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Biografía
de Oesterheld a 30 años de su secuestro
En coincidencia con el aniversario de su desaparición durante la dictadura del
1977, aparece en España una biografía en formato de comic a cargo de periodistas
Judith Gociol y Diego Rosemberg. Es una historia de vida que propone un
recorrido crítico por las distintas etapas, formulaciones expresivas y
personajes.
Por Jorge Boccanera, 2007
A 30 años del secuestro de Héctor Oesterheld por la dictadura militar - un
27 de abril de 1977- aparece en España una biografía en formato de comic del
inolvidable autor de "El Eternauta", que estuvo a cargo de los periodistas
Judith Gociol y Diego Rosemberg.
La colección española de comics Sins Entido (sic), anunció la publicación
del libro "Oesterheld. Rey de reyes", que pone en foco a uno de los
forjadores de la historieta argentina.
"El libro va a salir también en
consonancia con otras fechas, ya que hace 50 años Oesterheld fundaba con su
hermano Jorge las publicaciones Hora Cero y Frontera, creaba personajes como
Ernie Pike y Rolo el Marciano, y aparecía "El Eternauta".
Al tiempo que una historia de vida, esta biografía propone un recorrido
crítico por las distintas etapas, formulaciones expresivas y personajes -Tioconderoga,
Bull Rockett y Mort Cinder- en un abordaje que ubica la historieta citada,
inicialmente con dibujos de Solano López, como uno de sus puntos cumbre.
De Oesterheld -nació en Buenos Aires en 1919 y creó unas 160 historietas-
resaltó la periodista Gociol la calidad narrativa.
"El uso del lenguaje -dijo a Télam- la construcción de personajes, la
tensión del relato: un narrador que eligió ese formato porque confiaba en la
historieta como un vehículo de comunicación de enorme alcance popular.
También escribió cuentos infantiles e historias de ciencia ficción".
Oesterheld,
según Gociol -coautora de los libros: "Un golpe a los libros" y "La
historieta argentina"-, fue un precursor en varios sentidos: "El héroe
colectivo, la localización en una geografía concreta y reconocible, y sus
argumentos que van más allá del maniqueísmo de héroes buenos, justos y
triunfadores".
Sobre los dibujantes que trabajaron con Oesterheld, la periodista adujo que
cada quien hizo su aporte personal, aunque nombró a Solano López y Alberto
Breccia por las historietas "El Eternauta" y "Mort Cinder": "sumamente
popular la primera y consagrada por su calidad la segunda".
La apertura de Oesterheld, está marcada también por su labor editorial, y
las revistas y editoriales que fundó en los años 50. Para Gociol, revistas
como Hora Cero y Frontera fueron parte de: "el auge editorial de esos años,
que conjugó cantidad y calidad, aunque la empresa no se sostuvo
económicamente".
En la misma dirección, "ese modo de la industria cultural -pensado para
hacer productos buenos, pero también baratos, que se vendieran en los
quioscos y llegaran a los sectores populares- marcó a Oesterheld y le dio un
training enorme para producir con ritmo fabril: mucho, rápido y bien".
Desde el anecdotario nutrido del personaje llegan las versiones de que le
ofrecieron escribir la vida de Perón en 1951. Esto, según Gociol, lo narra
la viuda del guionista, Elsa Sánchez Oesterheld: "dice que a su marido lo
llamaron de la presidencia pero se negó, ya que por entonces era un
ferviente antiperonista".
Otra anécdota lo muestra como creador de un personaje popular del cómic
infantil vernáculo: la "Bruja Cachavacha". Gociol contó que aunque un grupo
de seguidores fanáticos de Cachavacha sostienen que fue una creación de
García Ferré, "un personaje con ese nombre apareció 15 años atrás en la tira
’Gatito’, que Oesterheld firmó con el pseudónimo ’Sánchez Puyol’".
Sobre los cruces entre Jorge Luis Borges y Oesterheld, también hay indicios
de que se conocieron cuando el autor de "El Aleph" era director de la
Biblioteca Nacional: "el guionista lo iba a buscar -aseguró Gociol- y salían
a caminar; compartían el amor por la ciencia ficción. Con el tiempo
quedarían, ideológicamente, en polos opuestos.
El guionista, con sus cuatro hijas -Beatriz, Marina, Estela y Diana- integra
las listas de víctimas del terrorismo de Estado; se presume que fue detenido
en La Plata el 29 de abril de 1977.
Por diversos testimonios, habría pasado por varios centros clandestinos como
Campo de Mayo, el Vesubio y el Sheraton; lugar donde compartió cautiverio
con el sociólogo Roberto Carri y el cineasta Pablo Szir.
Gociol subrayó que el autor de "El Eternauta", no dejó de crear ni en la
clandestinidad, ni cuando permaneció prisionero de la dictadura. "Escribía
en la isla del Tigre donde buscó refugio; por esos años iba a la editorial
Columba, clandestino y hasta llegó a dictar guiones desde teléfonos
públicos".
"Aún secuestrado siguió trabajando -acotó. Los militares le pedían una
historieta sobre San Martín; él aceptó pensando que ganaba tiempo", relató
Gociol.
Refiriéndose a la figura mítica de Oesterheld, Gociol apuntó que es difícil
definir qué es un mito, en una persona cuya vida fue a un ritmo de
producción y de acontecimientos tan concreta, pero quizás fue justamente lo
que lo mitificó: "la cantidad de obras y su calidad, así como los
acontecimientos políticos que surcaron sus días y su muerte, la de sus hijas
y yernos".
Su obra está abierta a lecturas diferentes, remarcó Gociol, en el análisis
de quienes "siempre andan tras la pista de alguna historieta desconocida o
de precisar nuevos datos.
Todo lo que daría cabida a nuevas interpretaciones. El tiempo y el recambio
generacional dan posibilidad de revisar lo vivido desde una perspectiva de
época".
Fuente: Telam
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Héctor
Germán Oesterheld: Vida y obra de un militante
Por Juan Carrá
A 50 años de la aparición del personaje más importante de la historieta
Argentina, cabe reflexionar a cerca de cuales fueron sus alcances, no sólo
en el plano de la literatura sino también en lo que respecta a la vida
política de toda una generación. Para esto no sólo debemos hurgar en las
páginas de las diversas versiones del Eternauta sino que es fundamental
analizar la vida política militante de su guionista: Héctor Germán
Oesterheld.
Basta simplemente con nombrar “El Eternauta” para realizar un viaje –al
mejor estilo Juan Salvo- a las décadas de mayor actividad política en
nuestro país. Si bien la primera versión de la historieta nació en 1957, se
convirtió en una obra de lectura obligatoria para aquellos jóvenes que una
década después se incorporaban a la vida militante a través de las diversas
organizaciones político-militares surgidas entre los 60 y 70.
En esta primera aparición, Oesterheld logra componer una conjunto de
personajes que se conjugan en torno de una historia ambientada en lugares
reales de Capital Federal. Esta cuota de realismo permite al lector sentirse
parte de la historia, ya que todo transcurre en lugares comunes
protagonizado por gente común. Este último elemento es, quizás, el que
encierra la mayor fuerza de la obra. La resistencia a la invasión esta
encarnada por hombres, mujeres y niños comunes, no hay superhombres, todos
aportan desde su lugar para construir una férrea resistencia a la invasión.
El propio Oesterheld dice: “… quizá por esta falta de héroe central, El
Eternauta es una de mis historia que recuerdo con más placer. El héroe
verdadero del Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así,
aunque sin intención previa, mi sentir íntimo: el único héroe válido es el
héroe “en grupo”, nunca el héroe individual, el héroe solo”.
En estas palabras que sirvieron de una especie de prólogo para las
reediciones de la primera parte de la zaga, queda expresado con claridad que
el carácter político que adquiere la obra no es buscado. Oesterheld, al
igual que todos los autores, expresa en su obra lo más complejo de su sentir
que se ira profundizando o modificando a medida que el guionista vaya
adquiriendo mayor compromiso político militante.
Para ese entonces la Argentina comenzaba a vivir los prolegómenos de lo que
décadas después se configuraría como el terrorismo de Estado. Según palabras
de David Viñas, Aramburu y Rojas fueron el prolegómeno de Videla y Massera.
El golpe de Estado de 1955 que tenía como principal fin la proscripción del
Peronismo generó como contrapartida el agrupamiento de los sectores leales a
Perón en lo que se denomino “La Resistencia Peronista”. Encarnada por un
sector del movimiento obrero peronista, sumado a un conjunto de
intelectuales y a simples adherentes al peronismo que organizados buscaban
fracturar la barrera represiva de censura que se había montado con el fin de
desmantelar la “cultura peronista”.
¿Es ilógico pensar que este clima de época influyera en la pluma de
Osterheld?. Si bien no hay testimonios que afirmen de su adhesión al
peronismo en esta época, el entramado social que el autor condensa en el
héroe colectivo se asemeja mucho al sujeto que componía la resistencia
peronista. Obreros metalúrgicos, encarnados en el papel protagónico del
personaje de Franco, un joven tornero que se destacará como un gran
combatiente en la resistencia a la invasión; científicos –como es el caso de
Favalli-, incluso el Ejercito Argentino, fundamental en la batalla de River
Plate, son algunos de los que acompañan a Juan Salvo en esta guerra. La
aparición del Ejercito no es un dato menor ya que, por esa época, sectores
de esta institución leales al peronismo fueron fusilados por intentar un
levantamiento que posibilitara la vuelta al poder de Juan Domingo Perón. La
importancia del fusilamiento del General Valle para la configuración de la
estructura de sentimientos del peronismo encontró lugar también en las
páginas del Eternauta. El paralelismo entre la primera parte del Eternauta y
el proceso de organización y resistencia del germen de la izquierda
peronista es una lectura que a la luz del resto de su obra no es para nada
descabellada. Un dato más que suma para ver el contexto de época en la obra
es la aparición en una de las viñetas de una pared pintada con la leyenda
“vote Frondizi”, es importante recordad que es el pacto con el peronismo el
que lleva a Frondizi a la presidencia.
Otro aspecto importante para destacar del Eternauta es la legitimación de la
violencia organizada por parte de los sobrevivientes a la nevada mortal. Si
bien se cuestiona las peleas entre sobrevivientes, en lo que Favalli se
atreve a catalogar como la supremacía del más fuerte, en ningún momento se
cuestiona la utilización de la violencia por parte de los humanos
sobrevivientes.
Para finales de 1961, Oesterheld creó un magazín de ciencia ficción para
Editorial Ramírez que combinaba información científica con historietas,
relatos y cuentos del género. Dicha publicación fue bautizada como “El
Eternauta”, aprovechando la popularidad alcanzada por la historieta
publicada años antes. A partir del cuarto número el viajero del tiempo se
convirtió en vehículo y pretexto para el relato de sucesos históricos
ilustrados, a la manera de Ernie Pike de Batallas Inolvidables. Así, Juan
Salvo se corporiza ante el guionista, tal cual la versión original, y le
narraba sucesos históricos de la talla de Pompeya o Hiroshima. En el número
6, de abril de 1962, el autor retoma el final de la primera versión y
construye una especie de continuación que comienza con el Eternauta
corporizándose una vez más frente a Oesterheld. Juan Salvo dice: “Te conté
de Hiroshima, te conté de Pompeya… Ni yo mismo se por qué te he hablado de
todo eso… Quizá te hablo de todo esto para borrar con otro horror el horror
que trato de olvidar. Mientras cuento vuelvo a vivir lo que cuento… Y si
hablo de Hiroshima, si hablo de Pompeya, olvido el horror máximo que me tocó
vivir. ¿Qué fue Pompeya, qué fue Hiroshima al lado de Buenos Aires arrasado
por la nevada?” De esta manera comienza la continuación que se extenderá
hasta la interrupción de la publicación en febrero de 1963. Esta parte se
publicó posteriormente en forma de novela, dejando de lado las ilustraciones
de Schiaffino, Lobo, Fahrer, Muñoz, Durañona, Spadari y otros.
En el nuevo relato del Eternauta se pueden apreciar varias diferencias con
la primera parte. En principio la idea de darwinismo social prevalece a la
de organización popular en torno de un enemigo común. Por otro lado Juan
Salvo comienza a ser El héroe de la zaga, dejando de lado un poco al resto
de los personajes que van apareciendo.
Otro elemento a tener en cuenta es la intervención de soldados
estadounidenses en la lucha contra el invasor. Esto es importante de
destacar ya que unos años después en 1969, Oesterheld reedita la versión
original de la historia a pedido de la revista Gente, pero modificando de
manera importante el guión. En esta nueva versión aparece claramente
definida una ideología. En plena Guerra Fría, mientras la Argentina vivía
uno de los puntos más álgidos en la lucha de clases, Oesterheld agrega al
guión original un acuerdo entre los “Ellos” y las dos superpotencias de
entonces – los Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas
Soviéticas- para poder invadir tranquilos Sudamérica. Es evidente en este
nuevo guión la aparición de la llamada “Tercera Posición” impulsada por
Perón, que se expresa de manera contundente en la frase “ni yanquis ni
marxistas, peronistas”. Sin dudas este puede ser considerado un punto de
inflexión en la obra de Oesterheld, más si tenemos en cuenta que alrededor
de un año antes, en 1968, publicó una biografía del Che Guevara en formato
de historieta, que abrirá una colección de biografías de “héroes
latinoamericanos”. De esta forma su ideología comienza a aparecer sin ningún
tipo de rodeos en las viñetas de sus historietas. Si bien es posible que a
partir de este momento cada historia de Oesterheld gana en compromiso con su
proyecto, podemos decir que es notable la perdida de calidad en términos
literarios de sus guiones.
Esta versión de la primera parte que se entregaba en fascículos semanales
con cada edición de la revista Gente duró solamente tres entregas ya que
según la revista las modificación introducidas en el guión sumado a los
dibujos de Breccia habrían generado un rechazó en los lectores. Sin embargo,
teniendo en cuenta que dichas modificaciones están impregnadas de un mensaje
político-ideológico no sería ilógico pensar en un acto de censura por parte
de la editorial responsable de la publicación.
Teniendo en cuenta esto, podemos hablar que la obra de Héctor Germán
Oesterheld, esta dividida en dos etapas donde la división entre ellas es la
irrupción del autor en la vida política ya no sólo como intelectual sino
como activo militante.
En el año 1970 verá la luz un nuevo trabajo del historietista, siguiendo
fiel a su idea de transformar a la historieta en un medio de educación,
entrega el guión de la biografía de Maria Eva Duarte de Perón. La
publicación de este trabajo, que fue idea original de Oesterheld pero
termino siendo guionada por el periodista Luís Alberto Murray con dibujos de
Breccia.
Tanto este trabajo como la biografía del Che fueron el inicio de una
búsqueda por parte del autor de contar una versión diferente de la historia.
Así Oesterheld comienza a crear guiones de hechos históricos que sirvieron
de referencia para la construcción de un imaginario social colectivo que
amalgamara al nuevo sujeto histórico en base al mito de una historia común.
Así surge un trabajo titulado “Latinoamérica y el imperialismo, 450 años de
Guerra” publicado en “El Descamisado”, órgano oficial de los sectores mas
radicalizados del peronismo. Cabe aclara que en estos guiones se apela a la
construcción de una identidad histórica muy similar a la que proponían
intelectuales que se enrolaban en el nuevo revisionismo histórico.
