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"En el diario no hablaban bien de ti" / Gonzalo Barciela

Muchos compañeros y amigos encontrarán aquí fragmentos de discusiones sostenidas hace tiempo. A ellos, mi gratitud y, a la vez, mi deuda.

Han transcurrido más de cuatro semanas, desde que la alquimia de peones, chacareros y terratenientes, reunidos bajo el manto celestial de su condición de “hombres de campo”, lanzaran un lockout (piquete sojero, en realidad, porque siguieron produciendo), cuyo objetivo primordial fue arrinconar un gobierno que pretendía, tímidamente, sí (y resaltamos el hecho del “pretender”), morigerar el impacto del alza de los precios internacionales del mayor cultivo que ocupa hoy la superficie cosechable de nuestro país. No procuramos avanzar en un juicio sobre la oportunidad de la medida, sino proponer una serie de reflexiones a partir de lo que la misma ha provocado. Las cuales exceden el estrecho marco de una revuelta sectorial y abren campo fértil para el análisis acerca de las vicisitudes de la, así llamada, correlación de fuerzas.

En este orden de ideas ocupará un sitio no menor, en este breve ensayo, la presencia inquietante de un imaginario que moviliza activamente amplias franjas de sectores urbanos, cuya epidérmica oposición al gobierno de la presidenta Fernández de Kirchner, advierte sobre las imperiosas necesidades de transitar un rumbo de profundización de aspectos hasta cierto punto soslayados, o aún subestimados, desde los despachos de la Casa Rosada.

Podríamos preguntarnos el porqué de la propagación, como reguero de pólvora, de la crispación, el descontento y, en su versión más radicalizada, la prepotencia patricia de la que participan por igual aquellos que detentan miles de hectáreas, las señoras gordas horrorizadas, el paisano simpático curtido por el calor de la pampa, el joven y la joven emprendedores, cultores del estilo cool y de la paternalista y exotista costumbre de mirar pobres y marginales por su TV de plasma; como así de la simpática y transgresora costumbre de escuchar cumbia villera lejos del Once, San Justo y otros tantos bajo fondos de la Capital y el Conurbano. Ellos y otros tantos, adictos por igual al ideario de los señores de la tierra, de la Argentina Potencia (otrora “bocado de la subversión”), hoy objeto de la voracidad populista, de “esa” que los crispa.

Mucho se ha escrito, mucho se ha dicho y mucho queda por escribir y decir acerca de los así llamados “medios de comunicación”, presentados no sólo como mediadores legítimos entre aquello que acontece y sus eventuales receptores sino, y en dicha perspectiva, como los detentadores privilegiados del legítimo decir sobre aquello que tiene lugar. El debate sobre los medios es, como toda contienda, aquello cuya materia prima e instrumento no es otra que la del lenguaje y sus sutiles efectos de verdad. Y para debatir, por lo menos hay que tener algo en claro: estamos en franca desventaja.

La presencia sofocante e intrusiva de imágenes que nos inundan desde la televisión, radio e internet, podría encontrar explicación en la connivencia entre los multimedios (pretendidos agentes exclusivos del ejercicio de la libertad de prensa) y los sucesivos gobiernos que le han condonado deudas, premiado con licencias que diluyen en el infinito y retribuida autorización de fusiones monopólicas, que horrorizarían a Hanna Arendt, quien alguna vez soñó con una prensa como motor y dinamizador de la vida democrática de nuestras sociedades. Eso, que algún simpático lector llamaría la “base material”, no explica el por qué miles se dirigen hacia las páginas impresas, a la web, o sintonizan aceleradamente noticieros, magazines y otras yerbas. Cabe realizar aquí una advertencia, si participamos del mismo desdén, con el que se pretende conjurar a las así llamados “arriados” y creemos que los adherentes al conjunto mass-mediático se encuentran presos de una suerte de “falsa conciencia” (que tributan a ídolos, cuyos becerros de oro enuncian proféticamente las verdades republicanas, en fin, que serían una suerte de receptáculos vacíos del bombardeo informativo), perdemos de vista el núcleo irreductible en torno al cual se organiza esta disputa: la del imaginario que cimenta el lazo social.

