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El
exilio fecundo de Gombrowicz
Por Alejandro Michelena
Uno
de los episodios más extravagantes en la historia literaria argentina fue
protagonizado por un polaco, llegado en circunstancias azarosas a Buenos Aires,
que extendiera por casi un cuarto de siglo su estadía en ella, un poco por
accidente, pero también porque le atraían la ciudad y su gente. Sin dominar bien
el idioma, se atrevió a emprender la incierta aventura de traducir su única
novela, publicada en Polonia en 1937. Llevó a cabo la tarea asesorado por un
puñado de amigos escritores, en jornadas que se llevaban a cabo –en permanente
debate muchas veces caótico– a lo largo de muchas tardes de la segunda mitad de
los cuarenta, en varios cafés del centro porteño.
Su nombre: Witold Gombrowicz; la novela en cuestión: Ferdydurke. Participaron en
la peculiar empresa los escritores argentinos Carlos Mastronardi y Eduardo
González Lanuza, y los poetas cubanos Virgilio Piñera y Humberto Rodríguez Tomeu
(por esos años residentes en la gran capital del sur), junto a algunos jóvenes
aspirantes a las letras. Los lugares de trabajo fueron ciertos cafés y
confiterías propicios al encuentro y la tertulia.
Pero no piense el lector que no se aplicó una metodología en ese trabajo
colectivo. En cada encuentro, Witoldo –como le llamaban sus amigos– llevaba un
fragmento traducido por él más o menos en forma literal, texto que sometía a la
no muy ordenada asamblea, que entre cafés y bebidas espirituosas iba buscando
las palabras más adecuadas y puliendo así cada párrafo.
Gracias al proceso de trasladar Ferdydurke a nuestro idioma, su autor volvió a
sintonizarse con la literatura luego de una crisis que se había extendido
demasíado, comenzando de ahí en más la escritura de sus novelas mayores, como
Pornografía, Transatlántico y Cosmos. Por otra parte, esa edición de Ferdydurke
–con el prólogo, casi clarividente, de Ernesto Sábato– marcó el inicio del lento
camino hacia el reconocimiento mundial.
DE
SUR DE VARSOVIA A AVENIDA DE MAYO
El escritor tenía treinta y cinco años cumplidos y una trayectoria literaria en
su país cuando, en 1939, aceptó la invitación a participar en el viaje inaugural
de un transatlántico con destino a la lejana Buenos Aires. Desembarcó el mes de
agosto de ese año crucial, y pensó que iba a pasar allí un par de meses a lo
sumo.
La invasíón de Alemania a Polonia, ocurrida en septiembre, volvió permanente su
estadía, resignándose a esperar el final de la contienda. Pero mucho antes de
que llegara la paz, Gombrowicz había sido encandilado y atrapado por los
laberintos de esa ciudad extraña, con aires de Paris, pero también caracterizada
por cierto aliento vital telúrico vinculado a lo nuevo, lo primigenio, lo
original.
No lo deslumbraron los brillos europeizantes del grupo
intelectual más prestigioso, que era el que rodeaba a Victoria Ocampo y la
revista Sur, al punto que luego de algunos fugaces y controvertidos contactos
con algunas de sus figuras notorias, se automarginó por el resto de las dos
décadas y media que iba a permanecer en Buenos Aires. Sí lo deslumbró el
potencial de juventud del país, y más que nada los jóvenes en concreto –nada
ilustrados, algunos recién llegados del interior– con los que alternaba
ambiguamente en las inmediaciones de la Estación Retiro. De alguna forma
encontró en la pujante Buenos Aires en crecimiento de los primeros años cuarenta
la confirmación de la filosofía planteada en Ferdydurke, donde quiebra una lanza
en favor de la inmadurez en cuanto energía base de toda creatividad,
contrapuesta al mundo adulto que vinculaba a lo rutinario y poco estimulante. El
dionisiaco Witoldo se encontró en su elemento relacionándose con esos oscuros
muchachos (en un doble sentido: por el color de la piel y por lo anónimos) en
bares y cantinas del "bajo" bonaerense.
La otra parte de su vida, la diurna, se desplegaba en las confiterías Rex y La
Fragata de la calle Corrientes, y también en el clásico Café Tortoni de Avenida
de Mayo. En esos salones algo anticuados y solemnes encontró más calidez que en
los hoteles y pensiones donde se vio obligado a habitar durante los primeros
años de su residencia porteña. Allí reflexionaba, a veces escribía, mantenía
conversaciones sin mayor compromiso y, sobre todo, jugaba al ajedrez. El "juego
ciencia" iba a ser su pasíón constante.
UN CORPUS LITERARIO BURILADO EN EL SILENCIO
Gombrowicz sobrevivió pobremente, manteniéndose gracias a colaboraciones en
periódicos y revistas. Recién en 1947 accedió a un empleo más seguro como
funcionario del Banco Polaco. Allí se mantuvo casi una década, hasta que
renunció en 1956. Luego, gracias a la indemnización recibida, a inversiones que
había logrado hacer, a una beca más bien política (proveniente de una
organización anticomunista) y a algunos derechos de autor que ya comenzaba a
cobrar, logró vivir con cierto desahogo, y sobre todo con el tiempo y la
tranquilidad necesarias para concentrarse en su obra.
¿Cómo fueron los largos años del escritor polaco en Buenos Aires? Su hogar
estuvo en los cafés durante las décadas del cuarenta y cincuenta, cuando la
capital argentina era una ciudad donde los mismos se multiplicaban. Aparte de
los sitios antes nombrados, que fueron de alguna forma sus espacios más
habituales, solía recorrer otros lugares, como Los 36 billares, penumbroso café
de Avenida de Mayo cercano a la plaza Lorea, o La Academia, de Callao casi
Corrientes. Ambos recintos caracterizados por una similar estructura espacial:
un primer salón con mesas de mármol y cómodos butacones; otro dedicado al juego
de dados, y al fondo mesas de billares.
Por
sobre todas las cosas era un gran conversador, siempre interesante y polémico,
irónico y punzante, que naturalmente atraía a otros contertulios, sobre todo a
aquellos más sensibles e inquietos.
Mientras tanto, en silencio y sin apremios editoriales iba
elaborando su obra. Transatlántico es de 1953. Cosmos surgirá unos años después,
en la primera temporada pasada por el escritor en Tandil, un pueblo de la
Provincia de Buenos Aires que quedará unido indisolublemente al mito de
Gombrowicz en la Argentina. Vale aclarar que el proceso de escritura de esta
novela fue largo, al punto que aparecerá en 1965, cuando el autor ya está
establecido en Francia, luego de ganar el Premio Formentor. Uno de sus textos
hoy más leídos y comentados, el Diario, comenzó a publicarse por aquellos
tiempos en la revista Kultura, vocero de emigrados polacos, donde apareció
además su tercera novela, La seducción. En Buenos Aires se editará también su
obra teatral El casamiento, que más adelante –en 1964– el gran director
argentino Jorge Lavelli llevará a escena con gran suceso en Paris.
Otro aporte de la gran ciudad platense al universo literario gombrowiciano tuvo
que ver con un título. Su libro de cuentos, que reúne relatos cortos escritos en
Polonia entre los años 1927 y 1928, titulado originalmente Memorias del tiempo
de la inmadurez, fue cambiado luego por el aparentemente enigmático Bakakai.
Este es, apenas, la leve deformación de la calle Bacacay del característico
barrio porteño de Flores, por muchos motivos cercano al autor.
EL GRUPO DE TANDIL
Los jóvenes se le acercaban. No solamente aquellos, míticos, de sus originales
andanzas dionisíacas por los bares y entorno de la Estación Retiro, sino además
los que tenían pretensiones literarias. Fue el caso de Juan Carlos Gómez, a
quien llamaba con el apelativo Goma, quien formaba parte de sus mesas de las
confiterías Rex y La Fragata. Goma mantuvo correspondencia con Gombrowicz luego
que éste aprovechara una beca en Berlín para saltar a Europa, en 1963; ese
intercambio se extendería casi hasta la muerte del escritor, en 1969. Las cartas
del polaco a Goma fueron publicadas por éste recientemente, bajo el título
Cartas a un amigo argentino.
Otros de sus jóvenes amigos, entonces aspirantes a las letras, fueron Alejandro
Russovich y Miguel Grimberg. Ambos, junto al antes mencionado, formaron parte
–en los años cincuenta– de la segunda generación de "ferdydurkistas" fervorosos.
La primera fue la que se complotó con el autor para la traducción de su novela.
Pero habrá todavía una tercera, vinculada a Tandil.
Lo primero que hizo Witoldo al llegar allí por primera vez, fue visitar la municipalidad y preguntar si había en la ciudad alguien inteligente... Los funcionarios, desconcertados, lo conectaron con un grupo teatral. Allí encontraría al jovencísimo Jorge di Paola, a quien apodó Dipi, uno de sus fieles de ahí en más que a partir de los setenta iba a desarrollar una interesante peripecia como narrador. Di Paola, Mariano Betelú y Jorge Vilela, iban a rodear al "viejo" –así lo llamaban– en sus frecuentes visitas a Tandil. Ese hombre, que bordeaba los cincuenta años, fue para estos veinteañeros provincianos un auténtico maestro socrático, con el que tanto podían hablar de la vida en Tandil como analizar el estado literario y cultural de la Argentina, o abordar temas metafísicos o filosóficos.
Estos jóvenes, los de Buenos Aires y los de
Tandil, siempre tuvieron claro el privilegio que implicaba compartir las
horas con un gran escritor. Y esa convicción la tuvieron (y mantuvieron)
bastante tiempo antes de que, desde Francia, lo redescubrieran y comenzara
su renombre mundial, iniciada ya la década del sesenta.
EL EXTRAÑO SALUDO A BORGES
No deja de pertenecer a la dimensión de lo
anecdótico, pero ilustra bien una auténtica contraposición literaria y
cultural. De vez en cuando, en sus diarias andanzas por el centro porteño a
través de los años, el polaco solía cruzarse con Jorge Luis Borges, por
entonces un escritor de enorme prestigio nacional e internacional, pero
todavía "de culto" y lejos de la fama que iba a alcanzar más tarde. Borges,
que aún no estaba ciego, nunca lo reconocía. En cada encuentro Witoldo le
gritaba desde lejos, a veces desde la acera de enfrente: "¡Hey Borges, acá
Gombrowicz!"
Corrían todavía los años cuarenta cuando Carlos Mastronardi se animó a
presentarlo en una cena en casa de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares,
matrimonio de escritores que encarnaba la conjunción del prestigio
intelectual y social. Borges, gran amigo de ellos, también participaba de la
velada, y fue esa la única oportunidad en que estuvieron juntos con
posibilidad de dialogar y conocerse. Si bien el autor de Ferdydurke se
mostró discreto y sociable, la impresión que dejó en el prestigioso trío fue
que se trataba "de una especie de anarquista algo turbio y de segunda mano".
LA DÁRSENA Y EL ÚLTIMO CAFÉ
En el final de su último verano en el Río de la Plata, retirado en una playa
de Uruguay y dándole los últimos toques a su novela Cosmos, recibió una
invitación de la Fundación Ford para una estadía de un año en Berlín. La
misma se traspapeló en los laberintos del correo y llegó tarde a sus manos.
Y cuando pensaba que la posibilidad de transitar el camino contrario al de
su viaje del año ’39 –tantas veces rumiada en años anteriores, al compás del
aumento de su fama europea– se había evaporado, llegó la noticia que la
invitación y la beca seguían en pie.
En pocos días Gombrowicz vendió sus pertenencias y arregló sus asuntos en
Buenos Aires. Y a pesar de las dudas y conflictos interiores en relación al
viaje que, de acuerdo con el testimonio de su Diario, lo iban a asediar
incluso durante el cruce oceánico, se dispuso a quemar las naves (esta vez
de manera deliberada).
Los últimos momentos en la Reina del Plata los pasó en un café cercano a la
dársena, rodeado de sus más fieles amigos, mirando el muelle y la placidez
del agua portuaria. Luego, ya instalado en cubierta y contemplando a lo
lejos el perfil de Buenos Aires alejándose implacablemente, en un episodio
de auténtica cepa "ferdydurkeana" el escritor se dio cuenta de que había
perdido los 250 dólares, único dinero que tenía para gastos hasta llegar a
destino.
Un telegrama de auxilio a sus contactos europeos solucionó el problema a su
llegada a Cannes, donde daría comienzo otra historia: la de la etapa
consagratoria de Witold Gombrowicz, muy distinta que ese largo y paradójico
período bonaerense que resultó a la postre el marco apropiado para la
decantación de un corpus narrativo que ocupa un lugar de privilegio en la
literatura del siglo XX.
Fuente: www.jornada.unam.mx/2007/05/20/sem-michelena.html
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Gombrowicz en Argentina
Por Witold Gombrowicz
Partí hacia la Argentina un mes antes de que estallara
la guerra y allí permanecí los siguientes veintitrés años. Todo sucedió por
casualidad. ¿Casualidad?. Un día en el café Zodiac, en Varsovia, conocí a un
escritor de mi edad, Czeslaw Straszewicz. Me dijo: 'Viajo a Sudamérica.'
'¿Cómo?' 'En un mes el nuevo vapor trans-atlántico polaco Chorbry sale para
Buenos Aires. Su viaje inaugural. Fui invitado como escritor, para escribir
algunas columnas para los diarios.' '¿Te parece que me invitarían también a mí?'
