
Los cóndores en Malvinas
Antecedente
: El vuelo de Miguel Fitzgerald en 1964
Memorias de un aviador solitario y su aventura
en las islas Malvinas
Miguel FitzGerald fue el primer argentino en volar a las islas y plantar la
Bandera nacional. Lo hizo en 1964, piloteando un Cessna, el día de su
cumpleaños. Dejó una proclama y regresó.
Miguel FitzGerald había hecho dos años antes otra hazaña, un vuelo a Nueva York
sin escalas.
Por Sandra Russo, septiembre 2006
En la casa de Miguel FitzGerald hay mucho movimiento, porque le festejan sus 80
años. Y él, hijo de padre y de madre irlandeses, acomoda su cuerpo alto y flaco
en un sillón del living para relatar la hazaña de su vida. Es su propio festejo.
Quizá Miguel no lo sabe. Al menos por la forma en que lo cuenta, pareciera que
aterrizar en las islas Malvinas en l964, difundir una proclama y plantar una
bandera argentina en ese suelo fue una ocurrencia que tuvo. Va desgranando paso
a paso esa historia tan familiarizada con él, que una primera impresión puede
hacerle a uno pensar que Miguel no le da demasiada importancia, que hizo algo
que creía que debía hacerse, y ya. Pero Miguel llevó a cabo, hace 42 años, un
sueño que tuvo, y su Cessna quedó estampado en ese año que lo tuvo por
protagonista.
Ser piloto civil, dice, es una vocación. "Ya a los seis años tenía esa
chifladura", sintetiza. A los 16 voló planeadores y a los 20 aviones con motor.
Trabajó en Aerolíneas, hizo fotografía aérea, taxi aéreo, remolque de carteles.
El aclara: "Menos fumigación y contrabando, hice de todo".
Ese año, 1964, Malvinas estaba en la agenda de la ONU. No por iniciativa del
gobierno argentino, sino por decisión de la Asamblea, se iba a tratar el tema de
las colonias en América. Y en los hangares del país, en las charlas entre
pilotos, aparecía y reaparecía un sueño: mandarse, plantar bandera.
| Querido Dardo Cabo: Te escribo porque los compañeros han decidido acordarse en público de vos. Todos nos hemos venido acordando de vos íntimamente desde hace años. Pero, que te voy a explicar, no siempre se dan las condiciones políticas como para acordarse en público de los buenos compañeros que, como vos, tuvieron un amor tan grande por la Patria y por el Pueblo que se ahogaron en un mar de altruismo. Además, hace 30 años ya que tenemos que recordarte. Los que creen que la política es un camino para "llegar" (a los puestos donde se obtienen privilegios personales) pensarán que te ahogaste porque no supiste nadar en el océano de los "vivos". Los que creemos que la política es un camino de la historia para la realización de proyectos de transformación social, sabemos que moriste para que la Patria viva. Te diré que los pibes jóvenes no saben qué es la política. Ellos se criaron en una Argentina en la que el doble discurso se fue convirtiendo en "lo normal". En la perversión del discurso, ser militante se convirtió en sinónimo de "vivir del curro de la política". Hacer una alianza ya no fue negociar un acuerdo programático o un plan de acción; empezaron a llamarle alianza política al verticalismo con el que reparte "los recursos". Vos, Dardo, te formaste en un hogar obrero peronista militante, con la guía de un viejo sindicalista luchador. Te formaste en un peronismo en el que ser nacionalista y reformador social eran sinónimos; en un peronismo en el que hablar de un "proyecto" era hablar del Segundo Plan Quinquenal y la América Latina del año 2000 cuando faltaban 50 años. No es extraño que hayas osado desembarcar "de prepo" en las Islas Malvinas con un puñado de militantes para reclamar la soberanía nacional ante el Imperio Británico. Navegando con esos vientos, no es extraño que te hayas convertido en militante montonero jugándote la vida hasta morir como un patriota. ¡Pensar que vos te jugabas la vida escribiendo los editoriales de El Descamisado y hoy más de uno no se anima a opinar para no perder los favores del verticalismo! Pero en aquel tiempo no te dejaban afuera de un reparto sino que te mataban. Tu vida es una historia de política en serio. Viviste en serio, fuiste militante político en serio, te encarcelaron en serio y te asesinaron en serio. Por eso hoy te homenajeamos en serio. Querido Dardo, seguro que a veces sentís vergüenza ajena por las inconductas de algunos ex montoneros. También por eso venimos a homenajearte hoy, para desagraviar en tu persona a todos los compañeros que murieron luchando de frente o asesinados por la espalda, como vos, o desaparecidos. Tu muerte no fue una parodia irrespetuosa de no sé qué manejos electoralistas. Tu muerte fue en serio. Nunca hemos jugado con el dolor y menos con la muerte. Te prometo que seguiremos honrando el sacrificio militante con la dignidad que se merece. Mario Eduardo Firmenich, 7 de enero de 2007 Fuente: www.uniondeargentinosencatalunya.com |
Miguel decidió que lo haría. Un amigo suyo trabajaba en La Razón y averiguó si
al diario le interesaba la cobertura. A Miguel a su vez le interesaba la
difusión, porque podía ser sancionado por la Fuerza Aérea con una suspensión
severa. El viejo Félix Laiño (editor del diario de los Peralta Ramos) no se
interesó para nada. Pero acababa de salir otro diario, Crónica, y a su joven
director se le subió ese viaje a la cabeza. "Me ofreció el avión, la nafta, los
gastos, si viajaba conmigo un fotógrafo del diario. Pero ese viaje era mío. Yo
solamente quería que me hicieran una nota cuando volviera, para cubrirme."
El Cessna se lo prestó finalmente Siro Comi, el presidente del Aeroclub de Monte
Grande, que era representante de esa marca de aviones. Fue redactada la proclama
que reivindicaba a las islas como argentinas, y Miguel partió rumbo a Río
Gallegos, hacia su hazaña personal. Era el 8 de septiembre de 1964 y ese mismo
día él cumplía 38 años.
Quince minutos
"Cuando uno está volando y está haciendo algo arriesgado, no piensa en nada más
que en eso. Está concentrado en lo que está haciendo. Yo soy así, muy cerebral",
dice Miguel, como si haber hecho lo que él hizo no exigiera al menos un impulso
fenomenal. En Río Gallegos, su pista de despegue fue la del Aeroclub, que no
tenía torre de control monitoreada por la Fuerza Aérea. Y se mandó. Y cuando lo
cuenta vuelve atrás.
"Yo salgo de Gallegos, vuelo mar adentro, a las tres horas y quince minutos veo
el archipiélago. Desde arriba se ve un rectángulo como de cien islas e islotes.
Voy diciendo ‘operación normal’, y en Gallegos hay gente que entiende lo que
digo. Cuando sobrevuelo el archipiélago, una capa muy densa de nubes me impide
ver. No puedo zambullirme entre las nubes, porque en alguna parte de ese
rectángulo hay un cerro de seiscientos metros de altura. Espero un claro. Lo
veo. Y me lanzó hacia debajo de la capa de nubes, identifico Puerto Stanley,
busco la pista de cuadreras, y aterrizo. Me bajo del avión, saco la Bandera y la
cuelgo del enrejado de la cancha. Viene un hombre de los que se habían juntado a
ver el aterrizaje. Me pregunta si necesito combustible. No se le ocurre que soy
argentino. Le doy la proclama y le digo: ‘Tome, entréguele esto a su
gobernador’. Me subo al avión y vuelvo a Gallegos. Habré estado en Malvinas unos
quince minutos."
Cuando llegó a Río Gallegos, Héctor Ricardo García, el director de Crónica,
empezó a jugar su papel. Crónica tenía la primicia. El título en letra
catástrofe fue: "Malvinas: hoy fueron ocupadas". Ese día, 8 de septiembre de
l964, no se habló de otra cosa. La Razón registró uno de los días de más bajas
ventas de su historia. Su competidor llamó la atención e inauguró un estilo
periodístico. Cuenta la leyenda que hasta ese día los diarios no aceptaban
devoluciones, pero los canillitas presionaron tanto a La Razón para devolverle
sus ejemplares que ese antecedente después modificó el negocio y la relación
entre los dueños de los diarios y los repartidores.
Al volver a Buenos Aires, en Aeroparque, los muchachos de Tacuara esperaban a
Miguel. Lo subieron a un jeep y lo llevaron a dar vueltas por la ciudad, como a
un héroe. Ese recibimiento y el festejo popular impidieron a la Fuerza Aérea
suspender la matrícula de piloto de Miguel: fue solamente apercibido.
Miguel busca la tapa de Crónica, y no la encuentra. No es de extrañar en un
hombre que hizo lo que hizo y ni por un momento se lamentó de no tener una foto
que hubiese registrado la hazaña. Miguel es un piloto solitario que ya dos años
antes había hecho el primer vuelo sin escalas desde Nueva York a Buenos Aires.
Ayer, cumplió ochenta años, y parecía satisfecho de la vida que ha vivido.
Fuente:
Página/12, 09/09/06
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Antecedentes
de la disputa de soberanía
Integrantes del Comando
Cóndor (28/09/66):
Dardo Manuel Cabo, 25 años, periodista
y metalúrgico; Alejandro Armando Giovenco, 21, estudiante; Juan Carlos
Rodríguez, 31, empleado; Pedro Tursi, 29, empleado; Aldo Omar Ramírez, 18,
estudiante; Edgardo Jesús Salcedo, 24, estudiante; Ramón Adolfo Sánchez; María
Cristina Verrier, 27, periodista y autora teatral; Edelmiro Ramón Navarro, 27,
empleado; Andrés Ramón Castillo, 23, empleado; Juan Carlos Bovo, 21, obrero
metalúrgico; Víctor Chazarreta, 32, metalúrgico; Pedro Bernardini, 28,
metalúrgico; Fernando José Aguirre, 20, empleado; Fernando Lizardo, 20,
empleado; Luis Francisco Caprara, 20, estudiante de ingeniería; Ricardo Alfredo
Ahe, 20 estudiante y empleado y Norberto Eduardo Karasiewicz, 20, obrero
metalúrgico.
Fotografía: Dardo Cabo
Antecedentes históricos
Las Islas Malvinas fueron descubiertas por navegantes españoles a principios del
Siglo XVI. Durante los dos siglos siguientes España ejerció actos de dominio en
el archipiélago y mares vecinos.
Entre esos actos de dominio merece destacarse el nombramiento de gobernadores de
las Islas Malvinas. Desde 1766, año en que fue nombrado el primer gobernador,
hasta 1810 se sucedieron en forma ininterrumpida 32 gobernadores que residían
permanentemente en Puerto Soledad y dependían directamente de las autoridades
residentes en Buenos Aires.
