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La flexión del sí mismo en
las interpretaciones de la violencia política
Alejandra Oberti (1)
2º Congreso Internacional Comunicación y Política
Universidad Metropolitana Xochimilco, México
Noviembre 2005
Introducción
Los lazos que unen la sucesión de generaciones son el vehículo de transmisión de
historias, tradiciones y creencias así como también, el lugar donde se producen
identificaciones y se crean identidades.
En un bello libro titulado Los contrabandistas de la memoria, el psicoanalista
egipcio Jacques Hassoun sostiene que todos estamos inscriptos en una genealogía,
la vida de cada uno de nosotros es deudora de ese conjunto de objetos, que va
desde hábitos a ideales, y que constituye el patrimonio de quienes nos han
precedido; todos somos depositarios y transmisores de aquello que nos han legado
ya que el paso de una a otra generación supone la construcción de una
transmisión en tanto actividad y no algo que ocurre naturalmente. A su vez, la
recepción de lo transmitido no se produce sobre un ser pasivo sino que es
también una actividad de reconocimiento hacia quien realiza la transmisión. Este
proceso de transmisión y reconocimiento es parte de la construcción del lazo
social, ya que garantiza la continuidad y asegura a cada generación un nexo con
el pasado. Se trata, entonces, de un proceso de identificación. “No en el
sentido de un intento desesperado de crear una identidad-calco entre los
predecesores y los descendientes sino al modo de un discurso que sería procesado
—clandestinamente, como un contrabando— de aquello que se ofrece como herencia”.
(Hassoun, 1996: pág. 149) Esto implica reconocer que el relato transmitido
pierde la especificidad, ya no es idéntico a lo que sucedió porque en el mismo
ejercicio de la transmisión lo que se pone en acto es la ausencia del objeto
originario; “sutil dialéctica de memoria y olvido” llama Hassoun, a esa
escenificación. Se puede hablar de una transmisión lograda cuando ésta se
encuentra sometida al cambio y a la reactualización que supone el pasaje de uno
a otro, o dicho de otro modo, cuando lo que se transmite puede ser
reinterpretado activamente y puesto en relación con los nuevos contextos por más
diversos que sean con relación a los originarios.
Ahora bien, si es cierto que la transmisión es un imperativo social, —un
mecanismo de constitución y recreación permanente del lazo social— también es
cierto que en los casos en que la sucesión entre las generaciones se ve alterada
por la irrupción de violencias —violencias que crean perdidas y fracturas y que
alteran la propia cadena de transmisión— ésta se vuelve más urgente y necesaria.
¿Cómo construir una transmisión cuando media una experiencia de ruptura? ¿Cómo
establecer el pasaje de una a otra generación cuando algunas personas no están y
las que están enmudecen o cuentan otras historias, unos relatos llenos de fallas
y de fisuras?
La cuestión de la transmisión se despliega también en otros frentes que no son
la familia. Los diálogos y silencios entre las generaciones, lo que se cuenta en
la familia, lo que se silencia, lo que se transmite en cada gesto de cuidado o
abandono, los parecidos y las confrontaciones son sólo una parte de lo que cada
quien ha ido incorporando para formar su propia memoria, además hay otros
elementos que colaboran o se oponen a esas transmisiones y que provienen de
otros. Paul Ricoeur señala que a pesar de que la memoria es esencialmente
individual, es posible hablar de memoria colectiva, porque no se recuerda en
soledad sino con ayuda de los recuerdos de otros, porque nuestros recuerdos son
a menudo recuerdos prestados de los relatos contados por otros, porque nuestros
recuerdos se encuentran inscriptos en relatos colectivos que a su vez son
reforzados mediante conmemoraciones y celebraciones públicas (Ricoeur, 1999).
En las páginas que siguen me propongo exponer algunas modalidades que adquiere
el intercambio discursivo sobre el pasado reciente2 entre militantes de las
organizaciones que participaron de la lucha armada en la Argentina en los '70 y
sus hijos/as. Con esto busco desplegar los sentidos que le otorgan algunos
jóvenes al relato de la experiencia militante de sus padres y sus madres, para
así, realizar un aporte a la comprensión de cómo las memorias acerca del pasado
reciente argentino son socialmente transmitidas entre esas dos generaciones.
Este trabajo se apoya en narrativas3 personales de militantes que participaron
de las organizaciones político militares con diversos grados de compromiso; y
con relatos de hijas e hijos de militantes. Por lo tanto, las memorias que voy a
tomar como punto de partida refieren a la violencia política y a la represión,
sucesos que dejaron marcas y huellas, sucesos que algunas veces han sido muy
difíciles de representar y que otras todavía no lo han sido. Es el dolor y la
aflicción producidos por desapariciones, torturas, muertes, exilios y prisiones,
y también por los efectos de la supresión de las apuestas políticas de la
primera mitad de la década del setenta, el material del cual están hechas las
memorias a las que voy a hacer referencia. Memorias que, por otro lado, han
tenido una creciente circulación pública a partir de la segunda mitad de la
década del 90 en la Argentina, cuando uno pocos pero significativos hechos
permiten apreciar cierta inflexión en las temáticas de la memoria. Fue el
momento de las —escasas pero impactantes— primeras confesiones públicas de
militares que participaron directamente en la represión; el momento en el que el
General Martín Balza, entonces Comandante en Jefe del Ejército, reconoció
públicamente los crímenes militares; el momento de la formación de la agrupación
H.I.J.O.S.4. En ese marco se abrió un período de intensa circulación de relatos
de militantes que hablaron —muchos por primera vez— de su militancia.
Aunque sin abandonar totalmente los esfuerzos centrados en demostrar las
atrocidades y crímenes de la dictadura militar, los nuevos relatos se deslizaron
paulatinamente hacia un objeto antes obliterado: la militancia. Cuestión que,
actualmente, a casi diez años de esa primera puesta en circulación, gana día a
día mayor visibilización en el espacio público.
Es así que, pasado el tiempo para que la generación siguiente esté en
condiciones de preguntar o, dicho de otro modo, de producir diversos discursos
sociales interrogadores, las preguntas atraviesan las generaciones y demandan
respuestas; respuestas no siempre posibles.
¿De qué sucesos se trata?
Como ya señalé más arriba, la segunda mitad de la década del 90, es un momento
en que las memorias de la militancia empiezan a circular con mayor libertad. Al
contrario de lo que sucedió en los primeros años de la democracia, durante los
cuales los esfuerzos estaban centrados en demostrar las atrocidades y crímenes
de la dictadura militar, al punto que “[e]l marco del juicio a los ex
comandantes de las juntas militares realizado en 1985 fue propicio para esta
despolitización de los conflictos. El marco jurídico formal eliminaba toda
referencia a ideologías y compromisos políticos. Lo central era determinar que
se habían cometido crímenes, sin preguntarse —omitiendo explícitamente— el
posible móvil político de las acciones de víctimas o represores” (Jelin, 2002:
p. 72).
Es así que a partir de estos años, la militancia en las organizaciones
político-militares de los años '70, pasó a ser objeto de discusión pública. La
literatura sociológica e histórica empezó a ocuparse, también se produjo una
intensa proliferación de narraciones testimoniales. Textos testimoniales,
periodísticos, cinematográficos, literarios y, en menor medida historiográficos
o sociológicos denotan la reciente —y creciente— preocupación por ese fragmento
de la historia argentina y por los sujetos que fueron sus protagonistas.5 Estos
nuevos relatos responden a cuestiones diversas entre las cuales se encuentran
las interrogaciones que, de maneras difusas, la sociedad todavía tiene respecto
de ese pasado. Pero, además, entre quienes preguntan, se encuentran también los
ex militantes (que se preguntan por su propia experiencia) y los hijos/as.
Ahora bien, ¿cuáles son los diálogos que se establecen? ¿Cómo atravesar
silencios y olvidos para acceder a algún relato que explique las posiciones
subjetivas de entonces, las opciones, las decisiones?
Las investigaciones y los testimonios nos están ya dando elementos para
comprender las circunstancias históricas en las que se produjeron los
acontecimientos a los que hacemos referencia, y, aunque todavía queda mucho por
decir, tenemos cada vez más información y por lo tanto más elementos que nos
permiten interpretaciones cada vez más elaboradas y que constituyen un punto de
partida ineludible para cualquier investigación que pretenda acceder a las
dimensiones todavía vigentes de ese pasado, o sea, a su actualidad.
La militancia armada en los años 70 en la Argentina En un contexto caracterizado
por un vasto y profundo movimiento de activación política y social y de
contestación cultural de varios y distintos sectores sociales que fue creciendo
desde la segunda mitad de los años 50 en la Argentina, y que tuvo, en los 60 y
70, una multiplicidad de manifestaciones, se configuró un fenómeno que, tanto
para destacar su diversidad como su unidad, ha tratado de ser englobado bajo el
concepto de Nueva Izquierda. Como indica Cristina Tortti, fue este un “sujeto en
proceso de constitución, socialmente heterogéneo ...[oscilando]... entre
movimiento social y actor político” (Tortti, 1998; p. 13).
Ese desafío epocal había sido construido también en relación con un clima
mundial en el que no dejaban de subrayarse —vía la revolución cubana, la
vietnamita, el mayo francés y la primavera de Praga, por mencionar algunos de
sus hitos característicos— los vientos de un nuevo tiempo que estaría comenzando
de la mano de las acciones políticas de masas —y, para una franja de los
protagonistas, también de la mano de una particular concepción de la violencia.
