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EDUARDO
PÉRSICO nació en Banfield, Argentina, y vive en Lanús.
Publicó:
1978. Crónicas del Abandonado. Cuentos. Editor Mensaje. (Faja de Honor de la
SADE)
1982. Gardel Supo Retirarse a Tiempo. Novela. Ediciones Corregidor.
1983. Resistencia Lunfarda. Poemas. Edit. Rueda.
1986. El Olvido está en Libertad. Novela. Editorial Futuro.
1989. De nuevo lejos de Uppsala. Novela. Bell Ediciones.
1991. Un Mundo casi Feliz. Cuentos y Poemas. Ediciones. Trilce.
1993. Nadie Muere de Amor en Disneylandia. Novela. Beas Ediciones. (Premio Fondo
Nacional de las Artes)
1995. Cuentos con Mujeres. Beas Ediciones.
1998. Madame Bovary era una Buena Chica. Novela. Beas Ediciones
2001. El Infierno de Rosell. Novela. Ediciones del Leopardo.
2004. Lunfardo en el tango y la poética popular. Ensayo y Glosario. Proyecto
Editorial, Ciudad Universitaria de la UBA.
Participaciones en: Fútbol a Puro Cuento, Ediciones Faro Verde; Escritores
argentinos según ellos mismos, compilado para la Universidad INCCA de Colombia,
por Joseph Vélez, de Baylor University, USA; Cien sonetos Lunfardescos, Academia
Porteña del Lunfardo; Los que conocieron a Borges nos cuentan, Editorial Tres
Haches.
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- Y al terminarse el juego, el rey, la reina y los peones van todos a la misma
caja – comentó el hombre al juntar el ajedrez y pedirle al enfermero que lo
arrimara a la ventana. El domingo atardecido con su desgano espeso de aplacar
entusiasmos, lo volvió a cada frase de su relato repetido.
- Por el cuarenta en Mar del Plata se lucía un cafisho que portaba un nombre
propio de Borges: un tal Matías Argüello que por disimulo también la oficiaba de
taxista manejando un Nash color verde. Por aquel tiempo la ciudad se recostaba
sobre el mar del asilo Unzué a Playa Grande y algunas calles las cubrían los
escombros del Casino viejo recién demolido. Eso bien lo recuerdo de aquel torneo
en el hotel Provincial, y yo era una promesa del ajedrez nacional.
Por ahí el viejo secaba la frase, se distraía hablando del certamen con
extranjeros que luego de jugar se acodaban a chupar whisky, vigorosamente, y
donde un gran maestro español muy divertido al enfrentarse le propuso una
apuesta novedosa.
- Muchacho, si no te gano en menos de cuarenta te pagaré esa buscona bonita que
anda por ahí.
Al convenir tablas en la cincuenta el tipo cumplió y la Betty esa tarde entró a
su habitación; renglón que el viejo cerraba con suspenso.
- Yo era muy pibe y en la cama las cosas no salieron bien - y decía del silencio
cuando la Betty se repintó los labios y salió.
El enfermero que lo atendía cada tarde hacía tres meses conocía palabra por
palabra esa versión primera, la menos entretenida, porque su paciente cada tanto
ideaba alguna variante y sin falta pedía que le sirviera un vaso de vino blanco.
- Hoy no lo acompaño, don Guimardy – esa tarde habló fuerte el enfermero sacando
una botella de la heladera.
- Lo siento, pero yo lo tengo permitido- y corregía la historia con otro
párrafo.
- De verdad, te digo que nos miramos un rato largo y al irse nos besamos con una
ternura inolvidable, de chiquilines. Eso lo recuerdo bien. Y que el fulano de
nombre novelero, Matías Argüello, era un rubio de pelo ondulado que con su auto
verde de alquiler repartía hembras por el centro de Mar del Plata y entre ellas
la Betty; diferente, hundida en ella misma, la mujer que me enseñó.
Llegando a ese renglón y como si eligiera mover caballo por alfil, el viejo
solía variar el cuento; murmuraba “siempre hay una mujer que nos visita el
insomnio” y mirando fijo la copa de vino se daba el primer trago.
- Ella no yiraba en lugares atorrantes ni levantaba clientes al voleo, no lo
creas. De medias oscuras, zapatos de taco y cintura ceñida hoy sería una
antigüedad; aunque fuera incomparable.
Ahí apagó sus reiteraciones y con una mirada le pidió más luz al enfermero. El
ámbito se veía iluminado, el otro simuló un movimiento y fue reordenando las
piezas de ajedrez en la caja que mostraba una foto en el fondo: “Guimardy sigue
segundo en el magistral de Roma”. La penumbra iba ganando el patio y más allá
los autos alumbrarían la calle.
- Ese taxista Argüello pesaba mucho en Mar del Plata – pretendió seguir y apenas
musitó cuando el tipo discutiera en la avenida Luro con uno de los Pulido, un
malandra de la calle Jara, que le arrimó un treinta y ocho por la ventanilla del
auto.
- Todos pensaron que ahí nomás lo mataría, - tomó aliento frente a su escena
favorita- pero como el coraje es mejor si sabe qué puede hacer el otro, el
Argüello se bajó del Nash, le tironeó el revólver al Pulido y con un cachetazo
humillante le sacudió la mejilla. “Mañana te lo devuelvo, guacho”, y su grito de
matón resonaría más estridente en el futuro.
Guimardy le fingió al enfermero darse otro trago y entornó los ojos. Se ahorró
el “paso de sainete” que fuera el rumboso té en la Villa Ocampo y las
fotografías de los jugadores extranjeros con la dueña de casa, que solía matizar
con alguna puteada. Ahí el enfermero evitó que derramara la copa y lo reacomodó
en la silla; pronto el viejo no podría cambiar de máscara para hablar de “la
mirada lluviosa de la Betty en un bar de Buenos Aires cuando vino a perder de
vista al Argüello y se largó a vivir conmigo en Barracas. Le gustaba el barrio;
y para ser mi mujer se cortó el pelo y archivó su uniforme de ropa colorinche y
medias negras a toda hora”. Esa vez ni logró culminar “éramos dos cachorros
insaciables, desnudos a cada rato” y menos el siguiente: “esta ciudad borra a la
gente, pero poco le costaría al Argüello verme en el Argentino de Ajedrez donde
me le animé, ¿usted me busca?”.
Ni bien logró acomodarlo en la cama el muchacho le tomó el pulso. El viejo no
discurseaba “y el tipo sin alarde y pelo prolijo a la gomina me convidó con un
café igual que si al margen de su escenario el personaje perdiera firmeza, - el
discurrir personal siempre es único, vos sabés- y me propuso resolver el asunto
de buen modo”. Y quizá imaginara proseguir con aquel parlamento agobiador: “si
ella va a estar mejor yo me abro, pero si con usted sigue en la vida es mejor
que lo piense, Guimardy”, que luego se alargaba en el apagar el cigarrillo en la
taza del café que haría el otro como si retomara su estilo de cafisho matón, y
su riesgoso “vaya tranquilo Argüello, yo sé lo que hago”.
- Vamos don Guimardy, que la presión anda bien – animó la representación donde
imaginaba oír la voz del viejo.
- Y te sigo contando, pibe. El tipo salió del Argentino de Ajedrez porque no
sería lindo encontrarse con ella, y después me arrepentí de corajear “yo sé lo
que hago”, un desplante que desangelaba el asunto.
En adelante, sabía el enfermero, vendría la parrafada que él usaba en ordenar la
habitación en tanto el viejo recitaba el libreto de reproches de todas las
mujeres.
- Para conformarla la llevé a un torneo en Necochea y como el deseo se fogonea
por su cuenta, el sábado nos apareamos. Sí, esa es la palabra, nos apareamos; el
domingo ella se levantó temprano sin despertarme, yo perdí mal con Sanguinetti y
nos volvimos en ómnibus a Mar del Plata. Y aunque tal vez no lo creas, hoy
retengo su pelo corto y los tornasoles del atardecer alumbrando su mirada
adolescente por la ventanilla, más el caminar separados a la estación si
cualquier roce aumentaría la pena. Acaso, en aquélla neblina, alguno lagrimeara
al subirme al tren a Buenos Aires y la Betty se volvió como siempre la veo: de
cintura ajustada y medias oscuras subiéndose al Nash para convertirse en toda mi
memoria.
El enfermero contempló un rato al viejo Guimardy en silencio, sin apuro. Si lo
mismo el médico llegaría tarde.
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PENUMBRA
DE LA MÁGICA LINTERNA.
"El es el Vencedor de las Tinieblas, quien derrota a la solapada sombra. Su luz
guía al sitio en el Ideal, tarde y noche Pepe Luzmala orienta las auroras y nos
alumbra hacia la imagen prometida. El Sabio de la Penumbra, Ajusticiador de
Oscuridades que nos ilumina dentro del Ideal, fila doce más o menos, punta de
banco".
Al loco David, el químico vecino al cine y redactor del pergeño bíblico que
hiciera reír al mismo destinatario, lo distinguían sus lecturas, ser profesor de
algún colegio secundario por Adrogué y cuando todavía vivía Perón, a fines del
’72, en la Biblioteca Alberdi habló de Leopoldo Marechal y su "Adán Buenosayres,
una novela inigualable", algo que pese a la poca audiencia y entreverar en el
asunto "un solo pibe que muere de hambre es una derrota de Dios", le agregó
bastante lustre. Aunque "misterios del arrabal", jaraneó una madrugada con dos
ginebras de más en el bar Escalada, el tipo curtía la misma cuerda de Pepe
Luzmala, acomodador del cine con dos o tres enigmas baratos que igual servían al
comentario: el nombre real de Pepe que sería José más un apellido común, no lo
sabía nadie; que era incapaz de dialogar dos renglones en serio sin desbarrancar
lo sabían todos y en voz muy baja, le atribuían un ignoto hermano, funcionario
policial de investigaciones, con quien se vería cada tanto lejos del barrio.
- Pepe, ¿qué investiga tu hermano?
- Ni él lo sabe – y fingía reírse, sin gracia. Pero el gran reconocimiento del
Pepe Luzmala se lo daban sus conquistas amorosas, acrecentadas por el murmullo
mujeril en esa zona de tranquilos ferroviarios donde ese diestro cazador de
trusas y corpiños, -por su infalible linterna mágica, se decía- una vez apurado
por el preciso diagrama de los trenes le requirió al químico David su apoyo en
diligenciar, después de la función noche, con la mujer de un maquinista.
- Imaginate loco, es un trámite urgente y me vendría bien algún menjunje para
tomar - y aún sin Viagra ni sildenafil en el mercado, el Luzmala al rato recibió
un polvito blanco envuelto en papel de seda.
- Tranquilo Pepe; tomá esto media hora antes y esa mina no te olvidará en su
vida.
En realidad, los componentes de la pócima milagrosa preparada por David no
fallaron ni un céntimo, porque a los diez minutos en cama de la ferroviaria el
Pepe Luzmala se convirtió en un oso dormilón que no lo desvelaría ni la guerra
megatónica. Así que cuando el escándalo en el edificio ya sería gigantesco, la
mujer le pidió ayuda a una compinche de otro departamento para embocarle los
pantalones al súper amante, y entre risitas, sacarlo a la vereda y cerrar con
llave. Se supone que Pepe salió a los tropezones y rozando las paredes, de
zapatos en la mano "sí, sí, en un ratito me levanto", y su derrumbe resultó tan
Valium diez que en la calle lo cargó el benevolente patrullero policial. Y
aunque el Luzmala siguió roncando sobre el hombro del oficial de calle, nadie le
aplicó el edicto por ebriedad y con el sol bien alto y contemplado por algún
curioso, amaneció con su prestigio desaliñado y sin linterna contra la reja del
cine.
Pepe Luzmala perdió su estilo y del loco David, que desapareciera del mapa, una
noche dijo "se mudó al Africa, hizo bien"; y no sonrieron ni quienes apreciaban
oír "ese en algo andaría", frase tranquilizante de los setenta.
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DOÑA
ROSARIO NO LO SABÍA TODO
Tras el alambre la floración del ciruelo, árbol viejo y solitario.
¿Por qué al decir "viejo" Marcela siempre asociaba solitario; qué lazo une
soledades y vejeces? Y sí, el ciruelo se veía viejo de tan solitario, abandonado
y lacio como un sauce.
-!Marcelita! ¿Hace mucho que no ves a la Carmen? -le habló doña Rosario -Sí,
mucho tiempo. Quince años, o más.
Doña Rosario, la vecina que presumía de saber anécdotas ya sin ecos en el
barrio, se refería a "la Carmen que supo andar noviando con el Cacho, el hijo
del carnicero que la dejó para irse a jugar al fulbo a Méjico y allá se casó con
la hija del presidente del club. Porque ese vago del Cacho resultó un fenómeno
si aquí se pasaba dale que dale a la pelota. ¡Y cómo pasó el tiempo Marcelita,
tantos años que te mudaste! Yo me acuerdo cuando eras así de chiquita y tu mamá
te hacía unos bucles que parecías una muñeca... Y claro, si construyeron ese
chalet con la herencia de tu abuelo ahora estás tramitando la sucesión de la
casa. Hacés bien, hoy vale un dineral".
Tras el alambrado, el agobiado ciruelo de la casa vecina.
-¡Y pensar cuando muchos decían "para qué hacen esa casa si por ahí va a pasar
la autopista". ¡Que mala gente, si al fin no hubo autopista ni nada..!