'Puedes probar. Voy a mencionar tu nombre. Quién sabe, quizás funcione. La
travesía sería más divertida si somos dos.'
Funcionó. A veces leo en los diarios que fui a la Argentina para escapar de la
guerra. ¡Para nada!. Me preparé para el viaje sin pensar demasíado, y fue sólo
por casualidad (¿casualidad?) que no permanecí en Polonia.
El día antes de partir tenía todo preparado, mis papeles en orden, y pasé por el
café. 'Tienes el permiso de las autoridades militares, ¿no?' dijo uno. 'Tengo mi
pasaporte. Presenté todos los certificados militares que tenía, de otro modo no
lo hubiese obtenido.' '¡Con eso no alcanza!' Necesitas un permiso especial de
las autoridades militares. Es sólo un formalismo, pero no te dejarán subir al
barco sin él.'
Miré mi reloj. Las siete menos veinte. Las oficinas del ejército cierran a las
siete. Me metí en un taxi y corrí al cuarto piso. Demasíado tarde. Las puertas
estaban cerradas. Habían pasado tres minutos después de las siete. Golpeé de
todos modos. Apareció el portero. 'La oficina está cerrada. Por favor acabe con
ese ruido'.
La puerta se cerró una vez más. ¡Adiós, América!. Comencé a bajar las escaleras
apesadumbrado: de repente, abajo, un barullo terrible. Era el equipo de fútbol
que partía a jugar un match internacional en Dinamarca. También habían llegado
tarde. Golpeamos la puerta de nuevo. Esta vez el portero nos dejó entrar, y como
favor especial nos sellaron los permisos. Ya lo ven, mis veintitrés años en
Argentina dependieron de unos minutos...
Cómo habrá sido este asunto de partir... fue como si una gigantesca mano me
hubiese tomado del cuello de la camisa para sacarme de Polonia y arrojarme en
esta tierra perdida en el medio del océano –perdida pero europea... apenas un
mes antes de la guerra. Me pregunto porqué aquella mano no me puso en Europa
occidental. Porque, supongo, hubiese terminado en París. Si no hubiera dejado
Europa hubiese vivido en París después de la guerra, casi con seguridad. Pero la
mano no pareció quererlo así porque, a la larga, París me hubiese convertido en
un parisino. Y sentía el deber de ser anti-parisino. Es que, por esos tiempos,
no estaba lo suficientemente inmunizado. Mi destino era pasar muchos más, largos
años en los bordes de Europa, lejos de sus capitales, y lejos de sus aparatos
literarios, escribiendo, como dicen hoy en Polonia, 'para los cajones de
escritorio'. Miren el mapa. Sería difícil elegir mejor lugar que Buenos Aires.
La Argentina es un país europeo. Uno siente allí la presencia de Europa, aun más
fuertemente que en la propia Europa, pero al mismo tiempo uno está fuera de
Europa –y además, en aquel país ganadero, no se aprecia la literatura.
Magia. Una casi preconcebida forma de vida. Cuanto más nos alejamos de la Forma,
más nos sometemos a su poder. Misteriosas contradicciones, contrastes...
Desembarcamos en Buenos Aires el 22 de agosto (el 2 es mi número) de 1939 (la
suma de los dígitos es también 22) después de un tranquilo cruce que duró tres
semanas. La situación internacional parecía mejorar. Pero el día siguiente a
nuestro arribo los telegramas de Moscú y Berlín anunciando el pacto
Nazi-Soviético cayeron en el mundo como un rayo. ¡Guerra! Una semana después las
primeras bombas alemanas caían en Varsovia.
Todavía vivía en el barco con mi amigo Straszewicz. Cuando escuchó que se había
declarado la guerra, el capitán decidió regresar a Inglaterra (no había ya
discusión alguna sobre si volver a Polonia). Straszewicz y yo tuvimos un concejo
de guerra. Él optó por Inglaterra. Yo permanecí en la Argentina.
En mi novela Trans-Atlántico recapitulé estos incidentes y me pinté en el papel
de desertor. Pero no hubo una cuestión de deserción, puesto que Polonia había
sido separada ya del resto del mundo. Me presenté inmediatamente ante la
Embajada Polaca en Buenos Aires apenas dejé el barco. Más tarde, cuando un
ejército polaco se estaba formando en Inglaterra, aparecí desnudo frente a la
comisión de reclutamiento en la Embajada. En pocas palabras, a nivel oficial,
todo estaba en orden. Si aparezco como un desertor en Trans-Atlántico es porque,
moralmente, era un desertor. Estaba angustiado, desesperado, pero al mismo
tiempo complacido de encontrarme milagrosamente protegido detrás del océano.
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Escribí algo sobre mis primeros años en la Argentina en mi diario (volumen 1,
capítulo 7). Doscientos dólares, toda mi fortuna, me duraron casi seis meses. La
Argentina era increíblemente barata. Viví en hoteles de tercera categoría.
Algunos polacos me ayudaron y empecé a escribir un poco para los periódicos –más
que nada series de notas bajo seudónimo. Por algún tiempo nuestra Embajada me
dio un modesto subsidio. Pero eso no era suficiente; no sabía cómo sobreviviría
el mes siguiente, y tuve que tomar prestados unos pesos para comer. Así siguió
todo, a veces mejor, a veces peor, de acuerdo a las circunstancias, hasta 1947,
para luego trabajar los siguientes siete años en el Banco Polaco. Fue muchísimo
más aburrido. Pero el amargo, trágico, poético sabor de los primeros años dejó
su marca en mí.
Apenas si puedo hablar de mis primeras experiencias en la Argentina, pero no
puedo dejarlas afuera. Viví, como dije, en los hoteles más baratos, hasta en
conventillos. ¡Yo, el Sr. Gombrowicz, me sumergí en la degradación con pasíón!
Luego, repentinamente, rejuvenecí, moral y físicamente. En las calles la gente
me llamaba joven, como si no tuviera treinta y cinco años. Nunca fui tan poeta
como entonces, en aquellas calurosas calles abarrotadas de gente, completamente
perdido (perdido en el gentío, y perdido también en cuanto a mi destino).
Enjambres de gente, multitudes, luces, barullo ensordecedor, olores y mi pobreza
era mi alegría; mi caída fue mi nuevo contrato de vida. Me dejé arrastrar sin
hesitar, desprejuiciado, en esta Babel de lenguajes. Formé parte de ella. Y mis
conocidos circunstanciales, con quienes trabé amistad con sorprendente facilidad
(descubrí esta neutralidad en mí, el mí artificial, y se apareció como el más
preciado tesoro, una piedad, un respiro, una liberación), me ayudaron como
pudieron. Un día, caminando por la calle Corrientes, fijé mi mirada, prolongada,
en una vidriera (¡Qué honor para el Sr. Gombrowicz!). Le dije al muchacho que
estaba conmigo que tenía hambre. (¡Qué honor!) 'No te preocupes', dijo. 'Tengo
un muerto. Habrá suficiente para los dos.' Tomamos un tranvía y fuimos a los
suburbios, a una casa en un barrio proletario donde, efectivamente, un hombre
muerto yacía en su ataúd. No sé de qué nacionalidad sería, pero estaba cubierto
de flores. Y su familia, amigos y conocidos aceptaban su partida en un silencio
macabro. Después de decir nuestras oraciones pasamos al cuarto contiguo donde
había un buffet para los participantes –¡sandwiches y vino!. Mientras comíamos
mi amigo me dijo que por lo general buscaba muertos en aquel barrio, y que la
mejor manera de obtener las direcciones era preguntando al sacristán.
Este 'cadavérico' repaso, este joven y elegante consumo de un muerto, parece
simbolizar ahora aquel periodo. Un festín cadavérico devorado con juvenil
voracidad al que, a mi edad, no tenía más derecho. Después de todo, mi
naturaleza no era otra que la diversión y los juegos –pero los más sublimes,
gloriosos juegos que pudiera jugar conmigo mismo. Gracias a este paradójico
gusto por la descomposición que descubrí en mí, sobreviví triunfalmente la
guerra y la pobreza. Y hoy no siento remordimiento por haber usado mi derrota,
mi desgracia o la de mi familia –o, de hecho, la de la mitad del mundo– como
puente hacia un amargo, condenado regocijo. No, tenía derecho a hacerlo. Pero
mantuve cierta prudencia burguesa y nunca me dejé entreverar en actividades más
peligrosas. La cana me llevó en varias ocasiones, pero nunca por mucho tiempo, y
casi siempre por culpa de mis amigos y no por crímenes que yo haya cometido.
Y he aquí otro recuerdo, que también resulta simbólico: en Marzo de 1942 el
dueño de mi hotel comenzó a insistir demasíado enérgicamente por los seis meses
atrasados que le debía, así que debí mudarme. Una noche dejé el hotel y mi
vecino, Don Alfredo, generosamente me alcanzó las bolsas por la ventana. Me las
llevé a un café, me senté en una mesa y no supe qué hacer. Mi crédito se había
acabado. De pronto oigo: '¿Tú aquí?' Era un polaco, un periodista llamado
Taworski que había vivido en la Argentina muchos años.
Le conté lo que me había pasado. 'Sabes,' replicó, 'Ahora tengo unos socios y
alquilamos un chalet cerca de Buenos Aires, en Morón, para poner una pequeña
fábrica textil. Puedes vivir allí.' El chalet no estaba mal –cinco habitaciones
con vista al jardín, aunque casi completamente desamueblado. Taworski dormía en
una cama y yo sobre una parva de diarios. Desde que llegué me avisó
misteriosamente: 'Si entra alguien, ya sea por la ventana o de noche, por el
amor de Dios no te muevas. No delates signo de vida alguno.'
Pasé unas cuantas noches tranquilas sobre mi parva de diarios. Después, una
noche, a eso de las tres de la mañana, unos ruidos me despertaron y vi dos tipos
grandotes que estaban desenroscando las bombitas de luz y removiendo los
fusibles. No me moví. Desaparecieron. Resultó que eran los socios de Taworski,
que no podían deshacerse de él y que trataban de hacerle todo tipo de
jugarretas. Taworski, que tenía por su cuenta sentencia de prisión en suspenso
por alguna pequeña travesura, no se atrevía a protestar, y los tipos lo sabían.
Así que estas brutales y ebrias visitas nocturnas (por lo general estaban
borrachos), junto a nuestra imposibilidad de defendernos, tomó la calidad de un
símbolo, tan patético como significativo.
Pasé unos seis meses en el chalet, que era gradualmente desvalijado. Taworski
era la bondad en sí misma y me cuidaba como un padre. Vivíamos casi
exclusivamente a base de carne ahumada y choclo, que él cocinaba una vez a la
semana. Yo era muy popular en Morón, tanto en la pizzería de la plaza como en el
café donde jugaba billar y ajedrez. Tomaba mi diario vaso de leche y comía mi
pan al sol, sentado en el pasto, mirando la calle. En la pizzería, un mozo que
me tomó cariño me dio un un sandwiche de veinte centavos con una feta de jamón
cuatro veces más gruesa que lo usual –era casi un bife.
Y luego, de repente, en el suplemento literario de La Nación, un artículo mío
apareció en la primera página. Desde ese momento mi posición social en Morón se
iluminó. Empezaron a tratarme con consideración.
La vida no era fácil. Me mantenía por catástrofes. Mi catástrofe, la catástrofe
de Polonia, la catástrofe de Europa. Pero al mismo tiempo actuaba en otro, más
elevado nivel.
[...]
Del capítulo IV de W.Gombrowicz - "A kind of testament" (1973). Calder & Boyars,
London [traducción Ernesto Resnik]
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©The New York Review of Books y Clarín
[11/02/06]
Traducción de Cristina Sardoy
El poeta Charles Simic acaba de publicar una nota
consagratoria de Witold Gombrowicz en el prestigioso "The New York Review of
Books". El texto que aquí se reproduce destaca la filosofía sarcástica del
polaco, exiliado en la Argentina durante años, que opuso la "inmadurez" a las
convenciones y las ideologías. Luis Gusmán y Eduardo Berti señalan las profundas
huellas que dejó en este país.
Para la celebración del centenario de su nacimiento en Polonia, 2004 fue
proclamado oficialmente por el Ministerio de Cultura de su país como "El Año de
Gombrowicz" y la Universidad de Yale organizó un congreso internacional
acompañado de una exposición con materiales de Gombrowicz en los archivos de la
Biblioteca Beinecke, además de mesas redondas académicas, películas y
representaciones teatrales de sus obras. A pesar de todas estas muestras de
deferencia, de que sus libros están traducidos a más de treinta idiomas, y de un
amplio número de lectores en el exterior, en Estados Unidos, Gombrowicz es
conocido esencialmente entre los escritores. Susan Sontag y John Updike lo
consideran una figura influyente en la literatura moderna, comparable a Proust y
a Joyce. Yo no sé si eso habría agradado a Gombrowicz, que tenía una idea
totalmente distinta de la fama que quería para sí mismo. No deseaba en absoluto
que lo compararan, dijo, con el Tolstoi de Yasnaya Polyana, el Goethe de Olympus
o el Thomas Mann que relacionaba el genio con la decadencia, y no le interesaba
en absoluto el dandismo metafísico de Alfred Jarry o la maestría afectada de
Anatole France. Ni siquiera quería ser conocido como escritor polaco, sino
simplemente como Gombrowicz.
