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Tardecitas estuleras |
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La toalla mojada |
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El chamuyo |
Lionel Edmundo Rivero
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(8 de junio de 1911 - 18 de
enero de 1986), "El feo que canta lindo". Edmundo Rivero representa un caso singular en la extensa galería
de cantores de tango. El registro de bajo, que contenía su voz, era una
verdadera rareza en el género y, a la vez, algo poco apreciado por la pléyade
tanguera, acostumbrada a los barítonos y tenorinos. Sin embargo, la afinación y
los coloridos matices de su fraseo, sumado todo ello a un sentimiento y estilo
criollo con reminiscencias gardelianas, lo hicieron un favorito del público y,
al mismo tiempo, el primer caso de una voz gruesa imponiéndose en un momento de
extraordinarios vocalistas.
También fue importante su formación y desarrollo musical. No fue un improvisado
y menos un intuitivo, fue un estudioso que se inició con la música clásica, con
el rigor de las academias, la disciplina y el estudio.
Nació en el barrio bonaerense de Valentín Alsina. Sus padres, Aníbal y Anselma,
inculcaron a sus hijos, desde la cuna, el amor por la música. Se crió en el
barrio porteño de Saavedra y pasó su adolescencia en Belgrano.
De muy joven comenzó el estudio de canto en el conservatorio nacional y más
tarde el de guitarra.
La primera presentación la realizó a dúo con su hermana Eva en Radio Cultura. En
esta misma emisora fue contratado para formar parte del conjunto que acompañaba
a las ocasionales figuras que hacían su presentación en ella. Asimismo, mostró
sus dotes de guitarrista tocando en presentaciones teatrales un repertorio de
música clásica española.
Su debut como cantor sucedió en forma imprevista, ya que tuvo que reemplazar al
artista que debía actuar en Radio Splendid y al cual Rivero acompañaba.
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La primera orquesta que contrató a "El Feo" fue la de José De Caro, lo cual le
posibilitó acercarse a Julio De Caro, quien le propuso ser su cantor en los
tradicionales carnavales del Teatro Pueyrredon de Flores. Mas tarde debutó en la
orquesta de Emilio Orlando y, a comienzos de los cuarenta, lo hizo en la de
Humberto Canaro.
En esta década ocurrieron, en la vida de nuestro querido artista, dos
acontecimientos fundamentales, con dispares resultados. Hacia 1944 es convocado
por el pianista Horacio Salgán para participar en su orquesta, en la que estuvo
hasta 1947. De este periodo no quedaron registros, ya que los empresarios
discográficos le dieron la espalda tanto a la avanzada concepción del tango de
Salgán como al inusual registro vocal de Rivero. Ambos se dieron el gusto de
grabar en las décadas siguientes, ya siendo artistas consagrados.
El segundo acontecimiento es el que lo lanza definitivamente a la fama, cuando
es convocado por Aníbal Troilo para formar parte de su gran orquesta, en
reemplazo de Alberto Marino. En los tres años que participó Rivero en la
orquesta de Pichuco dejó más de una veintena de grabaciones, en algunas de las
cuales canto a dúo con Floreal Ruiz y con Aldo Calderón. En esta etapa el gran
cantor paso a ser sinónimo de tangos como "El último organito", "La viajera
perdida", "Yo te bendigo", pero fundamentalmente del tango de Homero Manzi y
Aníbal Troilo "Sur".
En el año 1950 comienza su etapa como solista, siendo acompañado por un conjunto
de guitarras que estaba integrado por Armando Pagés, Rosendo Pesoa, Adolfo
Carné, Achával y Milton, en otras ocasiones fue acompañado por la orquesta de
Victor Buchino.
En la dilatada carrera artística de Edmundo Rivero no faltó su participación en
varias películas, entre las que se destacan: "El cielo en las manos" (1949), en
la cual interpreta el tango homónimo de Homero Cárpena y Astor Piazzolla,
acompañado por la orquesta de este último. El film "Al compás de tu mentira"
(1951), donde canta "No te engañes corazón" de Rdodolfo Sciamarella, acompañado
por guitarras. Después "La diosa impura", en el que interpreta "Sin palabras" de
Enrique Santos Discépolo y Mariano Mores, y participa en la famosa película
"Pelota de cuero", de Armando Bo, entre otras.
Hacia 1965, fue elegido para interpretar las poesías de Jorge Luis Borges,
musicalizadas por Astor Piazzola y llevadas al disco titulado "El tango". En el
mismo participaba el actor Luis Medina Castro recitando obras del poeta. Este
espectáculo fue presentado en teatros de todo el país y del Uruguay.
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A fines de la década del 60, lo acompañó el conjunto de guitarras dirigido por
Roberto Grela y que estaba integrado por Rafael Del Pino, Héctor Davis, Héctor
Barceló, Rubén Morán y Domingo Laine. De esta sociedad quedaron inolvidables
registros discográficos, como por ejemplo "Packard", "Falsía", "Poema número
cero" y "Atenti pebeta", verdaderas joyas del género.
Incursionó en el arte de la escritura por medio de dos libros: "Una luz de
almacén" y "Las voces, Gardel y el tango". Hubo un tercer libro que quedó trunco
por la desaparición física de nuestro artista, el cual presentaba un profundo
estudio sobre el lenguaje y la poesía lunfarda.
