Romance
intelectual con la pelota
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"El goleador es siempre el mejor poeta del
año", escribió Pier Paolo Pasolini, en la cumbre del romance entre la
literatura y el fútbol. Camus había dicho que el fútbol le enseñó todo lo
que sabía y el desprecio de los intelectuales por esa pasión se había
superado cuando estalló una nueva polémica: ya no fútbol vs. cultura, o
civilización vs. barbarie, sino literatura versus oportunismo editorial y
venta. Además, cómo el fútbol devora la cultura general.
Por Hernán Brienza
Jorge Luis Borges fue el encargado de marcar la divisoria de aguas. Con
lapidaria ironía, reformuló el "civilización y barbarie" sarmientino y
sentenció en más de una entrevista periodística que el fútbol era "una cosa
estúpida de ingleses... Un deporte estéticamente feo: once jugadores contra
once corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos". La frase
hendía el cuchillo en el corazón de la patria futbolera y convocaba al
escándalo. Pero más allá de la humorada —"una forma perversa de
razonamiento; un cinismo que invalida todas las letras del mundo: Así, el
Quijote no es otra cosa que un conjunto de letras negras sobre papel
blanco", como lo definiría para Ñ Alejandro Dolina— el anatema borgeano
selló la relación entre quienes practicaban el deporte de la literatura y
los habilidosos en el arte del fútbol. Durante décadas —salvo excepciones—
ambos mundos sucedieron en dimensiones paralelas. En forma esquemática
podría resumirse de la siguiente manera: los escritores desdeñaban el fútbol
y los futboleros huían de la literatura. La división también se
experimentaba entre lectores e hinchas en una remake del divorcio original
entre pueblo e ilustración aventado por Domingo Faustino Sarmiento. Pero la
segunda mitad del siglo XX sería testigo de una plebeyización de la
literatura —el periodismo fue gran artífice de este proceso— y decenas de
literatos se volcarían a una producción mestiza gracias a la cual el fútbol
ya no quedaría en "orsai" literario. Finalmente, a mediados de los noventa,
la pelota ganó la batalla y hoy —a horas del mundial de Alemania— se asiste
a lo que algunos denominan la futbolización del universo y de la que no
puede escapar ni siquiera el apocado e íntimo mundo de las letras.
La mala relación entre fútbol y literatura se inició en 1880 cuando el
escritor británico Rudyard Kipling (1865-1936) despreció a ese deporte y a
"las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que
lo juegan". Y prácticamente desde esa fecha el desencuentro se hizo
sostenido. Sin embargo, el recorrido de una buena biblioteca demostrará que
no faltaron las gratas excepciones: en los años 20, el peruano Juan Parra
del Riego y el argentino Bernardo Canal Feijóo escribieron "Penúltimo poema
del fútbol" y Horacio Quiroga publicó "Suicidio en la cancha", un cuento
sobre el caso real de un jugador de Nacional que se pegó un tiró en el
círculo central de la cancha. De aquellos tiempos es el primer relato
totalmente ficcional sobre fútbol en el Río de la Plata: la novela del
francés Henri de Montherlant Los once ante la puerta dorada. En 1923, nada
menos que en su meláncolico libro Crepusculario, Pablo Neruda escribió el
poema "Los jugadores", y 12 años después, "Colección nocturna", incluido en
Residencia en la tierra. Durante el primer medio siglo hubo escasos
coqueteos de la literatura con el fútbol —una aguafuerte de Roberto Arlt
sobre el Seleccionado Nacional y poco más—; quien entró a saco lleno en el
tema fue el uruguayo Mario Benedetti con su ya célebre cuento "Puntero
izquierdo", escrito en 1955, y publicado en el libro Montevideanos.
