LECTURAS
RECOMENDADAS
Los años de una vida (biografía de
GGM, (pdf 390K)
Informe García Márquez
Revista Eñe, Clarín, 19/05/07 (pdf 200K)
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Gabo, quien fue recibido por los asistentes al congreso con una larga
ovación, consideró que el lanzamiento de esta edición conmemorativa de su
novela cumbre debe ser tomado como "la demostración irrefutable de que hay
una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias en lengua
castellana".
En este sentido, señaló que "un millón de ejemplares de 'Cien años de
soledad' no son un millón de homenajes al escritor que hoy recibe sonrojado
el primer libro de este tiraje descomunal", sino la prueba de que "hay
millones de lectores de textos en lengua castellana esperando hambrientos de
este alimento".
"No sé a qué hora sucedió todo, sólo sé desde que tenía 17 años y hasta la
mañana de hoy no he hecho cosa distinta que levantarme temprano todos los
días, sentarme frente a un teclado para llenar una página en blanco o una
pantalla vacía del computador con la única misión de escribir una historia
aún no contada por nadie que le haga más feliz la vida a un lector
inexistente", apuntó el autor.
El encuentro se celebró por primera vez en 1997, en Zacatecas (México). En
2001 tuvo lugar en Valladolid (España) y tres años después recaló en
Rosario (Argentina).
BIOGRAFIA
- Gabriel
José García Márquez , "Gabo", nació en Aracataca, Colombia, en el hogar de
Gabriel Eligio García, telegrafista, y de Luisa Santiaga Márquez Iguarán.
Siendo muy niño fue dejado al cuidado de sus abuelos maternos, el Coronel
Nicolás Márquez Iguarán -su ídolo de toda la vida- y Tranquilina Iguarán
Cortés. El reconoce que su madre es quien descubre los personajes de sus
novelas a través de sus recuerdos. Por haber vivido retirado al comienzo de
su padre, le fue difícil tratarlo con confianza en la adolescencia; "nunca
me sentía seguro frente a él, no sabía cómo complacerlo. El era de una
seriedad que yo confundía con la incomprensión", dice García Márquez.
En 1936, cuando murió su abuelo, fue enviado a estudiar a Barranquilla. En
1940, viajó a Zipaquirá, donde fue becado para estudiar bachillerato. "Allí,
como no tenía suficiente dinero para perder ni suficiente billar para ganar,
prefería quedarme en el cuarto encerrado, leyendo", comenta el Nobel. En
1946 terminó bachillerato. Al año siguiente se matriculó en la Facultad de
Ciencias Políticas de la Universidad Nacional y editó en el diario "El
Espectador" su cuento, "La primera designación". En 1950, escribió una
columna en el periódico "El Heraldo" de Barranquilla, bajo el seudónimo de
Séptimus y en 1952, publicó el capítulo inicial de "La Hojarasca", -su
primera novela en ese diario- en el que colaboró desde 1956.
En 1958, se casó con Mercedes Barcha. Tienen dos hijos, Rodrigo y Gonzalo.
Gabriel García Márquez, quien está radicado en Ciudad de México desde 1975,
en una vieja casona restaurada por él mismo, es amigo cercano de importantes
personalidades mundiales, lo fue de Omar Torrijos y conserva fuertes lazos
con Fidel Castro, Carlos Andrés Pérez, François Miterrand, los presidentes
de México, Venezuela, Colombia y otros muchos.
El 11 de diciembre de 1982, después de que por votación unánime de los 18
miembros de la Academia Sueca, fue galardonado con el Premio Nobel de
Literatura.
La vida y obra del Nobel García Márquez ha sido reconocida públicamente: en
1961 recibió el Premio Esso, en
1977,
fue
homenajeado en el XIII Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana;
en 1971, declarado "Doctor Honoris Causa" por la Universidad de Columbia, en
Nueva York; en 1972, obtuvo el Premio Rómulo Gallegos por su obra "La
Cándida Eréndira y su abuela desalmada". En 1981, el gobierno francés le
concedió la condecoración "Legión de Honor" en el grado de Gran Comendador.
Ese año asistió a la posesión de su amigo y Presidente de la República,
François Miterrand. En 1992, fue nombrado jurado del Festival de Cine de
Cannes.
Sobre, "Del amor y otros demonios", publicado en 1994, dijo Alvaro Mutis:
"es una novela perfecta desde el punto de vista histórico, con fuertes
planteamientos de carácter dogmático en la que aparecen ciertos personajes
cuya caracterización es realmente genial".
Gabriel García Márquez es considerado por un importante grupo de
intelectuales como el escritor vivo más importante del mundo.
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Sólo vine a hablar por teléfono
Una tarde de lluvias primaverales, cuando
viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un automóvil alquilado, María de la
Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una
mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un
cierto nombre como actriz de variedades. Estaba casada con un
prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de
visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas
desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la
tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le
advirtió, eso sí, que no iba lejos.
—No importa— dijo María—. Lo único que necesito es un teléfono.
Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no
llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con
un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan
aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una
mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras
dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después
de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de
encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina de
asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que quedaban
secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz
resonó más que la lluvia y el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió
con el índice en los labios.
—Están dormidas— murmuró.
María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por
mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas
con mantas iguales a la suya. Contagiada de su placidez, María se enroscó en
el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando despertó era de noche
y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea
de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su
vecina de asiento tenía una actitud alerta.
—¿Dónde estamos?— le pregunto María.
—Hemos llegado— contestó la mujer.
El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y
sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las
pasajeras, alumbradas apenas por un farol del patio, permanecieron inmóviles
hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de
órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían
con tal parsimonia en la penumbra del patio que parecían imágenes de un
sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos
cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron en la puerta del
autobús, y les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y
las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas
y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso
devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para
atravesar el patio y la devolviera en la portería.
—¿Habrá un teléfono?— le preguntó María.
—Por supuesto— dijo la mujer—. Ahí mismo le indican.
Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete
mojado.”En el camino se secan” le dijo. La mujer le hizo un adiós con la
mano desde el estribo, y casi le gritó:”Buena suerte”. El autobús arrancó
sin darle tiempo de más.
María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de
detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito
imperioso:”¡Alto, he dicho!”. María miró por debajo de la manta, y vio unos
ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en
el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había
un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas
en la espalda, mientras le decía con modos muy dulces:
—Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.
María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final,
entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas
y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció
más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista
con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido
en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara
su identificación.
—Es que sólo vine a hablar por teléfono— le dijo María.
Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la
carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en
Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería
avisarle que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él
debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara
todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.
—¿Cómo te llamas?— le preguntó.
María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo
encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a
una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.
—Es que sólo vine a hablar por teléfono— dijo María.
—De acuerdo, maja –le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una
dulzura demasiado ostensible para ser real—, si te portas bien podrás hablar
por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.
Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las
mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad,
estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio el sombras, con gruesos
muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de
enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de
llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la
atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra.
María la miró de través paralizada por el terror.
—Por el amos de Dios— dijo—. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a
hablar por teléfono.
Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante
aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza
descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían
muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de
matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado.
El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la
próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella
oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia
carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.
Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un
somnífero. Antes del amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar,
estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama.
Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba
en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la
enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias
miserias.
No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces, el
mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano
monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con
dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del
sanatorio.
Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo.
Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo
reprimir el llanto.
—Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras— le dijo el médico, con una voz
adormecedora— No hay mejor remedio que las lágrimas.
María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes
casuales en los tedios después del amor. Mientras la oía, el médico la
peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la
guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura
que ella no había soñado jamás. Era, por la primera vez en su vida, el
prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma
sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga,
desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su
marido.
El médico se incorporó con toda la majestad de su rango. “Todavía no,
reina”, le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había
sentido nunca. “Todo se hará a su tiempo”. Le hizo después una bendición
episcopal, y desapareció para siempre.
—Confía en mí— le dijo.
Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con
un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas
sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra
del director: agitada.
Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto departamento
del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres
compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos
años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la
ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana.
Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la
noche.
En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados, prescindió del truco
estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de
ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres
años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus
últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado
con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples.
El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las
Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que
no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia.
Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin
ilusiones a que María contestara. En la última ya no pudo reprimir la
inquietud de que algo malo había ocurrido.
De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio
el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo
estremeció el pensamiento aciago de cómo podría ser la ciudad sin María. La
última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en
la puerta. Restaba tan contraído que se olvidó de darle comida al gato.
Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se
llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre
profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una
torpeza social irredimible, pero el tacto u la gracia que le hacían falta le
sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esa comunidad de
grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por
teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo
había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así es que esa noche se
conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó
sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de
una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un
vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la
certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para
siempre, en el vasto mundo sin ella.
Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los
últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses
de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un
cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la
casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era
suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual
decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado.
Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la
escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al
cual abandonó por otro al cabo de dos años de amor. Pero no: había vuelto a
casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le
rogó sin condiciones, le prometió mucho más de lo que estaba resuelto a
cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. “Hay amores cortos y
amores largos”, le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: “Este fue corto”.
Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos,
al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la
encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga
cola de espuma de las novias vírgenes.
María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida
resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica,
la había dejado vestida y esperándolo en el altar. Sus padres decidieron
hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los
mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos
tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.
No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del
corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le
rindió sin concesiones. “¿Y ahora hasta cuándo”?, le preguntó él. Ella le
contest´con un verso de Vinicius de Moraes:”El amor es eterno mientras
dura”. Dos años después, seguía siendo eterno.
María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él,
tanto en el oficio como en la cama. A fines del año anterior habían asistido
a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron Barcelona. Les
gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían
comprado un apartamento en el muy catalán bario de Horta, ruidoso y sin
portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad
posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a
visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de
la noche del lunes. Al amanecer del jueves todavía no había dado señales de
vida.
El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil
alquilado llamó por teléfono a la casa para preguntar por María. “No sé
nada” dijo Saturno. “Búsquenla en Zaragoza”. Colgó. Una semana después un
policía de civil fue a la casa con la noticia de que habían hallado el
automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos
kilómetros del lugar en que María lo abandonó. El agente quería saber si
ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y
apenas si lo miró para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo,
pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para
dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió
perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.
El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por
Pascua Fliorida en Cadaqués, adonde Rosa Regás lo había invitado a navegar a
vela. Estábamos en el Maritím, el populoso y sórdido bar de la gauche divine
en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de
hierro con sillas de hiero donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos
sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de
la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos
viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de
la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quien, pero Saturno
el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto
y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del
bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba
vestido con una especie de pijama callejero de algodón crudo, y unas abarcas
de labrador.
No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de la
Barcloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en
vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el
modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno
lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días
después encontró un nombre nuevo y un número de teléfono escritos por María
en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló
de quien eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo:
veintidós años, hijo único de una familia de ricos, decorador de vitrinas de
moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como
consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la
noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono
todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana
hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono
a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.
Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. “El
señorito se ha ido”, le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo.
Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba
ahí la señorita María.
—Aquí no vive ninguna María— le dijo la mujer –el señorito es soltero.
—Ya lo sé –le dijo él—. No vive, pero a veces va. ¿O no?
La mujer se encabritó.
—¿Pero quién coño habla ahí?
Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo
que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el
control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los
conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la
desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los
trasnochadores impenitentes de La gauche divine, y le contestaban con
cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué
punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la
que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato,
se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a
María
A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio.
Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos
encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del
general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al
principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de
maitines, laudes, vísperas y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor
parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a
trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas
atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue
incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían
los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por
integrarse a la comunidad.
La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por la guardiana que
los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco
dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel
periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas en la
basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la
del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores
artificiales le permitieron un alivio efímero.
Lo más duro era la soledad en las noches. Muchas recusas permanecían
despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la
guardiana nocturna velaba también en el portón cerrado con cadena y candado.
Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con vos
suficiente para que oyera su vecina de cama:
—¿Dónde estamos?
La voz grave y lúcida de la vecina le contestó:
—En los profundos infiernos.
—Dicen que esta es tierra de moros—dijo otra voz distante que resonó en el
ámbito del dormitorio—. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay
luna, se oyen los perros ladrándole a la mar.
Se oyó la cadena de las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se
abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio
instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María
se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué.
Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había
propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó
con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por
chocolates, por lo que fuera. “Tendrás todo”, le decía, trémula. “Serás la
reina”. Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba
papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los
sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de
estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la
derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.
Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se
acercó ala cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades
tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos
yertos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis
de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir más lejos.
María le soltó entonces un golpe con el revés de la ,mano que la mandó
contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del
escándalo de las reclusas alborotadas.
—Hija de puta— gritó—. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te
vuelvas loca por mí.
El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar
medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse
durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al
espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las
naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de
los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina
abandonada, y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de
súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que
se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:
—Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete
segundos—
—Maricón— dijo María.
Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando
escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta
tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuera el número de su
casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre familiar con su tono
ávido y triste, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del
hombre de su vida en la casa sin ella.
—¿Bueno?
Tuvo que esperar a que pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la
garganta.
—Conejo, vida mía –suspiró.
Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio
de espanto, y la voz, enardecida por los celos escupió la palabra:
—¡Puta!
Y colgó en seco.
Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la
litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el
vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobro rabia para
enfrentarse a golpes con los guardianes que trataron de someterla, son
lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con
los brazos cruzados, mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta
el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua
helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por
la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el
mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana
siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó en puntillas y tocó
en la celda de la guardiana nocturna.
El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevare un mensaje a
su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en
secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.
—Si alguna vez sabe, te mueres.
Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con
la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El
director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un
barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de la
esposa. Nadie sabía de dónde llegó, n cómo ni cuándo, pues el primer dato de
su ingreso era el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una
investigación iniciada el mismo día no había concluido en nada. En todo
caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de
su esposa. Saturno protegió a la guardiana.
—Me lo informó la compañía de seguros del coche— dijo.
El director se sintió complacido. “No sé cómo hacen los seguros para saberlo
todo”, dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio
de asceta, y concluyó:
—Lo único cierto es la gravedad de su estado.
Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si
Saturno el mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta
que él le indicara. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que
recayera en sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.
—Es raro –dijo Saturno— Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.
El médico hizo un ademán de sabio. “Hay conductas que permanecen latentes
durante muchos años, y un día estallan”, dijo. “Con todo, es una suerte que
haya caído aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano
dura”. Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el
teléfono.
—Sígale la corriente— dijo.
—Tranquilo, doctor— dijo Saturno con un aire alegre— Es mi especialidad.
La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era el antiguo
locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo
que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del
salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era
evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color de fresa
y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi
invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al
ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada
por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.
—¿Cómo te sientes?— le preguntó él.
—Feliz de que al fin hayas venido, conejo –dijo ella—. Esto ha sido la
muerte.
No tuvieron tiempo de sentarse, María le contó las miserias del claustro, la
barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables
sin cerrar los ojos por el terror.
—Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha
sido peor que el otro –dijo, y suspiró con el alma—: Creo que nunca volveré
a ser la misma.
—Ahora todo eso pasó— dijo él acariciándole con la yema de los dedos las
cicatrices recientes de la cara – Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y
más, si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.
Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de
salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión
dulcificada de los pronósticos del médico. “En síntesis”, concluyó, “aún te
faltan algunos días para estar recuperada por completo”. María entendió la
verdad.
—¡Por Dios, conejo! –dijo atónita—. ¡No me digas que tú también crees que
estoy loca!.
—¡Cómo se te ocurre! –dijo él, tratando de reír— Lo que pasa es que sería
mucho mas conveniente para todos que sigas por un tiempo aquí. En mejores
condiciones, por supuesto.
—¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono!— dijo María.
El no supo como reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Esta
aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de
terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a
Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello
del marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con
tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la
espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano
izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó
a Saturno el Mago:
—¡Váyase!
Saturno huyó despavorido.
Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita,
volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y
amarilla del gran Leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media
que parecía para volar. Entró con la camioneta de feria hasta el patio del
claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las
reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones
inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir al
marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido
de muerte.
—Es una reacción típica— lo consoló el director—. Ya pasará.
Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María,
Saturno hizo lo imposible por que le recibiera un carta, pero fue inútil.
Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero
siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin
saber siquiera si le llegaban a María, hasta que lo venció la realidad.
Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país.
Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una
noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los
cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba
haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada
y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, encinta a más no poder.
Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre
que pudo, y resolviéndole algunas urgencias imprevistas, hasta un día en que
sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de
aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la
vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le
llevó también el gato, porque ya se le había acabado el dinero que saturno
le dejó para darle de comer.
Abril 1978
Eréndira estaba bañando a la
abuela cuando empezó el viento de su desgracia. La enorme mansión de argamasa
lunar, extraviada en la soledad del desierto, se estremeció hasta los estribos
con la primera embestida. Pero Eréndira y la abuela estaban hechas a los riesgos
de aquella naturaleza desatinada, y apenas si notaron el calibre del viento en
el baño adornado de pavorreales repetidos y mosaicos pueriles de termas romanas.
La abuela, desnuda y grande, parecía una hermosa ballena blanca en la alberca de
mármol. La nieta había cumplido apenas los catorce años, y era lánguida y de
huesos tiernos, y demasiado mansa para su edad. Con una parsimonia que tenía
algo de rigor sagrado le hacía abluciones a la abuela con un agua en la que
había hervido plantas depurativas y hojas de buen olor, y éstas se quedaban
pegadas en las espaldas suculentas, en los cabellos metálicos y sueltos, en el
hombro potente tatuado sin piedad con un escarnio de marineros.
-Anoche soñé que estaba esperando una carta -dijo la abuela.
Eréndira, que nunca hablaba si no era por motivos ineludibles, preguntó:
-¿Qué día era en el sueño?
-jueves.
-Entonces era una carta con malas noticias -dijo Eréndira- pero no llegará
nunca.
Cuando acabó de bañarla, llevó a la abuela a su dormitorio. Era tan gorda que
sólo podía caminar apoyada en el hombro de la nieta, o con un báculo que parecía
de obispo, pero aún en sus diligencias más difíciles se notaba el dominio de una
grandeza anticuada. En la alcoba compuesta con un criterio excesivo y un poco
demente, como toda la casa, Eréndira necesitó dos horas más para arreglar a la
abuela. Le desenredó el cabello hebra por hebra, se lo perfumó y se lo peinó, le
puso un vestido de flores ecuatoriales, le empolvó la cara con harina de talco,
le pintó los labios con carmín, las mejillas con colorete, los párpados con
almizcle y las uñas con esmalte de nácar, y cuando la tuvo emperifollado como
una muñeca más grande que el tamaño humano la llevó a un jardín artificial de
flores sofocantes como las del vestido, la sentó en una poltrona que tenía el
fundamento y la alcurnia de un trono, y la dejó escuchando los discos fugaces
del gramófono de bocina.
Mientras la abuela navegaba por las ciénagas del pasado, Eréndira se ocupó de
barrer la casa, que era oscura y abigarrada, con muebles frenéticos y estatuas
de césares inventados, y arañas de lágrimas y ángeles de alabastro, y un piano
con barniz de oro, y numerosos relojes de formas y medidas imprevisibles. Tenía
en el patio una cisterna para almacenar durante muchos años el agua llevada a
lomo de indio desde manantiales remotos, y en una argolla de la cisterna había
un avestruz raquítico, el único animal de plumas que pudo sobrevivir al tormento
de aquel clima malvado. Estaba lejos de todo, en el alma del desierto, junto a
una ranchería de calles miserables y ardientes, donde los chivos se suicidaban
de desolación cuando soplaba el viento de la desgracia.
Aquel refugio incomprensible había sido construido por el marido de la abuela,
un contrabandista legendario que se llamaba Amadís, con quien ella tuvo un hijo
que también se llamaba Amadís, y que fue el padre de Eréndira. Nadie conoció los
orígenes ni los motivos de esa familia. La versión más conocida en lengua de
indios era que Amadís, el padre, había rescatado a su hermosa mujer de un
prostíbulo de las Antillas, donde mató a un hombre a cuchilladas, y la traspuso
para siempre en la impunidad del desierto. Cuando los Amadises murieron, el uno
de fiebres melancólicas, y el otro acribillado en un pleito de rivales, la mujer
enterró los cadáveres en el patio, despachó a las catorce sirvientas descalzas,
y siguió apacentando sus sueños de grandeza en la penumbra de la casa furtiva,
gracias al sacrificio de la nieta bastarda que había criado desde el nacimiento.
Sólo para dar cuerda y concertar a los relojes Eréndira necesitaba seis horas.
El día en que empezó su desgracia no tuvo que hacerlo, pues los relojes tenían
cuerda hasta la mañana siguiente, pero en cambio debió bañar y sobrevestir a la
abuela, fregar los pisos, cocinar el almuerzo y bruñir la cristalería. Hacia las
once, cuando le cambió el agua al cubo del avestruz y regó los yerbajos
desérticos de las tumbas contiguas de los Amadises, tuvo que contrariar el
coraje del viento que se había vuelto insoportable, pero no sintió el mal
presagio de que aquél fuera el viento de su desgracia. A las doce estaba
puliendo las últimas copas de champaña, cuando percibió un olor de caldo tierno,
y tuvo que hacer un milagro para llegar corriendo hasta la cocina sin dejar a su
paso un desastre de vidrios de Venecia.
Apenas si alcanzó a quitar la olla que empezaba a derramarse en la hornilla.
Luego puso al fuego un guiso que ya tenía preparado, y aprovechó la ocasión para
sentarse a descansar en un banco de la cocina. Cerró los ojos, los abrió después
con una expresión sin cansancio, y empezó a echar la sopa en la sopera.
Trabajaba dormida.
La abuela se había sentado sola en el extremo de una mesa de banquete con
candelabros de plata y servicios para doce personas. Hizo sonar la campanilla, y
casi al instante acudió Eréndira con la sopera humeante. En el momento en que le
servía la sopa, la abuela advirtió sus modales de sonámbulo, y le pasó la mano
frente a los ojos como limpiando un cristal invisible. La niña no vio la mano.
La abuela la siguió con la mirada, y cuando Eréndira le dio la espalda para
volver a la cocina, le gritó:
-Eréndira.
Despertada de golpe, la niña dejó caer la sopera en la alfombra.
-No es nada, hija -le dijo la abuela con una ternura cierta-. Te volviste a
dormir caminando.
-Es la costumbre del cuerpo -se excusó Eréndira.
Recogió la sopera, todavía aturdida por el sueño, y trató de limpiar la mancha
de la alfombra.
-Déjala así -la disuadió la abuela- esta tarde la lavas.
De modo que además de los oficios naturales de la tarde, Eréndira tuvo que lavar
la alfombra del comedor, y aprovechó que estaba en el fregadero para lavar
también la ropa del lunes, mientras el viento daba vueltas alrededor de la casa
buscando un hueco para meterse. Tuvo tanto que hacer, que la noche se le vino
encima sin que se diera cuenta, y cuando repuso la alfombra del comedor era la
hora de acostarse.
La abuela había chapuceado el plano toda la tarde cantando en falsete para sí
misma las canciones de su época, y aún le quedaban en los párpados los
lamparones del almizcle con lágrimas. Pero cuando se tendió en la cama con el
camisón de muselina se había restablecido de la amargura de los buenos
recuerdos.
-Aprovecha mañana para lavar también la alfombra de la sala -le dijo a
Eréndira-, que no ha visto el sol desde los tiempos del ruido.
-Sí, abuela -contestó la niña.
Cogió un abanico de plumas y empezó a abanicar a la matrona implacable que le
recitaba el código del orden nocturno mientras se hundía en el sueño.
-Plancha toda la ropa antes de acostarte para que duermas con la conciencia
tranquila.
-Sí, abuela.
-Revisa bien los roperos, que en las noches de viento tienen más hambre las
polillas.
-Sí, abuela.
-Con el tiempo que te sobre sacas las flores al patio para que respiren.
-Sí, abuela.
-Y le pones su alimento al avestruz.
Se había dormido, pero siguió dando órdenes, pues de ella había heredado la
nieta la virtud de continuar viviendo en el sueño. Eréndira salió del cuarto sin
hacer ruido e hizo los últimos oficios de la noche, contestando siempre a los
mandatos de la abuela dormida.
-Le das de beber a las tumbas. -Sí, abuela.
-Antes de acostarte fíjate que todo quede en perfecto orden, pues las cosas
sufren mucho cuando no se les pone a dormir en su Puesto.
-Sí, abuela.
-Y si vienen los Amadises avísales que no entren -dijo la abuela-, que las
gavillas de Porfirio Galán los están esperando para matarlos.
Eréndira no le contestó más, pues sabía que empezaba a extraviarse en el
delirio, pero no se saltó una orden. Cuando acabó de revisar las fallebas de las
ventanas y apagó las últimas luces, cogió un candelabro del comedor y fue
alumbrando el paso hasta su dormitorio, mientras las pausas del viento se
llenaban con la respiración apacible y enorme de la abuela dormida.
Su cuarto era también lujoso, aunque no tanto como el de la abuela, y estaba
atiborrado de las muñecas de trapo y los animales de cuerda de su infancia
reciente. Vencida por los oficios bárbaros de- la jornada, Eréndira no tuvo
ánimos para desvestirse, sino que puso el candelabro en la mesa de noche y se
tumbó en la cama. Poco después, el viento de su desgracia se metió en el
dormitorio como una manada de perros y volcó el candelabro contra las cortinas.