Según su propia percepción, asociarse con él resultaba siempre bastante difícil,
porque generalmente apuntaba al debate y el conflicto y llevaba adelante la
discusión de tal manera que ésta se volvía peligrosa, desagradable, incómoda e
indiscreta. No era el típico intelectual de la época en el sentido de que no era
nacionalista, ni católico, ni comunista. "Era un hombre de los cafés; me
encantaba decir cosas absurdas durante horas tomando un café negro y abandonarme
a distintos tipos de juegos psicológicos", escribe en Recuerdos polacos. También
se burlaba de la literatura. El ejercicio mental de un mozo que debe recordar
órdenes de cinco mesas sin equivocarse, caminando al mismo tiempo a toda prisa
con bandejas, botellas, platos y ensaladas, le resultaba infinitamente más arduo
que los ejercicios de un autor tratando de disponer las diferentes líneas
sutiles de sus historias. Gombrowicz decía que cada vez que encontraba alguna
mistificación, ya fuera de virtud o familia, credo o patria, se sentía tentado
de cometer un acto indecente. Definía a la cultura polaca como una flor
abrochada en el abrigo de oveja de un campesino.
Gombrowicz afirmaba que odiaba la poesía: "De todos los artistas, los poetas son
los que más caen de rodillas", dijo.
Se burlaba de todos los sistemas de pensamiento que intentan separar lo
espiritual de lo físico, lo fantástico de lo real. Su mayor orgullo como artista
no era habitar el Reino del Espíritu, sino no haber roto la relación con la
carne. Escribiendo sobre el existencialismo, diría lo siguiente: "Es imposible
asumir todas las exigencias del Dasein y al mismo tiempo tomar café con masas
durante la merienda. Sentirse angustiado ante la nada, pero más ante el
dentista. Ser una conciencia en pantalones que conversa por teléfono. Ser una
responsabilidad, que anda de compras por la calle. Cargar con el peso de la
existencia significativa, darle sentido al mundo y dar vuelto de un billete de
diez pesos."
Los héroes de Gombrowicz no solamente están divididos entre las expectativas
sociales que les exigen comportarse según una serie de normas dadas y su
"inmadurez" (su deseo de hacer lo que se les antoja), sino que también parecen
luchar por liberarse de las convenciones literarias de los argumentos en los que
se encuentran. Como dice Gombrowicz en su autobiografía de esa época, su
propósito era introducir un nuevo tipo de intranquilidad en el lector.
Lo que más deseaba era tener un estilo singular como escritor. Su objetivo en la
vida, decía, era hacer un personaje como Hamlet o Don Quijote de un hombre
llamado Gombrowicz. Existimos como escritores, creía, para conquistar lectores,
para seducirlos, encantarlos y poseerlos, no en nombre de algún objetivo más
elevado, sino para reafirmar nuestra propia existencia.
Su primera novela, Ferdydurke, fue publicada en 1937. El enigmático título
surgió de la novela de Sinclair Lewis, Babbitt, donde un personaje menciona que
se encuentra con un tal Freddy Durkee en un restaurante. El libro de Gombrowicz
tiene algo de Rabelais y de Voltaire, la tradición de la novela cómica y el
relato filosófico. Desarrolla a fondo el mismo tema de la inmadurez y la
juventud. Un hombre de treinta y tres años recibe la visita de su viejo maestro
y es arrastrado nuevamente al colegio donde se ve reducido a ser nuevamente niño
y donde le resulta casi imposible liberarse. La narrativa se interrumpe dos
veces para incluir historias breves que tienen muy poco que ver con el
argumento, cada una con un prefacio muy gracioso que trata de clarificar,
sustanciar, racionalizar y explicar las numerosas digresiones y convencer al
lector de que el autor no se volvió loco. No muchos reseñadores entendieron la
broma. La extrema izquierda y la extrema derecha atacaron la novela. Hubo
algunas reacciones entusiastas, entre ellas la de Bruno Schulz, quien diseñó la
tapa. Vincent Girond escribe que, para Schulz, Ferdydurke demuestra con
convicción que debajo de nuestros yos "oficiales", adultos racionales,
socializados, respetables, cultos, subsisten elementos de inmadurez,
irracionalidad, anarquía, picardía, que tratan de aflorar a la superficie y,
cuando lo hacen, exponen la falta de autenticidad de las costumbres, las
creencias, las ideologías y la cultura establecidas.
La idea no es nueva, por supuesto. El antepasado literario más obvio de
Gombrowicz es el narrador anónimo de Memorias del subsuelo de Dostoievsky quien
se propone exponer su propia vileza y mezquindad y atacar el cómodo cuento de
hadas sobre los seres humanos racionales que sus contemporáneos nunca se cansan
de oír.
Gombrowicz no tenía dinero y no hablaba español. Desconocido total, era de
escaso interés para los escritores argentinos que se sentían atraídos por el
marxismo y exigían una literatura política o seguían las tendencias de los
literatos parisinos. Conoció a Borges una vez en una reunión, pero no derivó en
nada. Su relación con la numerosa colectividad polaca también era complicada.
Dependió de sus limosnas durante los años difíciles, llegando incluso a asístir
a funerales para poder aprovechar después la comida.
Al mismo tiempo, escandalizaba sin cesar sus gustos conservadores. Como señala
en su diario, ingresó por un tiempo en un medio de homosexualidad extrema y
salvaje. "Eran putos a punto de ebullición, no conocían ni un momento de
descanso, estaban en permanente búsqueda, ''destrozados por muchachos y por
perros.''" Frecuentó una parte sórdida de la ciudad en la que se encontraban el
puerto y la principal estación de trenes y donde levantaba marineros y soldados.
Cuando no estaba inmerso en sus conquistas amorosas, trataba de encontrar a
alguien que tradujera sus libros al español.
Los libros que había escrito en Polonia estaban agotados y eran desconocidos en
el exterior. Sus obras más importantes, las novelas Transatlántico (1952),
Pornografía (1960), la obra El matrimonio (1947) y el Diario (1953-1967) en tres
volúmenes, fueron escritas en Argentina y publicadas por primera vez gracias a
Kultura, la revista de emigrados polacos en París. El régimen comunista en
Polonia levantó brevemente la prohibición que pesaba sobre sus libros en 1956 y
1957, lo cual restableció su prestigio literario, pero una nueva lista negra en
1958 eliminó su obra de las librerías polacas. Finalmente, comenzaron a aparecer
las primeras traducciones de su obra al francés, seguidas por otros idiomas.
Absurdamente, las traducciones al inglés no fueron hechas en un primer momento
del polaco sino del francés, lo cual hizo que pareciera muchas veces un escritor
penosamente torpe.
No es que Gombrowicz resulte precisamente fácil de traducir. Su novela
semi-autobiográfica y satírica Transatlántico, que relata sus primeros años en
Argentina, está construida en el lenguaje extrañamente lleno de imágenes
utilizado por la nobleza polaca en el siglo XVIII. Para Stanislaw Baranczak y
otros críticos polacos eminentes, ésta es una de las obras más originales y
divertidas en su literatura, pero un lector inglés apenas puede percibirlo.
La otra novela de Gombrowicz de ese período, Pornografía, plantea distintos
tipos de problemas. La acción transcurre en 1943, en Polonia ocupada, que
Gombrowicz sólo podía imaginar por la información que le llegaba a Argentina. Un
director de teatro y un escritor de Varsovia que visitan una propiedad rural
quedan prendados de la sensualidad púber de la hija adolescente de su anfitrión
y un muchacho del lugar que ésta conoce. Era increíble, dice el escritor, que no
pasara nada entre ellos —o sea, nada, fuera de la pornografía en su propia
mente—. A espaldas de los jóvenes, los dos hombres mayores se alían para hacer
que se enamoren. Con el tiempo, los adultos se ven obligados a matar a un
importante miembro de la resistencia que ha perdido fuerza y, de ser capturado,
podría llegar a traicionar la causa. Incapaces de cometer el crimen por propia
mano, confían el asesinato al muchacho, Frederick. Gombrowicz explica sus
intenciones en la introducción al libro:
"El héroe de la novela, Frederick, es un Cristóbal Colón que zarpa en busca de
continentes desconocidos. ¿Qué está buscando? Esa nueva belleza, esa nueva
poesía, oculta entre el adulto y el muchacho. El es el poeta de una conciencia
llevada al extremo o, por lo menos, así es como yo quería que fuera. ¡Pero qué
difícil resulta ahora entendernos! Ciertos críticos lo vieron como Satanás, ni
más ni menos, en tanto que otros, principalmente anglosajones, se contentaron
con una definición más trivial —un voyeur."
Esto no me resulta convincente. Por una vez, Gombrowicz no parece captar en su
totalidad lo que implica su historia. Pornografía no es una ópera cómica —
aunque por momentos trate de serlo. La realidad sanguinaria de Polonia durante
la guerra imprime una cualidad sombría aun a sus momentos más livianos. Hay
locura y violencia en el aire. "Soy Cristo crucificado en una cruz de dieciséis
años", dice Frederick. Pornografía es en definitiva una novela poco plausible
con muchas páginas de buena escritura. La descripción del oficio religioso en
una iglesia de pueblo al comienzo es de una gran contundencia, y lo mismo sucede
con algunas otras escenas del libro. En el templo, Frederick, un no creyente
para quien la iglesia era "el peor lugar del mundo", de todos modos se pone de
rodillas y reza, para él "un acto negativo, el acto mismo de la negación".
Los tres volúmenes del Diario de Gombrowicz son una de las obras literarias
indispensables del siglo pasado. Polémicos, ingeniosos, inmensamente
entretenidos, auténticamente conmovedores, y a menudo profundos, los diarios
son, en opinión de lectores como Czeslaw Milosz, el mayor logro de Gombrowicz. A
diferencia de sus novelas, que en su fijación en la juventud tienden a ser
repetitivas, los diarios abordan una amplia gama de temas. Si le daban la
posibilidad de elegir, decía Gombrowicz, prefería mirar a pensar —y de hecho,
eso es lo que hace habitualmente en el diario—, primero mira y después piensa.
Al encontrarse con soldados marchando que interrumpían el paseo dominical de los
ciudadanos locales en una pequeña localidad provinciana de Argentina, comenta:
"Irrumpieron aquellos pies conducidos por las riendas, cuerpos metidos en
uniformes, esclavos, unidos por movimientos que fueron ordenados. ¡Ja, ja, ja,
señores humanistas, demócratas, socialistas! Todo el orden social se basa en
estos esclavos, apenas salidos de la niñez, que han sido atados a riendas
cortas, forzados a jurar ciega obediencia (¡Oh, inapreciable hipocresía de ese
juramento obligatorio-voluntario!) y preparados para matar o dejarse matar...
¡Pero si todos los sistemas, socialistas o capitalistas, se fundan en la
esclavitud, —y, para colmo, de los jóvenes—, señores racionalistas, humanistas,
ja, ja, ja, señores demócratas!"
Una beca de la Fundación Ford en 1962 permitió a Gombrowicz abandonar Argentina
y pasar un año en Berlín. Como sufría de asma, se trasladó a Vence en el sur de
Francia, donde vivió los cinco años restantes de su vida. Nunca visitó Polonia
ni regresó a Argentina, a la que extrañaba mucho. En 1967 recibió el prestigioso
Premio Internacional de Literatura por su cuarta novela, Cosmos. Hacia el final,
estaba prácticamente imposibilitado de hablar debido al asma, que también le
afectaba el corazón. Sobrevivió a un ataque cardíaco, e incluso al poco tiempo
se casó, pero un segundo ataque le quitó la vida el 24 de julio de 1969. Tres
años antes había escrito en su diario:
"Digan lo que digan, existe, en toda la extensión del Universo, a lo largo de
todo el espacio del Ser, un solo y único elemento horrible, espantoso e
inaceptable, una sola y única cosa que está verdadera y absolutamente en contra
de nosotros y es totalmente aniquiladora: el dolor. Del dolor, y de ninguna otra
cosa, depende la entera dinámica de la existencia. Eliminando el dolor, el mundo
pasa a ser un asunto de absoluta indiferencia..."
La filosofía de Gombrowicz se centra en el eterno conflicto entre el individuo y
el mundo en el que se encuentra. La cultura para él tiene poco que ver con
valores, verdades, ejemplos y modelos, y debería ser vista como una serie de
convenciones, una colección de estereotipos y roles, tanto sociales como
psicológicos; todos los necesitamos para comunicarnos entre nosotros en la
medida que nuestro ser interior permanece caótico, no expresado e
incomprensible. Para él la literatura era una provocación moral, intelectual e
ideológica. Quería perturbar al lector y al mismo tiempo seducirlo. "El
verdadero arte es conseguir que alguien lea lo que uno escribe", escribió.
Es interesante comparar estos puntos de vista con los de Czeslaw Milosz, cuyos
ensayos y cartas desde la Polonia ocupada acaban de ser traducidos. Su Leyendas
de la Modernidad es un libro sabio. Mientras lo leía, recordaba constantemente
las circunstancias en las que escribió estos reflexivos ensayos sobre Defoe,
Balzac, Stendhal, Gide, Tolstoi, William James, su profesora en Wilno Marian
Zdziechowski y el dramaturgo, novelista y filósofo polaco Stanislaw Ignacy
Witkiewicz. Para Milosz, los horrores en los que se encontró la civilización
europea fueron preparados por la prolongada labor de charlatanes del
pensamiento, pacificadores de conciencias, que envolvieron con un manto de
belleza y progreso las corrientes intelectuales más destructivas y nihilistas
que eliminaron la idea tradicional de bien y mal. "Las delicadas manos de los
intelectuales están manchadas con sangre a partir del momento que una palabra
portadora de muerte surge de ellos", escribe en su ensayo sobre Gide. Milosz
desconfía de las ideas que tratan de realizar la felicidad de la humanidad y en
el camino liberan el "libre albedrío" reprimido, el inconsciente y otros
demonios y fantasmas que acechan la mente humana. Para él, el hastío de la
cultura contemporánea deriva del repudio de la verdad a favor de la acción.
