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Fútbol y violencia

NOTAS EN ESTA SECCION
Aguante y represión
Los hilos secretos de la violencia
Entrevista a Amílcar Romero

Aguante" y represión

Pablo Alabarces (compilador); Proyecto UBACyT TS55, 1998-2000; Proyecto PIP 0181/98 CONICET. La investigación ha sido financiada por la Universidad de Buenos Aires y el CONICET.

Capítulo 6 de "Peligro de gol. Estudios sobre deporte y sociedad en América Latina"

1. Un estado de la cuestión: las miradas

Los fenómenos de violencia relacionados con el fútbol han sido objeto de una escasa atención en la Argentina, si entendemos atención como mirada especializada, como la construcción de un saber de estatuto fuerte: por el contrario, la violencia ha sido transitada por una masa de discursos, periodísticos y políticos, que no se apartan de interpretaciones de tono estigmatizador y esquemático. La academia argentina no ha producido conocimiento sobre el tema, con las excepciones que analizaré más adelante.
Cuando el periodismo trabaja los problemas de violencia, lo hace regido por lo que Ford y Longo (1999) llaman la "lógica de casos"; el "problema" asoma en la superficie de las primeras planas cada vez que se produce un "caso" que lo reactualiza. Pero su tratamiento no excede los días en que el caso en cuestión se mantiene en la agenda, para luego desaparecer. Durante esos días, el análisis de lo publicado entrega la reproducción del discurso dominante, expuesto como sentido común; la "investigación" se entiende como producción de datos (estadísticos o documentales), agregando normalmente una nota editorial focalizando y advirtiendo a la comunidad sobre los caminos a seguir. Sin embargo, como es previsible dada la lógica fragmentaria de esta presentación, el caso no remite nunca a contextos más amplios de argumentación y explicación; se cierra sobre sí mismo, agotando en la pura narración del hecho toda la exposición y el conocimiento posible. Esta argumentación casuística privilegia una exposición narrativa, pero habitualmente suspende la crítica.


 

Como puede leerse en Coelho et al. (1998), en el trabajo de análisis que desarrolláramos sobre cobertura de los medios respecto de hechos de violencia en la Argentina2 se pueden observar ciertas recurrencias del tratamiento de las noticias, a pesar de diferencias formales e ideológicas entre los distintos medios consultados. En todos ellos el lexema dominante es inadaptado: la colocación de los supuestos responsables se produce fuera de una normalidad social que se presupone, no se explícita, salvo en el marco general (y tajante) de un nosotros (los buenos)-ellos (los malvados y violentos), como puede verse en la última campaña institucional sobre el tema.3 El violento se califica así como un-debe-ser-excluido —frente a la tradicional significación negativa de excluido, que normalmente califica a las victimas del neoconservadurismo económico como reemplazo de las viejas categorías de la izquierda: pueblo o proletarios. Consecuentemente, estos sujetos son objeto de metáforas biologicistas: son cuerpos extraños que deben ser extraídos del cuerpo social (demostrando, si las hipótesis de De Ipola -1983— son correctas, que el periodismo insiste en tópicos discursivos propios del pensamiento de derecha).4 Asimismo, son sujetos animalizados —bestias, animales salvajes, son algunos de los tópicos más abundantes; una lectura similar puede verse en Young (1986). Los repertorios estigmatizadores rematan, sin embargo, en una paradoja: porque las acciones violentas son calificadas como criminales y son objeto de metáforas bélicas. La paradoja reside en que la animalización y la biologización expulsan estos comportamientos del campo de lo racional, mientras que su calificación como conducta criminal y su organización en términos de actitud bélica supone un fuerte racionalidad: tal como se describe habitualmente en la bibliografía sobre el tema, los comportamientos de las hinchadas en episodios de violencia señalan organización y planificación, excepto en los casos de incidentes que pueden ser calificados como espontáneos, donde la racionalidad se puede reponer en el análisis del comportamiento, pero sólo provisoriamente en el momento de la práctica.5
Esta descripción de un mecanismo narrativo y estereotipizador, conduce necesariamente a que no es en el terreno del periodismo donde podemos hallar una lectura fuerte de los fenómenos de violencia. Dijimos antes que los estudios académicos han prescindido del problema: la violencia en el deporte pertenece al sistema clasificatorio mayor "deporte", donde la sociología y la antropología argentina no se han entrometido. Por el contrario, hay una importante serie de trabajos relacionados tanto con la violencia política, que atravesara nuestra sociedad entre mediados de los años 50 y los 80, como con la violencia urbana, en lo que respecta a la inseguridad ciudadana producto de las nuevas condiciones de vida en las grandes metrópolis y la pauperización creciente de grandes masas de población en los regímenes neoconservadores; así también en lo que toca a la violencia policial. Sin embargo, a pesar del puente que este último ítem tiende hacia nuestra zona de problemas, el camino no fue recorrido.

El único trabajo importante sobre el tema fue hecho por dos investigadores: el antropólogo Eduardo Archetti (que a su vez trabaja en la Universidad de Oslo) y el periodista Amílcar Romero. Archetti ha sido el fundador de los estudios antropológicos del fútbol argentino, y en uno de sus primeros trabajos sobre el tema analiza los repertorios de la masculinidad entre los hinchas argentinos, con la carga de violencia simbólica que implican estos códigos, fundamentalmente ligados a una sexualidad discursivamente agresiva (Archetti, 1985). En un artículo posterior (1992) Archetti centra su exposición en los fenómenos de violencia a través de la categoría antropológica de ritual, en un recorrido histórico basado en la descripción del ritual futbolístico argentino como una mezcla de elementos trágicos y cómicos, una oscilación entre lo violento y lo carnavalesco que impide la clasificación del fútbol únicamente en un sentido bajtiniano (Bajtín, 1987). La descripción de Archetti también posee un sentido diacrónico: su hipótesis es que los elementos cómicos habrían predominado en la época clásica del fútbol argentino, siendo progresivamente desplazados por los elementos trágicos en las últimas tres décadas. Así, "esto crea un contexto en el que la práctica de la violencia se vuelve cada vez más legítima" (Archetti, 1992: p. 242). Como veremos, esa legitimidad no procede solamente de la cultura futbolística: si por un lado, el predominio de los elementos trágicos crea un contexto inmediato de producción de actos de violencia (entendidos como) legítimos -es decir, un marco de reflexividad discursiva-; por otra parte el contexto político argentino crea un marco de referencia macro en el mismo sentido.

En su trabajo conjunto de 1994, Archetti y Romero proponen una descripción de los fenómenos de violencia que reponga contextos de interpretación amplios. Tras proponer un mapa de la investigación inglesa sobre el tema, señalando sus complejidades y riqueza, los autores narran cuatro episodios significativos de una historia de la violencia relacionada con el fútbol en la Argentina, casos que les permiten enfatizar la complejidad del cuadro: se trata tanto de muertes a manos de la policía como por enfrentamientos entre hinchadas, agregando además el componente político que estos hechos acarrean desde mediados de la década de 1970. La conclusión de Archetti y Romero, lejos de proponer una solución o una única interpretación, insiste en la necesidad de vincular la investigación a marcos más amplios, fuera de los cuales toda lectura del fenómeno de la violencia en el fútbol es esquematizadora y reduccionista:
Sin embargo, un cambio de enfoque en el estudio del hooliganismo debería permitir concebir los asuntos morales y los dilemas culturales de la muerte y la violencia en el fútbol como problemas sociológicos generales. La manera como la sociedad inglesa se enfrenta con la muerte y la violencia nos parece un objeto más relevante de estudio que continuar en el tipo de investigación que pretende un mejor entendimiento de la lógica de comportamiento de un fanático. Una contextualización mejor del hooliganismo inglés y el diferente resultado de los actos de violencia debería permitir un análisis de la manera en que la sociedad inglesa concibe y tolera la muerte en el fútbol. Este cambio de foco implica un desplazamiento desde el análisis de la cultura de los hinchas de fútbol al campo general del análisis cultural. El fútbol se transforma así en una arena en la cual los actores sociales simbolizan, reproducen o discuten por medio de sus prácticas sociales los valores sociales dominantes en un período dado. Consecuentemente, el fútbol y el deporte en general se vuelven una dimensión central en el análisis de los procesos sociales y culturales (Archetti y Romero, 1994: pp. 69-70).

Es el camino indicado por Archetti y Romero el que proponemos recorrer: no entender al fútbol como "reflejo de la sociedad", vieja metáfora especular que, además de ser teóricamente errónea, no tiene valor explicativo. Pero sí entenderlo como la arena simbólica privilegiada donde leer, oblicuamente, características generales de la sociedad argentina; priorizar, antes que el análisis de una cultura futbolística, el análisis cultural de una sociedad. En ese sentido, nuestro trabajo en la Universidad de Buenos Aires ha definido la violencia en el fútbol como un recorte particular (no por eso menos privilegiado) de una indagación general sobre el universo del deporte argentino. A su vez, esta investigación, desarrollada en el marco de un Departamento de Ciencias de la Comunicación, y fuertemente tramada con las tendencias de los estudios culturales, evita la sujección a un único paradigma disciplinar: se utilizan materiales provenientes de la sociología, la antropología, la historia, el análisis de medios. Consecuentemente, las metodologías utilizadas son también vanadas: hemos utilizado la entrevista en profundidad a informantes calificados;6 el análisis de medios, utilizando en este caso las técnicas de análisis del discurso de base semiótica; el método etnográfico (entrevistas y observación participante), y también el análisis de datos estadísticos, provenientes de fuentes periodísticas o de las compilaciones documentales de Romero (1985; 1994).


2. Un mapa de la complejidad: la crisis de las identidades futbolísticas

Nuestro trabajo ha definido la construcción de identidades a través del fútbol como un eje de la investigación. Es nuestra hipótesis, asimismo, que este eje se vuelve central respecto del análisis de la violencia en el fútbol: los actos violentos señalan una disputa por una identidad, un imaginario, un territorio simbólico (y a veces real). Como dice Eric Dunning (1999):
La probabilidad de la violencia de los espectadores en el contexto del fútbol está probablemente exacerbada por el grado en el que los espectadores se identifican con los equipos participantes y con la intensidad de su inversión emocional y su compromiso con la victoria de los equipos a los que alientan. (...) A su vez, la intensidad de la inversión emocional de los espectadores en la victoria de sus equipos está vinculada a la centralidad y significación del fútbol en sus vidas, esto es, si es una entre un número de fuentes de sentido y satisfacción para ellos, o si es la única (ídem: p. 19).
Y en ese contexto, en los años 90, las representaciones colectivas parecen entrar en crisis, al mismo tiempo que su centralidad, su capacidad interpeladora para los sujetos involucrados, aumenta desmesuradamente.
En primer lugar, las representaciones referidas a las interpelaciones de clase: el fútbol argentino no es, ni es percibido como, un espacio popular, en tanto convoca transversalmente, estadística y simbólicamente, a todas las clases, aunque con leve predominio de los sectores medios y medio-bajos. Sobre este punto, las causalidades son vanadas. Por un lado, la nueva estructura de clases argentina señala características similares al resto de las sociedades occidentales: progresiva desaparición de la clase obrera industrial, crecimiento de la terciarización, aumento exponencial de la desocupación. Este mapa, que vuelve difícil designar una clase obrera estricto sensu, permite por el contrario la ampliación de los sectores convocados por la categoría sectores populares; pero esta ampliación choca con la debilidad de su definición y con la vaguedad nominativa.

