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Ediciones del Leopardo, Buenos Aires
(c) Eduardo Pérsico, 2001
(c) Ediciones del Leopardo.
(c) Wordtheque sobre la edición virtual y electrónica.
Todos los derechos reservados. Se autoriza, no obstante, la reproducción
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Ediciones del Leopardo
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Edificio Littorio -10- Avda. Miguel Ángel, Colinas de Bello Monte, Caracas
(www.pieldeleopardo.com - www.wordtheque.com)
ISBN 987-98911-0-4
Edición web (2005) El Ortiba - www.elortiba.org
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Bibliografía de Eduardo Pérsico
1978. Crónicas del Abandonado. Cuentos. Editor Mensaje. (Faja de Honor de la
SADE)
1982. Gardel Supo Retirarse a Tiempo. Novela. Ediciones Corregidor.
1983. Resistencia Lunfarda. Poemas. Edit. Rueda.
1986. El Olvido está en Libertad. Novela. Editorial Futuro.
1989. De nuevo lejos de Uppsala. Novela. Bell Ediciones.
1991. Un Mundo casi Feliz. Cuentos y Poemas. Ediciones Trilce.
1993. Nadie Muere de Amor en Disneylandia. Novela. Beas Ediciones. (Premio Fondo
Nacional de las Artes)
1995. Cuentos con Mujeres. Beas Ediciones.
1998. Madame Bovary era una Buena Chica. Novela. Beas Ediciones
2001. El Infierno de Rosell. Novela. Ediciones del Leopardo.
2004. Lunfardo en el tango y la poética popular. Ensayo y Glosario. Proyecto
Editorial, Ciudad Universitaria de la UBA.
Compilaciones y artículos en:
Fútbol a Puro Cuento, Ediciones Faro Verde; Escritores argentinos según ellos
mismos, compilado para la Universidad INCCA de Colombia, por Joseph Vélez, de
Baylor University, USA; Cien sonetos Lunfardescos, Academia Porteña del
Lunfardo; Los que conocieron a Borges nos cuentan, Editorial Tres Haches.
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EDUARDO PÉRSICO, UN MENSAJE CONSTANTE ENTRE LO
POPULAR Y LO INTELECTUAL.
Reseña de Jorge Lagos Nilsson para Confluencia, publicación de la Hispanic
Studies, Greeley University of Colorado, USA.
"El Infierno de Rosell", libro de Eduardo Pérsico publicado en Argentina por
Ediciones del Leopardo, reitera la línea de un autor que recrea con
materiales de cierta tendencia ensayística algunos sustanciales temas
humanos. Desde sus relatos en revistas por la década del sesenta otros de su
primer libro, "Crónicas del Abandonado", de 1978, los personajes de Pérsico
visten pesados atuendos, ropajes aluvionales de intereses, simulación y
prejuicios, pero igualmente desnudos y desprotegidos. Muy pco el autor
detalla el aspecto físico de los protagonistas, una complicidad que le
propone al lector; dice que alguien lleva su pelo cortado a serrucho y que
Julián, es el de pelo colorado; el Profesor de Aforismos usa un peluquín
color granate, otro es el gordo Müller y de Silvina menciona sus ojos claros
y casi cierra el inventario. Es un modo de confabular con la imaginacón del
lector, sal nutricia para gustar de la literatura.
El mexicano Carlos Fuentes, que viviera unos años en Buenos Aires, dijo que
admiraba a los escritores argentinos porque sin Ruinas de Machu Pichu,
sucesos como la Revolución Mejicana y demás asuntos fundamentales que
nutrieron la literatura de América Latina, ellos debían inventarlo todo.
Esto quizá sea discutible, pero en un país como Argentina poblado por lo
europeo, sin jungla, una geografía transparente y sin el enigma de la selva,
su literatura rural ha quedado reducida a tres o cuatro obras y lo nacional
se refleja más por la manera de contar que por lo temático. En el caso de
Eduardo Pérsico, los muñecos de sus historias mantienen la mirada de un
narrador que prefiere escribir jugando, como si estuviera escribiendo, (la
narrativa debe respetar un precepto que ahora no me acuerdo, anuncia en este
libro) y ensaya un juego con el lector de bromas a sí mismo. Esa impronta o
marca de fábrica de un contador de historias nacido y criado en Buenos
Aires, - hijo de un taxista y una enfermera también porteños- que además de
andar por diarios y revistas como cualquier escritor que se aprecie fatigó
de vendedor de lencería femenina a ejecutivo de una empresa metalúrgica- le
dieron su visión y experiencia para narrar. Si el ser es tierra que anda y
lleva consigo el paisaje, la inmensidad pampeana de la Argentina y el hombre
sometido a la indoblegable soledad de la llanura no figuran en "El Infierno
de Rosell"; en su literatura Pérsico contrajo un inseparable sesgo de porteñidad, donde pareciera imprescindible hablar del infortunio por el bien
perdido, que a veces no es tanto, y hace decir al ingeniero Castiglión sí mi
amor, pero dejame disfrutar esta pena y la mujer responda hacés bien, hoy te
la ganaste. Esto no sería creíble sin una matriz de tanguería y tristeza
buenosaires que suelen resolverse con expresiones del argot lunfardo, - un
código entre dos para que no se entere un tercero- o con referencias a las
letras de tangos. Alguna vez, al leerle un soneto lunfardo a Jorge Luis
Borges, éste le advirtió que era un reo que escribía para intelectuales, una
ironía que le advirtió para revisar sus alusiones a Freud,
Carlos Marx y
otros no frecuentados por los lunfardistas. Digamos que con estas
herramientas Eduardo Pérsico trabaja las cuestiones existenciales de su
origen y su tiempo, y lo hace signado por una porteñidad que lleva en su
entretela y lo obliga después de un par de frases más o menos serias a
rematar con una broma mordaz, dentro de ese código entre dos para que no se
entere un tercero. Ese condimento incorporado al diálogo coloquial, el
lunfardo, y el tango, - en decadencia o no- acaso sean los dos perfiles
mejor definidos que perpetúan los argentinos de Buenos Aires, y con ese
tratamiento particular se traman en este libro las preocupaciones
universales del hombre. Con este recurso y el monólogo interior de algún
personaje, - esa poesía que lucieron los mejores novelistas
latinoamericanos- la narración está marcada por bromas y referencias al
cínico momento de nuestra civilización pronunciadas por jocundos personajes
inquietados por la hipocresía y el doble discurso de los que mandan. En "El
Infierno de Rosell" reaparecen personajes de libros anteriores de Pérsico,
como Blanes, ese espía de la memoria anticipada de "Nadie Muere de Amor en
Disneylandia", recordador de lo propio y lo ajeno luego de una operación en
Stanford University y pagado por los servicios de Inteligencia; o Silvina,
la mujer de Rosell, mostrándose ajustada, de taco alto y sus imbatibles ojos
claros, traída de algún cuento del autor, o Vladimiro, el matricero y
fotógrafo que no logra retomar los ojos de aquella mujer inolvidable que
conociera en Cuba. Y en el bar de Rosell, en cuánto sucede persisten dos
parroquianos, Cacho y otro estrafalario desconocido, (¿San Pedro y Dios?)
desatendidos por los demás parroquianos y que debaten la idea sustancial del
libro.
Con "El Infierno de Rosell" Eduardo Pérsico obtiene una novela vivaz y
entretenida, con esos trazos de literatura que según él, complementan la
tarea de historiadores y sociòlogos.
JORGE LAGOS NILSSON es chileno y fue Profesor de Sociología en la
Universidad Autónoma de Puebla, México. Publicó en 1988 "Historia de las
Ciencias Sociales", Ed.Claridad; y en 1989 "Contracultura y Provocación",
Ed. Al Frente, de Argentina. Es periodista de internacionales y cultura en
Editorial Perfil de Buenos Aires.
Confluencia. Hispanic Studies Department. University Northern Colorado.
Spring 2002.
Imágenes: 1) El autor con Ernesto
Sábato y Matilde (1991); 2) El autor con José Andrés Rivas y James Pellicer
(Témperley, 2002)
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El infierno de Rosell
Cuando yo era joven podía recordarlo todo.
Ya sea que hubiera ocurrido o no.
Mark Twain.
La narrativa debe respetar un precepto
que ahora no me acuerdo.
E.P.
Un ámbito donde resuenan voces
El terreno mide dos hectáreas y hoy acepta jardines del abandono, senderos
bordeando charcos que fueran cauces y árboles imbatibles al sol; y en
mediodías del verano del pastizal ha de subir cierta frescura con olor a
trébol. Del portón de entrada crece un repecho de asfalto que lleva a un
gimnasio con vestuarios resecos, escaleras de utilidad imprecisa y una
cancha de tenis sin frecuentar; y al bajar una loma surge un estanque de
enigmática aguaverde y un quincho de paja que con tiempo a favor, reuniría
gente animosa de vino y carne asada. Aunque el patrullero merodeando la
arboleda nos anuncia que éste no es un solar de esparcimiento.
Por encono a los encierros no hablaré del clima lúgubre y el rancio olor de
los pabellones, de los hambrientos errantes por el barrio ni tampoco de esas
pibas que por monedas curten resignadas contra el paredón del Instituto.
Pero si criticar el albedrío sexual es de tanguero trasnochado, diré del
promontorio de césped que mejora la vista del paisaje, la propicia sombra de
los acacios en las horas de sol, y más allá del edificio de piedra gris y
antiguas ventanas de madera, hay un espacio de propiedad discutible sin un
estudio de título. Y al anotar "estudio de título" imagino al dueño de esa
cancha de bochas que apenas mantiene alguna tabla lateral y donde antaño,
luego de la siesta, rebotarían las voces de los jugadores de lisas y
rayadas, que estribarían su cerveza o vasos de tinto al borde de esa tierra
regada y protegida con esmero. Y que por ahí, quizá mantenga algún eco
embrujando el entorno del lugar.
El boliche de la esquina tiene salida a la avenida, una puerta ladera a un
ventanal de recibir el mundo y unas cuantas mesas con dos o tres sillas, por
si acaso. Es verdad, el bar de Rosell ocupa un buen espacio; mitad de su
piso está machimbrado y por algún embate modernista, el resto con baldosas
enceradas rojas y blancas, y al mostrador de estaño lo envilecen pegotes de
fórmica y un escurridor de vasos de plástico celeste. El galpón de atrás son
cuatro paredes de chapa acanalada, sin servicios, y en el depósito donde se
herrumbraron los útiles del canchero de las bochas, hoy duerme el lavacopas
de don Rosell; ese pibe que pasa el día meta y dale tras la pileta de
canilla cigüeña y le sobra tiempo para anotar hasta la respiración de todos.
En aquel ámbito se presumen carreros y estibadores ferroviarios resonando
hace un siglo de silencio. Es un sitio apropiado para esperar y también para
recordarle al señor Director, el gordo Müller, que dictaminar sobre la
pertenencia del galpón y el límite medianero con don Rosell "será
considerado de modo profesional luego de analizar debidamente el Proyecto".
-¿Qué proyecto, Castiglión? Por averiguar si ese galpón corresponde al
Instituto pretendés cambiar la especie humana. Andá.
- Avivate gordo. Con el Proyecto romperíamos el tedio y vos cambiarías tu
anonimato por la gloria. Serías ‘Müller, del Proyecto’ en lugar del gordo
Mulleri, del Instituto Psiquiátrico. ¿Qué te parece?
- Bárbaro, ingeniero. Tendría fotos de tapa, autógrafos, las egresadas de
periodismo se pondrían en bolas para pedirme una entrevista. Y es cierto,
Müller es mejor: se pronuncia Miuler y oírlo impresiona al mismo Cacho.
- Eso, Mulleri es propio de capo mafioso; en cambio Müller, Dirigente del
Proyecto Vanguardia de lo Simbólico, te calza fenómeno, gordo... ¿Lo viste a
Cacho? ¿Sigue negando que se llama Pedro?
- Sí, ayer apareció temprano; yo me hechizaba viendo a los gorriones
aparearse en la arboleda y él irrumpió a pedirme que colaborara. Es de no
creer, ese turro me arruinó la mañana.
- ¿Sigue con su "negocio del alma" frente a la plaza?
- Siempre con su ventana a la ansiedad y al temor de la gente. Ayer llegó de
manga a pedirme que colaborara y lo dije "no puedo Cacho, colaborara me
traba la lengua".
- Qué perverso, eso es impronunciable. Y peor es colaboradora; yo tuve una y
la nombraba Dora, más fácil. Si Cacho niega llamarse Pedro y te dijo esa
palabrota, debiste rajarlo. Colaborara...
- Me espantó los gorriones de la arboleda y lo rajé. Tomátelas Cacho, no
tengo un sope y me venís de catecismo. Andá a pedir a la sinagoga...
-¿Ahora entendés mi Proyecto, Müller? Olvidarías esas pavadas y
discutiríamos cómo Trascender la Crisis y la nueva manera de ver el mundo.
- Esa frase me gusta. Y los otros bregarían por La Familia y las Tradiciones
en Peligro. Sería lindo, Castiglión. Y por supuesto, sin discutir con Dios.
- Con Dios ni media palabra; ese es un asunto de ángeles y pecadores y
nuestro Proyecto es de gente común. Además, si Dios existe es un problema de
él.
- Me gusta el asunto. ¿Se llamaría Proyecto Vanguardia de lo Simbólico, nada
más?
- También podría ser Vanguardia Simbólica del Proyecto. Veremos gordo, cada
nombre será rebatible y debatido con detenimiento.
- Empezamos bien, ingeniero. Te felicito.
Müller y Castiglión solían divertirse barato, anhelando prolongar el día.
Caballeros a pedal igual son caballeros
Don Rosell el dueño del bar y Remigio, el cocinero del Instituto, dos veces
por semana se realzan pedaleando por el barrio y al no repetir ningún
recorrido con sus máquinas, algún atardecer alguien creyó ver la bici del
bolichero en algún ignoto pasillo.
- Sí, visitando alguna viuda o a un viejo travesti – soltó Silvina su
moralina barrial buscando desviar la fama cornuda de su marido.
Y en uno de esos coloquios ciclísticos de respiración entrecortada, Remigio
le endosó a don Rosell emplear en su boliche al pibe de la cocina.
- Mirá Rosell, el pibe es una tortuga inofensiva, ni recuerda adónde jugaba
con su hermano a tener miedo y en el Instituto los canas ya entraron a
joderlo. Te conviene Rosell, llevátelo. Y estando Julián, a él no lo
necesito.
Así acordaron un sudoroso pacto entre caballeros a pedal y la siguiente vez
de inquietar al colesterol meta darle a la bicicleta, don Rosell anunció que
Vladimiro le enseñaría escritura veloz al muchacho, algo mucho mejor que
escurrir un trapo rejilla y pasarle el lampazo a la mugre.
- El pibe aprende rápido, Remigio, pero lo enloquece el culo de mi mujer.
- Eso es bueno Rosell, y si se la cojiera te haría un favor.
- Imaginate.
Los dos combatieron diez minutos más los triglicéridos y en el semáforo
saludaron a Perry, el limpiador de parabrisas que irguió el dedo mayor, como
saludan los caballeros de su clase.
Inventar una historia de olvido no me gusta
Les digo todos que antes de ser lavacopas yo viví en el Instituto del gordo
Müller con los demás. De lo anterior casi no recuerdo nada; llegué ni bien
cumplí dieciocho y me hicieron ayudar en la cocina. No era un buen laburo
pero me salvé de pasarla en el pabellón con esos piantados de preguntarme ¿y
como no te acordás, tarado?, y yo para calmarlos inventaba una historia. Eso
de inventar asuntos no me cuesta mucho, pero me acuerdo de dónde vengo,
cuántos éramos de familia, dónde nací y qué colectivo iba por mi barrio.
