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ALEJANDRO MARGULIS
Alejandro
Margulis nació en Boston, Estados Unidos, en 1961, pero reside
permanentemente en Buenos Aires. Publicó cinco libros: dos de ficción y tres
periodísticos. El libro de relatos "Papeles de la mudanza" [1988], la novela
"Quién, que no era yo, te había marcado el cuello de esa forma" [1993] y
"Junior, Vida y Muerte de Carlos Menem [h.]" [1999] se encuentran en
www.elaleph.com. Docente de la Universidad de Buenos Aires [UBA], ex
Clarin y ex La Nación, dicta cursos de Literatura, Periodismo y Teoría de
los Medios en
www.ayeshalibros.com.ar. Director de la legendaria revista Ayesha,
nacida en papel en los 70 y resurgida digitalmente en internet:
http://www.ayeshalibros.com.ar/html/queesayesha.htm Alejandro Margulis es autor de Fin de cita Sitio web: http://www.ayesalibros.com.ar Correo electrónico personal: alejandromargulis@hotmail.com Correo electrónico institucional: ayesha@ayeshalibros.com.ar |
"Los
medios psicotizaron la tragedia de Cromagnón"
[Entrevista] Alejandro Margulis,
periodista y escritor,
está trabajando en el proyecto de un libro sobre
la tragedia de Cromagnón.
Por J. Matías Galletti 21/10/05
"Un libro que
rescate las historias de los chicos" dice, tratando de distanciarse del
enfoque "apurado y psicótico de los medios". También participa de un foro en
internet sobre el tema y en los debates y eventos que se hacen en memoria de
la tragedia. La entrevista se hizo en su casa, en donde también recibe
regularmente a los familiares de las víctimas y sobrevivientes para
recolectar testimonios.
-Cuando presentás el proyecto de tu libro sobre Cromagnón hablás de un lugar
común en el que cae mucha gente al decir que todos somos responsables de la
tragedia...
-El problema de Cromagnón es que la gente no quiere pensar que le puede
haber pasado, es mejor pensar que le pasó a otro: que era un negrito o un
drogón el que se murió ahí. Porque la sociedad necesita contarse su propio
cuento, como todos nosotros en nuestra vida. Y el prejuicio nace de ahí. Se
cristaliza como historia. Porque pensar que llegaron a morir los que eran
como nuestros hijos es intolerable. Yo no puedo pensar que Delfina, mi hija,
podía haberse muerto ahí. Lo pensé, la verdad, en su momento. Mal, porque
tiene 15 años y un amigo de ella, de pronto, no estaba, y lo encontraron.
Fue a partir de que pude identificarme con las familias de las víctimas que
decidí iniciar este trabajo. Todo bien, o sea, lejos me toca a mí Cromagnón.
Soy más parecido al grupo de los que no tienen ningún muerto en la familia
pero trato de ponerme en el lugar de los otros y hacer algo con eso. Cada
grupo necesita contarse una historia social. Es como si hubiera habido un
incendio a la vuelta de tu casa. Vos no podes estar pensando todos los días
de tu vida que capaz que te morías. Preferís pensar que le pasó a ese por
desidioso o por lo que sea. Pero deberías pensar que te podía pasar a vos
también. Esto es lo que está pasando con Cromagnón en la sociedad, y es
lógico. ¿Quién se va a bancar estar pensado en los muertos, salvo un
familiar? Yo lo veo así, y hablo con las familias. “Por algo habrá sido que
murieron esos chicos, no tenían que estar ahí. Tenían que estar en su casa”,
dice el lugar común de la sociedad. Y por contrapartida, en una suerte de
intento de diluir las auténticas responsabilidades civiles y penales, que
“todos” lo somos.
-Apuntaba más al hecho de que, por ejemplo, después de Cromagnón,
inspeccionaron todos lo boliches y muy pocos quedaron abiertos. Estaban
todos fuera de regla. Entonces todos los dueños de boliches son tan
culpables como Chabán, le podría haber pasado a cualquiera.
-Claro. Fue el azar. Pero bueno, si le hubiera pasado a otro estaría preso.
Le pasa a gente mucho menos conocida que Chabán todo el tiempo. Pero nunca
ocurre que haya 194 muertos o abogados que organicen esa información.
Tuvieron podría decirse la paradójica suerte, los chicos de Cromagnón, de
que muchos eran de clase media, hijos de abogados.
- ...compararon esto con lo de Patagones, el nene que disparó a los
compañeritos.
- No, pero eso es porque los medios comparan por comparar. “A ver dónde
muere gente”, dicen, y agrupan todo. Es el estilo Chiche Gelblung: sacar un
informe apresuradamente. Si a alguna tragedia se parece la de Cromagnon es
al incendio en la discoteca Keyves, donde murieron alrededor de treinta
personas por el mismo tipo de desidia que existió en Cromagnon
-En relación a esto. ¿Cómo crees que los medios tomaron el tema Cromagnón?
- Mal. Mal y apurados. Lo urgente siempre por encima de lo importante. Es el
“no dejes que la realidad te impida ser un buen periodista”. La televisión,
los medios construyen historias, relatos.
-¿Qué relato de Cromagnón construyó la televisión?
-Por un lado, el de la buena conciencia: “Pobres chicos, lo que les pasó…”.
Y por el otro, el de la responsabilidad, ya sea compartida por todos como
manera política de diluirla, o exclusiva de los chicos que “esa noche
dejaron a sus hijitos en una guardería”, cosa que nunca ocurrió. Algunos
foristas que siguen concienzudamente el tema me comieron crudo con el tema
de la guardería. Yo, como todo el mundo, leí “guardería” en los medios y
dije: entonces voy a escribir sobre la guardería. No dije que las hubieran,
las di por hechas. Pero no hubo guarderías. Es decir, Cromagnón tenía
guarderías probablemente, pero no esa noche en particular. Los nenes estaban
con sus padres durante el recital, no guardados en una guardería. Esa es una
construcción de los medios. Y de dónde salió eso. Salió del abogado de
Chabán. Se lo dijo a un cronista de Clarin y su editor lo publicó,
presionado digamos por la velocidad del cierre, sin chequear el dato. Y
deduzco que el abogado lo dijo como argumento para probar que Chabán no era
un irresponsable que no pensara en la seguridad de los chicos… Clarín dijo:
“sí, había guardería” y de ahí rebotó en todos lados como una verdad. Eso es
una construcción de un relato. Por desidia, y por decisión o confusión
editorial luego. Siempre se dice que los medios son como máquinas de hacer
chorizos. Yo creo que la metáfora no es la más precisa, prefiero hablar de
máquinas de extrusión. El proceso de extrusión es aquel por el cual un
determinado aparato u organismo, por ejemplo una laminadora de metal, recibe
una materia prima o sustancia, por ejemplo chatarra, que se presiona por
medio de una prensa externa, extremadamente potente, a través de una hilera
que presenta el perfil que se desea obtener, digamos láminas de metal.
Digamos carne picada. O noticias. Los medios de comunicación extrusan la
realidad. Sacan moldes de la realidad. “Había guarderías”, escriben. Y así
sale. Nadie se toma el trabajo de saber si había o no, porque en teoría no
hay tiempo. Si les resulta verosímil, lo editan.Y el patrón de lo verosímil
termina por lo general siendo el de los preconceptos mentales de los
periodistas, que como bien dice Bordieu son un tipo muy especial de
intelectuales de clase media, con todo el bagaje de los prejuicios
pequeñoburgueses a cuestas. Por eso creo que en los medios psicotizaron la
tragedia de Cromagnón.
-¿Cómo es eso?
- Te doy otro ejemplo: cambian la carátula y en lugar de homicidio culposo,
ponen “estrago”. Cambió de homicidio a estrago. El mismo día dicen en Clarín
que eso beneficia a Chabán mientras que en La Nación, que son más
legalistas, dicen que eso lo perjudica o es igual. Quiero decir, la gente
lee eso y se pone loca. Cuando cambió la carátula dijeron “Chabán podría
quedar libre”, eso psicotiza. El “podría”, el uso del potencial simple del
periodismo argentino, particularmente de los medios líderes, que de esa
manera procura conformar con su discurso al público masivo a la vez que
sortear posibles demandas judiciales. La gente a la que se le murieron los
chicos no tiene por qué saberlo, es víctima de ese tratamiento psicótico de
la información. Y por otra parte están los propios pibes, y la manipulación
que de sus testimonios han hecho los medios de comunicación. Cada vez que
fueron entrevistados, sus relatos fueron sacados de contexto, se los
“editó”, se recortó de lo que ellos decían aquello que por su boca querían
decir los periodistas de los medios de comunicación acerca de la tragedia.
-Hablame del libro sobre el que estás trabajando.
-Hasta ahora todas las editoriales dijeron que no a publicar un libro. Ni
Norma, ni Sudamericana, ni Planeta, ni Pagina 12. El argumento fue, por
ahora, que en un libro no se puede agregar mucho más de lo que se dice en
los medios: un argumento ciertamente estúpido. En el libro se puede agregar
historia, un libro. ¿Un medio cuánto espacio tiene? Tres carillas, un
suplemento como mucho. Un medio puede hacer esto (señala hojas de diarios
sobre el escritorio), lo más que dedican: una doble página. Lo que un libro
puede aportar es una historia, un relato. Qué pasó esa noche, qué pasó en
los días previos, o sea: un libro.
-¿Y de qué forma armarías esa historia?
-¿Conocés a Elena Poniatowska? Cuando hubo una masacre, en el año 68, en
México, la policía mató a una veintena y dejó heridos a otros setenta
estudiantes universitarios que habían ido a manifestarse; ella se puso a
levantar testimonios desde el día siguiente. Dos años después publicó “La
noche de Tlatelolco (Testimonios de historia oral)”, que es el primer libro
que instala el relato coral en el periodismo de investigación. O sea, no
aparece la voz de la narradora, es un trabajo de edición, de pachwork o
collage. Excelente. Ese libro es, para mí, el modelo para hacer el libro de
Cromagnón (señala una carpeta de apuntes sobre el escritorio). Esta es una
versión previa que hicimos para España, para ver si conseguíamos plata, pero
la derecha de Madrid entendió que esto no era para que ellos lo financiaran.
-Leí algo sobre la posibilidad de que el libro salga en fascículos.
-Sí, ¿en dónde leíste eso? Yo pensé que era un secreto. Sí, es más, a esta
altura es probable que terminemos publicándolo nosotros. Tengo que conseguir
nada más que la imprenta y el papel. En principio vamos a hacer una edición
digital, va a estar en internet en www.ayeshalibros.com.ar . El que quiera
lo podrá leer ahí, es lo más barato del mundo, por un peso cualquiera va a
un locutorio y está informado.
- Vos te reunís regularmente con familiares de las víctimas, participás en
debates, en la organización de eventos. Vivís un poco ese dolor desde
adentro...