En el mismo sentido, el crecimiento de una llamada cultura mediática (Kellner 1995) desde los años 70 hasta hoy, indica el desplazamiento de las clasificaciones culturales de clase en pos de una ampliación, casi universal, de los sectores involucrados en cualquier clasificación cultural. La explosión comunicacional de la última década propone, inclusive, el reemplazo de las culturas nacionales-populares, clásicas en el análisis latinoamericano, por las culturas internacionales-populares (Ortiz, 1991 y 1996). En esa expansión, el fútbol, mercancía fundamental de la industria cultural, también tiende a ampliar sus límites de representación en un policlasismo creciente.
Pero además, en el mismo movimiento en que los límites se expanden, se producen mecanismos de exclusión. Los regímenes neoconservadores, a la vez que debilitan las tradicionales interpelaciones de clase, producen fuertes fenómenos de exclusión social, donde la expulsión del mercado de trabajo de grandes masas y la pauperización de las clases medias son síntomas clásicos. Así, el fútbol produce una expulsión básicamente económica: los costos de acceso a los estadios (o a los servicios de cable televisivo) dejan afuera a los públicos "tradicionales", en un proceso de darwinismo impensado pocos años atrás.
En la Argentina, estos mecanismos de exclusión afectan también a la práctica, profesional o amateur: en el primer caso, porque las condiciones de acceso al alto rendimiento deportivo exigen un umbral de alimentación en la niñez que las clases bajas no pueden proveer, lo que ha originado una tendencia de cambio en la proveniencia de los jugadores de primer nivel (hoy, mayormente originados en las clases medias). En el segundo caso, de la práctica recreativa, la progresiva desaparición de espacios públicos adecuados y la ausencia de tiempo libre entre los sectores trabajadores (como producto de condiciones laborales propias del capitalismo del siglo xix) vuelve progresivamente más difícil el juego informal, restringido a sectores con posibilidades económicas y temporales.

A esta crisis (por exclusión) de representación social, se le superpone la expansión antes señalada. La cultura futbolística argentina practica un imperialismo simbólico y material; simbólico, en su inflación discursiva, en su captación infinita de públicos, en su construcción de un país futbolizado sin límites;7 material, en el crecimiento de su facturación —directa o indirecta, massmediática o de merchandising— y en el aumento de los capitales involucrados —desde la compra-venta de jugadores hasta las inversiones publicitarias y televisivas.
A este proceso de ocupación de espacios, se suma el constante intercambio de jugadores, desde los equipos chicos a los llamados "grandes", y desde éstos hacia el fútbol europeo o los "nuevos mercados" (especialmente México y Japón). La continuidad tradicional de un jugador en un mismo equipo durante un lapso prolongado de tiempo ha desaparecido: al poco tiempo de su aparición, es vendido a un comprador que asegure beneficios para todas las partes —excepto los hinchas. En la etapa histórica del fútbol argentino, los ejes fuertes de la identidad de un equipo eran los espacios (los estadios), los colores y sus jugadores-símbolo; hoy, por los cambios constantes en la sponsorización de las camisetas, que alteran sus diseños, y por los flujos incesantes de las ventas de jugadores, el establecimiento de lazos de identidad a partir de estos ejes se ve profundamente debilitado.8 Excepto en lo relativo a los espacios: como discutiremos más adelante, el estadio y su prolongación en un territorio inmediato -básicamente el vecindario o "barrio"— se invisten de un fuerte sentido, que lo transforman en en un lugar -un espacio con significado— cuya defensa por parte de sus poseedores simbólicos se vuelve una cuestión vital.
Así, las hinchadas se perciben a sí mismas, desmesuradamente, como el único custodio de la identidad; como el único actor sin producción de plusvalía económica, aunque con una amplia producción de plusvalía simbólica; frente a la maximización del beneficio monetario, las hinchadas sólo pueden proponer la defensa de su beneficio de significados, puro exceso simbólico. La continuidad de los repertorios que garantizan la identidad de un equipo aparece depositada en los hinchas, los únicos fieles "a los colores", frente a jugadores "traidores", a dirigentes guiados por el interés económico personal, a empresarios televisivos ocupados en maximizar la ganancia, a periodistas corruptos involucrados en negocios de transferencias. Las hinchadas desarrollan, en consecuencia, una autopercepción desmesurada, que agiganta sus obligaciones militantes: la asistencia al estadio no es únicamente el cumplimiento de un rito semanal, sino un doble juego, pragmático y simbólico. Por un lado, por la persistencia del mandato mítico: la asistencia al estadio implica una participación mágica que incide en el resultado. Por el otro: la continuidad de una identidad depende, exclusivamente, de ese incesante concurrir al templo donde se renueva el contrato simbólico. Como señalamos, esas obligaciones se extienden hacia una práctica real: la defensa del territorio propio frente a la invasión de la hinchada ajena.

3. Fútbol tribal

Estos procesos no desembocan en la re-afirmación de las grandes identidades futbolísticas tradicionales. Ratifican, por el contrario, la fragmentación posmoderna. Hoy puede verse un proceso de tribalización (Maffesoli, 1990), en un doble sentido: respecto de un otro radicalmente negativizado, y al interior de las mismas hinchadas.
Primero: las oposiciones locales — enfrentamientos entre equipos rivales clásicos, el eje de oposición Buenos Aires-provincias, las rivalidades barriales al interior de una misma ciudad— se radicalizan hasta configurar identidades primarias y casi esencializadas, que desplazan a todo otro relato de construcción de identidad. A diferencia del mapa europeo, los procesos de antagonización (las maneras como se estructuran las diferentes rivalidades) son muy vanados. Romero (1994) señala que, prescindiendo del enfrentamiento nacional (entre selecciones), pueden hallarse cuatro modos de articulación de la rivalidad:
a. Regional: entre equipos de distintas ciudades, regiones o comunidades, dentro de un Estado-Nación. Es el caso de madrileños y vascos o catalanes, en España; de porteños y provincianos, en la Argentina.
b. Intraciudad: entre equipos de una misma ciudad, con una historia de representación dicotómica (usualmente, ricos vs pobres). Por ejemplo, Nacional-Peñarol en Montevideo. En el caso argentino, los ejemplos son recurrentes: Rosario Central-Newell 's Oíd Boys en Rosario, Gimnasia y Esgrima-Estudiantes en La Plata, San Martín-Atlético en Tucumán; en cada ciudad el esquema se repite, aunque se trate de una localidad con un número pequeño de habitantes.
c. Interbarrial: en este caso, se trata de equipos que, dentro de una ciudad, no representan un nivel dicotómico de referencia simbólica, sino que señalan la pertenencia a un territorio definido como barrial, vecinal. Es el caso típico de Buenos Aires, donde la existencia de una enorme cantidad de equipos en la ciudad conlleva oposiciones entre territorios menores. La representación de la comunidad desaparece para dar paso a la micro-comunidad, el barrio. Pero en los últimos años, la categoría "barrio" se recubre de fuerte capacidad interpeladora. La historia de la formación de los barrios porteños, su existencia por cien años, refuerza esta integración; pero además, aparece en los últimos diez años un discurso que carga de significaciones esencialistas ese micro-territorio, como reserva moral y espiritual, como ámbito descontaminado, un espacio constituido como reserva de lo local frente a las tensiones des-territorializadoras. Los grupos juveniles son los más proclives a asumir este discurso, y a producir una metonimia entre barrio y autenticidad, visible en los grupos de rock: cuanto más barrial, más auténtico, menos "comercializado", menos sujeto a las lógicas mercantiles de la industria cultural. Esa imaginaria posición de reservorio ha sido asumida también por los propios productos de la industria, que volvieron a esgrimir estos argumentos en las ficciones televisivas, retomando viejos tópicos del teleteatro argentino de los años '60.
d. Por último, un caso absolutamente excepcional es el antagonismo intrabarrial: Romero lo ve ejemplificado en River-Boca, ambos originarios de un mismo barrio en la ribera del Río de la Plata. Sin embargo, la representación de ambos equipos excede con mucho esa referencia (son los equipos "nacionales", en el sentido de que interpelan sujetos de otras comunidades regionales fuera de Buenos Aires). A pesar de mi diferencia con el ejemplo, la ¡dea de que el fútbol argentino se caracteriza por una progresiva y microscópica fragmentación de los espacios representados es absolutamente válida. Mejor ejemplo puede verse en el fútbol de ascenso: el enfrentamiento Defensores de Belgrano-Excursionistas, ambos del barrio porteño de Belgrano, es según nuestros datos una de las oposiciones más fuertes del fútbol argentino.
Sin embargo, discrepo con Romero en cuanto a que, a medida que se achica el espacio de representación, se pierde representatividad. Por el contrario: el territorio, cuanto más segmentado y atomizado, se vuelve más cálido, adquiere mayor capacidad para interpelar sujetos. Como señalamos en el último ejemplo, una posesión de espacio micro, como lo es una porción de un barrio, se vuelve radical. Al mismo tiempo, como efecto contrario, las posibilidades de trascender ese espacio hasta dimensiones mayores (por ejemplo, la referencia nacional) se vuelven menores.9
Y segundo: al interior de las hinchadas se produce un fenómeno de segmentación novedosa, la construcción de grupos particulares identificados con nombres propios y organizados, con reparto de roles y funciones, con banderas propias, a partir de ejes identificatorios diversos, generalmente barriales, aunque en otros casos por razones más aleatorias.10 Esta hipersegmentación fractura las formas de soporte de la identidad, diseminándola en fragmentos en algunos casos irreconciliables. Este fenómeno es similar a los de la cultura del rock, donde el proceso tiene más años de desarrollo. Más: puede sostenerse la hipótesis de que se ha producido una transferencia de prácticas de la cultura del rock hacia la del fútbol, a partir de las fuertes relaciones entre ambos universos culturales y de la superposición de sujetos practicantes.11

4. La distinción: un ritual de violencia

Como todo ritual, el fútbol opera una suspensión del orden social; entre el uso de esa suspensión y el consentimiento a sus límites, navegan distintas posibilidades, ambiguas, muchas veces contradictorias. Una de ellas es la violencia: persistente como ritual de resistencia y alteridad, como lugar de apropiación de un territorio y una identidad; y también como aceptación y reproducción de las jerarquías.
Alessandro Portelli afirma que la violencia en el fútbol permite ver las continuidades entre la construcción estigmatizada de las clases populares como clases peligrosas de la revolución industrial, en el siglo pasado, y su reaparición en el mismo sentido en la revolución de la información (Portelli 1993: 78).12 La revuelta en el estadio significa, desde esta perspectiva, la puesta en escena de una distinción no codificada, antes bien estigmatizada: porque la violencia atenta contra la doble propiedad privada de la mercancía y el cuerpo, porque escapa a la monopolización del Estado —peor: reproduce sus mecanismos de arbitrariedad y racismo, y en la reproducción los exhibe.
La violencia también puede ser pensada, con Patrick Mignon (1992), como forma fuerte de la visibilidad. La crisis de participación y legitimación de las sociedades neoconservadoras, la crisis del estatus de las clases medias y de los medios para garantizarlo, la crisis de exclusión de los sectores populares, conduce a la búsqueda por parte de estos distintos sujetos de mecanismos de visibilidad: con comportamientos violentos contra sí mismos (con el consumo de drogas), contra los otros (vandalismos, etc.) o con la participación en la extrema derecha, como apunta Mignon para el caso francés. En ese mismo sentido, el espacio del estadio permite vivir un sentido de pertenencia a una comunidad por parte de los que se sienten excluidos.

Pero ese estadio, además, es escenario de la puesta en escena massmediática, lugar donde la actuación se amplifica en millones de receptores.
Sin embargo, esta noción de visibilidad admite otra lectura, no necesariamente excluyente: ser visto puede no significar una petición de inclusión por parte de aquellos que son expulsados del repertorio de lo visible y de lo decible, sino un mecanismo más autónomo y de significancia reducida a la economía simbólica de la cultura futbolística. Ser visto -ser televisable— puede reducirse a ser visto por el otro, donde el otro es la otra hinchada. La hinchada que actúa violentamente afirma su posición en un ránking imaginario (la que tiene más aguante: volveremos sobre esto), y al hacerse ver le recuerda a sus adversarios que ha ganado posiciones, que su status debe ser nuevamente discutido. Sabedores de que los medios amplifican su actuación, suplantan el boca a boca para comunicar masivamente su condición de líder. En ese ránking, el enfrentamiento con la policía confiere la mayor cantidad de puntos.
Esta ambigüedad o polivalencia de la lectura de los rituales de violencia no escapa a las líneas que venimos trazando. La violencia puede también permitir leer el sentido de escisión gramsciano, el sentimiento elemental de separación respecto de las clases hegemónicas que Gramsci rescata como núcleo de "buen sentido" de las clases subordinadas, se resuelva o no en un antagonismo declarado. Los rastros de la escisión son, en el fútbol, numerosos; son los espacios donde las relaciones de oposición con un otro que se percibe como hegemónico (poderoso) alcanzan su máxima distancia. En el fútbol, no se puede vencer con el poder, en el poder; siempre se alcanza la victoria contra las infinitas conspiraciones de los poderosos y de los massmedia. Hasta la paranoia.

