A la hora señalada
Desde el golpe de 1930 de José Felix Uriburu al anteúltimo en 1966 del dictador
Onganía, depuesto luego por la junta militar encabezada por Alejandro A.
Lanusse. El retorno de Juan Domingo Perón de su exilio, su corto período de
gobierno, su muerte.
Golpes cívico-militares; ignominias; injusticias; operativos; antinomias;
rencores; masacres; negociados. Todos horrores cometidos, puntualmente... a la
hora señalada.La que marcó por muchísimos años el deterioro colectivo de un
país: Argentina, hora cero.
¿Cómo, entonces, debe pensarse en presente y a futuro, los destinos inciertos de
países como el nuestro, sino es con la revisión histórica de nuestro pasado más
inmediato, permanentemente, para no caer una vez más en la trampa y la
repetición sistemática de violentas y desangradas luchas de aparatos
instrumentados desde el Estado o desde los cuarteles, en conjuros
cívico-militares, queriéndose imponer por sobre la voluntad de las masas con
variadas argucias, diversos métodos de “propaganda panfletista”, contribuyendo
al alimento de la desmemoria colectiva, y así entonces poder actuar impunemente,
con opresiones, absolutismos, en definitiva tolerar avasallamientos de toda
índole?
Tal vez, como más temen los tiranos del pensamiento único o sea, el de ellos:
con el compromiso que otorga, el correcto uso de la palabra escrita en la
denuncia, en el recuerdo perpetuo, en el movimiento constante del pensamiento,
en el compromiso social, en sobre todas las cosas, no callar. En no acallarse,
si se volviera a repetir la historia, porque esa acción nos llevaría de nuevo,
irremediablemente, al suicidio social colectivo. Ciñendo en una pequeña reseña,
y los hechos lo demostrarán a lo largo de gran parte del siglo pasado, que los
golpes de estado fueron el principal instrumento empleado para los intereses
económicos internos y externos que coartaron el anhelado desarrollo de
prosperidad, antaño prometido.
Le fue negado en nombre de las más diversas fachadas interpuestas entre las
antinomias creadas por facciones de poder que en el fondo ocultaban con ello los
verdaderos propósitos que se habían impuesto como meta final: la devastación de
un país, el derrumbe hasta sus cimientos, su apoderamiento y señorío.
Comenzaremos por las pantallas puestas como banderas enemigas a combatir a
cualquier precio, sin importarles a los “mercaderes” de la muerte, el costo
genocida en la pérdida de vidas humanas.
En principio, pusieron sus ojos en la Revolución rusa de 1917. El proletariado
organizado pasó a ser el demonio rojo que azolaría con su presencia los
designios de Dios, Patria y Familia. Comunistas, anarquistas y extranjeros
fueron el blanco propicio. Los reclamos representadas en una de sus formas: la
huelga, fue (es) una terrorífica pesadilla, llamada también “revolución social”
que no los dejaba tranquilos.
Encontraron así, la excusa justa para la represión y la infamia desatada. Con
ello, el “orden establecido” estaba debidamente garantizado. Con ello, atrás
habían quedado ecos resonantes, pero siempre presentes, del fallido atentado en
1905 del anarquista catalán: Salvador Enrique José Planas y Virellas contra el
presidente Manuel Quintana, o en 1909 cuando el anarquista Simón Radowitzky hace
justicia con una bomba que le arrojó al tétrico coronel Ramón Falcón, quien en
una movilización en Plaza Lorea, el 1° de mato del mismo año, masacró a
manifestantes e hirió de gravedad a cientos de obreros anarquistas o los
trágicos sucesos de enero de 1919, denominada “la semana trágica” en donde el
general Dellepiane se “destacará” en su orgullo militar, asesinando se cree, a
juzgar por estimaciones inciertas, a 700 o tal vez, 1.000 obreros indefensos,
pertenecientes a los talleres del protegido industrial “Vasena” o los
fusilamientos de obreros en el Sur, en la provincia de Santa Cruz perpetrados
por el sanguinario coronel Varela y el capitán Anaya, o aquel, 27 de enero de
1923, cuando Kurt Wilckens queda frente a frente con Varela y arrojando a sus
pies una bomba de fabricación casera, pero potentísima, pone fin a la vida del
fusilador de obreros y anarquistas o en 1927, pero en Estados Unidos, el
asesinato en la silla eléctrica de dos inocentes anarquistas italianos: Sacco y
Vanzetti.
El 6 de septiembre de 1930, se produce el primer golpe de estado en la
Argentina. Fue encabezado por el comandante en Jefe del Ejército, general José
Félix Uriburu en representación del sector corporativo del Ejército, en el claro
intento final de reemplazo del derrocado gobierno de Hipólito Irigoyen, por la
instauración de un gobierno de neto corte fascista. Tres días antes, en el
diario La Nación, se publicaba el texto de renuncia del ministro de Guerra del
presidente depuesto posteriormente, general Luis Dellepiane, en el cual le hacía
saber, entre otros motivos de su proceder, haber observado a su alrededor:
“pocos leales y muchos intereses”. Sin lugar a duda denunciaba el complot que
desde el mes de diciembre del año anterior había puesto en marcha Uriburu.
Enfermo, Irigoyen, delega el día 5 de septiembre el mando al vicepresidente
Enrique Martínez. El día del golpe, un Uriburu “inspirado” en un “alto y
generoso ideal”, guiado, según su saber y entender, por otro propósito que no
sea por el “bien” de la Nación, “sin ambiciones de predominio”, atreviéndose con
total impunidad en la expresión de la palabra haber “liberado a la Nación de la
ignominia” e “interpretando” el sentimiento unánime de la masa de opinión que lo
acompañaba y manteniendo latente el espíritu cívico de la Nación, insta mediante
un telegrama la renuncia de Martínez, agregando que marchaba sobre la Cap. Fed.
al mando de la tropas de la primera, segunda y tercera divisiones de Ejército.
Tal como supo arengar Leopoldo Lugones, con afiebrado frenesí nacionalista: “Ha
sonado una vez más, para el bien del mundo, la hora de la espada.” Se había
consumado así de fácil, el primer sablazo de muerte aplicado en territorio
argentino. El olor a petróleo se hacía sentir y por otra parte, Uriburu no
dejaría pasar la oportunidad para demostrar que él también sabía de
fusilamientos; en enero de 1931 sus víctimas serían los anarquistas: Severino Di
Giovanni y Paulino Scarfó. Ambos fueron fusilados en la Penitenciaría Nacional
Uriburu había cumplido su sentencia: “he venido a limpiar este país de gringos y
gallegos anarquistas”.
Las Fuerzas Armadas argentinas comienzan a poner el ojo visionario hacia un
despotismo más encarnizado en cuanto al trato que se merecen los “enemigos de la
patria”, en otras partes del mundo. Alemania es el ejemplo. Sin pérdida de
tiempo una proclama circula entre entusiastas oficiales del Ejército. Con ello
tendremos una acabada idea de una de las “filosofías” de formación en el
espíritu castrense, que los engolosinaría hasta nuestros días. Una admiración y
adhesión sin límites a conceptos nazis en la política vulgar del
nacionalsocialismo impuestas en ese país por el dictador Adolf Hitler, socava
subterráneamente las mentes militares de este lado.
Predicaba la proclama con rasgos de tinte netamente nazis: “en nuestro tiempo
Alemania ha dado a la vida un sentido heroico. Esos serán nuestros ejemplos”,
“la lucha de Hitler en la paz y en la guerra nos servirá de guía”; (en el golpe
de 1976, más adelante, lo demostrarían).
Sigue: “así será la Argentina”; “a ejemplo de Alemania, por radio, por la prensa
controlada, por el cine, por el libro, por la Iglesia y por la educación se
inculcará al pueblo el espíritu favorable para emprender el camino heroico que
se le hará recorrer”. Se puedo apreciar, al mismo tiempo, conceptos antisemitas
del ministro de Justicia e Instrucción Pública de la Revolución de 1943, Gustavo
Martínez Subiría, quien como novelista adoptó el seudónimo de Hugo Wast. Además,
fue nombrado miembro de la Academia Argentina de Letras y director de la
Biblioteca Nacional. Hoy día, la hemeroteca de ésta última, increíblemente lleva
su nombre. Supo escribir en un libro de su autoría y edición, conceptos como:
“los argentinos no hemos inventado la cuestión judía”; expresa que en un tiempo
se había pensado en dar una porción de tierra en Entre Ríos o Santa Fe para que
se transformaran en nación independiente, pero que la “infiltración” dada en el
comercio, en las finanzas, en las leyes, en el periodismo o en la enseñanza,
todavía no inquietaba, a la vez que se preguntaba: ¿será tiempo todavía?
Agregaba que el descanso del sábado no le preocupaba, dado que se lo denominaba:
sábado inglés. Lo que sí inquietaba su espíritu nazi eran “esas escuelas
misteriosas” con “un alfabeto extraño” que hacía “poco menos que imposible
vigilar el espíritu de esa enseñanza”. Hitler, por lo pronto en esa época,
rondaba los cielos argentinos y europeos, por supuesto.