Fue compositor y autor de varios temas, y algunos tangos al modo reo y lunfardo.
"No mi amor", "Malón de ausencia", "A Buenos Aires", "Falsía", "Quién sino tu",
"Arigato Japón" y "El jubilado". Compuso también: "Pelota de cuero" (con Héctor
Marcó), "Biaba" (Celedonio Flores), "La señora del chalet", "Poema número cero" y
"Las diez de últimos (los tres con Luis Alposta), "Calle Cabildo" (D. De Biase),
"Acuérdate" (José María Contursi), "Todavía no" (Eugenio Majul), "Aguja brava"
(Eduardo Giorlandini), "Amablemente" (Iván Diez), "Coplas del Viejo Almacén"
(Horacio Ferrer), "Milonga del consorcio" (con Arturo de la Torre y Jorge
Serrano)y "P'al nene" y "Bronca" (con Mario Battistella), entre otras.
En el año 1969, se da el gusto de inaugurar su propia casa de tango: "El Viejo
Almacén". Por ella desfilaron innumerables figuras nacionales e internacionales
y ocurrieron interesantes episodios como escuchar a Rivero acompañado por la
orquesta de Osvaldo Pugliese, o una noche cualquiera ver entre los concurrentes
a Joan Manuel Serrat, gran admirador del cantor.
El 18 de enero de 1986, luego de permanecer internado desde diciembre, por un
problema cardíaco fallece en Buenos Aires a los 74 años de edad.
Fue un cantor distinto, genial, adornado por una personalidad afable y señorial
que lo hizo querido por todo el ambiente artístico y, lo que es más importante,
por un público que lo recuerda y lo admira en cada uno de sus registros.
(Fernando Pastor www.todotango.com)

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El
último reportaje a Edmundo Rivero
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Quizás la frase recuerde a Fenimore Cooper. Pero ocurre que Edmundo Rivero es un
poco aquel Uncas de “El último de los mohicanos”: es el representante final de
una pléyade de cantores a punto de extinguirse.
¿Qué más puede agregarse? Su personalidad, su estilo, su comunicatividad son ya
de dominio público.
Don Edmundo va por la calle y todo el mundo lo saluda. Poco importa que no lo
conozcan personalmente; lo ven por primera vez y darle los buenos días se
convierte en una necesidad -él responde cordialmente-, porque este hombre ha
pasado a ser patrimonio del pueblo, parte del pueblo mismo.
En definitiva, sienten que él expresa lo que ellos quisieran decir y terminan
por creer que Edmundo Rivero no es una persona sino la voz de una ciudad.
Nosotros también lo creemos. Y no preguntamos. Dejamos que la voz hable:
Pompeya y más allá la inundación
-Nací
bajo el mismo ciclo al que tantas veces he cantado con versos de Homero Manzi;
el de Pompeya y más allá la inundación.
Fue el 8 de junio de 1911, a unas cuadras de la iglesia de Nueva Pompeya; del
paredón del Sur, que todavía queda en la calle Esquiú; junto al puente del
Ferrocarril Belgrano, que entonces se llamaba Midland, exactamente en la
estación Puente Alsina, de la cual mi padre era jefe. ¡Quién iba a decirme que
37 años más tarde iría a tocarme estrenar el tango que habla del paisaje que me
vio nacer!
-Y con el cual se lo ha identificado desde entonces. A propósito, ¿cuándo entran
en su vida el canto y la guitarra?
-En mi niñez, porque los chicos tratan de imitar a sus padres. Los míos -Máximo
Aníbal Camilo Rivero y Juana Anselma Duró- cantaban, y de ellos aprendí las
primeras canciones que entoné. Mucho después llevé algunos de esos cantares al
disco. Por ejemplo, mi madre me enseñó "Milonga en negro", escrita o recreada
por el payador Higinio Cazón...
-Y qué tiene su antecedente en algún poema de Quevedo.
-Sí, no sé si Cazón habrá leído a ese poeta del siglo de oro. Como le decía, de
mi padre aprendí "China hereje", un vals de otro payador, Juan Pedro López.
También a mi abuela le gustaba cantar. Recuerdo haberle oído varios tangos y
milongas del siglo pasado.
Aun no he olvidado aquellas viejas coplas: “Dicen que no caben dos / en la
cocina / haremos la prueba/ con Juan y Josefina” o "Por la Calle Larga / de la
Recoleta / iban muchos negros/ con tamaña jeta” o bien “!Vamos al prado / que
hay mucho que ver:/ hombres a caballo,/ mujeres a pie”.
Las diez de última |
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Línea 9 |
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Se llamaba Serafín |
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La canchera |
Más adelante, mi tío Alberto –que integraba un trío de tangos- me enseñó a
pulsar la guitarra y me pasó las notas del Pericón Nacional. En tercero o cuarto
grado, llevaba mi guitarra al colegio para algún acto escolar, y a la salida
cantaba por milonga algunas sextinas del Martín Fierro para mis compañeros.
Primer sueldo: un pescado
-¿Y en su juventud?
-Formé un dúo con mi hermana Lidia Eva.