Como parte del mismo movimiento, y sosteniendo complejos vínculos con la
protesta social, nacieron organizaciones cuya práctica y discurso privilegiaban
la lucha armada. Entre las muchas formas en que la politización de masas se
concretó, la aparición de la práctica guerrillera, además de concitar una gran
convocatoria, dio a la época un tinte particular. Las organizaciones armadas
colocaban en el terreno de la práctica lo que era una noción cada vez más
extendida entre la nueva izquierda: aquella idea de la violencia como
herramienta central del tránsito veloz hacia las transformaciones sociales. El
momento de la violencia en la transformación de las estructuras sociales,
económicas y políticas era también, en esas perspectivas teórico-políticas, no
sólo un momento ineludible sino también fundante; y esa violencia era tematizada
casi exclusivamente en los términos de la lucha armada —tal como se encontraba
representada en las experiencias internacionales mencionadas. Esta
representación de lo que se pensaba debía ser el proceso revolucionario
anhelado, se nutría también de un clima mundial —y particularmente del
latinoamericano, animado por la revolución cubana— en el que las teorías de la
vía armada como columna vertebral del proceso revolucionario parecían demostrar
su viabilidad.
Es así que, al interior de esa “nueva izquierda”, desde fines de la década del
60 y en la primera mitad de la siguiente, fue tomando un creciente peso la
izquierda armada, o sea, grupos u organizaciones político-militares que
legitimaban su accionar en arrogarse la representación de una violencia popular
que sería respuesta a la violencia “desde arriba”.
Ahora bien, si la izquierda armada puede inicialmente pensarse como uno de los
productos del clima de contestación sociopolítico, la aparente relevancia que
adquieren a partir de 1972 y su significativo aislamiento final deberían echar
luz sobre sus formas de organización y participación política tanto como sobre
las subjetividades que encarnaban dichos proyectos. Uno de los argumentos que
más se ha destacado es el vanguardismo y su correlativa sustitución del sujeto
revolucionario por el partido; sin embargo, es preciso, al mismo tiempo,
destacar —e indagar en—, la singularidad de esas experiencias (más allá del
modelo de intervención política que formalmente proponían) como tejido de
relaciones políticas y personales entre militantes.
Si es cierto que el proceso creciente de militarización de las organizaciones y
la ruptura, cada vez más acentuada, de los lazos que éstos mantenían con las
luchas sociales son producto de la represión que llevó forzadamente al abandono
del trabajo de base que realizaban los militantes, también es cierto que la
atención puesta en construir un ejército revolucionario con características
similares al ejército regular contribuyó también al progresivo aislamiento. En
efecto, tanto Montoneros como el PRT-ERP, las más importantes organizaciones
armadas de la época, explícitamente pretendieron constituirse como ejércitos
regulares en un movimiento mimético de carácter simétrico y especular al de sus
enemigos, las FFAA.
A esto debemos sumarle la escasa participación de los militantes en la toma de
decisiones, el verticalismo en la conducción, las prácticas rituales —como la
prohibición de consumo de ciertos bienes culturales estigmatizados como
“burgueses” o vestirse con uniformes al momento de las reuniones que lo
ameritaban (Mattini, 1995; Pozzi, 2001)— y la existencia de específicos ritos de
iniciación —con categorías identitarias como simpatizante, militante,
combatiente, etc.— todas experiencias que construían estrictas delimitaciones
entre el “adentro” y el “afuera”.
La persecución contra las organizaciones sociales y políticas y en particular
contra las organizaciones armadas iniciada por la Triple A (Alianza
Anticomunista Argentina), hacia 1973, dirigida por el entonces Ministro de
Bienestar Social, José López Rega y continuada por las Fuerzas Armadas, llevó a
las organizaciones a intensificar las acciones armadas. Y justamente, con la
intensificación de la represión estalló una escalada de violencia inédita.
En ese contexto, la convivencia con la muerte y la desaparición se hicieron
parte de la vida cotidiana de los militantes, aquella violencia, considerada
apenas como un medio para alcanzar el futuro anhelado, pasó a ocupar el centro
de la escena. La derrota de todas las expectativas, la clandestinidad, la
detención, la muerte, la desaparición o el exilio fue el destino que los
esperaba; la confianza absoluta en que con su accionar colaboraban para que el
proceso histórico cumpliera su destino —que no era otro que el triunfo final de
las fuerzas revolucionarias— se desvaneció lenta y dolorosamente.
Diálogos familiares en torno a la militancia Algunos/as militantes contaron su
experiencia cada vez que tuvieron oportunidad, otros sólo lo han hecho en la
medida en que el contexto social y político les ha mostrado condiciones más
favorables a sus intervenciones, otros más sólo hablan en espacios
interlocutivos constituidos por personas vinculadas a sus propias experiencias
y, finalmente, hay también quienes no quieren o no pueden todavía hoy hablar y
por ello optan por el silencio. Un silencio que no debe interpretarse como
equivalente a un vacío, sino que en muchos casos tiene un contenido denso que
abordaré a lo largo de este texto.
Un silencio muy actual ¡De mi militancia no me preguntes nada, que no me
acuerdo!, le dice a Fabiana su mamá, quien fue militante de Montoneros en la
década del '70. Fabiana, sorprendida ante el tardío descubrimiento de la
militancia de su madre, cuenta cómo fue dándose cuenta de la participación
materna: E: me habías dicho que tu mamá también militaba, ¿no?
F: sí, claro, pero según lo que ella te cuenta... y... pareciera que a mi vieja
la perseguían por mi papá, pero no, ella era militante! A veces se produce una
doble desaparición, la que hicieron los milicos y esta otra ¿no? Te cuento una
cosa para que te des cuenta hasta que punto...
Hace muy poco me pude encontrar con una compañera de militancia, yo creía que
había sido compañera de militancia de mi viejo, fue increíble, hace muy poco de
esto, y fue una situación muy rara, porque creo que en mi vida vi una escena así
en mi familia. [...] Nunca en 25 años de mi existencia vi eso, mi abuela, mi
mamá, mis dos tías que son las hermanas de papá y Marta esta compañera, y ella
empezó a desmitificar la idea de que Blanca, la hermana de papá, la que también
está desaparecida, había desaparecido por seguir a Pablo, su compañero, y mi
abuela dale que no... y Marta, entonces, se le plantó a mi abuela y le dijo “NO!
Blanca andaba armada, era militante montonera!” y lo otro que me enteré ahí, que
para mí era una novedad, te digo que hasta hace pocos meses eso era una novedad,
es que mi mamá también era militante, yo nunca me imaginé que ese día me iba a
enterar de eso [...] claro mi vieja había militado con ella [Marta], pero mi
vieja no se acuerda de nada, por lo tanto a mí no me pudo transmitir nada, bah,
mejor dicho me transmitió una idea de víctima, y Blanca también, totalmente
borrada su militancia. [...] Lo mismo con mi viejo... la cuestión es que a mí lo
que me transmitieron mi mamá y mi abuela, te hablo de mi abuela, no una señora
cualquiera! militante, fundadora de madres... ¿no? Bueno pero el cuento que me
contaron a mí es sobre otras personas, sí... inventaron una novela, las dos,
donde los protagonistas son otros...
Fabiana no puede terminar de comprender la experiencia de la generación que la
precedió y que está ausente. Desaparecidos el padre y la tía, enmudecida la
madre, sólo dispone del relato de la abuela, quien, según Fabiana, elide
(voluntaria o involuntariamente) la opción por las armas.
E: Cuando tu abuela te cuenta lo que hacían tu papá, tus tíos ¿qué cuenta?
F: Y, bueno, dice que eran muy católicos, ellos empezaron a militar en el
movimiento tercermundista, es cierto que eran católicos, militaban en Floresta,
en el barrio... Y Blanca militaba en la villa del bajo Flores...
Es, entonces, Fabiana misma quien, a través de pequeñas acciones extremadamente
dificultosas, está reacomodando las piezas para construir un relato comprensivo
de la experiencia militante en su familia, aun contra la narración aceptada: F:
y así es como, bueno, durante mucho tiempo se pensó en mi familia que mi viejo
nunca había agarrado un arma... y eso es mentira. De hecho mi abuela pifia el
discurso, como es un discurso totalmente armado en su cabeza que cada vez se
aleja más de lo real, es un discurso que se desarma y hace agua y no se dan
cuenta! Mi abuela hace muy poco, me contó una anécdota que se le pifió, que se
le hizo agua, ella me decía ‘vos sabés que una vez abrí el cajón de tu papá para
guardar una camisa y vi un arma así de chiquitita y casi me pongo loca y pasaban
los días y el arma seguía ahí... y yo no le decía nada a tu padre y tu padre no
me decía a mí y yo quería sacar el arma de la casa, hasta que un día, agarré el
arma, la puse en una bolsa de papel, y la fui a tirar al descampado que había al
lado de casa, la tiré a la mierda' [...] Y yo no digo nada, digo, ah que loco, y
me reía, pero hasta hace tres semanas para mi abuela, mi viejo nunca había
tenido un arma, son discursos que hacen agua por todos lados ¿te das cuenta?, es
contradicción tras contradicción...
La historia que le contaron a Fabiana las depositarias de la memoria familiar
—la madre, las tías, la abuela— le resulta poco satisfactoria.
En sus palabras se advierte esa insatisfacción y también una cierta conciencia
de que ahí hay un problema, que hay algo que falta, y que esa falta la obliga a
ella misma a realizar cada uno de los movimientos tendientes a lograr el pasaje.
E: Cuando te das cuenta de contradicciones como esa que contabas, qué hacés...
F: lo que pasa es que el dato que te tiran sobre tu viejo, es el, el dato, una
va armando como un rompecabezas, cada cosa que te dicen vos sabés si ya te lo
dijeron, si es algo nuevo, estás atenta a todo. [...] Me vuelven bastante loca
con los relatos, y termino desconfiando de todo en el mejor de los sentidos, y
poniéndolo a prueba todo, todo el tiempo, dentro de sus propios relatos... los
voy poniendo a prueba todo el tiempo, nada lo tomo como algo seguro, yo trato de
comprobarlo, de ir viendo, dudo de todo, trato de comprobar todo, todo a través
de los relatos contradictorios de ellos, entonces imaginate lo complicado que es
para mí armar la figura de mi viejo...
y de mi tía...
