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El
sentido del amor pasión
Por Alberto Buela (*)
Volvemos sobre el tema que alguna vez hemos tratado bajo el título de El
desencantamiento de la sexualidad, estudio que concluía afirmando que la
esencia y ejercicio de la sexualidad no se agota ni en la simple gimnasia
sexual del placer por el placer, ni tampoco en la fertilidad biológica sino
que exige una fecundidad existencial de los dos seres que producen esta
unidad afectiva profunda.
El filósofo Max Scheler lo observó agudamente: “El verdadero principio
destructor de la recta regulación de las relaciones sexuales y de la
reproducción en el moderno occidente, el punto de partida de todos los
errores y de todos los extravíos en estas cosas, es, para nosotros, la
degradación metafísica del acto sexual, que estriba en la alternativa que
estableció aquí por primera vez la moral finalista del primitivo judaísmo...
la alternativa del primitivo judaísmo dice: la esencia del acto sexual
reside en su fin; y este fin es la reproducción o el placer sexual” .
Si nos acercamos al acto sexual
simplemente como fenomenólogos sólo para describir qué sea tal acto, vemos
que el acto sexual se presenta como una acción expresiva no muy diferente de
otras acciones expresivas como la ternura, el beso, el abrazo, la caricia.
Es decir que el acto sexual no se presenta como una acción teleológica sino
como una acción que tiene sentido en sí misma y por sí misma.
Esto no quiere decir que la reproducción y el placer sexual no puedan ser fines del acto sexual, pero de ninguna manera pueden serlo éticamente, pues si el placer sexual es fin de la intención del acto sexual queda afuera en ese acto el fenómeno de la fusión y de la unificación afectiva de la pareja. Y tampoco debe ser la generación o reproducción el fin pues sería usar a otro ser humano como medio para un fin, lo cual sería doblemente inmoral.
Esto da al traste con el ideario
del control de la natalidad. Da al traste, en definitiva, con la mentalidad
ilustrada y burguesa de programar racionalmente toda la vida de la pareja hasta
en los mínimos detalles: “no tendremos hijos hasta que no compremos el auto”,
es lo que se escucha más frecuentemente.
Lamentablemente la Iglesia se ha sumando muchas veces a este ideario con su
teoría de “la paternidad responsable” propuesta a los pobres para que elijan
cuando y cuantos hijos tener, olvidando el viejo adagio que “todo niño viene al
mundo con un pan bajo el brazo”.
El acto sexual no se programa, no se calcula, se realiza espontáneamente como
expresión de afecto mutuo. Introducir la razón calculadora, sea para preparar
“una festichola” para el logro de un mayor placer, sea para engendrar un hijo es
desnaturalizar el acto sexual.
Con todo no son comparables las dos finalidades establecidas por el viejo
judaísmo para el acto sexual: el logro del placer o la reproducción, pues esta
última es entitativamente superior dado que la pareja participa del acto creador
de la vida como causas físicas ocasionales (causa occasionalis). Además nada
impide que en el matrimonio se pueda vivir el amor pasión.
El acto sexual al ser la entrega más íntima de donación al otro es exclusivo y
en su entrega no existe mediación alguna, ni condón, ni profiláctico ni
diafragma, ni razonamientos, ni intenciones que lo pueda mediatizar sin
desnaturalizarlo, es, al mismo tiempo, la flor más delicada de la cumbre de la
vida existencial.
La confusión más corriente y habitual del amor pasión con el amor romántico es
otro de los ingredientes que desnaturalizan el acto sexual.
El amor sexual romántico se caracteriza por estar acompañado de una actividad
pseudo espiritual como son las veleidades culturales, políticas, sociales,
artísticas o científicas que no le permite concentrarse en el genuino amor
sexual.
El amante romántico es en el fondo un amigo sexual al que siempre le falta la
pasión amorosa. Casi siempre se da bajo la forma de nostalgia y, sobre todo,
jamás participa de la exclusividad que exige el verdadero amor sexual.
En realidad el amor sexual romántico es el que más ha sido estudiado en la
modernidad tanto por Spinoza (amor est titilatio= amor es cosquilleo), Freud,
Schopenhauer, Simmel y los teólogos cristianos, lo cual muestra el extrañamiento
intelectual que padecimos durante la modernidad y este tiempo que va de
postmodernidad.
El genuino amor sexual es la potencia vital creadora, es el adelantado de la
vida noble, el “engendrar en al belleza” y no solo para la reproducción del
género humano como sostenía Platón.
Ese pensar a lo grande y con alegría que se expresa en el viejo dicho criollo:
“debajo de las frazadas no hay pobreza” es lo que nos permite barruntar cual es
el sentido último del auténtico acto sexual.
Y decimos con alegría, contrariamente a los sostenido por Schopenhauer cuando
afirma: “la voluptuosidad es muy seria” porque con la alegría se multiplican los
placeres, por aquello de: “pena a medias, media pena; alegría a medias, alegría
y media”. Porque en el genuino acto sexual una vez satisfecha la pasión no se
experimenta el aburrimiento o desengaño como sucede con el acto sexual romántico
o peor aún con el acto sexual como simple gimnasia del placer, sino que
satisfecha la pasión los amantes descansan en la alegría.
Quien no haya conocido nunca la embriaguez de la unión afectiva, quien solamente
haya llegado a las amantes pagas o a la mujer definida como “la madre de mis
hijos”, difícilmente podrá comprender el sentido último del acto sexual como
acto creador con fertilidad existencial.
Y es esta la última razón por la cual la Iglesia al percibir este arcano, ha
prohibido a sacerdotes y monjas tener trato sexual para evitar la lucha entre el
amor humano en su más elevado rango y el amor a Dios. Es que aparece acá este
misterio profundo a dos puntas: la pugna entre la unio mystica y la unio humana.
¿Será por ello que un filósofo de la talla de Maurice Merlau-Ponty (1908-1961)
nada sospechoso de clericalismo debido a su formación marxista haya podido
afirmar: “los modernos tienen un dogmatismo: eliminar el misterio en el
conocimiento del hombre”.
(*) filósofo
alberto.buela@gmail.com
Casilla 3198
(1000) Buenos Aires
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