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Horacio Verbitsky

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La masacre de Ezeiza del 20 de junio de 1973 cierra un ciclo de la historia argentina y prefigura los años por venir. Este libro de Horacio Verbitsky penetra en el mayor tabú politico de una época, con un importante aporte.

Horacio Verbitsky nació en Buenos Aires en 1942. En su larga e intensa carrera periodística trabajó en los diarios Noticias Gráficas (1960), El Siglo (1963), El Mundo (1964), La Opinión (1971), Clarín (1972), Noticias (1973) y Página/12 (desde 1987); y en las revistas Tiempo de Cine (1962), Rebelión (1964), Confirmado (1965), Semanario CGT (1968), Cuadernos del Tercer Mundo (1973), Paz y Justicia (1982), Humor (1983), El Periodista (1984) y Entre Todos (1985). En los últimos años sus notas dominicales en Página/12 se han convertido en el material informativo más candente de la semana política. Ha publicado entre otros libros: Prensa y poder en el Perú (1974), La última batalla de la Tercera Guerra Mundial (1984), Ezeiza (1985), La posguerra sucia (1985), Rodolfo Walsh y la prensa clandestina (1986), Civiles y Militares (1987), Medio siglo de proclamas militares (1987), La educación presidencial (1990).

EZEIZA

Editorial Contrapunto, 1985
COLECCIÓN MEMORIA Y PRESENTE
Director: Eduardo Luis Duhalde
Diseño tapa: Susana Rochocz
© Horacio Verbitsky
© Editorial Contrapunto S.R.L.
Tucumán 1438,1, Of. 110
Buenos Aires

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
Impreso en la Argentina - I.S.B.N.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN 5
PRIMERA PARTE LOS PREPARATIVOS 8
La botella de champagne 8
López & Martínez 11
El plan policial 14
Un torturador 15
El brigadier discreto 18
José 20
El ministerio del pueblo 22
Un general golpista 25
Los fierros 28
Ciro y Norma 34
El Automóvil Club 37
Los comparsas 39
SEGUNDA PARTE LOS HECHOS 42
El Hogar Escuela 42
El Palco 44
Iñíguez se va a la guerra 48
El agresor agredido 51
Alto el fuego 53
El micrófono 54
¿Peronistas o hijos de puta? 57
La pista segura 60
Muertos y heridos 63
Osinde vs. Righi 65
Bunge & Born lo sabía 71
EPÍLOGO PERÓN 74
TERCERA PARTE LOS DOCUMENTOS 76

A la memoria de Pirí Lugones, quien me suministró las cintas grabadas de las comunicaciones del COR, CIPEC, la SIDE y el Comando Radio-eléctrico de la Policía Federal, del 20 de junio de 1973.
Fue secuestrada el 21 de diciembre de 1977 de su departamento en Buenos Aires y vista por otros cautivos en un campo clandestino de concentración. Quienes la conocieron allí cuentan que enfrentó a sus captores con altivez e ironía a pesar de las torturas y los golpes. Fue asesinada en un traslado masivo, el 17 de febrero de 1978.

INTRODUCCIÓN
La masacre de Ezeiza cierra un ciclo de la historia argentina y prefigura los años por venir. Es la gran representación del peronismo, el estallido de sus contradicciones de treinta años.
Es también uno de los momentos estelares de una tentativa inteligente y osada para aislar a las organizaciones revolucionarias del conjunto del pueblo, pulverizar al peronismo por medio de la confusión ideológica y el terror, y destruir toda forma de organización política de la clase obrera.
Ezeiza contiene en germen el gobierno de Isabel y López Rega, la AAA, el genocidio ejercido a partir del nuevo golpe militar de 1976, el eje militar-sindical en que el gran capital confía para el control de la Argentina.
El proyecto instaurado en 1955 mediante la penetración de los monopolios extranjeros que se apoderaron de los recursos económicos del país, desnacionalizaron industrias, compraron bancos, asfixiaron regiones enteras, no pudo consolidarse nunca en un régimen estable.

La clase trabajadora no podía plegarse, y no se plegó, a ese modelo que suponía la superexplotación, pese a las intervenciones y las cárceles del 55, los fusilamientos del 56, la integración del 58, la opción del 63, la dictadura del 66, el GAN del 71. En su máxima consigna, el regreso de Perón, resumía su decisión de que con él regresara una política antioligárquica y antiimperialista, mientras los demás sectores del frente roto en 1955 se alejaban en busca de otras alternativas políticas.
 

Esa negativa de los trabajadores es lo que convirtió al peronismo en el hecho maldito, la porción de nacionalidad irreductible a la dominación, el soporte de los planes de lucha gremial, las jornadas insurreccionales, y la guerrilla. Esas instancias desembocaron en el regreso de Perón en 1972 y el triunfo electoral del 11 de marzo de 1973.
Las fuerzas derrotadas en esos días históricos no estaban sin embargo destruidas, las clases dominantes no se habían suicidado. Antes que se extinguieran los ecos de los aplausos y las manifestaciones estaban poniendo en práctica el más lúcido de sus planes: integrar no ya un peronismo perseguido con su jefe exiliado y proscripto, sino al peronismo en el gobierno.
Durante quince años Estados Unidos había dedicado recursos y esfuerzos a la captación de los dirigentes sindicales peronistas, con los cursos y las becas del Instituto para el Desarrollo del Sindicalismo Libre, dirigido por la AFL-CIO y financiado por la AID con fondos de la CÍA. Y uno de sus hombres inició en España la relación directa de la Central de Inteligencia estadounidense con el entorno peronista, que luego continuaría en la Argentina.
La derecha peronista debía encargarse de impugnar los designios revolucionarios desde las apariencias de un nuevo frente nacional.
La masacre de Ezeiza es también un escalón fundamental en la aplicación de crecientes cuotas de terror contra la movilización popular, que desbordaba todos los esquemas y rompía todas las tentativas de sometimiento.
Tres pronunciamientos históricos guiaron a la clase trabajadora: los de La Falda en 1957 y de Huerta Grande en 1962, emitidos por plenarios conjuntos de la CGT y de las 62 Organizaciones Gremiales Peronistas, y el programa de la CGT de los Argentinos de 1968. En ellos se expresaron las reivindicaciones de la base obrera antes que las clases medias volvieran al peronismo, desde la izquierda revolucionaria, el nacionalismo católico o la mayoría silenciosa.
Incluían la planificación de la economía, la eliminación de los monopolios mercantiles, el control del comercio internacional y la ampliación y diversificación de sus mercados. La nacionalización del sistema bancario, el repudio a la deuda financiera contraída a espaldas del pueblo, la reforma agraria para que la tierra sea de quien la trabaja, formaban parte de esos programas que el peronismo enarboló en los años de la adversidad y detrás de los cuales se encolumnó para conquistar el futuro. Contemplaban la protección arancelaria de la industria nacional, la consolidación de una industria pesada, la integración de las economías regionales, la nacionalización de los sectores básicos de la economía (siderurgia, petróleo, electricidad, frigoríficos), una política exterior independiente y de solidaridad con los pueblos oprimidos.

El 11 de marzo de 1973 el Frente Justicialista de Liberación sólo había llevado al triunfo un programa mínimo que no podía dejar de expresar sin embargo los objetivos básicos del peronismo, las aspiraciones populares que trascendían la formalidad de un acto electoral y que sólo podían ser satisfechas en el ejercicio real del poder. Esto implicaba un sueldo digno y un trabajo estable para todos, casa para los que no tenían casa, hospitales para los enfermos, justicia para los que nacieron o envejecieron bajo la injusticia.
Su instrumento necesario debía ser un Estado Popular donde participara la clase trabajadora decisivamente a partir de las estructuras que se había dado, y no de aquellas otras que la dictadura instrumentó para esterilizar sus luchas. Aparatos burocráticos, logias reaccionarias, asociados con banqueros y generales no podían estructurar ese Estado, porque sus intereses se oponían a los del pueblo.
Las más claras exigencias históricas del peronismo se daban en la relación del Estado Popular con las Fuerzas Armadas, porque de tales relaciones dependía la existencia misma de semejante Estado. Un Ejército que hasta el 25 de mayo había combatido en el frente interno contra su pueblo, una Marina que nueve meses antes había ejecutado y justificado una masacre imperdonable, sólo hubiera podido ser una apoyatura real del gobierno peronista si se hubiera producido una profunda renovación en sus cuadros y su doctrina y el acceso generalizado a posiciones de mando de oficiales identificados con los objetivos de la Nación y subordinados a la voluntad del pueblo. No eran suficientes Carcagno y Cesio, aislados en la punta de una pirámide hostil.
Estas eran las expectativas populares, pero había muchos equívocos que en Ezeiza se disiparían brutalmente. Dentro de la concepción de Comunidad Organizada, que Perón expuso por primera vez en un congreso de filosofía en la década del 40, la clase trabajadora necesita organización gremial pero no política, para actuar como factor de presión dentro de un sistema donde la decisión reside en el Estado arbitro. Por lo tanto no hay lugar en ella para la organización de la clase obrera como un poder en sí, que a través del control del Estado conquiste el poder total y lo ejerza, como se deducía de la práctica de los sectores más dinámicos del Movimiento, el sindicalismo combativo, la CGTA, la Juventud, y de la teorización de las organizaciones armadas peronistas.
De estos sectores provinieron a partir de 1968 las acciones que forzaron a la dictadura a concebir una salida electoral que incluyera por primera vez al peronismo como una opción aceptable. Lo sucedido en Ezeiza el 20 de junio se resume así en una frase del discurso pronunciado por Perón la noche del 21: "Somos lo que dicen las 20 Verdades Justicialistas y nada más que eso". En ellas no cabía el programa socializante que el peronismo se dio en la oposición, cuando la soledad de la derrota lo redujo a poco más que su componente obrero. La proximidad del poder a partir del derrumbe de Onganía en 1970 volvió a ampliar el espectro representativo y generó contradicciones internas que deflagraron a partir del 25 de mayo con el regreso al gobierno, y dispersaron a las fuerzas contenidas, a partir del 20 de junio.
El hombre viejo y enfermo que descendió en la base militar de Morón no podía salvar ese abismo, conciliar las tendencias antagónicas que se mataban en su nombre. Intentó repetir su experiencia anterior sin advertir que el frente de 1946 había respondido a una coyuntura que no existía en 1973, y avaló a la derecha del Movimiento, lanzada en son de guerra contra quienes pedían coherencia desde el gobierno con los objetivos de transformación social profunda por los que se había peleado.
La izquierda peronista cometió errores que la condujeron indefensa al desfiladero del 20 de junio. Ignoraba que eran tan peronistas las posiciones de sus adversarios internos como las propias y planteó la pugna en términos de lealtad a un hombre cuyas ideas no conocía a fondo. No se detuvo a consolidar los avances conseguidos entre 1968 y 1973 ni a estudiar las reglas del juego de la nueva etapa. Imaginó que su mayor capacidad de movilización y organización de masas bastaría para inclinar la balanza en su favor frente a la dirigencia sindical burocrática. Creyó que sería posible compartir la conducción con Perón en cuanto éste reparara en su poder. Se acostumbró a interpretar la realidad política en términos de estrategia militar, pero no previo que se recurriría a las armas para frenar su marcha impetuosa. Fue a un tiempo prepotente e ingenua.
Los militares del Gran Acuerdo Nacional exhibieron mayor sabiduría política. No participaron directamente en la masacre, pero crearon las condiciones para su producción, apañaron sus preparativos y encubrieron a los responsables, para que les desbrozaran el terreno de los obstáculos que ellos no podían remover.
En torno de la masacre de Ezeiza y de sus consecuencias comenzó a manifestarse la alianza entre la derecha peronista y la derecha no peronista, que tan clara se hizo durante el gobierno militar 1976-1983 y en los comienzos de la restauración constitucional.
El Rucci que en 1973 reúne y arma a todos esos sectores es precursor del Herminio Iglesias de la década siguiente. El mismo Julio Antún que en 1974 acompañó al coronel Navarro en el botonazo, recibirá la adhesión del general Camps en un acto peronista de 1985. El C de O y la CNU que Osinde puso sobre el palco de Ezeiza dieron sus hombres a los servicios militares de informaciones para el control de campos de concentración en la segunda mitad de la década del setenta, y para la intervención en Centroamérica decidida por la dictadura al empezar la del ochenta. Al peronista-reaccionario Osinde corresponde con simetría el reaccionario-peronista Acdel Vilas. Por eso su estudio nos habla tanto del pasado como del presente, en el que el C de O sigue idolatrando al comisario Villar y los diputados del minibloque peronista exaltan a Galtieri.
A pesar de los años transcurridos no se ha publicado ninguna investigación sobre la masacre de Ezeiza, que ha llegado a convertirse en nuestro mayor tabú político. La interpretación que en forma difusa se ha ido imponiendo es la de dos extremos irracionales que se masacran mutuamente, ante un pueblo ajeno a ambos que sólo quería asistir a una fiesta.
La investigación que empecé la misma noche del 20 de junio, interrumpida y reiniciada varias veces en esta década, consultando documentos oficiales, recogiendo testimonios de los dos bandos, cotejándolos con fuentes públicas y con los materiales de los servicios de informaciones a los que pude acceder, no demuestra esa hipótesis.
En este libro me propongo establecer:
• que la masacre fue premeditada para desplazar a Cámpora y copar el poder.
• que mientras unos montaron un operativo de guerra con miles de armas largas y automáticas, los otros marcharon con los palos de sus carteles, algunas cadenas, unos pocos revólveres y una sola ametralladora que no utilizaron.
• que el grueso de las víctimas se originó en este segundo grupo.
• que el número de muertos fue muy inferior al de las leyendas que aún circulan.
• que los tiroteos más prolongados se entablaron por error entre grupos del mismo bando, ubicados en el palco y el Hogar Escuela, y que tomaron a la columna agredida entre dos fuegos.
• que los tiradores ubicados sobre tarimas en los árboles también respondían a la seguridad del acto.
• que no hubo combate sino suplicio de indefensos.
• es decir, que los masacradores lograron su propósito.

