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Angel
Vicente "Chacho" Peñaloza (1798-1863)
Por
Vicente Osvaldo Cutolo
Nuevo Diccionario
Biográfico Argentino (1750-1930)
En 1821, Ángel Peñaloza, apodado el Chacho, trabó amistad con el Comandante
Juan Facundo Quiroga y luchó, bajo su mando, contra las fuerzas unitarias al
mando de La Madrid y el General José María Paz. Quiroga acuerda con Juan
Manuel de Rosas un plan para destruir a las fuerzas unitarias en el interior
del país e inicia, junto con Peñaloza, una campaña que culmina con el
dominio de Cuyo, La Rioja, San Luis, Mendoza, Catamarca y Tucumán.
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Durante el gobierno de Paulino Orihuela, gobernador de La Rioja, el Chacho
fue designado comandante militar y su prestigio era tan grande que en 1833
comandó la escolta de Quiroga. Era un típico caudillo de la provincia, un
hombre de campo con todas las características que el poema de José Hernández
atribuye al gaucho argentino.
Cuando se produjo el asesinato de su jefe y protector en Barranca Yaco, el
16 de febrero de 1835, quedó como sucesor indiscutido de su popularidad. En
1840 se pronunció contra Rosas porque creyó que éste había sido uno de los
instigadores del asesinato de Quiroga. A las órdenes de Lavalle, el Chacho
sublevó los Llanos e inició una guerra de guerrillas contra el fraile Aldao
que había ocupado La Rioja. El deseo por tomar su provincia natal para el
bando unitario lo llevó a varios enfrentamientos con los diferentes
gobernadores de La Rioja. Finalmente fue derrotado por el ejército del
gobernador federal de San Juan. Se exilió un año en Chile y en 1844, volvió
a San Juan prometiéndole a Benavídez que se sometería al régimen de la
Federación. En 1848 y en una situación de pobreza extrema, le permiten
volver a La Rioja, su provincia natal. Esta situación molestó a Rosas que le
exigió a Benavídez, enviar al Chacho a Buenos Aires, aunque el gobernador
eludió la demanda. No obstante estar bajo garantía, participó en el
derrocamiento del gobernador riojano, Vicente Mota. A partir de ese momento,
la situación del Chacho mejoró pro su prestigio en el sostén del nuevo
gobierno de Manuel Bustos. En 1852, con la derrota de Rosas, se afirmó con
mayor solidez, intervino en cuestiones de política local y llegó a cartearse
con el general Urquiza.
Jorge Cafrune - Triunfo del Chacho
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El nuevo gobernador de La Rioja, Solano Gómez, toma una serie de drásticas
medidas que provocan que en 1856 Urquiza -en ese momento, presidente de la
Confederación-, envíe una comisión que interviene en los asuntos
provinciales. Ante el fracaso de los intentos encauzar la política
provincial en el marco de la Constitución nacional, estalla una revolución
promovida por Bustos y apoyada por Peñaloza que destituye al gobernador. La
Legislatura lo reemplaza por Bustos que mantiene buenas relaciones con el
Chacho. Sin embargo, la armonía se rompió a causa de los intentos
revolucionarios de los hermanos Carlos y Ramón Ángel en 1859 y 1860 para
derribar al gobierno. Las sanciones aplicadas a ambos disgustan a Peñaloza
que era su protector y pide la renuncia de Bustos. Nuevamente, el gobierno
nacional envía diferentes delegados para solucionar el pleito pero estos
fracasan. Finalmente, Peñaloza toma el poder provincial y convoca a
elecciones, que dan como resultado el nombramiento de Villafañe como nuevo
gobernador. Urquiza envía una comisión para aconsejarlo que desarrolle una
política acorde a la Constitución nacional.
El triunfo de Mitre en Pavón trajo un período aciago para la provincia. El
gobierno central le pide a Peñaloza que oficie de árbitro en el conflicto
entre Santiago del Estero y Catamarca. Aprovechando su ausencia el
gobernador de Córdoba, Marcos Paz, se apoderó de La Rioja. La región se
insurreccionó y decenas de partidas trataron de estorbar y aislar a los
nacionales. Para congraciarse con Mitre, Villafañe traiciona a Peñaloza y
firma una declaración en la que lo repudia y amenaza con castigos a los que
lo apoyasen. El Chacho regresa apresuradamente e ingresa la ciudad con el
apoyo popular. Villafañe había huido y el gobernador delegado repara el
agravio inferido al Chacho. En ese momento Mitre y Paunero, alarmados por la
supervivencia del Chacho, envían una comisión a negociar con él. Los jefes
liberales reconocieron la necesidad de incluir al Chacho como una garantía
del orden y la tranquilidad en el interior pero luego, lo acusaron de
delitos que no había cometido y buscaron por todos los medios posibles, que
Mitre le declarara la guerra. Por fin lo consiguieron y se designó a tal
efecto, al gobernador de San Juan, Domingo Faustino Sarmiento, enemigo
encarnizado del caudillo riojano. El Chacho enarboló la bandera de la
rebelión frente al proyecto liberal y organizó una guerra de montoneras.