Esta dificultad aparece recurrentemente en los testimonios de hijos e hijas
donde, independientemente del contenido del relato, se repite una modalidad
narrativa que consiste en resaltar el secreto como estructurante de las
relaciones familiares. En muchos casos el secreto consiste en que durante una
parte considerable de la vida no supieron lo que había sucedido con el padre,
con la madre o con ambos, o que —en el caso de aquellos que dispusieron de mayor
información acerca de las circunstancias de la muerte, de la desaparición, del
exilio o de los cambios de domicilio intempestivos— lo que conocían no eran más
que versiones parciales de las razones por las cuales había debido huir, habían
sido perseguidos, exiliados, asesinados o desaparecidos. La mayoría de los hijos
e hijas de militantes eran muy pequeños cuando empezó la etapa más dura de la
represión, por lo tanto, aquellas personas que los tuvieron a su cargo han
debido decidir momento a momento qué contarles y cómo hacerlo. ¿Cómo contarle a
una nena de dos años que el padre está desaparecido, o que su mamá es la
“terrorista” muerta en el enfrentamiento de la que habla la televisión? ¿Cómo
decirle a un chico de cuatro que no le cuente a sus compañeros de jardín con
quién vive o que no hable de las constantes mudanzas de domicilio? Por lo tanto,
la opción por contar sólo versiones parciales o falsas, en muchos casos, tuvo un
carácter estratégico, vinculado a cuestiones de seguridad, de protección, de
supervivencia.
Sin embargo, la palabra de los hijos introduce algo que excede esta
interpretación, la connotación de seguridad y protección se ve desbordada y
arrastrada a otro plano. Darle sentido a ese plus, transformarlo en
significante, implica un trabajo que empieza por desmontar las narrativas
familiares cristalizadas.
La madre de Fabiana se niega a hablar de su propia militancia, se niega incluso
a recordar: no me puede transmitir nada, porque nada puede recordar... parece
que el terrorismo de Estado se le llevó, junto con mi papá, la palabra... Las
dificultades para narrar el pasado, los silencios y las palabras a medias de las
madres denuncian lo que todos sabemos: su historia familiar fue sacudida por los
acontecimientos históricos. Sin embargo, Fabiana exige que se pongan palabras,
por más doloroso que les resulte, para aquellos acontecimientos de los que fue
protagonista para así poder construir su propia trayectoria biográfica.
Pero, ¿de dónde surge esta necesidad imperiosa de la transmisión?.
Si, como afirma Hassoun, “transmitir una tradición, una historia, se presenta
como una construcción, es en última instancia porque el deseo de asegurar una
continuidad en la sucesión de generaciones, se presenta como una necesidad
interna [...] ¿Por qué es que esto parece tener tanta importancia, si no es
porque la perpetuación de lo antiguo, esta aparente repetición, forma parte de
la propia existencia del sujeto?”. Sin embargo, esta necesidad no se expresa
siempre del mismo modo, puede tener derivaciones distintas, ya que la
“perpetuación de lo antiguo” puede resultar en “la tentación de leer todo
acontecimiento actual a la luz de un acontecimiento inaudito, no para crear
nuevas formas de conciencia política, nuevas lecturas de lo que ocurre todos los
días, sino para volver una y otra vez sobre lo inaudito [...] en un dramático
apego a un pasado que estaría perpetuamente presente.” (Hassoun, 1996, p. 139)
Sin embargo, hay otras formas de repetición, que Hassoun llama fecundas y son
las que aseguran a cada generación el nexo con lo que la precede a la vez que
les permiten contactar con lo nuevo, con lo que es propio de esa generación.
Pero para que las nuevas generaciones puedan (re)visitar ese pasado como pasado
y no como eterno presente, es requisito que se les pueda ofrecer los elementos
necesarios para “conocer” y asumir la herencia de aquellos que los preceden sin
temer alejarse de las huellas trazadas por las generaciones anteriores. Esto
implica, para quienes transmiten, entregar un relato y a la vez dejar espacio
para la discontinuidad, ya que para quienes reciben esa transmisión construir el
pasaje significa “apropiarse de la narración para hacer de ella un nuevo
relato...” (Hassoun, 1996; p. 178) Para aquellos jóvenes cuyos padres están
desaparecidos, recuperar sus historias ha sido o todavía es una construcción
laboriosa. Cuando hablan acerca de las indagaciones que realizan preguntando a
familiares, amigos, compañeros, buscando documentos y huellas diversas, lo hacen
siguiendo por lo menos tres líneas diferenciadas: lo que la represión hizo con
el padre o la madre militante, la militancia y lo personal —es decir,
referencias sobre la vida cotidiana, el trabajo, los gustos, donde se destaca la
relación con ellos.
Las palabras de que disponen para hablar de la pérdida son las palabras de la
orfandad y las preguntas son las esperables ante cualquier ausencia de padre o
madre. Sin embargo, una lectura más atenta muestra aun otras cosas.
E: ¿Estás tratando de reconstruir el momento de la desaparición?
F: Sí, también, pensá que yo no sé nada. Yo no entiendo nada, tengo un año... me
llevan de aquí para allá como un paquete... pero no es sólo que mi papá esté
desaparecido, es que parece que la única prueba de que mi viejo existió soy yo
[...] la historia de mis viejos está llena de lagunas y yo tengo que andar
llenando los huecos de todos, creo que es un problema de toda la generación...
todos los chicos que se acercan [a H.I.J.O.S.] lo dicen, pero a veces te cansa
porque es como un vacío imposible de llenar.
El vacío imposible de llenar de Fabiana, falta que ella encuentra que se repite
en sus compañeros de búsqueda, son marcas, indicios que indican que faltan
palabras para nombrar algunos hechos, qué todavía hay preguntas sin formular.
Pero, ¿cuáles son esos interrogantes?
¿Cómo entender esa dificultad de transmitir, de no ser porque entre una y otra
generación hay un salto que no es espacial ni temporal sino subjetivo?
Salto que, en el caso mencionado, Fabiana intenta explicar, busca darle forma,
para así poder ubicar un origen como anclaje para las significaciones de la
propia vida y darle soporte a los sentidos actuales de su existencia, sin
lealtad a los silencios pactados en la familia.
Intentos de explicar(se) Otros militantes han decidido —han podido decidir—
contar en diferentes situaciones su participación en las organizaciones, hablar
de la militancia. Algunos han comenzado tímidamente en la intimidad de la
familia o entre ex compañeros de militancia, otros de manera más directa y
frontal se permiten hablar públicamente de lo sucedido. En estos casos nos
enfrentamos con diferentes tipos de relatos, todos ellos ricos en
significaciones, que abren un abanico de diferentes posiciones en las que los
protagonistas se convierten en testigos de un pasado del que fueron
protagonistas.
La madre de Fernanda, con quien tuve oportunidad de conversar largamente, está
entre las personas que, en la medida en que su hija le empezó a preguntar y a
cuestionar determinados silencios familiares —aunque también en la medida en que
los tiempos sociales y políticos del país se hicieron más permeables y menos
peligrosos (en sus propias palabras)— inició un camino de diálogo con Fernanda y
con algunos otros que considera que pueden comprender. Sin embargo, Lucía
todavía distingue claramente aquello que es para ser contado abierta y
públicamente —el secuestro y asesinato de su marido— de aquello de lo cual sólo
se puede hablar en ámbitos reservados —la militancia.
Lucía: Yo no hablé ni de la militancia, ni de la muerte de mi marido ni con
Fernanda, ni con nadie hasta que ya en democracia, Fernanda era más grande,
tenía como ocho años, ahí es que empecé a hablar... y hasta ahora yo tengo
ciertos cuidados... una cosa es que yo cuente que el padre de Fernanda está
desaparecido, eso hoy día lo saben todos los que me rodean, lo sabe el
encargado... pero de Montoneros yo no hablo, tampoco es cuestión de hablar de
todo en cualquier lado ¿no?... Sólo con Fer, o en ciertos lugares. O sea, si vos
me preguntás yo te voy a contar, pero tampoco es que ando por ahí diciendo esto
o aquello, ¿qué sentido tendría? Yo no era, en su momento, nadie importante como
para que lo que pueda decir explique nada, yo lo único que te puedo contar es lo
que nosotros estábamos convencidos que había que hacer, las cosas por las que
luchábamos, la fidelidad al trabajo, la opción y bueno, teníamos mucha
conciencia y mucha pasión puesta, una ideología muy clara, las actividades hasta
que vino la dictadura... yo a veces lo pienso y digo: que locos!! Pintadas,
volanteadas, dentro de la facultad, en el barrio, se iba agudizando. Lo que
recuerdo es que por ahí... un funcionamiento orgánico muy verticalista, no había
horizontalidad, no se discutían las cosas, venían desde arriba... yo creo que
eso.. bueno, yo después me hice muchas autocríticas, pero bueno, era la
coyuntura, era lo que había, cuando se criticaba, se criticaba determinadas
cosas, pero con el tiempo...
(interrupción) bien, yo lo recuerdo como años de mucha lucha... pero bien, bien,
porque a mí se me dio todo en esos años... ¿me entendés?
Yo te puedo hablar de todo eso, pero no las grandes decisiones, de porqué se
hizo esto o aquello... entonces yo creo que tiene sentido que yo le cuente a
Fer, o que converse con otras militantes que conocí hace poco. O que hable del
secuestro y el asesinato de Juan; de eso sí he hablado siempre que tuve
oportunidad... pero no sé cuánto más. E: ¿Dónde declaraste por el secuestro de
Juan?