Sí doña Rosario; usted recuerda una muñeca con pelo de lana amarilla que perdí
en el cielo de los juguetes "y me acuerdo como si fuera hoy que lloraste el día
entero. Claro, eso fue antes de hacerte tan amiga de la Carmen, que no era muy
decente pero ni bien vos lo supiste le cortaste la amistad. Aunque de eso
prefiero no hablar porque a mi nunca me interesó la vida de nadie".
Ciruelo, árbol rosáceo de flor blanca cuyo fruto es la ciruela, dice el
diccionario, aunque en ningún libro encontraría ella, -profesora de castellano
que atendía a doña Rosario con digna voluntad- mejor definición.
No hay texto que diga "árbol rosáceo agobiado como un sauce donde adormece el
sol entre sus flores blancas".
-Pero, ¿cómo no te vas a acordar de la Carmen, Marcelita?.
Y es verdad doña Rosario, alguna vez en mi casa se dijo que esa chica, Carmen,
era algo atorrantita. "Atorrante. Argentinismo que equivale a ocioso,
vagabundo", aunque Carmen no ejercitaba mucho el ocio si cada día madrugaba
yendo a la papelera y si cambiaba de novio la culpa era de sus piernas torneadas
y tanta ternura ausente. Hasta que buscó otra historia fuera de aquel paisaje de
postales opacas que doña Rosario repasaba sin "hablar mal de nadie". Y menos de
Marcela Martos, profesora de colegios privados y esposa del ingeniero Carlos
Alberto, persona de fortuna y apellido, a punto de ser ministro.
-¡Marcelita! Yo te vi crecer en el chalet que era el mejor del barrio, no es por
decir, con unas tejas importadas que lucen todavía. Claro, no hay comparación:
hoy vivís en un country y conseguiste un marido que lo nombrarán Ministro. ¿No
che..? Vos tenías la misma edad de la Carmen pero siempre fuiste una chica
preparada.
Sí doña Rosario, usted recuerda los aniversarios y hasta la muñeca trenzas de
lana desteñida, aunque no imagine ni un solo gemido de Miguel, el hermano de
Carmen, cuando sus manos investigaban el cuerpo de ella, Marcelita Martos. Sí
doña Rosario, Miguel la acariciaba y ella a veces recupera su olor a tabaco y
fundición de hierro; y es mejor serenar cierta memoria, señora profesora...
-porque mientras vos fuiste amiga de la Carmen harían chiquilinadas, pero
después a ella no la controló nadie.
El sol relumbraba en una horqueta del ciruelo, la tarde atenuaba su luz y afuera
seguía doña Rosario.
-¿ Y te acordás cuando ibas a la escuela con la Mabel, esa chica de enfrente?
¡Qué buen mozo era el padre, don Raúl, que te llevaba con la hija al colegio!
Iba con la esposa a misa los domingos y pobre, se murió de un infarto en el
trabajo. ¡Y se dijeron tantas mentiras de esa muerte..!
Ni qué hablar, tantas mentiras y Marcela Martos bien recuerda al espejito
retrovisor del auto de Raúl. Ella en el asiento trasero y él persiguiendo sus
audaces ojos de catorce años avisando que no era sólo una compañera de su hija y
si la miraba bien descubriría que había dejado de ser una nena.
Raúl pasó unos meses mirándola bien y hoy ella haría una hoguera con aquel
disfraz de mujer irresistible, cuando al volver de la escuela acudía a contarle
a Carmen "esta mañana lo hice poner colorado al tipo", para reírse juntas por
aquel juego que creían novedoso y era tan antiguo como la adolescencia. Porque
por más que doña Rosario recite "mirá que acordarnos de don Raúl, el padre de la
Mabel", a Marcela el sol tras el ciruelo la trae al espejo retrovisor y ella,
mocosa de catorce, humedeciendo sus labios en una pose de hembra fatal. Farsa
inocente hasta el mediodía en que su compañera Mabel faltó a clase y el juego se
modificó; esa mañana Raúl no la llevó al Colegio Nacional, al entrar en una
confitería Marcela evitó su imagen de colegiala y hablaron dos horas con
palabras que más tarde ella fantasearía haber dicho y escuchado. Dos horas, un
tiempo de preciso destino relojero que transcurriera por otro meridiano,
novedoso, y al despedirse en el auto con dos o tres besos cada uno más profundo,
Raúl ya no era el padre de Mabel. Bien pronto sus tardes navegaron ríos fuera de
madre, de ternura despaciosa y sensaciones al confín cuando la boca de aquel
hombre le traía recónditos temblores, y doña Rosario nunca imaginara que para
ella el amor fue el papá de Mabel galopándola incansable hasta transcurrir el
alevoso instante, invicto en su memoria, cuando él se ahogó en un ronquido y
ella escapó del departamento sin que la vieran.
Entonces doña Rosario ha de seguir hablando en otra escena en tanto la profesora
Marcela Martos imagina contarle aquel minuto de nuevo a Carmen y la otra,
apoyada en la barra de un bar penumbroso y de vestido brilloso y ajustado, se
ríe "si te quedabas hubiera sido más divertido; periodistas, televisión, una
locura". Y aunque cualquier emoción vieja suele hacerse trivial, vuelve Miguel
con su olor a fundición de hierro y Raúl se disculpa "perdón nena por el mal
rato", mirando el fondo de sus ojos como ningún otro lo hiciera. Mientras el sol
se fuga hacia el ocaso entre las ramas del ciruelo.
-Y bueno Marcelita, me diste un alegrón con tu visita. El tiempo borra todo y
con el marido que te conseguiste, todo debe ser felicidad...
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EL
IDEAL REVOLUCIONARIO
Un miércoles Día de Damas con sala repleta de mujeres y copia nueva de "La
Princesa que quería vivir", un cuarteto por la justicia revolucionaria ocupó el
Ideal, el cine de mi barrio. El combatiente más joven subió a la cabina de
proyección con una película enlatada y un revólver niquelado, que de entrada a
Luis el operador le pareció una joda de los vagos del café.
Luis era un catalán de voz gruesa que volteaba y envolvía las palabras en la
boca al decirlas, y veterano de la guerra en España que al llegar al Ideal a
trabajar de operador a inicios del cuarenta, por esa argentinada integradora de
llamar turco a un armenio o ruso a cualquier judío, fue nombrado "el gallego
Luis". El mismo que al concertar su tarea y escuchar "los lunes no hay función y
usted tendrá su día franco", respondió "franco jamás, digamos que tendré mi día
libre". Entonces, si aquel primerizo que subiera a la cabina con una gorra hasta
las orejas y un echarpe para amenazarlo con un ’38 largo hubiera calculado los
puntos que calzaba el tipo, en vez de ir a revolucionarlo se hubiera guardado en
casa, bien abrigado y mirando a Batman por televisión.
- No te muevas carajo y viva la lucha popular – lo apuró el subversivo. Ahí Luis
titubeó un instante y luego de mirarlo casi le aflojó una sonrisa mientras el
pibe le ordenaba proyectar un rollo fuera de programa. Técnicamente hablando el
gallego no se calentó mucho; acabó de tomarse un mate, repasó un pañuelo en sus
anteojos y empezó a dictarle.
- Bueno cabrón, antes suelta ese matagatos que no me asustas y vamos, abre esa
lata y coloca tu rollo en el carretel.
Y como ese viejo loco le quemaba el discurso, el sudoroso combatiente armado con
gorra y bufanda, obedeció.
- Ahora mira bien la ventanita y verás tres manchas blancas arriba a la derecha.
Tómate el tiempo, jala esa palanca y prende la máquina dos.
Seguramente aquel pendejo soñaría con entrar a Buenos Aires montado sobre una
yeguita blanca que lo bajara triunfal del Aconcagua, pero el viejo Luis que
olfateara mucha pólvora verdadera siguió en apremiarle su práctica de combate.
- Bueno, déjame el revólver y quítate la chalina antes que te ahorque la polea,
ahora cuenta treinta fotogramas, sincroniza el sonido y cuando veas dos manchas
arriba a la derecha mueve la palanca y habrá proyección.
- Sí señor - gimoteó el otro abrumado entre la guerra de liberación y las
instrucciones del operador.
- Bueno pichón, deja todo que ya me cansas y cébame un mate. Ya veremos esa
cinta que esperemos sirva para algo – cerró el viejo Luis ya disfrutando la
comedia.
Era inigualable el gallego Luis llegado de Cataluña; se divertía hasta con las
historietas que le inventaba Pepe Luzmala, el acomodador: "anoche a Luis lo
hirieron en el tiroteo de Arizona; cuando llueve, Luis se calza los zapatos de
Frankestein; ojo señores, de nuevo el gallego se hundió en La Batalla del Río de
la Plata", eran sus invenciones más difundidas en el barrio. Y esa tarde,
mientras en la cabina se desenfrenaba la revolución, las damas del día miércoles
a mitad de precio vieron como el habano del Che Guevara humeaba el beso del
fotógrafo y la princesita que quería vivir, mientras en la sala unos milicianos
de refuerzo sacudían vigorosos una bandera.
- Y mira lo que hiciste pendejo. Ahora todo para atrás – soltó la carcajada Luis
quizá porque nunca la dirigencia cubana resultó tan indecisa: en la pantalla si
Castro tronaba una palabra categórica sonaba a mascarita antigua y cuando el
fehaciente Guevara alzaba una mano en un saludo, parecía bajarla yéndose al
llegar. Es que si los barbudos hubieran mantenido siempre esa conducta aún
estarían matando jejenes en el monte; y mientras se proyectaba celuloide al
revés, a contrapierna y por el ano, los demás combatientes del cine Ideal se
sintieron boludos en profundidad al verse sacudiendo el pabellón sin haber
liberado a nadie.
- Siéntense jóvenes o llamo al acomodador – se enojó una viejita cuando al
enrollar el estandarte los ocupantes aceptamos que ese pulguiento cine de
Escalada no ofrecía las condiciones objetivas para lanzar ninguna Lucha por la
Liberación Latinoamericana. Y al arrolle de insignia se sumó el efectivo
destacado en la torre de proyección que bajó rajando la escalera olvidando sus
pertrechos. Menos la gorra.
- Cuídate chupateta, que no jodes a nadie – lo miró irse Luis y más que una
crítica, en la frase tal vez mordiera algún fracaso propio.
Así que al repartir el botín expropiado al enemigo, Pepe Luzmala se guardó el
'38 niquelado y Luis prefirió la chalina de vicuña.
- Es estupenda, y la usaré contra la bruma londinense de "Crimen en la Niebla" -
se anticipó el gallego al acomodador y los vagos del café.
Y yo, por algún rincón, todavía guardo la bandera...
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CHAMPÁN
EN RECOLETA
En la redacción González le dio al muchacho un grabador diminuto más "saludos
para don Antonio y que nos hable del velorio de Perón". Debía encontrarlo a las
cinco en una confitería de avenida Libertador y al llegar un mozo lo desaprobó
de un vistazo. Alguien de espaldas a la ventana le hizo una seña.
- Sentate. Hablé con González y me avisó que recién empezaste a trabajar. Ah, al
que atiende no le des pelota, es un rufián.
Sonrieron por la suerte del mozo y acomodaron la mesa. Desde su lugar apreciaría
mejor todo y don Antonio lo invitó a una copa de champán,
"francés, muy bueno". El "rufián" mejoró al acercarse, recibió el pedido y sin
expresión observó el grabador. Antes de empezar don Antonio comentó que por esos
días cumpliría ochenta años, que llevaba bien la edad y desde ser elegido
diputado en 1952 "me doy todos los gustos". Y del primer sorbo de "champán
frances, pibe", a charlar de Perón a quien visitara varias veces en Puerta de
Hierro y al margen de cualquier negocio fueron momentos agradables. "El general
era un campechano divertido sin grandes misterios y conversando solos nos
entendíamos fenómeno".
Al rato don Antonio reiteraba sus paseos a España y el muchacho se distrajo
mirando a una pareja en el fondo, sin hablarse. Al volver el entrevistado
llegaba al lunes primero de julio del ’74 al Ministerio del Interior, "era
asesor de nada con una secretaria de veinticinco, minifalda y botas a media
pierna". Advirtió el exceso y rebobinaron; una mujer se sentó a dos mesas y
mirando la calle acomodó una bolsa de tienda famosa sobre una silla. El hombre
de la pareja más alejada parecía hablar en secreto con el mozo, inclinado para
escucharlo, y don Antonio pidió con los ojos controlar el aparato. Quitaron lo
dicho de su secretaria y sin detalles dijo que esa tarde irían un rato a su
departamento "pero al mediodía murió el Teniente General Juan Domingo Perón,
Presidente Constitucional de la República Argentina". Se detuvieron a un trago y
volvieron "aquella muerte llenaría cada palabra y cada silencio" y agregó un
renglón del tumulto en los pasillos hasta irse del ministerio, acompañado. Como
al descuido ponderó el champán, "excelente", y rodeados de un gentío sin
sonrisas arribaron al Congreso. El muchacho pensó haber nacido tres años después
de esa historia, no le interesaba "para un peronista otro peronista, los
soldados de Perón o ni yankis ni marxistas"; pero debía disimular porque don
Antonio le calaba el aburrimiento...
- Como cualquier velatorio, pibe, terminó siendo improvisado – removió la
botella en el balde-. Todo el barrio de San Nicolás olía a flores, parvas de
coronas desechas en la vereda y la gente sin moverse de ahí. "Eso, la gente
humilde, la única verdad"...