Al amanecer, cuando por fin se acabó el viento, empezaron a caer unas gotas de
lluvia gruesas y separadas que apagaron las últimas brasas y endurecieron las
cenizas humeantes de la mansión. La gente del pueblo, indios en su mayoría,
trataba de rescatar los restos del desastre: el cadáver carbonizado del
avestruz, el bastidor del piano dorado, el torso de una estatua. La abuela
contemplaba con un abatimiento impenetrable los residuos de su fortuna.
Eréndira, sentada entre las dos tumbas de los Amadises, había terminado de
llorar. Cuando la abuela se convenció de que quedaban muy pocas cosas intactas
entre los escombros, miró a la nieta con una lástima sincera.
-Mi pobre niña -suspiró-. No te alcanzará la vida para pagarme este percance.
Empezó a pagárselo ese mismo día, bajo el estruendo de la lluvia, cuando la
llevó con el tendero del pueblo, un viudo escuálido y prematuro que era muy
conocido en el desierto porque pagaba a buen precio la virginidad. Ante la
expectativa impávida de la abuela el viudo examinó a Eréndira con una austeridad
científica: consideró la fuerza de sus muslos, el tamaño de sus senos, el
diámetro de sus caderas. No dijo una palabra mientras no tuvo un cálculo de su
valor.
-Todavía está muy bache -dijo entonces-, tiene teticas de perra.
Después la hizo subir en una balanza para probar con cifras su dictamen.
Eréndira pesaba 42 kilos.
-No vale más de cien pesos -dijo el viudo.
La abuela se escandalizó.
- ¡Cien pesos por una criatura completamente nueva! -casi gritó-. No, hombre,
eso es mucho faltarle el respeto a la virtud.
-Hasta ciento cincuenta -dijo el viudo.
-La niña me ha hecho un daño de más de un millón de pesos -dijo la abuela- A
este paso le harán falta como doscientos años para pagarme.
-Por fortuna -dijo el viudo- lo único bueno que tiene es la edad.
La tormenta amenazaba con desquiciar la casa, y había tantas goteras en el techo
que casi llovía adentro como fuera. La abuela se sintió sola en un mundo de
desastre.
-Suba siquiera hasta trescientos -dijo. -Doscientos cincuenta.
Al final se pusieron de acuerdo por doscientos veinte pesos en efectivo y
algunas cosas de comer. La abuela le indicó entonces a Eréndira que se fuera con
el viudo, y éste la condujo de la mano hacia la trastienda, como si la llevara
para la escuela.
-Aquí te espero -dijo la abuela.
-Sí, abuela -dijo Eréndira.
La trastienda era una especie de cobertizo con cuatro pilares de ladrillos, un
techo de palmas podridas, y una barda de adobe de un metro de altura por donde
se metían en la casa los disturbios de la intemperie. Puestas en el borde de
adobes había macetas de cactos y otras plantas de aridez. Colgada entre dos
pilares, agitándose como la vela suelta de un balandro al garete, había una
hamaca sin color. Por encima del silbido de la tormenta y los ramalazos del agua
se oían gritos lejanos, aullidos de animales remotos, voces de naufragio.
Cuando Eréndira y el viudo entraron en el cobertizo tuvieron que sostenerse para
que no los tumbara un golpe de lluvia que los dejó ensopados. Sus voces no se
oían y sus movimientos se habían vuelto distintos por el fragor de la borrasca.
A la primera tentativa del viudo Eréndira gritó algo inaudible y trató de
escapar. El viudo le contestó sin voz, le torció el brazo por la muñeca y la
arrastró hacia la hamaca. Ella le resistió con un arañazo en la cara y volvió a
gritar en silencio, y él le respondió con una bofetada solemne que la levantó
del suelo y la hizo flotar un instante en el aire con el largo cabello de medusa
ondulando en el vacío, la abrazó por la cintura antes de que volviera a pisar la
tierra, la derribó dentro de la hamaca con un golpe brutal, y la inmovilizó con
las rodillas. Eréndira sucumbió entonces al terror, perdió el sentido, y se
quedó como fascinada con las franjas de luna de un pescado que pasó navegando en
el aire de la tormenta, mientras el viudo la desnudaba desgarrándole la ropa con
zarpazos espaciados, como arrancando hierba, desbaratándosela en largas tiras de
colores que ondulaban como serpentinas y se iban con el viento.
Cuando no hubo en el pueblo ningún otro hombre que pudiera pagar algo por el
amor de Eréndira, la abuela se la llevó en un camión de carga hacia los rumbos
del contrabando. Hicieron el viaje en la plataforma descubierta, entre bultos de
arroz y latas de manteca, y los saldos del incendio: la cabecera de la cama
virreinal, un ángel de guerra, el trono chamuscado, y otros chécheres
inservibles. En un baúl con dos cruces pintadas a brocha gorda se llevaron los
huesos de los Amadises.
La abuela se protegía del sol eterno con un paraguas descosido y respiraba mal
por la tortura del sudor y el polvo, pero aún en aquel estado de infortunio
conservaba el dominio de su dignidad. Detrás de la pila de latas y sacos de
arroz, Eréndira pagó el viaje y el transporte de los muebles haciendo amores de
a veinte pesos con el carguero del camión. Al principio su sistema de defensa
fue el mismo con que se había opuesto a la agresión del viudo. Pero el método
del carguero fue distinto, lento y sabio, y terminó por amansarla con la
ternura. De modo que cuando llegaron al primer pueblo, al cabo de una jornada
mortal, Eréndira y el carguero se reposaban del buen amor detrás del parapeto de
la carga. El conductor del camión le gritó a la abuela:
-De aquí en adelante ya todo es mundo.
La abuela observó con incredulidad las calles miserables y solitarias de un
pueblo un poco más grande, pero tan triste como el que habían abandonado.
-No se nota -dijo.
-Es territorio de misiones -dijo el conductor.
-A mí no me interesa la caridad sino el contrabando -dijo la abuela.
Pendiente del diálogo detrás de la carga, Eréndira urgaba con el dedo un saco de
arroz. De pronto encontró un hilo, tiró de él, y sacó un largo collar de perlas
legítimas. Lo contempló asustada, teniéndolo entre los dedos como una culebra
muerta, mientras el conductor le replicaba a la abuela:
-No sueñe despierta, señora. Los contrabandistas no existen.
- ¡Cómo no -dijo la abuela-, dígamelo a mí!
-Búsquelos y verá -se burló el conductor de buen humor-. Todo el mundo habla de
ellos, pero nadie los ve.
El carguero se dio cuenta de que Eréndira había sacado el collar, se apresuró a
quitárselo y lo metió otra vez en el saco de arroz. La abuela, que había
decidido quedarse a pesar de la pobreza del pueblo, llamó entonces a la nieta
para que la ayudara a bajar del camión. Eréndira se despidió del cargador con un
beso apresurado pero espontáneo y cierto.
La abuela esperó sentada en el trono, en medio de la calle, hasta que acabaron
de bajar la carga. Lo último fue el baúl con los restos de los Amadises.
-Esto pesa como un muerto -rió el conductor. -Son dos -dijo la abuela-. Así que
trátelos con el debido respeto.
-Apuesto que son estatuas de marfil -rió el conductor.
Puso el baúl con los huesos de cualquier modo entre los muebles chamuscados, y
extendió la mano abierta frente a la abuela.
-Cincuenta pesos -dijo.
La abuela señaló al carguero.
-Ya su esclavo se pagó por la derecha.
El conductor miró sorprendido al ayudante, y éste le hizo una señal afirmativa.
Volvió a la cabina del camión, donde viajaba una mujer enlutada con un niño de
brazos que lloraba de calor. El carguero, muy seguro de sí mismo, le dijo
entonces a la abuela:
-Eréndira se va conmigo, si usted no ordena otra cosa. Es con buenas
intenciones.
La niña intervino asustada. - ¡Yo no he dicho nada!
-Lo digo yo que fui el de la idea -dijo el carguero.
La abuela lo examinó de cuerpo entero, sin disminuirlo, sino tratando de
calcular el verdadero tamaño de sus agallas.
-Por mí no hay inconveniente -le dijo- si me pagas lo que perdí por su descuido.
Son ochocientos setenta y dos mil trescientos quince pesos, menos cuatrocientos
veinte que ya me ha pagado, o sea ochocientos setenta y un mil ochocientos
noventa y cinco.
El camión arrancó.
-Créame que le daría ese montón de plata si lo tuviera -dijo con seriedad el
carguero-. La niña los vale.
A la abuela le sentó bien la decisión del muchacho. -Pues vuelve cuando lo
tengas, hijo -le replicó en un tono simpático-, pero ahora vete, que si volvemos
a sacar las cuentas todavía me estás debiendo diez pesos.
El carguero saltó en la plataforma del camión que se alejaba. Desde allí le dijo
adiós a Eréndira con la mano, pero ella estaba todavía tan asustada que no le
correspondió
En el mismo solar baldío donde las dejó el camión, Eréndira y la abuela
improvisaron un tenderete para vivir, con láminas de cinc y restos de alfombras
asiáticas.
Pusieron dos esteras en el suelo y durmieron tan bien como en la mansión, hasta
que el sol abrió huecos en el techo y les ardió en la cara.
Al contrario de siempre, fue la abuela quien se ocupó aquella mañana de arreglar
a Eréndira. Le pintó la cara con un estilo de belleza sepulcral que había estado
de moda en su juventud, y la remató con unas pestañas postizas y un lazo de
organza que parecía una mariposa en la cabeza.
-Te ves horrorosa -admitió- pero así es mejor: los hombres son muy brutos en
asuntos de mujeres.
Ambas reconocieron, mucho antes de verlas, los pasos de dos mulas en la yesca
del desierto. A una orden de la abuela, Eréndira se acostó en el petate como lo
habría hecho una aprendiza de teatro en el momento en que iba a abrirse el
telón. Apoyada en el báculo episcopal, la abuela abandonó el tenderete y se
sentó en el trono a esperar el paso de las mulas.
Se acercaba el hombre del correo. No tenía más de veinte años, aunque estaba
envejecido por el oficio, y llevaba un vestido de caqui, polainas, casco de
corcho, y una pistola de militar en el cinturón de cartucheras. Montaba una
buena mula, y llevaba otra de cabestro, menos entera, sobre la cual se
amontonaban los sacos de lienzo del correo.
Al pasar frente a la abuela la saludó con la mano y siguió de largo. Pero ella
le hizo una señal para que echara una mirada dentro del tenderete. El hombre se
detuvo, y vio a Eréndira acostada en la estera con sus afeites póstumos y un
traje de cenefas moradas.
-¿Te gusta? -preguntó la abuela.
El hombre del correo no comprendió hasta entonces lo que le estaban proponiendo.
-En ayunas no está mal -sonrió.
-Cincuenta pesos -dijo la abuela.
- ¡Hombre, lo tendrá de oro! -dijo él-. Eso es lo que me cuesta la comida de un
mes.
-No seas estreñido -dijo la abuela-. El correo aéreo tiene mejor sueldo que un
cura.
-Yo soy el correo nacional -dijo el hombre-. El correo aéreo es ése que anda en
un camioncito.
-De todos modos el amor es tan importante como la comida -dijo la abuela.
-Pero no alimenta.
La abuela comprendió que a un hombre que vivía de las esperanzas ajenas le
sobraba demasiado tiempo para regatear.
-¿Cuánto tienes? -le preguntó.
El correo desmontó, sacó del bolsillo unos billetes masticados y se los mostró a
la abuela. Ella los cogió todos juntos con una mano rapaz como si fueran una
pelota.
-Te lo rebajo -dijo- pero con una condición: haces correr la voz por todas
partes.
-Hasta el otro lado del mundo -dijo el hombre del correo-. Para eso sirvo.
Eréndira, que no había podido parpadear, se quitó entonces las pestañas postizas
y se hizo a un lado en la estera para dejarle espacio al novio casual. Tan
pronto como él entró en el tenderete, la abuela cerró la entrada con un tirón
enérgico de la cortina corrediza.
Fue un trato eficaz. Cautivados por las voces del correo, vinieron hombres desde
muy lejos a conocer la novedad de Eréndira. Detrás de los hombres vinieron mesas
de lotería y puestos de comida, y detrás de todos vino un fotógrafo en bicicleta
que instaló frente al campamento una cámara de caballete con manga de luto, y un
telón de fondo con un lago de cisnes inválidos.
La abuela, abanicándose en el trono, parecía ajena a su propia feria. Lo único
que le interesaba era el orden en la fila de clientes que esperaban turno, y la
exactitud del dinero que pagaban por adelantado para entrar con Eréndira. Al
principio había sido tan severa que hasta llegó a rechazar un buen cliente
porque le hicieron falta cinco pesos. Pero con el paso de los meses fue
asimilando las lecciones de la realidad, y terminó por admitir que completaran
el pago con medallas de santos, reliquias de familia, anillos matrimoniales, y
todo cuanto fuera capaz de demostrar, mordiéndolo, que era oro de buena ley
aunque no brillara.