Más tarde, en 1929, llegué a la radio junto a mi hermano Aníbal, con quien
también cantábamos a dúo. En aquel repertorio teníamos cosas como "La yegüecita"
o "Mírala como se va", que acompañábamos con nuestras guitarras.
El primer sueldo que cobré en la radio fue producto de un trueque entre la
emisora –broadcasting se le decía entonces- y una casa anunciadora: ¡un
pescado!... aunque a elegir entre pejerrey y merluza.
-¿Cuántos hermanos son ustedes?
-Los que le he mencionado y yo, con la curiosidad de que mi madre nos dio,
nombres extraídos de los libros que leía. Aníbal -el mayor- debe el suyo al
antiguo conquistador y no, como podrá creerse, a mi padre que también lo
llevaba; Lidia Eva -la menor- a la región griega de Lidia, escenario de alguna
obra literaria; yo, al Edmundo Dantés de “El conde de Montecristo”. Mi otro
nombre, Leonel, recuerda en cambio a mi bisabuelo inglés, mister Lionel Walton,
qué murió lanceado por los pampas.
Los maestros
-¿Quiénes han influido en su estilo interpretativo?
-El canto es una manifestación emocional congénita. Por supuesto, nadie, está a
salvo de las influencias. En ese aspecto, mi formación se debe a mis padres, mis
tíos y los payadores e improvisadores -que son dos cosas diferentes- qué
escuché.
-¿Y a Gardel?
-Aunque, fue el creador del canto tanguero, puedo decir que Gardel no me ha
influido. Lo escuchaba en aquellas viejas radios a galena y me gustaba mucho,
pero yo estaba en otra cosa. Todavía no cantaba tangos sino canciones sureñas:
milongas, estilos, vidalitas y esas cosas.
En cambio, sí aprendí mucho de la ópera, del lied. Ocurre que cuando uno conoce
a Schubert o Beethoven o Rossini o Wagner, a los grandes músicos, puede volcar
esos conocimientos en el tango.
El cantor de tangos
-Ya que tocamos el tema, Rivero, ¿cuándo aparece el tango en su vida?
-Hacia 1935...
-Vale decir que perdimos a Gardel y ganamos a Rivero...¿Y cómo la cosa?
-Hermelinda De Caro me conectó con José de Caro –ambos hermanos de Julio y
Francisco-. Así debuté cantando tangos en la agrupación de José de Caro. Dos
años más tarde, pasé a la ,orquesta de Don Julio. No duró mucho. El público
paraba de bailar para prestarme oídos y eso a de Caro no le gustó nada. En
conclusión, me quedé sin trabajo.
-Bueno, pero lo importante es que la gente dejaba de bailar para escuchar a un
buen cantor. Eso debe haberlo alentado.
-Sí. Y ya nomás estaba cantando con Humberto Canaro -el hermano de Francisco y
autor de "Gloria". Tras lo cual abandoné el canto por varios años: nadie quería
contratarme y aun llegaron a decirme que con una voz tan “gruesa” debería estar
enfermo de la garganta.
Hasta que en el cuarenta y pico, casi de casualidad, entoné un par de canciones
en radio La Voz del Aire. También de casualidad me oyó Horacio Salgán y me
contrató.
-Después
vino "Pichuco", ¿no?
-Así es. Nos acercó Carlos de la Púa. El encuentro fue en un boliche. ¿Sabe que
yo desenfundé la viola, canté algún tango, después se animó Troilo -que, aunque
tenía voz ronca. era muy afinado- y nos olvidábamos del asunto que nos había
reunido?.. Fue recién a altas horas de la madrugada cuando el gordo lo recordó.
El 29 de abril de 1947 grabamos nuestro primer tango en colaboración: "El
milagro", de Pontier y Expósito.
Sur
-Un título significativo, porque allí comienza su éxito. Dígame, Rivero, cuando
usted grabó esa joya de la discografía tanguera que es "Sur" con la orquesta de
Troilo, modificó algunas palabras de la letra ¿no es así?
-Sí, cambié florando por flotando. ¡Qué hermoso término, florando! Lo que pasa
es que cuando comencé a cantarlo, el público no comprendía el significado de ese
verbo; me preguntaban qué quería decir.
Entonces, con el consentimiento de Manzi, lo reemplacé por flotando. También en
la segunda parte hice un cambio: troqué “y mi amor y tu ventana” por “y mi amor
en tu ventana”. Por supuesto, Homero estuvo de acuerdo.
Ponga esto: en la historia de la música, el cantor popular está autorizado a
agregar algo de su personalidad a letras y melodías, a fin de identificarse con
ellas, siempre y cuando no cambie el sentido ni el contenido del texto. Esto
último suele ocurrir, en lo instrumental, con muchos músicos modernos que
desvirtúan las melodías. Se puede hacer mil variaciones, pero luego de tocar la
obra original.
El cantor nacional
-Sí, muchas cosas han cambiado en el tango. Algunas, para bien, otras, para mal.
A propósito, usted es el último de los llamados "cantores nacionales", es decir
los que además de tangos interpretaban el cancionero provinciano. Entre las
mujeres sigue haciendo lo propio Nelly Omar. ¿Por qué se ha perdido el cantor
nacional?