Nietzsche y sus numerosos descendientes fueron los principales culpables. Es
necesario condenar incluso el pragmatismo de William James, que Milosz ve como
una victoria de los valores relativos sobre los absolutos. Milosz percibía el
elemento demoníaco en la naturaleza humana. Gombrowicz también pero, para él, el
aburrimiento era tanto la causa del mal que hacemos como una cabeza llena de
ideas erradas.
Para Milosz, el pasado no estaba muerto ni era irrelevante. Era una parte de
nosotros mismos que necesitamos recordar, comprender y respetar. Admitía ser
hostil a la tradición "oscura" en la literatura del siglo XX. Su burla, su
sarcasmo y su profanación le parecían vulgares comparados con el poder del Mal
que hemos experimentado en nuestra vida; podía ser mordaz, diciéndole a un amigo
en una carta, por ejemplo, que las personas se las arreglan perfectamente sin
libertad de pensamiento. Con referencia a Gombrowicz dijo: "Cada vez que se hace
el destructor y el irónico, se suma a los escritores que durante décadas dejaron
congelar sus oídos simplemente para fastidiar a sus mamás, aunque mamá —léase el
cosmos— ignorara sus caprichos."
Milosz admiraba la prosa y la originalidad de Gombrowicz, pero a la larga su
ateísmo y sus blasfemias salvajes fueron demasíado para él.
Gombrowicz, como era de esperar, veía las cosas de otra forma. Nunca le molestó
que pudiéramos estar viviendo en un universo sin sentido. Pretender lo contrario
era alejarse de la verdad. No tenía necesidad de una religión ni de Dios para
dormir mejor. Ser fiel a sus convicciones más profundas tenía que ver con
mantener la propia dignidad. El arte para él era la propiedad más privada que un
hombre había alcanzado para sí mismo.
A diferencia del filósofo, el moralista, el sacerdote, el artista se encuentra
en un juego permanente, una forma de juego, agrega, que tiene el derecho a
existir solo en la medida que abra nuestros ojos a la realidad —una realidad
nueva, a veces chocante, que el arte torna palpable. Si eso significaba mofarse
de alguna conducta seria o alguna creencia profundamente arraigada, adelante. Al
mismo tiempo, advertía a sus lectores: no me conviertan en un demonio. Lo único
que podía llegar a salvarlo, escribió Gombrowicz hacia el final de su vida, era
la risa.
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Diario "La
Prensa", Buenos Aires, 20 de Julio de 1962
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al castellano. La
realizamos en un clima elegante, de generosidad y de un fervor juguetón,
pero cuando se publicó, editada por Argos, mi novela desapareció", nos
dijo con una sonrisa, y agregó: "No los ejemplares, que, al contrario,
no querían desaparecer de las librerías, sino la novela como ente
espiritual. "Se la tragó la Nada", prosiguió diciendo el entrevistado, "y sólo dejó tras de sí unas cuantas reseñas tibias y un tanto desorientadas, que guardo religiosamente en un cajón de mi escritorio". "¿No convive con el mundo literario de este país?", insistimos en preguntarle: ''No", fue la contestación terminante. Luego afirmó: "Soy una persona de poca seriedad. En medio de mis desgracias: destierro, miseria, anónimo fracaso y alguna que otra humillación, lo único que me quedaba era divertirme. La seriedad en las condiciones en que yo vivía habría sido mortal para mí. "Pero le aclaro que no tengo ni el más mínimo resentimiento contra nadie. Reconozco que mi caso es difícil y que yo no hice nada para facilitarlo; por otra parte, debo anotar "en mi cuaderno que leo todos los días", como dice Shakespeare, no pocas demostraciones de simpatía y de comprensión por parte de mis colegas argentinos". "Este año –le decimos– usted es uno de los más probables ganadores del Premio Internacional de Editores quo el año pasado ganó Borges. ¿Tiene usted, en el plano literario, alguna relación con Borges?". "Me encuentro con él a veces, pero sólo en las notas de la prensa europea donde nos mencionan juntos. Aprecio a este escritor, pero confieso que pertenecemos a mundos muy diferentes".
Sus opiniones
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Durante el mes pasado la
prensa literaria más importante de Europa mencionó insistentemente la
novela "Ferdydurque", del autor-polaco "residente en la Argentina"
Witold Gombrowicz, como una de las más probables ganadoras del Premio
Internacional de Editores que anualmente se otorga en Formentor,
Mallorca, y que el año pasado compartieron el escritor argentino Jorge
Luis Borges y el dramaturgo irlandés Samuel Beckett. Aquella circunstancia hizo que procuráramos localizar al mencionado escritor y lo entrevistáramos en su domicilio de la calle Venezuela de esta ciudad.
Antecedentes |
"Welt an Sontag", de
Berlín; "Succeso de Italia". El "Times" de Londres, textualmente, dice:"
«Ferdydurque» es una mezcla brillante de agudeza de ideas y mordacidad
que debe tomarse muy en serio", etcétera.
La entrevista Su vida en la
Argentina |
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Gombrowicz está en nosotros
Por Juan Carlos Gómez
Yo conocí a Gombrowicz en Buenos Aires en al año 1956 en la confitería Rex, un
lugar de bohemios y de artistas donde también se jugaba al ajedrez. Se presentó
como un poeta polaco y me dijo: "Con permiso le voy a recitar mi último poema".
Chip, Chip me decía la chiva
mientras yo imitaba al viejo rico
Oh rey de Inglaterra viva
El nombre de tu esposa Federico
Y el 8 de abril de 1963 a bordo del Federico C cuando regresaba a su Europa
después de 24 años de exilio en Argentina, alineó a los amigos y alejándose un
poco nos dijo: "Con permiso, los voy a mirar como si fuesen una fotografía".
Durante estos ocho años llegó a ser mi mejor amigo porque entre aquel poema poco
serio y esta última frase melancólica Gombrowicz se convirtió para mí en algo
inusitadamente importante y conmovedor tanto que hasta hoy no he logrado
desprenderme de él.
Pero a quién le puede importar, excepto a mí, cuál es la naturaleza de los
infinitos puntos del camino que hemos recorrido juntos. Voy a recordarlo de otro
modo.
Gombrowicz es una conciencia personal y dolorosa del hombre que reclama por los
derechos que el individuo ha cedido a lo general y a lo abstracto, pero no desde
arriba sino mezclado entre nosotros, con ruido histriónico y arrodillado ante lo
humano.
La fidelidad a sí mismo lo condena a la vieja soledad de Kierkegaard y
Schopenhauer pero de una manera diferente, pues mientras ellos pusieron el
énfasís en su obra y desde ese acento lograron reestablecer el pacto original
con la vida, Gombrowicz, en cambio, se viste con el traje de persona privada,
enciende su pipa y permanece en la tierra, como un rey de incógnito, para
resistir las amenazas de una civilización forzada a trabajar sin descanso en la
fabricación de inteligencias, doctrinas, artes, ciencias, morales y
responsabilidad. Pelea a cada paso con las presiones desformantes de la vida
corriente; a cada paso libra una batalla con la esfera cultural, hinchada hasta
la exageración, que le imponen a él y a nosotros las muecas del mono sabio.
Gombrowicz se parece a los personajes de sus libros, a veces infantil, tonto,
estrafalario y grotesco y otras veces, brillante, genial y trágico; como si una
de sus manos estuviera tomada por Dios y la otra por una vida sin valor,
derrotada, derrumbada y absorbida por un remolino del cosmos que lo arrastra
hacia lo bajo.
Pero Gombrowicz, en medio de esta soledad, se las arregla para provocar
escándalos arriba y abajo, buscando su fracaso personal y mundano. Este proyecto
no lo concibió seguramente al nivel del conocimiento y la voluntad, sino que le
fue dictado desde la hondura del ser, pero al final de su vida esta disposición
patética se convirtió en conciente y premeditada, a la que parecía manejar desde
una lejanía dramática, que lo acercó más al mundo pero lo alejó un poco de
nosotros.
La poesía y el humor perverso de Gombrowicz no son una muestra tardía de la
literatura del absurdo ni tampoco una combinación de juegos estetizantes. Su
visión del mundo no proclama la vuelta al pasado ni es un desarrollo del
irracionalismo simbólico. Tiene un parentesco de primos lejanos con el
existencialismo y el estructuralismo, pero la diferencia específica e insalvable
entre su obra y estos parientes lejanos encuentra su raíz en el origen de la
inspiración: para Gombrowicz en el dolor y en la belleza, para los primos en la
epistemología y en la conciencia.
Los personajes de Gombrowicz son arrojados, formado juntos una víctima para un
Moloc desconocido, a las realidades típicamente modernas: la escuela, la
familia, la cultura, el amor, la extracción social, la nación.
La fuerte polarizacion de estas estructuras los obliga a pensar, sentir y actuar
de una manera particular que les resulta extraña, sometiéndolos alternativamente
al infantilismo y a la seriedad. Aunque se dan cuenta de que sucumben a un
proceso de falsificación y tratan de huir de sí mismos y de los otros, no
consiguen liberarse.
Gombrowicz caracteriza esta dialéctica de mundos opuestos y complementarios como
una lucha entre los principios de la Forma y de la Inmadurez que, desde un punto
de vista estrictamente filosófico, resultan tan básicos para la descripción del
hombre como cualquiera de las reducciones ontológicas llevadas a cabo por el
existencialismo contemporáneo.
Pero Gombrowicz ha conseguido estilizar, además, una profunda tendencia de
nuestra época que resbala por igual entre las manos de los artistas y de los
filósofos: la integración del cuerpo en la conciencia.
Los conceptos y las realidades abstractas de su obra están sumergidos en los
actos y en los cuerpos de sus personajes. A través del erotismo, la seducción,
la perversión, el dolor y la sensualidad se ajustan alternativamente a
polifonías trágicas y burbujeantes que nacen entre ellos casi por azar y los
presionan desde afuera.
Una idea seria impersonal y responsable se les impregna imprevistamente de
lascivia y no porque el objeto de esa idea sea la concupiscencia sino por la
manera de expresarla, por la tonalidad inesperada de las voces, por una peculiar
relación establecida involuntariamente entre las manos, por una atracción
repentina entre las piernas o por un desvío ilegítimo del brazo izquierdo.
La conciencia transparente descarnada sublime y orgullosa es atrapada por esta
música carnal, cae de rodillas ante el cuerpo liberador y se incorpora a la
tierra.
Un polaco perdido en Argentina durante 24 años que acostumbraba a proclamarse
conde y pertenecía a la nobleza polaca; pero cuántas luchas, cuánto trabajo para
no dejarse definir por nada; ni por la clase social, ni por la literatura, ni
por el espíritu. Cuánto empeño ponía para quedarse en las antesalas pues el
crecimiento de alguna de esas formas lo intranquilizaba como si necesitara que
cada una de ellas ejerciera un control compensatorio sobre las otras. ¿Por qué
no pudo encontrar un refugio en la literatura? ¿Por qué no cierta paz? Porque
una mano que lo agarraba por la garganta lo convertía en Artista, en un
fabricante de formas, en la Forma de las formas y se hundía y desmoronaba en el
centro de su propio valor.
Gombrowicz soportaba el asalto de estas energías demoníacas inflando sus
máscaras hasta que como globos ridículos, se desprendían e iniciaban un viaje
ajeno y fantasmagórico pero por fuera de él.
Desconfiaba de la Verdad, del Arte y de lo Auténtico o, mejor dicho, del sentido
actual de estas palabras. Era partidario del aflojamiento, le quitaba lastre a
las cargas desformantes y con las manos libres y cierta ligereza su Verdad se
volvía marginal y aparecía de costado, en diagonal, y nunca de propósito: y la
Autenticidad se le daba como un hecho y no como una búsqueda.
Los protagonistas de su obra son una parodia de Gombrowicz, hondamente artística
y sumergida en un sueño conciente. Estos poemas prácticos llenos de una gracia
conmovedora, heridos por el sufrimiento y el derrumbe, no son tan sólo la voz
que confiesa a su autor sino a todos los hombres.
El libro en el que Gombrowicz se alcanza a sí mismo y a partir del cual su
estilo queda configurado es Ferdydurke.
Pepe, su personaje principal, siente que su ser exterior e íntimo le es
impuesto, a la vez, por los seres vinculados a su vida y por la región
impersonal de significaciones y valores donde los actos quedan atrapados,
clasíficados y clausurados. De modo que se ve obligado a adaptarse a la idea que
los otros se forman sobre él y le resulta imposible alejarse de esta imagen
porque, teniéndola frente a su cara, no le pertenece y lo sobrepasa.
Los esfuerzos para salir de sí mismo, natural y espontáneamente, también
fracasan. Cada gesto dirigido hacia afuera le es devuelto bajo un aspecto
irreconocible pues Pepe intenta acercarse a la gente de un modo directo y
desnudo pero su pretensión tropieza con escollos infinitos.