Al cabo de una larga estancia en aquel primer pueblo, la abuela tuvo suficiente
dinero para comprar un burro, y se internó en el desierto en busca de otros
lugares más propicios para cobrarse la deuda. Viajaba en unas angarillas que
habían improvisado sobre el burro, y se protegía del sol inmóvil con el paraguas
desvarillado que Eréndira sostenía sobre su cabeza. Detrás de ellas caminaban
cuatro indios de carga con los pedazos del campamento: los petates de dormir, el
trono restaurado, el ángel de alabastro y el baúl con los restos de los
Amadises. El fotógrafo perseguía la caravana en su bicicleta, pero sin darle
alcance, como si fuera para otra fiesta.
Habían transcurrido seis meses desde el incendio cuando la abuela pudo tener una
visión entera del negocio.
-Si las cosas siguen así -le dijo a Eréndira- me habrás pagado la deuda dentro
de ocho años, siete meses y once días.
Volvió a repasar sus cálculos con los ojos cerrados, rumiando los granos que
sacaba de una faltriquera de jareta donde tenía también el dinero, y precisó:
-Claro que todo eso es sin contar el sueldo y la comida de los indios, y otros
gastos menores.
Eréndira, que caminaba al paso del burro agobiada por el calor y el polvo, no
hizo ningún reproche a las cuentas de la abuela, pero tuvo que reprimirse para
no llorar.
-Tengo vidrio molido en los huesos -dijo.
-Trata de dormir.
-Sí, abuela.
Cerró los Ojos, respiró a fondo una bocanada de aire abrasante, y siguió
caminando dormida.
Una camioneta cargada de jaulas apareció espantando chivos entre la polvareda
del horizonte, y el alboroto de los pájaros fue un chorro de agua fresca en el
sopor dominical de San Miguel del Desierto. Al volante iba un corpulento
granjero holandés con el pellejo astillado por la intemperie, y unos bigotes
color de ardilla que había heredado de algún bisabuelo. Su hijo Ulises, que
viajaba en el otro asiento, era un adolescente dorado, de ojos marítimos y
solitarios, y con la identidad de un ángel furtivo. Al holandés le llamó la
atención una tienda de campaña frente a la cual esperaban turno todos los
soldados de la guarnición local. Estaban sentados en el suelo, bebiendo de una
misma botella que se pasaban de boca en boca, y tenían ramas de almendros en la
cabeza como si estuvieran emboscadas para un combate. El holandés preguntó en su
lengua:
-¿Qué diablos venderán ahí?
-Una mujer -le contestó su hijo con toda naturalidad-. Se llama Eréndira.
-¿Cómo lo sabes?
-Todo el mundo lo sabe en el desierto -contestó Ulises.
El holandés descendió en el hotelito del pueblo.
Ulises se demoró en la camioneta, abrió con dedos ágiles una cartera de negocios
que su padre había dejado en el asiento, sacó un mazo de billetes, se metió
varios en los bolsillos, y volvió a dejar todo como estaba. Esa noche, mientras
su padre dormía, se salió por la ventana del hotel y se fue a hacer la cola
frente a la carpa de Eréndira.
La fiesta estaba en su esplendor. Los reclutas borrachos bailaban solos para no
desperdiciar la música gratis, y el fotógrafo tomaba retratos nocturnos con
papeles de magnesio. Mientras controlaba el negocio, la abuela contaba billetes
en el regazo, los repartía en gavillas iguales y los ordenaba dentro de un
cesto. No había entonces más de doce soldados, pero la fila de la tarde había
crecido con clientes civiles. Ulises era el último.
El turno le correspondía a un soldado de ámbito lúgubre. La abuela no sólo le
cerró el paso, sino que esquivó el contacto con su dinero.
-No hijo -le dijo-, tú no entras ni por todo el oro del moro. Eres pavoso.
El soldado, que no era de aquellas tierras, se sorprendió.
-¿Qué es eso?
-Que contagias la mala sombra -dijo la abuela-. No hay más que verte la cara.
Lo apartó con la mano, pero sin tocarlo, y le dio paso al soldado siguiente.
-Entra tú, dragoneante -le dijo de buen humor-. Y no te demores, que la patria
te necesita.
El soldado entró, pero volvió a salir inmediatamente, porque Eréndira quería
hablar con la abuela. Ella se colgó del brazo el cesto de dinero y entró en la
tienda de campaña, cuyo espacio era estrecho, pero ordenado y limpio. Al fondo,
en una cama de lienzo, Eréndira no podía reprimir el temblor del cuerpo, estaba
maltratada y sucia de sudor de soldados.
-Abuela -sollozó-, me estoy muriendo.
La abuela le tocó la frente, y al comprobar que no tenía fiebre, trató de
consolarla.
-Ya no faltan más de diez militares -dijo.
Eréndira rompió a llorar con unos chillidos de animal azorado. La abuela supo
entonces que había traspuesto los límites del horror, y acariciándole la cabeza
la ayudó a calmarse.
-Lo que pasa es que estás débil -le dijo-. Anda, no llores más, báñate con agua
de salvia para que se te componga la sangre.
Salió de la tienda cuando Eréndira empezó a serenarse, y le devolvió el dinero
al soldado que esperaba. "Se acabó por hoy", le dijo. "Vuelve mañana y te doy el
primer lugar". Luego gritó a los de la fila:
-Se acabó, muchachos. Hasta mañana a las nueve.
Soldados y civiles rompieron filas con gritos de protesta. La abuela se les
enfrentó de buen talante pero blandiendo en serio el báculo devastador.
- ¡Desconsiderados! ¡Mampolones! -gritaba-. Qué se creen, que esa criatura es de
fierro. Ya quisiera yo verlos en su situación. ¡Pervertidos! ¡Apátridas de
mierda!
Los hombres le replicaban con insultos más gruesos, pero ella terminó por
dominar la revuelta y se mantuvo en guardia con el báculo hasta que se llevaron
las mesas de fritanga y desmontaron los puestos de lotería. Se disponía a volver
a la tienda cuando vio a Ulises de cuerpo entero, solo, en el espacio vacío y
oscuro donde antes estuvo la fila de hombres. Tenía un aura irreal y parecía
visible en la penumbra por el fulgor propio de su belleza.
-Y tú -le dijo la abuela-, ¿dónde dejaste las alas? -El que las tenía era mi
abuelo -contestó Ulises con su naturalidad-, pero nadie lo cree.
La abuela volvió a examinarlo con una atención hechizada. "Pues yo sí lo creo",
dijo. "Tráelas puestas mañana". Entró en la tienda y dejó a Ulises ardiendo en
su sitio.
Eréndira se sintió mejor después del baño. Se había puesto una combinación corta
y bordada, y se estaba secando el pelo para acostarse, pero aún hacía esfuerzos
por reprimir las lágrimas. La abuela dormía.
Por detrás de la cama de Eréndira, muy despacio, Ulises asomó la cabeza. Ella
vio los ojos ansiosos y diáfanos, pero antes de decir nada se frotó la cara con
la toalla para probarse que no era una ilusión. Cuando Ulises parpadeó por
primera vez, Eréndira le preguntó en voz muy baja:
-Quién tú eres.
Ulises se mostró hasta los hombros. "Me llamo Ulises", dijo. Le enseñó los
billetes robados y agregó:
-Traigo la plata.
Eréndira puso las manos sobre la cama, acercó su cara a la de Ulises, y siguió
hablando con él como en un juego de escuela primaria.
-Tenías que ponerte en la fila -le dijo.
-Esperé toda la noche -dijo Ulises. -Pues ahora tienes que esperarte hasta
mañana -dijo Eréndira-. Me siento como si me hubieran dado trancazos en los
riñones.
En ese instante la abuela empezó a hablar dormida. -Van a hacer veinte años que
llovió la última vez -dijo-. Fue una tormenta tan terrible que la lluvia vino
revuelta con agua de mar, y la casa amaneció llena de pescados y caracoles, y tu
abuelo Amadís, que en paz descanse, vio una mantarrasa luminosa navegando por el
aire.
Ulises se volvió a esconder detrás de la cama. Eréndira hizo una sonrisa
divertida.
-Tate sosiego -le dijo-. Siempre se vuelve como loca cuando está dormida, pero
no la despierta ni un temblor de tierra.
Ulises se asomó de nuevo. Eréndira lo contempló con una sonrisa traviesa y hasta
un poco cariñosa, y quitó de la estera la sábana usada.
-Ven -le dijo-, ayúdame a cambiar la sábana.
Entonces Ulises salió de detrás de la cama y cogió la sábana por un extremo.
Como era una sábana mucho más grande que la estera se necesitaban varios tiempos
para doblarla. Al final de cada doblez Ulises estaba más cerca de Eréndira.
-Estaba loco por verte -dijo de pronto-. Todo el mundo dice que eres muy bella,
y es verdad.
-Pero me voy a morir -dijo Eréndira.
-Mi mamá dice que los que se mueren en el desierto no van al cielo sino al mar
-dijo Ulises.
Eréndira puso aparte la sábana sucia y cubrió la estera con otra limpia y
aplanchada.
-No conozco el mar -dijo.
-Es como el desierto, pero con agua -dijo Ulises.
-Entonces no se puede caminar.
-Mi papá conoció un hombre que sí podía -dijo Ulises- pero hace mucho tiempo.
Eréndira estaba encantada pero quería dormir. -Si vienes mañana bien temprano te
pones en el primer puesto -dijo.
-Me voy con mi papá por la madrugada -dijo Ulises. -¿Y no vuelven a pasar por
aquí?
-Quién sabe cuándo -dijo Ulises-. Ahora pasamos por casualidad porque nos
perdimos en el camino de la frontera.
Eréndira miró pensativa a la abuela dormida. -Bueno -decidió-, dame la plata.
Ulises se la dio. Eréndira se acostó en la cama, pero él se quedó trémulo en su
sitio: en el instante decisivo su determinación había flaqueado. Eréndira le
cogió de la mano para que se diera prisa, y sólo entonces advirtió su
tribulación. Ella conocía ese miedo.
-¿Es la primera vez? -le preguntó.
Ulises no contestó, pero hizo una sonrisa desolada. Eréndira se volvió distinta.
-Respira despacio -le dijo-. Así es siempre al principio, y después ni te das
cuenta.
Lo acostó a su lado, y mientras le quitaba la ropa lo fue apaciguando con
recursos maternos.
-¿Cómo es que te llamas?
-Ulises.
-Es nombre de gringo -dijo Eréndira.
-No, de navegante.
Eréndira le descubrió el pecho, le dio besitos huérfanos, lo olfateó.
-Pareces todo de oro -dijo- pero hueles a flores. -Debe ser a naranjas -dijo
Ulises.
Ya más tranquilo, hizo una sonrisa de complicidad. -Andamos con muchos pájaros
para despistar -agregó-, pero lo que llevamos a la frontera es un contrabando de
naranjas.
-Las naranjas no son contrabando -dijo Eréndira. -Estas sí -dijo Ulises-. Cada
una cuesta cincuenta mil pesos.
Eréndira se rió por primera vez en mucho tiempo. -Lo que más me gusta de ti
-dijo- es la seriedad con que inventas los disparates.
Se había vuelto espontánea y locuaz, como si la inocencia de Ulises le hubiera
cambiado no sólo el humor, sino también la índole. La abuela, a tan escasa
distancia de la fatalidad, siguió hablando dormida.
-Por estos tiempos, a principios de marzo, te trajeron a la casa -dijo-.
Parecías una lagartija envuelta en algodones. Amadís, tu padre, que era joven y
guapo, estaba tan contento aquella tarde que mandó a buscar como veinte carretas
cargadas de flores, y llegó gritando y tirando flores por la calle, hasta que
todo el pueblo quedó dorado de flores como el mar.
Deliró varias horas, a grandes voces, y con una pasión obstinada. Pero Ulises no
la oyó, porque Eréndira lo había querido tanto, y con tanta verdad, que lo
volvió a querer por la mitad de su precio mientras la abuela deliraba, y lo
siguió queriendo sin dinero hasta el amanecer. Un grupo de misioneros con los
crucifijos en alto se habían plantado hombro contra hombro en medio del
desierto. Un viento tan bravo como el de la desgracia sacudía sus hábitos de
cañamazo y sus barbas cerriles, y apenas les permitía tenerse en pie. Detrás de
ellos estaba la casa de la misión,, un promontorio colonial con un campanario
minúsculo sobre los muros ásperos y encalados.
El misionero más joven, que comandaba el grupo, señaló con el índice una grieta
natural en el suelo de arcilla vidriada.
-No pasen esa raya -gritó.
