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Senen Rodriguez Perini
 
AUTOBIOGRAFIA. Yo soy un tordo uruguayo que ya tiene 59 pirulos y ha vivido a los saltos como pulga de perro sarnoso, la vida toda. Casado, cuatro hijas ya grandes, una nieta catalana de reciente adquisición - nació el 4 de octubre, no tiene ni un mes - aguanté la dictadura, mas la militancia, mas el estudio de la medicina, mas el laburo, mas el mantener la casa y criar las hijas en los setentas, y cuando casi me estaban por dar alojamiento gratis con masajes y estimulación eléctrica muscular en algún conocido cuartel uruguayo, logré zafar en mayo de 1980 para México. Allí me especialicé y vivimos cuatro años. Luego saltamos a Venezuela otros ocho años. ( U-A Chávez no se va!! - conozco de cerca la realidad venezolana) e intenté volver al Río de la Plata a inicios de 1992 - atravesé toda América vía Brasil con la familia, dos perros que teníamos en ese entonces, una camioneta y una casa rodante atrás, inolvidable, y lo volvería a hacer). Pero en Uruguay me relegaron, -porque me sabían de zurda y yo ponía artículos, etc.- apenas pude conseguir un laburo mediocre en una mutualista manejada por "genios" de la derecha uruguaya donde trabaje 13 años y medio siempre "contratado" y ninguneado. Después vino la devaluación del dólar del gobierno alegre de Jorgito Battlle (ese que dijo que todos los argentinos son ladrones... y después fue a llorarle a Duhalde, ¿se acuerdan no? porque fue algo genial. Cuando ese mal nacido devaluó el dólar las deudas de los uruguayos pasaron a valer el doble y casi el triple con los sueldos iguales. Paso como el corralito de ustedes, suicidios, infartos, etc. etc. refinanciación de deudas casi terminadas de parar otra vez a cinco o mas años...
Resultado. A los 57 años y medio en marzo de 2005, y aún estando jodido de la carrocería decidí poner el pecho de nuevo y me fui a España, a Cataluña. Aquí estoy bien, trabajo de medico, escribo, arreglo escritos anteriores, en fin, voy viviendo. Importante: no me siento rechazado, por el contrario. Pero el precio es la familia dividida, el cuerpo aquí y el alma en "el Sur", como tantos, como casi todos diría.
rodriguezperini@yahoo.es

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Adopción por encargo   |   Ayer, hoy y mañana   |   Apremio físico   |   La espera   |   La luz   |   Perfecta - Excelsa - Intemporalis
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Un relato de Senen Rodríguez Perini

Es común que mi teléfono suene de madrugada, los médicos rurales siempre estamos a la orden, pero inevitablemente me despierto sobresaltado – no puedo acostumbrarme pese a los años – y siempre semidormido contesto automáticamente: “¿Si?.”

“Vení, por favor vení rápido.” dijo una voz muy conocida, trasmitiéndome mucha angustia. Y justamente esa voz sí era particularmente raro sentirla a las dos de la mañana. (Pensar que tantas veces lo había deseado, aunque siempre me autocensurara y lo negara.) Algo serio sucedía para que ella llamara. Tenia que apurarme.

Cinco minutos después estaba arrancando el auto con la camisa mal abrochada y el pantalón con el cinturón suelto.

Recuerdo me medio peiné hacia atrás mirándome en el espejo retrovisor usando los dedos como burdo peine. La acelerada hizo chillar los cauchos.

Diez minutos más tarde estaba apretando el timbre de los López García-Zamorano, una residencia de clase media alta. Todo el recorrido lo hice promediando cien kilómetros por hora.

Extrañamente no salió Alcira, el ama de llaves y me atendió la señora de López García personalmente, Doña Lucía Martha Zamorano, con la que nos conocemos desde muy chicos. Para mi siempre ha sido Lucil. Lucil, un amor imposible, llama de pasión eternamente encendida. (O quizás sería mejor llamarle amor negado, esas cosas del destino, líneas de vida desde siempre divergentes, pese a vivir muy cerca.)

Lucil estaba despeinada, envuelta en una “robe de chambre” rosada, con los ojos llorosos desde donde el rimel había dibujado una pequeña línea negra bajando hacia las mejillas. Se veía abatida y cansada. (Igual para mi resultaba exquisita, un placer el solo tenerla allí frente, verla, sentirla. ¡Que me podía importar el motivo!.)

“¡Que suerte que viniste rápido Gabriel! – me dijo nerviosa dándome un beso en la mejilla – es Carlos, le dio otro ataque y este es mucho más serio que los otros. Me temo lo peor. Me parece que ha dejado de respirar...” y sin esperar respuesta se dio media vuelta y corrió hacia el dormitorio. Si, esta vez era realmente una crisis seria.

Cuando lo miré no precisé ni tocarlo. Estaba muerto. Carlos no era santo de mi devoción, pero lo respetaba, no se bien por que motivo. Quizás lo respetaba a él para respetarla a ella... no lo tenía muy claro. Realmente en el fondo siempre había deseado que no hubiera existido ese tipo. Él nos había separado.

Si. Quizás por eso nunca me animé a decirle lo que sentía mi corazón cada vez que la veía. Aunque en ocasiones tenia la sensación que Lucil lo deseaba saber. Tenía también muy claro que la relación entre ellos no era lo que se consideraría “normal” para un matrimonio. Desde el inicio estuvo viciado de forma y contenido.

Había sido un casamiento prefabricado, planificado por los mayores y obligado por los quebrantos económicos. Fue un arreglo de situaciones financieras a costa de su sacrificio. A lo mejor el tipo realmente la quería, pero en cierta forma, la había “comprado”. Ella no tuvo escapatoria. Y así el marido, bastante mayor, jamás pudo darle la alegría que merecía. Eso lo tenía bien claro.

De todas modos me senté en la cama para examinar el cuerpo, respetando digamos, el decoro, la formalidad. En general los médicos desmistificamos la muerte. Ppara los que no nos entienden somos hasta irrespetuosos, pero en realidad es defensivo. Miré las pupilas: dilatadas; el tono de globos oculares: disminuido. No auscultaba latido cardíaco ni de carótidas y carecía de movimientos respiratorios. Uséase: fiambre fresco. El hombre había sido un asmático severo y últimamente sufría una insuficiencia cardíaca cada vez mas pronunciada. Recuerdo bien que en el último ataque casi se murió y paradojalmente yo logré salvarlo. (A decir verdad a regañadientes, con pocas ganas. Pensando: “y si dejo que espiche de una buena vez...¿quién se va a dar cuenta.? “ Pero no pude. Soy realmente un Profesional y cumplí mi juramento Hipocrático. Pero esta vez no había “tu tía”. Estaba muerto, bien muerto.

“Lucil... lo siento”, le dije guardando el estetoscopio, mientras girando hacia ella me paraba. (En realidad mi cabeza gritaba: “¡Al fin se dejó de joder este viejo!.”) Pero tenía que controlarme, al menos por ahora.

Llorando, la novel viuda dejó caer los brazos a los costados y se mantuvo parada, estática en medio del dormitorio sobre la gruesa alfombra, mirando el piso. Era la imagen viva del desamparo, por eso no pude contener el impulso y me acerqué, tomándola por los hombros.

“Ya te va a pasar”, le dije. Ella se apoyó en mi, gimoteando. El tener ese cuerpo tan largamente deseado entre mis brazos me perturbaba, y demasiado. Hasta parecía mentira. No me importaban los motivos ni el entorno, la tenía en mis brazos por fin..

“Ya, ya, no llores” – mi voz era suave – y sequé las lágrimas con mis dedos. Ella se apoyó más en mi. “Quedo tan, tan sola, Gabriel” dijo dejando escapar un largo suspiro. Y era cierto. Ellos no habían podido tener hijos y las familias estaban distanciadas.

“Así que estamos los dos solitos en ese caserón - pensé - ¿y la mucama?” porque en ese momento reparé que no había aparecido en escena.

“Por cierto, ¿dónde esta Alcira -pregunté - por que estás sola?.

Allí supe que los jueves – era jueves gracias a Dios, - era su día de descanso, y que vivía lejos, volvería mañana, a media mañana.

“... y por eso estábamos solos cuando Carlos empezó con esa falta de aire y se puso tan nervioso, respirando cada vez con mas dificultad, como siempre que le daban esos ataques – parecía que contándome se desahogaba - de pronto se llevó la mano al pecho y cayó fulminado sobre la cama” – me relataba los acontecimientos casi como si se tratara de una novela: – intenté reanimarlo, le puse la pastilla bajo la lengua y la mascarilla de oxígeno, pero su cara ya estaba azul. Yo sabía, pero estoy sola y necesitaba que tu lo confirmaras, viejo amigo, me siento agobiada.” Volvió a abrazarme, buscando apoyo.

“No estás sola, ¡que disparate!, - mi voz intentaba ser convincente - tenés amigos, sos joven, inteligente y fundamentalmente sabés que me tenés a mi, yo siempre estaré cerca, de hecho siempre he estado cerca” – dije al final mas hablando conmigo que con ella - y tomándole las manos con cariño, bese sus dedos pequeñitos, fríos, mojados de lagrimas, sucios de rimmel. Luego la atraje hacia mi y le di un beso en la mejilla. Repetí: “Sabés bien que me tenés a mi, decime que lo sabés”.

“Lo se, lo se muy bien, siempre lo supe, y te lo agradezco tanto... - dijo entristecida - que horrible, ahora tenemos que avisar a toda la familia ¡y viven tan lejos!”

“Para serte sincero – comencé – no puedo decir que lo lamento mucho, yo se que este hombre no te trataba bien, y nunca lo pude tragar. Masticarlo... todavía, pero tragarlo... ¡ni loco!, – y aquí me animé a decirle – en especial porque siempre me alejó de vos.” y la quede mirando fijamente a los ojos.

Se hizo un silencio muy significativo.

Retuvo mi mirada unos segundos y dijo seria: “No digas nada mas, por favor”. Yo realmente la sentí poco convencida. Estaba cuestionada, estaba claro, por eso ataqué nuevamente porque no me podía contener.

“Acaso no sabés lo que siempre ha pasado por mi corazón en todos estos años que te tuve que ver en sus brazos... podés valorar mi sufrimiento... ¿o nunca te diste cuenta? si me decís que no, no podría creerte”. Mi voz ya era condenatoria. Me miró fijo nuevamente.- Algo le sucedía, estaba seguro, algo quería aflorar y ella no se lo permitía. -

Preocupada dijo: “¡Por favor Gabriel, que Carlos esta allí!, respetemos ¿quieres?”. Yo exploté: “¡Él ya no está, se murió!. ¡Kaput. Finí. The end.! Esta allí, pero no está” - como médico, la muerte la veo casi como una solución en muchas oportunidades, aunque los legos no tienen obligación de entender – y seguí: “Mirá, ahora que lo pienso, esto debí habértelo dicho hace muchos años”. Ella retrucó suplicante: “¡Por favor, no sigas Gabriel, no es el momento para conversar estas cosas!”