PRIMERA PARTE

LOS PREPARATIVOS
La botella de champagne

El 25 de mayo más de un millón de personas despidieron a gritos al último presidente del gobierno militar. Los carteles de los sindicatos, que las grúas municipales colgaron en la Plaza de Mayo, quedaron en minoría ante las banderas y estandartes del otro sector que le disputaba el predominio: la Juventud Peronista, y las guerrillas que ese día anunciaron la fusión de FAR con Montoneros.
La multitud impidió que el Secretario de Estado norteamericano William Rogers, y el presidente del Uruguay Juan María Bordaberry pudieran llegar a la Casa de Gobierno, donde prestaba juramento Héctor Cámpora: pintó con aerosol los uniformes militares, ocupó el sitio en el que debían desfilar, y amenazó con un descontrol proporcional al rígido orden que el gobierno saliente había procurado imponer hasta su último día.
Cinco mil activistas de la JP provistos con brazaletes de tela tomaron la situación a su cargo, establecieron pautas para la circulación y áreas que debían ser respetadas. La jornada transcurrió con agitación pero sin incidentes graves. Fue el primero de una serie de días vertiginosos, en los que centenares de miles de personas se echaron a las calles. Rodeando la cárcel hasta que Cámpora firmara el indulto para los presos políticos, o en columnas de a miles, con sus banderas al aire, aparecían en una esquina cualquiera, daban sus vivas y continuaban hacia un destino impreciso.
Se estaba incubando un cataclismo.
Descolocado en la campaña electoral y en los albores del nuevo gobierno, el sector sindical lanzó su contraofensiva una semana después, con un par de solicitadas contra el "trotskysmo" y la "patria socialista", como eligió caracterizar a sus oponentes desde entonces.
Centenares de reparticiones públicas fueron ocupadas a partir de allí por los dos bandos. La Juventud Peronista había promovido esa especie de revolución cultural para expulsar de sus cargos a funcionarios comprometidos con los gobiernos militares. La rama sindical replicó con las ocupaciones preventivas, "antes que lleguen los trotskystas".
El 9 de junio, al cumplirse 17 años de los fusilamientos de 1956, las dos facciones se encontraron. La muerte de un dirigente gremial añadió fatalidad y encono a la contienda.
Ante la marea de ocupaciones que fue paralizando al país, el gobierno de Cámpora no supo qué hacer, y nadie escuchó al Secretario General peronista Juan M. Abal Medina cuando exhortó a detenerlas, ya demasiado tarde. El ministro del Interior declaró que cuando se acumula presión en una botella de champagne durante años, es suficiente quitar el corcho para que se derrame la espuma. Esteban Righi no disponía de buena información sobre el origen y el propósito de cada una de las ocupaciones, a las que se refería en conjunto e indiscriminadamente.
En uno de sus primeros actos de gobierno, Righi había pronunciado un acre mensaje ante la plana mayor de la Policía Federal, a la que compadeció por el rol de brazo armado de un régimen injusto que había desempeñado en los últimos años. En su bien inspirado discurso vibraban los mejores sentimientos de libertad, justicia y dignidad humana con los cuales el peronismo había enfrentado a las dictaduras militares y a los gobiernos civiles ilegítimos durante casi dos décadas. Righi fustigó a los policías torturadores y anunció que ningún abuso sería consentido.
Pasadas 48 horas sin que se iniciaran las esperadas medidas de depuración, los policías señalados pasaron de la desolación a la resistencia. Pocos días después de su discurso, Righi se veía envuelto en una polémica con organismos fantasmas de oficiales de las policías Federal y provincial de Buenos Aires, que lo atacaban con comunicados en los diarios y voceaban supuestos malestares en la tropa. Privado de la colaboración de la única fuerza armada que dependía de su ministerio, Righi vivió casi a ciegas el proceso que en un mes condujo a las crisis y declinación del gobierno que integraba. La espuma de champagne se convirtió en lava de un volcán.

 

Ni yanquis ni marxistas

El 2 de junio La Nación editorializó sobre la "crisis inevitable entre el terrorismo de izquierda y las estructuras clásicas del peronismo". El mismo día, las 62 Organizaciones declararon que se planteaba "en términos dramáticos la crisis del peronismo clásico con las organizaciones subversivas". Casi las mismas palabras.
El 3, durante un asado servido en un campo de recreo del SMATA en Cañuelas, el delegado cubano al congreso de la CGT, Agapito Figueroa, pidió algo muy común en su tierra: un brindis por el Che Guevara. Fue interrumpido por gritos hostiles de "ni yanquis ni marxistas", que medían el clima de confrontación imperante, y Rucci dijo que "estamos en lucha con los imperialismos de derecha y de izquierda". El diario de las empresas extranjeras señaló que el gobierno contaba con "información interna proveniente de los años transcurridos en la oculta oposición al gobierno anterior, que hará que no sea difícil infiltrarse en las organizaciones terroristas que continúan operando"1. El diario de los sindicatos afirmó que "quienes no somos ni liberales ni marxistas sostenemos una vez más que el peronismo es nacional y no debe tolerar extorsiones de quienes son sin duda sus enemigos"2.
Las tomas impulsadas por la derecha peronista procuraban mejorar sus posiciones en cargos públicos frente al otro sector. Pero junto con los cementerios, las dependencias administrativas, los colegios, las fábricas, las universidades, las cooperativas, las colonias turísticas, los organismos científicos, los clubes, un reducido número de ocupaciones obedecía al propósito de asegurarse el control de todo tipo de comunicaciones.
En el Ministerio de Obras y Servicios Públicos fue expulsado a empujones el subsecretario Horacio Zubiri, y los ocupantes ofrecieron como reemplazante a Belisario Canino, compañero del capitán Chavarri en la Agrupación 20 de noviembre.
Los representantes de los sindicatos AATRA y FOECYT que tomaron la Secretaría de Comunicaciones notificaron que los respaldaba el secretario general de la CGT José Rucci, de lo cual dio fe el diputado nacional Carlos Gallo, un ex dirigente telefónico separado de su gremio y convertido en asesor político de la UOM.
Las radios fueron uno de los objetivos predilectos. En Córdoba la Juventud Sindical y el Centro de Acción y Adoctrinamiento adujeron la "infiltración marxista" para tomar LV3 y LW1. La Alianza Libertadora ocupó el canal 8 y las 62 Organizaciones LRA 7 y el edificio central de Correos, siempre contra "los infiltrados". En la Capital Federal una agrupación creada por el fotógrafo Manuel Damiano, quien había dirigido el Sindicato de Prensa antes de 1955, tomó LS6, LR2 y LR3, con diez filiales en el interior. En Rosario la UOM, la UOCRA y la Alianza Restauradora se apoderaron de LT2, LT3 y LT6 y prohibieron la difusión de discos de Horacio Guarany, Osvaldo Pugliese y Mercedes Sosa. En Olavarría, las 62 Organizaciones controlaron LU32. En Bahía Blanca, LU7.
Los ocupantes del canal 7 de televisión, en la Capital Federal, ordenaron en nombre del teniente coronel Jorge Osinde y de Rucci que sólo debían verse en la transmisión los carteles de los sindicatos y que no se realizarían encuadres del presidente Cámpora. Entre quienes probaron sobre el responsable de la emisora, Rene Aure, la persuasión de un caño empavonado estaba el comandante de Gendarmería Corres, padre de uno de los asesinos en 1971 de la estudiante marplatense Silvia Filler. Leonardo Favio recibió instrucciones de no nombrar a otra mujer que Isabel Perón.

1. The Buenos Aires Herald, 6 de junio de 1973.
2. Mayoría, 9 de junio de 1973
El Comandante Corres y la Alianza Libertadora habían establecido su cuartel en el Teatro Municipal San Martín, que dependía del intendente interino Leopoldo Frenkel, amigo de Osinde y fundador del Comando de Planificación. En el mismo teatro realizó su congreso la hasta entonces desconocida Agrupación de Trabajadores de Prensa de Manuel Damiano. Su invitado de honor fue alguien cuya vinculación con la prensa se limitaba a la lectura del diario, y de quien nos ocuparemos más adelante: el general Miguel Ángel Iñíguez.
Y un denominado Comando Militar de esa agrupación de supuestos periodistas se apoderó de Ferrocarriles Argentinos con ayuda del agente de la Inteligencia ferroviaria Fernando Francisco Manes. Integraban el comando los hermanos Juan Domingo, Raúl y Vicente López, José Arturo Sangiao, Eugenio Sarrabayrouse y Edmundo Orieta, los mismos que habían copado las tres radios en la Capital Federal.
Luego de ocupar los ferrocarriles echaron al director designado por el gobierno y propusieron en su reemplazo al general Raúl Tanco, viejo amigo de Iñíguez.
La agencia oficial de noticias Telam no hizo falta ocuparla, porque sus directivos eran Jorge Napp y el teniente coronel Jorge Obón, dos integrantes del COR del general Iñíguez. Lo único que faltaba era una central de comunicaciones moderna con puestos móviles. La proveerá el Automóvil Club, como ya veremos.
Obras Públicas, Comunicaciones, radios y televisoras, unidades rodantes con central radial, ferrocarriles. Todo marcha como debe.

López & Martínez

En 1955 él cantaba boleros. Ella tocaba el piano y bailaba. José López tenía 39 años, María Martínez 24. Se verían por primera vez sólo once años más tarde.
Juan D. Perón, de 59, comenzaba su largo exilio. Pasó unos meses en Paraguay y siguió hasta Panamá. Allí conoció a Martínez, quien abandonó su compañía en gira y se quedó con él como secretaria. Después se casaron, en España.
Antes de ese encuentro sólo hay anodinos recuerdos de provincia: su nacimiento en La Rioja, hija de un alto funcionario de un banco oficial, sus buenas calificaciones en la escuela primaria, sus estudios de música, teatro y danzas. Perón recién recurrió a ella para una misión política al cabo de diez años, porque Augusto Vandor le discutía la conducción del peronismo y no confiaba en nadie para enfrentarlo. En 1966 la envió a la Argentina para representarlo en la campaña electoral por la gobernación de Mendoza.
Con una carpeta de recortes y una vieja fotografía que lo mostraba de uniforme trepado al auto descubierto de Perón, López se ofreció para integrar la custodia de Martínez. Su biografía no era menos desvaída. Hijo de un inmigrante español, jugó al fútbol, cantó en los bailes de un club del barrio de Saavedra, trabajó como peón en una fábrica textil, fue cabo de la policía, militó en un comité radical, se casó, tuvo una hija.
Los dos habían seguido parecidas líneas de fuga hacia regiones fantásticas, ella en un templo espiritista de Mataderos, él por medio de la magia blanca de Umbanda y la logia Anael. Cuando Martínez concluyó su misión en Mendoza y Buenos Aires, López la siguió a España, donde las afinidades ocultistas le franquearon el acceso a la residencia de los Perón. A fines de 1966 ya trabajaba como asistente en Puerta de Hierro.
Perón había tenido un contacto previo con el jefe de la logia Anael, el brasileño Menotti Carnicelli, y con su representante argentino el martillero Héctor Caviglia, quienes en 1950 le recabaron su apoyo para reponer en el gobierno a Getulio Vargas. Según Anael, Perón y Vargas debían realizar "la unión de las repúblicas de América para el dominio del mundo civilizado". Hitler y Mussolini habían venido a la tierra para "abrir camino a Perón y Getulio". Cuando Estados Unidos se desmoronara, la alianza de la Argentina y Brasil afirmaría en el tercer milenio una nueva humanidad.
La logia identificaba sus esquemas racistas con la emergencia política del Tercer Mundo. Asia, África y América eran los continentes sobre los que se fundaría el nuevo orden mundial. Formaban un triángulo y una sigla, de valor cabalístico: AAA.
Washington no se desplomó, Vargas se pegó un tiro en el palacio Catete en 1954, y Perón se desentendió de la logia esotérica que quería crear una iglesia nacional argentina, independiente de Roma3.

El sótano milenario

Al llegar a Madrid en 1966, López se ofreció a prolongar la vida de Perón. En una carta enviada a sus compañeros de Anael el 15 de julio escribió que "estamos en los albores de un nuevo ciclo de la humanidad, se está produciendo el balance final, y el barco carga aquello que está pronto a zarpar. Hubo 2.000 años para prepararse. Yo veo a la distancia y tengo la enorme responsabilidad de controlar la pureza del embarque.
"Isabelita ha demostrado una vez más ser una gran mujer. Ha hablado tanto de nosotros al general y a los periodistas, que soy una especie de bicho raro.

3. Cartas de Caviglia y Anael a Perón se reproducen en la sección documental de este libro.
"Hablé con el general de las publicaciones que pensamos editar para hacer la biblioteca peronista y me apoya plenamente. La señora percibirá el 50 % de las ganancias como socia nuestra. Como podrán notar tenemos la exclusividad de todo a través de Isabelita, quien con ese dinero no tendrá que depender de nadie.
"Las jerarquías del sótano milenario y las momias faraónicas están en plena actividad, luchando contra este pobre vigilante, contra esa niña flaca y rubia. La batalla es definitiva, y así se lo manifesté claramente al jefe. Le dije, entre otras cosas, que mi viaje no fue para acompañar a Isabel ni para descansar en su mansión. Vengo en busca de una "definición y no me iré sin ella. Me pidió tiempo de vida para dejar el movimiento en manos institucionalizadas y retirarse como filósofo patriarca de América4 ".
López fue primero custodio de Martínez, después su consejero, astrólogo y confesor, finalmente su exclusivo guía espiritual. Por la mañana trabajaba en una oficina de la Gran Vía en sus libros de astrología. Por la tarde en la quinta 17 de octubre, supervisando el funcionamiento de la casa, las compras, las reparaciones.
En su "Astrología esotérica", de 1970, escribió que a Perón le correspondía el acorde musical La, Si, Mi 2, que su destino obedecía a los perfumes zodiacales de la rosa y el clavel salmón, a cinco partes de color celeste y cinco partes de gris, a las alteraciones de la vejiga, a los uréteres, el sistema vasomotor y la piel. Al año siguiente ya llevaba el archivo de Perón y pasaba en limpio su correspondencia. Comenzó a tutear a los visitantes e inmiscuirse en las conversaciones de Perón con los jefes políticos y sindicales que lo visitaban. A su alrededor fue creciendo un discreto polo de poder en el peronismo, vía ideal para llegar con informes o dinero a la Puerta de Hierro para quienes no estaban en buenos tratos con los conductos formales. "Yo soy el pararrayos que detiene todos los males enviados contra esta casa. Cada vez soy menos López Rega y cada vez soy más la salud del general" dijo un día de l9725.
Los comerciantes argentinos Héctor Villalón y Jorge Antonio, quienes durante una década habían constituido la corte de Perón en Madrid, se quejaban ante cada visitante de los crecientes poderes de la sociedad López & Martínez, que les había clausurado la entrada a la residencia y filtraban las cartas y entrevistas de Perón. Villalón sabía que el único medio de comunicarse con Perón era el télex de la Puerta de Hierro, porque el ex presidente controlaba diariamente que no hubiera cortes en el rollo de la copia carbónica que quedaba en la máquina, atendida por el asistente de López Rega, José Miguel Vanni. Había nacido el entorno.

El guitarrista malo de Gardel

Dos semanas antes que López escribiera su carta a la logia, el general Juan C. Onganía había iniciado su Revolución Argentina. Intervino sindicatos, anuló leyes laborales, desnacionalizó bancos e industrias, intentó sin éxito extraer recursos del agro para modernizar el aparato productivo, reorganizó el Ejército que se volcó sobre el frente interno según la Doctrina de la Seguridad Nacional, y le subordinó las fuerzas policiales para controlar las fronteras ideológicas.
Onganía y sus dos sucesores castrenses, Roberto Levingston y Alejandro Lanusse, enfrentaron huelgas, movilizaciones, ocupaciones de fábricas, insurrecciones urbanas que llegaron a paralizar capitales provinciales, como el cordobazo de 1969 o el rosariazo de 1970, el surgimiento de las guerrillas rurales y urbanas, peronistas y marxistas, un proceso electoral en 1971 y 1972, y por último los comicios de marzo de 1973.