Intentó atacar San Juan pero fue derrotado por el mayor Irrazábal. Dos días
antes de morir, escribió una carta a Urquiza que se considera su 'testamento
político'. Allí de pide que se ponga al frente de la lucha contra los
herederos de Pavón. El 12 de noviembre de las fuerzas de Irrazábal lo
encuentran en su casa y le exigen que se rinda. El Chacho entrega el puñal
que le había obsequiado Urquiza en señal de aceptación, pero Irrazábal lo
atravesó con una lanza. Su cabeza fue exhibida en la plaza de Olta durante
ocho días.
Sarmiento se alegró por su muerte, diciendo que el Chacho era una 'bestia
dañina', Mitre la desaprobó por no ajustarse a las disposiciones legales
-era un general de la nación y debió juzgárselo en un Consejo de guerra.
José Hernández, en cambio, publicó una reivindicación póstuma del caudillo
en su diario El Argentino, que apareció como libro al año siguiente. También
Gutiérrez y el poeta Olegario Andrade escriben en su favor. El texto de
Sarmiento de 1867, en el que defiende el crimen contra Peñaloza desató una
feroz polémica con Juan Bautista Alberdi.
Véase:
ANDRADE, OLEGARIO, Oda al general Ángel Vicente Peñaloza
GUTIÉRREZ, EDUARDO, La muerte de un héroe
HERNÁNDEZ, JOSÉ. Rasgos biográficos del general Ángel Vicente Peñaloza
SARMIENTO, DOMINGO F., El Chacho, el último caudillo de la montonera de los
Llanos
VIÑAS, DAVID. Rebeliones populares argentinas. De los Montoneros a los
anarquistas. Buenos Aires: Carlos Pérez Editor, 1971.
El
12 de noviembre de 1863 el brigadier general Angel Vicente Peñaloza, a sus
gallardos 70 años, está refugiado en la casona de su amigo Felipe Oros, en
la pequeña población riojana de Olta, con media docena de hombres
desarmados, a pocos días de su derrota en Caucete, San Juan, contra las
tropas de línea del gobernador de la provincia y director de la guerra
designado por el presidente Bartolomé Mitre: Domingo Faustino Sarmiento, que
estaba desesperado entonces por saber dónde se escondía su peor enemigo. A
principios de mes el capitán Roberto Vera sorprende a un par de docenas de
seguidores de Peñaloza. "Acto continuo se les tomó declaración", dice el
escueto parte de su superior, el mayor Pablo Irrazábal: seis murieron pero
el séptimo habló. El chileno Irrazábal lo manda a Vera con 30 hombres al
refugio del caudillo, donde lo encuentra desayunando con su hijo adoptivo y
su mujer. El Chacho, el amable gaucho generoso y valiente defensor a
ultranza de las libertades de los pueblos, sale a recibirlo con un mate en
la mano y, entregando su facón -en cuya hoja rezaba la leyenda "el que
desgraciado nace / entre los remedios muere"-, le dice al capitán: "estoy
rendido". Vera lo conduce a uno de los cuartos y le pone centinela de vista.
Y le comunica el suceso a Irrazábal. El mayor no tarda en aparecer. Entra al
cuarto y pregunta de un grito: "¿quién es el bandido del Chacho?". Una voz
calma, desbordante de buena fe, le contesta: "yo soy el general Peñaloza,
pero no soy un bandido". Inmediatamente, y sin importarle la presencia del
hijastro y de doña Victoria Romero de Peñaloza, el mayor Pablo Irrazábal
toma una lanza de manos de un soldado y se la clava en el vientre al
general. Después lo hizo acribillar a tiros. Y mandó cortarle la cabeza y
exhibirla clavada en una pica en la plaza del pueblo de Olta. Sarmiento, que
nada deseaba más que esa muerte, le escribe a Mitre el 18 de noviembre:
"...he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la
cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no
se habrían aquietado en seis meses".
La guerra "de limpieza social", de exterminio de los criollos, de degüello
de los federales, de carnicería feroz, de raptos, robos, saqueos,
violaciones, levas de enganchados y cepos "colombianos" a los gauchos, es la
consecuencia directa de Pavón, "la derrota que no fue" impuesta por las
logias de Buenos Aires. El 17 de septiembre de 1861 se enfrentaron junto al
arroyo de Pavón, al sur del la provincia de Santa Fe, el ejército bonaerense
liberal de Mitre y el ejército federal de las provincias de Urquiza.
Producida la victoria indiscutible de los federales en el campo de batalla,
inexplicablemente, Justo José de Urquiza se retira del campo a paso lento,
al tranco de su caballo, como para demostrar que es una retirada voluntaria.
¡Y al mismo tiempo ordena también la retirada de los suyos, ganadores del
combate! Con la insólita claudicación urquicista, la Confederación se
derrumbó y el país quedó en las manos de "la civilización de la levita" de
los porteños, una de las páginas más tristes y sangrientas de nuestra
historia.
La bandera abandonada por Urquiza será alzada entonces por el Chacho
Peñaloza, brigadier general del ejército de la nación y jefe del III
Ejército -el "Ejército de Cuyo"-, aunque sin tropas de línea ni armas. De
una vieja familia fundadora de La Rioja, de larguísima carrera de luchas en
las que había ganado todos sus grados en el campo de batalla, Peñaloza fue
teniente coronel de Facundo Quiroga, y lo acompañó en todas sus campañas,
sirviendo después de Barranca Yaco a las órdenes del gobernador Brizuela,
con quien entró a la coalición del Norte. Este cambio de frente obedeció a
la falsa versión unitaria que le achacaba a Rosas la inspiración del
asesinato de Facundo.