Era claro que no esperaba ese abordaje, y mucho menos allí y en esa situación tan especial, y para ser sincero realmente yo concordaba con ella en que no era el momento, ni el lugar si utilizábamos la lógica. “Mmmm.... ¿la lógica?” – me dije a mi mismo – y pensando en voz alta seguí: “Para que carajo nos ha servido la lógica estos años. Un poco de locura no solo no mata sino que nos hará vivir más intensamente. Realmente el ser lógicos no nos ha dado felicidad ninguna, ¿no es cierto?, y además en vida siempre lo respetamos, ¿o no?. Nuestra conducta fue siempre irreprochable. Entonces, Lucil, por favor, dejemos a un lado la lógica por una vez, te lo suplico”

Mi fundamentación fue contundente. lo noté en su cara. La atraje hacia mi otra vez. Ella ya no lloraba, solo suspiraba. Ofreció una resistencia muy pobre. “No sufras”, le dije bajito al oído, acariciando con mi cara su cuello. El olor a mujer me dejó embelesado. Noté que a ella se le erizaba la piel y mi corazón galopaba

“Gabriel, - intentó defenderse - no hagas eso, sabés bien que hace tiempo Carlos y yo... como pareja... no funcionábamos... ¿entendés?, él estaba muy enfermo, y entre él y yo no.... nosotros no...” Allí le tapé los labios con el índice de mi mano derecha y dije: “Shhhhhh....no digas nada - y acercándola a mi – te entiendo, ¡como te entiendo!”.

“Por favor, no hagas esto, mirá que no respondo...” – suplicaba - la pasión me desbordó y corté su frase con un beso. Quiso resistirse pero le di otro más pasional y sus defensas flaquearon. Seguí implacable con mis razones: “Si nunca lo quisiste realmente, siempre estuviste enamorada de mi. ¿Te estoy mintiendo? Se sincera, fue una obligación estar con él y lo sabés bien, como también sabes lo que yo siento desde siempre por vos, que es más que pasión, es fuego, fuego puro, ¿o no te das cuenta,?” y comencé a besarle despacio el cuello. Allí sentí sus brazos abrazando mi cabeza y pude percibir que en su cuerpo cedía la tensión que había mantenido hasta ese momento.

“No sigas Gabriel... seamos cuerdos, te ruego Gabriel...” la voz le temblaba, parecía apagarse, sus ojos se cerraban. Comenzó a hablar sola, casi como en un confesionario:“Con él nunca fui feliz como mujer y últimamente estaba agresivo, posiblemente por su enfermedad, no se... ¡hay Gabriel! hacía tanto que no sentía esto que me estas haciendo sentir... por favor, no sigas más”

La voz pedía clemencia, pero el tono que empleaba era casi una orden de fusilamiento y mis ansias se desbocaron. Con una facilidad de movimientos que no me conocía, pocos segundos después nos amábamos desnudos sobre la gruesa alfombra, junto a la cama donde el novel cadáver se enfriaba lentamente, consumidos de pasión.

Jamás había disfrutado tanto del sexo como esa noche. Y esto era mutuo. Demoramos muy poco en tener ambos un orgasmo contenido por años. Avergonzada me dijo: “Que estamos haciendo, Gabriel, por Dios...” y yo le aclaré: “Simplemente se dieron las condiciones, algo que los dos hemos esperamos demasiado. Terminó una etapa de nuestras vidas y comienza la que tanto habíamos soñado y nos estaba vedada. Pero ahora nada nos impide querernos, ¿entendés?” y recomencé con mis caricias.

“¿Pero a vos te parece que esto se puede hacer?” - me dijo totalmente cuestionada, y respirando ansiosa.- “¡Si ya lo hicimos, mi amor! - le contesté de inmediato – y con lo que te hizo sufrir este tipo, debería estar mirándonos, pero tiene la suerte de estar muerto y ya nada le importa” – ella me miraba como desconociéndome, nunca le había hablado así y seguí – “solo que estuviera agarrado del famoso hilo de plata del alma y nos mirara...¡ma si! que nos mire, al fin por él perdimos tantos años. Y te digo más, en la cama vamos a estar más cómodos mirá,” y me levanté decidido.

“En la cama está él, Gabriel, ¡te lo suplico!”- dijo nerviosa sentada en la alfombra intentando arreglarse el cabello.- Yo fui muy claro: “Estaba”, dije, mientras lo bajaba al piso envuelto en el cobertor.

Ella se enojó: “¡Por favor!, ¡estás loco!” – gritó - y levantándose quiso tomar la ropa del piso. Allí volví a abrazar su cuerpo desnudo desde atrás por la cintura, apoye su espalda en mi pecho y le dije: “¿Dónde vas?, ¿Dónde-diablos-te-crees-que-vas,?” con una voz mezcla de enojo y cariño, besando repetidamente su nuca, jugando con el cabello.

“Por favor, Gabriel, hay que llamar a la familia, nadie sabe nada.” Hablaba mecánicamente, dejando caer la cabeza hacia atrás y suspirando mientras acariciába el brazo que la tenía retenida por la cintura. La tranquilicé: “Después llamamos, quedate tranquila, que al finadito nada lo apura, tiene toda la eternidad por delante. El certificado lo hago mañana, tenemos poco tiempo, después con el luto y esas cosas quien sabe cuanto hay que esperar para estar juntos otra vez. Ahora a recuperar años mi amor, a recuperar años.. Le damos doce horas mas al desenlace y listo. ¿Qué son doce horas para quienes nada saben y cuanto representan para nosotros?.”

“¿Qué son doce horas?... realmente estás loco”, dijo por fin sonriendo cómplice, y se entregó por completo. La escena debería de ser exótica, pero nadie la vio. El difunto Carlos en el piso envuelto en el cobertor cual taco mexicano gigante. Lucil y yo recuperando años de pasión contenida en una sola noche, en esa inmensa cama de matrimonio. Por la mañana haremos el certificado con las horas cambiadas, total... ¿12 horas mas o menos?... ¡por favor!

¿Qué esto no es profesional?. Usted lo dice porque no tiene la calentura que este servidor ha venido juntando durante los últimos diez años.

¿Sabe que?. Haga el favor vea, si no le gusta, no lea.
 

Cariño de padre

Barrió mecánicamente el último resto de mugre hacia la pala de plástico rojo, vació el contenido en la bolsa negra de basura y la tiró dentro del contenedor de desperdicios verde oliva, asegurando bien la tapa con las siglas "F.A.A." pintadas en su centro. Después miró con satisfacción el enorme espacio de carga del Hércules ahora vacío e impecablemente limpio gracias a su esfuerzo. Para sus ojos, pese a la luz mortecina del transporte, todo brillaba.

Siempre le pasaba, pese a tantos años de servicio y horas de vuelo realizadas no dejaba de emocionarse cuando la inmensa ave mecánica se elevaba de la ciudad iluminada y podía ver como todo se achicaba mientras ellos se internaban en la oscuridad de la noche sobre el inmenso río como mar.

Y que hermosura las luces de Colonia, en la costa uruguaya, alla a lo lejos, al iniciar a máxima altura el amplio giro de retorno hacia la "Reina del plata".

Pocos minutos después volverían a aparecer en lontananza los resplandores, anunciando que terminaba el último vuelo de la noche. Por el intercomunicador avisó a la tripulación que en su sector todo estaba listo y esperó que la voz metálica del capitán le contestase rutinariamente: "O.K. positivo, ocupar posiciones de descenso."

Terminó de cerrar el gran portón lateral del carguero que al trancar los seguros generó un ruido seco, tapando por unos segundos el permanente ronroneo de las turbinas.

Mientras se colocaba el cinturón de seguridad pensó nuevamente en esa rubiecita tan preciosa. Era tan joven, de la misma edad que su hija y había notado que estaba preñadita.

Debería tener un embarazo de unos cinco meses por el tamaño de la barriga. Que linda era. A él siempre le habían parecido más hermosas las mujeres cuando estaban de encargue, no sabía explicar por que motivo le pasaba eso, pero en ese estado las veía resplandecer, le resultaban especialmente bonitas.

Realmente le había gustado esa muchachita, pero dejando de lado lo sexual, le había generado una atracción diferente, como cariño, que podía definir por asociación con su hija como un cariño de padre, realmente.

Por eso, porque le agradaba tanto, la dejó para el final.

Él era un profesional y no podía permitirse olvidar nada, ni dejarse llevar por sentimientos.

De ese grupo de subversivos, fue la última maldita comunista que tiró al río.

[Publicado en portada en noviembre 2007]


Cuestión de profesionales

"La verdad, mi estimado Coronel, es que nadie hubiese podido prever esa situación, por lo que es absurdo - y en cierta forma masoquista - que ustéd se siga culpando".

"Pero mi General, de todas formas creo..."

"Ya termine con eso, por favor, que le va a hacer daño. ¡Es una órden Coronel, olvide el asunto!".

"¡Si Señor!... pero permítame mi General expresar que..."
"Ya déjese de pavadas. ¿Quién podía saber que el transformador estaba roto?. Ustèd intentó pasarle hasta 80, máximo 100 voltios como bien nos enseñaron en la Escuela de las Américas, como nos enseñó Mitrione, esa era su misión y ustéd la cumplió, ¡con creces la ha cumplido, nunca se ha apartado de los manuales gringos! ¿no es cierto?, ustéd cumplió la tarea de recabar información, esas eran sus órdenes. ¡Ya basta Coronel!".

"Si señor, pero si hubiese visto los testículos arrugados, el pelo quemado, el cuerpo encorvado con las convulsiones, todo el humo, el olor, y hasta se vomitó antes de morir el pichi ese, ¿sabe?, ¡una desprolijidad absoluta, un cáos mi General, nada profesional, nada profesional...!"

Esta bien, lo comprendo, no busque nada más, a lo hecho pecho. Misión cumplida le repito. No le de más importancia que la que debe tener este asunto. Un subversivo menos al fin es ganancia. ¿Se va a enfermar por un sedicioso, Coronel?"

"¡Seguro que no, mi General! Pero tenga en cuenta mi hoja de servicios... mi hoja de servicios...¿como queda?, era una hoja perfecta y ahora tiene una mancha, ¡una mancha!, he apremiado físicamente a cientos y este es el primero que se me muere mi General y lo que más me revuelve es que no lo mato por culpa mía, lo vengo a matar porque un subalterno electricista hace mal su tarea de mantenimiento... ¡él se equivoca, pero es en mi record impecable que queda esa mancha! Es que usté debe entender que uno es perfeccionista, ¡que uno es un Profesional mi General!. ¡Que mierda venir a morirseme a mí ese hijo de puta!"


Paro cardíaco

- ¡Paro cardíaco! ¡Atención, entró en paro! apliquen masaje cardíaco externo, páseme la cánula endotraqueal ¡vamos, vamos! tenemos poco tiempo. Enfermera, coloque una vía periférica e instalen el electrocardiógrafo.

La voz del médico intensivista era enérgica, no denotaba ansiedad, por el contrario trasmitía seguridad y calmaba los nervios de sus ayudantes, se veía de lejos que sabía lo que estaba haciendo.

Quizás él llevaba la procesión por dentro, pero eso lo pagará más tarde, cuando esté en la cuarta o quinta década de la vida, donde la sumatoria del stress desemboca en derrames cerebrales, paros cardíacos, infartos, etc., pero hoy por hoy es un médico joven, especializado en casos agudos, bien preparado y exigente, cumpliendo la misión para la que se ha estado entrenando tantos años, y respetando el antiguo juramento hipocrático, aún sea a costa de su propia salud.

