pastor de pobres tuvo un accidente extraño que lo eliminó
justo en un momento clave: era testigo fundamental de la brutal represión
sufrida por los obreros del acero.
Monseñor Carlos Horacio Ponce de León era una figura clásica de esa nueva
Iglesia que había abierto las ventanas del catolicismo para que entraran las
enseñanzas de Jesús como un aire fresco. Ventana abierta por el buen viejo Juan
XXIII. Ponce de León supo lo que era la pobreza desde niño: era hijo de un
taxista de la pampa bonaerense. Se ordenó sacerdote a los 24 años y poco después
pasó a ser cura de barrio. El cura José Karaman, de Salto, señala que Ponce de
León era "pastor de vecindades: conocía el pelaje de sus ovejas; sus problemas,
sus necesidades, sus carencias, sus inquietudes". Por supuesto, un sacerdote así
era de los que necesitaba Juan XXIII. Y ya en 1962 lo designó obispo auxiliar de
Salta. Estuvo en el Concilio Vaticano II y volvió entusiasmado: hablaba de hacer
un país más justo, un país de hermanos.
En Salta, ante la mentalidad conservadora de la Iglesia de allá tuvo muchos
choques ya que él dedicó su trabajo a los chicos de la calle. Endulzó con el
tiempo el rostro de los salteñitos pobres que aprendieron a sonreír ante ese
hombre bonachón que no les pegaba ni les ordenaba penitencias como los demás
sino que les hablaba pausado y con calidez.
En una entrevista realizada por la investigadora Etel Capdevila, el cura Karaman
describe así a Ponce de León: "Varios curas jóvenes lo fuimos a visitar cuando
lo nombraron obispo de San Nicolás. Llegamos a la parroquia donde se hospedaba.
Después de breve espera, apareció. En el descanso de la escalera vimos a un
hombre más bien robusto, tirando a petisón, en mangas de camisa y en chancletas.
Bajó los escalones a los saltos y, cuando nosotros extendíamos la mano para
besar su anillo pastoral, no nos dio tiempo. Nos estrechó uno a uno en un fuerte
abrazo. Quedamos mudos. ¡A la mierda con el protocolo con todas sus excelencias!
Nos invitó a subir a su cuarto donde reinaba un despelote episcopal. Libros por
un lado, cartas, cajones, ropa y, como mudo testigo de ese encuentro, un
calzoncillo a rayas sobre la cama. Ese gesto lo pintó de cuerpo entero, y de
alma también".
El mismo cura Karaman recuerda el primer encuentro con el obispo Ponce de León
al llegar a San Nicolás, en 1966: "Nos dijo: `Muchachos, acá hay que poner el
Concilio en marcha y hacer las reformas correspondientes. Que no sean sólo las
reformas litúrgicas sino una presencia de la Iglesia en la transformación de la
sociedad. ¿Puedo contar con los curas y las monjas?' Fue así como él entregó la
conducción a los curas jóvenes, cosa que a los curas viejos les revolvió las
tripas. Eso trajo consecuencias, sobre todo a nivel del compromiso social. La
diócesis de San Nicolás comenzó a acoger a sacerdotes que tenían enfrentamientos
con los obispos conservadores".
A partir de ese momento, la Iglesia en la Argentina tuvo tres clases de obispos:
los que se tomaron en serio el Concilio Vaticano II y quisieron ayudar a lograr
justicia en la tierra; los que se envolvieron en incienso y mirra y que ante el
terrorismo de Estado rezaron y miraron al costado; y finalmente los que
colaboraron desembozadamente con los criminales de uniforme. Hay un documento
del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, ya de 1972 (¡qué
premonitorio!), dirigido a la Asamblea Episcopal que les dice a los obispos: "El
pueblo oprimido se dirige a nosotros, sus pastores, para interpelarnos: `Cuando
fuimos hambreados, ¿dónde estuvieron? Cuando sufrimos en barrios hambreados,
¿qué hicieron? Cuando fuimos proscriptos, ¿cómo reaccionaron? Cuando fuimos
torturados, ¿qué dijeron, y en qué tono lo dijeron? Cuando fuimos masacrados en
las cárceles, ¿qué actitud tomaron? Cuando se nos pretendía engañar cambiando
algo para que todo siguiera igual, ¿qué posición asumieron?' ".