El 4 de junio, pero de 1943, otro conocido fusilador, el coronel Elbio C. Anaya
y sus oficiales se encuentran establecidos en Campo de Mayo. Abiertos sus
portones de par en par dejan pasar a unos ocho mil efectivos, debidamente
pertrechados de variados armamentos hacia otra aventura que avergüenza las
páginas de la historia nacional. Otro golpe de estado está en cierne sobre la
presidencia ejercida por Ramón Castillo. Se dirigen hacia la golpeada Casa
Rosada, encabezando la avanzada, el general Arturo Rawson quien ejercía el
aparente liderazgo del movimiento. Castillo, acorralado ante las evidencias que
ya a esa altura de los acontecimientos sabía no podría revertir, accede a la
renuncia de su cargo impuesta por las fuerzas de las armas y se refugia en la
cañonera Drummond. Dicen que creyó hasta último momento contar como aliados suyo
a la Marina de Guerra. Pero, lejos de ser así, las deslealtades mostraban su
peor rostro, la de la traición, la de la conspiración, dado que ya por esas
horas, los almirantes: Sabá y Sueyro habían “consolidado” el apoyo de Marina al
general que se encaminaba a otro despropósito militar. Castillo se había quedado
sólo. Tres meses antes, el 10 de marzo, se había constituido en el Hotel Conte,
una logia militar conocida como Grupo de Oficiales Unidos (GOU). Estaba
representada por los tenientes coroneles: Miguel A. Montes y Urbano de la Vega.
Pero el verdadero instigador de este factor de poder militar había sido el
entonces coronel: Juan Domingo Perón.
Nuevamente se hacen presentes las consabidas consignas de propaganda y excusa en
el que la realidad verdadera sólo se podía hallar en la aplicación de
represiones injustificadas. Se asignaron, entre otros conceptos, ser las filas
militares “fieles celosas guardias del orden y las tradiciones del pueblo
argentino”. No conformes alegaban en su defensa “ser conscientes de la
responsabilidad que asumían ante la historia y el pueblo” que era “imponer el
deber que esa hora reclamaba en defensa de los sagrados intereses de la patria”.
Conocido, parecido palabra más, palabra menos, al caballito de batalla empleado
durante todos los golpes militares que se sucedieron. Entrevistado por el diario
La Prensa pocos días después, el 16 de junio, el general Ramírez respondía ante
la pregunta del cronista: ¿Qué es la Argentina? Arrogantemente decía: ¡Eso soy
yo! El general Rawson, quien había ocupado como primer mandatario de facto, sólo
las primeras 24 horas luego del golpe, les bastaron para definirlo y no ante los
medios, sino en el Boletín Militar N° 12298. En él exponía su punto de vista de
ésta manera: “evidente convicción de que una concepción moral se ha entronizado
en los ámbitos del país como sistema”, agrega que “todo bajo el amparo de
poderosas influencias de encumbrados políticos argentinos que impiden el
resurgimiento económico del país”; sostiene categórico: “el comunismo amenaza” y
“la Justicia ha perdido su alta autoridad moral”; “las instituciones armadas
están descreídas”; para concluir arengando cínicamente: “la educación de los
niños está alejada de la doctrina de Cristo”; “la ilustración de la juventud sin
respeto a Dios, ni amor a la Patria.”
¡Hermosa “ilustración” de autoridad moral y de Justicia la que emprende con el
ejemplo de un golpe de estado, para la conciencia de los niños y jóvenes
argentinos de cómo se debe obrar, la del general! Creyó el seguramente y hasta
en lo más íntimo de su ser, que esas frases merecerían a su corto entender, un
ideario para la posteridad grabadas en el bronce que se creía merecedor. Pero el
general Pedro Pablo Ramírez, en primer término, le corta los sueños y luego otro
general, para no ser menos, Edelmiro J. Farrel, ocupa el anhelado sillón en la
Casa Rosada. Nombra como ministro de Guerra interino al coronel que venía
pujando de atrás: Juan Domingo Perón. Éste, logra el 10 de diciembre de 1943,
ocupar el cargo de Secretario de Trabajo y Previsión, un trampolín
importantísimo para sus aspiraciones políticas futuras.
Pero otro acontecimiento acontece, si se quiere fortuito, pero gravitante y
decisivo en la vida de éste hombre que estaba a punto de convertirse en un líder
de masas, aglutinado tras un movimiento político denominado por él como:
Movimiento Nacional Justicialista o habitualmente: Peronismo.
Corría enero de 1944 y el día 10 se presentaba de luto para la provincia de San
Juan. A la 20:45 hrs. un terremoto de características inusuales la destruye.
Corolario luctuoso final: 7.000 muertos y 12.000 heridos. Se moviliza la
sociedad y, en un festival llevado a cabo en el famoso Luna Park, a beneficio de
las víctimas, concurren, el coronel Juan Domingo Perón, que por ese entonces ya
ostentaba tres cargos gubernamentales en su poder: vicepresidente de la Nación,
ministro de Guerra y de Trabajo y Previsión y una ignota joven actriz de tan
sólo 24 años: Eva Duarte. Inmediatamente viven juntos, se dice. Esta relación,
estrictamente privada en la vida de ambos, no pasaría para nada desapercibida
por el Ejército, ni por la Iglesia. Tendrá sus derivadas consecuencias, tanto en
la aceleración del final en el gobierno de Farrel, como en la gestación de una
identidad nacional que marcará para siempre el rumbo político de la Argentina.
El 9 de octubre, una sublevación militar encabezada por el general Ávalos exige
la renuncia de Perón. Éste es confinado en la prisión de la isla Martín García.
El 17, una movilización de características inusitadas para la época, se pone en
camino a la Plaza de Mayo. Pide por Perón. Farrel, desbordado, desde los
balcones de la Casa Rosada les pide 24 hrs. Nadie se mueve. Al otro día,
triunfante, Perón hace su aparición en los balcones que lo inmortalizarían.
Comenzaba así una larga historia de idas y venidas en la lucha antagónica que
protagonizarían peronistas y antiperonistas durante 30 años de extrema
convulsión política en el quehacer nacional. Perón ocupa dos períodos
presidenciales: 1946-1952 y 1952-1955, año en que es derrocado por un nuevo
golpe de estado encabezado por el general Eduardo Lonardi, el general Pedro
Eugenio Aramburu y el contralmirante Isaac F. Rojas. Se le denominó: “Revolución
Libertadora” .
Ocurrió, exactamente, el 16/09/55.
Poca vida en el poder para Lonardi a pesar de sostener una proclama
revolucionaria (otra como tantas anteriores) al día siguiente del golpe: “les
decimos sencillamente con plena y reflexiva deliberación: la espada que hemos
desenvainado para defender la enseña patria no se guardará sin honor”. Un nuevo
sablazo sobre el lomo de la Patria y la Constitución que decían respetar.
Sin embargo, en contra le jugó a Lonardi su política de conciliación con algunos
sectores peronistas. Son actos, si se quiere ingenuos para alguien rodeado de
personajes de acérrimo odio hacia el “tirano déspota depuesto”, quien era
innombrable.
Pedro Eugenio Aramburu era uno de ellos, nada le cuesta destituir a Lonardi el
13 de noviembre y entronizarse en el sillón de Rivadavia.
Aramburu, pone manos a la obra y resuelve borrar la memoria y si se puede, la
historia más reciente, la de Perón y claro, la de “esa mujer”, diría más tarde
Rodolfo Walsh.
Proscribe al peronismo mediante el decreto ley n° 4161, publicado en Boletín
Oficial del 05/03/56, en donde claramente en su art. 1 dice textualmente: “queda
prohibido en todo el territorio de la Nación: a) La utilización con fines de
afirmación ideológica peronista efectuada públicamente o de propaganda
peronista, por cualquier persona... de imágenes, símbolos, signos, expresiones
significativas, doctrinas, artículos y obras artísticas que tuviesen tal
carácter o pudieran ser tomadas por alguien como tales, pertenecientes o
empleados por los individuos representativos u organismos del peronismo. Se
considera especialmente violatorio de estas disposiciones la utilización de la
fotografía, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente
depuesto, las composiciones musicales “Marcha de los muchachos peronistas” y
“Evita capitana”, fragmentos de las mismas y los discursos del presidente
depuesto y de su esposa o fragmentos de los mismos...” Un odio visceral corría
por las entrañas del general hacia todo aquello que tuviera signo peronista.
Esta nueva cara de la moneda de un país antagónico desde sus raíces o nacimiento
en adelante, comenzó a ser un reflejo de lo que vendría con el correr del
tiempo. En el campo económico, cabe mencionar la activa participación del
economista Raúl Prebisch, en su insistente y afán interés en procurar el
interés, puesto de manifiesto en su informe preliminar acerca de la situación
económica de ese momento, recomendando el ingreso de la Argentina en
instituciones extranjeras, como el FMI y el Banco Internacional de
Reconstrucción y Fomento, para la adquisición de “una cantidad considerable de
capital extranjero”. En buen romance: deuda externa.
