Indice de la
parte 2
CAPÍTULO VI - La Sociedad y los límites de la "Patria
Chica"
CAPÍTULO VII - Una escritora de "medio pelo" para
lectores de "medio pelo"
CAPÍTULO VIII - Las clases medias, la nueva burguesía
y la aparición del "medio pelo"
LA
NUEVA SITUACIÓN Y LA FAMILIA POPULAR
En españoles y en italianos, la familia es mucho más aglutinante que la
nacionalidad. De sobra es conocida la tradicional solidez del núcleo familiar
español y con respecto al italiano igualmente sólido, me parece de oportunidad
citar lo que dice Luigi Barzini (“Los italianos”. Ed. Americana, 1966) sobre la
doble faz de la familia italiana: la apariencia exterior en que el elemento
masculino, con su orgullo y hasta su tiranía, parece ser el único que cuenta; y
la realidad subyacente en que la mujer silenciosa y pausadamente es el eje
vertebral dela misma, resumido así: En Italia los hombres gobiernan al país,
pero las mujeres gobiernan a los hombres. Italia es en realidad, un cripto
matriarcado. (“Madre hay una sola” será pintoresca muletilla de una literatura
popular obsesionante desde "Pobre mi madre querida", de Betinotti a Gardel y a
los dramones radiales de Pancho Staffa).
Vuelvo aquí al valor documental que tiene el teatro de la época y en cuya escena
es inevitable la presencia modeladora de la mujer criolla casada con extranjero,
que dice siempre la palabra de conciliación, que marca el rumbo de la fusión
que se producirá en sus hijos, que son su objetivo. (Entre el "compadrito" y el
"tano" siempre aparece la mujer criolla de éste, atemperando los roces y dando
la solución pragmática, lo mismo que entre el viejo criollo, padre de la hembra,
empacado en sus prejuicios estéticos, y el yerno "cocoliche"', el "bachicha",
que pretende imponer sus valoraciones despectivas de lo indígena. Situada en un
plano intermedio, resulta la permanente arbitradora, y así “la vieja” adquiere
la categoría de un símbolo unificante en las tendencias dispares que podrían
disociar el hogar. Porque el hijo del inmigrante toma frecuentemente del criollo
una actitud peyorativa con respecto del padre, recubierta de un cariñoso
humorismo—cosas del “viejo”--, que hasta pueden comentarse jocosamente con los
amigos desde la criolledad que se atribuye, pero teniendo siempre presente, a
través de la madre, una solidaridad profunda que corresponde al tono del sólido
hogar que se ha constituido).
En ese sentido la inmigración aporta una valorización de la mujer a través de
la valorización de la familia, que la convierte en un instrumento en el cambio
de la estructura tradicional.
Ya se ha visto que la inmigración es esencialmente masculina y adulta, y esto
explica la mucha mayor frecuencia del matrimonio de extranjero con nativa que
de nativo con extranjera. De tal manera la sólida estructura de familia que pudo
ser un factor de enquistamiento contribuye también a la fusión, con la unión
mixta, en que es un elemento decisivo la mujer por el papel importante que
desempeña en el hogar que se constituye, conforme a las pautas que trae el
extranjero de las clases populares.6
EL ASCENSO SOCIAL DE LA MUJER
La inmigración ha incorporado un elemento básico que faltaba en la clase
inferior, y cuya falta era factor sustancial de situación: la regularidad del
vínculo matrimonial y el establecimiento de una situación de familia permanente
que es facilitado por las nuevas condiciones económicas. En el mundo del
inquilinato cada pieza es un mundo completo y los individuos no están aislados
como en la clase inferior de la sociedad tradicional, sino recíprocamente
apuntalados en una serie de normas comunes, en que la familia se perpetúa, a
diferencia de la situación anterior en que cada adolescencia, como el pichón de
ave, llevaba implícita la necesidad de volar y de valerse por sí, y para sí
mismo, de gaucho a orillero, en el espacio abierto de las pampas o en las
encrucijadas del suburbio porteño que conducían a la vida siempre provisoria de
las orillas: la familia era también precaria con su perdurabilidad y reducida
en su ramificación.
La mujer ante el extranjero gana posición: no es la cosa que se toma como un
lujo, del varón nativo; ella hace el sacrificio de muchos prejuicios al unirse a
ese extranjero desprovisto de los encantos que hacen el prestigio personal,
según las estimaciones de su medio. Su unión es una concesión —siempre lo
destaca— que hace forzándose en la estimación de otras aptitudes más prácticas,
más positivas, pero menos brillantes. Ese matrimonio no es simplemente la unión
de los sexos en el arrebato pasional de cuando era normal que la mujer fuera
"presa" de conquista, "la Vicenta" que se saca en ancas del hogar paterno en la
literatura gauchesca, y destinada a ser sólo un complemento en la vida del
hombre. La compensación del "gringo" y sus aspectos negativos es la perspectiva
del sólido hogar que empieza por el matrimonio legítimo que a éste puede exigir,
y que éste desea porque se conforma a sus pautas y no podía exigirle al otro,
en cuyas pautas contaba excepcionalmente. Esto determina en plazo de dos o tres
generaciones que la legitimidad del vínculo y los hábitos familiares eliminen
lo más definitorio de la clase menor: la falta de filiación legítima, porque ya
todas las mujeres lo exigen, hasta al criollo. (Recordemos que estamos hablando
de Buenos Aires y no del interior argentino donde el proceso que se cumple es
inverso a medida que se profundiza el desamparo de la "gente inferior”).
Todo lo dicho anteriormente no importa excluir del sentimiento del criollo la
estimación y el afecto para la mujer, que en páginas tan llenas de ternura nos
canta Martín Fierro; tampoco el afecto para con los hijos. El criollo es,
además, poco mujeriego, más bien casto, pero su idea de la pareja –agravada
después por la descomposición de la sociedad patriarcal de que se habló antes—se
aproxima a la unión libre en que la continuidad del afecto es lo que mantiene la
cohesión; en cambio, en los inmigrantes existen normas rígidas en las que la
pareja es sólo medio de un fin; el grupo familiar frente al cual pierden
importancia hasta el amor y el afecto entre los cónyuges que cede su primer
término a la conservación del matrimonio como base de aquél. La institución
familiar adquiere esa perennidad de la española y la italiana, que implica una
continuidad desde remotos abuelos a remotos descendientes, a veces bajo el mismo
techo, el mismo solar, y en los mismos modos de vivir transmitidos de generación
en generación, a diferencia del hogar criollo de la “clase inferior” de donde
los hijos salían hacia el mundo definitivamente, apenas alcanzada la pubertad.
(Claro está que cuando para el hogar criollo se daban condiciones económicas
favorables –así en la “gente principal”—la estructura de la familia era la
tradicional venida de España, hecho que también se dio en muchos casos en gente
que, perteneciendo por calificación social a la “inferior” tuvo oportunidad de
asentarse en forma estable en los excepcionales casos en que lo económico hizo
posible la perdurabilidad de la familia aunque el vínculo no fuera legítimo).
Otra particularidad de la época referida a la mujer criolla es el papel que
jugará en la nueva economía como parte activa. Si su papel ha sido secundario,
complementario del otro sexo, también ha estado postergada como factor de
producción para la obtención de recursos propios. Fuera de la atención de su
hombre y de sus hijos en la niñez y los quehaceres domésticos, tiene solamente
actividades accesorias en el servicio doméstico, en el lavado y planchado y en
las escasas industrias caseras generalmente alimenticias. (Otras actividades
femeninas: bordados, tejidos, costura, son labores "finas" que no se ejercen a
nivel de la clase inferior. Más bien son actividades vergonzantes de los
estratos femeninos más bajos de la "gente principal" que se ayudan con técnicas
minuciosas heredadas y por lo tanto producto de situaciones de familia ajenas a
las de la plebe del suburbio. Se cosa para fulana o mengana, se borda o se teje
de encargo, se elaboran puntillas y algunas hacen la deliciosa repostería
criolla, producto de recetas transmitidas de generación en generación, como los
alfajores santafesinos de las señoras de Gonselvat. Son cosas que no están en el
comercio y a las que se llega por recomendación si no hay una relación
tradicional, y previo un juego de cortesías y reservas que disimulen el carácter
comercial de la operación).
La ciudad de adultos masculinos crea necesidades de vestidos que generan
actividades para las mujeres de la clase inferior. Del lavado y planchado
individual se pasa al taller de lavado y planchado, una institución de la época
donde, bajo la dirección de la patrona, numerosas ayudantas y aprendizas
constituyen una célula colectiva de producción. (Aun subsisten los criollos
renuentes al trabajo de “gringos” cuyo ocio en chancletas y camiseta musculosa,
alternado entre el umbral del taller de la cónyuge y las visitas al boliche de
la esquina, nos describirá Roberto Arlt en uno de sus más acertados bocetos
porteños). Pero será la costura para la confección de la ropa que Buenos Aires
suministrará a su población y a todo el país, la actividad femenina por
excelencia. Son las chalequeras, pantaloneras, camiseras a destajo, que retiran
y entregan semanalmente a los registros, el producto de las largas horas de
labor sobre la Singer y la NewHome, cuyo pedaleo constituye el rumor
inconfundible que sale de las piezas de los inquilinatos y de las casitas
suburbanas.
Estamos aun muy lejos del momento en que la mujer entrará a la competencia del
trabajo asalariado –ya aparecen las telefonistas—y participará en todas las
actividades de la economía; pero se puede decir que es la primera que rompe
masivamente la frontera que separaba a los oficios de “gringos”, de los oficios
nativos, y aquí hay que anotarle a ella otro punto como factor coadyuvante a la
fisonomía social, económica y cultural que define la transición entre la gran
aldea y la ciudad.
LA CLASE "INFERIOR" SE EXTINGUE
Para el Centenario de 1910 criollos e inmigrantes se han unificado en el mercado
del trabajo y compiten en las mismas actividades como cargadores, portuarios,
ferroviarios, cocheros; y más, a medida que las fábricas van jerarquizando un
nuevo concepto: el obrero, cuyo trabajo es indistinto a la nacionalidad del que
lo ejecuta, y a sus costumbres, porque es un hecho nuevo que no está regido por
las pautas calificantes de los oficios anteriores; el pito de la fábrica y el
vencimiento de la quincena son iguales para todos, y el trabajo tendiente a la
producción en serie, es extraño a pretéritas calificaciones. Seguirán desde
luego, y más por una razón de destreza, siendo criollos los chateros y los
trabajadores del abasto y sus industrias derivadas, y preferentemente entrarán a
los servicios como porteros, mozos de café y de mostrador, y changadores, los
españoles, mientras que por la misma razón, destreza técnica, en la
construcción actuarán preferentemente los italianos, con los que, entreverados
en los andamios, andarán los descendientes de esa confusa mezcla que ya dejan de
ser simples aprendices y oficiales. En la mala vida ya no habrá distinciones de
origen y en el depósito de contraventores de la calla Azcuénaga no será posible
distinguir entre los prontuariados, los criollos y los hijos de inmigrantes;
sólo en la prostitución, predominan las importadas. (Es la época en que se
escribió el "Camino de Buenos Aires''). (Ver nota en el Apéndice).
La clase baja de la sociedad porteña no ha formado ese proletariado, que los
dirigentes socialistas se empeñan en buscar; y no ocurrirá tampoco en los años
sucesivos. No existe la ideología homogénea que llaman "conciencia de clase";
existe una solidaridad de intereses concretos en los premios, pero para fines
inmediatos. A lo sumo como conciencia de clase lo que hay es una irritación de
pobres contra ricos, la espontánea protesta social que origina la desigualdad y
la comparación de la miseria de unos con la prosperidad de otros, y a la que
resultaba más fácil llegar con la encendida protesta del anarquista y su
ideología difusa; esto se traducirá en la calle, en la agitación social que
altera la fiesta de la prosperidad de las altas clases que es el Centenario de
1910 y se prolonga hasta las jornadas trágicas de enero en 1918, siempre bajo el
signo conductor de los anarquistas, cuyos centros y gremios contrastan con la
actividad reposada del proselitismo socialista.
LA PSICOLOGÍA DEL "ASCENSO" EN LOS TRABAJADORES
El socialismo explicará su incapacidad de cavar hondo en el campo obrero con su
remanida fórmula de la "política criolla", que es la transferencia a la política
del juicio que tienen hecho sobre la ineptitud del nativo —pero que también
ocurre para el hijo del inmigrante—; el socialismo requiere supuestos "niveles
culturales", y así los maestros del mismo identificando su juicio con el de la
"gente principal", atribuyen su fracaso a una irremediable falta de cultura
popular que por su carácter congénito corresponde a un inconfesado racismo.
Por un lado descarta como objetivo el criollaje, que es para él "lumpen
proletariat" indigno de su prédica —todavía lo será en 1945— y por el otro se
opone, con su libre cambismo, a la industria nacional, única posibilidad de
clase obrera como exige.
El hecho que no percibía, y que aun, en general, no perciben las izquierdas, no
es exclusivo de Buenos Aires y del país, y se parece en mucho a lo que ocurrió
en la sociedad norteamericana del siglo pasado, en la etapa de la inmigración
masiva y la marcha hacia una frontera interior7. Se trataba de una sociedad en
movimiento por la ampliación o modificación constante de sus bases económicas,
la Argentina que se incorporaba al mercado mundial como productora de materias
primas —sin perjuicio de que después, llegado el límite se intentara detenerla—
era un país en desarrollo cuya estática se había roto y donde estaban abiertas
las posibilidades del ascenso vertical. Eso es lo que precisamente buscaba el
inmigrante; el único sector que no lo había buscado antes, ni había tenido
perspectivas, el criollo, en Buenos Aires se incorporaba entonces a la misma
actitud ante la ruptura de su situación cristalizada, y las nuevas
posibilidades.
El carácter que los sociólogos atribuyen a la clase media que no se cristaliza
sino que tiene una movilidad constante ascendente y descendente, era compartido
por los estratos más bajos de la sociedad y aun lo es. Además, las condiciones
cambiantes del trabajo, la aparición de nuevas actividades y la reunión
frecuente en los mismos sujetos, de actividades de productor, de comerciante y
hasta de especulador, facilitaban el cambio de las actividades, con mayor razón
en quienes no tenían ningún status que cuidar: se alternaban las labores de la
ciudad con los trabajos estacionales del campo, en las épocas de las cosechas, y
se pasaba de un trabajo al otro, siempre tentando la aventura del éxito, cuyo
objetivo había traído el inmigrante y cuya posibilidad era fácilmente
constatable en el vecino de ayer de la pieza del inquilinato, en el compañero de
trabajo que cambiaba el mismo y en la sucesión constante de individuos que,
saliendo de las más modestas condiciones, estaban “parados” poco tiempo después.