4. Revista Somos, octubre de 1976.
5. La Opinión, 22 de julio de 1975. Artículo de Tomas Eloy Martínez.
En 1972 al salir de una reunión con Perón dos dirigentes de la Juventud Peronista fueron invitados por López a tomar un trago en el Hotel Monte Real, a pocas cuadras de la residencia.
"Gardel tenía dos guitarristas, uno muy bueno y el otro muy malo", comenzó, para asombro de sus interlocutores.
"El bueno se separó de Gardel y se dedicó a dar conciertos. No le fue mal, pero pronto lo olvidaron. El malo, en cambio, se quedó con Gardel hasta el final, sobrevivió al accidente y también se dedicó a dar conciertos. Recorrió todo el país presentándose como el último guitarrista que tuvo Gardel, y los teatros se llenaban aunque tocara mal", siguió.
Sus acompañantes se acomodaron en la barra y cambiaron una fugaz mirada. López prosiguió:
"Lo mismo pasa con el general. En el peronismo hay muchos guitarristas buenos, pero nadie se acuerda de ellos. En cambio, la señora y yo somos el guitarrista malo de Gardel". Insinuación o advertencia, la parábola fue festejada con un brindis, y pronto olvidada.6
Otra vez, a instancias de Perón, López expuso una de sus teorías. Debido a las culpas de la oligarquía, un río de sangre seca circulaba bajo el subsuelo de la Argentina. Luego, a solas con los visitantes, añadió que después de tomar el gobierno el peronismo necesitaría una milicia armada para reprimir a sus enemigos, e insistió en el importante futuro reservado a la esposa de Perón.7
Por entonces nadie los tomaba en serio. Cuando López hablaba, Perón sonreía.

El hombre de la Compañía

El embajador estadounidense en España escuchó con mayor atención al mayordomo escatológico. Robert Hill era accionista de la United Fruit y funcionario de la Central de Inteligencia de su país, y en 1954 había estado relacionado con la invasión a Guatemala y el derrocamiento del coronel Jacobo Arbenz. Fue el nombre designado por la CÍA para penetrar la intimidad de Perón. Además de López, Hill tenía contacto con Milosz Bogetic, un ex coronel croata ustachi, prófugo al terminar la Segunda Guerra Mundial, refugiado primero en la Argentina y luego colaborador del dictador dominicano Rafael Trujillo.
En 1973, cuando López se instaló cerca del poder en Buenos Aires, el Departamento de Estado trasladó a Hill de España a la Argentina para continuar la relación. Una de sus primeras actividades fue la firma de un convenio con López para la represión del tráfico de drogas, cobertura que la CÍA comenzaba a utilizar por entonces.
López reveló ante la prensa lo que debería haber guardado en reserva. En su discurso dijo que el combate contra las drogas formaba parte de un plan político, de lucha contra la subversión. Hill asintió en incómodo silencio.
Con asistencia técnica y financiera de Estados Unidos comenzaba a organizarse la AAA, reedición del Plan Phoenix, aplicado en Vietnam para suprimir a 10.000 opositores.
Su ensayo general se había escenificado pocos meses antes, el 20 de junio, en Ezeiza.

6. Testimonio de uno de los protagonistas, recogido por el autor en Lima en 1975.
7. ídem.

El plan policial

Al anunciarse el regreso de Perón la Policía Federal elaboró un detallado plan con cuatro objetivos: ordenar el tránsito de personas en el acto de recepción, asegurar la circulación y estacionamiento de vehículos, brindar seguridad al público y prevenir incendios o emergencias sanitarias.
Esta sensata programación, contenida en un expediente de 21 carillas, incluía relevamientos planimétricos y aerofotogramétricos, y contemplaba alternativas por si el acto debía suspenderse debido a condiciones meteorológicas o imprevistos que pusieran en peligro a la concurrencia o a las autoridades.
Las medidas de prevención y las áreas de responsabilidad sugeridas por la Policía Federal a lo largo de la Avenida General Paz, el Camino de Cintura y la autopista Ricchieri; la disposición de efectivos de Tránsito, Policía Montada, Guardia de Infantería, Bomberos, Orden Urbano, Seguridad Metropolitana, Seguridad Federal, Comunicaciones, Investigaciones Criminales y Personal Técnico; las previsiones para alojar a eventuales detenidos y heridos; las formas de colaboración con Gendarmería, Municipalidad de Buenos Aires, Policía de la provincia de Buenos Aires y Fuerza Aérea, eran minuciosas y razonables. Carece de interés transcribirlas, por su carácter técnico, y porque no fueron esas las providencias desoidas que permitieron el desastre.
En cambio resultan esenciales las sugerencias que la Policía Federal formuló para el palco y que debían coordinarse con el Comité de Recepción. El informe proponía utilizar las columnas de iluminación que bordean el puente para cerrar el contorno del palco con un vallado hexagonal de 50 metros de radio. En su lado norte habría una sola abertura móvil, sobre camino asfáltico, para el descenso del helicóptero presidencial, a sólo 30 metros del estrado. La parte interna del vallado sería controlada por 1.200 policías especializados.
Los técnicos policiales vaticinaban que el público presionaría sobre la primera línea delante y detrás del palco y aconsejaban construir otro vallado externo al primero, siguiendo las cuatro hojas circulares que en forma de trébol circundan al puente. Entre ambos vallados quedaría un corredor libre de unos 50 metros, por el que podrían desplazarse periodistas, fotógrafos y camarógrafos.
El punto más significativo del proyecto policial recomendaba que este vallado externo, que estaría en contacto directo con el público, fuera controlado por personas identificadas con brazaletes y designadas por el Comité de Recepción.
De este modo, los planificadores policiales preveían las aglomeraciones a ambos lados del palco, y sin empecinarse en una imposible prohibición de acercarse desde el aeropuerto, adoptaban precauciones para impedir desbordes. Estos recaudos debían estar a cargo de militantes políticos en la primera línea, y de personal policial en la segunda. Sin armas los primeros, cuya tarea era la persuasión. Preparados para actuar sólo en caso de extrema necesidad los segundos.
Este sencillo esquema no se compadecía con las atribuciones políticas que el comité encargado de los aspectos técnicos de la seguridad pretendía arrogarse. Así, el acceso por detrás del palco fue prohibido a los manifestantes, y los policías profesionales suplantados por militares retirados y activistas sindicales armados.
Su misión no era garantizar la seguridad del acto, sino el predominio en las posiciones de avanzada de los contingentes de sus organizaciones.
Si no lo lograban, correría bala.

Un torturador

"Luego de manifestarle que tuviera entendido que desde ese momento la vida del dicente no tenía ningún valor, le aplicó un golpe sobre el lado izquierdo de la cara, fracturándole el segundo premolar del maxilar superior, luego lo empujó obligándolo a sentar en un sillón y colocándole la punta del pie derecho bajo el cuerpo, le indicó que declarara"8.
En 1946 había terminado su curso de Inteligencia, y fue designado jefe de Contraespionaje del Servicio Secreto del Comando en Jefe del Ejército. Se desvelaba por estafadores rumanos, agentes soviéticos y norteamericanos, redes alemanas de información.
Pronto se ocuparía también de argentinos. Primero organizó la Dirección de Coordinación de la Policía Federal y luego extendió su poder a los demás aparatos de informaciones del país. Desde Control de Estado manejaba simultáneamente los servicios militares y policiales.
En 1951 arrestó a un coronel y dos capitanes sublevados con el general Benjamín Menéndez: Rodolfo Larcher, Julio Alsogaray y Alejandro Lanusse, tres futuros comandantes en jefe. Democráticamente brindó a los tres militares el mismo tratamiento que el civil Rafael Douek describe en el comienzo de este capítulo.

Bombas en la Plaza

El 1o de mayo de 1953 estallaron varias bombas entre la gente reunida frente a la Casa de Gobierno para escuchar a Perón. Cuando fue designado al mando de la investigación ya era teniente coronel y tenía 40 años. Los doce detenidos se acusaron unos a otros desde la primera sesión de picana, pero los castigos prosiguieron durante días. Su objeto no era arrancarles la confesión sino hacérselas memorizar. En aquella época en que los derechos individuales estaban mejor protegidos, la declaración "espontánea" ante la policía carecía de valor legal.
Era preciso compaginar con las doce palinodias un solo cuento, que cada uno debía repetir en forma convincente ante Su Señoría.
El tenía su sistema mnemotécnico. A Douek lo colocó bajo una lámpara de luz roja frente a una red, conectada a cuatro conductores eléctricos.
Si dos sectores de la red se rozaban, echaban chispas. "Detrás del dicente, dos personas comentaron entre sí y con el indudable propósito de intimidar al deponente, que sería desnudado y se le arrojaría la red encima9.
Cuando Alberto González Dogliotti contestó insatisfactoriamente una de sus preguntas, lo acometió "a golpes de puño en los oídos" mientras un comisario lo inmovilizaba, "circunstancia que le produjo una fuerte sordera10.
Al ingeniero Roque Carranza, futuro ministro de los presidentes Illia y Alfonsín, le dijo que le convenía "confesarse autor de los hechos, a fin de evitar consecuencias para el declarante, que podría alcanzar a sus familiares, cuya detención iba a ordenar en ese momento11.
Carranza se negó. Lo vendaron, lo desnudaron, lo sentaron en una silla, le ataron una toalla húmeda al tobillo y lo picanearon. Después el jefe de los torturadores lo instó a "hacer una confesión completa. El deponente manifestó entonces que firmaría lo que le pusieran delante con tal que terminaran los procedimientos y se liberara a sus familiares".
El peronismo pagó por estas aberraciones, cuyo relato recorrió el mundo realimentando el mito de la dictadura fascista que durante la gestión del ex embajador Spruille Braden había difundido el Departamento de Estado de Washington.

8. Declaración judicial de Rafael Douek, el 7 de agosto de 1953. En Nudelman, Santiago: Por la moral y la decencia administrativa, Buenos Aires, 1956.
9. 10. 11. Declaraciones judiciales de Douek, González Dogliotti y Carranza, en Nudelman, op. cit.
Su sádica violencia era innecesaria para defender a un gobierno cuya fuerza emanaba del respaldo popular. La de sus camaradas de armas después de 1955 no fue menos cobarde, pero llenó con pragmatismo de clase una función racional, como único sustento posible de un poder ilegítimo.

La llovizna y la tempestad

Después de 1955 se benefició de la indiscriminada persecución contra el peronismo. Preso en un buque-cárcel pasó a ser uno más entre los miles de humillados, y cuando Frondizi lo amnistió en 1958, nadie le pidió cuentas por sus delitos. Comparativamente parecían hechos menores, contradicciones secundarias, como una llovizna para quien ha padecido una tempestad.
En 1964 asumió como delegado militar durante los preparativos del primer retorno. Para construir algo también puede usarse bosta, decía Perón, y parecía sabio.
Compañero de promoción de los generales Onganía y Rauch, reconciliado con Lanusse y Alsogaray, socio del secuestrador del cadáver de Eva Perón, Moori Koenig, importador de mosaicos y mayólicas de lujo junto con Ciro Ahumada, fue uno de los candidatos de la derecha peronista a la sucesión de Jorge Paladino como delegado de Perón y candidato presidencial.
Cuando regresó de Madrid a fines de 1971 ungido una vez más como delegado militar lo esperaban en Ezeiza Norma López Rega de Lastiri, el capitán Horacio Farmache y Manuel de Anchorena. El hacendado del Movimiento Federal lo agasajó en la terraza de su piso en Buenos Aires, y brindó por él, "que será el sucesor de Perón"12.
A mediados de 1972 viajó a Madrid con el encargo de Lanusse de convencer a Perón que aceptara su proscripción como candidato para las elecciones de 1973. Al mismo tiempo el embajador Rojas Silveyra le prometió pagarle sus sueldos atrasados, restituirle sus bienes y asignarle tres mil dólares mensuales.
"Me llamó la atención porque la limosna era grande, y le pregunté qué querían a cambio", cuenta Perón.
–Su participación en el Gran Acuerdo Nacional, explicó el embajador.
–Ah no, conmigo no cuenten. Yo estoy amortizado. Vivo los últimos años de mi vida, sin necesidades ni vanidades. Soy insobornable. Lo que ustedes tienen que hacer es dar una solución para el pobre pueblo argentino, con su millón y medio de desocupados. En ese caso yo me anoto hasta de peón13, dice que dijo Perón.
En octubre pretendió negociar por su cuenta con el gobierno el plan de diez puntos para la Reconstrucción Nacional presentado por Perón. En noviembre junto con el brigadier Arturo Pons Bedoya dio seguridades a Lanusse de que Perón no volvería a la Argentina. Cuando el avión en que volvió estaba en el aire, intentó desviarlo hacia el Uruguay.
Como jefe de seguridad de la residencia de Perón en Vicente López recurrió al Ejército para desalojar de las calles vecinas a quienes venían a saludar al ex presidente, e instalar un dispositivo intimidatorio con cañones antiaéreos, como si la casa de la calle Gaspar Campos fuera blanco apetecido de alguna Fuerza Aérea enemiga.
Se opuso a la realización de las elecciones del 11 de marzo y luego buscó un empleo en el gobierno surgido de ellas. Aspiraba a dirigir una vez más los servicios de seguridad, pero López Rega sólo pudo conseguirle en el Ministerio de Bienestar Social la Secretaría de Deportes y Turismo, cargo bien excéntrico para un teniente coronel de Inteligencia.

12. Clarín, 18 de diciembre de 1971.
13. Declaraciones al autor. En Clarín, 29 de diciembre de 1972.
Desde allí, en estrecho contacto con José Rucci, el teniente coronel Jorge Manuel Osinde organizó la custodia de López Rega y el operativo del 20 de junio.