Contra toda ambigüedad y complejidad, como dijimos, las interpretaciones hegemónicas en la Argentina (trabajadas como sentido común) insisten en la estigmatización acrítica: los "violentos", desde este punto de vista, son sistemáticamente jóvenes, "inadaptados", operan bajo la influencia de drogas y alcohol, y su acción es reducida a la aparición imprevisible de agentes que deben ser excluidos —del estadio y de la sociedad. La estigmatización penetra profundamente, a su vez, el discurso de los hinchas militantes, que leen a los actores de la violencia como otros de clase y cultura; compatriotas del estadio y el equipo, víctimas compartidas de la represión policial; pero también sujetos estigmatizados cuando la violencia parece deberse, básicamente, a su acción. La percepción de los hinchas militantes revela un juego interesante de posiciones. Por un lado, no se entienden como actores violentos; cuando experimentan la violencia, se colocan en posición pasiva, como víctimas de un juego que no pueden dominar y que tampoco desean jugar. Asimismo, colocan como responsables directos a actores institucionales (la policía, la dirigencia deportiva); entienden las medidas represivas como parte de un complot destinado a saquear la pasión futbolística y entregarla como mercancía a la industria del espectáculo. En ese sentido, los hinchas se entienden compartiendo con aquellos que señalan como "violentos" (se trate de barras o de grupos de acción) la defensa común de un espacio (la tribuna y el barrio), una identidad (el equipo), una práctica (la hinchada de fútbol). Pero por otra parte, atravesados por el discurso periodístico, hablados por el mecanismo del estigma, no vacilan en señalar a "los violentos", "ellos", "los negros que están locos". El policlasismo del fútbol revela aquí, de pronto, todos sus límites, para permitir la reaparición del etnocentrismo de clase y un larvado racismo.13
5. Posibilidades de la interpretación
La violencia en el fútbol argentino resume en un enunciado una importante cantidad de posibilidades. Al decir "violencia en el fútbol", usualmente no decimos nada, por querer decir todo. Del mismo modo, la reducción del problema a la acción de hooligans o barras bravas supone dejar de lado las profundas diferencias entre actores, prácticas y sociedades.
En la Argentina, la violencia es una práctica que atraviesa la vida cotidiana, la política, la economía: no sólo el fútbol. Con formas más complejas y menos reconocibles que la política represiva de la última dictadura militar (1976-1983): fundamentalmente, la persistencia y agravamiento de esa forma máxima de la violencia social que es la exclusión, la expulsión del mercado laboral y del consumo, la privación de salud y educación. Pero también la continuidad de la violencia estatal: el monopolio de la violencia legítima se transforma en ejercicio ¡legítimo de ese monopolio, dirigido de manera sistemática contra las clases populares. Cuando Archetti (1992) revisa los distintos principios de causalidad asignados a la violencia en el fútbol, se detiene en una supuesta naturaleza violenta de las clases populares argentinas (o de todas las clases populares); la historia de nuestro país señala (y así lo afirma Archetti) que las clases dirigentes han demostrado, sistemáticamente, un grado de violencia superior, si es que cedemos a la tentación de la comparación.14
La observación de los fenómenos de violencia contemporáneos, y el estudio de sus antecedentes históricos, permite una clasificación que discrimine distintos tipos de prácticas y permita comenzar un proceso de asignación de causalidades y sentidos, sin pretender que nuestra propuesta reemplace un esquema por otro, sino que ordene de otra manera el campo. Básicamente, la violencia relacionada con el fútbol puede ordenarse en:
a) Acciones organizadas y protagonizadas por "barras bravas": si bien las barras bravas argentinas son los grupos más similares a los llamados hooligans, existen diferencias notorias que ocluyen la comparación. Porque su origen está vinculado históricamente al surgimiento de la violencia política argentina, a mediados de la década del 60. No en vano, la primera aparición de estos sujetos motivó su comparación, en la prensa, con la guerrilla urbana, y en el mismo movimiento, el reclamo de acciones clandestinas para su eliminación, en una perspectiva similar a la que animó la represión ¡legal de la dictadura de 1976-1983.15 Simultáneamente, el desarrollo del llamado caso Souto (1967)16 señaló las profundas complicidades ya existentes con la dirigencia deportiva y política. La reaparición explosiva de las barras se produce a finales de la dictadura militar, en 1983, en el caso de "Negro" Thompson, líder de la barra de Quilmes y protegido por la dirigencia del club, las autoridades comunales y la Policía de la Provincia de Buenos Aires.17 Así, antes que la imitación de los hooligans británicos, las barras prefieren un modelo nativo; se configuran a semejanza de los grupos de tareas paramilitares, fuerzas de acción para tareas ¡legítimas mediante la violencia y la coacción, utilizados por dirigentes deportivos y políticos. Estas prácticas no tienen relación con las acciones que describimos en los puntos siguientes: en las emboscadas, se ve la acción de grupos pequeños y armados. La noción misma de emboscada revela una práctica organizada y dotada de racionalidad operativa -de tipo represivo.

De este modo, la violencia en el fútbol se aleja de todo "reflejo". Como dice -foucaltianamente- Tomás Abraham (1999), "la violencia en el fútbol no refleja nada, sino que es un producto sabiamente construido que hace que éste sea parte de un dispositivo más amplio de poder". Ese mecanismo de poder, al mismo tiempo clandestino y público, se espectaculariza en la arena dramática del fútbol.
b) Acciones producidas por —o en respuesta a— la violencia policial, o acciones producidas por agentes derivados de la privatización del monopolio legítimo de la violencia: el protagonismo de las fuerzas de segundad en la violencia argentina (como dijimos, no sólo en el fútbol) no ha sido suficientemente descripto, con las excepciones indicadas. Dice Romero (1994):
...en Argentina los uniformados tienen en su haber el 68% de los casos de vísctimas mortales en canchas de fútbol, un guarismo que incluye la Puerta 12 y donde la Policía Federal jamás quiso admitir ningún tipo de responsabilidad, aunque sea indirecta, ni miembro alguno de ese cuerpo fue siquiera interrogado como imputado no procesado {idem: p. 78).18
A los muertos y heridos producidos directamente por balas policiales (con el llamado caso Scaserra como prototipo),19 se suma la acción sistemáticamente violenta de la policía en la segundad del espectáculo. Todo el trato de la policía hacia los hinchas consiste en agresiones y vejaciones: la imposición de recorridos callejeros sin racionalidad organizativa, el cacheo, las prohibiciones grotescas —por ejemplo, de periódicos, cinturones y encendedores. En todos los casos, reproduciendo las conductas cotidianas, el maltrato policial constituye una imagen del ciudadano como enemigo, agravada por la persecución sistemática y el ensañamiento contra los jóvenes de las clases populares, reputados culpables de cualquier incidente aun antes de producirse. A este cuadro, al que hicimos referencia más arriba, se le suma que los procesos de privatización neoconservadores han producido la multiplicación de las fuerzas de segundad privadas, a las que se les permite el uso de armas, sin que exista ninguna regulación al respecto. Así, estos grupos son el refugio de ex miembros de la policía, en algunos casos expulsados de la fuerza por sus excesos represivos. No dejan, por lo tanto, de reproducir sus prácticas habituales.
Pero además, la presencia de la policía en la cultura futbolística argentina puede escapar a una lógica de poder. Nuestros informantes eluden la identificación de la policía con un aparato represivo estatal, sino que autonomizan su percepción hasta verla simplemente como un colectivo autónomo. Como señala una de nuestras informantes, Estela:
Todo hincha odia a la policía. Porque la policía vive provocando al hincha. La policía lo busca al hincha. Lo vive buscando permanentemente, para que el hincha salte y justificar el hecho de pegarle un palazo. Lo busca constantemente: con los caballos, no les importa nada, si hay mujeres, nada. No les importa nada más que provocar al hincha para justificar los palazos que ponen después.
Y así también argumenta Marcelo:
La única diferencia que hay entre la policía y la hinchada es que unos tienen armas y otros no. Son lo mismo. Les gusta hacer lo mismo. A los dos les gusta pegar. Hablo de la barra, no de la gente. A la policía le divierte esa cosa de pegar. Son los mismos que los de la barra con uniforme diferente.
La separación léxica que Marcelo establece entre la barra y la gente es sintomática: el hincha militante se percibe como parte de un tercer grupo, donde la barra brava tiende a parecerse a la policía y a participar de sus lógicas. Pero la policía recorre el mismo camino: no ejerce una violencia legítima, sino que actúa fuera de toda racionalidad social. No es un aparato del Estado, sino otro grupo de hinchas, sólo que -legalmente— armado. Para retorcer más nuestra argumentación: creemos que la Policía también se percibe a sí misma como un grupo de hinchas que disputa con ¡guales, sólo que abusando de su posición de poder e impunidad. Un testimonio de un hincha de San Lorenzo (un estudiante universitario de clase media) relata que:
Estaba colgando las banderas y la cana me vino a obligar a que las bajara. Yo le pregunté: "¿Por qué a los de Boca o a los de River los dejan? ¿No somos todos ¡guales? Se la agarran con nosotros porque somos chicos normales, nos ven la cara y nos prohiben colgar las banderas". El cana me contestó: "A mí me encanta cuando vienen los de Boca, porque ellos se la bancan, entonces nos podemos pelear y les podemos pegar".20
En este cuadro podemos retomar lo afirmado más arriba: si las peleas entre hinchadas suponen la discusión de un ránking imaginario entre las mismas, para ver cuál es la de mayor aguante, el enfrentamiento con la policía supone el puntaje máximo; simplemente, se trata de pelearse con otra hinchada más, aunque la más violenta, porque está legalmente armada y dispone de toda la impunidad. Así, la valoración recibida por parte de los otros aumenta verticalmente. Volviendo a Portelli (1993): la revuelta está condenada al fracaso, simplemente porque ni siquiera es revuelta. Sólo operación de prensa.
c) Enfrentamientos entre rivales por la disputa de una supremacía simbólica, o como reacción frente a una "injusticia" deportiva que suponga la reposición imaginaria de un estado de justicia ideal: en la mayoría de estos casos, la acción de las barras se ve acompañada (e incluso, superada) por la de gran número de hinchas. La violencia contra un otro radicalizado, como señalamos antes, es el lógico resultado del proceso de tribalización. La defensa del territorio, de una supremacía simbólica, se maximiza hasta desembocar, rápidamente, en la acción violenta, en un marco general donde la condena discursiva de la violencia encubre su práctica sistemática.21
Pero además, este tipo de violencia facilita la construcción de colectivos que se afirman en el contacto corporal y la experiencia compartida del enfrentamiento —fundada en la retórica del aguante. Aguante designa significados más amplios que su remisión estrictamente etimológica, ligados a una retórica del cuerpo y a una resistencia colectiva frente al otro (otros hinchas, policía, etc.). Como dice Archetti (1992), el aguante es "una resistencia al dolor y a la desilusión, una resistencia que no conlleva una rebelión abierta, pero sí, a través de los elementos trágicos y cómicos, a una serie de posibles transgresiones" (266). Ante la ¡dea de la violencia como puesta en escena de un vínculo que se quiere simétrico (Izaguirre, 1998), el aguante es la forma de reponer imaginariamente esa simetría: el aguante "disputa a la lógica el espacio de lo sorpresivo y lo sorprendente: desafía a lo que se supone ganador, enfrentándose a la superioridad, al orden inferiorizante de lo supuesto" (Elbaum, 1998: 240). El aguante es una categoría ética, que define una moralidad autónoma, sin relación con el resultado deportivo: se aguanta en la victoria o en la derrota. Pero también nombra la persistencia del machismo, la discriminación de toda otredad -básicamente, una profunda homofobia. Si hay rebeldía, ésta insiste en el viejo tópico de la reproducción de la dominación al interior de los dominados, legible también en la recurrencia racista.
En términos prácticos, el aguante se basa en una relación "espacio-habilidad": se hace necesaria una cierta habilidad de los grupos de hinchas para la defensa de un espacio, que es el campo de batalla. La permanencia en el campo adjudica instantáneamente la victoria, ya que pierde el que se retira. La habilidad necesaria, más allá de la fuerza física y la destreza en la lucha callejera, incluye una ración de intimidación al otro, que se logra a través de gritos, pedradas y movimientos corporales en los que los hinchas demuestran estar preparados para la pelea. Muchos "combates" pueden ganarse, o sea que el otro se retire (corra), sólo con la utilización de las armas intimidatorias, sin llegar a la lucha cuerpo a cuerpo.