Al proclamar su independencia en 1816 y en virtud del principio de sucesión de
estados, las Provincias Unidas del Río de la Plata delimitaron sus territorios
sobre la base de las antigua división administrativa colonial y se declararon
herederas únicas y excluyentes de todos los títulos y derechos soberanos de
España en los territorios del ex-Virreinato del Río de la Plata. De esta manera,
las Provincias Unidas continuaron en el ejercicio de la titularidad de las Islas
Malvinas.
En noviembre de 1820, el Coronel de Marina David Jewett tomó posesión
públicamente de las Islas en nombre de las Provincias Unidas, en presencia de
ciudadanos de los Estados Unidos y de súbditos británicos, no registrándose al
momento protesta británica por estos actos.
En 1825, con la firma del "Tratado de Amistad, Comercio y Navegación" el Reino
Unido reconoció la independencia de Argentina y no efectuó reservas de soberanía
con respecto a las Islas Malvinas.
Durante toda la década de 1820 y hasta 1833 la Argentina realizó actos concretos
y demostrativos de la ocupación efectiva de las Islas Malvinas. El nombramiento
de gobernadores y comandantes políticos y militares, el otorgamiento de
concesiones territoriales y la legislación para la protección de los recursos
naturales de esos territorios y sus aguas circundantes, fueron indicadores de
ello.
El 3 de enero de 1833, los británicos tomaron por la fuerza Puerto Soledad y al
año siguiente ocuparon el resto del archipiélago.
La protesta argentina fue inmediata: el 16 de enero de 1833, el Ministro de
Relaciones Exteriores pidió explicaciones al encargado de negocios británico en
Buenos Aires. La protesta fue reiterada en Buenos Aires el 22 de enero y el 17
de junio del mismo año en Londres por parte del Ministro Plenipotenciario de las
Provincias Unidas ante Gran Bretaña. Desde entonces y hasta el presente,
Argentina ha venido reivindicando de manera permanente su justo reclamo a nivel
bilateral y en los foros internacionales competentes, entre ellos las Naciones
Unidas y la Organización de los Estados Americanos.
En el marco del programa de descolonización de las Naciones Unidas y luego de la
adopción de la Resolución 2065 (XX) del 16 de diciembre de 1965, que invitaba a
la Argentina y al Reino Unido a proceder a negociaciones a fin de encontrar una
solución pacífica al problema de las Islas Malvinas, se inició un proceso de
negociaciones bilaterales que duró hasta 1982. Durante ese período, ambos países
analizaron diferentes hipótesis de solución de la disputa, no pudiendo arribar a
un acuerdo.
En 1982 tuvo lugar el conflicto armado entre la Argentina y el Reino Unido y la
consecuente ruptura de relaciones diplomáticas.
El
vuelo de los cóndores
Por Roberto Bardini
Agencia Bambu Press, 2003
...esas olvidadas islitas del sur,
en una fría mañana del Onganiato,
se incendiaron al paso de aquellos nacionales.
[Jorge Falcone, Un dardo clavado en el sur]
Un día de primavera, 38 años atrás, dieciocho muchachos peronistas desviaron un
avión de pasajeros en pleno vuelo, aterrizaron en las Islas Malvinas e hicieron
flamear banderas argentinas en el lejano territorio usurpado. Fue uno de los
primeros secuestros aéreos del siglo XX. La excluyente y selectiva historia
oficial argentina -liberal antes, neoliberal hoy, conservadora siempre- continúa
ignorando esa pequeña gran gesta patriótica.
El 28 de septiembre de 1966 cayó miércoles. En Buenos Aires fue un día soleado.
Hacía tres meses que el general Juan Carlos Onganía, alias La Morsa, estaba el
poder en nombre de una autodenominada revolución argentina. Noventa días antes,
un pelotón de la Guardia de Infantería de la Policía Federal había desalojado de
la Casa Rosada al presidente Arturo Umberto Illia, de la Unión Cívica Radical
del Pueblo (UCRP), quien había llegado al gobierno con poco más del 20 por
ciento de los votos y con el peronismo proscrito.
Illia era un apacible médico originario de Cruz del Eje (Córdoba), con hábitos
provincianos. Acostumbraba a dormir la siesta después de comer y cruzaba a la
Plaza de Mayo sin custodia para darle de comer a las palomas o sentarse en un
banco a leer el diario. La gran prensa de la época -tan antipopular como la de
ahora- lo ridiculizaba constantemente. La revista Tía Vicenta, dirigida por el
dibujante Juan Carlos Colombres (Landrú) lo caricaturizaba como La tortuga.
Un príncipe en la corte del general de ganadería
Onganía, a quien sus compañeros de promoción apodaban El Caño -recto y duro por
fuera, hueco por dentro- no dormía siesta y detestaba a las palomas. Era un
mediocre führer autóctono que aspiraba a un módico Reich de alrededor de 20
años, tiempo suficiente para acabar con el incorregible peronismo. Con esa
brillantez teórica propia de algunos oficiales de caballería -a quienes, según
el periodista Rogelio García Lupo, se debería denominar generales de ganadería-
el militar había proclamado sin ruborizarse que la Revolución Argentina tiene
objetivos pero no tiene plazos. Dos periodistas habían aportado su intelecto
para desplazar a Illia e instaurar a Onganía: Jacobo Timmerman, desde la revista
Confirmado, y Mariano Grondona, en Primera Plana. El primero hoy está
considerado casi como un héroe del cuarto poder; el segundo, es un lamentable
neodemócrata que da lástima por televisión.
Como ocurre casi siempre que los hombres de uniforme suplantan a los ciudadanos
de civil, se anunció que un Estatuto de la Revolución Argentina -aprobado por
los tres comandantes en jefe del ejército, la marina y la fuerza aérea-
reemplazaría a la Constitución Nacional. Para servir mejor a la patria, se
prohibieron los partidos políticos y la actividad sindical, se impuso una
estricta censura de prensa y se persiguió a estudiantes, intelectuales y
artistas.
El 29 de julio de 1966, Onganía decretó la intervención de las universidades
nacionales. El jefe de la Policía Federal, general Mario Fonseca, ordenó a la
Guardia de Infantería expulsar violentamente de los recintos universitarios a
estudiantes y profesores. Sáquenlos a tiros si es necesario, exhortó a sus
huestes. La destrucción alcanzó a los laboratorios y bibliotecas de las casas de
estudio y la adquisición más reciente y novedosa para la época: una computadora.
Ese recio aporte castrense a la cultura se conoce hasta hoy como La noche de los
bastones largos. Muchos profesores e investigadores partieron al exilio y fueron
contratados por universidades de América Latina, Estados Unidos, Canadá y
Europa.
Esa mañana del 28 de septiembre de 1966 una de las mayores preocupaciones del
general Juan Carlos Onganía era la preparación del partido de polo que jugaría
con Felipe de Edimburgo, el príncipe consorte inglés, quien se hallaba de visita
en Buenos Aires.
Los kelpers
Ese mismo miércoles amaneció nublado en Puerto Stanley, capital de las Islas
Malvinas. El día anterior había llovido. En esa época habitaban las islas poco
más de mil personas, a los que ya se denominaba kelpers. Kelp es un alga marrón
que se reproduce las frías aguas del Atlántico sur. Kelper quiere decir
recolector de algas. La mayoría de ellos vivía en Puerto Stanley y un centenar
en Puerto Darwin. El resto estaba distribuido en el campo, en grupos de 20 o 30
personas. Trabajaban en los settlements, establecimientos rurales dedicados a la
cría de ovejas. Un explorador inglés visitó las Malvinas en 1914 y describió a
Puerto Stanley como -una calle que costea la bahía, con un matadero a un extremo
y un cementerio al otro.
El poblado conoció el pavimento recién en 1920. El archipiélago tiene una
superficie de alrededor de 12 mil kilómetros cuadrados, lo que equivale a la
mitad de la provincia de Tucumán. El conjunto de las islas es más grandes que
Hawai, Puerto Rico y Jamaica.
Ese día de septiembre, hace 38 años, había 554 mujeres y 520 hombres en el
archipiélago. Asistían a la escuela 321 alumnos (146 varones y 175 chicas) y
desconocían el origen de los actuales pobladores de la isla. Los malvinenses
carecían de enseñanza superior y dependían de becas para enviar a los muchachos
a estudiar a Gran Bretaña. Accedían a estas becas los ocho mejores promedios.
Un 10 por ciento de las tierras correspondía a la Corona Británica y un 20 por
ciento a propietarios independientes. El 70 por ciento restante pertenecía a la
Falkland Islands Company (FIC), la única empresa del archipiélago, que poseía
630 mil ovejas. La compañía, además, era dueña del muelle, los almacenes y los
depósitos. Existía una sola máquina expendedora de golosinas en toda la isla,
que por seis chelines en la ranura surtía a los niños de caramelos y chocolates
ingleses. La máquina también era de la FIC.
La avenida costanera de Puerto Stanley, llamada Road Ross, tenía aproximadamente
12 cuadras. Iba desde el muelle -que era, por supuesto, de La Compañía- hasta el
Battle Memorial. Este monumento se levantó en homenaje a un combate naval
durante la Primera Guerra Mundial (1914-18) entre alemanes y británicos en las
inmediaciones de las islas.
Una pequeña emisora de radio, instalada en 1942, transmitía entre cinco y siete
horas diarias, y divulgaba programas de la BBC de Londres. También existían
muchos radioaficionados que se comunicaban con los settlements, otras islas y el
exterior. Cumplían una labor importante durante las emergencias.
Tedio, alcohol y sexo
Entonces, como hoy, anochecía temprano, y los malvinenses tenían dos opciones:
ir a dormir a la casa o a beber a los pubs. Había cinco cantinas: Rose, Globe,
Pictroly, Ship y la de los militares. En todas se escuchaba música y se
organizaban torneos de dardos. En alguna, se aceptaba la presencia femenina.
Los puritanos del lugar aseguraban que esa apertura convertía a Puerto Stanley
en la capital de la infidelidad. No andaban muy errados. Los habitantes se
entretenían practicando equitación, tiro al blanco, pesca deportiva y rugby.
Pero había otra forma de esparcimiento que no figuraba en las estadísticas
oficiales: las relaciones extramatrimoniales. Las Malvinas poseían el más alto
índice de divorcios en el mundo.
Las islas también tenían el récord mundial de consumo de alcohol per capita. En
1963 se habían vendido 80 mil litros de whisky, gin y cerveza. El horario de los
pubs se cumplía rigurosamente, al estilo británico: de 8 a 12 y de 17 a 22. A
las 10 de la noche, la radio transmitía el Himno Real y cesaban las actividades.
Los domingos, las cantinas sólo abrían una hora, después del oficio religioso.