El brigadier discreto

De 1970 a 1973 el brigadier Héctor Luis Fautario fue jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea, y luego hasta diciembre de 1975 su Comandante en Jefe. En 1974, a la muerte de Perón, definió públicamente la misión del gobierno de López & Martínez como una tarea de seguridad y desarrollo con inversiones extranjeras. Si el brigadier Jesús Capellini no hubiera sublevado el alcázar de Morón para denunciar sus "indecencias administrativas" hubiera figurado sin rubor entre los firmantes de las actas moralizadoras del 24 de marzo, convirtiéndose en el único personaje de primer nivel que participara del ciclo completo iniciado en 1971 con el lanzamiento del Gran Acuerdo Nacional de Lanusse y concluido en marzo de 1976 con el golpe de Videla, Massera y Agosti. Sólo le faltaron 90 días.
Como edecán del ex presidente Cámpora, el vicecomodoro Tomás Eduardo Medina asistió a las reuniones de planificación del acto del 20 de junio de 1973, en las que Fautario tuvo un áspero choque con Osinde. El mismo Medina cuenta que por opinión unánime de los concurrentes las deliberaciones no fueron grabadas, lo cual dobla el valor de su testimonio, que se reproduce en la sección documental de este libro.
Al estilo de un diario personal, el vicecomodoro Medina relata las discusiones habidas entre el viernes 15 y el lunes 18 de junio.
Cámpora había viajado a Madrid para acompañar el regreso de Perón, y el vicepresidente en ejercicio Vicente Solano Lima convocó para una reunión en la Casa Rosada el sábado 16, en la cual se analizarían las medidas de seguridad para el aeropuerto de Ezeiza. El jefe conservador, a quien la izquierda peronista siguió considerando uno de los suyos hasta el día de su muerte, dijo saber que la Juventud Peronista intentaría tomar las instalaciones aéreas.
El sábado por la mañana, Lima habló a solas con Fautario y le amplió la información. – Estoy muy preocupado, le comentó luego el comandante en jefe al edecán aeronáutico.
El vicecomodoro Medina escuchó a su jefe anunciar:
–En la reunión de esta tarde voy a exigir que se definan claramente las responsabilidades por la parte de acto que se desarrolla en el aeropuerto.
La reunión se inició a las 19.30 en la Sala de Situación de la Presidencia. Lima contó que según su información la JP ocuparía el aeropuerto porque no confiaba en su jefe, el comodoro Salas, y pidió su opinión a los presentes: los ministros del Interior, Trabajo y Defensa; el jefe de la Policía Federal; el jefe de la Casa Militar de la Presidencia; el Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea; el Comandante de Regiones Aéreas; el subjefe de Inteligencia de la Fuerza Aérea y el encargado supremo de la seguridad, Jorge Osinde.
–Cerca del palco voy a disponer un grupo de militantes de la Juventud sindical que me responden, que se van a encargar de contener cualquier exceso, explicó Osinde.
También habló el jefe de la Policía Federal, general Heraclio Ferrazzano, y luego de un cambio de impresiones, Fautario hizo conocer sus temores:
–Aquí no se ha tenido en cuenta la protección integral del aeropuerto. No hay prevista vigilancia ni al norte ni al suroeste del aeropuerto, que es la zona más vulnerable.
Hizo notar que a 300 metros del palco había un instituto militar de la Fuerza Aérea que podría ser atacado y solicitó protección.
–Tiene que ser protección policial, porque el personal militar no va a intervenir, agregó.
–¿No va a intervenir?
–No, salvo que se desborden los limites y penetren dentro del establecimiento.
A raíz de estas observaciones de Fautario se acordó formar un grupo de trabajo que subsanara el déficit de seguridad. Esa comisión se reunió el domingo 17, y el lunes 18 formuló sus recomendaciones ante una nueva plenaria de la cual participaron además de los anteriores el jefe de la policía de la provincia de Buenos Aires, el Secretario de Informaciones del Estado, el jefe de la gendarmería Nacional, el Prefecto Nacional Marítimo y el Secretario General de la Presidencia.
El jefe de la Casa Militar explicó de qué modo se protegería el perímetro del aeropuerto y las instalaciones que preocupaban a Fautario. Este no pareció convencido. Estaba inquieto por el transformador general del aeropuerto y formuló una pregunta clave, a los jefes de policía y al de la Gendarmería.
–¿Qué hará cada fuerza de seguridad si el público avanza sobre el aeropuerto?
La Policía Federal contestó que procuraría encauzarlo hacia lugares que no comprometieran la seguridad del acto y del aeropuerto, mediante pelotones móviles y agentes de a caballo. La Gendarmería respondió que trataría de contener desbordes sin usar sus armas, porque con los escasos efectivos que se reunirían en torno del aeropuerto tal vez no fuera posible impedir la infiltración desde sur, norte y oeste.
–Si la gente intenta acercarse al avión de Perón, la policía de la provincia de Buenos Aires no tomará ninguna actitud contraria a los deseos de la mayoría, declaró su representante.
Fautario había reservado para Osinde su última pregunta:
–¿ Qué medidas piensa adoptar si el público rebasa el palco?
–Esa es responsabilidad exclusivamente mía, y ya se han arbitrado todos los medios para que no ocurra, contestó Osinde con fastidio.
Fautario admitió que el subsecretario de Deportes y Turismo lo excluyera con frase tan tajante de la discusión para la cual había sido convocado por el vicepresidente Lima. Pero dejó constancia de su desacuerdo:
–A mi juicio no están dadas las condiciones que garanticen la normalidad del acto, puntualizó.
Después de la masacre, cuando una comisión investigadora comenzó a reunir antecedentes para deslindar responsabilidades, Osinde se defendió arguyendo que nadie había objetado las medidas adoptadas. Era falso, pero pocas voces se alzaron para desmentirlo, y entre ellas no estuvo la del brigadier general Fautario.
Como técnico interesado en la preservación del aeropuerto y de las instalaciones a su cargo, Fautario percibió desde el comienzo la ineficiencia del plan de Osinde. Pero un comandante en jefe era, antes que técnico, un político. Como tal, el brigadier Fautario fue muy discreto. No refutó los descargos de Osinde y aprobó la maniobra que debía culminar con el alejamiento de Cámpora.
Los militares que 25 días antes habían entregado el gobierno comprendieron que la masacre no les venía mal.

José

Se crió en un hogar de italianos pobres de Alcorta, en la provincia de Santa Fe. Durante el gobierno de Irigoyen, poco antes de su nacimiento, los chacareros del pueblo se habían rebelado. Se fue antes de cumplir 20 años, porque la economía agraria tradicional estaba agotada y no había tierra ni trabajo ni porvenir para los jóvenes que crecieron en la Década Infame.
En Rosario se ganó la vida en la principal industria de la época. Limpiaba tripas en el frigorífico inglés y cuando no había trabajo vendía chocolates en los cines. Esa ciudad grande pero tan desoladora como Alcorta, apenas sede comercial y puerto de los productores rurales, tampoco era para él.
En 1943, temblando de frío, llegó a Buenos Aires en un camión de reparto del diario El Mundo a compartir un cuarto de pensión con otros muchachos provincianos. Lavó copas en una confitería, ascendió a mozo de mostrador, fue ayudante de cajero.
Hasta que aprendió, a manejar el torno y se hizo obrero industrial.
Fue uno de los descamisados de los pequeños talleres y las fábricas medianas sobre las que Perón asentó su primer gobierno nacionalista y popular, con buenos sueldos para los trabajadores, crédito barato para las empresas, alto consumo y producción en aumento14.
Entre 1947 y 1954 trabajó en tres fábricas metalúrgicas que ya no existen: la Hispano Argentina, donde se producía la pistola Ballester Molina, Ubertini y Catita.
Al producirse el golpe de 1955 era delegado en Catita, y estuvo preso unos meses en la cárcel de Santa Rosa. Cuando los jefes sindicales del peronismo desertaron, fue uno de los jóvenes delegados con los que John William Cooke organizó la resistencia detrás del Perón vuelve.
En 1956 participó en el Congreso normalizador de la CGT que frustró el deseo del interventor naval Alberto Patrón Laplacette de contar con una central adicta, y en la fundación de las 62 Organizaciones. Además fue elegido secretario de prensa del sindicato metalúrgico de la Capital, cuyo secretario general era Augusto Vandor.
Tres años después volvió a la cárcel, cuando los metalúrgicos se solidarizaron con los obreros del frigorífico Lisandro de la Torre que el gobierno de Frondizi ordenó desalojar por el Ejército.

La única barrera

Cooke lo incluyó en una delegación obrera que se reunió con el Episcopado, en procura de recomponer las relaciones del peronismo con la Iglesia. En su informe posterior a Perón, Cooke narró que José había impresionado al cardenal Caggiano y a los obispos al advertirles que el peronismo era la única barrera contra la conversión de los trabajadores al comunismol5.
Reelecto varias veces como secretario de prensa de la UOM Capital, fue adscripto de Vandor en el Secretariado Nacional, interventor en la importante seccional de San Nicolás, y en 1970 Secretario General de la CGT, el primer metalúrgico en ese cargo.
"¿La campera? Me costó 25 lucas. Un lujo de Secretario General" dirá a la revista Primera Plana. Cambia su viejo auto por un Chevy último modelo y se jacta de manejar a 140 km por hora. Declara que sus hijos estudian en colegios privados y que el mayor será abogado. Algunos fines de semana va a cabalgar al campo La Carona del hacendado Manuel de Anchorena, un nacionalista de derecha que penetra entonces en el permeable movimiento peronista.
El Comité Central Confederal de la CGT le encomienda reclamar al gobierno la libertad de Raimundo Ongaro y Agustín Tosco.

14. La participación de los salarios en el ingreso no llegaba al 40% en 1943, y superó el 50% en 1955.
15. Perón-Cooke, Correspondencia, Buenos Aires, 1971.
Su interpretación de ese mandato es elástica: se queja ante el ministro del Interior porque el gobierno "fabrica mártires". Con él se instala el macartismo como práctica diaria y decisiva en la conducción sindical. Ongaro y Tosco le parecen "provocadores" o "bolches", Rodolfo J. Walsh "un sucio marxista".
Vanidoso y desenfadado, no carece de perspicacia política. Fue de los primeros en percibir que después de 15 años de rechazo frontal el Ejército había revisado su política frente al peronismo y probaba una nueva estrategia. Los militares conducidos por Lanusse ofrecían el gobierno a quienquiera que acatara las grandes leyes del sistema: subordinación de los trabajadores, conservación de la propiedad agraria y el gran capital financiero e industrial, respeto a las jerarquías castrenses, alineamiento internacional con Occidente.
Ese juego no requería enfrentar a Perón, como había hecho Vandor, sino competir por el control de la clase trabajadora con la izquierda peronista y ganar el apoyo del ex presidente. El fraude en las elecciones internas, la intimidación a los opositores, la acción de grupos armados para simplificar cualquier debate no eran prácticas desconocidas, pero José les dio otra escala y una nueva dinámica. La derecha peronista pasó a alinearse con la derecha a secas.
Se rodeó de militantes fascistas y empleados menores de los servicios militares de información e hizo construir un polígono de tiro en la CGT para que practicaran. Organizó grupos de choque y se atrajo a los preexistentes, de los que luego se sirvió Osinde para la masacre: el Movimiento Federal, la Confederación Nacional Universitaria, la Agrupación 20 de Noviembre del partido de San Martín, la Alianza Libertadora, los Halcones.
En Mar del Plata se fotografió sonriente con Juan Carlos Gómez, asesino de la estudiante Silvia Filler con un arma de la Marina. Del Paraguay repatrió al antiguo jefe de la Alianza, el nazi Juan Queraltó, quién dirigía un night club en Asunción por donde pasaba el tráfico de drogas. En desacuerdo con la distribución de cargos en el nuevo Consejo Superior, sus guardaespaldas colocaron una pistola 45 en la cabeza de Cámpora.
Esta federación de bandas se completará con la Juventud Sindical, creada por José el 23 de febrero de 1973, dos semanas antes de las elecciones, que se presentó con una declaración de guerra contra "los ritos e ideologías foráneas que deforman el ser nacional". Un lenguaje que se haría familiar en los años siguientes.
La explicación de sus objetivos fue difundida por una de sus tribunas de doctrina. Dijo el diario La Nación: "Algunos observadores creen advertir en la formación de los grupos que se aprestan a ingresar en el escenario sindical una especie de antídoto o anticuerpo contra uno de los fenómenos típicos de esta época en el peronismo: la infiltración de formaciones de jóvenes fuertemente radicalizados en las distintas ramas que componen el Movimiento Justicialista". Las derechas comparten un método y un discurso. Tres años después el vicealmirante César Guzzeti recaerá en la metáfora de los anticuerpos para justificar el terror clandestino paraestatal.16
Dieciséis sindicatos integraron el secretariado de la Juventud Sindical, cuya creación fue aprobada por Perón en Madrid. Ocho, su Mesa Directiva. Entre las secretarías figuraba una de Movilización y Seguridad. Comenzaba a gestarse la masacre del 20 de junio, el derrocamiento del futuro presidente Cámpora, los copamientos de gobiernos provinciales, la AAA.
Con cien activistas de cien sindicatos, concibió poner en pie de guerra e institucionalizar una policía interna del Movimiento Peronista. Había apostado a que la contradictoria unidad peronista se rompería violentamente. Cuando se produjo la masacre la justificó con osadía. "Si había armas era para usarlas", dijo José Ignacio Rucci.

16. La Opinión, 3 de octubre de 1976.
El ministerio del pueblo

Cinco personas asumieron la responsabilidad de organizar la movilización del movimiento peronista hacia Ezeiza el 20 de junio: José Rucci, Lorenzo Miguel, Juan Manuel Abal Medina, Norma Kennedy y Jorge Manuel Osinde. En una cartilla con directivas generales, que distribuyeron días antes de la concentración, establecieron que las ramas sindical, femenina, política y juvenil se organizarían cada una a si misma sin injerencia de las demás.
De este modo reconocían la crisis interna peronista, de antemano renunciaban a la tarea de coordinación de sectores que les correspondía, y la sustituían por una vaga exhortación a la paz y la concordia, sin discriminaciones y superando lo que llamaban "ocasionales diferencias". Para ello recomendaron evitar leyendas o estribillos agresivos capaces de provocar reacciones sectoriales, y advirtieron contra la posible presencia de "agentes provocadores que concurran y que a la sombra de nuestro entusiasmo y nuestros cánticos pretendan producir desórdenes".

La cartilla

La cartilla imaginaba así el desarrollo del acto:
"El general Perón, su esposa señora Isabel de Perón, el compañero presidente Héctor J. Cámpora y el secretario privado y ministro de Bienestar Social, señor José López Rega, llegarán al lugar en helicóptero y ocuparán el palco de honor".
"Al divisarse el helicóptero el general Perón será recibido con el flamear de banderas argentinas y agitar de pañuelos".
"El acto se iniciará con el Himno Nacional y suelta de palomas. Posteriormente se entonará la marcha peronista".
"El pueblo concentrado para dar la bienvenida al general Perón expresará su adhesión con el grito unánime: la vida por Perón, la patria de Perón".
"Se guardará un minuto de silencio en homenaje a la Jefa Espiritual de la Nación, la compañera Evita, y por los mártires caídos en la lucha por la liberación de la Patria. En esta oportunidad serán arriadas las banderas y estandartes de todas las agrupaciones, para posibilitar la visual de todos los compañeros encolumnados".
"El general Perón pronunciará su mensaje al pueblo".
El resto de la cartilla explicaba detalles organizativos de la concentración: rutas de acceso, estacionamiento de vehículos, conservación del orden, embanderamiento, red de altoparlantes, comunicaciones, puestos hospitalarios, de primeros auxilios y ambulancias, alimentación, instalación de mil fogatas para que las caravanas del interior pasaran la noche, ubicación de baños de emergencia, ornamentación del palco, desfile y desconcentración.
El 19 de junio, en su comunicado número 5, la Comisión se pronunció dando por resuelto otro tema que era motivo de discusión en el peronismo: decidió que las Fuerzas Armadas ya estaban "integradas al proceso de liberación y reconstrucción nacional" y anunció que rendirían honores durante el acto.
Formada por cuatro representantes de un sector y sólo uno del otro, la Comisión creyó posible resolver por vía administrativa contradicciones profundas, reclamando sumisión política disfrazada de disposiciones técnicas.
Pero además de las ingenuas recomendaciones de la cartilla, consiguió centralizar la organización y marginar al gobierno. Una comisión oficial, nombrada por el decreto 210, debía coordinar su labor con la de los cinco. La integraban el Presidente y el Vice, todos los ministros, el Secretario de Prensa y Difusión y el presidente de la Cámara de Diputados. Osinde logró que no pasara de cumplir funciones protocolares, lo mismo que el comité de recepción que debía dar la bienvenida a Perón en suelo argentino, compuesto por los vicepresidentes de la Nación, del Senado, de Diputados y los ministros del Interior, Cultura y Educación, Hacienda y Finanzas, Trabajo, Defensa, y Justicia.
Desde el primer momento Osinde despejó las dudas acerca de quien mandaba. Inicialmente la concentración debía realizarse en el Autódromo de Buenos Aires, pero el Secretario de Deportes lo objetó y dispuso que los preparativos se trasladaran al puente El Trébol, a tres kilómetros del aeropuerto internacional de Ezeiza. Cámpora propuso luego que Perón se trasladara de Ezeiza a la Casa Rosada y de allí a la Residencia Presidencial de Olivos. Osinde y Norma Kennedy se opusieron, invocaron órdenes de Madrid y decidieron que Perón se desplazaría de Ezeiza a su casa de la calle Gaspar Campos, en Vicente López. Esas indicaciones de Madrid, según Osinde y Kennedy, llegaron por una línea directa de télex instalada en el Ministerio de Bienestar Social. Desde entonces, sólo se acataron las indicaciones impartidas por la comisión que Osinde integraba con Kennedy, Miguel, Rucci y Abal.
Para ello todavía fue necesario subrogar a otro organismo, una "coordinadora para la Movilización para el retorno del General Perón", a la que la Comisión Nacional encabezada por Cámpora había encomendado disponer de los recursos físicos y humanos del ministerio en las áreas de salud, movilidad y prensa17.
Según las previsiones, el área de Salud instalaría 117 puestos fijos y móviles y 7 hospitales de campaña, y coordinaría los servicios de todos los hospitales del área metropolitana y los de emergencia, además de ofrecer viandas a los manifestantes que llegaran del interior. El área de Movilidad dispondría de vehículos para trasladar manifestantes desde barrios y villas. El área Prensa prepararía una cartilla sanitaria, con recomendaciones a los asistentes y organizadores: evitar aglomeraciones, portar documentos, llevar ponchos y frazadas, no ingerir alcohol ni alimentos pesados, cuidar especialmente de niños y ancianos18.
Ninguno de estos planes se cumplió.
El 7 de junio la Comisión Nacional que presidía Cámpora fue substituida a todos los efectos prácticos por la que encabezaba Osinde, quien creó en Bienestar Social una Subcomisión de Seguridad, asignó la de Movilidad al diputado nacional Alberto Brito Lima y reservó la de Salud a la Coordinadora.
Tampoco en el aspecto sanitario la Coordinadora fue tomada en cuenta. Norma Kennedy le exigió que abandonara el operativo previsto para Perón e Isabel, aduciendo que era superfluo y que "daba lugar a falsas interpretaciones sobre la salud del general"19.
La Subcomisión de Movilidad se apropió de los vehículos disponibles sin rendir cuentas sobre su uso. La Coordinadora había relevado la existencia de 72 ambulancias para la cobertura sanitaria, pero el 15 de junio se le informó que sólo podría contar con 17, y en la madrugada del 20 recibió los vehículos sin nafta ni aceite. En una ambulancia llegaron a viajar 16 médicos y enfermeras20. Del total hipotético de 68, el 10 de junio sólo aparecieron 20.
La disputa por las ambulancias y los vehículos culminó un día antes de la concentración, cuando 15 hombres exhibieron una orden firmada por Osinde, Kennedy y Leonardo Favio para que se les entregara todo el material rodante de la playa de estacionamiento del ministerio. Además del papel recurrieron a otros argumentos menos burocráticos. Los quince estaban armados y no les interesaba disimularlo21.
También fue asaltado el depósito de alimentos de la calle Brandsen 2665 por personas que se identificaron como integrantes de la Agrupación 17 de Octubre, del MBS. De las oficinas de la Coordinadora fueron substraídos 150 brazaletes que se habían impreso para facilitar la tarea de sus miembros y colaboradores.