Pero ya estamos después de Pavón, cuando el Chacho levanta una vez más su
enseña, cabalgando sin sombrero, ceñida la melena blanca con una vincha
gaucha, y son cientos, y pronto miles los que lo rodean, paisanos con sus
caballos de monta y de tiro, y una media tijera de esquilar atada a una caña
como lanza. De La Rioja a Catamarca, de Mendoza a San Luis, de Córdoba a San
Juan, la montonera crece levantando voluntarios en marcha triunfal. En los
Llanos, el caudillo es imbatible. Por eso, el gobierno nacional manda al
sacerdote Eusebio Bedoya a ofrecerle la paz. El Chacho acepta complacidísimo
y se fija La Banderita para el cambio solemne de las ratificaciones y de los
prisioneros de guerra. El acude con sus tenientes y montonera en correcta
formación. El ejército de línea, conducido por los jefes mitristas Rivas,
Arredondo y Sandes -los dos últimos orientales-, rodean a Bedoya.
José Hernández, el autor del Martín Fierro, narra la entrega de los
prisioneros nacionales tomados por el Chacho. "¿Ustedes dirán si los han
tratado bien?", pregunta éste. "¡Viva el general Peñaloza!", fue la única y
entusiasta respuesta.
Luego el riojano se dirige a los jefes nacionales: "¿Y bien, dónde están los
míos?... ¿Por qué no me responden?... ¡Qué! ¿Será cierto lo que se dice?
¿Será verdad que todos han sido fusilados?"... Los jefes militares de Mitre
se mantenían en silencio, humillados; los prisioneros habían sido todos
degollados sin piedad, como se persigue y se mata a las fieras de los
bosques; las mujeres habían sido arrebatadas por los invasores... Al decir
del joven periodista Hernández -testigo angustiado de las desdichas
nacionales-, Bedoya y los propios jefes militares, conmovidos, sienten asco
por haberse mezclado en la negociación. Pronto el Martín Fierro marcará a
fuego la iniquidad mitrista:
¡Y después dicen que es malo
el gaucho si los pelea!
Pero hay uno que nada lo conmueve; queda en pie el enemigo más formidable
del caudillo de los Llanos: Sarmiento, que además de caracterizarlo de
bandido, vándalo y ladrón, lo hostiliza y hace perseguir implacablemente a
sus hombres, incorporándolos por la fuerza a los peores destinos militares,
después de apoderarse de sus mujeres y propiedades. (Unos meses antes le
escribía a Mitre sobre Sandes: "Si mata gente, cállense la boca. Son
animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con
tratarlos mejor"). Hasta que el director de la guerra logra colmar la
paciencia del Chacho, que antes del año de La Banderita levanta nuevamente
el estandarte de la rebelión, declarando en una carta a Mitre: "Los hombres
todos, no teniendo ya más que perder que la existencia, quieren sacrificarla
más bien en el campo de batalla defendiendo sus libertades, sus leyes y sus
más caros intereses atropellados vilmente". Y toma su lanza temible
convocando a los dispersos federales, a los veteranos de Facundo y a los
jóvenes casi niños que prefieren morir con la tacuara en la mano a
aniquilarse en los cantones fronterizos, diciendo en su proclama, que vuelve
a conmocionar los Llanos: "El viejo soldado de la patria os llama en nombre
de la ley y de la nación, para combatir y hacer desaparecer los males que
aquejan a nuestra tierra".
La tragedia de Olta inició una ola de sangre descontrolada en toda la
región. Pero desde entonces una copla popular se empezó a cantar en los
Llanos:
Dicen que al Chacho
lo han muerto.
No dudo que así será.
Tengan cuidado magogos,
no vaya a resucitar.
Fuente:
www.agendadereflexion.com.ar
Investigación periodística e historia
política

Vida y muerte de un caudillo
Por
León Benarós
Ángel Vicente Peñaloza fue caudillo de La
Rioja en el siglo XIX, llamado «El Chacho». Chacho es un apodo muy utilizado
en Argentina; quizá venga de muchacho. El Chacho fue asesinado por tropas de
Buenos Aires el 12 de noviembre de 1863 en Olta, La Rioja.
Canción de cuna del Chacho
Canción
(Recitado)
Un niño nace en la Rioja,
¿Qué destino ha de tener?
Para defender su provincia,
¡montonero habrá de ser¡
(Cantado)
Niñito de pelo ru[bio],
changuito de ojos celes[tes],
¡sosiégesee ya¡
Mi niñito de los lla[nos],
mi churito ángel Vicente.
Si se dormirá,
debajo del algarrobal.
Duérmase, pues, mi changui[to],
mi clavelito elegi[do],
de Guaja la flor,
para cuando se despier[te],
fíjese que le trai[go],
arrope y mistol,
se duerme la luna y el sol.
Ya viene la montone[ra],
mi niño ya está dormi[do],
¿qué sueño hai´ tener?.
Se vera chul[i] y creci[do],
levantando polvare[da],
saliendo del ce[rro],
tal vez deberá padecer.
Tal vez deberá padecer.
Tal vez deberá padecer.