En doble escena, al ver llegar su pedido la mujer cercana abrió más el envase de
papel, y acaso por su fervor último don Antonio se acomodó los anteojos. Afuera
era la hora azul de la ciudad, el momento previo al anochecer cuando sombras y
contraluces disponían el final del día. Un auto ensayó sus focos sobre la
avenida y al servirle el té a la mujer sola, el mozo dejó caer algo en la bolsa
tan ágil que ni exigió disimulo. Y don Antonio, sin rendirse, ajustaba su voz
aguda y casi carnavalesca al grabador del amigo González.
- Al otro día, el 2 de julio de 1974, sin moverse demasiado la policía
controlaba el entusiasmo peronista: "queremos ver a Perón", "vinimos a saludar
al General", - y tras un respiro recitó que dentro de aquello a ratos trivial,
él descubrió a cuatro mujeres verdaderas, desgastadas, que sin ninguna pose se
protegían del agua contra la Confitería del Molino mascando cachos de tortilla y
milanesa. "La gente humilde, la mejor"... – y volvió a mover la botella en el
hielo. Al muchacho lo distrajo un patrullero policial detenido afuera y se
olvidó de escuchar "aquella liturgia de reclamar a Perón era un engendro de
emoción y desorden de la multitud, eso que siempre fue el aglutinante del
peronismo".
El viejo mismo acusó tanto la frase que casi la repite pero volvió a recordar
que la tarde de morir Perón su colaboradora le mojara el pecho con una lágrima.
La vida es así, le había dicho y ella lloriqueó que estaba triste por su madre.
- Bueno, luego vemos y borramos - y el muchacho asintió. Cerca del mostrador un
tipo de civil que bajara del patrullero charlaba con alguien que seguía
atendiendo la caja. Queriendo simpatizar, el muchacho le murmuró al viejo "murió
Perón y el duelo nacional entró en la habitación", y al sacudirlo una mirada
terminal desconectó por un rato. Don Antonio derivó un momento a ensalzar su
amistad con González, se sonrió al avisarle "muchos políticos populares vivimos
en este barrio" y al reiniciar se animó "al general Perón, por no traicionar los
códigos de la corporación militar, le dieron los sueldos atrasados y sus honores
de Teniente General de la Nación".
Al muchacho esa apreciación lo atraía menos que el entorno y simuló para dejarlo
culminar "se dijo que el Poder nunca tuvo un Líder de los Trabajadores más
obediente". Y hasta tomó aire para que el cajón con su líder llegara al Congreso
y "ahí el gentío recargó su pena honda porque siempre los humildes sintieron que
Perón no los traicionó. Y en la historia quedará esa verdad, ninguna otra; él
convenció de su amor a los eternos inocentes, a las mejores personas que se
empaparon en la calle mientras alrededor del cajón disputaban una foto los
rostros entrenados para apresar el consagratorio enfoque: señores televidentes,
aquí el dirigente del movimiento político más grande de América Latina, fulano
de tal".
Al reacomodarse en la silla el viejo sentiría cierta inutilidad ante ese
muchacho que al morir Perón no existía y se propuso castigar a los subidos al
movimiento en octubre del ’45, que a pura asistencia y reunión lograron fama;
profesionales en aplaudir al Jefe, mascarones de numerar asambleas vivando y
aullando la marcha partidaria sin representar a nadie; "compañeros secuaces de
grotescos doctores de narices y ojeras recauchutadas que pelearon cada
centímetro cercano al muerto ganar prestigio como siempre, gratis. Los
herederos, vecinos de este barrio que nos congraciaron con esclavistas y chorros
comunes que se robaron hasta el subsuelo atribuyendo a Perón un enigma en cada
palabra".
Los de la pareja sin palabras ni siquiera habían probado el té, el mozo
reapareció para cobrarles, el tipo de bigotes se despidió riendo y el patrullero
acabó su escena. El viejo repitió "humildes" como si bromeara y sonriendo se dio
un trago: "pibe, aflojá con tanta intriga que el negocio cocainero es oficial en
todo el mundo. Dejate de joder". Suficiente. Aunque al ver vacía la botella
repitió algo que González conocería de memoria: cuando sin gritar la vida por
Perón atropelló al mismo Ministro de la Brujería, ese López Rega que le sirviera
café en Madrid, para entrar a a despedirse de Perón. "Sin sonrisa grandota ni
voz grave de puro muerto bien muerto el tipo, lo miré tres segundos, chau jefe,
y salí entre esos rastreros y monigotes que dos semanas más tarde, no más,
revolcaron las banderas en la mierda y la sangre humilde de quienes bajo la
lluvia, lejos del sarcófago, lloraban de verdad; tantos infelices masacrados ni
bien al General le endosaron ideas que no pronunciaba ni de entrecasa"...
De reojo don Antonio dispuso el final. Además, como cumpliría ochenta
"acompañame a tomar otra botella, pibe" y al rato calculaban el valor de cada
trago de champán, al brindar por los humildes en Recoleta
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AL SUR DEL
MAPA
Al principio nadie advirtió que al pueblo entraban menos camiones y cada
lugareño seguía en lo suyo, repitiendo su charla en las mesas de billar o
entretenidos en dar cuatro vueltas a la plaza cada atardecer. Se vivía unido a
la ruta por un kilómetro de asfalto negro, que en las mejores épocas de cosecha
se cubría de acoplados en espera hasta en la mano contraria al tránsito, y era
muy lindo de ver la hilera de camiones esperando el turno de entrar bajo un silo
del molino, en tanto los choferes pasaban hasta tres jornadas repitiendo
anécdotas en los bares del lugar o entretenerse con alguna puta en la cabina.
Buena época, nadie se preocupaba por el andar del gobierno mientras los camiones
seguían entrando y saliendo del pueblo contra viento o aguacero; de manera
inconsciente, eso sí le interesaba a todos.
Cuando el movimiento entre la ruta y el molino harinero se hizo lento y
malhumorado, al boliche ya casi no entraban forasteros y empezó a oírse que en
el pasado las cosas fueron buenas aunque pudieron ser mejores. Igual, los
primeros en notar la falta de camiones fueron los dos empleados de la balanza
pública, que al principio se conformaron diciendo que ellos conocían bien el
cambio de estación y siempre hubo épocas de aflojar el trabajo. Sin ir muy lejos
se divertían en recordar la Sequía Grande, cuando les adelantaron las vacaciones
cobrando medio sueldo y al volver los aprovecharon para pintar hasta el último
recoveco del molino y la casa del gerente. Esa vez hasta ensancharon la lonja de
asfalto para los acoplados gigantes que llegarían ni bien acabara la seca, y así
nomás ocurrió. Pasadas unas cinco o seis semanas de asados y jolgorios donde
hubo hasta quienes se acercaron a la Biblioteca para averiguar de qué se trataba
eso, volvió el trabajo y todos retomaron la seguridad de pagar las cuotas del
televisor y otros artefactos eléctricos que habían comprado.
Pero al poco tiempo, por mucho que los dos balanceros no hablaran del asunto, un
viernes por la tarde alguien les indicó "esta semana habrá menos demanda y con
medio día nos arreglamos", y amistosamente ambos compartieron el jornal. La
quincena siguiente la tarea mermó de nuevo y decidieron sortear cuando
trabajaría cada uno; alguien no aprobó el método, al principio suspendieron al
de menos antigüedad y al fin lo echaron que era lo mismo. "Llegó la
globalización", despreció en la plaza al Intendente el borracho más reconocido,
y aquella frase fue ganando prestigio si cada mañana eran más los lectores del
diario frente a la iglesia, el dependiente cesante de la mueblería cambió de
empleo atándose al cogote una caja con hojitas de afeitar, jabones y billetes de
lotería; efímero rebusque para almorzar en la fonda hasta que apareció un
competidor y ya muchos andaban sin afeitarse.
Al cerrar todas las puertas del molino las ratas se comieron el resumen de su
historia, los yuyos de la banquina se amontonaron sobre la ruta y cuando ya el
médico se había mudado a la ciudad, aumentaron los acuchillados por apropiarse
de la última gallina o del perro vecino para cocinarse un guiso. Entonces algo
preocupada, la gente más prestigiosa habló con el cura y comulgaron en abrir un
prostíbulo con pupilas extranjeras, una atracción salvadora, pero pronto se
anotaron las alumnas del colegio local, muy bien dispuestas en prestigiar el
producto regional, dijeron, y a pesar que las adolescentes idearan fantasías y
abarataran el servicio cada día, también acabó esa actividad que a ellas les
permitía comer y divertirse bastante.
Y hoy no se sabe si existen personas en aquel pueblo, al sur del mapa.
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Una mañana la fábrica no abrió el
portón y nadie acertaba por dónde andarían los responsables. Los despedidos se
juntaron enfrente y gritaron sin que los recibieran; el último en atenderlos fue
un muchacho bien vestido que dijo pertenecer a un Banco y al otro día llegaron
los uniformados a vigilar desde los patrulleros. Los policías fingían su
indiferencia detrás de gorras y metralletas, algunos se entretuvieron al
desgaire haciendo costalear los caballos y dentro del bar volcaron alguna
botella de cerveza y la electrónica del combate espacial.
Al mediodía el aire caliente se adhería a las camisas abiertas y aquietaba los
cuerpos, y desde cuando la policía se llevó de los pelos a quiénes sostenían un
cartel, - "el mejor negocio de los ricos es una pelea entre los pobres"- el
griterío exaltado fue perdiendo estridencia. Tanto que el oficial a cargo salió
del auto y se desperezó desafiando a un manifestante que caminaba por mitad de
la calle. Sin más cada uno tomó cuenta del otro; ninguno de los dos apuró el
paso y separados por media cuadra empezaron a verse la cara. El hombre trae las
manos en su chaqueta de verano, un sudor liviano le cubre la piel y sin embargo
no detiene su andar cauteloso. Por ahí el policía se preguntó en una ráfaga por
qué ese imbécil no salía disparado por donde vino, según haría cualquiera dando
el ejemplo. Pero no, el gentío atempera cada sonido como si el silencio los
protegiera y se aquietaron los valientes de a caballo; los relojes alargan un
instante inmodificable que se hará de metal en la memoria.
El oficial de policía está acostumbrado y cuando él dispare no sentirá mucho ni
poco. Ese cabrón no le meterá ningún miedo y él decidió hacerlo, aunque no
reciba el murmullo de la calle y ya debería haber desenfundado... Al otro las
piernas lo llevan sin sentirlo, bien sabe qué lo espera si lo llevan al cuartel
y si arriesga otro paso más no podrá usar el arma. Tal vez presienta alguna
imaginaria multitud que lo sostiene y su mano derecha, humedecida, calza exacta
en el puño del revólver. Nadie tendría esa decisión si no anduviera bien armado,
piensa el de uniforme y tensa el grito de sacar tirando; el otro no era un
chiquilín y gatilló sin mostrar el arma. Un fogonazo de humito blanco surgió de
su campera liviana y el tipo corrió a perderse por una calle del costado.
Al silencio lo deshizo un hachazo de sirenas y el vigoroso motor de los
patrulleros. Los despedidos contuvieron por un rato hasta esas frases de temor
espeso entre las veredas de la fábrica, y en aquel mediodía el muerto resultó un
policía de uniforme.
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UN EMOTIVO ENCUENTRO
Si Atlanta jugaba con Rácing no sería agradable atropellarse con la multitud y
decidieron encontrarse los tres a unas cuadras de la cancha. El Ruso llegó un
poco atrasado, entretenido por un amigo que le regalara una entrada, dijo, y
enseguida se fueron caminando por Dorrego.
-Hoy ganamos, Ruso - dijo el Bebe palmeándole el hombro.
-Dios te oiga, pero acordate que Racing viene primero – contestó Alberto al
surgir del subterráneo de Corrientes un malón flameando una bandera. El Ruso no
hablaba.
- ¿Así que ya tenés tu entrada?
- Sí.
En la puerta del edificio donde vivía el Bebe el gentío separó a los tres y al
cruzar la vía Alberto preguntó.
- Che Bebe, ¿por dónde anda el Ruso?
- No sé, por ahí adelante.
Siguieron hasta la esquina de Humboldt, volvieron hasta la barrera del
ferrocarril y ahí de pronto el Bebe suspendió la búsqueda.
- Vamos, que ya empieza el partido y el Ruso boludo ya va a aparecer.
- ¡Qué fenómeno! ¿Dónde se habrá metido? – se preguntó Alberto y entraron.
En los primeros minutos no sucedió nada interesante, salvo un derechazo del
nueve de Atlanta por encima del travesaño y el Ruso metiendo con delicadeza la
mano bajo la blusa de Nora. Ninguno de los equipos se preocupaba por atacar, en
cambio Nora estiró una mano y dejó el dormitorio a media luz. Los momentos
iniciales prometían alternativas de interés: Racing desaprovechó un contragolpe
al demorarse el número diez y el Ruso se quitó despacio la camisa mientras Nora
cumplía el rito de acariciarle el pecho. En Atlanta, el medio campo era luchado,
pero al abandonar el Ruso sus mocasines, Nora, descalza, se subió sobre sus pies
y trastabilló en la alfombra riendo como una chiquilina. El encuentro siguió sin
mayores variantes hasta la media hora del primer tiempo, cuando Alberto reclamó
un foul en el área de Racing y el Bebe lo secundó puteando al referí que pitaba
siempre en contra de Atlanta, en el mismo instante y sin reclamar ningún penal
Nora y el Ruso se devoraban y ahí la mujer levantó las piernas al infinito
silenciando un gemido cuando el Ruso se venía se venía y en la misma jugada ella
vulneraba la línea del gol del alma y de todos los sentidos...