-Todo se debe a la forma de vida, a los cambios operados en la ciudad. Antes,
los barrios estaban cerca del campo. Por eso mis padres cantaban canciones
camperas, no tangos.
Además, todavía se podía oír a los payadores -yo acompañé a algunos de ellos con
mi guitarra-. Para entonces solía escuchar tangos en la radio, pero no para
practicar ese género; eso vino después. En aquella época, me interesaba sobre
todo la música sureña: décimas, largos relatos gauchos, algunos de los cuales
llegaban a durar hasta 25 minutos.
-¿No cree que el auge de la orquesta típica en los 40 contribuyó a esa pérdida?
-Es posible. Si bien entonces había cantores nacionales, los que pasaban a las
orquestas no interpretaban ya el repertorio campesino.
La milonga
-También se ha perdido la milonga auténtica. Usted es uno de los pocos que han
conservado la índole de la milonga. Podría arriesgar otros contados nombres,
como el de Rosita Quiroga o el de un Gardel anterior a la década del 30.
-Es que yo he conocido las viejas milongas, como aquellas que cantaba mi abuela
y otros parientes, ya que tengo la suerte de que casi todos mis antepasados eran
criollos.
Ella, mi abuela, era de mil ochocientos y tantos, así que conocía bien el
origen, sin haberlo estudiado, que por otra parte, a nadie se le habría
ocurrido, entonces, haber escrito sobre aquellos incipientes géneros musicales.
Las había aprendido de oírlas cantar por las calles. Esas coplas eran todas
cuartetas y algunas, muy picarescas, como la de Juan y Josefina que ya le dije.
Pero usted se refiere a la autenticidad...
-Sí. La vieja milonga de los guitarreros no tenía ritmo de habanera. Eso lo
agregaron músicos como Hargreaves que las escribieron para piano y luego quedó
fijado en las milongas de Piana y en la posterior milonga orquestal.
-Es muy cierto. Yo todavía hago la milonga clásica, aquella que nació en el
arrabal, que era el límite entre el campo y la ciudad, y luego se extendió a
ellos. Y también la uruguaya. que es diferente a la nuestra. (Entona el ritmo de
la milonga uruguaya, que comienza en el alevare).
-Usted se refirió a las milongas picarescas, ¿y los viejos tangos?
-¡Cuantos títulos descarados! Muchos de ellos se modificaron luego para las
partituras, como los que vinieron a llamarse "Cara sucia" o "La cara de la luna"
(15). Pero hubo casos en que el título original quedó, aunque disimulado en las
ilustraciones de las carátulas de las ediciones. Por ejemplo, uno titulado "Dos
sin sacar", en la tapa de cuya partitura un avispado artista había dibujado una
escena de baile con dos muchachas sentadas, es decir, "dos sin sacar", sin sacar
a bailar.
En un viejo almacén del Paseo Colón
[NdA: Esta charla se llevó a cabo en “El Viejo Almacén”. Pero no fue realizada
totalmente allí. Se completó con otros dos encuentros; uno en un café de la
avenida Santa Fe, el otro en la Academia Porteña del Lunfardo. Imposible obviar,
en consecuencia, ese templo del tango donde transcurrió la mayor parte del
diálogo y que se halla a pocos metros de Paseo Colón, donde Juan Andrés Caruso
ubicó aquel viejo almacén mencionado en el tango "Sentimiento gaucho", que le
dio nombre]
-Rivero, ¿cómo surgió la idea de instalar “El Viejo Almacén”?
-Fue una ocurrencia de Carlos García y Alvarez Vieyra. Y también mía.
El proyecto nació una noche, mientras nos encontrábamos cenando. Nos
entusiasmamos y tratamos de ubicar un sitio adecuado. Y lo encontramos en una
antigua casona de Independencia y Balcarce. Era un edificio con historia; en
tiempos de la colonia había funcionado allí el Hospital de Hombres, más tarde se
convirtió en el Hospital Británico -donde se llevó a cabo la primera operación
con anestesia en Sudamérica- y luego fue una “tienda de ultramarinos”.
El tiempo parecía haberse demorado entre aquellas paredes. Era lo que
necesitábamos.
El 8 de mayo de 1969 lo inauguramos. Aquella noche actuaron los binomios Horacio
Salgán-Ubaldo De Lío y Ciriaquito Ortiz-Edmundo Zaldívar, la orquesta de Carlos
García y los cantantes María Cristina Láurenz y Félix Aldao. La presentación
estuvo a cargo de Horacio Ferrer.
Por entonces, compusimos una milonga con Horacio. La titulamos "Coplas del Viejo
Almacén" (La voz profunda y comunicativa del cantor nos arrima una de las
coplas): "En este Viejo Almacén / tengo un coro de gorriones./ sabios, poetas y
chorros; / se mezclan por los rincones / un tango de antiguos sones / y un son
de tangos cachorros."
Rivero en Japón
-Fue por entonces cuando usted viajó al Japón...
-Un año antes, en el 68. Podría contale tantas cosas acerca de ese pueblo
maravilloso... Algo que me impactó y habla de la sabiduría de los japoneses: yo
había observado que todas las mañanas la gente se inclinaba ante la puerta de su
sitio de trabajo; no comprendía el motivo y lo averigüé; me respondieron que
acostumbraban a hacer eso para agradecer a Dios por haberles dado un día más de
trabajo.