El Darwin era el único barco que una vez al mes vinculaba al archipiélago con el
continente, desde Montevideo. Tras cinco días de navegación, el buque descargaba
ropa, víveres, combustible, vehículos, materiales de construcción, muebles y
artefactos electrodomésticos. El local comercial que ostentaba mayor surtido de
mercaderías pertenecía, por supuesto, a la Falkland Islands Company. El Darwin
también traía correspondencia, algunas revistas de Buenos Aires y el Times, de
Londres. Desde Argentina -el tercer importador de productos- llegaban alimentos,
especialmente manzanas. Hacia Gran Bretaña salía medio millón de kilos en lanas
y cueros.
Un jefe de policía, un inspector, un sargento y cuatro aburridos agentes
mantenían la ley y el orden. La delincuencia casi no existía y los uniformados
actuaban generalmente en riñas de ebrios. Ni siquiera se generaban problemas de
tránsito: había 77 camiones, 159 automóviles, 239 jeeps Land Rover y ocho
motonetas, pero la mayoría de los vehículos estaba en el campo.
No había ministerio de Trabajo y existía un solo sindicato: el Falkland Islands
General Employee Union. Richard Goss era el secretario general. Goss también
ostentaba el grado de capitán de la Fuerza de Defensores Voluntarios, una
milicia de reservistas. Seis ex comandos ingleses que participaron de la Segunda
Guerra Mundial entrenaban una o dos veces por año a los voluntarios. En el
arsenal local, cada uno de los habitantes que integraba la milicia poseía su
fusil, la provisión de municiones y el equipo militar; algunos, incluso,
guardaban el arma en la propia casa.
Veinte soldados constituían la fuerza militar del Reino Unido. Se cree que
muchos de ellos eran mercenarios belgas que combatieron el ex Congo en los
primeros años de la década del 60.
La primicia de un radioaficionado
En septiembre de 1966 residían sólo cuatro argentinos en las islas. Uno de
ellos, Cecil Bertrand, había llegado en 1928 a la búsqueda de aventuras. Se
dedicó a la pesca de ballenas y en 1963 le compró a un irlandés las islas
Carcass en 10 mil libras esterlinas. En ese momento poseía una estancia. -Si
alguna vez las Malvinas son argentinas, espero que no nos toque la misma suerte
que a los tucumanos ni que estas islas sean poblados por chilenos como la
Patagonia, declaró a enviados de la revista Panorama, de Buenos Aires.
Sir Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard era el gobernador de la isla, pero ese 28
de septiembre de 1966 no se encontraba en el archipiélago. Lo suplantaba el
vicegobernador Albert Clifton; apodado Pinocho a causa de su prominente nariz,
era uno de los personajes más populares de la isla. Había estudiado
administración de empresas en Argentina. Como no consiguió trabajo en las islas,
compró 30 vacas y se convirtió en lechero. Envasaba la leche en botellas de
whisky vacías; gracias a los hábitos locales, no le costaba mucho trabajo
conseguirlas. Clifton fue uno de los primeros malvinenses que aquel nublado
miércoles 28 de septiembre de 1966 divisó un avión de Aerolíneas Argentinas que
daba vueltas, sobrevolando el poblado. Pensó que la nave tenía un desperfecto
mecánico.
Puerto Stanley carecía de pista de aterrizaje. Aquel día, el radioaficionado
Anthony Hardy fue el primero en divulgar una noticia que conmovió a millones de
argentinos: a las 9:57 de la mañana, informó que un avión Douglas DC-4 había
descendido a las 8:42 en la embarrada pista de carreras cuadreras, de 800
metros. Su emisión se captó en Trelew, Punta Arenas y Río Gallegos. Y de esas
ciudades se retransmitió a Buenos Aires. Habían transcurrido 133 años desde la
última presencia oficial argentina en las Islas Malvinas.
Rumbo Uno-cero-cinco
En el Museo Marítimo de Ushuaia (Tierra del Fuego) se exhiben nueve armas cortas
y largas. Hay tres revólveres: un Colt 45, un Tanque 38 y un Smith & Wesson 38.
También se muestran tres pistolas: una Destroyer 7.65 y dos Mauser con culatín
de madera desmontable. Completan la colección un rifle Winchester 44 y una
carabina Pietro Beretta calibre 9 mm. Esas piezas -y algunas otras que no
figuran en la exhibición- fueron parte del heterogéneo armamento utilizado en
las Malvinas hace 37 años por un grupo comando de 18 jóvenes argentinos, entre
los que había una mujer. Las armas permanecieron tres días en el territorio
usurpado por Gran Bretaña en 1833. Una pistola Lüger se quedó de recuerdo en
Puerto Stanley. Ninguna de ellas causó víctimas, porque no fueron disparadas.
Alrededor de las seis de la mañana de aquel miércoles 28 de septiembre, los
muchachos tomaron el control del vuelo 648 que había despegado del aeroparque
Jorge Newberry hacia Río Gallegos. Fue el inicio de una pequeña gran gesta
patriótica, conocida como Operativo Cóndor.
-Rumbo uno cero cinco- ordenó Dardo Cabo, alias Lito, un joven alto y delgado de
25 años, periodista y afiliado a la Unión Obrera Metalúrgica, jefe del comando
juvenil. Lo secundaba Alejandro Giovenco, de 21 años, de baja estatura pero
fornido, apodado El chicato a causa del grueso aumento de sus lentes. El
comandante Ernesto Fernández García obedeció la orden y enfiló la nave, con 35
pasajeros a bordo, rumbo a las Malvinas.
La periodista y dramaturga María Cristina Verrier, de 27 años, era la tercera al
mando del grupo. Su padre, César Verrier, había sido juez de la Suprema Corte de
Justicia y funcionario del gobierno de Arturo Frondizi (1958-1961). Un tío,
Roberto Verrier, fue ministro de Economía durante tres meses de 1957, en tiempos
de la revolución libertadora.
Los otros integrantes del Comando Cóndor eran Ricardo Ahe, de 20 años de edad,
empleado; Norberto Karasiewicz, 20 años, metalúrgico; Andres Castillo, 23 años,
bancario (*); Aldo Omar Ramírez, 18 años, estudiante; Juan Carlos Bovo, 21 años,
metalúrgico; Pedro Tursi, 29 años, empleado; Ramón Sánchez, 20 años, obrero;
Juan Carlos Rodríguez, 31 años, empleado; Luis Caprara, 20 años, estudiante;
Edelmiro Jesús Ramón Navarro, 27 años, empleado; Fernando José Aguirre, 20 años,
empleado; Fernando Lisardo, 20 años, empleado; Pedro Bernardini, 28 años,
metalúrgico; Edgardo Salcedo, 24 años, estudiante; y Víctor Chazarreta, 32 años,
metalúrgico. La edad promedio del grupo era de 22 años. Todos eran peronistas.
-Fui a Malvinas a reafirmar nuestra soberanía.
Cuando el DC-4 logró aterrizar, los muchachos descendieron y desplegaron siete
banderas argentinas. El Operativo Cóndor tenía previsto tomar la residencia del
gobernador británico y ocupar el arsenal de la isla, mientras se divulgaba una
proclama radial que debería ser escuchada en Argentina. El objetivo no se pudo
cumplir porque el avión, de 35 mil kilos, se enterró en la pista de carreras y
quedó muy alejado de la casa de sir Cosmo Haskard. La nave, además, fue rodeada
por varias camionetas y más de cien isleños, entre soldados, milicianos de la
Fuerza de Defensa y nativos armados.
Bajo la persistente lluvia y encandilados por potentes reflectores, los comandos
bautizaron el lugar como Aeropuerto Antonio Rivero. El sacerdote católico de la
isla, Rodolfo Roel, intermedió para que los restantes pasajeros -entre los que
se encontraba Héctor Ricardo García, director del diario Crónica y de la revista
Así- se alojaran en casas de kelpers, mientras los cóndores permanecían en el
avión. Al anochecer, Dardo Cabo le solicitó al padre Roel que celebrara una misa
en la nave y después los 18 jóvenes cantaron el Himno Nacional. Al día
siguiente, luego de formarse frente a un mástil con una bandera argentina y
entonar nuevamente el himno, el grupo entregó las armas al comandante aviador
Fernández García, única autoridad que reconocieron. Los muchachos fueron
detenidos bajo una fuerte custodia inglesa durante 48 horas en la parroquia
católica.
El sábado a mediodía, el buque argentino Bahía Buen Suceso embarcó a los 18
comandos, la tripulación del avión y los pasajeros rumbo al sur argentino,
adonde llegaron el lunes de madrugada. Los jóvenes peronistas fueron detenidos
en las jefaturas de la Policía Federal de Ushuaia y Río Grande, en el territorio
nacional de Tierra del Fuego. Interrogados por un juez, se limitaron a
responder: -Fui a Malvinas a reafirmar nuestra soberanía. Quince de ellos fueron
dejados en libertad luego de nueve meses de prisión. Dardo Cabo, Alejandro
Giovenco y Juan Carlos Rodríguez permanecieron tres años en prisión debido a sus
antecedentes político-policiales como militantes de la Juventud Peronista.
La casi aristocrática María Cristina Verrier, hija de un juez, y el medio
plebeyo Dardo Cabo, hijo de un legendario dirigente gremial, se casaron en la
cárcel. El resultado de esa unión en cautiverio fue una niña llamada María.
El 22 de noviembre de 1966, los integrantes del comando fueron enjuiciados en
Bahía Blanca. Como el secuestro de aviones aún no estaba penalizado en
Argentina, los cargos de la fiscalía fueron privación de la libertad, tenencia
de armas de guerra, delitos que comprometen la paz y la dignidad de la Nación,
asociación ilícita, intimidación pública, robo calificado en despoblado y
piratería. Así trató la dictadura militar del general Onganía al grupo de
jóvenes patriotas, a quienes definió como facciosos. Y casi cuatro décadas
después, ningún libro de historia o manual escolar recuerda la gesta.
La encrucijada de los años de plomo
La vorágine de los años 70, efímera y feroz, provocó que los miembros del grupo
comando tomaran diversos rumbos políticos. Cuatro después del Operativo Cóndor,
unos lucharon por la patria socialista y otros por la patria peronista.
El 20 de junio de 1973, cuando el general Juan Domingo Perón regresó
definitivamente a Argentina y lo que debió ser una histórica fiesta popular se
transformó en una orgía de pólvora y sangre, una parte de ellos estuvo arriba
del palco de Ezeiza y el resto permaneció abajo, cuerpo a tierra.