En tanto Racing buscaba hacer valer su mejor condición física, Nora pegadita al
Ruso luego de la primera gran emoción de la tarde le murmuraba en el oído,
porque los del departamento contiguo no eran sordos ni ciegos como ese referí
hijo de puta que hasta terminar el primer tiempo cero a cero pitó siempre en
contra de Atlanta y ni cobró ese penal evidente al revolcarse los dos sobre la
alfombra del área chica.
En el descanso del entretiempo Alberto y el Bebe estiraron la cabeza pero el
Ruso ni sabía lo que se perdía por estar con sus ojos entornados y echando humo
al cielorraso, el tarado. Con el clima algo fresco los jugadores tomaron agua
natural, Alberto y el Bebe manotearon dos vasitos de Pichi Cola y Nora,
contrariando el reglamento de su casa, sirvió dos traguitos de whisky sin hielo.
Al comienzo del segundo tiempo no hubo acciones interesantes, salvo dos hamaques
de izquierda a derecha del ocho de Atlanta y ambas manos del Ruso recorriendo
minucioso el cuerpo de Nora, recostados sobre la cama al cambiar de arco. Pero
cuando Racing abrió el marcador tras un tiro libre que se desvió en un defensor,
en la tarde estalló el griterío y ahí Nora advirtió qué hora era aunque el juego
siguiera tan emocionante como en la primera etapa. Faltando cinco minutos para
terminar Alberto y el Beto no hallaban consuelo si no empataban, el Ruso y Nora
se besaron en una arremetida final antes de abrir sigilosos la puerta del
departamento y por ahí se filtró un delantero de Atlanta para anotar el
justiciero uno a uno...
En los minutos de descuento el Ruso se apuró en llegar a la cancha, pudo
averiguar cómo fueron los goles y le alcanzó para ver un par de jugadas cansinas
bajo un sol en retirada. Todo dicho, menos que al reencontrarse en la vereda
Alberto le preguntó.
-¿Qué te pareció, Ruso?
-Que el referí nos robó el partido -soltó la consabida frase que el Bebe no le
creyó.
-Callate, traidor, que otra vez te fuiste a la tribuna visitante. Con hinchas
como vos nos vamos al descenso - sentenció el Bebe al entrar al edificio donde
su mujer estaría mirando televisión.
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TANTAS VECES EL MISMO TREN
Transcurrieron más de veinte años, mucho tiempo, toda una vida reiterando viajes
en el mismo tren de Lanús a Constitución, salida seis y diez, llegada seis y
veintiséis. Minutos más o menos, el hombre recordaba otros horarios, breves
variaciones del diagrama en aquella tediosa repetición de lunes a viernes. Y por
los primeros años del del sesenta reparó por primera vez en aquel otro pasajero
del mismo recorrido, sentado contra una ventanilla y leyendo el diario. Al menos
ese tipo ha de subir en Temperley, pensó, de otra manera no viajaría tan cómodo.
Por ese tiempo su hijo Jorgito, de pelo corto y figuritas en el bolsillo, iría
al cole primario y por la tarde fatigaba su piano con escalas diatónicas y
cromáticas. Kohler, Beyer, Hanón, y todavía lejos los Pequeños Preludios de Bach
y las Sonatinas de Clementi...
Una mañana fría el tren se detuvo entre dos estaciones, y cuando él se inclinó
hacia la ventanilla advirtió que el otro pasajero leía la página política. Acaso
haría seis o siete inviernos que viajaban en el mismo horario, pensó, a veces en
el mismo vagón, y sin hablarse iban recibiendo las opiniones de gremialistas,
militares, los paros sorpresivos del transporte y cierto clima de "ruptura del
orden constitucional". Ademanes continuos del país, leyó por ahí y ya por junio
del sesenta y seis la gente comentaba esa realidad de modo irrisorio.
- Todos los días hay una huelga y nadie sabe porqué. /Qué barbaridad/
- Sin alguien que mande esto no puede durar – solía escucharse.
Y no duró. Una noche hubo comunicados, exhumación de recomendaciones al pueblo,
amenazas de uniforme con fuerza de ley y sugerentes amparos de Dios a la
decisión tomada en defensa de la patria. Esas cosas; así que pasaron otros
inviernos y cuando los madrugones eran menos cruentos y el calor pintaba de
verde el borde de la vía, ellos dos transcurrían un mes sin cruzarse en el mismo
vagón. Sus vacaciones nunca coincidían.
Pero en un verano Jorge empezó a tocar profesionalmente, por dinero, y si esa
Nochebuena alguien preguntó ¿y tu hijo, dónde esta?, la respuesta orgullosa fue
"tocando el piano en la costa. Baladas, rock, esa música nueva". Al fin Jorge
volvió con barba, quemado por el sol y hablando un idioma enrevesado de palabras
extrañas, y la madre pensó "este Jorgito"...
El hombre suponía que el otro había trabajado siempre en el mismo empleo, que
tendría su mujer y un par de hijos y haría un asado si cobraba algún sueldo
inesperado. Por hábito también los domingos escucharía los resultados del fútbol
mientras la segunda idea de la jubilación, con sigilo, le iba acompasando las
ideas igual que a él... Que sostenía con Jorgito un constante crecimiento de las
aguas: en su cuarto del fondo su hijo disfrutaba de las elegancias armónicas de
Béla Bartok o el desenfado del Modern Jazz Quartet, y discutía con unos amigos
recientes "el compromiso del arte popular, la función social del canto" y otras
cuestiones. La música era el arte de combinar las pasiones y Jorgito ya era un
tecladista conocido.
Ellos dos siguieron viajando en el mismo tren y alguna vez compartieron el
asiento sin hablarse. El otro, que subiría por Témperley, se entretenía con su
lectura y de tanto seis y diez en Lanús seis y veintiséis en Plaza Constitución,
fueron gastando trajes, encaneciendo, y opacando corbatas entre arpegios de
lluvia sobre las ventanillas, remolinos de pájaros en la estación carguera,
primaveras trayendo muchachas piel caoba y otoños de alquimias amarillas en el
follaje. Así que tren a tren, tiempo a tiempo, también el paisaje fue cambiando
a nuevos edificios; y Jorge había cambiado tanto que su madre empezó a sollozar
"no debió mezclar la música con otras cosas, y quizá haya viajado lejos".
Por el diario del otro pasaron desapariciones, campeonatos, amenazas de
coroneles a brigadieres, mucho incienso en la iglesia, la palabra antipatria y
la incómoda certeza de un cementerio muy cerca de casa. Pero el viaje siempre
era el mismo: rostros condenados a la somnolencia y la desmemoria con salida
seis y diez, llegada seis y veintiseis durante de veinte años envejeciendo
juntos. "Casi la edad de Jorgito". Hasta que una mañana decidió hablarle.
-¿Qué le parece si tomamos un café? le preguntó. El otro dobló el diario y lo
miró como si reiniciara una charla suspendida.
- Me parece bien. Al fin, ¿quién puede reprocharnos si llegamos tarde?
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¿EN QUÉ PAÍS VIVIMOS?
Con semejante temperatura ese mediodía yo igual tenía ganas de verla. De la
calle principal debí desviarme por una lonja de tierra y pasando una cuneta
suave descubrí la casa donde vive; bastante linda para esa lejanía, al frente un
jardincito cuidado y bien pintado hasta el enrejado de madera disimulando el
interior.
Después de un año sin vernos ella no se asombró y me pidió "por favor volvé más
tarde" porque esperaba a un amigo y debía seguir su vida. Entonces un abrazo
liviano apenas y me volví al pueblo con una bronca dolorosa; más bien, con un
sentimiento raro... En el badén de vuelta avisté un camión Scania, de esos que
ocultan al chófer en la cabina allá arriba que iba sin acoplado.
Llamar pueblo a ese paradero era exagerado; un caserío cerca del mar, con unos
pocos viajantes a medio camino que siempre apurados ni servían al comentario de
los vecinos. Los camioneros entraban y salían por la ruta a Buenos Aires y yo
venía del sur, de un asunto grande que resultó una migaja porque el tesorero del
Banco no apareció con la guita, y no estar ni diez minutos con ella me hacía el
más infeliz del mundo. En un rato caminé las cuatro calles de ida y vuelta sin
convicción de nada, y cuando en el boliche comía un sanguche llegó el único de
uniforme. Sin más protocolo que palparme de armas fingiendo saber quien era, ese
policía provinciano negoció mi partida con un camionero que iba saliendo del
pueblo. "Este amigo se va del pueblo ya mismo, llevalo". El cana no me dejó
alternativa ni un centavo encima, mal momento, pero yo cruzaría la inmensidad
pampeana junto a un chofer con el que tomamos una cerveza y ni bien subimos al
pavimento entró a parlotear, inacabable; un loco desaforado que al fin manejaba
cuidadoso, eso sí. Pero pasaron dos días y resuena su discurso mientras yo
sentía hormigas en el estómago, el climatizador de la cabina venía malherido y a
las tres de la tarde el camino era una fragua derritiendo metales. Un día en
celo, agobiador, y ese fulano descifraba los misterios del mundo sin darle
sosiego a nada y yo que necesitaba recordar los cuatro meses que viví con ella
planeando una vida nueva que no pudimos. Así que hallarla en aquella soledad me
desgarró el alma... Yo quería dormir, dormir, y si cabeceaba una siesta el tipo
insistía conque en la cordillera todos los cerros se conocían por Nevado o Alto
Nevado, que en el país "sobran nombres religiosos y eso muestra el poco ingenio
de los fundadores", y me jodía ese guacho pensando de prepotencia...
- De las cosas recién nos adueñamos al darle un nombre. San Jorge, San Antonio,
Santa María, San Rafael se repiten porque no supieron nombrar los lugares –
dijo. ¿Y dónde habría escuchado ese libreto aquel turro? Los dos sudábamos como
chivos pero el tipo desafiaba a contar los lugares que se llamaran San Carlos,
Santa Ana o San Vicente "porque si hombre y mujer no saben llamarse de buen
modo, nunca lograrán retenerse juntos". ¿Qué sentido tenía eso? Pero el fulano
pregonaba sus huevadas con frases de cura viejo y al sentirme casi culpable por
bautizar equivocado algún sitio del planeta, él se largó a detallar su encuentro
al mediodía con una mujer. Algo indebido, cualquiera lo sabe.
Los Scania son hoteles transitorios con espejitos hasta en el techo y sin mover
la cabeza alcancé a ver un coche con tres muchachos lanzado muy rápido por el
camino enrojecido. El camionero murmuró algo por tanta velocidad, llegando a un
puente nos detuvimos a darnos un remojón y ahí el tipo guardó el carterín con
los documentos bajo el asiento. No aguantábamos más, el sol era un soplete
perforando el aire y aquel río, - San No Me Acuerdo- salía al mar tras el recodo
de una barranca donde se apuraba el agua. Como perro que se muerde la cola
amagué que entraría al río y meta dar vuelta para desvestirme detrás de una
cinacina; volaron unos pajarracos, levanté una rama bien gruesa mientras el
fulano, sin detener su examen del mundo, se acercó desnudo a la orilla contando
la venta de armas en Sudamérica y la desocupación en Tanzania. Así que afirmé
bien la rama que al chiflar su revoleo en el aire se convirtió en un garrote
contra la nuca. El cuerpo hizo un chasquido que apagó la correntada, sentí de
nuevo el chillar de un pájaro y el sol ardiendo proseguía con su imbatible
incendio.
Encendí el motor y me acomodé al Scania. El acondicionador siguió sin funcionar
y cuando le iba tomando la mano a manejar en la ruta aparecieron estos policías
camineros a prepotearme. "Estos documentos son truchos, recontrafalsos, y con
nosotros no te hagás el vivo", así que negociamos unos pesos para seguir a
Buenos Aires antes que caiga la noche y ellos se guarden el camión. Porque si
no, ¿en qué país vivimos?
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ANTES DE ECHARSE A LLORAR
A las diez de la noche la mujer no tenía un programa bueno ni malo. Del quinto
piso divisaba la calle y un poco más allá, al mirón cuidador del estacionamiento
infatuado de seductor.
"La rigidez siempre es ficticia", había leído alguna vez; y al encender otro
cigarrillo y acercarse al espejo pensó que ninguna mujer se arregla el peinado
ni estrena un vestido para encerrarse a mirar televisión. Ser feliz es una
obligación, y últimamente se le repetía demasiado este clima de viernes a la
noche, desolado de tanto teléfono ensordecido y amantes que desaparecen hasta el
lunes al atardecer. Ya le resultaba una rutina molesta recibir cada fin de
semana algún furtivo llamado y nada más, cuando ella lucía estupenda al
reflejarse en otras mujeres y en los ojos de cada hombre. Incluido, sin duda, el
cuidador del estacionamiento: chiquilín de sentirle la mirada y voltearla en el
asiento de su auto si ella quisiera. Estaba segura.
¿Y si de pronto le anunciaran el fin del mundo? Ya no le resultaba fácil
demostrarse que tanta vida sometiendo ganas le trajera la felicidad. Una mujer
no hace bien en aceptar la propuesta de cualquier desconocido pero hay moralinas
agobiantes, se dijo al apagar el cigarrillo y cerrar la libreta de direcciones.