Montonereando
Adolfo Ábalos-León Benarós
Chacarera
(Recitado)
¡Tanto defender La Rioja!,
¡Tanto luchar y luchar!.
Destino de gente pobre,
¡sufrir y montonerear!.
(Cantado)
Guandacol, Chepaespetui, Malanzán,
tal vez esos lindos pagos,
no los veré más.
¿Dónde está la que un querer me juró?.
Ella me estará esperando,
pero tal vez no.
Chañaral, Churquicardón, Retamal,
soy llanisto, soy del Chacho,
soy de La Rioja.
Pobre soy, soy montonero señor,
libres somos los riojanos,
libre seré yo.
Floro Cruz, Apolinario Mazán,
Pancho Argüello, Cleto Luna,
no los veré más.
Otra vez, pecho el fusil donde esté,
es lo mismo, monte o cerro,
para morir pues.
Ya verán cuando se ofrezca pelear,
si medio la montonera,
se desempeñan.
Pobre soy, soy montonero señor,
libres somos los riojanos,
libre seré yo.
La Victoria Romero
Ramón Navarro - León Benarós
Cueca
(Recitado)
Ya ese Chacho Peñaloza
se viene ganando a mozo,
un amor le está ocupando
su corazón generoso.
(Cantado)
Dic'qu'se Peñaloza
anda noviando.
Dic'qu'se Peñaloza
anda noviando.
Tiempo que no lo han visto montonereando.
¿Quién será que le roba su voluntad?.
Dic'que los ojos negros de alguna moza,
guerra le dan al Chacho, más que otra cosa.
Por esos jarillales ronda el amor.
Riojano amor,
ella es la flor,
de aquellos pagos.
Y el mocetón, con sencillos halagos,
jura su amor sincero,
a la Victoria Romero.
Dic'qu'se Peñaloza, va pretendiendo,
Dic'qu'se Peñaloza, va pretendiendo,
una moza de Tama, lo anda queriendo.
Ella es sencilla y pura, flor de cardo.
¡Linda la novia d'el Chacho,
alta y airosa!.
Moraba en los entreveros, tan valerosa.
Sabe mostrar agallas junto al varón.
Se va, se va, se va, se va.
Cueca riojana.
El Chacho va, con la novia en Anca,
y el juega la vida y fama,
por esa moza de Tama.
Deje, nomás
Adolfo Ábalos - León Benarós
Vidala chayera
(Recitado)
Noticias de Buenos Aires,
para afligir han venido,
porque han de pelearlo al Chacho,
como si fuera un bandido.
(Cantado)
Dicen que se ha de venir,
deje, nomás,
tropa baquiana de allá,
deje, nomás.
Déle chumbiar y chumbiar,
sable largo, por demás.
Y que nos viene a topar,
el entrevero será ya guaytá.
Dicen que está por llegar,
deje, nomás,
esa tropa nacional,
deje, nomás.
Y que nos viene a mandar,
¡Cuaya a saber si podrá!.
Gente del Chacho hallará,
le dificulto la facilidad.
Dicen que en la Rioja está,
deje, nomás,
esa tropa nacional,
deje, nomás.
Y que nos quiere allanar,
fiero les hemos de entrar.
Ha de quedar el tendal,
la polvareda y el viento, nomás.
Que sí será, si no será,
la polvareda y el viento, nomás,.
la polvareda y el viento, nomás,
la polvareda y el viento, nomás,
(Grito)
Triunfo del Chacho
Eduardo Falú - León Benarós
Triunfo
(Recitado)
¿Qué siente por ese Chacho,
la paisanada devota?.
Lo sigue sin desertarse,
en el triunfo o la derrota.
(Cantado)
Yo no soy de estos pagos,
soy de La Rioja,
soy de La Rioja,
donde no tiene sitio,
la gente floja.
¡Qué digo!. Soy de La Rioja.
Dicen que viene Sandes, (*)
la polvareda,
la polvareda,
queriendo avasallar,
tal vez no pueda.
¡Qué digo!. La polvareda.
¡Amalaya ese Chacho!,
tan combatido,
tan combatido,
ofertando la paz,
sin ser oído.
¡Qué digo!. Tan combatido.
Este es el triunfo, madre,
de los chachistas,
de los chachistas,
con La Rioja en el alma,
la lanza lista.
¡Qué digo!. De los chachistas.
(*) Nota:
Sandes, fue el coronel que venció al Chacho en el encuentro de Lomas Blancas
(20/05/1863), y de donde el caudillo huyera, para caer definitivamente
derrotado en Olta.
La muerte del Chacho
Anónimo - León Benarós
Romance
(Recitado)
Cuente la copla de pueblo: - La muerte de Peñaloza.
Desarmado lo mataron, - así, nomás, es la cosa.
(Romance)
Yo he visto gemir al tigre, - y vi llorar al quebracho,
han de dejar que les cuente - cómo mataron al Chacho.
Como varón se sostuvo - de la cabeza a los pies,
finó el doce de noviembre - del año sesenta y tres.
Con entereza total, - se allanó a perder la vida.
¡Digan si se vio en La Rioja - una estampa parecida¡.
Sesenta y cinco veranos - ya cuenta ese Peñaloza.
Ver su provincia invadida, - el corazón le destroza.
Ya de la riojana sangre, - el suelo nativo entintan.
Las hartas canas al Chacho - en las sienes se le pintan.