Aquellos jóvenes idealistas que en la primavera de 1966 se convirtieron en
hombres de acción y se jugaron la vida en las Islas Malvinas unidos por el amor
a esa porción de patria desmembrada, fueron desunidos por recíprocas acusaciones
de infiltrados. Unos terminaron como guardaespaldas en sindicatos del peronismo
ortodoxo; otros, ingresaron a organizaciones guerrilleras. En cierta ocasión el
escritor Osvaldo Soriano resumió este desencuentro con pocas palabras : ¡Viva
Perón!, gritaba el que disparaba su arma de fuego. ¡Viva Perón!, exclamaba el
que moría.
Hoy sobreviven 11 cóndores. De los siete que ya no están, sólo dos fallecieron
de muerte natural o enfermedad. Los cinco restantes, de un lado y de otro,
murieron en forma violenta. Hoy, a la distancia, quizá sea cierto lo que
escribió el brasileño Jorge Amado en Los viejos marineros: -Cuando un hombre
muere, se reintegra a su respetabilidad más auténtica, aunque se haya pasado la
vida haciendo locuras: la muerte apaga, con mano de ausencia, las manchas del
pasado, y la memoria del muerto fulge como un diamante.
Misiones silenciosas
A fines de 1996, un periodista amigo me propuso que escribiéramos un libro sobre
el Operativo Cóndor, y en eso estamos. En mi caso, deseo que los nombres de
aquellos 18 muchachos figuren con letras destacadas en la historia argentina del
siglo XX, sin importar los senderos por los que se bifurcaron sus vidas. Entre
febrero de 1997 y marzo de 2000 entrevistamos a los sobrevivientes, a familiares
y amigos de los muertos, a militantes de la época, a periodistas. El resultado
se titulará Vuelo de cóndores. Y llevará un subtítulo: El día que los muchachos
peronistas hicieron flamear banderas argentinas en las Islas Malvinas. En esos
tres años de investigación nos enteramos que hubo otros jóvenes nacionalistas
tras bambalinas que suministraron apoyo desde Buenos Aires al operativo en
Puerto Stanley. En este momento quiero mencionar sólo a tres: Américo Rial,
Emilio Abras y Rodolfo Pfaffendorf.
Los periodistas Rial y Abras, militantes del Movimiento Nueva Argentina (MNA),
trabajaban en Crónica. Junto con Dardo Cabo, entonces también miembro del MNA,
convencieron antes del Operativo Cóndor a Héctor Ricardo García, director del
diario, de viajar en el DC-4 de Aerolíneas Argentinas. Después, aprovecharon su
ausencia para convertir al periódico en el principal medio propagandístico de la
hazaña.
En la quinta edición de la tarde de aquel 28 de septiembre Crónica tituló a ocho
columnas: Secuestran un avión en vuelo y ocupan las islas Malvinas.Y abajo se
lee: -Reeditando la hazaña del gaucho Rivero (...) un puñado de jóvenes
argentinos, tras una audaz operación de comando (la denominaron Cóndor) cumplida
a bordo de un DC-4 de Aerolíneas Argentinas en viaje a Río Gallegos, hicieron
desviar la máquina hacia Puerto Stanley (desde ahora Puerto Rivero), ocuparon la
isla, emitieron un comunicado y dieron a conocer una proclama. La noticia causó
sensación en todo el ámbito nacional y a nivel mundial.
Los compañeros de los cóndores en Buenos Aires querían publicar también en La
Razón, un importante diario de la tarde. En la noche del 27 de septiembre, Rial
hizo una gestión para que Félix Laíño, el famoso editor del vespertino,
recibiera a Pfaffendorf, otro militante del MNA. Pfaffendorf le llevó una
carpeta con comunicados, fotos de los 18 integrantes del comando y sus datos
biográficos. Laíño dudó en publicar algo sobre un hecho que aún no había
sucedido.
-Dijo que no podía jugar el diario en algo que no estaba seguro, me relató
Pfaffendorf una tarde en 1997. -¡Y yo le di mi cédula de identidad como
garantía! Me creyó. Nuestros comunicados salieron en la tapa de la quinta
edición de La Razón. Para no comprometerme, Laíño me describe como un joven de
27 años, padre de dos hijos.
-Si en medio del combate cayeras, compañero
El 28 de septiembre de 1966 me faltaban un mes y 10 días para cumplir 18 años.
Al atardecer de aquella jornada, enterado de las noticias, salí espontáneamente
a la calle. En el centro de la ciudad me uní a otros jóvenes que no conocía.
Llegamos a la Plaza San Martín, donde está la sede de la cancillería argentina,
gritando consignas nacionalistas. A la noche, cinco o seis muchachos terminamos
presos en una comisaría del elegante Barrio Norte. Todos éramos menores y los
policías nos trataron bien. O mejor dicho: no nos trataron mal. Tomaron nuestros
datos y nos permitieron salir. Creo que hasta los canas estaban un poco
eufóricos aquella noche. Mientras caminaba hacia mi casa, yo no podía imaginar
que más de 30 años más tarde me convertiría en amigo de Américo Rial y Rudy
Pfaffendorf.
Fueron ellos quienes me contaron que aquella misma noche tres militantes del
Movimiento Nueva Argentina se subieron a un destartalado Citröen y decidieron
pasar frente al consulado inglés. Los hoy muertos Jorge Money y Miguel Angel
Castrofini, junto con un tercero que aún vive y que estuvo fugazmente vinculado
a la guerrilla de los Uturuncos, llevaban una ametralladora PAM que había
pertenecido a la Resistencia Peronista. Al pasar frente a la delegación
diplomática, vieron luz en una ventana y dispararon una ráfaga. Al día siguiente
leyeron en los diarios que cinco balas se habían incrustado en la pared de un
salón. Y que diez minutos antes el príncipe Felipe de Edimburgo había estado
parado exactamente ahí. Seguramente charlaba sobre su partido de polo con Juan
Carlos Onganía.
Años después, se cumpliría -una vez más- el doloroso paradigma que enfrentó a ex
camaradas de una misma generación, separados por ideología, unidos por vocación
de patria y pueblo. El 8 de marzo de 1974, Titi Castrofini fue ultimado a tiros
en la puerta de su casa por un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo 22
de Agosto (ERP-22). El 18 de mayo de 1975, el periodista y poeta Jorge Money fue
asesinado por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A). Money trabajaba en
el diario La Opinión, de Jacobo Timmerman, y era simpatizante del ERP-22.
En los años 70, el ERP imprimió algunos pequeños afiches con el siguiente poema:
Al pie de nuestros muertos
una flor crece.
Nuestra mano la recoge,
nuestro fusil la protege.
Una década antes, el MNA había hecho suyas estas otras estrofas:
Si en medio del combate
cayeras, camarada,
con el azul y blanco
tu cuerpo cubriré,
y besada por luna
de montes y de pampas,
en la tierra que descansas
florecerá el laurel.
Fuente:
www.rodelu.com
Operativo
Cóndor en las Malvinas, anticipo de los ’70
Por Adrián Figueroa Díaz (2006)
Hace 40 años, un grupo de jovenes peronistas realizoel Operativo Cóndor. El 28
de septiembre de 1966, dieciocho jóvenes estudiantes y obreros asestaron un
golpe a la flamante dictadura de Juan Carlos Onganía: secuestraron un avión de
línea, lo aterrizaron en las Islas Malvinas y allí izaron siete banderas
argentinas que flamearon durante 36 horas. Reclamaron la soberanía sobre ese
territorio y aguardaron que un sector del Ejército aprovechara esa irrupción y
desembarcara en las islas para recuperarlas. Dos de los once militantes que
sobrevivieron a ese hecho –y a lo que vino después– relataron a Página/12 aquel
hecho con el objetivo de “ponerlo en la memoria popular, el lugar donde siempre
debió estar”.
“Lo nuestro fue más lírico que lo de los pibes de 1982; fuimos por convicción
nacional”, compara Pedro “Tito” Bernardini, uno de los diecisiete militantes que
volaron bajo el mando del dirigente Dardo Cabo. “No se trató de un hecho
delictivo, porque no delinque quien exige lo que es suyo”, aclara Norberto
Karasiewicz, otro de los sobrevivientes.
El Operativo Cóndor, primer secuestro aéreo del país, se gestó tres años antes
de su concreción. “Hubo que trabajar bastante para obtener medios y hacer
operativos económicos. ¿Se entiende a qué me refiero?”, confía Bernardini con un
gesto de complicidad.
Veinte fueron los elegidos para el operativo, entre militantes nacionalistas y
de la JP, algunos de los cuales se sumaron mas tarde a la combativa JP de los
‘70, en tanto que otros, como Alejandro Giovenco, militaron en la ultraderecha .
La logística se basó en tareas de inteligencia que CristinaVerrier, tercero al
mando del operativo, había hecho durante unos viajes a Malvinas como turista. La
instrucción militar había sido adquirida junto a quienes luchaban por el retorno
de Juan Domingo Perón.
Antes de partir, el grupo estuvo “encerrado” tres días en un camping de la UTA,
en Ituzaingó: “Dos días fueron de retiro espiritual, porque sabíamos que era una
misión de la que por ahí no volvíamos; de hecho, dos compañeros desertaron”,
admite el “Flaco” Karasiewicz.
Todo bajo control
La elección del día se basó en dos hechos. Estaba en el país el esposo de la
reina de Inglaterra, Felipe de Edimburgo, en carácter de presidente de la
Federación Ecuestre Internacional. Y el contralmirante José María Guzmán debía
volar al territorio del que era gobernador, Tierra del Fuego e Islas del
Atlántico Sur.
“Teníamos todo listo, los fierros cortos encima y la ferretería (las armas
largas) en las bodegas”, resume Bernardini. Cada uno de los dieciocho comandos
tenía una misión. Ningún imprevisto podría sorprenderlos. Pero al Flaco se le
escapó uno: el día del viaje, su esposa dio a luz su primera hija. “Me enteré y
tuve la necesidad de verlas. Cuando me despedí les dije: ‘Mañana vengo a la hora
de la visita’. Y salí”, rememora. Al otro día, no apareció. Sí lo hicieron
periodistas ávidos de conocer a Malvina, la hija del hombre que por esas horas
tomaba las islas.
“Muchachos, aunque nos cueste la vida. Lo de menos es que nos lleven presos a
Inglaterra. Lo más glorioso, que caigamos en el intento”, dijo Dardo Cabo antes
de salir.
Partieron a la 0.30 del día 28 en un Douglas DC4 del vuelo 648 Buenos Aires-Río
Gallegos de Aerolíneas Argentinas. Iban 48 pasajeros. Durante el vuelo, Dardo
Cabo y Alejandro Giovenco, el segundo al mando, entraron armados a la cabina y
ordenaron el cambio de rumbo al comandante Ernesto Fernández García. El piloto
excusó falta de autonomía de vuelo. “Pero nosotros sabíamos que había
combustible suficiente. Se le ordenó que tomara el rumbo 105 en Puerto San
Julián y girara a la izquierda para abrirse del continente. Y lo hizo”, cuenta
Karasiewicz, a quien también llamaban “Curumanqué”.