Hasta ahí, fenómeno; entiendo si me hablan, qué forma tiene el obelisco de
Buenos Aires y si se descuidan, cómo es un avestruz. Pero de mi vida
anterior antes de laburar en el Instituto, no recuerdo casi nada. Y ahí,
meta limpiar basura y Remigio elogiando a Julián, un tipo rapidísimo en
pelar papas, su muy amigo o algo raro; y cada dí Remigio empecinado en
hacerme correr en bicicleta porque el abuelo de él fue campeón no sé qué
más. Un disparate. "Salí a pedalear conmigo, pibe, es fenómeno", él
encaprichado y yo agarré viaje en venirme al bar. ¿Elegir? No, podía dormir
en otra parte y no lo pensé dos veces: aquí no hay alcahuetes de mearse
encima ni pretenden que sude medio litro pedaleando una bicicleta... Bueno,
a este bar vienen a esperar unos veteranos de la vida, me tratan bien y
ellos no niegan que aquí esperan. Desocupados, gente de primera; de entrada
me enganché con Vladi, un fotógrafo y matricero que con una lima y un cacho
de fierro te dibuja el mapa de Norteamérica, dicen, y él me explicó que los
boliches de barrio y los bares lujosos igualan a los solitarios. Y de
verdad, bien no le entendí que aquí escucharía hablar mucho del pasado, y
que tanguerìa aparte, todos amamos el ayer por haberlo conocido, me dijo.
¿Te parece poco? Además Vladimir inventó un sistema para escribir en alta
velocidad, un método exacto que requiere coordinar la sensibilidad del
escriba, la adivinación de la frase siguiente y rapidez supersónica en la
mano derecha. Parece difícil pero es sencillo y los mente retorcida ya
dijeron que Vladimir me escondió un mecanismo en la mano como a un mentiroso
de la televisión, pero él me aseguró "no hay artilugio, es un sistema y
basta". ¿Cuántas palabras por minuto rinde un dactilógrafo veloz; cien? ¿Y
un taquígrafo con ganas; cuatrocientas? Bueno, con Vladi todavía no contamos
pero mientras yo escribo voy, vengo y enjuago alguna copa, me sobra espacio
para apuntar las risas y amarguras de cualquiera. Registro instantáneo mejor
al grabador más moderno, qué tanto joder, y en una semana, para probarme, el
ingeniero Castiglión me dictó algo de los trenes, "anotá sin apuro". Y
aunque yo no entendí del todo, Silvina, la señora de don Rosell, se quedó
escuchando y cuando él dejó de dictarme ella sonrió despacito y se fue para
adentro.
Y el ingeniero me dictó casi de corrido: "otra vez la noche; en el insomnio
interminable allá lejos transcurre un tren para avisarnos que cada minuto
falta menos, que el alba se renueva en miradas de otra gente y al fin, cada
solitario en medio del desvelo es aquello que ha vivido, imaginado y
olvidado a la vez. Y ahora mismo yo continúe siendo el pibe despeinado
jugando con su perro por la vereda al sol; el zaguán donde comía las uvas y
hoy ni siquiera acerco a mi recuerdo; el vislumbrado aliento de los caballos
que viera en alguna remota madrugada; las calles que cambiarían de nombre a
la nostalgia y la infancia que jamás dejará de reprocharme qué hice yo,
tanto ensueño perdido tras violines y pájaros.
¿Hay algo más desolador que hincar los dientes sobre el endurecido hueso del
tiempo? Es un ejercicio sensual que aterra y atrae a la vez, y ahora pienso
que mis padres también atenderían el traquetear sobre las vías, rumor de
caballada y algún silbo desafinado de cualquier trasnochado compadre. Aunque
mis primeros renglones ni siquiera son eso: son rastros diluidos en su
índole, las primeras estribaciones de la memoria, apenas una cadencia y
quizá, un furtivo sonido que tanto duele no retener: la voz sin después de
mi madre. Y aquel retrato indoblegable: un tren detenido allá abajo con sus
ventanillas iluminadas en el centro de una noche lluviosa, y dos ojos como
serían los míos; que eran mis ojos; descubriendo o inventando aquel minuto
fugador tras la ventana de mi cuarto... ¿Qué será de aquel espacio costeado
por las vías, mi casa a los seis años sin vereda de enfrente, donde el tren
comenzó a moverse chocando sobre sí y los vagones fotogramas cambiantes y
rápidos, apurados, más rápidos, a esfumarse navío orientado al enigma de la
penumbra? Cuando mis ojos cautivados supieron de un prisma diferente en el
asombro, porque luego llegaría el sideral silencio, el hueco de voces
vaciando los trenes de la madrugada. ¿Existirán rostros más infecundos y
ausentes que los de esos solitarios en trenes de la noche, rehenes de un
destino inviolable?
Acaso, nunca sabré si los despóticos olvidos fijaron el rumbo cierto a mi
tristeza, pero cruza un tren en la alta noche, el día se acerca otro poquito
y los ojos de aquella mujer que habitaba mi corazón, guiaba las ganas de mi
sangre y no un trofeo en competencias de la piel. Ella, el amor de añorar
atardeceres detrás de la arboleda, alguna madrugada junto al río y su piel
pétalo de mujer inolvidable. ¡Cuánto más la amaría si aún la habitaran
pájaros y volviera a enamorarse dos horas por semana! Ingenuidades de mi
desvelo, apenas eso, si en la madrugada resuena un tren llevándose el
misterio y de nuevo a empezar".
El bar está ahí nomás en la esquina, Señor
- ¿Así que vos sos Cacho?
- Sí señor, yo soy Cacho y le rogué que viniera. Respetamos su tiempo pero
tantos siglos lejos de usted, nos urgía verlo.
- No es molestia, los siglos son átomos de eternidad y me debía una visita
por aquí. Dicen que este planeta es muy divertido
- Divertido es, Señor; pero la penuria crece y por eso insistimos en
llamarlo.
- No acostumbro a salir del Cielo pero veremos qué hacer por los amigos. Y
decime Cacho, para las arterias es bueno caminar, pero viajé mucho y
quisiera sentarme un rato. ¿No hay un boliche en este barrio?
- Ni una palabra más, gran jefe; haberlo dicho. Aquí nomás, lindero al
psiquiátrico de Müller está el bar de Rosell, toda buena gente. Lo invito.
- Hacés bien, porque yo siempre ando sin un mango encima.
- Señor, ese milagro es el que necesitamos ...
- No jodas – respondió el extraño al entrar con Cacho a ocupar la mesa del
rincón.
- Señor, tenemos problemas religiosos y necesitamos apoyo.
- Después hablamos Cacho, no creo que sea tan grave el asunto.
Ser como son ellos siempre depende de...
Tal vez por aburrimiento, el gordo Müller, Director, le pidió un plano al
ingeniero Castiglión y él me dictó cifras, características del suelo,
niveles, medidas perimetrales, superficies linderas, servicios existentes,
factibilidades de mejoras futuras y otros datos a granel. Ese trabajo de
mensura y relevamiento es independiente del Proyecto, algo que promete ser
de envenrgadura y que arribará a feliz término, le copié al Anteojito Gómez,
y mientras yo tomo nota tal vez me nombren redactor del Proyecto. Ya me
dijeron, y Castiglión me hizo registrar algo don Baldo, el viejo que lee el
diario con una lupa. "Dijo Einstein que sólo hay dos cosas infinitas, el
universo y la estupidez humana". Don Baldo tiene consumición libre y al fin
Rosell le cobra todo al gordo Müller. Pero eso después lo escribo.
Si dijera del bar de Rosell "es un boliche de barrio", me quedaría corto. Es
un resumen del mundo, una síntesis; pinta tu aldea y serás universal, seguro
oyeron esa pelotudez del Anteojito que ahora estudia aforismos con un
profesor que en el boletín del Deportivo escribió "la pelota es redonda,
¡qué lástima¡". Bueno, además de él aquí frecuentan tipos de calidad, nada
de engrupidos caretas de revista; son fulanos que te miran en los ojos para
sentirse con vida, mirá qué fácil. Ninguno pierde tiempo diciendo grandes
verdades; y ¿cuáles son, me querés decir? me preguntó ayer Vladimiro. Aquí
nadie la juega de enérgico o cruel asesino de la película, si alguien
matonea es una pose en joda, me dijeron, y el cura del barrio no se toma en
serio ni el sermón. Bueno, ese tipo tiene una sobrina preciosa y si alguien
lo saluda "¿qué tal esas confesiones, Padreé Pecado?, él tipo se ríe. Ya te
digo, aquí se reúne gente de clase y claro, pertenecer a ellos depende de...
Yo todavía no entré porque no tengo suficiente filo, me dicen siempre.
Ariel es un fanático por los héroes del pasado y se pone pesado con los
homenajes o con libros donde se dice que la esposa del Coronel Tal era la
hembra de Obispo Cual, y si Castiglión le corta el macaneo el asunto parece
divertido porque de verdad, la onda histórica yo no la pesco...
- Ariel, no hinches más los quinotos. Es un desperdicio hincarle el diente
al hueso del tiempo y caer en la retórica que al fin, no dice nada. Tanto
rejunte de fecha y nombre es rastro diluido, cadencia sin estribaciones: los
buenos aquí y los malos enfrente, el enemigo y violador de candorosas niñas
contra nosotros, pueblo siempre trabajador y altivo. Los renglones escolares
no traen relinchos de potrillo lanceado en el cogote ni gemidos de gente en
el degüello, son letras vacías de llanto moribundo y olor a carne podrida.
¿Qué soñaría el gentío al achurarse en esteros y pantanos al entrarle la
estaca costillas bien adentro, en una batalla ajena? ¿A esa "herida absurda"
la sintieron gloriosa o nauseabunda como una muerte cualquiera? Ariel,
¿interesa saber si a fulanita la desvirgó su tío el coronel, si la madre del
general fue mestiza o azabache, o si Evita fue mina de Magaldi? Dejate de
joder, menos revisar encamadas y busquemos a los chorros de la tierra y el
poncho, que no aparece.
Quien no acepta su nombre debe pedir hora
Si no amenazaba con un suicidio, cada tanto Julián decidía que el nombre
recibido al nacer no le iba y así adoptó Héctor, desechado al saber la
vocación guerrera del tipo; Tomás fue un Santo Varón que despreció al primer
¿qué Tomás, Julián?; y de Daniel disfrutó unos meses pero al descuido puede
sonar Daniela y tu nombre se mujeriza, le advirtió un psicólogo primerizo
que vaticinando era un campeón. Julián dijo la otra noche que si un día él
acertaba la lotería ese tipo le hubiera indicado cómo atenuar su complejo de
Edipo, afirmar su personalidad y otras disipaciones pelotudas. Lo confundió
tanto que al suspender la cocina de Remigio para recorrer los azarosos
caminos del mundo, dijo, Julián había internalizado que llamarse Alejandro
honraba a un goleador futbolero y a otro Alejandro, menos notorio, que fuera
emperador y él jamás conociera. Y todo eso le enredaba más el cerebro.
Un mediodía Julián anduvo del refugio del ómnibus a la esquina, frente al
Instituto de Recuperación, pensando ¿quién puede recuperarse con el gordo
Müller? Recién bañado en el Deportivo y salido a la calle, los del barrio y
quienes aguardaban el ómnibus lo creían fugado del manicomio, así que cargó
al hombro su descolorido bolso y cruzó la calle acordándose de Batman, Robin
y si el negro Remigio está en dificultades, debo ayudarlo, se burló. El cana
del Instituto ni lo miró y ya en la cocina Julián calculó de una ojeada
hasta el olor de la heladera.
- ¿Qué hacés Remigio? - saludó al morocho cubierto por un delantal blanco y
atrapado entre los cacharros. En un rincón, un interno de Müller con ojos
saltones comía un sánguche mirando por la ventana, junto a otro de uniforme.
- Alejandro, ¿pelo cortado a serrucho?
- Sí, me queda bien; y de nuevo soy Julián, acordate Remigio.
- Entonces lavá las ollas. ¿Anduviste de viaje, Julián?
- Un paseo fenomenal. Día y noche con sol, siete meses sin llover y unas
minas que cuando vengan a visitarme te caés de culo.
- Qué lindo. ¿Y por dónde queda eso, che?
- En las Galápagos, hotel cinco estrellas – se agrandó Julián.
- Sí, conozco, hay unos monos grandotes y jirafas por la calle. Y de
casualidad, ¿no viste al Ser Nacional?
- No me cargues, nuestro Ser Nacional se oculta yo lo descubriré, vas a
ver...
- Avisame, así me lo presentás. ¿No tenés hambre?
- De varios días. ¿Qué oculta ese recipiente?
- Guiso de osobuco, veinte porciones. Comés dos platos y chau Galápagos.
- ¿No me creés, negro? Te muestro las fotos. ¡Qué minas Remigio, para
volverse loco!
- Ahora comé y después dejamos todo limpio.
- Negro, sos un dandy negro. ¿Por qué te llaman Remigio?
- Mi abuelo Remigio era un ciclista con cara de Remigio. ¿No te acordás?.
- Sí, pero me gusta volver a oírlo; Remigio. Suena lindo, ¿no?...
Los amigos de Cacho son de poco ritual
Cacho suele charlar con don Rosell pero los demás lo suponen un manguero que
engrupe a la gente con el cuento de la Fé. El tipo no mira de frente y
algunos le muestran su bronca de darle una piña si contesta mal; existe mala
onda con Cacho y cuando criticó al Padreé Pecado, Julián salió en defensa
del curita y el otro ni lo atendió.
- Este tipo tampoco me asusta, que cualquier día yo me fajo un tiro y chau
con todo- murmuró Julián y se acaabó el asunto.
El otro día Cacho entró con un tipo estrafalario y el general Rodríguez les
hizo la venia. Se sentaron en el rincón; todavía están; y yo seguí lavando y
volviendo a lavar el último pocillo hasta que Rosell me mandó a dormir.
Igual me escabullí a escribir un cuaderno entero que aún estoy ordenando; no
es fácil ver a un tipo envuelto en esa neblina tan rara.
-¿Le gusta este lugar, señor?
- Lindo boliche, parece limpio. ¿Siempre venís?
- A menudo. Con Rosell, el dueño, nos tuteamos.
- Decime, ¿ de noche barren con aserrín o café mojado?
- Con café, un hábito bolichero, maestro. El lavacopas desparrama el café
usado y barre con un escobillón viejo. Tiene otro aroma, vio.
- Me imagino. ¿Y todos te llaman Cacho?
- Por supuesto, mi nombre aquí es ese.
- ¿Y nadie sabe que vos sos San Pedro, Pedro? Si no sos ése yo no soy Dios.
- - Pero aquí es mejor; si me reconocen empezarían a negarme. Ese es el
problema religioso que le comenté. Si yo dijera "soy San Pedro" me internan
en lo de Müller...
- ¿Y ese Müller quién es, Cacho?
- No se imagina, maestro. El dueño del manicomio, un tacaño. Ayer le pedí
una limosna para mantener la fé y me echó a los gritos.
- Bueno, para la fe no se necesita guita. Es otro tema...
- Pero él es psicoanalista, mala gente. En el confesionario alguien se
confiesa y listo, pero esos herejes oyen los pecados sin remordimiento.
Competencia desleal, señor.
- Ojo Cacho, que tus palabras no tienen caridad cristiana.
- Perdón señor; la mayoría es buena gente aunque hay inconformes que nos
discuten la creencia.