Por otro lado comienza a hacerse pública la participación de Oesterheld,
-desde las páginas del “Descamisado” y del periódico montonero “Noticias”,
en el cual publicaba una tira semanal llamada “ La guerra de los Antartes”,
o en Ezeiza recibiendo al líder-, de manera orgánica en el peronismo. Sin
embargo no se puede precisar cuando comienza su vinculo con la organización
Montoneros.
Ya en Diciembre de 1976, con el aparato represivo del Estado en pleno
funcionamiento, se edita la segunda parte del Eternauta. El binomio
Oesterheld-Solano López, deciden darle continuidad al Eternauta publicando
la segunda parte.
La historia comienza en el mismo lugar donde termina la número uno: Germán
parado frente a la casa de Juan Salvo recuerda lo que el Eternauta le había
narrado y se pregunta si contándolo el podía ayudar a que se evitara la
invasión. Dentro de Germán comienza aparecer una contradicción entre su
sentir, su pensar y su actuar. Necesita ser protagonista de esa historia que
esta por venir pero sus miedos interiores lo hacen retraerse. El hecho de
conocer lo que sucederá lo atormenta y lo moviliza al punto de vencer sus
miedos y poder así enfrentarse con Juan Salvo y sus amigos para decirles lo
que el Eternauta les había narrado.
Esta decisión de Germán y el posterior viaje a través del tiempo junto al
Eternauta componen un giro sustancial en historia comparándola con el número
uno. Aquí Germán deja el cómodo sillón de guionista y pasa a vivir en carne
propia la lucha por la libertad de la humanidad. El cambio de narrador en la
segunda parte acompaña la decisión personal que Oesterheld había tomado para
su vida: brindarse en cuerpo y alma a la lucha revolucionaria.
En esta nueva aventura del Eternauta Juan Salvo y su familia junto a Germán
son trasladados en el tiempo hacia el futuro al 2200 dc. En esta época la
población esta compuesta por los sobrevivientes al estallido superatómico
denominado “la gran catástrofe”. Manos, Ellos, Gurbos y un conjunto de
familias que fueron capturadas cuyos descendientes conformarán el “pueblo de
las cuevas”. También aparecen unos nuevos seres mutantes creados por los
Ellos que son los Zarpos.
A lo largo del a historia Juan Salvo y Germán Irán organizando al pueblo de
las cuevas para resistir la dominación de los invasores. Aquí hay otra gran
diferencia con el espíritu del Eternauta original. Mientras que en la
primera parte el héroe colectivo se impone a las voluntades individuales,
ahora Juan Salvo –dueño de poderes sobrenaturales que irá descubriendo a
medida que avanza la historia- jugara un rol de dirección incluso por encima
de los lideres naturales de ese pueblo.
Para ejemplificar esto es interesante recurrir a un fragmento de la historia
en la cual el Eternauta envía a morir a un grupo de habitantes del pueblo de
las cuevas con el fin de que otro sector del grupo pueda avanzar sin ser
detectado por el enemigo. Cuando es destruido este grupo de avanzada, ante
los ojos de sus compañeros, se le recrimina al Eternauta esta acción y el
implacable contesta que lo importante es que ahora podían avanzar para
llegar a cumplir su objetivo El Eternauta como dirección político-militar de
la resistencia no vacila en enviar a la muerte a sus compañeros y lo mas
importante de esto es que luego del primer reclamo hay una aceptación por
parte del resto de esta actitud que se ejemplifica en el siguiente dialogo:
-Los mandaste a Matar
-Si Artemio los hizo morir. Tenían que morir… para que nosotros sigamos
tratando de salvar las cuevas. Quién sabe cuántos de nosotros moriremos
antes de que las cuevas estén salvadas.”
La aceptación de la muerte en pos de un objetivo común comienza a aparecer
pero esta vez dirigida por aquellos que por manejar mayor información
–recordemos que el Eternauta conoce al enemigo de combates anteriores-
comienzan a cumplir roles de vanguardia.
Este cambio en el seno de la historia refleja el modo de funcionamiento de
las organizaciones político militares de los 70 en las cuales estaba
incluida Montoneros a la cual pertenecía Oesterheld. Esto no quiere decir
que se este denunciando una actitud de las conducciones de enviar a morir a
sus militantes, sino todo lo contrario: aparece la aceptación de los
militantes, incluso de un cuadro medio cómo lo era Oesterheld de la palabra
de la dirigencia sin cuestionamientos, incluso cuando lo que se jugaba era
la vida misma.
Otro elemento que aparece reflejado en esta parte de la historia esta
vinculado a la idea expresada por el general Vietnamita Giap en su texto “el
hombre y el arma” –de lectura obligatoria en Montoneros- en el cual expresa
el fundamente de victoria de una guerrilla. Recuperando la idea de las
fuerzas morales como fuente de victoria de los ejércitos expresada por
Clausewitz , Giap sostiene que en la guerra revolucionaria lo determinante
es el Hombre y no sus armas. Así nace uno de los postulados fundamentales
que será tomado por todas las organizaciones revolucionarias del mundo. La
idea de que lo simple –un ejercito popular armado con armamento casero e
inferior- puede derrotar a lo complejo –un ejercito profesional dotado de
mayor tecnología-, aparece claramente en la segunda parte del Eternauta
cuando Juan Salvo convence a Don Matías –mayor referente del pueblo de las
cuevas- de comenzar a resistir, mediante la confrontación armada, la
dominación de los Ellos y sus ejércitos de ocupación –Manos y Zarpos-.
Estas modificaciones sustanciales en el corazón de la obra están íntimamente
ligadas al proceso histórico del cual fue parte Oesterheld. También denuncia
el avecinamiento de un futuro desolador e incluso comienza hablar de las
desapariciones.
Para ese entonces ya había perdido a dos de sus hijas Beatriz de 19 años y
Diana de 23, ambas militantes de Montoneros. Luego le toco a El.
Estando detenido lloró la desaparición de sus otras dos hijas Elsa y Marina.
Fue encapuchado, golpeado, torturado en los centros clandestinos de
detención el Vesubio, Campo de Mayo y en el “Sheraton”.
Hay quienes dicen que estando desaparecido un militar le pidió que escriba
la historia de San Martín, el no lo hizo.
En 1983 la parte tres del Eternauta verá la luz ya sin guiones de Oesterheld.
Quizás en sus páginas puede encontrarse una suerte de homenaje a Germán y
aquellos que como Él apostaron todo para transformar la sociedad y fueron
derrotados.
Sin duda lo fundamental de la vida y obra de Oesterheld fue la coherencia
entre su sentir, su pensar y su hacer.
CRONOLOGÍA
1957 Eternauta 1
1962 Versiòn novelada del Eternauta continuación de la 1
1968 Biografía del Che Guevara.
1969 Eternauta 1 bis, Revista Gente
1970 Se edita por primera vez la biografía de Evita idea original de
Oesterheld con dibujos de Breccia y guión del periodistaLuis Alberto Murray
1973-1974 Serie de historietas “Latinoamérica y el imperialismo, 450 años de
Guerra” publicada en “El Descamisado”
Diciembre de 1976 Eternauta 2
1983 Eternauta 3 ya sin Oesterheld.
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EL
ETERNAUTA
Dirección de colección: Juan
Sasturain
Diseño de colección: Juan Manuel Lima
Dibujo de tapa y viñetas interiores: Francisco Solano López
© Ediciones Colihue S.R.L.
I.S.B.N. 950-581-913-7
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
El
Eternauta: tres veces Salvo
Oesterheld fue un cultor consecuente dé la ciencia ficción — en el sentido más
amplio y abarcador de la ambigua categoría—, prácticamente desde sus comienzos
como narra¬dor profesional en los años cincuenta, tanto en su trabajo en la
pionera Más Allá (1953-57), con notas y relatos, como en la tarea de guionista
de historietas a partir de 1951, primero en Abril y después en su propia
editorial, Frontera.
En varios episodios de la serie Bull Rockett, por ejemplo, que trabajaba los
temas científicos en el límite de la fantasía, irrumpe el tema de la presencia
extraterrestre. Así sucede con Hacia el infinito y De otros mundos, relatos
publicados en 1956 que novelizan historietas anteriormente desarrolladas en
Misterix.
Pero es entre 1957y 1959cuando,en los mensuarios Frontera y Hora Cero —más las
versiones Semanal y Extra del último— crea sucesivamente las series Rolo, el
marciano adoptivo (1957), Rui de la Luna (1958) con Solano López y
continuadores, y Sherlock Time (1958), con Alberto Breccia.
Las tres aportan una novedad básica: el cruce de la cotidianidad argentina —los
integrantes de un club de barrio porteño, un paisanito de Maipú, un jubilado—
con distintas situaciones fantásticas: la invasión alienígena en Rolo, un
extraviado extraterrestre en Rui, un frecuentador de los misterios del tiempo y
el espacio en Sherlock Time.
Este recurso sería una constante en Oesterheld, y alcanzaría su mejor y más
célebre aplicación en El Eternauta, el largo relato gráfico dibujado por Solano
López durante dos años y más de 350 páginas en Hora Cero Semanal, entre 1957 y
1959.
La historia del grupo aislado—Juan Salvo y familia, Favalli, Lucas, Polsky— que
sobrevive en una casa herméticamente cerrada a una misteriosa nevada mortal que
luego se revela preludio de una invasión extraterrestre, y los avatares de la
lucha que se desencadena contra el invasor de caras múltiples —los cascarudos,
los manos, los gurbos, los hombres robots— hasta el desenlace, abierto y
circular a la vez, que convierte a Juan Salvo en eterno viajero del tiempo, es
ampliamente conocida. Es, también, la más hermosa y apasionante historia de
ciencia ficción y aventura de la narrativa argentina.
Una auténtica novela dibujada.
Lo que no fue
Oesterheld amenazó —prometió formalmente incluso, a mediados de los sesenta en
su efímera revista Géminis— con escribir esa novela, convertir la secuencia
historietística en texto narrativo.
No lo hizo. Lo que sí hizo fue volver sobre el guión original, una década larga
después, para que Alberto Breccia hiciera una versión que acogió en principio
pero no toleró hasta el final la revista Gente. La radicalización ideológica del
guionista —que "releyó" políticamente su propia historia— y los geniales
arrebatos expresionistas del dibujante —demasiado oscuro, sombrío y audaz para
un medio conservador en todos los sentidos— asustaron a los editores, quienes
los obligaron a terminarla apresurada y apretadamente en menos de 60 páginas.
Ya en los setenta, y en medio de los fragores terribles de la confrontación
armada en que había derivado la lucha política, Oesterheld retomó las aventuras
de Juan Salvo, ahora con el personaje de Germán —su alter ego— como compañero, y
escribió El Elernauta 11. Otra vez con Solano López, para la revista Skorpio, de
Ediciones Récord. La publicación de los episodios prácticamente coincidió con su
secuestro y trágica desaparición a manos de los represores de la dictadura en ]
977.
La historieta lo sobrevivió bastardamente: manos más o menos anónimas fueron
responsables ríe una ulterior continuación —conocida como El Eternauta III—
producida primordialmente para el mercado italiano, donde la revista L'
Eternauta tuvo larga y auspiciosa vida hasta avanzados los ochenta.
Mientras el personaje crecía y sigue creciendo hasta convertirse, cu la
actualidad, en uno de los pocos mitos genuinos de la cultura argentina en el
siglo XX, la versión novelada de su historia ha quedado como la frustración de
un proyecto nunca realizado.
Así, la novela de El Eternauta no existe. Sólo tenemos esto.
Que es esto
A fines de 1961, cerrado el ciclo glorioso de Frontera, Oesterheld creó un nuevo
medio aventurero, un magazine de ciencia ficción para Editorial Ramírez que
combinaba información científica con historietas, relatos y cuentos del género.
Y lo bautizó El Eternauta, aprovechando la popularidad de su personaje más
famoso.
A partir del cuarto número de El Eternauta, el viajero del tiempo se convirtió
en vehículo y pretexto para el relato de sucesos históricos ilustrados, a la
manera del Ernie Pikc de Batallas Inolvidables. Juan Salvo se corporiza ante el
guionista en la situación clásica del comienzo de relato y le narraba — testigo
inconcebible—un suceso habitualmente desmesurado y terrible: primero Pompeya,
después Hiroshima...
Hasta que en el número 6, de abril de 1962, el navegante del porvenir cambiaba
el tono y el argumento para narrar la continuidad de su propia aventura, lo que
había sucedido después de haber ido a recalar al Continuum 3 al accionar la
máquina que lo salvó, al altísimo costo de separarlo de su mujer y de su hija.
Ayudado por el mano, Juan vuelve en su busca al tiempo y espacio del Buenos
Aires que abandonó, y la aventura prosigue.
El desarrollo de esta continuación genuina de El Eternauta inicial se prolongó
—en extensos capítulos ilustrados sucesivamente por Schiaffino, Lobo, Fahrer,
Muñoz, Durañona, Spadari y otros— hasta el número 15, de febrero de 1963,cuando
la revista se interrumpió, dejando la historia inconclusa. Esta es la primera
vez que se publica desde entonces. Nunca fue retomada ni existen datos que
permitan suponer el desarrollo ulterior de las aventuras, ya que cuando
Oesterheld volvió sobre Juan Salvo, eran otras las historias que deseaba contar.
Sin embargo, caben algunas reflexiones sobre este texto singular.
La lucha continúa
Un aspecto evidente es su inorganicidad, el aire arrebatado de su concepción. La
historia salta sin transición de un clima a otro, de una circunstancia a otra.
Quema etapas, modifica los ritmos sobre la marcha, pasa de las pormenores a las
elipsis y suele plantear situaciones que apenas quedan en eso, sin desarrollarse
en todas sus posibilidades. Como si fuera un borrador apresuradamente difundido
en el que están, embrionariamente planteadas, las líneas de un relato que se va
pensando a sí misino mientras crece.
Hay por lómenos cuatro secuencias. La primera abarca las aventurasen El Tigre
hasta el encuentro con Favalli; la segunda, el contacto con las tropas del
Capitán Timer, y los breves enfrentamientos con el enemigo hasta la partida
hacia el norte; la tercera es la experiencia de la llegada y el ataque a la
ciudad de Nueva York que termina con la caída de Salvo y Favalli como
prisioneros en manos del enemigo, y la cuarta e inconclusa, el salto al espacio
exterior y el conocimiento de una nueva perspectiva, un nuevo y horroroso marco
galáctico para la guerra.
Como en la historia original, aquí también hay un movimiento de lo particular a
lo general, de lo conocido a lo desconocido, que se corresponde con un traslado
físico: de El Tigre a Nueva York y de ahí al espacio exterior.
En la aventura primera, ese itinerario que empezaba con la salida de la casa iba
revelando pausada y horrorosamente, las características de la tragedia. Primero
su amplia dimensión y luego su sentido—la invasión extraterrestre. Después, ya
en el contexto de la lucha contra el invasor, el desplazamiento hacia el Centro
iba, paulatinamente, revelando los sucesivos rostros del enemigo: "cascarudos",
gurbos, "manos", hombres robot, todos al servicio de los esquivos Ellos.
Después, la derrota y la huida tan costosa.
El Juan Salvo que regresa a la Tierra, sabe. La narración lo devuelve al tiempo
y espacio que abandonó en el momento de entrar en la nave o máquina de tiempo
del Ello que le sirve para escapar. Viene a buscar a Elena y Martita y, una vez
más, no las encontrará. El espiral de la guerra y la búsqueda del conocimiento
lo alejan cada vez más del proyecto individual. Además, ese Juan Salvo es otro,
moldeado por la experiencia y endurecido por la frecuentación de la muerte.