Ya que según él, la distribución de la riqueza en un orden redistributivo
correspondía a una “perturbadora ilusión” que entorpecía y aquejaba seriamente
un impulso de crecimiento. Otro paso, fue, sostener a cualquier costo el mercado
libre de cambios. En otro buen romance: el pleno neoliberalismo en marcha.
Pero Aramburu era militar. Y, todo aquel que en nuestro país se precie de buen
militar, no puede quedarse atrás en puntería y algún tirito le gusta practicar
de vez en cuando. La oportunidad de fusilar les llegó cuando el alzamiento
militar del general Juan José Valle, entre los días del 9 al 10 de junio. Se
ejecutó, además de los “rebeldes”, a un grupo de personas que se hallaban
reunidas en una casa particular en Florida, escuchando por radio una pelea de
box. Luego de arrestados bajo un supuesto cargo de conspiración en contra de la
Revolución Libertadora, fueron trasladados sin notificarlos a un descampado que
se encontraba ubicado cerca de la estación del F.C. Mitre, en José León Suárez y
los fusilaron a punta de pistola y máuser, por orden del teniente coronel:
Desiderio Argentino Fernández Suárez. El periodista Rodolfo Walsh, escribió e
investigó los hechos exhaustivamente dando nacimiento a un libro emblemático en
el periodismo y revelador de la verdad allí ocurrida: Operación Masacre.
El odio y la revancha a Perón, por parte de la Libertadora, en ningún momento
concluirían, todo lo contrario, se acrecentarían aún más. Y le llegó el turno a
Eva Perón. El almirante Isaac Rojas, junto al fusilador de la Patagonia, general
de caballería Elbio Carlos Anaya, investigaron posibles o supuestos delitos de
la exprimera dama y su entorno. Juntas investigadoras, se encargaron
exhaustivamente de poner en movimiento prácticas de rastreos que, en definitiva,
no los condujo a ningún puerto, o sea, llegar a conclusiones o pruebas que
pudiera ser revelador, sorprendente y tal vez una vez logradas, darle con ello
un golpe de nock-out a un mito viviente como era Eva Duarte: “Evita” para sus
queridos descamisados. Fracasaron. Con el cuerpo embalsamado de Evita, Pedro
Eugenio Aramburu, también se ensañaría, también se tomaría revancha cruel.
Dispuso de un operativo secreto, largo, complicado, para que fuera sacado del
país. En eso, se puede decir que no fracasó Aramburu, sí, hasta contó con el
apoyo de la orden de San Pablo.
Fue denostada y fue venerada a más no poder, tanto en vida como en la hora de su
muerte, un cadáver al que no le dieron descanso a lo largo de dieciocho años. La
Libertadora, contribuyó así a otro tramo nefasto para la historia del país que,
sumaría más motivos de venganzas y enfrentamientos sangrientos poco después.
Luego vendría Arturo Frondizi. Fue virtualmente tironeado por dos extremos: por
un lado, por el poder militar y en el otro, el poder peronista, manejado, éste
último, desde el exilio por su líder: Perón, quien le demandaba participación
electoral como compromiso del pacto que se había consensuado para la obtención
de votos necesarios para asumir la presidencia, tal como lo había hecho, el 1°
de mayo de 1958.
Al año siguiente, Se inicia una formidable huelga de obreros de la carne del
frigorífico Lisandro de la Torre; se oponían a la privatización. Corría enero.
El día 17, se declaró huelga general. La represión se puso en marcha de mano del
comisario Luis Margaride. El Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado) le
dejaba hacer lo suyo, que era reprimir. Se había promulgado en la segunda
presidencia de Perón y al que nunca se le había echado mano hasta ese momento.
Los activistas podían ser juzgados en tribunales militares. Fueron despedidas
del frigorífico en conflicto unas 5000 personas. En mayo una huelga de bancarios
dura unos 70 días. Sigue la represión. Se los insta bajo amenaza volver a ocupar
sus puestos de trabajo.
Se los trata de ubicar en sus domicilios y a quien encuentran en él, es llevado
a la fuerza a las entidades bancarias o detenido. Se llega al extremo, de tener
que ocupar personal militar para cubrir puestos de atención al público.
Frondizi, llega a poseer en su haber el record de más planteos militares e
intentos de golpes de estado: 26 y 6, respectivamente. A Frondizi dos sucesos le
juegan verdaderamente en contra: su tardanza en la decisión de romper relaciones
con Cuba y apoyar su exclusión del sistema interamericano, agravado, según el
ojo castrense a una reunión secreta mantenida con el “Che” Quevara y la
determinación de no proscribir al peronismo en las elecciones de gobernadores,
que se aproximaban para el 18 de marzo.
El 28 de marzo de 1962, diez días después de las elecciones, fue apresado y
confinado a la isla Martín García. Sin alcanzar a terminar su cuarto año de
gobierno, los comandantes en jefe de las tres Fuerzas Armadas, le asestaron otro
duro sablazo al país.
José María Guido, juró como nuevo presidente de la Nación en el Palacio de los
Tribunales ante la Corte Suprema Justicia. El compromiso con el que pudo evitar
a grupos militares que eran partidarios de la imposición de un dictador militar,
llegó de la mano de un acta. En ella se le “ordenó” la anulación de las últimas
elecciones enviando intervenciones a todas las provincias. Así se hizo. El
Congreso Nacional entró en receso forzado luego de una última reunión que se
debió a la modificación de la Ley de Acefalía. Se proscribió nuevamente al
partido peronista poniendo en vigencia el decreto ley 4161/56, asimismo con otro
decreto el 8161 se prohibía al Partido Comunista: “la acción nefasta y
subversiva del comunismo que pretende socavar los elementos de nuestras
instituciones libres”. Llegaría la primera acción policial de represión, bajo la
figura de la desaparición de personas y la primera víctima se llamó Felipe
Vallese, 22 años.
La noche del 23 de agosto de 1962, mientras caminaba por la calle Canalejas
1776, en el barrio de Floresta, ocho personas lo golpearon salvajemente y
“chupado” para ser luego introducido en un Fiat 1100. Según el periodista Julio
Barraza, quien investigó el caso y que posteriormente sería asesinado en el año
1974 por la Triple “A”, el objetivo de su verdugo, el comisario de la bonaerense
Juan Fiorillo, era lograr mediante torturas que Vallese le respondiera dónde
hallar a Pocho Rearte, aparente responsable del asesinato de dos sargentos de la
comisaría 1° de Regional San Martín. Lo cierto es que el cuerpo de Felipe
Vallese jamás fue encontrado y nunca se reconoció su detención. Fiorillo, por su
parte, tuvo en 1974 participación en la Triple “A” y en los campos de
concentración de la dictadura militar, poco después.
Pero dos facciones rivales dentro del Ejército estaban en pugna, se
correspondían al denominado “Partido Militar” que había condicionado la
gobernabilidad de José María Guido.
Enfrentados, los “Azules” y los “Colorados” llegarían al derramamiento de sangre
un 2 de abril de 1963. Los primeros, en la jerga militar, denominaron así a las
fuerzas del bando propio quienes pretendían un sistema de partidos políticos en
el cual tuviera participación el peronismo sin Perón, su líder en el exilio;
también, convocar a elecciones generales y otorgar vigencia a las instituciones.
Se encontraban a la cabeza de dicho movimiento los generales: Onganía, Rauch,
Pistarini, el brigadier, Rattembach, el comandante, Alzogaray y el coronel,
López Aufranc. Mientra la Marina, expectante, permanecía neutral.
Por su parte, los segundos, correspondían a antiperonistas acérrimos, por lo
tanto, excluían de plano al peronismo de cualquier contienda política en el
futuro, sosteniendo que un tenaz gobierno militar echaría por tierra hasta
disolverlas: las bases del “tirano”, creador a los ojos de éstos, de un
“populismo demagógico” que no se podía volver a tolerar, tomando igual posición
respecto del comunismo.
El mando de esta ala militar roja estaba integrado por los generales: Toranzo
Montero, Arana, Labayrú, el secretario de Guerra, Cornejo Savaria, y el ministro
de Defensa, Lanús. Guido por su parte apoyado por los “azules” avanzaba en el
camino trazado desde un principio que era el de integrar al peronismo sin Perón.
Entre el 19 y 23 de septiembre de 1962, todos los movimientos militares
correspondieron a enfrentamientos en lo que se denomina guerra de posiciones,
librándose algunas escaramuzas y no demasiado significado en cuanto a combates.
Mediante el famoso Comunicado 150, redactado por Mariano Grondona, los azules
daban la “imagen” de legalistas, aunque en el fondo se trataba de ideología
antiperonista y anticomunista visto desde diferentes ángulos respecto de sus
rivales.
Finalmente, llegado el 2 de abril, de madrugada y con el apoyo del almirante
Rojas y casi toda, ésta vez, la Marina en pleno cubriendo sus espaldas, los
conjurados tramaron imponer como presidente en lugar de Guido a un militar
retirado, muy conocido por su antiperonismo visceral, Luciano Benjamín Menéndez.