En una palabra: el comportamiento cultural de la clase baja no era, según los
esquemas transferidos de la lucha de clases, y se parecía más al de las clases
medias con una esperanza de ascenso en los hechos, ya que la mayoría de los
individuos ubicados más alto, de origen inmigratorio de la clase media a la
burguesía, eran de reciente ascenso. (Se trataba de los compadres del pueblo
originario, los compañeros de la tercera del barco, muchos de los cuales habían
vivido en la pieza de al lado durante largos años, o sus hijos, de muchos de los
cuales el obrero había sido padrino en la piedra bautismal, cuando no estaban
ligados por vínculos de parentesco que no había borrado todavía del todo las
distancias de la fortuna).
LAS CARACTERÍSTICAS DEL INMIGRANTE
No comprender esta particularidad es además desconocer la naturaleza del
fenómeno inmigratorio. Se emigra precisamente para salir del estrato de sociedad
cristalizada a que se pertenece; no es el hambre, como se ha dicho con
frecuencia, el móvil inmediato de la emigración, que sólo actúa
excepcionalmente, y los emigrantes, ya se ha señalado, son individualmente
fuertes, ansiosas de avance, con relación a los que se quedan, incapaces de
tentar la aventura: son los nuevos conquistadores siguiendo la huella de los
que se abrieron camino con la punta de la espada; pongamos herramientas,
picardía, ambición, donde decimos espada y no habremos hecho más que adecuar el
instrumental correspondiente a una misma psicología.
Por otra parte, no se emigra al azar como una tropa de carneros que toma por la
primer puerta que encuentra en su camino. Se emigra hacia posibilidades que se
sabe que existen, que pinta el paisano que ha venido antes, el pariente que
"llama" y manda el pasaje. Se emigra con la voluntad y la aptitud del triunfo
hacia el lugar donde las posibilidades existen. De que ellas existían es prueba
lo masivo, continuado y firme de la inmigración. Cuando ellas dejan de existir
también la inmigraron se detiene, cosa que puede estar determinada también por
el agotamiento de las posibilidades del país de destino, como por la creación de
otras condiciones locales en el país emigratorio o por la atracción de otro
rumbo más prometedor. Bastará un ligero vistazo a la curva del movimiento
inmigratorio en la Argentina, que se verá más adelante, para comprobar en su
variado ritmo la influencia de estos factores propios de nuestro país, o de los
países de emigración.
Creo que con lo dicho basta para explicar las particularidades de nuestra clase
trabajadora en el ámbito del Gran Buenos Aires en la época a que me estoy
refiriendo, y que corresponde a la fluidez económica y social del medio,
elástico y cambiante, objetivamente, y a la composición de la misma,
subjetivamente vinculada al fin mediato del ascenso por encima de las inmediatas
solidaridades generadas en la comunidad de trabajo que expresa el gremio.
Diferente situación era la de las clases trabajadoras europeas, donde todas las
perspectivas eran colectivas, vinculadas a la suerte del grupo social y no a las
posibilidades individuales. (Convendría ver ahora, en la Europa contemporánea,
si la actitud de la clase obrera no ha variado con las nuevas condiciones
económicas).
Eso explica también por qué el socialismo no pudo prosperar en el campo obrero
más allá de un sector calificado, generalmente artesanal, con su conservatismo
típico y que respondía a la tradición del socialismo europeo. También se asentó
en los gremios de servicios públicos, donde se daban condiciones de estabilidad
y de preeminencias aseguradas que eran de privilegio con respecto al resto de
los trabajadores y las hacía renunciar a la aventura de la búsqueda de
oportunidades— y en sucesivas incorporaciones también de la clase media baja,
del pequeño comercio, y de empleados de carrera.
Fracasado como movimiento socialista-revolucionario y reformista—, cosechó su
base electoral en los sectores más estacionarios del proletariado y la clase
media que definieron las características de hormiguitas prácticas y partido
municipal que le atribuyera Lisandro de la Torre con acertado diagnóstico: una
especie de cuaquerismo de virtudes pasivas con soluciones edilicias y
cooperativas, que era lo único que lo distinguía de los viejos partidos
gobernantes en la comunidad de mitos históricos y económicos, los mismos
próceres y la división internacional del trabajo.
En la trastienda de la farmacia pueblerina el idóneo de corbata voladora hablaba
del mal cura y amenazaba con un socialismo internacional para cuando el pueblo
se hubiera preparado “culturalmente”, ante la sonrisa alentadora del comisario y
los “vecinos respetables” que estaban bien dispuestos para un “entonces” que se
aseguraban remoto.
Mario Bravo escribía versos:
De pie, joven atleta de la joven escuela:
Vamos a nuestro estadio; hacia la plaza pública
Sin sables, sin cañones y sin escarapela.
Luego, cuando los trabajadores aparecieran en la "plaza pública" lo harían con
''sable, con cañón y con escarapela". Pero sería mucho después. Además “sin
libros y en alpargatas”, como lo verá horrorizado un estudiante de la Escuela
Normal Número 1 que ya había aprendido la “Teoría y práctica de la Historia”:
Américo Ghioldi.
Esta vez serían criollos, pero también migrantes en busca de un ascenso que no
por ser colectivo excluía la perspectiva de cambio individuales de situaciones,
típicos de una sociedad en transformación.
BURGUESÍA Y CLASE MEDIA.
(PRIMERA PARTE DEL SIGLO)
LOS NUEVOS RICOS
Los inmigrantes que levantaron cabeza constituyeron pronto fortunas que, en
muchos casos, superaron las de la "alta clase”; fueron propietarios de casas de
rentas, preferentemente los italianos, o patrones del alto comercio,
preferentemente los españoles. También les pertenecían las industrias que
iniciaban la diversificación de la producción sobre el fracaso de tentativas
anteriores, incompatibles con la política liberal, que barría con los Quintana,
los tímidos alientos de los Pellegrini: fábricas de rodados de tracción a
sangre, confeccionistas, calzado, sombreros, galletitas, cigarrillos, en general
productos de bajo costo y de elaboración simple, donde el valor incorporado por
la industrialización es escaso y sin la exigencia de instalaciones fijas
costosas, y que podían competir gracias a la distancia con la industria
metropolitana, a pesar de la política imperante.
También algunas industrias complementarias de la producción agropecuaria.
Ya hemos señalado que la clase alta porteña era normalmente permeable a los
nuevos. Pero con esta burguesía demasiado nueva y sin pulir fue reticente, como
lo había sido con los vencedores del 80; hemos visto como había incorporado en
la primera mitad del siglo XIX, a los europeos pobres pero de estilo
distinguido, política que siguió practicando habitualmente. Pero ahora los
nuevos aparecían masivamente y la clase alta ya tenía seguridad, dictaba
cátedra en los salones, en las veladas del Colón, en las tardes de Palermo y en
las ruedas de sus clubs, en la escala que empezaba en el Club del Progreso,
subía por el Jockey y llegaba al Círculo de Armas.
Nada tenían de común esas gentes de la vara de medir por más pesos que hubieran
acumulado, con los descendientes remotos de los que habían traído las primeras.
No se les toleraban las mismas gaffes que también la clase alta había cometido
en París en sus primeros pasos, pero corregidas con la displicencia señoril en
el gesto de quien lo ha heredado. Estos no eran herederos y apretaban
fuertemente los bolsillos.1
Además estos nuevos ostentaban apellidos imposibles —italianos y hasta
españoles— porque la clase alta profesaba el racismo liberal, que había
decretado junto con la inferioridad del hispano-americano la de todo el
Mediterráneo. Otra cosa sería, y fue, si se tratase de apellidos anglosajones,
escandinavos, alemanes o franceses y aun de vascos o irlandeses. Pero sobre
todo, esta burguesía comercial o industrial, o simplemente especuladora, no
había echado las bases en la posesión de la tierra y sus rentas, la estancia,
única fuente prestigiosa de recursos; creía en el progreso que la estaba
levantando, pero lo vinculaba a la grandeza de una Argentina futura en que la
propiedad de la tierra como en sus países de origen, sería secundaria.
¿Sabía la clase alta que una vez creado el aparato correspondiente al progreso
agropecuario, éste se detendría en ese límite? Me inclino a creer que los hijos
de la generación del 80 se comportaban simplemente como "hijos de ricos'.
Carecían del empuje creador aquellos, una élite que se propuso hacer el país
conforme al mito del progreso. Aquellos eran revolucionarios a su manera, pero
los que los sucedieron, satisfechos con el éxito momentáneo, se despreocuparon
del destino del país y prefirieron sólo ser conservadores en el usufructo del
mismo: esta tónica distinta es la que diferencia una élite con un grupo de
privilegio.
Los Barolos o Roveranos, entre tantos, con monumentales edificios; los
Llorente, Ibarra, Sangrador, del comercio; los Lagomarsino, Merlini, Campomar,
Llauró, Colombo, Pini, Vasena, de la industria, no encontraron fácil la entrada
a la alta clase. A éste propósito José Luis Imaz, y refiriéndose a un momento
muy posterior ("Los que mandan" —Ed. Eudeba. Pág. 142—) dice: Salvo algunas
pocas excepciones notables (Dodero, Fortabat, Masllorens, Pasman, Bracht, Braun
Menéndez y otros contados), el prestigio económico obtenido por los empresarios
no parece haber ido acompañado por su equivalente "reconocimiento" al más alto
nivel social. Anotemos de paso que entre los apellidos que cita Imaz con
"reconocimiento" uno solo es italiano cuando en realidad los apellidos italianos
constituyen fácilmente el 50% de esta burguesía (recordemos lo dicho sobre el
racismo de los liberales). Todavía no ha llegado el momento económico de los
judíos y los turcos, cuyo reconocimiento será mucho más difícil.
Pero digamos también que esa burguesía de inmigrantes de las primeras décadas no
se aflige ni se preocupa por esa falta de reconocimiento. No desnaturalizará su
papel histórico como ocurrirá después de hacerse estanciera o cabañera y abrir
las puertas de ese reconocimiento. Ni siquiera le interesó la Recoleta y
prefirió perpetuar su nombre en el bronce y el mármol a la genovesa en las
lujosas bóvedas de la Chacarita. Su revancha, si la tenía, estaba en la aldea
originaria, a la que asombró con esplendidez de “indianos”, en obras de
beneficio, y también haciendo de ellas la fuete proveedora del personal
directivo de sus empresas, que tendrían que empezar como ella, durmiendo en el
mostrado y abriendo muy temprano las puertas del negocio, después de lavarlo y
barrerlo.
Hacia Barracas, Parque de los Patricios, Boedo y Almagro, aparecen las primeras
fábricas. El comercio de registros, de importación, y los confeccionistas van
ocupando las viejas casas del Barrio Sur, que no se convierten en conventillo,
mientras la alta clase se muda al Barrio Norte.
Esta burguesía de origen inmigratorio, carece de "berretines" y complejos; en
todo caso, si le preocupan los status cree que basta esperar, por la confianza
que le inspira el país y que su triunfo acredita: según van las cosas, los
"gringos" ahorrando y capitalizando, y la alta clase dilapidando su patrimonio,
los "niños" y las "niñas" vendrán al pie como en el truco, o a servir el palo
como en el tute, que conocen mejor, y como termina por ocurrir. Tiene la
intuición de los procesos históricos naturales y no se le puede ocurrir que en
la Argentina se realizarán procesos antihistóricos, en constantes soluciones de
continuidad en el cacareado progreso.
Por ahora esta burguesía se honra con las distinciones que le dan en su país de
origen; el Reino de Italia distribuye un nobiliario abundante y difuso, ampliado
por los “comendatori” y “onoreboli”, y hay además una nobleza pontificia. España
también distingue a sus hijos, en la expatriación, con títulos y condecoraciones
y hasta de Francia llega la cinta de La Legión de Honor. Tienen sus propios
clubs: el Español, el Círculo Italiano, sus instituciones de caridad, sus
mutuales y poderosas entidades culturales que los gobiernos de sus países de
origen apoyan y prestigian enviando conferencistas y expositores. Hasta
congregaciones religiosas que cumplen su labor con más criterio colonizador que
ecuménico.2
Las residencias de estos ricos no se ajustan en general al estilo francés, que
importa la clase alta, y un barroquismo pintoresco en que se mezcla lo
florentino y lo veneciano con renacimiento, ojivas, columnas salomónicas y arcos
arábigos, rivaliza su arquitectura con las tortas iluminadas de la confitería El
Molino y Los Dos Chinos, que se combinan con el art-nouveau.
El mármol de Carrara y los travertinos alternan con los prodigios de la yesería
en los interiores que se enriquecen con la estatuaria y la pintura de las más
prestigiosas firmas italianas contemporáneas, mientras los españoles lucen los
Madrazo, los Benlliuri, Romero de Torres, Zuluaga, Sorolla, Moreno Carbonero,
etc.
(La clase alta tiene muerte: ha traído lo francés en el momento cumbre de la
pintura francesa: el impresionismo y el post-impresionismo que los marchands le
ofrecen en abundancia, porque todavía no tienen un mercado próspero. Hay que
decir que se salva del “art nouveau” que está en su apogeo. ¿Suerte o buen
gusto? Ya hemos dicho que aprendió aceleradamente).
La burguesía inmigratoria no participa del poder político, como lo anota Imaz, y
parece no interesarle: tiene una posición parecida a su indiferencia con
respecto a los rangos sociales tradicionales. Sus medidas de prestigio están
referidas a ella misma en un cotejo de luchadores que miden sus músculos por los
músculos de sus paisanos y colegas; sus pautas de distinción están dadas por una
rivalidad entre paisanos, o de colectividad a colectividad, cuya naturaleza ya
vimos al hablar de conventillo.3
LA CLASE MEDIA: SUS DOS VERTIENTES
La clase media con su amplia movilidad vertical surgía del ascenso de los
descendientes de la inmigración, y pronto estuvo a nivel del sector venido a
menos de la "gente principal"; el contacto fue relativamente fácil.
Es cierto que este sector rezagado de la "parte sana" de la sociedad
tradicional, opuso prevenciones de forma, pero no la resistencia al
reconocimiento que encontró la nueva burguesía en las clases altas. Más bien
esta resistencia era de la misma naturaleza que la opuesta más abajo por la
clase criolla inferior y se refería a pautas estéticas. Era la renuencia a
actividades parejas a las que más abajo se consideraba disminuyentes: al trabajo
manual en la categoría de pequeños empresarios de taller, contratistas y el
ejercicio de artesanías técnicamente calificadas, como sastres, relojeros,
joyeros, y las actividades comerciales, libreros, tenderos, dueños de hoteles y
restaurantes, confiterías, panaderías, despensas, viajantes de comercio etc.,
que eran para los "gringos", a quienes abría el acceso a la nueva clase. También
había la preocupación por ocultar el carácter lucrativo, la preocupación por la
ganancia que era cosa de "gringos".
