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Los
Negros
Por Alberto Morlachetti
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¿Quién que ha visto azotar a un negro no se considera
para siempre su deudor? Yo lo ví, yo lo ví cuando era
niño y todavía no se me ha apagado en las mejillas la
vergüenza... Yo lo ví y me juré desde entonces su defensa.
José
Martí
-I-
Antigüedad
(APE).- Podemos encontrar esclavitud en todos los pueblos antiguos, para
ello basta echar una mirada a la historia de Caldea, Babilonia, Persia,
de Egipto o del pueblo Hebreo. De las desventuras y miserias de los
ilotas en Esparta, de los Clarotes en Creta o de las tristezas de los
Sudras y de los Parias en la India.
Sociedades que basaban sus economías sobre hombres, mujeres y niños
esclavos. Sus vidas eran la fuerza de trabajo que recibía lo mínimo
necesario para reproducirse como herramientas y a quienes se les negó
identidad humana.
Podríamos decir que la historia deparó infortunios para aquellos que
abrieron los surcos y echaron las simientes, recogieron las mieses, al
que cuidó de los ganados, al que remó sobre las amarguras del mar, el
que levantó las moradas del amo y las obras majestuosas del orgullo y
del ingenio humano: las termas imperiales, las murallas de Roma y el
coliseo Flavio, la soberbia majestad de las pirámides y de la esfinge,
los incomparables templos de Luxor y de Karnak, los restos de Nínive en
Mosul y Korsabad, en las murallas de Babilonia y los jardines colgantes
de Semírabis o el Partenón de Atenas.
Quizás en las grietas de estas grandes obras, en los ecos dormidos de
las piedras se encuentren los lamentos y las nostalgias de los esclavos:
el lugar donde palpita el pensamiento y el corazón de los hacedores de
las grandes civilizaciones.
Los hombres considerados sabios y humanos como Hammurabi (1792-1750
A.C.) y Moisés (Siglo XIII A.C.) no la condenaron, se limitaron a
regularla para el interés y buen orden del país.
Aristóteles -uno de los mayores pensadores de la antigüedad (384-322
A.C.)- dejó huellas profundas en los imaginarios. Pensaba en la
esclavitud como un hecho natural donde algunos hombres -propiedad de un
amo- han nacido para servir percibiéndoles como herramienta viva y sin
alma, ligeramente parecidos a los humanos no podían recibir ni la
amistad ni la perturbadora justicia porque los esclavos eran cosas como
los bueyes no susceptibles de emociones ni derechos.
Tampoco el cristianismo favoreció su abolición a pesar del Nazareno. Ya
en la antigüedad el mismo Apóstol San Pablo -en Carta a los Efesios-
pedía sumisión y obediencia a los amos sirviéndolos “con temor y
respeto”. San Pedro -en la primera epístola- aconsejaba a los siervos
obediencia a los amos “no tan solo a los buenos y apacibles” sino
también a los de “recia condición”. San Agustín (354-430) encuentra el
origen o la “primera causa” de la esclavitud en el pecado: la considera
un castigo de Dios según las culpas de los pecadores. Si se trastorna la
ley que manda que se conserve el orden natural se debe reprimir con la
servidumbre penal. San Agustín percibe la esclavitud como un medio de
purificación y de elevación. Para el maestro y filósofo Orígenes (Siglo
III) el esclavo cristiano es libre “porque su cuerpo quedará bajo la
dependencia del amo, mientras que su alma no dependerá sino de Dios”.
-II-
En épocas más cercanas la libertad era para los pensadores del
Iluminismo el más alto y universal de los valores políticos. Sin
embargo, esta metáfora política comenzó a arraigarse en una época en que
la práctica económica de la esclavitud -la sistemática y altamente
sofisticada esclavitud capitalista de pueblos no europeos como fuerza de
trabajo en las colonias- se iba incrementando cuantitativamente e
intensificando cualitativamente, hasta el punto que a mediados de siglo
todo el sistema económico de Occidente estaba basado en ella,
facilitando paradójicamente la difusión global de los ideales
iluministas con los que se hallaban en franca contradicción dice Susan
Back-Morss.
Thomas Jefferson (1743-1826) autor principal del proyecto de Declaración
de Independencia de los EE.UU. incluía un párrafo especial donde
manifestaba que la posesión de esclavos es algo "contrario a la
naturaleza humana". Tomás Paine (1737-1809), el más prestigioso de los
intelectuales de EE.UU. y co-redactor de la Declaración de
Independencia, dice que todos los “hombres nacen iguales y poseen
derechos naturales iguales e inalienables”. Sus contemporáneos -no
obstante- seguían a pie juntillas aquellos conceptos de Aristóteles: no
puede haber injusticia, ni tampoco es posible la amistad con los
esclavos "pues la amistad y la justicia no son posibles con respecto a
objetos inanimados”.
Intelectuales ilustres como Montesquieu (1689-1785) -uno de los padres
de la democracia actual- manifestaba que era impensable que Dios haya
puesto un alma en un cuerpo negro. Hume en Inglaterra (1711-1776)
pensaba que el negro puede desarrollar algunas cualidades, como el loro
puede hablar algunas palabras. José Ingenieros calificó en 1905 a los
negros como “oprobiosa escoria”, y que merecían la esclavitud por
motivos “de realidad puramente biológica”. Contemporáneos como Jorge
Luis Borges o Arnold Toynbee les resultaba “evidente la esterilidad
cultural de los negros”.
Entre las más altas expresiones de dignidad humana no podemos dejar de
nombrar -entre muchos- algunas vidas luminosas que se rebelaron contra
la humillante esclavitud: Espartaco, Zumbi, Toussaint de Louverture,
Malcom X, Martin Luther King. La memoria de esos nombres y la forma
apasionada de hacer la vida.
-III-
Ya el Papa Nicolás V había autorizado la esclavitud en 1454, al otorgar
a Alfonso V -Rey de Portugal- autorización para reducir a servitud
perpetua a sarracenos y paganos. A partir de la Conquista de América la
esclavitud toma nuevos bríos y ciertas características -como el color de
la piel- pasaron a convertirse en símbolos de esclavitud. La
inferioridad social empezó a verse como natural. El hombre negro se
convirtió en el paradigma del salvajismo. El mismo Renacimiento europeo
lo consideraba como una contradicción humana, como algo raro y al mismo
tiempo imperfecto.
Para justificar la trata de esclavos, referida como "rescate”, muchos
autores vieron en la práctica una forma de apostolado evangelizador.
África no era tierra de misión, sino almacén natural de esclavos.
Es decir, el negro era pagano porque era negro, del mismo modo que el
blanco era cristiano por ser blanco. De esta forma, los europeos no
pensaban en seres humanos como lo eran ellos, sino en seres de otra
categoría. Es lo que Frantz Fanon define como la invención del hombre
negro por el hombre blanco. Una vez inventado este "negro" pagano y
salvaje lo mejor que se podía hacer por él era sacarle de su tierra
-llena de miserias espirituales- y la esclavitud en otras geografías se
la “percibía” como un beneficio espiritual.
-IV-
Cerca del lugar del embarque, en tierra africana, se los marcaba con
hierro candente para demostrar la pertenencia al negrero o a la
compañía. Este procedimiento similar al del ganado se llamaba “carimbar”
y causaba terror entre los africanos, que a veces preferían la muerte
antes que someterse. La marca podía estar en la espalda, en el caso de
los hombres, y en las nalgas, en las mujeres. Embarcados en condiciones
infrahumanas, 300 o 400 esclavos, amontonados y encadenados en bodegas
(un espacio mínimo de horror donde algunos sobrevivían porque otros
morían) o por el banzo (tristeza que mata de no comer), llegaban a
Puerto donde según la práctica, eran palmeados, medidos, para determinar
valor y destino final. “Pieza de india” era un hombre o una mujer de
contextura robusta, cuya edad oscilaba entre los 15 y 30 años, sin
defecto alguno y con todos sus dientes. Los que no alcanzaban esas
condiciones se llamaban “cuarto”. Los recién llegados recibían el mote
de “negro bozal” mientras que a los que ya tenían un año de esclavitud
se los conocía como “negros ladinos”. Para los que eran muy altos se
reservaba el nombre de “negro de asta”.
A los niños africanos, en el Virreinato del Río de La Plata, se los
llamaba “mulequillo”, (los niños esclavos hasta 7 años), ”muleque” (los
niños-esclavos que tenían entre 7 y 12 años) o ”mulecón” (hasta los 16
años).
-V-
Basta recordar que, entre el inicio del tráfico a fines del siglo XV y
su abolición a mediados del siglo diecinueve (con un despegue masivo
después de 1690-1750), de 12 a 20 millones de africanos encadenados
atravesaron el Atlántico. A esta pérdida deben sumarse los millones de
seres -quizás un 40 por ciento del total- abatidos por la enfermedad, el
hambre o la tortura mientras viajaban desde el lugar de captura hasta la
costa donde abordaban los buques “negreros”. A esto se añaden 4 millones
de almas que debieron cruzar el Sahara a pie para ser vendidas en los
mercados de esclavos del Cairo, Damasco y Estambul. Para el África
occidental y central occidental, la cantidad total de personas perdidas
suma entre 24 y 37 millones, tomando como referencia las cifras más
bajas. Algunos historiadores sitúan la pérdida africana entre 70 y 80
millones de hombres, mujeres y niños.
Darcy Ribeiro manifiesta que los esclavos fueron quemados por millones
en América como si fueran carbón humano, en los hornos de los ingenios y
en las plantaciones de caña, minas y cafetales. Tanto era así, que la
vida media de un esclavo negro no pasaba de cinco a siete años, luego de
su captura, conforme a la región y a la intensidad de producción de cada
período. Tiempo suficiente para que rindiese mucho dinero.
En el siglo XVII, en la ciudad de Mariana, en Minas Gerais, en Brasil,
todo expósito recogido de las calles o de los portales debería ser
declarado a la Cámara Municipal, recibiría una matrícula y aquel que lo
recogiera, tres octavas de oro por mes, para la crianza. Entre los años
1753 a 1759, fueron encontradas algunas de estas matrículas, donde la
Cámara expresaba el propósito de no criar mestizos, mulatos, negros o
criollos, exigiendo que además del certificado de bautismo, fuese
presentado también una certificación de “blancura”, firmada por un
médico.
Nunca antes había sido tan empobrecido y degradado el género humano. En
ciertos momentos, parecía que todos los rostros bellos de nuestra
especie serían apagados para sólo dejar florecer blancos y europeos.
-VI-
John Locke en 1690 afirma que “La esclavitud es un Estado del Hombre tan
vil y miserable, tan directamente opuesto al generoso temple y coraje de
nuestra Nación que apenas puede concebirse que un inglés, mucho menos un
Gentleman, pueda estar a favor de ella”.
Pero la indignación de Locke contra las “Cadenas de la Humanidad” no fue
una protesta contra la esclavitud de los negros africanos en las
plantaciones del Nuevo Mundo, y mucho menos en las colonias británicas.
La esclavitud fue más bien una metáfora para la tiranía legal, tal como
generalmente se la utilizaba en los debates parlamentarios británicos
sobre teoría constitucional. Accionista en la Compañía Real Africana,
involucrado en la política colonial americana en Carolina, Locke
“consideró claramente la esclavitud de hombres negros como una
institución justificable”.
En la concepción de Locke, el origen de la esclavitud, como el origen de
la propiedad y la libertad, quedaban completamente fuera del contrato
social. Nacían “perfectas” en el estado de naturaleza. Siguiendo el
razonamiento de Alessandro Baratta la exclusión de hecho o de derecho de
la mayoría de nuestra población radica en la teoría y praxis del pacto
social propio de la modernidad. Se puede considerar como un pacto de
exclusión, ya que en realidad, a pesar de que el potencial declarado de
sus principios es universal, fue un pacto entre individuos adultos,
blancos y propietarios para excluir del ejercicio de la ciudadanía en el
nuevo Estado que nacía con el pacto, a hombres, mujeres y niños
humildes, y entre ellos -especialmente- los esclavos negros que no
tienen calidad de sujetos y que “jamás serán un rostro y un nombre” ni
podrán “devenir en espíritu de humanidad”. Nunca podrán discernir ni dar
consentimiento al contrato para que los incluya: están fuera del mundo
humano.
La Reina Isabel I de Inglaterra hizo noble a John Hawkins que, entre
1562 y 1569, trayendo esclavos de Guinea, había llegado a ser el hombre
más rico de Inglaterra.
-VII-
Argentina y los negros
Las autoridades de Migraciones en el Aeropuerto de Ezeiza cuando vieron
el pasaporte de María Magdalena Lamadrid, de 57 años, argentina, de
quinta generación, descendiente de una pareja negra de esclavos de la
época del Virreinato, parada frente a la ventanilla con su pasaporte en
mano para viajar a Panamá le dijeron que no podía ser que fuera
"argentina y negra". El pasaporte para ellos era falso. La Policía
Aeronáutica la detuvo por 6 horas. Ocurrió el 22 de agosto del año 2002
(Diario Clarín 24-08-02).
Aquello de lo que no se habla, los negros, “lo que no tiene dolientes,
palabras ni monumentos, se pierde”. A veces la historia silencia.
Argentina es quizás el país donde se intentó con mayor énfasis
descontaminar nuestra identidad de cualquier negritud. La población
negra ha sido borrada de la memoria colectiva. Sin embargo la tensión en
cuyo interior conviven la memoria y el olvido “parece haber tonificado
la construcción de la experiencia humana desde los inicios del tiempo
social”.
En el Virreinato del Río de la Plata el acceso a la educación era
profundamente desigual. Los negros, mulatos, zambos, cuarterones
estuvieron excluidos de todos los institutos de enseñanza. La orden era
“solamente doctrina cristiana” y tenerlos separados “para que no se
junten”. “Testimonio del fuerte arraigo del prejuicio racista es la
historia del mulato Ambrosio Millicay, de quien consta en los libros
capitulares de Catamarca que fue azotado en la plaza pública “por
haberse descubierto que sabía leer y escribir”. Pena que se aplicaba
“para escarmiento de indios y mulatos tinterillos, metidos a españoles”.