Por último: cuando las hinchadas provocan desórdenes frente a lo que consideran una violación de la justicia deportiva (o más simplemente, un fallo equivocado adrede), ponen en escena el imaginario democrático del deporte, según el cual se trata de una disputa entre ¡guales, sin favoritismos, donde sólo la lógica del juego decide ganadores y perdedores. Ese imaginario choca frente a la paranoia dominante, la que instituye un imaginario de complicidades y conspiraciones, donde los medios de comunicación son señalados como principales operadores de los clubes poderosos. Así, la acción violenta, espontánea, lejos de toda planificación, duramente dirigida contra los que se leen como representantes del poder —policía y arbitros, pero también contra la televisión, con ataques a las cámaras o a los propios periodistas— pretende reponer esa democracia imaginaria. La desaparición de la Justicia como institución legítima del Estado, por su deterioro político acelerado en los últimos años, se representaría metonímicamente en el estadio. El espontaneísmo de los hinchas designa, también por metonimia, un último escalón del descreimiento, de la desconfianza, del hastío. No de la barbarie.

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Notas
1. Una primera versión de este trabajo se publicó en Movimento e Mídia na Educagao Física, vol. 5, Santa María, UFSM (RS), 1999. Presentado ante el ALAS 1999, fue sometido a discusión en el equipo de trabajo, a la luz de nueva empiria producida y analizada.
2. Se relevaron seis hechos de violencia importantes por distintas razones (época, cantidad de víctimas, responsables, repercusión) a lo largo de treinta años en tres diarios de Buenos Aires, distinguidos por los públicos interpelados.
3. Campaña organizada conjuntamente por la AFA y el monopolio encargado de las transmisiones televisivas, TyC, ocupó distintos soportes (gráfica, radio y televisión, y volantes en los estadios) durante un lapso muy prolongado de tiempo. Para un primer (y contundente) análisis, puede verse Calvo, 1998.
4. De Ipola sostiene que las metáforas biologicistas tiene su origen en la discursividad del nacionalismo reaccionario francés de la segunda mitad del siglo XIX, y desde allí se transforman en un tópico habitual de los discursos derechistas.
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5. Un análisis más minucioso puede verse en Coelho et al, 1998.
6. Entre 1996 y 1999 se realizaron cerca de 300 entrevistas a hinchas militantes de equipos de fútbol argentino, fundamentalmente de Buenos Aires, aunque también se incluyeron hinchas de equipos del interior del país.
7. El signo más claro de esta expansión es la futbolización de la pantalla televisiva: los centenares de horas, de cable o aire, de programación deportiva, y el hecho de que los diez programas más vistos de la televisión argentina en 1998 fueron transmisiones deportivas.
8. Los jugadores, asimismo, se ven fuertemente atravesados por la lógica espectacular: son nuevos miembros del jet-set local, inundan las pantallas, los avisos publicitarios; se transforman en símbolos eróticos, se ven sujetos al asalto sexual. La relación con el hincha alcanza así su máxima distancia.
9. En ese sentido desarrollamos, en otro lugar, la idea de que el equipo nacional había perdido capacidad interpeladora. Ver Alabarces, 1999.
10. En el caso del club Racing, una de las tribus se llama Racing Stones, unidos a partir de su predilección por la banda de rock Rolling Stones. Otra se denomina La 95, simplemente porque, procedentes del norte de la ciudad de Buenos Aires, se desplazan hacia el estadio de Racing con el bus número 95. Nuestro trabajo con la hinchada de All Boys, club de la 2o división del fútbol porteño, revela particiones similares: fragmentos visibles y que sólo se reconcilian en caso de un enfrentamiento. A veces, ni siquiera eso.
11. Para un mayor desarrollo del problema, ver Alabarces y Rodríguez, 1996: pp. 61-74.
12. Dal Lago y Moscati (1992) proponen, en cambio, un desplazamiento de la estigmatización hacia los jóvenes. En nuestro caso, creemos que está en la intersección: los jóvenes de las clases populares. Ver en este sentido, Alabarces y Rodríguez 1996: pp. 61-74.
13. Esta observación se basa en nuestro trabajo de entrevistas antes citado. Un primer análisis en términos de la percepción de la violencia por parte de los hinchas puede verse en Guindi, 1998.
14. Pero la comparación es imposible. A pesar de la posibilidad de analizar microsociológicamente lo que podríamos reconocer como características violentas en la vida cotidiana de las clases populares, la presencia de la violencia institucional de las clases dominantes es previa y omnipresente, lo que nos llevaría, antes que a un régimen de comparación, a un régimen de causalidad.
15. Nuevamente, ver Coelho et al, 1998.
16 Souto fue un joven de quince años asesinado por la barra de Huracán en un encuentro entre el equipo local y Racing Club. Los culpables fueron capturados y penados.
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17. Se trató de un enfrentamiento fuera del estadio de Boca entre las barras de este club y la de Quilmes, liderada por el llamado Negro Thompson. Éste fue reconocido por varios testigos como el responsable de los disparos que mataron a un hincha de Boca. Finalmente, fue detenido tras ser protegido por la Policía de la Provincia y por el entonces presidente de Quilmes, a la vez intendente designado por la dictadura. No fue condenado.
18. El caso de la Puerta 12 ocurrió en 1968, tras un partido entre Boca y River. Murieron 71 personas en una avalancha contra una puerta, cerrada presumiblemente por la policía. El caso nunca fue investigado ni encontrados sus responsables. La versión de uno de nuestro informantes insiste en una variante política del caso: la hinchada de Boca habría cantado durante el partido la "Marcha peronista", cántico identificatorio del entonces proscripto peronismo. La policía habría motivado el desastre como castigo, según esta versión. A pesar de cierto carácter conspirativo, la historia argentina se empeña en validar explicaciones de este tipo.
19. Adrián Scaserra fue asesinado en 1985 por una bala disparada "al aire" por las fuerzas policiales que pretendían reprimir, dentro del estadio de Independiente, a los hinchas de Boca. El padre insiste en que el autor del disparo fue un oficial policial que apuntó su arma a la multitud, pero nadie fue detenido por el hecho.
20. La "cana" es uno de los tantos sobrenombres de la policía en la Argentina, quizás el más usual.
21. Y la condena discursiva ni siquiera es compartida por las hinchadas. En las primeras fechas del campeonato de fútbol del 2000, una agrupación religiosa evangélica desfiló en los entretiempos de los partidos con una enorme bandera que rezaba (nunca más adecuado el término) "Basta de violencia", portada por pares de niños vestidos con camisetas de clubes clásicamente rivales. El desfile de la bandera fue acompañado por estruendosas silbatinas en los distintos estadios donde apareció.


Violencia en el fútbol: Los hilos secretos de la violencia

La nada pasional estadística no para de actualizar datos escalofriantes. Que el fútbol argentino y su entorno ya se cobraron 138 muertos (hoy, justamente, se cumplen 61 años de las dos primeras víctimas fatales, en un Lanús-Boca de 1939). Que, ante tamaña cantidad de crímenes, la Justicia apenas en 16 casos llegó a condenas, que recayeron sobre 33 personas. Que la gran mayoría de las canchas de la AFA son inseguras y propensas a incidentes. Que, en lo que va del 2000, al menos cuatro protagonistas —Luis Artime (ex Tigre), Julio Zamora (ex Platense), Adrián Barrionuevo (Comunicaciones) y Jorge López (ex DT de San Martín de Tucumán)— debieron cambiar de club o anunciar el retiro definitivo por amenazas o agresiones. Y que la perfecta ligazón de la trama barras bravas-políticos-dirigentes de clubes salta rápidamente a la vista y cada vez con mayor fuerza.

Los números, que no son otra cosa que las consecuencias de esta cada vez más trágica violencia, son irrefutables. El verdadero problema radica en profundizar en las estructuras para descubrir las causas que desencadenaron la locura actual del fútbol, donde la pelota está eximida de culpa y cargo.

Un juez, un fiscal o cualquier otro personaje "extraño" que quiera investigar el mundo y los submundos del fútbol va a chocar con el mismo problema que halló Clarín para realizar esta investigación especial: un círculo prácticamente inaccesible y lleno de "códigos" que se respetan a ultranza.

Así como la gente del fútbol sufre en carne propia el drama de la violencia, casi nadie se anima a hablar a micrófono abierto de las barras bravas, de los dirigentes que las mantienen, de ciertos políticos y gremialistas que las usan como fuerza de choque y de autoridades que no hacen nada de nada. Algunas veces no hablan por temor a que la ira de un poder violento recaiga sobre ellos. En otros casos, el silencio es aún más obligado: no tienen autoridad moral para tirar la primera piedra.

No hay primicia al decir que los barrabravas no son los únicos malos de la película: de ninguna manera ellos están solos contra el mundo. Al contrario, se codean con cada uno de los sectores que —paradójicamente— le dan vida al fútbol.

El jugador conoce al barrabrava, aunque jamás lo señala con el dedo. Sin sentirse cómplices, varios futbolistas confesaron darles plata a los barras. Ultimamente, lo reconocieron públicamente Roberto Trotta (River), Leonardo Mas (Estudiantes) y Walter Cáceres (Racing).

El dirigente, quizá porque allá por los años 60 empezó a cobijar al violento y después ya no supo bien qué hacer con él, tampoco lo acusa. Y como Judas a Jesús, es hasta capaz de negarlo tres veces. Entre otros presidentes, Mauricio Macri (Boca), Fernando Miele (San Lorenzo) y Camilo Scorpanitti (Excursionistas) repitieron: "En mi club no existen los barrabravas". Cabría preguntarse, entonces, quiénes agredieron a hinchas de Chacarita en un amistoso en la Bombonera, quiénes mataron al hincha de Huracán Ulises Fernández y quiénes ingresaron a la cancha de Excursionistas hace veinte días para atacar a los jugadores de Comunicaciones.

La Policía suele mirar para otro lado cuando los barras pasan cerca. La Justicia se ampara en que no tiene los elementos necesarios —llámense leyes o pruebas— para evitar la violencia en el fútbol.

"Basta, es hora de hacer algo" reza el discurso político cada vez que el tema se reinstala en la tapa de los diarios. En los últimos tiempos hubo algunas medidas, pero es evidente que resultaron insuficientes. En 1985, tras la muerte del chico Adrián Scaserra (hincha de Boca), se dictó la ley De la Rúa. En 1992, ante otro pico de violencia, se la endureció con la reforma de Ricardo Levene (h). En 1998, el juez Víctor Perrotta paró los torneos en reclamo de seguridad. Pero el fútbol y la violencia siguieron andando, cambiaron los gobiernos y todo continuó a medio hacer.

Hoy por hoy, es raro que un partido de cualquier divisional no aporte heridos o detenidos al largo listado de incidentes. ¿Quiénes, cómo y por qué provocan los disturbios? Para investigar en serio, muchas veces no queda más remedio que apagar el grabador y jurar reserva eterna de identidad. Recién ahí se empieza a penetrar en el hermético círculo del fútbol. Y empiezan a ser notorias cosas increíbles.

Clarín repasará en estos próximos días el origen de la violencia en el fútbol y contará cuándo y cómo los dirigentes de los clubes fueron construyendo y adoptando a estos grupos salvajes. Se intentará además revelar cuestiones inéditas sobre cómo es el funcionamiento de estas barras violentas que no sólo actúan en una cancha: a menudo —como se verá— son contratados por algunos políticos como mano de obra "pesada" para asegurar triunfos en elecciones gremiales, municipales o provinciales.

Esta tarde, en la Bombonera, once jugadores de Boca y once jugadores de River disputarán tres puntos más en el torneo Clausura. En las tribunas, la mayoría de los hinchas que pagaron su entrada alentará a su equipo. Pero otros, los violentos, también se darán cita. Se los conoce como "La 12" y "Los Borrachos del Tablón", acostumbran a actuar en conjunto y están muy bien entrenados. Sólo que el fútbol, como deporte en sí, ya no les importa demasiado. Y ante la pasividad y la complicidad generalizada, probablemente sigan dándoles de comer a las estadísticas.