Lucía: Yo testimonié en la CONADEP, en el CELS, así que bueno, está en todos
lados... empiezo un poco antes de Alfonsín y me citan para declarar en el Primer
Cuerpo de Ejército. Y yo dije, “yo no salgo más del Primer Cuerpo de Ejército,
como voy hay ir a declarar ahí”. Bueno, iba con mi abogado que era... Baños!6...
claro... al que mataron después en la Tablada... terrible, nos habíamos hecho
tan amigos, él tenía un humor tan especial... le digo “yo no quiero ir a
declarar acá” “pero, no va a pasar nada, si te digo que vamos, vamos, que va a
pasar”. Todo esto antes del 84. Después, estas causas pasaron a Tribunales,
comunes, los tenían los milicos todavía! Y mucha gente que fue a declarar, que
declaró en esa época, fue al Primer Cuerpo de Ejército. Alguna gente que vino a
declarar a mi juicio tuvo que ir ahí; y yo pensaba “pobre gente”. Mi vieja, mi
suegra... a nosotros nos tocó a todos declarar en el Primer Cuerpo. Después,
bueno, iban cambiando de jurisdicción, pero si vieras cómo nos recibió el Juez,
que era milico, “a sus órdenes, encantado”. Como que bueno, se venía una
dictadura nueva... una etapa nueva7, que ellos formaban ya parte de la
democracia, todo mentira claro! Bueno, ahí fuimos a declarar, después empezaron
a cambiar a los Tribunales, pero ahí! A mí me patrocinaba Jorgito Baños, después
a Baños lo matan, así que nos quedamos... para mí, a nivel personal, para el
CELS, lo que significaba... “quién te defendía a vos” “Baños”... Y bueno,
después quedó todo en la nada, obviamente, con el Indulto.
Lucía describe a la Fernanda de ocho años, como una nena con una curiosidad sin
límites, lo que no le contabas ella lo averiguaba. Eso es lo que la lleva a
tomar la decisión, cuenta, de hablar en cada momento de todo lo que fuera
posible. Al principio, sólo podía contarle cuánto padre e hija se parecen, más
adelante la verdad acerca de las circunstancias de la muerte, en cuanto fuera
posible detalles sobre la militancia de ambos.
Fernanda: Lo que... lo que siempre me contó mi mamá es que mi viejo y yo somos
muy parecidos no sólo físicamente, sino en algunas actitudes, (risa suave) eso
es muy loco... porque ¿cómo parecerte a una persona que no conocés?
Ella relata en la primera parte de la entrevista la inmensa curiosidad por saber
cómo era el padre. Antes incluso de conocer las circunstancias de su muerte,
Fernanda reclama más información de la que le dan, para armar así su propia
representación de cómo era su papá: Mi viejo esperaba un varón, (risa suave) y
nací yo, se desilusionó un poco, no sabía como jugar conmigo, por ahí mi vieja
cuenta algunas anécdotas de que “y ahora como juego si no puedo jugar a la
pelota, de qué puedo hablar, qué le puedo decir” ... y entonces improvisábamos
más juegos.... asociados típicamente como masculinos, jugaba con clavos, con
cosas más rudimentarias entre comillas. Tengo una sola foto con mi viejo, yo, yo
no puedo inferir cómo nos relacionábamos, sí puedo hacerme alguna idea de cuál
era la relación que tenían ellos y no, no sé si es una ilusión o cómo lo que yo
espero, pero yo creo que estaban muy enamorados, que... y...
bueno a lo largo del tiempo fui creciendo con la imagen de mi viejo muy
presente, pero con una imagen que mi vieja construyó durante cuatro años. Yo
después con el tiempo... mi abuela se... mi abuela paterna... como que mucha
bola no me dio entonces por ese lado no pude tener un acercamiento a la
reconstrucción de la imagen de mi viejo y después más... cuando yo era más
grande me peleé y entonces el único relato que tengo es el de mi vieja y tampoco
me puse por ahora, porque creo que no me da el cuero, a indagar con compañeros
de militancia de mi viejo, más allá de que muchos están desaparecidos, a
indagar,... cómo era mi viejo en otros ámbitos de su vida, tampoco en el tiempo
que estuvo chupado y cuando lo mataron....
El padre de Fernanda fue secuestrado por las fuerzas de seguridad —y
posteriormente apareció muerto “en un enfrentamiento”— cuando ella tenía dos
años, en consecuencia es muy poco lo que padre e hija pudieron compartir. La
recuperación de la imagen paterna es para ella un proceso de construcción
laborioso. Las preguntas tienen una fuerte carga personal, casi íntima: ¿a qué
jugaban?, ¿cómo se llevaba con la madre?, ¿la cuidaba?.
Sobre las circunstancias de la desaparición tiene algunas precisiones pero
todavía no quiere saber más y sobre la militancia dice ella en ese mismo párrafo
que todavía no está preparada para preguntar. Las preguntas sobre el pasado
—hechas en su mayor parte a la madre— se unen a la mirada materna y le devuelven
“al padre” en un acto donde pasado y presente se juntan, y donde ella decide que
todavía no quiere terminar de encontrarse con la muerte.
A Fernanda también le habían contado en los primeros año otra historia, un
relato en el cual su padre había muerto en un accidente con un auto o un
colectivo. Una persona atropellada, figura que no se parece en nada a la de un
sujeto activo. Sin embargo, algo en la historia no terminaba de quedarle claro.
El secreto familiar mal guardado, produjo en Fernanda constantes intentos de
llenar el vacío causado por silencios, mentiras piadosas, versiones
contradictorias, hasta que encuentra el volante que invita a un acto en homenaje
al padre (volante que había sido dejado a la vista de todos). Dice: la primera
reacción es largarme a llorar...
pero... más... más que sentir..., no era tanto angustia sino alivio como el
creer que en algún punto no estaba loca... que había cosas que no me terminaban
de cerrar que ahí me habían cerrado. Bueno, a partir de entonces empiezo como a
no interesarme demasiado, un poco más grande como a los 13 o 14 años empiezo a
tener como bronca con mi viejo, como un sentir que me había abandonado... o...
ni siquiera algo tan pensado, empiezo a tener mucha bronca, y me acerco
nuevamente a él a los 17 años, cuando empiezo a militar yo... bueno...
lo que pasa es que cuando termino la secundaria empiezo a estudiar derecho,
estudió dos años derecho y participaba de una agrupación independiente, como que
me empiezo a conectar con la militancia desde otro lugar...
En este párrafo tiempos presentes y pasados se entremezclan: la primera reacción
es largarme a llorar, después usa el pasado para referir a sus estados anímicos
en el transcurso del no saber al saber, y retoma el presente en un uso
recurrente de la palabra empiezo. Una vez llenado el vacío, indiferencia,
bronca, porqué no un cierto alivio, son los sentimientos por los que va
pasando8, los que ocupan, en tiempo presente, el relato, como sí todo eso
estuviera sucediendo en este momento todavía. Es posible advertir una operación
de condensación como modalidad narrativa, esto es, varios hechos que sucedieron
en distintos momentos, se superponen en la narración.
La madre de Fernanda, si bien guarda, como la de Fabiana, un silencio pudoroso
acerca de su participación en la organización Montoneros, limita ese silencio a
un exterior al que considera hostil, mientras que para su hija y para otros que
pueden comprender, ofrece un relato abierto y franco.
Concebido así, el acto de pasaje entre una y otra generación ofrece un panorama
complejo del cual se desprenden algunos elementos que quisiera apenas señalar.
Fernanda se parece mucho al padre, es igualita, dice Lucía9, no sólo
físicamente, sino también en el carácter, las actitudes y otros atributos.
Fernanda repite la afirmación materna aunque elaborándola mediante la risa, la
calificación y la pregunta: eso es muy loco... porque ¿cómo parecerte a una
persona que no conocés? Ella conoce al padre fundamentalmente a partir de la
madre, pero también lo conoce, ahora, a partir de sí misma, ya que en la
narración de Lucía, Juan era, en el momento de la desaparición, como es Fernanda
actualmente (ella tenía, en el momento en que tomé la entrevista,
aproximadamente la misma edad del padre cuando fue secuestrado y asesinado).
Si tomamos al pie de la letra la identidad entre padre e hija, pareciera que
existe allí la tentación de perpetuar unos signos que permitan el eterno retorno
de lo mismo. Es algo así como la tentación de leer cada acontecimiento actual a
la luz de un acontecimiento extraordinario.
Acontecimiento que no sólo está allí, en el origen, sino que está condenado a
repetirse una y otra vez, en una adhesión superlativa a un pasado para siempre
presente.
Sin embargo, ya en la misma formulación de Fernanda, se encuentra un
deslizamiento. A la angustia que implicaría repetir una y otra vez la misma
escena y el consiguiente drama de vivir una y otra vez la misma vida, Fernanda
le opone una risa suave, una pregunta (¿cómo parecerte...), un calificativo
propio de su generación (que loco); produce, por lo tanto, un corrimiento, una
diferencia en la repetición, diferencia que involucra la decisión de no aceptar
pasivamente su “destino”.
Y la diferencia se afirma cuando la militancia —que ella despliega en varios
frentes incluida una etapa en la agrupación HIJOS— se transforma en una clave en
su vida. De allí en más su actividad política le dará elementos para interrogar
a la madre acerca de la militancia de ella y por elevación sobre la del padre.
La imagen del padre se va formando, a través de esos interrogatorios a la madre
(todavía no indagó con otros), que en el relato aparecen como intervenciones
suyas sobre el discurso de la madre, donde ella le señala enfáticamente los
errores cometidos, las malas evaluaciones políticas, y toda una serie de
críticas a las desviaciones militaristas, centralismos, jerarquías, moralina
sexual, no respeto a las diferencias.
Los posicionamientos de Lucía y los de Fernanda son discordantes en muchos
puntos, los cuestionamientos de la hija intervienen sobre el relato materno en
torno a la militancia, sin embargo, se advierte allí una forma de transmisión en
la cual —y aun admitiendo la repetición— aparece la novedad: “Pero cuanto más la
transmisión tome en cuenta la situación nueva, menos será una pura y simple
transposición del pasado y más podrá inscribir al sujeto en una genealogía de
vivientes a fin de realizar, no un recorrido circular alrededor de un enclave
petrificado, sino un trayecto susceptible de crear un campo de afluencia, un
delta en donde se articulen culturas heterogéneas que se revitalicen mutuamente”
(Hassoun, 1996; pág. 148).