El mulato había perseguido las palabras, y se abrazó a ellas,
recorriendo la historia página por página. Quizás supo que la palabra y
el dolor no conocen el olvido.
“Para graduarse en artes y teología en la Universidad de Córdoba,
quedaba excluido -según las constituciones del padre Rada, dictadas en
1664- el que tenga contra sí la nota de mulato, o alguna otra de
aquellas que tienen contraída alguna infamia”.
-VIII-
El censo de población de 1778 nos informa que la ciudad de Buenos Aires
tenía 24.363 habitantes, de los cuales 7256 eran negros y mulatos. En el
noroeste argentino -la zona de mayor densidad poblacional en aquellos
días- sobre un total de 126.000 habitantes, 55.700 eran negros, zambos y
mulatos. En Tucumán representaban el 64 por ciento de la población. En
Santiago del Estero, 54%; en Catamarca, 52%; en Salta, 46%. En Córdoba
sobre 44.052 pobladores el 60 por ciento eran negros, mulatos o
mestizos. Para 1810 diversos estudios consideraban que la población de
negros y mulatos constituía el 40 por ciento de la población total del
virreinato, mientras que a fines de la década de 1880 la proporción se
redujo a menos del 2 por ciento.
No obstante Bartolomé Mitre -según Daniel Schávelzon- escribió sobre los
esclavos negros que “entraban a formar parte de la familia con la que se
identificaban, siendo tratados con suavidad y soportando un trabajo
fácil, no más penoso que el de sus amos, en medio de una abundancia
relativa que hacía grata la vida”. Paul Groussac contestó duramente en
1897 al escribir que “Los negros y mulatos urbanos (...) pertenecían a
la casa del amo o patrón, no ‘como miembros de la familia’ (...) sino
como parte de su fortuna”.
La notable y planificada reducción de la población negra dio sustento a
los pensamientos de José Ingenieros en 1910: “La civilización superior
corresponde a la raza blanca, fácil es inferir que la negra debe
descontarse como elemento de progreso”. Tal es el caso “de Argentina,
libre ya o poco menos de razas inferiores”.
Es decir de aquellos de cuya existencia no se quiere saber -escribe
Picotti- de la otredad que no se quiere asimilar, y que sin embargo
forma parte de nuestra comunidad histórica “y cuyo no reconocimiento le
impedirá ser una comunidad real, la condenará a ser ficticia, a un
siempre-no ser-todavía”.
El silencio ha tenido consecuencias desmesuradas, extrañas y
paradojales. A los nativos de estas tierras no se les concedió la razón
de pueblo fundante, con el propósito de legitimar el despojo posterior y
es rara la historia argentina que comience mucho antes del período de la
Independencia de España.
-IX-
Durante la colonización española, Buenos Aires fue uno de los puertos
principales para la introducción de esclavos. Ya en América niños y
adultos eran conducidos al asiento de negros, vueltos a carimbar -al
lado del estigma de fuego anterior- donde la compañía ponía sello y
propiedad. Una cuarentena les curaba las heridas del viaje, los
alimentaban y cuidaban para ser vendidos a buen precio en un mercado a
cielo abierto donde desnudaban a hombres, mujeres y niños para que los
compradores echaran la mirada y palpasen sus cuerpos y según la edad y
fortaleza pagaban en monedas de oro el valor de sus personas. La
humanidad misma se había convertido en una mercancía.
En 1708 se le concedió a la Compañía de Guinea (importadora francesa de
negros) tener en nuestras costas un “asiento de esclavos”. En los
tiempos en que la trata era ejercida por la Compañía Francesa, ésta
adquirió un terreno ubicado al pie de las barrancas, al sur de la ciudad
(aproximadamente Parque Lezama). En 1715 se instaló la South Sea Company
(Compañía inglesa de los Mares del Sur) que construiría un depósito de
esclavos en Retiro, cerca de la actual Plaza San Martín. En 1731 se
trasladó cerca del actual Parque Lezama, entre Defensa y Bolívar.
La compañía propietaria de los esclavos los enviaba al norte, donde eran
requeridos, especialmente en las minas del Potosí o a Lima o al Tucumán
donde se los hacía trabajar en los cañaverales azucareros. También los
compraban algunos artesanos locales con cierto poder adquisitivo para
que vendieran por las calles lo que su amo fabricaba. A veces el Cabildo
adquiría esclavos para distintas tareas, como la de pregonero o verdugo.
Incluso las órdenes religiosas los buscaban para aligerar la tarea de
los indios reducidos o de sus propios miembros.
Alejandro Malaspina escribía en 1770 (citado por el Abad de Santillán en
su Historia Argentina), sobre la poca inclinación de los blancos por el
trabajo manual y señalaba que en Buenos Aires había muchos esclavos
negros. "Muchos de ellos se emplean en vender agua por las calles,
subidos en sus altos caballos como timbaleros, otros, en peones de
albañil, y en otros varios oficios mecánicos; por lo cual las más
molestas de tales artes no encuentran sino muy pocos profesores blancos,
y sale bastante cara cualquier mano de obra y sin honor".
Los blancos españoles consideraban las tareas manuales como una
degradación de su estirpe. Los indios eran, para lo europeos, “escasos,
remisos y poco dóciles”. Entonces, los negros fueron la fuente principal
de los trabajos manuales: el laboreo de la tierra, la cría de ganado, la
zafra, el servicio doméstico. Algunos se destinaban para entretener a
los blancos: “Desde Oruro, a fines del siglo XVIII, don Manuel Villegas
encarga a don Diego de Agüero, vecino de Buenos Aires, ‘cuatro negritas
de edad, y tan lindas como la Cenonia’, pues las necesitaba con urgencia
‘para salir de encargo’. Y con machacona claridad colonial le detalla
que ‘sean negras atezadas, rollizas y sanas, de 10 a 12 años’ (“Comercio
y comerciantes coloniales”, por Lucas Ayarragaray, en La Nación del 12
de setiembre de 1926)".
La esclavitud estuvo en nuestro suelo durante varias centurias y, hasta
el fin del siglo XIX, subsistió de alguna manera. La liberación de
vientres en 1813 y la abolición de la esclavitud en 1853 no fueron tan
categóricos como las solemnes declaraciones que los proclamaron y "el
Código Civil sancionado en 1869 conserva vestigios de aquella repugnante
institución cuando legisla sobre el trabajo de los criados de servicio",
como bien lo expresa Arzac.
Ciertas formas de la esclavitud persistieron explícitas o encubiertas
hasta fines del siglo XIX. Basta echarle una mirada a las publicaciones
de la época.
-X-
La batalla de Maipú -quizás el mayor triunfo del Ejército de los Andes-
se llevó innumerables vidas de los batallones negros de la infantería
patriota. El mayor tributo a la liberación definitiva de Chile. La
reconquista de Buenos Aires en 1806 y 1807, la campaña de San Martín
quien reconocerá el valor de sus tropas negras, pero estos batallones no
se unieron con los blancos. Los esclavos morirían en la lucha por la
Independencia solos -negro con negro- en riguroso “apartheid”, en los
valientes batallones séptimo y octavo de la independencia, en las
batallas de Chacabuco, Maipú, Cancha Rayada, en la Campaña del Alto
Perú. En las guerras civiles y la de la Triple Alianza que destruyó al
Paraguay y que signara “el destino colonial de América Latina”.
Los negros habitaban los barrios de mayor pobreza, que deben trasmitir
“como legado”, “incluso como acto de fe”. Cuando la fiebre amarilla
azotó Buenos Aires en 1871 -en medio del horror generalizado por la
epidemia- el ejército rodeó los arrabales y no les permitió la migración
hacia la zona que los blancos establecieron en el Barrio Norte para
escapar de “la peste”. Los negros tributaron miles de muertos,
acorralados por la epidemia y los fusiles.
En el Diario "El Nacional”, del 5 de enero de 1863, se puede leer: “Los
negros viven y mueren entre nosotros poco menos como los irracionales y
no nos recordamos de ellos sino para arrancarles a sus hijos y llevarlos
de carnada a la guerra civil. Ellos olvidan la ingratitud de los blancos
con la chicha y el tango”. Esa música conmovedora, nacida de la
negritud, donde adquiere belleza “la capacidad que tiene el arte para
devolver la dignidad a la vida”.
-XI-
El Semanario “El Proletario”, dirigido por Lucas Fernández, comenzó a
publicarse el 18 de abril de 1858 con el objetivo de servir a los
intereses de su gente. Su director reclamaba “democracia y libertad para
los morenos de Buenos Aires”.
En el mismo sentido, la publicación gráfica “La Juventud”, destinada a
ciudadanos negros, que aparecía cada diez días en la década de 1870,
dirigida entre otros, por Gabino Ezeiza, en varias ediciones afirmaba
luchar por “la libertad política y social”... “hasta el último instante
en que tengamos vida... y podamos tener aseguradas nuestras libertades
públicas y los sagrados derechos que se derivan de la naturaleza del
hombre”.
En el periódico quincenal “La Broma”, en un artículo publicado el 11 de
septiembre de 1879, se llama a los negros a no participar en las
elecciones que se aproximaban: “Hermanos: La Broma no vende su
conciencia (...) Se acuerdan de nosotros en los momentos supremos de la
batalla, cuando podemos servir de carne de cañón”.
Ribeiro dice que las masas de millones de africanos, llevados a América
como esclavos, o los indios destribalizados y reclutados en los ingenios
y las minas, fueron utilizados en la condición de mera fuerza
energética. Los negros habían perdido sus características étnicas
originales, “porque además jamás pudieron volver a producir lo que
consumían, ni a vivir comunitariamente para ellos mismos; convertidos en
fuerza de trabajo o arrendada, vivían el destino de las mercancías
humanas desculturizadas. Sus descendientes eran aquellos que no sabían
el nombre de la tierra que pisaban, de los árboles que veían, de los
pájaros que los asustaban”.
-XII-
Cuando los europeos llegaron a África llevándose de raíz sus mejores
hombres y mujeres marcándolos como una propiedad y sembraban el hambre y
la sed y los cantos de los esclavos -como un músculo bajo la piel del
alma- lanzaban al mundo su música milenaria, percusión y plegaria. Sí,
el grito del mundo.
Pero eso era entonces. Cuando había que ir a cazarlos y la carimba
encendía su piel. Ahora por su hambre y su sed lanzan barcos de papel
-se llaman pateras- que conocen el mar. Demasiadas veces han cruzado ese
tramo que divide el primer mundo de esa tierra de secretos de luna.
Demasiadas veces habían esquivado con éxito los arrecifes que elevaban
las olas hasta los pájaros de la noche.
El mar devoró de un solo bocado a dieciséis en la isla de Fuerteventura,
en el archipiélago de las Canarias. Intentaron noches tibias. Se
atrevieron a subirse al sol de las espigas. Y creyeron que esta vez, por
una vez, los monstruos del océano mirarían hacia otro lado. Pero ellos,
como los define el diario El Mundo (17-04-04), no son más que “sin
papeles”. Una carencia. Esa misma que los empujó al mar. Esa misma que
los arrolló en la más injusta de las olas.
-XIII-
Epílogo
Los hemos convertido -por lo menos en nuestro país- en seres invisibles,
innominados de la historia. Dina Picotti manifiesta que este egoísmo de
clase y de cultura redujo al ser humano de los trabajadores importados
africanos a un fantasioso “ser inferior” de negros y al de los
propietarios europeos y descendientes a un no menos extravagante “ser
superior” de blancos.
En 1891 Martí -cerca de las constelaciones mayores- se opondría a
considerar que la piel blanca constituya un valor agregado que otorga
derechos sobre otras personas “Los pensadores canijos, los pensadores de
lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería (...) El alma
emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color”.
Para agregar: El hombre no tiene ningún derecho especial porque
pertenezca a una raza o a otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los
derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro
hombre; peca por redundante el blanco que dice: "Mi raza"; peca por
redundante el negro que dice: "Mi raza". Todo lo que divide a los
hombres, todo lo que especifica, aparta o acorrala es un pecado contra
la humanidad.”
Fuentes consultadas:
· Abad de Santillán, Diego; “Historia Argentina”, Tipográfica Editora
Argentina, Buenos Aires, 1981.
· Bobbio, Norberto y Bovero, Michelangelo; “Sociedad y Estado en la
Filosofía Moderna. El modelo iusnaturalista y el modelo
hegeliano-marxiano”, FCE, México, 1996.
· Buck-Morss, Susan; “Hegel y Haití. La dialéctica amo-esclavo: una
interpretación revolucionaria”, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires,
2005.
· De la Cerda Donoso de Moreschi, Jeanette C. y Villarroel, Luis J.;
“Los negros esclavos de Alta Gracia. Caso testigo de población de origen
africano en la Argentina y América”, Ediciones del Copista, Córdoba,
1999.
· Díaz-González, J. Joaquín; “¡Tú eres esclavo! La esclavitud en la
antigüedad”, Casa Editorial Araluce, Barcelona, 1932.
· Fanon, Frantz; “Los Condenados de la Tierra”, Ediciones Fondo de
Cultura Económica, México, 1977.
· González Arzac, Alberto; “La Esclavitud en la Argentina”, Editorial
Polémica, Buenos Aires, 1974.
· Ingenieros, José; “Sociología Argentina”, Editorial Losada, Buenos
Aires, 1946.
· Kechekian, S. F. y Fedkin, G. I.; “Historia de las ideas políticas.
Desde la antigüedad hasta nuestros días”, Editorial Cartago, Buenos
Aires, 1958.
· Martí, José; “Obras Completas”, Editorial de Ciencias Sociales, La
Habana, 1991.
· Pereyra, Osvaldo Víctor; “40 Glosas”, Buenos Aires, 2002.
· Picotti, Dina V.; “La presencia africana en nuestra sociedad”;
Ediciones del Sol; Buenos Aires; 1998.
· Schavlezon, Daniel; “Buenos Aires Negra”, Emecé Editores, Buenos
Aires, 1999.