17. La Razón, 13 de junio de 1973. Conferencia de prensa de Jorge Llampart.
18. ídem
19. 20. Informe sobre lo sucedido entre el Io y el 20 de junio, presentado por integrantes de la coordinadora a la Juventud Peronista.
21. ídem
La misma Agrupación 17 de Octubre ocupó a última hora del día 19 las piletas Olímpicas de Ezeiza, donde se alojaban personas llegadas del interior. Allí llegó durante la madrugada otro grupo con brazaletes del C de O, en busca de colchones, frazadas y comida.
No tuvieron mejor suerte los funcionarios de la Coordinadora destacados en el Autódromo. Todas sus disposiciones fueron desatendidas y revocadas por personas con armas largas y brazaletes del Comando de Organización y la Juventud Sindical, que efectuaron tareas de identificación en la puerta del Autódromo, y por otras de la Unión Obrera de la Construcción, el Sindicato de Obreros y Empleados Municipales y la Agrupación 17 de Octubre del MBS. Dijeron que eran custodios del palco designados por el teniente coronel Osinde22.
El Hogar Escuela y el Policlínico de Ezeiza, que según lo acordado con el doctor Abate debía funcionar como retaguardia hospitalaria del operativo sanitario, había sido ocupado varios días antes por el C de O, como ya veremos. El 20 de junio los ocupantes del Policlínico ni siquiera entregaron los medicamentos que la Coordinadora les requirió.
El operativo sanitario estaba dirigido desde una central radioeléctrica operada por la Coordinadora, pero a partir de las 15 del 20 de junio, ya comenzados los tiroteos, los móviles quedaron fuera de banda y los subordinados de Osinde tomaron las comunicaciones hasta las 19, con lo cual la red sanitaria quedó desarticulada, en los momentos en que más se precisaba de una conducción racional23.

22. 23. ídem

Un general golpista

De origen vasco navarro, hijo de un terrateniente y militar salteño, hizo de su vida una conspiración.
En 1951 junto con otros militares católicos estuvo vinculado a la primera conjura del general Eduardo Lonardi contra la candidatura de Eva Perón a la vicepresidencia, que promovía la CGT. Uno de los dirigentes de la Revolución Libertadora se refiere a él con simpatía. "Oficial apenas peronista", lo llama24.
El movimiento no estalló, Lonardi pidió el retiro y él se replegó, convencido de la invulnerabilidad de Perón, menos interesado que nunca en la política. Se concentró en su carrera y llegó a general en 1954, el más joven de la época.
En 1955 fue uno de los pocos oficiales superiores que pelearon contra la rebelión de setiembre, aunque en cuanto las hostilidades progresaron pactó con los insurrectos el abandono de sus posiciones en Alta Córdoba. Hostigado por los comandos civiles, recibió a un emisario a quien le expresó su "gran consideración y respeto" por Lonardi. Ofreció retirarse del teatro de operaciones siempre que no lo atacaran"25.
Su gesto fue retribuido con la conservación del grado y el uso del uniforme después que una junta de generales negociara con Lonardi y Rojas el alejamiento de Perón. Integraba la junta su amigo Raúl Tanco.
Jefe de Estado Mayor del alzamiento peronista del general Juan José Valle, fue delatado y aprehendido antes del 9 de junio de 1956 y pasó seis meses arrestado. Al recuperar la libertad se unió a Lonardi, el general Justo León Bengoa, el padre Hernán Benítez, Raúl Damonte Taborda, los hermanos Bruno y Tulio Jacobella, el pequeño grupo de nacionalistas que había conspirado contra Perón y que una vez desplazado por el golpe liberal de Aramburu, buscaba contactos y votos peronistas. Jacobella lanzó a fines de 1957 en la revista "Mayoría" su candidatura presidencial acompañado por Andrés Framini. Framini la desmintió de inmediato, porque los peronistas tenían un solo candidato. El no. Vinculado con el general Eduardo Señorans, con Jorge Daniel Paladino, estaba dispuesto al juego electoral con una boleta neoperonista, porque no había reunido fuerzas suficientes para golpear contra Aramburu.
A fines de 1958 se acercó al general Sánchez Toranzo, designado por Perón, y abdicó de su período lonardista. En 1959 dirigía la Central de Operaciones de la Resistencia, el COR, junto con el comodoro Luis La Puente y el almirante Guillermo Brown. Desde allí participó en las acciones contra el gobierno de Frondizi y el plan Conintes, en contacto con una generación de sindicalistas jóvenes, como Rucci, que aún no habían descubierto el encanto de las libretas de cheques.

Resistencia y guerrillas

Su concepción era verticalista, jerárquica. En el COR había células de oficiales y células de suboficiales separadas, y un elevado porcentaje de agentes por lo menos dobles.
Desde setiembre de 1959 Manuel Enrique Mena, El Uturunco, analizaba con él una ofensiva general, que combinara la resistencia obrera en las ciudades con la sublevación de algunas unidades militares y el surgimiento de las primeras guerrillas peronistas en el norte. Pero ante sus dilaciones, Mena comenzó las operaciones en Tucumán sin su apoyo.
Por una carta a Frondizi en defensa de Perón, perdió el uso del grado y del uniforme, y el último día de noviembre de 1960 dirigió el asalto al Regimiento XI de Infantería de Rosario, en

24. Bonifacio del Carril: Crónica de la Revolución Libertadora, Buenos Aires, 1956.
25. Luis Ernesto Lonardi: Dios es Justo. Buenos Aires, 1958.
una operación coordinada con grupos de civiles que en Buenos Aires y Salta debían cortar cables, volar centrales, interrumpir las comunicaciones del gobierno. Cuando la acción fracasó, huyó al Paraguay junto con el capitán Antonio Campos. En Salta el golpe fue comandado por el teniente coronel Augusto Eduardo Escudé y consistió en el copamiento de la radio de YPF, la policía, el aeródromo, la estación ferroviaria.
La técnica clásica del golpe de estado, que procura asegurar el control absoluto de las comunicaciones, para servirse de ellas y privárselas al enemigo, lo apasionaba más que el objetivo político.
Los militantes obreros que cayeron presos luego de su fuga recuerdan que existían dos planes para el golpe de 1960. Uno consistía en copar el regimiento y esperar pronunciamientos militares del resto del país. El otro añadía al esquema castrense la toma del arsenal San Lorenzo, en Puerto Borghi, para entregar sus armas al pueblo. A último momento decidió que los cuatro tanquistas encargados de tomar el arsenal marcharan a Tartagal, Salta, donde no había tanques ni arsenales para saquear.
Su visión estrecha de lo militar, el temor a un desborde del pueblo, perjudicó la lucha del conjunto.
En 1964 el gobierno radical de Arturo Illia lo acusó por actos de terrorismo. Luego de una conferencia de prensa acompañado por Julio Antún, se presentó a la justicia. Pero no a la civil, que lo reclamaba, sino a la militar. Confiaba en sus camaradas de armas.
El 9 de junio de 1966 denunció en una conferencia el peligro de divisiones en las Fuerzas Armadas, y entre éstas y el clero, e instó al derrocamiento de Illia, que se produjo efectivamente días después.
En 1969 volvió a conspirar con los generales Rauch, Labanca y Uriburu y con algún apoyo sindical. El proyecto abortó porque la CGT de los Argentinos exigió que se reconociera el liderazgo de Perón y se entregaran armas a sus activistas. Los militares se negaron.
En diciembre de 1970, con sus socios Pedro Michelini y Osvaldo Dighero, emitió una proclama contra La Hora del Pueblo que Perón acababa de crear, y en noviembre de 1971, apoyado por Jorge Antonio, se ofreció para reemplazar como delegado personal de Perón al cesante Jorge Paladino.
Cuando Perón prefirió a Héctor Cámpora, no se resignó. En mayo de 1972 acompañó el intento del general Labanca en Tucumán, donde uno de los detenidos fue su compañero de 1960, el teniente coronel Escudé.

¿Milicias populares?

Inmune a la experiencia de la Revolución Argentina que había contribuido a instaurar, sostuvo en una revista de Jorge Antonio que las Fuerzas Armadas debían jugar un papel moderador para no ser reemplazadas por milicias populares, su obsesión26.
En Madrid analizó con el embajador argentino, brigadier Rojas Silveyra, la cuestión de la guerrilla, que según el diario Clarín, quitaba el sueño a los dos militares. En una circular a los generales, Lanusse reveló que le había sugerido que se perpetuara en el gobierno. Negó la versión de Lanusse, pero no sus entrevistas con él27.
En cambio, cuando a menos de un mes de las elecciones presidenciales Clarín sugirió que él podría reemplazar al candidato Héctor Cámpora, no produjo ninguna rectificación. La versión la habían lanzado sus amigos.

26. Primera Plana, 13 de junio de 1972.
27. Las Bases, enero de 1973.
Públicos fueron sus encuentros no desmentidos con Onganía, Levingston, Lanusse, Sánchez de Bustamante, Pomar, Della Crocce. Azules o colorados, peronistas o antiperonistas, católicos o liberales, simpatizaba con todos los militares. En enero de 1973 un vocero de Servicio de Informaciones Navales reveló un nuevo complot suyo, esta vez en sociedad con Osinde. La técnica era la de siempre: ocupar radios, centrales eléctricas, interrumpir la provisión de agua, gas, energía. Según el vocero el plan se aplicaría si el gobierno interrumpía el proceso electoral antes de los comicios del 11 de marzo28.
Las elecciones se realizaron normalmente, pero no impidieron el golpe anunciado por la fuente naval, pese a la victoria peronista.
El COR invitó a Cámpora y Lima a una comida por la victoria. Ni fueron, ni avisaron que no irían, ni acusaron recibo de la invitación.
A raíz del desaire el COR amenazó con represalias si no se le otorgaban los servicios de informaciones a sus candidatos.

El discurso del método

En junio de 1973 tenía 64 años. Nadie podía negar que había luchado. Sintió que sus desvelos no eran recompensados en la hora de la victoria y volvió a la acción, con el único método que conocía.
El 23 de junio La Nación afirmó que sería designado ministro del Interior. El 25 lo repitió Mayoría, el diario de su amigo Jacobella. Ese fue uno de los botines que apetecían los autores de la masacre, pero no el único ni el principal.
Golpista en 1951 contra Perón, en 1957 contra Aramburu, en 1960 contra Frondizi, en 1964 contra Illia, en 1969 contra Onganía, en 1972 contra Lanusse. Estamos hablando de un técnico enamorado de su oficio, el general Miguel Ángel Iñíguez Aybar.
El 19 de junio emitió la proclama, desde el Sindicato del Seguro. Denunció la infiltración izquierdista en el peronismo y añoró los buenos tiempos de la alianza entre las Fuerzas Armadas, la jerarquía eclesiástica y la dirigencia sindical.
El COR había cambiado de nombre. Ya no era Central de Operaciones de la Resistencia, sino Comando de Orientación Revolucionaria. Pero su discurso no se había modificado.
El 20 de junio actuó como cuerpo especial de seguridad29, dirigido por Iñíguez, quien centralizó la información desde un organismo cercano a la Plaza de Mayo30, y sus miembros se comunicaban por radio con un número y la sigla COR31.
Su misión fue detectar a las columnas que avanzaban y advertir radialmente su composición para que las ametrallaran desde el palco oficial. Después marcharon a ocupar la Casa de Gobierno.

28. Prensa Confidencial, enero de 1973.
29. La Opinión, 21 de junio de 1973.
30. Clarín, 21 de junio de 1973.
31. La Opinión, 22 de junio de 1973.

Los fierros

Una de las incógnitas que persistieron después de la masacre fue quienes eran los guardias verdes de Osinde y de dónde provenían las armas que emplearon.
Al descartar a los 1.200 hombres de civil de la Policía Federal para la custodia del palco, Osinde decidió reemplazarlos con una cantidad muy superior de activistas sindicales.
Para el primer vallado de contención solicitó a la CGT que dispusiera de medio millón de hombres. No se los consiguieron. Se acordó entonces reducir la cifra a 300.000 hombres. La CGT tampoco pudo cumplir ese segundo compromiso a pesar de los reclamos de Osinde. Convinieron que serían 200.000, y así lo informó Osinde en una de las reuniones de la comisión organizadora con el vicepresidente en ejercicio Lima. Por último fueron diez veces menos, y en esa penuria de los sindicalistas para movilizar a sus afiliados debe buscarse una de las causas de la masacre.
En la segunda línea, rodeando el palco de honor reservado a Perón, Osinde ubicó a 3.000 hombres de confianza, "personal de seguridad", según comunicó a la comisión investigadora32. Semejante aparato no puede reclutarse, adiestrarse y pertrecharse en un día. La tarea de Osinde había comenzado varios meses atrás, por indicación de López & Martínez, con la colaboración de Norma Kennedy, Alberto Brito Lima y Manuel Damiano. Osinde conversó con las distintas líneas peronistas derrotadas en las elecciones internas, garantizó al gobierno militar saliente que el peronismo no seguiría un rumbo revolucionario, inventarió los diversos grupos de choque de la derecha, comprometió a guardaespaldas y pistoleros, extendió el reclutamiento a los servicios de informaciones y los círculos de suboficiales.
El 25 de mayo Osinde juró como secretario de Deportes y Turismo. En los primeros días de junio el ministerio de Bienestar Social del que dependía, fue ocupado a punta de pistola por la banda de los expolicías Juan Ramón Morales y Rodolfo Eduardo Almirón. Este fue uno de los grupos que actuó el 20 de junio, con armas propias.