La clase de distancia que lo separa del señor X no puede salvarse de un salto
personal y simple debido a que, en rigor, nunca toma contacto con este señor X
sino con su forma. ¿Por qué? El señor X, por ejemplo, es amigo de Juan, esposo
de Beatriz, hijo de Pedro, empleado de oficina, revolucionario, agnóstico,
sensible a la pintura y a la música, avaro e inclinado a las meditaciones
filosóficas.
El señor X representa y lleva consigo estas realidades que, por ser comunes a
otros hombres, se despersonalizan y agigantan desdoblándolo. Sus maneras de ser
llegan a Pepe, después de haber recibido un soplo de intelegibilidad y rigidez,
vale decir, una figura interhumana.
El concreto señor X se convierte, involuntariamente, en un mensajero de lo
abstracto y cargado por significados de los que no es dueño ni responsable,
presiona sobre nuestro protagonista que, perdido en un laberinto
inconmensurable, es sometido y arrastrado a la inferioridad.
Pepe se da cuenta que estas formas no están hechas a la medida de su existencia
privada, informe, más discreta y cálida, más apartada y acogedora. Sabe que este
mundo bajo alumbra con luz diferente, menos intensa pero más seductora, a él y
los demás. Pero los caminos para llegar a la Inmadurez también están cerrados
por el fracaso, pues si dirige hacia allí la mirada, esta región tibia sube a la
superficie, adquiere la transparencia de la Forma y se aleja sin remedio de sus
manos.
Por otra parte, la intervención franca de este clima liviano, reduce a nuestro
señor X a dimensiones ridículas y demasíado pueriles.
Pepe se libera de la situación inferior que lo atormenta pero la inmadurez le
impide realizarse y entonces, cae nuevamente en la original deformación
interhumana.
Este proceso de falsificación es interminable; ante él no hay huida posible.
Estamos forzados a representar artificialmente nuestras propias vidas. Esta
revelación le ha permitido a Gombrowicz recuperar la dignidad perdida y
reconquistar su libertad interior tomando distancia frente a todo aquello que lo
define y traiciona en el escenario del mundo.
Gombrowicz está en nosotros pero hay que encontrarlo, así como yo, Juan Carlos
Gómez, nacido un 26 de noviembre de 1934, lo he encontrado, porque los nombres
de GOMbrowicZ y de Gómez empiezan y teminan con iguales letras y de la misma
manera y porque, fracasado el conjuro de mis palabras para traerlo nuevamente a
Buenos Aires tuve que cabalgar sobre el tiempo y buscar allá en Vence una forma
misteriosa del destino para acompañar a Gombrowicz hasta su muerte.
Adiós querido polaco. Mi amigo, mi señor y mi maestro.
www.albany.edu/offcourse/nov98/Gómez.html
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"Ferdydurke"

PREFACIO
Por Ernesto Sábato
Creo que fue en 1939 cuando por primera vez leí algo de Gombrowicz. Yo vivía aún
en La Plata, donde habíamos inventado con mi amigo el astrónomo Miguel Itsigzohn
un tipo de humor paranoico que denominamos margotinismo. Con los años aprendí
que tales invenciones en rigor son siempre descubrimientos, y que aquella
reacción un poco demencial contra un universo deshumanizado era casi inevitable.
Fue por entonces cuando me llegó la revista Papeles de Buenos Aires, que dirigía
Adolfo de Obieta. Con estupor leí el cuento titulado Filifor forrado de niño, de
un desconocido de nombre polaco: Witold Gombrowicz. Corrí a buscar a Miguel, con
la revista en la mano. Nos pareció de pronto milagroso que algo tan
aparentemente descabellado como el margotinismo (y, por lo tanto, producto de la
pura casualidad) pudiera surgir en otro remoto lugar de la tierra, con
características tan similares.
No recuerdo ahora cómo nos encontramos, más tarde, con el propio autor de aquel
relato. Era un individuo flaco, muy nervioso, que chupaba ávidamente su
cigarrillo, que desdeñosamente emitía juicios arrogantes e inesperados. Parecía
helado y cerebral. Era difícil adivinar debajo de esa coraza el cálido fondo
humano que latía en aquel exilado vagamente conde, pero auténticamente
aristócrata.
Supe entonces que Filifor formaba parte de una novela llamada Ferdydurke, que
ardía por leer. Pero su autor no estaba en condiciones de hacerla traducir ni
editar. Pobre, desanimado, trabajando en una oficina bancaria, caminando por las
calles del Bajo, jugando partidas de ajedrez en cafés llenos de humo, nadie o
casi nadie adivinaba en aquel sujeto a un formidable artista; más bien la gente
se inclinaba a considerarlo como a un mistificador o a un mitómano. Hasta que
una mujer (significativa paradoja para aquel irónico enemigo del género
femenino), Cecilia Debenedetti, decidió e hizo posible la edición castellana del
libro, que empezó a ser traducido por un grupo de creyentes. Cuando en 1947
apareció con el sello de Argos, el escritor cubano Virgilio Piñera, que por
aquel tiempo vivía en Buenos Aires, escribió en la solapa: "Resulta difícil
prever la suerte de este mensaje, sobre todo cuando no nos llega de París. Creo,
sin embargo, que con estas breves líneas no hago otra cosa que disparar el
primer tiro en la batalla que tarde o temprano van a librar los ferdydurkistas
de Hispanoamérica." Hoy, cuando W. G. tiene fama mundial, es justicia rendir
homenaje a aquel pequeño grupo de fervorosos que aquí advirtieron y saludaron su
talento.
Las palabras de Piñera fueron lamentablemente proféticas. Es muy improbable que
en la Argentina la gente se atreva a considerar genial a un escritor que no
venga patentado desde París.
Por otra parte, es cierto que la obra no era de fácil acceso, sobre todo en
1946. Especie de grotesco sueño de un clown, con páginas de irresistible
comicidad, con una fuerza de pronto rabelesiana, el reinado al parecer del puro
absurdo, ¿cómo adivinar que en el fondo era algo así como una payasada
metafísica, en que delirantemente estaban en juego los más graves dilemas de la
existencia del hombre?
El autor previó y temió la incomprensión. Por lo cual juzgó conveniente un
prólogo en que intentaba explicar al lector las ideas básicas de su visión del
mundo. No creo, sin embargo, que el prólogo ayudara mucho. Pues si es verdad que
debajo de la obra de un gran escritor hay siempre una Weltanschaung, no siempre
esa concepción del universo puede expresarse en ideas claras y distintas; o, en
todo caso, la natural forma de expresarla es, en el poeta, su mágica creación,
lo que es algo menos pero también algo más que una filosofía, algo menos y algo
más que un conjunto de conceptos: es una visión total de la realidad, en parte
conceptual y en parte intuitiva, parcialmente intelectual y en sumo grado
emocional y mágica. Motivo por el cual, aunque los críticos puedan ofrecernos
una interpretación de las ideas de Kafka, la sola lectura de un cuento suyo nos
da una vivencia de su mundo (incluso de su mundo ideológico) que ninguna
exposición conceptual es capaz dc revelarnos, por extensa e inteligente que sea.
Y es precisamente esta causa la que diferencia a este escritor existencialista
(que escribía su obra en 1936, cuando no tenía la menor noticia de esa doctrina)
de un filósofo como Heidegger. Pues éste, en tanto que pensador, no puede sino
operar con razones, siendo a la postre una especie de racionalista,
inevitablemente; lo que equivale a decir que en definitiva resulta,
paradójicamente, un tipo de antiexistencialista. Mientras que un escritor como
W. G. simplemente es existencialista, por su sola presencia integral, por su
manera de ver y sentir la realidad.
No se trata, pues, de incapacidad para las ideas: su Journal demuestra la
extraordinaria inteligencia y la cantidad de ideas de este poeta. Se trata de la
radical incapacidad del ensayo para reemplazar a la ficción y a la poesía,
manifestaciones del espíritu que no pueden ser reducidas a los términos del
pensamiento puro.
En estas condiciones, sería inconsecuente con la propia tesis que acabo de
exponer todo intento de reemplazar la lectura de Ferdydurke con una serie de
explicaciones. Pero, y del mismo modo que, aun sin poder sustituir la visión
personal de París con palabras ajenas, se le puede decir al viajero que se fije
con cuidado en tal o cual monumento o calle o mercado o rincón del Sena
(perturbado y un poco atontado como está el recién venido por el tumulto, la
novedad y la contingencia), se le puede advertir al lector de este libro de
choque que trate de ver, en esta novela en apariencia tan descabellada, las
ideas básicas que son las típicas del existencialismo: la angustia, la nada, la
libertad, la autenticidad, el absurdo. Y, sobre todo, o debajo de todo, el
problema típico de Gombrowicz, la categoría que es esencial en su concepción del
mundo: la Inmadurez; categoría íntimamente vinculada a otra que le es obsesiva:
la de la Forma.
Pues para Gombrowicz el combate capital del hombre se libra entre dos tendencias
fundamentales: la que busca la Forma y la que la rechaza. La realidad no se deja
encerrar totalmente en la Forma, el hombre es de tal modo caótico que necesita
continuamente definirse en una forma, pero esa forma es siempre excedida por su
caos. No hay pensamiento ni forma que pueda abarcar la existencia entera (y de
ahí, como yo decía antes, la imposibilidad de sustituir la expresión poética o
mágica de la existencia mediante el puro pensamiento abstracto). Y esta lucha
entre esas dos tendencias opuestas no se realiza en un hombre solitario sino
entre los hombres, pues el hombre vive en comunidad, y vivir es con-vivir;
siendo las formas que adopta la consecuencia de esa ineluctable convivencia. (De
paso, y como me hace notar mi mujer, esa tenaz y cálida necesidad que Gombrowicz
siente por la comunicación lo aleja del existencialismo negativo de un Sartre,
para acercarlo, curiosa e inesperadamente, al pensamiento de un escritor como
Saint-Exupéry.)
No creo demasíado arbitrario aducir que ese combate es el que eternamente se ha
librado entre el espíritu dionisíaco y el espíritu apolíneo, siendo la
existencia del ser humano un como equilibrio (inestable) entre ambos, en virtud
de esa ley psicológica, ya entrevista por Heráclito, de la enantiodromia,
reguladora de los contrastes. Tampoco creo arriesgado suponer que lo que
Gombrowicz llama la Inmadurez no es otra cosa que el espíritu dionisíaco, la
potencia oscura, que desde abajo, como fuerza inferior (en el sentido psíquico y
hasta teológico del vocablo, no en el sentido ético) presiona y a menudo rompe
la máscara, es decir la persona, la Forma que la convivencia y la sociedad nos
obliga a adoptar (una y otra vez, porque nos es imposible sobrevivir sino
mediante máscaras o formas). Y así como la Inmadurez es la vida (y por lo tan to
la adolescencia, el circo, el absurdo, el romanticismo, la desmesura y lo
barroco), la Forma es la Madurez, pero también la fosilización, la retórica y en
definitiva la muerte; una muerte (curiosa dialéctica de la existencia) que nos
es imprescindible para vivir y entendernos. Hasta el punto que el mismo
dionisíaco Gombrowicz debe acceder a ello, intentando finalmente expresar su
caos y su ambigüedad mediante una obra de arte; que, como toda obra de arte, en
última instancia es un orden, una Forma. Forma que al mismo tiempo que expresa a
Gombrowicz, como a todo artista, también lo traiciona e intenta agotarlo; motivo
por el cual el poeta o novelista necesita lanzarse a la creación de otra obra, y
luego de otra y así ad infinitum; resultando de ese modo que el creador es
superior a su obra misma, al menos hasta el momento de su muerte física.
Esta angustiosa lucha entre extremos opuestos, esta esencial antagonía del
espíritu humano, se trasluce en Ferdydurke. Y el lector percibirá cómo encaja en
este cuadro una escena al parecer tan descabellada como la frenéticamente cómica
parte en que el Flaco pugna por explicar a sus alumnos la grandeza del poeta
Slawoski, tratando de arrancarles la admiración oficial que hay en las historias
del arte y en los museos por los caparazones fosilizados. De ahí también el
temor al Envejecimiento de este creador a la vez viejo de mil años y
conmovedoramente infantil (como todo creador, ya que la magia es atributo de la
infancia y de la Inmadurez). De ahí el combate que en todas sus obras lleva
contra las falsificaciones de la cultura libresca, contra la deshumanización del
hombre contemporáneo, contra el esteticismo estéril del Profesor y la Academia;
y no, es bueno advertirlo, como un mero problema estético sino como problema
existencial y metafísico.
Hay, en fin, un aspecto en las ideas de Gombrowicz que lo hace particularmente
útil para nosotros los argentinos. No hay casualidades en el reino del espíritu,
ni tampoco causalidades. En buena medida el hombre es libre para construir su
destino, y no creo que por puro azar este polaco haya permanecido veinticuatro
años entre nosotros; ya que si pudiera admitirse como acto gratuito y
contingente que Gombrowicz se embarcara en el viaje inaugural de un
transatlántico polaco hacia Buenos Aires, invitado a visitar esta región del
mundo, y si el hecho luego de producirse la guerra mundial no es, claro, un
hecho que la voluntad de Gombrowicz pudiera haber evitado, en cambio su
permanencia aquí es sí un acto que en buena medida es producto de su voluntad.