La gente antigua, durante mucho tiempo se resistió a estas actividades que
entendía significarle una disminución. Donde faltaban las rentas modestas que
proporcionaban algunos bienes urbanos, o parcelas de campo que no daban para
mantenerse en el nivel de la clase alta, la burocracia, ampliada por el
crecimiento del país, dio la solución preferida, y también en ejercicio de las
profesiones liberales. El puesto público fue el recurso más frecuente para
mantener el nivel exigido por el decoro; también las escuelas militares y
navales ofrecían carreras que la clase alta despreciaba pero que bastaban a
satisfacer las necesidades mínimas y una cierta distinción en el rango ya
definitivamente secundario. (Es la época también de la pobreza vergonzante, en
que las pensiones graciables a los descendientes de guerreros más o menos
supuestos de la Independencia y del Paraguay y la Campaña del Desierto, y la
distribución de decenas de lotería, permitían a la gente de "copete" político o
social transferirle al Estado la protección de los pobres, pero decentes, que
abandonaba al desvincularse de la parentela lejana.
Además los distinguían el modo de actuar más fino y arreglado que el de los
nuevos procedentes de estratos bajos de la sociedad europea, que mostraban muy
a la vista su preocupación por la riqueza material, un afán de ganancia y
aprovechamiento, que al desvincularse de la parentela lejana).
Pero todo esto dejó de jugar, a medida que los inmigrantes eran sucedidos por
sus hijos que asimilaban la estética que los antiguos aportaban a la clase media
en formación. En la segunda etapa del ascenso, la nueva clase media se
caracterizó por la presencia de los hijos de inmigrantes graduados en la
universidad, que año a año iba volcando nuevas promociones de profesionales
liberales que con su jerarquía se ubicaban en los más altos niveles de la misma,
y también en la carrera de las armas y en los rangos de la enseñanza; a falta de
título profesional, competían en la burocracia y en los trabajos no manuales
con los viejos porteños: eran rematadores, comisionistas de bolsas o de bienes
raíces, periodistas, escritores, artistas, directores de institutos privados, de
música especialmente, y otras actividades llamadas culturales en que corren
disciplinas muy típicas de la época destinadas a la "cultura" de los hijos de
familia, como declamación, pintura, repujado, etc.
LA MUJER DE LA CLASE MEDIA
Las mujeres de la clase media estaban inhibidas de las actividades que hemos
señalado en la clase baja —del taller de lavado y planchado y la costura, hasta
el empleo de telefonista— y su situación se hacía especialmente difícil porque
no tenían otra posibilidad que el magisterio o la enseñanza de las artes
decorativas; a lo sumo el corte y confección que sin embargo corresponde a los
planos más bajos de la misma o a la ejecución da aquellos trabajos que hemos
mencionado antes –bordar, “coser para afuera”, tejer --, que pasaron a serles
comunes, con los delas viejas familias pobres, pero con el mismo cuidadoso
escrúpulo de disimular el aspecto comercial de las labores.
El problema de la mujer, sin otro horizonte que el matrimonio, será uno de los
dramas de la clase media que sólo empezará a resolverse en los últimos treinta
años. Nuestra literatura lo documentará constantemente en el personaje clásico
de la solterona; y en la angustia de los padres de numerosas “chapeletas” donde,
aparte de lo insoluble del problema sexual –que el pudor de la época disimula--,
juegan las dificultades de la familia numerosa que hace difícil el mantenimiento
del status ante la multiplicación de las necesidades, sin el correlativo
crecimiento en el aporte de los recursos. Puede ser leyenda la de que el hijo
trae el pan bajo el brazo, pero ni siquiera lo es, la de que lo traiga la hija,
que sólo aporta dificultades que se suman a la custodia rigurosa del honor
familiar, al que los inmigrantes han aportado pautas aun más rigurosas que las
de la sociedad tradicional. Es de la época, la escena constantemente repetida de
los hermanitos, corriendo al galán que “pasa” la calle; si al nivel del
inquilinato el tema es el “bacán de yuguillos” que seduce a la “milonguita”
deslumbrada por las luces del centro, un poco más arriba, ya en el filo de la
clase media, está la vendedora de Harrods de Josué Quesada y sus similares, de
las novelas semanales.
Todo el sentimentalismo que se arrastra en las letras de los viejos tangos no es
más que un reflejo de una temática social correspondiente a la realidad: la
vendedora de tienda pertenece a ese estrato bajo de la clase media, pues ella,
con la telefonista, hace punta en la incorporación de la mujer al trabajo no
domiciliario, cuando la de clase baja empezaba a incorporarse a la fábrica.
EL BARRIO EN EL NACIMIENTO DE LA CLASE MEDIA
La expresión clase media, es sumamente ambigua y se define mejor negativamente
que afirmativamente; por eso muchos sociólogos prefieren un término más
genérico, clases intermedias, más acertado porque la clase media es una
agregación de estratos superpuestos y cambiantes que descienden desde la clase
media alta ubicada cultural y económicamente en las fronteras de la alta
burguesía y aun de la aristocracia —esto lo veremos particularmente al tratar de
nuestro "medio pelo" actual—, hasta los confines de la clase baja. (En el Buenos
Aires de la época, ciudad de ascensos frecuentes como se ha visto, en la etapa
expansiva de la economía agropecuaria, es difícil también determinar el límite
inferior de esta clase desde que la baja participa de muchas pautas de la
sociedad intermedia por los factores ya dichos que determinan que no se
cristalice una clase obrera como estrato definitivamente diferenciado).
Veremos la clase media en su propia salsa: el barrio.
Si el conventillo es el ambiente típico donde se barajan inmigrantes y criollos
pobres, pasaje que complementa el barrio, este es el escenario donde la clase
media se conforma y se define.
Buenos Aires al crecer ha generado multitud de barrios y cada uno es un centro
de vida, de relaciones, con sus jerarquías y dignidades locales, donde los
distintos niveles económicos, la naturaleza de las actividades más o menos
prestigiosas establecen las diferencias entre las familias. La clase media es
el nivel más alto del barrio y allí desarrolla su propio status de clase alta
local, modelando sus propias pautas. Ya iremos viendo que durante el primer
cuarto del siglo la mayoría de los barrios; constituyen núcleos urbanos
perfectamente diferenciados del centro, los que van naciendo del desarrollo de
la ciudad o como ampliación de viejos pueblos; el caso de Flores y Belgrano.
Mucho más que ser porteño, se es de Flores, de Palermo, de Boedo. El nacido en
el barrio crea todo su sistema de amistades, de amores y de hábitos dentro del
mismo y es reacio a cambiar de domicilio fuera de él, particularmente en la
clase media. Las mudanzas se hacen dentro de sus límites y es la misma la
confitería, la iglesia o el cine al que concurre y los negocios donde compra;
trata de mandar sus hijos a la misma escuela a la que él asistió. Es una vida
que se parece a la de las pequeñas ciudades del interior, donde todo el mundo se
silba de memoria, la gente se conoce desde siempre y circulan los chismes, los
apodos y las anécdotas como en una ciudad provinciana. Mucho más tarde, con la
aparición de las casas de departamentos, la desaparición de los espacios que
establecen soluciones de continuidad urbana, el transporte automotor y la vida
más intensa y agitada, aparecerá esa movilidad de los domicilios que desborda
el límite de los barrios.
LA FAMILIA ES DE BARRIO
Hay aquí que resaltar un hecho al que ya nos hemos referido y al que tenemos que
volver: en esta nueva clase que aparece a principio de siglo, como en la
sociedad tradicional, la situación de familia es fundamental pues la
calificación no se hace por individuo sino por grupo familiar; y los
inmigrantes refuerzan la solidez del grupo con las pautas rígidas de los
italianos y españoles y en las que juega en primer término la honorabilidad de
la vida sexual ya señalada.
Desde el principio, el inmigrante no encuentra para su ascenso la inhibición del
"inferior" tradicional provocada por su marginal situación de familia; no es
"gaucho" ni lo son sus descendientes, y así, la filiación legítima será un
elemento de calificación que gravitará en su subconsciente, cuando la clase
inferior intente el ascenso. (No, en este Buenos Aire en que los criollos se
están adaptando a las normas regulares, pero sí cuando se encuentre en
presencia, años más tarde, de la multitud innominada que viene del interior con
la carga, mucho más difundida, de la ilegitimidad en la filiación.4
La Avenida de Mayo es el eje central de este Buenos Aires nuevo, llena de una
multitud también nueva y el símbolo de conjunto de la ciudad. Pero ni sus cafés,
teatros y hoteles, y la feria constante de sus negocios de tránsito permiten
percibir el acondicionamiento de las clases, más que por el aspecto exterior. Es
como una estación de ferrocarril por donde desfilan los pasajeros. 5
Es el barrio el que revela el asentamiento y la composición vertical de la
clase media. (Esto no excluye que el centro sea en mucha medida barrio, o
barrios, pero cuesta diferenciar entre la multitud de tránsito, el
acondicionamiento social de sus habitantes estables que sólo se hace visible
después del cierre de los negocios y sólo donde no hay vida nocturna. Lo digo
porque me ha costado, aquí, en Córdoba y Esmeralda, por donde vivo, diferenciar
la vida de barrio, que existe por debajo de la vida del centro que es la
visible).
El barrio para el que trabaja en el centro, no es un simple "gallinero" donde se
va a dormir; es el establecimiento permanente de la familia y el ámbito del
círculo de relaciones y las tablas estimativas del status: si la naturaleza
económica de la actividad es elemento informativo, el más importante es el rango
en que se desenvuelve la vida familiar. Pero el barrio es además centro de gran
parte de actividades que él mismo genera por su propio desenvolvimiento.
Hay, desde luego, barrios con predominio de clase media y barrios
preferentemente obreros, porque ya la fábrica cobra importancia dentro de ellos,
como en Parque Patricios, San Cristóbal Sur, Boedo; el puerto, en la Boca; o en
Mataderos, donde la pampa se prolonga en la ciudad y el criollaje afirma su
preeminencia; o en Almagro, con el Mercado de Abasto, o en Barracas, con el
acopio de lanas, su lavado y clasificación, que se prolonga al sur del
Riachuelo. Pero en cada uno, un sector de clase media se desarrolla en mayor o
menor medida y tiene allí en el centro de su vida y ubicación de status, con una
preeminencia local de jerarquías desvinculadas de las de la ciudad en conjunto.
El barrio tiene su centro, una esquina importante o una plaza, alrededor de la
cual está la Iglesia, las confiterías, el teatro, después los cines y todo el
comercio importante y en cuyas proximidades reside la gente de pro (la clase
media alta), en el casco de las viejas quintas desmembradas por los loteos, en
las casas de tres patios que subsisten, y en los modernos chalets –hasta
petit-hoteles—que empiezan a surgir destacándose de la uniforme arquitectura de
la casa con un zaguán y dos balcones, de las construcciones menos pretenciosas
de la época, o la de dos plantas con negocio abajo; se prolonga después hacia
las calles sin pavimentar, donde los fraccionamientos van sustituyendo los
tapiales panzones por un caserío uniforme con espacio delantero reservado para
la futura sala que prevee el ascenso, de medidas más reducidas que las
anteriores y en que los frentes imitación piedra alternan con los revoques
descascarados blancos, azules y rosados del antiguo suburbio, porque cada barrio
ha tenido el propio. Hay también en cada barrio, otro centro comercial que rodea
el mercado con su típica población italiana meridional y alrededor del cual se
constituye un comercio de menor categoría que el del centro del barrio, en cuyo
alrededor pulula un conjunto abigarrado, donde se confunde la clase media baja,
y los trabajadores. Aquí las diferencias económicas suelen ser bastante más
efectivas que en el centro distinguido del barrio, pero están ocultas por la
naturaleza rústica de las actividades y el nivel de cultura inferior, y sólo se
pondrán en evidencia con el título universitario de los hijos o de las hijas
“pescadas” por algún mozo de la clase media alta que sabe sacar las cuentas.
PARTICULARISMOS DE LOS BARRIOS
Algunos barrios antiguos tienen un estilo que no es sólo el de la construcción,
que subsiste. San Telmo, La Concepción y Montserrat conservan las maneras de
otra época, tal vez porque es muy fuerte la gravitación de los viejos vecinos
que no han emigrado al Barrio Norte, muchas veces por tradicionalismo, pero
principalmente porque no han participado de la riqueza que llega a los grandes
propietarios de la tierra. Constituyen en el barrio el nivel más alto de la
clase media, junto con los comerciantes prósperos.
En estos barrios son muy perceptibles las dos vertientes de donde procede la
clase media. He visto en mi juventud, en los comités radicales de distintas
parroquias la diferencia de estilo. En estos siempre contaba entre los
dirigentes el núcleo de vecinos importantes que parecían darle un cierto tono
señorial: la costumbre de descubrirse al entrar, el modo reposado, los saludos
ceremoniosos y las referencias familiares. Una urbanidad por completo ausente en
otros comités de barrio, donde el caudillo era generalmente mucho más joven, la
relación había perdido el carácter de trato de vecino a vecino, y de ciudadano a
ciudadano, pues la recluta era puramente cuantitativa entre los “puntos” de la
barra del café o el despacho de bebidas de la esquina.
Lo que determinaba esta diferencia en el estilo de cada barrio, de que el comité
era un reflejo, no era la composición cuantitativa sino la antigüedad del barrio
que determinaba una mayor abundancia de gente proveniente de la “principal”
antigua. Así hasta los niveles más altos del barrio correspondientes a la
inmigración tenían ya dos generaciones de argentinos por lo menos, lo que da un
índice sobre la conformación histórica de la clase media. (Esta y no otra es la
explicación, pues los sectores más bajos socialmente vivían precisamente en esos
barrios, que son los más abundantes en conventillos; los personajes del sainete
no han salido de los nuevos barrios que se estaban fundando; sólo cuando se
trataba de criollos se referían a ciertos núcleos alejados del centro como el
Palermo bravo o Villa Crespo, antes de la radicación de gran parte de los judíos
que se desplazaban de sus sucesivos centros de la calle Libertad primero y
Balvanera Norte después; tampoco de los barrios típicamente obreros de
principio de siglo. Ya se ha dicho que el conventillo y el inquilinato se
alternaron con las casas de registros y el comercio importador de paños y los
almacenes mayoristas, en la ocupación de abandonadas residencias de la alta
clase en el Barrio Sur, cuando ésta se desplazó hacia el Norte).