- ¡Ya está intubado! conéctenlo al respirador... ¿cómo va la respuesta cardiaca?... no está respondiendo... ¡adrenalina! - toma con movimientos rápidos y decididos la jeringa y unde sin dudar la aguja en un lugar preciso del tórax, apretando el émbolo. El líquido penetra en el corazón detenido, la línea en la pantalla muestra movimientos irregulares.

- Comienza a responder pero esta fibrilando, ¡preparen el desfibrilador! ¿Listos?... todos fuera, ¡procedo!

La descarga aplicada a los costados del paciente producen una contracción muscular que le arquea y eleva el torso, cayendo pesadamente luego en la camilla. La línea continua irregular.

- ¡Vuelvan a cargar, ahora 200 Joules!... ¿listos?... ¡fuera!

Una segunda descarga genera otro salto del cuerpo inanimado, pero ahora comienza a observarse en la pantalla del electrocardiógrafo una elevación constante sobre la línea de base. El noble corazón vuelve a su trabajo. La voz del especialista ahora denota cansancio:

- ¡Ha vuelvo, ha vuelto, lo logramos!, luego, siempre atento al registro del aparato da órdenes al personal, constata que el trazo de la frecuencia cardiaca muestra normalidad, indica que retiren el respirador y la cánula traqueal. Se permite descansar.

La cara del joven galeno esta colorada y sudorosa, pero en su mirada se puede ver la satisfacción del deber cumplido, algo propio de los seres humanos, ese deseo básico de sabernos útiles.

Con gran tranquilidad pese a todos los momentos de angustia vividos comienza a quitarse la ropa de faena empapada en transpiración, acepta una toalla para secarse la cara y volviéndose mira su paciente todavía pálido, pero ya sin ese tinte azulado de los momentos mas graves. Entonces se retira, dejándolo rodeado por el enjambre de abejas en que se convierte el personal de la salud haciendo sus procedimientos.

Ya aplomado, después de colocarse prolijamente la parte superior del uniforme, avanza hacia una sala donde fuma y bebe café un hombre de mediana edad, que lo está esperando. Ya le ha preparado otra taza de café para él.

Entra decidido, se cuadra, hace la veña mirando fijo la pared al frente y trasmite:

- Mi General, hemos estabilizado al sujeto, si usted lo dispone, ya se puede continuar con el interrogatorio.


Cremación onírica

Había sido su temor de siempre, su gran temor: Que lo enterraran vivo.

Consideraba que era lo más horroroso que le podía pasar, la sola idéa lo martirizaba, pero la vida enseña que hay cosas peores, cosas impensadas, como la que le estaba pasando en ese momento, en que comenzó a despertar lentamente y no sentía su cuerpo.

Estaba embotado, apenas divisaba luces cerca suyo, no sentía las piernas ni podía moverse y la vista le fallaba, no logrando fijar bien las imágenes, veia bultos. Lo que lo aterró completamente fue darse cuenta que estaba paralizado, que solo notaba un olor a carne quemada que le llenaba su naríz y en sus piernas un calor insoportable del que no se podía separar...¡estaba clarísimo! lo habían enterrado vivo y ahora estaban incinerando el cuerpo!.

Él recordaba bien que se lo había dicho a la familia: "Cuando me muera nada de tierra y gusanos, a mi me queman y listo. Después las cenizas al viento sobre las aguas del río, bien poético y limpio. Nada de cementerios, ¡que carajo!". ¡Por que habría dicho eso! ¡Estaba vivo y nadie lo sabía, nadie entendía que lo estaban quemando vivo! ¡Quemando vivo!

Quiso gritar pero le faltaban fuerzas, solo un quejido apenas perceptible surgió de su boca y no recordaba como había llegado a esta situación, solo le volvía la imagen del diálogo: "A mi nada de gusanos y panteones, a mi me hacen cenizas y listo!"

Intentaba prepararse para soportar ese dolor que le corría bien dentro de sus huesos y el olor a carne quemada - su carne quemada - le impedía respirar, mientras las luces cerca del cuerpo resplandecían junto a un murmullo incomprensible y el olor inmundo a la carne quemándose le revolvía el estómago. No, no podría resistir el dolor, solo pedía morirse pronto, bien pronto, ¡por favor Dios, morir pronto!.

"Mi Coronel, este ya no siente nada y le falta poco para ser finado".

La voz del sudoroso sargento no denotaba sentimientos, solo cansancio.

El Oficial estaba furioso, y comentó a los gritos: "¡Este hijo de puta todavía se nos va a morir...!¡Suspenda la picana, sargento, y llame a los médicos!


Cadena de las fuerzas conjuntas

Todos los días a las 19 y 45 minutos llegaba un comando del FUSNA (Fusileros Navales) y cerraba la calle Mercedes desde Andes hacia la aduana en un operativo efectuado por dos camionetas llenas de efectivos. Ingresaban al SODRE (Servicio Oficial de Radiodifusión del Estado) y copaban los estudios y el comando técnico de la emisora.

Colocaban fusileros armados a guerra en la entrada de la radio, en todos los corredores y en las ruinas de la sala que se había quemado años antes. Delante de cada cabina - una de CX 6 y otra de CX 26 - apostaban un efectivo y otros dos con el oficial a mando del operativo entraban a la cabina de emisión que enviaba la señal a la antena que la difundía a todo el país.

Colocaban una cinta pregrabada con el mensaje de ese día a las 20 horas. El SODRE era "cabeza" de la red nacional de radio y televisión. Las imágenes las trasmitían desde el Canal 5, el canal estatal. (Muchas veces aparecían requeridos o presos queridos amigos, cuyo único pecado era ser fieles a la Democracia.)

Comenzaba a sonar la famosa Marchita Militar de la Cadena Nacional. Si por cualquier motivo la cinta se rompía, el locutor de CX6 debía seguir leyendo al aire, y si esta también se interrumpía, el locutor de CX26 debía hacer lo mismo, so pena de pecar de subversivos e ir presos inmediatamente. Todo el tiempo con un fusilero armado a guerra junto al locutor.

Terminado el operativo, se iban tan violentamente como habían llegado. Así todos los años de dictadura, día a día, noche a noche. Yo tenía en ese entonces - año 1975 o 1976 por alli - unos 27 años, estaba en quinto año de medicina y era locutor - cargo ganado por concurso de oposición - en la CX26. Trabajaba de 16 a 24 hs.

Un año después, me obligaron a renunciar a mi cargo.

Cuatro años después, apenas recibido de médico, emigré a México.

Aún hoy, cuando siento esa marchita militar, se me revuelve el estómago.


Adopción por encargo

- Si Señor, comprendido, tengo un 440 pronto.

- Si, de la modificación de los archivos se encarga Inteligencia. Dígale a su familiar que quede totalmente tranquilo, es gente de confianza.

- ¿Como?... ¿Moreno?... no Señor, seguro ha existido alguna confusión. No, moreno no. Blanco, a estar por las fichas.

- Si, blanco. No, el hombre esta prófugo, pero los documentos cantan.

- Ninguna duda, ella es rubia.

- No, no tengo ahora, pero en cualquier momento... Si, si Señor, le aviso, aunque debo confesar que no es muy fácil.

- Lo de los morenos, Señor.

- No, pocos pedidos, ¿será por eso lo de los angelitos negros?

- Lo del bolero ese, Señor.

- Señor, ese que dice que no pintan... ¡ese, seguro!

- Si, es gracioso, gracias Señor, pero no es mío, me lo hizo un sargento aquí de la guarnición. Bueno. Si, pero le recuerdo que hay que tener paciencia, porque no es muy fácil, en estos años que estoy a cargo fueron un puñadito que he visto.

- ¡Pero claro Señor! En cuanto tenga se lo hago saber.

- Lo mismo para usted Señor, a las órdenes siempre.

- No, por casa seguimos igual, con el casalcito. La nena, la nena es la mayor... cuatro años, el pibe tiene dos.

- ¡No! De momento ni pensar, aunque nos gustan los niños, pero usted bien sabe Señor que el cobro no da para tanto.

- Muy agradecido, quedo a sus órdenes. Cambio y fuera.

- ¡Sargento!

- ¡Señor!

- Me dicen los médicos que el 440 de la celda 16 esta casi resuelto, llame a central y dé el código. Ellos ya saben. Luego vaya al traslado usted personalmente, nada de anotaciones ni archivos, todo personal. Va, después que nazca lo lleva a donde siempre, recoja los datos y vuelva ¿Comprendido?

- ¡Si Señor!

- Antes de irse llame a la base aérea, avise que tenemos otro pasajero para mañana o pasado. Que preparen el cupo y cuando le avisemos que manden a buscar el traslado al Hospital Central. ¡Proceda!

- ¡Si Señor!


Ayer, hoy y mañana

No creía lo que veía. La mas chica de las Arrospide, Cristinita, con la que jugamos tanto de chicos, con la que enloquecíamos a las maestras de preescolar y escuela y también a las profesoras del primer año de secundaria, aquella amiga entrañable de mis lejanas épocas de niñez e incipiente adolescencia, estaba otra vez frente a mi.

Nos habíamos dejado de ver muy jóvenes, cuando mis padres se vinieron para Montevideo y su familia quedó en nuestro Salto natal. Luego – y que bien lo recordaba - nos encontramos de pura casualidad cuando apenas pasábamos los veinte años, una vez, una sola vez, en plena dictadura, después de una pintada contra los fascistas.

Había sido una sola noche pero quedó marcada a fuego en mi recuerdo para siempre. Eras amiga de la novia de un amigo y allí nos volvimos a ver, aunque realmente no nos conocimos hasta que llegamos al boliche. Allí empezaron las sospechas... "¿Sos vos... Carlos? " – la sorpresa era mutua - "¿Cristinita?... no puede ser... ¡Cristina Arrospide!, ¿sos vos?, ¿y dónde esta la rubia de trenzas, aquella con la que jugábamos a las escondidas, la de pecas y cachetes colorados?" – y la confirmación - "Si, soy yo, la rubia creció Carlos, los años pasan". Y siguieron los recuerdos en avalancha. Era en la época más dura, de plomo, por eso no pudimos permitirnos mucho tiempo. Quedamos en vernos, me diste tu teléfono y yo prometí llamarte, pero vino la cárcel, el exilio, la separación, y otra vez dejamos de vernos, hasta ahora.

Habían pasado casi treinta años, pero el reencuentro renovó las picardías de aquellos días. Seguramente también ella recordaba cada detalle en esa especie de carrusel mental que tenía los engranajes oxidados y que ahora el reencuentro lubricaba, haciéndolos girar incansablemente, generando imágenes tan queridas, desempolvando los recuerdos casi olvidados, girando y girando sin parar.

Concordamos que este encuentro no podía ser casual, tendría un motivo. Del hoy y del nosotros a los lugares conocidos y los que tenemos por conocer y por la necesidad de recomponer nuestras existencias y como se nos fueron nuestros viejos, y los pibes que han volado y hecho nidos propios y la soledad que nos avanza, y como es feo sentirnos solos, y este soplo de vida, de aire fresco al estar otra vez juntos, que de tan chicos nos hacía tan felices y que de jóvenes la vida no nos había permitido disfrutar mejor y, y...