A la propuesta construcción de una identidad calco con la generación precedente
(si querés saber cómo fue tu padre, mirate), mediante la cual la madre modela a
la hija según los parámetros del recuerdo que ella quiere poner en juego,
destacando unos rasgos y descartando otros, la hija le responde con un
desplazamiento. A esta modalidad, que no es más que la forma en que Lucía
encontró para hablar de ese otro ausente, Fernanda responde con una apropiación
crítica y reelaborada a partir de su propia construcción identitaria,
autonómica. Apropiación que —contrabandeada en los diálogos entre ambas—
construye el testimonio, y aporta a la experiencia de las nuevas generaciones.
Transmisiones y genealogías en tres generaciones Cuenta el libro de Ruth que un
hombre de Belén dejó su pueblo y marchó con su mujer Noemí y sus hijos al país
de los moabitas. El hombre murió y los hijos se casaron con dos moabitas, Orpa y
Ruth.
Pasados diez años murieron también los hijos y Noemí se encontró viuda en tierra
extraña y con dos nueras viudas. Entonces [...] decidió volver. [...] No me
separaré de ti —dijo Ruth —. Me quedaré contigo: donde tú vayas, yo iré; cuando
te detengas me detendré [...] Noemí, al verla tan constante, la llevó consigo y
juntas llegaron a Belén [...] Ruth siguiendo paso a paso las instrucciones de
Noemí, llegó a ser esposa de un hombre bueno y rico, Booz, y madre de su
heredero.
Cuando nació el niño, las vecinas le dijeron a Noemí: — El señor sea loado,
tendrás quien te alimente en la vejez. Gracias a tu nuera que te ama y que para
ti vale más que siete hijos varones. Noemí levantó al pequeño y se lo puso en el
regazo y las vecinas se congratularon diciendo: — A Noemí le ha nacido un hijo
(Colectivo de la Librería de Mujeres de Milán, 1991, p. 13).
María del Socorro Alonso, una de las testimoniantes de Pájaros sin luz, dedica
una buena parte de su relato —tal como indica la consigna que organiza el libro—
a reponer la figura de su compañero desaparecido (Guille); pero en este caso en
particular, el esfuerzo de María del Socorro se centra en narrar(se) su propia
relación con él.
Relación relativamente breve pero intensa, magnífica aunque tal vez idealizada
por la desaparición, terrible porque no podíamos hablar de casi nada. Esas son
las formas que tiene de nombrar esa relación con el hombre del cual me enamoré
muchísimo a la vez que yo era su responsable. Ya en el '76, ella embarazada y
con pedido de captura, decide no salir del país; la organización había decidido
que yo podía salir pero Guille no, si él se queda yo me quedo10. Ambos fueron
detenidos juntos, aunque ella relata que habría podido huir. Las páginas que
siguen tratan sobre todo de su propia detención, la tortura, el aborto provocado
por los suplicios a los que fue sometida, la desesperación por no saber de la
suerte de Guille y el período de detención legal.
Cuando la narración llega al momento de su liberación y de la desaparición de
Guille, la relación que aparece como determinante es con Polda, la madre de su
compañero. En más de una ocasión a lo largo del relato construye un nosotras
para ella y la suegra que se extiende por los duros años de búsqueda. Juntas
buscaron a Guille, golpearon puertas, fueron amenazadas, sufrieron todo tipo de
penurias, se cuidaron mutuamente, se protegieron hasta donde pudieron. Las unía
claro, el amor por el joven que ambas buscaban, pero el cariño y la solidaridad
entre ellas se consolida más allá de esa búsqueda. Dice María del Socorro:
Eduardo [el hombre del cual queda embarazada en 1980] era la única persona que
Polda y yo tuvimos a nuestro lado y podíamos contar con él para todo [...] Le
dije que quería tener ese bebé, que lo iba a tener [...] y que un hijo para mí
iba a ser lo más importante, yo no tenía nada [...] A partir del cuarto mes de
embarazo dejé de ver a Polda sin decirle nada, porque no quería que me viera con
la panza. [...] A la semana de haber nacido María Sol me fui a la ronda de los
jueves de las Madres de Plaza de Mayo, me acerqué a Polda, le puse la nena en
sus brazos y le dije: “Es María Sol y es mía”, y Polda me abrazó y me contestó:
“Bueno, también es mía ahora”. (Ciollaro, 1999; pág. 280) El relato acerca de
sus primeros embarazos da cuenta de condiciones más que adversas para la
maternidad. El primero en el '76, estando ella en la clandestinidad, sabiendo de
las constantes caídas de sus compañeros, todos los días era la muerte. El
segundo en libertad vigilada, todavía durante la dictadura, militando a pesar de
los riesgos. El primero absolutamente enamorada del padre, el segundo con un
amigo. En ambos casos ella quiere seguir adelante con sus embarazos, en el
primero dice: lloraba porque pensaba que no iba a poder tener ese hijo, justo
cuando estaba en un buen momento y me llevaba bien con Guille. Cuando queda
embarazada nuevamente dice: realmente lo que me hacía falta era un motivo para
vivir.
El relato maternal que está presente en esta historia, la de María del Socorro
—pero también la de Polda— intercala espacios de afectividad e introduce desvíos
que pasan por la cotidianeidad en el discurso sobre la violencia. Por fuera de
cualquier visión conservadora de la familia y de la maternidad, las figuras de
madre que surgen de este relato reponen, a través de pequeñas anécdotas
familiares, de lazos de afecto y de figuras domésticas intrascendentes, algo de
la vida cotidiana frente a la versión espectacularizada de la historia; la
angustiosa espera del que parte se trastoca —en este caso como en tantos otros—
en una búsqueda activa y más adelante en un lento fluir de la vida: el quiosco
familiar, la vida después del desalojo.
Este testimonio habla de maternidades descentradas, de transmisiones
generacionales no naturales, sino construidas en la más plena artificialidad del
término. Si consideramos a María del Socorro la hija por opción de Polda, la
maternidad de ambas mujeres se construye por fuera del esquema biologicista que
impone la lógica maternalista patriarcal. El relato las construye a una y otra
como madres en un largo proceso que llega al punto máximo en el momento en que
la mujer más joven le pone a la otra en brazos a la nena, construyendo para
todas ellas una genealogía: abuela, madre/hija, hija/nieta, enlazadas en un
orden que está por fuera del modelo familiar tradicional.
La operación de memoria que despliega el relato posee otra particularidad: va
abriendo, a medida que se desarrolla, numerosas líneas de fuga —la figura de
Guille, la militancia de ella, el accionar de las fuerzas represivas, la
búsqueda— pero todas ellas confluyen en la escena de la Plaza donde todas
usábamos pañuelos blancos, para cerrarse, finalmente sobre las hijas (María del
Socorro tiene otra hija de su actual pareja) filiándolas con aquella madre a la
que ambas niñas tratan de abuela.
La transmisión concierne aquí a tres generaciones, cada una de las cuales se
relaciona de manera particular con las otras. La hija mayor de María del Socorro
no quiere hablar de la militancia de la madre, no presta su testimonio, no
sabemos a través de ella cómo ha procesado la historia familiar. Lo que sí
sabemos es que llama abuela a Polda, esa mujer con quien no la unen lazos de
sangre sino un lazo construido en el dolor, el sufrimiento y la pérdida, pero
sobre todo en la militancia compartida. Esos lazos construidos artificiosamente
se inscriben en lo más profundo de la subjetividad y trazan un origen, o dicho
de otro modo, aceptan el origen propuesto por la madre.
Es así que la historia que cuenta María del Socorro nos recuerda que la
transmisión no es un dato de la biología, pero tampoco es una pedagogía. Es todo
un conjunto de operaciones culturales a ser reinventado en cada momento, en cada
pasaje. El afecto entre ambas les permitió sobrevivir en los momentos más duros,
construyendo un primer lazo, la militancia que ambas desarrollaron y desarrollan
en diferentes frentes les permitió consolidar ese lazo y transformarlo en una
genealogía común. El pasaje a la generación a las hijas de María del Socorro, en
la medida que es capaz de sacrificar una parte del relato original, perpetúa esa
genealogía de la única manera posible, es decir, recreándola. Si no sería mera
repetición, simplemente un calco. Apropiarse de la narración que las precedió,
para reescribir con ella otra historia, es, para las nuevas generaciones el
desafío.
Testigos
Cada una a su manera las militantes que mencioné
tienen algo a decir sobre su participación en lo que sucedía en los años 70 en
la Argentina. Son testigos de cómo era la militancia en las organizaciones
político militares y también de diferentes momentos de la violencia política y
la represión. En este sentido sus experiencias pueden ser una fuente de relatos
que permiten mejor comprender ese pasado; narraciones que transmiten a las
nuevas generaciones información y también sentidos de ese pasado.
En latín, dice Agamben11, hay dos palabras para decir testigo. Por un lado
testis, que significa aquel que se pone como tercero en una disputa; por otro,
supertes, que refiere a quien, habiendo vivido una experiencia, puede contarla.
Pero, hacia el final del libro, agrega un tercer sentido, cuando dice que el
testimonio es siempre un acto de auctor, que presupone algo que lo preexiste y
que debe ser certificado, así el testigo tiene más autoridad que el hecho
testimoniado.
Los militantes, en la medida en han sido protagonistas de la experiencia
narrada, se constituyen en testigos por derecho propio —atravesaron la
experiencia hasta el final y sobrevivieron— a la vez, muchas veces, testimonian
en nombre de aquellos que no han sobrevivido —o de aquellos que no hablan— y
son, entonces, terceros; pero, en un caso u otro, su testimonio es un acto de
autor, es decir, con su relato certifican algo que les preexiste y cuya fuerza
debe ser confirmada.