Hay barrios típicamente de clase media como son los de Villa Urquiza, Villa
Devoto, la parte Norte de Palermo, el centro de Belgrano, vinculados al centro
de la ciudad por las líneas de tranvías. Cómo no recordar el 5 y el 2, y los
treinta y tantos, con el nocturno a Belgrano. Sería como olvidar los corsos
vecinales con sus comisiones, sus comisarios, y sus palcos de las familias
"importantes" y los carruajes ocupados por las "niñas distinguidas" que
intercambian flores con los jóvenes conocidos, (¡Oh, la vara de nardos con su
aroma cálido y erótico bajo una inocente albura de mínima azucena!), entre el
tumulto plebeyo de murgas y comparsas y la gente común que llena las veredas.
Hay comisiones vecinales de fiestas patrias, de fomento, las de los clubes
deportivos importantes; todo un mundo de jerarquías establecidas pero cuyo
movimiento vertical corresponde, exclusivamente, al barrio y cuyas pautas de
status son comunes a los barrios, pero que no se remiten a las que corresponden
a las de las clase alta, que pertenece a un mundo distinto. La vida social de la
clase media alta tiene su esfera propia y no se confunde ni intenta confundirse
con la "alta sociedad" de Buenos Aires.
Hay lugares donde se encuentra la clase media alta trascendiendo el límite del
barrio. Las barrancas de Belgrano, por ejemplo, en los conciertos del maestro
Malvagni; los jueves —día de moda— del Parque Japonés, etc.
EL CENTRO Y SUS SATÉLITES
También deben ser considerados como barrios porteños los que se extienden en las
afueras, servidos por el ferrocarril, sobre el Central Argentino,
particularmente en la línea de Belgrano R hasta Borges, pues el fraccionamiento
de las quintas de la costa es bastante posterior (línea a Olivos, La Lucila,
Acassuso, etc.). Crece el núcleo central de San Martín y algunas de sus villas,
como Ballester; hacia el Oeste comienza a ser un centro residencial Ramos Mejía,
y sobre la línea del Sur, Talleres, centro ferroviario con predominio de
trabajadores al igual que Lanús. En Bánfield empieza a predominar la clase
media, que va adquiriendo importancia en Lomas de Zamora, Témperley, con un
centro aun mucho más característico: Adrogué, que tiene un tono social propio
que aun parece mantener, seguro de sí mismo y sin las preocupaciones del "medio
pelo" que veremos en otros centros con más precisiones del Gran Buenos Aires.
Avellaneda, Barracas al Sur, prolonga al otro lado del Riachuelo las
características comerciales e industriales de Barracas.
Cuando oigo hablar a los urbanistas de las ciudades satélites me parece que le
están inventando el agujero al mate porque Buenos Aires y su conurbano, como
dice Alende, que me parece haber impuesto el término, funcionó como tal casi
hasta 1930.
Florencio Escardó en "Geografía de Buenos Aires" (Ed. Eudeba; 1966) y
refiriéndose a época muy posterior a la que trato, dice: Buenos Aires no es, en
ningún sentido, una unidad; su descriptiva y su captación se fragmentan en mil
pedazos... A despecho del nombre genérico "el centro", la ciudad no tiene sino
centros... Y en marcha por Rioja hacia el sur, halla de sopetón en Caseros, "un
centro" luminoso y activo, que abarca pocas cuadras; lo mismo le sucede a quien
va por Independencia hasta Boedo o por Almirante Brown hacia la Boca; centros de
barrio, con sus cines, sus cafés, sus negocios, sus "habitués", su historia, sus
tipos, su mística, en los que aun vive gente que no conoce el Obelisco...
Buenos Aires no es una unidad; sus barrios son diversos, múltiples, cada, uno
con su personalidad y su estilo.
Si contemporáneamente, como lo observa el citado, todavía Buenos Aires, y el
gran Buenos Aires, más que una estrella es una nebulosa, una acumulación de
pequeños astros de variadas magnitudes, que pasan del centenar, mucho más lo
fue cuando baldíos, potreros, quintas, hornos, intercalaban espacios abiertos
entre sus barrios de número más reducido, conformando la ciudad con sus
satélites propuesto por los urbanistas de hoy.
También nos lo cuenta Escardó remitiéndose a la época: A veces es posible
seguir las etapas primarias del crecimiento de la ciudad... una avenida queda
interrumpida por una huerta; nadie sabe por qué, pero hay que dar un rodeo para
continuar la ruta; serenos hasta la indiferencia en medio del artificio urbano,
dos italianos cultivan sus tomates, sus lechugas, sus cebollas y algunas
flores... De pronto, un buen día, los alambrados caen y los sembrados vuelven al
baldío; la calle continúa su línea en ese tramo sin pavimento; los chicos no
tardan en aprovecharlo para jugar interminables partidos de fútbol... por fin
una mañana vienen aplanadoras, el pavimento oculta y urbaniza el piso vegetal;
la ciudad se establece sobre el sembradío; poco después aparecen a uno y otro
lado las casitas, pero durante algún tiempo persiste a cada vera un pedazo de
tierra en el que coexisten las últimas hortalizas y las primeras malezas.
Huerta, cancha de fútbol, pavimento. Esa es la historia de la ciudad de la pampa
que puede ver a trozos el paseante curioso. A veces la urbanización es tan
vertiginosa que el interlocutor sonríe incrédulamente cuando al cruzar un
barrio le decimos de pronto: Hace seis meses había aquí una chacrita...
Hacia 1950 un turista extranjero me glosaba aquello de "la pampa tiene el ombú";
diciendo: —La pampa tiene el letrero colorado. Se refería a los letreros que
decían Guaraglia, Vinelli, Luchetti, Bencich, Ezcurra Medrano, Taquini, etc. 6
FLORES: "LA FLOR DE LOS BARRIOS
A principios de siglo ir a Flores o a Belgrano, a Villa Urquiza o Devoto o a
Mataderos, por tranvía o por ferrocarril era siempre un viaje aunque se
realizase diariamente, y no el simple tránsito de un lugar a otro de la ciudad.
El vecino de clase media del barrio cuyas actividades se desenvolvían en el
centro, partía y retornaba como quien pasa de su pequeña ciudad a la grande,
donde se perdía en el anonimato de la multitud; allí su jerarquía estaba medida
por el nivel a que se desarrollaban sus actividades, pero no definían la idea
de status que íntimamente se asignaban, conforme a su situación familiar en el
barrio de su domicilio.
Así su preocupación de status no estaba afectada por la emulación, la envidia o
el modelo de la alta clase de la que se sentía completamente marginal e
independiente; esta era una sociedad que contemplaba a la distancia, a lo sumo a
través de la información periodística, que le traía en su Vida Social los ecos
de los grandes acontecimientos mundanos o la versión de escándalos
aristocráticos que solía difundir una literatura muy de la época, vertida
también en las novelas semanales, en algunas crónicas de Josué Quesada y
especialmente en la pluma de Souza Reilly. La pueblerina sociedad de los
barrios, abroquelada en sus pautas, tradicionales e importadas, de rígida
movilidad familiar, encontraba en esas crónicas el término de comparación para
valorizarle por contraste, a diferencia de lo que ocurrirá después con el "medio
pelo" que gusta suponer en la alta clase una descomposición de costumbres
propias de la "gente bien", cuya imitación es de buen tono.
De todos modos, esa clase media no miraba a la alta sociedad para repetir las
pautas que le atribuían; se trataba de un mundo distante y sin conexión con el
suyo, como puede serlo la vida de los artistas cinematográficos que difunden
las revistas de hoy, o las crónicas del gran mundo internacional, que suelen
proporcionar las Elsas Maxwells para la curiosidad de los que se saben del otro
lado de la vida.
Pero entre todos los barrios hay uno donde la clase media tiene su definición
inconfundible: es Flores. Su clase media podía precisar las características
porteñas de toda la clase.
Flores, en el recuerdo de los que han conocido ese Buenos Aires, es una imagen
con pianos al atardecer, con Danubio Azul y Sobre las Olas para el oído, con
perfume de glicinas, jazmines diosmas, diamelas, magnolias foscatas y
óleo-fragans para el olfato. Enredaderas, tapias panzonas, zaguanes y balcones,
palmeras, para los ojos. Barrio con salida de Misa y la "vuelta del perro" en el
paseo de la tarde como en el pueblo por las tres o cuatro cuadras sobre
Rivadavia y la plaza, con su confitería tradicional, y chicas, muchas chicas,
con sus mamás "empavesadas como fragatas" --según el poema de Girondo—,
estudiantes que vuelven del centro a la hora del paseo, largas miradas
preparatorias y noviazgos eternos, con pasadas frecuentes, furtivas entrevistas
de zaguán, y después '"adentro", como en los bailes folklóricos, en la salita
apresuradamente desnudada de las fundas que envuelven las sillas, y de los
tarlatanes que cubren los espejos y la araña.
Flores es en aquella época lo que serán Olivos y San Isidro al "medio pelo"
contemporáneo. El Club de Flores, es el centro social más característico de
aquella clase media. Pero se detiene ahí la analogía, pues no puede
confundirse clase media con "medio pelo".
Un componente de la clase media alta del barrio, es el estanciero medio de la
provincia de Buenos Aires —muchos vascos e irlandeses entre ellos, y
estancieros criollos no comprendidos en la clase de los grandes propietarios—
que ha ascendido económicamente con el progreso agrícola-ganadero y se permite
el lujo de tener casa en la ciudad ante el reclamo de las hijas casaderas y los
doctores que les están saliendo en la cría. Se domicilia en Buenos Aires en el
mismo momento en que empieza el desplazamiento hacia el Barrio Norte de la alta
clase, pero tampoco se la propone como arquetipo. Las jerarquías del barrio son
suficientes para satisfacer sus status de clase media alta en la que se siente
cómodo sin las exigencias que importan mayores pretensiones, pues conserva los
hábitos simples de la vida rural que en la vida de relación son parecidos a los
del barrio, y sus familias son pronto gente representativa del mismo.
Las amplias casas de principio de siglo que se ven en Monserrat, la Concepción y
San Telmo, siempre sobre Constitución, son testimonio de la radicación de esta
gente y de su modalidad ambiental de clase media. El lector las encontrará en
ese radio que se acerca a la estación del Ferrocarril Sur y son fácilmente
identificables por mucho más modernas que el grueso de la construcción de la
zona que corresponden al siglo anterior; ostentan fachadas más importantes, pero
muy distintas a las casonas tradicionales. Se las ve aun de Perú a Santiago del
Estero y de Belgrano al Sur, desbordando Brasil para entrar a Montas de Oca
—estas últimas han sido casi totalmente demolidas— y, por Caseros, de Montes de
Oca al Parque Lezama, queda una masa de construcciones de categoría que al
descubridor de la ciudad le sorprende como una inclusión exótica en el barrio.
Estar cerca del ferrocarril es estar cerca del campo, de donde se arranca con
dificultad a los "viejos". (Yrigoyen vive a media cuadra de Constitución, en
Brasil. Sería osado suponer que éste es el motivo de su radicación, pero es
inconveniente, desde luego, tener cerca a sus vascos del sur de Buenos Aires).
En Almagro, Caballito y hasta Flores tienen también su domicilio porteño muchos
estancieros cuyos trenes salen de la Estación Once.
Al hablar del "medio pelo" y su proyección hacia los medios rurales, tendremos
oportunidad de comprobar el cambio experimentado desde esa época, en la misma
clase de los estancieros medios. (Ver nota en el Apéndice).
CAPÍTULO VI
LA SOCIEDAD Y LOS LÍMITES DE LA PATRIA CHICA
Hacia ese año (1930), la totalidad de las tierras de la región pampeana estaban
ya en explotación y la producción agropecuaria no podía seguir aumentando como
lo había hecho tradicionalmente por la incorporación de tierras inexploradas a
la frontera productiva. Tal dice Aldo Ferrer (Ob. cit) ratificando que en la
etapa de la economía primaria exportadora la expansión fue hija de la demanda
mundial de productos agropecuarios y la puesta en producción de las nuevas
tierras. Analiza seguidamente una serie de factores que se suman a la
desaparición de la frontera de avance en la pampa húmeda como son la quiebra
del sistema multilateral de comercio y pagos, la disminución de la demanda de
la población ultramarina de productos alimenticios, especialmente cereales,
pues el aumento del nivel de vida diversifica la alimentación y también crea
otros consumos no vinculados a las materias primas de importación, a los que se
suman la política sistemática de las metrópolis para aumentar su
autosuficiencia; la disminución del flujo de las corrientes de capitales hacia
los países productores de materias primas, etc. Por su extensión y lo prolijo
del análisis remito al lector al mismo.
Pero si 1930 puede ser fijado como fecha límite de la expansión agropecuaria,
1914 señala ya lo que en 1930 será definitivo; marca la tendencia, porque allí
termina el ritmo acelerado que caracterizó al primer decenio del siglo. El
decrecimiento de la atracción ejercida por el país sobre los inmigrantes nos lo
revela.
El decenio 1901-1910 con 1.120.000 inmigrantes ya en 1921-1930 sólo arroja
878.000. En el decenio 1931-1940 caerá bruscamente a 73.000, juntamente con el
momento crítico de 1930 que Ferrer señala, (no se toma el decenio 1911-1920 con
sólo 260.000 porque incide la Primera Guerra Mundial, que interrumpe la
inmigración de algunos de los países que la proveen, pero no puede escapar que
la suma del decenio que le sigue está incrementada por parte de inmigración
postergada y que recién se opera entonces). Después de 1930, 1941-1950, con
386.000 inmigrantes, y 1951-1958 con 245.000, ya el número de ingresos al país
indica el cambio de condiciones que el autor más arriba señala.
Ha pasado el momento de expansión horizontal en que se ocupa totalmente la pampa
húmeda en expectativa del surco y del ganado; la propiedad de la tierra, poco
fluyente de sí, se estabiliza y gran parte de ella dejará de ser cerealera,
pues, como se ha visto antes, el cereal ya ha cumplido su función preparatoria
del alfalfar. En adelante, ganadería y agricultura variarán sus límites, según
los años y el mercado, en la ocupación de las tierras donde se excluyen
recíprocamente, más allá del aprovechamiento ganadero de los rastrojos o el
pastoreo de avenas, trigales, centenos y cebadas de doble propósito, cuando el
año excepcional permite cosechar las siembras hechas para los pastoreos de
invierno. Ya no aumentarán las hectáreas en explotación agrícola; por el
contrario, el aprovechamiento ha sido exhaustivo y numerosas zonas
semimarginales sufren los efectos de la disminución de sus reservas y son
castigadas por la erosión.
En adelante la producción agrícola tradicional sólo podrá aumentar por las
mejores de la técnica, como la genética, los abonos y el mejor manejo de la
tierra, es decir por el aumento del rinde por hectárea.