Por eso estamos ahora reviviendo, ahora parece que siguiésemos jugando desde nuestra madurez con la vida, enloqueciendo ya no a profesores y maestros y si a los hijos, las hijas y los nietos. Nadamos en un mar de coincidencias, empapándonos en todo lo que antes no podíamos reconocer, lo que antes no sabíamos.

Fuimos al mismo boliche, ese en el que nos habíamos reencontrado aquella noche, lejano 1974, otoño, un día de frío húmedo que avisaba la proximidad del invierno. Buscamos instintivamente la misma mesa, sin haberlo programado. Caballero, separé la silla y vos dijiste: "Me parece un "deja vú" de los franceses", porque era la misma silla y yo, casi cuatro décadas mas joven, también supe repetir ese movimiento. Ella no lo había olvidado.

"Fue cerveza... ¿no es cierto?" - dije mirándola fijo, repasando que aunque los años habían pasado para los dos, esos ojos caramelo tenían la misma, exactamente la misma mirada de aquel tiempo. "Si – aseguré canchero sin esperar la contestación – estoy bien seguro que los dos tomamos cerveza."

"Doble Uruguaya – dijiste enseguida – aquella de botella barrigona, ¿no te acordás?, y vos pediste un sándwich caliente y yo..." "¡Pizza... vos pizza – retruqué retomando la iniciativa en los recuerdos -, dos porciones de pizza con fainá!, como no me voy a acordar si me llamó la atención la cantidad de pimienta que le pusiste, casi estornudo de mirarte" – terminé entre risas - "Por el frío, la pimienta por el frío – parecías recordar ese frío - me encanta ponerle mucha pimienta a la pizza "a caballo" y ese día hacia un frío increíble... mira como te acordabas... y yo puedo decirte que cuando llegaste, la primera vez que te vi traías puesta una boina como el Che, que te quedaba hermosa. Eras tan guapo, alto, elegante..."

"Y tenía un susto impresionante – le confesé – los milicos habían estado a punto de agarrarnos con cantidad de publicidad y unos crayones negros que me ensuciaron las manos". "Me acuerdo – dijiste entrecerrando los ojos- las tenías negras del carbón, estabas todo sucio... ¡que días tan feos nos tocó vivir!, mas vale ni acordarse de eso." Bajaste la mirada y la dejaste fija en la mesa, como presa en recuerdos tristes.

Yo te traje otra vez al presente: "¡Y ahora me lo venís a decir, veinticinco años después! Pero no me jodas Cristinita... ¡veinticinco años después!"

Asombrada volviste a mirarme y preguntaste: "¿Qué fue lo que te dije veinticinco años después, me podés decir?. Y yo: "Lo de la boina, eso que decís de que me quedaba linda, eso de que era alto, elegante, que era un pintún bárbaro a tus ojos, eso". Sin quererlo me quedé medio pensativo, entonces intentando retomar la alegría le pregunté: "¿Y como vas a decir "eras"... mire que la pinta todavía la tengo, vengo siendo un galán recio maduro, vengo siendo," dije de un tirón con voz tanguera, haciendo un gesto con los ojos y sugiriendo que me tocaba el borde del sombrero como Carlitos Gardel.

"¡Seguro que seguís siendo!, ¿quien te ha dicho lo contrario?", dijiste así sin anestesia y quedé en la lona completamente noqueado, tanto que el árbitro podía contar hasta mil que no me levantaba. Es cierto que no esperaba tanta sinceridad, pero lo que más me había impactado era el tono de voz con que habías dicho todo. El: "seguro que seguís siendo" casi te había salido con bronca, como reprochándome que pudiese pensar que vos no lo creías, y el: "¿quién te ha dicho lo contrario?" con un cariño reconcentrado de años, que era como una caricia sostenida, más cuando la acompañaste con un cambio en el brillo de los ojos, que casi parecían estar a punto de llorar, desbordados de amor.

"Y de vos... ¿qué puedo decir de vos...? – le dije casi susurrando – que a mis ojos sos mucho mas hermosa que aquella maldita vez en que te volví a tener y te volví a perder en mi vida, oculta por la gorrita coqueta marrón – mira como me acuerdo – y la cara tapada por la bufanda hasta los ojos. Parecías una afgana con los burkas esos que ahora vemos en la televisión. Pensar que solo fueron unas horas y después cada uno a sus tareas y dejamos de vernos otra vez, ¡que destino maldito!. Pero te cuento que pese al tiempo esos ojitos siguen igual de hermosos y vos toda estas tan, tan..."

"¡Pará un poquito! - me cortaste - ¿qué te pasa?, nos conocemos desde niños... ¿te me estas declarando ahora?" – propusiste a las risas y después ya mas seria – ¿y por qué decís eso de "aquella maldita vez en que nos volvimos a ver?." "Lo de maldita – atiné a decir - es porque te dejé ir, ¿entendés?, porque te dejé ir y desde hace veinticinco años he lamentado no haberte dicho lo que descubrí en ese momento, allí en el café, en el medio del remolino que ha sido nuestra vida, decirte que fue verte y descubrir que el cariño de niños era amor. Te lo repito, quizás no pude decírtelo – quizás ni tiempo tuvimos para nosotros – había que seguir la militancia, pero era – y es – amor. Te aseguro que hasta hoy te he extrañado, que jamás te olvidé, siempre te quise."

Quedaste confundida pero enseguida te repusiste: "¿Vos no acabás de retrucar el por qué no te lo hice ver hace tantos años?, la vida se nos va Carlos, el tiempo es cada vez mas breve... ¡y no pienso repetir esa equivocación de nuevo!, decís bien, no tuvimos tiempo para nosotros, nuestros destinos se han cruzado ya tres veces y ahora con la madurez me doy cuenta que en esas poquitas horas vos no entendiste mis mensajes y yo no supe manejar tu timidez... porque me pareciste tan heroico en ese entonces, tan valiente... quizás casi tan valiente como tímido, porque eras muy tímido... ¿o me equivoco?."

Seguramente me puse colorado porque señalándome acusadoramente con el índice de la mano derecha moviéndolo arriba y abajo me dijiste entre carcajadas: "¡Se puso colorado!, seguro que le acerté, lo seguís siendo!, ¡seguís siendo tímido pese a los años!. Entonces no me pude aguantar: "¡Carajo! – me salió del alma – pensar que yo me quise dar dique de canchero... pero tenés razón, pese a los años sigo siendo un tímido de mierda, un tímido que no va a dejar que pase de nuevo lo que nos pasó en aquellos días tristes."

"¿Y que nos pasó? – dijiste intrigada - "que no aproveche esas pocas horas de calma en la tormenta para decirte de frente cuanto te quería, que no las aproveche para abrazarte, besarte, amarte. Cristina... fui un miserable tonto que nos hizo perder media vida juntos y bien decís, ¡no nos va a pasar de nuevo, te lo juro!" y sellé mi declaración agarrándole fuerte las manos sobre la pequeña mesa del boliche. Vos las dejaste en las mías con un leve temblor y ese morderte lentamente el labio inferior mientras me traspasabas al mirarme, me dieron la contestación sin necesidad de palabras. Los dos sentimos que la mesa nos separaba molestándonos y casi la pateo a un lado cuando llegó el mozo con las cervezas y tuvo que carraspear varias veces, cada vez más fuerte, para que nos soltáramos y así poder servirnos.

"¿Qué son casi treinta años?" te pregunté, y vos, triste contestaste: "Toda una vida Carlos, toda una vida". Entonces yo te hice ver, siempre alegre: "Una vida, decís bien, pensalo: una vida, si, esa fue una vida, esta que empieza hoy es otra, no lo dudes. ¿Qué cuanto durará? Solo Dios lo sabe, pero lo que dure, ¿sabés? lo que dure será todo nuestro, todito"

Nos dimos cuenta que todavía no eran tantos. Vinieron otra vez las risas, las sonrisas, los abrazos, los cuentos, las desgracias, su viudez, mi divorcio, nuestros hijos, los nietos que no tuvo y los que me regalan su alegría día con día, sus estudios, mi carrera de arquitecto, el viejo Uruguay, la vieja España, Suecia, todas las experiencias, hasta el hoy.

Por primera vez en mucho tiempo no me sentí más solo. Cuando salimos rumbo al futuro abrazados como dos adolescentes del boliche, no pensábamos perder tiempo lamentando el ayer, lo que había podido ser, lo que habría sido. Las vivencias de antaño no eran más que recuerdos, ahora la prioridad era vivir el hoy. Y vivirlo febrilmente, disfrutando cada hora, cada minuto, cada segundo.

El ayer ya fue, y pos... ni modo, como dicen los hermanos mexicanos, el hoy es hoy y hay que vivirlo a plenitud, y para nosotros es algo invalorable. Y el mañana... sea como sea, dure lo que dure, venga como venga, el mañana para dos almas enamoradas será intenso, será hermoso, será inmenso. ¿Quién puede decir cuanto nos queda? Fue desafortunado no haber tenido estas vivencias casi treinta años antes, pero peor seria no haberlas tenido nunca.

Te das cuenta – le dije filosófico – la vida nos está dando una nueva oportunidad. ¿Sabes a que poquita gente le sucede?".


Apremio físico

Con las manos aferradas fuertemente a los barrotes laterales cierra los ojos endureciendo sus facciones mientras muerde su labio inferior hasta sacarle sangre.
A su alrededor todos le hablan al mismo tiempo, le gritan, le increpan, no entiende. Alguien pincha su brazo y comienza a pasar un liquido transparente en sus venas sin decirle que es ni para que, mientras otro oprime sus genitales exigiéndole más, mucho más. Le dice secamente que no se resista, que colabore para acabar de una buena vez con todo esto, que es para su bien, que le conviene. Un tercero le clava algo en la espalda y siente como arde lo que entra en su cuerpo mientras el dolor sostenido del abdomen se hace más y más fuerte y le obliga a gritar buscando alivio en este esfuerzo agotador mientras corren gotas de sudor por su frente y el cuerpo bañado en transpiración resiste estoicamente.

Los que la rodean no se inmutan, le piden más, más, más, le exigen que colabore, que es por su bien, que no se oponga. No logra entender claramente las órdenes, pero mantiene la boca cerrada mientras sus piernas comienzan a quedar insensibles. Pese al miedo sigue resistiendo el dolor que se agudiza y aunque se quiere mover no la dejan, la mantienen en su posición, la obligan a continuar mientras siente que necesita evacuar urgentemente y les dice, les grita, ellos parecen sordos y por el contrario le exigen más.

Físicamente exhausta apenas duele cuando le cortan sus genitales y siente la sangre caliente corriendo por las nalgas, allí sí casi pierde la noción de todo pero automáticamente se esfuerza más y la cara le queda roja con los dientes desesperadamente apretados, firme pese a todo porque sabe bien lo que esta haciendo, tiene muy claros sus principios, sabe muy bien por qué está allí.

El máximo de esfuerzo lo acompaña de un sonido gutural que comienza de lo más profundo de sus entrañas y se hace cada vez mas fuerte, más penetrante, mas desesperado, más visceral culminando con un grito explosivo, desgarrador.

De pronto, todo cambia.

Cesa el dolor.

Cesa el esfuerzo.

Nada duele.

Un llanto agudo, interrumpido, intermitente, conquista el ambiente, endulza los oídos y ese esperado cuerpecito mojado y calentito se retuerce en su pecho.