Otra cosa: cuando hacen huelga, los japoneses van a trabajar, pero usan un
distintivo que indica su adhesión a la misma. Es un pueblo con una cultura y una
filosofía milenarias. Nunca podré olvida el cariño, la admiración y la cortesía
de los japoneses durante mis actuaciones.
El lunfardo
Pasando a otro tema, usted es el primer compositor que ha puesto música al
soneto lunfardo.
-Nadie lo hizo antes. seguramente, porque el soneto es breve y difícil de
musicalizar, debido a sus tercetos.
A mí me interesaron porque tanto esa forma poética como el vocabulario lunfardo
son sintéticos, en pocas palabras pintan al mundo. Además, las acepciones lunfas
embellecen la poesía.
He rescatado para el cancionero a los grandes poetas de nuestra jerga: Carlos De
la Púa, Felipe Fernández "Yacaré", Iván Diez, al principio; Celedonio Flores,
después; finalmente, algunos de los actuales, entre ellos Juan Bautista Devoto,
Nyda Cuniberti o Enrique Otero Pizarro, ya fallecido, que firmaba como “Lope de
Boedo” y escribió sonetos tan estupendos como éste que se titula "Dos ladrones":
Hay tres cruces y tres crucificadosen la más alta, al diome, el Nazareno.En la
del wing lloraba el chorro bueno mangándole el perdón de sus pecados.Escracho
torvo; dientes apretados,marcaba el otro lunfa el duro freno del odío, y
destilaba su veneno con el rechifle de los rejugados.¿No sos hijo de Dios? Dale.
Salvate.Sos el Rey de los Moishes, arranyate.¿Por qué no te bajás? ¡Dale, che,
guiso!Jesús ni se mosquió. ¡Minga de bola!Y le dijo al buen chorro: Estate
piolaque hoy zarparás conmigo al Paraíso.¿Qué bonito, no?...
-Sin duda, un poeta "a la gurda", como correspondería decir. Pero, generalmente,
usted recita el primer terceto, ¿por qué?
-Lo hago simplemente para variar.
-"Cuando, llegue el final, si la de blanco/ me lleva con el cura antes que al
hoyo,/ que el responso sea el lunfa, así lo manco./ Yo no aprendí el latín, de
puro criollo". ¿Qué me dice de estos versos?
-¡Ah, sí! Pertenecen a un poema mío, "A Buenos Aires". ¿Qué otros poemas
lunfardos ha escrito?
-Unos cuantos... Todos sobre personajes que he conocido, que me ha acercado la
noche, como Aldo Saravia, el de la toalla mojada.
Lo conocí “en un ambiente turbio de nocheros”, quinieleros, malandras,
cafishios. Saravia solía contar sus aventuras como explotador de mujeres.
Decía que las fajaba con una toalla mojada y que tenía diferentes técnicas, como
las de agregar sal fina o gruesa al agua en que la sumergía, según los casos.
Y refería todas estas cosas con una voz especial, de pesado, que sólo usaba de
noche.
En realidad, había cierta confabulación, entre quienes lo escuchábamos, para
creerle todas esas fantasías.
A Osvaldo Pojatti le escribí un soneto que titulé “A un nochero que quiso ver el
sol”. Pojatti era un nochero bravo, respetado por malandrines y policías. El
amor lo arrancó de las sombras nocturnas y terminó, con una esposa y tres hijas,
levantándose con el sol.
Otro de esos personajes es Domingo, el conserje de un hotel marplatense.
Parábamos allí con Julieta (17) y Domingo nos trató siempre con el mayor
respeto. En una oportunidad, caímos a Mar del Plata y el conserje
inesperadamente nos abrazó y comenzó a tutearnos. No entendíamos nada.
Después nos aclaró: "Ahora soy un hombre de la noche como vos, Edmundo, ¡qué
fenómeno es el ambiente nochero! Desde que laburo de cheno soy otra persona".
Un tipo así no se me podía escapar y le escribí "A un nochero". Siempre se
sintió honradísimo con la última estrofa, en realidad, iba a modo de cargada:
Veo en vos a Cacho Otero,a Picabea, a Ruggero,Julio el Gallego y con él a
cafiolos y punguistas,cuenteros y descuidistas.¿Querés más?... ¡Vos sos Gardel
-¿No se le ha ocurrido publicar esos poemas en libro?
- No sé... Escribo mis poemas para mis amigos. Pero, tiene razón, quizás alguna
vez publique los que he escrito sobre personajes de Buenos Aires. Ahora estoy
escribiéndole a los pintores porteños.
Hoy se canta de otro modo
(NdA: El tema de la poesía lunfarda surgió en un bar de la avenida Santa Fe.
Cuando nos sentamos a la mesa, pedimos el café de ritual. Rivero nos sorprendió
preguntándole al mozo si había mate cocido. El hombre asintió. Mientras el
cantor vertía el agua caliente sobre el saquito de yerba, nos comentaba:
«En pocos boliches tienen mate cocido. Es una lástima. En todos estos sitios
tendrían que venderlo. Deberíamos acostumbrarnos a pedir esta infusión criolla
en cambio de café».