Desde el origen —auténtico "bautismo" del que sale "salvo" un nuevo Juan— la
historia se plantea en términos crudos de violencia e indeterminación. El
protagonista no va a ninguna parte sino que, solo, busca a tientas entre la
confusión y el equívoco: por primera vez, vive la dura ley de la selva que
Favalli pronosticara en la historia original como único marco de referencia y
pauta de relación entre los sobrevivientes.
El Tigre es precisamente un lugar selvático de señales confusas donde para Juan
Salvo, que "sabe", nada tiene sentido ni es lo que parece ser: sucesivamente,
encuentra a Bartomelli, a Amelia y el Bocha, a la misión de "La Cruz"—falsa
salida (¿simbólica?) encarnada en un loco, el Capitán Roca— termina huyendo de y
matando a otros hombres: a tiros a uno, ahogando al segundo y con un cuchillo a
un tercero, en breve lapso.
El equívoco de la no discriminación entre "amigos" y enemigos persiste en la
larga secuencia de contacto con Favalli en el helicóptero: no saber contra quién
ni por qué se lucha. En este sentido, todo el primer tramo de la
historia—incluso el "crucer" en acción que intercepta los cohetes
intercontinentales— no enriquece el planteo original de El Eternauta sino que es
"más de lo mismo", sólo que exacerbado por la crudeza de la violencia y la
velocidad de los sucesos.
El contacto con la misión norteamericana equivale —en términos estructurales— a
la irrupción de las fuerzas organizadas del Ejército que recogían a los
sobrevivientes aislados en la primera parte: apertura a otra dimensión de la
1ucha e información más amplia sobre los alcances de la invasión. Sin embargo,
en este caso, el problema para el interés del relato, es que no hay revelaciones
que el lector comparta con Salvo y Favalli sino mera información complementaria.
La expectativa crece con el traslado a Nueva York. Pero no dura nada.
Prácticamente con ellos llega el ataque y la destrucción de la ciudad. Otra vez
la salvación milagrosa por aislamiento—el ascensor hermético—y la huida en
inferioridad de condiciones que prefigura el final de la historia original.
Sólo la cuarta e inconclusa secuencia abre la historia hacia una nueva
dimensión. La larga escena final, con los quinientos sobrevivientes humanos ante
el "mano" que les explica cómo son las cosas en el Universo (Ellos y Enemigos se
disputan todo...) y cuál es su posibilidad de sobrevivir en él, es de lo más
rico de la historia y nos devuelve al mejor Oesterheld.
En esas líneas de diálogo están prefiguradas las cuestiones que ocuparán el
centro de los planteos ético- políticos del autor en el futuro, y de las obras
de ficción que los ejemplificarán, de El Eternauta de Breccia en el 69 a La
guerra de los Autartes y El Eternauta II en los setenta.
La historia se interrumpe, precisamente, cuando más prometía...
Contar en imágenes
Los cuentos que acompañan al inconcluso "El Eternauta" en esta edición tiene
distinto origen. Cuatro de ellos aparecieron también en la revista El Eternauta:
"Retorno"', en el número 4: "Un hombre común", en el 5, y "Paria espacial" y "Un
planeta..." en el número 6. Todos ellos comparten con el relato más extenso un
ritmo narrativa casi oral y la recurrencia al presente histórico o la omisión
del verbo en las descripciones de las escenas de acción, lo que les da cierto
aire telegráfico. Una característica común a los relatos de guerra de la misma
época incluidos en la serie Batallas Inolvidables, de Ernie Pike.
En mayor o menor medida, todos ellos, también, padecen de cierta desprolijidad
expresiva, probable resultado del apuro y la falta de una cuidada corrección.
Más aún: en algunos casos parecen—como sucede con la continuación de El
Eternauta— la mera trascripción de una narración oral grabada. Osterheld, un
autor tan dúctil como prolífico, solía desarrollar ante el magnetófono los
guiones de sus historietas, cuadro a cuadro, con descripciones de imagen y
diálogos. Es indudable que extensos tramos de estos relatos tiene todas las
características de esa modalidad de ficción, y podrían ser transcriptos en
secuencia dibujada (historieta) prácticamente sin modificación.
Y esto es válido, sobre todo, para El Eternauta, donde prolifera la acción
vertiginosa por sobre todo componente narrativo.
En cuanto a las historias en sí, el irregular "Retorno" vierte en pocas páginas
una buena historia, material narrativo que sin duda pedía un desarrollo más
moroso y pausado: parece el argumento de una novela condensado, con moraleja,
mensaje y todo.
"Paria espacial" —cuya trama desarrolló más de una vez, con variantes— retoma el
tema del sacrificio individual, que se reitera en "Un hombre común": Rainer
Lomas y Robert Foss se entregan para salvar a la Tierra en un caso, a
Norteamérica — en el contexto de la Guerra Fría—en el otro.
"Un planeta... planeta... planeta..." juega con el "planeta trampa" dentro de la
variante original de la seducción del ocio y la contemplación de la belleza: la
historia tiene más resonancias —monstruos "polípteros" incluidos-— que la
simpleza de su trama haría suponer.
La artesanía literaria
Diferente es el caso de los otros cuentos que completan el volumen. Los dos más
ex tensos—"El árbol de la buena muerte" y "una muerte"— se publicaron en 1965 en
los dos únicos números de Géminis, revista de relatos de ciencia ficción que se
proveía mayoritariamente de material narrativo de la norteamericana Galaxy. La
publicación, dirigida por Oesterheld y con tapas de Breccia, no incluía
historietas, y estaba más cerca de las clásicas Más Allá o Minotauro, que de su
intento anterior con "El Eternauta". Buenos autores del género y calidad
literaria definían el medio, que no pudo hacer pie en el mercado.
En ese contexto, los dos cuentos de Oesterheld no desentonan. Por el contrarío.
El bradburiano "El árbol de la Inicua muerte" y —sobre todo— el inolvidable "Una
muerte" con su conmovedora vuelta de tuerca al lema del contacto con
extraterrestres, son de lo mejor y más acabado del autor en el género.
Precisamente, lo que hace a su excelencia es el gesto elusivo, la perspectiva
limitada que restringe la información del lector: estamos en la antítesis de la
imagen historietística y las armas son genuinamente literarias.
Finalmente, los brevísimos textos reunidos bajo el título genérico de "Sondas"
son los únicos que se publicaron directamente en libro y significaron de algún
modo el "reconocimiento" literario de Oesterheld. Aparecieron en la antología
Los argentinos en la Luna, editada por De la Flor en 1968 , junto a relatos de
los principales autores nacionales. Se trata, realmente, de pequeñas obras
maestras, maravillas de concisión sostenidas por un diestro manejo de la
perspectiva y el punto de vista al servicio de la sorpresa y la paradoja.
En síntesis: este volumen reúne un conjunto de relatos heterogéneos en su
factura, en la naturaleza de los medios que los albergaron, en el estilo y las
formas. Sirven de muestreo ejemplar de la producción de Oesterheld durante los
años sesenta. Algunos poseen el valor de un rescate semidocumental que ilumina
zonas poco conocidas de la producción del autor, como es el caso de la
continuación de El Eternauta; otros revelan su destreza de narrador dotado de
imaginación y estilo, capaz de lograr piezas maestras de impecable factura,
invitadas obligadas a cualquier antología rigurosa del género, como son esas
breves "Sondas" o "Una muerte".
En todo caso, el maravilloso narrador siempre tiene para contarnos una historia
que no podremos olvidar.
Juan Sasturain
![]()
EL ETERNAUTA
Un crujido en la silla del otro lado del escritorio. Alcé los ojos y ahí estaba,
otra vez.
El Eternauta, mirándome con esos ojos que habían visto tanto.
Durante un largo rato se quedó ahí, mirando sin ver el tintero, los libros, los
papeles desordenados sobre el escritorio.
—Te conté de Hiroshima... —dijo y apoyó la cabeza ya blanca sobre la mano—. Te
conté de Pompeya...
Hizo una pausa, me miró sin verme; de pronto sonrió.
—Ni yo mismo sé por qué te hablo de todo eso... —y la voz le venía de quién sabe
qué eternidad de espanto, de quién sabe qué inmensidad de dolor y angustia—.
Quizá te hablo de todo esto para borrar con otro horror el horror que trato de
olvidar. Mientras cuento vuelvo a vivir lo que cuento... Y si hablo de
Hiroshima, si hablo de Pompeya, olvido el horror máximo que me tocó vivir. ¿Qué
fue Pompeya, qué fue Hiroshima al lado de Buenos Aires arrasado por la nevada?
Volvió a callar. En el cuarto vecino, alguna de mis hijitas se revolvió en la
cama. Me estremecí. ¡Qué desnudos estamos en el mundo, qué blanco fácil somos!
—Ya te conté... —el Eternauta vacilaba en reanudar su relato— cómo me separé de
Elena y de Martita. Ya te conté cómo, buscándolas, quedé perdido en el espacio y
en el tiempo... Lo que no te conté todavía es cómo siguió la invasión de los
Ellos.
—¿Cómo? —lo interrumpí—. ¿Sabes acaso cómo terminó la invasión?
—Por supuesto que lo sé...
Los ojos se le redondearon de espanto y por un momento creí que iba a gritar.
—Por supuesto que lo sé... —repitió—. Yo volví a la Tierra poco después de que
tratara de escapar metiéndome con Elena y Martita en la cosmonave de los
Ellos... Yo se lo pedí, y el Mano me ayudó a volver. Fue él quien me llevó a una
extraña gruta abierta en la roca, una gruta con paredes de cristal con luces
extrañas que saltaban de una pared a la otra. Era como estar en el centro de un
endiablado fuego cruzado de ametralladoras luminosas que no hacían daño, que no
hacían más que encandilar, aturdir con tanto destello multicolor. Allí creo que
me desvanecí. Recuerdo sólo el rostro del Mano, iluminado por los destellos que
le irisaban los cabellos, mirándome con ojos que sonreían tristes. Sí, debí
desvanecerme. Y la gruta de los crista¬les debió ser otra máquina del tiempo.
Cuando
volví en mí, cuando volví a ser dueño de mis sentidos, me encontré en el lugar
menos esperado: estaba en el agua, nadando. Un agua bastante fría, color marrón.
Un río ancho aunque no demasiado, pero muy caudaloso. Sauces en las orillas, un
árbol de flores rojas: seguro que un ceibo.
Orillas familiares, muy familiares... Comprendí en seguida que eso era el Tigre.
Y cuando reconocí un chalet supe que estaba en el río Capitán, no lejos del
recreo "Tres Bocas".
La corriente era fuerte. Yo había dejado de luchar contra ella y me dejaba
llevar, nadaba oblicuamente hacia la orilla con los sauces verdes y los ceibos
de flores rojas... Una "golondrina de agua" me pasó por delante, con chirrido
leve, y se alejó rozando el agua. Seguí nadando. El corazón me latió con
renovado ímpetu. Y no era por el frío del agua. Era la golondrina lo que me
reanimaba...
La golondrina, las rojas flores del ceibo, significaban que todo vivía en aquel
lugar, que estaba en una zona donde no había caído la nevada mortal. Un lugar
donde no hacían falla los trajes espaciales, donde se podía mirar el cielo azul
y hasta había olor a madreselvas en el aire...
Un dedo del pie se me endureció; comprendí que empezaba a acalambrarme. Me di
cuenta de que me estaba extenuando y no podría seguir en el agua mucho más. Lo
mejor sería nadar cuanto antes hacia la orilla.
Redoblé el vigor de las brazadas. Me fui quedando sin aliento pero avancé
apreciablemente; dejé la parte donde la corriente era más fuerte y me encontré
por fin cerca de la orilla. Me dejé llevar hasta un muelle que penetraba varios
metros en el río, me tomé de uno de los troncos que lo sostenían y, aliviado,
traté de normalizar el ritmo de la respiración.
Dejé el tronco, pasé a otro y casi me enredé en el hilo de un espinel. Fue
absurdo, pero se me antojó un disparate que alguien hubiera tendido un
espinel... Sin embargo, nada era más natural que aquellas pequeñas boyas de
corcho pintadas de blanco y de rojo que subían y bajaban por el oleaje.
Por fin pude asirme a la escalera. Tanteé con los pies buscando el primer
escalón. Estaba roto. Traté de encaramarme, y recién entonces me di cuenta hasta
qué punto estaba fatigado."Tranquilo, Juan... ¿Qué apuro tienes?", traté de
serenarme. "Descansa un poco, ya te vendrán las fuerzas para subir".
Para distraerme del cansancio miré el río. Un paisaje familiar, que me recordaba
tantos domingos de remo, tantas madrugadas de pesca recorriendo algún espinel
tendido durante la noche entre los juncos...
Allá enfrente había otro muelle con un letrero, uno de esos pequeños carteles de
casi patético optimismo: "Los tres amigos"...
Un ruido fuerte, casi sobre mi cabeza. Y otro más, en seguida.
Miré, y allá arriba, sobre el muelle, lo vi: un hombre vestido con campera, sin
afeitar, de edad indefinible, corpulento. Me miraba con ojos serios, como
pensando si convenía salvarme o si era preferible dejarme llevar por la
corriente.
De pronto se decidió: bajó los escalones, haciendo mover el maderamen, y me
tendió la mano.
Me dejé ayudar. No estaba tan cansado después de todo y pude subir bastante
bien. Pero fue bueno sentir aquel brazo que se estiraba en mi ayuda...
Ya los dos arriba del muelle, el hombre se presentó:
—Soy Pedro Bartomelli...
—Juan Salvo —repliqué, estrechándole la mano ancha y inerte, algo callosa—.
Suerte que me ayudó a subir, amigo —empecé a tiritar por el frío, traté de
moverme para hacer escurrir el agua—. Me cansé nadando contra la corriente, casi
me había quedado sin fuerzas para subir.
—La verdad que tuvo suerte. Lo vi de casualidad; por un momento me pareció que
era un tronco... Me acerqué pensando que estaría estorbando el espinel. Fue por
eso que lo vi.
—¿Usted sabe algo de lo que pasa? — dije no bien me recobré. Es que ríe pronto
volvía a recordarlo tocio: la nevada de la muerte, la invasión de los Ellos, la
enorme desolación tendida como un invisible pero abominable sudario sobre todo
Buenos Aires, los combates contra los Gurbos, mi desesperado reencuentro con
Martita y con Elena, la carrera hacia el interior, los hombres-robots
persiguiéndonos... Recordé a Favalli, a los demás amigos, todos ya convertidos
en hombres robot... Es curioso, pero en aquel momento no recordé para nada mi
entrada a la cosmonave de los Ellos ni el encuentro con el Mano, allá en su
planeta... Sin embargo, me parecía lo más natural haber aparecido de pronto
allí, nadando en medio de un brazo del Paraná...
—La verdad es que no sé lo que pasa... —dijo el hombre perplejo, meneando la
cabeza—. No termino de entender nada... Fui en bote hasta el Tigre, pero no
llegué al Lujan: al entrar al arroyo del Gambado lo encontré totalmente
bloqueado por botes atravesados, algunos medio volcados: todos con los ocupantes
muertos, cubiertos por una sustancia blanquecina... La misma sustancia estaba en
las plantas, en todas partes. Todo parecía muerto, como quemado por una gran
helada...