Pero los príncipes de la Iglesia adoptarían la posición contraria: basta ese
monseñor Pio Laghi, nuncio apostólico, bendiciendo en Tucumán las tropas de
Bussi, en plena represión.
¡Qué solo se quedó monseñor Angelelli en los llanos de La Rioja! ¡Qué solo se
quedó monseñor Ponce de León en esa San Nicolás donde todos los días aparecía el
cadáver de un delegado obrero atravesado por las balas del plan Martínez de Hoz!
En las exequias del mártir Angelelli, el obispo Ponce de León ya sabía su
suerte: "Yo soy el próximo", dijo. Y fue el próximo. Un "accidente de tránsito"
con las mismas características. Y qué casualidad, Ponce de León llevaba ese día
consigo la documentación que había reunido sobre los obreros desaparecidos de
Somisa y de Acindar, documentación que involucraba al general Suárez Mason, al
coronel Camblor y al teniente coronel Saint Amant, jefe del regimiento de Junín.
Este último odiaba al obispo y le había negado la entrada a su cuartel
diciéndole: "A mi cuartel no entran comunistas". Hombre de principios, como
Bussi.
El auto de Ponce de León será chocado justo en el lugar donde se encontraba él,
por una camioneta Ford. Se dirá después que falleció de "politraumatismo grave
con traumatismo encéfalo-craneano". La policía no permitirá al médico personal
del obispo entrar a ver el cuerpo. Siempre se sospechó que le habían destrozado
la nuca a golpes; igual procedimiento que con el obispo Angelelli. El joven que
acompañaba a Ponce de León en el auto, Víctor Martínez, que salió ileso del
accidente, es detenido por orden del teniente coronel Saint Amant por
"subversivo", torturado ferozmente y encarcelado. El auto no fue entregado ni
dejado ver por la policía. La Iglesia nombra al obispo Laguna para hacerse cargo
del Obispado. Jamás Laguna se interesó por la documentación robada ni por hacer
una investigación sobre la muerte de Ponce de León. En esa época desaparecerán
los archivos del obispo muerto. Muerto Ponce de León y toda su interpretación
social y pastoral de la justicia y dignidad en el mundo, dicen que apareció la
Virgen en un campito, y toda la población va a pedirle milagros. Ya nadie lucha
por el prójimo, sino que espera la salvación rezando y tocando a la Virgen. La
síntesis la ha hecho el investigador rosarino Carlos del Frade: "San Nicolás
pasó de una pastoral comprometida, al milagro de exportación de la llamada
Virgen del Campito. Somisa pasó a integrar el patrimonio del poderoso grupo
Techint. Más de 8 mil despidos. El Vaticano promete investigar los milagros de
la Virgen del Campito, pero jamás emitió una sola línea respecto de la muerte de
monseñor Ponce de León".
Somos todos cristianos. Somos todos argentinos. Agradezcamos a Dios su infinita
sabiduría. Obediencia Debida y Punto Final. Amén.
Reutemann y Storni
Las sucias internas
Por Carlos del Frade
Desde hace ocho años que la sociedad santafesina sabía que el Vaticano
investigaba al arzobispo Edgardo Gabriel Storni por su "conducta íntima
escandalosa", de allí que sea necesario hacer algunas preguntas ante la
aparición del libro de Olga Wornat "Nuestra Santa Madre". Por un lado, ¿cómo es
posible que ningún familiar de uno de los tantos seminaristas violentados no
haya hecho denuncia judicial alguna?. Y, ¿qué tipo de intereses representa Storni para que siguiera al frente de la arquidiócesis de la ciudad capital?,
por otro. La periodista misionera incluye en el capítulo nueve, "El Príncipe y
el Pastor", una serie de relaciones entre el gobernador Reutemann y el siempre
cuestionado administrador de la arquidiócesis, párrafos que, hasta ahora, no
fueron publicados por los grandes diarios de la provincia. En forma paralela a
la irrupción de la investigación de Wornat, el gobernador dijo que lo que vio y
lo hizo desistir de su precandidatura presidencial fue "la interna sucia del
peronismo", aquello que desde esta misma columna se anticipó hace un mes atrás.
