
La transmisión del pensamiento de Lacan en la
Argentina
Roberto Harari
"Cuando
no se tiene talento, se dice todo. El
hombre de talento elige y se domina".
Quintiliano, Instituciones oratorias.
"¿La literatura? Es poder decir por qué signos
nuestra realidad viene hacia nosotros".
J. - P. Faye, ¿Qué puede la literatura?
"Los ejemplos vivientes tienen otro poder".
P. Corneille, El Cid.
I
Resulta viable comenzar a desarrollar la cuestión planteada por el título de
esta contribución recurriendo a una afirmación revestida de cierto carácter
perogrullesco. En efecto, para responder a la pregunta: ¿por qué ha impactado
tanto en la Argentina la enseñanza de Jacques Lacan?, podemos contar con el
recurso a la comprobación de lo evidente: nuestro país -de ideario cosmopolita-
es uno de los puntales mundiales del psicoanálisis, de modo que el pensamiento
de Lacan no podía dejar de hacer surco en él, por cuanto implica el rescate del
legado freudiano. Rescate en confrontación con algunos moldes que parecían
condenar el psicoanálisis a una especie de fosilización -sobre el punto, ya
había advertido el mismo Freud, cuando señalaba la posibilidad de que el efecto
conmocionante, propio de la interpretación de lo inconsciente, se agotase. Al
respecto, cabe afirmar que lo inconsciente es epocal; en ese sentido, la noción
de un "post-freudismo" no debería mentar a "aquellos que vienen después de
Freud", sino a quienes hacen factible que Freud siga "viviendo", en un cabal
efecto de après-coup.
Con frecuencia, solemos escuchar a analistas vernáculos incursos en una actitud
cuanto menos curiosa al autodefinirse como "freudianos", a secas. Utilizan el
adjetivo en un sentido defensivo-combativo, para sentar una diferencia contra lo
que -consideran- implica la "desviación" lacaniana. O sea: aquellos llamados a
sí mismos freudianos convierten tal calificación en sinónimo de no lacanianos.
Su postura suele centrarse en el siguiente fantasma: Freud por Freud, o Freud
con Freud, o Freud desde Freud. Desde tal fantasma, reivindican un purismo harto
cuestionable, el cual los condena a una esterilización, a una redundancia
ecolálica y gargarística que les impide abrirse a las riquísimas latencias
implicadas en, y por, la impar obra del creador del psicoanálisis. Claro está:
consideran el trabajo de Freud como algo clausurado, acabado, olvidando el
carácter fundamentalmente inconcluso de su obra. No advierten que la
reinterrogación conducida por Lacan es lo que permite que Freud continúe
"hablando". Y henos aquí, entonces, ante lo crucial de su propuesta.
Buena parte de los psicoanalistas argentinos ha sido sensible al desafío
planteado por la empresa lacaniana. Ese "avance" tan cuestionado no era sino el
medio para impedir la defunción de nuestra disciplina. De modo que, tomando en
cuenta la dilatada y envolvente presencia del psicoanálisis en la cultura
argentina desde la década de los años '40, no cabe sorprenderse ante la
difusión, extensión y pregnancia alcanzados por las enseñanzas de Lacan. Tal,
nuestro punto de partida.
Ahora bien: el propio Freud -aunque descartando una posible coagulación de lo
inconsciente, adjudicándole, por el contrario, la capacidad de abrir nuevas
vías- alertaba, como decíamos, respecto de ciertos estancamientos factibles en
el territorio abierto por su obra. No provocados por los analizantes, sino por
los propios analistas. Dicho de otro modo: si se propaga de modo efectivo
aquello que el mismo Freud habría llamado la "peste" del psicoanálisis, ello se
debe más a los síntomas que a los analistas. Son los síntomas los que demandan
ser interpretados; ellos "convocan" al analista. Pero éste bien puede orientarse
hacia la cristalización que los síntomas no poseen, al pretender ampararse en
una presunta ortodoxia.
Es precisamente la mutación a la que se encuentra sometido lo que autoriza la
perdurabilidad del efecto de disfraz inherente al síntoma. Para rendir
testimonio de ello, Freud invitaba a los psicoanalistas no a una reformulación
permanente, pero sí a que contásemos con la suficiente flexibilidad a los
efectos de permitir el hallazgo de conceptos capaces de dar cuenta de la
experiencia del análisis de un modo más ajustado que el establecido con
anterioridad. En suma: para conseguir una mejor intelección del síntoma -de la
inhibición, de la angustia-, los conceptos debían ser mudables, perfectibles.
Esta propuesta toca de lleno la cuestión de la ortodoxia y de la heterodoxia, en
cuyo seno irrumpe la enseñanza lacaniana. Cabe, por ende, formularse este
interrogante: ¿hasta dónde puede seguir llamándose freudiano aquel que dice
serlo a ultranza porque porta de modo literal las palabras de Freud como
estandarte, sin poder aceptar la apropiación, por parte de Lacan, de conceptos
como -por ejemplo- el de significante, argumentando que el padre del
psicoanálisis jamás hizo referencia a dicha noción, y que tal "herejía" no puede
sino ser causa de escándalo y de la consiguiente descalificación?