Ya sabía lo que era aquello: quería decir que la nevada de la muerte había
llegado hasta poco más al sur del Tigre. Era posible que el resto del Delta se
hubiera salvado.
—¿Y usted? —sobresaltado, descubrí que el hombre me miraba con ojos
entrecerrados, cargados de recelo—. ¿Tiene armas usted?
—No... —y entreabrí los brazos como invitándolo a registrarme.
De todos modos, aunque hubiera tenido algún arma de muy poco me hubiera podido
servir, empapado como estaba.—¿De dónde viene? —Pedro Bartomelli siguió
mirándome con mirada llena de sospecha.
¿Cómo contestarle? Ni yo mismo lo sabía. Hice un gesto vago hacia Buenos Aires.
Traté de inventar una excusa:
—Estaba en una canoa... Me distraje, se me volcó...
—Venga, no se preocupe más... —dijo finalmente.
Después el hombre rió, me palmeó con fuerza y empezamos a caminar hacia la casa
pintada de rojo, con techo de cinc a dos aguas, construida sobre pilotes de
madera.
Era un chalet parecido a muchos otros... La isla misma era igual a tantas otras
que yo conociera... Tan parecida a la "Alicia", la isla donde pasé algunos de
los días más dichosos de mi vida... Por un momento me pareció estar viendo a los
amigos, trabajando con palas junto a un gran fuego —demasiado grande, como
siempre—para el asado que debíamos preparar...
Pero el frío, los músculos acalambrados y el cuerpo que tiritaba me recordaron
por qué estaba allí. Duele, a veces, volver al presente.
Ya estábamos muy cerca de la casa cuando se abrió una puerta. Allí, en una
especie de balcón, apareció una mujer. Joven —no tendría más de veinticinco
años—, de pulóver y vaqueros, con un rostro que en otro tiempo habría sido quizá
dulce y alegre pero ahora estaba transido. No había lágrimas en él, pero cuando
se ha llorado mucho, ahí quedan las marcas. AJ lado, medio escondido, se le
apretaba un chico con el pelo rubio que le caía hasta los ojos.
—¡Adentro! ¡Ya te dije que adentro!
Pedro Bartomelli pareció ladrar la orden. Fue un grito tan súbito que me hizo
sobresaltar. Debí mirarlo sorprendido, porque me sonrió:
—Venga, amigo Salvo. Buscaremos un poco de vino bajo la casa. Ahí lo guardo,
para que esté más fresco. Celebraremos el encuentro...
Me agaché para pasar entre los pilares: había allí las consabidas cañas de
pescar, algunos cajones vacíos, canastos de mimbre desvencijados, latas,
botellas vacías...
—¿Dónde está el vino? —pregunté, por decir algo; la verdad es que no tenía
ningún deseo de beber. Era algo caliente lo que yo necesitaba.
—Debajo de esa pila de cajones vacíos —me explicó el otro, señalando a un lado—.
Lo guardo allí, así nadie me lo encuentra.
Me incliné, traté de apartar el cajón vacío de más abajo. Hice un esfuerzo, la
pila era mucho más pesada de lo que parecía, apenas lo moví.
Fue entonces cuando vi una sombra que se movía detrás de mí. No sé por qué, pero
me encogí.
Y eso me salvó: el tremendo golpe dado con la barreta de hierro no me dio de
lleno en el cráneo porque el hombro amortiguó parte del impacto que pudo ser
fatal.
Aturdido, con la cabeza que me quemaba, me di vuelta, medio cayendo contra los
cajones. Pero ya Pedro Bartomelli levantaba el brazo para repetir el golpe, me
miraba enloquecido de rabia.
No sé qué hice, pero el hierro me silbó junto al oído, se estrelló contra uno de
los cajones. Hubo ruido de maderas rotas. Traté de asirle el brazo, forcejeé,
traté de darle un rodillazo pero la cabeza se me iba: estaba completamente
"groggy". El hombre me sacudió, me empujó a un lado, y no pude seguir
sujetándolo.
Como en una pesadilla, lo vi que volvía a alzar la barreta. Ahora no tenía
escapatoria: me tenía prácticamente "clavado" contra los cajones.
Alcé la mano, en inútil ademán de defensa...
La detonación pareció estallarme dentro del cráneo.
Por un instante creí que era el hierro que me había golpeado pero no: había sido
un balazo disparado a un par de metros.
Pedro Bartomelli, enderezándose, trataba de volverse. Finalmente el brazo armado
con la barreta se abatió y el hierro cayó con ruido sordo sobre el piso de
tierra. Después las rodillas de Pedro Bartomelli se aflojaron y se derrumbó
hecho un ovillo.
Allí quedó, con una mano moviéndose espasmódicamente, en saludo absurdo...
Entonces la vi: allí estaba la mujer, con la pistola humeante en la mano. Me
apuntaba a mí...
—Pero... —dije cuando creí que ya me disparaba.
—No se preocupe... —bajó el arma, se pasó la mano cansada por el rostro—. Entre
él y yo no había nada... Llegué hace menos de una hora en un bote y prometió
ayudarme; a mí y a Bocha... ¡Pero era un monstruo!
Con un estremecimiento, la mujer miró a un lado, hacia el cuerpo caído, y
retrocedió como si el muerto pudiera hacerle algo todavía.
—Allí... —y señaló hacia una espesura de plantas de hojas anchas—. Allí, en esa
zanja, hay por lo menos cinco personas muertas... A todos los mató él: él mismo
me lo dijo, como vanagloriándose... Parece que era la familia de los dueños del
chalet. Dijo que si no le obedecía, me mataría como a ellos: fue por eso que me
los mostró. Suerte que llegó usted...
—Pero... ¿por qué los mató?
—Dijo que era la ley de la jungla... Que todavía tendría que matar a muchos más,
hasta sentirse bien seguro. A usted lo recibió y le conversó hasta que averiguó
si podía serle útil o no...
Miré al caído, de bruces, con el brazo estirado: ya no saludaba más...
No era culpable de lo ocurrido, ¿cómo culparlo por haber reaccionado con tanta
violencia ante una situación tan inesperada como la de la nevada mortal? Era un
hombre de acción, y había reaccionado ante la emer¬gencia de la única forma a la
que estaba acostumbrado.
—Atención... Atención... —una voz metálica, allá arriba, dentro del chalet, me
sacudió como un latigazo. ¿Pedro tendría compañeros, ocultos dentro de la casa?
Pero no, aquello sería absurdo...
—Es la radio —la mujer sonrió débilmente, al advertir mi sobresalto—. Una radio
a pilas secas... Debe haberla encendido el Bocha. Lo encerré con llave cuando
bajé: debe estar asustadísimo. Voy con él.
La seguí, totalmente aturdido, más por el brusco cambio de la situación que por
el golpazo que recibiera en la nuca.
—Atención... Atención... —la radio seguía.
El "speaker" debía ser mejicano o centroamericano por la forma de pronunciar.
Entramos a la habitación. El chico se incrustó literalmente en la madre,
llorando.
—Oí el tiro... —fue todo lo que atinó a decir. La mujer lo abrazó, trató de
calmarlo.
Yo, lo confieso, me preocupé poco por ellos; todo lo que me interesaba era la
radio. Hasta entonces no había oído ningún mensaje del mundo exterior... Ni
siquiera sabía con certeza si había algún mundo exterior al área de la invasión.
Los únicos mensajes que había captado antes, con Favalli y los otros, habían
resultado trampas tendidas por los mismos Ellos.
—Volvemos a transmitir ahora para América del Sur... Queda confirmado que la
invasión, aunque muy extendida en el continente, abarca sólo áreas reducidas. Es
muy grande la superficie que no ha sido afectada por la invasión, y es mucho más
numerosa de lo que se creía en un primer momento la cantidad de
sobrevivientes... Se aconseja a lodos la mayor calina y también la mayor
prudencia: por el momento es inútil pensar en ataques aislados contra el
invasor: sus armas son demasiado poderosas. Y volvemos a destacar el enorme
peligro de los hombres robots: es por eso que conviene mantenerse alejado de los
invasores, para no ser apresados y convertirse en instrumentos del enemigo. Cada
persona, cada familia debe quedarse en su casa ocultándose lo mejor que pueda.
Deben tener completa fe de que muy pronto llegará el contraataque que, tal vez
en cuestión de horas, aniquilará la invasión. Como informáramos anteriormente,
los gobiernos délos Estados Unidos, de Rusia, Inglaterra y Francia, ya están
completamente de acuerdo para una acción conjunta contra el invasor: se ha
designado comandante supremo... —un zumbido, un ruido áspero, la pequeña radio
de fabricación japonesa no fue de pronto otra cosa que una pequeña cajita de
material plástico llena de zumbidos...
—Han interferido la transmisión... Siempre ocurre lo mismo... —la mujer recorrió
todo el largo del dial, pero fue inútil—. Por suerte alcanzamos a escuchar algo.
¡Hay esperanzas, todavía!
—No... No se haga ilusiones —para qué dejarla soñar; de todos modos pronto se
enteraría de la realidad—. Ya escuché antes esas transmisiones. Son todas
trampas. Terminan dando instrucciones para que todos se reúnan en ciertos
lugares... Los sobrevivientes obedecen y, cuando quieren acordarse, ya se
encuentran rodeados de hombres robots... Es inútil luchar: pronto están ellos
mismos, todos convertidos en hombres robots... Yo lo he visto, y no hace
mucho... Me salvé apenas.
La mujer me miró desconcertada, creo que con rabia porque le quitaba aquella
última luz de espe¬ranza. El chico seguía apretándose contra ella
deses¬peradamente.
—¿Hombres robots? No entiendo lo que son... —di¬jo la mujer—. Varias veces oí
hablar de ellos en la radio.
—Los Ellos, los jefes de la invasión a los que nadie, que yo sepa, ha podido ver
todavía, tienen bajo sus órdenes a unos seres inteligentísimos, con manos de
dedos múltiples... Son las manos. Estos, a su vez, manejan a los hombres robots:
son hombres capturados a los que les insertan en la base del cráneo, en la nuca,
un aparato especial provisto de muchas lengüetas que se clavan en el sistema
nervioso... Por medio de ese aparato convierten al cautivo en un verdadero
autómata, capaz de recibir órdenes transmitidas desde muy lejos y de obedecerlas
sin chistar, aun a costa de la propia vida...
No seguí explicándole porque ocultó el rostro entre las manos, juntó la cabeza
contra la del chico y allí quedó, sacudida por enormes o incontrolables
sollozos.
Miré por la ventana. Había sol, el río seguía corriendo igual que siempre, el
verde de las plantas lucía lujoso. Estábamos en invierno pero era un día
hermoso: un día como tantos domingos del recuerdo, con el río lleno de botes, de
lanchas colectivas, de cruceros suntuosos y envidiables... Pero era inútil dejar
de pensar en el drama que nos rodeaba:
—La transmisión de la radio era una trampa... —reiteré.
Aunque, si era una trampa, ¿quién la había interferido? Era algo para pensarlo:
quizá después de todo la transmisión era auténtica... Las transmisiones trampas
que yo oyera antes no habían sido interferidas nunca... Claro que también podía
ser sólo un defecto de la transmisión... ¿Para qué ilusionarse?
Sacudí la cabeza y traté de concentrarme en la situación en que me encontraba:
de pronto, como una gran ola, me llenó toda la angustia de la separación, todo
lo que me había ocurrido hacía tan poco tiempo...
Martita... Elena...¿Volvería a verlas alguna vez?
Mire otra vez el río. Ya no me pareció hermoso ni nostálgico: de pronto volvió a
serlo que era, una vía de comunicación, un camino para la fuga o para el
reencuentro: "El hombre dijo que la nevada había llegado hasta el Gambado...
Tendría que tomar un bote, salir al Paraná y probar de desembarcar a la altura
de Campana o de Zarate... Así podría volver al lugar adonde dejé a Martita y a
Elena...".
Un rugido inconfundible, totalmente inesperado aunque nada podía ser más lógico
que oírlo allí, me llegó de pronto.
—¡Una lancha!
También la mujer lo había oído y se precipitó a la ventana, a mi lado.
— Por el ruido, debe ser una lancha colectiva.
Era incongruente, costaba creer que todavía podía correr una lancha. Sin embargo
era imposible dudar: sí, del lado del Tigre venía una lancha a toda velocidad.
Antes de que pudiera contenerlos, la mujer y el chico se lanzaron afuera,
bajaron la pequeña escalera, corriendo hacia el muelle. Tuve que seguirlos, a
pesar(le que era una imprudencia enorme: ¿y si eran hombres robots?
Allí, en el codo, abriéndose bastante porque el río estaba en bajante, apareció
la lancha. Sí, era una colectiva.
—¡No deben vernos! ¡No les haga señas! —grité.
Llegué por fin junto a la mujer, traté de tomarla por el brazo. Pero era tarde:
ya había hecho señas. Y ya la lancha torcía el rumbo, enderezaba hacia nosotros.
—¿Por qué no hemos de avisarles? —la mujer me miró sorprendida—. ¡Es la primera
lancha que veo en días!
—Pueden ser hombres robots —expliqué con rudeza, tomándolos a los dos por el
brazo y tratando de alejarlos del muelle.
Pero me contuve: ya la lancha esta muy cerca, podía ver con toda claridad a los
ocupantes, al hombre que, a popa y con un cabo en la mano, se aprestaba a la
maniobra del atraque. Ninguno de ellos tenía el fatídico instrumento en la
nuca__Desistí de escapar.
La popa de la lancha dio contra el muelle. El hombre del cabo se asió a un
poste, ayudó a la mujer y al chico a subir. En seguida salté yo.
—¿Adonde vamos, señor? —pregunté.
—Al Paraná. A La Cruz —el hombre era un isleño de rostro requemado por el sol.
—¿A La Cruz? —nunca había oído ese nombre.
—Sí... Allí se está reuniendo toda la gente de la zona... Ya hay dos mil, por lo
menos...
—¿Quién los manda?
—El capitán Roca... Un capitán retirado. Un hombre muy ducho en manejar gente,
se ve a la legua. Desde hace tres días estamos fortificando una isla.
—¿Contra quién?
—Contra los hombres robots, pues. ¿Contra quién había de ser?
Me gustó la manera de mirar del isleño. Seguro que se sentía un poco padre de
todos los que había recolectado con la lancha.
Me senté junto a la mujer y el chico. Miré al resto del pasaje, una veintena de
personas. Podrían ser los pasajeros de un domingo cualquiera si no fuera por los
rostros sin afeitar con las facciones hundidas, como comidas por el espanto.
¡Quién sabe qué experiencias había vivido cada uno!...
Otro muelle, con un hombre haciendo señas.
Medio viejo, rubio, con grandes bigotes manchados de tabaco. Un italiano del
norte, seguro, rodeado por media docena de perros pomerania.
Subió a la lancha, se sentó a mi lado.
—Menos mal que vinieron —me sonrió con la boca y los ojos azules—. Ya creía que
tendría que quedarme para siempre. El patrón tuvo que irse con el "fuera de
borda" —siguió contando más para él que para mí—. La lancha no le arrancaba.
Demasiado cargado el bote, con la mujer y los chicos.
—Y a vos no te llevó, claro... Te dejó para que te pudrieras... —el isleño de
rostro requemado escupió a un lado.