Es que nuestro país, como Polonia, forma parte de lo que en su lenguaje
podríamos llamar Territorio de la Inmadurez. Y esto lo vinculo a una vieja
teoría que tengo sobre lo que llamo la periferia del Renacimiento. Países como
Polonia, Rusia, Noruega, Dinamarca, Suecia y España no sufrieron de modo
estricto el proceso renacentista, fenómeno burgués, caracterizado por el
maquinismo y la razón que tuvo su epicentro en Italia y Francia. Aquellos países
mantuvieron rasgos semifeudales casi hasta este siglo, no debiendo extrañarnos
que un personaje como el Quijote pocas veces haya sido bien interpretado en
Francia, siendo en cambio entrañablemente sentido en Rusia. En ambos extremos de
Europa, la desmesura y la sinrazón eran los restos de una mentalidad
preburguesa. Y el parentesco se acentuó en la vieja Argentina de las grandes
llanuras pastoriles; hasta el punto de que una novela como Ana Karenina, con sus
criadores de toros de raza y sus gobernantas francesas, con sus estancieros y
burócratas, podía entenderse cabalmente aquí. Y si al célebre personaje de
Gontcharoff se le colo cara un mate en la mano en lugar de su eterno vaso de té
¿quién dudaría en encontrarle casi todas las características de un argentino
viejo? La desorganización, un sentido del tiempo medieval, no cuantificado por
el interés, la vida patriarcal de las antiguas familias, una educación
afrancesada, el desdén y al propio tiempo la arrogancia por lo nacional; todo
ello explica por qué un estudiante argentino entendía mejor las Memorias desde
el Subterráneo (por lo menos hasta la segunda guerra mundial) que un profesor de
la Sorbona, al que los personajes de Dostoievsky le resultaban nouveaux riches
de la conscience, individuos poco menos que demenciales, incapaces de apreciar
las ideas claras y distintas, tan disparatados como para afirmar (contra todas
las tradiciones de cartesianos y ahorristas franceses) que dos más dos puede ser
igual a cinco. Lo curioso, pero psicológicamente explicable, es que aquellos
bárbaros moscovitas, como nuestros bárbaros aborígenes, admiraban la refinada
cultura occidental, sus toros escoceses, sus novelas (¡Dostoievsky aspiraba a
escribir como George Sand!), la filosofía alemana, los establecimientos de
Baden-Baden y sus casinos. Y así, por los mismos motivos que nosotros, se
hicieron "europeístas", rasgo tan típicamente eslavo o rioplatense como el vodka
o el mate; al revés de lo que aquí sostienen algunos superficiales pensadores,
que lo consideran un rasgo de enajenamiento. Los europeos no son europeístas:
son simplemente europeos.
Leyendo ese Journal que debería traducirse cuanto antes, observo que mi teoría
es correcta y que vale para la intelliguentsia polaca las mismas reflexiones que
podemos hacer para la argentina. Allá como aquí es palpitante el problema de la
inmadurez intelectual; allá como aquí se prefiere lamentarse de la situación
inferior con respecto a Europa, en lugar de aceptarlo como un fecundo y poderoso
punto de partida de algo original. Nosotros, como ellos, tenemos las ventajas de
los países "bárbaros", por haber resguardado una vitalidad y un candor que la
civilización renacentista no alcanzó a desecar. Es un hecho significativo que la
formidable reacción existencial contra esa civilización se levantara
precisamente en esa periferia bárbara, y bastarían los nombres de Dostoievsky,
Kierkegaard, Nietzsche y Unamuno para probarlo. Polacos y argentinos estamos,
sin embargo, llegando a valorar en medio de la gran crisis de nuestro tiempo (y
se ve también por esto cómo "crisis" significa "enjuiciamiento") lo que
cabalmente somos y lo q ue podemos represen tar en el mundo, superan do al mismo
tiempo dos actitudes simultáneas e igualmente equivocadas: nuestro sentimiento
de inferioridad y nuestra loca arrogancia con relación a Europa. Con toda la
razón, Gombrowicz les dice a sus compatriotas en su Diario que no traten de
rivalizar con Occidente y sus formas, sino que traten de tomar conciencia de la
fuerza que implica su propia y no acabada forma, su propia y no acabada
inmadurez; con todo lo que ello supone de fresca y franca libertad en un mundo
de formas fosilizadas. En suma, recomienda y practica él mismo la barbarie
dionisíaca, haciendo de su juventud e inmadurez una potencia renovadora. Buena
lección para nosotros.
ERNESTO SÁBATO,
Santos Lugares, julio de 1964.
W. Gombrowicz - "Ferdydurke", Editorial Sudamericana, Buenos Aires,
1964
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Por Ricardo Piglia
En Transatlántico de Gombrowicz (para empezar con
una de las mejores novelas escritas en este país) hay una escena memorable. Se
trata de una especie de payada sarcástica entre un oscuro escritor polaco,
llamado por supuesto "Gombrowicz", y un escritor argentino en el que se
identifican fácilmente los rastros de Eduardo Mallea, el novelista argentino por
excelencia en esos años. Este "Mallea" (que también puede ser Mujica Láinez pero
sobre todo recuerda a Carlos Argentino Daneri) posa de refinado y erudito y se
pasea por el infierno de las influencias: cada vez que "Gombrowicz" habla le
hace ver que todo lo que dice ya ha sido dicho por otro. Lo despojan de su
originalidad y este europeo aristocrático y vanguardista se ve empujado casi sin
darse cuenta al lugar de la barbarie. A partir de ahí la política de
"Gombrowicz" en este duelo será la táctica de la ironía salvaje y del malón
hermético: actúa como uno hubiera esperado que actuaran los ranqueles en el
libro de Mansilla.
Me gusta esa escena: circulan ahí los tonos y las intrigas de la ficción
argentina. Los lenguajes extranjeros, la guerra y la pasíón de las citas. Son
los problemas de la inferioridad cultural los que están puestos en juego y ficcionalizados. Transatlántico es en este sentido una versión ampliada y
nacional de Ferdydurke: lo inferior, lo inmaduro y todavía no desarrollado es
aquí la tradición polaca, heroica y romántica. ¿Qué pasa cuando uno pertenece a
una cultura secundaria? ¿Qué pasa cuando uno escribe en una lengua marginal?
Sobre estas cuestiones reflexiona Gombrowicz en su Diario y la cultura argentina
le sirve de laboratorio para experimentar sus hipótesis.
En este punto Borges y Gombrowicz se acercan. Basta pensar en uno de los textos
fundamentales de la poética borgeana: "El escritor argentino y la tradición".
¿Qué quiere decir la tradición argentina? Borges parte de esa pregunta y el
ensayo es un manifiesto que acompaña la construcción ficcional de "El aleph", su
relato sobre la escritura nacional. ¿Cómo llegar a ser universal en este
suburbio del mundo? ¿Cómo zafarse del nacionalismo sin dejar de ser "argentino"
(o "polaco")? ¿Hay que ser "polaco" (o "argentino") o resignarse a ser un
"europeo exiliado" (como Gombrowicz en Buenos Aires)? En el Corán, ya se sabe,
no hay camellos, pero el universo, cifrado en un aleph (quizás apócrifo, quizás
un falso aleph), puede estar en el sótano de una casa de la calle Garay, en el
barrio de Constitución, invadido por los italianos y la modernidad kitsch.
La tesis central del ensayo de Borges es que las literaturas secundarias y
marginales, desplazadas de las grandes corrientes europeas tienen la posibilidad
de un manejo propio, "irreverente" de las grandes tradiciones. Borges pone como
ejemplo de esta colocación, junto con la literatura argentina, a la cultura
judía y a la literatura irlandesa. Sin duda, podríamos agregar en esa lista a la
literatura polaca y en especial a Gombrowicz.
Pueblos de frontera, que se manejan entre dos historias, en dos tiempos y a
menudo en dos lenguas. Una cultura nacional dispersa y fracturada, en tensión
con una tradición dominante de alta cultura extranjera. Para Borges (como para
Gombrowicz) este lugar incierto permite un uso específico de la herencia
cultural: los mecanismos de falsificación, la tentación del robo, la traducción
como plagio, la mezcla, la combinación de registros, el entrevero de
filiaciones. Esa sería la tradición argentina.
Y cuando digo tradición, quiero decir la gran tradición: la historia de los
estilos.
Es posible imaginar la escena de Transatlántico hablada en francés (y eso no la
haría menos "argentina"). O tiene que imaginarse el español de Gombrowicz. ¿Y
qué hubiera pasado si Gombrowicz hubiera escrito Transatlántico en español?
Quiero decir ¿qué hubiera pasado si Gombrowicz se hubiera hecho el Conrad? (un
polaco que, como todos sabemos, cambió de lengua y ayudó a definir el inglés
literario moderno). Podemos sospechar los efectos del español de Gombrowicz en
la literatura argentina. Uno piensa inmediatamente en Roberto Arlt. Alguien que
quiso denigrarlo dijo que Arlt hablaba el lunfardo con acento extranjero. Esa es
una excelente definición del efecto que produce su estilo. Y sirve también para
imaginar lo que pudo haber sido el español de Gombrowicz: esa mezcla rara de
formas populares y acento eslavo.
Vivir en otra lengua, se ha dicho, es la experiencia de la novela moderna:
Conrad, claro, o Jerzy Kosinski, pero también Nabokov, Beckett o Isak Dinesen.
El polaco era una lengua que Gombrowicz usaba casi exclusivamente en la
escritura, como si fuera un idiolecto, una lengua privada. Por eso
Transatlántico, primera novela que escribe en el exilio, quince años después de Ferdydurke, establece un pacto extremo con la lengua perdida. La novela es
casi
intraducible, como sucede siempre que un artista está lejos de su lengua y
mantiene con ella una relación excesiva donde se mezclan el odio y la nostalgia.
¿O no es el Finnegan's Wake el gran texto de la lengua exiliada? Digo esto
porque me parece que la extrañeza es la marca de los dos grandes estilos que se
han producido en la novela argentina del siglo XX: el de Roberto Arlt y el de
Macedonio Fernández. Parecen lenguas exiliadas: suenan como el español de
Gombrowicz.
Cuando uno piensa en el cruce de dos lenguas recuerda por supuesto de inmediato
a Borges, el español de Borges, preciso y claro, casi perfecto. Un estilo cuya
genealogía el mismo Borges remontaba a Paul Groussac. Un europeo aclimatado en
el Plata que a diferencia de Gombrowicz sí cambió de lengua y pasó a escribir en
español y definió, por primera vez, las normas del estilo literario en la
Argentina. (En este sentido hay que decir que nuestro Conrad es Groussac.) Allí
busca Borges los orígenes "argentinos" de su estilo. Por supuesto cualquiera de
nosotros encuentra hoy fácilmente giros borgeanos en la escritura de Groussac
(pero esto es culpa de "Kafka y sus precursores").
El estilo de Borges produce un efecto paradojal: estilo inimitable, (pero fácil
de plagiar), las maneras de su escritura se han convertido en las garantías
escolares del buen uso de la lengua. "Para nosotros escribir bien era escribir
como Lugones", decía Borges, definiendo perversamente su propio lugar en la
literatura argentina contemporánea. ¿Cómo hacer callar a los epígonos? (Para
escapar a veces es preciso cambiar de lengua).
El estilo de Borges ha influido retrospectivamente en la historia y en la
jerarquía de los estilos en la literatura argentina. Groussac, Lugones, Borges:
esa línea define las convenciones dominantes de la lengua literaria. Para esa
tradición los estilos de Arlt y de Macedonio son lenguas extranjeras.
Borges lleva a la perfección un estilo construido a partir de una relación
desplazada con la lengua materna. Tensión entre el idioma en que se lee y el
idioma en que se escribe que Borges condensó en una sola anécdota (sin duda
apócrifa). En primer libro que leí en mi vida, dijo, fue el Quijote en inglés.
Cuando lo leí en el original pensé que era una mala traducción (en esa anécdota
ya está, por supuesto, el Pierre Menard). ¿Cómo leer el español como si fuera el
inglés? O mejor: ¿cómo escribir en un español que tenga la precisión del inglés
pero que conserve los ritmos y los tonos del decir nacional? Cuando resolvió ese
dilema Borges construyó una de las mejores prosas que se han escrito en esta
lengua desde Quevedo.
De la relación de Gombrowicz con las dos lenguas, del cruce entre el polaco y el
español, nos queda la traducción argentina de Ferdydurke, publicada en 1947.
Conozco pocas experiencias literarias tan extravagantes y tan significativas.
Gombrowicz escribía un primer borrador trasladando la novela a un español
inesperado y casi onírico, que apenas conocía. Un escritor que escribe en una
lengua que no conoce o que conoce apenas y con la que mantiene una relación
externa y fascinada. O si ustedes prefieren: un gran novelista que explora una
lengua desconocida, tratando de llevar del otro lado los ritmos de su prosa
polaca La tendencia de Gombrowicz, según cuentan, era a inventar una lengua
nueva: no crear neologismos (aunque los hay en la novela, como el inolvidable de
los culeítos) sino a forzar el sentido de las palabras. trasladarlas de un
contexto a otro, y obligarlas a aceptar significados nuevos. Sobre este material
primario comenzaba el trabajo de un equipo heterogéneo y delirante "bajo la
presidencia de Virgilio Piñera distinguido representante de las letras de la
lejana Cuba", según recuerda Gombrowicz en el prólogo a la primera edición.