Cuando en San Juan, la Victoria - le mezquinó sus halagos,
se sintió ese general - tironeado por sus pagos.
En llegando a Loma Blanca, - como quién va para Olta,
en el rancho de un tal Oros, - va a alojarse con su escolta.
El Mayor Pablo Irrazabal - los desbarata en Caucete,
va con orden de apretarlos, - pa' ver si los somete.
Y respirando rencor, - con una saña de fiera,
para perseguir al Chacho, - destaca a Ricardo Vera.
¿Con qué ánimo ha de ver éste, - comisión que se le cuadre,
si el general Peñalosa - era su amigo y compadre?.
Más bien iba, por si acaso, - a pactar la rendición,
por si ese Chacho, - acatara la fuerza de la nación.
Bajo una lluvia finita - con su gente, llega Vera,
desmonta y en un abrazo - con el Chacho se entrevera.
y allí le dice "Compadre, - su causa, es causa perdida.
Si usted se rinde al gobierno, - yo le aseguro la vida.
Ponga fin a sus trabajos - entre gente montonera.
Entréguese a la nación, - no es una fuerza extranjera".
Como mirando a lo lejos - queda el Chacho fijamente
en su catre de algarrobo, - mateaba tranquilamente.
Por fin, por segura prenda - de aquel pacto tan sencillo,
en señal de acatamiento, - ha entregado su cuchillo.
Ya la mucha edad al Chacho, - su brío porfiado vence.
Ya con aquellas razones, - su compadre lo convence.
Un tal Regalado Campos, - chasca en esa situación,
va a dar a aquel Irrazabal - parte de la rendición.
Más llega el dicho Irrazabal, - con toda la rabia junta
y sin desmontar, a Vera, - "¿Cuál es el Chacho?", pregunta,
Y al saberlo, allí, nomás, - ciego de fiera venganza,
se le viene a Peñaloza, - y de un lanzazo lo avanza.
Rendido de buena fe, - pues hasta entregó el cuchillo,
en semejante ocasión, - ¿qué iba a hacer ese caudillo?
En mentira y felonía - todo se le trueca -pienso-
por darle seguridad, - lo lancean indefenso.
Mudos quedan de sorpresa, - quienes lo están contemplando,
se le hundió hasta la moharra, - y el asta quedó temblando.
Todavía moribundo, - pudo, firme, ser oído:
"¡Cobarde!", murmura el Chacho. - "¡Matar a un hombre rendido¡".
Allí lo dejan, después - de semejante atropello.
Tiene la boca entreabierta, - tiene un rosario en el cuello.
Como una tigra, llorando - de pena que la acongoja,
ciega de dolor, la Vito - con furia se les arroja.
Alguno, más comedido, - de un talerazo la acuesta,
cuando ese Pablo Irrazabal - suelta su rabia funesta,
y señalándolo al Chacho, - doblado en sus estertores,
grita, ese mayor sin hiel: - "¡A ver¡ ¡Cuatro tiradores¡".
En un orcón de algarrobo, - el Chacho queda sujeto.
¡Ya le pegan cuatro tiros¡ - ¡Ya el crimen está completo¡.
Y para que haya, señores, - de todo, como en botica,
a la cabeza del Chacho, - la exponen en una pica.
¡Lindo es salirle a la muerte - en cualesquier entrevero¡.
¡Pero otra cosa, es que a un hombre, - lo maten como cordero.
¡Ya se acabó Peñaloza¡. - ¡Ya lo pudieron matar¡.
Tengan cuidado, señores, - ¡no vaya a resucitar¡.
La pura verdad
Adolfo Ábalos - León Benarós
Baguala
Una baguala que expresa con profundidad el anuncio del trágico destino del
caudillo.
(Recitado)
La vida y muerte del Chacho,
ya nomás estoy cantando.
El cayó por su provincia,
nosotros, vamos andando.
(Cantado)
Mi general Peñaloza,
la pura verdad.
Mi general Peñaloza,
la pura verdad.
Padrecito de los pobres,
Padrecito de los pobres,
no quiera la suerte, nos llegue a faltar.
Se lleva atrás de su poncho,
la pura verdad.
Se lleva atrás de su poncho,
la pura verdad.
Los riojanos corazones,
Los riojanos corazones,
no quiera la suerte, nos llegue a faltar.
(Recitado)
Con nadita se ha quedado,
lanza y poncho solamente,
porque todo lo que tiene,
lo reparte con su gente.
Mi general Peñaloza,
por su vida, ¡cuidesé¡,
los humildes de La Rioja,
lo precisamos a usted.
(Cantado)
Los humildes de La Rioja,
la pura verdad.
Los humildes de La Rioja,
la pura verdad.
Lo precisamos a usted,
Lo precisamos a usted.
No quiera la suerte, nos llegue a faltar.
No quiera la suerte, nos llegue a faltar.
(Grito)
Llanto por el Chacho
Eduardo Falú - León Benarós
Chaya
(Introducción)
Allá va, sombra del Chacho,
tal vez queriendo volver,
durando en los corazones,
sabiendo permanecer.
...................................
El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.
El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.
Lloran las piedras también tristes de verlo pasar;
le tiende sus ramas el algarrobal.
El general Peñaloza, solo y perdido, me dicen que va.