Los cuatro cargadores indios que transportaban a la abuela en un palanquín de
tablas se detuvieron al oír el grito. Aunque iba mal sentada en el piso del
palanquín y tenía el ánimo entorpecido por el polvo y el sudor del desierto, la
abuela se mantenía en su altivez. Eréndira iba a pie. Detrás del palanquín había
una fila de ocho indios de carga, y en último término el fotógrafo en la
bicicleta.
-El desierto no es de nadie -dijo la abuela.
-Es de Dios -dijo el misionero-, y estáis violando sus santas leyes con vuestro
tráfico inmundo.
La abuela reconoció entonces la forma y la dicción peninsulares del misionero, y
eludió el encuentro frontal para no descalabrarse contra su intransigencia.
Volvió a ser ella misma.
-No entiendo tus misterios, hijo. El misionero señaló a Eréndira. -Esa criatura
es menor de edad. -Pero es mi nieta.
-Tanto peor -replicó el misionero-. Ponla bajo nuestra custodia, por las buenas,
o tendremos que recurrir a otros métodos.
La abuela no esperaba que llegaran a tanto.
-Está bien, aríjuna -cedió asustada-. Pero tarde o temprano pasaré, ya lo verás.
Tres días después del encuentro con los misioneros, la abuela y Eréndira dormían
en un pueblo próximo al convento, cuando unos cuerpos sigilosos, mudos, reptando
como patrullas de asalto, se deslizaron en la tienda de campaña. Eran seis
novicias indias, fuertes y jóvenes, con los hábitos de lienzo crudo que parecían
fosforescentes en las ráfagas de luna. Sin hacer un solo ruido cubrieron a
Eréndira con un toldo de mosquitero, la levantaron sin despertarla, y se la
llevaron envuelta como un pescado grande y frágil capturado en una red lunar.
No hubo un recurso que la abuela no intentara para rescatar a la nieta de la
tutela de los misioneros. Sólo cuando le fallaron todos, desde los más derechos
hasta los más torcidos, recurrió a la autoridad civil, que era ejercida por un
militar. Lo encontró en el patio de su casa, con el torso desnudo, disparando
con un rifle de guerra contra una nube oscura y solitaria en el cielo ardiente.
Trataba de perforarla para que lloviera, y sus disparos eran encarnizados e
inútiles pero hizo las pausas necesarias para escuchar a la abuela.
-Yo no puedo hacer nada -le explicó, cuando acabó de oírla-, los padrecitos, de
acuerdo con el Concordato, tienen derecho a quedarse con la niña hasta que sea
mayor de edad. O hasta que se case.
- ¿Y entonces para qué lo tienen a usted de alcalde? -preguntó la abuela.
-Para que haga llover -dijo el alcalde.
Luego, viendo que la nube se había puesto fuera de su alcance, interrumpió sus
deberes oficiales y se ocupó por completo de la abuela.
-Lo que usted necesita es una persona de mucho peso que responda por usted -le
dijo-. Alguien que garantice su moralidad y sus buenas costumbres con una carta
firmada. ¿No conoce al senador Onésimo Sánchez?
Sentada bajo el sol puro en un taburete demasiado estrecho para sus nalgas
siderales, la abuela contestó con una rabia solemne:
-Soy una pobre mujer sola en la inmensidad del desierto.
El alcalde, con el ojo derecho torcido por el calor, la contempló con lástima.
-Entonces no pierda más el tiempo, señora -dijo-. Se la llevó el carajo.
No se la llevó, por supuesto. Plantó la tienda frente al convento de la misión,
y se sentó a pensar, como un guerrero solitario que mantuviera en estado de
sitio a una ciudad fortificada. El fotógrafo ambulante, que la conocía muy bien,
cargó sus bártulos en la parrilla de la bicicleta y se dispuso a marcharse solo
cuando la vio a pleno sol, y con los ojos fijos en el convento.
-Vamos a ver quién se cansa primero -dijo la abuela-, ellos o yo.
-Ellos están ahí hace 300 años, y todavía aguantan -dijo el fotógrafo-. Yo me
voy.
Sólo entonces vio la abuela la bicicleta cargada. -Para dónde vas.
-Para donde me lleve el viento -dijo el fotógrafo, y se fue-. El mundo es
grande.
La abuela suspiró.
-No tanto como tú crees, desmerecido.
Pero no movió la cabeza a pesar del rencor, para no apartar la vista del
convento. No la apartó durante muchos días de calor mineral, durante muchas
noches de vientos perdidos, durante el tiempo de la meditación en que nadie
salió del convento. Los indios construyeron un cobertizo de palma junto a la
tienda, y allí colgaron sus chinchorros, pero la abuela velaba hasta muy tarde,
cabeceando en el trono, y rumiando los cereales crudos de su faltriquera con la
desidia invencible de un buey acostado.
Una noche pasó muy cerca de ella una fila de camiones tapados, lentos, cuyas
únicas luces eran unas guirnaldas de focos de colores que les daban un tamaño
espectral de altares sonámbulos. La abuela los reconoció de inmediato, porque
eran iguales a los camiones de los Amadises. El último del convoy se retrasó, se
detuvo, y un hombre bajó de la cabina a arreglar algo en la plataforma de carga.
Parecía una réplica de los Amadises, con una gorra de ala volteada, botas altas,
dós cananas cruzadas en el pecho, un fusil militar y dos pistolas. Vencida por
una tentación irresistible, la abuela llamó al hombre.
-¿No sabes quién soy? -le preguntó.
El hombre le alumbró sin piedad con una linterna de pilas. Contempló un instante
el rostro estragado por la vigilia, los Ojos apagados de cansancio, el cabello
marchito de la mujer que aún a su edad, en su mal estado y con aquella luz cruda
en la cara, hubiera podido decir que había sido la más bella del mundo. Cuando
la examinó bastante para estar seguro de no haberla visto nunca, apagó la
linterna.
-Lo único que sé con toda seguridad -dijo- es que usted no es la Virgen de los
Remedios.
-Todo lo contrario -dijo la abuela con una voz dulce-. Soy la Dama.
El hombre puso la mano en la pistola por puro instinto.
- ¡Cuál dama!
-La de Amadís el grande.
-Entonces no es de este mundo -dijo él, tenso-. ¿Qué es lo que quiere?
-Que me ayuden a rescatar a mi nieta, nieta de Amadís el grande, hija de nuestro
Amadís, que está presa en ese convento.
El hombre se sobrepuso al temor.
-Se equivocó de puerta -dijo-. Si cree que somos capaces de atravesarnos en las
cosas de Dios, usted no es la que dice que es, ni conoció siquiera a los
Amadises, ni tiene la más puta idea de lo que es el matute.
Esa madrugada la abuela durmió menos que las anteriores. La pasó rumiando,
envuelta en una manta de lana, mientras el tiempo de la noche le equivocaba la
memoria, y los delirios reprimidos pugnaban por salir aunque estuviera
despierta, y tenía que apretarse el corazón con la mano para que no la sofocara
el recuerdo de una casa de mar con grandes flores coloradas donde había sido
feliz. Así se mantuvo hasta que sonó la campana del convento, y se encendieron
las primeras luces en las ventanas y el desierto se saturó del olor a pan
caliente de los maitines. Sólo entonces se abandonó al cansancio, engañada por
la ilusión de que Eréndira se había levantado y estaba buscando el modo de
escaparse para volver con ella.
Eréndira, en cambio, no perdió ni una noche de sueño desde que la llevaron al
convento. Le habían cortado el cabello con unas tijeras de podar hasta dejarse
la cabeza como un cepillo, le pusieron el rudo balandrán de lienzo de las
reclusas y le entregaron un balde de agua de cal y una escoba para que encalara
los peldaños de las escaleras cada vez que alguien las pisara. Era un oficio de
mula, porque había un subir y bajar incesante de misioneros embarcados y
novicias de carga, pero Eréndira lo sintió como un domingo de todos los días
después de la galera mortal de la cama. Además, no era ella la única agotada al
anochecer, pues aquel convento no estaba consagrado a la lucha contra el demonio
sino contra el desierto. Eréndira había visto a las novicias indígenas
desbravando las vacas a pescozones para ordeñarlas en los establos, saltando
días enteros sobre las tablas para exprimir los quesos, asistiendo a las cabras
en un mal parto. Las había visto sudar como estibadores curtidos sacando el agua
del aljibe, irrigando a pulso un huerto temerario que otras novicias habían
labrado con azadones para plantar legumbres en el pedernal del desierto. Había
visto el infierno terrestre de los hornos de pan y los cuartos de plancha. Había
visto a una monja persiguiendo a un cerdo por el patio, la vio resbalar con el
cerdo cimarrón agarrado por las orejas y revolcarse en un barrizal sin soltarlo,
hasta que dos novicias con delantales de cuero la ayudaron a someterlo, y una de
ellas lo degolló con un cuchillo de matarife y todas quedaron empapadas de
sangre y de lodo. Había visto en el pabellón apartado del hospital a las monjas
tísicas con sus camisones de muertas, que esperaban la última orden de Dios
bordando sábanas matrimoniales en las terrazas, mientras los hombres de la
misión predicaban en el desierto. Eréndira vivía en su penumbra, descubriendo
otras formas de belleza y de horror que nunca había imaginado en el mundo
estrecho de la cama, pero ni las novicias más montaraces ni las más persuasivas
habían logrado que dijera una palabra desde que la llevaron al convento. Una
mañana, cuando estaba aguando la cal en el balde, oyó una música de cuerdas que
parecía una luz más diáfana en la luz del desierto. Cautivada por el milagro, se
asomó a un salón inmenso y vacío de paredes desnudas y ventanas grandes por
donde entraba a golpes y se quedaba estancada la claridad deslumbrante de junio,
y en el centro del salón vio a una monja bella que no había visto antes, tocando
un oratorio de Pascua en el clavicémbalo. Eréndira escuchó la música sin
parpadear, con el alma en un hilo, hasta que sonó la campana para comer. Después
del almuerzo, mientras blanqueaba la escalera con la brocha de esparto, esperó a
que todas las novicias acabaran de subir y bajar, se quedó sola, donde nadie
pudiera oírla, y entonces habló por primera vez desde que entró en el convento.
-Soy feliz -dijo.
De modo que a la abuela se le acabaron las esperanzas de que Eréndida escapara
para volver con ella, pero mantuvo su asedio de granito, sin tomar ninguna
determinación, hasta el domingo de Pentecostés. Por esa época los misioneros
rastrillaban el desierto persiguiendo concubinas encinta para casarlas, Iban
hasta las rancherías más olvidadas en un camioncito decrépito, con cuatro
hombres de tropa bien armados y un arcón de géneros de pacotilla. Lo más difícil
de aquella cacería de indios era convencer a las mujeres, que se defendían de la
gracia divina con el argumento verídico de que los hombres se sentían con
derecho a exigirles a las esposas legítimas un trabajo más rudo que a las
concubinas, mientras ellos dormían despernancados en los chinchorros. Había que
seducirlas con recursos de engaño, disolviéndoles la voluntad de Dios en el
jarabe de su propio idioma para que la sintieran menos áspera, pero hasta las
más retrecheras terminaban convencidas por unos aretes de oropel. A los hombres,
en cambio, una vez obtenida la aceptación de la mujer, los sacaban a culatazos
de los chinchorros y se los llevaban amarrados en la plataforma de carga, para
casarlos a la fuerza.
Durante varios días la abuela vio pasar hacia el convento el camioncito cargado
de indias encinta, pero no reconoció su oportunidad. La reconoció el propio
domingo de Pentecostés, cuando oyó los cohetes y los repiques de las campanas, y
vio la muchedumbre miserable y alegre que pasaba para la fiesta, y vio que entre
las muchedumbres había mujeres encinta con velos y coronas de novia, llevando
del brazo a los maridos de casualidad para volverlos legítimos en la boda
colectiva.
Entre los últimos del desfile pasó un muchacho de corazón inocente, de pelo
indio cortado como una totuma y vestido de andrajos, que llevaba en la mano un
cirio pascual con un lazo de seda. La abuela lo llamó.
-Dime una cosa, hijo -le preguntó con su voz más tersa-. ¿Qué vas a hacer tú en
esa cumbiamba?
El muchacho se sentía intimidado con el cirio, y le costaba trabajo cerrar la
boca por sus dientes de burro. -Es que los padrecitos me van a hacer la primera
comunión -dijo.
-¿Cuánto te pagaron?
-Cinco pesos.
La abuela sacó de la faltriquera un rollo de billetes que el muchacho miró
asombrado.
-Yo te voy a dar veinte -dijo la abuela-. Pero no para que hagas la primera
comunión, sino para que te cases.
-¿Y eso con quién?
-Con mi nieta.