Carlos Rodríguez y Pedro “La Yegua” Cursi se acercaron al gobernador Guzmán y le
anunciaron: “Contralmirante, el avión ha sido tomado. Vamos a Puerto San Julián
rumbo a Malvinas”. El militar no lo creyó, tensó una discusión y su edecán se
levantó e “intentó sacar una (pistola) 357, de la que después nos apoderamos
–sonríe el Flaco–. Uno de los compañeros le dio un golpe. Guzmán quedó
quietito”.
A las 8.42, aterrizaron en Puerto Stanley, detrás de la casa del gobernador
inglés sir Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard (ausente ese día), sobre una pista
para carreras hípicas. Abrieron las puertas, se tiraron con sogas, desplegaron
delante del avión en forma de abanico e izaron siete banderas argentinas.
El suceso convocó a kelpers y jefes de la milicia de la isla, inmediatamente
tomados como rehenes “hasta tanto el gobernador inglés reconozca que estamos en
territorio argentino”, advirtió Dardo Cabo desde la radio del avión. Bajo esa
presión, se aprestaron a cantar el Himno Nacional. “Quisimos entregarle la
autoridad a Guzmán, pero nos dio la espalda y se negó a cantar”, reniega
Karasiewicz.
De pie y frente a la mirada de todos, Cabo proclamó: “Ponemos hoy nuestros pies
en las Islas Malvinas argentinas para reafirmar con nuestra presencia la
soberanía nacional y quedar como celosos custodios de la azul y blanca (...) O
concretamos nuestro futuro o moriremos con el pasado”. Luego rebautizó al lugar
como Puerto Rivero, en homenaje al gaucho Antonio Rivero que en 1833 se alzó
contra los ingleses y gobernó las islas por unos meses.
Para Tito Bernardini, “izar la bandera y cantar la Marcha de San Lorenzo, Aurora
y el Himno fueron cosas muy emotivas”.
Una hora después del aterrizaje, Cabo avisó al continente: “Operación Cóndor,
cumplida”. Los medios de comunicación británicos y argentinos se hicieron eco
del hecho, hasta el avión de un periódico intentó llegar a las islas, pero la
Fuerza Aérea lo obligó a volver al continente. Cientos de militantes se
movilizaron en varias ciudades y el flamante dictador, sobresaltado, se preocupó
en calmar las intranquilas aguas diplomáticas, por entonces a cargo de su
canciller, Nicanor Costa Méndez, el mismo de la aventura de Malvinas de 1982.
El objetivo trunco
El reclamo de soberanía se había cumplido. De antemano, los integrantes del
grupo sabían que en algún momento debían deponer las armas y luego morir o ser
juzgados. Pero la esperanza era otra, un segundo objetivo aún más lírico: que
militares nacionalistas desembarcaran en la isla y la tomaran.
“Ese objetivo logístico no se cumplió porque el capitán de la nave Bahía Buen
Suceso, que debía entrar a buscarnos en Puerto Rivero, tuvo miedo y llegó hasta
la milla de distancia que permiten las normas internacionales; fue una falla de
Onganía”, interpreta Pedro. Es que cuando se conoció el operativo, el dictador
advirtió a sus camaradas que se juzgaría a quien se vinculara con el operativo.
Por una mediación del cura de la isla, el holandés Rodolfo Roel, los pasajeros
fueron alojados en viviendas civiles mientras los militantes resistían bajo una
fuerte lluvia. Unos 30 mercenarios belgas e ingleses, policías y civiles armados
rodeaban la nave y exigían la rendición. No hubo ningún disparo y, 48 horas
después, la resistencia terminó. “No nos entregamos ni nos rendimos, ‘depusimos’
la actitud –enfatiza Karasiewicz—-. El reclamo de soberanía se había hecho y no
tuvimos el apoyo de las tropas argentinas. Entonces, ante el comandante
(Fernández García), la única autoridad que reconocimos, depusimos las armas.”
El grupo firmó un acuerdo en el que también intervino el cura Roel, que antes
había celebrado una misa en el avión para los miembros del comando. Después
fueron hospedados en la iglesia del puerto durante una semana hasta que fueron
trasladados al buque Bahía Buen Suceso, el ansiado buque, en una lancha
carbonera.
Una vez resuelta la tensión, el gobierno de Onganía emitió un comunicado en el
que expresó que “la recuperación de Malvinas debe ser resuelta por la vía
diplomática y no por un acto de piratería”.
Los dieciocho jóvenes de entre 18 y 32 años, a quienes la CGT calificó de
“héroes”, fueron llevados al penal de Ushuaia y luego juzgados en Tierra del
Fuego. Como ése había sido el primer secuestro aéreo y en el país no había
jurisprudencia al respecto, las figuras con que se los condenó fueron privación
ilegítima de la libertad, portación de arma de guerra, asociación ilícita,
piratería y robo en descampado. Tres años de prisión fue la condena para abo,
Giovenco y Rodríguez; para el resto, nueve meses.
Lo último que supieron del Douglas DC4 es que fue llevado al Paraguay durante la
última dictadura militar. De la isla no se trajeron nada, “no vaya a ser cosa
que nos acusen de ladrones”, argumenta Pedro.
“En estos años de vida que nos quedan nuestra misión es rescatar la memoria”, de
los que cayeron y los que siguen. “Muchos estamos desocupados, con hijos y
nietos, y quedamos fuera del sistema –lamenta Pedro–. A veces nos llaman para
condecorarnos y sacar réditos políticos. Lo único que pedimos es una reparación
histórica.” Lo mismo pide el Flaco Karasiewicz, que además confiesa que a veces,
en su modesta casa de Villa Martelli, se mira al espejo y se dice: “Pensar que
soy un héroe, y soy de carne y hueso”.
Las historias que siguieron
El jefe del Operativo Cóndor fue Dardo Cabo, por entonces de 25 años, una de las
figuras más renombradas de la resistencia peronista, fusilado en 1977. Tambien
fueron desaparecidos durante la ultima dictadura, igual que Pedro Cursi y
Edgardo Jesús Salcedo. Juan Carlos Rodríguez fue asesinado por la Triple A. Aldo
Omar Ramírez y Ramón Adolfo Sánchez fallecieron por causas naturales, una vez
recuperada la democracia.
Once son los sobrevivientes: la compañera de Cabo, María Cristina Verrier, que
hoy tiene 67 años; Fernando José Aguirre (60), Edelmiro Ramón Navarro (67),
Andrés Ramón Castillo (63), Juan Carlos Bovo (61), Víctor Chazarreta (72), Luis
Francisco Caprara (60), Ricardo Alfredo Ahe (60) años, Fernando Lizardo (60),
Norberto Eduardo Karasiewicz (61) y Pedro Bernardini (69).
Fuente: Página/12, 28/08/06
El
"cóndor" que
desapareció de mi artículo
Roberto Bardini
Hace pocas semanas publiqué en RODELU un artículo de casi 4 mil palabras
titulado "El vuelo de los cóndores". Fue un homenaje a aquellos 18 jóvenes –una
mujer y 17 varones– que el 28 de septiembre de 1966, durante la dictadura del
general Juan Carlos Onganía, desviaron un avión en pleno vuelo, aterrizaron en
las Islas Malvinas y durante 36 horas hicieron ondear al viento banderas
argentinas.
Bueno, el asunto es que después de corregir ese artículo me "comí" un párrafo de
cinco líneas. Y en ese párrafo figuraba el nombre de uno de los muchachos, que
no apareció mencionado. No fue un olvido, sino un involuntario error técnico: en
el apuro, uno aprieta la tecla DELETE cuando debe apretar SAVE, o algo así. Una
de esas fallas más o menos habituales en esta era tecnológica que si llegan a
ocurrir durante un concierto de rock o la transmisión de un partido de fútbol a
uno lo linchan.
Por suerte, en este caso uno puede enmendar el error con una aclaración, una
posdata o una fe de erratas. Yo lo haré con un artículo-presentación.
Permítanme, entonces, que les hable del joven que desapareció de mi trabajo: se
llama Andrés Castillo y en la época del Operativo Cóndor tenía 23 años. Fue el
último en unirse al grupo comando y el primero en descender en suelo malvinense.
Como muchos adolescentes argentinos de la década del 60, Castillo –nacido el 2
de noviembre de 1942– había pasado por el movimiento Tacuara: "En el barrio no
me acuerdo quién de nosotros se conecta con grupos nacionalistas y tenemos
contacto con Tacuara", relató en Historia de la Juventud Peronista 1955-1988
(Oscar Anzorena, Ediciones del Cordón, Buenos Aires, 1989). "Casi todos los
chicos del barrio entran a Tacuara (...), que levantaba la violencia como
elemento de militancia y para nosotros era una cosa buenísima, algo en lo que
creíamos. A partir de esto cae entre nosotros una serie de bibliografía, incluso
fascista; leemos a José Antonio Primo de Rivera y tenemos una corrida hacia la
derecha sin saber qué era la derecha, ni qué era el peronismo, ni la izquierda,
ni qué era nada. (...) Nos integramos por el tema del nacionalismo, de la
violencia, de la verdad de los puños y las pistolas por encima de lo racional,
que prendía en nosotros".
En 1961 se produjo un desprendimiento en Tacuara, encabezado por dos militantes
de sus Brigadas Sindicales: Dardo Cabo y Edmundo Calabró fundaron el Movimiento
Nueva Argentina (MNA), que se definía como peronista. El lanzamiento oficial del
nuevo grupo fue el 9 de junio de aquel año, en conmemoración del levantamiento
dirigido en 1956 por el general Juan José Valle contra la "revolución
libertadora".
El MNA nació en el Café "Matheu", en el popular barrio de Once, con siete
miembros iniciales. Además de Cabo y Calabró, los primeros en llenar las fichas
de afiliación fueron Andrés Castillo, Américo Rial, Rodolfo Pfaffendorf, López
Vargas y Antonio Arroyo. El MNA se transformó en uno de los grupos más numerosos
y activos de la Juventud Peronista.
Al atardecer del 27 de septiembre de 1966, Castillo salió de su trabajo en la
Caja de Ahorro y se encontró para tomar un café con Pfaffendorf cerca del Luna
Park. Allí se enteró que el Operativo Cóndor estaba en marcha. "Yo quiero
participar", dijo y se fue hasta el aeroparque en taxi. Como era primavera,
vestía un delgado traje Príncipe de Gales y mocasines. Tras una breve
conversación con Dardo Cabo, jefe del comando, logró subir al avión Douglas DC-4
y fue el primero en bajar de la aeronave en Puerto Stanley, capital de las
Malvinas. Luego del operativo, los integrantes del grupo permanecieron presos
nueve meses en el sur argentino. Castillo se casó en la cárcel.