Desde su tierra natal, como un jirón del ayer,
levantando lanzas siguen los riojanos,
la sombra del Chacho, que quiere volver.
Pregunta el quimil; responde el tunal:
la lanza del Chacho, tal vez volverá.
El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
Sombra se quiere volver, rumbo de la soledad:
en Olta la muerte lo viene a buscar.
El general Peñaloza deja su sangre por el arenal.
El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.
El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.
Lanza que pide volver; árbol que quiere brotar.
La voz de los llanos lo vuelve a nombrar.
El general Peñaloza ya se levanta de su soledad.
Desde su tierra natal, como un jirón del ayer,
levantando lanzas siguen los riojanos,
la sombra del Chacho, que quiere volver.
Pregunta el quimil; responde el tunal:
la lanza del Chacho, tal vez volverá.
Tal vez volverá..., tal vez volverá...
Visión del Chacho
Carlos Di Fulvio - León Benarós
Zamba
(Recitado)
Por aquí ha pasado el Chacho,
con sus montoneros de Aliva.
Crece una sombra de lanzas,
por aquellos peñales.
(Cantado)
La Rioja no te olvida,
un clamor por esos llanos va.
Y hay un reverberar
en la riojana soledad,
que alza tu visión, sombra fantasmal.
Y cuando la alta noche, crece sobre el jarillal,
gritos de un ayer se suelen escuchar.
Atiles, Tama, Olta,
Loma Blanca, Guaja y Malanzán,
mi tierra de algarrobos, Sañogasta y Achunvil,
viejo Guandacol, Solca y Chumical,
en sombras emponchadas, ya la luna ve crecer,
alzando de lo obscuro, todo un tacuaral.
Bravos riojanos, llanistos montoneros,
saquen las lanzas, prepárense a pelear,
la provincia fiel al Chacho,
no han de avasallar, no han de avasallar.
Sepan que cada pecho una muralla habrá de ser,
firmes hasta morir por nuestra libertad.
El Chacho, sombra ardiente,
otra vez nos quiere convocar.
Y viene de un recuerdo de tragedia y de dolor,
roto el corazón, desangrado ya,
pero desde la sombra nos empuja a resistir,
para defender la criolla dignidad.
Visión cabal del Chacho,
por añares largos vagará.
Los campos de La Rioja donde supo combatir,
no lo olvidarán, no lo olvidarán.
Las sombras de la noche su figura ven crecer,
inmensa como un alma noble y tutelar.
Bravos riojanos, llanistos montoneros,
saquen las lanzas, prepárense a pelear,
la provincia fiel al Chacho,
no han de avasallar, no han de avasallar.
Sepan que cada pecho una muralla habrá de ser,
firmes hasta morir por nuestra libertad.
Zamba para el Chacho
Ramón Navarro - León Benarós
Zamba
(Recitado)
En el corazón del pueblo,
Peñaloza quedará,
porque defendió su tierra,
porque era todo bondad.
(Cantado)
Ninguno se crea eterno,
todo es llegar y partir.
Miren ese Peñaloza,
y cómo vino a morir.
Miren ese Peñaloza,
y cómo vino a morir.
Así mataron al Chacho,
así fue su dura suerte.
Si le quitaron la vida,
no le acallaron la muerte.
Si le quitaron la vida,
no le acallaron la muerte.
Como que era zarco el hombre,
y libre entre sus hermanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
La cabeza del caudillo,
queda en la plaza de Olta.
La soledad lo acompaña,
las estrellas son su escolta.
La soledad lo acompaña,
las estrellas son su escolta.
Ya Peñaloza no es nada,
ya la tierra lo recibe.
Y en el corazón del pueblo,
ya su memoria se escribe.
Y en el corazón del pueblo,
ya su memoria se escribe.
Como que era zarco el hombre,
y libre entre sus hermanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
Se le pintaba en los ojos,
todo el cielo de los llanos.
Por Domingo Faustino Sarmiento, 1898
Fuente: Segunda edición,
Buenos Aires,
"La Cultura Argentina", 1925.
El Chacho, último caudillo de la montonera de los Llanos
¡En Chile y a pie!
En septiembre de 1842, cuando todavía no dan paso las nieves que se acumulan
durante el invierno sobre la areta central de los Andes, un grupo de
viajeros pretendía desde Chile atravesar aquellas blancas soledades, en que
valles de nieve conducen a crestas colosales de granito que es preciso
escalar a pie, apoyándose en un báculo, evitando hundirse en abismos que
cavan ríos corriendo a muchas varas debajo; y con los pies forrados en
pieles, a fin de preservarse del contacto de la nieve que, deteniendo la
sangre, mata localmente los músculos haciendo fatales quemaduras.
Los Penitentes ; columnas y agujas de nieve que forma el desigual deshielo,
según que el aire o el sol hieren con más intensidad, decoran la escena, y
embarazan el paso cual escombros y trozos de columnas de ruinas de
gigantescos palacios de mármol. Los declives que el débil calor del sol no
ataca, ofrecen planos más o menos inclinados, según la montaña que cubren, y
descenso cómodo y lleno de novedad al viajero, que sentado se deja llevar
por la gravitación, recorriendo a veces en segundos distancias de miles de
varas. Este es quizá el único placer que permite aquella escena, en que lo
blanco del paisaje sólo es accidentado por algunos negros picos demasiado
perpendiculares para que la nieve se sostenga en sus flancos, formando
contraste con el cielo azul-oscuro de las grandes alturas.