- ...el tema este del dolor. Es un tema que hablamos mucho, nos juntamos
cada 15 días con un grupo autoconvocado de padres interesados en generar
acciones culturales, entre los cuales está la mamá de Pedro Iglesias, Olga.
Su ex marido, José Iglesias, es el abogado que tiene mayor presencia en el
caso: representa a cincuenta familias. Sin embargo, algunas de las personas
vinculadas con Cromagnón tienen actitudes bastante facciosas. Se cierran, a
veces hasta contra la línea de los propios hijos, las cosas que piensan los
pibes. Por ejemplo: los pibes siguen queriendo a Callejeros, es lógico. Y
los padres no pueden ni oír hablar del grupo. Los pibes siguen reivindicando
al porro y la cerveza como símbolos de libertad. Y cómo no lo van a seguir
reivindicando. Tu vida no se interrumpió porque murió uno y vos te salvaste,
vos seguís viviendo. Los valores de los chicos no murieron en el incendio de
Cromagnon.
http://www.quenoserepita.com.ar/adhesiones/entrevistamargulis/entrevistamargulis.htm
Lectura,
¿qué es?Hace unos años adquirí la costumbre de regalar los
libros que tengo a los amigos que vienen de visita a casa el día de mi
cumpleaños.
Se me ocurrió que si cuando éramos chicos recibíamos un souvenir al
salir del festejo ahora que todos somos grandes, o por lo menos lo
pretendemos, llevarse un libro como obsequio de fin de fiesta podía ser
un buen equivalente para fomentar el intercambio de lecturas. Por regla
general, la mayoría de las personas a las que invito a elegir el libro
que quieran -porque el regalo es así: cada uno puede llevarse el libro
que más le guste- me miran desconcertadas cuando les hago la propuesta.
Algunos incluso se resisten: “No, cómo me voy a llevar un libro
tuyo...”. Cuando insisto, invariablemente terminan mirándome como a un
loco pero yo les respondo muy tranquilo, sabiendo que la razón está de
mi parte. “Si un libro mío está en tu casa ya tenemos una buena excusa
para volvernos a encontrar”, les digo. Entonces, sonrientes, moviendo
levemente la cabeza como diciendo ah, este, este…, mis amigos se pasean
frente a alguna de las bibliotecas de casa con un aire de arrobamiento
inocente que a mí me resulta el mejor regalo que podía haber recibido.
La modestia en el deseo y la avidez o la codicia son las puntas de un
primer ovillo que me gustaría desenredar en estas líneas. Quiero decir
que esos son los rasgos digamos prenupciales, digamos antitéticos con
que los lectores se enfrentan al maridaje con los libros. El otro ovillo
es más secreto e íntimo: el de las reacciones que luego la lectura va
deparando en cada lector particular y, quizás también, en la totalidad
de las personas, tanto quienes leen como quienes no. Y si comienzo estas
líneas hablando de una fiesta de cumpleaños no es sólo porque así como
regalo libros me gusta que también me los regalen; parto de la
descripción de ese curioso ritual privado porque lo que en definitiva me
interesa desentrañar es cuáles son los mitos y cuáles las verdades que,
desde lejanos días hasta el presente, rigieron y siguen rigiendo cuando
se busca impulsar en la gente, y sobre todo en los más jóvenes, el
placer de la lectura.
Por qué se lee y qué es leer, particularmente en el período de la vida
de mayor formación intelectual, será en definitiva lo que trataremos de
dilucidar en las pantallas que siguen.
Común oficio del lector
Leer es un oficio involuntario. Un oficio involuntario y un trabajo que
nunca es dos veces igual. También es un viaje cuyos puntos de destino
son ciertamente misteriosos (y por eso mismo inesperados). Hay quien lee
para instruirse o para evadir la angustia; se lee tanto para matar el
aburrimiento como para multiplicar la fascinación de imaginar con los
paisajes que otro describió para nosotros. Algunos hay que cuando leen
escuchan las palabras que van leyendo adentro de la cabeza como una
especie de radio; otros que sólo pueden leer si reconstruyen visualmente
cada una de las palabras que van tomando cuerpo en su conciencia (aunque
si se la piensa un poco, la propia idea de que una palabra “tome cuerpo”
es ciertamente extravagante). Sin embargo también es un hecho que a
cierta altura de la vida, digamos entre los diez y los quince años, leer
puede resultar tan placentero como lo que más o una carga insoportable.
¿Por qué?
Es ya un lugar común decir que las raíces de la lectura se encuentran en
los entresueños remotos de la infancia; así como el futuro arquitecto o
ingeniero modela su vocación construyendo casas de plástico o uniendo
piezas de un mecano, así como un bailarín o un músico prefiguran su
identidad moviendo los pies o alertando los oídos, la persona que se
constituirá lectora tiene según afirma una corriente de pensamiento muy
en boga “el hábito” desde chico o nunca lo tiene. Toda una noción básica
de la cultura moderna tal como hoy quienes nos decimos cultos la
aceptamos marca su territorio en esta frase. La aparición de la imprenta
y su posibilidad de ofrecer textos portátiles, para que cada cual leyera
en intimidad, modificó irreversiblemente la situación de lectura, que
hasta ese momento era esencialmente religiosa y grupal, ya que muy pocos
disponían del texto y muy pocos sabían leer. La imprenta abrió el camino
a la constitución del hombre moderno, solitario y con capacidad de pasar
largas horas de concentración frente a unas hojas entintadas, que hoy
conocemos.
Jean Jacques Rousseau, uno de los padres del iluminismo francés,
autodidacta y cultor del género confesional, cuestionaba en los últimos
años de su vida que la lectura de libros fuera realmente una garantía
para la felicidad. Según él lo veía, los campesinos de Francia que no
sabían leer ni escribir eran mucho más dichosos que quienes, como él,
pasaban infinidad de horas “quemándose las pestañas” (literalmente, con
la llama de las velas). Ahora bien, ¿dónde, dónde exactamente escribió
Rousseau semejante cosa? La pregunta se me viene encima como una losa
que debería poder levantar antes de seguir adelante; quien lee por
primera vez un texto que le impacta lo graba en su memoria para siempre,
y mucho más cuando es muy joven. Y si un lugar tiene la memoria de un
lector para vivir, es la biblioteca.
Empiezo pues a recorrer las estanterías, que tarde o temprano quedarán
vacías si no me regalan o compro la misma cantidad de libros que los que
yo regalo, en busca de ese texto de Rousseau.
Pero en el camino, como siempre, salta a mi vista un librito no previsto
en la bitácora de este artículo: se trata de un bello, breve ensayo
escrito por Marcel Proust que se titula justamente “Sobre la lectura”.
El volumen que ahora tengo frente a mí ha sido editado con tapa en
cartoné, papel ahuesado y una tipografía amplia y sin serif; es una
compilación de los poéticos reparos que el propio Proust hizo, bajo la
forma de notas al pie, a las opiniones de su traductor, el crítico de
arte inglés John Ruskin. Durante años estas notas permanecieron
inéditas, tal vez para no desmerecer la influencia que el inglés tuvo
sobre el escritor francés: si una ejerció aquel sobre éste fue la de
inducirlo a apreciar el arte de los pintores prerafaelistas y la
arquitectura medieval , cosa que según los catedráticos fue decisiva
sobre su particular puntillosidad a la hora de describir los objetos
inanimados y las almas de las personas de su tiempo). Pero las maneras
de considerar la cognición lectora en ambos casos fue paradójicamente
disímil.
Para Ruskin el acto de lectura era un modo de poner en contacto el
pensamiento ilustrado, aristocrático de los grandes autores con la masa
que los ignoraba. Conversación o diálogo de los libros con uno, dice
Ruskin que hay y sobre esta confusión de origen, sobre este clima de
época se construyó una tesis señera, la ilusión de creer a rajatabla que
los libros “hablan” como seres humanos y que pueden mantener
conversaciones en voz alta con todos aquellos que los lean. Como se verá
enseguida, la persistencia de este mito en la cultura del siglo veinte
fue la piedra de toque de buena parte de los supuestos que consideran
que basta poner a un aprendiz frente al libro para que, como por arte de
magia, la chispa del entendimiento se encienda y el traspaso de
conocimiento funcione. En cambio, todo lo contrario de una conversación
oral hay en el acto de leer según Proust; en efecto él, que sólo pensaba
en su propio placer, alude a la lectura como el acto de “recibir
comunicación de otro pensamiento pero continuando solos, es decir, sin
dejar de disfrutar de la capacidad intelectual de que se goza en la
soledad y que la conversación disipa inmediatamente, conservando la
posibilidad de la inspiración y toda la fecundidad de la mente sobre sí
misma”.
Ahí cuando termina el saber que un autor puso en su libro es donde
empieza, de hecho, la aventura del pensamiento de quien lee; como las
ondas concéntricas que se ensanchan sobre la superficie de un estanque
cuando arrojamos una piedra sobre ella, así empieza a trabajar la
comprensión a medida que la cadena de palabras que danzan en un texto
atraviesa las barreras de la conciencia. Y las ondas, va de suyo,
también se expanden a medida que la piedra se hunde. Lanzada la palabra
al azar en la mente del lector “provoca una serie infinita de reacciones
en cadena, implicando en su caída sonidos e imágenes, analogías y
recuerdos, significados y sueños, en un movimiento que afecta a la
experiencia y a la memoria, a la fantasía y al inconsciente,
complicándolo el hecho de que la misma mente no asiste pasiva a la
representación, sino que interviene continuamente, para aceptar y
rechazar, ligar y censurar, construir y destruir” .
Entender, aceptar que este movimiento es invisible y que suele darse en
un proceso silencioso y solitario, de preferencia en un espacio cómodo y
con todo el tiempo del mundo por delante para facilitar su captura,
tanto más efectivo cuando menor sea su obligación utilitaria o
pragmática, es el primer paso para conseguir transmitir la fascinación
de este suceso imponderable y único que consiste en disfrutar de una
pieza literaria, sea del género que sea. Ahora bien, con la aparición de
las computadoras hogareñas y la facilidad para trasladar libros enteros
a ellas, que pueden leerse en cualquier locutorio, solos o visualmente
acompañados, las cosas parece que empiezan a complicarse nuevamente.
Leer en pantalla
Alguna noche, en el insomnio, suelo ir hasta la computadora y, como un
personaje de las novelitas de ciencia ficción que leía cuando tenía
quince años, en formato ultra pocket, la enciendo mientras hierve el
agua para un té de tilo. El tiempo que la pantalla tarda en encenderse,
el doble chirrido de los programas puestos así en funcionamiento, se me
figura parte inicial del nuevo tipo de acto de lectura que me espera. En
cierto modo equivale al momento en que caminamos frente a la biblioteca
leyendo distraídamente los tomos de los libros para ver cuál nos
llevaremos a la cama. El titilar primero de la pantalla, lejos de la
cocina donde está hirviendo el agua para el té, funciona entonces como
un preludio o una costumbre que antes no tenía: la de descansar sentado
–me gusta comprobar cada vez que para una taza de agua hervida se
demanda la misma cantidad de minutos que para dar inicio a los programas
de lectura. Luego, ya con el té hirviendo, y el saquito en el agua, voy
revisando los archivos. Ahí tengo guardados textos propios y de los
amigos que ya no gastan en impresiones porque enviar sus escritos por
mail es mucho más rápido y económico.