Lo que Reutemann no dice es que la vida política institucional santafesina -y el
caso Storni lo demuestra- tiene tantas suciedades como la interna justicialista
nacional, claro que, por ahora, no sufre los desquiciados picos de violencia que
por estos días pueblan las columnas de noticias policiales del Gran Buenos Aires
y Capital Federal.
Storni, hijo de la dictadura y el Vaticano
Storni cursó estudios superiores en Roma y eso equivale a una garantía de
ascenso en las jerarquías para cualquier sacerdote, sea latinoamericano o de
otras latitudes. El 4 de enero de 1977 fue nombrado obispo auxiliar de Santa Fe
y recibió la ordenación episcopal el 25 de marzo de aquel año.
Fue puesto por el Vaticano para controlar de cerca a Vicente Faustino Zazpe.
El entonces titular del arzobispado santafesino ya había acumulado varias
denuncias en su contra: la Triple A lo señaló como un amigo de los Montoneros;
los generales Roberto Eduardo Viola, Ramón Genaro Díaz Bessone y Leopoldo
Fortunato Galtieri lo acusaron de alterar los ánimos sociales por sus homilías
dominicales transmitidas desde Radio Nacional Santa Fe; el ex comandante de
Gendarmería, Agustín Feced, le había hecho llegar varias amenazas de muerte si
seguía protegiendo a las familias de los desaparecidos y si se obstinaba en
salvar a diferentes dirigentes perseguidos; y tampoco se le perdonó que enviado
por Roma a analizar la diócesis de Enrique Angelelli en La Rioja haya informado
que nunca antes había visto un ejemplo tan vívido de cristianismo en la Tierra.
Cuando lo mataron a Angelelli, Zazpe estuvo allí para despedir los restos del
sacerdote que predicaba aquello de tener un oído en el pueblo y el otro en el
evangelio.
Pero Zazpe siguió sumando críticas de los sectores de poder. El 12 de agosto de
1976, junto a otros dieciséis obispos y treinta y seis sacerdotes, religiosos y
laicos, fue detenido en Riobamba, Ecuador, ante el silencio cómplice de los
integrantes de la entonces Conferencia Episcopal Argentina.
"Estaba profundamente dolorido por la indiferencia que él notó en sus hermanos
del Episcopado. Frente a los hechos se sintió muy solo. Creo que es ahí donde
-no se si sólo ahí- sufre casi su mayor fractura...El esperaba una reacción
mucho más pronta, y un reclamo", pero todo se hizo "mucho después y no hubo un
desagravio, una reparación moral como hubiera correspondido", recordó el padre
Domingo Bresci, desde su Parroquia de San Vicente de Paul, en Mataderos, en la
provincia de Buenos Aires.
El 11 de julio de 1977, luego de producido el asesinato del obispo de San
Nicolás, Carlos Ponce de León, jugado en la denuncia de las desapariciones y las
torturas contra los obreros de Villa Constitución y de esa ciudad bonaerense,
Zazpe lo despidió y anticipó que el próximo sería él mismo.
Por aquellos días, su nombre figuraba en la lista de "obispos rojos" que había
redactado la Armada para su jefe, el Almirante Cero, Emilio Eduardo Massera.
Zazpe, sin embargo, seguía denunciando las desapariciones y hablaba de una
"Argentina secreta". Visitaba la cárcel de Coronda y las villas miserias que
multiplicaban su población. Storni, mientras tanto, cultivaba las relaciones con
los factores de poder civiles y militares. Había comenzado la conjura contra
Zazpe, como se detalló en el libro "La iglesia y la construcción de la
impunidad", citado de manera generosa por Olga Wornat en su capítulo dedicado a
la realidad eclesiástica santafesina.