La Triple A

El subcomisario Morales y el subinspector Almirón habían sido dados de baja deshonrosamente de la Policía Federal, procesados y encarcelados por ladrones, mexicanos, coimeros, contrabandistas, traficantes de drogas y tratantes de blancas.
A comienzos de la década del sesenta, Morales era jefe de la Brigada de Delitos Federales de la Policía Federal, y su banda asociada con la de Miguel Prieto, alias El loco, cubría todas las especialidades. Descubiertos merced a la infidencia de uno de sus subordinados y a la detención en flagrante delito del suboficial Edwin Farquarsohn, Morales y Almirón sellaron los labios de sus cómplices con un sistema que en la década siguiente aplicaron a la lucha política.
Adolfo Caviglia y su mujer Julia Fernández, Luis Bayo, Morucci, Emilio Abud, Alfonso Guido, Fleytas, Máximo Ocampo, son algunos de los antiguos socios de Morales y Almirón que aparecieron en basurales y baldíos con centenares de perforaciones de bala y las manos atadas y quemadas. Al Loco Prieto lo suicidaron en la cárcel de Devoto tirándole un calentador en llamas para quemarlo vivo.
Dados de baja de la Federal, procesados ante el juez González Bonorino, encarcelados y luego excarcelados, la absolución no probó que fueran inocentes de los delitos que como policías debían combatir, sino la eficacia del método utilizado para imponer silencio a los testigos y suprimir las pruebas. En 1968 Morales volvió a caer y fue procesado por robo y contrabando de automóviles.
32. Osinde, Jorge, informe del 22 de junio a la Comisión Investigadora, ver sección documental.
Almirón tiene además un antecedente notable: su intervención en el asesinato del teniente de la Armada estadounidense Earl Davis, el 9 de junio de 1964, en una boite de Olivos. ¿Qué hacía junto al oficial de la US Navy, cual fue la causa del litigio? Davis no puede decirlo, y Almirón no quiere.
Junto con Morales y Almirón, López Rega y Osinde llevaron al ministerio de Bienestar Social al comisario Alberto Villar, un experto que durante los gobiernos de los generales Juan Onganía, Roberto Levingston y Alejandro Lanusse organizó las brigadas antiguerrilleras de la Policía Federal.

La lección de anatomía

En 1971 Villar fue enviado con sus tropas a Córdoba para reprimir huelgas y movilizaciones. Sus hombres detuvieron frente a la delegación de la Policía Federal a un ciudadano cordobés que no vio a tiempo las vallas que desviaban el tránsito. Lo subieron a un carro de asalto, le propinaron una lección de anatomía y lo instruyeron en la utilidad de las herramientas básicas del oficio policial. Antes de devolverlo a la circulación le demostraron por qué conviene que sólo el extremo apagado del cigarrillo tome contacto con el fumador, y redujeron sus documentos de identidad a un montón de papelitos. El ciudadano hizo la denuncia a la policía provincial.
Con las sirenas de las motocicletas y carros de asalto conectadas Villar y su tropa rodearon la comisaría de la policía cordobesa donde el discípulo involuntario había impugnado la concepción pedagógica de los federales.
Entraron en tropel, con escopetas y ametralladoras en mano.
–¿Dónde está el expediente?, apremió Villar.
–Ya fue remitido al juez, contestó su colega provinciano.
–Yo te voy a dar juez, cabrón.
Villar abofeteó al comisario cordobés y le arrancó las insignias del uniforme, mientras sus hombres golpeaban a los policías provinciales, rompían muebles, embolsillaban elementos prácticos como sellos y hojas con membrete, y cargaban sus vehículos con equipos de comunicaciones.
Esto demoro el conocimiento de lo sucedido, pero no lo impidió.
La noticia corrió de comisaría en comisaría y la policía cordobesa buscó desquite. Los federales se atrincheraron en un parque y con sus vehículos formaron un círculo como los que John Wayne y Gary Cooper tendían diestramente con carretas en el cine. Los cordobeses los rodearon, al estilo de los indios de celuloide, y los dos bandos se apuntaron con sus armas de guerra hasta que el Cuerpo III de Ejército interrumpió la película y ordenó replegarse a los sitiadores.
Un juez federal de Córdoba procesó a Villar y su plana mayor, hasta que el sumario se deslizó hacia el limbo de la justicia militar, cuando el precursor general Alcides López Aufranc argumentó que Córdoba era en ese momento zona de emergencia bajo jurisdicción castrense y que el incidente había ocurrido mientras los federales estaban en acto de servicio a órdenes de su Comando.
El jefe de la Policía Federal, general Jorge Cáceres Monié, presentó sus excusas al de la policía de Córdoba, teniente coronel Rodolfo Latella Frías, y suspendió los actos celebratorios del sesquicentenario de la PF afirmando en una declaración oficial que la actuación de Villar había enlodado los 150 años de su historia.
Pero ni López Aufranc ni Cáceres Monié estaban realmente dispuestos a castigar a Villar, quien pasó a disponibilidad. Reapareció públicamente en agosto de 1972, ya premiado con un ascenso, al frente de las tanquetas Shortland que derribaron la puerta de la sede del Partido Justicialista para secuestrar los cadáveres de los fusilados en Trelew que eran velados allí, e impedir que la autopsia ratificara que habían sido ejecutados a quemarropa.
Cámpora lo pasó a retiro en mayo de 1973, pero López Rega y Osinde le consiguieron nuevo empleo en junio.
Así nació la AAA.

Los topos

Dos funcionarios del gobierno de Lanusse habían apoyado a Villar, Morales y Almirón en la ocupación del ministerio de Bienestar Social: Jaime Lemos y Oscar Sostaita, fundadores de una apresurada Agrupación 17 de Octubre. Ambos habían colaborado con Manrique en la oficina política del ministerio, y cuando Antonio Cafiero fue designado en la Caja Nacional de Ahorro y Seguro, Sostaita fue su mano derecha. Entre los tiradores identificados en fotos periodísticas de Ezeiza figura también Javier Mora Ibarreche de Vasconcellos, empleado de la secretaría privada de Manrique y de López Rega.
En la Policía Federal, Osinde tenía otra cadena de contactos, con el coronel (R) Fernando González, ex interventor justicialista en la provincia de Buenos Aires, y con el comisario Esteban Pidal. En 1972 Pidal había sido denunciado por el periodista y militante del ERP Andrés Alsina como el hombre que lo torturó con picana eléctrica.
Por esa vía llegó a Osinde una copia de los archivos de la Dirección de Investigaciones Políticas Antidemocráticas, DIPA, cuando el ministro del Interior ordenó su destrucción.
Otro sector convocado por Osinde al palco del 20 de junio fue el de los oficiales y suboficiales retirados de las Fuerzas Armadas, entre ellos los militares Chavarri, Ahumada, Schapapietra y Corvalán, los gendarmes Golpes, Menta, Colkes, Pallier, Gondra y Corres. El Comandante de Gendarmería Pedro Antonio Menta es el hombre calvo y de anteojos oscuros que exhibe orgulloso una carabina desde el palco en la más célebre fotografía de la masacre.
Los policías, los militares y los gendarmes llevaron su propio armamento y proveyeron parte del arsenal que se descargó en Ezeiza. Veremos de dónde salió el resto.
Leopoldo Frenkel, de 26 años, inspirador del Comando de Planificación creado para competir con los Equipos Político-Técnicos de la JP, asumió como delegado personal del presidente Cámpora en la Municipalidad de Buenos Aires, ya que no reunía los requisito constitucionales de la edad mínima para ser Intendente pleno.
El Comando de Planificación había funcionado en las oficinas comerciales de Osinde. Frenkel retribuyó esa hospitalidad, colocando la Intendencia a su servicio, y se rodeó de una numerosa custodia civil fuertemente armada. La dirigía un hijo del coronel Julio Fossa (el candidato de la autodenominada Resistencia Argentina a jefe de la SIDE) a quién secundaba un ex-presidiario, de apellido Miño.
Frenkel tenía a su vez un delegado personal ante la Comisión Organizadora del retorno, el director de ceremonial del municipio, Alberto De Morras, quien junto con el Secretario de Cultura Ricardo Fabriz y el Secretario General Horacio Bustos, facilitaron a Osinde el manejo de la infraestructura de comunicaciones y transporte de la Intendencia. Por eso el Centro de Información para Emergencias y Catástrofes, CIPEC, no coordinó el 20 de junio la tarea de las ambulancias municipales.
Por esa red un colaborador de Alberto de Morras se quejó al secretario de gobierno de la Municipalidad, Berazay, porque los caminos estaban bloqueados por la multitud.
–Hay que buscar una ruta alternativa para la camioneta de los grupos de la Juventud Sindical, informó muy preocupado Jorge Lagos.
Ese fue uno de los vehículos en los que se transportaron armas.
Los autos y ambulancias de la Municipalidad estacionados detrás del palco se usaron para conducir detenidos al Hotel Internacional, donde fueron torturados. De Morras, hermano de un coronel del Ejército, se jactó luego por el ahorcamiento en Ezeiza de "dos o tres zurdos33.
Desde la Municipalidad se apoyaron también las ocupaciones del Teatro Municipal General San Martín, la Radio Municipal y la Dirección de Vialidad Nacional, a cargo de la Alianza Libertadora y de grupos de choque del dirigente de la Unión de Obreros y Empleados Municipales Patricio Datarmine.
Algunos de ellos también trabajaban para los servicios de informaciones militares.

Treinta Halcones

La oposición de tres de los Secretarios de la Municipalidad privó a Osinde de otras treinta metralletas.
Una circular del Banco Central había ordenado a todos los bancos organizar custodias con metralletas para guardar sus tesoros. Esas armas debían ser provistas por el Ejército, pero como a juicio de los directivos del Banco Municipal la entrega se demoraba excesivamente, decidieron adquirirlas a la fábrica Halcón en forma directa.
Las metralletas estaban embaladas y sin uso en un depósito cuando Osinde las pidió. Frenkel acordó entregárselas pero los Secretarios de Economía Eduardo Setti, de Obras Públicas Jorge Domínguez, y de Servicios Públicos Alejandro Tagliabúe, se opusieron.
El 23 de junio, en desacuerdo con el rol de la Municipalidad en Ezeiza renunciaron, aunque no pertenecían al camporismo, y el 25 los comisarios de la Policía Federal Arturo Cavani y Eleazar Carcagno, se hicieron cargo de las 30 pistolas ametralladoras Halcón modelo ML 63-9mm, numeradas del 9104 al 9125, del 9242 al 9247, y del 9239 al 9240, de 4.690 proyectiles calibre 9 mm, de 30 cartucheras de cuero portacargadores, de 30 fundas de lana y cuero y de 30 correas de cuero34.
"El material detallado", dice el acta notarial, "se encuentra en perfecto estado, sin uso, tal como ha sido recibido de fábrica. Las ametralladoras se encuentran dentro de cinco cajones de madera y los proyectiles en dos cajones de madera".

La guerra de Corea

La participación sindical fue extensa y múltiple, y dentro de ella descollaron las conducciones de algunos gremios, como metalúrgicos y mecánicos.
El Negro Corea, jefe de la custodia de José Rucci, fue quien dirigió las torturas en el Hotel Internacional de Ezeiza. Aníbal Martínez, de la UOM Capital, tuvo a su mando las fuerzas de la Juventud Sindical. Los intendentes de Quilmes y Avellaneda, Rivela y Herminio Iglesias, suministraron abundante material y personal. Como diputado, Brito Lima obtuvo la libertad de presos comunes que le guardaron gratitud.
Una ametralladora UZI portaba Hugo Duchart, custodio de la UOM y colaborador de la Brigada de Avellaneda de la policía de Buenos Aires. Dos PAM empuñaban Carlos Poggio, empleado del hospital Fiorito, y Julio Arrón, a bordo de ambulancias de Bienestar Social y Abastecimiento de la Municipalidad de Avellaneda. Una ametralladora Halcón relucía en las manos del Secretario de Cultura de Avellaneda, Leonardo Torrillas.

33. La Prensa, 22 de junio de 1973.
34. Inventario levantado el 25 de junio de 1973 por el escribano León Hirsch.
Cisneros, director del Asilo de Wilde, Mario Firmaino, Cevallos, Miguel Di Maio, Ameal, Jorge Vallejos, son otros de los colaboradores de Iglesias englobados por Brito Lima en la primera persona del plural al vanagloriarse un año después de que "en Ezeiza paramos a los montoneros", así como los colaboradores del intendente de Quilmes, Mango de Hacha Lépora y Juan Carlos Caballo Loco Nieco.
El contingente de SMATA, que tuvo participación principal en los tiroteos, estaba ubicado a la izquierda del palco. El 21 de junio la conducción del SMATA envió una solicitada a todos los diarios con su posición sobre la masacre. A última hora de la tarde un dirigente leyó el texto ya despachado y reparó en un párrafo que podría traer problemas. Era una felicitación a los mecánicos por haber logrado "un puesto de avanzada" y por su "valentía ante la agresión"35.
–¿Quién escribió esto? ¿Quieren que nos metan en cufa?, protestó.
De inmediato se enviaron emisarios para corregir el texto en todas las redacciones, pero un diario carente de taller propio, que se imprimía más temprano que los restantes, no hizo a tiempo y publicó la declaración completa35.
Jefe de las fuerzas de SMATA en Ezeiza fue Adalberto Orbiso, quien al año siguiente fue designado interventor de la filial de los mecánicos en Córdoba y presidente del Banco Social, después del motín del coronel Domingo Antonio Navarro.
Las armas largas del SMATA llegaron a Ezeiza en un ómnibus en el que viajaba la diputada nacional Rosaura Islas, de Lomas de Zamora.
Empuñaban sus armas desde el palco Bevilacqua, Fernández y Juan Quiróz, del Comando de Organización; Alfredo Dagua, Luciano Guazzaroni, José Luis Tiki Barbieri y Emilio Tucho Barbieri, de la Liga Nacional Socialista de Junín.