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El llamado boom de la literatura
latinoamericana se acercó al mundo del fútbol, no sólo desde la escritura
sino también desde las tribunas. Tras un partido entre Junior y Millonarios,
Gabriel García Márquez declaró: "No creo haber perdido nada con este
irrevocable ingreso que hoy hago públicamente a la santa hermandad de los
hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien". Y el
salvoconducto del futuro Premio Nobel dio resultados. Aunque, en realidad,
ya por aquella época había salido del placard un gran número de escritores
que se reconocían como hinchas de fútbol: el poeta gaditano Rafael Alberti
—quien escribió "Oda a Platko", dedicada al arquero húngaro del Barcelona—,
Miguel Hernández, Miguel Delibes, Manuel Vázquez Montalbán, Juan Carlos
Onetti, Mario Benedetti, Jorge Amado, Augusto Roa Bastos, Ernesto Sabato,
Rubem Fonseca, Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Rivadaneyro y Alfredo Bryce
Echenique.
Pero la literatura no sólo ha dado hinchas al mundo: también se ha
enriquecido de ellos. Albert Camus, por ejemplo, aprendió cuando era arquero
en Argelia que "la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que
venga. Esto me ayudó mucho en la vida... Lo que más sé acerca de moral y de
las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol". A la pelota se le
debe, entonces, El mito de Sísifo, Los justos y La peste.
A partir de los años 60 y 70 la lista de escritores que se animaron a
escribir sobre fútbol se acrecentó considerablemente: el poeta brasileño
Vinicius de Moraes escribió un célebre poema al puntero Garrincha, el
español Camilo José Cela, sus Once cuentos de fútbol, el mexicano Juan
Villoro, un texto sobre el maracanazo —el día que Uruguay le ganó a Brasil
la Copa del Mundo en el estadio Maracaná— titulado El hombre que murió dos
veces, Humberto Constantini, su relato "Inside izquierdo", y Leopoldo
Marechal, elige la tribuna de un River-Boca para lanzar la batalla del
protagonista de Megafón o la guerra. Mientras tanto, en Europa, el austríaco
Peter Handke ponía la piedra basal con su novela La angustia del arquero
frente al tiro penal —que poco habla de fútbol, es verdad— pero tiene una de
las definiciones más bellas de ese instante crucial en un partido.
Los años ochenta marcaron el fin de la separación entre el fútbol y las
letras en la Argentina. Y eso ocurrió de la mano del periodismo gráfico:
Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa y Juan Sasturain se convirtieron en la
delantera implacable que se abocaba a escribir sin tapujos ni complejos
sobre fútbol, primero desde las crónicas de prensa y el humor y, finalmente,
desde la literatura.
Clásicos de esta etapa son los cuentos publicados en El mundo ha vivido
equivocado, en el que el escritor rosarino incluyó los inolvidables relatos
sobre fútbol como "Lo que se dice de un ídolo", "Memorias de un wing
derecho", y "¡Qué lástima, Cattamarancio!". Osvaldo Soriano, por su parte,
reunió en su libro Rebeldes, soñadores y fugitivos los memorables relatos
como "El penal más largo del mundo" y "Maradona sí, Galtieri no". Y completa
el trío de mosqueteros Juan Sasturain con la publicación de El día del
arquero, que incluye el cuento "La poesía del chanfle al segundo palo". Al
mismo tiempo, Alejandro Dolina coqueteaba con el fútbol desde sus Crónicas
del Angel Gris que incluían "Apuntes de fútbol en Flores", una toma de
posición respecto del tema: "En un partido de fútbol caben infinidad de
novelescos episodios", sentencia la primera frase del cuento.