A comienzos de la década del 70, el ex militante del MNA fue uno de los
fundadores de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), vinculada a Montoneros.
Fue dirigente bancario y luego del golpe militar del 24 de marzo de 1976
permaneció desaparecido en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).
A las cuatro de la tarde del 19 de mayo de 1977, Castillo fue secuestrado por un
grupo de hombres vestidos de civil e introducido a golpes en una ambulancia. En
el vehículo le colocaron una capucha en la cabeza y le ataron los brazos y las
piernas con grilletes de acero. Lo llevaron a la ESMA, donde fue torturado
durante cinco días, en sesiones que duraban entre diez y doce horas. Uno de sus
interrogadores fue el capitán de corbeta Jorge Eduardo Acosta, alias El tigre.
Posteriormente vivió exiliado en Venezuela y España.
Hoy, con 60 años de edad, Andrés Castillo continúa haciendo política con la
misma pasión que en su juventud. En el peronismo, muchos lo consideran un
"histórico". Como ven, no es justo que un personaje de este calibre desaparezca
dos veces: una, en la ESMA; otra, en un artículo de homenaje. Honor a quien
honor merece.
17 de octubre de 2003
© Roberto Bardini
Copyright © 2003 Movimiento Bambú
bambupress@iespana.es
El
primer secuestrador aéreo de la historia argentina fue un tresarroyense
El Periodista, Tres Arroyos, 2002
Noticias de un secuestro
Un tresarroyense dirigió, el 28 de setiembre de 1966, el primer secuestro aéreo
de la historia nacional. Dardo Cabo, al frente de un grupo de 17 hombres, tomó
un avión de Aerolíneas Argentina y lo desvió de su ruta regular entre Buenos
Aires y Río Gallegos, rumbo a las Islas Malvinas. En el archipiélago, en poder
de Inglaterra, plantaron banderas argentinas y reclamaron simbólicamente la
soberanía. A 37 años de aquel episodio, conocido como Operativo Cóndor, "El
Periodista" reconstruye los pasos del vecino que, diez años más tarde, fue
asesinado por la dictadura militar
Por Lucas Martínez y Marcelo Rivas
La noticia conmocionó a la opinión publica e incomodó al gobierno de facto
presidido por Juan Carlos Onganía, quien había derrocado al Presidente Arturo
Illia. El miércoles 28 de septiembre de 1966 dieciocho jóvenes obreros y
estudiantes, pasajeros del vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas que unía Buenos
Aires-Río Gallegos, desviaron la aeronave hacia las Islas Malvinas con el fin de
recuperar simbólicamente la soberanía y generar contradicciones en el flamante
gobierno. Se consumaba así el "Operativo Cóndor".
Ni bien se conoció el episodio, los diarios nacionales informaron que entre los
tripulantes se encontraba "el dirigente de la Juventud Peronista, Eduardo Cabo".
No era Eduardo, sino el tresarroyense Dardo Manuel Cabo, quien efectivamente
comandaba el operativo.
Sus integrantes, autodenominados "cóndores", tenían entre 18 y 32 años y
militaban en diferentes agrupaciones nacionalistas y peronistas. También había
sido invitado el periodista del diario "Crónica" y director de la Revista "Así",
Héctor García y entre los pasajeros se encontraba el Contralmirante José María
Guzmán, gobernador del, por ese entonces, Territorio Nacional de Tierra del
Fuego e Islas del Atlántico Sur, quien por fin se encontraba en parte del suelo
argentino que supuestamente gobernaba y nunca había imaginado pisar.
"Les informamos que nos quedamos a vivir en tierra Argentina e invitamos al
gobernador a plegarse bajo nuestra bandera", fueron las palabras que Cabo
escribió en la proclama que entregaron al gobernador inglés.
Puerto Rivero
Dardo Cabo nació en Tres Arroyos el 1 de enero de 1941, era hijo de Armando
Cabo, trabajador de la fábrica Istilart, Secretario General de la C.G.T regional
y uno de los principales colaboradores de Eva Duarte de Perón. A los pocos años
sus padres se separaron y se radicó en Buenos Aires junto a su madre, María
Campano. En la capital fue pupilo en el Colegio San José de Calasanz, ubicado en
pleno barrio de Once. Antes de abandonar la niñez ya conocía muy bien lo que era
la persecución política y frecuentemente "desensillaba", aconsejado por Armando,
y viajaba a Tres Arroyos para disfrutar de la protección de sus tíos y la
tranquilidad del pueblo natal.
A las 8:42 del miércoles 28 de septiembre, el avión DC4, con bandera Argentina,
aterrizó en una despareja pista para carreras hípicas, ubicada detrás de la casa
del gobernador. Inmediatamente los habitantes de las islas se acercaron a
observar aquel extraño suceso, mientras que dos vehículos se ubicaron en los
extremos del avión para impedir que retome vuelo.
Ante la mirada de todos, los "cóndores" bajaron armados y colocaron -en
diferentes lugares de la pista-, siete banderas argentinas que flamearon por más
de 24 horas en Puerto Stanley.
Rebautizaron el lugar como Puerto Rivero, en homenaje al gaucho entrerriano que
gobernó las Islas Malvinas durante varios meses entre 1833 y 1834 luego de
rebelarse, boleadoras y facón en mano, junto a ocho compañeros, contra los
invasores ingleses que los mantenían trabajando en condiciones infrahumanas.
La aventura de los jóvenes incomodaba al gobierno de la "Revolución Argentina"
que se definía como nacionalista y sin embargo estrechaba sus vínculos con
Inglaterra y Estados Unidos. Se cumplían tres meses de la asunción al poder de
Onganía y el canciller Costa Méndez reclamaba formalmente por las Islas en la
reunión anual de las Naciones Unidas. También en ese momento se encontraba en el
país el príncipe Felipe, esposo de la reina de Inglaterra, en una visita no
oficial, como presidente de la Federación Ecuestre Internacional, con motivo del
Campeonato Mundial de Hipismo que se iba a realizar en Argentina.
Ante la aprobación popular por el "Operativo Cóndor", el gobierno emitió el 29
de septiembre un comunicado donde destacaba que "la recuperación de las Islas
Malvinas no puede ser una excusa para facciosos". Igualmente las adhesiones no
tardaron en aparecer. Las ciudades de Buenos Aires, La Plata y Córdoba, entre
otras, fueron escenarios de numerosas manifestaciones populares donde se
festejaba la osadía de los jóvenes.
Regreso con "pena"
Cabo inició su militancia política a muy temprana edad, padeciendo la cárcel
durante la Revolución Libertadora en 1955 que depuso al General Juan Domingo
Perón y fue nuevamente detenido durante el gobierno de Arturo Frondizi. A
comienzos de la década del '60 fundó el "Movimiento Nueva Argentina", de clara
tendencia nacionalista y peronista, y años después se alineó con "Descamisados"
donde creó el periódico de la agrupación, que llegó a ser el más influyente de
la resistencia peronista. Iniciados los años setenta pasó a formar parte de
Montoneros y logró el tan esperado retorno del General Perón.
Casi 48 horas después del aterrizaje en las islas, los integrantes del plan
Cóndor depusieron su actitud, entregaron sus armas y fueron alojados en la
Iglesia de Puerto Rivero, bajo la protección del sacerdote del lugar, Rodolfo
Roel ,quién incluso les dio una misa en castellano en el avión. El barco de la
Armada Argentina, Bahía Buen Suceso, fue el encargado de hacerlos volver al
continente donde no los esperaban las condecoraciones sino las frías cárceles
patagónicas. El Juez Federal de Tierra del Fuego, Miguel Angel Lima, procesó a
los integrantes del Operativo en atención a los delitos de privación de la
libertad personal calificada y tenencia de armas de guerra, por los que
finalmente fueron condenados a distintas penas el 26 de Junio de 1967. Esta
sentencia fue confirmada por la Cámara Federal de Bahía Blanca, el 13 de octubre
de ese mismo año. Sobre el tresarroyense recayó la pena más extensa, no sólo por
ser el jefe de la operación, sino también por contar con antecedentes
policiales.
Se casó estando en la cárcel, con María Cristina Verrier, la única mujer que
protagonizó el Operativo Cóndor, y tuvieron una hija a la que llamaron María,
igual que la abuela paterna. Cabo murió 10 años después de pisar Malvinas, el 5
de enero de 1977, cuando acababa de cumplir 36 años y padecía su cuarto período
en prisión. Fue cobardemente fusilado por la dictadura militar en un "traslado"
desde la penitenciaría Nº 9 de la ciudad de La Plata. Oficialmente se informó
que había resultado abatido en un intento de fuga.
Cuando en 1982 el gobierno militar tomó la decisión de recuperar las Islas,
dispuso por decreto que Puerto Stanley pasara a llamarse Puerto Argentino, a
pesar de que en la sociedad estaba instalada la denominación de Puerto Rivero.
Paradojas de la historia, dieciséis años después de la gesta de Dardo Cabo y sus
compañeros, Costa Méndez ocupaba el mismo cargo de canciller. Tanto el gaucho
entrerriano, abatido durante los heroicos combates de Vuelta de Obligado, como
el cóndor tresarroyense, asesinado por la última dictadura militar, intentaron
ser eliminados de la memoria de los argentinos. Sin embargo, hoy forman parte de
la lista de hombres imprescindibles, siguiendo la clasificación de Bertold
Brecht, que lucharon toda su vida.
Los "cóndores"
Estas fueron las 18 personas que formaron parte del "Operativo Cóndor", con sus
edades y ocupaciones al momento del hecho: Dardo Manuel Cabo, 25 años,
periodista y metalúrgico; Alejandro Armando Giovenco, 21, estudiante (subjefe
del grupo); Juan Carlos Rodríguez, 31, empleado; Pedro Tursi, 29, empleado; Aldo
Omar Ramírez, 18, estudiante; Edgardo Jesús Salcedo, 24, estudiante; Ramón
Adolfo Sánchez; María Cristina Verrier, 27, periodista y autora teatral;
Edelmiro Ramón Navarro, 27, empleado; Andrés Ramón Castillo, 23, empleado; Juan
Carlos Bovo, 21, obrero metalúrgico; Víctor Chazarreta, 32, metalúrgico; Pedro
Bernardini, 28, metalúrgico; Fernando José Aguirre, 20, empleado; Fernando
Lizardo, 20, empleado; Luis Francisco Caprara, 20, estudiante de ingeniería;
Ricardo Alfredo Ahe, 20 estudiante y empleado y Norberto Eduardo Karasiewicz,
20, obrero metalúrgico
Fuente: www.elperiodista3a.com.ar
Recordando
a Dardo Cabo
CUANDO LA BANDERA ARGENTINA FLAMEO 36
HORAS EN LAS ISLAS MALVINAS
Fue el 28 de Septiembre de 1966. Un grupo de 18 jóvenes estudiantes, obreros y
sindicalistas, desvió un avión de Aerolíneas Argentinas y aterrizó en Malvinas.