Tres días duraron los combates dejando como saldo entre 15 y 24 muertos y unos
500 heridos. La victoria del sector “azul” dio espacio a la concreción del
llamado a elecciones para el 7 de julio de 1963, acentuando el tilde gorila en
el decreto 4046 del 18 de mayo en el cual se dictaminaba la prohibición
explícita a la Unión Popular a la presentación de sus candidatos. Perón hizo un
llamado al voto en blanco.
Es así como la Unión Cívica Radical del Pueblo, representada en la fórmula
compuesta por Illia-Perette, logra en votos el 25.15%, asumiendo la primera
magistratura del país, el 12 de octubre de 1963, escaso en las posibilidades de
ejercer un gobierno sin sobresaltos. Y los tuvo. Los tres comandantes en Jefe
retuvieron sus cargos. Onganía en Ejército, Varela en Marina y Armanini en
Aeronáutica. Pronto se hacen eco endémicas críticas en diversos medios de
comunicación en cuanto a la lentitud con que se manejan las decisiones de
Estado. El irreverente apodo a Illia de “tortuga” comienza a inquietar. Además,
otra vez el tema sobre intereses petroleros comienza a emanar su inquietante
olor a fermentación, dando a entender como una buena señorita “honesta”:
“mírame... pero no me toques”.
Álvaro Alzogaray, luego de un viaje por Estados Unidos y Europa, le envía una
carta, que da a conocer el 6 de noviembre “La Prensa”, en el cual le informa a
Illia, “haber captado ciertas impresiones a inquietudes en círculos responsables
al tema del petróleo y acuerdos de garantía. Que si se lo transformara en un
tema político con propósito deliberativo o simplemente por un manejo erróneo, la
Argentina pasará lisa y llanamente a un segundo plano en la consideración de los
organismos internacionales responsables y de los inversores auténticos y verá
acentuarse a corto plazo la desocupación, la recesión económica y la inflación
(...) lo que sí está en juego es que nadie, ni argentinos ni extranjeros
invertirán sus capitales en Argentina.”.
El “Ingeniero” puso su granito de arena tratando de echar miedo al gobierno y
leña al fuego a sus amigos castrenses.
No obstante, en Boletín Oficial del 19 de noviembre de 1963, se difunde el
decreto Ley n° 744, promulgado cinco días atrás en el que se establece la
anulación de los contratos petroleros suscriptos por YPF con trece compañías
extranjeras en el gobierno de Frondizi. Comienza así una campaña de desprestigio
alimentada desde las Fuerzas Armadas, pero esta vez con el beneplácito apoyo de
la CGT. Se hacen presentes los rigurosos planteos sindicales. José Alonso, de la
rama textil, entrega un petitorio de quince puntos. El 5 de diciembre le declara
la primera huelga general, junto al metalúrgico Timoteo Vandor a pesar de sus
enfrentamientos. En mayo del año siguiente, ochocientas fábricas del gran Buenos
Aires fueron ocupadas, se realizaron otros seis paros generales y el control de
once mil establecimientos diseminados a lo largo del país.
Unión Industrial Argentina no se queda atrás en la campaña, justifica los paros
que sufrían sus propios establecimientos alegando que nunca habían sido mejores
las relaciones con sus trabajadores. ¡Oh! ¡Qué tremenda casualidad! ¿Patrones y
obreros hermanados en la desgracia? No. En agosto, una luz de esperanza llega
con un cable enviado desde Madrid en dónde se informa que regresa Perón. Todos
enloquecen, tanto que el 17 de octubre, los sindicalistas olvidan todo agravio
sufrido por su partido y no dudan en solicitar la intervención del Ejército y
poner fin al gobierno de Illia. Todo vale ahora, hasta ser golpista. Mas, el 1°
de diciembre, los sueños se frustran, el avión que trae a Perón de regreso a la
Argentina solo llega a Brasil.
El llamado: “Operativo Retorno”, había fracaso rotundamente. Luego, en 1965
Vandor se enfrenta al General, desafiando de alguna manera su liderazgo y
concepción de ver la política a instrumentarse en el futuro, sosteniendo que la
forma en la que debería reorganizarse al peronismo es desde las bases, desde
abajo.
Sin pérdida de tiempo, ni lugar a las cavilaciones, el “lobo” Augusto Timoteo
Vandor, es expulsado de la CGT, a instancias de Perón en Puerta de Hierro,
Madrid. Pero no se queda quieto. Sus contactos con los “azules” son muy fluidos
y no fue ajeno a la preparación del derrocamiento de Illia, puesto en marcha por
Onganía. En 1979, “el lobo”, sería asesinado.
Juan Carlos Onganía, renuncia a su puesto como comandante en jefe del Ejército
el 23 de noviembre de 1965, cerrando así un año para el gobierno con la
esperanza que, al igual que la visión a veces falsa de un ojo de agua en un
desierto, toma esta decisión como una victoria propia, en confusión a lo que en
realidad era:
La aproximación de otro sablazo militar al poder civil, eso sí, debidamente
planificado, a la hora señalada. Y en 1966 la hora llegó. Alegando vacío de
poder y creyéndose garantía única de orden, el 27 de junio, el comandante del II
cuerpo de Ejército, general Carlos A. Caro, fue destituido y arrestado por ser
contrario al golpe y, por la noche, Illia fue informado de su destitución. Éste,
resiste a la orden que se atreven a impartirle los nuevos “inspirados” de la
Patria, autodenominados, ésta vez, como: “Revolución Argentina”. A las 5:30 hrs
del día 28, el general Julio Alzogaray y otros tres oficiales, entre ellos: Luis
César Perlinger, concurren al despacho del mandatario, se apersonan altivamente
ante no sólo un digno presidente como lo había sido Don Humberto Illia, sino
ante una persona honesta y merecedora de todo respeto, mas, cobardemente, le
exigen la renuncia. Para sorpresa del general golpista, recibe nuevamente la
negativa de Illia. Finalmente, de manera cobarde y vil, con la ayuda de
efectivos del Cuerpo de Guardia de Infantería de la Policía Federal, entre
empellones y apretujones y bajezas, son desalojados por la fuerza el presidente
y sus colaboradores de la Casa Rosada. Dieciséis años más tarde, uno de los
golpistas reconocería su error en una carta al Dr. Illia, en la que le
expresaba: “Hace años el Ejército me ordenó desalojarlo. Usted me repitió que
mis hijos me lo iban a reprochar. Cuánta razón tenía.” Fdo. General Luis César
Perlinger.
A la “Revolución Argentina” no le podía faltar: su consiguiente proclama, ni sus
acostumbrados seguidores. Para la primera, se preparó un ideario que entre otras
cosa manifestaba “haberse realizado un último y exhaustivo análisis de la
situación general del país, como así también de la múltiples causas que han
provocado la dramática y peligrosa emergencia que vive la República”.
En definitiva que, ese “examen” ponía de manifiesto una pésima conducción de
gobierno que ellos debían subsanar, dado que se había “provocado la ruptura de
la unidad espiritual del pueblo argentino”, además la “apatía y pérdida del
sentir nacional”, “quiebra de principios de autoridad”, “ausencia de orden y
disciplina que se traducen en hondas perturbaciones sociales”, “en un
desconocimiento del derecho y la justicia” y aquí viene lo esperado: “Todo ello
ha creado condiciones propicias para una sutil y agresiva penetración marxista
en todos los campos de la vida nacional” y lo que es peor: “suscitando un clima
que es favorable a los desbordes extremistas y que pone a la Nación en peligro
de caer ante el avance del totalitarismo colectivista”. Por ende, concluyen:
“Las Fuerza Armadas en cumplimiento de su misión de salvaguardar los más altos
intereses de la Nación, deben adoptar de inmediato las medidas conducentes a
terminar con este estado de cosas y encauzar definitivamente al país hacia la
obtención de sus grandes objetivos nacionales”. Nada les faltó a estas ya
acostumbradas perolatas castrenses. Pero claro, veamos como ellos, tan
respetuosos del dramatismo nacional que embarga al pueblo, de la justicia, del
derecho, del principio de autoridad, etc, proceden. Primero asumiéndose como
reemplazo al poder político. Destituyendo al presidente y vicepresidente.
Gobernadores y vicegobernadores. Disolviendo el Congreso Nacional y la
Legislaturas Provinciales. Separando de los cargos a los miembros de la Corte
Suprema de Justicia y al Procurador General de la Nación. En definitiva,
injertando por encima de la Constitución Nacional, un engendro de manifiesto
llamado: Estatuto de la Revolución.
El 29 de junio asumió el dictador general, Juan Carlos Onganía, jurando observar
fielmente el escupitajo dado a la República como forma de vida futura.
Los segundos, los seguidores fieles del orden castrense no los abandonaron, muy
por el contrario, se explayaron a gusto. Por ejemplo, el inefable admirador de
dictadores, Bernardo Neustadt, en “Extra” de agosto de 1966, escribía:
“(...)Detrás de Onganía, queda la nada. El vacío, el abismo último... Onganía
hace rato que probó su eficiencia. La de su autoridad. La del mando. Si organizó
un ejército desteñido de orden, ¿por qué no puede encauzar un país? Puede y
debe. Lo hará (...).