La pregunta es, entonces, ¿cuál es la trama discursiva que nos interpela?, ¿qué fragmentos y dispositivos entran en juego? Mal que le pese a cierto relativismo que cree que cualquier cosa puede ser dicha en cualquier momento, o aquellos que le acuerdan una suerte de omnipotencia a quien enuncia o profiere la palabra de autoridad, deberían recordar que la validez del enunciado no se encuentra en boca de quien enuncie, sino en el oído que escucha. En esta última instancia, si existe algo así como la comunicación, ésta supone un acto de identificación. Jacques Lacan, allá por los años ’60, acuñó una fórmula no sólo sugerente, sino extremamente eficaz a la hora de dar cuenta del modo en que opera el discurso. El célebre psicoanalista afirmaba que “el emisor recibe del receptor la verdad de su mensaje”. Valga la lección lacaniana también para nuestra presidenta, a su insistencia en interpelar un destinatario que le resulta esquivo y que no se siente partícipe de la Argentina del “todos y todas”. Para decirlo claramente, aún cuando nuestra presidenta nos recuerde (sin hacer mención al célebre intercambio epistolar en el que Carlos Marx declinaba el título de “inventor de la lucha de clases” que le pretendía otorgar la burguesía, lo cual es verdad), que el peronismo jamás propugnó la lucha de clases, ese gigante invertebrado nunca dejó de ser para amplios sectores de la sociedad argentina uno de sus actores y escenarios privilegiados.

Sería absurdo que alguien anduviera, cual predicador milenarista invocando apocalípticamente la autoridad del materialismo histórico, denunciando males y penurias para conjurar el presente en nombre del futuro reconciliado. Pero de lo que hay que estar advertido, y a la vez asumir plenamente, es de los efectos disruptivos que provoca la sola mención o presencia de lo que las mentalidades pastoriles que consideran el “otro absoluto” de la democracia: la movilización de masas como instrumento de contrapeso en el conflicto social, el motor de la organización política como herramienta de reapropiación del escenario público; la toma de la palabra intempestiva (y las más de las veces abrupta) de los silenciados, de los invisibilizados. Aquí es donde comienza el contubernio, entre medios que hacen de la libertad de prensa libertad de empresa y el conglomerado pastoril. Precisamente en torno a la significación misma que puede acordársele al término “democracia” y de éste significado frente a aquello que lo antagoniza.

Veamos pues.

El primer modo de presentar el conflicto fue considerar una medida que puede derivar en un delito de carácter penal, como lo es el lock-out y el consecuente desabastecimiento que provoca, como una medida u acción directa cuyo ejercicio se encuentra protegido constitucionalmente (como lo es la huelga). Fácil sería que algún jurista hiciera la consecuente observación crítica. El problema es que la sociedad no quería, ni quiere, escuchar este argumento. Básicamente porque aquí se encontraron dos modos idénticos de percibirse o un imaginario compartido (aunque no coincidan en la geografía económico-social), el de aquellos que creen que existen garantías que le pertenecen “por derecho propio”, por el sólo hecho de “ser”, frente aquellos desposeídos de todo y que sólo participan de aquellas por una apropiación “de hecho” y por lo tanto ilegítima.

Siguiendo lo mencionado más arriba, fue claro que la dicotomía que organizó la percepción del conflicto, fue la polaridad “CAMPO-GOBIERNO”. El campo se presentó no sólo como la pampa idílica en la que se refugió la oligarquía, cuando la chusma inmigrante invadió la urbe porteña sino que, paulatinamente, “campo”, comenzó a perder su significación particular a expensas aún de aquellos que, con justicia, disparaban sobre el edén patricio, recordando el escenario de explotación sobre el que se construyó, y se construye, la riqueza agropecuaria. Cuando a la gente se le preguntaba que era el campo, comenzó a aparecer la figura del pequeño productor, ese pequeño héroe anónimo que nadie vio o escuchó; se homologó con la figura de los “hombres de trabajo”, el fuerte imaginario del esfuerzo individual que alimentó los sueños inmigratorios. El razonamiento era simple: campo = hombres de trabajo = riqueza nacional = democracia. ¿Cómo apareció la democracia allí? Simple, la democracia presupone el atributo de la ciudadanía y ciudadano es quien con el fruto de su trabajo, se procura lo necesario para vivir, “donando” o “desprendiéndose” (a regañadientes) de una porción de su producido a fin de solventar a la comunidad (el famoso “yo pago mis impuestos”). En conclusión, el hombre de trabajo es el único ciudadano porque produce la riqueza que posibilita que exista la sociedad y, por lo tanto, la democracia. Sencillo, pero efectivo. Así como se es propietario de la riqueza que se produce, se es dueño de la sociedad que se contribuye a sostener.