—¡Eso sí que no! El patrón y la señora quisieron llevarme, hicieron de todo.
Pero yo no les hice caso, sabía que iban demasiado cargados. Me escondí en el
monte y tuvieron que irse sin mí. Habrán creído que estaba loco... Pero no, no
lo estaba. Me gustó oír al chico del patrón, llamándome cuando ya el bote estaba
lejos... Los miré por entre los juncos hasta que dieron la vuelta al codo.
Calló el hombre, y sólo se oyó el rugir del motor.
Martita... Elena... La mujer y el chico... El italiano de los bigotes que había
querido contarla salvación de sus patrones, que lo eran todo para él.
Era para abrumar, para desesperar. Pero el espíritu tiene una capacidad
insospechada para soportar la congoja. Podría haber enloquecido, pero el cerebro
me siguió funcionando, ocupándose de cosas mínimas. Por ejemplo, todavía no
sabía el nombre de la mujer que tenía al lado.
—Todavía no sé cómo se llama —la miré, y supe que el rostro ya no estaba
acostumbrado a la sonrisa.
—Amelia... Amelia de Herrera. Este es el Bocha.
Ya lo sabía, pero acaricié la cabeza del chico. Sonreí, adiviné que éramos
amigos.
Ya estábamos en pleno Paraná, bastante picado. Había viento fresco. Iba a
preguntar si faltaba mucho cuando el hombre de la popa anunció:
—La Cruz. Ya llegamos.
Era
una isla como tantas, con una buena casa al fondo y un muelle nuevo, sólido,
recién pintado. Habían levantado una gran cruz de troncos, desproporcionada.
Debía de haberles costado mucho plantarla allí.
Estaban en pleno trabajo de fortificación: centenares de hombres, ayudados por
mujeres y por chicos, cavaban una gran zanja y echaban la tierra que sacaban
sobre un gran terraplén que ya circundaba la isla hasta donde se podía ver.
Otros hombres plantaban estacas, para darle mayor solidez. Recordé algunas de
las fortificaciones de la Edad Media que viera en la Historia de Malet. Y pensé
en las defensas de barro de la primera ciudad de Buenos Aires...
Bajamos, cruzamos la zanja por dos tablones, hombres armados nos dieron paso.
—Más reclutas, mi capitán —el isleño nos presentó, orgulloso de su trabajo.
El capitán, un hombre de uniforme indefinible, tenía pantalones color caqui,
chaqueta de la gendarmería, botas altas; la gorra dorada le quedaba rara sobre
aquel conjunto que era y no era marcial.
—Al terraplén —nos ordenó casi sin separar los labios—. ¡Hay palas de sobra
allí: a trabajar!
—Ya lo oyeron —el sargento nos hizo una seña con la cabeza, marchó con nosotros
hasta que llegamos al terraplén.
—Aquí tienen palas de sobra.
Sí, había una increíble cantidad de palas y de picos.
"Asaltarían un almacén de ramos generales" pensé.
Nos pusimos a cavar. Los hombres dándole a la pala, las mujeres cargando la
tierra en cestas de mimbre, de las que se usaban para la fruta.
—Trabajen... No hay tiempo que perder...
Cada tanto el capitán hacía una gira de inspección. Se golpeaba las botas con un
junco; su presencia era un estímulo indudable, pues todos aceleraban las paladas
apenas lo veían.
—Trabajen... Cuando esté listo el terraplén empezaremos la instrucción militar
con ustedes también... Cada hombre debe poder luchar como un veterano...
Trabajen... No se paren... Trabajen...
Por fin tuve que descansar: los brazos, la espalda no me daban más. Aproveché
que el sargento se enfrascaba en conferencia con el teniente y me dejé caer
contra el terraplén.
"¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Tiene algún sentido lodo esto? Las defensas que
preparamos son nada contra las armas de los Ellos..."
—¿Un matecito? —el italiano de los bigotes había encontrado tiempo para encender
un fuego. Vaya uno a saber de dónde había sacado la pava, el mate y la yerba.
Se lo acepté, me hizo mucho bien el trago estimulante. Comencé a ver todo lo que
me rodeaba con un poco más de tranquilidad.
Hasta ese momento había estado verdaderamente idiota, me había dejado manejar
como una criatura. Tenía que explicarle al capitán lo que en realidad eran los
Ellos. Era muy posible que ninguno en toda la isla tuviera la menor idea del
poderío de invasión. Pretender defendernos con los pocos rifles, winchesters y
escopetas que teníamos era como pelear con arcos y flechas contra la bomba
atómica.
Me separé de los que trabajaban en el terraplén y caminé hacia la casa.
Pasé entre dos escuadras de hombres que hacían ejercicios militares a las
órdenes de otro "sargento", un absurdo suboficial con pulóver, "breeches" y
botas.
—¿Dónde está el capitán? —pregunté a un viejo que, olvidado de todos, estaba
sentado en la escalera de madera que subía a la casa.
No me contestó. Se limitó a señalarme con el pulgar a un lado, debajo de la
casa.
Allí encontré al capitán: sentado ante una mesa con una botella de whisky al
lado, miraba un tosco plano de la isla con las dos fortificaciones que se
estaban construyendo.
—Con su permiso... —empecé.
Pero no me dejó seguir:
—Aquí tiene —me tendió una bandeja—; llévele la comida al perro.
Perplejo, miré lo que contenía: un plato con carne fría, papas, una botella de
cerveza y un atado de cigarrillos.
—Pero...
—¡Haga lo que le digo!
Tomé la bandeja y busqué la casilla. Mejor obedecer que llevarle la contra. Era
capaz de hacerme castigar.
—¡Allí! —el dedo imperioso del capitán señaló al otro lado de la casa.
En ese lugar, el espacio entre los pilotes de cemento que sostenían la
construcción estaba cerrado con chapas: sólidas maderas las sostenían en su
lugar.
Llegué con la bandeja, busqué la entrada. La encontré: una pequeña puerta.
Habían cortado la chapa, abajo, para dejar pasar la comida.
Desde adentro alguien debió oírme llegar, porque sentí golpes fuertes contra las
chapas.
Miré al capitán y lo vi concentrado nuevamente en su mapa. Miré a los hombres
que, más allá, trabajaban febrilmente en el terraplén. Miré la bandeja con la
absurda comida para el "perro".
Me decidí: dejé la bandeja en el suelo y corrí el improvisado cerrojo que
mantenía en su lugar la chapa que hacía de puerta.
Adentro había un hombre. Maniatado, amordazado.
Lo desaté de prisa; el capitán no debía darse cuenta.
—Por fin... —el prisionero se frotó las muñecas. Era un hombre maduro, de rostro
fresco, casi rosado, ojos miopes a los que le hacían falta los anteojos...
—No entiendo... ¿Por qué lo ataron? —me acordé de preguntar mientras le desataba
los pies.
Quizá estaba haciendo mal en soltarlo. Pero no: aquel hombre no podía haber
hecho nada malo, no tenía aspecto de malhechor.
—Tenemos que escaparnos, amigo... No lo conozco a usted, pero veo que se dio
cuenta. El capitán Roca está loco... Ni siquiera es capitán, es un abogado... Yo
soy su médico, lo estaba por traer de Rosario por barco, para internarlo en un
sanatorio de Buenos Aires, cuando ocurrió la nevada...
—¿También nevó en Rosario?
—También...
Una gritería allí afuera: el "capitán" había descubierto la puerta abierta de la
"casilla".
—¡Vámonos!
Corrí detrás del médico, que tropezó, entumecido aún por el largo tiempo que
había permanecido atado.
Subimos con trabajo el terraplén.
—¡Atrápenlos! —tronó a nuestras espaldas la voz del "capitán"—. ¡Tírenles!
Rajamos al otro lado del terraplén. Vi a Amelia y al Bocha acarreando tierra con
las cestas.
—¡Vengan! —les grité.
Sin más explicaciones los llevé conmigo. Corrimos, nos metimos entre las
cortaderas.
Nos detuvimos a cosa de un par de cuadras, sin aliento: el médico jadeaba, creí
que se descomponía.
—No nos persiguen... —dijo. Y no siguió porque apenas si podía respirar.
Fue entonces cuando sonó la descarga, del lado del río.
Me di cuenta que desde hacía unos momentos habíamos estado oyendo el motor de
una lancha.
Otra descarga, gritos...
Empezaba el ataque de los hombres robots.
Me asomé por sobre las cortaderas, miré hacia el terraplén: había humo azulado,
chisporroteaban los fusiles, rugía el motor de la lancha que maniobraba para
ponerse paralela a la costa.
—¡Reserven las municiones! ¡El asedio puede ser largo! —oí gritar al "capitán".
Disparos.
El motor rugía más fuerte: la lancha daba ya de flanco contra el terraplén, los
hombres robots saltaban a tierra.
El fuego de los defensores se hizo intensísimo.
Cayeron varios hombres robots. Pero siguieron saliendo de la lancha; algunos
llegaban a tierra al saltar, otros vadearon hasta recostarse contra el terraplén
y desde allí disparaban sus armas hacia arriba...
Por un instante me sorprendí tratando de identificar los rostros de los hombres
robots: ¿estarían entre ellos Favalli y algunos de los otros? Pero no, no
reconocí a ninguno...—¿Qué hacemos? —murmuró el médico a mi lado, despavorido.
—Mejor irnos —dije, obligando a agacharse al Bocha, que se empeñaba en asomarse
por sobre las cortaderas para ver mejor—. Los hombres robots vencerán de todas
maneras... Aunque éstos sean rechazados, vendrán muchos más...
—No...
El médico meneó la cabeza. Su rostro era de faccio¬nes pequeñas y había ahora
una rara nobleza en él. Recordé, no sé por qué, a un profesor de anatomía que
había tenido hace mucho tiempo, en el Nacional.
—No puedo irme... —el médico se incorporó—. Hago falta allí.
Y señaló el terraplén donde ya los hombres robots se encaramaban, baleando a
quienes lo defendían mientras comenzaban a huir.
—¡Es inútil! ¡Los defensores ya están siendo vencidos! —lo tomé por el brazo y
luchó por soltarse.
—¡Hago falta allí! ¡Déjeme!
—Olvídese de ese loco, doctor... Ya hizo demasiado por él...
Se me escapó con un violento arrancón y corrió por las cortaderas hacia el
terraplén.
—No pienso en el "capitán" —alcanzó a gritar—. ¡Pienso en los heridos!
Me agaché, avergonzado.
Pero ya los hombres robots se atrincheraban en el terraplén, del lado del río, y
lo usaban como parapeto para diezmar a balazos a los defensores.
El médico no dio siquiera veinte pasos.
Tres hombres robots lo vieron venir, dispararon: el doctor cayó como si le
hubieran hecho un "tackle" bajo.
Volví a agacharme. Amelia temblaba a mi lado; el Bocha tenía lágrimas en los
ojos pero, a la vez, apretaba con fuerza los puños. La sangre le hervía, quería
pelear... "¿Cómo sería el padre?", me sorprendí pensando.
Gritos, balazos, allá en el campamento. Los hombres robots ya dominaban la
situación, perseguían a los defensores. Muchos de éstos se rendían, tiraban las
armas y alzaban los brazos.
—¡Vámonos! —ordené.
Y nos alejamos agazapados por entre las cortaderas
Avanzamos así durante varios minutos. Cruzamos zanjas, algún arroyo. Dolía pasar
los pequeños puentes pintados por los dueños de las casitas, pintados para otros
días, para otras vidas de un tiempo muy diferente... Tiempo sin "nevadas",
tiempo sin Ellos, tiempo con vida en todas partes...
Los tiros se fueron apagando a lo lejos.
—¡Un bote! —y el Bocha me señaló un chinchorro islero, atado a la escalera de un
muelle.
Había visto otras embarcaciones antes y no me había atrevido a detenerme porque
quizá algún hombre robot nos seguía. Pero ya estábamos lejos. Nadie había notado
nuestra fuga.
Subimos al chinchorro.
Tomé los remos, empecé a darle; la corriente era a favor. Traté de mantenernos
junto a la orilla; los sauces nos ocultarían .Orillé un árbol caído a un costado
del río. Apuré la remada. Allá lejos vi la lancha de los hombres robots que se
apartaba de la costa.
¡Nos habían visto!
No tuve tiempo de dudar: la lancha viró, aceleró, se vino a gran velocidad.
Aceleré la remada y oculté el bote al otro lado del árbol caído. Nos quedamos
ahí.
—¿Por qué deja de remar? —Amelia, asustada, había visto también la lancha.
—Es inútil continuar, nos alcanzarían en seguida... Quiero ver si nos
descubrieron o no...
No, no venían por nosotros. La lancha iba ahora a lo largo del juncal de la otra
orilla. Varios hombres robots saltaron de pronto al agua, se hundieron hasta el
pecho y vadearon con los fusiles en alto. Subieron a la orilla y pronto oímos
tiros, tierra adentro.
—Están cazando fugitivos...
—Sigamos... —suplicó Amelia.
No le pude contestar porque la maleza, a mi lado, pareció explotar.
Dos hombres, con las ropas destrozadas y los rostros desencajados surgieron como
fieras perseguidas, manotearon el chinchorro, casi lo tumban...
—¡No podemos llevarlos! ¡No hay lugar! —grité.
No me hicieron caso, Uno pasó la pierna, el bote se inclinó aún más y empezamos
a hacer agua.
Levanté un pie y empujé. Le di en el pecho, cayó hacia atrás.
El otro trató también de subir, pero ya Amelia, con fuerte envión, apartaba el
chinchorro del borde. El hombre midió mal la distancia y cayó al agua.
Bufaron los dos, bracearon desesperados hacia el bote.
Si trataban de subir, nos hundiríamos todos. Y allá lejos, volvía a tronar el
motor de la lancha de los hombres robots, acercándose...
Una mano muy blanca, con mucho vello, se aferró a la borda.
Saqué un remo y golpeé, de punta, directamente a la cabeza. Le di de lleno, vi
sangre en la sien del hombre antes de que se soltara y medio desapareciera bajo
el agua. El otro ya se aferraba a la proa, pero no le di tiempo para más: alcé
el remo y golpeé de nuevo, apoyando el golpe con todo el peso del cuerpo.
Se soltó; la corriente lo llevó.
—¡Vámonos! —Amelia estaba aterrada.
Pero no le hice caso. Por entre las ramas del árbol caído vi acercarse la
lancha. Seguro que los hombres robots habían visto nuestra lucha y se venían a
toda marcha.
—¡Abajo
del bote! —ordené—. ¡Tenemos que volver a escapar!
Otra vez en tierra, metiéndonos éntrelas cortaderas. Con el motor de la lancha
cada vez más fuerte en los oídos.
—¡Párense! —grité, tomando al Bocha por el brazo—. Nos esconderemos aquí, en esa
zanja.
Ya la lancha debía de estar frente a nosotros.
Con el agua al pecho nos agazapamos en la zanja, medio nos incrustamos debajo de
una espesura de hortensias y madreselvas.
La lancha se detuvo.
Dejamos de respirar. ¿Era posible que nos hubieran visto?
Voces, gritos, disparos...
Comprendí: habían visto a los dos hombres que se llevaba la corriente y
pensarían que trataban de escapar a nado.
Terminaron los disparos, volvió a rugir el motor.
Me asomé con cuidado y respiré: la lancha se alejaba.
Seguimos escondidos un poco más hasta que el motor se oyó apenas.