En enero de 1978, Zazpe reunió a los pocos empresarios católicos de la provincia
que le quedaba amigos para denunciar el pasaje de cientos de vagones de trenes
que iban hacia el sur del país repletos de cajones para muertos. Era el prólogo
de una decisión ya tomada por la Junta Militar. Hacer la guerra contra Chile por
el Canal de Beagle. El desesperado relato de Zazpe hizo que se movieran los
hilos que terminaron en la misión del cardenal Antonio Samoré para destrabar el
inminente conflicto entre la dictadura de Jorge Videla y la de Augusto Pinochet.
Su posterior renuncia a los cargos directivos de la Conferencia Episcopal
Argentina a principios de los años ochenta por el silencio cómplice de la misma
ante el terrorismo de estado, lo terminaron de aislar.
La decisión fue tomada desde la Nunciatura Apostólica a cargo de Ubaldo
Calabresi.
El hijo dilecto de Roma y de las fuerzas armadas y de seguridad que actuaban en
Santa Fe, Edgardo Gabriel Storni, nacido el 6 de abril de 1936, sería el nuevo
arzobispo una vez que Zazpe se retirase o se muriera. Un extraño accidente en
San Carlos Centro, en 1982, apuró la muerte.
El 28 de agosto de 1984, Storni asumió como arzobispo santafesino.
Storni y Reutemann
El capítulo nueve del libro de la periodista misionera Olga Wornat incluye un
subtítulo denominado "Lole versus El Divino", en el que relata la curiosa
negociación que entabló el poder ejecutivo santafesino con la iglesia para que
se aprobara la ley de casinos y bingos.
Este es uno de los párrafos que, por distintos intereses de los dueños del
diario "La Capital", todavía no apareció en forma pública para los santafesinos.
"Un agudo periodista local contó la particular relación que mantienen hoy el
arzobispo Storni y el gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann, la cual empezó
en romance obligado por la extrema debilidad e inexperiencia del Lole y que hoy
se rompió. "Storni es de terror, lo peor de la Iglesia de la provincia, un ser
siniestro", dijo el gobernador en una reunión política. En el medio, los dos
vivieron lo que se llamó el "affaire por la ley de casinos". Esa crisis, como se
verá, se solucionó mediante un pacto que hubiera sido impensable en los tiempos
de Zaspe. El testimonio de esta fuente, cuyo nombre pidió mantener en reserva,
avala lo que piensan muchos santafesinos y es que a Reutemann y a Storni no los
unió el amor sino el espanto. Aquí, el sustancioso comentario del periodista
santafesino:
"Reutemann llegó a la gobernación de Santa Fe totalmente desamparado, no le
interesaba ganar. Antes del cierre de la campaña se lo veía en los lugares
típicos de la ciudad tomando algo solo. En ese momento tenía problemas con
Mimicha, su ex mujer; la guita se la manejaba el "Gordo" Cutulli, un tipo ligado
al Vaticano y a la Logia P2, y tenía un entorno de amigos, no demasiado grande.
Cuando Menem le hizo la propuesta de postularse, y esto dicho por gente que lo
acompañó esos días, el Lole se cagó de risa, le pareció bastante descabellado,
pero como no tenía nada para perder y le ofrecían dos millones de dólares para
la campaña, se embarcó. En esa situación de aventura lo encontró el triunfo y el
primero que se le acercó fue Storni".
"Según este periodista, de larga trayectoria radial, sus familias se conocían
desde hacía mucho tiempo, aunque sin llegar a tener mucha confianza, ni ser
Edgardo Storni y Carlos Rautemann ni siquiera amigos.
"Pero una vez Reutemann en el poder, Storni colocó sistemáticamente en puestos
clave del gobierno a gente de su confianza. Por ejemplo, el Lole había elegido a
un militante católico como el Quili Ibarra como ministro de Educación, que era
admirador de la pastoral de Zaspe, pero lo tuvo que desechar. Santa Fe está
dividida casi radicalmente en materia religiosa entre los que querían a Zaspe y
los que aborrecen a Storni, o a la inversa, y el caso fue que el Quili no ocupó
el cargo en el Ministerio de Educación. Es una regla muy pocas veces alterada en
la relación entre el poder político y la jerarquía eclesiástica, que ésta
sugiera su candidato a ministro de Educación. En épocas de una Iglesia
detentadora de poder manifiesto, directamente lo señalaba con el dedo y lo
presentaba si