Fuente: www.pelotadetrapo.org.ar, 21/06/06
El
desprecio racista se realizaba plenamente cuando se convertía en el
autodesprecio.
Espejos blancos para caras negras
Por Eduardo Galeano
Uno de los remedios contra el cabello africano se llama, African Pride (Orgullo
Africano) y, según promete, "plancha y suaviza como ninguno".
1. La heroica virtud
Al vertiginoso ritmo de la industria del fin de siglo, el Vaticano está
produciendo santos.
En los últimos veinte años, el papa Juan Pablo II beatificó a más de novecientos
virtuosos y canonizó a casi trescientos.
A la cabeza de la lista de espera, favorito entre los candidatos a la santidad,
figura el esclavo negro Pierre Toussaint.
Se asegura que el Papa no demorará en colocarle la aureola, "por mérito de su
heroica virtud".
Pierre Toussaint se llamaba igual que Toussaint Louverture, su contemporáneo,
que también fue negro, esclavo y haitiano.
Pero ésta es una imagen invertida en el espejo: mientras Toussaint Louverture
encabezaba la guerra por la libertad de los esclavos de Haití, contra el
ejército de Napoleón Bonaparte, el bueno de Pierre Toussaint practicaba la
abnegación de la servidumbre.
Lamiendo hasta el fin de sus días los pies de su propietaria blanca, él ejerció
"la heroica virtud" de la sumisión: para ejemplo de todos los negros del mundo,
nació esclavo y esclavo murió, en olor de santidad, feliz de haber hecho el bien
sin mirar a quién.
Además de la obediencia perpetua y de los numerosos sacrificios que hizo por el
bienestar de su ama, se le atribuyen otros milagros.
2. El santo de la escoba, San Martín de Porres fue el primer cristiano de piel
oscura admitido en el blanquísimo santoral de la Iglesia Católica.
Murió en la ciudad de Lima, hace tres siglos y medio, con una piedra por
almohada y una calavera al lado.
Había sido donado al convento de los frailes dominicos. Por ser hijo de negra
esclava, nunca llegó a sacerdote, pero se destacó en las tareas de limpieza.
Abrazando con amor la escoba, barría todo; después, afeitaba a los curas y
atendía a los enfermos; y pasaba las noches arrodillado en oración.
Aunque estaba especializado en el sector servicios, San Martín de Porres también
sabía hacer milagros, y tantos hacían que el obispo tuvo que prohibírselos.
En sus raros momentos libres, aprovechaba para azotarse la espalda, y mientras
se arrancaba sangre se gritaba a sí mismo: "¡Perro vil!". Pasó toda la vida
pidiendo perdón por su sangre impura.
La santidad lo recompensó en la muerte.
3. La piel mala
A principios del siglo dieciséis, en los primeros años de la conquista europea,
el racismo se impuso en las islas del mar Caribe. Coartada y salvoconducto de la
aventura colonial, el desprecio racista se realizaba plenamente cuando se
convertía en el autodesprecio de los despreciados.
Muchos indígenas se revelaron y muchos se suicidaron, por negarse al trabajo
esclavo, ahorcándose o bebiendo veneno; pero otros se resignaron a otra forma de
suicidio, el suicidio del alma, y aceptaron en mirarse a sí mismos con los ojos
del amo.
Para convertirse en blancas damas de Castilla, algunas mujeres indias y negras
se untaban el cuerpo entero con un ungüento hecho de raíces de un arbusto
llamado guao.
La pasta de guao quemaba la piel y la limpiaba, según se decía, del color malo.
Un sacrificio en vano: al cabo de los alaridos de dolor y
de las llagas y las ampollas, las indias y las negras seguían siendo indias y
negras.
Siglos después, en nuestros días, la industria de los cosméticos ofrece mejores
productos.
En la ciudad de Freetown, en la costa occidental del Africa, un periodista
explica: "Aclarándose la piel, las mujeres tienen mejores
posibilidades de pescar un marido rico".
Freetown es la capital de Sierra Leona; según los datos oficiales, del Sierra
Leone Pharmaceutical Board, el país importa legalmente veintiséis variedades de
cremas blanqueadoras. Otras ciento cincuenta entran de contrabando.
4. El pelo malo
La revista norteamericana Ebony, de lujosa impresión y amplia circulación, se
propone celebrar los triunfos de la raza negra en los negocios, la política, la
carrera militar, los espectáculos, la moda y los deportes.
Según palabras de su fundador, Ebony "quiere promover los símbolos del éxito en
la comunidad negra de los Estados Unidos, con el lema: Yo también puedo
triunfar".
La revista publica pocas fotos de hombres. En cambio, hay numerosas fotografías
de mujeres: leyendo la edición de abril de este año, conté 182. De esas 182
mujeres negras, sólo doce tenían rizos africanos y 170 lucían pelo lacio.
La derrota del pelo crespo -"el pelo malo", como tantas veces he escuchado
decir- era obra de la peluquería o milagro de las pócimas. Los productos
alisadores del pelo ocupaban la mayor parte del espacio de publicidad en esa
edición.
Había avisos a toda página de cremas o líquidos ofrecidos por Optimum Care, Soft
and Beautiful, Dark and Lovely, Alternatives, Frizz Free, TCB Health-Sense, New
Age Beauty, Isoplus, CPR Motions y Raveen.
Me impresionó advertir que uno de los remedios contra el cabello africano se
llama, precisamente, African Pride (Orgullo Africano) y, según promete, "plancha
y suaviza como ninguno".
5. Una herencia pesada
"Parece negro" o "parece indio, son insultos frecuentes en América latina; y
"parece blanco" es un frecuente homenaje.
La mezcla con sangre negra o india "atrasa la raza"; la mezcla con sangre blanca
"mejora la especie".
La llamada democracia racial se reduce, en los hechos, a una pirámide social: la
cúspide es blanca, o se cree blanca; y la base tiene color oscuro.
Desde la revolución en adelante, Cuba es el país latinoamericano que más ha
hecho contra el racismo.
Hasta sus enemigos lo reconocen; y a veces lo reconocen lamentándolo.
Han quedado definitivamente atrás los tiempos en que los negros no podían
bañarse en las playas privadas ("porque tiñen el agua").
Pero todavía los negros cubanos abundan en las cárceles y brillan por su
ausencia en las telenovelas, como no sea para representar papeles de esclavos o
criados.
Una encuesta, publicada en diciembre del '98 por la revista colombiana América
Negra, revela que los prejuicios racistas sobreviven en la sociedad cubana, a
pesar de estos cuarenta años de cambio y progreso, y los prejuicios sobreviven
sobre todo entre sus propias víctimas:
En Santa Clara, tres de cada diez negros jóvenes consideran que los negros son
menos inteligentes que los blancos; y en La Habana, cuatro de cada diez negros
de todas las edades creen que ellos son intelectualmente inferiores.
"Los negros han sido siempre poco dados al estudio", dice un negro.
Tres siglos y medio de esclavitud son una herencia pesada y porfiada.
Fuente: Nac&Pop
El
negro en el Río de la Plata
Por Ricardo Rodríguez Molas
El texto se publica con autorización del autor. Apareció originalmente en
Historia Integral Argentina, Tomo V, “De la Independencia a la Anarquía”,
Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1970.
Con frecuencia se califica de idílica la situación de los esclavos en el
actual territorio argentino, afirmándose también que la esclavitud
desaparece debido a las medidas adoptadas por la Asamblea General de 1813.
Nada más inexacto. Tampoco el asociar el tema del negro con danzas y
candombes realizados durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, rodeándolo
de un falso pintoresquismo, refleja la realidad de las relaciones de
carácter racial que imperan desde la colonia y hasta la desaparición de
aquel grupo humano.
Aspecto jurídico de la esclavitud
Según la legislación aplicada en las colonias, se puede definir al esclavo
como una cosa dependiente de otro, el amo, y sujeta a normas jurídicas.
Esta cosa u objeto (pieza de Indias en los documentos de la trata) está
regida por una legislación general dictada en la Península y por
reglamentaciones locales acordes con la estructura socioeconómica de cada
región.
Todo sistema feudal –y lo establecido por España en América– necesita para
subsistir de una rígida estratificación social. Estratificación impuesta en
las colonias por las denominadas “Leyes de Indias” y la determinación de la
clase que se autodenomina superior. En el Río de la Plata como en el resto
de las posesiones españolas, ser blanco o descendiente de éstos, y en
algunos casos sólo participar –por nacimiento o por educación– del ambiente
en el que se desempeña la clase social dominante (a pesar de cierto
porcentaje de sangre indígena o negra) significa para un indiano la apertura
de las puertas de la administración colonial, del comercio, de los colegios,
seminarios y universidades, sectores vedados por regla general a los negros,
mulatos y zambos. Para ellos todo deseo de integración constituye un deseo
inalcanzable. Los documentos coloniales, desde el siglo XVI y hasta el XIX,
denominan personas de mala raza a quienes poseen entre sus antecesores
sangre africana, mora o judía, impidiéndoles el casamiento con los
pobladores considerados blancos.
De acuerdo con el concepto imperante, la esclavitud constituye un estigma
jurídico exclusivo del negro (aludimos en este caso al siglo XVIII).
Esclavitud que se hereda por línea materna en todos los casos, es esclavo
aunque su padre sea blanco, si bien éste tiene derecho a comprarlo si lo
ofrecen en venta y con preferencia a cualquier otra persona. Para el indio
no tiene vigencia lo estipulado y mucho menos para el progenitor negro.
Comercio legal y contrabando de negros
Desde los primeros momentos de la ocupación del continente, España importa
mano de obra servil, encargándose del tráfico comerciantes y sociedades de
Portugal, Francia e Inglaterra. Recién en las últimas décadas del siglo
XVIII, comerciantes españoles y criollos se interesan en la práctica del
comercio infame.
Las zonas de aprovisionamiento de esclavos en la costa de África varían de
acuerdo con la época, las compañías y países que en distintos momentos
ejercen el monopolio del tráfico. Las áreas de mayor importancia situadas en
la costa occidental fueron el Sudán Occidental, la costa de Guinea y el
Congo. Asimismo se importaron africanos de Madagascar y de las factorías
emplazadas en el extremo sur del continente, con mayor intensidad en los
últimos años del siglo XVIII. La legislación española y los contratos con
las fuentes de abastecimiento prohibían el ingreso de los moros y negros
mahometanos debido al temor que inspiraban y a su índole más levantisca.
Pero si bien la letra lo estipulaba así, el contrabando primero y luego la
exportación directa del Brasil señalan la presencia de africanos con
influencias árabes. Durante la primera mitad del siglo XVII se exportan a
Buenos Aires negros provenientes de la revuelta de Los Palmares (Brasil).
Disminuida
la población indígena útil para el trabajo en las haciendas, minas e
ingenios, la introducción de negros será el recurso que mantendrá la
economía colonial en funcionamiento, por cierto a un costo de vidas muy
alto.
La Corona pondrá en manos de comerciantes (los llamados asentistas) la tarea
de abastecer a sus dominios ultramarinos de mano de obra esclava. Luego las
concesiones serán acordadas en calidad de monopolios, con Francia e
Inglaterra en un proceso complejo que no podemos resumir en pocas líneas.
El cruce del Atlántico desde las factorías africanas se realiza en veleros
que los portugueses denominan tumbeiros (de tumbas), sombría calificación
que alude a una trágica realidad: durante el siglo XVIII y considerando las
mejores condiciones posibles de sanidad y navegación, sólo sobreviven al
viaje entre un sesenta y setenta por ciento de los hombres embarcados.1
En casos extremos, documentados fehacientemente, no arriba con vida ni un
solo negro, como ocurre en el primer viaje que realiza una nave de la
Compañía de Guinea a Buenos Aires en 1702.
Llegado el velero a puerto, los oficiales reales controlan la carga humana,
cobran los derechos correspondientes y en señal de conformidad aplican sobre
la piel del africano una marca de plata puesta al rojo que deja la marca
imborrable (carimbo). Lo hacen sobre ciertas partes del cuerpo: cabeza,
brazos, pecho y espalda. Los dibujos son variados y similares a las marcas
de ganado: cruces, círculos, iniciales, etc. Recién en 1784 se deja sin
efecto esta bárbara costumbre que se extendió en América durante más de tres
siglos.
Junto al tráfico legal y desde fines del siglo XVI el contrabando de
esclavos constituye una actividad muy productiva. Entre las varias vías
empleadas para ingresar la mercadería de contrabando en el siglo XVIII, la
más común era pasar a los negros por la extensa y despoblada frontera entre
Brasil y la Banda Oriental o por intermedio de la Colonia del Sacramento
cuando la ocupan los portugueses; también emplean pequeñas sumacas
(embarcaciones) que con facilidad arriban a la costa del Plata,7 y no pocas
veces operan abiertamente y con la complicidad de gobernadores y autoridades
locales.
La Colonia del Sacramento, ciudad emplazada por los portugueses frente a la
ciudad de Buenos Aires en 1680, constituye, como Jamaica en las Antillas, el
centro del contrabando rioplatense.
Los comerciantes porteños, más que al peligro de una posible invasión, temen
la competencia de éstos en el intercambio de manufacturas y esclavos por
cueros, realizado con las naves inglesas que rondan nuestras costas. El
gobernador García Ros se queja amargamente en 1715 ante la imposibilidad de
controlar el comercio ilícito, debido a la escasa cantidad de soldados y la
extensión de fronteras y del litoral; pero como buen funcionario colonial no
duda en recibir de los navegantes ingleses buenas sumas de dinero en pago de
sus servicios.