En mis archivos hay también uno que se llama textos ajenos. Ahí voy
colocando una suerte de antología colectiva que en realidad acumulo con
la misma languidez y destino incierto con que sigo comprando libros por
un peso en las librerías de viejo. Siempre me digo que en algún momento
voy a sentarme a releer o leer todos esos textos, pero casi nunca lo
hago: con demasiada velocidad suelen aparecer otros que, sin
reemplazarlos, los van desplazando hacia una suerte de antología de
fragmentos, mucho más completa e interminable que la que hace año iba
armando al copiar mis páginas preferidas en un cuaderno. Pero además,
resulta que estos textos son más colectivos: la posibilidad de ser
reseñados por cualquiera, en un instante, termina dándome la ilusión de
que mis amigos los están leyendo en simultaneidad. A la crítica a la
fragmentación, entonces, refuto en mi caso con la riqueza de la lectura
compartida: Gunther Grass, Juan Gelman, el subcomandante Marcos conviven
en esas carpetas de mi computadora con autores inéditos.
Ahí la brevedad deja de ser la estrella y de la extensión de esos textos
surgen variaciones de lectura dadas por las posibilidades de cada
programa. Como personalmente paso muchas horas al día escribiendo, el
programa word es mi preferido: he adquirido por tanto ya el hábito de
modificar el tamaño de las letras utilizando la opción de herramientas
que se llama zoom (158 es mi tamaño ideal) que combino con el tabulado
del texto de modo de poder ver la pantalla con comodidad. Leer al mismo
tiempo que escribo, quiero decir de manera acabada y prolija, es algo
que antes nunca me ocurría. Siempre tenía que esperar a que alguien
pasara en limpio mis textos o que fueran enviados a componer o publicar,
si alguno tenía la suerte de llegar a esa instancia deseada. Ahí los
leía como si recién los hubiera escrito, y todas las veces se repetía el
placer del extrañamiento.
Como después de todo soy un lector formado en los formatos de libros
tradicionales (21 x 18 centímetros, aproximadamente), supongo que la
ampliación de la letra a un zoom 158 y el cambio de tabulado es algo
hecho inconscientemente por mí yo lector para que la pantalla se vea
como una hoja de libro en papel, estandar. De hecho con ese tamaño, y
una letra en cuerpo 12, interlineada doble, se obtienen algo así como 24
líneas por página (cada pantalla ocupa media página). La página de un
libro suele contener 22 líneas. Sí, sin duda que el viejo lector ha
trasladado al nuevo sus costumbres. Me gusta eso. Prueba que ninguna
costumbre nace de la nada. Y que ninguna hace desaparecer a la anterior.
Confieso que la lectura de libros electrónicos completos todavía me
produce pereza. En rigor, también leer libros o textos de más de 30 o 40
páginas me satura.
Con la falta de tiempo del mundo moderno creo que todos hemos descendido
nuestra capacidad de atención a un solo a tema a aproximadamente esa
cantidad de páginas de lectura continua: es decir, unos cincuenta
minutos para cada tema, el mismo tiempo que demanda una sesión de
psicoanálisis ortodoxo, una clase de colegio y una hora cátedra. Aunque
lo promuevo y ofrezco en un portal de Internet
(www.ayeshalibros.com.ar), aunque varios de mis libros agotados ahora
sólo se consiguen en formato electrónico, encuentro más placer en la
lectura en formato word. Con todas las ventajas que ofrecen los mismos
programas de lectura en pantalla (como el Acrobat Reader, que tiene
saltos de página, señaladotes, etcétera) me sigue resultando más
práctico leer con el word. Pero entiendo que esto es posiblemente un
arrastre de mi trabajo.
El comando BUSCAR, por ejemplo, me parece de una utilidad
extraordinaria: sobre todo en textos largos, me permite llegar de
inmediato al nombre de un tal o cual personaje que se me confundió o a
esas palabras que resuenan en un texto primero como indicios y después
reaparecen en los momentos de clímax de una trama para recordarnos que
en la buena literatura no existen las sorpresas sino las
premeditaciones. También me resulta ideal para detectar frases feas,
erróneas o (dado que además de lector civil desde hace años soy lo que
se dice un experimentador de la didáctica de la escritura) posibles de
mejorar. Las repeticiones de palabras nunca me preocuparon demasiado,
pero los lectores obsesivos por cierto puedan realizar contabilidades
extraordinariamente policíacos con este pequeño comando, bueno,
paratextual.
Por otra parte, hace ya un buen tiempo que corrijo los trabajos de mis
alumnos sin necesidad de imprimirlos. Es decir, sigo corrigiéndolos
impresos (cuando los imprimen ellos) pero la capacidad de hacer
devoluciones rápidas y grupales es mucho mayor con las computadoras. La
otra ventaja es que escribir con el teclado cansa menos la mano: sólo
los carpios y los metacarpios se ponen en movimiento cuando se siente
alguna pericia. Además, al menos en mi caso, ayuda a la espontaneidad de
la respuesta directa y, al menos para alguien con una letra tan ilegible
como la mía, la escritura resulta más fácil de visualizar. Una mejor
didáctica de la escritura entonces, como otro beneficio de las nuevas
tecnologías.
Alejandro Margulis, 2005
13 para Isidoro
Por Alejandro Margulis
a Isidoro Blaisten, from a long time ago.
1.
Réprobo prueba
Probó contar la historia confiando en que había algo que aún sin su deseo estaba en condiciones de existir. Sería él una clase de escritor completamente opuesto a su maestro, uno amante por ejemplo, con hijos varones que no se llamaran desde siempre igual que él. Cuando llegó el momento de concebir discípulos necesitó de su maestro para saber contra quién peleaban.
2.
Paradoja del mentiroso
Trató de mentir sin hacerle daño a nadie, honestamente, con desinterés por el resultado. Quiso no imaginar oyentes sino leedores al paso, ágiles en compartir las coartadas de la velocidad y el altibajo. Personas como las de las academias donde uno aprende a leer en diagonal, buscando ecos de sus egos.
3.
Texto moderno
Lo más fácil fue cumplir con las premisas formales propias de su tiempo: una letra especial, visible hasta de lejos, una sintaxis de párrafos que entrasen en la famosa ventana de las nuevas máquinas de escribir... Los textos funcionaron tan bien a primer golpe de vista que a nadie se le dio por indagar en ellos.
4.
Soledad del talento
Cuando su canto fue tan dulce que precisó una cadencia única, lo echaron.
5.
La extensión del plan
Ahora él sabía, por experiencia, que por mucho que uno se propusiera salir a pescar sus vivencias desde un puerto con aguas profundas (creía que el calado de las mismas era inapto para rías bajas o diques para bote a remos), no había pique garantizado desde el vamos.
6.
Pesadilla recurrente
Se propuso narrarla distraídamente, como el hombre que despierta de la pesadilla que lo tuvo en vilo hasta la madrugada y que no sabe si contárselo a su mujer o irla olvidando mientras se lava la cara. Indecisiones así ocurren sólo con esa clase de desdichas.
7.
Gritos y murmullos
Decir algo con voz de haber tomado o fumado mucho, voz no ya del murmullo sino de la ronquera. El ronco es ronco porque anduvo gritando demasiado y en cambio quien murmura lo es porque tiene prurito de decir. Además él ya había murmullado mucho cuando joven, cuando muy joven era y murmullaba.
8.
Amante
Su nombre, como el tuyo o el mío, anda entre los dos.
9.
Reprimenda
Y entonces decir: ah viejito qué malo fuiste, ah miedoso, así que temiéndole a las represalias del futuro, culposo lo menos, como tortuga sin caparazón. Y decir también: pero si no era necesario salirse de ese modo de la ruta, que total tarde o temprano ibas a caer entre tus propios lazos, zorrino apestoso. Y decir por último: ahora que también yo tengo canas y barba y barriga, y voz de mando, aunque no la use innecesariamente, y sentido del deber, estás completamente fuera.Saberse vencedor en el campo vacío.
10.
El cadáver de tu enemigo
¿Es dicha u orfandad difusa verlo finalmente pasar?
11.
Valores
Era su pretensión dar sentido redactando sin pensar, pero para cuando le llegó esa facilidad de mecanógrafo ya la sintaxis estaba tan incorporada en su mente que no le sirvió de nada. Ya no puedo ser un mal periodista, se dijo y decirlo le preocupó: qué era lo bueno y qué lo malo, a esa altura de la soiré.
12.
Ostentación del genio
Había terminado de leer uno de los últimos escritos de un premio Nóbel de mediados del siglo veinte, y estaba pasmado por la seguridad absoluta que traslucía ese hombre en el relato de cada uno de sus proyectos. Incluso los reconocimientos de dudas, que cada tanto halló alguno, eran alardes de
autosuficiencia creadora.
13.
Relatividad de lo religioso
Encontró el tono de una nueva serie de rezos aproximadamente una hora después de empezar a probarlos. Creyó acercarse más a Dios. Y empero, la constatación de ese saber fue suficiente para que todo el mecanismo empezara a chirriar una vez más, como al principio. Se acusó de orgulloso y de beato, alternativamente.
A.M.
30/8/2004

Los intelectuales argentinosRespuesta de Miguel Russo a Alejandro Margulis
Como la nota de Alejandro Margulis es extensa y viciada de superficialidades y errores, prefiero intercalar a cada uno de sus párrafos una respuesta. Creo que, de esta manera, se podrá lograr una mejor comprensión de la supuesta polémica en la que el propio Margulis quiere tomar partido. Escribió Alejandro Margulis: "El miércoles 19 de noviembre de 2003 salió un artículo en Página 12 donde el obispo Rivera y el insolado Saccomano se quejan de la falta de agrupaciones de escritores como una que él, el obispo Rivera, formaba en los 60. La nota cubría una actividad coordinada por el ahora chico Seix Barral Miguel Russo y como siempre en Página 12, pretendía "dar cuenta-denunciar-señalar con el dedito" la tontería de los escritores argentinos que no quieren agremiarse porque son, decía el insolado Saccomano, unos "narcisistas". Qué estupidez.