Otro. En “Primera Plana” el 30 de junio de 1966, Mariano Grondona: (...) La
Nación y el caudillo se buscan entre mil crisis, hasta que, para bien o para
mal, celebran su misterioso matrimonio (...).
Otros. La Nación. 30 de junio de 1966. “Francisco Prado, secretario general de
la CGT, José Alonso, Augusto Vandor y el mismo general Perón desde el exilio
dieron declaraciones de apoyo al golpe”.
Más. No faltaron los indispensables apoyos de grupos de gran parte del poder
económico y otros, elementales para el régimen, fueron encontrados en históricos
sectores de la Iglesia.
Los civiles que ocuparon cargos dentro del gabinete de Onganía estaban
comprendidos por ende, con hombres de actuación fervientemente católica,
empresarios de la derecha social cristiana, nacionalista católica,
pertenecientes, en su mayoría, al Ateneo de la República. Los ministerios de
Interior y de Educación fueron partidarios de arrasar con la ideología de
izquierda comunista, interponiendo un férreo control dictatorial en los ámbitos
de medios de comunicación y educación. A esta última le llegara una de sus horas
más terribles y lamentables: “La noche de los bastones largos”.
Y las excusas a tanto atropello venidas de la parte oficial no se hicieron
esperar. El ministro del Interior, entre otras mendacidades, decía: “La actitud
asumida por el gobierno nacional frente al problema universitario responde a un
insistente clamor de la opinión pública (...)” . El ministro de Defensa por su
parte, también se encargó de expresar: “Si por infiltración comunista debemos
entender la entrada desde el exterior de elementos o agentes comunistas, la
respuesta es que en estos últimos años la infiltración comunista ha sido mayo y
que es evidente que se utiliza a Cuba (...) como el centro de expansión del
comunismo (...) Donde se advierte mayor penetración marxista es en el ámbito
universitario y en los sectores intelectuales, aun cuando en este último tiempo
han perdido terreno en las universidades.”
Estaba sentenciado: La mediocridad y la ignorancia deberían apoderarse de las
aulas. Molestaba el sistema que regía en las universidades de gobierno
tripartito (docentes-graduados-estudiantes). Eran considerados enemigos
políticos, por lo tanto se prohibía el ejercicio de la política, decidiéndose
aplicar la intervención de las universidades nacionales. No se hizo de manera
consensuada, ni para nada delicada. No. La noche del 29 de julio, la siempre
lista Guardia de Infantería de la Policía Federal, en cinco universidades de la
UBA, y en momentos en que se dictaban las clases, entraron a los bastonazos y
disparando gases lacrimógenos, al grito de: “salgan comunistas de mierda! O
¡judíos hijos de puta!” , fueron golpeando salvajemente a alumnos, profesores y
decanos, llevándoselos detenidos con cabezas y rostros ensangrentados, ya que en
la mayoría de los casos fueron obligados a pasar con los brazos en alto entre
dos filas de uniformados de azul, descargando éstos toda su vehemencia y su odio
con golpes de bastones de goma o madera, culatas de fusiles, patadas, golpes de
puño e insultos de todo calibre. De ello pudo dar un fiel testimonio el profesor
de la Universidad de Massachussets: Warren Ambrosse, quien esa noche se
encontraba en la Facultad de Ciencias Exactas, considerada por el gobierno de
facto como “una cueva bolchevique y revolucionaria” y que en una carta enviada
al editor del diario The New York Times, perplejo por lo vivido, denunciaba lo
anteriormente detallado, y entre otros párrafos agregaba: “Esta humillación fue
sufrida por todos nosotros, mujeres, profesores distinguidos, el decano y
vicedecano de la Facultad, auxiliares docentes y alumnos. Hoy tengo el cuerpo
dolorido por los golpes recibidos pero otros, menos afortunados que yo, han sido
seriamente heridos.”
El ultraje a la cultura académica de esa noche, amén de los heridos, trajo como
nefasta consecuencia lo que se dio en llamar: Fuga de cerebros. Renunciaron
masivamente: 1.400 docentes, unos 300 científicos abandonaron el país.
Uno de ellos el investigador Sergio Bagu, quien actualmente reside en México y
tiene 92 años. La Universidad Nacional Autónoma de México lo distinguió con la
máxima categoría en su escala académica. En síntesis, valoró y reconoció a quien
en Argentina por el contrario, por sus investigaciones en ciencias sociales y
como historiador, era por lo menos sospechoso de andar en algo turbio con el
comunismo como bandera. Como hombre lúcido que es sabe que a la hora de emitir
una opinión se debe ser riguroso. Entonces no se calla y dijo en su última
visita al país para recibir del doctorado Honoris Causa de la UBA: “El derecho
al conocimiento comienza con la educación del recién nacido hasta todos los
niveles. Es equiparable a la libertad. Así como un Estado moderno no puede
encarcelar a un ciudadano sin sentencia judicial, no puede privar a un ciudadano
de su derecho a conocer.” Pensamiento que Onganía se dio el lujo de ignorar.
El acontecimiento que posteriormente no pudo ignorar, ocurrió el 29 de mayo de
1969, en Córdoba. La inflación jaqueaba al gobierno, algunas puebladas se
estaban dando en Corrientes y luego en Rosario y maestros y empleados públicos
hacían oír sus protestas. Una tremenda represión desatada contra una asamblea
del Smata el 15 de mayo, el asesinato del estudiante Cabral en Corrientes al día
siguiente, los enfrentamientos en Rosario, en donde también son asesinados otros
dos estudiantes: Bello y Blanco y las intenciones del ministro de Economía
Krieger Vasena de eliminar el sábado inglés a los obreros industrializados del
interior del país y, una quita en el total de sus salarios de un 10%, proveyó de
argumentos al movimiento obrero cordobés a decretar una huelga para el 30 de
mayo. Torres del Smata, López de UTA y Tosco de Luz y Fuerza, decidieron que
fuera paro activo, con marchas y actos de protesta, programado para el mediodía
del 29. A la manifestación de obreros se sumaron estudiantes universitarios,
asimismo la juventud que representaba a la clase media, que en general se veían
afectados también por las políticas implementadas por el régimen de Onganía,
cada vez más empobrecidas, empleados en general, mujeres.
No tardaron en llegar los enfrentamientos con la policía que tuvo que
retroceder. La ciudad de Córdoba era un polvorín. La lucha de la gente se tornó
incesante. En las paredes a modo de grafittis se podía leer cosas como: “Las
barricadas cierran las calles pero abren el camino.” , “Pueblo al poder, milicos
al cuartel.”, “La conciencia comienza por la conciencia, la conciencia es la
desobediencia.” La represión desatada trajo consigo nuevamente la muerte.
Habían sido asesinados los obreros de SMATA que desarrollaban su labor en la
fábrica Kaiser: Máximo Mena y Oscar Castillo. ”Fue necesario el Tercer Cuerpo de
Ejército, rezaba el semanario CGT n° 46 del 5 de junio, para lograr recuperarle
la ciudad al gobierno. No acabó todavía el tiroteo. Las cifras oficiales dan 14
muertos; alguien tan insospechable como el diario alemán, da 50 (...)”. Se
formaron consejos de guerra. Nuevamente el semanario CGT en su n° 47 del 19 de
junio, denuncia que “En un principio, más de 400 detenidos fueron sometidos al
tribunal militar, entre ellos muchos “agitadores” de 14 y 15 años de edad. Entre
los condenados, con penas que llegan a los 10 años de prisión en algunos casos,
hay obreros mecánicos, de Luz y Fuerza, estudiantes universitarios,
secundarios.”
En Estados Unidos, todos los ojos estaban puestos en las consecuencias
económicas y políticas después del “Cordobazo”.
Onganía y su gestión de gobierno fueron criticadas por cierto a esa altura de
los acontecimientos. El dictador dejaba de ser confiable para el país del norte.
El “Economic Survey” decía: “El plan económico de los militares argentinos ha
fracasado.”, el “Financial Times”: “Ahora, la presencia firme y serena del
presidente Onganía ha dejado también de ser una garantía para que reine la
tranquilidad en toda la República.”
El primero en saldar la cuenta negra fue Krieger Vasena el 5 de junio, tres días
después, Onganía, quebrado dejaría vacante el lugar. El mito se había quebrado.
La Junta de Comandantes compuesta por: el general Alejandro Agustín Lanusse, el
almirante Pedro José Gnavi y el brigadier general Carlos Rey, lo depone.
El líder sindical metalúrgico, Augusto Timoteo Vandor, es asesinado a fin de ese
mes de junio, el día 30. Ya se encontraba gobernando al país desde el día 18, el
general Roberto Marcelo Levingston, quien se había desempeñado hasta ese momento
en los Estados Unidos como representante de Argentina en la Junta Inteamericana
de Defensa en Washington.