II
La pretensión de erigir a la obra freudiana en texto canónico, sacralizado,
conlleva el intento de convertir el psicoanálisis en un nuevo catecismo. En tal
respecto, no es infrecuente observar en la Argentina cómo algún reputado
"psicoanalista" se convierte -gracias a la deseosa complicidad de los medios de
comunicación, que ofrecen incesantemente espacios obedientes a un furor
vulgarizador, banalizante- en una suerte de dador de respuestas, de predicador
reformista laico, idóneo para encarar, con su instrumento, cualquier cosa que le
fuese demandada "a nivel interpretativo".
Se supone lo siguiente: los psicoanalistas somos una suerte de detentadores de
cierto saber a partir del cual asignamos sentido -casi siempre unívoco- a una
serie de circunstancias de todo tipo y calibre: amores de cierta "estrellita"
contrariada, algún crimen pasional "sádico", la inexplicable derrota categórica
de un equipo de fútbol hasta allí "invencible", etc. Ante esta situación cabe
pensar: ¿acaso el analista renuncia al poder que la transferencia le confiere
con sus analizantes tan sólo para reintegrárselo a través de su aparición como
opinólogo de los medios masivos?
Una cuestión decisiva en torno de este corrimiento del lugar del analista parece
ser la del intento de absorción de la empresa freudiana por parte de diversos
discursos conmovidos en sus cimientos por la irrupción del psicoanálisis. Ahora
bien: a pesar de que el concepto de lo inconsciente es coalescente con ese
invento insólito conformado por la situación analítica, la subversión freudiana
pronto se vio acechada por quienes entrevieron la posibilidad de postular una
concepción panteísta o metafísica de lo inconsciente, según la cual sería dable
"captarlo" mediante una hermenéutica de tinte universalista. En cambio, el
analista, de hecho, rescata su sitio en la clínica y en la extensión, lugares
donde acontece ese momento crucial consistente en el despojo de todo saber
preconstituido. El analista que -amparado en una supuesta ortodoxia, donde ya
todo está asentado- cree que sólo le resta aplicar el psicoanálisis urbi et orbi
lo rebaja, así, a una mera tautología: en efecto, siempre va a concluir
demostrando no otra cosa sino aquello que "ya sabía" a priori. Abandona,
entonces, el lugar de docta ignorancia, para convertirse, lo reiteramos, en un
gurú autorizado a dictaminar sobre todo y sobre todos. Se llega así a la
postulación de una cosmovisión; algo expresamente rechazado, desde su basamento
conceptual "castrado", faltante, por el fundador del psicoanálisis. Por eso,
estos "analistas", integrados a un cierto "saber", se erigen en campeones del
sentido. Existe, desde esta postura, un sentido para cada acontecer, y el
analista se encontraría en posesión de él, obrando con el mismo cual oportuno
oráculo. No obstante, la condena de esta distorsión no implica, de ninguna
manera, que el psicoanálisis deba mantenerse incurso en una abstinencia de
contacto con otros discursos.
III
Respecto de las disciplinas con las cuales el psicoanálisis propugna
intersectarse, es menester postular una doble vertiente. Por un lado, cómo
nuestra disciplina procesa, por importación, conceptos de otras disciplinas;
pero, por otra parte, cómo fecunda -por exportación- a éstas, lo cual, a nuestro
juicio, es la tesitura desplegada y enseñada por Freud en su notable artículo El
interés del psicoanálisis. Allí demuestra que, a partir de sus trabajos, se
plantean cuestiones que implican cabales desafíos teóricos, ante los que las
disciplinas conexas no pueden permanecer impasibles. El problema es que ellas no
mantienen con el psicoanálisis un intercambio neutro, esto es, de colaboración
recíproca. Es lícito preguntarse, entonces, hasta qué punto ciertas disciplinas
soportan la injuria vehiculizada por la noción de lo inconsciente, o el embate
sufrido por el concepto de "hombre" -caracterizado por una esencia "positiva"-
al enfrentarse con el sujeto freudiano, con el cual poco y nada tiene que ver.
Pues, en efecto, la idea "positiva" de hombre impregna hasta hoy la casi
totalidad de los planteos de aquellas denominadas -no sin elevado riesgo-
"ciencias humanas".
E1 psicoanálisis, por definición, permanece ajeno a cualquier concepción
humanista o espiritualista. Pero -y esto, a nuestro juicio, es lo más importante
para remarcar en la actualidad- tampoco se trata de abordar, en su nombre, el
"privilegio" de la relación entre el hombre y su semejante. No es, entonces, una
psicología del vínculo, de la intersubjetividad o de algo que se le parezca,
aunque desde estos ámbitos "post-freudianos" se intente, de modo permanente,
ejercer todo tipo de seducciones para así desvirtuar el incómodo periplo
freudiano. Nunca se deja de querer maridarlo, por ejemplo, con la psicología,
esa disciplina especializada usualmente en centrar su interés en la noción de
persona o individuo, con el objetivo de impedir la caída del mismo desde el
lugar narcísico. Se llega así a la paradoja de plantear el psicoanálisis -que
constituye la crítica más demoledora formulada al primado de la consciencia-
como una suerte de introspección contemporánea, aggiornada ad usum delphini.