No será el único: la Compañía del Mar del Sur a pesar de ser abastecedora
legal de esclavos en los dominios del rey de España, no se libra de entregar
con frecuencia abultadas cantidades para evitarse problemas con los
funcionarios; estos gastos extras, escrupulosamente asentados en las cuentas
de los comerciantes, nos documentan hoy sobre el concepto de honradez
administrativa de la época. Algunos ejemplos: en 1744 el capitán del navío
Royal George entrega a los oficiales reales, en calidad de presente, ciento
dieciocho mil pesos en piezas de ocho reales; el 1º de agosto de 1722, seis
mil pesos al gobernador de Panamá, mil quinientos al fiscal y dos mil a los
oficiales reales del puerto. Entre 1716 y 1717, el capitán del Kingston
vende en forma ilícita mercaderías y esclavos en Buenos Aires, mediante la
entrega del 25% de los beneficios al gobernador. Y mientras en la pacata
Buenos Aires desembarcan la carga humana, en Londres los miembros de la
Compañía sobornan al representante de S. M. Católica para que permita
cientos de fraudes y lo hacen a cambio de la entrega de mil libras
esterlinas y una pensión anual de ochocientas. Así lo señala V. L. Brown
basándose en testimonios de la época. En determinado momento, los miembros
de la Compañía del Mar del Sur, dedicada a las actividades del comercio
humano y de la que es socio el mismo monarca español, utilizan el chantaje
para lograr sus propósitos. (Documentos publicados en “The South Sea Company
and Contraband Trade”, en American Historical Review, vol. 31, nº 4, julio
de 1926.)
Son tan frecuentes aquellos tratos para eludir las prohibiciones y el
monopolio que en muchos casos los comerciantes desconocen la existencia de
las actividades lícitas. En 1750 queda sin efecto el monopolio que poseyó
Inglaterra para realizar el comercio de esclavos, previa indemnización de
cien mil libras esterlinas. La indemnización corresponde a las comisiones
que dejaría de cobrar el monarca por la solución de los negocios.
Posteriormente serán armadores de la península los que participen en el
comercio infame. El proceso de transformación del sistema de monopolios
hacia la liberación total es lento y complejo. Durante varias décadas y
mediante reales órdenes se autoriza a las personas relacionadas con la Corte
a introducir esclavos. Ajenos al conocimiento del tráfico, éstos venden los
permisos a armadores prácticos y dispuestos a emprender aquellas
actividades, que adquieren la mercancía en las posesiones de Portugal en
América y en las factorías del litoral africano. Recién en 1778 se permite
el comercio libre, pero con la condición de efectuarlo en veleros con
bandera española (en ese momento España está en guerra con Inglaterra). Al
año siguiente la autorización se extenderá a las naves de países neutrales y
Francia se benefició con ello. En 1783, al finalizar la guerra entre España
e Inglaterra (Tratado de Versailles), se acordará mayor libertad al comercio
marítimo e internacional. Paralelamente al interés de las colonias de
importar mano de obra servil, los ingleses, en franca expansión industrial,
inician una fragorosa campaña para abolir el comercio de esclavos. Su
interés y el interés de la burguesía, sin descontar lógicas razones
humanitarias, radica en la necesidad que tiene el sistema de mano de obra
libre y asalariada capaz de consumir lo que produce. La tesis había sido
expuesta con claridad por Adam Smith en La riqueza de las naciones (Libro
III, cap. II). Muchos años antes, en 1633, el promotor de la Compañía de las
Indias Occidentales, el inquieto Guillermo Usselink sostenía: “Por lo mismo
que en las Indias se ejecutaba la mayor parte del trabajo por medio de
esclavos y cuestan mucho, trabajan de mala gana y mueren pronto a causa de
los malos tratos de sus amos, estamos seguros de que ha de sernos mucho más
provechoso el uso de un pueblo libre; además el esclavo no deja otro
provecho que su trabajo, porque yendo desnudo nada adquiere ni necesita de
las industrias”. La amplia libertad acordada por Carlos IV en 1789 para
realizar el tráfico, extendida dos años después al puerto de Buenos Aires,
es la respuesta a las tentativas abolicionistas inglesas y al temor de
perder las fuentes de abastecimiento en la costa de África. De acuerdo con
lo resuelto, en adelante podrán emprender el comercio esclavista todos los
vasallos españoles y también los extranjeros. Pero a pesar de las medidas
expuestas, y a la sombra del comercio legal, prosigue el contrabando con la
misma intensidad de siempre.
Las ganancias producidas por este comercio son apreciables. Un negro bozal2
recién llegado de África (aproximadamente en 1780) se vende en la costa del
Brasil a un precio que oscila entre 90 y 120 pesos y en Buenos Aires a 250,
cifra que puede duplicarse y triplicarse en el Perú de acuerdo con la oferta
y la demanda del momento. Recuerda un cronista colonial y testigo de aquel
momento rioplatense (Lastarria) que un velero que arriba al puerto de
Montevideo con trescientos esclavos deja a su propietario no menos de
setenta y cinco mil pesos de ganancia (el sueldo de un peón de campo oscila
entre los cinco y ocho pesos mensuales).
Vendida la carga humana, entre Buenos Aires y Montevideo, adquiere
veinticinco mil pesos de cueros, cantidad con la cual colma la capacidad de
su nave. La diferencia, cincuenta mil pesos, si lo desea, puede enviarla en
metálico o invertirla en nuevas exportaciones de cueros.
La autorización para comerciar libremente no exime sin embargo a los
interesados de la necesidad de un permiso oficial para hacerlo. Muchas
órdenes reales beneficiarán a los españoles y criollos instalados en Buenos
Aires; uno de ellos, Tomás Antonio Romero, se contará entre los más
favorecidos. Espíritu emprendedor dentro de la monotonía porteña sólo
interesada en comprar a dos y vender a cuatro, dueño de un respetable
capital, adquiere veleros apropiados y los fleta a la costa de África. Sus
informes a las autoridades virreinales y otros que remite a España alude a
los viajes, los éxitos y los fracasos. Y el virrey Arredondo se regocija
ante el espíritu progresista del español (había nacido en Maguer). Ni una
palabra de condolencia ante la situación de esos hombres arrancados por la
fuerza de sus hogares. La insensibilidad, en momento de intensa campaña
abolicionista, puede compararse con la de ciertos historiadores
contemporáneos enamorados de los gráficos y las series estadísticas e
inmunes al dolor humano. Los comerciantes criollos y españoles que trafican
con cueros y con seres humanos utilizan el sistema de los británicos. De
Buenos Aires y de la Banda Oriental remiten cueros secos de vacunos a España
y con el dinero que les remite su venta compran manufacturas. Enfilan luego
las proas de sus naves hacia la costa de África donde, mediante operaciones
de trueque, adquieren mano de obra servil. Otros, imposibilitados por
razones económicas de emprender tan largos viajes, deben conformarse con los
envíos de la costa del Brasil (Pernambuco, Bahía y Río de Janeiro)
desembolsando, como es natural, precios más elevados por unidad de
mercancía.
Los permisos otorgados por la Corona para la importación de mano de obra
esclava están directamente asociados a la influencia que el interesado posea
en España. Con posterioridad a la Revolución Francesa, emigrados franceses
buscan refugio en la Península y solicitan la ayuda de sus pares. Ello
ocurre mientras la Asamblea Nacional de Francia decreta la abolición de la
esclavitud. En Buenos Aires el conde de Liniers, socio de comerciantes
ingleses, será autorizado por una Real Orden del 3 de enero de 1793 para
introducir 200 negros y transportar hacia Buenos Aires y otros puertos
“gomas, marfil, especias, ébano, sagor y cristal de roca...”. Debido a los
abusos cometidos, el 20 de abril de 1799 se prohíbe el comercio de naves
extranjeras, competidoras de las españolas, tanto en las actividades lícitas
como en las ilícitas. Durante la guerra entre España e Inglaterra, y para
mayor seguridad, parte del comercio marítimo será realizado por comerciantes
neutrales. Para cumplir con la disposición que sólo autoriza a los veleros
españoles, los propietarios de las naves las españolizan.3 Cumplido el
trámite, vendida su carga, adquirida otra y alejados de la ciudad, cambian
nuevamente de bandera y navegan sin mayores problemas.
Decadencia
de la trata de esclavos
Los acontecimientos militares anteriores a 1810, la situación internacional
y otros factores de carácter interno interrumpirán prácticamente el comercio
infame en el Río de la Plata. Los precursores de los sucesos de Mayo y los
ideólogos de la Revolución no plantean en sus escritos, o lo hacen
tangencialmente, aquella temática. Tengamos en cuenta de que recién el 9 de
abril de 1812 la Junta de Gobierno de Buenos Aires prohíbe el ingreso de las
naves negreras al Río de la Plata, y tampoco olvidemos que, debido a la
segregación del Virreinato y a la ocupación española del Alto Perú, se
interrumpe el envío de mano de obra servil a Chile, Potosí y Lima, centros
principales de la actividad negrera. Por otra parte, Buenos Aires,
suficientemente abastecida durante los últimos veinte años, sin manufacturas
importantes, sin industrias, sin plantaciones, no tiene en aquel momento
mayor interés en la importación de negros.
Las ideas abolicionistas y las de la Revolución Francesa tendrán su
expresión más clara en las determinaciones de la Asamblea de 1813. En la
sesión del 4 de febrero se decide “Que todos los esclavos que de cualquier
modo se introduzcan desde ese día, de países extranjeros, queden libres por
el solo hecho de pisar el territorio de las Provincias Unidas”. Pero la
determinación tiene escasa vigencia. Un vecino poderoso, el Imperio del
Brasil, con aproximadamente un millón y medio de esclavos y una producción
agrícola sustentada en la mano de obra servil, no ve con buenos ojos aquella
intromisión en la propiedad de sus súbditos.
La monarquía teme que la legislación abolicionista del Río de la Plata
perjudique a los colonos fronterizos y que los esclavos, alentados por la
medida, huyan hacia las Provincias Unidas. Y en Buenos Aires, el 29 de
diciembre dejan sin efecto lo obrado por la Asamblea a pedido, según lo
señalan, de Su Alteza el Príncipe Regente de Portugal, y establecen que
“todo esclavo perteneciente a los Estados del Brasil que hubiese fugado o
fugase en adelante sea devuelto escrupulosamente a sus amos...”. Días más
tarde (21 de enero de 1814) permiten que cualquier viajero que llegue al Río
de la Plata introduzca libremente los esclavos que conduce en calidad de
sirvientes.
La participación de los esclavos en los ejércitos libertadores de Chile y
del Perú, como posteriormente en la guerra que sostendrá el país contra las
pretensiones expansionistas del Imperio del Brasil, contribuye, junto con
otros factores, a la disminución de la población negra tanto en Buenos Aires
como en el interior. El alejamiento de los hombres permite asimismo el
mestizaje y detiene el crecimiento vegetativo de los elementos racialmente
considerados africanos puros. En determinado momento, aproximadamente en
1817, los hechos señalados crearán una fuerte escasez de mano de obra
servil, oportunidad de inmediato aprovechada por viajeros arribados del
interior para obtener buenas ganancias con la venta de esclavos introducidos
en calidad de sirvientes. Sin llegar a los extremos anteriores a 1810, el
interés por el lucro fácil origina abusos de toda índole: contrabandos,
falsificación de documentos y otros fraudes similares son tan frecuentes que
el 3 de setiembre de 1824 se prohíbe la venta de los esclavos que introducen
los viajeros (“Constando al gobierno los abusos que comienzan a hacerse”).
El 15 de octubre de 1831 el gobernador Juan Manuel de Rosas permite
nuevamente la enajenación de los esclavos que introducen los viajeros y
deroga el decreto de 1824 (Archivo General de la Nación, Buenos Aires,
Policía, 1831-33, libros 62-64). Dos años más tarde, debido a la crítica
periodística, se anula la medida (27 de diciembre de 1833). En el ínterin se
venden en Buenos Aires gran cantidad de negros bozales que transportan las
naves extranjeras que arriban a la ciudad. La ley sancionada en 1833
establece que los esclavos decomisados queden en poder de aquellos que
denunciaron su ingreso y puedan usufructuar el trabajo de éstos teniéndolos
en custodia (patronato). Asimismo es conveniente aclarar que el derecho de
patronato es transferible mediante venta.
El 24 de mayo de 1839, el ministro de relaciones exteriores firma un tratado
con Gran Bretaña por el cual el país se compromete a cooperar en la campaña
emprendida contra el tráfico infame. Cooperación que determina la ayuda que
deben prestar las naves de guerra argentinas en la captura de mercantes
negreros.
Discriminación y prejuicio racial
Algunos hispanistas como Richard Konetzke sostienen la preeminencia del
pensamiento estamental de la Edad Media en las posesiones del Nuevo Mundo.
En las colonias de España los blancos desprecian los trabajos manuales que,
sostienen, sólo competen a las poblaciones sometidas. Para los peninsulares
y sus descendientes, ser indiano significa, en relación con los mestizos,
negros e indios, tener calidad de noble. Influye en ello la motivación que
impulsó a cientos de miles de inmigrantes a trasladarse al Nuevo Mundo y que
puede resumirse en una sola frase: adquisición de riquezas con el menor
trabajo posible. A muchos la realidad de la geografía del Río de la Plata,
la inmensidad de su llanura y la rebeldía del indio, los pondrá en contacto
con un mundo muy distinto del que se habían imaginado.
En Buenos Aires, la pampa y las distancias que la separan de los centros
poblados del interior, estrecha a sus vecinos en el siglo XVII y gran parte
del siguiente, en miserables ranchos de paja y barro; la llanura es uno, y
no el menor, de los obstáculos que se deben vencer para alcanzar Córdoba,
Chile o el Alto Perú. Y más allá, la cordillera y las travesías
interminables. Ni siquiera un río que facilite la comunicación con aquellos
centros.
La mayor parte de los inmigrantes españoles pertenecen a los estratos más
bajos de la Península. Miguel Herre, miembro de la Compañía de Jesús,
retrata con la mayor justeza la realidad porteña a comienzos del siglo
XVIII: “En esta parte del Nuevo Mundo –escribe– son tenidos como nobles
todos los que vienen de España, o sea todos los blancos; se los distingue de
las demás gentes en el lenguaje, en e! vestido, pero no en la manutención y
habitación, que es la de mendigos; no por eso dejan su ufanía y su soberbia;
desprecian todas las artes; el que algo entiende y trabaja con gusto, es
despreciado como esclavo; por el contrario, el que nada sabe y vive
ociosamente, es un caballero, un noble”. Y con posterioridad a 1810
encontramos opiniones semejantes en los testimonios de los viajeros que
visitan el interior. Los hermanos Robertson, comerciantes ingleses afincados
en el litoral en las primeras décadas del siglo XIX, describen detenidamente
las condiciones imperantes en la ciudad de Corrientes y califican a la
autodeterminada “gente decente” como a miembros de una sociedad atrasada y
supersticiosa, cerrada a cualquier influencia renovadora a pesar de hallarse
en la mayor barbarie.