Si 1930 es la fecha límite objetivamente apreciada por Ferrer, en 1914 ya está
acupada la frontera agrícola de la pampa húmeda y se pronuncian los factores
demográficos que indican el cambio de condiciones en el país. Un índice claro
está dado por la desaparición de la inmigración golondrina, que no está incluida
en las estadísticas citadas más arriba, que se refieren a saldos, es decir no
computan los braceros estacionales, que vienen y retornan después de cada
cosecha y que han constituido un contingente numeroso todos los años que duró la
expansión; ellos son reemplazados como se ha dicho antes por el “croto”,
trabajador nativo. La demanda de brazos el agro irá en disminución, que se
acelerará con la mecanización de la pampa húmeda.
Por otra parte, la infraestructura fundamental de la economía exclusivamente
agropecuaria estará prácticamente terminada y su construcción deja de ser una
fuente de ocupación en incremento.
PROGRESISMO Y ANTI-PROGRESO
Todo esto determinará que el progreso adquiera un ritmo más lento que en el
momento expansivo de la producción agropecuaria. Si el país se detiene allí, ya
habrá llegado a su límite. Ahora tendrá que mirar hacia adentro o hacia otros
mercados y el progreso posible sólo podrá realizarse por la diversificación y la
multiplicación de otros consumos. La población y su nivel de vida han de
ajustarse a ese límite.1
El aumento de población y sus consumos, en aquella economía simplista, se
vincula a la capacidad de importación y esta no debe superar la capacidad de
exportación; una vez que el país pasó de los 10.000.000 de habitantes toda la
población que lo supere es excedente. La historia económica de la República
desde entonces será una permanente lucha de los progresistas de ayer,
retardatarios de hoy, contra la expansión vertical y horizontal ajena a la
producción agropecuaria de la pampa húmeda. Ahora son recetarios nuevos mercados
de otras formas de la producción, especialmente el interno que además absorbe
cada vez mayor cantidad de lo que antes estaba destinado a la exportación.
Ese es el sentido que tiene el pensamiento de Hueyo (exportación del exceso de
población nativa) o la fórmula de Fano (un habitante cada cuatro vacunos).
Ya se ha dicho que Ferrer identifica este grupo retardatario que concentró la
propiedad territorial en sus manos, como fuerza representativa del sector
rural; "un grupo social que se orientó en respuesta a sus intereses inmediatos y
los de los círculos extranjeros (particularmente los británicos), a los cuales
se hallaban vinculados hacia una política de libre comercio y opuesta a
cualquier reforma del régimen de tenencia de la tierra".
Este sector, que también ya se ha visto, fue incapaz de convertirse en la
burguesía argentina, por la acumulación capitalista proveniente de la expansión
agropecuaria, y que aparece como expresión del capitalismo nacional, es el
primer regador de sus posibilidades: tan anticapitalista como el socialismo de
la cátedra y su partido, adscripto también a la división internacional del
trabajo y opuesto a la formación de una burguesía nacional que sólo puede ser
hija del cambio de la producción; por motivos aparentemente inversos, los dos
coinciden en la práctica, como se verá en su permanente posición paralela frente
a los gobiernos de origen popular, yrigoyenismo primero y peronismo después, en
cuanto que con plena conciencia o sin ella, interpretan las necesidades y
soluciones fuera del esquema tradicional.
Las dos posiciones antiburguesas tienden a conservar la situación dependiente de
la Argentina con la previa renuncia a toda posibilidad de grandeza. Los primeros
por las razones antes dichas que se decoran ahora de un tradicionalismo
aristocratizante; los segundos por aquello que ya Lenin había señalado respecto
de la Social-Democracia polaca: temiendo el nacionalismo de las burguesías de
las naciones oprimidas, favorecen en realidad el nacionalismo ultrarreaccionario
de los grandes rusos. En efecto, el mantenimiento de las condiciones
tradicionales de producción, no importa que sea en defensa de privilegios o del
supuesto costo de la vida del trabajador, son antinacionalistas respecto de la
Argentina y en la misma medida resultan nacionalistas respecto del Imperio
Británico; es un común cipavismo con uniforme distinto, porque las cosas se
juzgan por sus resultados aunque los fines perseguidos no sean los mismos.
Desde el punto de vista de este trabajo, lo cierto es que desde 1914 y
deteniéndonos en el esquema progresismo agropecuario, ya la Argentina ha
terminado con las posibilidades de movilidad vertical que la han caracterizado
del 80 en adelante como una sociedad en ebullición que permite percibir el
rápido ascenso de las burbujas que vienen desde el fondo de la vasija.
LA SOCIEDAD Y EL ADVENIMIENTO DEL RADICALISMO AL PODER
Pero ocurre en ese momento una circunstancia excepcional: la primera guerra
europea y la neutralidad argentina. Se interrumpen los suministros
manufactureros del exterior y el país aprovecha para diversificar algo su
producción, reemplazando importaciones y creando actividades nuevas no
dependientes del intercambio exterior lo que supone una dinámica en el mercado
interno, en la producción y en el consumo que no estaba en los papeles
imperiales. El ascenso que iba a interrumpirse recibe entonces un nuevo empuje,
cuya causa está ahora referida a la profundización del mercado interno.
Aparece en escena el radicalismo: la ley Sáenz Peña le ha abierto el camino y a
los triunfos electorales parciales de 1912 y 1914 le sucede la elección
presidencial que lleva a Hipólito Yrigoyen a la Presidencia en 1916. El momento
límite de la expansión agropecuaria es el momento en que la sociedad salida de
ella llega al poder político y comienzan los balbuceos del cambio que se inicia
con la primera guerra.
Se trata de una revolución aunque ella se haya civilizado por el camino del
comicio, gracias al genio político de Sáenz Peña e Indalecio Gómez. Le tocó al
radicalismo cumplir un papel nacionalizador, pues le dio cauce nacional a la
inquietud política y a las aspiraciones de las clases medias surgidas de la
inmigración, en el momento en que el país pudo constituirse en campamento de
colonias extranjeras, si carentes de cauce argentino, los hijos de los
inmigrantes se hubieran agrupado sin otra preocupación política y cultural que
las de las colectividades originarias. La escuela pública y el radicalismo, en
la niñez y en la juventud respectivamente, contribuyeron con los demás factores
que ya se han enumerado a impedir el enquistamiento en colonias, al recibir en
su seno a todos, en pie de igualdad, marginando las influencias nacionales de
origen.
Esa clase media considerada en el capítulo anterior actuó entonces como tal,
sabiendo que no era la alta clase argentina sino un componente de la nueva
realidad del país; ella nutrió esencialmente las filas del radicalismo,
alineándose detrás de viejos conductores que preferentemente provenían, en el
litoral del alsinismo y en el interior del roquismo después de la
desnacionalización de este, y en los que era fácilmente perceptible en muchos la
continuidad familiar de la tradición federal como lo documenta Ricardo
Caballero (Yrigoyen y la Revolución de 1905).
Pero expresión de la clase media en sus planos directivos intermedios, recibió
en el interior el sufragio y el apoyo de la antigua "clase inferior". El
sufragio hizo de nuevo un elemento activo en la vida política, del criollo
postergado desde la caída del Partido Federal. La libreta de enrolamiento le dio
al hombre del común una nueva jerarquía que había perdido cuando perdió la
lanza; volvió a ser alguien cuando al ser ciudadano, hubo que contar con él.
Mucho antes que su presencia en el Estado se tradujera en política social, la
existencia de su voto determinó que se lo comenzara a respetar, y frente al juez
de paz, el comisario o el patrón, tuvo "palenque donde rascarse" en el caudillo
que echó la compensación de su amparo en la desigual balanza de la igualdad
teórica; otra vez los "inferiores" pesaron y la política del sufragio obligó al
gobernante, aun surgido de las clases privilegiadas, a contemplarlos como
entidad humana.
Así, si en el litoral el radicalismo se manifestó como un movimiento de clases
medias, en el interior significó el ascenso político de la vieja clase inferior
dejada de la mano de Dios en el largo interregno antipopular. Por eso el
fenómeno fue más complejo de los que suponen que sólo fue un partido con
predominio de clase media de origen inmigratorio en Buenos Aires y el litoral,
con apoyo obrero esporádico y parcial como dice Bagú. ("La realidad argentina
en el siglo XX"). Lo acreditó Lencinas en Mendoza y aquí sería de recordar la
frase de Don José Néstor: las montañas se suben en alpargatas frente a la
alternativa "libros o alpargatas" del socialista Américo Ghioldi; lo mismo, Vera
y Bascary en Tucumán, Cantoni en San Juan, Mateo Córdoba, y después Miguel Tanco
en Jujuy.
La llegada al poder del radicalismo no significó que el nuevo gobierno fuera a
replantear las bases de la estructura económica argentina. Me parece acertado
Ramos cuando dice (Op. Cit. tomo II): "Las transformaciones llevadas a cabo por
el radicalismo yrigoyenista durante su primera presidencia, se dirigían a la
superestructura del aparato gubernamental, y no alteraban las bases mismas del
sistema oligárquico. Encarnaba un nacionalismo agrario fundado en los
presupuestos mismos del país agropecuario y exportador heredado del siglo
anterior... Yrigoyen buscaba tan sólo redistribuir la renta agraria, fruto de
la condición semicolonial del país, en un sentido democrático. No se prepuso
alterar los fundamentos agrarios del país, sino mejorar las condiciones de vida
de aquellos que hasta ese momento habían estado excluidos de los derechos
cívicos y de las ventajas económicas que podía facilitar una política
nacional... De ahí que en el radicalismo se sintieron representados desde los
ganaderos menores vinculados al mercado interno hacia los peones despojados de
todo derecho, los hijos de extranjeros y los criollos nativos, la pequeña
burguesía urbana que buscaba un lugar bajo el sol y los universitarios sin
porvenir en una universidad gobernada por camarillas exclusivas, los obreros que
no se sentían atraídos por la prédica del Partido Socialista porteño, los
olvidados trabajadores del Nordeste, del Norte, del Centro y de Cuyo.
YRIGOYEN FRENTE A LA REALIDAD
Yrigoyen expresó solamente ese ascenso de la sociedad argentina que provenía de
la economía agropecuaria, pero percibió el cambio de situaciones que motivaba el
surgimiento de nuevas bases. Si el ideario del radicalismo estaba limitado en la
forma que Ramos expresa, los hechos, la insuficiencia del crecimiento agrario
tradicional, que tocaba sus límites y la transformación operada por la guerra
que abría otras nuevas perspectivas con el surgimiento de actividades
industriales y comerciales dirigidas esencialmente al mercado interno, imponían
trascender los sagrados principios de la economía liberal que habían sido dogma
hasta entonces. El cierre de la Caja de Conversión actuó sobre la moneda como
factor proteccionista, la Ley de Alquileres que tendía a un hecho inmediato
terminó con la intangibilidad absoluta de la propiedad privada; la política
ferroviaria del Estado fue a la búsqueda, en el Pacífico de nuevos mercados, la
del petróleo propulsó su explotación oficial y marcó la necesidad de que
nuestros yacimientos minerales no se mantuvieran como zonas de reserva de los
consorcios; la ampliación de las funciones del Estado incorporó servicios
imprescindibles a una sociedad moderna y la política obrera dio por primera vez
personería al sindicato como expresión de fuerzas sociales que habían carecido
totalmente de representación. (Te invito lector a que busques en los archivos de
los diarios "serios" los indignados editoriales fundados en la "inadmisible"
pretensión de que los obreros debatieran sus problemas en igualdad de situación
con los gerentes de las grandes empresas de servicios públicos, recibidos en el
mismo pie de igualdad en la Casa de Gobierno).
La ley 11289 que generalizaba las jubilaciones contó con idéntica oposición en
la derecha y en la izquierda. (Estoy viendo la cabeza de la columna que
marcharía de la Plaza Congreso a la Plaza de Mayo para pedirle su derogación a
Alvear, como se consiguió. Allí está Joaquín de Anchorena y Atilio Dell´Oro
Mini, presidente y secretario de la Asociación del Trabajo, fundadora de los
“sindicatos libres” de “pistoleros”, junto a la plana mayor del Partido
Socialista). La política de la neutralidad en la Primera Guerra fue una piedra
de toque: los grandes diarios, la Sociedad Rural, el Jockey Club y el Círculo de
Armas, Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones, Enrique Larreta, Alfredo Palacios (los
recuerdo hablando en el mitin belicista del Frontón Buenos Aires, aquí a la
vuelta en la calle Córdoba, donde yo también hacía el “idiota” ante la vibración
democrática y culterana que los oradores administraban en dosis para adultos),
los socialistas, los radicales “galeritas”, todos los que eran alguien de
derecha a izquierda, con la sola excepción de unos pocos como Manuel Gálvez, el
General Uriburu, Belisario Roldán a la derecha, del Valle Ibarlucea a la
izquierda, todos vistos como desertores por los status consagrados de la
inteligencia y la responsabilidad, como serían vistos después los pocos
peronistas salidos de estos rangos.
La neutralidad expresaba en el plano de la soberanía lo que Yrigoyen expresaba
en el plano económico y social. La existencia de un nuevo país para el que las
fórmulas del liberalismo estaban perimidas porque no cabía dentro de ellas. No
era un pensamiento orgánicamente definido, pero sí el balbuceo de una tentativa
para manejarse por modos propios y hacia fines propios. La presencia del pueblo
en el Estado, ahora con descendientes de inmigrantes y criollos, creaba un
sentido nacional que había caído con la ausencia de las viejas multitudes
federales. La realidad llevó a Yrigoyen a hacerse el intérprete del país que
políticamente tenía detrás.
YRIGOYENISMO Y ANTIPERSONALISMO: ALVEAR
Consecuentemente la unidad del radicalismo hizo crisis y los "galeritas"
fundaron el antipersonalismo. El motivo aparente era su oposición al caudillo;
el real es que ellos se aferraban al viejo contenido ideológico e Yrigoyen
marchaba con los tiempos. No interesa saber cuáles fueron los móviles del
caudillo, si una simple especulación electoral como querían sus adversarios con
el socorrido mote de demagógico, o una adecuación de su pensamiento al país que
tenía adelante. Lo cierto es que significaba un avance progresista que alteraba
el plan de la Patria Chica ya terminada y completa.