Allí, hicieron flamear la bandera argentina durante treinta y seis horas, antes
de entregarse a las autoridades católicas en las islas. La Justicia Federal los
condenó.
Contexto
Ese día, un grupo armado de 18 jóvenes desvió un avión de Aerolíneas Argentinas
hacia las Islas Malvinas, donde la Bandera Nacional flameó por treinta y seis
horas. El avión Douglas DC4 con destino inicial a Río Gallegos, partió de
aeroparque a las 00:34 horas.
Su comandante era Ernesto Fernández García, y viajaban como pasajeros, entre
otros, el gobernador del por ese entonces Territorio Nacional de Tierra del
Fuego, contralmirante José María Guzmán, Luciano Preto y su hijo Daniel Preto
(hermano del hoy senador nacional por Tierra del Fuego Ruggero Preto).
Los jóvenes que montaron el operativo, en su mayoría empleados metalúrgicos
militantes de partidos nacionalistas, fueron condenados a su regreso por la
Justicia Federal argentina. Pero a pesar de que se los consideró delincuentes,
muchos interpretan su audaz acción como una verdadera gesta patriótica, quizá la
primera que reivindicó los derechos soberanos argentinos sobre las Malvinas.
Aunque los libros de historia y los manuales escolares casi no hagan mención a
ello.
Rumbo a Malvinas
El Operativo Cóndor fue comandado por Dardo Manuel Cabo, periodista, metalúrgico
y activo militante nacionalista de aquellos años. Con él actuaron Fernando
Aguirre, Norberto Karasiewicz, Andrés Castillo, Luis Caprara, Victor Chazarreta,
Ricardo Ahe, Juan Bovo, Edelmiro Navarro, Ramón Sánchez, Pedro Tursi, Juan
Rodríguez, Pedro Bernardini, Alejandro Giovenco Romero, Fernando Lisardo,
Edgardo Salcedo, Aldo Ramírez y María Cristina Verrier.
El Dr. José Salomón, abogado fueguino que patrocinó a buena parte de estos
jóvenes, recordó en un articulo reciente que según consta en el expediente
aproximadamente a las seis de la mañana, y ya sobrevolando la ciudad de Santa
Cruz, el grupo tomó el avión y previo a conversar con el comandante -que alegaba
falta de combustible- lo obligó a tomar rumbo 105 con destino a las Islas
Malvinas. A los pasajeros se les comunicó, para no atemorizarlos, que se
regresaba a Comodoro Rivadavia.
Por su parte, en la acusación del Fiscal Federal de Tierra del Fuego, Jorge
Torlasco, se sostiene que a pesar del manto de nubes existente, el piloto logró
encontrar las Islas, valiéndose de cierta deformación en dicho manto que lo
indujo a pensar que debajo debía haber tierra firme.
Entre claros pudieron divisar tierra, localizaron la ciudad, y luego de hacer
alguno virajes de reconocimiento, aterrizaron en una pista de carrera de
caballos, evitando distintos obstáculos que allí había. No bien se detuvo el
avión descendió el grupo de jóvenes armados, y procedió a colocar banderas
argentinas en las inmediaciones.
A las 9:57, en Puerto Rivero -después sería Puerto Argentino- Dardo Cabo firma
el siguiente comunicado: Operación Cóndor cumplida.
Pasajeros, tripulantes y equipo sin novedad. Posición Puerto Rivero, Islas
Malvinas, autoridades inglesas nos consideran detenidas. Jefe de Policía e
Infantería tomados como rehenes por nosotros hasta tanto gobernador ingles anule
detención y reconozca que estamos en territorio argentino...
El comunicado fue difundido por la radio del avión. Y a las 18 horas se
complementó con otro que decía: Informa Operación Cóndor: después de escuchar
misa en castellano dentro del avión, fueron liberados los rehenes ingleses.
El operativo según Héctor Ricardo García
Tal como lo recordó en su libro Cien veces me quisieron matar, fue el único
periodista en actividad que viajó acompañando al Operativo Cóndor. Dice este
medio que la audaz y muy riesgosa acción conmocionó no solo a nuestro gobierno
(ese mismo día el dictador Juan Carlos Onganía cumplía tres meses de mandato)
sino al mundo, provocando comentarios en toda la prensa.
Los 18 argentinos contaban con mucho y sofisticado armamento transportado
clandestinamente en el avión, pero el cansancio, la falta de alimentos y agua
los obligaron a rendirse.
El periodista describe lo que ocurrió después de que el sacerdote Rodolfo Roel
ofició la misa en el avión:
A las seis de la tarde, una fuerte lluvia comenzó a caer sobre la Isla. No
obstante, varios pobladores y los infantes de marina (ingleses) se daban a la
tarea de colocar grandes reflectores en las inmediaciones del avión, para poder
observar sin problemas los movimientos de los ocupantes de la máquina. Además,
el cerco armado ya estaba al máximo. En los siete jeeps ubicados detrás del
avión se habían apostado policías, infantes y pobladores armados; otro tanto en
los coches ubicados delante, mientras en lo alto del cerro tres carpas de
campaña revelaban que en su interior también había efectivos.
Se calcula que unos cien hombres, de los 120 habitantes de la Isla, estaban en
pié de guerra, pese a la inclemencia del tiempo y la fuerte lluvia, que cayó sin
tregua durante mas de dos horas. Mientras los 18 integrantes del comando se
encerraban en el avión, como único refugio para planear sus futuras acciones,
los tripulantes y pasajeros del vuelo 648 (que habían sido trasladados hasta el
centro de la ciudad para recibir alimentos y hospitalidad) disfrutaban de buenas
comodidades que les brindaron los habitantes.
A las 4:30 horas del 29 de Septiembre, se conoció un mensaje del gobernador
inglés de las Islas. En el mismo, el representante real expresaba: están
totalmente cercados; si intentan salir del avión, los soldados y policías tienen
ordenes de tirar. No respondemos por vuestras vidas. Es preferible que se
rindan. La respuesta del jefe del comando fue negativa.
Poco después de las 15, el padre Roel fue a visitar a los muchachos, como les
decía con temblorosa y suave voz, mezcla de ingles y castellano. Y allí, a
título personal, como siempre hablaba, les solicitó que entregaran sus armas y
se rindieran. La respuesta fue la de siempre: no estamos dispuestos a deponer
las armas. Finalmente se llegó a un pacto: los argentinos depondrían de su
actitud, siempre y cuando fueran acogidos por la Iglesia Católica, y quedaran
exclusivamente a cargo del padre Roel.
A las 17:00, todos los cóndores con el sacerdote y el comandante formaron junto
a la bandera argentina que estaba flameando desde la mañana anterior, y
procedieron a arriarla. Luego, con ella en brazos, entonaron el Himno Nacional
Argentino, de viva voz, mientras atónitos custodios ingleses, sin moverse de sus
puestos pero siempre con las armas listas, seguían con atención la emocionante
ceremonia. Media hora mas tarde, el comandante de la nave, Fernández García,
recibía sobre su avión todas las armas.
Las horas avanzaban y nada se sabía sobre la suerte de los integrantes del
operativo y la mía. Nadie podía precisar dónde seríamos juzgados. En Argentina o
en Inglaterra.
El 1 de octubre, los argentinos fueron transportados en una lancha carbonera
inglesa hasta el barco Bahía Buen Suceso. En ese momento Cabo tomó las siete
banderas argentinas, y tal como lo había prometido, en vez de bajar con ellas
enarbolándolas (como era la idea) las entregó al almirante Guzmán en una bolsa,
diciendo en la oportunidad las siguientes palabras: Señor Gobernador de nuestras
Islas Malvinas, le entrego como máxima autoridad aquí de nuestra patria, estas
siete banderas. Una de ellas flameó durante 36 horas en estas Islas y bajo su
amparo se cantó por primera vez el Himno Nacional.
El viaje desde las Malvinas hasta Tierra del Fuego se extendió desde las 19:30
horas del 1 de octubre hasta las 03:00 de la mañana del 3 de octubre, en que
llegaron a Ushuaia.
¿Delincuentes o patriotas?
El Juez Federal de Tierra del Fuego, Miguel Angel Lima, procesó a los
integrantes del Operativo Cóndor en atención a los delitos de privación de la
libertad personal calificada y tenencias de armas de guerra, por los que
finalmente fueron condenados a distintas penas el 26 de Junio de 1967.
Esta sentencia fue confirmada por la Cámara Federal de Bahía Blanca, el 13 de
octubre de ese mismo año, aunque algunas consideraciones de los jueces, citadas
por el Dr. Salomón, sugieren un espíritu distinto al de la condena.
Por ejemplo, la decisión judicial ordena la devolución de las banderas a su
propietario, Dardo Manuel Cabo.
El juez Lima sostuvo que ...las banderas argentinas, por el hecho de haber
tremolado sobre una porción irredenta de tierra de la Patria, no son ni pueden
ser consideradas instrumento de delito.
Por ello corresponde su oportuna devolución a quien ha demostrado actuar como su
propietario.
Y como el propio Salomón y los demás abogados defensores habían pedido que las
banderas sean entregadas al Museo Histórico Nacional, el juez Lima contestó que
cualquiera fuera la opinión del infrascrito, escapa a sus funciones disponer
sobre el destino solicitado. No pretendamos anticiparnos al juicio de la
Historia.
Dejemos a la posteridad lo que es de la posteridad. Solo el tiempo que acalla
las pasiones y afina las perspectivas es el capaz de dar su paso sereno e
imparcial.
Fuente: www.argenpress.info
La Operación Cóndor fue encabezada por Dardo Cabo y María Cristina Verrier, la
única mujer del grupo. En total participaron 18 personas en el operativo, entre
las cuales se encontraba EDELMIRO NAVARRO (en aquel momento tenía 27 años),
vecino de nuestro barrio de Villa Pueyrredón.
Así lo recuerda Edelmiro Navarro:
"Aquel 28 de septiembre de 1966 le dijimos a toda América y al mundo que
nuestras Islas ya no estaban solas y olvidadas como muchos creían.
Cuando asumí la responsabilidad de participar en "El Operativo Cóndor", no
titubeé un sólo instante. Siempre le estaré agradecido al Flaco Dardo Cabo por
haberme seleccionado para una empresa tan grande y hermosa; con él compartí mis
ideales, recuerdo aquellos días del ’55 cuando comenzaba la "Resistencia
Peronista". Todo era ganar o perder y desgraciadamente perdimos, teníamos pocos
recursos para la lucha.