Los temporales son frecuentes en aquella estación, y aunque hay de distancia
en distancia casuchas para guarecerse, si no se ha tenido la precaución de
examinar el aspecto del campanario, que es el más elevado pico vecino, y
asegurarse de que ninguna nubecilla corona sus agujas, o vapores cual lana
desflecada empiezan a condensarse a sus flancos, grave riesgo se corre de
perecer, perdido el rumbo entre casucha y casucha, casi cegadas por la caída
de copos de nieve tan densa que no permite verse las manos.
Aquella vez no eran los viandantes ni el correísta que lleva la valija a
espaldas de un mozo de cordillera, ni transeúntes, de ordinario extranjeros
que buscan este arriesgado paso del Atlántico al Pacífico. Eran emigrados
políticos que, a esa costa, regresaban a su patria contando con incorporarse
al ejército del general La Madrid, antes que se diese la batalla que venía a
librarle el general Oribe a marchas forzadas desde Córdoba.
Al asomar las cabezas sobre la cuesta de Las Cuevas, desde donde se divisa
la estrecha quebrada hasta la Punta de las Vacas, tres bultos negros como
negativos de fotografía fue lo primero que vieron destacarse sobre el fondo
blanco del paisaje. Los viajeros se miraron entre sí y se comprendieron.
¡Nada bueno auguraban aquellas figuras! Mirando con más ahínco hacia
adelante, creyeron descubrir otros puntos negros más lejos, y allá en
lontananza otro al parecer más largo, porque largas sin ancho son las líneas
que describen los viandantes por las nieves, poniendo el pie los que vienen
en pos sobre la impresión que deja el que les precede. ¡Derrotados!, exclamó
uno meneando con desencanto profundo la cabeza; y precipitándose por el
declive, descendieron hasta la casucha que está al pie, del lado argentino
de la cordillera, donde a poco se acercaron los que de Mendoza venían.
¿Derrotados?, preguntáronles aquéllos a éstos desde lejos, poniéndose las
manos en la boca para hacer llegar la voz; ¡derrotados!, repitieron los ecos
de las montañas y las cavernas vecinas. Todo estaba dicho.
Luego se supieron los detalles de la batalla de la Ciénaga del Medio; luego
llegaron otros y otros grupos, y siguieron llegando todo el día, y
agrupándose en aquel punto inhospitalario, sin leña, sin más abrigo que lo
encapillado, sin más víveres que los que cada uno podría traer consigo. Al
caer de la tarde, llegaron noticias de la retaguardia, donde venían La
Madrid, Alvarez y los demás jefes, de haber sido degollados los rezagados en
Uspallata, entre ellos el comandante Lagraña y seis jefes más.
Sólo los familiarizados con la cordillera podían medir el peligro que
corrían aquellos centenares de hombres, entre los que se contaban por
cientos, jóvenes de las primeras familias de Buenos Aires y las provincias
del norte, restos del Escuadrón Mayo formado de entusiastas, que a tales y a
mayores riesgos se exponían luchando contra el tirano Rosas. No había que
perder un minuto, y los mismos viajeros en hora menguada para ellos, pero
providencial para los otros, volvieron a desandar el penoso camino, sin
darse descanso hasta llegar al valle de Aconcagua, del otro lado de Los
Andes.
Fue en el acto dada la alarma, montada una oficina de auxilio, y merced a
sus antiguas relaciones, y de algún dinero de que podían disponer, horas
después partían para la cordillera baqueanos cargados de carbón, cueros de
carneros, charqui, cuerdas, ají, y demás objetos indispensables en aquellos
parajes, a fin de acudir a lo más urgente; mientras que la pluma corría con
rapidez febril, invocando el patriotismo de los argentinos, la filantropía
de los chilenos, la munificencia del gobierno a que podían apelar seguros de
que las simpatías personales harían grato el desempeño de un deber de
humanidad; y así puestas en acción la opinión por la prensa, la caridad por
asociaciones, y la administración, en tres días empezaron a llegar médicos,
medicinas, dinero, ropas, abrigo y comodidades para mil hombres que decían
ser los desgraciados.
¡Harta necesidad habría de médicos! El temido temporal se había declarado, y
era preciso ser vecino de Los Andes, donde la cordillera es un libro que
hasta los niños saben leer, para imaginarse la angustia general de los que
con pavor vieron sustituirse pardas nubes a los nevados picos de Los Andes
centrales que se cubrieron, dejando al sol en el valle iluminar la escena
sólo para que los extraños pudiesen contemplarla de lejos sin poder prestar
auxilio a las víctimas. Mídese la fuerza del temporal por la intensidad de
las nubes y su color sombrío, y cada hora, transcurrido el primer día, como
cuando se oye de lejos el fuego de la batalla, calculábase el número de
helados entre mil. Espectáculo sublime y aterrador, tranquilo en sus
efectos, afligente hasta desgarrar el corazón del que lo contempla, como se
ve venir la nave a estrellarse fatalmente en las rocas; o cundir el incendio
sin la última esperanza de ver echarse por las ventanas, o poner escaleras
para los que rodean las llamas.