Sí, Rivero es un auténtico criollo. Un hombre que, como lo hace con el mate, ha
bebido el cancionero argentino en sus fuentes. Por eso, en el siguiente
encuentro -esta vez en el “Viejo Almacén”- soltamos la pregunta con respecto a
los cambios que se han operado en la canción ciudadana).
-Usted ha conservado la pureza de nuestras especies musicales, pero también ha
cantado a Piazzolla. ¿Qué opina del tango actual?
-Hay muy pocos o se difunden pocos de ellos.
-Estoy de acuerdo con esto último. Sé de muchos autores -y soy uno de ellos- con
una gran cantidad de tangos que nadie canta. Pero, ¿cómo ve el tango presente?
-Los tangos de hoy -al menos, los que he escuchado- cantan a la luz de mercurio,
al asfalto. No tienen el calor ni el color de la cosa pasada; aquello que cantó
Manrique:
"Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte" el ubi sunt que anda por
tantas viejas letras. Además, hoy se canta de otro modo.
Ya los chicos no ven cosas que les embellezcan la vista o el espíritu. Todo está
en el paisaje. Mire esos edificios modernos: lisos, cuadrados; cuando antes, la
arquitectura estaba poblada de ornamentos.
En consecuencia, hoy el tango no se adorna. Además, nuestro género es muy
difícil, porque en él es mejor contar que cantar. Lo ideal es hacer las dos
cosas y, además, adornar el canto. Esto de los adornos lo introdujo Gardel en el
tango cantable.
-Es verdad. Y también Gardel estrenaba tangos continuamente, cosa que ahora, por
cierto, no ocurre.
-Sí, pero así le iba. Tenia que cantar en el exterior porque aquí aplaudían a
cualquiera.
-Sí, así fue. Pero hoy en día, los cantores de tevé o tanguerías, además de no
interpretar -nuevos tangos, hacen un repertorio- "for export", como ahora se
dice.
-Porque los turistas son quienes, generalmente, concurren a esos sitios. Y ése
es otro problema. Un obrero, un empleado, no pueden ir a los lugares de tango.
¿Sabe por qué? Porque a causa de los altos costos actuales, es imposible que
haya espectáculos baratos.
-De todos modos, sigue habiendo cantores de tango. Aunque muchos de ellos han
heredado, lamentablemente, los defectos de los malos intérpretes. Creo que nadie
está tan autorizado como usted para opinar cómo se debe cantar, cómo deben
hacerlo los nuevos cantores que, en definitiva, son los sucesores del pasado.
-Como ya dije, es bueno que cuenten y canten. Que tengan su estilo. El cantor
debe ser como el pájaro: cada cual canta en su rama.
Nos despedimos. Estrechamos la mano tan grande como fraternal del cantor.
Tomamos la calle Balcarce hacia el norte. La calle se empecina en retener un
pasado de tango. Volvemos la vista hacia la esquina de Independencia siempre
habrá una esquina-; allí, en el árbol que ha plantado la devoción del pueblo,
Edmundo Rivero sigue cantando en su rama.
Sábado 18 de enero de 1986. La tevé nos tira la noticia, que se nos clava en el
alma. En la derecha, nos duele el recuerdo de la mano grandota de Edmundo
Rivero. Hay un árbol con una rama solitaria.
La ciudad se ha quedado sin voz.
Publicado en la revista Todo es Historia, dirigida por Félix Luna, septiembre de
1987.
Fuente: wwwrberdi-archivo-gotan-tango.blogspot.com
Retrato
autobiográfico
"Bueno, no voy a decir que
soy un tipo lindo. La napia siempre me anduvo delante de los pies, el mentón
tirando a prominente y al ver las fotos uno comprende el paso de los años.
Aunque ni los años ni la fealdad me preocuparon nunca. Cuando me inicié en esto
de darle voz al tango no era necesario ser un galancete; por el contrario,
entonces se apreciaba el porte de varón. Tampoco digo que por ser fiero uno es
más macho o mejor cantor. Eso lo desmiente el único que las tuvo todas, Carlos
Gardel. Después de él, cada uno se defendió como pudo. Hoy me veo y pienso que
detrás de cada arruga hay una historia, entonces la vida no es una herida
absurda para quien se abrió camino en el mundo de la noche. Y el tango es parte
de la noche, tiene la armonía del solitario, del que busca desesperado una
compañía o compartir un sueño. La noche es una forma de vivir, la gente de la
noche es más amplia, no está tan apurada, es más sincera. Contra lo que dicen
muchos –que en la noche se pierden las ganas de luchar por la vida–, yo pienso
que es al revés. Por la noche la gente disfruta el esfuerzo de esa lucha diaria.
Ahora miro de nuevo las fotografías y creo que he vivido con coherencia. Suena
extraño este concepto. Antes nadie dudaba de que se debía ir de frente. No
significaba una virtud especial, ni ser decente era una cosa notable, era lo que
todo hombre debía ser. Hoy día, parece un tipo fuera de lo común aquel que
encara las cosas de la vida con honestidad. Cuando los años van echando plomo en
los hombros uno no puede evitar recordar otras épocas. Era bueno aquello de
andar por los pueblitos guitarra en mano, recorrer el país de una punta a la
otra. Ha sido un largo camino y he sido fiel a un estilo y a una idea de ser.