- Es que discutir no es malo, Cacho. Al contrario, es obra de la Creación.
- Ahí viene Rosell, ¿qué quiere tomar, maestro?
- Nada; me esperan un par de visitas largas.
- Hagamos gasto, señor. ¿Un cafecito?
- Pero muy liviano, Pedro; por la hipertensión, viste.
- Rosell, traé dos cafés. Uno livianito.
- ¿Aquí aún piden el café cargado o liviano? ¡Qué ingenuos!
- Sí, es parte del rito.
-¿Y los ritos sirven, Pedro?
- Aquí llámeme Cacho, por favor. ¿Usted me pregunta por los ritos, jefe?
- Si te pregunto es porque me olvidé.
- "Y Jesucristo dijo: Pedro, sobre esta piedra edificarás tu iglesia". ¿No
fue una orden suya?
- Cacho, los ritos son un artificio y si no sirven, chau con ellos.
- Señor, los ritos aglutinan, fortalecen; es algo profundo, cultural.
-¿Y para la gente, el rito es bueno o es malo?
- Esa otra discusión, señor y por eso le pedimos que bajara a vernos.
- Aflojá con tanto misterio, Pedro. Si los ritos no sirven a la felicidad de
todos, deben cambiar el libreto.
- Señor, a nosotros los ritos nos sirven.... Y no se olvide de nombrarme
Cacho, por favor.
- ¿Y ustedes son los dueños de la verdad? Nunca imaginé eso, Cacho
- ¡Qué pena, señor, qué pena!
- No es para tanto, Pedro, no es para tanto. Ahí viene el café.
A veces, es la fuerza del saber
El hombre de cabello entrecano y zapatillas de trote, con vocación de
escriba y autores en desuso, no visita demasiado el bar y sin embargo, a
nadie asombró que no le extrañara el amigo de Cacho. Él lo miró como a un
parroquiano más y siguió comentando alguna acrobacia del disparate humano,
solía repetir para acompañarse el whisky doble.
- Ahora mismo es violada una turca en París, -dice el tipo - muere congelado
un anciano en New York y pibes miserables hurguetea tachos de basura para
llenar la panza. Todos integran la humanidad que quiere colonizar la luna;
un Juez liquidó a su hija por baja perfomance social; la Reunión Cumbre
aconseja más cárceles y barrios privados; Medio Oriente desempata por
cadáveres y los Disfrutadores de Paseos Marineros se ríen alegremente y
niegan ser de esa misma mierda...
Cuando ese hombre consigue a Castiglión y Vladimiro de laderos hilvana mejor
su libreto protestón, aunque lo abruma seguir viviendo junto a la divorciada
de otro escritor; de obra editada. Así que días pasados se enamoró en el
ascensor de una muchacha nueva en el edificio. El hombre de inmediato
decidió informar al mundo que el amor tenía los ojos pardos, la divorciada
no perdonó tanta euforia por la mirada de otra y le gritó "haragán,
mantenido, fuera del departamento". El canoso adujo no tener adónde y la
mujer insistió, él siguió acomodando libros en la biblioteca y anunció que
su enamoramiento era subversivo y liberador.
- ¿Quién organiza las peleas de pobres contra pobres? ¿Alguien controla la
mística, el arte y las ganas de aparearse? Ya es la hora del nuevo amor...
- ¡Cuánta estupidez! –dijo la divorciada y quemó en la estufa un libro que
él venía escribiendo.
Esa mujer cometió algo terrible, de mala hembra, se decía en el bar cuando
entraron dos canas con rostro de averiguar. Los tipos volvieron ese mismo
día y se lucieron junto al patrullero apoyando sus manos en la cintura, pero
ni sombra del hombre canoso. En el bar discutieron tres noches si un quítame
esos cuernos habilita a incendiar papeles escritos por su compañero de
sábana. La mujer de Rosell repitió que los hombres son enfermos de machismo
tarado, y el general Rodríguez se cansó de preguntar si romperle el cráneo a
una mina con un diccionario grandote era un delito grave.
Un rato con los representantes obreros
Los del bar conocen la vida como venga y eso lo tienen claro, por eso
Castiglión y Ariel decidieron inaugurar el Proyecto y aguantarse el
contragolpe. Vos me preguntarás ¿qué Proyecto? y no respondo porque de tan
secreto no tiene nombre oficial; yo no entendí eso de los roles pero escuché
que el Proyecto es así y debería ser aquello muchas veces. Y además de usar
palabras raras, - cualquier Proyecto es una conspiración contra la verdad,
me dictó uno- yo habré dicho algo porque me preguntaron si ya escribía
rápido.
- Sí, bastante – me agrandé.
- Entonces escribí el Diario de Campaña y callate – dijo Ariel. De verdad,
gritó "que este marmota haga eso y no joda" y siguieron hasta las últimas
consecuencias. Aquís se discute todo y cuando yo elegí el nombre para el
anotador, Diario de la Liberación, uno dijo "qué tarado" y otro me aplaudió
porque una conspiración del dos mil merecía un nombre original... Esa vez no
me llamaron pelotudo, pero hubo respeto porque entraron tres tipos
desconocidos a enterarse del Proyecto y yo anoté.
- Venimos en defensa de la clase obrera organizada y mandato otorgado por
los compañeros trabajadores hace muchísimos años – apuró uno de anillo en la
mano derecha.
- Sí señores, y si les molesta que lleguemos en un Mercedes Benz
descapotable, preguntamos, ¿los patrones pretenden que el Secretario General
del Comité Central Confederal viaje en carro? ¿Quieren que siga viviendo en
Villa Sapito, sin disfrutar su lucha contra la oligarquía?
- O sin comprar cada tanto algún caballito de carrera – murmuró otro.
- Bien dicho, compañero, porque si queremos una sociedad organizada – dijo
el número tres, de mirada fija- que los desocupados no sean instrumento del
poder patronal. Nosotros representamos a quienes pagan la cuota sindical y
no a los piqueteros atorrantes que no trabajan. Y dejen de perseguir a los
heroicos sindicalistas averiguando su patrimonio en el exterior.
- Por eso y en nombre de la clase obrera silenciosa, nos ponemos al frente
de este Proyecto Histórico – y se fueron dando las hurras. Los demás
creyeron a esos tipos invitados de Müller y siguieron hablando de otra cosa.
Si llegan los antropólogos, chau Proyecto
Ocho es buen número para hablar si no aparece un charlatán regadera y chau
con la conversación, pero nueve es multitud. Y al irse los vivillos del
Central Confederal se quedaron Ariel, el ingeniero Castiglión, embroncado
porque le interrumpieron su Teoría de la Ventana, fundamental para el
Proyecto; Vladimir; el general Rodríguez, distraído, buscándose por ahí; y
más tarde Remigio y Julián pasaron raudamente a dormir sin escala. Después
Ariel lo convenció a Castiglión que su Teoría Ventanera merecía audiencia
numerosa y no sólo cuatro gatos locos, y se largó a copar la reunión. "En
esta histórica barraca", arrancó Ariel y al insinuar alguna hazaña de San
Martín o Belgrano, Vladi le ganó de mano contando que por el año ‘78,
aprovechando el Mundial, dijo, las fábricas cerraban a destajo y un sábado
de lluvia sollozo buenosaires, él debió ir a una forja que dejaría veinte
tipos sin laburo y llevó la cámara de fotos. Siendo el último jornal los
muchachos cobrarían doble y se despedirían comiendo un asadazo; ritual
parrillero con mucho vino y réquiem para un lechón. Y al ver una fotografía
veinticinco años más tarde aquello resulta simpático...
¿Vos olvidaste la matanza que hubo esos días? – le gritaron, así que Vladi
tomó aire y siguió.
- El matricero Vladimir llegó a la hora de morfar – lo saludó el negro
Albornoz y algunos ya andaban como extrañados por los rincones del galpón,
lavándose en los piletones, acomodando su ropa en el bolso y pocas palabras.
Todos saben de memoria la anécdota de Vladi, pero anoche, con el frío y a
esa hora...
- ¿Y Albornoz, cuándo salís de vacaciones? –le pregunté, dijo el matricero.
- En marzo, Vladimiro. Los bacanes veraneamos en marzo, con Frank Sinatra.
Y ahí Vladi suele preguntarse si la resignación de alguien cocinándose
contra un horno a mil doscientos grados no es para pensar, pero ni bien el
lechón estuviera a punto la fábrica empezaría a guardar los últimos rumores
y antes de recibir el atroz silencio de galpón vacío y en última función de
temporada, a pura pinza y muñeca Albornoz martineteó un recorte de acero a
novecientos grados, como si amasara cerámica.
- Dale Albornoz, - dice Vladi que ahí disparó una foto y sube la voz- que en
tres mil años los antropólogos te descubrirán y al estudiar tu obra de
artesano diestro y el tótem que modelaste con un cacho de acero colorado,
explicarán tus hábitos y alguna religión que nunca practicaste, Albornoz.
Porque también existen antropólogos chantas que dirán "los metalúrgicos del
siglo veinte practicaron una Dinámica Transicional Coordinada y Proyecciones
Globales Totalizadas", o trabalenguas de Asumida Logística y otros versos.
Sí Albornoz, los antropólogos pueden ser así, ¿no lo sabías? En treinta
siglos más serán deslumbrados por esta civilización y llegarán multitudes de
ellos a rendir un merecido homenaje al mejor forjador que pisara el planeta.
Escribirán tu nombre, dirán laborioso y abnegado padre de familia que ni el
sábado a la noche se ponía en pedo. Todo eso escribirán de vos, pero el
lunes bien temprano comprá el diario y salí a buscar laburo, Albornoz, que
ya vendrán los antropólogos, vas a ver...
Con pertrechos de cuartel disminuye la vulnerabilidad
Todos simulan atender si otro hace la suya, - de otra manera no sería vida-
y reunidos cuatro nada más, el general Rodríguez insistió en conseguir unos
pertrechos para fortalecer el Proyecto.
- Al menos unas escopetas de cazar perdices; solamente repitiendo Proyecto
Proyecto a mano limpia, nos cagarán a palos.
- Sabias palabras mi general - Julián venía de pelar papas en la cocina
pensando en el Ser Nacional, resabio de algo leído por los sesenta. Entra y
sale del Instituto cuando quiere, aunque si toma algo en serio no anda con
chiquitas; pone cara de qué me importa y ni bien el general Rodríguez
repitió "consigamos unas escopetas porque sin acción nadie conocerá el
Proyecto", Julián se embaló tanto que Remigio el cocinero debió calmarlo.
- Aguante varón – le dijo; y Julián, alborotado el pelo quería salir ya
mismo tras la palabra empeñada, y el otro "no es para tanto Julián, las
cosas hay que hacerlas con tiempo". Pero claro, Julián es colifa indomable
de vuelo rasante más difícil que retroceder en chancletas, dijo alguien, y
se chimenta que hizo un pacto con el Director, el gordo Müller.
- A Julián lo conozco de pibe, es mi amigo - Julián se defiende¿qué amigo?,
yo soy amigo de Borges y no de ese gordo bufarrón.
Es que Julián jamás le perdonó a Müller divulgar cómo él persigue la
Identidad y Señas Particulares del Ser Nacional, flor de dónde brotaría lo
que fuera "si nadie te baja de un botellazo", supo decir don Rosell. Es que
el gordo Director del Instituto denunciaba cuando Julian recorría veredones
diurnos y nocturnos "metodológicamente", más otras frases que merecen un
libro grueso, averiguando si la estatura del Ser Nacional es de un metro
sesenta a un metro setenta, dos centímetros de tolerancia más o menos. ¿Y
cómo desculó Julián semejante enigma? Con el método más sencillo y fácil que
usaron los sabios más geniales de la especie humana, sentenció Müller: la
observación al pedo. Así que Julián un día se instaló, anotador y centímetro
en mano, de cuatro a cinco de la tarde en la esquina de Corrientes y
Esmeralda, esquina nacional como ninguna con su piel ni con su voz, y como
la identidad humana es ente metafísico más allá del individuo y la sociedad
impiadosa, él ahí nomás desnudó su observación de toda connotación
ontológica y se avivó de lo siguiente: quienes medían un metro cincuenta
eran escolares sin estudios cursados para Ser, o seres de rasgo aborígen,
por consiguiente antinacionales y de nulo interés para la encuesta. Los
transeúntes con menos de uno sesenta eran "otros latinoamericanos" y los de
metro setenta con ropa informal, sin bigote ni aires de granadero a caballo,
fueron extraños de toda extrañeza y muy desconfiables. Y como lo nacional,
bien lo aclaró el gordo, no debe ser extraño y sí inherente, Julián
prosiguió en calles apartadas de las luces malas del centro que le hicieran
meter la pata, relevando sitios donde la ausencia de caminantes en la alta
noche invalidaban cualquier encuesta. Y sin anotar otros análisis
factoriales según chamuyan los sociólogos, Julián resumió que por esos "barrios plateados por la luna rumores de milonga son toda tu fortuna",
ciertamente existían rastros del Ser Nacional pero en otro horario. Por
ejemplo, de las once a dos de la madrugada, supo Julián que por Mamberti y
Juncal; esquina con sobrados ingredientes histórico culturales para ser
Esquina Nacional Popular Autèntica, ENPA, durante tres noches de observación
por ese triángulo estratégico sólo pasó raudo bajo la lluvia un encapotado
yendo a la farmacia de don Manuel, sin permitir estimar altura, procedencia
ni rasgos para calificar "Ser Nacional en Barrio Tìpico, a Medianoche".
Entonces, antes de proseguir estudiando los deportes, la música, la flora,
la fauna y los yuyos medicinales de la Nación, con un cachito más de tiempo,
prometió Julián, haría un relevamiento de las mafias fugadoras de capital,
jubilaciones de privilegio de promoverle juicios al Estado, que si seguís
jodiendo vas a terminar flotando en un zanjón, pelotudo, le vaticinó su
cuñado Santelli, el dueño de la mortuoria.
Otra manía de Julián es preguntarle al cocinero porqué no envenenó al padre
por bautizarlo Remigio, y el otro responde Remigio es a mucha honra y lo
recibí del bisabuelo Remigio ganador en 1937 de la Vuelta al Pago en
bicicleta. Esto no molesta, pero oírlo cinco veces al día es una plomada que
justifica cualquier homicidio, dijo el otro día Tadeo, un pintón profesor de
algo que hace poco se mudó al barrio... Bueno, la termino: Julián le
prometió al general Rodríguez conseguir pertrechos bélicos y se ocuparía;
Julián farolea con esa tarea y si no lo atienden amenaza con meterse un tiro
en el mate; al fin Julián confió que su rayadura venía del ochenta, aguanté
una biaba muy fuerte con simulacro de fusilamiento, aunque al contar se
arrepintió y la otra noche cambió ese libreto por un desembarco en Malvinas.
- Nos empujaron del barco porque ninguno quería bajar, y nos aguantamos seis
días en un pozo de zorro con un oficialito llorón. Lloraba y no hacía más
que llorar el mariconazo aquel.
Las cosas con Julián nunca se saben: promete darse un balazo y al rato se
queja por la poca dedicación al Proyecto, se ofrece no se inquiete mi
general, yo me ocuparé y si Presunto Rodríguez no le agradece, Julián lo
verduguea milico de cabaret, por qué mierda te llamás Presunto.