Retomo la argumentación de Agamben. Si el campo encarna la ambición suprema del
biopoder moderno: producir en el cuerpo humano la separación absoluta del
viviente y el hablante, de Zoé y Bios; la reflexión ética que propone Agamben
habla, en contraposición, del valor de la palabra. La necesidad de dar
testimonio, encarnada en los relatos de muchos sobrevivientes, —de los cuales
Primo Levi es considerado un caso paradigmático— es la que le permite ir más
allá de la dimensión jurídica de categorías como responsabilidad, para situarse
en aquella zona gris donde las condiciones de juicio se suspenden debido a la
indistinción entre lo humano y lo no-humano: “[…] una zona de irresponsabilidad
y de “impotenticia judicandi” que no está situada más allá, sino más acá del
bien y del mal […] Esta infame región de irresponsabilidad es nuestro primer
círculo, del que ninguna confesión de responsabilidad conseguirá arrancarnos […]
El poder humano confina con lo inhumano […] De aquí el malestar del
superviviente...” (Agamben, 2002: pág. 20) Existe, a partir de las afirmaciones
de Levi, un testigo integral y un pseudo testigo, el musulmán12 y el
superviviente. Es así que el testimonio se presenta como un proceso en el que
participan al menos dos sujetos: por un lado aquel que ha sobrevivido, cuyo
testimonio es menos sustancial; por otro, aquel que “ha tocado fondo” que es
quien tiene mucho para decir, pero no puede hablar. ¿Quién es, entonces el que
habla? Si el pseudo testigo habla, como dice Levi, es sólo con el objeto de
prestar su voz a aquellos que ya no la tienen. Se diría, entonces, que, mediante
un mecanismo de delegación, el que habla es el musulmán. Cito a Agamben: “[...]
o sí se prefiere, que no hay un titular del testimonio, que hablar, testimoniar,
significa entrar en un movimiento vertiginoso, en el que algo se va a pique, se
desubjetiva por completo y calla, y algo se subjetiva y habla sin tener —en
propio— nada que decir ('cuento cosas... que no he experimentado en mi propia
persona'). Un movimiento, pues, en el que quien no dispone de palabras hace
hablar al hablante y el que habla lleva en su misma palabra la imposibilidad de
hablar, de manera que el mudo y el hablante, el no hombre y el hombre entran, en
el testimonio, en una zona de indeterminación en la que es imposible asignar la
posición de sujeto, identificar la 'sustancia soñada' del yo y, con ella, al
verdadero testigo.” (Agamben, 2002; pág. 126) En este punto son de utilidad las
tesis de Benveniste (1986). A partir de la afirmación de que es en la instancia
del discurso en la que yo se designa como sujeto, es decir, que el fundamento de
la subjetividad está en el ejercicio de la lengua, Benveniste analiza los
efectos de la subjetividad en el lenguaje y, siguiendo las huellas de la
presencia de sí mismo como yo, es decir, como locutor en la instancia del
discurso, encuentra que se produce en el ser humano un punto unitario de
imputación de las vivencias y los actos en el cual el sujeto puede referirse
íntegramente como su titular. Es así, dirá el lingüista, que la temporalidad
humana se genera por medio de la presencia de sí mismo que el acto de
enunciación hace posible. Y no sólo. La subjetividad reposa, ella también,
distante de los acontecimientos que le dieron origen, en la palabra.
¿Cómo compatibilizar esta afirmación con aquella otra que señala que el testigo
integral es el musulmán, o sea, aquel que no puede hablar?
Será la diferencia establecida por la semántica de la enunciación (Benveniste,
1986), entre el sujeto empírico (autor efectivo, productor del enunciado) y el
sujeto de la enunciación (el yo tal como aparece en el enunciado a través, por
ejemplo, de la deixis), la que permitirá establecer que en todo enunciado
aparece marcada una posición del sujeto. En otros términos, describir una
formulación, en tanto enunciado, no consiste en analizar las relaciones entre el
autor y lo que ha dicho —entre el testigo y su testimonio, para volver a
nuestros términos— sino en determinar cuál es la posición en la cual un
individuo es sujeto de la enunciación.
Vuelvo, entonces a la pregunta acerca de cómo compatibilizar la afirmación de
que el sujeto es tal sólo en la medida en que está dotado de lengua, con la que
dice que el testigo integral es aquel que no puede hablar, lo que Agamben llama
la paradoja de Levi. Esta paradoja expresa la íntima estructura dual del
testimonio como acto de autor, como diferencia de una imposibilidad y una
posibilidad de decir, de un viviente y de un hablante.
Es imposible privar a la descendencia, a la generación siguiente, de un relato
acerca de lo que sucedió en nuestra historia reciente sin que esto tenga
consecuencias personales y sociales. En este sentido, la autoridad del
testimonio no consiste en que garantiza la verdad factual del enunciado, sino en
la imposibilidad de que este sea archivado, en su exterioridad con relación al
archivo. Su capacidad de reformulación —su vitalidad— es lo que hace del
testimonio, y con él de los testigos, una fuente irrenunciable de relatos en el
proceso de comprender los sucesos del pasado. El acto de testimoniar produce
enunciados que son el inverso del efecto de los dichos de Videla cuando,
interrogado sobre los desaparecidos, afirmó: “...Le diré que frente al
desaparecido en tanto esté como tal, es una incógnita [...] mientras sea
desaparecido no puede tener tratamiento especial, porque no tiene entidad; no
está muerto ni vivo”, acompañando el enunciado con un gesto que buscaba reforzar
la desaparición.13 El testimonio es el efectivo tener lugar de algo que pudo no
tener lugar (en el sentido de que pudo no haber sido), es la existencia efectiva
de algo que era sólo una potencia, en ese sentido es contingente (por oposición
a necesario), ya que es la posibilidad que se pone a prueba en un sujeto.
De este modo parecen interpretar el silencio Fernanda, Fabiana y otros hijos de
militantes. En la insistencia por saber sobre los efectos de la represión, pero
también, y sobre todo, en las preguntas acerca de la militancia, se advierte una
pertinaz búsqueda por construir al padre, a la madre y también al conjunto de
militantes como sujetos activos antes que como víctimas pasivas de la represión.
Lo que resuena en el pedido de las nuevas generaciones que quieren saber —por lo
menos de aquellos que manifiestan explícitamente el deseo de saber— no es otra
cosa que la negativa a aceptar la ausencia de palabra, es el reconocimiento de
que esa palabra “puede no tener lugar” y que, por lo tanto, el hecho contingente
de “que tenga lugar” se producirá mediante un acto de subjetivación.
Cuando conocí a Fabiana, me contó que su padre y una de sus tías están
desaparecidos. La opción discursiva para referir ese hecho fue: yo tengo a mi
papá y a mi tía desaparecidos, meses después durante la entrevista volvió a
referirse a la desaparición en los mismos términos. Además de la entrevista
mantuvimos un intercambio epistolar donde me contó sus impresiones, allí dice:
fui rompiendo con el silencio y quise poner en movimiento no sólo mis
sentimientos, sino también esas imágenes congeladas e inmutables de mi padre y
mi tía.
Darles vida, ponerles significado a sus actos para luego poder dejarlos ir en el
mejor de los sentidos. Esto significaría que su paso por la vida no fue en vano,
significa poder aprender de ellos y recordarlos vivos y con orgullo. Apartándome
de su camino, cuando sea necesario, para poder construir el mío propio.
En el caso de la tía, la biografía que Fabiana trata de reconstruir es menos un
intento de crear una imagen completa que de marcar lo innominado. Propone menos
un cierre que una apertura que horada la novela con que la familia intenta
tranquilizarse: Blanca, mi tía, en un momento es un contraste grotesco, yo no sé
si soy clara, cuando le digo a mi vieja ‘contame de Blanca', mi vieja me dice,
que era consecuente, que era inteligente, que sabía lo que hacía, sabía lo que
pensaba, después de eso que te digan, ‘bue, pero Pablo la llevó por mal camino',
después de haber dicho que era una persona consecuente, que pensaba, que era
reflexiva, reflexiva!! Y después de eso concluyen que fue por mal camino por
Pablo, se cae solo ¿no?, no hace falta agregar palabras a esas palabras de mi
madre! Este, sí, sí, hay toda una idea familiar de que Pablo era el loco, porque
aparte es esa la palabra... Pablo era el loco... y pobre Blanca, pobre Blanca,
que como lo amaba lo seguía, bla, bla, bla... entonces ahí, bueno, nada, estás
coartando la historia de Blanca, de quien era Blanca, Blanca era Asistente
Social, militaba en la villa del Bajo Flores, quizás lo que tuvo Blanca... son
todas cosas de sentido común las que puedo deducir ¿no? Porque de lo que dice mi
familia saco muy poco, de su relato, porque los veo tan empañados que trato de
hacer deducciones de sentido común las mías ¿no? No son datos muy precisos. Pero
quizás Blanca, en los últimos tiempos, quizás disentía con la conducción, quizá
tenían discusiones políticas, diferencias políticas, yo creo que eso debe haber
existido, que quizá Pablo apostaba más a la manera de hacer política ya de los
últimos años y Blanca ya decía que esto no le cerraba, me parece que eso es lo
que pasaba, cosas de ese tipo. No me imagino otra cosa, nada que tenga que ver
con “pobre Blanca”... nadie la llevó por el mal camino! Esto me lo confirma
Rosario con la cuestión de las armas. Bueno, incluso y esto yo no lo sabía para
nada, incluso mi abuela dice que mi mamá se salvó gracias a mi papá, aparte una
persona militante te hablo, ¿no? Mi abuela! Que mi mamá se salvó gracias a mi
papá y que Blanca no se salvó por que Pablo... ¿Pablo qué? Pablo no la habrá
querido salvar, cómo si alguien la hubiera podido salvar, como si Pablo no sé...