IV
Es en ese campo heterogéneo habitado por "ortodoxos" y "post-freudianos", con
sus distintas corrientes, donde la aparición de la enseñanza lacaniana en la
Argentina provoca escándalo, polémica y rechazo. Hay ciertos puntos a atender
que determinan algunas diferencias entre la discusión que tuvo lugar en Francia,
donde Lacan polemizaba con la Asociación Psicoanalítica Internacional (I.P.A.)
-embarcada en una empresa adaptacionista comandada por la psicología del yo- y
lo sucedido en la Argentina, donde la entrada de la concepción gestada por el
maestro francés se produjo en un marco fuertemente dominado por la escuela
inglesa; en particular, por el psicoanálisis de filiación kleiniana. En efecto,
esta escuela reinaba en la entonces monolítica y exclusiva Asociación
Psicoanalítica Argentina (A.P.A.), filial de la I.P.A. Esta filial, amparada en
una controvertida disposición del primer gobierno peronista fechada en 1954,
impidió el ingreso a la misma a todo no-médico (hasta 1984). Así, mientras los
psicoanalistas de la A.P.A. conducían análisis y brindaban supervisiones
clínicas y grupos de estudio privados, los psicólogos de título -que comenzamos
a egresar de la Universidad en 1960- no podíamos sino mantener tales lazos
"clandestinos" y precarios con los analistas "oficiales".
Desde tal condición marginal, no es de extrañar que quienes introdujimos las
enseñanzas de Lacan en la Argentina fuésemos analistas -o teóricos, en otros
casos- ajenos a la A.P.A.; sin duda, una marginación común tendía a facilitar el
acercamiento a un autor no enrolado en el envolvente kleinismo omnímodo. Empero,
a esta altura de los acontecimientos, tal vez sea necesario formular un
desagravio a la tan criticada -también por nosotros, claro está- Melanie Klein.
Si bien era una intuitiva poco rigurosa, deben evitarse, a su respecto, los
juicios lapidarios; sobre todo, por la particular agudeza clínica de esta
autora, caracterizada por su aptitud para la captación del fantasma. Lacan
afirmaba la condición de "tripera" de la psicoanalista afincada en Londres; esto
es, que hablaba desde y hacia lo visceral -las "tripas"- y no en referencia al
yo, según lo siguen haciendo aún hoy los norteamericanos. En ese sentido, estaba
inmersa en el psicoanálisis, antes que en la psicología.
En efecto, el adaptacionismo americano, aunque con otro ropaje, se orienta
todavía hacia el centramiento en el yo. Existe una fuerte tendencia a enfocar la
cuestión del narcismo -en especial, esto se manifiesta en las obras de Kohut y
de Kernberg- mediante la fallida delimitación de ese cuadro tan difuso
conformado por los fronterizos o borderlines, aunado con la idea del "narcisismo
patológico" y de los "trastornos narcisistas de la personalidad", lo cual no
deja de indicar, en su vaguedad prejuiciosa, la omnipresente remisión al yo como
centro. O, si no, al melifluo "self". Se oculta, así, el rostro proteiforme de
la histeria.
Desde los primeros tiempos de su enseñanza, Lacan combatió la psicología del yo
enmascarada como psicoanálisis. En la Argentina, algunos años más tarde, la
difusión de sus conceptos encontró un kleinismo que, en no pocas de sus
manifestaciones, ya se encontraba desplazado -de modo inconfeso y renegatorio-
hacia el adaptacionismo. Se había pasado de las "tripas" originales a la
adaptación, en una deformación en la cual la cuestión básica consistía en
acomodarse a los ideales del analista, y al analista como Ideal. La meta del
análisis era la obtención de un yo moldeado según la matriz del Ideal (del)
analista, propuesto como modelo identificatorio (imaginario). Sin duda, el
kleinismo hizo obstáculo en la medida en que dicho Ideal (del) analista se había
convertido en un bastión inexpugnable, y cada posible destitución del mismo era
inteligida como un "ataque envidioso" o como un momento patológico a resolver,
provocado por la eclosión del "sadismo máximo". De tal modo, se tornaba
inevitable la prolongación de la cura al infinito, por cuanto se combatía la
inexorable y benéfica destitución del analista en el fin del análisis. Además, y
junto con ello, se mitificó el "encuadre" -su permanencia en tanto indemne- como
vector salutífero decisivo.
V
La resistencia de la psicología del yo a la enseñanza lacaniana ha sido enorme.