Podría agregar que un hombre es la resultante de sus actos y que la cara es el
espejo del alma de ese hombre. En casa siempre hubo música. Me lo decía mi padre
y lo digo yo ahora: la música es un punto de reunión. ¿Alguien conoce de algún
pueblo que se haya peleado con otro por la música? Al contrario, la música ha
unido a la gente, ha roto fronteras. No hay idioma que pueda comparársele. Usted
pone en un lugar cualquiera a cinco tipos que hablan cinco idiomas diferentes y
la música los comunica a todos, los hace sentirse bien. Por eso estudié música.
Pero yo no soy cantor de tangos solamente: yo soy cantor de todo lo nacional. Me
importan más los textos que la música. Me importa interpretar los textos, aun
con distintos estados de ánimo, porque uno nunca es el mismo, ni lo son sus
humores, sus estados emocionales. Alguna vez se dijo que yo era el último
payador argentino y yo sé que eso es una figura alegórica pero también sé que es
cierto porque yo canto cosas sureñas, estilos, canciones, valses, tangos. Sí,
creo que soy casi un payador. El argentino al que no le gusta la música y no le
gustan ni el tango ni el folclore no tiene derecho a sentirse argentino. Por eso
el tango no morirá, porque es como si se muriera un país. El tango es como la
ópera. Es vivo, no sólo aquí sino en muchos países del mundo. Es el espíritu de
todo un país, de su gente y de sus cosas transformado en música y letra. Tuve
muchos amigos de toda clase y con todos me llevé bien. Pero a todos los trato de
usted. Músicos, poetas o quien sea. Yo soy así. Desde que me hice cargo de El
Viejo Almacén casi no me muevo de la ciudad, salvo en el verano cuando me
traslado a Mar del Plata. Mi vida transcurre aquí y mi trabajo se divide entre
este boliche histórico y el estudio, porque nunca se es viejo para aprender."
[Retrato autobiográfico firmado por Edmundo Rivero]
El
recuerdo para un milonguero de ley - A 20 años de su muerte
Guitarrista y cantor, su repertorio no se limitó al tango, sino que pasó a
la historia como un auténtico intérprete criollo. Los jóvenes tangueros
toman hoy su estilo como una referencia ineludible.
Por Karina Micheletto
Su recuerdo quedó ligado en la memoria colectiva a un apodo conciso y
contundente, de esos que prenden enseguida: “El Feo”. Su nariz
desproporcionada y su mentón prominente, adornados por aquel bigotito un
poco gracioso, sus manos y pies gigantones, también como fuera de escala,
abonaban el mote del tanguero. Claro que lo que inmortalizó a Edmundo Rivero
no tuvo que ver con su fisonomía sino con su cantar grave, con aquel
registro de bajo poco habitual entre los cantores de la época, con su
entonación y su expresividad tan personales, y con su trabajo sobre un
cancionero que no se limitó al tango, sino que abrevó además en la milonga
antigua, el repertorio criollo y, sobre todo, el lunfardo. Mañana se cumplen
veinte años de la muerte del “último cantor nacional”, como también se lo
conoció. Su vigencia se materializa en una cantidad de jóvenes tangueros que
recogen su repertorio, tomando su nombre y su estilo como puntos de partida
para los tangos lunfardos de hoy.
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Guitarrista y cantor, miembro de la Academia Nacional del Lunfardo, donde
ocupaba la silla Carlos Gardel, compositor de obras como Falsía o Malón de
ausencia y considerado por muchos como el mejor intérprete de Sur, Rivero
formó parte de las orquestas de Horacio Salgán y Aníbal Troilo, y forjó una
importante carrera solista. No fue un improvisado ni un intuitivo, sino un
estudioso que se inició con la música clásica. A los 74 años, cuando murió,
había recorrido un camino similar al que más tarde seguiría Roberto
Goyeneche: terminó por volverse una leyenda instalada en los oídos de las
nuevas generaciones, que se acercaron al tango a través de su voz.
El suyo fue un estilo alejado del modelo de cantor de tangos pintón o
compadrito, aquel arquetipo que copó la época de oro del tango. Compartió,
sí, cierta toma de postura conservadora a la hora de hablar de la realidad
nacional con muchos de sus colegas del género. La primera orquesta que lo
contrató fue la de José De Caro; luego pasó fugazmente por las de Julio De
Caro y Humberto Canaro. En la orquesta de Julio De Caro duró poco, explicó,
porque “el público paraba de bailar para prestarme oídos, y eso a De Caro no
le gustó nada. En conclusión, me quedé sin trabajo”. Después de pasar por la
orquesta de Canaro, abandonó la música por algunos años: “Nadie quería
contratarme, y aun llegaron a decirme que con una voz tan gruesa debería
estar enfermo de la garganta”, contó. “Hasta que en el cuarenta y pico, casi
de casualidad, entoné un par de canciones en radio La Voz del Aire. También
de casualidad me oyó Horacio Salgán y me contrató”.