A Yrigoyen le sucede Alvear. Este ha disentido con Irigoyen en política
internacional. Ausente del país durante largos años, no conoce las
transformaciones que éste ha experimentado en su composición social, y cómo se
ha modificado la composición de su partido con la del país. Es radical por
motivos distintos a los que han llevado al radicalismo a los peones del
interior, a los obreros de Buenos Aires y a la clase media que asciende. El
radicalismo que rodea a Yrigoyen, de “gringuitos” recién llegados o de criollos
de procedencia gauchesca u orillera, es ajeno al que motivó su militancia. Su
posición democrática en favor del sufragio universal y el respeto de la
Constitución y sus críticas a las corrupciones administrativas del régimen, es
un disentimiento dentro de su propia clase, en la cual se siente altivamente
impulso de su juventud romántica, rica en audacias que chocaban con los
prejuicios de su clase y que ha demostrado en los actos decisivos de su propia
vida íntima. Mario y los Gracos, Alcibíades, lo seducen más que Sila, pero es
ajeno por completo a lo que ya caracteriza al radicalismo como yrigoyenismo, en
la medida en que éste expresa la sociedad del momento de su victoria, mejor que
la sociedad de los años de las revoluciones fracasadas. Su radicalismo no ha
recibido la impregnación de la Argentina que surge, pertenece al pasado liberal,
en el que las diferencias de los partidos se limitaban a esos vagos enunciados
formales de la plataforma política originaria. Su alejamiento del país no ha
contribuido a su mejor conocimiento: todo lo contrario, y su disentimiento en
materia internacional, no es más que su correspondencia con la escala de valores
que practica en Buenos Aires en su extranjería, la “intelligentzia” y la “gente
bien”.
Mientras Yrigoyen iba conformando su pensamiento con la responsabilidad de
conducir una nueva realidad de que tomaba conciencia, a medida que definía su
carácter social la fuerza política con que gobernaba, Alvear estaba absorbido
por el drama de la Europa en guerra, sin poder percibir a la distancia los
factores que los distanciaban cada vez más de su antiguo jefe, que lo hacía
presidente, y cuyas motivaciones no podía interpretar. Desde que apareció como
candidato la vieja clase comenzó a rodearlo, tras las avanzadas de los
radicales "galeritas". La constitución de su gabinete confirmó la nueva
orientación y el impulso renovador que había significado Yrigoyen quedó atrás.
Así gran parte de las industrias que estaban en sus comienzos cayeron o
limitaron su producción. Dice Ricardo Ortiz refiriéndose a ese momento: "En
cuanto las circunstancias adversas dejan de actuar, la industria europea retoma
sus posiciones y ello se traduce por un decrecimiento experimentado por las
industrias típicamente nacionales."
"Se abre la aduana a los aceites de España e Italia, a los tejidos británicos, a
la manufactura europea en general. Ingresa nuevamente libre de derechos la
maquinaria agrícola y se gravan los elementos necesarios para la industria
nacional que producen esas maquinarias. Los industriales se convierten en
importadores", agrega Ramos.
Esta marcha hacia atrás en el proceso económico interno no produjo sin embargo
el impacto social que hubiera provocado en otras circunstancias. Alvear, que fue
toda su vida un feliz heredero en lo particular, lo fue también como gobernante:
heredó aquel momento próspero de la primera post-guerra en que la producción
agropecuaria tuvo factores climáticos tan favorables como los de mercado, y que
constituiría el último momento próspero de la economía tradicional. Su gobierno
tuvo, en consecuencia, un momento económico de excepción, que ocultó los
aspectos negativos de su política, en cuanto interrumpía el necesario desarrollo
de la transformación interna. Fue un momento de vacas gordas similar al proceso
expansivo de principios de siglo, que contó, además, con el desarrollo interno
operado gracias a la guerra y la política de Yrigoyen, y así la incidencia
social de la vuelta a la economía tradicional no produjo el impacto social que
el país percibiría después de 1930, cuando la detención del progreso interno ya
no sería compensada por la curva creciente de las exportaciones.
Esto no impidió que la clase media y las clases populares tuvieran clara
conciencia de la restauración de la vieja política que el gobierno de Alvear
había significado, y la nueva elección de Hipólito Yrigoyen desbaratando el
"contubernio" de los "galeritas" con las fuerzas conservadoras, ratificó la
demanda de una política correspondiente a la realidad del país.
Poco duró el nuevo gobierno de Yrigoyen, que llegó precisamente en el momento de
la gran depresión mundial que castigó aun más violentamente que a las metrópolis
a los países con economías dependientes. Evidentemente las circunstancias
reclamaban una personalidad más vigorosa que la del viejo caudillo en
declinación y una política económica más recia que la contenida en los
enunciados generales y en la voluntad comprensiva que habían bastado en el
primer gobierno para iniciar la marcha sobre la base de las circunstancias
favorables creadas por la guerra.
Ahora terminaba el paréntesis eufórico, el último chispazo de la prosperidad
agropecuaria. Bruscamente el país se encuentra ante la realidad que Ferrer nos
ha señalado para esta fecha. Los ascensos generales de la sociedad y los
movimientos verticales dentro de ella que permitieron la ampliación de los
estratos intermedios y han operado desde la sustitución de la sociedad
tradicional se tornan imposibles. La crisis metropolitana del año treinta lanza
sus efectos multiplicados a los países de economía dependiente.
El anterior gobierno de Yrigoyen ha correspondido a la sociedad en ascenso;
ahora el fenómeno es inverso y acelerado y precisamente donde el impacto se
siente más fuerte es en la clase media. El viejo conductor no está en
condiciones físicas para afrontar este momento difícil de una economía
monoproductiva cuyo mercado cae verticalmente, sin que se den las condiciones
sustitutivas que en el gobierno anterior proporcionó la primera guerra.
1930: EL SALTO ATRÁS Y LA DÉCADA INFAME
La revolución de 1930 viene a consolidar definitivamente la política
tradicional: como después de Caseros las multitudes argentinas no pesarán más en
las soluciones del Estado y se inmovilizarán los ascensos de las clases porque
una sociedad estática es la correspondiente a la economía estática cuyos
resortes van a cristalizarse. El doctor Alvear, y sus galeritas, entre tanto se
adueñan de la dirección del radicalismo para cumplir la función reguladora que
desvía hacia a conformidad, el instrumento que podía expresar resistencias.
Estamos en la "Década Infame". Es la infamia del fraude y el vejamen al
ciudadano, pero esta es la infamia de la forma. La infamia de fondo es la
traición deliberada y consciente al destino del país, porque el fraude en sí no
es más que un medio. (Lo es hasta la misma lucha contra el fraude, porque esta
misma tiende a disimular el contenido real de la usurpación del gobierno. Hace
creer que su objetivo es determinar quienes son los que gobiernan y no para qué
se gobierna, cosa que muchas veces ignoran hasta los mismos ejecutores y
beneficiarios de la estafa electoral. Los fraudulentos arguyen su mayor
capacidad técnica como gobernantes para justificarse; los defraudados la
autenticidad de su representación. Todos se dicen democráticos, y hasta se lo
creen; sólo que unos dicen postergar la hora del sufragio auténtico al momento
en que los argentinos se capaciten para ser ciudadanos, los otros creen que
éstos ya están capacitados, pero unos y otros son ajenos a las finalidades que
van implícitas en la vigencia de un gobierno popular). Pronto el país percibirá
que el conflicto es exclusivamente un conflicto entre políticos: "res" entre
ellos. Las multitudes se irán alejando paulatinamente de la pasión política.
Desde las altas tribunas de las canchas de fútbol o de los hipódromos,
terminarán por contemplar el espectáculo como la arena de un circo en que sólo
son espectadores.
Y este justamente es el momento crítico que señala Ferrer "cuando las nuevas
condiciones del desarrollo del país exigían una transformación de su estructura
económica".
La tarea del gobierno debió ser esa. El gobierno del General Justo y sus
continuadores hizo todo lo contrario. Para eso había sido llevado al poder: para
cristalizar de una manera definitiva una política "opuesta a la integración de
la estructura económica del país". El tratado Roca-Runciman es un pacto entre
Gran Bretaña y la Sociedad Rural, que firma la Argentina. Aquélla se compromete
a garantirle a ésta la continuidad de sus compras (de las que no puede
prescindir), con alguna mejora de monedas en los precios, y ésta a crear en la
Argentina condiciones que impidan su desarrollo progresivo.
El Congreso sanciona todas las leyes que constituyen el "estatuto legal del
coloniaje" y los pocos representantes radicales que participan del mismo,
colaboran adelantando con esto, a su vez, la garantía de que no obstarán al
mantenimiento del sistema con lo que se preparan para el acceso al poder cuando,
asegurada la estabilidad del sistema, los grupos de presión ya señalados
(entonces no se empleaba todavía esta terminología), consideren que ya no le son
necesarios los políticos fraudulentos para la continuidad del mismo; política
que empieza a perfilarse en la presidencia de Ortiz, y sólo se frustra por su
ceguera y el sucesivo fallecimiento del mismo. Ya está arreglada la economía
("Estatuto Legal del Coloniaje"); sólo falta democratizar la política para que
el Estado de Derecho ratifique y protocolice la intangibilidad del sistema
económico.
Se inaugura en el país el dirigismo económico. Los liberales son ahora
dirigistas como antes eran anti-intervencionistas de Estado. Volverán al
liberalismo clásico cuando el dirigismo se haga nacional. Las doctrinas
económicas como las doctrinas políticas servirán lo mismo para un fregado que
para un barrido: se usará en cada oportunidad la más conveniente para impedir la
integración de la economía nacional.2
Lisandro de la Torre dirá en el Senado que "hay pánico entre los propulsores de
la mayor parte de la industria argentina, sobre todo de los fabricantes de
artículos que también se fabrican en la Gran Bretaña..."
"Alguna explicación hay que buscar ante el hecho enorme de que en la Argentina
podrán trabajar persiguiendo el lucro privado las empresas extranjeras y no lo
podrán las empresas nacionales". Agrega: "el mismo informante decía ayer el
gobierno inglés quiere o el gobierno inglés no quiere... y eso que el gobierno
inglés quiere o no quiere se refiere a cosas que pertenecen a la República
Argentina, y debieran ejecutarse por el gobierno argentino... En estas
condiciones no podría decirse que la Argentina se haya convertido en un dominio
británico, porque Inglaterra no se toma la libertad de imponer a los dominios
británicos semejantes humillaciones... Inglaterra tiene, respecto de esas
comunidades de personalidad internacional restringida, que forman parte de su
Imperio, más respeto que por el gobierno argentino. No sé si después de esto
podremos seguir diciendo: "al gran pueblo argentino, salud!"
Todo se votó como lo había querido Gran Bretaña. El cadáver del cenador
Berdabehere hizo más roja la roja alfombra del Senado, bajo los disparos de
Valdez Cora, un guardaespaldas que habían llevado los ministros al debate.
Lisandro de la Torre se matará pocos años después. "No interrogues el alma del
suicida", como dijo en su verso otro suicida, Leandro Alem. Pero puedo vincular
el suicidio al derrumbe de toda una vida. Lisandro de la Torre ha sido el niño
mimado de la oligarquía terrateniente; es el hombre para las grandes soluciones;
el General Uriburu ha querido imponerlo como presidente, y él no ha aceptado.
Seguramente cuando sale a defender la soberanía nacional y el progreso de la
sociedad argentina cree que va a tener detrás de sí a todos sus viejos
admiradores y sobre el cadáver de su camarada de banca descubre que son sus
enemigos. Su mundo se derrumba. En ese momento dramático conoce los verdaderos
motores de la historia argentina y el papel que juegan las supuestas élites. Es
que ha descubierto el resorte misterioso que ordena las fuerzas en la economía
liberal. Ahora sabe, pero siente que es tarde.
Tal vez ha mirado hacia atrás y han desfilado por su memoria su larga lucha de
la juventud y descubre que los que le seguían, lo utilizaban. Tal vez también lo
descubrió el General Uriburu, pero no tenía las aptitudes de de la Torre para
llegar a las últimas consecuencias. Aquel era frívolo y superficial, mientras,
Don Lisandro se entregaba con pasión y en profundidad...
ORDEN SOCIAL Y MISERIA POPULAR
Es un momento dramático para la sociedad argentina. Se dirá que la crisis de los
años 30 es universal, pero sus efectos en las metrópolis son distintos. El
economista alemán Fritz Sternberg, ("Capitalismo o Socialismo", F. de C.
Económica, México, 1954), hace notar la escasa disminución del ingreso general
en Gran Bretaña y la explica: "En primer lugar, porque la baja de los precios
de las mercancías importadas, en su mayor parte alimentos y materias primas, fue
mucho mayor que la de los productos industriales que exportaba. La industria
mundial reaccionó a la crisis económica reduciendo su producción; la agricultura
mundial reaccionó ante todo con una baja en los precios de los productos
agrícolas". Así nuestro país alimentó a bajo costo al pueblo británico y "los
trabajadores europeos que tenían empleo de tiempo completo lograron, pues, un
aumento en los salarios reales durante la crisis debido a la baja de los
precios". La pobreza argentina subvencionaba el buen nivel de vida de la
metrópoli ¡Y qué pobreza! Scalabrini Ortiz lo ha dicho: "ajustaremos acá el
cinturón para que allá puedan correrle algunos ojales".
Reproduzcamos alguna de las admirables páginas con que Abelardo Ramos (ob. Cit.
Tomo II) nos hace la descripción en Buenos Aires.
“... Discépolo, poeta del asfalto, escribe sus tangos, penetrados de amargura
sinistra. ¡Un canto a la desesperanza, un himno al fracaso! En todos los labios
se repiten los versos estremecedores de Yira, yira: es la biblia del “raté” en
la monstruosa ciudad de cemento”.
“El mate había sido una necesidad en los viejos tiempos de la pampa libre; luego
fue un vicio amable en las conversaciones lentas. En 1930 es de rigor como
alimento casi exclusivo, con el bizcocho con grasa. Reina del bar automático:
con una moneda, baja del tubo sucio de vidrio un sándwich indiscernible. Era el
templo gastronómico para los gourmets de la crisis: revestido de azulejos, como
el hospital o la morgue, en el local pululaban actores sin trabajo, borrachos
disertantes, estudiantes crónicos, vagos sin origen ni destino, empleadillos,
mujercitas sin clientes...”
“... De Tucumán, Santiago del Estero o Corrientes, bajaban a la Capital las
jóvenes vestidas de negro, macilentas y tristes, de alpargatas y monedero vació,
a conchabarse en las familias de la alta o baja pequeña burguesía, por $20 o 30
mensuales, con comida y cama adentro. El zoológico será su fiesta, los
conscriptos de la Plaza Italia el amor furtivo en la inmensa ciudad hostil...”
“... En las madrugadas, los desocupados rodean a los canillitas que venden “La
Prensa”. Los ofrecidos son muchos más que los pedidos. Los desocupados con
bicicleta llegan antes que los otros a la oficina o a la fábrica. No hay
vacantes, de todos modos. En el conventillo de cinco patios con las macetas de
malvones en las latas de Ybarra, se hierve al infinito la yerba y un solo
ejemplar del diario arrugado circula por toda la población de la casa. La Singer
jadea en el fondo. La pantalonera trabaja por pieza...”