Y durante mucho tiempo mi abuela repitió eso, durante mucho tiempo yo escuché
eso, hasta que un día me hizo mella y dije, “no acá hay algo que no funciona,
¿abuela que estás diciendo?” Ya eso hoy mi abuela, por lo menos a mí, no me lo
dice, quizás ella lo siguen pensando, porque aparte es muy testaruda, lo debe
seguir pensando, pero por lo menos no lo dice con la impunidad que lo decía
antes, se debe morder la lengua, porque sabe que algo mal debe estar diciendo,
pero fue una frase patética que escuché durante muchos años, que mi vieja se
salvó a gracias a mi papá y que Blanca no se salvó por Pablo, esa cosa de que
ellas son liberadas o no en tanto lo que quieren o no sus maridos. Estas maneras
de verlas...
Atrevidamente Fabiana insiste en decir lo que todos saben, pero si todos saben
¿por qué decirlo? Su intención es clara: es necesario desmontar la idea de que
las mujeres que militaban en los '70 lo hacían porque seguían a sus compañeros.
La violencia que impartió la dictadura sobre los cuerpos de las mujeres, no fue
sólo un tiro de elevación por ser compañeras de, se trató también de una
violencia dirigida contra ellas mismas en su condición de militantes.
Por otro lado Fabiana recupera también la militancia de su abuela, Madre de
Plaza de Mayo después de la desaparición de los hijos, pero antes que eso
alfabetizadora en un barrio de emergencia de la Ciudad de Buenos Aires,
perseguida ella misma. Recuperación que hace incluso contra la insistencia de
ésta en decir: en mi casa la política era cosa de hombres [...] mi interés
social lo hacía desde la iglesia no desde la política (palabras de la abuela
referidas en una carta de Fabiana).
Ante la negativa de la madre de recordar, de reconstruir su historia, la forma
que ella tiene de construirse una genealogía militante es a través de esta
filiación “voluntaria” con la tía y la abuela. Con la tía desaparecida haciendo
emerger contra viento y marea una historia que la constituya en sujeta activa;
con la abuela recorriendo un camino en conjunto hacia el autorreconocimiento.
La memoria y sus sombras Las preguntas abiertas a lo largo de este texto en
torno al tema de la transmisión y sus modalidades distan de haber encontrado
respuestas concluyentes. Sin embargo, el recorrido realizado me permite señalar
algunas cuestiones recurrentes. Quizás la más llamativa sea que, así como la
memoria, la transmisión supone un trabajo que produce transformaciones en la
vida social. Elizabeth Jelin habla de “trabajos de la memoria” para referirse a
la actividad que implica a sujetos activos que se proponen incidir en la
elaboración de sentidos para el pasado, en oposición a su irrupción bajo la
forma de silencios o repeticiones (Jelin, 2002).
Como dije al principio, si bien es cierto que no hay sociedad, no hay cultura
que no requiera modos de transmitir y de legar, cuando suceden acontecimientos
que implican de manera decisiva a la memoria de un grupo social, la transmisión
entre generaciones se pone en evidencia como un trabajo, como una cuestión de la
nos tenemos que ocupar.
La idea de que necesitamos revisar las experiencias de la década del 70 insiste,
y, cada vez más, esa insistencia tiene la forma de la pregunta acerca de qué
modo hacerlo. ¿Cómo hacer para atravesar las versiones instituidas y producir
nuevas interpretaciones?
Ni la teoría de los dos demonios, ni aquellas versiones que señalan a los
militantes como víctimas pasivas satisfacen la necesidad de explicaciones de ese
pasado14. Tampoco dan cuenta de lo sucedido aquellas versiones que los describen
como sujetos que, plenos de buenas intenciones, fueron derrotados debido a malas
evaluaciones de la coyuntura política.
Sin embargo, esas interpretaciones tienen todavía hoy en la Argentina una
presencia fantasmal que proyecta sus sombras sobre los sujetos involucrados y
libera sus efectos en nuestra cultura contemporánea.
Sombras de guerras pasadas que se hacen presentes e invitan a volver a vivir la
situación de pérdida una y otra vez, impidiendo que el trabajo del duelo
desemboque en la elaboración —que es una forma fecunda de la repetición.
En lo que hace a las elaboraciones sociales acerca del pasado reciente
argentino, el desafío pareciera ser tomar distancia tanto de las repeticiones
ritualizadas como de los silencios ocluyentes. Las evaluaciones de lo actuado en
los '70 que realizan los militantes parten, en primer término, que las acciones
estaban destinadas a intervenir en la vida pública en pos de un cambio social
hacia una sociedad más justa y, en segundo lugar, que esas expectativas fueron
brutalmente derrotadas por la dictadura militar.
Estas consideraciones están en la base de cualquier reflexión y en muchos casos
condicionan la posibilidad de tomar distancia del pasado para mejor elaborarlo.
Silencios molestos, versiones míticas de la militancia y mandatos
desestructurantes fueron el material del que estuvieron hechos los relatos
familiares que llegaron a la generación de los hijos cristalizados en
narraciones que se pretenden coherentes, pero que están, sin embargo,
impregnadas por todos los poros de nuevas preguntas.
Interrogaciones que no siempre provienen del relato principal, sino que más bien
parecen un ejercicio de la memoria que revisita el pasado desde lugares poco
habituales, como el género y la generación. ¿No son acaso preguntas insólitas y
perturbadoras las que realizan tantos años después los hijos y las hijas de los
militantes acerca de pequeñas cuestiones absolutamente cotidianas? No produce
desconcierto cuando antes de querer saber cuan heroico era el padre en las
acciones, cuan coherente era la madre en sus definiciones políticas15, los hijos
quieren saber si se querían o cuánto deseo tenían depositado en la maternidad o
en la paternidad. O cuando rechazan las descripciones basadas en innumerables
atributos de cuadros políticos para reclamar especificaciones acerca de
comportamientos cotidianos. También perturbadoras resultan otras intervenciones
que, trabajando con restos dispersos, preguntan por los sentimientos, las
sensibilidades, los lazos familiares desintegrados.
Como ya señalé la necesidad de recordar elaborando es individual pero también
social. Los diálogos en torno a lo sucedido, incluidas las responsabilidades y
la necesidad colectiva y ética de elaborar (en oposición a los mandatos morales
de recordar) se actualizan día a día, no sólo en la familia, no sólo entre
diferentes generaciones. Porque estos procesos no ocurren en individuos aislados
sino en sujetos que se encuentran sometidos a diferentes interpretaciones y
valoraciones de lo ocurrido, que toman sentido en relación también a
expectativas futuras.
Es así que la necesidad de construir nuevos relatos es una necesidad social. Dar
cuenta de lo acontecido, exige que seamos (colectivamente) capaces de ir más
allá de los espasmos que se producen en cada sujeto ético el mero recuerdo de la
violencia del terrorismo de Estado, para abrirnos a la posibilidad de producir
nuevos efectos de sentido. Vuelvo sobre las palabras de Fabiana que cité más
arriba: fui rompiendo con el silencio y quise poner en movimiento no sólo mis
sentimientos, sino también esas imágenes congeladas e inmutables de mi padre y
mi tía. Darles vida, ponerles significado a sus actos para luego poder dejarlos
ir en el mejor de los sentidos [...] Apartándome de su camino, cuando sea
necesario, para poder construir el mío propio.
La herencia de la dictadura dejó en la memoria colectiva e individual figuras de
ausencia, de muerte y de desaparición de las cuales no es posible desprendernos.
Sin embargo, las preguntas acerca de las prácticas y propuestas políticas de
quiénes optaron explícitamente por la violencia armada no debieran quedar
sepultadas bajo los escombros que produce la sobreexigencia del duelo. ¿Qué otro
modo habría de liberarnos de las sombras sino es insistiendo en establecer los
diálogos necesarios, buscando las respuestas a las preguntas personales de los
hijos y también a las preguntas sociales en torno a lo sucedido?
Anexo. Datos sobre los testimoniantes Entrevistas a militantes: Nombre Cantidad
de hijos/as Hijas/os entrevistadas Susana 1 M Verónica Lucía 1 M Fernanda María
0 Darío 1 M 1 V Lorena Patricia 2 M 1 V Juan Ricardo 1V M: mujeres, V: varones
Entrevistas a hijos/as de militantes: Nombre Edad en el momento de la entrevista
Fernanda * 26 años Madre militante, padre militante desaparecido Verónica * 27
años Madre militante, padre militante desaparecido Fabiana 25 años Madre
militante, padre militante desaparecido Juan* 26 años Madre militante Lorena* 19
años Padre militante Manuel 30 años Madre militante desaparecida * La madre o el
padre fueron entrevistados Algunas observaciones acerca de las entrevistas Si
bien la selección de los/as militantes a ser entrevistados no se basó en
criterios muestrales, intenté que el conjunto represente a los principales
grupos de la izquierda armada de los '70. Por razones de confidencialidad no voy
mencionar a qué grupo perteneció cada entrevistado/a, pero sí quisiera dar una
idea del conjunto. Tres entrevistados militaron en Montoneros, otros tres en el
PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores y su brazo armado Ejército
Revolucionario del Pueblo). Con relación al lugar ocupado en la organización,
tres fueron militantes de base y tres cuadros intermedios. En cuanto a la
localización geográfica, cuatro militaron en Buenos Aires, uno en Córdoba y uno
en Tucumán.
En cuatro casos pude entrevistar también a hijos/as de esos mismos militantes.
De los/as seis hijos/as entrevistados cuatro tienen al padre o a la madre
desaparecido o asesinado.
Los seis han tenido militancia en derechos humanos con mayor o menor grado de
compromiso. Cinco eran, en el momento de la entrevista, estudiantes
universitarios y uno está terminando la escuela secundaria. Todos viven en
Buenos Aires.
Militantes
Susana: tiene estudios terciarios completos, fue
militante de una organización armada, el padre de su única hija era militante y
está desaparecido desde el año ‘77, ella tiene actualmente 52 años, es profesora
de matemáticas. Su hija es Verónica.