El fantasma de la impunidad: sólo 33 condenados

La historia de la violencia en el fútbol argentino ya suma 138 muertes. Pero, en la mayoría de los casos, la Justicia no alcanzó a dictar sentencia condenatoria.
Investigación y textos: Miguel Angel Bertolotto, Néstor Straimel (editores), Miguel Bossio, Pablo Abiad, Andrés Burgo, Carlos Prieto y Gustavo Flores.

Los orígenes de un mal sin remedio

No es sólo el horror que provoca cada muerte. El otro drama es la impunidad: a las 138 víctimas del fútbol argentino, la Justicia respondió con condenas -recayeron en 33 personas- en apenas 16 casos. Los otros expedientes se cerraron como accidentes, terminaron con sobreseimientos o fracasaron a poco de abrirse.

Adrián Scaserra recibió un tiro mortal en la cancha de Independiente, en 1985, pero nunca nadie terminó de identificar al policía que le disparó. El único acusado por el crimen de Wally Rodríguez, doce años después, fue absuelto porque -entre otras razones- se tuvieron que anular parte de las pruebas. En la causa por la muerte de Ulises Fernández, el hincha de Huracán que se convirtió en la última víctima del siglo, hubo 101 imputados e idéntica cantidad de sobreseídos.

Un funcionario judicial a cargo de una de las investigaciones por muertes en las canchas ofreció una posible explicación. "Nos encontramos con una barrera de silencio. La gente que realmente vio lo que pasó, los compañeros de los hinchas involucrados, los dirigentes que conocen a los sospechosos... Nadie quiere aportar datos ciertos", confió a Clarín.

La Justicia empezó a hablar de barras bravas a fines de los años 60, al condenar por homicidio a los asesinos de un hincha de Racing llamado Héctor Souto. El juez porteño Jorge Moras Mom describió entonces con pelos y señales el funcionamiento aceitado del grupo.

Pasaron 25 años para que ese accionar se encuadrara en una figura más grave: la asociación ilícita, que no es otra cosa que un conjunto de personas que se dedica a cometer delitos. Eso dijeron de la barra de Boca las camaristas Isabel Poerio, Silvia Arauz y Elsa Moral. Y metieron presos a José Barritta -El Abuelo- y compañía, en el juicio por el homicidio de Walter Vallejos y Angel Delgado (de River).

En los 16 casos que la Justicia llegó a condenas también estuvieron comprendidos otros delitos. A los hinchas de Boca que lanzaron la bengala que atravesó la garganta de Roberto Basile (de Racing) los encontraron responsables del delito de homicidio culposo. Es decir que, para la Justicia, no tuvieron intención de matar.

El total de personas condenadas en esos 16 casos, como quedó dicho, es de 33. La sentencia que incluyó a más gente, además de la de Barritta, fue una de 1997 contra otros seis hinchas de Boca que habían matado a patadas a Osvaldo Bértolo, de Independiente. La Sala II de la Cámara del Crimen de Lomas de Zamora les impuso 8 años de cárcel por homicidio en riña.

El promedio de edad de todas las víctimas es de 25 años. Son 137 hombres y una mujer: Margarita Gaude, rosarina, de 66 años. En setiembre de 1991 viajaba en un colectivo de la línea 107, a metros de la cancha de Central, justo en medio de una pelea. Recibió una pedrada letal.

Las armas más usadas por los asesinos del fútbol son las de fuego. Sin contar a los muertos de la Puerta 12, el 46 por ciento murió a tiros. Esto incluye a las víctimas de la represión policial.

De esa manera se produjeron las dos primeras muertes, hace seis décadas, en la tribuna que la hinchada de Boca ocupaba en la cancha de Lanús. El último caso fatal de represión fue el de Sergio Filipello, un chico de Brown de Adrogué que recibió un balazo dentro de un tren. En el juicio oral por su muerte, el principal acusado es un guardia de una empresa de seguridad

Barras: la oscura mano de obra de muchos políticos

Es una relación que se aceita cada vez más. Para los violentos, ser contratados por políticos o sindicalistas es prácticamente una nueva y rentable profesión.

Si no te dan una mano estos muchachos de las barras, es difícil que puedas ganar una elección". El que habla —bajo estricto pedido de reserva de identidad— no es un dirigente de fútbol: es un dirigente político. Y esa mano que menciona no es ni la vieja y querida "gauchada" ni tampoco la que se arregla con un chori y una Coca: es mano de obra violenta que los candidatos políticos contratan y pagan en épocas de elecciones.

Sí, los barrabravas modernos han convertido lo que alguna vez fue pasión por un club en una verdadera profesión. Que no requiere títulos oficiales, que tiene un alto grado de riesgo y que —en muchos casos— está bien remunerada. Entonces, los que el sábado o domingo son barrabravas futboleros, en la semana pasan a ser mercenarios que se venden al candidato que más pague. Poco les importa, en verdad, las cuestiones ideológicas: los muchachos hasta aprenden a cantar, aunque desentonada, la marchita del partido que los mande a llamar.

El hombre que está frente a Clarín tiene treinta y pico años, mucha cara de bueno y está dando sus primeros pasos en política. En 1999 fue precandidato a intendente de un importante municipio del Gran Buenos Aires y da a entender que, en la interna de su partido, aceptó la ayuda "interesada" de hinchas de un club de Ascenso de la zona. Pero su rival fue más lejos aún: alquiló el servicio de "Los Borrachos del Tablón", la barra de River. Este último, finalmente, ganó la interna.

Dicen que, por entonces, la pesada banda de River copó el distrito a cambio de unos 25 mil dólares: pintó paredes, pegó afiches, hizo flamear banderas y garantizó el orden en los actos del precandidato. Y, por sus contactos en las villas, el grupo de acción "arrimó" a las urnas miles de votos.

Según algunos punteros barriales, el profesionalismo con el que actuaron "Los Borrachos" asombró. Con una organización y una estrategia "militar" impecables, recuerdan que por las noches llegaban a trabajar en un colectivo y que siempre contaban con dos autos de apoyo. Una noche chocaron ambos sectores en una pintada: hubo un herido de arma blanca y un militante resultó baleado.

El hecho, según los entendidos, no es algo atípico: forma parte de las reglas de juego de la política contemporánea. Pasa en las elecciones de clubes y en las gremiales, municipales, provinciales o nacionales. Así no debe sorprender que, pegaditos a un candidato con pinta de santo, aparezcan barrabravas o ex barrabravas. El Gitano, un conocido "hincha" de Independiente, supo aparecer en las publicidades de TV que el ex gobernador Eduardo Duhalde hizo para su campaña presidencial.

¿Cómo se hace el contacto con las barras? A través de punteros zonales o de dirigentes políticos que están en los clubes: casi todos los equipos tienen algún dirigente que fue, es o quiere ser político. El gremialista y ex diputado Roberto Digón es vicepresidente de Boca. Al "metalúrgico" intendente de Tres de Febrero, Hugo Curto, se lo vincula con Estudiantes (BA). Los últimos presidentes de Racing —Juan De Stéfano, Osvaldo Otero y Daniel Lalín— ocuparon puestos en distintos gobiernos.

"Los dirigentes y los políticos se valen de las barras y las usan", afirma Miguel Angel Pierri, abogado de algunos integrantes de La 12. Lo cierto es que la angostísima calle que separaba la vereda del fútbol de la vereda política ya no existe: cada vez hay más lazos entre los sonrientes candidatos, los clubes y los violentos.

Por eso ningún rumor sorprende. Se dice que barras de Chicago y de River trabajaron juntos para el ex ministro Carlos Corach. Que un barra de Boca le cuidó la oficina a un radical mientras éste ayudaba al entonces accidentado ex presidente Raúl Alfonsín. Que Muchinga, un ex barra y ex bufetero de Chacarita, es ahora custodio de Armando Capriotti, vicepresidente del club y concejal de San Martín. Que, por exhibir la bandera "Scioli en el deporte", la barra de Boca recibió 2.000 pesos.

Lo declarado por Julio Grondona a la Comisión de Deportes de la Cámara de Diputados no suena ilógico: "¿Cuántos empleados hay en esta casa (por el Congreso) que pertenecen a las barras bravas?", se preguntó hace unos días el titular de la AFA. Tal vez se refería a barras de Defensores de Belgrano, Racing, Quilmes y Argentinos, entre otros equipos, que figurarían como empleados de la biblioteca o de la imprenta del Congreso, un edificio histórico al que sólo van los días 29...

La complicidad sale a la cancha

Hay jugadores y entrenadores que conocen a los barrabravas y que colaboran con ellos. Hay dirigentes que "adoptan" a los violentos. Los códigos peligrosos.

¿No habrá sanción?

Un acusado se defiende

Hay mil y una anécdotas que demuestran la convivencia de jugadores, entrenadores, dirigentes y barrabravas en los clubes...

Ramón Díaz tenía una relación bárbara con "Los Borrachos del Tablón". Dirigentes antirramonistas lo acusaron de "comer asados con los barras y darles 20.000 pesos por cada mes". ¿Y el plantel de River? Para no hacerlo en el estadio Monumental, en octubre del 99 se reunió con la barra en el club Hípico. Los barras les agradecieron a los futbolistas que los hubiesen acompañado a llevar juguetes a un hospital y, ya que estaban, los jugadores les presentaron a los refuerzos.

En Boca, cuando la banda de El Abuelo (José Barritta) cayó presa, varios jugadores visitaron la cárcel más de una vez. Navarro Montoya, Walter Pico y compañía abrieron una canchita en General Paz y Beiró: el de Seguridad era El Gordo Cadena, un barra de Deportivo Morón, ahora detenido por robo. Hace unos días, José Hora cio Basualdo —¿acompañado por otro jugador?— fue a llevarle camisetas al juez Mariano González Palazzo: en la reunión hubo también un barrabrava, Rafael Di Zeo. Muchas veces, los jugadores y los técnicos conocen perfectamente a los barras.

El 30 de marzo, dos días antes de que Racing viajara para jugar contra Rosario Central, Diente, Rulo y otros cinco barrabravas pasaron por el estadio. "Vinieron a juntar plata para ir a Rosario", dijeron allegados. El DT Gustavo Costas salió del vestuario con una bolsa color naranja y se la entregó a una persona de seguridad. El custodio caminó hasta la calle Corbatta y les dio la bolsita a los hinchas. No se supo el contenido, pero... Muchas veces, los planteles se ven obligados a colaborar con la causa barrabrava.

El 27 de agosto del 95, el economista Miguel Angel Broda y el hombre-orquesta Moisés Ikonicoff hicieron gestiones en una comisaría tucumana para liberar a dos barrabravas de Atlanta detenidos antes del partido frente a Atlético. Broda reconoció: "Lo hice porque se les iba el avión". Pero no aclaró que esos barras —uno era el capo, Darío Collova, ahora detenido por estafas— se volvieron en colectivo. En el chárter de vuelta, los directivos contaron que debieron dejar en la comisaría gorritos y bufandas de Atlanta. Muchas veces, los dirigentes y/o políticos los sacan de apuro.

Vestido con una vieja camiseta de Central, el actor Federico Luppi debía orinar un paredón de la cancha de Newell''s. La escena de la película "Rosarigazinos" se filmaba en el Parque Independencia de Rosario. No pudo terminarse: cayó la barra brava de Newell''s, impidió la toma y "tomó prestados" los equipos de sonido. Muchas veces, los barras tienen impunidad para manejarse dentro y fuera de los clubes.

¿Quién se hacía cargo de la parrilla cuando el entonces presidente de Racing Daniel Lalín homenajeaba con asados en Canning a gente del ambiente del fútbol? El Tano, un miembro de la barra que anda de musculosa en cualquier época del año. Muchas veces, los dirigentes "adoptan" a los barras.

Hace unos años, Alvarado de Mar del Plata luchaba para entrar al Nacional B. Un día, en la Villa Marista, los jugadores estaban por almorzar. Pero llegaron diez barrabravas y, como venían de perder dos partidos seguidos, les sacaron los platos recién servidos y los dejaron sin comer. O sea, los barras deciden en los clubes qué está bien y qué está mal.

Una chica de 18 años se cansó de vivir con el barrabrava de Central Sergio Enriotti y lo mató. Corría el año 96 y, cuando la Policía hizo las investigaciones, encontró un cheque del club por 500 pesos. Estaba firmado por el presidente Víctor Vesco, el vicepresidente y el tesorero del club. Los dirigentes reconocieron que eran extorsionados y que la plata era para que los barras viajaran a Uruguay para un partido de Conmebol. Muchas veces, por amenazas o por lo que fuere, los dirigentes financian los viajes de las barras.