Abajo una pareja cruzaba la calle tropezando en el abrazo y adheridos como si le
anunciaran al mundo ser los inventores del amor; y descubrió al muchacho de la
cochera moviéndose entre los autos...
Es viernes a la noche, el mundo nunca es el mismo y en un rato más su soledad se
volverá media botella de whisky y un lamento de acorralada fiera. Así que ajustó
su cabello juvenilmente y antes de echarse a llorar, bajó al playón de
estacionamiento.
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GUARACHA
AL CORAZÓN
Esta noche en el Queens cantará
Paquito, Rey de la Salsa, se entusiasma Juana y contonea frente al espejo sus
rotundas tetas tucutum tum tum, mientras elige la breve ropa de trabajar en su
apartamento diminuto pero en Nueva York, que era mucho. Y en su íntimo juego de
aguardar a un amigo se calza con fruición sus medias negras, corpiño de sólo
encaje tras su jubón de satén que sugiere, calentante, y tacones sin pulsera de
quitarlos fácil y bailar descalza. En soledad se alista la Juana entrando en
calor a puro tucutum tum tum, que bien lo hace..
Buen fin de semana se le ofrece; a punto de nevar está en Nueva York y a las
cuatro de la tarde aún tiene tiempo de atender al buen viejo Robert, que no
faltará si lo anunció tan caballeroso al mediodía y él, espectador dos veces por
semana de su guaracha calentona, es de cumplir formal con la cita y con la paga
por contemplarle el cuerpo esbelto y categórico; eso sí, se mira y no se toca.
El buen Robert suele disfrutarle así su desnudez martes y viernes, cien dólares,
si por más yanki ingenuo y frío como dicen que los yankis son, a él igual le cae
estupendo el tucutum tum tum de la guarachera Juana; así que subirá los cuatro
pisos, hombre maduro y exhausto de lengua afuera, a colgar su chaqueta en el
asta de una silla y tirarse sobre la cama desabrochando camisa y bragueta en un
ejercicio ejercitado y preciso, que aún le vale. Para simular luego mirar el
techo que ya Juana principia su ritual de calentura, chico, dándose antes un
enjuague rápido de axilas por si el cliente es quisquilloso de los olores, supo
enseñarle su abuela la putanga. Y aunque el viejo Robert no actúa de manoseo,
que esa precaución no falte en cualquier mexicana de sudor caliente.
Juana que se contonea, así chica, entornando los ojos que toda fantasía vale
doble en esa ceremonia, mientras se acuerda que anoche se complació con las
adulaciones recibidas en “El Patio”, donde en un rato nomás de nuevo actuará el
Paquito y ella bien disfruta pasarla bien con la compatriotidad latina donde
nadie duda que ‘la Juana es hembra modelo de la publicidad’, y que su inglés
suena neoyorkino si veinte es ‘tuani’ y ciudad ella dice ‘cery’; qué joder. "El
Patio” es buen sitio para ella, hembra afilada por hombres que a medianoche
convierten cada trago en imperioso semen y pretenden montarse gratis a cualquier
mujer, minuto a minuto más hermosa según cada trago de madrugada. Un lugar donde
ya todos saben que ni intentar pasarse de manos con la Juana, que no soporta ni
dormida las corajeadas latinas como la que intentó su compatriota el Ramiro, no
hacía tanto tiempo.
- Hermana, si hoy no duermo contigo provocaré a cualquiera que se cruce, así me
olvido que vine a Nueva York buscando ser alguien, encontrarme, pero no lo
consigo hermana, que aquí cada uno tiene su guaracha y de mis pelotas llenas
volveré a ser mexicano cojonudo, eso que aprendí en nuestra tierra de machos...
Pero no es hora de distraerse con huevadas y ya lista abrió la puerta de su
habitación para que entrara el puntual Robert, ejerciendo el ejercitado
ejercicio de colgar su chaqueta y soltar la corbata desamarrando el pantalón sin
quitarlo, todo a un tiempo, y vamos mi viejo Robert, quietecito recuperando
resuello y fingir investigar el cielorraso que ya Juana deslumbra tucutum tum
tum con breve atuendo, en aquel proscenio de cuatro paredes y dos espejos más
esa cama que con Robert ella no usa. Tucutum Juana, cimbreante y mimbreando su
lenta guaracha para idólatras de su culo juvenil y categórico que hasta
contoneado a distancia es infalible; por aquello de la tentación divina que tan
poco entiende quien paga en dólares para verla. Así que Juana a sentarse de
revés en una silla y a levantar de cóncavo despliegue su rotundo trasero,
lentitud de piernas largas a favor de oscuras transparencia que de a poquito,
tembleque tucutum tum tum con sus tetas, ‘que la candela le baja de los hombros
a esta niña’, repetía riendo su abuela al entrenarla. Juana, fetiche en función
exclusiva para el buen viejo Robert dos veces por semana, cien dólares, y venga
Juana humedeciendo a pura lengua su boca coloreada por Dios para esta incesante
tarea de calentar a un macho. Porque hacerse mirar es oficio del cielo, y
mientras en el mundo sudan obreras malpagadas o domésticas a miserable precio,
lo de Juana era virtud de hembra codiciada en ardoroso clima, y a demostrar en
tumbeos de guaracha tucutum que nadie aprende esas artes de una encamada para
otra, según le contara su abuela, tan corrida y putanga como fuera.
Entonces, en ese instante ¿qué nombre le dará Juana a ese hombre que la mira
embrujado, petrificado, ambicionando dormirse y amanecer con ella entre los
brazos? Aunque Juana no se distrae y desliza su ropa a danza lenta,
desprendiendo prenda a prenda su breteles que la embretan, muévete pez perca
percanta desbrozando escamas del misterio que le enciende calenturas a
cualquiera al sólo imaginarte, Juana. Así que sigue bailando que en horitas más
será mejor la noche porque en “El Patio” actuará Paquito, Rey de la Salsa, que
no es poco, y el dominicano traerá a la misma Celia Ramírez la chachachecera del
Caribe, para lucirse al presentarle a ella, y de paso también a que lo vean
recuperado de una diferencia policial por aquello de la venta y el consumo. Sí,
esa dificultad que soporta el Paquito, orgullo dominicano que hacía a los
dominicanos sentir orgullo aunque en Nueva York eso resultara fácil, se dice
Juana al soltar al aire su corpiño y el viejo Robert seguía de mirada fija y un
hilito de baba en su boca, mientras ella le guarachaba tucutum tum tum
recibiendo la visitación de los caprichos compadres.
A moverte Juana, y sacúdete en cueros que no es malo desnudarse si es bueno para
Dios, que todo lo ve; tucutum de guaracha cumbanchera, Juana, que después de
aquel pariente que te desvirgó a los diez años y ni aún redondeaban tus tetitas,
supiste precisar tu precioso precio frente a los enigmas calentones de cada
macho de la especie. Y acaríciate entera, absoluta hembra, de arriba a la
entrepierna sin moralina de pendeja reprimida con tus manos refulgentes, que ni
bien el viejo Robert pague y prometa otra visita el martes, descansarás un rato
que bien te lo mereces, Juana.
- Siento frío mi querido Robert – balbuceó cortando su guaracha de contoneos a
pelvis descubierta. Y enseguida no advirtió que el hombre se veía inmóvil con
una mano crispada en su camisa, ni que su guaracha tucutúm tum tum le llegara
directa al corazón. Hombre tan ajeno a bromear, yanki caballeroso incapaz de
fingir caerse muerto y menos en un viernes promisorio, cuando nevaría en Nueva
York y en “El Patio” se vería con Paquito, Rey de la Salsa.
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ALICIA
PLANCHA SU PAÑUELO.
Tal vez fuera la Madre Superiora
quien dijera ´las alumnas reclaman por el gusto de hacerlo’, y en aquel
atardecer de víspera increíble Daniela quince años que no aparece por ninguna
parte. Ayer nadie la vio, mejor es no hablar de cosas tristes, o ‘por algo
será’; pero Daniela no aparece y en su madre, por herencia de sueño que
mantienen las hembras, la cepa de la espera le crece cada hora. Y a viento
atravesado o en el mar más profundo, ninguna madre olvida ni un minuto la
cría...
Y sin explicaciones anda Alicia por la Plaza de Mayo, junto a otras de blanco
pañuelo en la cabeza que apretadas del brazo afirman índoles de la sangre. En
ellas no valen cobardías ni palabras menores y recorren la Plaza sin el mínimo
rezo, si tal vez Dios les dijera que no vendrá a la cita, más convocan al mundo
a contravientos de amenaza milicas o la cobarde frase ‘yo no meto en nada’. O la
torpe pregunta ¿qué quieren esas locas desvelando a la gente que desconoce
culpas? Más algún palabrerío que acaso repitiera de no haber sucedido ‘Daniela
no aparece’, que le trajo de un golpe la comprensión de todo. Porque, ¿hijos de
quienes fueron los muchachos sin rastro tras letales pinchazos y tirados al río?
Ya ni recuerda Alicia cómo aprendió a llorar soportando el desvelo de un llamado
a la puerta; se llora en tono bajo y sin sollozos que apaguen los ruidos de la
calle. Alguien se ha detenido pero sigue en la noche, el sonido de un timbre
solamente es deseo, ya los autos que pasan se llevan la esperanza y a ráfagas,
Alicia se imagina que no es verdad ese sueño de monstruos asesino y sellados
cuarteles.
Daniela ya no está y Alicia carga entero su fusil de recuerdo. Con proyectil de
tiempo que dialoga constante, ella orienta su búsqueda y nadie más que el aire,
con su manera antigua, sabe contar la historia sin cesar ni rendirse. Entonces,
a pesar de todos los pesares Alicia imagina a cada rato el rostro de quien robó
a su hija, y lo trae de ida y vuelta en su pena furiosa de no olvidarlo nunca.
Ausente anduvo Dios por esos días, distraído en ajenos menesteres del cielo y
esas cosas, y ajeno al mismo instante cuando Daniela quince años, de los pelos y
en andas entre voces de mando y brutal reglamento, derrumbada en un piso de orín
y violaciones. ¿Y cómo dejaría de preguntarse Alicia a quién Dios ha confiado
conducir la manada?
Cada pregunta que ella se preguntó estos años, clavándose las uñas, ha sido
gastada y derrotada de tanto preguntarse. ¿Quién dispuso que Daniela quince años
no vuelva a contarle que unas bestias de anteojos apagados, por cumplir unas
órdenes bestiales la arrastraron, desnudaron y luego lo demás aún más miserable?
Hoy Daniela no está y Alicia plancha su pañuelo. Ya vuelta de los años y sin
consuelo, anda su pena visceral sin más relato contra las voces muertas de los
comunicados. ‘Señoras, investigaremos hasta las últimas consecuencias’ y otras
jaranas que tanto divirtieron a tipos de uniforme y de sotana. Pero Alicia
pervive, ya sabe quién pronunció ‘las alumnas no deben reclamar ni sonreír a
destiempo’ y esa infamia le duele también cada minuto. Hubo pretores de astrales
intereses que ordenaron ‘ninguna sonrisa adolescente puede quitar al rezo de su
sitio’, aunque Daniela aullara en medio del tormento.
Implacable y sin nada que distraiga ha de seguir el sol clareando grises y el
perfil del jazmín bajo la lluvia. Nadie esquiva el fusil de la memoria aunque
cambie su aspecto cada día; sólo algo no existe, es el olvido. Y el aire seguirá
con su relato mientras Alicia planche el pañuelo que llevará a la Plaza.
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ACABAR
CON LA POBREZA
- ... es el divino mandato que tenemos en esta gloriosa hora – siguió así la
presentadora del Especialista Explicador de la Realidad que llegara a nuestro
pueblo, cada día más lleno de miserables. Y el visitante era un eminente
diplomado en institutos del Primer Mundo como Francia, Estados Unidos y la Gran
Bretaña, más otras universidades alemanas de nombre más difícil.
- Señoras y señores, este verdadero genio de la Ciencia Económica y Política nos
explicará cualquier duda que tengamos sobre cómo acabar con los pobres –
completó la sugestiva mujer.
Entonces el hombre de buena estatura y cabello claro se hizo cargo y simpatizó
pidiendo no ser interrumpido, reiteró ser Graduado en Economía Absoluta más
titular de otros varios diplomas de Explicador Oficial en la lucha contra la
miseria, tan desagradable, y como la mayoría estábamos ahí con ánimo de recibir
le dimos atención. Y siguiendo con la clase magistral el hombre anotó en el
pizarrón "la pérdida de algunos valores tradicionales ocasionó la actual
confusión de la humanidad". Una inscripción que enseguida aprobó un señor gordo
vestido con sotana, - que alguien murmuró era el Obispo Mayor de toda la región-
con un gesto que alentó más al Graduado en Explicaciones.
- Es que a veces no sabemos quién manda - agregó el disertante ya mirando con
fijeza a una pareja con tres chicos sentados en la última fila de bancos, que
ahí mismo empezaron a irse. Hicieron bien, porque tras ellos salieron otros mal
vestidos, los demás recibimos un soplo de tranquilidad y el mismo obispo sonrió.
- Mejor así, en definitiva no entenderían la cuestión – escuchamos y el hombre
siguió desarrollando su proyecto sin la molesta mirada de gente confundida. Y
vigorosamente nos inculcó que rehacer el mundo exige no entorpecer el éxito de
los eficaces.