Para el español, tanto el peninsular como el indiano, nobles son quienes no
tienen entre sus descendientes a moros, judíos o negros. Para la obtención
de cargos públicos presentarán testigos y árboles genealógicos que
demuestren su nobleza y la ausencia de mala raza entre sus antecesores de
tres generaciones. Esta preocupación racista se asocia con prejuicios
religiosos heredados por los descendientes de la clase social dominante. El
historiador contemporáneo Julio Caro Baroja (miembro de la Real Academia de
la Historia de España) sostiene: la existencia de un germen y, más de un
germen, de una preocupación típicamente racista y concretamente antisemita
insertada dentro de la noción de “limpieza de sangre”. Concepto este último
que tampoco significa, y de manera especial para el español americano,
absoluta pureza de sangre blanca.
La estructura social en el Río de la Plata presenta características
similares a las de otros ámbitos de Hispanoamérica. Una estructura asociada
íntimamente con los prejuicios raciales que sitúa al blanco en la cima de la
escala y al negro en último lugar. Para el negro la movilidad social por
medio del matrimonio era prácticamente imposible y menos por línea materna.
En algunos casos –como lo señalan testamentos del siglo XVIII– el blanco
toma a su cargo al hijo habido con una mulata o una negra. Pero el mestizaje
será más frecuente en la campaña, donde la barraganía es un hecho común.
A partir de la segunda mitad del siglo xVIII la población de la campaña
aumenta considerablemente; mestizos del norte y centro del actual territorio
del país migran hacia la llanura de Buenos Aires, las cuchillas de la Banda
Oriental y las estancias de Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba. Muchos
descienden de los primeros pobladores españoles y racialmente abarcan el
amplio espectro que separa a los mestizos de los españoles. Estos blancos
marginados trabajan periódicamente en faenas rurales y forman parte de una
población con características especiales.
Como decíamos, el mestizaje se produce fuera de la ley. Y el hecho será
total durante el siglo XVIII al hacerse más estricto el concepto de
superioridad racial. En 1762, en un documento eclesiástico de Buenos Aires
se decía: “No sólo son muchos los extravíos que hace el pueblo echando los
párvulos y dándolos a algún confidente en las iglesias... en los patios y
puertas de las casas cometen muchas culpas de pensamientos, palabras y
acciones, sino a veces también en los cementerios y puertas de las iglesias,
mientras están haciendo los entierros” (citado por Carlos Correa Luna en Don
Baltazar de Arandía. Buenos Aires, 1918, pág. 29).
En Córdoba plantean en varias ocasiones a las autoridades los excesos
sexuales que se cometen durante las procesiones nocturnas de Semana Santa y
solicitan la prohibición de las mismas. Aluden a las relaciones entre
personas de diferentes condiciones sociales. Y en Buenos Aires una
“Satirilla festiva” les recuerda entre otras cosas a los porteños de 1802:
“Que en esta tierra muy pocos se quieren matrimoniar y en la Cuna,
diariamente vayan niños a botar”.
Carlos III establece por una pragmática que los parientes de una pareja de
novios pueden oponerse al matrimonio de éstos si por considerar dudosos los
antecedentes de cualquiera de los cónyuges crean que la unión sería
perjudicial para el honor de la familia.
Se legisla en aquel momento algo que está íntimamente unido a las ideas de
la clase dominante. Muchos años más tarde seguirá considerándose como infame
a quien posea antecesores africanos en la familia. Esta concepción racista
tendrá plena vigencia tanto en la sociedad tradicional como en las clases
desposeídas.
Todos aquellos con caracteres físicos que acusen rasgos africanos son
considerados personas viles.
Un falso rumor cuestionando el origen español de una familia bastaba para
difamarla. Los términos empleados para señalar a los “hombres de color” y a
sus descendientes delatan asimismo el desprecio racista. Solórzano Pereyra
(jurista del siglo XVII) al sostener la necesidad que tienen las Indias de
mano de obra esclava, aconseja que se valgan de negros, mestizos y mulatos
libres de los cuales –escribe– “hay tanta canalla ociosa en estas
provincias” (Política Indiana libro II, cap. III, nº 11). Los mulatos, opina
luego, “toman este (nombre) en particular, cuando son hijos de negra y de
hombre blanco o al revés, por tenerse esta mezcla por más fea y
extraordinaria y dar a entender con tal nombre, que le comparan a la
naturaleza del mulo”.
Aunque libres, los negros están regidos por rígidas normas legales. “Tienen
la obligación de permanecer bajo las órdenes de un amo; de convivir bajo la
tutela de personas conocidas; no pueden andar libremente de noche; les está
prohibido llevar armas; las mujeres no pueden adornarse con joyas ni vestido
de seda.4 El sistema de castas determina asimismo diferencia en las penas
ante un mismo delito. Los castigos corporales tendrán exclusiva vigencia
entre los pobladores socialmente menos considerados y con mayor intensidad
para negros y mulatos. Al consultarse en 1785 si era permitido azotar a los
culpables de delitos leves, responde cierto asesor jurídico que sí podría
corregírselo mediante azotes en un sitio público siempre que el acusado
fuera persona de “baxa suerte”. En 1758 el gobernador de Córdoba establece
la aplicación de una marca de hierro candente sobre el cuerpo de quienes,
por ser vagos, jugadores y enviciados considera como rebeldes, pero siempre
que los inculpados sean indios, negros o mulatos “... doscientos azotes y
sean marcados con una erre de a geme”,5 escribe. (Citado por Ernesto
Quesada, La vida colonial argentina, Buenos Aires, 1917, p. 35)
En
muchos casos los castigos (treinta, cincuenta, doscientos o más azotes se
aplican sin la confección del correspondiente sumario, pues no era necesaria
la actuación de jueces ni la exposición de testigos. El Cabildo de Córdoba
recuerda en 1789 que a los ladrones, siendo mulatos o negros, siempre se los
azotó “sin más figura de juicio ni perder tiempo en procesarlos”.6 Los
bandos de los gobernadores y virreyes en todos los casos ordenan la
flagelación de los reos considerados de “color baxo” como denominan a negros
y mulatos.
La Real cédula de 1789 sobre el tratamiento que debe aplicarse a los
esclavos, considerada por los historiadores como un paso positivo en las
relaciones entre amos y esclavos, insiste en la necesidad de castigar con
azotes a los negros ante el incumplimiento de sus deberes. Establece en su
capítulo VIII que “podrá y deberá ser castigado correccionalmente por los
excesos que cometa, ya por el dueño de la hacienda, o ya por su mayordomo,
según la cualidad del defecto, o exceso, con prisión, grillete, cadena,
maza, cepo, con que no sea poniéndolo en éste de cabeza o con azotes, que no
pueden pasar de veinticinco, y con instrumento suave, que no les cause
contusión grave, o efusión de sangre”. Las penas por delitos que sus amos
creyeran conveniente castigar con mayor severidad debían ser aplicadas por
la justicia.
Por esa causa muchos entregan sus esclavos a las autoridades civiles.
Enviados a la cárcel pública por determinado tiempo, los abandonan sin
alimentarlos, sistema que seguirá empleándose con posterioridad a 1810 sin
diferencia alguna. Asimismo las penas corporales continúan siendo privativas
de las clases consideradas inferiores. El movimiento de 1810 no se preocupó
directamente por mejorar las relaciones entre amos y esclavos, aunque es
justo señalar que la aparición de nuevos factores económicos, sociales y
militares, vinculados con el proceso revolucionario, irán determinando
cambios favorables a la condición del negro.
A pesar del espíritu de la legislación de la Asamblea de 1813, los castigos
corporales continúan aplicándose y siempre a los componentes de las antiguas
castas. Tanto en Buenos Aires como en el interior, la costumbre perdura
hasta fines del siglo pasado.7
Los hombres de color, libres o esclavos, mulatos o negros “atezados”8
también están totalmente excluidos de la enseñanza de las primeras letras,
por expresa disposición de las autoridades. Sobre el particular ordenan los
cabildantes de Buenos Aires, el 8 de mayo de 1723, al maestro Alonso Pacheco
que no debe enseñarles a leer, escribir o contar. Sólo está autorizado, pero
“teniéndolos separados”, a darles nociones de religión. Y agrega que “no los
saque a los actos públicos sino apartados de los españoles para que no se
junten”. En términos generales, esta disposición perdura hasta algunos años
después de 1810, y sólo se atenúa lentamente. En 1823, la Sociedad de
Beneficencia dispone la creación de una escuela para niños de color,
apartados hasta aquel momento de la enseñanza de las primeras letras. En
1833 esa y otras escuelas funcionan en distintos barrios de Buenos Aires, y
conocemos la existencia de otra instalada en 1855 en la Catedral del Norte.
Informes posteriores señalan que por falta de fondos debieron ser
clausuradas. En 1877, los morenos de Buenos Aires –calculamos su población
en aproximadamente seis mil almas– solicitan la creación de escuelas para
los descendientes de los antiguos africanos. Pero si bien la enseñanza de
las primeras letras les está vedada en la época colonial, muchos amos y
especialmente congregaciones religiosas enseñan a los esclavos a ejecutar
algún instrumento.
Las limitaciones continúan: Cabello y Mesa a comienzos del siglo XIX prohíbe
formar parte de la sociedad literaria que piensa establecer en Buenos Aires
a quienes define como personas de “mala raza”, es decir que no sean
cristianos viejos, sin tacha de negro, mulato, chino, zambo, cuarterón o
mestizo. Y como sostiene en El Telégrafo Mercantil (abril de 1801) “se ha de
procurar que esta Sociedad Argentina se componga de hombres de honrados
nacimientos”. Posteriormente, la segregación tendrá diversas manifestaciones
más o menos ostensibles. Tal vez la más notable sea la inmediata separación
de los naturales (indios) de los pardos y morenos pertenecientes al
ejército, situación que se prolonga bajo diversas formas de prejuicio racial
hasta la segunda mitad del siglo pasado.
Vida cotidiana
En Buenos Aires, como en el interior del virreinato, el trabajo doméstico
estuvo a cargo de esclavos. En la ciudad viven con sus amos en la misma
casa, ocupando el tercer patio, lejos de las habitaciones principales. Allí
crecen los muleques9 en compañía de los hijos de sus amos. Las negras
acompañan a las amas a misa, cocinan, lavan la ropa, realizan costuras y
otros trabajos similares. En algunos casos, cuando la familia no dispone de
suficientes entradas, salen a vender pasteles y confituras para solventar
los gastos de sus dueños. Acompañan a los niños en sus juegos y los cuidan
hasta los cinco o seis años.
Dadas las escasas condiciones de higiene, la falta de cuidados en el parto y
el abandono en que los sumen sus amos, la mortalidad infantil era elevada.10
A partir del siglo XVII, quienes disponen de cierto capital invierten con
frecuencia dinero en la adquisición de mano de obra esclava para alquilarla,
recibiendo de esta manera una renta, que es mayor si el negro tiene algún
oficio; de allí el interés por enseñárselo. Los beneficios derivados de este
alquiler debieron ser sustanciales porque a fines del siglo XVIII los
contratos de trabajo aumentan en forma importante. Comerciantes,
funcionarios y hacendados constituyen los principales propietarios de
esclavos entre la población civil y quienes se dedican con mayor frecuencia
a alquilar sus sirvientes. Por lo expuesto, resulta difícil estipular,
tomando por ejemplo las cifras del padrón de 1778, qué porcentaje de
esclavos se dedica a tareas domésticas o a trabajos fuera de la casa de sus
amos. El sistema debió extenderse en exceso pues durante el transcurso de
las dos últimas décadas del siglo XVIII, informes oficiales, reales cédulas
y comentarios periodísticos determinan la presencia de un movimiento de
opinión que desea el alejamiento de los esclavos y personas de color en
general, de las actividades artesanales, tareas a las que están dedicados
muchos negros. Sostienen que los españoles (criollos o peninsulares) no
realizan trabajos manuales debido a la infamia que constituye para ellos el
contacto con las castas consideradas inferiores. “El deseo de mantener en
pie y sin trabajar –escriben en 1806– un pequeño capital, ha sugerido la
idea de emplearlo con preferencia en comprar esclavos y destinarlos a los
oficios, para que con su trabajo recuperen algo más que el interés del fondo
invertido en esta especulación; por semejante medio se han colmado de estas
gentes mercenarias todas las tiendas públicas, y han retraído por
consiguiente los justos deseos de los ciudadanos pobres de aplicar a sus
hijos a este género de industria.”
Ya hemos señalado que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII aumenta
el número de pobladores marginados que sin ser negros, indígenas o mulatos
no poseen medios de subsistencia ni están en condiciones de obtener cargos
públicos. Estos “blancos de orillas” constituyen un problema para las
autoridades y más aun dentro de un ámbito donde existe un fuerte prejuicio
frente a los trabajos manuales. Prejuicio que debemos sumar al racial. “Los
blancos prefieren la miseria y la holgazanería antes de ir al trabajo al
lado de negros y mulatos.” Escribe Manuel Belgrano en una de sus memorias al
Real Consulado.
En diversas disposiciones de aquel momento se aconsejaba a los amos que
dedicaran a sus esclavos a trabajos agrícolas y domésticos, evitando las
actividades sedentarias poco convenientes para éstos. “La primera y
principal ocupación de los esclavos debe ser la agricultura y demás labores
del campo, y no los oficios de vida sedentaria”, ordena la real cédula
expedida en Aranjuez el 31 de mayo de 1789.