Gombrowicz y Piñera estaban rodeados por una serie móvil de ayudantes. entre los
que se contaban, por supuesto, los parroquianos y los jugadores de ajedrez y de
codillo que frecuentaban la confitería Rex y que aportaban sus opiniones
lingüísticas cuando las discusiones subían demasíado de tono. Este equipo no
conocía el polaco y los debates se trasladaban a menudo al francés, lengua a la
que Gombrowicz y Piñera se cruzaban cuando el español ya no admitía nuevas
torsiones. Cubano, francés, polaco, "argentino": lo que se llama una mezcla
verbal, una materia viva.
Gombrowicz de hecho reescribió Ferdydurke. Hay que comparar esta versión con las
traducciones en inglés o en francés para notar enseguida que se trata de un
texto único. Conocemos hasta dónde fue capaz de llegar Joyce cuando tradujo al
italiano el fragmento de "Anna Livia Plurabelle" de Finnegan; conocemos las
versiones al inglés de sus novelas que nos ha dejado Beckett, pero es difícil
imaginar una experiencia parecida a la de Gombrowicz con Ferdydurke, en Buenos
Aires, en los altos del café Rex de la calle Corrientes, a mediados de los años
40.
Las traducciones tienen una importancia decisiva en la historia de los estilos.
El Ferdydurke "argentino" de Gombrowicz es uno de los textos más singulares de
nuestra literatura. Antes que nada hay que decir que una mala traducción en el
sentido en que Borges hablaba así de la lengua de Cervantes. En la versión
argentina de Ferdydurke el español está forzado casi hasta la ruptura, crispado
y artificial, parece una lengua futura. Suena en realidad como una combinación
(una cruza) de los estilos de Roberto Arlt y de Macedonio Fernández.
Y hay algo de eso, diría yo. Como si el Ferdydurke "argentino" se ligara en
secreto con las líneas centrales de la novela argentina contemporánea. Hoy que
el debate sobre el estilo de Arlt parece saldado, habría que decir que fue
Gombrowicz uno de los primeros que abrió paso a la lectura de esos tonos que se
apartan de las normas definidas del estilo medio y convencional. Este es un
país, escribió, donde el canillita que vocea la revista literaria de la elite
refinada, tiene más estilo que todos los redactores de esa misma revista Quería
decir, obviamente, que las formas cristalizadas de la lengua literaria, las
maneras y las manías de los estilos ya convencionalizados anulan cualquier
música de la lengua y que en los lugares más oscuros e inesperados se pueden
captar los tonos de un estilo nuevo.
En cuanto a Macedonio Fernández habría que decir que es el único escritor
argentino con el que realmente se encuentra Gombrowicz De hecho Macedonio es el
primero que da a conocer un texto de Gombrowicz en español. En 1944 publica en
su revista Los papeles de Buenos Aires, el relato "Filifor forrado de niño" de
Ferdydurke. ¿Se habrán visto Macedonio y Gombrowicz? En aquellos años los dos
vivían aislados, en pobrísimas piezas de pensión, seguros de su valor pero
indecisos sobre el futuro de sus obras. En más de un sentido eran, el uno para
el otro, el único lector posible. Se puede suponer casi con seguridad que
Macedonio leyó Ferdydurke porque aparecen referencias a la novela en uno de sus
papeles inéditos. Y en cuanto a Gombrowicz era sin duda el único lector posible
del Museo de la novela de la Eterna el único, quiero decir, a la altura del
proyecto macedoniano.
Arlt, Macedonio, Gombrowicz. La novela argentina se construye en esos cruces
(pero también con otras intrigas). La novela argentina sería una novela polaca.
Quiero decir una novela polaca traducida a un español futuro, en un café de
Buenos Aires, por una banda de conspiradores liderados por un conde apócrifo.
Toda verdadera tradición es clandestina y se construye retrospectivamente y
tiene la forma de un complot.
Ahora bien (después de todo) ¿se puede hablar de una novela argentina? ¿Qué
características tendría?
Los novelistas argentinos escribimos (también) para contestar esa pregunta.
["Espacios de Crítica y Producción" 6: 13-15 (1987). Buenos Aires]
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"El
hombre sudamericano y su ideal de belleza"
Por Witold Gombrowicz
Acaso el hombre sudamericano también quiere ser hermoso y entonces, qué ideal de
belleza se propone?
No cabe duda de que el criollo suspira por la hermosura o, por lo menos, aspira
a ser bien parecido, bien peinado y bien vestido. En pocos países del mundo se
pueden observar corbatas mejor armonizadas con la camisa y el saco, zapatos
elegidos con más cuidado y medías mejor adaptadas al pañuelo. "Los muchachos de
antes no usaban gomina". Los muchachos de hoy no solamente usan usan gomina,
sino que usan y abusan de cremas, masajes, baños faciales, casi como las
mujeres. Un "instituto de belleza" para los hombres tendría grandes
probabilidades de éxito.
Esos serías los rasgos femeninos de la belleza masculina sudamericana. El rasgo
más masculino lo constituye el bigote. Cuando uno llega de Europa su primera
exclamación es: Caramba! Cuántos bigotes! Pero... pero... el sudamericano es muy
pícaro y calculador en lo concerniente a su bigote: él lo usa porque sabe que
así gusta a las "chicas". El bigote es un adorno destinado a conmover al sexo
bello, es una coquetería que se asemeja mucho a la coquetería femenina.
El criollo no perdió su "hombría"
En estas circunstancias surgen algunas preguntas de enorme importancia. Acaso el
sudamericano no se volvió demasíado afeminado? Acaso esas apariencias no son
actitudes accidentales que no corresponden a una realidad psíquica espiritual?
Sería muy superficial fundar una acusación tan grave sobre la base de hechos tan
secundarios y, examinando con más cuidado el problema, veremos todo lo
contrario: el criollo no perdió nada de su hereditaria valentía y audacia
españolas; tiene el sentido del honor propio de los hombres y, lo que a lo mejor
es lo más importante, no carece de cierta severidad espiritual que constituye la
diferencia básica entre el alma masculina y el alma femenina. Así que lo más
justo sería decir que el criollo, permaneciendo en el fondo de su alma hombre
cien por cien, demuestra cierta tendencia a afeminarse en su modo de ser, de
vestirse, de hablar... que su "modo de ser" social es más femenino que él.
Parecería que aquí la mujer logró imponer sus gustos, sus sutilezas, sus
debilidades en todo lo que forma el "modo de ser" del hombre, es decir, su modo
de exteriorizarse. Por ejemplo, el criollo es muy valiente cuando esa valentía
hay que demostrarla en una pelea, pero cae en la cobardía absoluta cuando hay
que hacer una advertencia desagradable a un amigo; será atrevido y hasta rudo si
fuera necesario en los negocios o en la política, pero al mismo tiempo su
conversación es suave, su trato dulce y pasívo, su corbata coqueta y su
sensibilidad muy a menudo exagerada. Lo más fácil de observar en cada país es
quién ha dominado la cultura: si el hombre o la mujer. Hay países donde la ley
del hombre domina tanto en la moral sexual como en las formas de convivencia
sexual, donde hasta los chistes de las mujeres son "masculinos", pero América
del Sur está conquistada por la mujer. Y eso a pesar de que ellas son tan
esclavas del hombre, de que se adaptan tanto a sus gustos y caprichos! Mientras
cada una separadamente no es más que "flor", "niña", todas ellas en conjunto, a
pesar de su aparente debilidad y timidez lograron la conquista del continente!
Cuando quiere conquistar a una mujer...
Esto se ve justamente en el modo en que el hombre de aquí encara su propio ideal
de belleza. El hombre no necesita mirarse en los ojos femeninos para comprobar
su hermosura y tampoco ésta es únicamente sexual... Cuando un hombre quiere
conquistar a una mujer tiene dos caminos a elegir: puede tratar de conseguir sus
favores haciéndose agradable, adaptándose a sus exigencias o, por el contrario,
puede imponer la ley de su propia naturaleza. Ahora, un hombre en verdad
enamorado de su belleza masculina, más bien es capaz de sufrir una derrota antes
que resignar sus ciertas dotes naturales: nunca, por ejemplo, un hombre así va a
hacer concesiones a la mezquindad femenina, porque aunque de ese modo él logre a
la mujer, pierde al mismo tiempo su propia belleza. Mas para muchos
sudamericanos las mujeres parecen constituir un fin en sí; cuanto más gusta a
las mujeres, tanto más hermoso es; cuantas más mujeres logró conseguir, tanto
más gozó de la vida; y si de pronto las mujeres exigiesen que los hombres se
pintasen la nariz de verde, ellos encantados se pintarían la nariz de verde...
Aquí no solamente la mujer vive casi únicamente para el hombre, prescindiendo de
su propia personalidad, también el hombre muy a menudo no vive para sí mismo,
sino para la mujer.
De dónde proviene esa debilidad psíquica del hombre y por qué en Europa el sexo
fuerte siente mejor su fuerza y se aprovecha más de ella?
La propia poesía masculina
En América del Sur el hombre y sobre todo el muchacho, se encuentra solo frente
a las mujeres. La belleza masculina, el hábito masculino, los mitos y las formas
de convivencia masculinos se forman entre los hombres. Son el compañerismo, la
confianza de camaradas en los clubes, las asociaciones dentro de la clase de
actuación y diversiones gremiales, los que crean aquella específica belleza del
hombre. Los muchachos en el colegio se forman sus propios mitos, sus costumbres,
hasta su propio lenguaje, y son tan fieles a ese estilo suyo que ninguno de
ellos lo traicionaría ni por la más hermosa mujer. Del mismo modo, en el
ejército los hombres se crean su propio mundo, del cual a veces se enamoran
profundamente. Y, entonces, la mujer deja de ser para ellos la única fuente del
amor y de la belleza: un marinero siente su propia belleza y su fuerza tanto a
través de los labios femeninos como a través de su acorazado, de sus canciones y
de su uniforme; a través de todo eso que se llama la "marina". Esta propia
poesía masculina le ayuda mucho a resistir al encanto erótico de las hijas de
Eva, a dominarlo y a oponer a él su propio encanto.
Cuando un joven sudamericano entra en estas grandes instituciones gremiales,
como el ejército o la armada, dotados de tradición y estilo, se presta muy bien
a sus exigencias espirituales. Pero en la vida civil la convivencia de los
hombres entre sí resulta algo pobre e ineficaz. Es curioso comparar, por
ejemplo, el ambiente de la joven literatura aquí y en Europa. Los jóvenes
artistas sudamericanos andan con preferencia solos, se juntan poco y en general
poca inclinación a "excitarse por sí mismos". En las capitales europeas los
jóvenes tiene su café, "bar" o restaurante, donde se embriagan tanto con las
bebidas, como con chistes, extravagancias verbales, combates ideológicos. Esos
jóvenes tiene su propio estilo y lenguaje, igual que los colegiales, y ya antes
de "formarse" como escritores, gozan mucho de esa belleza que se crearon entre
sí. Un hombre, formado en tal escuela, lleva para toda su vida un capital de
santa locura que lo defiende contra la tristeza, el cinismo y el aburrimiento.
Por qué en América del Sur no ocurre lo mismo? Por qué aquí la mujer tapa al
hombre todo, hasta tal punto que lo convirtió en su esclavo?
Falta "estilo masculino"
Es un "circulus viciosus". El joven sudamericano se junta poco con sus
compañeros y lo hace de modo superficial, porque lo que necesita, antes que nada
psíquica y físicamente, es la mujer. Preocupado por su capital problema no tiene
ganas de entrar de lleno en otras realidades de la vida. Todo lo demás es
secundario; él cree -y esto es muy natural a su edad- que pierde el tiempo
cuando no está "afilando" a una "chica". Pero la convivencia gremial de los
hombres, menos desarrollada que en Europa no se impone por sí misma. Así que,
preocupado por la mujer, no se junta con los hombres; y justamente por eso,
cuando tiene que afrontar a una mujer se encuentra en posición inferior, le
falta ese "estilo masculino" que los hombres se forman entre sí. El no quiere
tanto encantarla por su propia belleza como conseguir la belleza de ella. No la
domina, sino que se deja dominar por ella. La necesita y por eso debe adaptarse:
mientras el joven europeo va a decir a su compañera con autoridad y energía: "iremos al cine", el sudamericano dirá:
"qué te parece, querida, si vamos al
cine". El europeo tratará de conseguir a la chica luciendo su belleza masculina,
su voluntad, su energía, su fuerza. El criollo tratará más bien de satisfacer
los deseos de ella, de serle agradable. El europeo no temerá tanto perder a la
mujer porque toda la poesía de su vida no se reduce a ella; el criollo, cuando
pierde a "su chica" está condenado a la soledad y no le queda otro remedio que
sentarse en un café y cambiar chistes con amigos que no siempre son amigos de
verdad.
Así sería... más o menos si nos obstinásemos en pintar a la América en negros
colores, elogiando a la vieja, a la más madura Europa. No hay que olvidar ni por
un momento que todo lo que decimos tiene que ser necesariamente un esquema,
injusto y exagerado como todo esquema de esa índole. Europa muy a menudo resulta
tan bruta, tan chata, tan viciosa y execrable, que la joven y fresca América en
realidad, no tiene mucho que envidiarle. En todo caso creemos que son
justificadas las principales tesis de esta nota: que el criollo cuida su belleza
casi tanto como las mujeres, es decir de modo algo afeminado; que por falta de
convivencia con los hombres carece hasta cierto punto de lo que podríamos llamar
el "estilo masculino", y no siempre sabe exteriorizar su natural virilidad en el
trato con las mujeres; y que, aunque siente profundamente la belleza y el
encanto de la mujer, todavía no llegó a sentir su propia belleza.