Tanto es así que su ingreso a los Estados Unidos es relativamente reciente ( en
lo que toca a su difusión, y más allá de previos contactos esporádicos). Además,
dicho ingreso fue motorizado antes por la crítica literaria y la filosofía, que
por el propio desarrollo organizado de los psicoanalistas de esa nación. Por
ejemplo, no todos los textos recopilados en los Écrits de Lacan se encuentran
traducidos al inglés. Ya entrados los '80, los analistas John Muller y William
Richardson -de origen psicólogo y filósofo, respectivamente- publicaron un libro
luego volcado al francés, el que constituye un buen testimonio de la entrada del
pensamiento lacaniano en los Estados Unidos. El texto es una introducción a los
Écrits editados en inglés; la adaptación y presentación al francés la realizó
Philippe Julien. Se dirá: ¿esto en qué incumbe a nuestra temática rectora? Pues
bien, cabe observar que, en el prólogo a dicho trabajo, Julien establece una
suerte de clasificación de algunos momentos clave de la enseñanza lacaniana, los
cuales nos serán de extrema utilidad para la intelección de la situación en la
Argentina. En efecto, a partir de la pregunta sobre qué es lo nuevo puesto en
juego a partir de la publicación francesa del texto de Muller y Richardson,
Julien se permite arriesgar la respuesta: se trata del surgimiento de una nueva
generación en el movimiento analítico del retorno a Freud con Lacan. En relación
con ello, explica: "La primera generación, de los años cincuenta, fue la de los
colegas de Lacan, quienes lo acompañaron en su alejamiento progresivo de la
Sociedad Psicoanalítica de París, debido a la estima provocada por su apertura
(frayage) [...]" [No hicieron sino] "seguir y proseguir con él, como uno entre
otros".
"La segunda generación fue la de sus alumnos, formados por él. Para los mismos,
esta enseñanza sin igual fue inseparable de esos dos objetos que son la voz y la
mirada de Lacan en su presencia real delante de ellos, en la rue d'Ulm" [Escuela
Normal] "o en la rue Soufflot" [la Sorbona]", allí en Paris, precisamente. En
virtud de este lazo, leer sus escritos era entonces para ellos escuchar su voz y
ver su mirada, esto hasta el punto fatal, ahora que Lacan no está más, de
perpetuarlo por su propia imagen" [la de los alumnos] "[...] para los otros!"1
Vale decir que el riesgo para quienes contaron con la presencia física del
maestro en su enseñanza es el de que ellos mismos "se crean" ser Lacan, en
virtud de un efecto de infatuación identificatoria (no duelizada). Pero la cita
prosigue: "Hoy día nace lentamente una generación muy diversa, cuyo origen es
Lacan en su letra. Fuera de Francia desde hace mucho tiempo [...] Y en Francia
ahora. Esta llegada es la de los lectores. En efecto, esto que la experiencia
analítica permite aprehender a su término (¡Lacan no se cansaba de repetirlo!)
es que la letra en su lógica no puede verdaderamente encontrar su lugar sino
allí donde la persona de su escriba se ha retirado. Es a esta cita con los
lectores de Lacan que, a su turno, sus alumnos de la generación precedente son
invitados: pasar a un discurso sin habla, sin el habla de Lacan. Verba manent"
[las palabras permanecen]": contrariamente al adagio" [aquel que reza: las
palabras vuelan, lo escrito queda]", las hablas permanecen fijadas al
acontecimiento que ellas determinan en la historia singular de cada uno. Pero
los scripta vuelan y se transfieren. ¡Ah! ¡Circulen si ustedes quieren, letras
vagabundas, y dénnos un poco de aireación en medio del bla-bla-bla segregativo!"
"Esto es lo que había discernido Lacan en su relación con Freud. Precisamente en
su tesis de 1932, Lacan fue al texto freudiano, y a él se atuvo. Porque cuando
pasó Freud por Paris, en ruta hacia Londres" [en su exilio] "el 5 de junio de
l938, él no estuvo entre aquellos que gestionaron con afán ante la princesa"
[Marie] "Bonaparte una entrevista con el exiliado. Las complacencias del '¡Yo
estuve allí!' o 'El me dijo que [...]', no valen lo que una hora en la mesa de
lectura".2
Los párrafos citados ilustran de modo indirecto -pues Julien se remite a su
entorno francés- nuestra posición como lectores de Lacan; en efecto,
prácticamente ningún analista radicado en la Argentina fue analizante o
controlante de Lacan, ni asistió de modo regular y sistemático a sus Seminarios.
Por eso Lacan, poco antes de embarcarse, en 1980, hacia el Congreso por
realizarse en Caracas referido a los efectos de su enseñanza en América Latina,
nos bautizó como "lacanoamericanos", consignando que, en América, su persona no
había hecho "de pantalla" a su enseñanza, al haberse transmitido por la vía del
escrito (o sea: de la lectura del mismo). Al respecto, en la Reunión
Lacanoamericana de Psicoanálisis de Gramado (Brasil, 1988) hemos presentado un
trabajo sobre el tema: "Lectores: ¿lecturas?" -luego publicado-, 3 el cual dio
lugar a un muy interesante intercambio. Allí planteábamos lo siguiente: el
asumirse como lector de Lacan, ¿implica algo así como lo que refiere el refrán:
"Cada maestrito con su librito"? Nada de eso; contrariamente a esta concepción,
intentamos fundamentar y circunscribir criterios compartibles de lectura,
tomados sobre todo de la teoría y de la crítica literaria, de la poética, y de
la estética de la recepción.*
VI
En lo que respecta a la inscripción institucional de los deudores de la
enseñanza de Lacan en la Argentina, es dable advertir que, en gran medida, la
modalidad de organización institucional se refleja en el perfil de lectura e,
inclusive -agregaríamos algo más osadamente-, también se traduce en la dirección
de la cura.