Los hombres que integramos el Comando Cóndor aquel septiembre de 1966
proveníamos, en su mayoría, de una lucha canalizada a través del movimiento
peronista, nuestras metas en la vida se habían esfumado, dejamos trabajo,
estudios, ilusiones de adolescentes, baile, novia, todo, todo...nuestras vidas
fueron puestas al servicio del pueblo y de Perón.
Por eso mis pensamientos vuelan a nuestras Islas Malvinas y recuerdo aquellos
días. Pisar tierra malvinera es algo que te atrapa para siempre, ese olor del
mar con sus olas que acarician tu rostro, y esa neblina total que rodea la Isla
haciéndola inexpugnable.
Recuerdo cuando bajamos del avión al grito de
"LAS MALVINAS SON ARGENTINAS!!! VIVA LA PATRIA!!!"
El 2 de abril de 1982, fue un día especial, apoyamos el hecho, no a sus métodos
empleados por la jerarquía militar mandando al genocidio a cientos de niños,
soldados sin ninguna experiencia en la guerra.
Hablar de Malvinas es mirar el futuro, los días que vendrán serán los que
marcarán hacia dónde fueron los sacrificios, para que de una vez y para siempre
podamos imponer nuestra soberanía."
Luego de 5 días de soportar el frío y el hambre, fueron finalmente trasladados a
la cárcel de Ushuaia.
Nuestro homenaje, entonces, para quienes siguiendo los pasos del Capitán Rivero
– el Gaucho Rivero- hicieron flamear nuestra bandera en el suelo de nuestras
"hermanitas perdidas".
Fuente: www.elbarriopueyrredon.com.ar
Dardo Cabo y la muerte de Rucci
Por Horacio Poggi
La NAC&POP (*) inauguró el 2004
acercándonos un artículo en el que dos periodistas tresarroyenses recuerdan
aspectos biográficos de Dardo Cabo. Peronista legendario, valiente, heroico.
Inmortal descamisado. Polémico, audaz, creativo. Periodista de trinchera, de
fierro en mano, de pecho descubierto.
Vino el uno de enero de 1941 y se fue un 5, 6 o 7 también de enero de 1977,
cuando asesinar cobardemente era una persistente voluntad del poder dictatorial.
Dardo tenía dos corazones: uno para escribir y otro para llevar a la práctica la
ortodoxia revolucionaria. Corazón pensante. Corazón de fuego. Corazón de lucha.
Peleaba palabra por palabra. Basta con leer sus editoriales en la revista El
Descamisado.
Odiaba a los burócratas, los que ahora llamamos "gordos" sindicales. Dirigentes
gordos de obreros flacos. No era un antigremialista. Por el contrario,
reivindicaba al sindicato, pero en manos de sus legítimos dueños: los
trabajadores. Era proclive a recargar las tintas. La pasión sabe poco y nada de
equilibrios. Máxime en un contexto histórico de profundas divisiones en el
Movimiento Peronista.
Era tan peronista como José Ignacio Rucci. No se trata de instalar una
comparación de cambalache. Es una descripción. Los que se quedaron en los 70
quizá disientan, sea para hacer la apología del Petiso ("los que tiran de la
derecha") o la del Flaco ("los que tiran de la izquierda"). Mal que nos pese,
los dos, Dardo y José, forman parte de la historia del Peronismo. Cada uno con
sus identidades, con sus aciertos y sus errores. Cuesta hacer la síntesis, es
más fácil polarizar. Pero la polarización sirve a la división y ésta al enemigo
oligárquico, siempre agazapado, siempre medrando a costa de nuestras desmesuras
fratricidas.
El 2 de octubre de 1973 apareció el número 20 de El Descamisado, que dirigía
Dardo Cabo. Campo gráfico color amarillo. Letras negras. Volanta: Encrucijada
peronista. Título catástrofe: La muerte de Rucci. La nota-reflexión firmada por
Dardo arrancaba con una pregunta cargada de preocupación militante: "La cosa,
ahora, es cómo parar la mano". Y agregaba: "Pero buscar las causas profundas de
esta violencia es la condición. Caminos falsos nos llevarán a soluciones falsas.
Alonso, Vandor, ahora Rucci. Coria condenado junto con otra lista larga de
sindicalistas y políticos (...)"
En ningún momento de su exposición -cargada de reproches a la burocracia
gremial- Dardo reivindica el asesinato de Rucci. Algunos podrán colegir que es
para encubrir a sus autores, allegados a él. Sin embargo, su propósito superior
es auscultar en los orígenes de la violencia que enlutaba a los peronistas.
Trata de parar la pelota. De ir a las causas y no quedarse en los efectos
perniciosos.
Dardo utiliza elogios para los sindicalistas condenados y asesinados. Los
considera protagonistas de páginas gloriosas durante la Resistencia ("Vandor
bancó la mayoría de las células combativas", "Coria guardaba caños en Rawson
42", "Rucci no era mal tipo"). Y, por otro lado, esos mismos compañeros, son
repudiados por considerar que defeccionaron de la causa peronista, que dejaron
de ser dirigentes de obreros para ser socios de las patronales.
A Rucci le recrimina haber promovido la candidatura a gobernador de Manuel de
Anchorena. Es una recriminación hacia un hermano y no hacia un enemigo. Le duele
señalarle a un par de la Resistencia tamaña intrepidez. Para Dardo apoyar a
Anchorena es estar con la oligarquía terrateniente de Buenos Aires, es decir,
pararse en la vereda de enfrente. (Perón en lugar de Anchorena prefirió a Oscar
Bidegain, pero la UOM le impuso de vicegobernador a Victorio Calabró, que
terminó en el bando de los golpistas del 76. Paradojas por las que se pagaron un
precio demasiado elevado en vidas humanas).
El problema de ese momento, que Dardo aborda, es la muerte de compañeros de uno
y otro sector, a las puertas de la tercera presidencia de Perón. Cómo superar el
enfrentamiento, cómo abandonar esa locura constituyen sus preocupaciones
fundamentales.
Las críticas que le formulara a Rucci vivo, se renuevan en Rucci muerto, pero no
para regocijarse ante la sangre derramada sino para sincerar el debate y
encontrar las soluciones en el marco de una unidad movimientista en serio. "Por
eso -afirma Dardo- no hay que disfrazar la realidad. El asunto está adentro del
movimiento. La unidad sí, pero con bases verdaderas, no recurriendo al
subterfugio de las purgas o a las cruzadas contra los troskos. No hay forma de
infiltrarse en el movimiento. En el peronismo se vive como peronista o se es
rechazado (...)"
Vivir como peronista para Dardo era no transar con los explotadores. Estar del
lado del pueblo pobre, del excluido, del desposeído. Y ser implacable con los
"peronistas" que terminan siendo más oligarcas que los mismos oligarcas. En
definitiva: los que en nombre del pragmatismo entregan, no son transgresores,
fueron, serán y son traidores.
La pluma descamisada asegura que la Juventud Peronista, la JTP y la JUP
"lamentaron esta violencia que terminó con la vida del secretario (general) de
la CGT".
"Pero acá todos somos culpables -sentencia Dardo-, los que estaban con Rucci y
los que estábamos contra él; no busquemos fantasmas al margen de quienes se
juntaron para tirar los tiros en la Avenida Avellaneda, pero ojo, acá las causas
son lo que importa". Y propone con grandeza: "Revisar qué provocó esta violencia
y qué es lo que hay que cambiar para que se borre entre nosotros. Para que no se
prometa la muerte a los traidores y para que la impunidad no apañe a los
matones, ni el fraude infame erija dirigentes sin base".
El Compañero tenía en claro cuál era la táctica y cuál la estrategia. Quería
parar la mano entre los peronistas. Detener la violencia. Clausurar tanta
muerte. Cultivar la esperanza de revolución en paz. Lamentablemente, los
acontecimientos posteriores aceleraron las pugnas internas. La confusión
premeditada o no de los objetivos nacionales llevó a la tragedia. A tres décadas
de aquellos desencuentros, seguir la línea reflexiva de Dardo Cabo puede
reconducirnos a saldar el pasado que nunca se repite, pero que ayuda, que
ilumina, que enorgullece. Eso que llaman memoria.
(*) Agencia Nacional y Popular, dirigida por Martín García.
Fuente: www.rebanadasderealidad.com.ar
EL ELEGIDO
En aquel ’71 Bernardo Neustad era propietario y director de la revista "Extra".
Y en su plantel de periodistas figuraba Dardo Cabo. Tenía 29 años y no era un
nombre intrascendente en el peronismo. Su padre, un sindicalista de la UOM,
hombre de Augusto Timoteo Vandor. Y Dardo, a los 25 años, había sido uno de los
líderes del grupo de jóvenes nacionalistas que ejecutó el "Operativo Cóndor",
secuestro de una DC 4 de Aerolíneas Argentinas que se dirigía a Tierra de Fuego
y su desvió a Malvinas. Cambiaron el nombre de Puerto Stanley por Puerto Rivero.
Plantaron la bandera argentina en un potrero que servía de hipódromo. Se
entregaron. Los devolvieron. Los juzgaron. Los condenaron. Los soltaron.
Entre aquellos jóvenes había una mujer: María Cristina Verrier. Se casó con Cabo
en la cárcel. Y formaba parte del grupo otros jóvenes que con los años
aparecerían fogoneando el baño de sangre que ganó a los argentinos. Es el caso
de Alejandro Giovenco. Vinculado a Lorenzo Miguel y con ligazones en la Triple
A, un día de mediados de los ’70 le estalló una bomba que transportaba en un
portafolios con intenciones fáciles de imaginar. Fue en la calle Sarmiento casi
Uruguay, Buenos Aires. La explosión le arrancó un brazo. Giovenco corrió
gritando desesperadamente. Se metió en la sede central de la UOM. Murió
desangrado.
Pero volvamos a Cabo.
Cuando un día del ’71 Bernardo Neustad le pidió
el reportaje a
Borges que hoy publicamos, Cabo estaba vinculado a Montoneros, donde su
pasado vandorista generaba algunos recelos.
La entrevista se realizó en la Biblioteca Nacional, Borges era su director. Días
antes, hablando para un medio francés, el escritor había dicho que, como mínimo,
el peronismo era sinónimo de barbarie.
Cabo esperó dos horas al hombre de "boina, bastón" que fue a su encuentro luego
de bajar una barroca escalera de la Biblioteca Nacional.
El diálogo duró cinco minutos. "Mi nota más triste", la tituló Cabo.
Y pasaron los años. Con la dictadura, Cabo estuvo detenido. Un día lo
trasladaron.
Y lo asesinaron.
Fuente:
www.rionegro.com.ar
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