- Esa ley es inapelable y única verdad de peso, ya se sabe - subió el tono- no
habrá complejos de culpa que lleven ayuda al prójimo ni piedad chabacana que nos
impida avanzar a los mejores de la especie.
En ese párrafo el hombre bebió un vaso de agua y descansó, en tanto el último
grupo de hambrientos ocultos en el aula empezó a salir apuradamente. Una mujer
con zapatillas deshilachadas escondió la vista y sólo el chico menor nos sonrió;
cosas de chico. Y al alejarse esos tipos los abucheamos con normalidad y el Gran
Explicador habló del lastre que resultan los perdedores en toda empresa humana.
- ¿Y es justo fracasar por culpa de los inferiores?- se preguntó-. Todos deben
saber que ningún Dios bendice la ordinariez que ambula por las estaciones
ferroviarias ni a esos inconscientes que se acoplan entre los yuyos, sin guardar
el recato, siquiera, de evitar la cría. Cada día nuestros religiosos dicen y
repiten que Dios no quiere más miserables en el mundo, y el momento de lograr
semejante dicha ha llegado, queridos hermanos. Entonces, salvemos a nuestra
especie acabando con la pobreza de una vez por todas.
Ese Explicador que nos mandaron al pueblo resultó brillante; al fin escribió la
última frase en el pizarrón, desechó una duda insustancial de alguien y al
hacernos repetir en voz alta "salvemos a nuestra especie" sentimos la novedosa
sensualidad de pertenecer a los que triunfan. En verdad, mirando al mundo desde
su lugar disfrutamos el bienestar que sentiría el Graduado en su misma infancia;
y en esta hora gloriosa aquí estamos nosotros, los mejores, esperando que nos
traigan las carabinas antes del amanecer.
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LA SECRETARIA DE FU MANCHÚ
La secretaria de Fu Manchú caminaba por la calle Corrientes contra el tránsito y
sin subirse a la vereda; era bellísima, imposible no mirarla cuando volvía del
teatro. Por el sesenta Buenos Aires era una ciudad tranquila y desde las
ventanas del "Gato" o del "Ramos" el desfile por Corrientes se apreciaba
fenómeno; y la partenaire de Fu Manchú que erguía su metro setenta en zapatillas
de baile, el pelo negro hacia atrás y la mirada "qué me importa" se lucía yendo
al borde de la calzada, sin mirar ni oír los halagos de nadie. La chinita cara
de muñeca y físico infernal, cautivaba, repitió uno que decía no conocer el
teatro donde ella trabajaba, porque jamás gastaría un peso para ver aquel
ilusionista que volaba pañuelos interminables, palomas imprevistas y al final
hacía desaparecer a Su Li en una caja que flotaba por el escenario. Y tanto
habló aquel fulano del mago Fu Manchú que era dudoso no haberlo visto nunca,
como decía, pero pronto volvió a ocuparse de Su Li, la secretaria que una vez el
Nene no se aguantó más y saltó a la calle para hablarle como si la conociera de
toda la vida. Es que en eso de atracarse minas el Nene era incomparable; el
muchacho dueño de un auto alemán, se arriesgó a un papelón gigante porque ella
siguió en su propio mundo, admirada por medio Buenos Aires y hasta con cierto
desdén, por las otras mujeres. El Nene se le apareó a conversarla como si
debiera cumplir una inevitable representación que le perteneciera, hubo unos
bocinazos incendiarios desde algún auto delator pero él no se apartó ni una
baldosa. Era un tipo con un filo increible y tan seguro que al otro día al oír "¿cómo te fue?", confesó hablar casi una cuadra sin que ella moviera la cabeza,
pero al fin la entretuvo cinco minutos en la esquina de Callao. "No habla bien
pero si sonríe su belleza es inaguantable", recordó que dijera el Nene el mismo
que nos contó el metejón que se pescó, tanto que un mes más tarde se la
presentó, una noche de mucho frío, y ellos dos tomaron chocolate. Su Li tendría
veinte años y el Nene rondaría los treinta, dos chicos enamorados sin retorno y
de mirarse con esa somnolencia que sólo entiende la fotografía, ráfaga tierna
que perdura en los ojos un segundo, destello convocante de Dios... Y el fulano
dijo haberse juntado los tres en "La Giralda" a charlar un rato, hasta que al
fin él, espectador selecto de un enamoramiento que ni Shakespeare, sonrió "llevátela Nene que te la robo" y los dejó mirándose igual que si el mundo se
hubiera detenido.
En realidad, al irse el frío de Buenos Aires ella se iría a Chile o Perú, por
ahí, lejos, y el Nene se fue atrás. Que una hembra tira más que una yunta de
bueyes, o "si te vas me tiro del Obelisco" son sentencias razonables, así que el
Nene saludó chau a la mujer y a una hija de tres años; de las que nadie sabía,
olvidó el aceitado mecanismo policial para negociar cigarrillos "importados" que
lo exhibían como un duque en su BMW, y voló detrás de Su Li en un arrebato
indetenible, casi mágico... Ahí guiñó apenas un ojo el hombre y prosiguió que
por aquel tiempo nadie sabía por dónde andaba Fu Manchú o el Papa Vaticano,
aunque antes del año por la calle Corrientes alguien afirmó "no cualquiera se
hace internacional cuando quiere" y del Nene hubo una pésima noticia: "no se
sabe cómo, pero al Nene lo bajaron". Y nadie se asombró porque en los sesenta
todo sería distinto, menos morirse de amor.
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EVITA EN EL CLUB DE LOS INGLESES
- ¿Y me pregunta qué pienso de esas personas? Bueno, si usted vino de Europa a
estudiar nuestra historia debe saber bastante y yo, de verdad, mucho no puedo
agregarle. Recuerdo, eso sí, Evita se murió el 26 de julio de 1952 a las veinte
y veinticinco, ese sábado no hubo baile ni en los casamientos y "qué lástima, si
en el salón de los Bomberos Voluntarios actuaría Juan D’Arienzo y la entrada
valía diez pesos", resonó en el café y el patrón nos advirtió "pasó algo serio,
pendejos, y menos broma". Don Santos era un catalán llegado al país por el
cuarenta y le gustaba repetir "Perón es un conservador tan lúcido que tiene de
asesor a mi paisano Figuerola, que con la Eva no se lleva pero sabe mucho y
redactó el Plan Quinquenal". ¿Usted tiene más de ese Juan Figuerola..? Bueno,
así que media hora más tarde cerraron todos los negocios y a juntarnos en alguna
casa a pasar la noche, aburridos. Por ahí encendíamos la radio que hablaba de lo
mismo, empezó a repetirse que había muerto la Jefa Espiritual de la Nación,
alguna vieja se persignaría "y, ya se sabía, estaba muy enferma, pobrecita", y
la mayoría de la gente, me acuerdo bien, no abría la boca por seriedad o esas
cosas. Aunque claro, usted puede imaginarse, nosotros de puro veinteañeros
dejamos de atender los discursos y al rato éramos seis o siete jugando por una
lotería de cartones, un juego familiar también desaparecido. Ahora se me ocurre,
¿usted ya sabe que de verdad los días de morirse Evita las fabriqueras "dignificadas" por ella en las textiles como Alpargatas, donde se taponaban sus
pulmones de pelusa, o las congeladas en las fosforeras de Avellaneda laburando
diez horas, esas bien en serio la lloraron con lágrimas verdaderas? "Qué pecado,
tan joven, treinta y tres años", mientras la otra mitad la llamara La Mujer del
Látigo, la puta esa o ensuciaran las paredes con "viva el cáncer", buenos datos
para usted que quiere estudiar nuestra tragedia...
Y sí, le digo que de comunicados a música sacra y condolencias, pasada la
primera madrugada el duelo se fue haciendo un escolaso gigante sin peronistas ni
contreras. Al velatorio de diez días fueron millones en tanto otro país jugaba
por monedas a lo que fuera: de lotería al monte, del truco por parejas al pase
inglés con dados, no por mucha guita entre nosotros y por ahí, misteriosamente,
el segundo día del duelo en la Casa de España apareció la misma ruleta "ilegal"
de cada fin de semana. Total, Evita se había muerto y nuestros viejos discutían
si ella era o no más peronista que Perón, que según decía don Santos, tan
conservador que al comprar los ferrocarriles bautizó los recorridos con el
nombre de un General de la Nación. Roca, Mitre, Urquiza y hasta General
Sarmiento, sin darle bola a que ese tipo, usted debe saber, era más bien un
escritor. En fin, después le cuento de esos personajes que me preguntó, pero ya
le digo que unos años antes, por noviembre del ’48 yo pude ver a la señora María
Eva Duarte de Perón bien de cerca. Ahí, a dos metros, en el Club de los Ingleses
lindero a la estación de Escalada; que para nosotros era un sitio ajeno y desde
la vereda un sábado descubrimos a unas señoras con pollerita blanca jugando al
crocket, - nos costaba el nombre- porfiando en golpear una bocha y embocarla por
unos arcos de alambre que nos daba risa. También supimos espiar algún
entrenamiento de unos grandotes de otro barrio que jugaban al rugby y no
entendíamos porqué los tipos no terminaban a las piñas cada jugada. Y esa mañana
todos de guardapolvo blanco almidonado para oír a María Eva Duarte de Perón a
decirnos que los ferrocarriles ya eran nuestros, que ese Club no sería más de
los ingleses sino desde entonces el Club Ferroviario más el nombre del General;
y era cierto porque en la cancha de rugby ya jugábamos al fútbol. Hacía frio y
no éramos muchos de la escuela número dieciseis; Alvarez, el petiso Cumar,
Miglierina, Nunez, Requena; el sexto grado sin movernos y ahí la Señora, Eva
Perón, Evita, y no le diría que era de tal manera porque quizá hoy la imagino
como supe después que fuera ella: delgada, de piel transparente, cuando crecí
aprecié mejor sus piernas y sin duda, Evita era muy linda mina... Por aquel año
se construía la avenida Pavón y después de bautizar al Club Ferroviario nos
dieron un sánguche y de vuelta a la escuela, cruzando la calle por encima de
unos tablones y al verme la Ñata, la modista amiga de mi vieja, me habló con su
voz de pito "decile a tu mamá que la señora tenía un chifón y unas medias de
vidrio que valen un dineral". Pero a mi vieja de aquello ni medio; me deslumbró
– y es la palabra- aquella gente que subía a un camión chiquito para ir a
festejar otra conquista, todavía sin golpes de bombo ni abanderada de los
humildes que entró en la inmortalidad a las veinte y veinticinco, que llegó más
tarde. Aquella gente disfrutaba su felicidad por nacionalizar la flota, los
ferrocarriles y los aviones lo mismo que después festejaron yendo a la Plaza de
Mayo cuando nos vendieron los teléfonos, el petróleo y los adoquines. Así fueron
las cosas, y yo aquella mañana de ver a Evita no entendí al gentío aquel
subiendo a dos camiones luego de cambiar de nombre al Club de los Ingleses, tal
vez emocionados por recuperar la soberanía, la independencia o algo menos
lejano: llenar todas las plazas vacías. Eso, ahora se me antoja que siempre
quisieron batir el récord de llenado y gritar sintiéndose muchos, "no es una
idea, es un actitud" escuché más tarde, pero esa dicha de sumarse al griterío
sería más íntegra si los diarios tomaban fotos y cada uno lo hizo sin
preguntarse si valía la pena tanto gritar y gritar la vida por esto o por
aquello, hasta derrumbarse en la cama cansado pero feliz. Haber participado de
algo esa vez al menos los completaba, los convertía en imprescindibles, si al
fin soplar siendo muchos y a pulmón lleno Viva Viva debe ser igual a besar a la
muchacha de la película o meter el gol del mundial sobre la hora, De taquito,
después que la tocaran todos, y eso luego se lo explico... Y sigamos señora,
gritar y gritar mirando al cielo porque tanto grito es la liberación psicológica
del obrero ante el patrón o ganarle al enemigo vendepatria que después de tanto
ruido, pobrecito, eso nunca aconteció pero usted debe suponerlo; esa actitud a
la gente le hace bien por encima de quienes hablan contra el mito inservible,
aunque lo utilizan cuando pueden. Ahora, si usted me pregunta por los herederos
de tanta euforia, ellos viven lejos de la villa que usted vé, se divierten
ensalzando a Evita al entonar la marchita el día de su muerte y luego brindan
con el vino más caro. Y si eso no es una hijadeputez, ¿qué le parece, señora?