Campo comenzó a perder su significación particular, como señalamos oportunamente, para comenzar a recibir (en la jerga académica sería “deviene superficie de inscripción”), diversas significaciones que subvertían el sentido que tenía al comienzo al conflicto y, es preciso mencionarlo, los términos que se equivalían en “campo” adquirían una nueva significación. De pronto, todos eran “hombres de campo” y participaban de la Argentina potencia que estaba siendo extorsionada; nuestra democracia pasó, de la noche para la mañana, a ser una democracia pastoril, agroexportadora.

La presidenta, en oportunidad de pronunciar su discurso tras veinte días de conflicto, subvirtió aquella pretensión, recordándoles a los hombres de campo que debían pensarse “como una parte del país y no como todo el país”. Éste es el mecanismo mismo de la ruptura política, el modo en que una particularidad comienza a presentar rasgos de universalidad, congregando e irradiando universalidad. Pero esa relación entre parte y todo es siempre de un equilibrio inestable y jamás puede simplemente administrarse el espacio en el que tiene lugar. De allí que el gobierno debe pensar, quiénes son los actores que llevaran adelante su proyecto de país. Algo de lo que Perón estaba advertido, ya que el General no era cultor del voluntarismo especulativo que pretende hacer tábula rasa con lo que se encuentra presentado, en nombre de lo porvenir. El ejercicio vertical del liderazgo supone siempre conocer los espacios que se ordenan horizontalmente respecto de aquél.

Si alguna lección pervive de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, es que el orden reclamado no es unívoco, que la pugna por la representación política continúa abierta y que las representaciones que se han construido en el cotidiano combate al hambre y la desocupación, constituyen experiencias de autonomía política y capacidad de autodeterminación de amplias franjas de los sectores más desposeídos. Ésta autonomía no es domesticable, ni neutralizable, ni instrumentalizable (valga esto para los bienpensantes que hablan de cooptación). De allí que el escenario de confrontación no presente los contornos de la antinomia peronismo - antiperonismo (aunque esta sea un antecedente inmediato). Existen hoy en la Argentina, nuevas representaciones, prácticas reacias al simple reacomodamiento en las fronteras estrechas de las “ramas del movimiento” y su juego distributivo de representaciones. Porque aquéllas portan una vocación de transformación, que tiene ecos, aún vivos, en franjas de sectores medios reacios a la prédica pastoril, pero también a la simple instrumentación vertical, que subestima los escenarios de masas. Uno y otro se encuentran reunidos en el juego, al interior de eso que llamamos “Pueblo”.

Son éstas experiencias de democratización las que más han crispado a los cultores escépticos del espontaneísmo. La clase media argentina y los sectores más concentrados del poder, no sólo comparten la mentalidad pastoril, sino que visualizan un peligro común. A estos señores no les molesta el negro que pide, el que se arrastra por las calles, sino el morocho que reclama, el que se organiza. Ellos que piensan que el escenario de la pobreza, se define tanto por las carencias materiales, como espirituales, que de la pobreza sólo puede surgir la sujeción a la voluntad unilateral, el sometimiento ilimitado, no pueden concebir gente movilizada. La organización es un pecado porque de la pobreza uno sólo se tendía que redimir mediante la caridad y la piedad, algo que jamás le perdonaran a irrupciones de lo popular como el peronismo (aunque pretendan disfrazar la política de pan y sidra). Ellos cultores del desengaño, no se percatan que también militan, pero en el Partido del Orden, al que adhieren, y con el que se movilizan cada vez que son convocados.

¿Es preciso que nos preguntemos nuevamente quién fracturó a la sociedad? Hace mucho tiempo el célebre general prusiano, afirmó que la guerra no comienza con el ataque sino con la defensa… Ellos comenzaron a “defenderse”… ¿Y nosotros?

Gonzalo Barciela
Investigador del ISEPCI
Abogado -UBA- y Docente de las Facultades de Derecho de UBA y UMPMP. En la actualidad dicta la materia: Derecho Clásico y los Orígenes de la racionalidad jurídica occidental I y II en ciclo de grado.

Fuente: www.isepci.org.ar


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