- Ustedes no respetan a nadie; si cantara Gardel le tirarían manises, manga
de atorrantes – se defiende el otro y sonríe al recordar el trato que le
daban las mujeres del cabarute. "General, si llega mi marido dígale que no
me espere" – siempre le recomendaba alguna y esa fue su linda época. La
gente nochera lo saludaba buenas noches mi general y a la hora de cerrar él
solía tomarse un trago con Ariel que por aquel tiempo conducía un colectivo
de la ‘78 y recalaba en lo de Rosell pasada la medianoche. A veces se
sentaba con ellos la Emilce, si no ligaba una dormida con alguien que le
salvaba el jornal y eso pasa en cualquier oficio, se conformaba Ariel y se
amuraba con Rodríguez hasta asomar el sol y llegar los madrugadores del café
con leche. Buena época, pero el cabarute cerró y Emilce ni siquiera dejó un
número telefónico.
- Llegaron las nenas del sauna y las putas nocheras al museo, - se
consolaron la noche que Presunto Rodríguez le hizo pierna y Ariel la
arremetió de whisky.
- Mi general, esta botella llega invicta y debemos derrotarla - y la
fondearon sin recordar mujeres. Hasta las tres de la mañana, cuando ni
acertaban la luz del baño y casi deciden atacar Wall Street a mano limpia.
Pero postergaron el acto patriótico por derrumbe mutuo.
Tomar un café requiere largar el rollo
- Aquí tienen Cacho. Dos cafés, uno liviano.
- Gracias Rosell. Te presento a un amigo.
- Mucho gusto.
Igualmente, es un placer.
...
- Volviendo al tema, ¿si los ritos no ayudan, están en contra de mí?
- Bueno, los nuestros son sagrados. Pero el rito de esta gente es esperar
aquí, sentados... Pero le ruego hablar de algo simple, maestro, sin dar
examen.
-¿Y a qué dedicás el día, Cacho, al chamuyo y al blablablá?
- Le confieso: hago una tarea agotadora, en el Vaticano hay mucho papelerío.
Para rogar un lugar cerca suyo hay millones de cartas.
-¿Y usás tu divino tiempo en eso? Mala costumbre, el cielo se gana de otro
modo. Mala costumbre.
- Sólo dar una misa es un trabajo abrumador, maestro. No hay tiempo ni para
un padrenuestro: colectas, excursiones a lugares venerados. Aunque por más
que evitemos cualquier decadencia a usted jamás lo molestamos...
- Cacho, ¿la decadencia de quién? Porque algo huele a podrido en el aire.
- Teacher, usted pronunció una justa palabra. Algo huele mal en nuestra
sagrada tierra.
- Largá el rollo Cacho, ¿qué pasa?
- Yo qué sé, mucho quilombo junto. El fanatismo musulmán es difícil, los
judíos quieren todo para ellos y olvidan que está escrito: "Entonces Pedro,
poniéndose en pie hablóles diciendo: varones judíos y todos los que habitáis
en Jerusalém, oíd mis palabras que no estoy borracho como vosotros pensáis,
siendo la hora tercia del día". Capítulo dos de Los Hechos, versículo
catorce.
- Cacho, que no quiero escuchar textos antiguos, me aburren.
- Perdone mi énfasis por guiar mis ovejas del rebaño. ¿No recuerda ama a tu
prójimo como a ti mismo?
- Menos Biblia y batime el justo, Cacho. ¿Qué pasa aquí ?
- Ya le dije, la maldad de los judíos ya pasó. Es una metáfora, se
modificaron, menos con los palestinos. Hoy son menos egoístas y respetan,
aunque la antigua hermandad de los esenios...
-¿Qué te pasa Cacho, le debés al mueblero que hablás tanto?
- Eso nunca, jefe, pagamos religiosamente.
- Entonces, menos franela y decime claro, ¿qué sucede?
- Señor, no quiero herirlo y usaré mi coraje para decirle: aquí todos los
Santos Días se mueren de hambre cien mil chicos.
-¿Hoy mismo reventaron de hambre tantos pibes? No te creo, es una joda.
- Ojalá lo fuera, señor, pero de lunes a domingo sin feriados ni fiestas de
guardar, llenaríamos un estadio de fútbol con chicos de cinco años que
murieron de hambre ese día.
-/Qué atrocidad, qué hijadeputez/
- ... y me extraña que no diga qué barbaridad, Dios mío, tan común.
- Escuchame cartón, me hablás de esa porquería y te hacés el vivo. ¿Cien mil
chicos mueren de hambre cada veinticuatro horas? Es una joda, no te creo.
- Cien mil pibes y los ancianos se cuentan aparte. Hay montones de viejos en
la calle y ahora lo sabemos. La cibernética brinda números al instante.
- Yo te rompo el culo a patadas, cibernética. ¿Y qué hacen con los que no
morfan?
- Los contamos a todos. Los muertos de hambre de cualquier culto o religión
entran en la cuenta. Y le digo más: doscientos cincuenta millones chicos
trabajan en este mundo. Ya está, se lo dije, Maestro.
-¿Y ahora mismo hay millones de pibes laburando? No me cargués, Cacho.
- Bueno, a esta hora la mitad y la otra mitad cuando amanece; por la
rotación, no sé si me entiende.
- Eso lo entiendo otario, pero ¿falta comida?
- Le digo, faltar no falta, hay comida suficiente.
- ¿Y entonces, sobra gente que quiere comer?
- Gran Jefe, mirado así todo es sencillo, pero la criatura humana guarda
insondables causas que explican el desequilibrio alimentario.
- Cacho, el domingo oiré tus huevadas, pero hoy no me jodas. Y te distraigo
un minuto, ¿por qué ese hace piruetas con la silla de ruedas en la calle?
- El Perry, un célebre inválido del barrio; limpia vidrios en el semáforo.
- Podría tener otro rebusque, ¿no? Bueno, sigamos con tu coconfesión.
- Quisiera comportarme mejor, señor, y una respuesta sería que para
alimentar a todos no alcanzan campos, mares ni los supermercados del mundo.
Una minoría come demasiado, otros comen un poco y muchos no comen nucna y se
mueren. Duele en el alma, pero es verdad.
-¿Te duele al alma, Cacho? Yo vi construcciones enormes, autos brillantes y
gente festejando al sol. ¿Esos también corren la liebre?
- Y habrá visto mujeres muy hermosas, ¿no señor?. Bueno, un verdadero logro,
un homenaje a la divina creación
- Sí Cacho, unas minas bárbaras, muy dispuestas. ¿También pasan hambre?
- Las mejores, no; tienen como alimentarse y algo más.
- ¿Y la igualdad de los seres humanos, dónde está?
- Bueno, es la sobrevivencia de los más aptos, señor.
- ¿Los más aptos para qué? ¿Para ellos o para la especie?
- Que sé yo....
Hay mostradores de contemplación incorporada
El dueño del bar entre mostrador y caja campanea el callejón donde los pibes
se pegan con cerveza y fumo, las acrobacias de Perry en la silla rodante a
semáforo y bocina, al frente un edificio de departamentos y la entrada del
hotel por hora donde las mujeres, siempre, bajan el parasol del auto y
asumen lentes oscuros...
Desde ese mirador don Rosell sospecha los movimientos, se adueña del
escenario de la calle y eso lo divierte. "Espiar no es ninguna virtud" una
vez lo prepeó Ariel pero don Rosell no acusó recibo y siguió vigilando a ese
hombre que dos veces por semana entra al número setenta y cinco de la calle,
toca el timbre mirando a los costados y empuja la puerta principal. El
bolichero lo veía trasponer la puerta, ahí se encendía una lámpara del
cuarto piso departamento dos y luego de una hora el hombre entraba al bar y
mientras don Rosell llenaba un pocillo en la máquina, luego él pagaba con
holgura su comunicación de teléfono, un café que tomaba de compromiso y
salía saludando. Era aprecialbe su ropa y ese andar de persona acostumbrada;
más de tanto controlar, don Rosell registró su número de teléfono, el
discursito "¿querida?, en quince minutos llego" y alguna ternura a su mujer,
del otro lado. También don Rosell imaginaría los juegos de alcoba del hombre
con la mujer del cuarto piso, departamento dos; linda mina, cabello corto,
alrededor de treinta años y que entrara a comprar una botella de whisky el
último verano. Todos apreciaron sus piernas doradas al cruzar la avenida en
pantalón corto; una hembra hermosa hace unos días fría en el baño por una
dosis muy espesa, dijeron, y nadie supo más del asunto. Por entonces don
Rosell anduvo inquieto, un policía de civil visitó el bar y charlaron en la
mesa apartada tomando importado.
- Y todos amigos, cornudo de mierda, porque los canas sólo persiguen a los
que afanan sin asociarlos, - lo insultó Silvina porque su marido hizo dos o
tres llamados reservados y el hombre elegante no apareció más por el barrio.
Don Rosell liquidó alguna deuda del negocio y nadie quiso enterarse.
- ¿Entendés Remigio? El mostrador es un mundo diminuto y de códigos
indiscutibles – habrá explicado Rosell mientras pedaleaba al cocinero que
levantó una ceja y a otra cosa.
Los lentes negros siempre de moda
El fulano de lentes negros miraba distraído el reflejo de las vías. Uno se
acostumbra a todo, a meterse de atropellada mostrando la credencial y
tranquilos señores, esto es un allanamiento, como a exhibir una nueve
milímetros gritando nadie se mueva, esto es un asalto. Y si era
imprescindible, darle un balazo en la cabeza a cualquiera; pensaba.
Otra persona entró a la estación a la hora indicada, dos y diez de la
madrugada, fingió olvidarse un maletín en el asiento del andén y subió al
tren casi en marcha. Lo convenido. Desde un quinto piso frente a la estación
alguien encendió y apagó una linterna que vieron desde el bar. El andén
quedó de nuevo solitario y se repitió la señal; el hombre de anteojos negros
que caminaba distraído cerca de las vías levantó el maletín y salió de la
estación.
Al principio solían tomar otras precauciones, pensaría al subir con
parsimonia al auto y tranquilizar a su compañero. Vigilaban a la persona que
entregaba el dinero, cambiaban los billetes y en una ocasión debieron
truncarle el heroísmo a un policía que complicó las cosas y el entierro lo
dieron por TV. Alguna vez prometieron soltar al hijo de quien pagara el
rescate, pero ni bien contaron la plata llevaron al muchacho a un descampado
y tras el disparo en la nuca taparon el pozo donde nunca lo hallarían. Acaso
fuera esa vez...
¿Un buen fumador no enciende dos veces qué?
El ingeniero Gustavo Castiglión se levantó con la satisfacción del deber
cumplido, se burló a sí mismo, y al paso acarició la espalda de Silvina.
Ella lo acompañaría a la ducha y antes de regular el agua Castiglión se
arrimó al botiquín del baño; hay espejos impiadosos, amplificadores de
exigirse empezar con los abdominales, y los rostros de amor reciente en un
hotel reflejan cierta ingenuidad deportiva. Ese individuo que rebota el
vidrio no es un descarte, pensó Gustavo Castiglión, y sin añoranzas, el
ajetreo pasional de hacía un rato le daba para sentirse bien. En cambio las
mujeres aprecian los espejos de otro modo; el hábito de la exhibición física
les viene en su naturaleza y sin no existieran espejos, igual usarían lápiz
labial, pensó.
Para no seguir embretado con esas ideas Castiglión llamó a Silvina una vez
entibiada el agua, costumbre de seis años, recordaría ella tapada por la
sábana y demorando encender un cigarrillo. Luego de dos años habían vuelto a
enamorarse juntos y a propósito del reencuentro algún bocón pontificaría que
ningún buen fumador enciende dos veces el mismo cigarrillo. Como si el
olvido se regulara a pura frase rebuscada, pensó al ayudar a Silvina a
entrar bajo la ducha. Una vez ella había resbalado y la marca delatora en
una nalga postergó los encuentros, y ahora jugaban a bañarse juntos,
chiquilines con sensaciones cruzadas y a él, ese minuto le confirmaba que
una buena sesión de amor despues de los sesenta, vale el doble. Desquite
sobre el aburrimiento, reírse bajo un chorro de agua junto a esa mujer de
ojos claros que amaba tanto. Y no importaba quién, habría dicho solamente
vivimos una vez pero si bien lo hacemos, con eso basta...
Las canillas lucían flores celestes en la porcelana y recordaron una
habitación junto al río. Sin nostalgia apreciaban aquella ternura erótica y
profunda que inventaran, y a Gustavo Castiglión lo complacía guardarse la
vez que al ensoñarse apretados ella, al suponerlo dormido, le dibujó un beso
húmedo en su espalda y entró sigilosa al baño. El ni se movió y aquel minuto
irrepetible sería igual a "te quiero" dicho en un gemido compartido.
- Si hay algo grotesco en el amor vespertino es el gorro plástico que usan
las mujeres bajo la ducha – se rieron y envueltos en un toallón y fumar
mirando el espejo del techo, prolongaron la diversión hasta el rito de la
angustia existencial y las cavilaciones de Gustavo Castiglión.
- Mi amor, estamos aquí sin tener adónde ir. A esta hora yo andaría
enrollado en algún renglón a completar y mejor es mirar los ojos de mi mujer
en la cálida penumbra. La vida, mi amor, la vida; vivimos sin reconstrucción
posible del ayer, remontando canciones desafinadas o fugando del tedio,
tanguitos aburridos de todo tiempo pasado fue mejor; cada tragedia parece el
diseño de algún loco y si la vida nos trató mal, qué puta vida. Aquí adentro
somos nosotros, mi amor, afuera nadie nos contempla y aunque lloriqueamos
por no parecernos un cachito más a Dios, mostramos esa soberbia tonta de
explicar los naufragios, porqué el agua deja dibujos en la arena, el ángulo
al volar el colibrí; mi amor, nos creímos el rol explicador sin avivarnos
que si el mundo es una parodia, nosotros somos...
- Ingeniero Castiglión, nada ha cambiado, – se rió Silvina- ahora decime
cuál es el Proyecto y si le explicaste al pibe qué significa la palabra
"rol".
- Sí mi amor, pero ahora dejame disfrutar mi pena tanguera.
- Hacés bien, hoy te la ganaste.
La gente que festeja prefiere ser mucha
El viejo que leía los clasificados con una lupa se entusiasmó en mitos y
adoraciones, y don Rosell le sirvió un cafecito atención de la casa para
acompañar.
- Yo vi a la Señora por noviembre del '48, en el Club de los Ingleses que
estaba donde luego edificaron unos departamentos, sobre la estación de
Escalada, y ahí ella, María Eva Duarte de Perón, nos dijo que los
ferrocarriles ya eran nuestros, que ese Club no sería más de los ingleses y
en el futuro sería el Club Ferroviario más el nombre del General. No éramos
muchos; Alvarez, Miglierina, Nunez, Requena; todos los de mi grado sin
movernos y bien cerca de la Señora. Ella se veía delgada y de piel
transparente y cuando crecí aprecié sus piernas; Evita era muy linda mina...
Por entonces se construía la avenida Pavón y después de bautizar al Club
Ferroviario nos dieron un sánguche y cruzamos por encima de unos tablones, y
ahí la Ñata, esa modista amiga de mi vieja, me habló con su voz de pito
decile a tu mamá que la señora tenía un chifón y unas medias de vidrio que
valen un dineral. Pero yo a mi vieja nada, porque me deslumbró tanta gente
que subía a un camión chiquito para ir a festejar otra conquista; sin bombos
o abanderada de los humildes que entró en la inmortalidad a las veinte y
veinticinco, que eso llegó más tarde.
- Tampoco existía volveré y seré millones.
- Por supuesto, la señora ni se enteró que eso era de un tal Howard Fast y
unos alcahuetes se lo atribuyeron para quedar bien... Pero le digo don
Rosell, aquella gente era la felicidad y así festejaron nacionalizar la
flota, los ferrocarriles y los aviones, si con los años aplaudieron vender
los teléfonos, el petróleo y los adoquines. Si me preguntara qué pretendía
el gentío subiendo a los camiones luego de cambiar de nombre al Club de los
Ingleses, no sé; tal vez quisieran lograr la soberanía, la independencia,
recuperar las Malvinas o llenar la plaza vacía.