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APRENDER
EN FAMILIA
Desde chico a Facundo le importaron las mujeres; más que a otros porque a él lo
ayudaron a crecer dos tías, hermanas de su padre. Dora, la mayor, y otra alta y
no muy delgada, la tía Ester, que cuando él cumplió quince ya pasaba los
cuarenta y era de bañarse con la puerta del baño entreabierta. Desprecio a los
encierros, a saberse presa, - asunto de psicóloga facilera, vaya uno a saber-
que a Facu lo mantenían atento por si la tía Ester decía "dame la toalla" y él
entraba de espaldas, "ni se te ocurra mirar, mocoso", a darle el toallón color
violeta y una vez cubierta ella lo animaba "ahora podés mirar". Aunque cada vez
menos estricta porque una tarde que Dora salió y no volvería temprano, la Ester
le mostró las piernas bien arriba de las rodillas, "hasta ahí, nene, que ya sos
grande", y se rió al dar dos toquecitos de abrir y cerrar el toallón para
exhibirse entera. ¡La tía Ester! Otro día lo llamó "Facu, la toalla", y le dejó
a medio cerrar un espejo del botiquín que reflejaba sus tetas blancas y redondas
al enjuagarlas, demoradamente; tras la ducha le preguntó ¿"te gustó ver,
espión"? Después Facundo no entendió porqué la tía Ester pareció ausente y se
fue a dormir temprano, sin hablar ni con la hermana, aunque al día siguiente le
ordenó "vamos a bañarnos" y al presentarse él con el toallón violeta escuchó "vení vos también". Así que aterido y queriendo mirar a cualquier parte, con su
mano ansiosa de pibe adolescente ejercitó el ir y venir una pastilla de jabón
entre las piernas de esa mujer que lo fregaba contra su pecho, mojados y
palpitantes bajo la ducha, "así nene, así", gemido risueño de la tía al culminar
sin detener su hábil manoseo para llevarlo también a él a un quejido sofocado y
placentero.
Después de aquello, por la casa pasaron días sin miradas, de no haber ocurrido,
y al irse la tía Dora todo el fin de semana, - "esta debe tener algún viejo", la
oyó hablar a Ester con una amiga por teléfono- el viernes a la noche ella le
besó el cuello un par de veces y al levantar la mesa se le arrimó con el batón
abierto. Facu, a quien acaso el reloj íntimo se le adelantara durante aquel
tiempo, la miró sonriendo al empezar a deslizar sus manos; ella lo apuró "apagá
la tele" y esa vez él no soportó la conmoción de vergüenza y sangre apresurada
bajo la ducha, porque la ceremonia del jabón yendo y viniendo derivó en caricias
más profundas y pronto la tía decidió "vamos a la cama", secándose apenas. Sin
conocer aquel juego Facundo lo empezó como si supiera, y en imprevisto
aprendizaje, con docilidad, acompañó que la tía le fuera sumiendo la cabeza
vientre abajo y allí se entretuviera en aprender sin apremio aquella noche. Si
después de todo ella también andaría por sus lugares secretos, cuidando siempre
"no me manches la sábana, nene", y según mujer fértil que guarda un preservativo
por si acaso, Facu se incorporó al borde de la cama sintiendo que transcurría en
un sueño porque jugando jugando la tía Ester simuló un protocolo al colocarle su
forro bautismal. Y ya igualados y amantes sin ambages, con alegría cierta
olvidaron toda diferencia cuando la hembra mayor de cuarenta, alta y no muy
delgada, abrió sus rotundas piernas al vigoroso chico de quince y de ojos bien
abiertos, para homenajearse los sentidos sin debatir edades ni parentescos.
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DIFERENCIA DE PAREJA
Luego de enmarañarse la discusión entre lo bueno y malo de ser billonario como
Bill Gates, Ivana pronunció una frase de cierre y salió al canal de televisión.
- No seas resentido, Quelo, que si alguien logró esa fortuna se la merece...
Entonces al quedarse solo y después de sumar, restar y dividir por dos, Quelo
resolvió un broncoso resultado: la hembra de compartir techo y cobija venía muy
loca de la cabeza; le zumbaba el balero; y aunque gracias a teleteatros y
desfiles de la moda fashion Ivana ganara la guita en bolsa, que ni soñara en
llamarlo resentido. Así que varón resuelto a separar las pilchas y hacer la
valija, - seis camisas, dos remeras, el pijama celeste regaláselo al primer
chabón que conozcas- en ausencia de Ivana Pérez Lamour, famosa actriz televisiva
y propietaria del depto, él abandonó el hogar sin palmadita en la mejilla y el
"ojalá tengas mucha suerte" que tanto se acostumbra. Y aunque en toda bronca
divorcista cualquier poeta desenfunda un versito y a otra cosa, esa tarde Quelo
prefirió arrimarse al habitual mostrador de Nico.
-Ya pasará, Quelo. ¿Whisky?
- Sí Nico, pero decime, ¿por una mina de raza especial debo vivir aplaudiendo
cualquier tontería? Por favor...
- Y sí, para ella la vida es un sueño. Pero te la envidia medio Buenos Aires.
- Nico, no estoy entrenado para repetir que triunfadores y derrotados se lo
merecen; es una indolencia muy grave.
- Es verdad, loco, pero el mundo no se arregla discutiendo con tu mujer.
El asunto era denso y como su "analista al paso" tampoco lo conformaba, Quelo
tomó sólo una copa, salió del bar y luego vería dónde pasar la noche. Revisaría
su agenda de amigas y amigos, y algún alojamiento transitorio encontraría. /Pero
qué mina tarada/ Al margen de las veladas que solían regalarse, Ivana vive
creída que no necesita usar la cabeza, "ese recurso de la gente fea", sabía
reírse, y visto de esa manera cualquier cirugía estética es inmoral, qué joder.
Ivana es una fiesta, rubia, alta, vikinga ucraniana, pero decirle resentido a
Quelo Varela por pretender que todos larguen de la misma línea, vamos piba...
Al hurgar las llaves del auto Quelo advirtió a una pareja de chicos cerca suyo.
Los pibes se visten todos igual, los dos con camperas y una altanería
superficial; aunque la diferencia saliente era el culo de la chica. Y al pensar
que se enredaría en una idea incómoda para ese momento, un relámpago lo apuró y
la parejita quedó atrás de él. Abrió y se acomodó en el auto al caer las
primeras gotas vigorosas, dos hombres apuraron el paso y otro refucilo alumbró a
la chica mirando por el parabrisas.
- Abrí y no te hagas el loco - el muchacho le mostró un arma por la ventanilla y
Quelo destrabó la puerta y encendió el motor asombrado de su propia calma. La
chica se acomodó en el asiento trasero; ninguno tendría veinte años y el
contraluz de la lluvia al anochecer decoraba la escena.
- Tranquilo viejito y vamos para el Bajo.
Quelo deglutió lo de "viejito" y se metió en la montonera de autos que iba por
Callao. En el primer semáforo un taxista lo miró en dos tiempos y siguió en la
suya; manejar por la Recoleta encañonado por un loquito y atrás una piba que ni
abría la boca no era buen programa para ese atardecer de un viernes.
- ¿Qué llevás en el maletín? - lo prepoteó el muchacho.
- Camisas y calzoncillos; son grandes - y le volvió el coraje inesperado.
- Doblá a la izquierda y no te hagas el gil.
El tránsito apenas se movía y en cinco minutos recorrieron dos cuadras. La
tormenta crecía, no veía manera de llamar la atención y al fin, si alguien
supiera que él soportaba un revólver apoyado en las costillas tampoco
reaccionaría. Por el espejo, Quelo apreció a la chica, asustada y sin decir
palabra, el muchacho miraba al frente, dominando la situación; instante justo
para frenar de golpe contra la vereda y salir a la lluvia quitando la llave de
contacto.
- Pará loco, que te quemo – Quelo sintió cerca la amenaza pero siguió y bien
pronto la corrida le forró la boca de nicotina. Dos mujeres de impermeable
sonrieron al ver su tranco despavorido pero él siguió su mojadura en acto de
contrición, pecador que hombreaba la cruz por mayores culpas más esos dos
chorritos que ni sabían a quien robar. Antes de la esquina se derrumbó sin
aliento. Por allá se iban sus atracadores, bajo el chaparrón; pobres pibes,
pensó.
Cuando Ivana volvió al departamento ya Quelo juraba por décima vez dejar el
cigarrillo, había calentado su esqueleto con un baño caliente y ordenado remeras
y camisas en el estante adecuado.
-¿Me esperabas mi amor? ¿Ya se te fue el enojo? No imaginás el programa
alucinante que hicimos. Bárbaro. Me doy una ducha y te cuento – entró Ivana con
su mejor estilo triunfal. Entonces Quelo Varela sonrió y al besarla en señal de
paz, imprevistamente le crecieron dos deseos formidables y contradictorios: amar
a esa mujer hasta el agotamiento o retorcerle el cogote igual que a una gallina.
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DON SIMÓN
Por mi barrio andaban los rusos cuentenicks, unos judíos vendedores puerta a
puerta que sin regalar nada cobraban cuando podían. El que visitaba mi casa se
llamaba don Simón y hombreaba de todo: frazadas, un juego de platos, un delantal
y zapatos cuando empecé la escuela y hasta un vestido al casarse mi hermana. El
ruso de mi familia era una tienda ambulante y nadie le entendía bien cada
palabra.
Por ahí en mi casa le colgaban la cuenta, don Simón dejaba de aparecer y
debíamos pagarle en el Once, por la calle Alberti. Una vez acompañé a mi viejo:
yo había aprobado primer grado y don Simón, sentado de espaldas a una ventana de
cortinas macramé, exhibía con dos dedos una tarjeta desteñida donde figuraba la
cifra impaga. Sin hablarse, el ruso acercó demasiado el cartón y mi viejo, como
si mostrara una baraja ganadora desplegó un billete verde y empezaron a reírse
hablando de otra cosa. Y además de esa imagen guardo otra película sepia: don
Simón tomando resuello un verano en el patio de casa, su bolsa de cotín celeste
apoyada en el enrejado verde y mi madre cebándole mate de leche. Película en mi
casa de pibe, olor a higuera, nuestro eterno gato gris durmiendo en una silla y
en la escena don Simón, con su saco de dormir ribeteado de cordón azul en
trabajosa charla con mi madre; delgada, de pelo rubio peinado a la banana y
nerviosa por nada, cebando mate y a escondidas me ofreció "uno para el nene y a
jugar que los chicos no toman".
- ¿Cómo anda, don Simón?
- Mucha calor. ¿Y Pablito?
- En el taller, con el auto. Dejó unos pesos para usted.
- Está bien.
Ningún otro diálogo se me ocurre, aunque ¿qué nutriría a ese tipo encorvado por
su cargamento, flaco y la mirada humedecida al contarle a mi madre que su
familia había muerto en la guerra? "Muertos todos, como ovejas". Alguna vez
supuse el nombre de su aldea pero no la busqué en el mapa, si al fin la matanza
es una sola...
Un fin de año la cuenta se hizo impagable y nos fuimos a Mar del Plata para
hacer la temporada con el taxi. Allá mi papá vendió el auto, un Buick del '30, y
enseguida viajó a Buenos Aires para comprar otro. Al llegar de vuelta salimos en
familia a la vereda y un par de vecinas nos miraban a media sonrisa, mi hermana
me traía de la mano y por única vez vi abrazarse a mis padres. Mi mamá vestía su
saquito de lana mal abrochado y el viejo me levantó por el aire hasta su risa
gardeliana. Un rato anduvimos en familia alrededor del coche nuevo, un modelo
'29, y al abrir la puerta trasera había paquetes hasta en el piso.
-¿Visitaste a don Simón, Pablo?
-...y compré pilchas para toda la cría.
¡Y qué lindo sería si aquello no fuera otro invento de mi nostalgia! Porque al
fin, en esta profunda memoria amotinada don Simón llegaría por detrás del
barrio, cruzando el potrero que nos unía al barrio de los Pecosos, margen de la
civilización, y por ese paisaje inamovible el cuentenick ruso esquivaría cardos,
hormigueros gigantes y su grasiento sombrero pajizo embestiría contra el sol
enfurecido de febrero. El hombre cargaría resignado su mochila repleta por
enaguas de mujer y camisetas de frisa, sus dolores de pie y sudores de
entrepierna más una perpetua lágrima por cierta mujer de allá lejos, su lugar de
nombre impronunciable. Porque don Simón venía de lejanas orillas, de caminos a
recodos ferroviarios y paisajes dibujados a su antojo; todo rumbo lo llevaba
adonde fuera...
Por entonces se casó mi hermana y en la fiesta probé un sorbito de anís de don
Simón, que se quitó el saco en la reunión de poca gente y hasta bailó con la
novia. Tal vez yo tendría conmigo esta incertidumbre que modifica el cuadro,
pero recuerdo a mi viejo Pablo y a don Simón tomarse de los hombros para entonar
"para mí eres divina" y un tanguito que ahora no me acuerdo. Y nombrarían, eso
sí, a las pupilas del quilombo de Dock Sud y otros alborozos aunque mi padre ya
tuviera la sonrisa bajoneada y el ruso lo animaba con códigos incomprensibles y
estirando sus tiradores colorados; y hoy me pregunto ¿qué ritos convocaron esos
dos tipos para entenderse, qué nudos los ataría para sentirse idénticos? Muy
pocos, pero a don Simón también le gustaban mucho las minas...