El lugar de la institución psicoanalítica es inevitable para alguien que
pretenda sostenerse en tanto analista. Lo cual, claro está, no obra del mismo
modo que los tipos de pertenencias dispuestos por la afiliación a un gremio o la
asociación a un club. A nuestro juicio, es necesario pensar a la institución
como aquel lugar donde el analista se rescata y se confronta, de modo incesante,
en y por la producción, conducida por su transferencia de trabajo. Claro: y con
"algunos otros" (Lacan).
La institución es inevitable, decíamos, aunque algunos colegas, en una actitud
anarco-nihilista que confunde el psicoanálisis con una metafísica de la errancia
del deseo, consideran a la institución como resumidero de todos los males, esto
es, el lugar donde se desatan con malevolencia e inquina las pasiones contenidas
en los consultorios. Razonan así: si yo tengo mis pacientes, estudio, y
eventualmente publico, entonces soy un analista independiente. Lo que no
advierten es que trasladan su demanda de reconocimiento a sus analizantes, pues
sin ellos no podrían sustentarse como analistas. ¿Cuál es la consecuencia de
ello? Pues la ineluctable histerización del lugar del analista conjuntamente con
el del analizante, por cuanto se establece así una relación dual, imaginaria; de
seducción mutua, cuando no de rivalidad concurrencial.
En cuanto a la especificidad de la institución psicoanalítica, es importante
propugnar por el hecho de que en ella el poder sea rotativo. Propuesta que no se
reduce a su intelección en términos de la "democracia", sino que se dirige a
evitar cristalizaciones, a propender a la disolución de lugares, ya que es
inherente al psicoanálisis lo que podría denominarse como "principio de
sustituibilidad". EI analista soporta todos los semblantes montados por la
transferencia con una condición: que ellos caigan. Así, se pierde y se rescata
permanentemente. Y, en ese movimiento, debe dar cuenta, también de modo
permanente, del lugar que lo sostiene. Es por ello que una institución
-concebida lacanianamente- no puede validar lugares de una vez y para siempre,
sin devenir en una entidad burocrática. Hecho este último que implica, claro
está, una franca deserción del campo del psicoanálisis.
Una organización institucional pretendida como psicoanalítica, pero establecida
al modo del Vaticano o de un ejército -que sin duda las hay- lleva implícita una
lectura conteste con ese rígido orden, donde se dictaminan jerarquías y se
escinde a los elegidos de los réprobos. Y esta estructura que guía la
organización y su funcionamiento, y determina qué y cómo debe leerse, también
orienta, como dijimos, la dirección de la cura. Por ejemplo, es fácil apreciar
este efecto en muchas de las variaciones enancadas sobre el modo insó1ito en que
se contrapone lo que algunos neo-lacanianos llaman acto, a la interpretación. En
general, el presunto acto es promovido merced a la idea de que así se roza lo
Real. De esa manera se preconizan ciertas actitudes de amo que el analista
estaría autorizado a asumir -mediante la dación de directivas al analizante-, y
que parecen situarse en un lugar intermedio entre el psicodrama y el
counselling. Usualmente, estos actos no constituyen otra cosa que meros
acting-out, momentos de angustia del analista que este intenta sobrellevar por
medio del predicho tipo de recursos (iatrogénicos). En suma: entre la modalidad
organizacional, la relación con los textos, y la consiguiente dirección de la
cura, existe un trazo unario identificatorio donde, como señalaba Lacan, "se
hace colección", se producen conjuntos homogeneizados.
A veces conviene repasar los escritos de ciertos autores que, si bien
atravesaron en sus teorizaciones las fronteras del delirio, en ocasiones han
detentado una especial perspicacia para la intelección de cuestiones puntuales.
En tal orden, en Psicología de masas del fascismo, Wilhelm Reich advierte muy
especialmente sobre las sutiles maneras mediante las cuales la masa requiere un
amo. Y como enseñó Lacan: al demandar los miembros un amo, no hacen otra cosa
que esperar, fantasmática y obsesivamente, el momento en que ellos -cada uno en
su esclavitud- podrían erigirse a su vez en amos. Pero hay un problema: mientras
aguardan, ya están medio muertos.
VII
En contraposición con los modelos donde las instituciones se subsumen en una
corporación mayor, orientada por una central "supra", se ubican organizaciones
como la de la mentada Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis, cuya gestación,
iniciada en 1985, tuvo lugar en Buenos Aires. La Lacanoamericana supone un
movimiento pluriinstitucional, esto es, de instituciones no regidas por un
modelo y/o por una dirección únicos; además, la antigüedad como institución
convocante no genera privilegio alguno. Un principio rector de esta organización
es que cada analista habla a título personal; así, la ausencia de hegemonías
institucionales vale también en el caso de los participantes.