Pero si bien se produjo la irrupción del fútbol como componente de lo
popular en el espectro de las letras, la relación seguía siendo distante. La
crítica de la revista Babel al libro de Soriano fue lapidaria: "No se puede
escribir literatura con el banderín de San Lorenzo enfrente", como recuerda
Sergio Olguín, autor del libro El equipo de los sueños, una novela que
entrecruza la adolescencia en un barrio del sur del Gran Buenos Aires con la
literatura griálica, el fútbol y la figura de Maradona. "Siempre hubo una
negación temática en la literatura argentina, huyó de lo popular, que muchos
autores entienden como populismo. El fútbol fue siempre marginado por la
crítica pero no por los lectores. Estados Unidos no tuvo este problema. Paul
Auster y Don DeLillio escribieron sobre béisbol y no escandalizaron a
nadie", asegura el autor de Lanús. Casualmente, Olguín viajará a Alemania
mientras se juegue el Mundial, invitado por la editorial Suhrkamp para
representar a la literatura argentina en los debates sobre fútbol y
literatura que se realizarán en las ciudades sede del torneo.
Respecto de este desencuentro, Martín Caparrós, autor de Boquita, explicó a
Ñ que "el anatema de Borges está relacionado con esa idea de los años
setenta de que el fútbol es el opio de los pueblos, que engaña a millones de
estúpidos a los que les pone, por delante de la lucha de clases, la lucha de
cuadros. Esta posición se sintetiza perfectamente en Juan José Sebreli". En
lo que podría caracterizarse con cierto sarcasmo como "sociología del centro
al segundo palo" —la frase pertenece al presidente de River Plate, José
María Aguilar— Sebreli sostuvo que "el acto de patear una pelota es ya de
por sí esencialmente agresivo y crea un sentimiento de poder, amén de que la
picardía de vencer al adversario basada en la trampa, la mentira, el
disimulo, la zancadilla, tan alabada por todos los apologistas del fútbol
como una forma de inteligencia natural y espontánea, no es sino una
característica de la personalidad autoritaria". Sus libros Fútbol y masas y
La era del fútbol le valieron al sociólogo la humorada de Sasturain, quien
desde una reseña bibliográfica le espetó: "Sebreli, vos andá al arco".
Liliana Heker dice: "No hay un desdén de la literatura hacia el fútbol, no
se puede generalizar; Borges no deja de ser Borges incluso cuando desdeña al
fútbol. Pero muchos escritores son hinchas apasionados, no hay un rechazo
particular en el gremio. Yo tengo una relación apasionada desde muy chica.
Para la literatura es un campo interminable, ya que el deporte pone en juego
conflictos muy interesantes", dice Heker, autora del cuento "La música de
los domingos".
Claro que, desde los noventa, la relación entre fútbol y literatura se
conjugó en un maridaje tan extraño y sospechoso como su anterior
desencuentro. En un proceso de globalización del negocio del fútbol, la
literatura acompañó ese devenir y también el mercado editorial. Hoy no se
trata tanto de un acercamiento del arte a los sectores populares sino lisa y
llanamente —con excepciones— de una operación de mercado. Primero fue el
realismo político, luego la novela histórica y la literatura new age y
actualmente el fútbol. "Es posible que se trate de una moda relativa —admite
Olguín— pero la buena literatura no depende del tema que uno elija sino de
una buena prosa, la construcción de personajes y una trama. La literatura
futbolera es un gran negocio y alimenta al mercado pero seguramente pasará
de moda".
Quien anda a los rezongos contra la nueva moda de la literatura futbolística
es, sorpresivamente, un hombre que gusta practicar ese deporte y que a
mediados de la década del ochenta escribió sobre el tema. Arrepentido, según
sus propias palabras, de haber escrito sobre esos tópicos por haber
transitado el paño sensiblero y el cliché, Dolina protesta porque "en esta
relación de maridaje pierde la literatura. En los últimos años se produjo
una futbolización del universo, una invasión del área del pensamiento en la
que se utilizan una cantera de metáforas banales tomadas del juego, en el
periodismo y en la literatura. Un género no se basa en una temática, porque
lo que ocurre es que nace un género acrisolado —salvo en el caso de los
buenos escritores— que consiste simplemente en exaltar los estados de ánimo
de quiénes ven fútbol o quienes lo juegan. La metáfora más recurrida se
relaciona con la guerra y la pasión, como padecimiento, pero esos escritos
suelen dejar una melancólica sensación de que se trata de sentimientos
construidos. Se busca una épica que trascienda largamente una vida con
ausencia de emociones. Existe cierta demagogia en la literatura que exalta
la pasión deportiva, una necesidad de contacto popular. Esta demagogia
consiste en el hecho de que en ese encuentro entre el gran arte y lo
popular, no asciende lo popular sino que desciende el gran arte. La
operación consiste en que si el pueblo no lee a Flaubert, que lean a Coelho.