Digo: Es de lamentar que Alejandro Margulis intente desentrañar poco menos de dos horas de diálogo entre dos escritores como Andrés Rivera y Guillermo Saccomanno (entre sí, con el público y con una batería de preguntas que hacían centro, justamente, en "el rol de los escritores en la realidad nacional actual" y en "la forma de escribir y describir esa realidad") con una nota periodística publicada en un diario, como lo es Página/12, que, según sus propias palabras, pretende (el subrayado es mío) "dar cuenta-denunciar-señalar con el dedito" (aunque el mal uso de la coma en su artículo no señale correctamente quién pretende –otra vez el subrayado es mío– eso: si yo, Miguel Russo, o el diario mencionado). Es de lamentar, también, que utilice para el comienzo de su enfadado artículo la misma adjetivación impertinente (por no decir, todavía, fascistoide) de algunos medios que especularon política y económicamente con el "por algo será" y aplaudieron el retorno de los militares al gobierno con su terrible significado de treinta mil muertes, exilio y destrucción generalizada en todos los ámbitos del país. Señalar a Andrés Rivera como "obispo", quizá porque dice sus certezas y sus opiniones y sus puntos de vista sin tantas vueltas, quizá porque no se avergüenza de seguir mencionándose como marxista; a Guillermo Saccomanno como "insolado", quizá por su decisión de radicarse en Villa Gesell (y dejando en claro una bruta ignorancia de Margulis en climatología nacional, ya que la costa atlántica sólo tiene poco menos de dos meses de sol a pleno), y a mí, Russo, como "ahora chico Seix Barral" (aún a pesar de que ese "ahora chico Seix Barral" ya tiene 47 años, dos libros de poemas y una novela editados a pulmón y bolsillo y, aún más, habiendo publicado un libro de cuentos en 2003, a los 46 años, en la editorial Debate, perteneciente como Seix Barral al Grupo Editorial Planeta –otra muestra de la ignorancia de Margulis en otras áreas–, donde el mismo Margulis publicó su ensayo sobre Carlos Menem junior), señalar, entonces, como decía, a determinadas personas –más o menos conocidas y reconocidas– con ese tipo de adjetivación, y mucho más al inicio del artículo, es una clara señal de cobarde que busca la complicidad con el lector de una manera tonta, trivial, indeseable en cualquier escritor, sea James Joyce, Jorge Así o Alejandro Margulis. Pero, sobre todo, es de lamentar que, ahí nomás, en el inicio de su polemización, Margulis crea que la realidad (una charla de poco menos de dos horas, insisto, en la cual se trataron varios temas relacionados con la literatura) ocurre por lo que dicen los diarios (incluso los diarios que el mismo Margulis denosta). Y, también, que la más fina y pensante opinión que le amerita una frase como "los escritores argentinos no quieren agremiarse porque son narcisistas" (si en realidad fue así la frase, y no el rápido apunte sintetizado que cualquier periodista podría haber tomado) sea –cito textual y con asco– "Qué estupidez". Como mínimo: un apresuramiento que raya en la obscenidad, aunque Margulis crea que eso es tener coraje. No sé ustedes, pero yo tengo las pelotas llenas de escritores como los tres que acabo de nombrar, y que indudablemente son unas personas muy agradables cuando toman mate o café con leche, lamiéndose mutuamente los egos sin poder escapar a las generales de la ley que ellos critican; peor, negándose sistemáticamente a ver que son ellos los principales peones del sistema que ha venido destruyendo culturalmente a este país desde los años los 90.
Digo: Sigue derrochando análisis agudos Margulis: "Tengo las pelotas llenas de escritores como los tres que acabo de mencionar". No voy a integrarme de ninguna manera a la trayectoria como escritores de Andrés Rivera y Guillermo Saccomanno. Sé, además, que entre ambos hay una notoria diferencia: años, libros. Pero, claro, hay algo que me enorgullece: estar junto a ellos en las "pelotas llenas" de alguien, aunque ese alguien sea Margulis. Un Margulis que insiste en mostrar su impericia en cada área que pretende tocar al unificar a una figura de primera línea en la literatura argentina como Andrés Rivera (junto a Juan Gelman, Héctor Tizón, Juan José Saer, Ricardo Piglia, Abelardo Castillo, por ejemplo), con alguien –como Guillermo Saccomanno– que está entre los nombres de la generación intermedia (junto a César Aira, Sylvia Iparraguirre, Eduardo Belgrano Rawson, José Pablo Feinmann, entre otros) y otro alguien, yo, que acaba de entrar en librerías –y no específicamente por la puerta grande– después de años de ocupar los estantes más recónditos, donde ni siquiera llega al plumero del último encargado de limpieza de la más humilde de las librerías de la Argentina. Ahora bien, según como continua su artículoenojado, ¿cómo sabe Margulis que los tres somos "unas personas muy agradables cuando toman nate o café con leche"? En lo personal, nunca tomé mate o café con lche con Margulis. Si se sigue con su enjundia, jamás me lamo el ego ni lamo el de los demás.No sabría cómo hacerlo. Lamo, sí, mis heridas, como creo que lo deben hacer Rivera, Saccomanno, el verdulero de la otra cuadra, el maquinista del tren, el peón de mudanzas, el kiosquero que me vende cigarrillos o el piquetero que busca y pelea y está dispuesto a dar su vida por un trabajo digno. Quizá, y sólo quizá, Margulis podría mostrarme –sin mate ni café con leche de por medio– dónde debe apuntarse la lengua y qué posición anatómica debe tomarse para lamerse el ego. Sería interesante verlo. Pero estoy seguro que, de conocerla, no la adoptaría, ya que poco y nada me ofrecería la lamida para seguir viviendo y peleando contra lo que creo injusto. Sigo, Margulis, sigo. Sé que ni Rivera ni Saccomanno son los "principales peones del sistema que ha venido destruyendo culturalmente a este país desde los años los (sic) 90". (Lo del "sic", Margulis, es para mostrarte que internet te sirve para escribir mal y no darte cuenta. Vos debés ser de los que creen que cuanto más rápido mejor. Y, ¿sabés una cosa?, eso no siempre es cierto.) Pero, mejor, vamos a tu afirmación: me parece un análisis pobrísimo (en el mejor de los casos, por no usar, todavía, la palabra "fascista") creer que el desastre promovido por tu país natal, los Estados Unidos, y sus socios vernáculos (léase Menem y compañía) es producto de escritores como Rivera, Saccomanno y, según tus propias palabras, yo mismo. Para no dar más vueltas, Margulis: ¿Sabés algo de globalización, de bombardeo de productos culturales con que los países dominantes –el imperio, bah, por si no te diste cuenta– destrozan la cultura de cualquier país emergente –nosotros, Margulis: Rivera, Saccomanno, los trabajadores, los desocupados, los excluidos, ¿te suena?–, de universalización de la música siempre que sea liviana, de la literatura siempre que sea la de los best sellers, de la información siempre y cuando sea a favor de los opresores, y de los programas de televisión, cuando son reality shows y despedazan la cabeza de los espectadores? No, ¿no es cierto? Esa te la perdiste o, peor, la compraste enterita. De todos modos, sería interesante saber desde qué lugar La revolución es un sueño eterno, El amigo de Baudelaire, Bajo bandera o El buen dolor (para que sepas, los dos primeros títulos son de Rivera, los dos que le siguen son de Saccomanno, y no menciono los míos por pudor y porque ni siquiera podrías encontrarlos de tan mínimas que fueron sus ediciones y distribuciones) destruyeron culturalmente a la Argentina de los 90.
No, no desde los 90.
Desde antes también (porque no sé ustedes, pero yo la raíz podrida de nuestros males la sigo encontrando en la auténtica fiesta narcisística, la fiesta sangrienta, que constituyó la sangría seudo militante, llaménle hache y por favor sigan leyendo, que arrastró a tanto tipo con cabeza desde los días preliminares a la dictadura hasta acá).
Digo: Ahora sí, ya es momento de decirlo, Margulis. Esas afirmaciones son fascistas, netamente fascistas. Sólo a un fascista se le puede ocurrir que un libro o un escritor pueden ser los causantes del mal. Y, encima, creer que la "raíz podrida de nuestro males", como vos llamás al accionar reaccionario, brutal y despiadado del imperialismo, está en dos escritores (tres, si me atengo a tus palabras y me sumo a ellos) que le destruyeron la cabeza –se supone que querrás decir con sus escritos– a "tanto tipo con cabeza desde los días preliminares a la dictadura hasta acá". Margulis: pongamos que no leías nada en 1974/75/76 y que no leíste nada desde esos años para acá. Te disculpo. Pero, tenías 13, 14, 15 años en esas fechas, ¿quién fue el/la descerebrado/a que te crió diciéndote que Rivera y Saccomanno y yo éramos los ideólogos de miles y miles de argentinos que querían una patria más justa, más libre, más acorde con lo que necesita cualquier ser humano para vivir dignamente y no seguir arrastrándose bajo los dictados de los poderosos de turno? Es poco serio, Margulis. Cualquier hijo de vecino sabe que acá hubo de esos miles y miles de argentinos que creyeron en un país mejor, que lucharon contra la mayor barbarie desatada en la historia nacional, que se opusieron y dieron su vida por alejar a los militares (y sus ideólogos yanquis de la "Doctrina de la Seguridad Nacional" y de la "Conmoción Interna de Estado") del poder. Hombre y mujeres que peleaban diariamente –y peleaban en todas las formas posibles: combatiendo o trabajando, con un fusil, con un pico y una pala, con una máquina de escribir, detrás de un mostrador o estibando una carga en el puerto– para que este país no fuera una verguenza ni engordara estúpidamente a fuerza de hamburguesas y música disco. Pero claro, Margulis, eso lo sabe, como dije, cualquier hijo de vecino. No cualquier hijo de puta. Estos escritores forman parte esencialmente de dos grupos bien reconocibles:
a) los premiados con la publicación de sus trabajos por las grandeS editorialeS antes en función de la coima o extorsión mediática -"publiquemos a éste que trabaja en un Medio así después nos comenta nuestros libros"- que por sus méritos genuinos como artista. A Miguel Russo podemos sumar varios, por ejemplo Daniel Link o Claudio Zeyger, y los nombro entre muchos otros justamente porque se supone que son progresistas y quieren difundir otro modo de la cultura que el que existe hoy. Digo, ya que vos, Margulis, me incluís en el grupo "a" de esos grupos que tan bien reconocés: Primero: sería interesante ver cómo te defendés de una demanda por calumnias que te inciará Planeta por tus apreciaciones sobre la coima pagada a periodistas. No importa, es un problema tuyo. Pero, en el caso de tu apresurada y pavota observación "publiquemos a éste que trabaja en un Medio (no sé por qué lo ponés en mayúscula, pero tus razones tendrás) así después nos comenta nuestros libros", quisiera aclararte (se nota que hace mucho que no leés los medios) que hace quince años que trabajo como periodista. Lo hice en Babel, en La Maga desde sus comienzos, en Página/12 (primero en el suplemento literario "Primer plano", después en "Radar"), en Veintitrés desde sus inicios cuando se llamaba Veintiuno y la dirigía Jorge Lanata. Quince años, Margulis. Parece que las editoriales se tomaron su tiempo para darse cuenta de mi trabajo como periodista. En el medio, seis editoriales (Tusquets, Planeta, Emecé, Sudamericana, entre ellas) rechazaron el original de mi novela. Los motivos fueron diversos (no cuaja con nuestra línea editorial fue el más utilizado), pero jamás se me ocurrió que podría argumentar que yo trabajaba en los medios, ya que tengo bien clarito que una cosa es mi trabajo periodístico (con el que pago lo que consumo) y otro, muy distinto, el de mi trabajo literario (con el que no pago, ni pagué ni pagaré nunca nada). Ahora, Margulis, ya que me incluís en ese grupo "a" de los que son editados por coima o extorsión mediática (¡a la flauta, Margulis, qué poder le atribuís al periodismo cultural!) antes que por sus méritos genuinos como artista", me gustaría saber si leíste, al menos si hojeaste los cuatro libros que tengo editados. No, ¿no es cierto? Está bien. Tenés derecho a no leerlos. Pero, ya que te asumís como escritor (cosa que yo hasta ahora no hago, y esto no es un reproche sino una forma de entender el "ser escritor") deberías cuidarte un poco al criticar –bien o mal, me da lo mismo– lo que no conocés. Ah, para terminar con ese párrafo, "Zeyger", como vos escribís, se llama Claudio Zeiger, hace muchos años que trabaja en periodismo cultural y recién hace dos años, el sello Debate decidió publicar su segunda novela. La primera, Margulis, para que te desasnes un poquito, había salido por el sello autogestionario de la revista Con v de Vian. Y en 2003, la reeditó también Debate. Más allá de que esos dos libros están en librerías (se supone que un ámbito que a veces deberías frecuentar), Zeiger trabaja en Página/12 y firma sus notas con ese apellido. ¿No sería oportuno que aprendieras a leer, Margulis? Digo, para, al menos, no cometer errores ortográficos. Los otros son irrecuperables. Ahora, eso de "progresismo" y "otro modo de la cultura que el que existe hoy": si no sabés cómo nos llamamos o qué escribimos, ¿cómo sabés qué tipo de cultura y qué tipo de progresismo estamos ejerciendo?