[Publicado en la revista Viva 100 años, 1945]
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Gombrowicz, o la
costumbre de decirle a todo que no
Por Silvina Friera
Witold Gombrowicz llegó a ser universalmente reconocido como uno de los
creadores literarios fundamentales del siglo XX. A pesar de que vivió 24 años en
la Argentina, su obra, escrita en gran parte en este país, continúa teniendo un
carácter marginal, más allá de los esfuerzos de Alejandro Rússovich y Jorge Di
Paola, quienes elaboraron dos ensayos para Historia crítica de la literatura
argentina. "Witoldo" –como lo llamaban sus amigos y admiradores– prefirió evitar
las formas relucientes y cinceladas. Optó, en cambio, por protestar, en nombre
de la individualidad, a través de la ironía y el sarcasmo. El escritor tábano
zumbaba con sus observaciones: veía a los argentinos emperrados en una seriedad
funeraria y a la joven América, empecinada en asímilar los pecados de la vieja y
loca Europa. En la inclasíficable Ferdydurke (1937) –intentar hacerlo aún hoy
conduce a un irremediable callejón sin salida-, el protagonista, un hombre de 30
años que inesperadamente es reducido al estadio de la adolescencia por un
implacable pedagogo, dice: "¡Hay que transformarlo todo! Destruir en la patria
todos los viejos lugares y dejar sólo lugares nuevos". En un mundo donde
estallaba la Segunda Guerra, el escritor polaco que había nacido en el señorío
de Maloszyce, el 4 de agosto de 1904, estaba realizando una travesía por
Latinoamérica a bordo del crucero "Chroby" en 1939. Su estadía en Buenos Aires,
pensaba, sería breve y fugaz. Se equivocó. Y aunque conoció la degradación y la
pobreza, Gombrowicz nunca dejó de escribir y de declararle abiertamente la
guerra, sin subterfugios, al ambiente literario oficial y a sus más encumbrados
representantes.
A cien años de su nacimiento, la Embajada de Polonia y el Centro Cultural Borges
organizan conjuntamente una muestra, El enigma de Gombrowicz, que se inauguró
esta semana, mientras que el Malba proyectará durante todo el mes el film
Gombrowicz, la Argentina y yo, de Alberto Yaccelini (ver aparte). "Yo no
idolatro la poesía, yo no soy excesivamente progresista ni moderno, yo no soy un
intelectual típico, yo no soy ni nacionalista ni católico, ni comunista ni
hombre de derecha, yo no venero ni a la ciencia ni al arte ni a Marx. ¿Qué soy,
entonces? La mayoría de las veces soy simplemente la negación de todo lo que
afirma mi interlocutor." Acaso por esta definición, en la senda de la más pura
negatividad, sea apropiado pensar en Gombrowicz como un enigma: un escritor que
odiaba a los "literatos", esos estetas que a su juicio se regodean con las
formas, pero jamás hablan de lo que duele, de los problemas de estar en el
mundo. El escritor polaco, autor de El casamiento (o El matrimonio, 1947),
Transatlántico (1951), La seducción (o Pornografía, 1958), Cosmos (1965),
Bakakai (1974) y Recuerdos de Polonia (1960-1962), entre otros, supo sembrar y
cosechar enemigos a la vez en múltiples frentes. Gombrowicz dijo que Borges
hacía una literatura abstracta, como corresponde a la condición de un ciego. Es
curiosa la reacción de Borges que, alejado de su fina ironía y más próximo al
exabrupto, ninguneó al polaco: "Es un invento de (Carlos) Mastronardi".
No. Witoldo distaba mucho de ser un artificio; en todo caso fue un sujeto
errante, que tropezó con las calles de un país desconocido del que se terminaría
enamorando. Aunque Ferdydurke fue escrita en Polonia, la traducción del polaco
al castellano estuvo a cargo de un equipo encabezado por el escritor cubano
Virgilio Piñera. "Me acuerdo que nos encontrábamos en un café de la calle
Corrientes. Gombrowicz se miraba en un espejo que revestía un muro contra el
cual se apoyaba nuestra mesa, hacía muecas y tomaba actitudes de emperador, de
obispo o de militar. Le pregunto: ‘¿Está dialogando con sus dobles?’ Sin dejar
de gesticular, me contestó serio, pero lleno de su particular humor: ‘Miro mis
rasgos de aristócrata, parece que mis facciones, día a día, registran mejor todo
mi linaje’." Esta evocación de Antonio Berni capta no sólo en escena al
personaje Gombrowicz. La anécdota ilustra una puesta en escena superior: la
literatura del escritor polaco, atravesada por relaciones oblicuas y guiños que
simulan el goce. Una literatura-ensayo que invoca la risa, que provoca
carcajadas estridentes, que no resulta fácil de digerir, porque las sustancias
con las que está hecha atentan contra los principios vitales del estómago.
"No era capaz de otra cosa que de hacer parodia. Aquí, el estilo es la parodia
del estilo. El arte juega al arte, y lo imita", decía el escritor, que fue uno
de los candidatos al Premio Nobel en 1967. De las influencias que reconocía
Witoldo, hay una que explica esa multiplicación del efecto carcajada en sus
textos. Para él, además de ser una obra magnífica, Papeles de Pickwick, de
Charles Dickens, era "una especie de Evangelio del humor". El primer libro que
escribió por completo en la Argentina, Transatlántico, no se refiere a una nave
sino al hecho de que esa obra sobre Polonia fue escrita del otro lado del
Atlántico. Argentina y esa Polonia, tan adorada como satanizada, tenían muchos
rasgos en común: estaban fuera del mapa, en una posición periférica, y sus
habitantes, desde el sótano de la cartografía, asomaban los ojos y miraban
obnubilados la cultura europea. Un bosquejo del periplo gombrowicziano, de ese
andar a la deriva ("Me encontraba siempre ‘entre’, no estaba inserto en nada",
confesaba), bien podría condensarse en un título periodístico: "De Polonia a
Bacacay". Si lo que garabateó en Ferdydurke culminó en cierto sentido en
Transatlántico, con Bakakai, relatos que ocultan en su grafía la calle porteña
donde el escritor viviera varios años, ese peculiar ámbito del "entre", una
tierra de nadie, se transforma en una constante de su literatura. Los personajes
de Gombrowicz luchan entre la forma concluida (el adulto) y la que se halla en
proceso de elaboración (el joven). "La forma es aquello en que nos refugiamos
para esconder nuestra desnudez."
Aborrecía las estructuras, y si descubría las formas era para defenderse de
ellas y permanecer fiel a sí mismo. La preocupación central de su obra es el
hombre y su búsqueda constante de libertad. En Polonia, durante largo tiempo, se
lo consideró uno de los enemigos ideológicos. "Las formas cambian", diría con
sorna Gombrowicz. La legislatura polaca declaró el año 2004 como Año de
Gombrowicz. Un acto de justicia que acaso sea posible homologar en Buenos Aires
con la muestra y los debates organizados –vaya paradoja– en un centro cultural
que lleva precisamente el nombre del escritor argentino que menospreció a
Gombrowicz, la proyección de un documental (en el Malba) y la reedición de buena
parte de sus obras (Seix Barral, Planeta). Pero las efemérides son como un
champagne demi sec burbujeante, recién servido en la copa de los comensales. El
problema es que cuando las burbujas descienden, cuando lo que queda es la
maldita resaca, permanecen los mismos comensales de siempre, a lo sumo se añade
un puñado de novatos, ungidos con la prosa-burbuja de Witoldo.
Entre los textos del escritor que se pueden conseguir fácilmente, Curso de
filosofía en seis horas y cuarto (Tusquets) es una de las obras más prodigiosas
y disparatadas de su vida intelectual. Gombrowicz, a pedido de su mujer Rita y
un amigo, aceptó dar un curso de filosofía casero, entre el 27 de abril y el 25
de mayo de 1969, pocas semanas antes de morir (el 24 de julio). Un hombre
agonizante, paciente, meticuloso, explica a sus oyentes lo esencial del
pensamiento filosófico de los últimos doscientos años. "La fuerza de Nietzsche
consistió en una crítica extremadamente perspicaz y cruel de todas nuestras
ideas, del alma humana, de la moral y la filosofía. Demostró que el pensamiento
filosófico no se realiza fuera de la vida, como si los filósofos mirasen de
lejos el mundo y su evolución, sino que este pensamiento se baña en la vida y
expresa la vida cuando no está falsificado." Se despidió de este mundo diciendo
lo que se le antojaba, como siempre: "Un genio no puede tener éxito porque
sobrepasa a su tiempo. Por esta razón el genio resulta incomprensible y no sirve
para nadie. Así que Schopenhauer y yo nos consolamos bastante bien".
Fuente:
Página/12
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ACERCA DE WITOLD GOMBROWICZ Y JULIO CORTAZAR
Ferdydurke, campeón de rayuela
Por Carlos Brück*
Todavía es necesaria alguna teoría sobre el seudónimo. Witold Gombrowicz –ese
escritor polaco que llega un día a Argentina en una incierta misión cultural,
semanas antes de que su Varsovia fuese invadida– tenía uno donde develaba que
allí faltaba algo: algunas notas las firmaba como Jorge Alejandro, dejando
suspendido lo que haría a un apellido. Había allí un espacio en blanco, quizá
como el propio espacio del autor.
Respecto de Julio Cortázar podría establecerse una relación más elíptica con los
seudónimos. Una vez, el director de una clínica psiquiátrica le envió unas
cartas dictadas por una paciente que, además de presentar un cuadro delirante,
sufría de una parálisis progresiva. Esta persona sostenía que Cortázar era un
seudónimo o, más aún, un nombre falso, pero que ella igualmente estaba enamorada
de él y que por eso mismo le escribía pidiéndole respuesta. Cortázar contestó
con varias cartas, donde le preguntaba al director qué podía hacer por esa
muchacha y le respondía a ella con delicadeza y ternura.
Articular en un solo término a Cortázar/Gombrowicz puede funcionar como un
seudónimo; una condensación donde se articula una verdad que se cuenta como
extrañeza y exilio. Tanto Cortázar como Gombrowicz son exiliados pero también
viajeros. Julio Cortázar decidió irse de una Argentina que no le resultaba
favorable. Witold Gombrowicz decidió quedarse en la Argentina porque regresar a
Polonia no le resultaba favorable, poco después de la invasíón nazi.
En la operación del destierro, se procedía al extrañamiento (así se llamaba) del
sujeto. El poder colocaba en los bordes de un territorio a quien hasta entonces
mantenía una relación familiar con una escena. La situación de extrañamiento, no
formulada ya como un imperativo social, podría retomarse respecto de la posición
de escritura de alguien ubicado como autor. No otra cosa sucede en un análisis
con relación al hueco, la brecha entre la persona que se presenta a la consulta
y aquello que, al hablar, le toma la voz ubicándolo como sujeto de inconsciente.
Proponemos: en esas brechas de lo familiar, entre la persona y el autor, entre
el paisaje y la escena, se encuentra eso que retorna como lejano.
No es el paisaje de la geografía (cercano o distante) lo que produce ese efecto.
Por ello Emilio Salgari, que nunca se alejó de su casa más que a una distancia
de bicicleta, pudo narrar lo que pasaba en la Malasía. Aquí donde lo importante
es la extrañeza y no la geografía, se ubica la novela Los Premios, de Cortázar.
También allí hay un barco: un lugar para que transcurra la otra escena
inquietante, aunque todo sea tan cerca de Buenos Aires y se vean las luces
domésticas de Quilmes.
Pero, hablando de tierra y travesía, o sea de des/tierro, de un cambio de
posición que va desde una persona a un autor, disponemos de una palabra clave:
"rayuela". Juego que consiste en partir de un lugar y concluir en otro: el
cielo. En Rayuela, Cortázar cita Ferdydurke, de Gombrowicz, traducido al
castellano en 1947. También allí procede a hacer extraña la geografía al
priorizar la condición del significante: un bebé se llamará Rocamadour, como una
región de Francia; una señora arbitraria tendrá el nombre de una zona,
Herzegovina.
El escritor polaco no se quedó atrás al plantear la cuestión del yo como un
permanente juego de desconocimiento y de imaginarios equívocos.
En la década de 1950, un asombrado Witold Gombrowicz se choca en Tandil con un
grupo de jovencitos que lo había leído. Poco les interesaba que ese señor entre
desolado e irreverente hubiera quedado anclado en la París de América o que
trabajase en un banco polaco. Ellos le otorgaban la única filiación posible: ser
el autor de un texto, pero más aún de un raro título. Witoldo –como lo llamaban
esos jovencitos– hacía circular un texto titulado Ferdydurke de sí mismo,
Gombrowicz de Polonia. ¿Cómo situar las coordenadas que hacen a este seudónimo
Cortázar/Gombrowicz y a su verdad: el exilio y la extrañeza? Es posible que se
entrelazasen en las líneas de esa rayuela. En lo más íntimo del ser. En la
lengua materna, haciéndola trabajar, no en la superficie sino a pérdida. De
manera que apar