- Eso, tal vez sólo ansiaban batir el récord de llenado y gritar sintiéndose
muchos, esa dicha enorme y mejor si luego los diarios traen fotos y uno
participó sin preguntarse si valía la pena tanto gritar hasta caer en la
cama cansado y feliz.
- Es que soplar a todo pulmón Viva Viva será como besar a la muchacha de la
película o hacer un gol en el mundial, sin averiguar si tanto grito es la
liberación psicológica del obrero o una viveza del enemigo vendepatria.
- Por eso digo, el asunto de los mitos no sirve para nada. ¿Para qué? Si los
de arriba que se ríen de todo, ensalzan a la Señora comiendo con champán
francés...
- Eso es de mala gente – concluyeron. Don Rosell siguió acomodando el
mostrador y el viejo volvió su lupa a los clasificados; donde algunos solían
decir que buscaba a Dios. En las vías traqueteaba un tren y la lluvia caería
en cualquier momento. Y en otra mesa, Cacho y el extravagante la seguían.
Sin cirugía cerebral Blanes recordaría como cualquiera
Hace poco reapareció Blanes por el bar. Algunos ni lo registraron porque de
verdad lo suponen un mentiroso gigante que sin permiso te desbarajusta la
memoria. El ingeniero Castiglión me explicó que la cabeza de Blanes tiene
engranajes para atrás, como cualquiera, hacia adelante y a los costados. No
cualquiera, imaginate, pero él tuvo una operación en Stanford University por
cuenta de la mafia que enseguida lo empleó en un trabajo bastante roñoso;
bueno, es Blanes; y la CIA y el Mossad pusieron una parva de guita para
implantarle la recordación circular Todo Servicio. Le metieron una cirugía
con microscopios láser tan moderna que ni sale por Internet, dijo Remigio,
pero cualquiera que entienda el genoma sabe que la memoria de Blanes es bien
normal. Mirá, en un renglón le entendés todo: él recuerda como el faro de
las ambulancias que alumbra alrededor y no se detiene, con cambios de
velocidad Fórmula Uno.
Así que Blanes ese día entró cuando Julián iba por las armas del Proyecto;
elementos disuasivos, y le ofreció ayuda. A Julián nada menos.
- Vos Blanes tanto sos rufián del FBI como barrabrava futbolero; un mal
bicho. Ni me hables. El otro le repitió puedo ayudarte, yo conozco mucha
gente, y Julián no le dio cinco de bola; y Blanes que es un especialista en
saber el futuro se guardó piola porque Julián iba a darle una piña. Aunque
no jodamos, una vez a Blanes yo lo vi recordar liviano, como si estuviera
entrenando y es fenomenal. Si alguien consigue nombrar al presidente
argentino en mil novecientos cuarenta tiene un marote de lujo, y él de eso
sabe tanto como del negro que se curtía a la virreyna Sobremonte contra el
aljibe, en 1807. Aunque la memoria no siempre es buena, dicen, y somos lo
que fuimos, me batió el viejito don Baldo, de los clasificados. Y de anotar
hasta la mirada ajena en mi cuaderno me voy avivando, así que un día le
encargaré a Blanes que cuente mi pasado. Pedile una sesión de memoria
feed-back aclarativa con mis asuntos olvidados, me dijo Vladimiro, y si el
tipo se concentra sabré que me sucedió antes de llegar aquí y dónde jugaba
con mi hermano a tener miedo. Y nos tapábamos con todas las cobijas, cuando
mis viejos hablaban despacito y lo demás; seguro que a Blanes le gustaría
hacerlo, para lucirse, no por otra cosa.
Yo seré un anónimo que ni las fotografías lo registran, pero si algo me
entra en el cerebro, no sale más. Ni bien Vladimir me enseñó a escribir
ligerito me decían "aprendé a manejar el lápiz que sirve para levantar
juego" y hoy cada uno me cuenta sus pelotudeces.
- Así practicás, nene - al principio me sonaba diferente y al fin todo es un
rejunte de antigüedades parecidas; madre, padre, la escuela, amoríos,
encamadas, separaciones, amistades fallutas, trabajos pesados. Eso sí, casi
nadie acusa que se pajeaba y si pasó una temporada en cana, porque la paja,
los aprietes y la tortura son intimidades de cada uno, me sopló Müller al
pasar. ¿Y por qué el relato se repite? Muy sencillo, cada anécdota proviene
de otra, entrelazada y vuelta a tejer cruzando la trama del derecho y al
bies, me dijo Vladi. Es un cansancio, un argumento que se amontona y cada
uno lo hace crecer y hace la historia.
Vladi y el ingeniero Castiglión se divierten hablando de mujeres y con Tadeo
usan contraseñas y sonrisas, pero una vez Remigio pidió un grande de tinto y
se mandó algo de bajarle la guardia a cualquiera. Un verdadero despelote.
- Mi tío Lucas anudaba piolines entreverando unas cañas cortadas iguales y
parejitas al construir el armazón de mi primer barrilete, pibe, - y esa
frase me pareció mía desde antes, o de los otros al entrecruzar otra
historia con otras cañas cortadas bien parejas y la misma recordación.
Remigio habló de las manos oscuras de su tío al atar aquellos hilos, algo
diferente, pero otros renglones yo los sabía de Vladi, de don Rosell, de
Castiglión, de muchos. Seguro.
- Si al final cada uno suma su lamento barriletero hecho con papel de diario
una tarde de mucho calor en algún patio, y ahora los barriletes se venden en
el supermercado. Puta vida - y enseguida Castiglión agregó que en
Centroamérica los llaman papalotes; qué ocurrencia, si barrilete es tan
armonioso, - me guiñó un ojo- y para los españoles son cometas pero de puro
bestias las remontan igual. Y me apuró diciendo al final nos comunicamos a
pura añoranza y pasado, y para ordenarnos usamos la palabra: apenas un
rumbo, pista difusa, rastro a un descubrimiento, artilugios. Barrilete,
papalote, cometa, ningún juguete volandero existiría sin nombre porque cada
palabra arrastra su propia memoria. ¿Me entendés o vas a putearme, pibe?
Y Blanes ni pelota, que todo eso ya lo sabe.
A esa hora en el bar siempre se comenta algo
La claridad aún permitía no encender las luces interiores; un instante del
día que amortigua el crepúsculo. Las dos vitrinas del bar rebotaban las
vigas del techo y el ocaso dejaba un efímero aire palaciego, capricho de
reflejos apreciado mejor por alguna mirada de turista. Al pibe del mostrador
ese ámbito lo predisponía a tomar dictados para no aburrirse o a inquietarse
cuando Silvina andaba cerca y le agregaba fantasías a su cabeza. Castiglión,
Tadeo, don Baldo que leía los clasificados con una lupa y jugara al truco
con la muerte, también sabían de ese mágico instante en el bar de Rosell.
En la calle Pleasant, de Toronto, - empezó Tadeo- el cruce con Lawrence
tiene seis turnos de semáforo y viajando al norte en una hora se toma el té
en una geografía igual a Bariloche. No entiendo porqué a esta imagen, mi
recuerdo la trenza con la Calle de los Cereales, en Salzburgo, me veo
correteando a una mujer en la casa donde viviera Mozart y luego, al bajar
del teleférico, esa hembra morena pretendía aumentar su encanto hablando un
español novedoso. Veíamos rodar un tranvía y alguien miraba desganado por la
ventanilla; aunque aquí, en mi memoria reaparece una garúa impiadosa en
Denver un siniestro domingo, y la llovizna mojaba la testa de un caballo
atado a un coche de plaza. Herraduras de goma contra natura y cuánta pena en
su mirada, pobre matungo... Después viajo en un tren a Ottawa, el campo se
parecía a nuestra llanura pampeana y tres tipos con botas amarillas muy
altas pescaban en un arroyo ribeteado de nieve. Caía una lluvia liviana y en
el vagón, el frío de afuera sería un castigo doloroso; la gente de por ahí
no registra mucho la tristeza. Algún pasajero dormitaba detrás de mí y una
muchacha leía una novela de espionaje; no era hermosa pero las pecas le
agraciaban su cara redonda y al levantar la vista del libro sonrió al
invitarme a su lado. Las mujeres han sido exorcizadas, quemadas en hogueras,
psicoanalizadas, hoy le cambian el rostro con un bisturí; pero nadie sabe...
No intentamos explicar nada, -hablar era extraviarse en arduas traducciones-
así que ella abrió su abrigo para que le acariciara el pecho y al frenar el
tren recién dejamos de besarnos. No la olvidé.
- Tadeo te dicta un recuerdo y disfruta imitando a Blanes. Ya deberías
avivarte pibe, si al final sólo somos memoria. Pero no la imagen del primer
beso, o mucho antes aquella estampita familiar con padre madre y canción de
cuna. Esa es una nostalgia sin profundidad ni gran calado, de cabotaje. La
memoria sustantiva es mucho más; es anterior al antaño que prosigue en
nosotros. Es memoria continua de continua memoria por cantidad de veces.
Pibe, vos, yo y todos cargamos la emoción guardada hace mil siglos por la
especie; la visión de alguien vislumbrando su propia muerte; eludir al tigre
que hoy soñamos podría devorarnos nos transfirió su pavoroso miedo. Venimos
de arrebatos, de semen, de caricias, y así por cien millones de besos al
cuadrado. Al instante primero volvemos cada vez. Fugazmente pero volvemos
sin explicaciones porque está en nosotros. ¡Es muy sencillo, pibe, nada
complicado! Lo difícil es decirlo y que se entienda – susurró Castiglión y
guardé el cuaderno.
Los de Relaciones Públicas tienen manera propia
Como en el loquero y en el bar algunos decían que el Proyecto perdía su
empuje, una tarde Julián subió a un ómnibus vestido bien prolijo. Por la
mañana Remigio le había recortado la pelambre colorada y él se procuró un
regio baño caliente en el Deportivo, con toalla y jabón prestado. Subió al
bondi y viajó sentado de ventanilla entreabierta mirando la calle, como el
Gran Duque de la Falopa, que seguramente vive en alguna parte, pensó La luz
ya empezaba a juntar sustancias grises y se oscurecía moviendo la tarde
hacia la noche; y a ese instante, cuando todos los perfiles reflejan
contraluces y las mujeres contonean mejor, los franceses lo llaman hora blu,
o blue, o qué sé yo. Julián no encontró la palabra y no merecía mucha vuelta
bautizar al claroscuro que el cielo muestra cada atardecer, pensaba cuando
una mujer subió al colectivo y se sentó al costado.
- Qué suerte, un lugar libre – festejó la veterana señora. .
-¿Cierro la ventanilla? – exageró Julián su cordialidad.
- No por favor, yo bajo enseguida – agradeció la mujer a la gente correcta
con aspecto bohemio.
- Es que hay señoras muy friolentas.
- No es mi caso, joven – y Julián le preguntó si sabía le hacen los
musulmanes a las mujeres friolentas.
- Y seré curiosa, señor. ¿Qué le hacen?
- Se las cogen, señora. Es lo mejor para combatir el frío.
- Ah – cerró las nalgas la mujer y Julián sin mirarla, bajó en la puerta de
la mortuoria Santelli. Servicios Mónaco, y lo recibió el portero.
-¿A quién buscás esta vez, colifa? Tenemos un servicio y Santelli no está.
- Soy el muerto y salí a tomar un café, tarado. Decile a tu patrón que llegó
Julián o hay un escándalo.
- Esperá, loco de mierda.
Julián se quedó mirando a unos tipos acercados a un difunto, que siguieron
fingiendo preguntarse ¿de dónde vengo, para qué todo? Porque la pretensión
de entender la muerte es una gilada temeraria, pensaba Julián. ¿Qué tiene de
comprensible que los ojos se conviertan en tierra? Y este momento, cuando la
muerte no se adueñó aún de toda la escena, se percibe algún resto de vida
dando vueltas por el ámbito. Energía cósmica, como si fuera verdad que la
muerte definitiva, el no va más indiscutible recién ingresa al velorio en la
medianoche y ahí se acaba la onda mental, la fuga del alma y el derecho a
reclamar en ventanilla.
No debe ser lindo estar encajonado sin participar de la conversación y
murmurar que el muerto era una persona incomparable. Decir eso de entrada es
obligatorio, y al final denunciar hasta la mínima cabronada del tipo.
- Era un hijo de puta y si muere tanta gente buena, éste se lo merece.
Este finado es joven y la esposa ya habrá depositado las lágrimas oficiales,
se dijo Julián, y si últimamente el hombre curtía su amor con otra mujer, la
misma llegará de madrugada con un amigo, se acercará al cajón y antes que la
sospecha agite la tribuna, saldrá besando el crucifijo como todos, para
joder.
- Adelante señor, Santelli lo espera.
- Ahora me decís señor, basura.
- Al salir te estrangulo.
-¿Qué hacés Julián? -Santelli sonrió y Julián lo dejó de mano extendida.
- Vengo a verte por algo serio.
- Hablemos pero acompañame un trago –volvió a sonreír Santelli y levantó dos
copas. ¿Hielo, Julián?
- Dos piedras. Y no me distraigas que lo mío es importante.
- No amenaces, Julián; te escucho y tomamos algo.
El despacho de Santelli muestra el ascenso de alguien uno que ganó guita de
cualquier modo, suponía Julián. Paredes enmaderadas, un par de cuadros
enmarcados y un jarrón refulgente sobre una mesita baja. Sin marinas ni
naturaleza muerta, qué delicadeza...
- Un siglo que no te veía. ¿Dónde anduviste, Julián?
- Viajes de placer. Hotel cinco estrellas, diez semanas sin llover, sol toda
la noche. Una maravilla, no tenés idea.
-¿Y por dónde queda eso, tan lindo?
- En las Galápagos, por la calle pasean unos monos grandotes y jirafas
gordas que parecen elefantes. Y las minas son de no creer, Santelli;
hermosas, las hijas del monarca ni me dejaron dormir la siesta. Me bañaban,
desayuno en la cama, champán en unos cocos peludos que ni te cuento...
- Entonces la pasaste fenómeno, Julián.
- Y no te digo cómo la pasarías vos. Hay unos negros gigantes que calzan
cuarenta y seis. No sabés; tienen locura por los tipos con anteojos y cara
de boludo. Si visitás eso no volvés más Santelli, contraerías enlace con el
hechicero.
-¿Viniste a joderme, Julián? - Santelli se acomodó los lentes.
- Te dije, tengo un Proyecto serio y a vos no te remuerde andar encajonando
gente mientras el mundo sigue andando. ¿Qué puedo esperar?
- Gracias a esto tu hermana vive como una reina, Julián, y en veinte años de
lechuza mortuoria afeité y vestí a miles que zarparon al otro mundo. Los
mostré mejor que en vida, los dignifiqué.
- Sí, Evita dignifica... Santelli, a vos la muerte ajena te importa un
carajo y te cojías a mi hermana en el zaguán.
- Esa casa no tenía zaguán y tu hermana es mi mujer hace quince años, loco
de mierda. Decime Julián, ¿cómo saliste de Vietnam? –achicó la voz Santelli.
- Estoy en un Proyecto hermoso y vos me jodés porque aquí, en Africa o en
París, los enterradores son iguales.
- En mi trabajo la muerte se entiende seriamente. Los demás ven una
tragedia, la juventud entiende la muerte como algo vergonzoso, los viejos no
hablan. La paranoia mortuoria no acepta que morirse es tan natural como
nacer...