En otros casos los amos estipulan con sus esclavos y ante escribano público
la entrega de una suma fija mensual, otorgándoles plena libertad de elegir
el trabajo que más le conviniera. De allí que muchas esclavas, ante la
imposibilidad de reunir el dinero necesario e impulsadas por sus amos,
prostituyen sus cuerpos. Así lo señala una real cédula en 1672.
Y en 1797 uno de los alcaldes de la ciudad solicita prohíban que las negras
y mulatas vendan “empanaditas, pasteles y otras golosinas” en la Plaza de
Amarita, también denominada Plaza Nueva, pues se quedan hasta muy tarde por
la noche haciendo compañía a peones santiagueños y a mal entretenidos. En
gran parte del trabajo estable que se realiza en las estancias también
aparece el negro esclavo. Sólo en las tareas periódicas (yerras y apartes)
intervienen contratados para tal fin criollos y mestizos que, por lo
general, son pobladores (los denominan agregados) de la misma estancia.
Antes de su expulsión, los jesuitas emplean en todas sus estancias mano de
obra africana. En Córdoba poseen en 1686 trescientos esclavos, 11.000
ovejas, 5.000 caballos, 3.000 vacunos y 1.000 mulas. “En 1767, en la
estancia de Alta Gracia –una entre las varias de la Compañía– la peonada
para atenderla accedía a 140 negros y 170 negras... cantidad al parecer
excesiva para atender no más de quince mil cabezas de ganado.” (Joaquín
Cracia, Los jesuitas en Córdoba. Buenos Aires, 1940, pág. 371). En Buenos
Aires a mediados del siglo XVIII las estancias de Magdalena y la de Areco
ocupan en total más de ciento veinte esclavos. Sus conexiones con los
asentistas ingleses son estrechas y están ligadas a ellos por múltiples
transacciones comerciales. La expulsión de los jesuitas no introduce cambios
en las estancias, administradas por las Temporalidades. El campo de la
Hermandad de la Caridad de Buenos Aires ocupa mano de obra africana en su
totalidad: capataces, peones y puesteros. Paradójicamente el producto del
establecimiento mantiene en Buenos Aires un colegio de huérfanas donde no se
permite la internación de personas de color. Sólo abren sus puertas a
“huérfanas de sangre limpia” como estipulan sus reglamentos. Hasta el
personal de servicio debe ser europeo, pues aquellos que denominan gentuza y
personas de bajo origen no puede tener contacto con las niñas del Colegio.
Temen que si ocurriera “las señoras de la ciudad no pongan a sus hijas de
colegialas por el justo temor de que se las confunda con las esclavas”.
Cabría preguntarse si la piel de las porteñas era tan oscura como para que
temiesen que se las confundiera con muñequillas mulatas.
Esclavos y negros libres desempeñan trabajos artesanales de carpintería,
zapatería, sastrería, herrería, peluquería, albañilería, etc., calculándose
que más de un sesenta por ciento de aquellas actividades están ocupadas por
ellos. Con frecuencia los propietarios de los locales son europeos que dejan
en manos de sus esclavos los trabajos manuales, pese a que, como ya
señalamos en varias oportunidades, se trató de impedir que desempeñasen
aquellas tareas.
Las ordenanzas del gremio de zapateros de Buenos Aires excluyen de entre sus
miembros a los hombres de color (1791). Éstos, como lo señala el historiador
Enrique Barba, ante la segregación que les imponen, se ven en la necesidad,
a pesar de ser mayoría, de constituir otro gremio, señalando con tal motivo
que las ordenanzas que los excluyen “enerva los derechos de los hombres,
aumenta la miseria de los pobres, pone trabas a la industria, es contraria a
la población...”. Cuestionan el derecho que se atribuyen los europeos de
autorizar sólo a quienes ellos crean conveniente para ejercer el oficio y de
reservarse la venta de los zapatos que fabrican los negros, en una típica
actitud monopolista. Cornelio Saavedra, en aquel momento Procurador General,
condena al monopolio pero aconseja en cambio no se permita la división del
gremio de zapateros y cree lógico que los negros no ocupen en él cargos
directivos “por ser personas que el derecho inhabilita para los actos
civiles”.
La escasa industria manufacturera familiar basada exclusivamente en el
trabajo del algodón y la lana no empleó esclavos. Salvo algunos telares
propiedad de los jesuitas (en Córdoba y en otras regiones) y cuya producción
se destinaba al consumo interno en su gran mayoría pues los saldos eran
mínimos, el resto fue manejado por sus propios dueños. Por lo general el
trabajo artesanal cubre escasamente las necesidades de la zona y el resto se
envía a los centros poblados. La producción era escasa y siempre a nivel
familiar. Para tener una idea del monto que representa la manufactura textil
y que un autor denomina “pujante y poderosa” comparándola con la minería y
las derivadas de la ganadería, tengamos en cuenta que la producción de
Chuquisaca, una de las más importantes del Virreinato, en sus mejores
momentos no superó los cuarenta mil pesos. Cantidad ínfima si la comparamos
con los setenta y cinco mil pesos que produce la venta de un cargamento de
esclavos de un solo barco negrero.
Gregorio Funes bajo el seudónimo de Patricio Saliano escribe en El Telégrafo
Mercantil (1802) que la industria textil de Córdoba está en manos de
mujeres, explotadas por los comerciantes que adquieren sus productos
(“...vienen a quedar las mujeres únicas fabricantes de los tejidos,
perpetuamente sujetas a una esclavitud mercantil”). Tal la estructura de lo
que se ha denominado la principal industria del país. Lo mismo ocurre con la
industria sombrerera, también artesanal, que ocupa muy pocos esclavos y, en
cuanto a la producción de caña de azúcar, es muy limitada (Salta) y trabajan
en ella exclusivamente indios de la zona.
Crisis del sistema esclavista
Aludimos
ya al aumento de población que puede considerarse blanca y que vive
marginada. Están radicados tanto en la ciudad como en el campo, muchas veces
sin ocupación fija. En Buenos Aires y las ciudades del interior ocupan
míseros ranchos emplazados en las orillas. En la campaña algunos
propietarios latifundistas les permiten poblar un rincón de sus campos. Son
frecuentes las quejas durante la segunda mitad del siglo pasado debido a
robos de haciendas, vagabundaje, juegos prohibidos, ocupación indebida de
tierras. En cierto momento les prohiben tener hacienda a menos que dispongan
de una gran extensión de tierra.
Poco antes de 1810, y como lo señalamos en nuestro estudio sobre la
situación social del gaucho, comienzan las medidas represivas que tendrán su
expresión más cruda a mediados del siglo pasado. Sin profundizar en el tema
y comparando la situación del Río de la Plata con la de otros ámbitos de
América (los llanos de Venezuela, por ejemplo)11 observamos la existencia de
una gran masa de población disponible para el trabajo. Los propietarios
criollos buscan entonces la salida del régimen esclavista hacia otro con
formas feudales y empleando la amplia legislación existente. Se obliga a los
desposeídos a trabajar, a enrolarse en el ejército, se les impide
trasladarse de un sitio a otro. La solución más adecuada a los problemas que
representan la dará la Guerra de la Independencia y la necesidad de soldados
para los cuerpos de caballería.
La primera medida que aparentemente determina una crisis en el sistema
esclavista data como es sabido de 1813. El 2 de febrero de aquel año la
Asamblea General Constituyente establece la “ley de vientres” acordando la
libertad a todos los niños nacidos con posterioridad a ese año. El 6 de
marzo se reglamenta la ley disponiéndose su cumplimiento en varias etapas,
con lo que se desvirtúa el espíritu libertario que había inspirado la
medida. (“Ese bárbaro derecho –habían dicho– del más fuerte que ha tenido en
consternación a la naturaleza, desde que el hombre declaró la guerra a su
misma especie, desaparecerá en lo sucesivo de nuestro hemisferio; y sin
ofender el derecho de propiedad, si es que éste resulta de una convención
forzada, se extinguirá sucesivamente hasta que regenerada esa miserable raza
iguale a todas las clases del estado y haga ver que la naturaleza nunca ha
formado esclavos sino hombres, pero que la educación ha dividido la tierra
en opresores y oprimidos.”)
La reglamentación de las medidas solicitadas por la Asamblea establece que
los negros nacidos con posterioridad a 1813 permanecerán hasta los veinte
años de edad bajo la protección de sus amos, quienes han de disponer de
ellos sin abonarles salario alguno por su trabajo. Esta protección
denominada derecho de patronato puede enajenarse mediante la entrega de una
suma de dinero. Los avisos de los periódicos editados entre 1813 y 1852
anuncian con frecuencia la venta de derechos de patronato. Aluden asimismo a
la huida de niños de color nacidos con posterioridad al año 1813 y a la
gratificación que ofrecen sus amos a quien los devuelva. Los libertos
mayores de dos años (artículo 5º) pueden quedar en poder del dueño de la
esclava en caso de que éste venda a la madre, situación que no presenta
modificación alguna con respecto a la observada en los peores momentos
anteriores a 1810. Si bien nadie plantea la diferencia entre esclavitud y
patronato, los porteños saben que son sinónimos. Advirtamos que en aquel
momento los esclavos constituyen la totalidad del servicio doméstico y por
lo general no están dedicados a tareas productivas. Su posesión determina la
situación económica del amo y otorga cierto status social.
Recién en 1852 la Asamblea Constituyente dispondrá la libertad total de los
escasos esclavos que todavía existen en el territorio argentino. En los
cinco años anteriores a esa fecha los periódicos porteños no ofrecen ninguno
en venta. Quienes fueron introducidos desde África antes de 1812 y que aún
sobreviven, en su mayoría son ancianos. Sólo quedan algunos vendidos
posteriormente por viajeros que llegan al país amparados en la legislación
que ya mencionamos. Por otra parte el trabajo doméstico es realizado por
inmigrantes europeos y criollos mestizos. La ley, en realidad, alude a un
hecho ya consumado. (“En la Confederación Argentina –dijeron en alguna
ocasión– no hay esclavos: los pocos que hoy existen quedarían libres desde
la jura de esta Constitución...”)
Carne de cañón
Los sucesos posteriores a 1810 determinan la urgente necesidad de establecer
una fuerza armada capaz de defender el nuevo sistema político. De allí las
frecuentes levas de paisanos –ya denominados gauchos– y el enrolamiento de
esclavos. El sistema y el método utilizado no era nuevo pero sí lo era su
intensidad y crea normas jurídicas distintas en las relaciones entre la
clase dominante en aquel momento y los desposeídos. La primera medida data
del 29 de mayo de 1810 y resquebraja el sistema de autoridad. De acuerdo con
lo establecido ese día por la Junta, el ejército debía constituirse sobre la
base de todos “los vagos y hombres sin ocupación conocida, desde la edad de
los diez y ocho hasta la de cuarenta años” sumándoseles los cuerpos ya
existentes. La leva de paisanos denominados “vagos” adquiere grados tan
extremos que días más tarde los propietarios de las tropas de carretas que
viajan al Norte deben detenerse pues las partidas militares les han
secuestrado todos sus peones. El sistema expuesto seguirá en vigencia, con
pocas variantes, hasta la aplicación del servicio militar obligatorio.
También en 1810 (8 de junio) la Junta, para desagraviar a los indios, pues
considera una ofensa que éstos formen parte de las compañías de pardos y
morenos, ordena la separación total de los mismos. Señalemos que el indio
desde un primer momento, y al menos en teoría, es objeto de las inquietudes
sociales de los ideólogos de la Revolución.
Frente a la movilización de las tropas, los esclavos tomarán conciencia de
los sucesos políticos. El hecho preocupa a los propietarios y lo advertimos,
por ejemplo, en ciertas opiniones vertidas en la biografía oficial de Juan
Manuel de Rosas editada en 1830: “la revolución –se dice– que estalló el año
siguiente (1810), agitó profundamente al país, e hizo que los esclavos
fuesen menos dóciles a la voz de sus amos. Muchos propietarios y don León
Rosas entre ellos (padre de Juan Manuel de Rosas), no hallaron más remedio
contra un mal cuyos progresos amagaban sus fortunas, que ir a establecerse a
sus estancias”.
El 31 de mayo de 1813 se ordena el establecimiento de un batallón de
esclavos, considerándolo indispensable “para la salvación de Buenos Aires”.
Y siempre que Buenos Aires –lo mismo ocurre en las ciudades del interior–
afronte un serio peligro, ha de recurrirse a los soldados de color. La
infantería negra constituye en determinados momentos más de una cuarta parte
de las tropas regulares sin tener en cuenta a aquellos que forman la
reserva. Brackenridge recuerda que poco después de 1810 un porcentaje
similar revista en el ejército de Buenos Aires y opina, “no son inferiores a
ninguna tropa del mundo”.
Los esclavos cubren los claros que deja el entusiasmo, al parecer no muy
fervoroso, de los ciudadanos. Así ocurre mientras San Martín prepara en la
ciudad de Mendoza el ejército con el cual ha de cruzar la cordillera. Los
vecinos del puerto emplazado sobre el Río de la Plata, a pesar de no
permanecer en su totalidad indiferentes, no concurren con su ayuda
enrolándose en calidad de voluntarios. Sus donativos en la mayor parte de
los casos son forzados y sujetos a una posible indemnización.12 A los
esclavos los compra el Gobierno; las armas y bagajes indispensables se
adquieren con dinero de la Tesorería, según se desprende de las cartas
intercambiadas entre el Director Pueyrredón y San Martín.
El bando del 15 de enero de 1815, que dispone el embargo de los esclavos en
poder de los españoles europeos sin carta de ciudadanía, esparce un clamor
general en la ciudad. Cientos de solicitudes llegan al gobierno rogando se
revea la medida. Y muchos llevarán sus esclavos al exterior (Montevideo),
burlando las medidas oficiales. Otras leyes posteriores continúan
estableciendo distintos embargos y los extienden a los americanos, pero
siempre con la condición de abonárselos. Gran parte del Ejército de los
Andes está formado por esclavos, reunidos en su mayor parte en los
batallones (regimientos) 7 y 8 de infantería, que suman más de mil
quinientos hombres. Luchan en Chacabuco, Maipú, Cancha Rayada y luego
emprenden el camino hacia el Alto Perú y Lima. Muchos mueren congelados al
cruzar la Cordillera. Otros corroídos por la gangrena. Y cientos de ellos en
los campos de batalla despedazados por el fuego de la artillería realista.