El inmortal Discépolo

Otra fuente para la provisión de armas fueron los ferrocarriles. El 13 de junio, su Administración General fue copada por un Comando Militar Conjunto, que anunció que el ERP planeaba apoderarse de los trenes. Los ocupantes removieron al administrador designado por el gobierno, ingeniero J.J. Buthet, e impusieron su ley.
La policía ferroviaria, el Comando Militar de la Agrupación de Trabajadores de Prensa de Manuel Damiano y el jefe de la tercera sección de la gerencia de Inteligencia y Seguridad de los Ferrocarriles, Fernando Francisco Manes, se atribuyeron el copamiento en una declaración firmada el 14 de junio en papel con membrete de FA.
Luego de la masacre, los hermanos Raúl, Vicente y Juan Domingo López, José Arturo Sangiao, Eugenio Sarrabayrouse y Edmundo Orieta dirigieron una Carta Abierta a Perón alegando que habían actuado debido a los "antecedentes antinacionales" del ingeniero Buthet, a quien deseaban reemplazar por el general Raúl Tanco.
Reconocieron que habían empleado armas de fuego en tres escaramuzas, capturado con perros de la Policía ferroviaria lo que llaman "banderas comunistas" y reprimido a "terroristas" para que no quemaran vagones.
Su audaz relato evidencia la pasividad del gobierno mientras se preparaba la masacre del 20 de junio. Los aliancistas dicen que mantuvieron informados durante la ocupación a diputados y senadores justicialistas, al ministro de Trabajo Ricardo Otero, al vicepresidente en ejercicio Lima quien designó como veedor al doctor Humberto Saiegh, al Secretario de Obras y Servicios Públicos general Delfor Otero, a funcionarios de la SIDE, la Policía Federal, el ministro de Economía y asesores del teniente coronel Osinde.
Sólo el subsecretario del Interior, Domingo Alfredo Mercante, se negó a dialogar al saber que había sido desplazado el interventor Buthet. Pero recién el 22 de junio se ordenó sacar de allí a los intrusos.
"Los cobardes, los borrachos, los contrabandistas de drogas, los protectores de los ladrones de chatarra ferroviaria, los asesinos frustrados, alentados por los comandos comunistas emboscados en las sombras, juntos bolches y gorilas como en 1955, mi teniente general, como en un cambalache digno de ser cantado por el inmortal Discépolo, retornan a las posiciones que otros defendieron, y amparándose en la Policía Federal Argentina, institución a la que ellos siempre han despreciado, reasumen aparentemente sus funciones como si nada hubiera pasado", dice la Carta Abierta a Perón al describir el desalojo.
El asesor de la intervención en Ferrocarriles, Carlos Mario Pastoriza, entregó el 29 de junio un informe algo menos literario. Dice:
"Asunto. Detalle del armamento extraviado durante los hechos ocurridos entre el 13 y el 22 de junio de 1973:
"Pistolas Ballester Molina, calibre 11,25, números 84705, 84711, 84728, 110111, 110116, 110972, 110996, 110998, 84736, 110969, 84704, 38807, 110110, 28771, 39301, 39306, con un cargador cada una; números 101955,33413,102008,33402,101730 y 39305, con tres cargadores cada una. Resumen: Pistolas Ballester Molina calibre 11,25: 23. Cargadores para idem: 35".
"Pistolas Colt calibre 11,25, números 80270,80253, 27840, 31826, 39868, 68993, 156854, 157183, 173427, con un cargador cada una; números 55285 55574, 36366, 31005, 31003 y 67081, con dos cargadores cada una; números 80299,80242,80309,80312, 67181, 67183, y 67178, con tres cargadores cada una; y número 80294, con cinco cargadores. Resumen: Pistolas Colt calibre 11,25: 23. Cargadores para idem: 47".
"Una pistola ametralladora Halcón, calibre 9, número 3142, con dos cargadores".
"Pistolas ametralladoras PAM, calibre 9, números 27222, con un cargador; y números 27249, 31003, y 31005, con dos cargadores cada una. Resumen: Pistolas ametralladoras PAM calibre 9: 4. Cargadores para ídem: 7.
El viernes 22 de junio la Policía Federal visitó las instalaciones ocupadas. En la jefatura de la Policía de Seguridad de la Región Sudoeste, los federales fueron atendidos por el empleado de investigaciones Ramón Edgardo Martínez, jefe interino, quien presentó al resto de los policías ferroviarios que, según dijo le habían solicitado que se hiciera cargo de la región. Eran ellos Walter Alfredo De Giusti, Oscar Esteban Vallejos, Martín Torres, Juan Carlos Molina, Juan Ángel Galvaniz, Alejandro Tucci, Carlos Antonio Bachini, Juan Antonio Mascovetro, Alejandro Esteban Me Intyre y Héctor Fernández.
En el Departamento de Inteligencia Central de la Gerencia de Seguridad, Fernando Francisco Manes introdujo ante los comisarios Ramón Domingo Vidal y Vicente Rubén Rosetti, al personal de la policía ferroviaria que lo había acompañado durante la ocupación.
Eran ellos Juan Carlos Ramón Martínez, de la oficina de Inteligencia y Seguridad; Claudio Isaac Ortíz, policía auxiliar de segunda; Juan Robiano, auxiliar primero de la sección sumarios; Mario Medina, Juan Carlos Scarpia, auxiliar de tercera de la sección informaciones; Oscar Reinaldo Ponce, auxiliar de tercera de la policía privada del ferrocarril; Juan Alberto Andreu, ayudante segundo del jefe de la estación Retiro, sección pasajeros; Alberto Germán Mazzei, auxiliar de tercera de la policía ferroviaria igual que Pedro Celestino López Carballo, Rodolfo Mario González Arrascaeta; Elbio Antonio Farías, auxiliar de segunda; Juan José Velasco, de la división informaciones; Carlos Degli Quadri, empleado de la Secretaría general; Stella Maris Cieri, a cargo de teletipo y teléfono; Ricardo Zumpano, policía ferroviario, y Miguel Ángel Vidueira, dependiente de tercera de la sección tráfico. También todos ellos con sus armas.

Ciro y Norma

En 1955 el teniente Io Ciro Ahumada fue uno de los oficiales del Grupo 4 de Artillería de Campo de los Andes, en Mendoza, que no se plegaron al golpe contra Perón, lo cual le valió una detención de 30 días. Cumplida la pena fue reincorporado, pero a diferencia de la mayoría que fue a parar a guarniciones distantes, él pasó a trabajar en una de las Comisiones Especiales Investigadoras, con el general Juan Constantino Quaranta, amo de la SIDE.
En marzo de 1956 fue arrestado con dos centenares de civiles y militares comprometidos con el movimiento en ciernes del general Valle, que debía estallar tres meses después. Recluido en el penal militar de Magdalena, fue el primer oficial en su historia que consiguió fugarse, y se refugió en el Brasil.
Hacia 1959 reapareció en San Juan, en la mina Castaño Viejo, como empleado de National Lead, la compañía minera internacional representada por Adalbert Krieger Vasena. En San Juan organizó un comando para la zona de Cuyo, que inicialmente estuvo relacionado con la Central de Operaciones de la Resistencia del general Iñíguez, del que más adelante se separó.
En febrero de 1956 condujo un asalto a la mina Huemul, en el sur de Mendoza, en el que se apoderaron de detonantes eléctricos y 5.000 kilos de gelinita. En marzo, el gobierno de Frondizi declaró el Estado de Conmoción Interna, luego que la resistencia volara la casa del mayor del Ejército Cabrera, y se descubriera un plan insurreccional que fracasó cuando las 62 no declararon el paro general que debía preceder al asalto de cuarteles.
Alejado del COR, organizó una serie de atentados que dejaron un tendal de presos, pero ni él ni su lugarteniente Hermán Herst, un admirador de Hitler que usaba una svástica como gemelo de camisa y alfiler de corbata, fueron condenados.
El 25 de mayo ordenó colocar explosivos en la casa del general Labayru, en la de su asistente el capitán Rubilliers, y en la compañía petrolera mendocina de la Banca Loeb, y partió hacia el Uruguay. Trescientos integrantes de su red, sin vías de escape ni escondites previstos, fueron perseguidos y acorralados, hasta que ninguno quedó en libertad, ni su esposa Margarita Magüita Ahrensen.
Ahumada le mandó a ella y a sus hijas, bellas postales, desde París, Madrid, Capri, Santo Domingo, Cuba. En el sumario militar a Herst, consta la reducción de su pena por colaborar con la investigación.
Perón lo creía vinculado con los servicios argentinos de informaciones y con la CÍA, y lo alejó de Santo Domingo. El gobierno cubano no explicó en cambio sus razones cuando solicitó a los grupos peronistas de la Resistencia que se lo llevaran de allí, a él y a la ex-militante comunista de Entre Ríos Norma Brunilda Kennedy. Ella había viajado a La Habana junto con Augusto Vandor, y al volver explicó que había chocado con el castrismo por plantear reivindicaciones feministas en una sociedad machista.
En 1954 Norma Kennedy había sido detenida junto con otras activistas estudiantiles en Concordia, y el diputado radical Santiago Nudelman presentó un pedido de informes al Poder Ejecutivo interesándose por su destino. Se iniciaba la clásica parábola del fanatismo que suelen recorrer los conversos. La joven comunista defendida por un político radical llegó a ser cabeza del macartismo más obstinado dentro del peronismo.
Su tránsito de la izquierda a la ultraderecha fue lento. En 1956 ya había dejado el PC y se acercó al Comando Nacional que dirigía el ex suboficial César Marcos, un peronista estudioso de Marx en torno de quien se reunían muchos jóvenes marxistas ansiosos por abrazarse, con el pueblo, que sin dudas era peronista.
Junto con José María Aponte comenzó a intervenir en operaciones económicas cuyo fruto debía financiar la Resistencia Peronista. Un porcentaje que sus compañeros de entonces no coinciden en evaluar, pero que no desciende del 50 %, se destinaba a los gastos personales de la pareja. Cuando viajaban a Montevideo, donde actuaban diversos comandos de la Resistencia, se alojaban en el Hotel Victoria Plaza, el más lujoso del Uruguay.
Fue la primera mujer que empuñó una ametralladora en un operativo político en este país, durante el asalto a la Panificación Argentina. Apresada, fue defendida por el abogado de la UOM, y luego de la CGT, Fernando Torres, y salvada por su hermano Patricio Kennedy. El día en que los testigos debían reconocer en rueda a los asaltantes, Patricio tuvo la gentileza de trasladar personalmente en su auto a los directivos de la Panificación Argentina a los tribunales. Ninguno reconoció a Norma.
La audacia y originalidad de Patricio son muy conocidas. Para robar un banco cavó un boquete desde el entubamiento del Arroyo Maldonado, debajo de la Avenida Juan B. Justo, y luego huyó por las veredas subterráneas con una bicicleta.
Norma se separó de Aponte y se fue a vivir con Alberto Rearte. En 1962, Aponte aguardaba a un compañero en un taller mecánico de la calle Gascón al 200, que fue copado por la Policía de la Provincia de Buenos Aires, que invadió sin aviso la jurisdicción de la Policía Federal. Se llevaron a Aponte y montaron una ratonera con dos sargentos, en espera de quien llegara a la cita.
Rene Bertelli llamó por teléfono antes de ir, se dio cuenta que el sargento que lo atendió no era Aponte, entró por los fondos de la casa, tomó por sorpresa a los dos policías y los mandó al otro mundo. – ¿A quién esperabas, hijo de puta?, le preguntaban en la Brigada de San Martín al detenido Aponte, con una curiosidad que la muerte de los dos sargentos tornó imperiosa.
Al preso se le ocurrió que podía matar dos pájaros de un tiro: impedir que siguieran castigándolo y vengarse del hombre que se había ido con su mujer. Terminó por confesar que esperaba a Alberto Rearte.
La policía lo buscó, pero no lo encontró. Aponte los ayudó a ubicarlo.
–Su íntimo amigo se llama Felipe Vallese, les sugirió.
Asido a un árbol de la calle Canalejas en Caballito, Vallese resistió el intento de secuestro hasta que los culatazos en la cabeza le hicieron abrir la mano. Nunca reapareció.
Norma y Rearte crearon en su homenaje la Agrupación 22 de agosto. El joven tesorero de la UOM recibía sin placer sus pedidos de socorro económico. Les daba para imprimir 20.000 afiches y hacían 500. Con el resto sobrevivían. No eran fuerza de choque de nadie. "Son dos picaros", explicaba el tesorero, un ex boxeador de Villa Lugano: Lorenzo Miguel.
Patricio invitó a Norma a acompañarlo en varios de sus operativos. El botín preferido eran los automóviles. La tercera hermana, Celia, casada con un honorable carnicero, se encargaba de blanquear el dinero obtenido, y cuidaba habitualmente de Felipe Rearte, el hijo de Alberto y Norma.
Celia Kennedy fue secuestrada después del golpe de 1976, por un comando que quería saberlo todo acerca de los fondos de Norma. Nunca reapareció.
Hacia 1964 Ahumada y Rene Bertelli montaron una oficina de exportación e importación, con la denominación AR BRAS, en la que atendían negocios de Jorge Antonio con Brasil. Bertelli tenía pedido de captura por el episodio de la calle Gascón, pero circulaba libremente mientras su socio Ahumada discutía contratos con YPF para las empresas paraguayas que representaban. Norma, Patricio, Aponte, también frecuentaban esas oficinas, en la calle Corrientes. Patricio comandó por entonces un operativo en el que fue preso un militante de su grupo y murió otro, Sosa. El, sin embargo, recuperó la libertad. Habían cruzado una frontera que garantiza cierta impunidad.
Todos ellos lograron vincularse con el grupo que preparaba la instalación del destacamento de las Fuerzas Armadas Peronistas en Tucumán. Ahumada les hizo llegar documentos y manuales de instrucción militar. Bertelli fue gestor para la adquisición del terreno de Taco Ralo donde se efectuarían las prácticas militares, y que fue copado antes que la guerrilla disparara su primer tiro. El gobierno militar devolvió el campo a quien se lo había vendido a las FAP: Juan Bertelli, hermano del socio de Ciro.

35. Mayoría, 22 de junio de 1973.

A partir de 1971 Ahumada se asoció con Osinde en una empresa de importación de azulejos y mayólicas. El 17 de noviembre de 1972 atendía a quienes buscaban orientaciones en la sede justicialista de Avenida La Plata y les aconsejaba irse a casa, mientras Perón estaba retenido en Ezeiza.
Después de las elecciones del 11 de marzo de 1973, se reunió con Osinde y con el mayor Fernando Del Campo, para cambiar ideas sobre la estabilidad del inminente gobierno de Cámpora. "A ese viejo de mierda hay que marcarle el camino o sacarlo a patadas", era en esos días su expresión favorita.
Mientras, Norma Kennedy paseaba por Madrid con López & Martínez, sus amigos.

El Automóvil Club

Con 600.000 socios, 621 unidades móviles, 296 estaciones de servicio, 48 hoteles, servicio de aviación y la red de comunicaciones más completa del país, el Automóvil Club era en 1973 una fuerza económica y política de interesantes vínculos internacionales.
Había firmado convenios multimillonarios con la Ford y fabricaba neumáticos en conjunto con la Goodyear. Su presidente era el latifundista César Carman, afiliado a la Unión Cívica Radical, quien se opuso a la creación de La Hora del Pueblo y repudió las entrevistas de Ricardo Balbín con Juan D. Perón. Todos los años, hasta su muerte, Carman participó en los actos de homenaje al golpe militar de 1955.
Más sugestivo aún era el vicepresidente del Automóvil Club en junio de 1973. Se trata del señor Roberto Lobos, presidente de la empresa Coca-Cola, vinculado con el hotel Sheraton y su propietaria, la International Telephon & Telegraph, ITT, que en esos días actuaba como cobertura de la CÍA en Chile para el derrocamiento de Salvador Allende, según estableció una comisión investigadora del Congreso de los Estados Unidos.
Entre las autoridades del ACÁ figuraban nombres de la burguesía agraria, representantes de empresas transnacionales y altos jefes de las Fuerzas Armadas. Marcelo Gowland Acosta, Belisario Moreno Hueyo, José Nazar Anchorena, Víctor Zemborain, Mauricio Braun Menéndez, Ernesto Aberg Cobo, Antonio M. Delfino, Pedro Dellepiane, Adolfo Lanús, Carlos Menéndez Behety, Adalberto Reynal O'Connor, Rodolfo Zuberbühler, Alberto De Ridder, Egidio Ianella, Ernesto Pérez Tornquist, Ramón Santamarina, el ingeniero Mario Negri (de la Cámara de Industriales Metalúrgicos), integraban la directiva del Automóvil Club, junto con el capitán de navío Luis Giannelli, el comodoro Ernesto Baca, el brigadier Mario Romanelli, el capitán de corbeta Luis Ballesi y los generales Gualterio Ahrens y José Embrioni.
Uno de los delegados titulares del ACÁ era el señor Adolfo Rawzi, hombre de contacto con la embajada de los Estados Unidos y con el diputado Rodolfo Arce.