Como luego del casamiento de mi hermana mis padres se separaron, entiendo más
interesante mi aventura por aquella frontera despoblada de donde surgía don
Simón: el barrio de los Pecosos, la hora de la siesta, un carro cachaciento
cruza el descampado y lejos vuela un gorrión; nada soberbio para ser contado. Y
quizá por eso derivé en esta rutina previsible en la que siempre al resto le
aconteció lo deslumbrante; jamás me dijeron de un naufragio con arcones y
tesoros bucaneros y cuando ya nadie hablaba del asunto, supe de aquel suicidio
que sacudiera el barrio. Nada entretenido para decir y que alguien se interese
en atenderme; nunca logré un gol sobre la hora, ninguna tía desfloró putamente
mi inocencia ni emprendí un sólo proyecto temerario que al menos, resonara
alguna risa. Cien veces crucé el mismo escenario, nadie se distrajo en ofrecerme
apenas un vistazo y tantas travesías sin aconteceres cerca de mi casa me dejaron
esta certeza de no descubrir nada ni ser mirado nunca. Entonces mi viejo y don
Simón me habilitan por ser dos temerarios capaces de sacudir cualquier comedia:
cuentenick ruso soportando tanta cuenta impaga, masacres familiares o hacerse
millonario sin volver a la aldea; y su amigo Pablo enredado en mujeres del
vecino, un balazo en la revolución del treinta y huir del domicilio cuando venía
la mala. Y entonces mi delirio cierra mejor con don Simón y mi viejo eligiendo
la mejor camisa para seguir borroneando la tarjeta amarilla, y por encima del
Danzing o el Moldava putañeando allá en el paraíso al perseguir entre nubes a
las virgenes infernales. O entonando en hebreo arrabalero una noche de joda con
San Pedro.
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A MI GATO LE ENCANTA MOZART
Hoy me distraje mirando a mi gato. Con decoro, porque él es distante, discreto y
sabe callar. En verdad, le anduve alrededor y recordé a Lord Byron: el gato
posee belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad; todas
las virtudes del hombre sin sus vicios. Una semblanza menos cínica que la de
Ambrose Bierce: Gato. Suave autómata indestructible preparado por la naturaleza
para recibir patadas cuando las cosas van mal en el círculo doméstico.
Al mirarlo entiendo que los gatos se vuelvan invisibles cuatro veces al día, y
si ellos quieren nadie pueden verlos de guardia baja, empobrecidos de lluvia y
madrugada. Al tiempo de atenuar su exhibición cualquier gato se hace etéreo,
inatacable, y su corazón late en una verdad lejana y superior. Ya deberíamos
saber ese misterio.
Mi gato se llama Fidel y revive al escuchar música en mi falda; sigilo al
distenderse, sutileza ajena a la gravedad, cuerpo imperceptible. Al oir el
Pugliese yumbeado de "Negracha" o "La Cachila", Fidel conmueve su pelaje y
pierde su mirada lejos. Eso me anima un poco, aunque al Piazolla de "Verano
Porteño" mi gato no lo disfruta. Fidel, es música con esencia y te hace ver a
Buenos Aires desde el cielo, le digo pero él ni se entera. Y me apena porque aún
no aprendió que el tango es una catarsis nostalgiosa y absurda, que de pronto
irrumpe cabalgando un silbido para hablarnos muy quedo, despacito, de nuestras
plenitudes, sin testigos. Porque el tango es el vino a solas, el sueño demolido,
la mirada de esa piba que a ráfagas retorna y a contraluz de todo pensamiento se
adueña del momento. Fidel, el tango es en voz baja. Nos trabaja por adentro su
rasguido de viola misteriosa si los gnomos del recuerdo nos llegan de costado,
versallescos, o cuando los olvidos olvidados retornan de rebrote y se apropian
al fin de nuestro cuerpo. Por eso el tango en alta voz y teatralero es una
grosería de recién venido, y sin lo íntimo de confesarnos cada tanto,
deschavarnos en un "vos sabés como fueron esas cosas", sería una música más,
carnestolenda. Siempre nos vuelve el tango, no perdona...
Aunque ¿cómo contarle a un felino sin necesidades el enigma tanguero de los
derrotados, cigarrillo de lenta ceniza meditada, reloj de insaciable desgarro?
En cambio, oyendo el "Concierto Número Cuatro de Mozart" Fidel se hace una
fiesta. Levita leve y ligero, gato definitivo que se convierte en dos sílabas
sin cuerpo y vuela oyendo el sólo de corno de Dale Clevenger. Sin jactancias
pero es bueno decirlo, mi gato será un atigrado cualunque cabezón y sin prosapia
pero su gusto musical lo diferencia. Cualquier gato puede ser un amante a
hurtadillas, merodeador de habitaciones sin apenas proyectar su sombra,
clandestino de hacer silencios a su antojo y llevar en sus ojos el secreto de la
libertad, aunque sin pedantería, ninguno supera a Fidel para disfrutar a Mozart
en mi bemol mayor.
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VERDE Y BLANCO A RAYAS VERTICALES
Por la última fecha del Campeonato de Primera División, en cancha de Banfield se
enfrentaron el local y San Lorenzo. Ganó Banfield tres a uno y culminó así una
buena campaña en el torneo; publicó un diario el 8 de noviembre de 1942. Ese día
a Pablito el padre lo levantó en brazos al festejar un gol y aquella visión de
camisetas verdes y blancas lo acompañaría siempre.
Aquello aconteció en los años cuarenta y por los cincuenta Pablo supo merodear
los vestuarios del estadio tras una prueba futbolística que nunca consiguió,
quizá porque ya los jugadores llegaban de lejos. Luego, se fueron cambiando sus
vocaciones y él empezó a cuestionar las mismas alegrías que de chico agigantaba
en su corazón. El fútbol sirve al Poder; solía repetir, aunque una vez vendiendo
libros en alguna provincia y ser invitado a pelotear con otros viajantes,
disfrutó al vestir ocasionalmente la casaca de sus amores. Verde y blanca a
franjas verticales.
Por los setenta algo lacerante le ocurrió también a Pablo: unos tipos con
capuchas de pesquisar escritos rompieron su casa en la alta noche, violaron a su
mujer y en una dependencia embanderada, lo torturaron a gusto. Pero esto no
agrega a ninguna reseña deportiva, ya que luego lo tiraron desde un auto con su
existencia rota y apenas entera sus evocaciones de infancia. Así que llegando
los años del ochenta se encontró viviendo en España, donde los imprevisibles
amigos de Sevilla lo instaban a compartir agasajos y tabernas; y un luminoso 12
de octubre vomitó en la plaza de La Maestranza cuando el diestro Rafael de Luca,
que esa tarde saliera por la Puerta del Príncipe, faenaba su segundo toro.
Pablo no consentía el atavismo de la muerte gratuita y entonces, sin saberlo ni
la dueña del apartamento que rentaba en la calle La María, cada domingo solía
irse de paseo luego del mediodía y regresaba al crepúsculo. Sólo, con la mirada
sin convicción se recostaba en el sillón de su lectura, donde por un minuto
volvió a ver la alegría de su viejo con él en brazos al festejar un gol, al
vasco Lángara colorado de furia pateando aquella pelota gigantesca y al negro
Silveyra corriendo jorobeta contra la línea como una gallina. Toda su vida se
redujo a un solo fotograma de aquel Banfield tres San Lorenzo uno, cuando al
salir de la cancha con su sombrero rancho y aquella sonrisa grandota, el padre
le preguntó ¿te gustó?, él dijo sí, mucho, y el viejo agregó ojalá siempre te
acuerdes.
Hasta que por el año noventa, en un soledoso atardecer de domingo en Sevilla,
Pablo sintió un dolor en el pecho, profundo y definitivo... Y al entrar los
vecinos a su habitación hallaron una camiseta futbolera desplegada bajo su
cuerpo.
- Del Betis, verde y blanco a franjas verticales – dijeron.
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REVANCHA DE TUS OJOS
Cualquiera sabe que las mujeres miran mejor la cámara, pero no me divierte
repasar fotografías sin encontrar la mirada de Maite. Pasaron muchos veranos de
aquel tiempo recaliente en Cárdenas y las fotos no devuelven sus ojos. Esta es
una linda toma del mercado construido por los españoles dos siglos atrás,
testimonio colonial les divierte decir a los del pueblo, y al pibe avisando que
no había cerveza en el pueblo le cacé justo la expresión. Las tomas del dominó
en la vereda son lindas y la del gordo de pañuelo en la calva es buena de
verdad. Al viejo con dientes marrones le perdí la sonrisa ingenua, qué lástima,
los arabescos en la camisa del vendedor de guarapo están definidos y por fin, el
carricoche que alquilaba Angel para recorrer el pueblo por cinco dólares.
- Dejamos a la señora en su casa y luego andamos una hora - dijo el hombre al
acomodarme a su lado. Maite viajaba sola atrás, mirando el mediodía bajo la
capota de hule descascarado.
- Angel, dile al argentino como la pasamos aquí en Cuba – ella dio parte al
bajar y recibí su mirada sin retorno. Luego Angel me prestó las riendas y enfocó
mi compadrear en el pescante; "yunta oscura trotando en la noche, latigazo de
alarde, sobón" le entoné un tanguito y Angel no entendió ni medio. Aquí la
antigua estación de trenes; atrapé esta mancha de aceite en el agua contra el
murallón, un lujo; esta viejita cruzando en bicicleta alcanzó a reírse cuando el
mediodía era un infierno y la boya gigante sobre la plazoleta la tomé sin
filtro. Se reveló brillosa.
- Esta boya es un símbolo del pueblo. La trajo del mar el huracán del año veinte
– me participó Angel de su orgullo cardenense y al guardar la cámara llegaron
estos chicos a comprarme las zapatillas. Estupendo, cualquier pibe atorrante del
mundo entrega un buen focazo.
- El enemigo nos pega con el consumo, que nos duele - comentó Angel y yo le
pregunté qué podía untarme en la quemadura en los hombros. Hasta que aparece
Maite, negra de mi corazón; en la primera se agregaron unos tipos desenfocados
de ropa colorinche y refulge el oscuro de sus piernas. Su falda corta al volver
de su trabajo en la Telefónica será eterna, la blusa sería más verdosa, no se
aprecia bien; en la segunda toma su pose es una canchereada reputona de pelo
sobre la frente y boca entreabierta de fiera en acecho. Es buena pero no
conseguí tomar bien sus ojos, poca luz, no sé. Luego ésta de mundo detenido
tiene clima, Maite en su soledad provinciana, el portal de la casa levemente
rosa y detrás la cortina de la habitación; aquí ella entre dos coches
estacionados y el mandoneo sus piernas mejora el cuadro; el escote de la blusa
define sus hombros huesudos al sostener un sombrero de paja contra la nuca. Sí
señores, no necesito poemas de Nicolás Guillén, palmeras que se abaniquen ni
páginas de Carpentier al aire: ella es Maite, inigualable, labios morados de
hembra ceñida cintura exacta a mi fantasía y que luego de esta toma que el
planeta siga girando sin remordimiento.
Si descifrara los ojos de Maite volvería a la siesta del sábado en su
habitación; ocurrencia de dos adolescentes de repente desnudos, boteros a la
deriva y con temor de precipitar promesas de amor, que no dijimos.
- Yo no acostumbro hacer esto - sonrió al ayudarme a destrabarle el corpiño.
- Creo que yo tampoco - y ahogamos la risa al juntar la respiración.
Maite, trémolo oscuro, en la entresombra del cuarto fuiste una satinada
adivinación y mis palabras, apenas sugestones de cuánto me gustabas.
- Con una piel como la mía, mi tatarabuela se ocultaría mejor en la selva – se
divertía al saberse novedosa. Pero igual vimos el resplandor de amarnos y al
untar mis hombros con sus manos alargadas y fuertes sentí que despertaba mi
imbatible "tristeza buenosaires". Y entonces le prometí fotografiar su pueblo,
Cárdenas metro a metro, y a escuchar que Angel me contara que "de muchacho Fidel
lo necesitó y él entró al monte con otro compadre, que después lo fusilaron por
esa vaina tan fea de la droga".
Maite, tanto quise decirte y no acerté con la palabra cierta.
Este quizá sea el rollo número veinte y trae su vestido con bordados y tajos,
herencia de su abuela. Maite ostenta sus triunfales muslos, ríe a todo diente y
aparece la mesa de mi cumpleaños. Ya pasado tres meses compré velas, langosta y
Angel llegó a la fiesta con su mujer; ¿dónde estará la camisa china que me
regalaron? En esta desplacé mucho el lente, la sonrisa desborda pero sus ojos se
siguen negando. No eran muy oscuros "sus ojos de azúcar quemada" aunque nunca
conseguiré de nuevo la ráfaga de aquella tarde; yo y Maite en alegría a un solo
tiempo, absolutos, y la sonrisa entristecida al salir de la ducha y subir sobre
mis pies a reflejarnos la mirada.
- Y éste será el secreto que nos una, creencia yoruba, - dijo y de pronto
principió la tristeza porque cobijados en un toallón no terminábamos nunca de
secarnos y navegaron lágrimas entre mi pecho y su piel de hada negra más
profunda que cualquier caricia. Ahí de nuevo se empañaron mis visiones del
mundo, así que yo, sin huevos para llorar ni gritar "Maite te quiero" salí a la
calle a una celebración de la amargura. No hubo más fotos ese día ni al irme con
Angel a meditar la lluvia cayendo en el mar y fondear una botella de Legendario.
"Que el ron sirve contra el mal del tango". Y antes de trabarnos la lengua de
último trago y el matungo nos retornara por su cuenta, Angel y yo sentenciamos
algunas "verdades de la vida, pibe".
- Y te digo que Maite es una jeva muy mujer que no llora contigo de capricho; tú
le entraste en el alma.
- Angel, anotá esto. El amor sólo existe con alegría y coger riendo es
revolucionario - y muy en curda deliré "yo volveré a buscarla, te lo juro".
La botella quedó flotando contra el muelle y el mancarrón volvió al paso, sin
desvelarnos. El agua percutía en la capota de hule negro y despintaba un mural
del Che Guevara. ¿Por qué, Maite..?
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