—Sigamos tierra adentro —ordené—. Demasiado peligroso seguir por el río.
Bordeamos la zanja, cruzamos con gran trabajo una enorme espesura de madreselvas
y zarzamora, salimos a los fondos de otro lote. Un naranjal, pomelos, un chalet
más atrás. Pero no pudimos acercarnos. Algo me zumbó junto a la cabeza y una
ramita cayó: la detonación de un rifle.
—¡Quietos! —una voz fuerte hizo eco al estampido.
Por fin lo vimos.
Un hombre grande, de rostro gordo, blando, sin afeitar. Vestía vaqueros;
demasiado maduro para vestir así.
—A la casa —ordenó, apoyando las palabras con un movimiento enérgico del rifle,
un Halcón calibre 22.
—¿Y si no vamos?
No sé por qué pero algo se me revelaba allá adentro. Estaba harto de que me
manejaran...
—Te quemo, si no vienen... ¡Vamos, moviéndose! —insistió, ampliando aún más el
movimiento con el rifle.
Eso lo perdió.
Apenas vi el rifle de costado me le abalancé. Conseguí aferrar el caño; lancé la
cabeza hacia adelante y debí darle en el mentón, porque me dolió atrozmente.
Me enderecé, sin soltar el rifle. Tampoco él lo soltó. Sentí el puño golpeándome
en las costillas, otro golpe a la cabeza.
No sé bien lo que hice: debí soltar el rifle, porque estoy seguro de que le
pegué con la derecha, un golpe corto, furioso, que lo calzó bajo el oído.
Vaciló, se me prendió, quiso abrazarse; le sacudí al estómago, erré un par de
golpes en el afán de terminarlo. Cayó a un lado, me arrastró consigo, rompimos
algo que debió ser un rosal porque pinchaba, me hundí.
Luchábamos en el borde de una zanja.
No sé dónde estaba el rifle; él se agachó, buscando algo, y se enderezó de
pronto armado con una navaja.
El acero terminó de enceguecerme: lo tomé por la muñeca, golpeé y golpeé. Pero
siguió forcejeando, no podía acertarle ningún golpe de "knock out" y me estaba
cansando: cada vez me era más difícil sujetarle la mano armada. Le hice una
zancadilla mientras le sujetaba el cuello y terminamos de caer los dos en la
zanja, yo encima.
No me levanté, seguí apretando, no le dejé sacar la cabeza del agua...
Forcejeó, convulso, manoteó ya sin la navaja, pero no lo solté.
Hasta que dejó de moverse.
Me enderecé. Quedó flotando con la camisa a rayas rota a lo largo de la espalda.
"Otra muerte más", pensé "¿Qué me está pasando? Me estoy convirtiendo en una
fiera.."
Pero no era tiempo para reflexiones absurdas.
Sin embargo Amelia y el Bocha me miraban con ojos agrandados. También ellos,
seguro, estaban pensando lo mismo que yo: ¿con qué fiera andaban?
Recordé que en realidad también ella tenía una muerte. Aunque aquello había sido
diferente: no había matado como yo, tan de a poco. Es distinto matar de un
balazo que matar con las propias manos...
Sacudí la cabeza.
—Vámonos a la casa —ordené—. Pueden vernos los hombres robots desde el río.
Me siguieron.
Una casita blanca moderna, una galería con enrejado de madera verde, un cartel
muy pintado: "Las Hortensias".
—Tengo hambre —dijo el Bocha apenas entramos en el comedor, un cuarto grande y
casi vacío de muebles.
—También yo —y traté de sonreír.
Pero no había nada en el aparador. Ni platos, ni vasos: nada.
—Mejor se quedan aquí, ustedes dos —dije—. Trataré de buscarles algo para comer.
Seguro que algo encontraré. Descansen, que les hace falta, y traten de no
asomarse.
No me contestaron, pero obedecieron y se sentaron.—Lo esperaremos —dijo Amelia.
Pero seguro que se estaba acordando del otro hombre, el que "coleccionaba
muertos en la zanja". Y yo ya tenía uno en mi haber... ¿Le resultaría como el
otro?
Quise preguntarle qué pensaba, pero me contuve. Total, ¿para qué?
Salí, busqué el rifle Halcón y tomé por un sendero que supuse llevaría a lo
largo de los lotes. Tuve que pasar junto a la zanja. Allí seguía la espalda con
la camisa a rayas, rota.
Seguí de largo.
Una plantación de álamos, talados hacia poco; una cerca de ligustros mal
cortados, un montón de cajones rotos, casi negros de tan podridos. Viejos
letreros rotos de Coca Cola y La Superiora. Y botellas. Una enorme cantidad de
botellas...
"La espalda de un almacén", pensé.
Sí, era un almacén; allí se alzaba la vieja construcción de barro blanqueado y
techo de paja. Uno de los pilotes estaba torcido y toda la casa se ladeaba un
poco.
"Puede haber gente. Debo andar con cuidado".
Me acerqué por atrás, procurando no hacer ruido. Un barril. Me subí y llegué a
la ventana. Empujé: estaba abierta.
"Tengo suerte", sonreí. Era, sí, un almacén islero con las estanterías llenas de
cosas. Busqué una bolsa en la penumbra. "A ver qué llevo. No debo cargarme con
cosas inútiles. Para empezar..."
La puerta se abrió de un golpe.
Dos hombres armados, de rostros torvos, me apuntaban.
Podían ser isleros. O podían ser los dueños del almacén o...
Hubo dos fogonazos. Algo me golpeó en la camisa. Me agaché y me hice a un lado,
tratando de evitar los disparos; caí entre un montón de latas de conserva, a un
lado del mostrador.
—Le erré—dijo uno, dando un salto hacia adelante.
Alcanzó a tirar otra vez pero con demasiado apuro: el fogonazo me encegueció.
Sin embargo yo también pude disparar. Mi fogonazo lo iluminó y vi, neto, el
agujero de la bala en la campera negra, en medio del pecho.
Se encogió, cayó hacia adelante.
El otro quizá chocó contra él. O quiso flanquearme o no supo dónde había caído
yo. No lo sé: de pronto lo vi tropezar y sentí que un par de sacos de yerba se
deslizaban sobre mí.
Semicaído, quise incorporarme. Vi un tobillo, más allá de los sacos; manoteé, y
lo hice caer a la vez que apretaba el gatillo del rifle.
Pero le erré y medio se me cayó encima. Nos dimos un cabezazo. Me encontré
tratando de que no me apretara el cuello.
Vio que no me podría estrangular porque me había agarrado mal y quiso pegarme.
Aproveché para torcer el cuello, zafándome.
Entonces se tiró al otro lado. Me sorprendió el movimiento pero lo comprendí en
seguida: estaba manoteando el cuchillo que el otro tenía en la cintura.
Me tiré sobre él antes de que terminara de aferrarlo, se lo hice caer, y
volvimos a forcejear, sin golpes netos, los dos jadeando como desesperados,
tratando de llegar hasta el arma.
Otra vez la astucia de animal salvaje. No sé cómo se me ocurrió pero apenas tuve
la idea la ejecuté: lo dejé estirar la mano hasta el cuchillo y entonces le tomé
el brazo estirado; hice fuerza con mi otra mano debajo de su codo y le retorcí
el brazo a la espalda. Seguí haciendo fuerza hasta que gritó de dolor. Otro
esfuerzo más, con todo el cuerpo como resorte, y sentí que le zafaba la
articulación del hombro. Dio un grito.
Lo vi vencido y lo solté, agotado por el tremendo esfuerzo. Pero, con el hombro
dislocado y todo, volvió a manotear el cuchillo.
Entonces me abalancé sobre él, le pegué tras la oreja y de pronto me sorprendí
ya con el cuchillo en la mano, ya clavándoselo hasta el mango en la espalda.
Me levanté, aterrado.
Lo había muerto.
Igual que al otro.
Igual que al anterior, al que ahogara en la zanja.
Tres muertos, en cuestión de minutos.
La mujer y el Bocha.
Suerte que los tenía a ellos para pensar. No sé dónde encontré la bolsa, pero la
cargué con cuanta cosa pude, hasta que ya no cabía más.
Me eché la bolsa al hombro, salí de la casa.
Un puente sobre el arroyo, una lancha mal cubierta con lona.
Miré: era una "cris-craft" moderna. El motor relucía, había estopa sucia de
aceite, herramientas; comprendí que los dos hombres la habían estado
acondicionando cuando yo llegué.
"Nos vendría bien para seguir huyendo", pensé.
Con la bolsa al hombro volví de prisa a la casa donde habían quedado Amelia y el
Bocha.
Subí la escalera.
Pero no abrí en seguida la puerta.
"No les contaré lo que pasó en el almacén... No entenderían... Pensarían
demasiado mal de mí".
Abrí, entré.
Quedé clavado en el umbral.
El cuarto estaba vacío. Vacíos también los dos dormitorios.
Amelia y el Bocha habían desaparecido.
"Quizá creyeron que no volvería... Se cansaron de esperar... Quizá se los llevó
algún otro... Quizá vinieron los hombres robots en mi ausencia..."
Pensé esperarlos, pero, no sé por qué, yo sabía que la separación era
definitiva: habían aparecido de pronto en mi camino, y ahora, de pronto también,
desaparecían...
Y yo sin saber siquiera quiénes eran... Salí de la casa, me hundí en un pajonal.
Abrí una lata de sardinas. La devoré... "Como un animal, ocultándome en la
espesura". Me estremeció lo exacto de la comparación: sí, me estaba convirtiendo
en un animal...
Comí, devoré las conservas, y después, agazapado, mirando con recelo a cada
paso, troté de vuelta hacia la casa donde había matado a los dos hombres.
No me acerqué al destartalado almacén. Fui direc¬tamente hasta el zanjón donde
poco antes viera la lancha.
Ella sí estaba allí todavía, tapada a medias por una lona.
Hice un rápido inventario: nafta, agua, aceite... Había cantidad de todo. Los
dos hombres la habían estado equipando para un largo viaje. Latas de conser¬va
para por lo menos quince días; dos rifles, uno de calibre 44... Sumados al
winchester que ya tenía era un armamento más que formidable para un hombre solo.
Había cajas de proyectiles como para sostener todo un combate.
Puse en marcha el motor. Me costó: era un "krisler" último modelo, algo raro
para mí. Por suerte el agua estaba alta y lentamente fui moviéndome por el
zanjón.
Y salí al río.
Aceleré, tomé hacia el norte.
"Rosario fue arrasada por la nevada" me habían dicho poco antes. "Pero más al
norte alguna ciudad tiene que haberse salvado: Paraná, quizá, o Santa Fe"
pensé." No es posible que todos los lugares estén dominados por los Ellos. En
algún sitio habrá una radio que funcione, podré saber lo que pasa en el
mundo..."
Navegar hacia el norte era alejarse definitivamente de Elena, de Martita. Pero
ya sabía yo hasta qué punto era un suicidio intentar hacer algo solo, por mi
cuenta. Mi única oportunidad de volver a verlas alguna vez era unirme a quienes
combatían contra los Ellos; si al final la Tierra triunfaba, era posible que nos
reuniéramos de nuevo. Si la Tierra era derrotada, ¿qué importaba ya nada
entonces? Yo estaría muerto o, lo que era lo mismo, convertido en un hombre
robot como Favalli, como Franco, como Mosca...
Pero no tuve mucho tiempo para pensar en planes: no llevaba más de cinco o diez
minutos de navegar a unos cincuenta kilómetros por hora cuando, al doblar un
codo del río, vi una lancha colectiva detenida junto a un muelle. Hombres
armados se estaban embarcando en la lancha. Me bastó un vistazo para saber
quiénes eran: hombres robots.
La lancha pareció saltar; se despegó del muelle y viró hacia mí.
Pero yo no la esperé y aceleré a fondo; no me alarmé demasiado porque la mía era
mucho más veloz que una lancha colectiva.
Pero hubo chisporroteo de fogonazos en el flanco de la lancha, algo como
insectos furiosos silbó en el aire y sentí dos o tres chicotazos contra el
casco: me estaban baleando.
Un golpe de volante a la derecha, otro a la izquierda, hice un rápido zigzag y
aceleré aún más. En el siguiente recodo los había perdido de vista.
Seguí a velocidad máxima. Otro recodo. Me metí por el primer brazo lateral que
encontré y por fin reduje un poco la velocidad: tenía combustible de sobra pero
mejor no derrocharlo, no podía adivinar cuántas carreras como aquélla me
esperaban todavía...
Continué navegando, bien alerta, mirando cons¬tantemente a los lados y hacia
atrás.
Y de pronto lo vi.
Apareció sobre los álamos de una isla, como si los saltara por encima con
tremendo impulso.
Un avión Corsair, de los usados por la marina.
Se vino en línea recta hacia mí, volando cada vez más bajo.
El instinto me hizo virar, apartándome. Por suerte allí el río era muy ancho.
Dos destellos en las alas del aparato y dos cohetes que pasaron junto a la
lancha: uno estalló en el agua, el otro rebotó y se perdió no sé dónde.
Como un trueno, el avión me pasó por encima, hizo un viraje cerrado y en seguida
lo tuve otra vez ata¬cándome, ahora por la proa...Nuevos destellos en las alas,
pero ahora era el inconfundible chisporrotear de las ametralladoras. Hice otro
zigzag a tiempo. Hubo latigazos furiosos en un costado de la lancha, vi hervir
el agua...
Otra vez el trueno indescriptible pasándome por encima: creí que me abrasaría el
chorro de fuego...
"Si no pierdo la cabeza puedo torearlo..", pensé. "Todo consiste en maniobrar la
lancha en el último instante, cuando empieza a disparar... Suerte que la lancha
es agilísima..."
Pero no me dio nueva oportunidad de seguir probando mis habilidades: con la
misma presteza con que apareciera se perdió allá en el fondo, tras un monte de
casuarinas.
No lo vi más. El río y la tarde siguieron calmos, llenos de sol, como si nunca
la muerte hubiera bajado del cielo buscándome...
Pero estuve lejos de sentirme aliviado: el ataque del Corsair demostraba que los
hombres robots —o mejor dicho los Ellos que los dirigían—, estaban estrechamente
ligados entre sí por comunicaciones radiales. La lancha colectiva había avisado
mi fuga y en seguida habían lanzado un avión en mi persecución...
Viendo la inutilidad del ataque aéreo, ¿con qué se vendrían ahora?
"O mucho me equivoco, o aquí termina mi investigación... Si me atacan con
aviones, no podré eludirlos indefinidamente... Lo mejor será dejar la lancha en
la costa y seguir escapando por tierra..."
Sí, quizá era eso lo que tendría que hacer. Aunque seguir por tierra
significaría tardar semanas, afrontando quien sabe qué penurias y peligros para
recorrer lo que, con la lancha, me insumiría no más de dos o tres días...
Antes de que lo hubiera resuelto, ellos mismos dieron un corte al problema,
cuando otra vez apareció algo por encima délos árboles... Algo que volaba muy
bajo, que casi tocó con las ruedas los sauces de la orilla, que se me vino con
las palas girando lentamente: un helicóptero.
"Claro", pensé mientras volvía a acelerar a fondo. "Se dieron cuenta de que un
Corsair es demasiado rápido... Con un aparato lento como el helicóptero podrán
cazarme sin mayor problema..."
Mi lancha era velocísima: el helicóptero aceleró también pero le costó mucho ir
descontando la ventaja que le llevaba.