- Está bien, piraña del servicio fúnebre. Sos un ángel, Santelli, mi hermana
no debería meterte los cuernos ni yo cobrarte el impuesto al Proyecto.
-¡Guita¡ ¿Cuánto querés? –Santelli respiró hondo.
- Nada de guita, es algo más. Vos conocés a rufianes que andan de pólvora y
calibre, esos malandras de uniforme y apriete, y yo necesito armas. Fusiles,
helicópteros, gomeras, lo que sea.
- Ah, eso es fácil, mañana te mando un submarino nuclear. Ruso, muy barato.
Julián, ¿por qué no tomamos otro whisky y dejás de complicarme la vida? El
negocio anda mal, los médicos nos roban la clientela y venís a mangarme
aviones para la revolución. Andá a cagar.
-¿Qué revolución, imbécil? Esto no es andar a los tiros; es un Proyecto que
dejará culo pal! norte al poder absoluto. Transformación ética del planeta,
viejito; haz bien sin mirar a quien que las mujeres y los niños primero. ¿No
entendés, turro? Se acabó la corporacion maléfica.
-¿No me digas? ¿Y ya anunciaron por Internet? Vos debería buscar ahí al Ser
Nacional... Julián, tomá otro whisky y dejá de romperme las bolas, por
favor.
- Santelli, Internet es hechicería en videoclips y nuestro Proyecto es
inteligencia con alcurnia y ascendencia. Colaborás o elegí ya tu propio
servicio, Santellí. Con una innovación moderna: disponga su pompa fúnebre.
- Calmate Julián y te sirvo otra.
- Basta de alcohol siniestro y me voy, pero si la próxima vez no regreso en
u barco, chau Santelli. Saludos a mi hermana y conseguime documentos, no te
olvides –y ahí Julián le acomodó los anteojos.
- Tu certificado de defunción sería un documento fenómeno.
- Portate bien Santelli, y tendrás tu negro de Galápagos, soltero.
Julián se fue saludando al portero y Santelli creyó un tanto prematuro
llamar a Müller al Instituto.
- Chau, lechuzón.
- Morite, leproso – fingió seriedad el portero al despedirlo.
Resumen oficial sobre lo actuado
Esa noche Julián explicó la tarea que le encomendaran y como nadie apreció
su misión en el Proyecto, dio cuenta de la hora exacta de subirse al
colectivo y el acoso de una vieja cincuentona al invitarlo ir a un hotelito,
que lo hizo bajar del ómnibus antes de llegar. Luego relató su lucha contra
el pretoriano de la mortuoria, un patovica de dos metros, y como ya no
convencía a nadie, Julián prometió.
- Las armas imprescindibles al Proyecto estarán aquí muy pronto, camaradas
compañeros o correligionarios, que es igual.
El general Rodríguez se dormía y Julián igual le detalló las armas a recibir
de un traficante internacional.
- Decime cómo se llama el tipo, que si vendió en Croacia o Ecuador yo lo
conozco - le habló Blanes y Julián resolvió como diciendo conmigo no te
hagas el misterioso, Blanes, que vas muerto. Ariel atronó el pueblo quiere
saber de qué se trata y Julián recuperó pista con otra promesa.
- El hombre quería mandarme un par de motorizados, pero no hay cocheras y un
tanque Sherman aquí sería llamativo.
Nadie lo contradijo y el ingeniero Castiglión quiso explicar la diferencia
entre Proyecto y Plan, ya que hacía dos meses no desarrollaba su Teoría de
la Ventana, que no es esa cosa cuadrangular que mira la gente y según
Castiglión una ventana está vinculada con la filosofía y el psicoanálisis, o
algo así, y acariciando su pelada sugería que si nadie sabe con propiedad de
Ventanas, Planes ni Proyectos, él repetiría que un Proyecto es algo en
perspectiva, la representación de una obra que se piensa realizar, y las
palabras cambian al ser dichas en otro tiempo ya que un Proyecto es
acompañado de bocetos, maquetas, apuntes y croquis, mientras un Plan detalla
las medidas que se toman para ejecutar un Proyecto. Y agregó que saber eso
no requería ser ingeniero y bastaba con no ser pelotudo. Julián se la
masticó porque Castiglión puede explicar la diferencia entre oír y escuchar;
táctica y estrategia; pueblo y popular; amar y querer; sociedad y comunidad,
retorno y vuelta; y sigue explicando hasta la diferencia de ortega y gasset.
Pero Castiglión abriría su discurso de la ventana al otro día y entonces
nombraron la comisión que informaría al Director del Instituto, señor
Müller. Sin escribir gordo Müller porque un documento histórico no acepta
pendejadas, chabón, marido, trava, quépasamen, boludo, fiera, potra, loco,
yerba, falopa, birra, y todo eso, bolú. Aunque el lenguaje se achique al
borrarle lunfardo, milonga, turro, boliche, laburo, chorro, - vocablo que
entre nosotros sería siempre plural, chorros- y mina, curtir, polvo, reputo,
verso, gardel adjetivo y más vocablos a gusto del consumidor.
- Porque los muy universales no son de ninguna parte- se sintió dichoso
Ariel de pronunciar eso y el ingeniero Castiglión lo cruzó enseguida.
- Esa idea sería mejor sin xenofobia...
Y ahí dejé de escribir porque el griterío llegó al andén ferroviario.
Las minas se reviraron y ¿sabés qué quilombo?
- ¿Ustedes saben que antes de "Caribe" yo hice puerta en otro boliche cerca
de la estación? El dueño era un abogado que ni sabía dónde quedaba la noche
y bautizó el lugar con un trabalengua; y para evitar la transa casera de
lavacopas contrató a un marica. Miren si sería tarado; y las minas como
siempre, a media luz son macanudas pero si se juntan cinco te arruinan el
negocio y la existencia. Y si me atienden y el pibe anota les cuento que una
noche, antes de abrir, las empleadas tomaron el control del "Witch's Nigth";
vean qué nombre fantasía había elegido el pelotudo ese...
- Esta ocupación en noche de sábado, es en defensa de nuestra fuente de
trabajo, amenazada por un serio peligro de extinción - aseguró la Pelirroja
mientras la Petisa Tetona apretaba al trompa contra la barra y el flaquito
que atendía el mostrador siguió servilleteando las copas, indiferente y
haciéndose el boludo.
-¿Se volvieron locas? –ni lo dejaron preguntar al dueño, porque Karina la
Dulce le apretó la entrepierna con femenina precisión.
- Gordo cabrón, decís media palabra y te corto las bolas.
- Las fuerzas laborales expropiaremos esta empresa para terminar con la
explotación del hombre por el hombre -siguió la Pelirroja un poco insegura
en la frase final. El flaquito de la barra le daba letra y miraba un vaso a
contraluz.
-¿Qué quieren chicas? - gimió el hombre y las mujeres impusieron: No vestir
uniforme obligatorio de blusa transparente y medias negras, autorizando
zapatillas deportivas y vaqueros de competir en el mercado adolescente no
registrado en el gremio.
No aguantar el baboseo de guardaespaldas o funcionario público; igual
calaña.
Ser diferenciadas de cualquier competidora desleal, putas finas, que
empiojan la profesión con política y farándula.
Disponer de tiempo ilimitado con cada cliente que mire a los ojos y por la
segunda copa se sienta poeta.
Participación en las ganancias de la empresa, que se apropia el sudor de
nuestra frente.
El sitio de los sudores quedó confuso y las chicas no incluyeron más
reivindicaciones, - qué palabra difícil- y firmaron el acuerdo con el
propietario del "Witch's". Y con sonrisa encantadora recién le aflojaron la
sevillana que delicadamente sostenía La Rubia de Pelo Largo.
- Chicas, ¿cómo le explico a mi mujer esto del feminismo y la liberación? -
- Es fácil, chabón, ella lo va a entender.
Tadeo Varela y el ingeniero Castiglión lo ayudaron a Presunto Rodríguez en
su relato trabajoso pero divertido, mi general, y al fin aprobaron copia
textual. Y a propósito, me acordé del emotivo encuentro de Tadeo que supe
por gente de otro barrio, pero viendo al estrafalario que chupa ginebra con
Cacho en el rincón, menos averigua Dios y perdona.
Los tres se encontraron a unas cuadras de la cancha porque si Atlanta jugaba
con Racing no era cosa de atropellarse con la multitud. Tadeo llegó un poco
atrasado, entretenido por un amigo que me regaló una entrada, dijo, y
enseguida se fueron caminando por Dorrego.
-Hoy ganamos, Tadeo - dijo el Bebe palmeándole el hombro.
-Dios te oiga, pero Racing viene primero y trae su hinchada -contestó
Alberto al aparecer un malón de gente saliendo del subterráneo de Corrientes
y flameando una bandera. Tadeo no hablaba.
- ¿Así que ya tenés entrada?
- Sí.
La montonera los alcanzó en la puerta del edificio donde vivía el Bebe, en
la movida del gentío todos se perdieron de vista y recién al cruzar la vía
Alberto preguntó.
- Che Bebe, ¿dónde se metió Tadeo?
- No sé, seguro anda por adelante - y siguieron hasta la esquina de
Humboldt, regresaron por si Tadeo siguiera en la barrera del ferrocarril y
buscaron hasta cuando el Bebe sentenció clausurar la búsqueda y entrar antes
que empezara el partido. Y Alberto aceptó.
- ¡Qué tipo más boludo! ¿Dónde se habrá metido?
En los primeros minutos no sucedió nada interesante, salvo un derechazo del
nueve de Atlanta por encima del travesaño y Tadeo metiendo con delicadeza la
mano bajo la blusa de Nora. Ninguno de los equipos se preocupaba por atacar,
en cambio Nora estiró una mano y dejó el dormitorio a media luz. Esos
momentos iniciales prometían alternativas de interés: Racing desaprovechó un
contragolpe al demorarse y Tadeo se quitó despacio la camisa mientras Nora
cumplía el rito de acariciarle el pecho. En Atlanta, el medio campo era
luchado, pero al abandonar Tadeo sus zapatillas, Nora, descalza, se subió
sobre sus pies y lo trastabilló en la alfombra, riendo como chiquilina que
era. El encuentro siguió sin mayores variantes hasta la media hora del
primer tiempo, cuando Alberto reclamó un foul en el área de Racing y el Bebe
lo secundó puteando al referí que pitaba siempre en contra de Atlanta;
aunque no era reclamando penal que Nora y Tadeo se devoraban y ahí la mujer
levantó las piernas al infinito silenciando un gemido cuando Tadeo se venía
y en la misma jugada ella vulneraba la línea del gol, del alma, de todos los
sentidos... En tanto Racing buscaba hacer valer su mejor condición física,
Nora pegadita al Ruso luego de la primera gran emoción de la tarde, le
murmuraba apenas barquitos en el pecho. Porque los del departamento contiguo
no eran sordos ni ciegos como ese referí hijo de puta que hasta terminar el
primer tiempo cero a cero pitó siempre en contra de Atlanta y ni cobró ese
penal evidente al volcarse los dos sobre la alfombra del área chica.
En el descanso, Alberto y el Bebe estiraron la cabeza pero Tadeo ajeno a lo
que se perdía por estar con sus ojos entornados y echando humo al
cielorraso, el tarado, y como el clima era fresco los jugadores tomaron agua
natural, Alberto y el Bebe manotearon dos vasitos de Pichi Cola y Nora,
contrariando el reglamento, sirvió algo de whisky sin hielo.
Al principio del segundo tiempo no hubo acciones interesantes, salvo dos
hamaques de izquierda a derecha del ocho de Atlanta y ambas manos de Tadeo
recorriendo minucioso el cuerpo de Nora, recostados sobre la cama al cambiar
de arco. Pero cuando Racing abrió el marcador tras un tiro libre que se
desvió en un defensor, en la tarde estalló el griterío y ahí Nora advirtió
la hora aunque el juego siguiera tan emocionante como en la primera etapa. Y
faltando cinco minutos Alberto y el Beto no hallaban consuelo, Tadeo y Nora
se besaron en una arremetida final antes de abrir sigilosos la puerta del
departamento, por donde se filtró un mediocampista de Atlanta para anotar el
justiciero uno a uno...
En los minutos de descuento Tadeo se apuró en llegar a la cancha, pudo
averiguar cómo fueron los goles y alcanzó a ver un par de jugadas cansinas
bajo un sol en retirada. Todo dicho, menos que al reencontrarse en la vereda
Alberto le preguntó.
-¿Qué te pareció?
-Que el referí nos robó el partido -soltó Tadeo la consabida frase que el
Bebe no le creyó.
-Callate, traidor, que otra vez te fuiste a la tribuna visitante. Con
hinchas como vos nos vamos al descenso -sentenció el Bebe antes de entrar al
edificio, donde su mujer estaría mirando televisión.
Proyecto en marcha a las cinco en punto
- Buenas tardes. Nos presentamos a las cinco en punto de la tarde, hora en
que muere el torero de García Lorca, para empezar el ciclo de debates sobre
el Proyecto, la vida y cuestiones conexas – saludó el Responsable Cultural
del Proyecto al gordo Müller, que preguntó quién tomaba nota haciéndose el
periodista Dante Panzeri y porqué no estaba ahí su amigo Julián. Alguien, de
solapa levantada, le informó.
No te calentés, ese que anota reuniones sin fines de lucro no jode a nadie,
y Julián cumple su Vanguardia Simbólica pelando una bolsa de papas en la
cocina. No unas papas, una bolsa así.
Entonces decidieron que en adelante nadie informaría nombre, estudios
cursados, último domicilio, ocupación ni esos datos que los uniformados
preguntan sin entender o le exigen a un desocupado antes de rajarlo vaya que
lo llamaremos; concluyó el espía número Cuatro, de nombre reservado. Así el
gordo Müller oiría a los conjurados calculados en veinte y eran catorce o
trece.
- La cifra es lo de menos, cuántos granaderos se congelaron en la cordillera
no modifica nada; y si esta asamblea será secreta abramos una ventana que
falta oxígeno y también el aire – exhaló un espía y debatieron veinte
minutos sobre la poca ventilación que hay en las reuniones secretas.
- En todo evento clandestino esos detalles valen igual que controlar la
entrada de la caverna. En la jabonería de Vieytes que nadie supo donde
funcionaba - siguió el de los granaderos- el 13 de mayo de 1810 con cero
grado y sin estufa, un ñoqui alcahuete del Virrey Cisneros arremetió joder
coño, que nos asfixiamos y al abrir la ventana los realistas oyeron la
conspiración patriota desde la vereda, como un radioteatro.
- Tras esa viñeta de Mayo, Müller juró no conocer a los catorce o trece y
recién habilitó la asamblea.
- Que sea debate con pedido de informe - alguien expuso diez minutos poner
en autos del asunto y otro fundamentó media hora sin parar.
- Ustedes dirán qué buscan - abrió Müller y ahí lo guapeó un pesado
sindical.
- Vea macho, vinimos a darle una apretada - y cuando gritaron los catorce
prevaleció uno de anteojos oscuros.
- Si el señor Director pregunta qué buscamos es un tarado, porque sabemos
qué buscamos.
Müller no registró y el lentenegro se quejó porque la globalización en China
multiplica su riqueza milenaria sin tirarle un hueso a los compañeros que
visitan Beijing, y sin saber hacia dónde cayó el Muro de Berlín no sabremos
venderle a los chinos y lo zurdos nos dejarán afuera.
- Entonces, ¿qué podemos venderle a los chinos?
- Si debemos comer salteado que los turros economistas no devuelvan el
diploma - un chabón me gritó en la oreja.