b) los premiados con becas, subsidios, galardones oficiales o privados (llámense Premio Nacional, Antorchas, Gugenheim, Herralde, Planeta o Clarin) cuyos méritos literarios son quizá más consensuados, en principio, por quienes les habilitaron la posibilidad de vivir sin sobresaltos económicos, a pesar de lo cual no escapan a la lógica de caballitos de carrera en que nos encontramos todos sometidos. Y en esta lista incluyo sin remordimiento a este Andrés Rivera y también a otros que son indudablemente simpáticos y buenos artistas, como García Helder, Alan Pauls, Guillermo Saavedra, Martin Caparrós, Leopoldo Brizuela, Guillermo Martínez y todos los demás premiados a quienes el público conoce muy bien, por su repercusión mediática.
Margulis: El público lector conoce a Rivera por sus libros (son tantos, Margulis, que ni siquiera podrías imaginarlo). Lo mismo que a los otros escritores que mencionás. Por repercusión mediática, el público conoce a Mauro Viale o a Marcelo Tinelli o a Mirtha Legrand, no confundas. Creo que esos escritores –y otros, por supuesto– no son "culpables", como dejás traslucir en tu párrafo, de haber sido premiados o becados. De todos modos, como creo que muchos de los premios literarios están, en el mejor de los casos, arreglados, no me presentó a concursos. Así de simple. Además, escribí varias notas con escándalos comprobados de premios: Planeta (el grupo que editó mi libro, mirá vos) en más de una oportunidad, Clarín (va con acento, Margulis, ¿conocés dónde está en tu teclado o necesitás que te lo señalen para poder ponerlo?), Nación cuando el ganador fue un plagiario, Fundación Fortabat cuando el oscuro caso de El anatomista, de Andahazi. Es una suerte que no tengas remordimientos, Margulis. Realmente te felicito. Pero sería mejor que no te presentaras a concurso alguno, ni realizaras uno propio, ni nada que signifique que un grupo de personas seleccione un, y sólo un, trabajo entre cientos o miles de originales. Todos ustedes saben que las editoriales publican hoy en día sólo lo que se vende. Y también saben de la cantidad de editoriales nuevas (como la nuestra) que están tratando de abrir otra alternativa de política literaria. Me enferma que ninguno de los nombrados haga jamás el menor comentario público acerca de la existencia de emprendimientos como estos. Quiero decir que ninguno ha hecho aún la menor mención a los nuevos espacios, cuando nadie, absolutamente nadie, se los impide (y si se los impiden, aceptan con venalidad o vergüenza las imposiciones de quienes les pagan sus colaboraciones o salarios).
¿A quién le hablás, Margulis? ¿Estás tan seguro que "todos ustedes saben que las editoriales publican hoy sólo lo que se vende"? ¿Y ayer, saben que ayer también era así, sólo que se publicaba más porque se vendía más? ¿Lo sabías vos, Margulis? Me parece que lo mejor que podrías hacer para ese "todos" que te lee es señalar que las editoriales (desde hace bastante, pero mucho más desde que se impuso la payasada de la gestión cultural digitada y las grandes y llamativas inversiones extranjeras en librerías y sellos) son empresas que pretenden ganar dinero con lo que producen. Decirle a ese "todos" que no compren el caramelito de "estamos por la cultura por eso ponemos una editorial, una librería, una disquería o una galería de arte". Decirle que toda empresa lucra, desde tiempos inmemoriales con el trabajo ajeno, sea cual fuere ese trabajo. Plusvalía, Margulis, se llama plusvalía, acá y en el mundo entero. Pero con relación al verdadero enojo de tu artículo, recién ahora salta la liebre. ¿Estás enojadito porque los medios no comentan “tu” emprendimiento? ¿Era eso, nomás? Bueno, Margulis, equivocaste el lugar. La mesa redonda que se realizó con Rivera y Saccomanno, ya lo dije, fue para desentrañar otro tema, no el de los nuevos emprendimientos editoriales. Entonces, me parecería lógico que vos participes de los encuentros o mesas o debates que giren en torno a las nuevas formas de publicación. Me parecería lógico que armaras vos mismo una mesa o un debate o un encuentro con todos los actores que juegan su rol en el mundo editorial (me refiero a escritores, editores, críticos, diseñadores de tapas, distribuidores, libreros) para referirse al tema en cuestión. Por mi parte, lo hice durante los años ’70 (plena dictadura, pero como la cultura parece que no jodía mucho a los milicos, no pasaba nada), cuando era vendedor de libros y estaba junto a corredores, vendedores, dueños de librerías y algunos grupos que sacaban revistas literarias en una agrupación llamada ATL –Asociación Trabajadores del Libro–, y lo volví a hacer en los ’80 y en los ’90 (como librero, periodista cultural, aprendiz de escritor, lo que vos quieras) junto a muchas otras personas preocupadas en el tema de la lectura en la sociedad. En la segunda mitad de los '90, además, armé, dirigí y coordine seis encuentros de narradores que se realizaron anualmente y donde asistieron muchos, muchísimos escritores (y mucho público, no tanto como el que se podría haber esperado) para discutir todos y cada uno de los problemas relacionados con la literatura. Por supuesto que el tema de la edición, distribución y llegada al lector estuvo presente siempre, en cada encuentro, en cada mesa, en cada discusión de las que vos llamás "de mate o de café con leche". Ah, me olvidaba, a esos encuentros asistieron, en varias oportunidades, editores que fueron cuestionados por los narradores y, a su vez, algunos fueron cuestionantes de las leyes del mercado. Así que, lo siento, Margulis, hace años que vengo trabajando para que la literatura argentina llegue más y mejor a su público. Y, demás está decirlo, seguiré en la misma. En cuanto al enojo de no mencionar a "tu" emprendimiento, que es lo que se desprende de tu artículo, es cierto: no lo hice en las páginas de la revista Veintitrés, donde trabajo, simplemente porque no me enteré de ese proyecto. Si leyeras la revista (o algunas otras, hay que decirlo) podrías comprobar que hubo varios proyectos alternativos (literarios, musicales, de cine, de teatro, de plástica) que fueron comentados, ya sea en fiorma de noticia o como crítica a los productos que iban sacando. Hice, y leí en otros medios, muchas notas sobre la importancia o no del libro electrónico y de los diversos soportes que podrían competir o sustituir al libro. Nunca los critiqué, a pesar de estar convencido de que es el libro el soporte ideal: quizá sea una cuestión de edad (sabrás, Margulis, ya te lo dije, que no soy un "ahora chico"). Aprendí a leer con libros, disfruté con libros, conocí a los mejores y a los peores escritores con libros. Y escribí libros. Me gustan los libros, ¿qué le vamos a hacer, Margulis? Ya ves, entonces, que no se trata –como vos afirmás, pobremente– de una cuestión de venalidad por salarios o colaboraciones pagadas. Además, ¿sabés?, trabajo en una revista escrita sobre papel. Los que me rodean escriben, mis jefes escriben. Los dueños de la revista –del negocio que es cualquier revista– la imprimen en papel. Sería absurdo pensar que están en contra de otro formato si ese nuevo soporte les rindiera mayores dividendos. Margulis: ¿no sería hora de pensar un poquito antes de llorar como una Magdalena porque no te dan un lugarcito en los medios? Hay que hacerse cargo de una buena vez por todas del lugar que se ocupa y trabajar en serio denunciando incluso las propias agachadas que se cometieron. Yo, que no soy modelo de nadie, pasé por todos lados y sin embargo sigo trabajando y empujando para hacer cosas grupales. La mayoría de ustedes conoce la historia de Ayesha, la revista que hacíamos en la dictadura sin saber que había otras capillas que las de las iglesias. Sabe también que ante la imposibilidad de autopublicar en papel más que un par de primeros títulos, seguimos haciendo libros electrónicos.