Las reuniones pluriinstitucionales -siempre abiertas a nuevas incorporaciones
asociativas- responden al intento de transitar un camino propio por parte de
aquellos que poseen problemáticas e interrogantes comunes acerca del
psicoanálisis deudor de las enseñanzas de Freud y de Lacan. Esto condujo a que
no se determinasen temáticas específicas; así, las cuestiones van respondiendo a
la ética del deseo, esto es, la inherente al psicoanálisis. La Reunión
Lacanoamericana agrupa heterogéneamente a interesados diversos, con el común
denominador, como dijimos, de ser lectores de Lacan. Y dado que hay intereses,
inclinaciones y transferencias de trabajo disímiles, no se han conformado las
Reuniones periódicas de acuerdo con una temática prevista con antelación.
Ocurre, así, algo distinto de aquellos Congresos o Jornadas donde se nos convoca
a hablar de un tema; en este caso, nuestra participación se viabiliza mediante
un eventual "trabajo por encargo". Lo cual, siendo obviamente valioso, no debe
ser excluyente. Por eso cada uno, en la Reunión, habla de aquello que le
preocupa y ocupa, en dicho recorte temporal, respecto del psicoanálisis.
El reverso de esta situación es que lo así producido no perfila un discurso
institucional; esto puede ser apreciado, por parte de la percepción inicial,
como un déficit. Pero el mismo deja de ser tal si se advierte el rico
intercambio así generado. El caso es que la Reunión Lacanoamericana surge en una
coyuntura donde muchos pensamos, a partir de la Argentina, que debíamos
otorgarnos estructuras, artificios, por cuyo intermedio los analistas referidos
a la enseñanza de Lacan pudiéramos reunirnos sin otra pretensión que la de
realizar intercambios, de escucharnos -más allá de la "parroquia"- en función de
lo que a cada uno atraviesa en cierto momento preciso de su decurso como
analista, con vistas a propender al desarrollo del psicoanálisis. De esa manera,
no hay un reclamo de erigirse en una suprainstitución; las Reuniones no se
numeran haciendo serie, sino que se denominan en torno del lugar de encuentro:
Punta del Este, Gramado, Mar del Plata, Montevideo, Porto Alegre, Buenos Aires,
Bahia, Rosario.** Luego de cada reunión, esta se disuelve, pasando la
organización a otro grupo: el constituido por los delegados de las instituciones
de la nueva sede. Otro punto a destacar es el de la participación de los
analistas en cada Reunión: el tiempo de exposición es igual para todos, no hay
plenarios, y el orden de las ponencias se determina por sorteo. Por otra parte,
cada expositor coordina y convoca al siguiente, evitando el oficio narcísico de
"maestro de ceremonias". Cabe agregar que, en su trayectoria, la Lacanoamericana
ha sido convocada por un número creciente de instituciones de diversos países;
así, tal número ronda, en la actualidad, la treintena.
En el ámbito local, una experiencia destacable con relación a la transmisión del
pensamiento de Lacan es la conformada por el Centro de Extensión Psicoanalítica,
que opera -desde 1984- en el Centro Cultural General San Martín, dependiente del
Gobierno de la Ciudad de Buenos Aries, y de acuerdo con un proyecto presentado
por Mayéutica-Institución Psicoanalítica. De algún modo, constituye una
experiencia paralela -en términos ideológicos- a la de la Reunión
Lacanoamericana, por cuanto la preside el designio de congregar a colegas que no
habían trabajado en conjunto anteriormente, en tanto procedentes de
instituciones, de historias, y de transferencias diferentes (pese a compartir
similar inspiración). El objetivo radica en la generación de espacios que
posibiliten la escucha recíproca, intentando el vadeo de las culturas de grupos,
esto es, de aquello que Lacan denominó como efectos de grupo, en contraposición
con los benéficos efectos de discurso. La intención fue la de procurar evitar la
captura imaginaria que alguna vez el mismo Lacan denominó obscena, donde se
torna viable anticipar, especularmente, el código del otro. En lo que toca a las
actividades del Centro -conducido, en sus primeros cinco años de actividad, por
el infrascripto-, el hecho de poder escucharse en otra dimensión, el poder
"soportar" otros discursos, ha sido particularmente valioso. Y sobre todo
cuando, en el público, no se localizan tan sólo espejos narcísicos donde
mirarse. En el espacio que allí abrimos -articulando el psicoanálisis con las
disciplinas conexas- no se encuentra presente, de modo forzoso y exclusivo, el
amigo, el alumno, el colega o el joven estudiante, sino que concurren también el
ama de casa, el jubilado, el periodista, el artista, etcétera. Figuras que
provocan verdaderos quiebres narcistas, de extremada utilidad para el propósito
de "desamasar" -si se nos permite el neologismo- lo instituido de lo
institucional, comportando un cabal desafío en cuanto al abandono de toda
suposición de saber atribuida al público asistente (que ingresa libremente a las
actividades). Se trata, por ende, de mitigar al máximo posible la fascinación
propia del aglutinamiento -"masa"-, el cual es función del discurso del amo.