El fútbol es un hecho interesante cultural y antropológicamente pero no es
el gran arte. Es un tema, pero no se puede convertir en una superstición,
porque se transforma en una patología literaria. Resulta conveniente no
entregarse a la tentación y, en todo caso, si hay que imitar a Gardel hay
que hacerlo no en la pronunciación de la eme como ere sino en su afinación".
Ante el torrente de publicaciones que anegó la industria cultural en los
últimos años, una pregunta se hace evidente: ¿es obligatorio escribir sobre
fútbol? Mempo Giardinelli cree que no. "Entre fútbol y literatura existe la
misma relación que entre cocina y poesía, o filosofía y novela, o
automovilismo e historia. No creo que haya nada esquemático, simplemente
sucede que para mí la literatura es la vida por escrito. Y entonces puedo
escribir lo que se me antoja. Nunca escribí sobre fútbol. Soy un narrador, y
he escrito un par de cuentos de tema futbolero porque me pareció que podían
ser narraciones eficaces. Mi relación con este deporte es como la de
cualquier argentino: pasional, intensa, en lo posible festiva, pero no
intelectual. Lo cual no impide que en determinado momento uno reflexione
críticamente sobre las pasiones, intensidades, violencias y taras
argentinas", dice el autor del clásico cuento "El hincha", escrito a
principios de los ochenta.
Ideas similares profesa Pablo Ramos: "En literatura no debería haber nada
más que lo que el escritor cree que debería. La mayoría de los cuentos sobre
fútbol que se escriben se acercan a lo tanguero, a lo humorístico y reflejan
una parte muy romántica del deporte. La otra, el negocio, la trampa, la
decadencia del deporte cuando se hace profesional, es poco común. La
literatura debe incluirlo todo, porque cada cosa contiene su propia
literatura. El fútbol es danza y es cuerda floja cuando se lo juega como
Riquelme, o cuando un pibe como el Tuna Agüero, cansado de jugar en la Villa
Corina (la misma de mi novela El origen de la tristeza, de ahí es él) se
enfrenta a los grandes con 17 años y les pinta la cara. Lo patean, se
levanta y les vuelve a pintar la cara. Y el fútbol es horrible cuando viene
un Mundial y nos olvidamos del desempleo, de la contaminación de San Juan
con cianuro... Cuando es olvido es un veneno, es el opio de los pueblos",
sostiene el autor del cuento "Celeste y roja", en el que el protagonista
muere envuelto en la bandera de Arsenal de Sarandi.
Caparrós aporta un elemento original a esta controversia: "La literatura no
tiene ninguna obligatoriedad respecto del fútbol. Existe una relación larga
y fecunda de cierta narrativa desde hace 50 años. Hasta la televisión, había
un 95 por ciento de aficionados deportivos que lo hacían desde el relato
escrito o radial. Lo que constituye al fútbol en un hecho narrativo en sí
mismo. Ahora el fútbol se ve, entonces, es muy complicado hacer un
metarrelato, porque se trata de un relato en sí mismo. A mí el género de la
literatura futbolística no me atrajo para desarrollarlo porque frente al
relato del fútbol, lo demás es un metarrelato menor".