. ¿Debemos saber las cosas o las cosas no deben saberse? - le tapó el
discurso un flaco que yo conozco.
- No perdamos de vista nuestros objetivos ante los agentes de la antipatria
- y un petiso enfundado en una media verde confesó que su nombre mexicano
era Marcos y no lo diría pero igual se bancaba ventilar verdades de los
siglos seculares, un montón, pero si me apuran cuáles son esas verdades no
sé y pido un minuto para emprolijar mi tesis así las futuras voces no se
quejan’. Cortala campeón; uno de espaldas evitó la cámara oculta de los
Servicios Secretos del Instituto, el gordo Müller prendió otro cigarrillo y
repitió bueno, ustedes dirán y los catorce o trece chillaron hablás como si
nada, gordo de mierda, y un egresado de Puerto Madero promovió promover a
corto plazo la concientización de la necesidad empresaria en Planificaciones
Funcionales Paralelas o Combinaciones Globales Estratégicas descreídas por
los defensores del Estado Protector. Un morocho elogió la jabalina lenta en
Borneo Oriental durante la guerra napoleónica que no influyó mucho pero
dolía su decadencia en los últimos siglos, digamos veinte.
Pero señores, - entró un pelado que yo conozco- ¿de qué hablamos? Si somos
espías no escondamos el antifaz cuando al hotel alojamiento entra la mujer
de uno con el hombre de otra, o viceversa, y somos todos responsables en la
cadena del cogesterío veloz. Taxistas, porteros, fabricantes de condones y
espejos en el techo, reguladores de bidet y demás actividades al servicio
del pueblo, son la verdadera tragedia humana porque un turno sólo no
pacifica al caldeado espíritu de romance vespertino. Si te fracturás en la
bañera, ¿qué seguro cubre tu desbole? Ellos allá y nosotros acá, señores, si
el reloj de arena de la historia hace al lecho matrimonial más aburrido que
mirar un pozo, asumamos en serio la crisis de los valores...
Esa voz parecía de alguien conocido pero no debo decirlo.
- Pongamos fin a los hechos denunciados. No envidiar la suerte ajena. Sangre
sudor y lágrimas. Volvamos por la revancha. Ladran Sancho señal que
cabalgamos y Cuidemos la flauta que la serenata es larga -redondeó el
Anteojito Frase sin oír pará boludo y ligar un sillazo inprevisto.
A las ocho de la noche el gordo Müller prendió otro cigarrillo y Remigio se
bajó la bufanda y subió a la bicicleta.
- Me voy porque Julián está sólo en la cocina y luego se quejan si comemos
tarde.
- Traidor, le gritaron; no tenés fibra conspiradora; a cara limpia no hay
Proyecto. Andate a la mierda dijo Remigio y partió, pero el encapuchado
arreció con las cartas echadas es injusto indefinir definiciones justas y
propuso socorrer a los enfermos on line con fiebre cibernética.
- Menos desfiles de modelos y torneos de Golf, despertemos al gigante
dormido y ataquemos los molinos quijotescos con tigres de papel; que es
lindo.
No te cuento nada más. Escribí tres horas al mango y al final hubo una
arremetida vigorosa de Julián.
- ¿No te parece un congreso borgiano, gordo?.
- Chau. Voy a pensarlo – dijo Müller y apagó la luz. El resto siguió
enunciando el Proyecto pero yo largué por falta de fibra revolucionaria, me
dijo el Anteojito...
Hablaron de todo y de mujeres casi nada
- Sí señor, hay mujeres muy hermosas en el mundo.
- Ya te dije, Cacho, divisé una minas bárbaras y muy dispuestas; y no parece
que pasen hambre.
- Maestro Dios, en algunos sitios la crisis alimentaria no existe. Hay una
proporción de la población del planeta tierra que le sobra nutrición, pero
es inadecuada por exceso de colesterol LDL, que es el colesterol ladino, del
malo, muchos carbohidratos y ácido úrico en la dieta. Hay obesidad y
torturas sociales por el aumento de peso.
-/Ojo con llamarme Dios, Cacho, que te digo San Pedro/ Apenas me distraje un
rato armaron una confusión infernal y de sopetón vos me recitás un reclame
publicitario. Tomátelas.
- Vamos magistral, hizo más que distraerse; sopetón y reclame publicitario
son de la época de Noé.
-¡Ni me hables de Noé, que se chupó hasta el corcho! ¿Entonces, unos pocos
viven atiborrados de comida y la muchedumbre miserable, nada?
- Prosigo maestro. Sabemos que novecientos millones pasan hambre y hasta el
año dos mil quince morirán ciento cuarenta millones de pibitos menores de
cinco. Negros, blancos y otros colores; somos ligeros en computar datos.
- Que hay muchos ligeros ya me avivé. ¿Y por qué esa porquería de correr la
coneja, Cacho?
- Es un dilema social, señor. Los pobres son muy tozudos; desprecian el
sacrificio y al no ajustar sus asimetrías de intercambio a la realidad
monetaria provocan efectos no queridos. Muchos eligen la pobreza sin
adecuarse al mundo moderno; son addeptos de Satanás que contra la
tecnología.
- Cacho, ¿son miserables y podrían tener de todo? Convencelos.
- No puedo, esa desigualdad requiere más tiempo que una misa. El misterio de
la esencia humana, ¿vio?
-¿La diferencia de hambre viene de la esencia humana? ¿Estás seguro?
- Por favor gran jefe, no me obligue...
- Basta de verso y decime si ahora la tierra no tiene más raíces.
- De sobra, tiene más raíces que nunca. Pero, ¿usted les cree a quienes
predican esa basura ideológica? No respetar a los dueños de la tierra es
contra el mandato divino.
-¿Mandato mío, Cacho?
- Perdone, la vocación de servir excede mi alegato. ¿Qué me decía, señor?
- Que te vayas a la mierda. ¿Quiénes son los dueños de la tierra?
-/Cómo quiénes/ Los dueños con título de propiedad. ¿Usted no lo sabe?
- Los gusanos de la muerte no comen títulos de propiedad, Cacho.
- Lo entiendo maestro, la insobornable muerte y sus misterios, pero sería un
pecado obligar al propietario que trabaje para otros. Si ellos no hay
modernidad. Usted me entiende, señor, de lento tiene muy poco.
- Y por eso no entiendo algo, ¿esos propietarios, se organizan en grupo?
- Se llama cohesión, señor; la unión hace la fuerza.
- Mientras, los miserables cada uno por su lado. ¿Entonces?
- Según el caso, esa duda nos carcome, maestro.
- No lo creo, ustedes están con los ganadores, Pedro.
- Es lo que dicen algunos, señor. Por eso lo llamamos.
- ¿Por eso o por los muertos de hambre, turro?
Hay cosas que sí, pero algunas no tanto
De no haber entrado nunca al bar de Rosell yo no tendría este filo del
escribir supersónico. Es que Dios los cría y ellos disponen, me enseñó esa
joda el ingeniero Castiglión que cuando no tiene compadre se pasa la tarde
mirando la vereda, el pliegue de cada baldosa y sin aflojar anotaciones en
su libretita verde, que una vez le viché unos renglones y no le gustó. Y
menos a la mujer de Rosell que una vez, lagrimeando de bronca, creo que
hablaba de él. Le gustan todas, lo enloquece cualquier atorranta.
- Es que el tema del deseo las minas no lo saben – me agrandé.
- ¿Y los hombres lo saben, boludito? - me reputió Silvina.
Tadeo se mira bien con Silvina porque es un pintón, menor de cuarenta,
profesor de algo pero que enseña matemáticas en su casa, y de él siempre se
dicen cosas. Aunque no termina de meterse en el Proyecto participó en alguna
reunión y el asunto lo divierte bastante. También; el otro día Tadeo pasó
saludando y chau; se comenta mucho que la hija de no sé quién es muy pendeja
y con Tadeo a otra cosa mariposa. Dos que participan de verdad son Ariel, el
chofer de la 78, y el general Presunto Rodríguez. Esos eran de la madrugada
y al principio yo los veía al levantarme y ellos por ahí, arreglando el
mundo o esperando a la Emilce, una petisa que después te digo y laburaba
copas en el Caribe, donde la llamaban Yeni y a media luz, decían, parecía
más alta. Yo soñaba con sus tetas, los mayores decían muy buenas gomas y
para don Rosell, veinte años más que Silvina, la Emilce tenía unos limones
bárbaros.
- ¿Notás la diferencia? Lenguaje generacional, pibe -me apuntó Vladimir.
De madrugada Emilce volvía del cabaret para irse con Ariel, juntos, y a
veces el general Rodríguez los acompañaba a la puerta mientras Rosell
repetía que el colectivero sufría mucho por esa mujer.
- Ariel no es resentido sólo por manejar un colectivo; Emilce lo ayuda. Las
hembras de la noche no son mujeres blandas, que se adaptan.
Y si Silvina andaba por ahí siempre el ingeniero Castiglión metía un
bocadillo para mostrarse; algo de callarme si no quiero sentirme un botón.
- El nombre de quien comparte tu cobija es sagrado – me recomendaron varias
veces pero me cuesta no abrir la boca, quizá porque no recuerde las cosas,
igual que antes...
Una vez Silvina y Castiglión le propusieron a Emilce, la Yeni, que entrara a
la piecita a mostrame sus tetas de ensueño. Así lo hacés debutar al pibe
dijo el ingeniero, y yo ni atiné a decir que yo hacía rato, que se creían,
pero Emilce me miró de arriba abajo, muy profesonal dijo dejámeló y yo seguí
lavando las copas. Pero una noche ella llegó antes que Ariel y Silvina la
encerró conmigo que estaba medio dormido y se quitó la ropa despacito: la
blusa colorada, la pollerita de cuerina brillante y de medias negras al lado
de la cama me habló haceme lugar nene y entró bajo la sábana. Bueno, aquí me
viene la nebulosa y aunque yo sea circunciso hay momentos que no deben
hablarse, se llevan; la Emilce conmigo, encima abajo y al costado, es el
momento de mi vida y después, al barrer el negocio me sentí otro tipo,
volando. Y como ahora escribo palabras mías, si no me entienden es mejor...
La mujer del patrón tendría su promesa con el pelado Castiglión y esas
historias del mundo; pero las minas son inentendibles, - Vladimiro afirma
que no traen manual de instrucciones- y te digo que la Emilce tranquilamente
se metía en mi cama. Le diría a Ariel que iba al baño y seguía derechito al
fondo, haceme lugar nene me despertaba sin quitarse del todo la ropa,
disfrutando el riesgo de coger a medio vestir. Conmigo, que no llegaba a los
veinte y ella tenía más de treinta. La creía una mujer grande que se
emocionaría al susurrar "¿nene, vos no serás loco como esos, no?" Mirá vos
como es la vida...
¿Quién defiende a las pibas del amanecer?
Alguien comentó la resistencia de las pibas que cruzan la plaza a las cinco
de la mañana, yendo, no viniendo, y con un frío que ni te cuento. Y qué
cerca están las malas letras de los tangos de esa muchacha que al duro
amanecer, - hora atonal, cinco de la mañana- despereza la calle y algún auto
le guiña un requiebro, chofer con toda la cara de baboso.
Muchacha madrugante del alba: un merodeo de absurdo melodrama la quiere
convocar, envolverla en esa realidad de costurerita dando malos pasos, que
según Evaristo Carriego sin necesidad. Como si a una laburanta no le fuera
esa blusa estupenda y las sandalias qué hermosas, dos tirillas doradas tan
bien le quedarían... Pero los modistos no son giles al bardo y eligen a su
clientela; porque obrera de fábrica, primeriza del día, es decir muy
ausente, no entender bien las cosas, ignorar por lejanas cuestiones
importantes: saraos, vernisages, alta costura, veraneos en el mar, galanes
rubios. Resplandor de encandilarlo todo.
Mala letra de tango le manosea las nalgas y el alba despiadada es un metal
helado golpeando pantorrillas, un gesto sin sonrisa que le cruza la cara. Y
sus ojos tan dulces se endurecen de pena mirando una vidriera, entregadora
celestina.
- Vladimir ¿de nuevo te asaltó la tanguedia nostalgiosa?
- Está dentro del juego. Los malversadores de la verdad trocan el envase y
la muchachita fabriquera es la misma de siempre. Ingeniero, todo está igual
nada cambiado, - se parodió Vladi un tanguito.
- Yo prefiero el envase actual. ¿Viste esa criatura, Vladi?
- Ultimo modelo, a estrenar...
- Dios te oiga – y recordó Castiglión a una chiquilina similar a esa que
ahora cruzaba la avenida, cuando diciembre propiciaba festejos y por el ’75,
- del año no dudaría- él la miró de frente y resultó un guiño ese entornar
los ojos.
- ¿Viste que te miré en francés? - habló la mocosa al subir al auto embutida
en un hot pant de moda, y ahora a Castiglión le acudía una sonrisa por su
machismo desmañado al haber ganado por decisión del contrario.
- Vamos adonde quieras - él había escuchado esa propuesta indesechable y
hasta el hotelito de Témperley no debió manejar mucho. Dos pisos encimados
de habitaciones con ventanas al patio de estacionamiento, sin lujo ni
farolitos; y con esa adolescente categórica la sesión anduvo discreta y sin
acrobacia rebuscada. Un poco de ternura, la imprescindible caricia en alguna
colina de la hembra joven y luego, un cigarrillo cara el techo ya separados
del único cuerpo que construye el apareo.
- Al fin no me dijiste si sos casado - y por ahí un barullo inusual avisó
que la división ambiental de las amuebladas no cambiaba, pero afuera crecían
voces de prepotencia.
- ¿Estás casado o no? – ella segúia averiguando. Retumbaron dos disparos y
un grito apagado, traspiés y tironeos al bajar la escalera, y caminá zurdito
se oyó pronunciada en un eco. La chica seguía al verte yo me dije, con ese
tipo yo me encamo y aún a Castiglión se le ocurre una respuesta que tal vez
dijera.
- ¿Sos adivina, nena? Ahora están de moda los brujos - y quizá quiso volver
sobre aquella boca blanda y piel flamante, pero empujones y cuerpos
derribados conmovían el ámbito.
- ¿Qué pasa? – seguía la muchacha y él suponiendo tironeos y dientes
apretados miró tras la ventana entornada. Abajo maniobraba un auto verde y
el chofer - un gordo de camisa colorinche y careta de goma- ayudó a tironear
de los pelos a un flaquito apenas vestido y voltearlo en el piso trasero.
Sin salir de la cama y desamparada de ropa, la chica encendió otro
cigarrillo, vení mi amor, contame pero ya los tipos cargaban a una mujer de
pelo oscuro envuelta en una sábana y una pierna dorada colgó un segundo
antes de cerrarse el baúl. La luna de diciembre les relumbró de última vez y
el auto salió sin mucho apuro. Y ahora Castiglión recordaba haber traspuesto
el silencio deslucido de tipo grande y asustado diciendo vestite, y
conversando con Vladi de aquella chiquilina desnuda en medio de la
habitación, le acude una tristeza trivial, indefinible; intento de quitarse
la bruma del olvido.
-
-¿Qué te recuerda esa pendeja, Castiglión?
- Tovarich Vladimir, un fin de año arruinado por máscaras de la época.
- Me acuerdo, no invitados que hicieron de guapo su fiesta propia.