Rivera, Saccomanno y yo nos hacemos cargo de los lugares que ocupamos. Rivera y Saccomanno son escritores y escriben libros que publican las editoriales y se venden. Yo trabajo diariamente para sacar una revista semanal que, poco o mucho, también se vende. Colaboré gratuitamente con muchos medios alternativos cuando me lo pidieron. Sigo haciéndolo. Rivera y Saccomanno también. Me consta. Quizá vos no hayas podido leer esas notas. Pero eso es un problema tuyo. Salí, Margulis. Mirá el sol, revisá los quioscos, entrá a las librerías y volvé a salir. Internet y la computadora son herramientas útiles para entender, criticar o alabar, tratar o no de modificar la realidad. Pero nunca, de ninguna manera, la realidad misma. Vos decís que no sabías que hubiera más capillas que las de las iglesias. Te equivocás fiero, Margulis. Capillas literarias, musicales, artísticas hay, hubo y habrá siempre. Amistades, rivalidades, enojos, peleas despiadadas: ¿nunca leíste historia de la literatura argentina? Ningún intelectual con acceso a los medios se animó todavía a cambiar su hábito de lectura para escribir una bibliográfica de alguno de estos libros como debería hacer. ¿Cómo sabés, Margulis? Si leés tan poco, si ni siquiera sabés cómo se escriben los nombres y apellidos de las personas que querés cuestionar, ¿cómo sabés que nadie escribió nada sobre el libro electrónico? Te aclaro, Margulis, yo leí hasta el cansancio sobre el tema. Debates nacionales e internacionales, cruces de puntos de vista de un medio a otro, de allá y de acá. Hay libros, incluso, que trataron el tema. Reitero: deberías leer un poco más. Y comprender, básicamente, que no todo está en internet. Que hay mucho, es cierto, bueno y malo –como en cualquier lado– pero todo lo que permiten que esté. Ni más ni menos.
¿Por qué no? ¿Cuál es el compromiso? ¿Que los libros en internet no pagan regalías a los diarios y a las revistas? ¿Qué son "incómodos" para leer? ¿Que no provocan "placer" porque el soporte "no es amigable"?
¿Qué concepto arrastra esta convencional búsqueda de la "comodidad" y el "placer" en el agitado acto de la lectura? ¿No es acaso siempre "incómodo" leer algo nuevo? ¿No produce siempre estupor? ¿O será que esos libros son los que sí pueden llegar a permitirle a un escritor vivir de su trabajo? Es decir, los que vienen a dar vuelta por completo el estatu qúo de los modos industriales de la producción cultural.
No me interesa la comodidad a la hora de leer. Ya te lo dije, aprendí a leer con libros. Leo cosas por internet, como todo el mundo, pero cuando viajo en tren a mi casa o al trabajo, cuando tomo un colectivo, cuando me siento en un bar y leo para pasar el rato, cuando me siento en el sillón de mi casa a leer no me cuelgo la computadora. Prefiero el libro: lo tomo, lo dejo, salto las páginas, vuelvo a las anteriores porque me olvidé o acordé de algo leído, busco otro en el estante, los comparo. Es más manuable, nada más que eso. Vivo en la Argentina: muchas veces se corta la luz y la vela todavía permite leer. ¿Vos dónde vivís? ¿Vos sos de los que creen que llevando computadoras a Jujuy, Salta, Berazategui o Trenque Lauquen se soluciona el problema de la falta de lectura? ¿Sos de los que creen que con una computadora se soluciona todo cuando las escuelas, la mayoría de las escuelas que no están en Capital Federal, Margulis, querido, no tienen luz, ni agua potable, ni sueldos acordes para maestros o personal de mantenimiento? Esto es la Argentina, Margulis, lo siento. ¿Le compraste el discurso de pertenecer al Primer Mundo a Menem? Yo no, ¿qué le vamos a hacer? ¿Visitás escuelas fuera del radio Centro-Palermo-Belgrano o grandes ciudades? ¿O estás tan atareado con internet que no te avivaste que el país está hecho mierda apenas salís del reducto paquete de la ciudad? Vos decía que esos libros "son los que sí pueden permitirle a un escritir vivir de su trabajo". Desconozco el tema. A lo mejor podrías resolver algunos de mis enigmas: ¿quién le paga a un escritor que envía un libro a internet, el usuario, el que lee, el dueño de la página? No lo sé, realmente no lo sé. ¿Vos sí? De todos modos, ¿en serio suponés que la sola inclusión de literatura por internet va a destruir los modos industriales de la producción cultural? Ahora bien, en cuanto a que internet o la computación sean casi como el Che Guevara –según se desprende de tu artículo–, ¿sentiste hablar de Bill Gates y su fortunita? Un escritor en ciernes que cursó un taller de escritura en la UBA, Sebastián Gonzalez, bautizó en un ensayo interno a las iglesias como "galerías de arte". Es verdad lo que dice. Medio mundo hinca ante ellas las rodillas, lo mismo que cuando va a mirar cuadros. Igual hacemos los escritores ante los modos consagrados de la lectura. Porque lo cierto es que también existe una nueva generación, y ésta es mundial, irrefrenable, que encontró en el espacio virtual (es decir, la internet) el mejor canal para difundir su obra por fuera de los circuitos adocenados de la lectura instituida. Hace pocos días me llegó desde Brasil la noticia de un libro de escritores de la net que será presentado en la Bienal de San Pablo de 2004. Cualquiera de nosotros podría participar de una cosa así y su palabra tal vez sería entonces leída por millones.
Creo que el circuito editorial no es bueno, pero me parece que no es adocenado. Muy bien lo de tu alumno Sebastián González. Pero, ¿qué tiene que ver eso con la literatura? Otrosí digo: no hinco la rodilla en tierra ante nadie ni nada. Además: me parece bárbaro que exista "una nueva generación, mundial, irrefrenable que encontró en internet el mejor canal para difundir su obra". ¿Y? Insisto: no me banco la globalización. Y otra cosa: ¿dónde queda el pibe que no tiene computadora o los 420 dólares necesarios para comprar una? Esa "generación irrefrenable", ¿lo tiene en cuenta? Repito, Margulis, vivimos en la Argentina. ¿Caminaste últimamente por Burzaco, por Gorina, por Mataderos, por Floresta, por Constitución? Yo sí. ¿Viste mucha gente haciendo cola en las casas de computación para adquirir el último procesador de texto? Yo no. Bien por lo de la Bienal de San Pablo 2004. Mandá tus cosas, Margulis. Manden todos los que quieran. Está bien, ¿quién se los impide? ¿Rivera, Saccomanno, yo? No me consta., Margulis, no me consta en lo más mínimo. Hasta que eso ocurra es necesario seguir confrontando contra el silencio de los popes; no es nada nuevo ese silencio, pasa siempre que empieza a emerger una corriente alternativa. Sin duda el silencio es, de todas las formas que asume la ignorancia, la de mayor eficacia. Lo paradójico y absurdo, lo nefasto y reaccionario es que quienes tienen posibilidad de hacer uso de los medios para difundir su palabra continúen regodeándose en el señalamiento de las lacras psicológicas de los escritores como si estas características del artista independiente, y no los condicionamientos económicos y manipuladores del presente, fueran los responsables del estado paupérrimo en que se encuentra la cultura de hoy.
Margulis: contra el silencio de los medios se confronta siempre, ocurra lo que ocurra. Los medios (internet incluido) no dicen todo. Nunca lo dijeron ni nunca lo van a decir. ¿Te imaginás un diario que tuviera todas las noticias que ocurrieron ayer, todos los muertos, todos los nacimientos, todas las novedades aparecidas en todas las ramas del arte, todos los autos que chocaron, todos los trenes o aviones que salieron a horario y todos los que se vieron retrasados, todas las peleas de todos los matrimonios del mundo? Me da toda la sensación de que la ignorancia que vos señalás se te vuelve en contra. ¿Vos sí, acaso, reseñás por internet todos los libros que aparecen? Me gustaría saber cómo hacés para leerlos todos, cuántas horas por día dedicás a la lectura? Además: no creo que los que trabajamos en los medios nos regodeemos "señalando las lacras psicológicas de los escritores". Vos no leíste mucho, Margulis. Asumilo. Si leyeras, comprenderías que hay muchos señalamientos –en medios de tirada masiva o en medios llamados "under"– sobre el estado de la cultura "paupérrima" (y estoy de acuerdo con el adjetivo) del país. El problema es que si los tipos que deberían estar más atentos para ponerse a señalar se hacen los otarios y defienden, como vos, su "preciado quiosquito independiente y alternativo" estamos fritos. Vos, yo, tu quiosquito y toda la cultura del país, que no podrá jamás salir de esa adjetivación. Peor incluso: resulta tremendo y hasta hipócrita que se llenen la boca con discurso gremialista cuando lo que mejor que saben hacer es marketing de sí mismos. Nadie se llenó la boca en esa charla de ningún discurso gremialista. Rivera estuvo en el gremio periodístico y textil. Saccomanno está agremiado a periodistas y lo estuvo en metalúrgicos. Yo también estuvo agremiado a la UOM y a empleados de comercio y ahora a la UTPBA. Los tres adherimos al proyecto de SEA en contra de una SADE corrupta e inoperante. Y sabemos que el SEA no hizo mucho hasta ahora. ¿"Marketing de sí mismos"? ¿En qué basás esa afirmación? ¿En el hecho de no haberte mencionado en una charla que no versaba sobre tu actividad? ¿Conocés el curriculum de Rivera, de Saccomanno, el mío? ¿Salió en Página/12? No, ¿no es cierto? Bueno, eso no habla muy bien de nuestras operaciones de marketing.
Censurados y autocensurados por lo viejo, no saben dónde meterse las palabras para justificar su dificultad para hablar de lo nuevo.
Margulis, querido, cada uno habla de lo que quiere hablar, sea nuevo o viejo. La injusticia es tema viejo: yo sigo hablando y escribiendo de ella. La literatura es tema viejo: yo sigo hablando y escribiendo de ella. ¿Censurado? Sí, estuve censurado varias veces. ¿Autocensurado? No, no lo estuve. Siempre quise decir y escribir lo que dije y escribí. Creo que Rivera y Saccomanno también. Claro, es un tema que vos desconocés: se llama lectura.
Es mi derecho como el de todos nosotros el escribir en mi casa lo que se me cante, pero también es obligación de todos denunciar las trampas que rondan a los artistas y a los intelectuales. Vos podés escribir lo que se te cante. Yo también. Pero vos pusiste en internet un artículo falso, utilizaste nombre de personas que te sirvieron para darte dique (hablo de Rivera y Saccomanno, exclusivamente) y pretendés que te crean trampeando y falseando una charla en la que no estuviste. Afirmás pelotudeces, sacás conclusiones idiotas y las mandás como un pánfilo creyéndote el poseedor virtuoso de la verdad revelada. Escribí en tu casa, Margulis, hacelo. Pero escribí bien: esa es la mayor obligación de un escritor, como vos mismo te llamás.
¿Hasta cuándo esta cultura va a seguir idolatrando escritores con discursos pomposos y egoístas para compensar sus complejos de inferioridad? ¿Hasta cuándo van a seguir los intelectuales haciéndose los distraídos de su rol como ejecutores de obra nueva, es decir, de obra que fomente en los demás las ansias de crear antes que una moral culposa y lacrimógena, que sólo le hace el caldo gordo a los mismos de siempre?