Así que Eréndira se casó en el patio del convento, con el balandrán de reclusa y
una mantilla de encaje que le regalaron las novicias, y sin saber al menos cómo
se llamaba el esposo que le había comprado su abuela. Soportó con una esperanza
incierta el tormento de las rodillas en el suelo de caliche, la peste de pellejo
de chivo de las doscientas novias embarazadas, el castigo de la Epístola de San
Pablo martillada en latín bajo la canícula inmóvil, porque los misioneros no
encontraron recursos para oponerse a la artimaña de la boda imprevista, pero le
habían prometido una última tentativa para mantenerla en el convento. Sin
embargo, al término de la ceremonia, y en presencia del Prefecto Apostólico, del
alcalde militar que disparaba contra las nubes, de su esposo reciente y de su
abuela impasible, Eréndira se encontró de nuevo bajo el hechizo que la había
dominado desde su nacimiento. Cuando le preguntaron cuál era su voluntad libre,
verdadera y definitiva, no tuvo ni un suspiro de vacilación.
-Me quiero ir -dijo. Y aclaró, señalando al esposo-: Pero no me voy con él sino
con mi abuela.
Ulises había perdido la tarde tratando de robarse una naranja en la plantación
de su padre, pues éste no le quitó la vista de encima mientras podaban los
árboles enfermos, y su madre lo vigilaba desde la casa. De modo que renunció a
supropósito, al menos por aquel día, y se quedó de. mala gana ayudando a su
padre hasta que terminaron de podar los últimos naranjos.
La extensa plantación era callada y oculta, y la casa de madera con techo de
latón tenía mallas de cobre en las ventanas y una terraza grande montada sobre
pilotes, con plantas primitivas de flores intensas. La madre de Ulises estaba en
la terraza., tumbada en un mecedor vienés y con hojas ahumadas en las sienes
para aliviar el dolor de cabeza, y su mirada de india pura seguía los
movimientos del hijo como un haz de luz invisible hasta los lugares más esquivos
del naranjal. Era muy bella, mucho más joven que el marido, y no sólo continuaba
vestida con el camisón de la tribu, sino que conocía los secretos más antiguos
de su sangre.
Cuando Ulises volvió a la casa con los hierros de podar, su madre le pidió la
medicina de las cuatro, que estaba en una mesita cercana. Tan pronto como él los
tocó, el vaso y el frasco cambiaron de color. Luego tocó por simple travesura
una jarra de cristal que estaba en la mesa con otros vasos, y también la jarra
se volvió azul. Su madre lo observó mientras tomaba la medicina, y cuando estuvo
segura de que no era un delirio de su dolor le preguntó en lengua guajira:
-¿Desde cuándo te sucede?
-Desde que vinimos del desierto -dijo Ulises, también en guajiro-. Es sólo con
las cosas de vidrio.
Para demostrarlo, tocó uno tras otro los vasos que estaban en la mesa, y todos
cambiaron de colores diferentes.
-Esas cosas sólo sucedería por amor -dijo la madre-. ¿Quién es?
Ulises no contestó. Su padre, que no sabía la lengua guajira, pasaba en ese
momento por la terraza con un racimo de naranjas.
-¿De qué hablan? -le preguntó a Ulises en holandés. -De nada especial -contestó
Ulises.
La madre de Ulises no sabía el holandés. Cuando su marido entró en la casa, le
preguntó al hijo en guajiro:
-¿Qué te dijo?
-Nada especial -dijo Ulises.
Perdió de vista a su padre cuando entró en la casa, pero lo volvió a ver por una
ventana dentro de la oficina. La madre esperó hasta quedarse a solas con Ulises,
y entonces insistió:
-Dime quién es.
-No es nadie -dijo Ulises.
Contestó sin atención, porque estaba pendiente de los movimientos de su padre
dentro de la oficina. Lo había visto poner las naranjas sobre la caja de
caudales para componer la clave de la combinación. Pero mientras él vigilaba a
su padre, su madre lo vigilaba a él.-Hace mucho tiempo que no comes pan -observó
ella.
-No me gusta.
El rostro de la madre adquirió de pronto una vivacidad insólita. "Mentira",
dijo. "Es porque estás mal de amor, y los que están así no pueden comer pan". Su
voz, como sus ojos, había pasado de la súplica a la amenaza.
-Más vale que me digas quién es -dijo-, o te doy a la fuerza unos baños de
purificación.
En la oficina, el holandés abrió la caja de caudales, puso dentro las naranjas,
y volvió a cerrar la puerta blindada. Ulises se apartó entonces de la ventana y
le replicó a su madre con impaciencia.
-Ya te dije que no es nadie -dijo-. Si no me crees, pregúntaselo a mi papá.
El holandés apareció en la puerta de la oficina encendiendo la pipa de
navegante, y con su Biblia descosida bajo el brazo. La mujer le preguntó en
castellano:
-¿A quién conocieron en el desierto?
-A nadie -le contestó su marido, un poco en las nubes-. Si no me crees,
pregúntaselo a Ulises.
Se sentó en el fondo del corredor a chupar la pipa hasta que se le agotó la
carga. Después abrió la Biblia al azar y recitó fragmentos salteados durante
casi dos horas en un holandés fluido y altisonante.
A media noche, Ulises seguía pensando con tanta intensidad que no podía dormir.
Se revolvió en el chinchorro una hora más, tratando de dominar el dolor de los
recuerdos, hasta que el propio dolor le dio la fuerza que le hacía falta para
decidir. Entonces se puso los pantalones de vaquero, la camisa de cuadros
escoceses y las botas de montar, y saltó por la ventana y se fugó de la casa en
la camioneta cargada de pájaros. Al pasar por la plantación arrancó las tres
naranjas maduras que no había podido robarse en la tarde.
Viajó por el desierto el resto de la noche, y al amanecer preguntó por pueblos y
rancherías cuál era el rumbo de Eréndira, pero nadie le daba razón. Por fin le
informaron que andaba detrás de la comitiva electoral del senador Onésimo
Sánchez, y que éste debía de estar aquel día en la Nueva Castilla. No lo
encontró allí, sino en el pueblo siguiente, y ya Eréndira no andaba con él, pues
la abuela había conseguido que el senador avalara su moralidad con una carta de
su puño y letra, y se iba abriendo con ella las puertas mejor trancadas del
desierto. Al tercer día se encontró con el hombre del correo nacional, y éste le
indicó la dirección que buscaba.
-Van para el mar -le dijo-. Y apúrate, que la intención de la jodida vieja es
pasarse para la isla de Aruba.
En ese rumbo, Ulises divisó al cabo de media jornada la capa amplia y percudida
que la abuela le había comprado a un circo en derrota. El fotógrafo errante
había vuelto con ella, convencido de que en efecto el mundo no era tan grande
como pensaba, y tenía instalados cerca de la carpa sus telones idílicos. Una
banda de chupacobres cautivaba a los clientes de Eréndira con un valse
taciturno.
Ulises esperó su turno para entrar, y lo primero que le llamó la atención fue el
orden y la limpieza en el interior de la carpa. La cama de la abuela había
recuperado su esplendor virreinal, la estatua del ángel estaba en su lugar junto
al baúl funerario de los Amadises, y había además una bañera de peltre con patas
de león. Acostada en su nuevo lecho de marquesina, Eréndira estaba desnuda y
plácida, e irradiaba un fulgor infantil bajo la luz filtrada de la carpa. Dormía
con los ojos abiertos. Ulises se detuvo junto a ella, con las naranjas en la
mano, y advirtió que lo estaba mirando sin verlo. Entonces pasó la mano frente a
sus ojos y la llamó con el nombre que había inventado para pensar en ella:
-Arídnere.
Eréndira despertó. Se sintió desnuda frente a Ulises, hizo un chillido sordo y
se cubrió con la sábana hasta la cabeza.
-No me mires -dijo-. Estoy horrible.
-Estás toda color de naranja -dijo Ulises. Puso las frutas a la altura de sus
ojos para que ella comparara. Mira.
Eréndira se descubrió los ojos y comprobó que en efecto las naranjas tenían su
color.
-Ahora no quiero que te quedes -dijo.
-Sólo entré para mostrarte esto -dijo Ulises-. Fíjate.
Rompió una naranja con las uñas, la partió con las dos manos, y le mostró a
Eréndira el interior: clavado en el corazón de la fruta había un diamante
legítimo.
- Estas son las naranjas que llevamos a la frontera -dijo.
- ¡Pero son naranjas vivas! -exclamó Eréndira.
- Claro -sonrió Ulises-. Las siembra mi papá.
Eréndira no lo podía creer. Se descubrió la cara, cogió el diamante con los
dedos y lo contempló asombrada.
-Con tres así le damos la vuelta al mundo -dijo Ulises-.
Eréndira le devolvió el diamante con un aire de desaliento. Ulises insistió.
-Además, tengo una camioneta -dijo-. Y además... ¡Mira!
Se sacó de debajo de la camisa una pistola arcaica.
-No puedo irme antes de diez años -dijo Eréndira. -Te irás -dijo Ulises-. Esta
noche, cuando se duerma la ballena blanca, yo estaré ahí fuera, cantando como la
lechuza.
Hizo una imitación tan real del canto de la lechuza, que los Ojos de Eréndira
sonrieron por primera vez.
-Es mi abuela -dijo.
- ¿La lechuza?
-La ballena.
Ambos se rieron del equívoco, pero Eréndira retomó el hilo.
-Nadie puede irse para ninguna parte sin permiso de su abuela.
-No hay que decirle nada.
-De todos modos lo sabrá -dijo Eréndira-: ella sueña las cosas.
-Cuando empiece a soñar que te vas, ya estaremos del otro lado de la frontera.
Pasaremos como los contrabandistas... -dijo Ulises.
Empuñando la pistola con un dominio de atarbán de cine imitó el sonido de los
disparos para embullar a Eréndira con su audacia. Ella no dijo ni que sí ni que
no, pero sus ojos suspiraron, y despidió a Ulises con un beso. Ulises,
conmovido, murmuró:
-Mañana veremos pasar los buques.
Aquella noche, poco después de las siete, Eréndira estaba peinando a la abuela
cuando volvió a soplar el viento de su desgracia. Al abrigo de la carpa estaban
los indios cargadores y el director de la charanga esperando el pago de su
sueldo. La abuela acabó de contar los billetes de un arcón que tenía a su
alcance, y después de consultar un cuaderno de cuentas le pagó al mayor de los
indios.
-Aquí tienes -le dio-: veinte pesos la semana, menos ocho de la comida, menos
tres del agua, menos cincuenta centavos a buena cuenta de las camisas nuevas,
son ocho con cincuenta. Cuéntalos bien.
El indio mayor contó el dinero, y todos se retiraron con una reverencia.
-Gracias, blanca.
El siguiente era el director de los músicos. La abuela consultó el cuaderno de
cuentas, y se dirigió al fotógrafo, que estaba tratando de remendar el fuelle de
la cámara con pegotes de gutapercha.
-En qué quedamos -le dijo- ¿pagas o no pagas la cuarta parte de la música?
El fotógrafo ni siquiera levantó la cabeza para contestar.
-La música no sale en los retratos.
-Pero despierta en la gente las ganas de retratarse -replicó la abuela.
-Al contrario -dijo el fotógrafo-, les recuerda a los muertos, y luego salen en
los retratos con los ojos cerrados.
El director de la charanga intervino.
-Lo que hace cerrar los ojos no es la música -dijo-, son los relámpagos de
retratar de noche.
-Es la música -insistió el fotógrafo.
La abuela le puso término a la disputa. "No seas truñuño", le dijo al-
fotógrafo. "Fíjate lo bien que le va al senador Onésimo Sánchez, y es gracias a
los músicos que lleva." Luego, de un modo duro, concluyó:
-De modo que pagas la parte que te corresponde, o sigues solo con tu destino. No
es justo que esa pobre criatura lleve encima todo el peso de los gastos.
-Sigo solo mi destino -dijo el fotógrafo-. Al fin y al cabo, yo lo que soy es un
artista.
La abuela se encogió de hombros y se ocupó del músico. Le entregó un mazo de
billetes, de acuerdo con la cifra escrita en el cuaderno.
-Doscientos cincuenta y cuatro piezas -le dijo- a cincuenta centavos cada una,
más treinta y dos en domingos y días feriados, a sesenta centavos cada una, son
ciento cincuenta y seis con veinte.
El músico no recibió el dinero.
-Son ciento ochenta y dos con cuarenta -dijo-. Los valses son más caros,
-¿Y eso por qué?
-Porque son más tristes -dijo el músico.
La abuela lo obligó a que cogiera el dinero,
-Pues esta semana nos tocas dos piezas alegres por cada valse qué te debo, y
quedamos en paz.
El músico no entendió la lógica de la abuela, pero aceptó las cuentas mientras
desenredaba el enredo. En ese instante, el viento despavorido estuvo a punto de
desarraigar la carpa, y en el silencio que dejó a su paso se escuchó en el
exterior, nítido y lúgubre, el canto de la lechuza.