Pero no me hice ilusiones porque poco a poco los tenía cada vez más cerca. Y en
la "ampolla" entreví la silueta de tres hombres. Uno de ellos tenía un arma
grande, un fusil ametralladora por lo menos...
"Siguen acercándose. Es inútil, no tengo más velocidad. Por más que maniobre,
por más que zigzaguee, por más que traté de eludirlos, les será muy sencillo
acribillarme... No hay caso: ahora sí que tengo que embicar la lancha... ¡Y
pronto!"
La lancha, lanzada a toda velocidad, planeaba casi enteramente sobre el agua.
Los árboles de las orillas huían, eran una sola franja verde, y de pronto daba
lo mismo torcer a la derecha o a la izquierda.
Como un absurdo halcón que se precipita ya sobre su presa, el helicóptero se me
venía encima; pronto empezarían a buscarme las ráfagas del fusil ametrallador.
"A la izquierda".
Tomé la decisión pero no alcancé a virar.
Con un arrancón violento, torciendo de pronto el rumbo, el helicóptero pareció
saltar hacia adelante y a un lado: muy inclinado por un momento, pareció
zambullirse entre los árboles. Antes de que me diera cuenta de nada ya no lo
veía más...
Aturdido, sin saber aún bien lo que pasaba, mantuve el rumbo por un tiempo; poco
a poco fui reduciendo la velocidad cuando se me hizo certeza que el helicóptero,
vaya uno a saber por qué, había abandonado de pronto la persecución.
"Quizá se le acabó el combustible... Quizá recibió orden de atacar algún blanco
más importante..."
Pero tampoco entonces pude reflexionar mucho: el río se ensanchó de pronto y
cuando quise acordarme me encontré en la inmensa llanura líquida del río Paraná.
Había algo de neblina y apenas si se alcanzaba a ver la orilla opuesta.
"¡Ahora sí que puedo escapar! Cruzaré lo más rápido que pueda y tomaré rumbo al
norte pegado a la orilla opuesta... Ellos no podrán saber para dónde fui, si
para el norte o para el sur... Pero..."
Había hecho mal en entregarme al optimismo. Ahora las veía: como si hubieren
estado esperándome a los lados del río, dos lanchas colectivas me cerraban el
paso, y un crucero blanco, de líneas aerodinámicas, se apartaba ya de una orilla
y maniobraba como para impedirme escapar por aquel lado... En los tres barcos vi
hombres robots, todos armados... A un lado del crucero blanco dos de ellos me
apuntaban con una ametralladora liviana.
No vacilé un instante: imprimí al volante un giro rapidísimo. Creo que jamás
lancha alguna viró con tanta presteza. Acelerando a fondo, volví a meterme en el
río de donde viniera.
Pero no había terminado de enderezar la lancha cuando el pulso se me detuvo: a
velocidad fantástica, desde el fondo del río, se me venía algo que por un
instante creí que era un gran cohete.
Era un Sabré, un jet de modelo desconocido para mí, de alas pequeñas, que de
pronto estaba en mi camino y ya tronaba a mis espaldas... Ni tiempo me dio casi
de asustarme, de esperar el disparo de los cohetes...
Me volví y una detonación violentísima me sacudió, creí por un momento que me
había lanzado una bomba.
"Tranquilo, Juan, tranquilo... No es más que el es¬tampido causado al romper la
barrera del sonido... "
Sí, no había disparado bomba alguna, yo seguía entero, el motor de la lancha
funcionaba normalmente. Pero, entonces: ¿qué hacía ahora el jet?
Allá lo vi, sobre el Paraná, cómo daba un viraje cerrado, bajaba a ras del agua
y se ponía en posición para buscarme... Un potente, ultramoderno, agilísimo caza
a chorro...
Pero no pude pensar siquiera si podría escaparle o no. En el momento siguiente
el jet ponía proa hacia el crucero blanco, algo fulguraba en sus alas y una
explosión desintegraba literalmente al barco. Otra rapidísima evolución, algo
así como un salto de costado, y el jet apuntaba ahora hacia una de las lanchas
colectivas. Nuevos destellos. Otra explosión partió en dos a la lancha.
No pude asistir al destino de la otra, pero no me quedó duda alguna al oír una
nueva explosión y ver la llamarada más allá de los árboles.
Quedé perplejo, mucho más que cuando viera aparecer el Sabré ¿Era posible que
los hombres robots se pelearan entre sí?¿Era posible que, de pronto el piloto
del jet hubiera decidido ayudarme?
"No... se habrá equivocado... Seguro que ahora me vuela a mí también..."
Sin embargo, no lo vi más. Por un momento lo entreví volando a ras del agua
sobre el Paraná pero en seguida la costa del brazo donde yo estaba me impidió
seguir viéndolo.
Quedé solo, con la lancha en medio del río y el motor ronroneando en punto
muerto...
"Quizá haya sobrevivientes" pensé por un momento. Pero, ¿de qué me valdría
buscarlos? Sería exponerme a un riesgo que nadie podría apreciar... Además, ¿qué
diferencia había para un hombre robot entre la vida y la muerte?
Hubo un movimiento raro, entre los árboles, allá, a mi derecha. Movimiento
giratorio, palas de helicóptero...
¡Sí! Volvía el helicóptero.
Iba a acelerar cuando algo me paralizó el brazo: desde la "ampolla" del
helicóptero, una mano agitaba un trapo blanco...
Quedé aturdido, sin saber qué hacer. ¿Se rendía?¿Trataba de demostrarme
amistad?¿Sería acaso el helicóptero el que había traído en mi ayuda al Sabré?
Entre tanto, el helicóptero seguía acercándose, ya lo tenía prácticamente
encima.
¿Y si era una trampa?
Podían acribillarme cuando quisieran con el fusil ametralladora...
El helicóptero bajó aún más y, de pronto, vi a uno de los hombres... ¿Cómo no lo
había reconocido antes?
Miré, volví a mirar y por un largo instante seguí mirando, resistiéndome a
creerlo.
Era como si una pesadilla se repitiera, como si de pronto me volviera una imagen
soñada tiempo atrás.
Pero inútil resistirme: allí estaba. Sí, allí estaba, mirándome desde los
anteojos gruesos, de armazón negro. El rostro ancho, cuadrado, el infaltable
pulóver, la barba recia de varios días que ocultaba mal una semisonrisa.
¡Era él, sí, él!
Favalli.
El loco impulso de alegría al reconocerle se me congeló al instante de nacer.
Recordé:
"Favalli, y con él todos los demás, fueron capturados por los Ellos... Los Ellos
le insertaron en la nuca el dispositivo de telecomando... Favalli, junto con
todos los otros, fue convertido en un hombre robot. Favalli ya no es más
Favalli, mi amigo de siempre... Favalli es un autómata que obedece órdenes
impartidas desde la distancia... ¡Favalli es un soldado más del enemigo!"
Con ojos que presentían ya el horror, traté de ver las nucas de Favalli y de sus
dos compañeros...
Sólo alcancé a ver la de uno de ellos, un hombre de expresión triste y mandíbula
maciza, que por un momento se volvió para mirar hacia el fondo del río.
Contuve el aliento.
¡No, aquél no era un hombre robot! No tenía en la nuca el siniestro aparato que
delataba a los hombres robots...
Todo esto que tardo tanto en contar transcurrió en no más de una fracción de
segundo. Favalli, que pilo¬teaba el helicóptero, dijo algo al otro compañero, un
hombre viejo, de cabello y barba blanquecinos, con ojos grises de mirar terroso.
Entonces el hombre me arrojó una escala de cuerdas, sin dejar—no sé cómo se las
arregló— de tener lista la metralleta por lo que pudiera suceder...
Era evidente que ellos no se fiaban de mí como se fiaba Favalli...
Tomé la escala, hice un esfuerzo, empecé a trepar. Al principio me costó porque
se movía mucho, pero en seguida le encontré la vuelta y subí sin dificultad. Ni
se me ocurrió mirar la lancha, que seguía a la deriva, ni se me ocurrió pensar
que abandonaba los rifles, que me entregaba inerme, sin ofrecer resistencia.
Pero, ¿por qué habría de pensar en la necesidad de alguna precaución?¿Acaso no
estaba allí Favalli? Si sus compañeros no eran hombres robots, tampoco él podía
serlo...
Alcancé por fin el aparato y me ayudaron a subir. La aprehensión anterior me
duraba todavía. Lo primero que hice fue mirar las cabezas de Favalli y del otro
hombre. Respiré, aliviado: no, tampoco ellos tenían el telecomando.
Me senté junto a Favalli que me palmeó en el hombro, pero en seguida volvió a
ocuparse del manejo del helicóptero. Lo miré extrañado: era tan inesperado aquel
encuentro, era tanto lo que había ocurrido desde la última vez que nos viéramos,
habían sido tan atroces las circunstancias en que nos habíamos separado__
Pero, ¿cómo era posible tamaña indiferencia?
Acaso__
Pero no. Volví a cerciorarme. Favalli no tenía aparato alguno en la nuca__
"Debe de estar cansado, muy cansado... ¿Y quién no lo está? ¡Es tanto lo que ha
pasado!... ¿Qué puedo saber yo de sus experiencias como hombre robot?¿Qué puedo
saber yo de lo que pasó hasta poder liberarse del telecomando?"
—¿Y los otros, Fava? ¿Qué fue de los otros? ¿También se liberaron? —Favalli me
miró con ojos ausentes.
Fue una mirada fugaz, cenicienta. Después volvió a ocuparse de los controles de
la máquina:
—Perdona si no te contesté, Juan. Pero estamos en guerra... Ya lo sabes, el
peligro acecha por todas partes... Estamos en guerra... No debo distraerme...
Lo miré espantado. No, aquél no era Favalli, el amigo de siempre, el hombre
calmo, seguro de sí aun en medio de las más difíciles emergencias; aquel no era
el hombre que tanto hiciera para que pudiéramos superar aquellos primeros
terribles momentos cuando empezó la nevada mortal...
—Fava... Fava... —Como en otros tiempos, lo palmeé en la espalda, aproveché para
tomarlo por el cuello, para palparle la nuca... Pero no, sólo encontré un
pequeño círculo de cicatrices..."Ahora sí que no me quedan dudas. Favalli no es
un hombre robot. Sí me parece otro hombre, sí lo encuentro increíblemente
cambiado, tiene que ser por la fatiga, por el desgaste do tanta tragedia...
¡Quién sabe cómo me encuentra él a mí! ¡Quién sabe la impresión que le debo
causar yo!... ¿Cómo puedo imaginar las huellas que han dejado sobre mí mismo las
muertes que tuve que hacer? ¿Qué puedo saber yo cuántos terrores, cuántas
agonías vivió Favalli desde la última vez que lo vi junto con los otros,
marchando con los demás hombres robots, obedeciendo las órdenes silenciosas pero
ineludibles de algún Ello?"
El helicóptero, siempre a baja altura, volaba ahora a lo largo del río: a los
lados veía las masas de verduras, por allá espejaba el agua de algún otro brazo.
—¿Cómo hiciste para liberarte, Favalli? —tuve necesidad de volver a hablar, de
romper aquel cerco de mutismo que nos separaba. Nos habíamos encontrado y, a la
vez, seguíamos sin encontrarnos...
—Hay cosas de las cuales es mejor no hablar, Juan... —Favalli siguió mirando
hacia adelante, prestando atención excesiva a la maniobra del vuelo. Como para
quitarme las ganas de preguntar, agregó, señalando con el pulgar—: Este que está
atrás se llama Galíndez. El otro se llama Volpi.
Los miré de reojo. Apenas si el llamado Volpi, el hombre de la mandíbula
cuadrada, intentó una débil sonrisa. El y Galíndez, el más viejo, siguieron
mirando hacia abajo, hacia el río, lo mismo que Favalli, con desesperada
atención.
—No te distraigas, Fava...—Volpi habló con voz gruesa—. No te distraigas, ya
sabes lo que pasa si lo haces...
—¿Qué es lo que pasa?
Pero ninguno oyó mi pregunta. Con maniobra violenta, Favalli hizo inclinar el
helicóptero, acelerando a la vez con inesperada agilidad. La pequeña máquina
cambió de rumbo: por un momento volamos sobre un largo y regular naranjal, en
seguida estuvimos sobre otro ancho río, casi igual al Capitán.
—Allí... —Volpi señaló a un lado, hacia abajo.
Doblando un recodo, lanzado a toda velocidad, apareció un moderno crucero de
paseo, de líneas aerodinámicas; alcancé a ver dos hombres a popa y debía haber
más en la cabina. Era un crucero velocísimo, "planeaba" con estupenda facilidad.
Otro viraje de Favalli, el helicóptero fue hacia el crucero.
—Listos para tirarles —la voz de Favalli sonó opa¬ca , como si aquella fuera una
orden dicha muchas veces antes...
Me esforcé por mirar: ¿por qué los atacábamos?
—¿Son hombres robots?
Ninguno me contestó: abriendo paneles de la cobertura de plexiglás, Volpi y
Galíndez apuntaban ya hacia abajo con las metralletas.
No, no pude ver las nucas de los tripulantes del crucero: uno de ellos levantaba
ya un winchester; el otro sacaba una Pam de debajo de una lona y también nos
encañonaba.
Restalló la metralleta de Volpi. Vi una hilera de puntos negros en el techo de
la cabina del crucero. Como si fuera un animal al que le tocan un nervio vital,
el barco pareció saltar a un lado, tan brusco fue el viraje. Siguió navegando en
zigzag, tratando de eludir nuestros disparos. Estaban usando la misma táctica
que empleara yo hacia muy poco tiempo.
Volpi y Galíndez siguieron disparando hacia abajo. La cabina se llenó de humo
acre. Favalli mantuvo firme el helicóptero. Reguló la velocidad para que
siguiéra¬mos encima del crucero, que continuaba lanzado en desesperada carrera.
Agujeros netos ahora en la cubierta de plexiglás. También era buena la puntería
de los tripulantes del crucero.
Una ráfaga breve en la metralleta de Volpi y en seguida una palabrota. Tenía que
cambiar el cargador. Galíndez siguió disparando, pero paró en seguida. Gruñó
algo. Se apretó el hombro.
—¿Te dieron? —preguntó Volpi, cambiando el cargador de la metralleta con
movimiento automático, sin mirar al compañero.
Más le preocupaba el crucero que la posible herida de Galíndez.
—No. Apenas un raspón. Creí que era más grave —Galíndez se miró por un momento
la manga quemada de la campera; en seguida cambió el cargador.
Nuevas ráfagas; nuevos agujeros en la cabina; astillas que saltaban a popa; un
humo azulado, blanquecino, envolviendo a los dos tripulantes que seguían
disparando hacia nosotros. Rápidos chicotazos pasaron a mi lado: alguna ráfaga
de la Pam que acertaba y atravesaba el piso del helicóptero.
Una explosión. Me pareció, por un instante, que la popa del crucero se partía en
dos. Un fogonazo; en seguida una gran humareda; otra explosión; más humo; un
núcleo rojo en el humo. El crucero desapareció por completo.
—¡Por fin! —con voz cansada, indiferente, Volpi se enderezó, miró hacia
Favalli—. Le estalló la nafta.