Todos los que la están rodeando ríen.

Ha nacido su hijo, lo demás no cuenta.


La espera

Lentamente fueron llegando a la capilla.
El tiempo gris, lluvioso, acompañaba los acontecimientos – como siempre pasa – haciendo todo más difícil.
Tantos días de frío y humedad congelaban los mármoles del cementerio.
Juan los estaba esperando pacientemente desde hacía varias horas, con su mejor traje, camisa de estreno, corbata al tono, impecables zapatos clásicos perfectamente lustrados y cuidadosamente peinado para la ocasión.
Cuando llegaron no tuvo reclamos para nadie, no se molestó por la espera, le sobraba paciencia.
Él estaba en el cajón.


La luz

Al abrir la puerta de la residencia le impactó el frío y la humedad del aire dentro de la casa, siendo que en la calle se sufrían casi treinta grados de la noche de verano.
Su respiración se condensaba, parecía estar fumando. Dio dos pasos hacia adentro y allí vio esa luz azulada muy intensa flotando en el medio de la sala, iluminando el ambiente con una tonalidad celeste iridiscente emitiendo pulsaciones rosadas mientras se le aproximaba lentamente. Retrocedió, pero la puerta se cerró detrás suyo con un ruido sordo. Apoyando la espalda contra la pared y sin dejar de mirar fijamente la intensa aparición buscó desesperadamente el interruptor de la luz siguiendo el marco de la puerta con su mano. Lo encontró cuando esa forma lumínica pulsátil casi llegaba a su cara, trasmitiéndole una onda de calor que lo mareaba. Cuando perdía la conciencia logro accionar la llave. La luz no se encendió.


Perfecta – Excelsa - Intemporalis

Cuando nació, producto de una gestación absolutamente normal y por medio de un parto sin ninguna clase de complicaciones, la partera quedo deslumbrada ante la belleza del bebé. Llamó al ginecólogo de guardia para mostrarle algo tan hermoso y el profesional realmente, pese a su experiencia, quedo embelesado. Era la beba más linda que había visto. Creció y se desarrolló normalmente, en un ambiente lleno de paz y amor, sin faltarle nada de lo necesario. Fue siempre el orgullo de sus padres y de su familia. El barrio entero la sentía como un tesoro propio. La contrataron para hacer publicidad de múltiples productos para niños y su sola presencia angelical quintuplicaba las ventas. Así, devino en una niña de apariencia traviesa y encantadora, que aumentó más el atractivo inmediato que generaba en cuantos la rodeaban y en cuantos la veían. Era un ser adorado. Llego así a la adolescencia, y cuando las hormonas hicieron su trabajo, cual mariposa que surge de su crisálida. si antes era hermosa, ahora era increíblemente divina. Cual una virgen terrenal. Su cabello no era ni lacio ni rizado, tenia la ondulación justa que generaba admiración en quien la mirara, su piel tersa y suave, sin ninguna perturbación propia de la edad le daban un cutis envidiable, los ojos de color indefinido y profundidad abismal hipnotizaban con solo mirarlos por décimas de segundo. Su boca pequeña estilizada y carmesí, su fresco aroma de juventud, su espigado talle, su cuerpo de mujer en flor generaba increíbles sensaciones a los hombres y miradas de envidia en las mujeres. Sus caderas perfectas y largas piernas sensuales la hacían realmente una belleza muy difícil de ver, posiblemente inigualable. Con el correr de los años, explotó en formas perfectas de mujer que la hacían deliciosa. No existen palabras que puedan reflejar en un simple escrito algo tan perfecto, tan excelso, un milagro de la naturaleza. Su fama traspasó fronteras y llego a oídos de los mayores jefes del gobierno de su nación. Se debatió profundamente sobre ese tesoro que había devenido nacional. Lo que más preocupaba a los dirigentes era el deterioro que traería el tiempo sobre algo tan bello. Nadie quería que los años generaran imperfecciones en su belleza increíble. Los dirigentes se unieron a los sabios, estos llamaron a los científicos y estos a los mejores médicos del reino para discutir como mantener ese tesoro que consideraban propio e irrecuperable. Fue una ardua, larga y fundamentada discusión. Finalmente la decisión fue tomada por unanimidad. Toda la sabiduría que poseían descubrió la conducta que ganaría a la vejez y no le permitiría destrozar ese tesoro perecedero. Ellos tenían muy claro que no podían ser tan egoístas de quedarse satisfechos por haber podido disfrutar tanta perfección. ¿Y las próximas generaciones?... no era justo.
Por eso la sacrificaron y la conservaron per sécula seculorum en nitrógeno liquido.
Así lograron preservarla para el futuro, asegurándose que también disfrutarían algo tan increíblemente perfecto, tan brutalmente excelso, ahora para siempre incorruptible, intemporal.


La nueva rutina. (O toda una vida tapando agujeros)

No tenia ni idea de lo que se le venia.
Cuando el humilde sereno de la fábrica llego a la cantina como todas las noches, no esperaba la increíble noticia.
El mozo se acerco al veterano con una sonrisa inmensa y le dijo a los gritos sin preámbulos:
"¡Lo sacamos loco, lo sacamos!... ¿pero nadie te había dicho?... ¡¡le pegamos al gordo de fin de año con el colectivo, ñato, le pegamos!! ¿sabés cuanto nos toca a cada uno?...¡¡mas de cuatrocientos mil verdes, mas de cuatrocientos chalas verdes!! pero... ¡me entendiste o no me entendiste, loco,! ¿no vas a decir nada?"
El obrero gastronómico estaba eufórico.
Y el pobre hombre acostumbrado a una vida de privaciones, a permanentes cenas de mínimo costo si tenía los pocos pesos necesarios y de no tenerlos al mate, engañador del hambre y fiel compañero del humilde, parecía como adormilado.
Es que estaba confundido por la noticia inmensa, obnubilado por algo que no podía entender completamente, incapaz de asumir así, de golpe, algo que cambiaba todo, que pateaba el tablero de su existencia. Quedó repitiendo en voz baja:
"¿Lo sacamos?... ¿el gordo de fin de año?... ¿vos no me estas jodiendo, negrito?" y en un empuje de liberación dijo casi gritando: ¡LO PARIO!, quedo pensando unos segundos nuevamente y siguió: "Entonces sabes que: hoy no me traigas las croquetas de siempre ni el vasito de agua, no, hoy... hoy... que joder, ¡hoy traeme el plato del día, traeme! y un litro de cerveza... ¡si loco, si, un-li-tro-de-cer-ve-za! y hoy también... si, hoy si... postre traeme, traeme postre carajo, mirá...- y siguió a los gritos - ¡FLAN CON DULCE DE LECHE TRAEME CHE!, y te digo más negrito, te digo más... ¿sabes que? ¡traeme dos!, si negrito, dos traeme, dos flanes con dulce de leche traeme, PA-RA-MI-SO-LO!, ¡que mierda!, traeme dos flanes con dulce de leche traeme, que total ahora somos ricos, somos... no lo puedo creer mi hermano, ¡que lo parió! ¿metimos el gordo de fin de año che?, y quedo hablando para si mismo en voz baja, los codos sobre la mesa, la mano derecha sosteniendo la quijada, acariciándose la cabeza de escaso pelo canoso con la izquierda, la espalda más arqueada que de costumbre buscando apoyarse sobre la mesa redonda de cármica marrón y con la mirada fija en un viejo calendario grasiento del año pasado colgado en la pared se repitió:

"El gordo de fin de año... ¡pahhhhh!".


El Tai Chi y el racismo

Hermosa mañana.

Levemente fresca para estar con el equipo de Tai Chi frente a la costa del río, pero tolerable.

Además, a poco de comenzar los ejercicios, la concentración total que se adquiere hace que uno extrapole las sensaciones más mundanas y pase a una etapa más profunda y etérea.

Él era el tercero que llegaba a la reunión cotidiana. A lo lejos venían acercándose otros cinco compañeros, y por las escaleras del club de Pesca que les permitía hacer ejercicios en sus instalaciones, bajaban el profesor junto con otros dos alumnos, seguidos a corta distancia por el anciano Sensei de la academia, Maestro de su Maestro, que ni siquiera hablaba español.

El sol asomaba por el este, enrojeciendo el horizonte. Ese día el río estaba calmo, como un espejo. Estas son las cosas que hacen valer la pena, cada mañana, superar ese deseo de quedarse calentito en la cama, y tener la constancia de levantarse, darse un baño de purificación - que así lo encara esta filosofía, no es cualquier duchazo - y luego vestirse especialmente para ir a la reunión, cuando todavía no amanece. Por eso, ver ese disco amarillo-anaranjado surgir del agua y elevarse... compensaba todo.

Era extraño, pero él estaba en ese grupo por indicaciones de su psicoterapeuta, ya que sufría de una paranoia obsesiva contra toda la raza "amarilla", por culpa de la educación e influencia de su padre. Era un rechazo visceral, muy difícil de gobernar. Pero gracias al Tai Chi lo estaba logrando.

Su padre tenía motivos para ser como era. Veterano combatiente de la segunda guerra mundial, había sufrido mucho en los enfrentamientos con los japoneses, cuando era un muchacho jovencito, casi un niño, y más cuando casi terminaba la guerra y cayó prisionero de las fuerzas imperiales, siendo sometido a tantos maltratos que quedó con secuelas, no solo psíquicas, sino también físicas. La falta de movilidad completa de uno de sus brazos era una prueba de los apremios. Luego dos bombas atómicas terminaron la guerra y los prisioneros fueron rescatados, pero todos los ex-combatientes quedaron con distintos daños.

El padre les tenía un odio impresionante, que no disminuyó pese a los esfuerzos del equipo de psicólogos del Hospital de Veteranos de las FFAA de los EEUU. Por eso, con el correr de los años, en la convivencia normal con su hijo, le trasmitió a este - seguramente sin intención - ese rechazo patológico.

Él buscaba quitarse ese prejuicio racista adquirido pasivamente, y seguía al pie de la letra las indicaciones de su psicoterapeuta. Una de ellas era profundizar en las costumbres de esas lejanas tierras, "conocerlos" mas, para descubrir por fin la otra cara, la que a él le ocultaron, de esas civilizaciones, desactivando así ese rechazo trasmitido por su padre. Por eso ingresó a la escuela de Tai Chi.

Pues bien, esa mañana cada alumno rutinariamente ocupó su espacio preferido. A él le gustaba el círculo externo de la pequeña explanada, en el borde donde comenzaba el césped, a medio camino entre los árboles y la orilla.

Comenzaron a efectuar la rutina de relajación y estiramiento.

El Profesor hizo la señal de comienzo y todos correspondieron.

Primero suaves ejercicios para calentar los músculos y pocos minutos después ya estaban prontos para la serie del día. La iniciaron con una postura "de grulla" a la que se llega - según las reglas de esta especialidad - con movimientos muy pausados y gran concentración mental, una especie de "cámara lenta" para quien esta observando las secuencias.

Aplicó toda la gravedad de su cuerpo en la planta del pie izquierdo, luego curvó ligeramente la rodilla del mismo lado y elevó lentamente la pierna derecha, mientras subía los brazos y mantenía hiperextendida la cabeza.