Lucía: tiene estudios terciarios completos, fue militante de una organización
armada, militaba junto con el padre de su hija, quien fue secuestrado y
asesinado en el año 77, ella permaneció varios años clandestina, actualmente
tiene 49 años, es profesora en escuelas secundarias y terciarias. Su hija es
Fernanda.
María: tiene estudios terciarios incompletos, fue militante de una organización
armada, estuvo en la clandestinidad, sin hijos, actualmente tiene 50 años,
trabaja como empleada administrativa.
Darío: con estudios secundarios completos, militó en una organización armada, su
primera mujer está desaparecida, con su actual pareja tiene una hija y un hijo,
su edad actual es de 47 años, es comerciante. Hay testimonio de su hija Lorena
Patricia: fue militante de una organización armada en el interior del país. Es
abogada. Tiene dos hijos.
Ricardo: fue militante de una organización armada, estuvo detenido durante la
dictadura, tiene un hijo de 7 años, trabaja como plomero, actualmente tiene 49
años.
Hijos/as Fernanda*: hija de Lucía, tiene 26 años, su madre y su padre eran
militantes, su padre está desaparecido, ella milita en la agrupación H.I.J.O.S.
Verónica*: hija de Susana, tiene 27 años, su madre y su padre eran militantes,
su padre está desaparecido.
Fabiana: tiene 25 años, su papá, su mamá y su tía eran militantes de una
organización armada; la tía y el padre están desaparecidos, milita en la
agrupación H.I.J.O.S.
Juan*: tiene 25 años, es estudiante universitario, la madre fue militante de una
organización político militar, el padre no.
Lorena*: tiene 18 años, el padre fue militante, la madre no, es estudiante
secundaria.
Manuel: tiene 30 años, es ingeniero. Su madre fue militante de una organización
político militar y está desaparecida.
Las personas que entrevisté no aparecen con su nombre verdadero, tampoco con los
que usaban cuando militaban, además algunos datos claves para la identificación
han sido cambiados. Al ser interrogadas a este respecto algunas optaron por el
anonimato, otras señalaron que les era indiferente, otras que preferían aparecer
con su nombre verdadero. Finalmente opté por unificar el criterio, cosa que
todas aceptaron.
Además de las entrevistas tomadas especialmente resultaron particularmente
relevantes para este trabajo diferentes testimonios publicados en los últimos
años: Actis, Manú, Aldini, Cristina, Gardella, Liliana, Lewin, Miriam y Tokar,
Elisa (2001): Ese Infierno, Buenos Aires, Sudamericana.
Caparrós, Martín y Anguita, Eduardo (1997): La Voluntad, Buenos Aires, Norma.
Ciollaro, Noemí (1999), Pájaros sin luz, Buenos Aires, Editorial Planeta.
Chaves, Gonzalo y Lewinger, Jorge (1999): Los del 73. Memoria Montonera, La
Plata, Editorial de la Campana.
Diana, Marta (1996): Mujeres Guerrilleras, Buenos Aires, Editorial Planeta.
Gelman, Juan y Lamadrid, Mara (1997): Ni el flaco perdón de Dios, Buenos Aires,
Sudamericana.
Larraquy, Marcelo y Caballero, Roberto, (2000): Galimberti. De Perón a Susana.
De Montoneros a la CIA, Buenos Aires, Norma.
Mattini, Luis (1990): Hombres y mujeres del PRT-ERP, Buenos Aires, Contrapunto.
Ollier, María Matilde, (1998): La creencia y la pasión, Buenos Aires, Ariel.
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lo sagrado en la modernidad”, en El Rodaballo. Revista de política y cultura,
año V, nº 9, verano.
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Argentina del Gran Acuerdo Nacional”, en Taller. Revista de Sociedad, Cultura y
Política, vol. 3, 6, abril.
Yerushalmi, Yosef (1989), “Reflexiones sobre el olvido”, en AAVV, Usos del
olvido, Buenos Aires, Nueva Visión.
Notas
1. Lic. en Sociología -Doctoranda en Ciencias Sociales (UBA)/ Profesora de la
Carrera de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales — UBA/ Coordinadora del
Archivo Oral de Memoria Abierta/ Integrante del Instituto Interdisciplinario de
Estudios de Género, FFyL — UBA/ Coordinadora del área de Estudios de Género del
Ce.D.In.C.I./ Integrante del Proyecto “Democracia, Comunicación y sujetos de la
política en América Latina Contemporánea” Financiado conjuntamente por el
CONACYT e instituciones participantes UAM-X, UBA y UNC.
2. Con el término “pasado reciente” quiero englobar dos momentos diferentes: el
período de creciente conflictividad sociopolítica de la primera mitad de la
década del '70 en la Argentina, y los años posteriores al golpe militar del 24
de marzo de 1976, período caracterizado como de terrorismo de Estado que va
desde 1976 a 1983.
3. Este trabajo se basa en testimonios producidos a partir de la segunda mitad
de la década del '90. La descripción del corpus se encuentra anexada al final
del texto.
4. H.I.J.O.S. es la agrupación de derechos humanos que nuclea a hijos e hijas de
las víctimas del terrorismo de Estado en la Argentina.
5. Películas como Montoneros, una historia (Andrés Di Tella, 1996), Cazadores de
utopías (David Blaustein, 1995), Papá Iván (María Inés Roqué, 2000) y Trelew
(Mariana Arruti, 2003) son apenas algunos ejemplos de productos
cinematográficos. Y entre los principales textos sobre literatura testimonial se
pueden citar: Mujeres Guerrilleras de Marta Diana, Ni el flaco perdón de Dios de
Juan Gelman y Mara La Madrid, Pájaros sin luz de Noemí Ciollaro, Ese Infierno de
Manú Actis, Cristina Aldini, Liliana Gardella, Miriam Lewin, Elisa Tokar,
Galimberti, de Perón a Susana, de Montoneros a la CIA de Marcelo Larraqui y
Roberto Caballero; y otros textos que hacen uso de testimonios pero que tienen
líneas más claras de interpretación como: Hombres y mujeres del PRT-ERP de Luis
Mattini, La creencia y la pasión de María Matilde Ollier, La voluntad de Eduardo
Anguita y Martín Caparrós, Los del `73. Memoria Montonera de Gonzalo Chaves y
Jorge Lewinger, Los setentistas de Pablo Pozzi y Alejandro Schneider y El
PRT—ERP. La guerrilla marxista de Pablo Pozzi.
Además, esta nueva preocupación por los '70 surge, coincidentemente, con el auge
de la literatura testimonial, por lo tanto no es ajena a esa explosión de lo
biográfico. En este sentido, libros como Pájaros sin luz, Ese infierno o Mujeres
guerrilleras, todos testimoniales, abren un campo de significaciones nuevas. A
partir de esas lecturas surgen cuestiones que habían quedado dislocadas, como
por ejemplo los modos paradójicos en que las mujeres se ubican en la militancia.
(véanse los respectivos datos editoriales al final del artículo) 6. Jorge Baños
fue un prestigioso abogado vinculado a la defensa de los derechos humanos.
Participó del intento de copamiento del Regimiento de La Tablada, protagonizado
por el Movimiento Todos por la Patria (MTP), el 23 de enero de 1989, episodio en
el que perdió la vida. En esa ocasión hubo más de 30 muertos del MTP, y
denuncias por fusilamientos, desapariciones, torturas y uso de armas prohibidas
por parte de las fuerzas de seguridad.
7. Se refiere a los últimos meses de la dictadura.
8. En el relato de Lucía, la madre de Fernanda, esta etapa de la vida de la hija
es calificada como: muy difícil, Fernanda se enfermó, estuvo muy enferma, en
tratamiento, la adolescencia fue terrible porque yo no sabía qué hacer...
9. Al despedirme me muestra una foto de un hombre joven con un bebé, son
Fernanda y Juan. En ese momento insiste en el parecido de ambos.
10. Testimonio de María del Socorro Alonso (Ciollaro, 1999; pág. 267 a 290).
11. El tercer libro de la serie Homo Sacer de Giorgio Agamben, titulado Lo que
queda de Auschwitz. El archivo y el testigo se ubica en un terreno incómodo: el
del esfuerzo, que califica de ineludible, por comprender Auschwitz. Según el
autor, a partir de las investigaciones históricas, sabemos mucho acerca de las
circunstancias en las que tuvo lugar Auschwitz, pero esto no implica que podamos
comprender sus dimensiones éticas y políticas. Si hay una posición
“sacralizadora” que se niega a comprender, existe otra que quiere presurosamente
explicar todo. Agamben rechaza ambas y elige transitar un camino que no es más
que “una suerte de comentario perpetuo sobre el testimonio” (pág. 10), sobre lo
que han dicho los sobrevivientes, pero además sobre la presencia sin rostro que
todo testimonio contiene necesariamente, un intento de interrogar aquello que no
puede ser testimoniado.
12. Se refiere al nombre que recibieron en los campos aquellos prisioneros que
abandonaron toda voluntad de vivir y se encuentran en una situación límite entre
lo humano y lo no humano. cfr. Agamben (2002).
13. Clarín, 14 de diciembre de 1979 y Ciollaro (1999; pág. 39); el mismo tramo
es reproducido en la película Cazadores de utopías.
14. Tanto la llamada “teoría de los dos demonios” —que pretendió afirmar la idea
de que en la Argentina existieron dos bandos contendientes, los dos igual de
violentos y responsables de modo equivalente ante una mayoría de la sociedad que
simplemente era espectadora para resultar luego principal víctima—, como las
prácticas y nociones primeras de la mayoría de las organizaciones de derechos
humanos sobre la necesidad de reforzar el carácter de “víctimas” de aquellos que
sufrieron los efectos del terrorismo de Estado, conspiraron, en términos
desiguales, para que no se hable de su militancia y en particular de su
participación en las organizaciones político militares.
15. Cfr. Amado (2003) y los testimonios contenidos en Gelman y Lamadrid (1997).
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