VIII
Ahora bien, luego de diez años de haber sido sentadas las bases ideológicas y
organizativas que dieron lugar a la exitosa realización de las sucesivas y
multitudinarias Lacanoamericanas, un punto se hizo evidente, en ese 1995, ante
el balance de su incidencia: la circunstancia de hallarse cernidas por el
significante "América". En efecto, impedimentos interiores obstruyeron la
posibilidad de concretar una Reunión Lacanoamericana de Psicoanálisis en Paris,
en 1991, tal cual fue el propósito de muchos de quienes participamos en la
votación que resultó, finalmente, adversa. De tal modo, la Lacanoamericana
continuó -continúa- rotando sus sedes entre Argentina, Brasil y, en dos
ocasiones, el Uruguay.
Por otra parte, la disolución de cada Reunión, en tanto sanción simbólica,
impide la concreción de actividades regulares de intercambio y de investigación
entre las instituciones convocantes durante el período vigente entre una y otra
Reunión, más allá de que los lazos asociativos y "personales" tendieron a
multiplicarse y a fortalecerse en diversos contextos.
Tomando en cuenta la necesidad de revertir ambos ítems deficitarios -que, en
modo alguno, mellan la eficacia y la perdurabilidad cierta de las Reuniones
Lacanoamericanas-, I. Vegh y quien suscribe organizamos, en Buenos Aires, una
serie de reuniones -en principio, informales- con vistas a plantear la
posibilidad de fundar, a nivel internacional, un movimiento que fuese guiado por
el espíritu de la Lacanoamericana, mas que permitiese su expansión y su
permanencia. Así, desde abril de 1995 hasta su reciente fundación en Barcelona,
en octubre de 1998, una serie elevada de reuniones tuvieron lugar, así como una
gran cantidad de documentos y de propuestas fueron intercambiados entre
analistas de nueve países (Alemania, Argentina, Brasil, Ecuador, España, Estados
Unidos, Francia, Italia y Uruguay). Todo ello dio lugar, entonces, a
Convergencia, Movimiento Lacaniano por el Psicoanálisis Freudiano, configurado a
la manera de un tejido, de una red, de instituciones (44, al presente).
En tal respecto, Convergencia tampoco constituye una supraasociación, ni tiene
injerencia ni poder de decisión en ningún ítem de las instituciones miembros. La
efectivización y gobierno de Convergencia corren por cuenta de las Comisiones de
Enlace (locales, regionales, y general), constituidas por un representante por
cada institución, según el principio de: una institución, un voto. Obviamente,
su objetivo radica en el propender al avance y al desarrollo del psicoanálisis,
en la senda del retorno a Freud comandada por la enseñanza de Lacan; para ello,
Convergencia consagra la validez de toda manera organizacional acordada por las
instituciones miembros para generar los encuentros y los intercambios que les
parezcan valederos en cada específica ocasión. Por eso, su modalidad no se
limita a la realización de Congresos periódicos celebrados por las instituciones
miembros, sino que involucra a todas las propuestas formulables por cada una de
ellas a cualquiera de las otras, según -como fue dicho- las instrumentaciones,
los artificios, que mejor se adecuen, a su parecer, al trabajo previsto. O sea:
pluralidad de enlaces heterogéneos.
Cabe advertir que, de prosperar -tal como lo esperamos- este Movimiento, el
mismo habría logrado fundarse, por primera vez, por fuera de las capitales
donde, al ser las sedes respectivas de los divanes de nuestros maestros y
referentes, se habían concentrado -¿monopolizado?- las transferencias. En
efecto, esta vez no es Viena, ni es Paris, la ciudad de origen de este nuevo
Movimiento; tampoco, cabe recordarlo, se trata, en la ocasión, de la presunta
conservación del legado familiarista, tal cual fuera concebido tanto por Freud
como por Lacan al tornar a sus respectivas hijas como garantes del cuidado de
sus obras y de sus instituciones. Así, en acto, Convergencia procura contestar,
remontar, el error simétrico cometido por ambos maestros al pretender preservar
sus notables enseñanzas según la inexorable encerrona inherente a la perspectiva
endogámica.
En consonancia con la apuntado, Convergencia fue planteado como nombre propio, y
no como significante. ¿Qué implica, en tal respecto? Pues su intraducibilidad:
se escribe y se dice, entonces, siempre en castellano, ya que fue su lengua de
origen, según una propuesta formulada por analistas franceses pertenecientes a
nuestro Movimiento.
Cabría consignar también, en ese orden, algunos de los porqués originantes de la
elección de dicho "nombre propio". Atinente a ello propusimos, en tres contextos
sucesivos, su fundamentación; 4 5 6 de la misma, en esta oportunidad, desearía
destacar -más allá de su sentido lexical, donde "convergencia" transmite el no
secesionismo- su lectura conteste con la disciplina óptica, tanto como su
registro según la teoría del caos (obviando, por esta vez, las múltiples
referencias respectivas formuladas por Lacan).