Antes era común darles a los violentos la concesión del buffet del club. Ahora se les encontró una nueva ocupación... Tocan Los Piojos en All Boys: los barras se encargan de la seguridad del recital. Los Redonditos de Ricota van a Racing y a River: las respectivas barras trabajan de custodios. Barrabravas de otros equipos destrozan la cancha de Atlanta mientras actúa La Renga: al otro día, la barra local —que no pudo evitar los desmanes— se encarga de las reparaciones. Festival de música heavy en Excursionistas: los patovicas del club reciben una paliza al querer propasarse con las chicas de los metaleros. Muchas veces, los dirigentes les dan trabajo a los barras. Y la protección de las instalaciones queda en manos de gente que no se lleva del todo bien con el orden y la paz.

Las canchas son campos de batalla

Por infraestructura, accesos o antecedentes peligrosos de las hinchadas, todos los estadios invitan a la violencia.

El fútbol argentino tiene de todo para albergar acción. Protagonistas que incitan a la violencia: ciertos jugadores, técnicos y árbitros. Público dispuesto a trenzarse con uñas, dientes o pistolas: los barrabravas. Autoridades que no ven cuando miran: algunos gobernantes, dirigentes, policías y jueces. Y, como si no alcanzara, tiene la escenografía ideal para improvisar campos de batalla: decenas de canchas inseguras, peligrosas y en pésimo estado que no hacen más que abrirle puertas a los incidentes.

Antes de hacer un paneo por los estadios de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires, conviene hablar de la insólita geografía deportiva: en un radio de 10 kilómetros hay más de 30 canchas.

Así, mientras en los países del primer mundo se juega un partido por ciudad, acá la policía debe trazar auténticos mapas de guerra para que las barras -incluso las que van a distintas canchas- no se crucen entre sí. Las estadísticas policiales meten miedo: de los 17 estadios de Capital Federal, 14 registraron incidentes en los últimos seis meses. Y, desde enero del año pasado hasta ahora, hubo incidentes "de trascendencia" en 34 de las 49 canchas del Gran Buenos Aires.

Para la seguridad se consideran tres puntos básicos: 1) Infraestructura: la separación de las hinchadas y las boleterías; el estado de escalones, tablones y alambrados, y la ubicación de vestuarios. 2) Ubicación y accesos: cómo y por dónde llegan las hinchadas. 3) Antecedentes de la barras: según los archivos policiales, las más temibles son Boca, River, Racing, Chacarita, (Primera), Huracán, Chicago, Quilmes, Tigre, Morón, Platense, Temperley, All Boys, Defensa (B Nacional), Almirante Brown, Alem, Cambaceres, Colegiales, San Telmo (B), Midland, Dock Sud e Ituzaingó (C).

Lo que es seguro es que, por h o por b, ninguna cancha garantiza seguridad absoluta. A simple vista, se podría decir que el Monumental es seguro. Falso: por los reiterados pungueos en las populares o por la aparente zona liberada que la barra tiene sobre la avenida Lidoro Quinteros, es tan peligroso como cualquier otra cancha. "Acá es tan probable gritar un gol de Aimar como que te afanen en la puerta o en las tribunas", cuenta Paco, fana de River. Otro estadio con abundancia de robos es el de Independiente.

Vale agendar una frase del comisario bonaerense Mario Gallina: "Todas las canchas del Ascenso son inseguras". Otro dato que aporta el subcomisario Rubén Pérez, de la Dirección de Seguridad en el Deporte de la Provincia: "Ahora hay más internas entre las propias barras que entre las rivales. Y se dan adentro del estadio".

Cuando ambas hinchadas pasan por los mismos lugares... En Comunicaciones, la platea local y la popular visitante quedan a la distancia ideal para un buen piedrazo. En Flandria, están todos en la misma tribuna, separados por plateas. En Vélez, los "pesados" entran y salen por zonas distintas, pero muchas veces hinchas comunes chocan sobre Juan B. Justo.

Cuando hay facilidad para que los hinchas se muevan con libertad... En este caso, entran al césped o rodean los vestuarios. Adrián Barrionuevo y otros jugadores de Comunicaciones sufrieron en carne propia la indefensión. Fue en las Pascuas, en Excursionistas: cien hinchas entraron a la cancha para golpearlos. Algo similar le sucedió a Villa San Carlos cuando visitó a Comunicaciones en el 95. En Lamadrid, Atlas, Luján y San Carlos cualquier hincha fuera de control puede acceder con facilidad a los vestuarios.

Cuando las tribunas "se prestan" para arrojar cosas... En las bandejas inferiores de La Bombonera cualquiera está expuesto a que lo orinen o a que le tiren un caño, como el que mató a Saturnino Cabrera. En Vélez, Independiente, Estudiantes (LP) y en muchas canchas de Ascenso tiran explosivos o piedras al campo de juego.

Cuando hay pocas ventanillas y malos accesos... Además de ocurrir en canchas chicas, los inhumanos apretujones originados por la Policía Montada también pasan en River, Independiente y Ferro.

El Interior del país tampoco es un paraíso: las canchas de Belgrano, Instituto y Talleres son inseguras y hay muchos choques con la Policía: lo ideal es jugar en el estadio Córdoba. En Santa Fe y Rosario, la violencia suele aparecer a la salida.

Hablando de salida... Un consejo de los sufridos hinchas del Ascenso que siguen a su equipo fuera de casa: "Rajar en los 15 minutos que da la Policía para que la hinchada visitante salga antes que la local". Sino, dicen, "es mejor saber rezar".

Investigación y textos: Miguel Angel Bertolotto, Néstor Straimel (editores), Miguel Bossio, Pablo Abiad, Andrés Burgo, Carlos Prieto y Gustavo Flores.

La seguridad es un negocio

Los efectivos policiales disfrutan de un extra: los clubes les pagan a la Federal y a la Bonaerense cerca de 7 millones de pesos anuales para que los "cuiden".

Si todos los hinchas fuesen buenitos; si cada uno alentara a su equipo sin provocar ni agredir a los demás; si llegaran y se fueran de las canchas ordenados y en paz; si nadie se metiera en problemas ni en disturbios... Si todo esto pasara —cosa que jamás va a ocurrir— muchos actores secundarios del fútbol perderían millones de pesos. La violencia en el fútbol les da de comer, entre otros, a policías, empresas de seguridad privada y fabricantes de alambrados, vallas de contención, techos de acrílico o mangas inflables. La seguridad, entonces, es un gran negocio para muchos.

Más allá de tener que reparar baños destrozados o reponer butacas que fueron arrojadas, a los clubes se les va muchísimo dinero en pagar operativos policiales. Para un partido de cualquier categoría de AFA, aproximadamente un 30 % de los efectivos los pone la Policía, o sea, el Estado: el restante 70 % lo debe pagar el club local.

¿Cuánto dinero mueve la seguridad del fútbol? La Policía Federal recibe 4.000.000 de pesos por año. La de la provincia de Buenos Aires recolecta casi 3.000.000. "Después de cuidar los bancos, el fútbol es el mejor negocio para la Policía", opina el ex presidente de Racing Daniel Lalín.

¿Cuánto "cuesta" cada policía? Depende de las horas que dure el operativo, pero habitualmente un agente de la Federal recibe 50 pesos por partido. Y uno de la Policía de la provincia, 25.

Para el policía de la esquina, ¿es negocio ir a trabajar a la cancha? Depende. Si el operativo dura muchas horas, si él es de la Bonaerense y encima trabaja lejos de la jurisdicción de la cancha, cobrar 25 pesos no le hace gracia. Para uno de la Federal, en cambio, es más negocio. "El fútbol es una bolsa de trabajo", confió un agente de Capital, aunque aclaró que "sólo me conviene yendo a la cancha como adicional, no como recargo de servicio. Me pagan —por cajero automático— si voy en calidad de adicional: si no, tengo que ir igual sin cobrar nada".

¿La Policía conoce a los hinchas violentos? Sí. Muchinga y otros barras de Chacarita metieron su auto —vidrios polarizados y sirena policial en el techo— entre los patrulleros y los micros de la hinchada y así, "en caravana de amigos", fueron hasta la Boca. Otro caso: apenas asumió, un comisario de la 24 fue "visitado" por los barras de Boca.

¿Están capacitados los policías para los espectáculos deportivos? La mayoría, no. Algunos van sin ganas, vienen de una guardia nocturna o están sin dormir. A veces no conocen ni la cancha. Ejemplo: uno de Azul que deba custodiar en Lanús.

¿Se dejan "zonas liberadas"? A veces se arreglan con la barra. Otras veces, esas zonas "sin policías" se dan cuando, llegada la hora, algunos agentes se desentienden del operativo y abandonan el lugar.

¿Los clubes están conformes con el servicio? No. Y se quejan de que a veces van menos policías de los que figuran por planilla. Mientras la Policía recalca que los operativos son baratos y que "extras" como los helicópteros no se facturan, Fernando Miele (San Lorenzo) es uno de los presidentes que sostiene que "son caros e ineficaces". Hay partidos, incluso, que recaudan menos de lo que se lleva la Policía. Vélez recaudó 14.290 pesos ante Unión y pagó 17.000. Ante Tristán Suárez, Alem pagó 1.860 pesos el operativo y vendió en boleterías apenas 249 (en estos casos, la AFA les tira un salvavidas a los clubes).

¿Qué "trampas" puede hacer un club para achicar gastos? No habilitar todas las tribunas e intentar en la semana reducir la cantidad de efectivos. ¿Cómo? La Policía indica que hacen falta 400 hombres y el club dice que sólo puede pagar 300. ¿Y los otros 100? Tienen que ir igual, aunque no cobran adicional. "O sea, se rajan apenas pueden", confió un dirigente. Otro recurso es disminuir las horas del operativo, como Deportivo Español, que más de una vez suspendió los partidos de Reserva.

¿Se usan más policías acá que en Europa? Quizá por la violencia de las barras argentinas, mientras un Barcelona-Real tiene 300 policías y un Inter-Milan, 600, acá un River-Boca "necesita" 1.000. Allá, los gastos son absorbidos por el Estado.

¿Cómo hace la Policía para tornarse "imprescindible"? A veces, permitiendo que cada tanto choquen las hinchadas y así se produzcan disturbios.

¿Qué dicen ante las críticas? Juan Carlos Azcuy, jefe de Eventos Públicos de la Federal, asegura que "nuestro gran escollo para combatir la violencia es la legislación. No tenemos elementos para detener a un hincha borracho o drogado. Es un problema cultural: nunca escuché a un dirigente que se proponga educar a sus hinchas".

¿Se oyen otras "excusas"? Una fuente policial deslizó: "A pesar de nuestros pedidos y recomendaciones, siempre se termina jugando a la hora y en la cancha que quiere Julio Grondona".

¿Existe algún interés en mejorar? Cuando en el 93 España ofreció becar con un curso sobre violencia en el fútbol a cien policías argentinos, la respuesta de las entonces autoridades fue: "¿Qué nos pueden enseñar esos gallegos a nosotros?".

Italia: el racismo vive en la tribuna

La violencia también vive en el fútbol de Italia. Hay más de 200 incidentes, 2.000 heridos y 200 arrestos por año. En la última década, el fútbol se cobró 11 muertos. Esto es parte de lo que pasa:

Cariatese-Montalto (torneo de aficionados). Los locales le tiraron a un juez de línea con una mountain bike.

Livorno-Pisa (serie C). El constructor de las bombas usadas por los ultras (barrabravas) visitantes era un jubilado, ex "pesado", de 62 años.

La Policía de Roma descubrió debajo de un puente de la avenida Tiburtina un verdadero arsenal de los ultras: 45 bombas (tenían 6 kilos de explosivos).

Bari-Torino. Insulto racista del DT Eugenio Fascetti a Ciril Diawara, jugador negro del Torino: "Por qué no se quedan en sus casas éstos... Su sangre puede estar infectada". ¿Sanción? 4 fechas a Diawara; multa al Bari; nada a Fascetti.

Ancona-Fermana. Choque de hinchas en una cabina de peaje: 2 acuchillados.