San Martín nunca dejó de reconocer el valor de sus pardos y morenos, y su
espíritu amplio deseó reunirlos desde un primer momento con las tropas
formadas por criollos descendientes de españoles. Pero el espíritu racista
fuertemente arraigado en la población se lo impidió, como él mismo lo
reconoce en una carta al Secretario de Guerra: “En efecto el deseo que se
anima de organizar las tropas con la brevedad y bajo del mejor orden
posible, no me dejó ver por entonces que esta reunión [de negros y blancos]
sobre impolítica era impracticable. La diferencia de clases se ha consagrado
en la educación y costumbres de casi todos los siglos y naciones; y sería
quimera creer que por un trastorno inconcebible se allanase el amo a
presentarse en una misma línea con el esclavo” (Mendoza, 11 de febrero de
1816).
Apesadumbrado
por la falta de comprensión y patriotismo de los porteños, Pueyrredón le
escribe a San Martín (16 de diciembre de 1816) que ha debido revocar el
decreto de embargo de esclavos por el clamor de sus compatriotas: “nació el
disgusto general”, afirma. Por lo tanto se ve obligado a renunciar a todo
intento de envío de tropas. Pero si bien los porteños no permiten el embargo
de sus negros, aceptan entregarlos ciertos días de la semana para que les
enseñen el manejo de las armas, los organicen en compañías y les inculquen
principios de disciplina militar. Además de realizar trabajos domésticos,
ellos velan por la tranquilidad del sueño de sus amos. En la guerra contra
el indio en la frontera de Buenos Aires, Mendoza, Santa Fe y Córdoba también
aparecen tropas de color. En compañía de los gauchos, enrolados como ellos,
por la fuerza, los libertos emprenden la defensa de los intereses ganaderos
y conquistan nuevas tierras para que las usufructúen otros. Rosas, Urquiza,
Mitre, gobernadores y caudillos del interior disponen y abusan de la tropa
de color. Las listas de soldados, las crónicas y partes militares aluden a
la actuación que les cupo en distintos hechos de armas. Los últimos
descendientes de los africanos constituyen la infantería en las tropas de
línea. En los esteros del Paraguay luchan por última vez. Luego, diezmados,
regresan a Buenos Aires. Ya en aquellos años, sobreviven muy pocos de sus
hermanos de raza. Algunos los calculan en no más de seis mil almas.
Finalmente, en 1871, la fiebre amarilla, que hace estragos entre los
pobladores hacinados en los conventillos de los barrios del sur de la ciudad
de Buenos Aires, cobra gran número de vidas entre ellos, terminando de hecho
con la mayor parte de los hombres de color.
Un orgulloso país de blancos
En nuestro país, muchos vieron y, por qué no decirlo, muchos ven la
desaparición de la población de color como un hecho positivo. Hace varios
años, un conocido diplomático e internacionalista argentino sostenía esa
tesis en una conferencia que pronunciara en la Universidad de Harvard en
Estados Unidos. Expresó entonces que “es digna de recordar la circunstancia
favorable que las razas inferiores, indios y negros, casi se extinguieron
durante el primer siglo (de la independencia). Las guerras de límites, las
enfermedades y el alcohol, han reducido a las aguerridas tribus indígenas a
pequeños grupos de menos de diez mil almas, diseminadas en diferentes
regiones del país. La abolición de la esclavitud –agregaba–, proclamada por
el Congreso argentino de 1813, originó un movimiento de gratitud (sic) en la
población negra y como consecuencia, todos los hombres capaces de usar armas
se unieron voluntariamente en los ejércitos patriotas y en la guerra contra
la dominación española. Además los negros tomaron una parte activa en la
república. La homogeneidad de la población blanca es una de las razones que,
unida al carácter de las instituciones y a los dones de la naturaleza,
explican la extraordinaria transformación, cultura, y prosperidad de la
República Argentina...”.13 Tan entusiasta profesión de fe en la superioridad
del blanco, frente a las “razas inferiores”, nos exime de todo comentario.
Referencias
1 La cantidad se desprende de un estudio que realizamos sobre
aproximadamente cien viajes entre África y puertos de América durante las
últimas tres décadas del siglo XVIII.
2 Negro bozal: denominación con que se conocía al esclavo recién llegado a
Indias y que no conoce las costumbres ni el idioma.
3 Izan la bandera española.
4 Recopilación de leyes de los Reynos de Indias (libro IV, título V, leyes
IV, VII, XV, XXVIII).
5 Geme por gema, piedra preciosa, joya. Alude con ello al tamaño de la
marca.
6 Cf. Ricardo Rodríguez Molas. Historia social del gaucho. Buenos Aires,
1958, p. 344.
7 El 17 de abril de 1833, la policía de Buenos Aires anuncia en el periódico
El Lucero “que establece la condena de veinticinco azotes a todo negro que
encuentre jugando” y agrega “que si se tratase de un hijo de familia, a
veinticuatro horas de prisión”.
8 Nombre para designar a los esclavos negros sin influencias árabes y que no
son mestizos.
9 Negro entre siete y diez años.
10 Disponemos de escasos informes posteriores a 1810 y suponemos que el
porcentaje sería similar a los que se desprenden de las series estadísticas
posteriores. Entre 1813 y 1815, de 2003 nacimientos de niños cuyas madres
son esclavas, sobrevivirán al parto sólo 1253 (37% de muertes). Y dentro del
límite de las posibilidades, teniendo en cuenta la mencionada cifra, podemos
sostener que las muertes al año de vida alcanzarían a un 50%.
11 Miguel Acosta Saignes. Vida de los esclavos negros en Venezuela. Caracas,
1967.
12 En el Archivo General de la Nación pueden consultarse los miles de
expedientes de la Comisión liquidadora de las deudas de las guerras de la
Independencia y la emprendida posteriormente contra el Imperio del Brasil.
Hasta el último centímetro cuadrado de las telas para los uniformes fue
meticulosamente abonado a los comerciantes porteños y a los importadores.
Los esclavos, en la mayor parte de los casos, pagados en el momento. Por
otra parte todos, o casi todos, los descendientes de los oficiales, y aun
aquellos que en su vida tomaron un fusil, recibieron pensiones graciables
del Congreso... Mientras tanto los soldados negros sobrevivientes
arrastraban sus muñones y sus miserias por las calles de Buenos Aires,
Mendoza y otras ciudades.
13 Estanislao S. Zeballos. Las conferencias de Williamstonn. Buenos Aires,
1927, página 81.
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Lucas Fernández, precursor del socialismo en el Río de la
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El genocidio negro en Argentina
El primer genocidio en la Argentina y porqué desapareció la nación de color. En el siglo XIX, entre 1850 y 1870, hubo una cultura de la negritud.
El socialismo llegó al Río de la Plata mucho antes que la corriente inmigratoria de origen europeo. Fue la comunidad negra de Buenos Aires, la de los ex esclavos liberados recién con la Constitución Nacional de 1853 (en la Asamblea del Año XIII sólo se les concedió la liberación a los por nacer) quienes trajeron las primeras ideas y doctrinas del socialismo utópico, en 1858, seis años antes de la fundación en Europa de la Asociación Internacional de Trabajadores (Primera Internacional) que Marx, Engels y el anarquista Miguel Bakunin impulsaron en 1864.
Un intelectual negro, Lucas Fernández, creó y dirigió el semanario El Proletario, que vio la luz el 18 de abril de 1858, el cual expresó servir los "intereses de clase", los de la "clase de color". El movimiento se llamó Democracia Negra y se frustró porque se produjo el exterminio de la comunidad negra durante los aciagos días de la epidemia de fiebre amarilla.
La izquierda argentina está en deuda con esos pioneros negros, borrados de la historia y de la memoria. Salvo un trabajo del escritor Dardo Cúneo (El Primer Periodismo Obrero y Socialista en la Argentina, Editorial La Vanguardia, Buenos Aires, 1945) no se ha tenido en cuenta aquel movimiento precursor, mucho más vigoroso y expresión de las clases oprimidas de la época, que las referencias saintsimonianas de Esteban Echeverría y Sarmiento, estudiadas por José Ingenieros en la Evolución de las ideas argentinas.
Esa experiencia y su interrupción abrupta está ligada a uno de los hechos trágicos de la historia argentina: el aniquilamiento de la raza negra, el primero de los genocidios producidos en la Argentina. El segundo fue el de los indios, en la ya famosa Conquista del Desierto, que fue una conquista porque en realidad no era un desierto. A los aborígenes, especialmente los del Sur, se les aplicó la guerra bacteriológica mediante el envío de comerciantes a las tolderías que les entregaban mantas que habían estado en contacto con enfermos de viruela. Así fueron diezmados y luego asesinados -hombres, mujeres, niños y ancianos- por el ejército de línea.
De todas maneras no fuimos los creadores de esa anticipación vernácula del nazismo. Los norteamericanos utilizaron ese método para la conquista del Oeste y el exterminio indígena. Por mucho tiempo se creyó que había sido el célebre general Custer su inventor, pero nuevas investigaciones realizadas por historiadores de los Estados Unidos, según estudió David Viñas, han comprobado que ese método ya se empleaba desde fines del siglo XVIII.
El tercer genocidio fue el de los obreros -en la Patagonia de 1921- donde el Ejército reprimió las huelgas obreras y fueron fusilados cerca de mil quinientos trabajadores. El cuarto genocidio o masacre -que apuntó especialmente a la juventud- lo hemos vivido en los años del llamado Proceso militar. Pero el menos conocido sigue siendo el de los hombres y mujeres de color y con ellos aquella experiencia liberadora, destruida de cuajo, del primer socialismo en Buenos Aires.
El esclavismo en el Río de la Plata
La cuestión negra, es decir la del sistema de la esclavitud, estaba ligada a los comerciantes porteños, particularmente desde mediados del siglo XVIII hasta la Revolución de Mayo.
El partido esclavista era muy fuerte durante el sistema colonial español, y tuvo todavía, en los primeros años de la Independencia, una presencia política importante. Los apellidos de los esclavistas permiten advertir su continuidad con el sistema oligárquico. Algunos de esos apellidos fueron Pedro Duval, Tomás Antonio Romero, José de María, Martínez de Hoz, Narciso Irauzaga, Manuel Aguirre, Rafael Guardia, Agustín García, Martín de Alzaga, Andrés Lista, José de la Oyuela, Casimiro Necochea, Francisco del Llano, Cornet, Molino Torres, Manuel Pacheco, Ventura Marcó del Pont, Francisco Antonio Beláustegui, Jaime Llavallol, Francisco Ignacio Ugarte, Diego de Agüero, González Cazón, Juan E. Terrada, Martín de Sarratea, Tomás O'Gorman, Mateo Magariños, Antonio Soler, Domingo Belgrano Pérez, Nicolás del Acha, Miguel de Riglos, Pedro de Warnes, Domingo de Acassuso, Lezica y Torrezuri, Manuel José de Borda.
Teniendo en cuenta que en 1816, el general José de San Martín tuvo en su poder un censo de esclavos negros posibles de reclutar militarmente, y que ascendía a 400.000, la pregunta es qué pasó con esos seres humanos en estas tierras.
La esclavitud no fue totalmente abolida hasta la consagración de la Constitución Nacional de 1853, es decir, cuarenta y tres años después de haberse iniciado el proceso emancipador. Esta demora se produjo por dos razones, una, porque los negros esclavos fueron utilizados, en esa calidad, como fuerza de los ejércitos criollos; en segundo lugar, porque el partido esclavista era muy poderoso entre los comerciantes porteños.
De todas maneras, la esclavitud era incompatible con la ideología del liberalismo burgués (aunque no en la práctica de ese liberalismo). El liberalismo revolucionario nutría a las corrientes más progresistas de la Revolución de Mayo de 1810. Por eso, en la Asamblea Constituyente de 1813 se otorgó la "libertad de vientres", es decir que quedaron libres los niños negros por nacer, pero los otros, toda la masa humana en poder de los amos, continuaron bajo el régimen de la esclavitud o en distintas formas de servidumbre.
Fueron esos negros los que nutrieron con su sangre y sacrificio a los ejércitos libertadores y San Martín reconocerá el valor de sus tropas negras y también el ambiente racista de la época ya que no logró unir los batallones negros con los de los mulatos y blancos. Los negros esclavos morirían en la lucha por la Independencia, "por separado", es decir, en riguroso "apartheid".
Sarmiento, en su obra de la vejez, Conflicto y armonía de las razas en América, recordará la epopeya negra en nuestra tierra. Esos valerosos negros murieron luchando durante el Cruce de los Andes, en la campaña sanmartiniana, en los famosos batallones (regimientos) 7º y 8º, en las batallas de Chacabuco, Maipú, Cancha Rayada, en la Campaña del Alto Perú.
El genocidio negro
El comercio de esclavos estaba relacionado principalmente con los comerciantes porteños, es decir, con el partido unitario. El partido saladeril bonaerense, el de Rosas, Anchorena, Roxas y Patrón, Ezcurra, Terrero, carecía de ideas abolicionistas. Los negros también poblaban la campaña bonaerense. Eran utilizados en el trabajo como siervos, especialmente por hacendados y representantes eclesiásticos. Pero los saladeriles no estaban vinculados específicamente con el tráfico de esclavos aunque los utilizaban como mano de obra servil.
Cuando Juan Manuel de Rosas asumió el poder -tampoco dio la libertad a los esclavos-, mantuvo, sin embargo, un mejor trato con los hombres y mujeres de color. Rosas mantenía estrecha relación con las capas populares y en relación con los negros, solía participar con miembros de su familia, de las fiestas en el barrio del Tambor, en Monserrat, en San Telmo y en la Recoleta (el viejo Buenos Aires). Eran los famosos candombes y marimbas.