No idolatro escritores. Los leo, me gustan o no me gustan. A los que me gustan, los sigo leyendo. A los que no, les doy una segunda oportunidad, o una tercera. Y si no la aprovechan , no los vuelvo a leer. "Discursos pomposos y egoístas": ¿de qué discurso hablás, del que Página/12 te vendió? Rivera y Saccomanno producen escritos. Son ejecutores de obra nueva. Yo trato de hacerlo. No llego a escribir un libro por año. No me sale, para decirlo de la mejor manera. Pero lo que nunca hago, tampoco me sale, es vender una moral culposa y lacrimógena. ¿Sabés qué Margulis?: no tengo ninguna culpa de la dictadura militar, ni del imperialismo y sus socios vernáculos. No tengo la culpa de la Segunda Guerra Mundial, ni de Vietnam ni de la destrucción de Irak. No tengo la culpa de que haya tanto pelotudo que se la cree dando vueltas. No tengo la culpa, no me provoca el llanto, sino asco, bronca. Peleo porque no existan ese tipo de cosas (hechos o personas). Dos reflexiones finales Si estás tan en desacuerdo con el mundo editorial de libros impresos, si sos tan enemigo del modo de producción dominante de la cultura, ¿por qué publicaste en Catálogos un libro de relatos, por qué permitiste que El Ateneo te editara otro periodístico en 1998 y por qué no le dijiste no a esa archienemiga tuya Planeta cuando en 1999 publicó tu Junior. Vida y muerte de Carlos Menem (h)? ¿Negocito, ego pomposo, "haz lo que yo digo pero no lo que yo hago"? ¿Por qué si los medios son tan espantosos trabajaste nada menos que para Clarín, La Nación, editorial Perfil, editorial Atlántida y Canal 9? Margulis: hay una frase que una vez escuché decir a Miguel Briante (otro que seguramente vos incluirías en la lista de los que llevaron el país al holocausto) sobre una polémica entre dos escritores. Ya te dije no me considero escritor, pero la rescato igual porque puede hacerse extensiva a cualquier rubro: "Esto, en mi barrio, se arreglaba en la esquina". Así que ya sabés, la próxima ves que vengas a la redacción de Veintitrés a pedir un favor, a sobarle el lomo a esos que vos llamás "traidores de la cultura" para que te publiquen alguna crítica o notita, acordate que yo trabajo ahí. Y voy a estar ahí. Crecé, Margulis. Hace bien. Y leé un poquito más. No te va a pasar nada malo.
MIGUEL RUSSO

Aclaraciones con plusvalía
1. Semanas atrás hice circular por internet un mail abierto en el que me enfurecí contra los intelectuales que permanecían indiferentes ante el fenómeno de los e-books, entre otros temas. El disparador de mi rabia fue una nota que salió en Página 12 en la que se citaban los comentarios que habían hecho los escritores Guillermo Saccomano y Andrés Rivera, coordinados en una mesa por el periodista Miguel Russo, donde concluían que el "narcisimo" de sus colegas era la causa de la falta de conciencia gremial que ellos detectaban hoy, a diferencia de la que, decía la nota que ellos decían, existió en los años sesenta.
Reconozco que apodé livianamente en ese mail a Saccomano de "insolado", tal vez porque el adjetivo me rimó fácil con su apellido, y a Rivera de "obispo", dada su insobornable costumbre de predicar valores desde su paradigma monástico en las sierras de Córdoba, pero este no es el punto ahora. Lamento haber mencionado también de pasada al escritor y periodista Martin Caparrós, como ejemplo entre otros escritores que tienen espacio disponible en los medios de comunicación y nunca (que yo supiera) hacen comentarios públicos sobre la cuestión de la literatura en internet, o sobre el entramado de
validaciones y componendas en el que está montado el sistema cultural argentino.
Ahora sé que los últimos libros de Saccomano y Caparrós fueron donados por ellos a una fundación de bien público y que se encuentran en formato pdf en el sitio www.seven-books.com.ar. "Margullis, en este punto la pifiaste", me digo. "No todos los intelectuales son prejuiciosos, conservadores y retrógados, etc." Mis disculpas entonces, si es que las aceptan. Espero sinceramente que sí. Mil perdones por el exabrupto.
Quiero aclarar también que no pienso que los periodistas a quienes grandes grupos editoriales han publicado sus obras sean corruptos. En efecto, a mí mismo cuando trabajaba en un medio masivo me pubicaron dos libros y realmente sería muy ingenuo si creyera que no medió en la decisión de los editores el cálculo marketinero de que un "autor con firma" en la prensa iba a vender más que un ignoto. Confieso que publiqué esos libros no sólo por el placer de llevar adelante unos trabajos periodísticos de mayor envergadura sino porque pensaba que eso me iba a abrir la puerta de las colecciones de
ficción, cosa que no ocurrió. Paradojas de la escritura y del mercadeo de bienes literarios, quiero creer.
No voy a repetir acá la totalidad del resto de mis anteriores argumentos, que intenté desarrollar tras ese comienzo poco feliz; diré en principio que algunos amigos los consideraron confusos, temerarios y excesivos. Y que otros estuvieron completamente de acuerdo, como siempre pasa. Sí en cambio me gustaría resumir las respuestas más curiosas que fui obteniendo.
Hubo quienes consideraron mi intervención una "demasiado franca muestra de sujeción a una concepción de la vida literaria a la que es casi imposible no sumarse"; esos mismos encontraron que el principal defecto del escrito, y también su mérito, era que mostraba "las cartas que otros aprendieron a ocultar, por muy buenas razones", y esa "fatalidad" los entristeció. Hubo también quienes, claramente a mi favor, se alborozaron con la pelea en ciernes: consideraron mi texto "misil", "molotov", "bombazo" o utilizaron alguna otra metáfora sorprendentemente bélica por el estilo. A varios periodistas les pareció que la mención a tantas personas al mismo tiempo era una estrategia de difusión.
Escribí ese mail apenas leí el artículo en el diario y lo envié de inmediato a mi lista de contactos. Me gusta la espontaneidad que ofrece la escritura meiliática porque -y en esto coincido con el anónimo navegante de la web que habló de este asunto en la blog literaria del poeta y traductor Guillermo Piro- es un gran modo de poner sobre la mesa discusiones que no suelen ser dichas sino en voz baja o a las escondidas. El texto tuvo muchos rebotes interesantes: salió en www.argenpress.com y en www.leedor.com y en www.elortiba.com; provocó otros textos firmados con nombre y apellido, que se fueron difundiendo junto al mío por la misma vía: es decir, en cadenas de mails o portales de internet.
Además de los varios mails de coincidencia recibí uno de rechazo, que paso a comentar.
Miguel Russo, su autor, ejerce el oficio de escritor y de periodista cultural desde hace muchos años; cuando se le pregunta a cuál de las dos ramas del discurso pertenece todavía duda entre alinearse en la primera o la segunda, cosa a mi criterio estéril, porque ya los años, quiero decir el paso del tiempo, le indicarán a su pasión si debe continuar con la escritura masiva o la recoleta, o con ambas. Un mes y medio después de que yo lanzara a circular el mail con la polémica me envió una respuesta furibunda. Tal vez debería pasar por alto el contenido de algunas frases suyas más dignas de un patovica que de alguien que trabaja seriamente con la cultura: no me venía pareciendo el caso dirimir si soy un hijo de puta, un fascista, un yanqui o un inmaduro consumado; pese a que varios lectores del envío inicial me transmitieron la inquietud y el desagrado que les producía el tono de esa respuesta, pese a que leyeron en él resentimiento y hasta locura, incluso en lo personal, quién sabe sería bueno atribuir ese resultado a la velocidad con que lo escribió.
Sin embargo también es interesante desmontar la retórica semántica de su fuerte respuesta. No porque yo crea que lo representa a él como persona, por supuesto que no, sino más bien porque sus palabras, escritas como supongo al correr de los dedos sobre el teclado, pueden dar indicios del modo de pensar la realidad, y sobre todo de nombrarla, que sigue siendo canónico en buena parte de la "inteligentzia" argentina.
2.Enojado muchísimo por mis dichos (y no deja de ser cómico esto, porque él también hace hincapié en lo enojado que estaba yo cuando escribía: ahora prefiero escribir más tranquilo), Miguel Russo insultó, amonestó, ironizó y fingió condescendencia; aconsejó, reprobó, corrigió signos de puntuación y la vocal de un apellido; finalmente amenazó. El despliegue de su discurso me impresionó por su violencia, y no porque no esperase una respuesta suya (todo lo contrario: me hago cargo del sentido provocador del mail que mandé nombrándolo junto a los demás). La andanada llegó directamente a mis casillas de correo electrónico, no sé si con copias a otros usuarios de internet, y si no logró sacarme
literalmente de ellas fue porque mi primera reacción fue de parálisis y la segunda, de depresión. El efecto pedagógico de su amonestación fue global y riguroso, como el de esos maestros de lenguaje que ejercían la didáctica a golpe de puntero o puñetazos. Tal vez en su formación intelectual haya habido un personaje así rigoreándolo, todos hemos vivido situaciones así.
¿Qué estaba defendiendo él con tanto énfasis?
¿Qué es aquello que tan amenazado se veía por un mail que según su juicio inicial en realidad es una "nota extensa y viciada" -como si fuera la mala hierba que hay que arrancar antes de que siga extendiéndose y enviciando al resto de plantas de su bien ordenado jardín- de "superficialidad y errores"?
Prefiero no considerar las apelaciones personales y pensar con espíritu de análisis sólo en el cruce de los textos. Es decir, de lo personal (de los insultos) sólo quisiera reiterar lo pasmoso que me resulta que una persona que trabaja y que cree en valores progresistas tenga que recurrir a una crítica reaccionaria y persecutoria para defender sus puntos de vista. Insisto,
tal vez yo mismo di el motivo con esa oración inicial poco feliz acerca de la "coima", pero creo, al menos siempre he tratado de creer, que señalar un error de conceptualización cuando hay que hacerlo está muy bien pero eso de ningún modo justifica, y ciertamente menos que menos en países con la historia sangrienta que tiene el nuestro, a tildar al adversario en las ideas de ser un criminal.
De modo que habrá que sortear primero las acusaciones que me inculpan, en principio, de utilizar (cito) "la misma adjetivación impertinente (por no decir, todavía, fascistoide) de algunos medios que especularon política y económicamente con el por algo será y aplaudieron el retorno de los militares al gobierno con su terrible significado de treinta mil muertes, exilio y destrucción generalizada en todos los ámbitos del país" (fin de cita), como si cuestionar el posicionamiento en el campo intelectual de unos escritores fuera sinónimo de delación.
El tono de su réplica es el del discípulo preocupado por defender a su maestro, en este caso Andrés Rivera (a quien enseguida recuerda como marxista declarado, como si eso lo dejara a salvo de cualquier cuestionamiento).