Era hermoso ver de lejos la clase, ya que los movimientos perfectamente coordinados del grupo generaban imágenes interesantes y trasmisoras de una extraña sensación de paz interior.

Él ya venía notando un cambio en su actitud para los nipones y estaba seguro que era porque los estaba comprendiendo, no todo era como se lo habían dicho.

En el momento que había adoptado la posición de máximo estiramiento, fue que vio con el rabillo del ojo una mancha marrón que apareció de entre el pasto del borde de la explanada y a gran velocidad desapareció de su alcance visual cerca de su pie de apoyo.

De inicio no pudo determinar de que pequeño bichito se trataba, ya que la visión lateral no definía colores, solo alertaba por el movimiento. "Quizás una cucaracha voladora - razonó - hay muchas en la zona".

Todos estos pensamientos los efectuó en base a la información lograda por el rabillo del ojo, sin dejar de seguir las secuencias que el ejercicio indicaba. Sabía que pronto quedaría mirando hacia abajo, siempre manteniendo el equilibrio con su pie izquierdo y así si podría ver.

Cuando llegó a esta posición, pudo definir la mancha junto al borde de su pié. No era una cucaracha, era una maldita araña de mediano tamaño - ¡justo a él que le tenía fobia a los arácnidos! - y el bicho parecía que lo sabía, porque cuando la pudo visualizar correctamente, con un movimiento rápido se le metió por debajo del blanco y ancho pantalón.

Sentía perfectamente las patas frías subiendo y enredándose con los pelos de su pantorrilla izquierda. Logró controlarse. Lo tomo como una prueba que Dios le ponía para ver cuan importantes habían sido sus avances de concentración e inserción en el "Yo Total".

Estaba sereno, las enseñanzas de los Sensei estaban dando resultado. Se sentía agradecido hacia ellos. Todo el tiempo siguió los ejercicios imperturbable, mientras sentía como el bichito le caminaba por el hueco de la rodilla y se detenía a medio camino de su muslo posterior. Allí quedo quietita.

Él continuó los movimientos pausados, sostenidos, y lentos, pensando: "¡Por fin se queda quieta esta miserable hija de puta". Quizás tuviesen algún tipo de comunicación, porque fue terminar la puteada y el arácnido comenzó una carrera loca hacia la pelvis, pasando entre las piernas, deslizándose por la nalga derecha hacia adelante y deteniéndose en las bolsas, quieta entre el protector testicular y el pantalón del equipo.

Allí él comenzó a sudar, pero logró - casi - mantenerse concentrado, aunque la mitad de su cerebro prestaba atención al ejercicio y la otra tenía las alarmas en rojo, lo que le generó una hipersensibilidad impresionante. Cada patita que movía la araña, él la sentía como una pisada de elefante. Por la combinación del ejercicio y los nervios, traspiraba copiosamente. Varias gotas de sudor - él las sentía deslizarse, tal el estado de sobre excitación que tenía - comenzaron a juntarse por debajo del ombligo y luego emprendieron descenso hacia la pelvis. Deben haber mojado o pasado cerca de la intrusa, porque esta siguió su ascenso por debajo del cinto y luego de generarle unas cosquillas impresionantes al recorrer en forma alocada su barriga - quizás escapándose de los torrentes de transpiración que aumentaban - terminó momentáneamente alojada en su ombligo, ya que los quilitos de más que tenía le daban al huequito una profundidad muy aceptable para una araña mediana, no muy desarrollada.

Podía sentirla acomodada en su ombligo, pero pese a todo logró controlarse y seguir imperturbable con el ejercicio. - "¿Y todavía pensás hacer nido en mi ombligo?... ¡la reputísima madre que te parió, bicho de mierda!" - pensaba sin dejar entrever en sus facciones ningún tipo de sentimientos que no fueran de placer y serenidad.

Consumada la posición de grulla, retomaron los movimientos inversos hasta que llegó a tocar el piso con el pie derecho, descansando. Allí su primer impulso fue salir a los gritos sacándose la ropa, desalojar la maldita cabrona del ombligo y pisarla unas cuarenta veces para sacarse la calentura.

Pero no.

Eso estaba en contra de la filosofía de respeto a todo tipo de vida que trataba de aceptar, algo básico en esas civilizaciones y que además elevaría su nivel conciente y astral. Borró de su cabeza dicho impulso. Pensó: "Estos japoneses están haciendo un excelente trabajo conmigo".

Se dispuso a comenzar el segundo ejercicio, en búsqueda de la paz interior y en el momento que arqueaba su cuerpo y elevaba los brazos, sintió como la condenada polizona retomaba su carrera loca en dirección ascendente, pasando por sobre su tetilla derecha generándole una picazón casi insoportable, subiendo por el brazo hasta el codo.

Estudiando esos movimientos, ya había calculado que en cuanto la bicha llegara a su muñeca derecha, con un sacudón brusco la tiraba al pasto, pero la condenada volvió sobre sus pasos - siempre con carreras alocadas haciéndole cosquillas con sus patitas frías - y pasando sobre la axila empapada siguió por el cuello y quedo quieta sobre la cinta anti sudor que tenía en su frente. Ya no la sentía sobre su piel.

Comenzó a relajarse, y se sintió muy feliz, porque, pese al sufrimiento, él logró hacerlo, logró mantener la calma ante todas las carreras de la araña, logró superar el miedo que le tenía a esos bichos y la ansiedad que le producía pensar en la posibilidad de que lo picara, logró controlar los reflejos y las ganas de rascarse, logró continuar inmutable los ejercicios. Por fin logró manejar su fobia - que no es poca cosa, ni fácil de conseguir - y sentir que había dado un inmenso salto hacia adelante en su relación con el Todo, dejando de ver a los de tez amarilla con ese odio heredado, sentimiento irracional que tanto le molestaba.

Eso si, no logró ver el manazo que le pegó el alumno que tenía a su derecha al ver la araña en su cabeza. El otro animal no controló ninguno de sus reflejos y del golpe lo dejó casi inconsciente en el piso.

Increíblemente, mientras trataba de no desmayarse alcanzó a ver que la patona había evitado el ataque y se perdía velozmente entre el pasto.

Sentía que la cabeza le daba vueltas y todavía tenía que aguantar al otro imbécil pidiéndole disculpas, explicándole que era muy nervioso, y que cuando vio esa bruta araña no pensó en otra cosa que matarla y que por eso le pegó semejante golpe y que no sabia como lo sentía, que por favor lo disculpara, que... Pero ya ni lo escuchaba.

El Profesor le puso una bolsa de hielo en el chichón que comenzaba a aparecer en su costado y dolía una barbaridad. Aprovechando entonces que lo tenía cerca y estaban solos, le contó lo sucedido con lujo de detalles hasta que el otro bestia le reventó la cabeza de un piñazo. El Profesor quedó muy serio, luego dio un paso atrás y ceremoniosamente, juntando las manos, le hizo una reverencia. Comentó algo en japonés con el anciano instructor, su propio Sensei, quien inmediatamente hizo los mismos gestos de respeto hacia él, y pronunció una larga e inentendible perorata en su idioma natal.

Aquí el más joven le tradujo que el anciano había dicho que "el respeto a un ser vivo, cualquiera sea, aún a costa de su propia seguridad, le estaba demostrando - en ese juego divino que solo los iniciados pueden entender - que su nivel espiritual se había elevado muchísimo y eso era motivo de gozo, por lo que lo celebraban respetuosamente".

Pese al rechazo a los "amarillos" mamado desde la cuna, estas actitudes de los instructores lo llenaron de orgullo, y valoró que tenía razón su psicoterapeuta, ya que estaba superando sus traumas y recelos y comenzaba a sentir un respeto especial por esas antiquísimas civilizaciones y sus costumbres ancestrales, sugerentes de una inteligencia más allá de los milenios.

Como broche de oro, el Sensei lo invitó a acercarse a su auto, de donde el anciano japonés sacó una caja pequeña de madera tallada - típicamente oriental - donde tenía unas copitas de fina cerámica, las que llenó con un líquido transparente servido de una botella pequeña, de forma cúbica y delicadamente decorada.

El instructor explicó que el anciano quería festejar esa elevación de su nivel espiritual brindando con sake, que esa era la bebida que tenía la botellita extraña. Era un honor muy especial, pocas veces brindado a los alumnos.

Un poco ruborizado por tanto elogio y luego de sendas reverencias tomaron de un solo trago el contenido de los pequeños cuencos. Era un líquido fuerte, que sintió claramente al bajar por su esófago y cuando comenzó a calentar su estómago. Nunca lo había tomado. Le explicaron que el sake era alcohol de arroz, típica bebida japonesa.

Mientras agradecía por la especial atención que habían tenido con él, sintió que se mareaba.

Despertó a los tres días, en la sala de terapia intensiva donde estaba internado por un edema de glotis fulminante que casi lo asfixia hasta la muerte, pero del que lo habían logrado recuperar.

Allí vino a enterarse que había sufrido un shock anafiláctico pues era sumamente alérgico al alcohol de arroz. El desconocía eso, pero intuía que esos amarillos seguramente lo sabían.

No podía hablar por la cánula del respirador artificial que tenía metida en la tráquea, pero allí si supo que no era en vano su oculto odio a esos miserables nipones y sus costumbres traicioneras.

¡Como pudo confiar en esos ojos rasgados!

¡¡¡Como pudo olvidarse de Pearl Harbor!!!.


El Imperio del Sol Naciente. Pasión y lógica

Nakumi Sato siempre se destacó entre todos sus compañeros desde la más tierna infancia.

Sus padres fueron muy afortunados ya que su hijo nunca precisó de incentivos para avanzar en sus estudios, su vocación lo llevaba de la mano y ella lo ponía al servicio del Emperador, de sus costumbres, de sus ancestros.

Así, a la temprana edad de 25 años ya era un Ingeniero Aeronáutico titulado, con especializaciones en Radiofonía inalámbrica, Diseño Aerodinámico y Manejo de polímeros. Estas especializaciones las había efectuado en los EEUU, Universidad de Minesota, haciendo usufructo de una beca de intercambio estudiantil. La guerra no había comenzado. Culminando su carrera militar a los 27 años, se convertía en un flamante Oficial de la Fuerza Aérea Imperial.

Luego Pearl Harbor. Japón entra en guerra. Fue una puñalada al corazón americano.

Inmediatamente se presentó voluntario para los más osados destinos bélicos, siendo destinado al escuadrón de kamikazes, cuerpo de elite suicida, presto a inmolarse por su Emperador.

Siempre meticuloso y detallista hasta extremos casi paranoicos, cuando le fue asignado su avión monoplaza de asalto, discutió con varios superiores hasta lograr - por sus impresionantes antecedentes - que le permitieran darle un toque personal.

No quiso que nadie lo ayudara. Magistralmente y respetando las leyes del camuflaje, decoró su Zero con una mezcla de colores geniales y en los costados pintó su nombre y rango en su idioma natal, con gran destaque. El trabajo fue excelente y digno de elogios hasta de sus más connotados contrincantes. (Por envidia, en su mayoría.)

Muchos decían que era tan llamativo que lo iban a derribar rápidamente, pero él contestaba orgulloso que: "Si así tiene que suceder, sucederá. Moriré entonces lleno de gloria en honor al Emperador y además demostraré a los odiados enemigos americanos que los Oficiales Japoneses desconocen el miedo y se burlan de ellos".