Nuestros muchachos

Desde la primera semana de junio, jefes del Sindicato de Trabajadores del Automóvil Club, SUTACA, y personas armadas que se reclamaban de la Juventud Sindical Peronista recorrían las instalaciones intimidando al personal. También allí se trataba de prevenir el asalto trotskysta, que nunca se produjo.
En un boletín extraordinario impreso el 21 de junio, el Secretario General del SUTACA, Roberto Saavedra, felicitó a los tripulantes de auxilios mecánicos, que habían actuado en Ezeiza como radioenlaces para el apoyo logístico.
Allí consignó que el ACÁ había cedido sus vehículos a pedido de la CGT y sostuvo que durante el tiroteo "nuestros muchachos asumieron plenamente su rol de patriotas y peronistas y lo hicieron protagónico".
El personal que actuó el 20 de junio fue seleccionado por el subjefe de Comunicaciones del Automóvil Club, el suboficial Porreca, de la Armada. Las quince grúas, dos automóviles y tres camiones que el COR usó en Ezeiza le fueron entregados por el Gerente de Estaciones del ACÁ, Carlos Iribarnegaray, comando civil en 1955 y luego interventor en la UOM de Avellaneda.
Un camión estacionado en Cabildo y Monroe sirvió de enlace a los vehículos instalados en el Hotel de Ezeiza, en las rutas de acceso, en el Hogar Escuela ocupado por el Comando de Organización, en el Autódromo, cerca de la residencia de Perón en Vicente López, en el bosque próximo al palco, en Plaza de Mayo.
Los vehículos tripulados por dirigentes del SUTACA y personal del COR y de la Juventud Sindical al mando del metalúrgico Aníbal Martínez, fueron retirados del auxilio mecánico de Jaramillo al 1900. El grupo de militantes del COR que intervino se concentró en el Sindicato de Sanidad, en Once, para coordinar el plan.
Estos son algunos de los muchachos patriotas y peronistas felicitados por Roberto Saavedra: Osvaldo Bujalis, tesorero del SUTACA y habitual acompañante de Osinde; Frías, jefe de Comunicaciones del ACÁ; Olmos, dirigente del SUTACA; Pepe Montoya, Sanguineti; Roldan, promotor de la Juventud Sindical en el SUTACA; Víctor Lasara, Pablo Esquete, Jorge Viola; Gaeta, quien estuvo junto con Martínez en el Hogar Escuela durante el tiroteo; Moyano, Rufrano, Cuaresma, Villordo y Mensela.
Los condujeron el general Iñíguez, el teniente coronel Osinde y el industrial Osvaldo Dighero.

Los comparsas

Los golpistas del 20 de junio formaban una sociedad de hecho. No todos se conocían, disputaban entre ellos por parcelas de poder, más de una vez se combatieron.
Tenían en común su derrota en las pugnas internas peronistas previas a la elección presidencial y sus contactos con sectores del gobierno militar. Jugaron sus cartas y perdieron entre noviembre de 1971, cuando Perón designó delegado personal a Héctor J. Cámpora, y el 25 de mayo de 1973. Contragolpearán en Ezeiza. Iñíguez y Osinde les darán coherencia, con un plan de acción para la toma del poder.
En noviembre de 1971 un tiroteo en la sede del Consejo Justicialista, en Chile al 1.400, saludó la cesantía de Jorge Paladino como representante de Perón. Norma Kennedy y Alberto Brito Lima dirigieron el asalto. Un guardaespaldas de Lorenzo Miguel, Alejandro Giovenco, la defensa. Norma Kennedy sobrevivió con un tiro en el pulmón, pero Enrique Castro, también del C de O, murió al fin de una larga agonía. Con Giovenco estaban José Sangiao y Vicente López, quien dos meses después intervino con sus hermanos Raúl y Juan Domingo, en la muerte de un dirigente antipaladinista de Lomas de Zamora.
Elegido delegado Cámpora, y organizada la rama juvenil sin la inclusión del Comando de Organización, Kennedy y Brito Lima se unieron a sus adversarios de ayer. Un año y medio después de aquel enfrentamiento unos y otros militaban en el mismo bando, olvidados de las promesas de venganza. Los López y Sangiao, junto con el paladinista Eugenio Sarrabayrouse, ocuparon en nombre del Comando militar de la Agrupación de Manuel Damiano los Ferrocarriles, como vimos en la página 61. Norma Kennedy integró la Comisión Organizadora que convirtió el palco en un arsenal. Giovenco y el Comando de Organización de Brito Lima utilizaron esas armas contra la multitud.
Los dirigentes sindicales tampoco aprobaron a Cámpora y se negaron a aceptar las tres vocalías que les asignó en el Consejo Superior, porque pretendían seis y la Secretaría General. Aunque tanto Rucci como Cámpora hayan preferido olvidarlo luego, en el Congreso partidario del Hotel Savoy, Brito Lima y los guardaespaldas de la CGT apuntaron a la cabeza del delegado personal una pistola 45. Y aún restaba la batalla por la candidatura presidencial.

La federación de perdedores

Como vimos, en 1971 el Movimiento Federal, que había prosperado bajo el amparo de Rucci y Paladino, confiaba en consagrar a Osinde sucesor de Perón. Fue el primer candidato desilusionado, socio fundador de la federación de perdedores. Lo siguió el director del ingenio Ledesma Antonio Cafiero, asesor económico tanto de la CGE como de la CGT, colaborador del brigadier Ezequiel Martínez en la Secretaría de Planeamiento y Acción de Gobierno de Lanusse. Era el hombre del Gran Acuerdo Nacional, bien visto fuera del país, sobre todo una vez que le explicó a David Rockefeller que el peronismo no pensaba nacionalizar los bancos. Al partir de Buenos Aires hacia Asunción el 14 de diciembre de 1972, Perón lo defraudó al indicar, una vez más, a Héctor Cámpora.
Rogelio Coria preparó una moción para que el Congreso que recibió con estupor esa nominación, enviara delegados hasta el Paraguay que persuadieran a Perón que cometía un error. El Sindicato de Mecánicos la presentó, y de inmediato adhirieron los congresales Norma Kennedy, Manuel de Anchorena y el dirigente rosarino de la carne Luis Rubeo. En la puerta del Hotel Crillón, Nicanor De Elía entregaba volantes del Movimiento Federal contra Cámpora36.

36. Panorama, 21 de diciembre de 1972.

El Congreso sólo aceptó enviar un telegrama sugiriendo cautelosamente el cambio, y Coria abandonó la sala contrariado. Lorenzo Miguel admitió en silencio que esa oportunidad ya se había perdido.
La misma batalla se dio en varias provincias por las candidaturas a las gobernaciones.
En Avellaneda un grupo de congresales sin quórum llegó a proclamar a Manuel de Anchorena y el metalúrgico Luis Serafín Guerrero y corrió a tiros al Secretario general Abal Medina. Perón intervino desde Lima calificando a Anchorena de "excrecencia y traidorzuelo"37, y tanto Osinde como Lorenzo Miguel abandonaron al estanciero conservador que fue expulsado del peronismo. La UOM se limitó a sustituir a Guerrero por otro de los suyos, Victorio Calabró, para acompañar al candidato Oscar Bidegain.
En Córdoba, el jefe vandorista Alejo Simó desertó el mismo día previsto para la autoproclamación como candidato de Julio Antún, el amigo de Jorge Antonio y del general Iñíguez, quien había perdido las internas por escaso margen ante Ricardo Obregón Cano. Antún y el coronel Antonio Domingo Navarro sublevarán a la policía cordobesa para deponer a Obregón Cano y al vicegobernador Atilio López, abandonados por el gobierno nacional, en 1974. Siete meses después, la AAA fusilará con 136 balazos al ex-vicegobernador obrero López. Ezeiza había sentado doctrina.
En Mendoza, pese a un gran tumulto donde no faltaron lágrimas, Carlos Fiorentini y Decio Naranjo no pudieron impedir la elección de Alberto Martínez Baca. Lo apartaron de la gobernación en irregular juicio político en 1974.
En Santa Fe, los rebeldes llegaron a la ruptura antes de los comicios. Otro amigo de Iñíguez, el capitán Antonio Campos, quien en 1960 lo había secundado en la toma del regimiento XI de Infantería de Rosario, fue el candidato paralelo a la gobernación, Rubeo su vice.
En Santiago del Estero encabezó la disidencia Carlos Juárez, dirigente neoperonista que junto con un sobrino de Iñíguez había acompañado a Juan Lucco en la operación de Levingston para seducir al peronismo desde el ministerio de Trabajo en 1970.
En la Capital Federal, Osinde envió un telegrama de solidaridad a Julio Cala y Lala García Marín, quienes junto con una veintena de convencionales habían sido expulsados por oponerse a las candidaturas decididas. El 20 de junio Lala García Marín estará en Plaza de Mayo junto con los activistas del COR de Iñíguez para tomar la Casa de Gobierno, y el 21 Cala será uno de los invitantes al sepelio del capitán Chavarri, lugarteniente de Osinde caído en Ezeiza.
Las movilizaciones de la juventud en todo el país, la dureza del enfrentamiento con el gobierno militar, la participación en los actos de Cámpora y la JP de los guerrilleros que prometían a cada adversario interno la suerte de Vandor, sembraron la duda en el poder sindical y en sus satélites de la rama política. Algunos se preguntaban si con ese clima habría elecciones, otros se contestaban que sí y temían perder su carácter de interlocutores privilegiados de los militares y ser precipitados a un futuro incierto.
Dos semanas antes del 11 de marzo, no todos los esfuerzos se volcaban hacia los comicios. El 23 de febrero se creó la Juventud Sindical, un sedante para los nervios de los sindicalistas. Con o sin elecciones, responderían al fuego con el fuego.
No eran los únicos previsores. El 18 de mayo, apenas una semana antes del traspaso presidencial, el grupo que se presentó como Resistencia Argentina exigió que quedaran en su poder "determinados cargos del gobierno y los organismos de seguridad", y anunció juicios y sentencias para "los traidores y los mercaderes" en caso de ser contrariados. Para la SIDE propusieron al coronel Julio Fossa (a uno de cuyos hijos ya hemos visto como jefe de la custodia del intendente Leopoldo Frenkel, que participó en la operación Ezeiza); para la Policía Federal al coronel Mario Franco (asociado al ex jefe de policía de Onganía, general Mario Fonseca); para Gendarmería al capitán Morganti, quien después del 20 de junio se mudó a un amplio edificio de Bermúdez y Nogoyá, en el barrio de Devoto.

37. Clarín, 21 de diciembre de 1972.

Una solicitada que publicó la UOM en los diarios del 20 de junio delata sus preocupaciones del momento. El cartel de Montoneros que el 25 de Mayo se desplegó frente a la Casa de Gobierno, como lo muestran las fotos de la época que luego los militares usaron para demostrar la escalada subversiva sobre el poder, fue retocado para que se leyera Unión Obrera Metalúrgica38. Unos se desvivían por ubicar el letrero más grande en el lugar más visible. Los otros estaban dispuestos a todo por impedirlo, con el pincel del retocador o por medios más consistentes.
Los sindicalistas y el gobierno militar sentían la necesidad de actuar rápido, para sofocar esa presencia expansiva y amenazante. ¿Pero cómo? Un indicio lo brindó el contralmirante Horacio Mayorga, rico propietario de fábricas de artículos de cuero. Al despedirse de la Aviación Naval que comandaba, reveló los planes que conocía, muy pocos días antes de la masacre. "Se están preparando bandas armadas clandestinas" dijo en su último discurso oficial39.
Ezeiza sería su presentación en público.

38. Clarín, 20 de junio de 1973. Suplemento especial del retorno.
39. La Nación, 16 de junio de 1973.


SEGUNDA PARTE

LOS HECHOS

El Hogar Escuela

En todos los relatos sobre los tiroteos de Ezeiza se menciona como un lugar clave el Hogar Escuela. También se refieren a él sin saberlo los testimonios sobre disparos efectuados desde el bosquecito próximo al palco, es decir la arboleda lindera con el Hogar Escuela.
El Hogar Escuela Santa Teresa tiene tres cuerpos de edificación y está ubicado a unos 500 metros del palco, al sur de la autopista Ricchieri, cerca de las Piletas Olímpicas y rodeado por una zona boscosa. Cruzando la ruta 205 se ingresa al barrio Esteban Echeverría. El Hogar Escuela forma un triángulo agudo con el puente El Trébol y el Hospital de Ezeiza, que está en el centro del barrio Esteban Echeverría. Para controlar la zona donde se desarrollaría el acto, el Hogar Escuela era un sitio estratégico.
La Policía Federal pensó en instalar allí un puesto para la remisión de detenidos, con un subcomisario, tres oficiales, veintiocho agentes masculinos y cinco femeninos de la Superintendencia de Investigaciones Criminales. Como el resto del servicio policial, debía implantarse a las 18 horas del martes 19.
Determinar quien controló el Hogar Escuela durante los enfrentamientos es fundamental para comprender qué ocurrió el 20 de junio.

La Falange

El 24 de mayo en Monte Grande se preparaban las columnas que marcharían hacia la Capital para el acto de asunción de Cámpora, cuando llegaron el concejal Rubén Dominico y sus compañeros del C de O y con palos y cadenas intentaron dispersar a los manifestantes. El 25 desfilaron uniformados al estilo de la Falange ante el intendente de Esteban Echeverría, Oscar Blanco, su protector.
Asalariado de la UOCRA, procesado por el juez Omar Ozafrain por robo a un sindicato del que era chofer, por juego ilegal y por corrupción, Dominico y treinta acompañantes armados ocuparon el 8 de junio el Hogar Escuela, la Escuela de Enfermeras vecina y el policlínico de Ezeiza. "Perón, Evita, la Patria Peronista", gritaban.
El Hospital de Ezeiza tenía una capacidad normal de 120 camas, y para el 20 de junio se habían previsto habilitar otras 100. Funcionaban en él servicios de cirugía, traumatología, hemoterapia, neurocirugía, clínica médica, radiología, otorrinolaringología, pediatría, cardiología, ginecología, laboratorio, drogas y medicamentos. Contaba con tres ambulancias, una de ellas con radiollamado, dos vehículos utilitarios y una camioneta. Una guardia permanente de 70 médicos, 78 enfermeras y auxiliares y el apoyo de 50 alumnas de la Escuela de Enfermeras debían atender cualquier emergencia.
El diario local La Voz del Pueblo informó que el 8 de junio, a raíz de la ocupación del C de O, el personal docente del Hogar Escuela fue enviado a sus casas y los niños evacuados. Con un comunica