En 1970, otro golpe al sindicalismo, muere asesinado el sucesor de Vandor en la
CGT, el líder textil: José Alonso. A Levingston le ronda por la cabeza la idea
de un plan intrigante y tal vez ambicioso a primera vista; la formación de
partidos políticos sin líderes o cabezas que los dirijan. Para un general sin
fuerza, una decisión de esa naturaleza puede resultarle letal. El 26 de marzo,
tras la pérdida de confianza de la Junta, es separado de su cargo y es ocupado
por un hombre duro del Ejército, un verdadero caporal del arma de caballería:
Alejandro Agustín Lanusse.
El 29 de mayo, es secuestrado por Montoneros para ser sometido a un juicio
revolucionario, el exdictador, general Pedro Eugenio Aramburu. El Comunicado n°
4 del movimiento revolucionario de fecha 1° de junio, reza lo siguiente: Perón
vuelve - Al Pueblo de la Nación: “La conducción de los Montoneros comunica que
hoy a las 7,00 horas fue ejecutado Pedro Eugenio Aramburu. Que Dios Nuestro
Señor se apiade de su alma.” - ¡Perón o Muerte! - ¡Viva la Patria! - Montoneros.
Las consecuencias de los sucesos del 55 con el derrocamiento de Perón, las del
56 con los fusilamientos indiscriminados de la Libertadora, la dictadura de
Onganía, comenzaban a emerger a la superficie como soberanos latigazos contra
sus mentores que necesitaban indicarles: acá estamos y tenemos memoria.
Los hechos comienzan a sucederse vertiginosamente. Al año siguiente, Aramburu y
Montoneros, vuelve a ser noticia. Para estos últimos la devolución del cuerpo
del general ajusticiado por ellos pasa por un intercambio de cadáveres. Exigen
la devolución del cuerpo de Evita como única condición. En 1971, en el mes de
septiembre, Lanusse devuelve a su acérrimo enemigo Juan Domingo Perón en las
puertas de la residencia de este último en Puerta de Hierro, el cadáver de su
Evita.
El 15 de agosto del año siguiente, en la cárcel de Rawson en la provincia del
Chubut, se produce una fuga masiva de presos políticos. Roberto Santucho,
Enrique Gorriarán Melo y Domingo Mena del ERP; Fernando Vaca Narvaja de
Montoneros; Marcos Osatinsky y Roberto Quieto de FAR, entre otros, logran el
secuestro de un avión en el aeropuerto de Trelew y a las 19:36 hrs, escapan a
Chile. País gobernado por el socialista Salvador Allende. Logran aterrizar en
Puerto Montt para luego trasladarse a Santiago. Otros 19 guerrilleros que
seguían a los primeros, fallan en su intento. Rodeados por efectivos de Marina,
son trasladados a la base naval de Trelew: Almirante Zar. El 22 de agosto, una
semana después, de madrugada, con la excusa de un despropósito intento de fuga,
fueron acribillados en sus celdas individuales que se encontraban en el
subsuelo.
De todos, sólo tres lograron sobrevivir pese a que se encontraban con heridas de
extrema gravedad: María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y René Haidar. Poco
tiempo después, los tres serían asesinados.
El 17 de noviembre, ya finalizando 1972, “Perón Vuelve” se hace realidad, aunque
no en forma definitiva. Poco antes, se hacía circular un folleto del Frente
Universitario de la Coordinadora de la militancia peronista, donde las consignas
eran “por un 17 combativo” “por el retorno incondicional del general Perón a la
Patria.”
Figuraba un texto del 24 de octubre de 1967, cuya autoría era del mismísimo
general en el que reivindicaba la lucha revolucionaria: “(...) La hora de los
pueblos ha llegado y las revoluciones nacionales en Latinoamérica son un hecho
irreversible (...). Las revoluciones sociales se tienen que realizar, que cada
uno haga la suya, no importa el sello que ella tenga. Por eso y para eso, deben
conectarse todos los movimientos nacionales (...) Es necesario entrar a la
acción revolucionaria con base organizativa, con un programa estratégico y
tácticas que hagan viables la concreción de la revolución. (...) El peronismo,
consecuente con su tradición y su lucha, como movimiento nacional popular y
revolucionario, rinde su homenaje emocionado, Al idealista, Al revolucionario,
Al comandante Ernesto “Che” Quevara. Guerrillero argentino muerto en acción
empuñando las armas en pos del triunfo de las revoluciones nacionales en
Latinoamérica.” Fdo. Juan Perón. Las condiciones estaban dadas ya que en el
ánimo y decisión de Lanusse se encontraba la idea de restaurar la democracia,
para según él, quitar todo argumento a la “subversión” (sic). La responsabilidad
de la “guerra” contra los revolucionarios, debía recaer, en el pensamiento de
Lanusse, no sobre las Fuerzas Armadas sino, en el mejor de los casos, sobre el
propio Perón. Asumió el compromiso de no proscribir a Perón y a nadie que
acatara las condiciones impuestas. Lanusse, pretendía una salida institucional
controlada, con un peronismo sin Perón, basado en el “Gran Acuerdo Nacional”. No
podían faltar las toreadas de Lanusse, ni los esquives de Perón, que para lo
cual era un especialista. Al querer forzar Lanusse el regreso del caudillo antes
del 25 de agosto con una arenga final, el 27 de julio en el Colegio Militar,
espetando irónicamente la punzante frase:
“En mi fuero íntimo diré, que no le da el cuero para venir”, Perón no le dará el
gusto, ha sabiendas que no ignoraba que se desataría sobre él una propaganda de
la dictadura, haciéndolo aparecer como un vacilante a la hora de cumplir con
“Perón Vuelve”
Perón pisó suelo argentino el 17 de noviembre de 1972, tenía 77 años y un exilio
de 18. El diario Clarín, en su edición del día después, informaba: “Perón
regresó al país en una máquina bautizada con el nombre de un músico excepcional,
que también luchó por la libertad de Italia.
Cuando la aeronave “Giuseppe Verdi” (...) Las fuerzas militares (...)
convirtieron al aeropuerto y una zona de diez kilómetros de diámetro a su
alrededor en un cerco infranqueable (...) un grupo de simpatizantes que
intentaban a esa hora alcanzar la ruta 205 por el Camino de cintura (fueron)
cercados por veinte tanques de guerra cuyos oficiales observaban desde las
torteas con sus pistolas 45 en la mano, mientras las ametralladoras de los
blindados giraban en redondo.”
Constituido el Frente Cívico de Liberación Nacional, integrado por el
Justicialismo, el Movimiento de Integración y Desarrollo, conservadores
populares y socialistas, se ofrece una alternativa electoral: Frente
Justicialista de Liberación. Esto último y luego de coincidir con el líder de la
oposición: Ricardo Balbín, la Unión Cívica Radical no se constituyera en una
alternativa antiperonista durante las elecciones como el “Viejo” intuía era la
pretensión que se pergeñaba desde los dictadores salientes. Además, Perón
designa a Héctor Cámpora y al conservador popular Vicente Solano Lima para
completar la fórmula que competiría en las elecciones pactadas para el 11 de
marzo de 1973.
“Cámpora al gobierno, Perón al poder, había sido la consigna de la campaña
electoral.
Perón vuelve a España el 14 de diciembre con plena seguridad que en su poder
tenía el control necesario que la mecánica de la política argentina, tan
compleja y comprometida, requería en esos momentos históricos. El 25 de mayo,
Cámpora y Solano Lima, juran ante la Asamblea Legislativa con Presidente y Vice,
respectivamente. La dictadura militar quedaba atrás y el peronismo durante los
próximos tres años sería sinónimo de poder, hasta que una nueva aventura
castrense, un nuevo sablazo a la Nación Argentina se daría un nefasto 24 de
marzo de 1976. Claro que en esos tres años de peronismo, pasaría mucha agua
putrefacta bajo ese viejo y gastado puente. Volviendo al 25, todo era fiesta,
color, exaltación en Plaza de Mayo. “La Opinión” calculaba una asistencia de
algo de “200 mil personas que se apretujaban en su contorno.” Agregaba:
“Difícilmente quienes estuvieron ayer en la Plaza de Mayo hayan podido escapar a
la sensación de que cada uno formaba parte de un todo, que cada uno estaba
protegido por el resto.(...)”.
La primera medida que toma Cámpora día de su asunción, fue la de adelantar la
liberación, de hecho, por la noche, a todos los presos políticos detenidos en
todas las cárceles del país, sin excepción, mientras se instrumentaba el
enunciado de la Ley de Amnistía. En su largo mensaje de 162 carillas en la
Asamblea Legislativa en el que declaró abierto el 98° período de sesiones del
Congreso, dijo, entre otros conceptos:
“Y en los momentos decisivos, una juventud maravillosa supo oponerse, con la
decisión y el coraje de las más vibrantes epopeyas nacionales, a la pasión ciega
y enfermiza de una oligarquía delirante. Cómo no va a pertenecer también a esa
juventud este triunfo, si lo dio todo -familia, amigos, hacienda, hasta la vida-
por el ideal de una Patria Justicialista (...) Por eso la sangre derramada, los
agravios que se hicieron a la carne y al espíritu, el escarnio de que fueron
objeto los justos, no serán negociados.”