Cuatro ultras de la Roma prendieron fuego a inmigrantes sin techo en un callejón: un marroquí, un tunecino, un montenegrino y una moldava. Los ultras pertenecían al grupo de extrema derecha "Facción opuesta" y la excusa fue: "Lo hicimos porque estábamos aburridos". Como se ve, crece el racismo hacia negros, extracomunitarios, hebreos y los propios italianos del Sur. El 70 % de las hinchadas es de extrema derecha. Por algo, la de la Lazio le "aconsejó" a Verón borrarse el tatuaje del "Che" Guevara.

Informe: Gustavo Londeix. Roma

Un barra revela todo con nombres y apellidos

Daniel Gitano Ocampo, un jefe de la barra brava de Independiente, detalla por primera vez la complicidad de los violentos con dirigentes y jugadores.

Ni el tremendo sopapo que ligó de su padre lo hizo deponer la actitud. De chiquito, Daniel Alberto Ocampo —el Gitano— no tuvo mejor idea que gritar un gol de Independiente en medio de una familia boquense. Ahí, bajo la mesa adonde fue a parar por el impacto, encontró la causa para hacerse rebelde y la razón para andar por la vida hecho un diablo. El Gitano no sólo decidió ser de Independiente: su ¿pasión? sin límites lo llevó incluso a liderar la barra.

"Sí, soy barrabrava. Me siento un barrabrava y estoy muy orgulloso de serlo. Soy barrabrava en todos los aspectos y así me sentiré toda la vida", dice ante Clarín. Es apenas el principio. Está dispuesto a hablar de todo: en la hora y pico de charla, el Gitano no dejará títere con cabeza. Por más que el apellido en cuestión infunda mucho respeto, como el de Grondona.

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YO, EL GITANO

Antes de empezar, Daniel Ocampo —correntino, 51 años, fana de los Rolling Stones— pide aclarar tres cosas.

1) Que nadie lo confunda con el otro Gitano de la barra, un hincha canoso que suele sentarse en la platea. "Yo soy el Gitano: el otro es medio Figuretti. Bah, un salame".

2) Que por Independiente es capaz de todo, menos matar: "Siempre laburé: ahora soy tachero. No soy un delincuente, aunque sí violento. Viví en la calle, mi viejo me golpeaba y por eso soy picante: si pinta un combate, combato. Pero estoy en contra de la falopa y me duele ver morir hinchas".

3) Y que ya no es más jefe de la barra: "Estuve diez años. Me abrí de la jefatura cuando me cansé de tanta violencia. Nunca tuve un arma, pero vi disparar incluso a gente de mi grupo. Yo andaba siempre con una sevillana, pero sólo por las dudas: nunca la usé. Ahora sigo perteneciendo, voy a la popular y a veces viajo con ellos: aún me siento barrabrava".

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APRETADAS

"Apreté una sola vez a un jugador: a Clausen. Fui a pelearlo porque había hecho un gesto feo a la tribuna. Me rayé, pero después me hice amigo. Y terminó poniendo plata para los muchachos, como Villaverde, Enrique, Trossero, Killer.

—¿Y si un jugador no ponía plata?

—Mirá, ellos son peores que las minas: se sacan los ojos por el mejor auto o la mejor cadenita. Como hay muchos celos, eran ellos mismos los que nos decían quiénes no habían aportado. Nosotros tratábamos de persuadirlos: Villaverde se negó al principio, pero un día fui, le hablé y pum, sacó y me dio.

—Se sintió apretado.

—Seguro que se sintió apretado. El estaba solo y, atrás mío, había veinte monos.

—¿Apretar a los jugadores está bien?

—Yo nunca fui de apretar mal. Cuando un dirigente no me quería atender, al otro día iba con 30 barrabravas y aflojaba. No amenazábamos, pero metíamos miedo.

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ALIENTO COMPRADO

Según el Gitano Ocampo, hay jugadores que "compran" el aliento de la tribuna: "Una vez se lastimó Fossatti y Goyén atajó una barbaridad. En la semana me dio zapatillas y una campera y me pidió que el domingo cantara Goyén, Goyén. Empecé yo, me siguieron los 30 que estaban cerca y terminó toda la cancha". Y cuenta que hay técnicos que hacen lo mismo: "Iba a la casa de Pastoriza a pedirle guita. Pato mirá, pim, pim, estamos muertos: y nos daba. Hacíamos un asado y nos íbamos escabiados a la cancha".

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EL LAZO CON LOS DIRIGENTES

Palabra de barrabrava: "Los dirigentes nos daban las entradas y, a veces, plata. Además de los pibes de la hinchada, los que me hicieron sentir capo fueron ellos. Yo contrataba los micros y al club le pasaba el doble. Así, me hice una casa. Son terribles mentirosos los dirigentes".

—¿Usted se sentía apañado por ellos?

—¿Cómo? Guardábamos las banderas en el club. Es más: un dirigente le consiguió a un par de muchachos un trabajito como personal civil de la Fuerza Aérea.

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EL LIDERAZGO

Mientras fue el líder, asegura que a los pibes "nunca les faltó comida ni chupi. Pero jamás les compraba droga: eso era problema de ellos. Estuve en tiroteos, pero yo estaba en contra de las armas. Por eso le dejé la posta al Galleguito Pompei.

—¿Cómo era como jefe?

—Trataba de evitar los quilombos y de que nadie choreara. En toda barra hay diez tipos que secundan al jefe. Después está toda la banda. Para ser jefe, hay que ir al frente y pelear. Tuve muchas contravenciones, pero nunca caí en cana por afanar.

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LOS POLITICOS Y LAS BARRAS

—¿Le consta que algún político haya estado ligado a las barras?

—Que me acuerde ahora, Alberto Pierri, Luis Barrionuevo, Herminio Iglesias...

—En Independiente hay una bandera: "Camioneros: Moyano Conducción".

—Moyano tiene gente pesada en la popular. Esa bandera que está ahí me la dio Topper y ahora los pibes la luquearon, pero no me tiraron una moneda. ¿Luquear? Pedir plata, venderla: gratis jamás.

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MI FAMILIA

Ocampo se casó dos veces y se separó otras tantas. Tiene una hija fanática: "Si tuviera un varón no me jodería que fuese barra; sí que anduviese en la falopa.

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¿UN VIOLENTO ANTIVIOLENCIA?

De pronto, sorprende: "Soy violento, pero estoy en contra de la violencia. Pero los dirigentes y los políticos son tan hipócritas que jamás la van a parar. Yo quise armar la Casa del hincha y no me dieron bola".

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BERIZZO SE SALVO RASPANDO

La última frase del Gitano deja más tranquilo a Eduardo Berizzo, de River: "Si le hacía caso a mi viejo en hacerme bostero y veía cómo Berizzo puteó a la platea de Boca, me meto y lo cago a trompadas".

Fuente: Diario Clarín, 14 de mayo de 2000


Entrevista a Amílcar Romero

Area Interdisciplinaria de Estudios del Deporte, UBA, Argentina
Julio Frydenberg - alaju@speedy.com.ar

Amilcar Romero es actualmente el especialista más importante en los temas asociados a la violencia en el fútbol en Argentina. Ha publicado varios libros sobre el tema y es referente obligado para quien desee internarse en la compleja problemática de un fenómeno que según muchos pone en duda la propia posibilidad de supervivencia del espectáculo futbolístico tal como se lo conoce en la actualidad.
El periodismo deportivo argentino reconoce la existencia de algunos pocos investigadores que bien podrían asimilarse a cientistas sociales. Hasta hace poco tiempo el mundo académico se mostró distante a la hora de tratar temas como el fútbol. Fueron tradicionalmente los periodistas quienes se adueñaron del espacio que incluye la generación de ideas y de análisis. Es decir, por vocación y por vacancia, uno de los actores centrales del espectáculo futbolístico se había encomendado a sí mismo con la delicada misión de ser a la vez investigador distanciado. Amilcar Romero pertenece a esta especie, pero está alejado de los apremios impuestos a los comunicadores por el actual formato informativo, y de las presiones del medio empresarial mediático que acosan a la mayoría de sus colegas. A esa distancia, le ha sumado el espíritu y el trabajo del investigador riguroso.


http://www.efdeportes.com/ Revista Digital - Buenos Aires - Año 7 - N° 41 - Octubre de 2001

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Julio: Hice una especie de listado de variables que se pueden tener en cuenta a la hora de hablar del tema de la violencia. Mi idea era charlar acerca de cuáles de estas variables te parecen útiles y cuáles dejarías de lado. Después podríamos introducirnos más en tus temas. Pero en principio mi idea es desde afuera hacia adentro. Yo, por ejemplo, hace un par de años daba clase en una escuela de periodismo sobre el tema de Historia del Fútbol, salió el tema de la violencia. Entonces hice una encuesta a los alumnos: ¿cómo analizaban ellos el tema de la violencia? Los temas recurrentes que salieron fueron la droga y el alcohol. Para ellos la droga y el alcohol, estas adicciones, eran las causas fundamentales que promovían la violencia en las canchas en la actualidad.

Por otro lado yo tengo una visión particular del tema. Tal vez no coincida con la tuya. Creo que en la Argentina -no puedo hablar de otros lugares- violencia en las canchas hubo siempre. Es decir, si uno empieza a ver el pasado y es recurrente... El otro día estaba mirando un Gráfico de 1923 que no hablaba nada de fútbol, en realidad, la editorial solo hablaba de fútbol para quejarse, sermoneando, porque tres partidos se tuvieron que suspender porque el público había invadido la cancha. Mi primer propuesta era: si violencia hubo siempre ¿qué elementos se continúan de esa violencia que existió siempre? si es que suponemos que esto es así y qué elementos cambiaron para hacer que esto se modificara. ¿Convenís conmigo que violencia hubo siempre?

A. Romero: No.

¿No?

Rotundamente no.

¿Violencia entre las hinchadas no hubo...?

No, rotundamente, no.

¿Y entre los espectadores y los que estaban adentro...?

En realidad, hechos de violencia siempre vas a encontrar en toda gran conglomeración humana. Yo creo que ese es el tema más controvertido y es el tema más álgido. Hay que ponerse de acuerdo sobre al terminología a usar... yo hablo del violencia del fútbol no de violencia en el fútbol. Hay una violencia que está implícita en la historia del fútbol.

Insisto.... mi respuesta es negativa. Porque además es el argumento del establishment , de los dirigentes del todo el mundo de dentro del negocio....

Vos estás diciendo esto de que "hubo siempre..."

Claro, lo estoy diciendo del argumento de que "hubo siempre..." es que es el argumento con el que se trata de camuflar el hecho ineludible que aparece a partir de la década del sesenta -para generalizar, en todo el mundo futbolero y particularmente en la Argentina con un agregado, que es una violencia institucional, organizada desde arriba y apañada desde arriba, cosa que no ocurre en el mundo desarrollado. Hablo de la violencia organizada, como dice Manuel García Ferrando, con nada de irracional, como una conducta racional que sabe perfectamente de costos y beneficios, que está organizada de antemano, que tiene objetivos claros, no. Eso aparece a partir de la década del sesenta y es la violencia que nos preocupa y es la que se pone como materia de preocupación y de investigaciones sociales.

La otra violencia, por ejemplo, en 1700 en un solo condado -el dato lo da Vicente Verdú- en un solo condado de Inglaterra hubo más de cuatrocientos ochenta muertos entre los jugadores de fútbol de entonces, que todavía no era el fútbol tal como hoy lo conocemos. La primera violencia que tiene el fútbol se dio entre los protagonistas primarios, diría Archetti; esa es la primera violencia que tiene el fútbol, terrible, atroz, bárbara, que reglamenta y erradica la masonería cuando organiza el fútbol. Después hay violencia de tipo esporádica entre las hinchadas.

La hinchada de Boca nace con una característica barrial, cultural, de ser genovés, nace como una barra agresiva y peleadora. Pero no tiene nada que ver con la barra (el grupo agresivo, organizado, llamado "barra brava") que va a ser después, la barra de Quique el carnicero y la del Abuelo.

Pero tenemos que convenir, entonces...

Yo, para hablar de una continuidad te hablaría de fútbol y muerte, que fútbol y muerte son inseparables desde sus orígenes. Esa relación entre fútbol y muerte va sufriendo transformaciones y cambios hasta que aparece esto nuevo en la década del sesenta donde la muerte se traslada del campo de juego, concreta o simbólica, o ritual, y se va a las tribunas entre los protagonistas secundarios. Entonces se habla de otro partido, hablarse de otro campeonato.... Fútbol y muerte sí, van marchando indisolubles, pero no violencia, que es un concepto bastante esquivo y poco definido.