Un adolescente visita a su abuelo
Don Baldo el viejo de la lupa cada mes recibía dos visitas familiares: la de
su hijo, a quien jamás veía, y la de un nieto cara de nada, según informara
el gordo Müller cuidando su lenguaje. El hijo llegaba al Instituto con un
par de bolsas de lavadero, dejaba la ropa limpia, embolsaba la sucia con la
punta de los dedos y sin falta agregaba veinte dólares en efectivo al cheque
de la mensualidad. Casi sin mirar, Müller guardaba el cheque en su bolsillo
y los veinte dólares en un cajón del escritorio y veía irse al hombre que
terminaba la ceremonia. El tipo tipo era socio de un laboratorio químico que
estacionaba su auto alemán en la subida de asfalto negro bien cerca de la
oficina, repetía la rutina mensual con el dueño del Instituto y salía con la
premura de su estilo. Müller supo comentarle a Castiglión que por aquel
fulano sentía un asco especial pero claro, pagador puntual y sin discutir
los precios, al menos se ocupaba de mantener a su viejo en buen estado de
presentación y cada tanto le donaba alguna muestra gratis que a Müller le
sirvieran. En cambio, la visita del nieto se prolongaba más y alguna tarde
alcanzó treita minutos. El muchacho un día caía a cualquier hora y en la
galería aguardaba a don Balbo, su abuelo, el viejo que leía el diario con
una lupa, que se sentaba de frente mirando a la arboleda. Acaso, un par de
minutos, el viejo se ambientaba con el festival pajarero de afuera:
calandrias ahuyentando gorriones luego perseguidas por los zorzales
patoteros y dueños al fin del ámbito. Recién ahí el viejo principiaba a
mirar o sublimar la indiferencia forzada a las preguntas cómo vá eso del
estudio?, o más compinche, si le preguntaba haber visto algo de fútbol
últimamente. El mucahcho actuaba su pose de volado por abtrusos territorios
del pensamiento; una manera de ser, diría cualquiera, hasta que entraba a
calcular cuánto restaba de la inusual cita y la intrusión del gordo Müller
en la galería. Vamos don Balbo, es hora de recostarse un rato, y recién al
verlo irse cansinamente le largaría al viejo sus escuetos discursos: sí
abuelo. De eso me acuerdo, abuelo. Cuídese abuelo, para concluir la tarea
acercándose a Müller que le entregaría, por cuenta de su padre, los veinte
dólares.
La memoria de Blanes es abigarrada y polifuncional
Una vez Blanes me demostró como recordaba y casi muero de la emoción. Se
acordaba raro; él nombraba a un heladero de pibe y yo lo oía llevando un
carrito cubierto con un toldo de colores que en mi vida conocí, te lo
aseguro; y saboreaba el helado sanguchito de crema y chocolate. Eso nada
más, crema y chocolate, y sí recordaba a otro de heladerita al hombro
anunciando vender frutilla, que de frutilla ni medio. Y Blanes también
conoce eso por boca de ganso - si acusa una edad imprecisa y al escucharlo
parece haber cumplido mil- aunque es un campeón de recordaciones que lo
llevaron hasta Norteamérica a operarle el cerebro y le enchufaron una
memoria circular última generación. Sí, un camelo, pero ¿quién se aguanta
con semejante memoria? ¿Sabés que recordó Blanes una vez? La caída de Perón.
Recuerda de modo desparejo, le critican, pero gracias a Dios alguien se
ocupa de esas antigüedades y si el suceso fue antes o después no cuenta, lo
valioso es si ocurrió. Y te decía, Blanes es un desordenado, es verdad, pero
mira perdido y repite las imágenes de la mañana del 16 de setiembre de 1955:
un muchacho somnoliento salía de su casa en Olivos y un vecino le informaba
¿viste Tito que al Hombre se la quieren dar de nuevo?, y sí le contestó el
muchacho y en la oficina nadie decía una palabra y alguno murmuró que tres
meses antes habían bombardeado la Plaza de Mayo y murieron muchos inocentes,
y de otro escritorio se oyó el Hombre firmó un pagaré a noventa días; una
broma desoída porque la principal preocupación aún era si suspenderían el
fútbol ese fin de semana. Los viernes eran así, y ahí Blanes frenó y se
mostró sombrío – me dijo Müller – y al memorizar la arenga que leyó un
General de los sublevados sufrió un atropello palabrero: Sepan los
compañeros trabajadores que comprometemos nuestro honor de soldados en que
jamás consentiremos que sus derechos sean cercenados; y ahí nomás Blanes
apuraba la lengua espíritu de solidaridad cristiana, porque el orden y la
honradez administrativa, bla bla bla no sé cuánto; y se cerraba la proclama
radial con la espada que hemos desenvainado para defender la enseña patria
no se guardará sin honor. Y por ahí Blanes descansó y volvió a Tito, el
muchacho oficinista que en la siguiente noche, sábado 17 de setiembre de
1955, sólo pensaba en pegarse meta y dale con su minita en un paredón por la
Plaza Irlanda. La lluvia estaría al caer en cualquier momento y la piba
llegaba de un edificio muy lindo de por ahí, con un abrigo largo y desnudita
abajo. Porque la función comienza cuando usted llega, guachita que sabía de
Bing Crosby y le nombraba boleros al chabón de barrio que viajaba de Olivos
cada fin de semana para trincar en lo oscuro contra el paredón del colegio
religioso, y esa noche Buenos Aires era una oscura desolación y un locutor
entusiasta de Perón repetía estamos barriendo Córdoba como si barrieran de
verdad. Cuánta pavada. La lluvia entraba y salía de la ciudad solitaria y el
oficinista viajó de Olivos a Plaza Irlanda a la función empieza cuando usted
llega de izarle la ropa a su noviecita, y dos tipos con impermeable y bigote
afilado lo vieron llegar y lo apretaron feo, si ni cortaplumas tenía el Tito
que tan asustado no supo decir qué hacía por ese barrio y lo bajaron de un
escopetazo. Los tipos se persignaron y salieron del parque tranquilos,
caminando por Gaona y llegando a la puerta del Policlínico Bancario uno de
ellos encendió un cigarrillo; los de impermeable verde vendrían confundidos
por tanto comunicado o calientes porque algo se les torcía y en cumplimiento
del deber bajaron a un pendejo nunca visto. Y si alguien averiguaba, andá a
saber, que al otro día por Olivos brotaron las imaginaciones y el Tito tenía
los bolsillos llenos de balas y bombas hechas en la casa, miren al mosquita
muerta.
Luego Blanes memora la Semana Trágica del año veinte y aparecen los cosacos
de la montada rompiendo a sablazo limpio una reunión en una cristalería de
Avellaneda, meta filo y contrafilo, pero a una cuadra del remolino una
quinceañera de medias oscuras y un vestido gris como uniforme de asilo
aprendía una mazurka en el piano y nerviosa daba unos chilliditos, y ahí
Blanes tararea la canción y describe el gesto y las pataditas de la chica al
equivocarse ‘da capo al segno’ de la partitura. Turro, simulás un trance de
espiritistas que bailan mejilla a mejilla con los fantasmas en pena, lo
acusa Julián cuando Blanes detalla tanto. Los recordadores deben luchar
contra olvidadizos crónicos o chistosos baratos que piden anticipado el
número de la quiniela y él se hace el burro, memoria menor dice y mira con
bronca. Yo escuché mucho Blanes es mentira y en el dos mil importa un carajo
la muerte de Perón o la Semana Trágica, o la memoria se la anticipa un
periodista con el diario del mes que viene. Pero que Blanes recuerda,
recuerda. Mirá, un pedazo grande así recuerda, yo te lo digo...
Demócrito, Leucipo y Hegel eran unos piolas bárbaros
- Creo que la memoria de Blanes ya estaría prevista en la doctrina atomista
de la filosofía presocrática – jodió Castiglión como si debiera atenuar el
rigor de esa noche áspera por ese barrio de la estación ferroviaria,
supermercados, escaparates y putas al paso yendo y viniendo. Gentío
reventado y sin anclaje que se intuía desde el bar.
- Sí señor, tiene razón el ingeniero –incitó Tadeo Varela apuntando que los
atomistas fueron anteriores a los moleculares, otra especie de la misma
familia pero más alimentada. Y por eso el pibe del mostrador adora a Blanes,
porque su memoria anticipada no es ninguna patraña – cerró el Tadeo y cruzó
Vladi el matricero, quien no sólo soportaba aprietes de minas lejanas, sino
también al ingeniero Castiglión citando a Leucipo, Demócrito y otros
presocráticos que Tadeo no vería en el gimnasio. Así que Castiglión tuvo
pista para explicar, sencillamente.
- Porque Leucipo, Demócrito y otro flaco que ahora no me acuerdo tenían un
pensamiento muy simple. Las teorías del ser y el no ser son anteriores a
Sócrates, autor tan leído por 1990, avisó don Rosell que ignora el nombre
del lavacopas pero con Sócrates, como los chanchos. Y Castiglión repitió.
- El asunto era sencillo para los presocráticos si sabían que el vacío y el
lleno eran elementos primordiales.
- Con razón, está clarísimo - suscribieron todos- si el vacío es el no –ser
y el lleno es el ser, la verdad es obvia. Un penal grande como una casa –
distrajo una frase el Anteojito Gómez.
- Y si con esas huevadas los antiguos querían ser filósofos hicieron bien en
morirse; no tenían derecho a entretener al pueblo con que el ser, lo lleno y
sólido, valía tanto como el no - ser que viene todo vacío. Vamos manga de
atorrantes, ¿qué clase de filosofía es esa, para televisión?. Cualquiera
sabe que lleno es si está lleno y vacío es lo contrario, pero el progreso
humano consiste en que algún chabón más rápido que el resto lo anuncie, como
hicieron Leucipo y Demócrito que fueron casa por casa gritando que los
llenos y los vacíos eran la causa material de todas las cosas, y así
cualquiera puede cubrirse de gloria.
Ese descubrimiento de los presocráticos lo sabía hasta mi abuela, que era mi
abuela, imagínense, y dos milenios después se ocupó Hegel con eso del ser y
la nada, que por eso los europeos se metieron en una guerra de la sanputa.
Y creció un murmullo que oyeron en el andén ferroviario: al fin mencionaban
en el boliche de Rosell a un cliente como Hegel, un tipo fenómeno que luego
de dos copas entendía hasta los recuerdos adelantados de Blanes y se mandó
un cuaderno entero hablando del pasado, su niñez en Europa antes que lo
hicieran debutar y demás datos que sabe cualquier gil de la otra cuadra.
Porque las teorías de Hegel son tan barriales que no hace falta la CNN para
explicarla: facilísimo, los casilleros vacíos valen tanto como los llenos y
a medida que se van llenando cambian de esencia, como dijo Kant.
- ¿Vieron que nunca es tarde para aprender? -y ahí don Rosell prometió
pedalear con Remigio y avisarle no perjudicar el Proyecto dudando del
anticipo de Blanes, porque Hegel ya había dicho que eso estaba bien y Hegel
jamás fue un chanta...
Pero en la calle lloviznaba y para ver la noticia de trasnoche descorcharon
otra y nostalgia va te acordás viene, alguien nombró al Profesor, histórico
sabedor de todo lo que un burrero debe saber.
- ¡Qué Internet ni computadora on line¡ ¡El Profe sabía más de lo
imprescindible, era insoportable! Decía Rimini, del stud Dolcevita por
Fellini y Federico, ganó en San Isidro tal día del año tal empleando siete
segundos dos quintos en los últimos cien, y hoy correrá los mil seiscientos
con la monta del Moncho Fergusón. Sí señores, el Profesor seducía las
estadísticas, se encamaba con ellas y al minetearlas perdía su mirada en
lejanías.
- Me acuerdo cuando habló de Yatasto, caballo del pueblo tan querido como
Penny Post, ¡un soberbio animal!, campeón de gran alzada que perdió la
Triple Corona en el año cincuenta por un descuido del jockey Pellegrino que
en el último metro de carrera se acordó que iba al bombo. Y de Empeñosa,
yegüita récord de la milla en 1946 que no frenaba en el disco y seguía en la
carrera siguiente... El hombre sólo sabe lo que recuerda y el Profesor
registraba mancadas, aprontes y jeringas de cualquier caballo que relinchara
en esta pampa desde hoy al Virreynato; y sentado cerca de la puerta, canoso
y de empilche desgastado, se garroneaba su café y leche con medias lunas,
merienda magra, augurando el futuro hípico de Occidente carrera por carrera.
Su pálpito valía un montón así de kilates, y si el Profe marcaba ganador al
número cuatro, chau, uno menos para elegir.
- Infalible el Profesor - acordaron todos y se fueron a dormir antes que la
tele anunciara una ley contra el olvido. O el insomnio.
Señor, a la gente de aquí no le hable de escrituras
- Cambiando de tema, Cacho, para no amargarme del todo, ¿qué tal es la gente
de aquí?
- La de este bar usted lo puede ver. Discuten, deliran, arreglan el mundo, y
a ratos invaden terreno ajeno.
- ¿En qué sentido, Cacho?
- Y señor, en lo conceptual sermonean, predican, algo que no les
corresponde, y critican como si alguien los autorizara para hacerlo. Opinan
del aborto, del sentido filosófico de la ventana, la magia, el milagro y la
eutanasia.
- ¿La qué?
- La eutanasia, señor, una muerte piadosa. Algunos reclaman el derecho a
darle fin a la vida.
- ¿Y quién otorga ese derecho? Para hablar nadie debe pedir permiso.
- Bueno, es un decir, permiso a las autoridades; pero como usted me va a
decir que autoridad viene de autor, de cosa propia, mejor no digo nada. ¿Vio
al viejito que revisa el diario con una lupa? Jugó al truco con la muerte.
- Al truco, qué lindo, entonces es de los míos. ¿Y le ganó?
- Jefe, esa chanza no vale, es de televisión... Bueno, y dicen que con la
lupa el viejo busca a Dios.
- Es difícil, pero andá a saber. Bueno Cacho, esos que se ríen fuerte,
¿también se mueren de hambre?
- No, son supervivientes, gente común de trabajar salteado; practican un
sospechoso sentido de la vida; son diferentes, no tienen hijos.
- Cacho, gente común lo dijiste por decir, ¿no?.
- Tiene razón, master, nos cuestionan porque no tienen audacia para algo más
importante que protestar. No acuerdan con la voluntad divina, señor.
- Algo de eso hay; no tener hijos...
- Lo dicho máster, creced y multiplicaos; viven en pecado.
- Sí, no engendrar es serio, ninguna especie elige eso. Aunque Cacho,
habitan el mundo porque han sido creados. Tampoco seré tan modesto...
- Es muy sutil, señor, pero esta gente no es tan común ni tan buena. No
quieren colaborar, se burlan, se quejan.
- ¿A colaborar con quién, Cacho?
- Con nosotros, gran jefe. Usted ya conoce nuestras necesidades.
- Tranquilizate Cacho, no entiendo eso de colaborar con ustedes y que la
voluntad divina no acepta quejas. No seas mentiroso, San Pedro, además de la
muerte el hombre trae insatisfacción y libertad. Lo hice así.
- Sí, pero estos proyectan reírse de las instituciones, señor.
- Cualquier institución es artificial, no me cargues, gil.
- Son dispuestas por los hombres, teacher; creaciones democráticas.
- Cacho, tu discurso es ensayado. ¿Y quienes protestan porque no comen?
- No es grave que protesten en el bar, pero...
- Adonde sea deben hacerlo. Reírse y discutir son virtudes; nadie está
completo sin curiosidad y el conocimiento viene de la insatisfacción. ¿Me
oís Cacho o no me das pelota?
- Padre, el mundo no será mundo al quejarse y reírse todo el día. La otra
noche hablamos de vinos, de la calidad, de los tipos de uva sin discutir.
- Ahí está, eso me gusta Cacho.
- Y le cuento: don Rosell explicó el vino de solera, que