LA CLASE MEDIA PAUPERIZADA
Pero no es sólo la miseria de los trabajadores. Ella golpea violentamente en la
clase media que se creía a salvo de sus riesgos.
"El peso es un peso fuerte, sólido, respetable, exclusivo. Otra canción de la
crisis lo busca: "donde hay un mango, viejo Gómez, los han limpiao con piedra
pómez". El ejército rechaza a miles de jóvenes por inaptos. La tuberculosis hace
estragos. La palabra neumotorax es una palabra del año 30. Los maestros sin
empleo, los analfabetos con el estómago vacío y los maestros que no cobraban
sus sueldos son los fenómenos corrientes de la década. La pequeña burguesía se
degrada; se forma una subclase de desocupados. El dolor se combina con la
picaresca para sobrevivir. Buenos Aires se puebla de buscavidas y de oficios
inverosímiles. Porteños y provincianos hundidos en la desdicha se hacen
buscones. El amigo del jockey, que persigue la quimera de un dato preciso para
el domingo; el atorrante divagador y filosófico que bebe café a crédito; el
abogado que busca un empleo público; el organizador de banquetes o de rifas
inexistentes, el falso influyente, el gestor de empleos, que es cesante, el
cesante yrigoyenista de 1930 que hace de su desgracia una carrera y sólo
acaricia durante años la esperanza de reingresar al empleo público, el
desesperado que corteja a la dueña de la pensión, el escuálido poeta que vive
cada quince días, por turno, en casa de algún amigo, el protector de leprosos
que vende rifas sin número, el antiguo proxeneta herido como un rayo por la ley
de profilaxis y que ahora alquila departamentos por hora para el amor fugaz; el
empleado embargado y concursado, el ave negra sin pleito que espera el asunto
salvador en el bar Tokio, frente a los Tribunales, el rematador sin remates, el
naturista transformado en curandero o yuyero, el grafólogo que adivina el
carácter, el astrólogo que descifra el porvenir, el falso médico que adquiere
su título por 300 pesos en la frontera de Bolivia, el nihilista y el iluminado,
el espiritista y el marinero en tierra, el comerciante quebrado y el conspirador
radical que sueña con el regreso. ¡Buenos Aires! La pequeña burguesía tirita
bajo el vendaval. En la Chacarita de los automóviles se acumulan todos los
modelos y junto a ellos, calaveras y gigolós se hunden en la bancarrota".3
El Ejercito ha sido utilizado para restablecer la alianza entre el Imperio y la
clase que lo proyecta dentro de la República. Ahora el General Justo lo
disciplina de nuevo y encuentra un Ministro, el Coronel Rodríguez, que pasará a
ser el arquetipo del militar que lo devuelve a su "destino específico": asegurar
el orden, cuando el orden es el de la Patria Chica, el de la dependencia. Los
mismos regimientos de "Empujadores" y "Animémosnos y Vayan" de civiles, que lo
han sacado de los cuarteles, lo aplauden cuando retorna a ellos una vez que los
consolidan en el poder. Historia repetida pero jamás aprendida.
Pero ocurre algo que no estaba en los papeles de los hombres sabios; otra guerra
mundial rompe el esquema de la economía tradicional. Ortiz, proclamado candidato
por la Cámara de Comercio Británica, antes que por los partidos de la
Concordancia, muere antes de finalizar su período y ocupa la presidencia el
Doctor Ramón Castillo, su vice, y ante la sorpresa de todos, este viejito
provinciano, personalmente honesto y pieza de recambio en el juego de la
oligarquía, afirma la posición neutralista, y sobre ella intenta soluciones cuya
perspectiva se abre con el nuevo desarrollo industrial que va a ocupar la
vacante dejada por la importación. El país, cerrada la puerta de entrada y
salida vuelve sobre sí mismo.
La industrialización progresiva genera la ocupación, que a su vez incrementa el
consumo y así surge un mercado interno que diversifica la producción y señala
un auge de la economía. La demanda de brazos acelera la inmigración de la gente
del interior a los centros industriales que nacen y nos vamos acercando en el
campo obrero a la plena ocupación, mientras que la diversificación de las
actividades multiplica las posibilidades de la clase media.
Es curiosa la situación que se crea: el Presidente de la República se encuentra
aislado del pensamiento y de la voluntad de las fuerzas que lo llevaron al
poder; su política de la neutralidad y la orientación económica que se perfila
con la creación del Banco Industrial y la Flota del Estado son resistidas por
sus partidarios, e igualmente por la oposición, cuyos dirigentes, del
radicalismo y el socialismo al Partido Comunista, exigen intervención en la
guerra y la subordinación a las políticas imperiales. La unanimidad de la gran
prensa, de la cátedra universitaria, de los intelectuales, está en contra de la
política práctica. El programa belicista es común a la dirección de todos los
partidos políticos del gobierno a la oposición. El presidente está solo.
¿Solo? Solo en la Argentina nominal, la de los títulos de los diarios, de las
entidades representativas, de las academias a la Sociedad Rural, de la
Universidad a la Unión Industrial, de entidades de los intelectuales. Pero la
Argentina real y profunda, la que no tiene medios de expresión ni títulos
representativos pero es el país de la multitud que está con el viejo Presidente;
en esto solo, porque lo sabe fraudulento y mal acompañado, pero sabe que la
neutralidad es punto de partida para la marcha hacia adelante o punto de
rendición. Pero la ocasión le va grande a Castillo. Sólo tenía que jugarse a la
carta del pueblo rompiendo con los círculos políticos de la concordancia y
convocar al país alrededor de ese tema central acabando con el fraude y con la
entrega. Llegó hasta el borde de la decisión y se echó atrás.
Va a terminar sin pena y sin gloria en un fraude más. La Revolución de 1943 le
ahorró esa vergüenza.
El Ejército ha tomado el poder pero no sabe para qué. Un general que al solo
mérito de su mayor jerarquía "se ha colado" en el momento decisivo resulta
Presidente: Rawson. Expresa la política belicista en lo internacional y en lo
interno un nuevo 1930. No alcanza a durar dos días y lo sucede otro general: el
General Ramírez. El máximo pensamiento de éste es una convocatoria electoral
que asegure el triunfo del radicalismo que había domesticado Alvear. Lo
sustituye Farrell, que es un interregno mientras se definen las luchas internas
dentro de las fuerzas armadas. Termina por perfilarse la personalidad de Perón,
que ha ido concitando a través de su política social el apoyo de los
trabajadores.
Nada expresa este momento nuevo de la Argentina que se viene realizando desde el
principio de la guerra con la transformación de la economía, como la presencia
de un proletariado que no tiene nada de común con el que se había nucleado antes
alrededor de un sindicalismo escuálido, anarquizado por las tendencias
ideológicas importadas. El que ahora está en Buenos Aires y sus alrededores es
la expresión máxima de una sociedad en ascenso, que ha hecho posible la brusca
expansión industrial que constituye su base de trabajo y de consumo en un
mercado en potencialidad creciente.
El ritmo permanente pero pausado de la migración del interior hacia los centros
urbanos se ha hecho violento. Los trabajadores, rubios o morochos y de variado
idioma que entraban por la dársena hasta hace treinta años, tienen su réplica
actual en esas multitudes que día a día desbordan las estaciones de ferrocarril
con su "pelo duro" y sus rostros curtidos y el canto de su tonada provinciana.
Es migración, pero también de ascenso como la de los gringos de antes. Son
peones de "pata al suelo", trabajadores ocasionales y desocupados habituales,
que ingresan al trabajo estable y aprenden rápidamente técnicas que parecían
reservadas para los "gringos", porque de peones devienen obreros. Desbordan la
ciudad que no está preparada para recibirlos y desbordan también el viejo
sindicalismo reclamando cuadros que los interpreten.
Ignoran y no les interesan las ideologías transferidas desde Europa. Son el
sector obrero de una sociedad en ascenso, pero sin las inhibiciones ideológicas
de la antigua conducción sindical, comprende que su ascenso está ligado al
ascenso general de la sociedad. Tienen la conciencia histórica de su falta de
destino dentro de los límites de la Patria Chica estrangulada en la estructura
de la dependencia, y ligan su destino a las posibilidades de la Patria Grande.
Porque se trata otra vez de una sociedad en ascenso, su signo no es la lucha de
clases según lo exigen los partidos marxistas: sus conflictos empujan a las
otras clases porque sus exigencias crean mercado y oportunidades. Es la marcha
hacia una frontera interior cuyo signo es el ascenso por la creación de
oportunidades imposibles en la sociedad cristalizada. De tal manera la cuestión
social es para ellos la cuestión nacional y su prosperidad, la continuidad de
su ascenso, se liga inseparablemente con la grandeza de la Nación. Ya su
doctrina está hecha con comprenderlo: soberanía nacional, liberación económica
y justicia social son inseparables.
No están solos. Las nuevas condiciones han abierto un nuevo horizonte a la clase
media que sobrevivía cada vez más empobrecida sin otra perspectiva que el empleo
público y las profesiones liberales de mísero rendimiento. Las ocupaciones
típicas de la misma se multiplican, y se crean las condiciones para que de su
seno, y aun de los mismos trabajadores que ya poseen aptitudes técnicas y
comerciales, surjan los elementos constitutivos de una burguesía nueva,
industrial y comercial, que por otra parte ha madurado bajo la influencia del
pensamiento de los grupos nacionalistas, forjistas y muchos de los radicales
intransigentes y los pocos marxistas que ajustan el método sobre la realidad;
hay una conciencia nacional a la que contribuye gran parte de la oficialidad del
Ejército, y dará los elementos políticos de un pensamiento nacional. Perón tiene
el talento de capitalizar esa realidad poniéndose a la cabeza de la misma y
conduciéndola. Pero este momento de la clase media se verá en los capítulos
siguientes.
La "intelligentzia", con la oligarquía, ha elaborado la peregrina tesis de que
Perón inventó un país con los recursos del poder y el soborno y al margen de la
realidad, cuando la cosa fue totalmente al revés: el país inventó su hombre a
falta de una élite conductora. Claro que no lo podía haber inventado si el
hombre no hubiera tenido las condiciones para la conducción del proceso. Pero
las tuvo y su victoria no fue una victoria de Perón: fue una victoria del país
nuevo a través de Perón. Y porque las tuvo profundizó el proceso, lo aceleró y
trató de integrarlo hasta las consecuencias que estaban en sus manos frente a la
conjunción de todos los intereses locales e internacionales que se oponían a la
actualización de la Argentina.
Es extraño a la finalidad de este trabajo el análisis de la política económica
peronista, que remito a un trabajo posterior. En él se analizarán las soluciones
económicas con sus aciertos y sus desaciertos, así como los aspectos culturales
del gobierno peronista. Las referencias que este trabajo contiene en lo
económico y lo cultural, como se ha dicho, sólo son las imprescindibles para
encuadrar los hechos sociales que estoy tratando.
Realizar una política nacional importaba dar un salto en el vacío al que ninguna
ayuda proporcionaban los libros, la cátedra y la doctrina y todo el aparato de
la importación ideológica de derecha a izquierda. Por el contrario, aceptar su
pensamiento oscilaba entre la alternativa de someterse a la política tradicional
de los liberales, o a la de un marxismo desvinculado de la realidad argentina,
que también se movía con dos alternativas: el reformismo del Partido Socialista,
cuyas soluciones prácticas coincidían con las exigencias de la división
internacional del trabajo en su oposición al desarrollo del capitalismo
nacional, o una hipotética revolución total en que la Argentina jugaba como
pieza insignificante en la estrategia soviética, sin compromiso con la Argentina
del presente y del futuro inmediato.
La responsabilidad del gobernante siempre será: hoy y aquí.
Se trataba de realizar lo posible en el mundo de la realidad circundante y para
esa realidad y esas posibilidades no había literatura doctrinaria, ni teóricos
ni maestros. Se trataba de marchar hacia una frontera interior de avance
jaqueada por todas las fuerzas internas y externas que querían cristalizar el
país en la Patria Chica, o utilizarlo como pieza en el juego de una estrategia
mundial revolucionaria.
Recién ahora, en 1963, Raúl Presbich ha descubierto (Op. Cit.), como ya se ha
dicho, que todas las teorías elaboradas en los grandes centros, no tenían en
cuenta los problemas de la periferia y resultaban inoperantes, y también
contraproducentes. A falta de una doctrina económica elaborada, había que
proceder pragmáticamente y elaborar sobre la marcha las soluciones. Y así como
la política social resultó de la existencia de los hechos, de éstos resultó la
política económica. Sólo que se invirtieron los términos empleados en la Década
Infame: durante ella la política del gobierno había sido la coerción sobre los
mismos para impedir que produjera sus frutos; la nueva consistió en estimulados
y dirigirlos en búsqueda de la potencia nacional.
En la oportunidad de ese otro libro se verá en detalle cada una de las medidas
que se tomaron y se analizarán a mi entender sus aciertos y sus errores, pero
por ahora el hecho que nos interesa es que el proceso peronista ha sido el único
ensayo de política económica nacional que el país ha tenido.
Entramos en ese momento al desarrollo de las posibilidades de una sociedad
capitalista nacional, pequeño horizonte para los tremendistas que lo
obstaculizaron, facilitando, con la postergación, el mantenimiento de las
condiciones de dependencia. Gran horizonte para el pueblo argentino de hoy y
del mañana inmediato que no reclama estructuras teóricas ni perfectibilidades
absolutas, sino un ascenso colectivo como el que se destruyó en 1955,
retornando a la única alternativa posible: la dependencia tradicional.
Ni más ni menos: la Argentina entraba a su propio desarrollo capitalista pero en
las condiciones del siglo XX y con una vanguardia de trabajadores que reclamaba
y exigía con esa entrada la creación de condiciones sociales de prosperidad,
ligada a la grandeza concreta que resultaba de la etapa.
Como en 1930 frente a la balbuceante política nacional yrigoyenista, en 1955 se
derrumba ésta mucho más profunda tentativa de política nacional, por una
coalición externa e interna similar a la de entonces, pero mucho más aguda e
intensa en la medida que era mucho más agudo e intenso el carácter nacional de
las realizaciones que motivaban la reacción: se trata de cercar el país dentro
de la Patria Chica.
Toca ahora, ya en presencia de la sociedad contemporánea entrar al tema
específico que motiva el título de este libro.
CAPÍTULO VII
UNA ESCRITORA DE MEDIO PELO PARA LECTORES DE MEDIO PELO
La burguesía en riesgo de frustración a que me he referido en la última parte
del capítulo anterior no constituye por sí sola el “medio pelo”; es sólo uno do
los aportes al mismo. Corresponde determinar qué sectores sociales lo componen y
cuáles son las pautas que lo rigen. Por concretas que sean las bases donde
reposa, el status expresa una serie de situaciones en que juegan normas éticas,
estéticas, ideológicas, creando una serie de relaciones imponderables. Esto con
mayor razón cuando se trata de un grupo definido más cultural que
económicamente, y que desborda hacia la frontera de status superiores e
inferiores. Sus límites son imprecisos por cuanto la posesión del status no es
concreta, de naturaleza material ni materializable, sino un hecho anímico, una
actitud más vinculada con la subjetividad del agente, que con la objetiva
posesión del mismo.