Amagando entre el consumismo snob, la demagogia pop-fashion (condensada en
los palcos de la Bombonera) y cierta autenticidad popular que transitan
algunas experiencias literarias, la narrativa futbolera estalló en los
últimos 15 años. En Europa, el ejemplo más claro es la novela Fiebre en las
gradas, del británico Nick Hornby, en la que relata su vida como hincha. Por
estas costas, poco después de que el escritor uruguayo Eduardo Galeano
escribiera Fútbol a sol y a sombra, la industria cultural parece haber
encontrado una veta redituable: así, se sucedieron los libros de los ex
futbolistas Jorge Valdano y Angel Cappa, y los libros periodísticos, émulos
del Fútbol: dinámica de lo impensado, de Dante Panzeri. En el 2003 se
produjo una nueva operación de acercamiento que consistió en la campaña
"Cuando leés ganás siempre" y que consistió en la distribución gratuita de
50 mil cuentos todos los domingos. La última buena nueva fue el nacimiento
de Ediciones al Arco, un legítimo emprendimiento para encausar la
publicación de la literatura deportiva.
Ni siquiera la poesía pudo quedarse afuera del fenómeno. Washington Cucurto
ha utilizado como materia prima para sus obras el imaginario popular para
homenajear a Enzo Francescoli o Diego Maradona y en su poema Entre hombres,
dice: "El fútbol es un deporte de hombres dulces / el fútbol es un deporte
de hombres que se quieren con locura". Fabián Casas, por su parte, escribió
Cancha rayada, en el que describe el regreso de un estadio luego de una
derrota. Consultado sobre qué lugar tiene el fútbol en su obra, Casas
respondió: "Ser hincha de San Lorenzo tiñó mi personalidad. En términos
heideggerianos soy-un-ser-para-la-Copa-Libertadores".
Amalgamados, los dos géneros del arte caminan, finalmente, tomados de la
mano. Quedan en el tintero algunas frases elegidas que definen con belleza
irrefutable la belleza del fútbol. Javier Marías dijo que "el fútbol es la
recuperación semanal de la infancia" y el intelectual comunista Antonio
Gramsci lo definía como "el reino de la lealtad humana ejercida al aire
libre". Con cierto tono meloso, el checo Milan Kundera escribía que "tal vez
los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan
tan alto y tan bello pero que jamás pueden apreciar y admirarse en la
belleza de su vuelo". Por último, el multifacético Pier Paolo Pasolini dejó
la mejor definición que la literatura pudo hacer de este deporte que remite
a los juegos circenses de la Roma antigua: "El fútbol es un sistema de
signos, por lo tanto es un lenguaje. Hay momentos que son puramente
poéticos: se trata de los momentos de gol. Cada gol es siempre una
invención, es siempre una subversión del código: es una ineluctabilidad,
fulguración, estupor, irreversibilidad. Igual que la palabra poética. El
goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. El fútbol que
produce más goles es el más poético. Incluso el dribbling es de por sí
poético (aunque no siempre como la acción del gol). En los hechos, el sueño
de cada jugador (compartido por cada espectador) es partir de la mitad del
campo, dribbliar a todos y marcar el gol. Si, dentro de los límites
consentidos, se puede imaginar en el fútbol una cosa sublime, es ésa. Pero
no sucede nunca. Es un sueño". Pasolini, obviamente, no había visto jugar a
Diego Maradona. A pesar de desmentidas por el segundo gol del "Diez" a los
ingleses, sus palabras están llenas de verdad poética. Pero de eso podría
tratarse este desencuentro entre las letras y la pelota: Maradona tampoco
había leído a Pasolini.
Hernán Brienza, (c) Clarín
Carta
de Osvaldo Soriano a Eduardo Galeano
Querido Eduardo:
Te cuento que el otro día estuve
en el supermercado "Carrefour", donde antes estaba la cancha de San Lorenzo.
Fui con José Sanfilippo, el héroe de mi infancia, que fuegoleador de San
Lorenzo cuatro temporadas seguidas. Caminamos entre las góndolas, rodeados
de cacerolas, quesos y ristras de chorizos. De pronto, mientras nos
acercamos a las cajas, Sanfilippo abre los brazos y me dice: "Pensar que acá
se la clavé de sobrepique a Roma, en aquel partido contra Boca". Se cruza
delante de una gorda que arrastra un carrito lleno de latas, bifes y
verduras y dice: "Fue el gol más rápido de la historia".