Eréndira no supo qué hacer para disimular su turbación. Cerró el arca del dinero
y la escondió debajo de la cama, pero la abuela le conoció el temor de la manó
cuando le entregó la llave. "No te asustes", -le dijo-. "Siempre hay lechuzas en
las noches de viento". Sin embargo no dio muestras de igual convicción cuando
vio salir al fotógrafo con la cámara a cuestas.
-Si quieres, quédate hasta mañana -le dijo-, la muerte anda suelta esta noche.
También el fotógrafo percibió el canto de la lechuza pero no cambió de parecer.
-Quédate, hijo -insistió la abuela- aunque sea por el cariño que te tengo.
-Pero no pago la música -dijo el fotógrafo.
-Ah, no -dijo la abuela-. Eso no.
-¿Ya ve? -dijo el fotógrafo-. Usted no quiere a nadie.
La abuela palideció de rabia.
-Entonces lárgate -dijo-. ¡Malnacido!
Se sentía tan ultrajada, que siguió despotricando contra él mientras Eréndira la
ayudaba a acostarse. "Hijo de mala madre", rezongaba. "Qué sabrá ese bastardo
del corazón ajeno". Eréndira no le puso atención, pues la lechuza la solicitaba
con un apremio tenaz en las pausas del viento, y estaba atormentada por la
incertidumbre.
La abuela acabó de acostarse con el mismo ritual que era de rigor en la mansión
antigua, y mientras la nieta la abanicaba se sobrepuso al rencor y volvió a
respirar sus aires estériles.
-Tienes que madrugar -dijo entonces-, para que me hiervas la infusión del baño
antes de que llegue la gente.
-Sí, abuela.
-Con el tiempo que te sobre, lava la muda sucia de los indios, y así tendremos
algo más que descontarles la semana entrante.
-Sí, abuela -dijo Eréndira.
-Y duerme despacio para que no te canses, que mañana es jueves, el día más largo
de la semana.
-Sí, abuela.
-Y le pones su alimento al avestruz.
-Sí, abuela -dijo Eréndira.
Dejó el abanico en la cabecera de la cama y encendió dos velas de altar frente
al arcón de sus muertos. La abuela, ya dormida, le dio la orden atrasada.
-No se te olvide prender las velas de los Amadises. -Sí, abuela.
Eréndira sabía entonces que no despertaría, porque había empezado a delirar. Oyó
los ladridos del viento alrededor de la carpa, pero tampoco esa vez había reco-
nocído el soplo de su desgracia. Se asomó a la noche hasta que volvió a cantar
la lechuza, y su instinto de libertad prevaleció por fin contra el hechizo de la
abuela.
No había dado cinco pasos fuera de la carpa cuando encontró al fotógrafo que
estaba amarrando sus aparejos en la parrilla de la bicicleta. Su sonrisa
cómplice la tranquilizó.
-Yo no sé nada -dijo el fotógrafo-, no he visto nada ni pago la música.
Se despidió con una bendición universal. Eréndira corrió entonces hacia el
desierto, decidida para siempre, y se perdió en las tinieblas del viento donde
cantaba la lechuza.
Esa vez la abuela recurrló de inmediato a la autoridad civil. El comandante del
retén local saltó del chinchorro a las seis de la mañana, cuando ella le puso
ante los ojos la carta del senador. El padre de Ulises esperaba en la puerta.
-Cómo carajo quiere que la lea -gritó el comandante- si no sé leer.
-Es una carta de recomendación del senador Onésimo Sánchez -dijo la abuela.
Sin más preguntas, el comandante descolgó un rifle que tenía cerca del
chinchorro y empezó a gritar órdenes a sus agentes. Cinco minutos después
estaban todos dentro de una camioneta militar, volando hacia la frontera, con un
viento contrario que borraba las huellas de los fugitivos. En el asiento
delantero, junto al conductor, viajaba el comandante. Detrás estaba el holandés
con la abuela, y en cada estribo iba un agente armado.
Muy cerca del pueblo detuvieron una caravana de camiones cubiertos con lona
impermeable. Varios hombres que viajaban ocultos en la plataforma de carga
levantaron la lona y apuntaron a la camioneta con ametralladoras y rifles de
guerra. El comandante le preguntó al conductor del primer camión a qué distancia
había encontrado una camioneta de granja cargada de pájaros.
El conductor arrancó antes de contestar.
-Nosotros no somos chivatos -dijo indignado-, somos contrabandistas.
El comandante vio pasar muy cerca de sus ojos los cañones ahumados de las
ametralladoras, alzó los brazos y sonrió.
-Por lo menos -les gritó- tengan la vergüenza de no circular a pleno sol.
El último camión llevaba un letrero en la defensa posterior: Pienso en ti
Eréndira.
El viento se iba haciendo más árido a medida que avanzaban hacia el Norte, y el
sol era más bravo con el viento, y costaba trabajo respirar por el calor y el
polvo dentro de la camioneta cerrada.
La abuela fue la primera que divisó al fotógrafo: pedaleaba en el mismo sentido
en que ellos volaban, sin más amparo contra la insolación que un pañuelo
amarrado en la cabeza.
-Ahí está -lo señaló- ése fue el cómplice. Malnacido.
El comandante le ordenó a uno de los agentes del estribo que se hiciera cargo
del fotógrafo.
-Agárralo y nos esperas aquí -le dijo-. Ya volvemos.
El agente saltó del estribo y le dio al fotógrafo dos voces de alto. El
fotógrafo no lo oyó por el viento contrario. Cuando la camioneta se le adelantó,
la abuela le hizo un gesto enigmático, pero él lo confundió con un saludo,
sonrió, v le dijo adiós con la mano. No oyó el disparo. Dio una voltereta en el
aire y cayó muerto sobre la bicicleta con la cabeza destrozada por una bala de
rifle que nunca supo de dónde le vino.
Antes del mediodía empezaron a ver las plumas. Pasaban en el viento, y eran
plumas de pájaros nuevos, y el holandés las conoció porque eran las de sus
pájaros desplomados por el viento. El conductor corrigió el rumbo, hundió a
fondo el pedal, y antes de media hora divisaron la camioneta en el horizonte.
Cuando Ulises vio aparecer el carro militar en el espejo retrovisor, hizo un
esfuerzo por aumentar la distancia, pero el motor no daba para más. Habían
viajado sin dormir y estaban estragados de cansancio de sed. Eréndira, que
dormitaba en el hombro de Ulises, despertó asustada. Vio la camioneta que estaba
a punto de alcanzarlos y con una determinación cándida cogió la pistola de la
guantera.
-No sirve -dijo Ulises-. Era de Francis Drake.
La martilló varias veces y la tiró por la ventana. La patrulla militar se le
adelantó a la destartalada camioneta cargada de pájaros desplomados por el
viento, hizo una curva forzada, y le cerró el camino.
Las conocí por esa época, que fue la de más grande esplendor, aunque no había de
escudriñar los pormenores de su vida sino muchos años después, cuando Rafael
Escalona reveló en una canción el desenlace terrible del drama y me pareció que
era bueno para contarlo. Yo andaba vendiendo enciclopedias y libros de medicina
por la provincia de Riohacha. Alvaro Cepeda Samudio, que andaba también por esos
rumbos vendiendo máquinas de cerveza helada, me llevó en su camioneta por los
pueblos del desierto con la intención de hablarme de no sé qué cosa, y hablamos
tanto de nada y tomamos tanta cerveza que sin saber cuándo ni por dónde
atravesamos el desierto entero y llegamos hasta la frontera. Allí estaba la
carpa del amor errante, bajo los lienzos de letreros colgados: Eréndira es mejor
Vaya y vuelva Eréndira lo espera Esto no es vida sin Eréndira. La fila
interminable y ondulante, compuesta por hombres de razas y cones diversas,
parecía una serpiente de vértebras humanas que dormitaba a través de solares y
plazas, por entre bazares abigarrados y mercados ruidosos, y se salía de las
calles de aquella ciudad fragoroso de traficantes de paso. Cada calle era un
garito público, cada casa una cantina, cada puerta un refugio de prófugos. Las
numerosas músicas indescifrables y los pregones gritados formaban un solo
estruendo de pánico en el calor alucinante.
Entre la muchedumbre de apátridas y vividores estaba Blacamán, el bueno, trepado
en una mesa, pidiendo una culebra de verdad para probar en carne propia un
antídoto de su invención. Estaba la mujer que se había convertido en araña por
desobedecer a sus padres, que por cincuenta centavos se dejaba tocar para que
vieran que no había engaño y contestaba las preguntas que quisieran hacerle
sobre su desventura. Estaba un enviado de la vida eterna que anunciaba la venida
inminente del pavoroso murciélago sideral, cuyo ardiente resuello de azufre
había de trastornar el orden de la naturaleza, y haría salir a flote los
misterios del mar.
El único remanso de sosiego era el barrio de tolerancia, a donde sólo llegaban
los rescoldos del fragor urbano. Mujeres venidas de los cuatro cuadrantes de la
rosa náutica bostezaban de tedio en los abandonados salones de baile. Habían
hecho la siesta sentadas, sin que nadie las despertara para quererlas, y seguían
esperando al murciélago sideral bajo los ventiladores de aspas atornilladas en
el cielo raso. De pronto, una de ellas se levantó, y fue a una galería de
trinitarias que daba sobre la calle. Por allí pasaba la fila de los
pretendientes de Eréndira.
-A ver -les gritó la mujer-. ¿Qué tiene ésa que no tenemos nosotras?
-Una carta de un senador -gritó alguien.
Atraídas por los gritos y las carcajadas, otras mujeres salieron a la galería.
-Hace días que esa cola está así -dijo una de ellas-. Imagínate, a cincuenta
pesos cada uno.La que había salido primero decidió:
-Pues yo me voy a ver qué es lo que tiene de oro esa sietemesino.
-Yo también -dijo otra-. Será mejor que estar aquí calentando gratis el
asi'ento.
En el camino, se incorporaron otras, y cuando llegaron a la tienda de Eréndira
habían integrado una comparsa bulliciosa. Entraron sin anunciarse, espantaron a
golpes de almohadas al hombre que encontraron gastándose lo mejor que podía el
dinero que había pagado, y cargaron la cama de Eréndira y la sacaron en andas a
la calle.
-Esto es un atropello -gritaba la abuela-. ¡Cáfila de desleales! ¡Montoneras! -Y
luego, contra los hombres de la fila-: y ustedes, pollerones, dónde tienen las
cria-
dillas que permiten este abuso contra una pobre criatura indefensa. ¡Maricas!
Siguió gritando hasta donde le daba la voz, repartiendo tramojazos de báculo
contra quienes se pusieran a su alcance, pero su cólera era inaudible entre los
gritos y las rechiflas de burla de la muchedumbre.
Eréndira no pudo escapar del escarnio porque se lo impidió la cadena de perro
con que la abuela la encadenaba de un travesaño de la cama desde que trató de
fugarse. Pero no le hicieron ningún daño. La mostraron en su altar de marquesina
por las calles de más estrépito, como el paso alegórico de la penitente
encadenada, y al final la pusieron en cámara ardiente en el centro de la plaza
mayor. Eréndira estaba enroscada, con la cara escondida pero sin llorar, y así
permaneció en el sol terri-
ble de la plaza, mordiendo de vergüenza y de rabia la cadena de perro de su mal
destino, hasta que alguien le hizo la caridad de taparla con una camisa.
Esa fue la única vez que las vi, pero supe que habían permanecido en aquella
ciudad fronteriza bajo el amparo de la fuerza pública hasta que reventaron las
arcas de la abuela, y que entonces abandonaron el desierto hacia el rumbo de]
mar. Nunca se vio tanta opulencia junta por aquellos reinos de pobres. Era un
desfile de carretas tiradas por bueyes, sobre las cuales se amontonaban algunas
réplicas de pacotilla de la palafernalia extinguida con el desastre de la
mansión, y no sólo los bustos imperiales y los relojes raros, sino también un
plano de ocasión y una vitrola de manigueta con los discos de la nostalgia. Una
recua de indios se ocupaba de la carga, y una banda de músicos anunciaba en los
pueblos su llegada triunfal,
La abuela viajaba en un palanquín con guirnaldas de papel, rumiando los cereales
de la faltriquera, a la sombra de un palio de iglesia. Su tamaño monumental
había aumentado, porque usaba debajo de la blusa un chaleco de lona de velero,
en el cual se metía los lingotes de oro como se meten las balas en un cinturón
de cartucheras. Eréndira estaba junto a ella, vestida de géneros vistosos y con
estoperoles colgados, pero todavía con la cadena de perro en el tobillo.
-No te puedes quejar -le había dicho la abuela al salir de la ciudad
fronteriza-. Tienes ropas de reina, una cama de lujo, una banda de música
propia, y catorce indios a tu servicio. ¿No te parece espléndido?
-Sí, abuela.