Si en los años sesenta querías entrar al Gasómetro (se llamaba así al anterior estadio que tenía el Club San Lorenzo de Almagro), querías comprar una entrada popular .. estaban las boleterías, que siempre eran pocas, y no había cola... tenías que agarrarte de donde pudieras y empujar.... después llegaba la policía montada... ¿eso no era violencia?

La montada que revoleaba los sables desde la empuñadura. Lo que pasa es que ahí se nos mezcla el hecho futbolero con una sociedad particularmente más que violenta, criminal, como ha sido la Argentina en toda nuestra historia. Una sociedad altamente represiva y altamente violenta pero no por el fútbol en sí.

Bueno, pero en el cine los espectadores hacían la cola y, dentro de todo, se respetaban mutuamente. Es cierto, nuestra sociedad siempre fue violenta, en el diez, en los treinta.... y no hablemos más adelante. Pero vos decís que a partir del sesenta aparece...

...la violencia organizada...

Bien...

Violencia organizada, profesionalizada e institucionalizada. Pasa a formar parte de la industria del espectáculo. Empieza, cualitativamente, otro fútbol. No solamente en el campo de juego, por que ocurren cambios cualitativos en el campo de juego... Pero en la tribuna también ocurren cambios cualitativos. Antes la hinchada se agarraba a trompadas -y hablo de la década del cincuenta, de recuerdos de mi niñez. Pasaba la hinchada de Gimnasia o la de Boca por la estación de Quilmes y era una guerra a piedrazos...

Bueno, a eso yo me estoy refiriendo.

Pero no estaban organizados, no cobraran para hacer eso.

Bien, pero eso es violencia.

Si, es agresión física, digamos.

Bueno, está bien. Aclaremos, para distinguir mejor. Entonces, ese tipo de agresión, existió.

Si.

Bien, ahora, de hinchada, a veces folklórica, a veces, no.

... entre la gente y la policía... problema político argentino crónico.

Lo que estoy viendo, entonces, es que existiría esa violencia folklórica o no tan folklórica de la agresión entre hinchadas o con la policía; la violencia que viene del propio juego, de la práctica... y esta nueva, violencia organizada, que es tu materia de análisis...

Claro. Ahí aparece el capitalismo que dice: al enemigo que no lo podés derrotar, utilizalo. Y lo chupa y lo recicla para utilizarlo como un elemento más del hecho del espectáculo.

¿A quién no puede utilizar?

No puede aniquilar esa violencia que había desde siempre asociada al fútbol. La década del cuarenta, principios del cincuenta, a todos los equipos que iban de visitantes y la hinchada local, que todavía no era barra, era la hinchada, los pesados, los allegados practican a veces la violencia. En la muerte ocurrida en 1939 en la cancha de Lanús, fueron los allegados del club que entraron en el partido de reserva (previo). ¿Qué significa esta categoría existencial? ¡Era la patota del club!, que estaba dentro de los vestuarios. Ellos recibían al equipo visitante, lo escupían, les pegaban trompadas en las costillas, les mostraban y pasaban cortaplumas y cuchillos por la panza para amedrentarlo.

Cuando, en los `60, llega la nueva patota capitalista, con Liberti (A. V. Liberti fue presidente de River Plate), Armando (A. J. Armando fue presidente de Boca Juniors) y Valentín Suárez (fue presidente del club Banfield y de la Asociación del Fútbol Argentino) a la cabeza, capitalizan el fútbol, lo montan como una gran industria, entonces hay que parar esas formas tradicionales de la violencia, hay que neutralizarlas. ¿Cómo lo neutralizás? Y bueno, con la teoría que aplican en los setenta con la guerrilla... la teoría de la seguridad: cuando tenés un grupo que te provoca violencia, le ponés otro grupo más chico, con mayor mítica, con mayor grado de organización para neutralizar esa violencia del otro lado. Así se supone que vos nunca sos el agresor sino que te defendés. Y del otro lado te contestan organizándote otro grupo igual y ahí ya estamos en la parafernalia de la violencia; Esto produjo cambios cualitativos. El grupo va decidido a actuar violentamente... ahora ya va organizado, institucionalizado... apañado.

Cuando aparecen estos dirigentes de la industria o de lo que se llama el fútbol espectáculo de los sesenta...

...ellos mismo lo llaman fútbol espectáculo en el '61.

¿Qué es lo que vos detectás, concretamente? Es decir, los dirigentes de River, por ejemplo... ¿qué fue lo que hicieron?

En el '68 lo hace Kent (Julian William Kent, escribano, fue presidente de River Plate). El primer blanqueo de barra brava, de la función de la barra brava lo hace Kent con la barra brava de River por el asunto de "gallinas", cuando se ganan el mote de "gallinas". En una doble página del suplemento deportivo del periódico 'El Mundo' Kent anuncia públicamente la función de la barra y que va a pagar las entradas para que los jugadores no "arruguen" (no sean "gallinas"). Te estoy traduciendo al lenguaje real lo que decía Kent con un lenguaje simbólico. Es cierto que siempre existieron presiones, que todo el mundo sabía lo que era el mundo del fútbol, las presiones sobre los jugadores, el amedrentamiento... etc. Pero el cambio supone que antes te quebraba la pierna un contrario o que te pegaba un hincha contrario. Lo nuevo es que ahora te agarra nuestra barra, que amenaza: si arrugás te estropeamos del todo....

Con Sandrini y la Gorda Matosas (dos hinchas caracterizados de River) a la cabeza, en esos años empiezan a seguir al Club oficialmente por todos lados. Antes lo hacían pero ahora ya sale a la luz, ya ahora lo tenemos y cumplen esta función organizada por el propio club, los dirigentes....

Ahí Kent... ¿qué hace, les paga...?

Blanquea el pago de viáticos y otras cosas porque en el '67 cuando lo matan a Souto queda constancia expresa que están todos los barras bravas pagados, incluso con los viajes al exterior. En el '62 cuando matan a un barra brava de Quilmes, la barra brava de Atlanta, que estaba en Prefectura Marítima haciendo el servicio militar, queda claro que hay dos grupos organizados. Cambia la conducta, cambian los colores y los ruidos del Estadio. La gente se da vuelta. Una de las características más típicas de la barra es darse vuelta; deja de mirar la cancha para mirar al resto de la tribuna y soliviantar y alentar constantemente los noventa minutos. Ya deja de existir ese paralelo entre grito-aliento, siempre en relación a cómo le va a tu equipo: Si te tienen en un arco estás "achicado" y ni abrís la boca, pero si van para adelante la hinchada vieja, alentaba. Alentaba porque ibas ganancioso. Cuando te estaban peloteando la hinchada arrugaba junto con el equipo. La barra no, comienza con que "el aguante"... ahí nace el aguante, hay que sostener durante noventa minutos sin parar... pase lo que pase.

Ahora, en esta imagen, el tema de la muerte es como una especie de epifenómeno de algo que se dispara, ese mecanismo de relación entre dirigentes y el grupo que se sirven mutuamente, pero entonces aparece una especie de lógica propia de la acción de los grupos...

Si.

Todo eso ha escapado, muchas veces, a los propios deseos de los dirigentes.

Yo creo que esa es la riqueza cultural que tiene el fútbol. Ahí están los mecanismos de antagonización, lo que se llama el otro partido, lo que llama el campeonato de la crueldad y lo que muchos de los cronistas deportivos narran cuando nada lo hacía esperar, estaba todo tranquilo y se desató la violencia. Cómo se desató la violencia, si tienen una historia las dos barras, que se vinieron anunciando durante la semana llamándose a las sedes, amenazándose por cuentas pendientes que tienen entre ellos. O como me decía Oscar Rodríguez -uno de los comisarios de la Policía Federal que más sabía de barras bravas, de la comisaría de Vélez Sársfield, sobre aquel famoso partido entre Vélez y Boca, cuando mataron a "Matutito dos". Cuando le tocaba interrogar, sobre todo a los jóvenes adolescentes de 16 ó 17 años, les preguntaba 'por qué hiciste esto..., por qué te peleaste...' Y las repuestas eran: 'lo que pasa que ellos...' siempre eran los otros, llegaba un momento que se referían a hechos de cuando ellos no habían nacido. Rodríguez es hincha de San Lorenzo, un tipo futbolero, sabe mucho de fútbol. Era evidente que cuando nos hacemos hinchas de un club, asumimos la historia del club: no vamos a tal cancha porque es mufa (trae mala suerte), no vamos a tal cancha porque nos faja (pega) la policía, cuidado con ir a tal lado que siempre nos están esperando y cobramos; vamos allá porque los tenemos de hijos y ganamos siempre. Uno va con toda la tradición histórica a cuestas. Uno es el club. Una cosa muy típica de los cantitos de la hinchada de Boca es no decir Yo soy de Boca sino decir Yo soy Boca, Boca Yo soy. La total identidad, la total mimesis entre personalidad e institución o color.

Hay una duda que tengo porque hay muchos que no saben para dónde se va a disparar en el futuro. Hay algunos dirigentes que por un lado les siguen dando entradas aunque lo niegan...

No hay club que no tenga barra brava y no esté profesionalizada. El cinismo o los juegos que hagan es un problema de ellos. Pero está institucionalizado.

Por otro lado está la duda a cerca del propio futuro del ritual, del fenómeno del fútbol en el estadio. Es decir, eso, ¿hasta dónde beneficia y hasta dónde perjudican los propios dirigentes? Hay un punto en el que la violencia generada por los grupos resulta ser un impedimento para que exista el propio fútbol.

Ávila (Carlos Avila es dueño de TyC, la empresa mediática que domina el mercado argentino del deporte) dijo que le gustaría una cancha para cinco mil personas, chiquita, todos sentaditos, todo controlado...

... los estadios van a ser sets de televisión. No va a existir más el estadio como hoy lo conocemos...

Me parece que para los dirigentes de los clubes eso es un problema. Parece todo un dilema.

Creo que esto es un elemento importante, esto creo que, con Martínez Sosa (ex dirigente de Boca Juniors) una vez que dijo que el dirigente de fútbol era un dirigente político frustrado. El dirigente de fútbol quiere un rol social protagónico y decisivo y para tenerlo necesita la masa.

Y el pequeño grupo de la barra ¿no está ahí haciendo ruido, no está molestando?

Mirá en el '89 por razones política obvias la Fundación Plural nos iba a sacar un número especial en el cual se le hizo a Julio Grondona porque tenía buena llegada, finalmente el número especial no salió, pero en ese reportaje Grondona confesaba abiertamente tenerle miedo a las barra bravas.

Podemos partir de lo que dice Toffler: la trípode donde está sentado el poder: la violencia, el dinero y la información. Donde cada día la info crece más para tener el poder. ¿Qué es lo que posee la barra por naturaleza? la capacidad de generar violencia y la información. Lo único que le falta es el dinero. ¿Cómo lo consigue?, con estos dos otros elementos.

¿Qué informaciones tiene? Conoce la interna, lavado de dinero que no tiene por qué ser del narcotráfico, pueden ser blanqueo de guita de las corporaciones donde trabajan estos tipos. Los manejos sucios de los traspasos de jugadores. Pero tienen un conocimiento de lo prohibido que sucede dentro del fútbol que los hace poderosos y los hace extorsionadores de hecho. Y tan es así que se escapa, que tienen su propia dinámica..... yo soy uno de los convencidos de que nunca un dirigente mandó a matar. La muerte, lo terrible de la muerte del fútbol es que forma parte de lo lúdico...

Ojo, entran ellos en su propia dinámica, su propia lógica, que termina siendo imparable... nadie sale, salvo un caso -pero las excepciones confirman la regla- el chico Ventura ahí, en Patricios, donde la Buteler se presentó en sociedad, salieron de "safari" una noche, armados. Con el taxi de uno de ellos a matar a uno de Huracán.....

¿En qué año?

Ochenta y nueve. Julio del '89. Le pegaron un balazo en el corazón, con una 22, de cuarenta metros, fue una cosa... realmente con todas esas casualidades que hacen que estas muertes sean espectaculares... ¡¡dar con una 22, desde cuarenta metros o cincuenta metros justo en el corazón!!... la 22 sale para cualquier lado, mata a una vieja que está en la terraza... Pero, en fin, así ocurrió.

Fuente: www.efdeportes.com

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