Hay una expresión vernácula, "pillársela", que expresa esa desvinculación entre
el hecho objetivo y la subjetividad: cuando el tipo "se la pilla" actúa en
función del status que se "ha pillado", aun a pesar de las circunstancias que
lo contradicen: y el estar ''pillado'' —creerse lo que no se es— tipifica al
"medio pelo", mucho más que la expresión status.
Aquí un estudiante de sociología me apunta el concepto técnico: es la
disociación entre el "grupo de referencia" y el "grupo de pertenencia".
Gracias, y adelante.
Digo status, también por aproximación, pues no puedo decir clase, que es
concepto más limitado sobre todo en el orden socio-económico, pero debe tenerse
presente que con status expreso más la actitud del "pillado" que su realidad
objetivamente apreciada. Es lo que los marxistas llaman "falsa conciencia",
refiriéndose a la clase media, (Peter Heintz - "Curso de Sociología" - Ed.
Eudeba - 1965, como también me apunta el estudiante).
En esta tarea de aproximación, el libro de Beatriz Guido, "El incendio y las
vísperas" me ha proporcionado una excelente cantera para la individualización de
los "pillados", que constituyen el "medio pelo" y el origen de muchas de las
pautas que los rigen.
Es el único interés del mismo ya que, como lo he dicho en algún artículo
periodístico, se trata de una autora marginal a la literatura, de un subproducto
de la alfabetización. El lector debe comprender que el espacio que voy a
dedicarle sólo se justifica por el interés del disector frente a la pieza
anatómica.
Tampoco interesaría sin su éxito editorial, que es el que nos advierte de la
existencia de un vasto sector para esa clase de mercadería.
Corresponde identificarlo. Como se verá enseguida, este libro no pudo suscitar
ningún interés, sino todo lo contrario, en la clase alta a la que se pretende
cortejar ignorando las pautas de la misma y la falsedad injuriosa de las que le
atribuye la autora. Mucho menos en la clase obrera de presencia incidental y aun
en la clase media como tal, de la que la autora fuga —una de las actitudes más
definitorias del "medio pelo", propias de la simulación da status—, que con todo
no evita las reminiscencias denunciadoras.
Sin la existencia de las "gordis" este éxito editorial sería incomprensible.
Requiere un público en que se dé en las mismas medidas que en su libro, la
ignorancia y la petulancia intelectual, la falsedad en la posición y el aplomo
para actuar del que la ignora, y que participe de una visión del país
completamente sofisticada a través de una lente de convenciones deformantes y
tenidas por ciertas. Entiéndase, pues, que el análisis no es más que el
pretexto para poner en evidencia la calidad de los lectores que son los que
interesan; ellos son el objeto de la investigación a través de su proveedor
intelectual. Por eso digo: una escritora de "medio pelo" para lectores de
"medio pelo".
Como el grupo se constituye en relación con los otros grupos sociales es
esencial saber qué idea tiene de esos otros y particularmente los del propuesto
como arquetipo: en este caso la clase alta.
LA CLASE ALTA SEGÚN EL "MEDIO PELO"
La novela gira alrededor de la familia Pradere, expresiva, para la autora, de
los más altos círculos de la sociedad porteña y su acción transcurre
generalmente en el palacio de la misma en la calle Schiaffino y en su estancia
que lleva el indígena nombre de Bagatelle. También hay algunos episodios
ocurridos en el Uruguay y en el Jockey Club y en las diversas garçoniérs que son
aditamentos imprescindibles en toda familia de alto rango social.
Hay también la "fiel servidora" de los avisos fúnebres comme il faut. Se trata
de Antola, cuyo retrato hace:
Sofía descubre el rostro olvidado de Antola: su ojo único, el pelo blanco
desgreñado, pegado a las sienes (?), y esa sopa de pan y cebolla que es su único
alimento desde tiempo inmemorial.
Quiere recordar algún momento fundamental de su vida en que Antola no estuviera
presente. En las muertes como en las bodas —(esto de "bodas" me resulta un poco
"mersa")—, revive segura de su poder, sedienta por humillarlos, imponente en su
fealdad, sin edad, sin formas, con el mismo cabello blanco sobre las sienes que
peinaba el día que murió su madre. Sabedora de todos los secretos; delgados los
muros para su oído de enferma insolente y justa, fiel e imprescindible en sus
vidas, desaparece en las terrazas y bohardillas —junto a los murciélagos y los
ratones—, para reaparecer victoriosa en los momentos decisivos de los Pradere.
(Pág. 9 y 10).
Sofía, que es la oligárquica patrona ha descendido a la cocina, pues se trata de
un 17 de Octubre y todo el personal de servicio, salvo la fantasmal y fiel
servidora, ha abandonado la casa para concurrir a los actos programados por el
“tirano sangriento”.1
Mientras la aristocrática señora busca algún condumio, revolviendo cacerolas y
estantes, hay un diálogo con Antola.
Dice la señora: —Te acordás de esos platos de loza inglesa decorados con
Josefina, Napoleón, Robespierre y toda la Revolución Francesa? ¡Cierta gente
adora comer sobre los vientres de los príncipes y déspotas! (Pag. 11).
Antola no se le achica, y eructando historia francesa y loza inglesa le
contesta: —Te peleabas siempre con tus hermanos: sólo querías comer sobre el
pecho de Napoleón. El diálogo continúa entre olla y olla y de banquito a
banquito, hasta que la patrona exclama: —Yo comenzaría siempre. Aunque después
temblaran los cimientos de Jericó. Aquí Antola se achica porque no hay una loza
que le haya formado una cultura de Antiguo Testamento, y le dice a su
aristocrática interlocutora: —Alcánzame una olla. (Pág. 11).
Este diálogo de cocina puede dar una idea del lenguaje que el "medio pelo"
atribuye a la gente de la alta sociedad: no conversa, platica.2
De la misma naturaleza refinada que las pláticas, es su alimentación En todo el
libro no se come más que caviar y bizcochos blackestones o crackers americanos,
regados exclusivamente con champagne francés; ¡"minga" de vino o coca-cola! Hay
una sola excepción: un desayuno con medias lunas, pero "chez Pradere", a las
medias lunas las llama croissantes, como nos lo advierte Antola: Las trajeron
ayer de la París... Croissantes, como las llaman ustedes. (Pág. 71). Como se ve
también la oligarquía come medias lunas, pero en francés... como los uruguayos.
Sobre las costumbres de la alta sociedad nos anticipa algo la señora de Pradere
enseguida que asciende de la cocina a los salones para revolcarse en las
alfombras frente a la chimenea con un estudiarte de filosofía y letras que ha
encontrado en la calle. El pobre estudiante no es un experto como la dama y el
lujo de los salones lo tiene un poco "boleado" como a la autora lo que obliga a
doña Sofía a apelar a todos sus recursos para evitar en su palacio otro paro,
como el que ocurre en la calle. Para no ser menos la niña de los Pradere, Inés,
se va a la garçonnière de Gramajo, un amigo de su padre que como corresponde es
casado (pág. 22).
Para un día nefasto y de los negros no son malas las performances.
Doña Beatriz entre tanto nos ha descripto los salones del palacio con una
conaiscense de habitué a remates de residencias recargadas de muebles,
cristales, marfiles, alfombras, por los despiertos martilleros, el ambiente
adecuado para tal lenguaje, tal alimentación, tal costumbre, tal moral sexual,
según la visión "mediapelense" de la alta clase que revelan la autora y su
entusiasta clientela.
Pero lo más extraordinario en la conducta sexual de la alta clase es el
privilegio que reserva para sus hijos.
En la página 72, Inés está acostada con Pablo Alcobendas, el estudiante
revolucionario que es su último amante y a quien le ha advertido que ha tenido
cuatro anteriores. Alcobendas no se resigna a ese cuarto puesto no placé, y
practica su examen. Dejemos a la autora que nos ilustre al respecto: Ella
inmóvil, indefensa, permite que esa mano practique la tarea de reconocimiento y
cuando él encuentra lo que buscaba, ante la resistencia dolorosa de ella,
susurra en el oído:
¡Los cuatro amantes, señorita, pertenecen a su imaginación!
Inés (entre tanto) piensa: Las mujeres de cierta condición tienen la virtud de
parecer siempre vírgenes, después de ser poseídas por varios amantes.(Pág. 72).
¡Cómo para que las chicas del "medio pelo" no aspiren a ser gente bien! ¡Con
ese privilegio que da la alta clase!
LA CLASE ALTA EN SU CLUB (SIEMPRE SEGÚN EL "MEDIO PELO")
Recordemos que es 17 de Octubre. El jefe de la familia, don Alejandro Pradere,
nos introduce en el Jockey Club, y nos guía por sus salones explicándonos sus
preferencias pictóricas: Para mí, "Las Aves de Corral" de Castels, del salón
Bouguereau; o "La Boda" o "El Huracán". (Pág. 29).3
En el solarium, Pradere y su hermano Ramón tienen una sorpresa. Allí está Juan
Duarte. ¡Ni más ni menos!
Dice la autora: Y los Pradere vieron por primera vez a un hombre de facciones
regulares, cabello pegado a las sienes; unos pequeños bigotes recortaban su
boca; excesivamente blanco, con esa piel de niño que no conoció el mar, sino
sólo ríos y arroyos. Vestía una salida de baño de color amarillo; sobre el
bolsillo izquierdo un escudo con un león español. Llevaba al cuello otra pequeña
toalla de color verde y calzaba sandalias romanas que dejaban ver sus dedos
largos, casi perfectos. (Pág. 32).
El refinado Don Alejandro se pregunta: ¿Cómo no está en la Plaza de Mayo ese
hijo de puta? (pág. 32). También yo me lo pregunto, adjetivos al margen; ¡mucho
más te lo hubieran preguntado Perón y Evita!
Esta familia Duarte es incongruente y no tiene idea de los niveles sociales, con
esa piel blanca que sólo conoce ríos y arroyos. Esto de la coloración de la piel
es para el "medio pelo", un inequívoco signo social. Así, más adelante, en la
descripción de una orgía en el "cangrejal" —imaginaria playa de Punta del Este—
Inesita pasa de los brazos de su amante Gramajo a otros... más poderosos, con
una piel distinta a la de Alberto: un tostado de sol que delata infancias de
río... (pág. 160). Son los brazos de Mattarazzi, un repugnante burgués lleno de
oro y de grasa, que anda entreverado con la gente bien y participa de la
corrupción general de la clase alta. Pero a Inés no la engaña porque tiene la
clave que Doña Beatriz difunde a pesar de su infancia rosarina, tan de río. ¡Ay!
LAS ABERRACIONES SEXUALES DE LA "GENTE BIEN"
En el Jockey tenemos la oportunidad de conocer otra de las debilidades sexuales
de la alta clase: El "pigmalionismo", un vicio cuyo nombre ignora doña Beatriz a
pesar de las descripciones escabrosas con que intenta matarle el punto a
"Damiani" y a "Las memorias de una princesa rusa".4
Don Alejandro siente una curiosa debilidad por la "Diana", de Falguiere, que
adorna las escalinatas del Jockey Club.
La Falguiere tiene el viento en los cabellos. Su sonrisa es más poderosa que la
rigidez del mármol. Los senos pequeños levemente inclinados; no demasiado
erguidos: el vientre de rítmica redondez, invitaba siempre a sus manos a
sostenerlo. NO se atrevía a confesarse que había llegado a soñar, soñar
despierto, que se acostaba con ella. Sólo para eso: para colocar sus manos
rodeando la pelvis; en ese hueco que dan en llamar las ingles. (Pág. 30). (Eso
que dan en llamar las ingles, es gracioso, ¿temerá Doña Beatriz que se molesten
los ingleses por llamar ingles al “hueco”?). Esa misma tarde, al bajar la
escalera de su casa, Pradere ha acariciado los glúteos de la “Diana” de su
escalera (Pág. 12) y su hija Inés, que parece conocerlo, le había dicho muy
respetuosamente: Le pondrías una casa como a una querida. (Pág. 30). Y el amor
por la Diana no es puramente platónico. Nos dice la autora: Necesitaba tocarla
antes de entrar al Jockey, como quien busca el agua bendita antes de entrar a un
templo. (Pág. 30).
Y para que no quede ninguna duda la autora nos explica: Había traído de
Bagatelle una bañera de su abuela, labrada en mármol de Carrara. La hizo
depositar en uno de los vestuarios “de los viejos”, en el sótano. Y allí la
tenía para “bañarla”. (A la “Diana” de Falguiere, se entiende). “Hace seis meses
que no baña a su niña”, le decía Arizmendi un mozo del bar. “Después que vuelva
de Europa. Me lleva una mañana entera..." contesta Pradere (Pág 30).
¡Cómo para no llevar una mañana! La autora nos ha informado que la “Diana” era
de mármol rosa (pág. 183). No tiene la menor idea de lo que pesa el mármol y su
tamaño, pues Pradere y el mozo del bar parece que juegan a las esquinitas con el
mismo, de la escalera al sótano, con su bañera de Carrara, y del sótano a la
escalera. Tampoco se le ha ocurrido imaginar la escena, el día del baño, con la
jeneuse dorée, rural y deportiva, concentrada en el hall y festejando el
espectáculo con relinchos, rebuznos y demás gritos de su rijosidad primitiva, en
presencia de los refinamientos sexuales del consocio exquisito. ¡Qué socio se
iba a perder ese plato!
En materia sexual Don Alejandro es muy amplio: en las páginas 85 y 86 se dice:
Penetra ahora entre las sábanas de la cama de su mujer. Conoce sus adulterios.
¿Desde cuándo sabía que su mujer lo engañaba? Rechaza la palabra “engaño”: él
también lo había hecho inmediatamente de nacer su hijo, en esa etapa en que las
mujeres se ven obligadas a comentar los procesos biológicos del recién nacido,
aunque la frase esté construida de esta manera: “Dice la nurse: el médico
diagnosticó que José Luis tiene gastritis”. (De paso nos enteramos aquí que las
madres de la alta sociedad no descienden hasta el médico pues de eso se encarga
la nurse). La palabra gastritis ha traumatizado sexualmente al delicado señor
Pradere: “Recuerda ahora que de niño le enseñaron que en las cortes de
Inglaterra nos e pueden nombrar los órganos digestivos. “Digestión” es la
palabra más despreciable del diccionari