-Cuando yo te falte -prosiguió la abuela-, no quedarás a merced de los hombres,
porque tendrás tu casa propia en una ciudad de importancia. Serás libre y feliz.
Era una visión nueva e imprevista del porvenir. En cambio no había vuelto a
hablar de la deuda de origen, cuyos pormenores se retorcían y cuyos plazos
aumentan a medida que se hacían más intrincadas las cuestas del negocio. Sin
embargo, Eréndira no emitió un suspiro que permitiera vislumbrar su pensamiento.
Se sometió en silencio al tormento de la cama en los charcos de salitre, en el
sopor de los pueblos lacustres, en el cráter lunar de las minas de talco,
mientras la abuela le cantaba la visión del futuro como si la estuviera
descifrando en las barajas. Una tarde, al final de un desfiladero opresivo,
percibieron un viento de laureles antiguos, y escucharon piltrafas de diálogos
de Jamaica, y sintieron unas ansias de vida, y un nudo en el corazón, y era que
habían llegado al mar.
-Ahí lo tienes -dijo la abuela, respirando la luz de vidrio del Caribe al cabo
de media vida de destierro-. ¿No te gusta?
-Sí, abuela.
Allí plantaron la carpa. La abuela pasó la noche hablando sin soñar, y a veces
confundía sus nostalgias con la clarividencia del porvenir. Durmió hasta más
tarde que de costumbre y despertó sosegada por el rumor del mar. Sin embargo,
cuando Eréndira la estaba bañando volvió a hacerle pronósticos sobre el futuro,
y era una clarividencia tan febril que parecía un delirio de vigilia.
-Serás una dueña señorial -le dijo-. Una dama de alcurnia, venerada por tus
protegidas, y complacida y honrada por las más altas autoridades. Los capitanes
de
los buques te mandarán postales desde todos los puertos del mundo.
Eréndira no la escuchaba. El agua tibia perfumada de orégano chorreaba en la
bañera por un canal alimentado desde el exterior. Eréndira la recogía con una
totuma impenetrable, sin respirar siquiera, y se la echaba a la abuela con una
mano mientras la jabonaba con la otra.
-El prestigio de tu casa volará de boca en boca desde el cordón de las Antillas
hasta los reinos de Holanda -decía la abuela-. Y ha de ser más importante que la
casa presidencial, porque en ella se discutirán los asuntos del gobierno y se
arreglará el destino de la nación.
De pronto, el agua se extinguió en el canal. Eréndira salió de la carpa para
averiguar qué pasaba, y vio que el indio encargado de echar el agua en el canal
estaba cortando leña en la cocina.
-Se acabó -dijo el indio-. Hay que enfriar más agua.
Eréndira fue hasta la hornilla donde había otra olla grande con hojas aromáticas
hervidas. Se envolvió las manos en un trapo, y comprobó que podía levantar la
olla sin ayuda del indio.
-Vete -le dijo-. Yo echo el agua.
Esperó hasta que el indio saliera de la cocina. Entonces quitó del fuego la olla
hirviente, la levantó con mucho trabajo hasta la altura de la canal, y ya iba a
echar el agua mortífera en el conducto de la bañera cuando la abuela gritó en el
interior de la carpa:
- ¡Eréndira!
Fue como si la hubiera visto. La nieta, asustada por el grito, se arrepintió en
el instante final.
-Ya voy, abuela -dijo-. Estoy enfriando el agua.
Aquella noche estuvo cavilando hasta muy tarde, mientras la abuela cantaba
dormida con el chaleco de oro. Eréndira la contempló desde su cama con unos ojos
intensos que parecían de gato en la penumbra. Luego se acostó como un ahogado,
con los brazos en el pecho y los Ojos abiertos, y llamó con toda la fuerza de su
voz interior:
-uiises.
Ulises despertó de golpe en la casa del naranjal. Había oído la voz de Eréndira
con tanta claridad, que la buscó en las sombras del cuarto. Al cabo de un
instante de reflexión, hizo un rollo con sus ropas y sus zapatos, y abandonó el
dormitorio. Había atravesado la terraza cuando lo sorprendió la voz de su padre:
-Para dónde vas.
Ulises lo vio iluminado de azul por la luna.
-Para el mundo -contestó.
-Esta vez no te lo voy a impedir -dijo el holandés-. Pero te advierto una cosa:
a dondequiera que vayas te perseguirá la maldición de tu padre.
-Así sea -dijo Ulises.
Sorprendido, y hasta un poco orgulloso por la resolución del hijo, el holandés
lo siguió por el naranjal enlunado con una mirada que poco a poco empezaba a
son-
reír. Su mujer estaba a sus espaldas con su modo de estar de india hermosa. El
holandés habló cuando Ulises cerró el portal.
-Ya volverá -dijo- apaleado por la vida, más pronto de lo que tú crees.
-Eres muy bruto -suspiró ella-. No volverá nunca.
En esa ocasión, Ulises no tuvo que preguntarle a nadie por el rumbo de Eréndira.
Atravesó el desierto escondido en camiones de paso, robando para comer y para
dormir, y robando muchas veces por el puro placer del riesgo, hasta que encontró
la carpa en otro pueblo de mar, desde el cual se veían los edificios de vidrio
de una ciudad iluminada, y donde resonaban los adioses noc-
turnos de los buques que zarpaban para la isla de Aruba. Eréndira estaba
dormida, encadenada al travesaño, y en la misma posición de ahogado a la deriva,
en que lo había llamado. Ulises permaneció contemplándola un largo rato sin
despertarla, pero la contempló con tanta intensidad que Eréndira despertó.
Entonces se besaron en la oscuridad, se acariciaron sin prisa, se desnudaron
hasta la fatiga, con una ternura callada y una dicha recóndita que se parecieron
más que nunca al amor.
En el otro extremo de la carpa, la abuela dormida dio una vuelta monumental y
empezó a delirar.
-Eso fue por los tiempos en que llegó el barco griego -dijo-. Era una
tripulación de locos que hacían felices a las mujeres y no les pagaban con
dinero sino con esponjas, unas esponjas vivas que después andaban caminando por
dentro de las casas, gimiendo como enfermos de hospital y haciendo llorar a los
niños para beberse las lágrimas.
Se incorporó con un movimiento subterráneo, y se sentó en la cama.
-Entonces fue cuando llegó él, Dios mío -gritó-, más fuerte, más grande y mucho
más hombre que Amadís.
Ulises, que hasta entonces no había prestado atención al delirio, trató de
esconderse cuando vio a la abuela sentada en la cama. Eréndira lo tranquilizó.
-Tate quieto -le dijo-. Siempre que llega a esa parte se sienta en la cama, pero
no despierta.
Ulises se acostó en su hombro.
-Yo estaba esa noche cantando con los marineros y pensé que era un temblor de
tierra -continuó la abuela-. Todos debieron pensar lo mismo, porque huyeron
dando gritos, muertos de risa, y sólo quedó él bajo el cobertizo de astromellas.
Recuerdo como si hubiera sido ayer que yo estaba cantando la canción que todos
cantaban en aquellos tiempos. Hasta los loros en los patios, cantaban.
Sin son ni ton, como sólo es posible cantar en los sueños, cantó las líneas de
su amargura:
Señor, Señor, devuélveme mi antigua inocencia para gozar su amor otra vez desde
el principio Sólo entonces se interesó Ulises en la nostalgia de la abuela.
-Ahí estaba él -decía- con una guacamayo en el hombro y un trabuco de matar
caníbales como llegó Guatarral a las Guayanas, y yo sentí su aliento de muerte
cuando se plantó en frente de mí, y me dijo: le he dado mil veces la vuelta al
mundo y he visto a todas las mu-
jeres de todas las naciones, así que tengo autoridad para decirte que eres la
más altiva y la más servicial, la más hermosa de la tierra.
Se acostó de nuevo y sollozó en la almohada. Ulises y Eréndira permanecieron un
largo rato en silencio, mecidos en la penumbra por la respiración descomunal de
la anciana dormida. De pronto, Eréndira preguntó sin un quebranto mínimo en la
voz:
-¿Te atreverías a matarla?
Tomado de sorpresa, Ulises no supo qué contestar. -Quién sabe -dijo-. ¿Tú te
atreves?
-Yo no puedo -dijo Eréndira-, porque es mi abuela.
Entonces Ulises observó otra vez el enorme cuerpo dormido, como midiendo su
cantidad de vida, y decidió: -Por ti soy capaz de todo.
Ulises compró una libra de veneno para ratas, la revolvió con nata de leche y
mermelada de frambuesa, y vertió aquella crema mortal dentro de un pastel al que
le había sacado su relleno de origen. Después le puso encima una crema más
densa, componiéndolo con una cuchara hasta que no quedó ningún rastro de la
maniobra siniestra y completó el engaño con setenta y dos velitas rosadas.
La abuela se incorporó en el trono blandiendo el báculo amenazador cuando lo vio
entrar en la carpa con el pastel de fiesta,
-Descarado -gritó-. ¡Cómo te atreves a poner los pies en esta casa!
Ulises se escondió detrás de su cara de ángel.
-Vengo a pedirle perdón -dijo-, hoy día de su cumpleaños.
Desarmada por su mentira certera, la abuela hizo poner la mesa como para una
cena de bodas. Sentó a Ulises a su diestra, mientras Eréndira les servía, y
después de apagar las velas con un soplo arrasador cortó el pastel en partes
iguales. Le sirvió a Ulises.
-Un hombre que sabe hacerse perdonar tiene ganada la mitad del cielo -dijo-Te
dejo el primer pedazo que es el de la felicidad.
-No me gusta el dulce -dijo él. Que le aproveche.
La abuela le ofreció a Eréndira otro pedazo de pastel. Ella se lo llevó a la
cocina lo tiró en la caja de la basura.
La abuela se comió sola todo el resto. Se metía los pedazos enteros en la boca y
se los tragaba sin masticar, gimiendo de gozo, y mirando a Ulises desde el limbo
de su placer. Cuando no hubo más en su plato se comió también el que Ulises
había despreciado. Mientras masticaba el último trozo, recogía con los dedos y
se metía en la boca las migajas del mantel.
Había comido arsénico como para exterminar una generación de ratas. Sin embargo,
tocó el piano y cantó hasta la media noche, se acostó feliz, y consiguió un
sueño natural. El único signo nuevo fue un rastro pedregoso en su respiración.
Eréndira y Ulises la vigilaron desde la otra cama, y sólo esperaban su estertor
final. Pero la voz fue tan viva como siempre cuando empezó a delirar.
- ¡Me volvió loca, Dios mío, me volvió loca! -gritó-. Yo ponía dos trancas en el
dormitorio para que no entrara, ponía el tocador y la mesa contra la puerta y
las sillas sobre la mesa, y bastaba con que él diera un golpecito con el anillo
para que los parapetos se desbarataran, las sillas se bajaban solas de la mesa,
la mesa y el tocador se apartaban solos, las trancas se salían solas de las
argollas.
Eréndira y Ulises la contemplaban con un asombro creciente, a medida que el
delirio se volvía más profundo y dramático, y la voz más íntima.
-Yo sentía que me iba a morir, empapada en sudor de miedo, suplicando por dentro
que la puerta se abriera sin abrirse, que él entrara sin entrar, que no se fuera
nunca pero que tampoco volviera jamás, para no tener que matarlo.
Siguió recapitulando su drama durante varias horas, hasta en sus detalles más
ínfimos, como si lo hubiera vuelto a vivir en el sueño. Poco antes del amanecer
se revolvió en la cama con un movimiento de acomodación sísmica y la voz se le
quebró con la inminencia de los sollozos.
-Yo lo previne, y se rió -gritaba-, lo volví a prevenir y volvió a reírse, hasta
que abrió los ojos aterrados, diciendo, ¡ay reina! ¡ay reina!, y la voz no le
salió por la boca sino por la cuchillada de la garganta.
Ulises, espantado con la tremenda evocación de la abuela, se agarró de la mano
de Eréndira.
- ¡Vieja asesina! -exclamó.
Eréndira no le prestó atención, porque en ese instante empezó a despuntar el
alba. Los relojes dieron las cinco.
- ¡Vete! -dijo Eréndira-. Ya va a despertar.
-Está más viva que un elefante -exclamó Ulises-. ¡No puede ser! ,
Eréndira lo atravesó con una mirada mortal.
-Lo que pasa -dijo- es que tú no sirves ni para matar a nadie.
Ulises se impresionó tanto con la crudeza del reproche, que se evadió de la
carpa. Eréndira continuó observando a la abuela dormida, con su odio secreto,
con la rabia de la frustración, a medida que se alzaba el amanecer y se iba
despertando el aire de los pájaros. Entonces la abuela abrió los Ojos y la miró
con una sonrisa plácida.
-Dios te salve, hija.
El único cambio notable fue un principio de desorden en las normas cotidianas.
Era miércoles, pero la abuela quiso ponerse un tr