El mantenimiento del motor de su máquina voladora lo efectuaba con los mecánicos de mayor confianza y siempre bajo su estricto control, logrando que su aparato tuviese mayor rendimiento y poder que la mayoría de los otros de su misma serie.

En ocasiones se quedaba solo, trabajando hasta altas horas de la madrugada, enfrascado en solucionar hasta los problemas más insignificantes. (Todos comentaban que el hombre se estaba quedando loco.)

La despedida desde el aeropuerto de Okinawa fue sumamente emotiva, desgarradora, digamos. El escuadrón se elevó hacia su destino con órdenes secretas. Jamás volverían a verlos. Paradojalmente los últimos momentos de Nakumi en esa misión se pudieron conocer gracias al trabajo de uno de sus enemigos y por pura casualidad.

John Smith Peerson, Sargento Primero de Infantería, antes de ser reclutado por el ejército, era camarógrafo profesional. Logró - no sin esfuerzos - que la superioridad le permitiera llevar su cámara para efectuar tomas especiales en la zona de guerra, tomas que posteriormente serían estudiadas por los servicios de Inteligencia y quiso el destino que se encontrara en cubierta del porta-aviones USS Oklahoma Enterprise tomando imágenes del convoy que los trasladaba desde las costas de Nueva Zelanda hacia aguas territoriales filipinas, cuando se produjo el ataque de los aviones japoneses.

Por cierto el USS Oklahoma Enterprise fue hundido en esa acción y John Smith milagrosamente rescatado de las turbulentas aguas, herido, pero vivo. Por fin, John Smith Peerson murió en el desembarco de Guam, acribillado por el fuego enemigo. Logró la Medalla Póstuma al Honor ya que encontraron su cuerpo cubriendo la cámara y el material periodístico que había logrado, en una demostración de profesionalismo admirable.

Al cabo de unos meses, sus efectos personales fueron entregados a sus familiares. Entre prendas, escritos, su arma de reglamento y otras pertenencias, apareció un extraño baúl pequeño, al parecer una artesanía japonesa que el finado John cargaba como recuerdo para traer a casa cuando la pesadilla de la guerra terminara.

La madre, llorando desconsoladamente, apretó con mucha ternura la cajita contra su cuerpo y por pura casualidad oprimió una pieza que produjo la apertura de un cajón secreto, desapercibido incluso para los Servicios de Seguridad del Ejército. Allí, ocultas y prolijamente guardadas en sobres de plomo habían varias películas sin revelar.

Inmediatamente contactaron amigos de su finado hijo, a quienes encargaron revelar el extraño material. Descubrieron que John tuvo el arrojo profesional de mantenerse firme en cubierta filmando el ataque implacable de los nipones. Le había prestado mayor atención a uno de los aviones, el que parecía comandar el escuadrón, atraída quizás su atención por la pintura especial y las escrituras - ilegibles - en sus costados. Sobre este avión llovía la metralla del USS Oklahoma Enterprise.

La película muestra cuando el avión explota e impacta como una bola de fuego en la cubierta del barco de guerra. En otra de las cintas reveladas aparecen tomas efectuadas al parecer luego de ser rescatado, donde se puede ver la proa de un bote salvavidas meciéndose violentamente en un mar embravecido, el hundimiento del inmenso porta aviones, una panorámica del cielo en los alrededores de la zona de guerra y una toma del resto del convoy que parece no haber recibido mayores daños. Luego se corta la filmación.

El material quedó como un tesoro familiar y rindió bastantes dólares - bussines are bussines - cuando le vendieron los derechos, con la autorización del Departamento de Estado, a Selecciones del Riders Digest.

Veinte años después, John Smith Junior, hijo del soldado muerto en acción, especialista en el manejo de imágenes por computadora, procesó digitalmente las viejas películas en medio de un trabajo de investigación para su Universidad, llamándole la atención que en una de las amplificaciones de las escenas del ataque, el avión mas destacado al parecer no tenía la cabina, ni el asiento, ni el piloto, cosa extraña para un aparato manejado por un suicida. Y ahora se podía leer claramente algo escrito en japonés en sus costados.

Decidió investigar más, y buscando en documentos ya desclasificados, se enteró que en esa acción solamente el USS Oklahoma Enterprise había sido hundido - todas las demás naves habían regresado a sus bases - y también de que ese era el más viejo de los porta aviones de la armada americana en ese momento, y que lo habían puesto en acción apresuradamente, ya que había sido dado de baja por antigüedad meses antes y estaba anclado en puerto neozelandes esperando su traslado para el desguace cuando misteriosamente entró en servicio nuevamente. Por cierto en el informe también se dejaba constancia que las pérdidas japonesas en esa acción fueron totales tanto en barcos como en aviones.

Surgieron muchas interrogantes en su cabeza, pero la que más lo intrigaba era la del avión sin cabina ni piloto. Un amigo de estudios, de origen japonés, le comentó que allí estaba escrito: "Oficial de la Fuerza Aérea Imperial, Nakumi Sato". Sabían entonces ahora, el nombre del piloto desaparecido.

Copado por la curiosidad, procesó digitalmente grandes trozos de película y amplificó las imágenes más de cien veces con un programa de última generación, respaldándose con integrantes del staff del Instituto Técnico de Massachusets en Sylicon Valley. Para sorpresa de todos, la computadora fue formando una imagen de excelente calidad, en la que se ve claramente que en la cabina vacía, el timón del avión se mueve como manejado por un fantasma, guiando la nave a su último destino. Esto era algo desconcertante, inentendible.

En otra de las cintas reveladas llamó la atención del grupo una pequeñísima imagen que se visualizaba muy lejos, apenas distinguible entre el humo que flotaba sobre la zona de guerra. La escena estaba en la panorámica tomada por John desde el bote salvavidas. Aplicaron la máxima amplificación que podían obtener y lo que vieron los dejó estupefactos: Era un piloto japonés planeando en una especie de miniparacaídas de forma rectangular - impensada para esa época - manejando con sus manos una caja donde se veía claramente una antena y dos pequeños controles como los de los juegos de video actuales. La cara del joven piloto se apreciaba con total claridad, y un poco mas lejos, las amplificaciones mostraron una lancha de rescate de la marina de los EEUU con sus marineros mirando atentamente hacia el paracaidista, en actitud de espera.

Eran demasiados interrogantes y los vino a desentrañar quien menos esperaban, el más chico de la familia. John Smith Peerson III, nieto del marino muerto en acción, de 14 años, jugando en Internet y curioseando con el nombre japonés que tanto escuchaba en esos días, puso en uno de los buscadores más importantes las palabras "Nakumi" y "Sato". Esta última no aportó datos, pero "Nakumi" si, y para sorpresa de todos, al acceder a la página Web de "Nakumi Enterprises Electronic Robotic System" complejo industrial de robótica y controles remotos, instalado cerca de cabo Kennedy, apareció la foto de un Nakumi anciano, sonriente, ahora con apellido Long, Gerente General de dicha empresa.

En dicha página Web, entrando en "Los inicios", se aprecia una foto de los años cincuentas, donde un joven Nakumi esta junto a quienes parecen ser los integrantes de su familia, todos sonriendo a la cámara, con la estatua de la Libertad a sus espaldas. Figuran como ciudadanos naturalizados norteamericanos desde 1951.

La C.I.A. sabía lo que hacía.

Nakumi también.


Traición, poyeras y asuntos

El hombre miró al viejo, desconfiado.
El viejo miró a extranjero inexpresivamente, mientras llenaba de agua la pava. La colgó del gancho de fierro, acomodó la llama y se dedicó a ensillar el mate, que ya estaba bastante lavado.

Todo lo hizo en forma mecánica, automática, sin dejar de observar al hombre recién llegado estudiándolo minuciosamente. Cada gesto, cada tic nervioso, cada movimiento de sus manos; como se paraba donde tenia la faca, el tipo de mango; como era la ropa, su calidad, su antigüedad, su procedencia. Todo era de interés para el viejo.

Parsimoniosamente dejo de lado el mate y se armó un tabaco. Sin decir palabra estiro la mano con el paquete y las hojillas hacia el forastero, apoyado en el mostrador del almacén de ramos generales. El hombre sin decir palabra asintió con la cabeza, agradeciendo, y con movimientos precisos lió un tabaco. Uno pequeño, para no abusar. (No tenia muchas ganas de fumar en ese momento, pero no quería ser descortés con el anciano.)

Todo fue lento, medido, pensado, pausado. El recién llegado agarró una ramita prendida del fogón, arrimo la brasa al tabaco y pego un par de pitadas fuertes. El olor a cigarro invadió el ambiente. La ofreció al viejo, que acercó la cabeza y también prendió su armado. Dio una pitada larga y luego largó el humo lentamente por la boca y la nariz, quedando el pucho colgando del borde de los labios, a la derecha, de donde con la lengua lo paso para la izquierda.

Le ofreció un mate.

"Está medio lavado"

"Se agradece -dijo el hombre con voz gruesa y cortante - pero vengo de lejos y quisiera agua fresca, si no es molestia."

"El pozo esta pa´catrás, es solo sacar - contestó señalando con la el pulgar de la mano derecha la puerta posterior del rancho de palo a pique y paredes de barro, - pase nomás, tiene un tazón de barro en el brocal, haga uso."

"Con su permiso, entonces" y pasó para el fondo.

Los perros desconocieron al individuo y comenzaron a ladrar furiosamente, muy nerviosos. El viejo prestó atención a esos ladridos.

El desconocido volvió secándose el bigote con el dorso de la mano. Al pasar miro el cajón donde se guardaba el dinero de la venta del día. Tenía unas pocas monedas, al parecer no se había vendido nada, raro para un boliche en medio casi de la nada, no había otro en leguas a la redonda. Con una rápida mirada hizo un balance de las mercaderías en los estantes y el mostrador. Estaba bien surtido el negocio.

"Estaba frescasa, la precisaba, le quedo agradecido, viejo."

"Faltaba mas. ¿Y no va a comer nada, muchacho?, hay galleta criolla, membrillo y queso. Dele nomás sin cumplidos, un buen Martín Fierro llena la panza y dispué unos mates con carqueja le calientan el triperío. Además usté dice que viene de lejos, y yo le agrego que de muy lejos, apurado y hambriento." El viejo dijo esto como al pasar, dejándolo caer en el dialogado.

"De ande saca que vengo así, ¿puede me decir? Dijo despacio el visitante, nervioso, como tratando de adivinar de donde le llegaría la patada.

"Fácil pa un viejo, vea. Ropa muy sucia y mojada de sudor, la cara con barro rojo pegado, el tordillo ese que casi esta muerto del esfuerzo que ha venido haciendo. No se precisa ser muy avispado, ¿vio?, porque ese barro es difícil de encontrar en este pago, se ve mucho en el norte. De allí viene usté, mocito. Y pa mojar el ropaje con el sudor... tiene que galopar mucho al sol, porque no es tiempo de calores que se diga, mayo entró frío, soleado pero frío. Por eso saco que hace tiempo que viene galopando al sol. Y lo apurado por la mugre que tiene arriba, que no tuvo tiempo de limpiar. Y el pobre caballo, mire como está... vea, atienda al matungo, que da lástima, ¡vaya m´hijo!.
La última frase la dijo con firmeza, casi como una orden, y luego siguió tomando tranquilo el cimarrón. Con la charla se le había apagado el cigarro y lo volvió a prender con las brasas.