Salgán lo “descubrió” en 1944 y lo incorporó a su orquesta, donde estuvo
hasta 1947. De este período no quedan registros discográficos: al parecer,
su producción no respondía a los cánones comerciales de la época. Pero lo
que lo lanzó definitivamente a la fama fue su participación en la orquesta
de Aníbal Troilo, quien lo convocó para reemplazar a Alberto Marino. En sus
tres años en esa orquesta dejó más de veinte grabaciones, en especial una
que quedó para siempre ligada a su voz: Sur, el tango de Troilo y Manzi que
él estrenó.
“Con Pichuco nos acercó Carlos de la Púa”, recordaría el cantor. “El
encuentro fue en un boliche. ¿Sabe que yo desenfundé la viola, canté algún
tango, después se animó Troilo –que, aunque tenía voz ronca, era muy
afinado– y nos olvidamos del asunto que nos había reunido? Fue recién a
altas horas de la madrugada cuando el Gordo lo recordó. El 29 de abril de
1947 grabamos nuestro primer tango en colaboración: El milagro, de Pontier y
Expósito.”
Un cantor que nació al Sur
Leonel Edmundo Rivero nació el 8 de junio de 1911 en la estación de trenes
Puente Alsina, donde su padre era jefe ferroviario, en el borde de Pompeya.
“Nací bajo el mismo cielo al que tantas veces he cantado con versos de
Homero Manzi, el de ‘Pompeya y más allá la inundación’”, contaría él mismo.
“¡Quién iba a decirme que 37 años más tarde iría a tocarme estrenar el tango
que habla del paisaje que me vio nacer!” Su madre, ávida lectora, lo bautizó
Edmundo por el personaje de El Conde de Montecristo. Pasó su infancia en el
barrio de Saavedra, donde estudió guitarra y canto en el Conservatorio, pero
cuando se le preguntaba por su formación, él aclaraba: “El canto es una
manifestación emocional congénita. Mi formación se debe a mis padres, mis
tíos y los payadores e improvisadores que escuché”.
Sus primeras influencias no pasaron precisamente por Gardel: “Lo escuchaba
en aquellas viejas radios y me gustaba mucho, pero yo estaba en otra cosa.
Todavía no cantaba tangos sino canciones sureñas: milongas, estilos,
vidalitas y esas cosas. En cambio, sí aprendí mucho de la ópera, del lied.
Ocurre que cuando uno conoce a Schubert o Beethoven o Rossini o Wagner, a
los grandes músicos, puede volcar esos conocimientos en el tango”,
explicaba.
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Junto a Nelly Omar, Rivero fue uno de los últimos cultores del cancionero
criollo, una de las influencias más importantes que reconocía. A partir de
1950 comenzó su carrera solista. Siguió siendo un bicho raro dentro del
panorama del tango, tanto por su registro bajo, en un contexto dominado por
los barítonos y tenores, como por trabajar un repertorio lunfardo en épocas
en que florecía un tango algo abolerado y romanticón.
Durante su carrera compuso una cantidad de tangos reos y lunfardos,
basándose “en los personajes que le acercaba la noche”, según contaba. “Como
Aldo Saravia, el de la toalla mojada. Lo conocí ‘en un ambiente turbio de
nocheros’, quinieleros, malandras, cafishios. Saravia solía contar sus
aventuras como explotador de mujeres. Decía que las fajaba con una toalla
mojada y que tenía diferentes técnicas, como las de agregar sal fina o
gruesa al agua en que la sumergía, según los casos. Y refería todas estas
cosas con una voz especial, de pesado, que sólo usaba de noche. En realidad,
había cierta confabulación, entre quienes lo escuchábamos, para creerle
todas esas fantasías”, narraba el origen de sus poemas lunfardos. También
musicalizó a decenas de poetas lunfardos como Carlos de la Púa, Felipe
Fernández “Yacaré”, Iván Diez o Luis Alposta.
En 1969 fundó el famoso boliche tanguero El Viejo Almacén, en una casona
colonial ubicada en Balcarce e Independencia. El lugar se convirtió en una
verdadera postal porteña, centro de reunión de figuras nacionales e
internacionales: desde los reyes de España Juan Carlos y Sofía hasta Rafaela
Carrá o Joan Manuel Serrat, todos los visitantes ilustres pasaban por El
Viejo Almacén. Allí también era posible escuchar a Rivero acompañado por la
Orquesta de Osvaldo Pugliese, en una noche cualquiera. Y allí también
recalaba siempre el bandoneonista Ciriaco Ortiz, para quien la pinta de
Rivero era una constante fuente de inspiración para sus bromas: solía decir
que el dentista, en lugar de emplomarle las muelas a Rivero, se las
asfaltaba. Que cuando iba a comprarse zapatos se probaba directamente las
cajas. Que, de chico, jugaba a los trencitos con la estación de Retiro. Y
siempre advertía: “Por favor... No te quedes cerca de Edmundo cuando esté
por aplaudir...”
El cantor criollo aceptaba la pinta que le tocó en suerte con sabiduría
tanguera: “No voy a decir que soy un tipo lindo”, admitió alguna vez (ver
aparte). El 24 de diciembre de 1985, Edmundo Rivero sufrió una
miocardiopatía que obligó a su internación en el Sanatorio Güemes. Allí
falleció el 18 de enero de 1986. Su vozarrón y sus historias de malevos,
cafiolos, shacadores y malandras mantienen vivo al último cantor nacional.
*Producción: Facundo García
Página/12, enero 2006
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