Otra de las inmediatas medidas tomadas fue la restitución a Perón en su grado de
teniente general.
Reivindicó la resistencia peronista traducida en luchas populares que no le
dieron finalmente otra opción a los regímenes dictatoriales que la salida del
poder. En el plano internacional se orientó en el apoyo a encontrar una política
en común, latinoamericanista, en contraofensiva del imperialismo y colonialismo.
Por supuesto en que un clima tan enrarecido surgieran diferencias.
El Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) da a conocer su posición y
punto de vista, descalificando a Cámpora: “El Comité Ejecutivo del PRT resuelve:
Mantener la total independencia ante el gobierno parlamentario.
Desenmascarar todos los esfuerzos por aislar a las corrientes progresistas y
revolucionarias (...) Tanto por su programa como por los intereses de clase que
representan los partidos del FREJULI y la mayor parte de los candidatos electos
por ellos, el próximo gobierno parlamentario Cámpora-Solano Lima, representará
los intereses de la burguesía y del régimen capitalista argentino.”
El ERP, anunciaba que no embestirían contra el gobierno: “en tanto éste no
ataque al pueblo ni a sus organizaciones armadas”, ya que “muchas veces nuestro
pueblo fue convocado a treguas que lo único que lograron es que nuestros
enemigos ganaran tiempo para poder reacomodarse y luego atacar con más saña
(...) ahora, debemos luchar más que nunca.”
“FAR Y Montoneros definieron su inmediato accionar como apoyo, fiscalización y
defensa del gobierno para que se profundice la liberación nacional evitando que
el proceso se interrumpa o retroceda”, informaba, el 12 de junio, “La Opinión”.
Como se podía apreciar los choques de ideas, entre los diferentes grupos
revolucionarios, no carecían de contenido, ni profundidad.
Comenzaron enseguida las contradicciones dentro del seno del Justicialismo
produciéndose un marcado vacío de poder que amenazaba nuevamente con otro golpe
militar.
Cámpora no era Perón, era tan sólo uno de los representantes del pensamiento de
éste y por supuesto amigo.
Ahora sí, se preparaba y esperaba con marcada ansiedad y alerta, el regreso
definitivo del caudillo al país.
El 20 de junio de 1973, estimaciones de la época dirían que entre dos y tres
millones de personas, tal vez muchas más, concurren al Aeropuerto de Ezeiza a
manifestarse y así darle la bienvenida a su líder. No se recuerda una
concentración mayor. Se había dispuesto un palco sobre la autopista Riccheri, en
el que supuestamente Perón, dirigiría la palabra a la congregada multitud.
Dentro del movimiento Justicialista existían grupos bien diferenciados, que se
disputaban la hegemonía de un poder central, encolumnado detrás de su líder:
Perón, quien se ocuparía por tercera vez de los destinos del país. Por un lado,
el que respondía a las órdenes del secretario y valet de Perón. Un oscuro y
siniestro personaje, ex - cabo de la Policía Federal, llamado José López Rega,
más conocido por “el brujo”, dado su inclinación y práctica de la astrología
esotérica. Poseyó gran influencia sobre la personalidad de Isabel Martínez de
Perón y sobre decisiones de gobierno, a la muerte de Perón.
Otros grupos eran: el del coronel Osinde, jefe de la SIDE y ex jefe de la
custodia de Perón, una parte de la dirigencia perteneciente al sindicalismo
vandorista, el Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte del Automotor,
asimismo el sindicato de Mecánicos del Automóvil Club Argentino. Toda una
organización armada, de características parapoliciales, que con el tiempo
desembocaría en la formación de la sangarienta organización de ultra derecha,
denominada: Triple A, con la conducción del “brujo” en una carrera sin igual de
extorsiones y brutales asesinatos planificados.
Distribuidos a lo largo de la ruta, con el apoyo de móviles del ACA y sus radios
de comunicación, con un centro de detención y tortura montado especialmente en
el Hotel Internacional de Ezeiza, el cual había sido ocupado ilegalmente, con
ambulancias de obras sociales sindicales, como pantalla en la tarea del traslado
de heridos o muertos, pero que en la práctica se ocupaban más del secuestro de
manifestantes para su acarreo al hotel mencionado, se recibió a los tiros a lo
largo de varias horas a las agrupaciones del peronismo revolucionario de
izquierda, que tenían la expectativa de ganarse un lugar cerca del palco, cerca
de Perón.
Con la noche llegó la calma, el avión que traía a Perón había sido desviado a la
base aérea de Morón.
Roberto Mario Santucho, dirigente del ERP, quien fuera posteriormente asesinado
el 19 de julio de 1976, en plena dictadura militar, por un grupo de tareas en
Villa Martelli, en conferencia de prensa responsabilizó directamente de lo
ocurrido en la masacre de Ezeiza a López Rega y a Osinde.
Nunca se supo la cantidad exacta de muertos y heridos, tampoco jamás se
investigó.
Al día siguiente, Perón en un mensaje al país pide a los argentinos que tengan
fe en el gobierno. Dice expresamente que el camino de reconstrucción del país
debe ser pacífica, “sin que cueste la vida de un sólo argentino”.
El Viejo sabe por viejo, entonces, no se priva de dar concejos: “No es gritando
la vida por Perón que se hace patria, sino manteniendo el credo por el cual
luchamos.
Los viejos peronistas lo sabemos” y también advertencias: “A los enemigos
embozados o disimulados les aconsejo que cesen en sus intentos porque cuando los
pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento (...) guay de los
que carecen de sensibilidad e imaginación para no percibirla (...)”
Haber apoyado indistintamente y al mismo tiempo a movimientos en lucha de la
derecha y de la izquierda por parte de Perón cuando en Madrid prepara el retorno
a la Argentina y el fin de su exilio, no fue una feliz idea, tendría sus
consecuencias y ya se estaban comenzando a vislumbrar.
En reunión de gabinete, José López Rega increpa duramente a Cámpora por la
conducción llevada a cabo por éste en su gestión de gobierno. Cámpora comprende
el mensaje y el 13 de julio, acepta la destitución o el golpe institucional
asestado por el Viejo y presenta su renuncia, la cual es aceptada por ambas
Cámaras.
El yerno de López Rega, Raúl Lastiri, Presidente de la Cámara de Diputados,
tercero en la línea constitucional, se hace cargo provisoriamente de la
presidencia. Se fija el día de las nuevas elecciones: 23/09.
Nuevamente las rupturas salen a relucir.
En la primera semana de agosto, con el fin de definir las disidencias políticas
internas, Perón se reúne con los gobernadores. Allí les expresa claramente que
el camino del Justicialismo se encuadraba recostado en la izquierda, pero “una
izquierda justicialista por sobre todas las cosas, no es una izquierda
comunista, ni anárquica”, les recalcó. “Todo en su medida y
armoniosamente”,agregó. “Tenemos una juventud maravillosa, pero cuidado con que
pueda tomar un camino equivocado.
(...) Cuidado con sacar los pies del plato, porque entonces tendremos el derecho
de darle con todo.”
Claramente, Perón fijaba una posición respecto a las organizaciones
revolucionarias, éstas demandaban un Justicialismo socialista y temían en
puertas la derechización del gobierno que se podía dar con el “destape” de Perón
o con un retrógrado golpe militar.
No obstante Perón ya a fines de 1972, tenía un concepto formado por ejemplo de
Montoneros. Según el testimonio de uno de sus integrantes y conductores: Rodolfo
Galimberi, “Perón veía a la multitud montonera como unos irresponsables pequeños
burgueses capaces de arruinarlo todo.”
En una solicitada publicada en el diario Clarín con fecha 11 de septiembre, ERP
fija su posición alegando diferencias con Lastiri, como le dan a entender en una
carta enviada a la Directora del diario, solicitándole la publicación.
La solicitada salió en primera página, sólo en su primera edición y entre otros
conceptos, fundamentaba:
“(...) Tiene el gobierno una composición heterogénea. Coexisten en él la inmensa
mayoría de la clase obrera y el pueblo, expresados en organismos como la CGT de
Córdoba, las agrupaciones obreras clasistas y combativas, la Juventud Peronista,
las agrupaciones estudiantiles y profesionales y las organizaciones armadas FAP,
FAR y Montoneros. Estas fuerzas populares coexisten con los frondizistas
partidarios de la alianza de clases (...) que en su oportunidad entregaron gran
parte de nuestra riqueza económica al imperialismo yanqui; (...). Los burócratas
como Rucci, Miguel, Otero, etc, representantes de una casta infame que usurpa la
representación de los obreros, vive a costillas de éstos y los traiciona cada
vez que puede (...) Llamamos al pueblo a votar la fórmula Perón-Perón y a
defender el contenido popular de este voto, organizándose en cada fábrica, en
cada taller, en cada barrio, en cada universidad. Por la construcción del
ejército popular. Por la unidad de acciones de las organizaciones
revolucionarias. A vencer o morir por la patria socialista.”