Vio como el hombre arrimaba el tordillo a la sombra del ombú del frente y le acercaba un balde con agua. Le aflojó la montura pero no se la sacó. Tampoco sacó el freno.

"¿De que anda juyendo, muchacho? - dijo suavecito - la pregunta fue como relámpago en cielo sereno. Lo agarró mal parado al joven.

"¡De nada carajo!. ¿Pero tonce usté es adivino...?

Imperturbable el viejo pegó dos chupadas a la bombilla, le dio la última pitada al tabaco entrecerrando los ojos y dijo:

"Por poyeras, seguro, usté no tiene pinta de malandro, m´hijo." La cara le quedó colorada al hombre, que sintió el golpe.

"No son cuentas de su rosario, viejo." El tono era agresivo.

"Puede que si, puede que no, pero que son poyeras, son," sentenció, y se cebó otro amargo. Lo iba a tomar, pero decidió ofrecérselo al extranjero. Este dudó, pero lo aceptó.

El viejo se levantó despacito, se acercó al mostrador, levantó la campana de vidrio que dejaba con hambre a las moscas y saco el queso y el dulce de membrillo. Cortó dos porciones generosas. Agarró una galleta de campo al pasar y le acercó todo al visitante, ofreciéndoselo.

"Mire, le acepto para no dispreciar nomás". El viejo lo quedó mirando comer... después opinó:

"No, si solo era pa no dispreciar... coma de a poco muchacho, que lo que ej ofrecido no es robado, ¡se va a atragantar sinó!" y se volvió a sentar frente al fogón.

"Se agradece" - repitió el extraño semi atorado y comió con satisfacción.

"Sabe mas el diablo por viejo, que por diablo" - dejó escapar el anciano, como hablando solo - el otro paro la oreja.

"Menos pregunta Dios y perdona" retrucó.

"Quien mal anda, mal acaba" dijo el viejo con ojos pícaros.

"El que se mete a redentor, termina redentado", volvió a retrucar el más joven, con mirada cómplice.

"El que siempre me miente, nunca me engaña", le respondió el viejo como en una payada, medio esbozando una sonrisa y sirviéndose otro mate.

"No hay mal que por bien no venga, abuelo", dijo el otro limpiándose las migas de los bigotes y controlando la risa, le habían gustado los retruques.

"¡No hay peor bicho que la mujer!" ,sentenció áspero el abuelo.

"Pero ese no es un dicho", dijo el joven.

"Pero es verdá y déjese de joder mocito, si no quiere contar no cuente, coma tranquilo que lo ofrecido es gratis", el viejo estaba enojado ahora. Comenzó a liar otro cigarro.
Preguntó: "¿A que esa faca tiene sangre, y no es de capón, vea"

"¿Pero como carajo va usté a saber con solo mirar?, dijo asombrado el visitante" "Yo no, los perros, ellos tienen bruto olfato y olieron sangre de crestiano. No es solo mirar, es también escuchar."

"Vea viejo, yo no quiero lastimarlo, no es mi intención, creameló, pero no me obligue. Mis cosas son mis cosas, mis asuntos mis asuntos, déjelo así nomás".

"No hay peor bicho que la mujer y lo tenia merecido, pero eso me da problemas a mi, vea, aunque usté no quiera"

"¿Quién tenia merecido... de que esta hablando?.

"De la china rubia de Puntas del Arachán Chico, la que usté mató cuando la encontró cogiendo con ese tipo dentro de las casas. La que era su novia. Esa."

El hombre quedó pálido, no se esperaba esa afirmación. Atinó a decir:

"Viejo, no se de donde sacó esa historia, pero usté sabe mucho y no puedo dejar que le diga a la polecía que me vio por aquí". Echó mano al facón y no lo tenía en la funda. Se tanteó desesperado y no lo encontró. Como quien ve al demonio se fijó que el viejo lo tenia en sus manos.

"¿Esto busca? Al pasar se lo pelé y usté ni cuenta se dio, por eso vide que estaba manchado, m´hijo. El extraño no lo podía creer. Le gritó:

"¡Como un viejo de mierda que esta todo el día encerrado en este rancho mugriento puede estar tan enterado, carajo!" El gaucho viejo tranquilo le dijo:

"No tenga miedo, no soy mandinga, ni estoy aquí siempre encerrado - apuntando la barriga del otro con el cañón de una escopeta que apareció de la nada, siguió - vea, abra el arcón de madera aquel del rincón"

Al abrirlo un olor penetrante invadió el recinto. Vio un cadáver reciente escondido adentro. Lo habían degollado, estaba bañado en sangre. Contuvo una arcada.

"Vea - siguió el viejo - ese ej el dueño de esta pulpería. Lo maté porque gimoteaba mucho y yo de paso andaba precisando unos pesos. Yo solo lo estaba esperando a usté, y todas las historias esas que le hice la mayoría son mentiras porque sé lo que sé porque lo vengo siguiendo desde hace tres días. Por eso estoy tan enterado", terminó de decir balanceando despacito el caño de la escopeta.

"¡Los tuve que matar porque yo la quería de verdá y me traicionó, y esas chanchadas se tienen que pagar!... ¿no entiende, viejo?"

"Pero si ej cierto - respondió tranquilo - ella se había emputecido y el otro era una porquería de gente, merecieron morir, estuvieron bien muertos. Ese no es el asunto, muchacho, lo hecho por usté es entendible... m´hijo".

El extraño aflojó algo los nervios, casi había vomitado al ver la escopeta, creyéndose muerto. Se animó a preguntar:

" Si sabe todo, sabe los motivos, sabe que tenía que hacerlo, sabe de la traición, ¿por qué esta aquí?, ¿cual es el asunto?, ¿ que problemas le da a usté todo esto?.

"Muchacho - dijo casi con ternura - mire que es realmente una lástima, porque usté es un mozo bueno y tiene curtura, se ve que es léido, no merecía eso que le hicieron. Y también es cierto que la mujer estaba emputecida por esa porquería de hombre... pero vea, sepa comprenderme mocito, no me guarde rencor, usté mesmo lo dijo: esas chanchadas se tienen que pagar. Usté mató esa moza y eso fue una chanchada. Fue una chanchada porque la culpa era del otro mal nacido que la engatusó, no de ella que fue engañada, ¿se da cuenta?, ¿entiende por que lo vengo siguiendo, m´hijo?,¿ve por que esto no puede quedar así?... ¡ese es el asunto muchacho!, ella era una mocita buena... pero engañada y yo la quería mucho, pese a todo, ¿sabe?, ella era mi hija, mi única hija, ¿vió?"

El disparo de la escopeta quedó resonando en el descampado.


La vieja Etelvina y el podador

"¡No, si asi no habrá náides que pueda pensar que vamos a tener una buena cosecha p´al proximo año!

Era la enésima vez que la vieja Etelvina intervenía en el trabajo del podador de la quinta, hombre ducho en estos trabajos y de carácter apacible. Al principio se mantenía callado. La vieja era persistente:

"¡Seca!, ¡bien seca va a quedar la quinta con estos podadores! ¡para que tanto sacrificio una vida entera Dios mío, para que...! seguía la anciana.

"Pero vea Doña Etelvina - el hombre decidió intercambiar impresiones con la abuela - se corta por debajo de los antiguos brotos dejando las nacientes secundarias para que broten en primavera, ¿ve?" La voz del podador era como un bálsamo para el carácter endiablado de la viejita, pero ella era insensible a las caricias tolerantes.

"¿Ve?... ¿qué hay que ver? lo que se ve es que esta podando demasiado cerca del tronco y me va a secar los ciruelos, eso es lo que hay pa ver. Yo no se pa que hacen cosas sin saber, pa perjudicar a los demás. ¡Si yo fuera la que mandara en esta casa...!

El perro miraba de lejos con las orejas chatas, no se animaba a acercarse cuando los humanos tenían esas discusiones, sin embargo al podador le movía la cola sin reparos.

"Pero no abuela, es la medida correcta, tengo años en esto, me enseño mi padre y a él mi abuelo italiano, ya va a disfrutar en verano las ciruelas hermosas que van a dar estos árboles, ya se va a acordar de mi, abuela"

"No se de que ciruelas vamos a disfrutar si eso p´al verano va a estar seco. Vamos a tener que comprar fruta en el pueblo y utilizar los pobres ciruelos como leña con la brutalidad que usté esta haciendo. Mire, mejor me voy pa las casas para no amargarme" y lo dejaba solo, ensimismado en su trabajo.

Esos eran los mejores momentos para el hombre, descansando de tantos gritos y sinrazones de la viejita, pero la tranquilidad no duraba, porque poco después ella aparecía y lo sobresaltaba desde lejos con sus gritos:

"¡Mire, mire nomás como cortó este pobre arbolito de ayá, seguro ese no pasa de dos semanas que esta seco y en cambio a este otro le dejo larguísimas las ramas, va a dar un vicio impresionante y no va a dar fruto ninguno... y las ráíces... ¡mire las ráíces! todas al aire después de mover la tierra... ¿pero quien dice que le enseño a usté? ¡Diga que estoy sola en las casas porque la familia esta para Montevideo, que sino le decía al marido de la hija que lo sacara de estas tierras, vea los desastres que hace, que horrible, que horrible!"

Imperturbable el podador seguía consustanciado con su trabajo. Matizaba las podas, la limpieza de yuyos y la dada vuelta de la tierra con palabras bondadosas intentando tranquilizarla, pero ella estaba inmersa sin retorno en la demencia senil y seguía en sus trece diciendo todo tipo de disparates al podador:

"¿Experimentados? ¡hagame el favor! ¿experimentados de que?¿experimentados en destrozar plantas?, mire haga las cosas bien y deje de lastimar a los pobres ciruelos, ¿jardineros? jardineros eran los de antes, no esta porquería de ahora".

Bajo esa permanente tormenta de recriminaciones el hombre soportó estoicamente y al cabo de tres semanas, una noche fría y lluviosa de julio el trabajo quedo concluido y el especialista en podas volvió a sus pagos. Cobraría el cheque diferido que le habían dado en el banco de su pueblo.

Llego la primavera y los ciruelos florecieron como nunca, dando fe que el trabajo había sido de primer nivel. Las abejas de las colmenas alquiladas aseguraron una excelente polinización que generó una explosión de frutos en verano, en especial por ser un año de mansas lluvias y mucho calor.

Andresito, el mas chico de los Correa, jugando a los camioneros en el fondo de la quinta cargaba concienzudamente con tierra un gran camión Ford de madera para llevarla a su imaginario destino cuando descubrió el cadáver de la vieja semienterrado entre unos yuyos, en avanzado estado de descomposición. La impresión lo dejó mudo por un tiempo. (Los padres gastaron mucho en psicólogos posteriormente.)

Lo que mas llamaba la atención del cuerpo descompuesto era el cráneo, porque en él se podía ver la boca llena de pequeñas ramas de ciruelo donde se apreciaba como varias habían enraizado y sus nuevos brotes comenzaban a aparecer por la orbitas, la nariz y la propia boca de la calavera abriéndose camino entre la piel corrompida, dándole al conjunto una sonrisa desencajada, tipo mueca burlona, "enciruelada" digamos.

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