En el mismo movimiento defiende él a otros escritores como si, paradójicamente, ellos, que si algo tienen es la herramienta de la palabra, no pudieran explicarse por sí mismos. Y para hacerlo recurre a correr el eje de la argumentación: así su acusador, Alejandro Margulis, se transforma en acusado; así mi argumento pidiendo un mayor compromiso a largo plazo de los intelectuales para con la modernidad tecnológica es transformado por Miguel Russo en un contra-argumento de revolucionario de café que sólo puede apelar a datos contingentes (como el azar del lugar donde nací, Estados Unidos) o falsos (como mis supuestas simpatías por un pensamiento de derecha, nada más lejano a mí) para refutarme.
Sus acusaciones van luego dejando esa actitud penosamente incriminatoria y adoptan el gesto peyorativo;ahora rechaza mi palabra no por "fascistoide" sino por "tonta, trivial" y llega (¡atención señores de la Inquisición!) a un pedido implícito de expulsión o censura: lo que el Margulis escribe, y por extensión el propio Margulis es, le resulta, directamente,
"indeseable". De hecho me hace dos advertencias como para que me calle de acá en más la boca: 1) que la editorial Planeta me iniciará un juicio por calumnias (¿trabaja Miguel Russo como abogado de esa empresa de capitales españoles?); 2) que cuando yo vuelva a visitar la redacción donde él sí trabaja me estará esperando (y no parece ser para invitarme a tomar café). Está muy claro quienes pueden pertenecer y quienes deben ser excluídos de ese club que él siente que puede
administrar. Por comentarios mucho menos explícitos que estos fueron expulsados al exilio miles de personas en todas las épocas de la Historia, fueran de una u otra tendencia política finisecular. "Obscenidad", "apresuramiento", "falso coraje" son los corolarios de esta primer andanada.
¿Por qué?
Encuentro la respuesta más adelante, cuando critica a "un Margulis" cuya "impericia" queda visible "en cada área que pretende tocar".
¿Qué es lo que está de mal en mi texto? Mi poco canónico intento de "unificar" a escritores de diferentes generaciones y posicionamientos en el mundo literario. Eso enerva el ansia clasificatoria a que está acostumbrada la crítica literaria más ortodoxa, que Miguel Russo está decidido a defender a las trompadas.
¿Quién actúa corporativamente entonces?
¿Quién está tensando los argumentos de la exclusión hacia el punto sin retorno?
¿Quién está hablando de abrir, crear nuevas y más dignas condiciones de trabajo para los intelectuales y quién defiende el establishment actual?
¿Quién es de "de derecha" y quien "de izquierda"?
¿Quién es retrógado y quién no?
Si algo parece molestar en mi escrito es, repito, que haya intentado "unificar"; es decir unir, ligar, hacer una unidad nueva donde lo que se ha hecho costumbre es considerar lo generacional como parámetro. Miguel Russo dice que está mal que yo agrupe (cito sus palabras de corrido) "figuras de primera línea en la literatura argentina como Andrés Rivera (junto a Juan Gelman, Héctor Tizón, Juan José Saer, Ricardo Piglia, Abelardo Castillo, por ejemplo), con alguien "como Guillermo
Saccomanno" que está entre los nombres de la generación intermedia (junto a César Aira, Sylvia Iparraguirre,
Eduardo Belgrano Rawson, José Pablo Feinmann, entre otros) y otro alguien", él, "que acaba de entrar en librerías y no específicamente por la puerta grande" después de años de ocupar los estantes más recónditos, donde ni siquiera llega al plumero del último encargado de limpieza de la más humilde de las librerías de la Argentina".
La carrera literaria como "derecho de piso" que hay que pagar escriba uno como escriba. O quizá, ordalía en la que hay que aceptar el padecimiento de no ser nadie, nada, menos que nada: eso postula el cánon imaginario puesto en letra acá por él, imaginando que para llegar a estar en "la primera línea" hay que recorrer humildemente, como en una orden religiosa, todo el espinel; aceptando en suma mansamente que "la puerta grande" al Parnaso de las editoriales está sólo reservada para otros, siempre otros, que designarán los premios, concursos o el ojo avizor de algún periodista cultural como el que quizá aspira llegar a ser él mismo, uno de estos días.
Por otra parte, lo que su ojo crítico no logra distinguir, sin duda porque yo no me supe explicar bien, es la diferencia que hago entre el cuestionamiento hacia las actitudes de los escritores y el cuestionamiento de sus obras. En ningún párrafo de mi texto por mail puse una línea en contra de los contenidos de sus libros; y es que no era ése el punto, y tal vez valga la pena aclararlo toddavía más explícitamente, sino, por un lado, su actitud apática frente a las novedades del nuevo campo tecnológico literario, que es mundial aunque cueste asimilarlo; y por otro, el discurso, la pose que esos escritores adoptan cuando hablan en público o cuando son entrevistados por los medios masivos de comunicación. Falsa modestia y relatos de
autocontricción son los que, sin ir más lejos, reitera una y otra vez Andrés Rivera cuando se le pregunta casi cualquier cosa. Un escritor, creo yo, está más seriamente obligado que cualquier otro profesional a cuidar las cosas que dice, y no sólo entre las tapas de sus libros.
Y por eso yo mismo vuelvo a reconocer, y lo repito sin ningún orgullo, que fue un error haberme dejado llevar por la bronca a la hora de cuestionar las honras de los colegas en el inicio de mi mail anterior.
3. Por último, quisiera detenerme en una de sus frases finales: "(...) toda empresa lucra, desde tiempos inmemoriales con el trabajo ajeno, sea cual fuere ese trabajo. Plusvalía, Margulis, se llama plusvalía, acá y en el mundo entero (...)". Tal vez éste sea el punto nodal que estemos discutiendo por debajo de la polémica acerca del rol de los intelectuales, su imagen pública y el libro electrónico.
Analizar el orden de las cosas yendo un poco más allá de lo que los lugares comunes de la lucha ideológica clásica predica quizás, pienso, nos permita ver el mundo que nos rodea como es y no como pretendemos que sea. El problema es profundo y complejo. Y aunque no nos guste está indisolublemente ligado a la existencia de las computadoras. Y por extensión, al libro electrónico.
Unos párrafos de Paul Ricoeur vienen en mi ayuda para tratar de dilucidar un poco mejor la cuestión: observa él que el rasgo dominante del sistema a comienzos del siglo XXI no es más la productividad per se (es decir, su capacidad de fabricar objetos de consumo y luego de imponerlos en el mercado) sino la productividad de la racionalidad misma. Dice Ricoeur: "El Estado moderno, en efecto, ya no es un Estado consagrado a representar los intereses de una clase opresora, sino a eliminar las disfunciones del sistema industrial; justificar la plusvalía disimulando su mecanismo ya no es entonces la
función legitimante primera de la ideología, como en la época del capitalismo liberal descripta por Marx, simplemente porque la plusvalía ya no es la fuente principal de productividad, y su apropiación el rasgo dominante del sistema; el rasgo dominante del sistema es la productividad de la racionalidad misma, incorporada en los ordenadores (...)".
Sigo citando (página 345, "Del texto a la acción", Fondo de Cultura Económica de Argentina, Buenos Aires, 2000): "Lo que se ha de legitimar (entonces) es el mantenimiento y el crecimiento del sistema mismo. Para esto sirve precisamente el aparato científico técnico erigido en ideología, es decir, para legitimar las relaciones de dominación y de desigualdad necesarias para el funcionamiento del sistema industrial, aunque disimuladas en las gratificaciones del sistema con placeres de toda clase".
Gratificaciones como los juegos en red y quizás también los portales que ofrecen, tratan de ofrecer placeres literarios como el nuestro. Y acaso en este punto tengo que darle la razón a Miguel Russo: mi enojo también (no especialmente) tuvo su origen en el desinterés que la prensa -que sin duda es una empresa capitalista- ha manifestado hasta ahora por proyectos como el nuestro.
Es razonable y hay que asumirlo, me dice violentamente su respuesta, porque el mundo es así y no se lo puede cambiar. Así son las leyes del juego. Una naturalización la suya, entonces, de las desigualdades de la sociedad: algo que los marxistas de fe, justamente, jamás estarían dispuestos a aceptar con semejante resignación.
Pero resulta que mi fastido no fue producido sólo por la queja del fabricante o del emprendedor al que no le va bien con su "negocito". Sencillamente porque nuestro portal no es un negocio para ninguno de quienes lo hacemos. Más bien todo lo contrario, en términos económicos. Somos un grupo de escritores agrupados, con el mismo sentido gremial tan reclamado por Rivera y Saccomano, que de un modo poco clásico, o mejor: adecuado al mundo moderno, a la vez que desearíamos
vender nuestras obras, como cualquiera que valora su trabajo, estamos buscando crear nuevas alternativas de difusión para la literatura y las ideas.
De los nueve libros en formato electrónico que hay hasta ahora en nuestro portal, más de la mitad de hecho se pueden obtener en forma completamente gratuita, y son de autores inéditos que nadie tenía interés en publicar.
Dos de esos libros ya fueron incluso publicados en papel, porque tomamos la decisión de asociarnos económicamente autores y editores, lo cual prueba que no somos un grupo de adoradores fanáticos de la edición virtual. Nuestro plan de obras incluye (y estamos empezando a hacerlo desde este mes) la recuperación, por pura practicidad en formato e-book, de autores injustamente dejados de lado y sin reeditar, como Elvira Orphée.
Ingenuo es no aceptar que los libros electrónicos forman parte de una tendencia irreductible, de esas que si no se aceptan y confrontan cuando están naciendo terminan pasándonos por encima como pasaron los trenes por encima de las carretas a caballo. Lejos del fundamentalismo electrónico, lo que me preocupa es saber qué pasará cuando empiecen a llegar en forma masiva Harrys Potters en formato e book, y con todo su aparato publicitario a cuestas. Quiero decir que el analfabetismo ya hoy en día ha comenzado a ser un analfabetismo tecnológico. Los intelectuales no podemos hacernos los distraídos con esto. Tampoco podemos seguirla jugando en este punto "de callados".
¿Cuánto puede faltar, por ejemplo, para que la compañía Disney se asocie a la IBM para crear libros infantiles que puedan ser leídos por los chicos de todo el mundo en un Game Boy Color, una Palm o una consola de juegos financiada en "cómodas cuotas sin interés"? ¿A quién le iremos a reclamar después, cuando nuestros hijos hayan devorado sin resistencia alguna los productos culturales "de punta", y terminen colonizados mentalmente igual que lo fueron decenas de generaciones?
Y a eso también me estaba refieriendo en el inicio de esta polémica cuando salí a hablar de "Rivera y otros ciegos". No veo otra, realmente: los escritores tenemos que aceptar que el concepto de campo literario así como se lo conoció en los sesenta se ha extendido y cambió, sobre todo en sus sistemas de circulación. Se ha convertido, nos guste o no, en un "campo tecnológico-literario".
ALEJANDRO MARGULIS
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