Cuando volvieron los antirrosistas al gobierno, después de 1851, no olvidaron a esos negros que habían motivado sus fantasías de terror. La venganza llegaría años después, durante la tragedia de la fiebre amarilla y la Guerra del Paraguay, a fines de los años sesenta.
"El Proletario"
Desde luego que no se puede hablar de obreros o de proletarios en el Buenos Aires de mitad del siglo XIX. La Primera Revolución Industrial todavía no había llegado a la producción. Pero en aquella Argentina decimonónica había capas o clases oprimidas. Junto a los criollos, el gauchaje y los indios, estaban los negros que realizaban las tareas más humildes de la ciudad o tenían los oficios más duros en el campo.
Un intelectual negro, que avizoró claramente las contradicciones políticas de su época y previó, tal vez no en la magnitud que alcanzó finalmente, la animadversión y odio de los blancos hacia sus connacionales de color, trató de impulsar una corriente de opinión ampliamente democratizadora para su época. Y lo hizo enarbolando las concepciones más progresivas de su tiempo, el utopismo social, el humanitarismo liberal, el socialismo.
Tales doctrinas, adaptadas a nuestro medio, fueron expuestas a través del periódico El Proletario que apareció el 18 de abril de 1858 para concluir su vida dos meses después, en el mes de junio. Esa corta vida permite, sin embargo, conocer qué pensaba un núcleo de negros, cuáles eran sus ideas, sus reclamos, su visión de los acontecimientos y de la cultura general.
La publicación tenía como subtítulo "Periódico Semanal, Político, Literario y de Variedades". Estaba dirigido por Lucas Fernández y su lema era "Por una sociedad de la clase de color".
En su primer editorial, titulado La clase de color, sostenía:
"Esta importante y preciosa porción de la sociedad porteña a que nos honramos de pertenecer, no tiene un órgano que alivie las necesidades inherentes a toda clase desvalida y pobre de un país cualquier, y que vigile por sus intereses tan importantes y valiosos como los de las clases más acomodadas y felices; y si lo tuvo, él no pudo llenar sus fines y objetivos primordiales; pero aún cuando así lo hubiera de hecho no existe ya.
"En la situación actual de nuestra clase, en la precocidad de inteligencia que se nota en la generación que se levanta, ávida de ideas y saber, y sobre todo, en el estado de progreso moral en que se halla el Estado de Buenos Aires, se hace indispensable ese órgano que la estimule y fomente, ya con el ejemplo, ya propendiendo a que se la ensanche por el camino de la educación y de la ciencia, un poco estrecho hasta aquí, y no como debe ser; ayudándola a vencer los obstáculos que le oponen las rancias preocupaciones de unos, y la malevolencia de otros; preocupaciones poderosas por lo mismo que son generales y sancionadas por los siglos; a través de los cuales se han ido transmitiendo con ultraje de la justicia, de una a otra generación, hasta llegar a nosotros, y que ponen una positiva valla a la práctica de ciertas leyes que nos amparan, haciendo que no se cumplan, porque hieren, no los intereses, sino el orgullo vano y malhabido de las clases elevadas".
El movimiento Democracia Negra
El movimiento progresista de la negritud estaba dirigido, en primer lugar, a formar conciencia entre los negros bonaerenses, particularmente a los sectores alfabetos. Pero tenía, indudablemente, un mensaje hacia los blancos, de todas las clases sociales, previendo los prejuicios y el racismo latentes, salía a identificarse con formas más evolucionadas de la organización social.
Defendía en su primer manifiesto los "intereses" de las "clases desvalidas" y apuntaba a fortalecer "la inteligencia que se nota en la generación que se levanta, ávida de ideas y saber", es decir en las nuevas generaciones. Quería que los hombres y mujeres de color se integraran a la sociedad de Buenos Aires desde sus propias raíces pero cultivando las nuevas ideas de redención social.
Es indudable que Lucas Fernández, de quien se tienen escasas referencias, no se sabe si murió durante la fiebre amarilla o cuándo ocurrió ese hecho, intentó oponerse al racismo imperante. Denunciaba la "malevolencia" y el "ultraje de la justicia" de la discriminación racial y social. Reclamaba la igualdad ante las leyes para los hombres y mujeres de color y planteaba la necesidad de la educación y el conocimiento de las ciencias como forma de liberación.
La tragedia
Resulta sorprendente cómo los historiadores han tratado el tema de la negritud. Lo ignoran, o construyen teorías imaginarias sobre el destino de la enorme masa humana que componía ese sector de la sociedad porteña y bonaerense. Lo cierto es que los negros de la etapa colonial y de las cinco primeras décadas posteriores a la Revolución de Mayo parecen haberse esfumado. Sin embargo hay hechos que desmienten muchas teorías incongruentes. Si se cruza el Río de la Plata, aún hoy, a principios del siglo XXI, se encontrarán barrios montevideanos habitados por personas de color. A lo largo del siglo XX, especialmente en la primera mitad, aparecieron revistas, periódicos, diarios, movimientos, como Nuestra Raza, que difundió la cultura de la negritud. A fines de los años cuarenta recibieron la visita del poeta e intelectual cubano Nicolás Guillén que fue agasajado con actos y fiestas. El movimiento negro en Montevideo estaba dirigido por Valentini Guerra.
¿Por qué en la Argentina no ocurrió lo mismo? ¿Qué pasó con los negros anteriores a los años setenta del siglo XIX? Porque si hay entre nosotros negros, muchos de ellos pertenecen a las oleadas inmigratorias posteriores, especialmente caboverdiana, que datan de fines del siglo XIX. ¿Qué ocurrió con las generaciones anteriores?
Hay una explicación. Cruenta como trágica. Fueron suprimidos de manera cínica, brutal. Durante la fiebre amarilla de 1871 (en realidad la epidemia reunió variadas enfermedades contagiosas), los barrios más castigados por el flagelo fueron los que habitaban los negros. Eran barrios desprovistos de higiene en una Vieja Aldea que carecía de toda organización sanitaria. Eran los barrios más pobres y en donde la vida era más dura. Allí se desató la tragedia alentada por el hacinamiento, la promiscuidad, la miseria, la suciedad. No eran mejores las condiciones sanitarias y de vida en los barrios blancos, pero en los que habitaban los negros, era peor por la miseria reinante.
Había llegado la hora de la venganza y en medio del horror generalizado por la epidemia que no perdonaba ni discriminaba por el color de la piel, el ejército rodeó a los barrios negros y no les permitió la emigración hacia la zona que los blancos constituyeron el Barrio Norte como producto del escape de la epidemia. Los negros quedaron en sus barrios, contra su voluntad, allí murieron masivamente y fueron sepultados en fosas comunes. Algunos historiadores consideran que una de las zonas donde existirían esas fosas es en la Plazoleta Dorrego, en pleno San Telmo. Es necesario investigar todavía en los informes médicos y de las organizaciones solidarias que socorrieron a las víctimas, tragedia inmortalizada por el cuadro La fiebre amarilla del pintor uruguayo Juan Manuel Blanes, donde el artista presenta al jefe del socorro a las víctimas, José Roque Pérez, fundador de la masonería argentina, junto al doctor Cosme Argerich, entrando en una casona en donde encuentran a una mujer muerta en el suelo y un niñito negro a su lado. Todavía, algunos otros negros, especialmente procedentes de la campaña, adonde el flagelo no había llegado, fueron reclutados compulsivamente, junto al irredento gauchaje criollo, y llevados a la guerra contra el Paraguay. Murieron luchando en los esteros guaraníes durante la Guerra de la Triple Alianza.
En este principio del siglo XXI los argentinos deberíamos meditar sobre esta etapa olvidada de nuestra historia. Los historiadores, especialmente los que han dedicado su esfuerzo a la historia del movimiento obrero y social argentino, están en deuda con Lucas Fernández y el movimiento Democracia Negra, una página memorable de la lucha social en la Argentina.
Bibliografía:
"El negro en el Río de la Plata", por Ricardo Rodríguez Molas. En: Historia Integral Argentina. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, tomo 1, págs. 38-56.
"Itinerario de los negros en el Río de la Plata", por Ricardo Rodríguez Molas. En: Todo es Historia, Buenos Aires, Nº 162, noviembre de 1980, tomo 29. Número especial dedicado a la cuestión de la negritud. Director: Félix Luna; Jefe de Redacción: Emilio J. Corbière.
La trata de negros. Datos para un estudio en el Río de la Plata, por Diego Luis Molinari. México, Fondo de Cultura Económica, 1944.
El primer genocidio, por Emilio J. Corbière, en "Nuestro Tiempo", en diario Tiempo Argentino.
Un testimonio sobre la esclavitud en Montevideo. La memoria de Lino Suárez Peña, por Jorge Emilio Gallardo, Idea viva, Colección El Barro y las Ideas, 1987.
El primer periodismo obrero y socialista en la Argentina, por Dardo Cúneo, Editorial La Vanguardia, Buenos Aires, 1945.
Bibliografía afroargentina, por Jorge Emilio Gallardo, Idea viva, Colección El Barro y las Ideas, 1987.
La trata de negros en el Río de la Plata durante el siglo XVIII, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Investigaciones Históricas, 1958.
Fuente: La Fogata
Córdoba
negó y ocultó a sus abuelos negros
Por Fernando Agüero | Corresponsalía
faguero@lavozdelinterior.com.ar
La semana pasada, la detención en Brasil del futbolista de Quilmes Leandro
Desábato, por un supuesto insulto racista proferido a un jugador del San Pablo
de raza negra, despertó una polémica recurrente en nuestro país. ¿Somos un país
racista? Fue la pregunta que se hicieron los medios cuando la noticia deportiva
pasó a un segundo plano para darle lugar a la cuestión social.
Las respuestas a favor y en contra de esa aseveración no se hicieron esperar.
Sin embargo, se sigue dejando de lado otra nebulosa que cubre de cabo a rabo
nuestra concepción de lo nacional y que tiene que ver con la idea muy instaurada
de que en Argentina no hay negros.
La misma idea toma fuerza en Córdoba, donde la presencia africana representó el
60 por ciento de la población en la época virreinal. ¿Qué pasó con ellos? ¿Dónde
están?
Miriam Gómez es integrante de la Sociedad Caboverdiana de Buenos Aires y asesora
al Indec y a la Universidad Nacional de Tres de Febrero en temas de africanía y
negritud. Por estos días, las tres organizaciones, junto a la entidad África
Vive, están realizando un censo en Buenos Aires y Santa Fe para tratar de
establecer cuántos afrodescendientes viven en la actualidad en ambas provincias.
Gómez, hija de un matrimonio de inmigrantes de Cabo Verde, aseguró a La Voz del
Interior que el “caso Desábato” le produjo sensaciones diversas. “En primer
lugar, sentí una negación total de la parte argentina, desde donde se dijo que
no podía haber pasado”, explicó.
“Si el hecho discriminatorio ocurrió, tiene que ser sancionado”, indicó. Gómez
admitió que en Argentina es habitual utilizar insultos con el componente negro.
“Es muy común insultar a otro diciéndole negro de mierda o mono. Lo escucho
todos los días”.
Córdoba negra
No los mató ninguna peste o guerra. No se extinguieron por ninguna razón. No se
esfumaron. Los argentinos de raza negra o afrodescendientes, como prefieren que
se los nombre, pertenecen a una de las corrientes migratorias que recibió el
país desde la época de la colonia, cuando llegaban como esclavos al puerto de
Buenos Aires para ser destinados a distintos puntos del Virreinato del Río de la
Plata.
Córdoba fue, en ese marco, un nudo de distribución; pero también fue un centro
de ubicación de los africanos esclavos que, en su mayoría, trabajaron en los
conventos.
Hoy sus descendientes están insertos en nuestra sociedad. El mestizaje y las
nuevas corrientes migratorias que persisten hasta nuestros días, conforman la
población de afroamericanos en Argentina. Sin embargo, muchos descendientes,
víctimas de una discriminación siempre latente, no aceptan sus orígenes. Esa
negación es atribuible a un proyecto de país en el que los negros no tenían
cabida.
En este contexto, se hizo famosa la frase del ex presidente Carlos Menem cuando,
sin temor a equivocarse, dijo: “En Argentina no existen los negros; ese problema
lo tiene Brasil”.
La historia oficial dice que los negros desaparecieron del país víctimas de las
pestes y al ser utilizados como carne de cañón en las guerras del siglo XIX. Sin
embargo, aún están entre nosotros o en nuestra propia sangre y se calcula que
entre un seis y un 10 por ciento de argentinos proviene de aquellos esclavos.
En la Córdoba virreinal, los negros llegaron a ser la población más numerosa
entre las demás etnias. En 1840, la población de la capital provincial estaba
integrada por un 61 por ciento de africanos o mestizos. Diego Buffa es, junto a
María José Becerra, coordinador del Programa de Estudios Africanos en el Centro
de Estudios Avanzados de la UNC.
Buffa se embarcó en el intento de dilucidar qué había pasado con la gran
población negra que habitó la Córdoba colonial. El primer escollo que encontró
fue que, de repente, los censos no discriminaron más por raza. “Nos resultaba
muy extraño que a principios del Siglo XX no existieran más afrodescendientes”,
contó.
A pesar de tener conciencia de que muchos esclavos murieron en las guerras de la
independencia o en los conflictos internos del país, los investigadores del CEA
no se conformaban con la idea de que habían desaparecido.
Y llegaron a la conclusión de que no todos habían muerto y de que los que
quedaron sufrieron el estigma de ser esclavos o de tener descendencia africana.
“Hasta la Reforma de 1918 en la Universidad de Córdoba todavía se exigía para
ingresar la limpieza de sangre, que no era otra cosa que no tener algún ancestro
negro”, explicó Buffa.
Por eso, cuando pasaron los años, el ancestro negro comenzó a ser negado. “Nadie
admitía ser negro en los censos que se realizaban en la campaña, que eran más
flexibles”, aseveró.
En conclusión, los negros no desaparecieron sino que se ocultaron tras de velo
del mestizaje.