Concentrado, como esperando un córner, me cuenta: "Le dije al cinco, que
debutaba: no bien empiece el partido, me mandás un pelotazo al área. No te
calentés que no te voy a hacer quedar mal. Yo era mayor y el chico,
Capdevila se llamaba, se asustó, pensó: a ver si no cumplo". Y ahí nomás
Sanfilippo me señala la fila de frascos de mayonesa y grita: "¡Acá la
puso!". La gente nos mira, azorada. "La pelota me cayó atrás de los
centrales, atropellé pero se me fue un poco hasta ahí, donde está el arroz,
¿ve?" -me señala el estante de abajo, y de golpe como un conejo a pesar del
traje azul y los zapatos 8 lustrados-: "La dejé picar y ¡plum!". Tira el
zurdazo. Todos nos damos vuelta para mirar hacia la caja, donde estaba el
arco hace treinta y tantos años, y a todos nos parece que la pelota se mete
arriba, justo donde están las pilas para radio y las hojitas de afeitar.
Sanfilippo levanta los brazos para festejar. Los clientes y las cajeras se
rompen las manos de tanto aplaudir. Casi me pongo a llorar. El Nene
Sanfilippo había hecho de nuevo aquel gol de 1962, nada más que para que yo
pudiera verlo.
El penal más largo en el mundo
Por Osvaldo Soriano
El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en un estadio vacío. Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.
Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo.
El blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.
A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera.
Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los arboles.
Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de al Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duro una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblovecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido do en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borseguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:
-Constante los tira a la derecha.
-Siempre -dijo el presidente del club.
-Pero él sabe que yo sé.
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.
-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
-¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
-No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó.
-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
-Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer -dijo y silbó al perro para volver a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra esta atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta.
Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.
-¿Y yo cómo sé? -dijo él.
-¿Cómo sabés qué?
-Si me tengo que tirar para ese lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.
-En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella.
¿Y si no lo atajo? -preguntó él.
Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia, y volvieron al pueblo.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.
Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó después- que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el asombrado, pero el arbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba “¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacía la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener.
Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino del hermano del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.
-Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.
Durante la filmación del documental Soriano, Osvaldo Bayer le
contó al director Eduardo Montes Bradley una anécdota que le habían relatado
sobre su amigo escritor.
Resulta que en el exilio en Bélgica, cagado de hambre, Osvaldo Soriano consiguió
un laburo de contador de patos en el Lago de los cien patos de Bruselas. El
trabajo consistía en contar los patos todas las noches y reportar los posibles
faltantes a las autoridades, que al instante los repondrían para que el Lago de
los Cien Patos no dejara de tener, efectivamente, cien patos.
El problema era que nunca desaparecía ningún pato, siempre había cien patos en
el Lago de los Cien Patos. Y Soriano empezó a temer que las autoridades notaran
la inutilidad del puesto y lo rajaran. Entonces acordó con un amigo exiliado
peruano para que cada tanto se robara un par de patos.
De esa manera pudo mantener su trabajo y, según dicen, eran legendarios los
asados que se organizaban entre varios exiliados latinoamericanos, con Soriano
como huésped de honor. Obviamente, el menú era siempre el mismo: pato a las
brasas.
Maravillado por la anécdota, y con la intención de hacer más interesante su
documental, Montes Bradley le dijo a Bayer: ¿Por qué no vamos a Bruselas para
ver si existe ese puesto de contador de patos? Y Bayer le contestó que mejor no,
que para qué...
Enterarse de que en Bruselas no existe un Lago de los cien patos ni un puesto de
contador de patos sería como dejar de soñar, de esperar, de creer que en algún
lejano, escondido y maravilloso lugar de este perro mundo existe la felicidad. Tenía
razón Bayer, para qué.
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