Pues bien: desde Kepler, la convergencia ilustra la circunstancia originada
cuando dos o más líneas de dirigen hacia un punto al que, de tal modo,
constituyen como convergente, sin derivar en centralismo alguno. En efecto, cada
haz luminoso mantiene su autonomía, al no ser subsumido ni por los otros haces
ni por el punto de convergencia. Tampoco cada haz existe en función de dicho
punto, si bien el mismo ostenta el rango de convocante de otros haces dispares
en cuanto a magnitud, trayectoria, o eventual refracción. En suma: ni foco
lumínico central, ni ilusión alienante; en vez de ello, un infinito potencial
inalcanzable e inasible; una "dirección hacia", y no un cierre consolidado.
Porque, claro, se trata -desde otra perspectiva- de un conjunto abierto, donde
priman las relaciones de vecindad y de proximidad.7 De un "próximo" (prójimo)
que, desde ya, no es el semejante, propio de la rivalidad especular.
Todo lo cual, entonces, permite articular la referencia predicha con la
localizable en la teoría del caos, referencia cuya autoría se debe, ahora, a
Frederick D. Abraham. Situemos su contexto: la teoría mencionada estudia,
principalmente, los sistemas cuyos movimientos fluctuantes los alejan de las
condiciones del equilibrio. Con todo, acontece que tales sistemas no se
destruyen, ni desaparecen, a pesar de encontrarse incursos en un desorden
caótico. Mejor dicho, y valiendo el oxímoron: incursos en un caos ordenado, ya
que lo emergente se encuentra regido por nuevas leyes, típicas de una
neogénesis. Las propiedades emergentes,
entonces, mantienen su vigencia dado que existe un atractor extraño, esto es,
"[...] un punto dentro de una órbita que parece atraer hacia sí el sistema", 8
el cual, de tal modo "extraño", perdura según una condición inestable, oscilante
y propensa a bifurcaciones. De esas trayectorias da cuenta el ya clásico
atractor de Lorenz:

Pues bien: al respecto, enseña Abraham lo siguiente: "Un atractor caótico
existe porque hay una mixtura de fuerzas que van resolviéndose, algunas de las
cuales son convergentes (i.e., trayectorias que se mueven hacia el atractor) y
algunas de las cuales son divergentes (i.e., la tendencia a repelerse las
trayectorias, unas de otras, a lo largo de la superficie o área de atracción).
Para los estados más centrales en el atractor, las fuerzas divergentes devienen
más poderosas; para estados más periféricos en el atractor, las fuerzas
convergentes devienen más poderosas. Así, la trayectoria va de lo más cercano a
lo más lejano [...]", y viceversa.9
En resumen: Convergencia -que realizará, en febrero del 2001, su primer
megaencuentro en Paris, donde revisará el avance lacaniano referente a lo
inconsciente freudiano- se sitúa, así, en las antípodas de cualquier
homologación con una entidad piramidal y centralista regida por una
"monolectura".
IX
Indudablemente, la transmisión del pensamiento de Lacan en la Argentina permite
exponer muchas otras aristas; la cuestión se encuentra, desde ya, abierta.
Nuestra intención fue, en el marco de esta breve contribución, puntuar de modo
fragmentario algunas notas salientes e insoslayables.
Buenos Aires, septiembre de 1999.
* En la siguiente Lacanoamericana, realizada en Mar del Plata, Argentina, en
1989, ahondamos la cuestión en el trabajo "El acto de leer psicoanálisis",
publicado también en el libro consignado en la referencia 3.
** La próxima tendrá lugar en Recife, Brasil, en el año 2001.
Referencias bibliográficas
1. P. Julien, "Au lecteur", en J.P. Muller - W.J.Richardson, Ouvrir les Écrits
de Jacques Lacan, Érès, Toulouse, 1987, p. 10, bastardillas del original.
2. P. Julien, op. cit., p. 11, bastardillas del original.
3. R. Harari, Polifonías. Del arte en psicoanálisis, Del Serbal, Barcelona,
1998, pp. 59/83.
4. R. Harari, "Propuesta para la Convergencia Lacaniana de Psicoanálisis",
presentado en la Reunión Preliminar para una Convergencia Lacaniana de
Psicoanálisis, Barcelona, febrero de 1997.
5. R. Harari, "Proyecto del Acta de Fundación de una Convergencia Lacaniana de
Psicoanálisis", presentado en la Primera Reunión de la Comisión de Enlace
General de Convergencia, Paris, marzo de 1998.
6. R. Harari, "Fundamentación del nombre Convergencia Lacaniana de
Psicoanálisis", documento interno producido como miembro de la Comisión
Coordinadora del Pre-Texto Fundacional de Convergencia, Buenos Aires, agosto de
1998.
7. J. Lacan, Séminaire "Les non-dupes errent", 21, clase del 15/1/74, inédita.
8. N. K. Hayles, La evolución del caos, Barcelona, Gedisa, 1993, p. 189.
9. F. D. Abraham, "Introduction to Dynamics: A Basic Language; A Basic
Metamodeling Strategy", en F. D. Abraham A. R. Gilgen (eds.), Chaos Theory in
Psychology, Praeger, Westport, 1995, p. 43.
Fuente: www.etatsgeneraux-psychanalyse.ne