Las elecciones se llevaron a cabo el 25 de septiembre. Triunfante la fórmula:
Perón-Perón, obtenía el 61,85% de los votos. Lejos le seguían Balbín-Fernando de
la Rúa con el 24,29%. Al salir de la casa de un familiar, el secretario general
de la CGT, José Rucci, es emboscado y asesinado a balazos. Montoneros se
inculpan en el hecho. Dos días antes de la asunción de Perón a la primera
magistratura del país, se siguen dando los significativos destellos de alarmas
de las diferentes ideológicas y metodologías en la concepción de la política en
marcha, llena de intolerancias, que en el futuro provocarían el mayor de los
daños. “La Opinión” publica una nota en la que se destaca un hecho policial
grave, especialmente por el precedente que ello implicaría para el futuro. Dice
así: “Una asamblea de estudiantes reunida en el Colegio Nacional de Buenos Aires
denunció la detención de 8 alumnos y 18 compañeros de otros establecimientos
secundarios, (cuando) participaban de un homenaje al argentino Ernesto “Che”
Quevara”.
Al día siguiente, nuevamente “La Opinión” hace público un reportaje distribuido
por la Agencia española de noticias EFE, en el que se puede distinguir el cambio
de posición del general Perón, respecto de la guerrilla.
Previamente preguntado si el problema argentino está focalizado en el plano
económico o político, responde: “El problema afecta a un sector que debe ser
arreglado políticamente y a otro que requiere una solución policial.
Se trata de una nueva forma de delincuencia, de tipo anarco-troskista o
anrco-marxista, ya sabe, esas cosas nuevas que han salido de la guerrilla. Se
trata de gente que debe ser sometida a lo que manda la ley.”
El 12 de octubre de 1973, el general Juan Domingo Perón, asume la presidencia
por tercera vez, acompañado de su esposa como vicepresidente, Isabel Martínez de
Perón. La fórmula Perón-Perón había triunfado.
Ese mismo día FAR y Montoneros anuncian la fusión de ambos movimientos en un
programa en común llamado: Acta de Unidad. Sus dirigentes: Roberto Quieto y
Mario Firmenich, encuadraron sus organizaciones en los puestos asignados por
Perón, quien los recibió en su despacho.
Pero no todo sería color de rosas como muchos pensaban, ya distendidos, con
Perón en el poder, quien en el mes de diciembre marcó las pautas principales
para el llamado: Plan Trienal para los años 1974-1977, en el que resaltaban
básicamente los siguientes puntos: Justicia social; expansión y recuperación de
una economía independiente; incremento sustancial en la calidad de vida de la
ciudadanía; unidad nacional fortalecida con una democracia real; integración
latinoamericana. Dicho plan se correspondía a establecer vínculos con otros dos
a futuro: uno quinquenal que llegaría hasta 1980 y otro decenal que culminaría
en 1985, con miras a la necesidad urgente de apostar fuertemente en una
propagación de divisas obtenidas para lograr así afirmar en la producción un
sustancioso despegue nacional. Para ello, se crea una ley para el freno de
inversores extranjeros que, en un proceso de concentración económica de los
últimos años muy marcado, el abuso era más que evidente. Se crea la
Confederación para el desarrollo de la Pequeña y Mediana Empresa, dirigida por
representantes del Gobierno, de las empresas y trabajadores, con el fin de
recuperar las firmas que habían perdido competitividad en el proceso
anteriormente aludido.
El año 1974, comienza, según el diario “La Nación” del día 21, con una
exhortación del Perón a movilizarse para “aniquilar” el terrorismo. Se debía a
un intento de ocupación de parte del movimiento ERP en un cuartel ubicado en
Azul. Allí es cuando comienza a vislumbrase verdaderamente un “blanqueo” en la
posición tomada por Perón respecto a los grupos revolucionarios en acción.
Pero la contestación llegaría enseguida de boca de Galimberti: “Cuando había que
luchar contra la dictadura éramos la juventud maravillosa, ahora somos los
infiltrados.”
El 1° de mayo, en una concentración en Plaza de Mayo, Perón como único orador,
se dirige a los manifestantes reunidos para celebrar el Día del Trabajador.
Montoneros, Juventud Peronista, al grito de: “¡Qué pasa, qué pasa general, está
lleno de gorilas el gobierno popular!” y también entre las más sobresalientes
consignas: ¡Perón, el pueblo se lo pide, queremos la cabeza de Villar y
Margaride!” o “Si Evita viviera, sería Montonera” , exasperado, el “Viejo” se
enoja y echándolos los increpa respondiendo: [Ver discurso completo de Perón y fragmento audio del 1º de mayo de 1974]
“El gobierno está empeñado en la liberación del país no solamente del
colonialismo sino también de estos infiltrados que trabajan adentro y que
traidoramente son más peligrosos que los que trabajan afuera. Hoy resulta que
algunos imberbes pretenden tener más mérito que los que lucharon durante 20
años. No me equivoqué en la calidad de la organización sindical que se mantuvo a
través de 20 años pese a esos estúpidos que gritan. Estas organizaciones y estos
dirigentes sabios y prudentes han mantenido su fuerza orgánica y han visto caer
a sus dirigentes asesinados sin que todavía haya sonado la hora del
escarmiento.” [VER CANTITOS]
Por Diagonal Norte, los grupos aludidos por Perón se retiran de la Plaza de
Mayo. Montoneros, a partir de ese día aciago para la conducción y sus cuadros
pasa a la clandestinidad. No había más que decir, estaba todo dicho.
Sólo había que actuar. Y así lo entendieron las dos partes. Por lo pronto, a las
dos semanas, el gobierno designa a los comisarios Alberto Villar y Luis
Margaride, al frente de la Policía Federal. Todo hace suponer por los
“antecedentes” que ostentan, que más que nunca las cartas están echadas sobre la
mesa, y promete ser una lucha feroz, sin precedentes.
Perón no vería las consecuencias, aunque todo hace suponer daba por descontado
que sucederían.
Otros problemas graves aquejaban al gobierno:
desabastecimiento, alza de precios, mercado negro, sindicalistas y empresarios
que no respetaban el Acta de Compromiso Nacional o la Gran Paritaria y Perón que
pedía al pueblo que los identificara y los castigara. Mientras tanto, la Triple
“A” comandada por “Lopecito”, seguía su camino en la implementación del
terrorismo de estado en las sombras. Con el asesinato del padre Mugica en la
Parroquia de San Francisco Solano el 10 de mayo, no se conforma en su raíd
delictivo, le siguen, entre otros, un grave atentado al senador radical,
Hipólito Solari Irigoyen, defensor de presos políticos durante la dictadura.
El 12 de junio de 1974, Perón por la mañana, amenaza con renunciar al ver que no
podía (no lo dejaban) llevar a cabo la implementación del plan de reformas
dispuesto y consensuado con empresarios y sindicalistas en el Acta de Compromiso
Nacional. Por la tarde y como siempre fue su costumbre y su sello, desde el
balcón de la Casa Rosada, elevando sus manos saluda a la multitud que lo había
estado aguardando expectante y pronuncia el que sería su último discurso y que
ha juzgar por sus últimas palabras, él, intuía que así iba a ser.
“Llevaré grabado en mi retina este maravilloso espectáculo, en que el pueblo
trabajador de la ciudad de Buenos Aires y de la provincia de Buenos Aires me
trae el mensaje que yo necesito (...) Yo llevo en mis oídos la más maravillosa
música, que para mí es la palabra del pueblo argentino.”
El 1° de julio, por todos los medios, María E. Martínez de Perón, anunciaba al
país el deceso del Presidente. Tal vez, muy probable, nunca más en la Argentina
vuelva a repetirse un líder político tan importante, tan carismático. Juan
Domingo Perón, lo fue todo: “el general”, “el caudillo”, “el líder”, “el viejo”,
“el tirano”, “el innombrable”, “el fascista”, “el compañero”, “el primer
trabajador”. Fue, también, fuente permanente de encuentros y desencuentros, de
sanas pasiones y de odios virulentos, de actos brillantes o agachadas decadentes
en quienes lo seguían y admiraban, pero en el exilio o en su tierra todo pasaba
por él y para él.
Y ahora, había llegado el momento de despedirlo. Las 62 Organizaciones y CGT,
dispusieron paro general.
A lo largo de tres interminables días con sus tres noches, en el Congreso de la
Nación, fue velado y llorado.
Nuevamente las armas a las calles, el taconeo de botas en la Casa Rosada, el
comunicado Nro. 1 en cadena, y la liberación de un terrorismo de estado genocida
sobre la población.
Comenzaba otra hora aciaga, la más amarga de toda la historia sobre la República
Argentina.
El 24 de octubre de 1975, cuando uno de los mayores genocidas de la que sería la
futura dictadura, declaró al diario Clarín: “Si es preciso, en la Argentina
deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del
país..." Palabra de Jorge R. Videla, se encontraba a pocos meses de que lo
hiciera realidad.
Y lo cumplió: 30.000 personas desaparecidas.
24 de marzo de 1976, a la hora señalada.
Fuente: Investigaciones Rodolfo Walsh
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