No era necesario el dato. El crucero se detenía ya. No era más que una gran
columna de humo. Por un momento, no pudimos ver nada. Era que Favalli, para
cerciorarse, viraba, y nos metía directamente en medio déla humareda. Salimos y
allá lo vimos, medio hundido, escorándose rápidamente, con fuego por todas
partes.
Un hombre intentaba romper con desesperación el parabrisas delantero y trataba
de salir. Las llamas parecieron buscarlo. Se agitó por un momento, en espasmo
eléctrico. Quedó tumbado hacia adelante. No pude verlo bien. El humo volvió a
entorpecerme la visual, pero juraría que no tenía en la nuca ningún aparato de
telecomando.
Otra maniobra de Favalli y desapareció el río allá abajo. Ahora había una fila
de casuarinas, en seguida un bañado, zanjas, un parque cuidado en torno a un
pequeño chalet, otro brazo de río...
—¿Adonde vamos ahora? —pregunté.
—Ya veremos, Juan—. Favalli habló con voz pare¬ja, sosegada, como si nunca
hubiera vivido el breve combate con el crucero—. Lo que sé, es que el
heli¬cóptero resultó averiado. El motor de cola ratea algo. Habrá que arreglarlo
en seguida, si se puede...
Volpi y Galíndez estaban ya sentados. Volvían a reponer los cargadores en la
metralleta. Calmos —pro¬fesionales , diría—, como si su oficio de siempre
hubiera sido cazar lanchas desde un helicóptero...
Pero no me horroricé demasiado. ¿Acaso yo mismo no tenía ya varias muertes en mi
cuenta? A todo se habitúa uno: es tan fácil matar cuando la propia vida está
dependiendo a cada instante de una ráfaga disparada desde una maleza, desde los
cañones de un caza a chorro que aparece saltando por sobre los árboles; o del
cuchillo de cualquier otro desesperado, a quien ya tampoco le importa nada una
muerte más o menos...
"Está visto que no quieren que les pregunte nada. O, quizá, Favalli estará
esperando a que quedemos solos, para poder explicarme... La presencia de Volpi y
de Galíndez debe molestarle. ¡Eso tiene que ser! ¿Cómo no lo pensé antes?"
Me alivió pensar aquello. Recordé a los sobre¬vivientes de la isla, obedeciendo
las órdenes de aquel extraño "capitán". Seguro de que Favalli había tenido que
ingresar a un grupo análogo. Quién sabe en qué terror se asentaría el poder de
su líder.
"No todo estará perdido, mientras haya grupos que resistan. Por supuesto que en
pleno territorio dominado por los Ellos, los grupos de resistencia tendrán que
ser, por fuerza, tan disciplinados e implacables como bandas de pistoleros. No
hay mucho que elegir: también yo, dentro de poco, seré uno de ellos"...
Sauces llorones, allá abajo; algún muelle, un astillero con cascos viejos, un
camino con un colectivo atravesado. Dejábamos ya las islas para volar sobre la
costa. Quizá estábamos cerca ya de Campana, de Zarate. No reconocí el lugar ni
pude verlo bien tampoco porque, con más brusquedad de la debida, Favalli hizo
tocar tierra al helicóptero.
—Llegamos —favalli resopló—. Llévenlo a Juan. Yo me quedaré con el helicóptero.
Tengo que ver lo que le pasa al motor de cola.
—Pero... —traté de oponerme.
Aquello retrasaba la posibilidad de explicarme a solas con Favalli, pero mi
amigo ni me miró siquiera. Con expresión cansada pero resuelta, salió a tierra y
nos dio la espalda. Sin perder un instante empezó a destornillar algo en la cola
del helicóptero.
—¡Vamos! —Volpi me puso la mano en el hombro.
Lo miré. El y Galíndez, por un momento, me parecieron dos policías arrestándome:
—¡Vamos! —repitió.
La mano que se apoyaba en mi hombro, me empujó ahora. La otra mano acomodó la
metralleta. No me apuntó, pero no era necesario: la energía del ademán me indicó
que era mejor obedecer. Y sin tardanza...
Atrás quedó Favalli, ocupado con sus herramientas. Siguiendo a Volpi y seguido
por Galíndez, tuve que avanzar a través del pastizal y los sauces.
"Si salto a un lado, puedo escapar. Galíndez está detrás mío; me soltará una
ráfaga, seguro, pero con un poco de suerte puedo eludir los tiros... Pero, ¿qué
sacaría con huir? Está visto que solo no puedo ir a ninguna parte. Mejor hacerme
aceptar por el grupo. Ya habrá ocasión de hablar con Fava; ya me explicará él la
situación; ya resolveremos juntos lo que nos conviene hacer".
El pastizal y los sauces dieron paso a un pajonal. Por un momento avanzamos a
través de una angosta picada abierta entre colas de zorro mucho más altas que
nosotros.
Pero las colas de zorro terminaron pronto. Nos encontramos ante un gran espacio
abierto.
Contuve el aliento.
Nunca esperé encontrar aquello.
Una enorme estructura de acero, con algo de cañón, con ruedas en los lugares más
inesperados, con diales, con remaches, con una cantidad de instrumentos y
antenas como no vi jamás en ninguna revista de vulgarización técnica...
Había hombres armados en torno. Del otro lado del gigantesco aparato había una
cabina improvisada con chapas de cinc: la absurda estructura parecía armada de
prisa, con elementos reunidos de apuro, con lo primero que se pudo encontrar.
Pero, a la vez, no sé porqué, daba la impresión de una potencia desconocida e
incontenible. Aunque ni idea tenía yo de para qué servía, ni cómo funcionaba.
—¿Y eso? —me volví hacia Galíndez.
No sé si me contestó, porque no tuvo tiempo de hacerlo: en alguna parte sonó un
silbato agudísimo, Fue como una señal que electrizó a todos, incluso a Volpi y a
Galíndez. Unos corrieron hacia el aparato; otros se subieron a él, ocupando
diferentes posiciones; otros más, con una rara sensación de espanto y de calma a
la vez, señalaron a lo alto, algo hacia el oeste. Muy arriba, mucho más allá de
los pocos cirros que blanqueaban el cielo, vi una finísima pero muy nítida línea
luminosa, algo así como el trazo de una estrella errante pero claramente visible
a pesar de que estábamos de día.
De horizonte a horizonte. La línea abarcaba el cielo todo. ¿Qué podría ser?
No había alcanzado a formularme siquiera el interrogante cuando, hacia el sur,
en la dirección de la capital, hubo un brevísimo destello, muy fugaz pero de
gran intensidad. Por un instante, los sauces, nosotros, el extraño aparato de
acero y hasta los cirros allá arriba, fueron iluminados por un esplendor
espectral, azulado.
Pero no pude mirar más. El suelo retumbó. Zumbi¬dos. Ahogadas explosiones
acompasadas hicieron vibrar la colosal armazón de acero. Los hombres se afanaban
en torno a ella: movían diales, manivelas; los otros, los que habían ocupado sus
puestos, también parecían entregados a una labor complicada y sincronizada. Los
zumbidos crecieron en intensidad; cesó la trepidación del suelo; las explosiones
se hicieron más fuertes, más regulares.
"¿Qué puede ser? El grupo de Favalli está mucho más preparado para la
resistencia de lo que pensé. Un aparato así no se construye en un instante. Es
posible que..."
No pude pensar más. Volpi señalaba algo hacia arriba, hacia el norte: allá, muy
alto, más allá de los cirros, se encendía una mancha luminosa, cada vez más
intensa. Era como si allá arriba se concentrasen los haces de varios
reflectores.
Pero no, no eran reflectores: la mancha luminosa, allá en el cielo, era
producida por el aparato que yo tenía adelante. Ahora lo veía bien: en el centro
tenía algo que podía ser una lente, enorme y de contorno irregular. Algo
irradiaba hacia lo alto, hasta producir en la estratosfera la sorprendente
mancha luminosa.
Y seguían los zumbidos; seguían las explosiones... Dispositivos y motores
desconocidos para mí generaban la energía necesaria para la irradiación,
seguro__
Otra vez el zumbido agudísimo. Otra línea muy fina y muy luminosa, dibujándose,
velocísima, hacia el Norte.
Pero esta vez no llegó de horizonte a horizonte: la línea se interrumpió en la
mancha luminosa y no pasó de allí. Una luz cegadora pareció quemármelas pupilas.
No vi ya nada: sólo una noche roja. Me dolió dentro de los ojos, como si me
hubieran clavado dos puñales. Se me aflojaron las rodillas. Allí quedé, con la
cara entre las manos, abatido por el dolor.
Pero no duró mucho: pronto se me alivió y me atreví a abrir los párpados. Poco a
poco fui recuperando la visión normal.
No me atreví a mirar a lo largo, pero los zumbidos y las explosiones
continuaban. Por dos veces más vi relampaguear contra el pasto una luz
crudísima. Y oí truenos, muy vastos pero sofocados como por una enorme
distancia.
Me animé a mirar en torno: a mi lado, Volpi y Galíndez estaban medio
arrodillados esperando. Vi a los demás hombres armados en posiciones análogas.
Era como si todos los que no tuvieran nada que ver con la operación del aparato
debieran quedarse en posición de espera, aguardando nuevas órdenes.
Un silbato inesperado, simple, vulgar. Pareció el silbato de una fábrica a las
siete y cuarto de la mañana, llamando a los obreros...
Cesaron los zumbidos. No hubo más explosiones. Comprendí que había pasado un
peligro, que el aparato no volvería funcionar por un tiempo.
Y también con relampagueante claridad comprendí también otra cosa:
"Sé lo que son las líneas luminosas. Vinieron del norte. Proyectiles; quizá
cohetes intercontinentales. Proyectiles disparados no por los Ellos, pues los
Ellos están en el sur, en Buenos Aires. Son proyectiles dispararlos contra los
Ellos... El aparato que tengo delante es parte de una barrera de intercepción.
El primer proyectil consiguió pasar: quizá hizo impacto o quizá fue interceptado
por alguna otra barrera. Pero los siguientes fueron destruidos en pleno vuelo,
interceptados por alguna irradiación que no conozco. Todo lo cual significa que
Volpi, Galíndez, todos estos hombres, desde los que miran hasta los que manejan
el aparato, luchan a favor de los Ellos... Sí, todos. ¡Y también Favalli! No
tienen más los aparatos de telecomando. Quizá ya no los necesitan. Son ya
hombres robots perfectos, que no precisan de dispositivo alguno para recibir las
órdenes y obedecerlas".
Todo se me aclaraba. Desde la reticencia y el extraño comportamiento de Favalli,
hasta el monstruoso instrumento aquel, concebido quién sabe por qué cerebro
extra terrestre.
Y también se me aclaró el tremendo peligro que estaba corriendo. Como una oveja,
me había dejado capturar. Me estaba dejando llevar, si no al matadero, al lugar
donde yo también pronto sería uno más entre tantos, un hombre robot como
Favalli, como Volpi, como Galíndez...
Otra vez sentí una mano en el hombro. Volpi, de nuevo, me empujaba hacia
adelante. Volvía a ordenarme:
—¡Vamos!
Ni
lo pensé: di un salto hacia atrás y doblado en dos me zambullí de cabeza entre
las colas de zorro. Sentí que las hojas me tajeaban las manos, el rostro, pero
seguí corriendo.
La descarga de una metralleta y después ruido de malezas: Volpi y Galíndez, y
quizá alguno más, me perseguían.
Seguí corriendo, cayendo a veces, enredado por las cortaderas, levantándome en
seguida, cambiando de rumbo como un conejo acosado por perros... Hasta que di
con el pie en un tronco y caí de bruces, golpeándome con fuerza contra el suelo.
Sin aliento, quedé quieto un largo rato.
No más tiros. Pero sí ruido de malezas acercándose. Presté atención. El ruido no
era tanto, después de todo...
"Son dos, no más... Deben ser Volpi y Galíndez. Si sigo corriendo terminarán por
cazarme. Mejor los espero. Si pudiera quitarle a alguno la metralleta..."
Me acurruqué contra el tronco. Esperé.
Sí, eran sólo dos. Ahora podía distinguir bien los ruidos en el pastizal.
Y ya uno estuvo cerca; y ya se abrieron las cortaderas; y ya vi aparecer el
rostro ensangrentado de Galíndez. Venía furioso, rechinando los dientes, como
torturado por atroz desesperación. ¡Quién sabe qué latigazos estaba recibiendo
para que me capturara!
Pero también yo estaba desesperado.
Me le abalancé, lo choqué de costado, le di con la frente en un lado de la
cabeza y lo tumbé. Caí sobre él. Me repuse primero. Le manoteé la metralleta. Se
la quité.
Una ráfaga.
Quedó quieto, como clavado contra el suelo...
Salté a un lado. Esperé. La metralleta lista...
Se abrió otra vez el pastizal. Apareció el rostro de Volpi, los ojos
desorbitados. Vio a Galíndez. Trató de buscarme...
Pero yo ya estaba apretando el disparador. La ráfaga le dio en el cuerpo. Giró
algo hacia atrás y se derrumbó.
En seguida estuve a su lado. Le quité la ametralladora; me la eché a la espalda;
le saqué los cargadores del bolsillo y corrí escapando por entre el pastizal y
los sauces...
No fui lejos. Allí, en el claro donde bajáramos, estalla el helicóptero, con
Favalli, desconcertado, mirando en mi dirección. Lo habían alarmado, sin duda,
los disparos.
Debió verme, porque de pronto tiró la herramienta que tenía en la mano y, con
agilidad que nunca le imaginé, se metió en el helicóptero. Y antes de que yo
atinara a nada, ya tenía la hélice mayor en marcha. Ya empezaba a ganar altura.
"¿Le tiro? No me sería difícil cazarlo. No puedo errarle desde aquí... Pero..."
Antes de que terminara de decidirme, ocurrió lo impensado. Quizá por error de
maniobra, quizá porque el motor de cola todavía andaba mal, el helicóptero no
terminó de rebasarlas copas de los árboles, se desplazó a un lado, tocó unas
ramas, se ladeó y volvió a tocar el suelo...
No había terminado aún de asentarse cuando ya Favalli saltaba a tierra, ya se me
venía a toda carrera como si hubiera recibido órdenes de capturarme de cualquier
modo, sin medir los riesgos.
"Viene desarmado. Quizá pueda dominarlo sin tener que herirlo."
Dejé a un lado las metralletas. Me agaché porque ya se me abalanzaba.
Más pesado que yo, con mucha más fuerza, me castigó al cuerpo con golpes
abiertos, me empujó y me tiró de un rodillazo.
Me dejé rodar, me incorporé y eludí una nueva embestida. Lo golpeé de izquierda,
de derecha...
"Pelea mal; demasiado desesperado... No se cuida, sólo piensa en aplastarme...
No es difícil derrotar a un adversario así, aunque sea mucho más pesado..."
Contragolpeé al cuerpo, al rostro, al cuerpo, eludiendo sin dificultad sus
tremendos manotazos y pude apuntar con comodidad un neto directo a la mandíbula.
El golpe llegó justo y se derrumbó."¡Por fin!... Lo cargaré y me lo llevaré..."
Busqué las metralletas, me las puse a la espalda, volví... Pero Favalli no
estaba "knock-out": se puso de pie de un salto en sorpresiva reacción y echó a
correr a toda velocidad hacia el helicóptero.
Desconcertado, tardé en reaccionar mientras ya estaba Favalli en el helicóptero,
ya lo volvía a poner en marcha, ya remontaba vuelo otra vez...
No volvió a chocar. Hizo una br