El cielo se apiadó al fin, y un día después de tres de angustia, se supo que
sólo habían perecido siete, y sido necesario amputar otros tantos, pues que
los médicos estaban ya al pie de la cordillera. Un cuadro del pintor
sanjuanino Rawson ha idealizado la escena del arribo de los primeros
chilenos que rompieron la nieve, y se abrieron paso hasta el teatro de la
catástrofe. El calor o el techo de la casucha habían salvado dentro y fuera
a trescientos, una roca inclinada abrigado a ciento, los ponchos al resto
conservando el calor apiñ ados estrechamente. Salvada la vida, el hombre
tenía a mano con qué saciarse.
Entre aquellos prófugos se encontraba el Chacho, jefe desde entonces de los
montoneros que antes había acaudillado Quiroga; y ahora, seducido su jefe
por el heroísmo desgraciado del general Lavalle, habíase replegado a las
fuerzas de La Madrid, y contribuido no poco, con su falta de disciplina y
ardimiento, a perder la batalla. Llamaba la atención de todos en Chile la
importancia que sus compañeros generalmente cultos daban a este paisano
semibárbaro, con su acento riojano tan golpeado, con su chiripá y atavíos de
gaucho. Recibió como los demás la generosa hospitalidad que les esperaba, y
entonces fue cuando, preguntado cómo le iba, por alguien que lo saludaba,
contestó aquella frase que tanto decía sin que parezca decir nada: ¡Cómo me
a dir, amigo! ¡En Chile y a pie!
Este era el Chacho en 1842, y ése era el Chacho en 1863 en que terminó su
vida. Ni aun por simple curiosidad merece que hablemos de su origen. Dícese
que era fámulo de un padre, quien al llamarlo, para acentuar el grito,
suprimía la primera sílaba de muchacho , y así se le quedó por apodo Chacho;
y aunque no sabía leer, como era de esperarse de un familiar de convento,
acaso el haberlo sido le hiciese valer entre hombres más rudos que él.
Firmaba sin embargo con una rúbrica los papeles que le escribía un amanuense
o tinterillo cualquiera, que le inspiraba el contenido también; porque de
esos rudos caudillos que tanta sangre han derramado, salvo los instintos que
les son propios, lo demás es obra de los pilluelos oscuros que logran
hacerse favoritos. Era blanco, de ojos azules y pelo rubio cuando joven,
apacible de fisonomía cuanto era moroso de carácter. A pocos ha hecho morir
por orden o venganza suya, aunque millares hayan perecido en los desórdenes
que fomentó. No era codicioso, y su mujer mostraba más inteligencia y
carácter que él. Conservóse bárbaro toda su vida, sin que el roce de la vida
pública hiciese mella en aquella naturaleza cerril y en aquella alma obtusa.
Su lenguaje era rudo más de lo que se ha alterado el idioma entre aquellos
campesinos con dos siglos de ignorancia, diseminados en los llanos donde él
vivía; pero en esa rudeza ponía exageración y estudio, aspirando a dar a sus
frases, a fuerza de grotescas, la fama ridícula a que las hacía recordar,
mostrándose así cándido y el igual del último de sus muchachos . Habitó
siempre una ranchería en Guaja, aunque en los últimos años construyó una
pieza de material, para alojar a los decentes , según la denominación que él
daba a las personas de ciertas apariencias que lo buscaban. Hacía lo mismo
con sus modales y vestidos: sentado en posturas, que el gaucho afecta, con
el pie de una pierna puesto sobre el muslo de la otra, vestido de chiripá y
poncho, de ordinario en mangas de camisa, y un pañuelo amarrado a la cabeza.
En San Juan se presentaba en las carreras, después de alguna incursión
feliz, si con pantalones colorados y galón de oro, arremangados para dejar
ver calcetas caídas que de limpias no pesaban, con zapatillas a veces de
color. Todos estos eran medios de burlarse taimadamente de las formas de los
pueblos civilizados. Aun en Chile, en la casa que lo hospedaba, fue al fin
preciso doblarle las servilletas a fin de salvar el mantel que chorreaba al
llevar la cuchara a la boca. En los últimos años de su vida consumía grandes
cantidades de aguardiente, y cuando no hacía correrías, pasaba la vida
indolente del llanista, sentado en un banco, fumando, tomando mate, o
bebiendo. Las carreras son, como se sabe, una de las ocupaciones de la vida
de estos hombres, y en los Llanos ocasión de reunirse varios días seguidos
gentes de puntos distantes. Las nociones de lo tuyo y lo mío no son siempre
claras en campañas donde el dios Término no tiene adoradores, y menos debían
estarlo en quien vivía de los rescates, auxilios, y obsequios que recibía en
las ciudades que visitaba con sus hordas disciplinadas. Entregadas éstas en
San Juan al saqueo e incendio de las propiedades, en presencia de Derqui,
que así preparó su candidatura a la presidencia, queriendo poner coto a
desórdenes que amenazaban arrasar con todo, dióse una orden de pena de la
vida a quienes fuesen sorprendidos saqueando. Tomados cinco, el Chacho
solicitó, en nombre de sus servicios, y obtuvo el perdón de todos, no
obstante que el Comisionado nacional contaba con un regimiento de línea
mandado por el general Pedernera, que fue vicepresidente; y todos los
degüellos, salteos y asesinatos, que tuvieron lugar después, sin que pueda
culpársele de ordenarlos, obtuvieron siempre la bondadosa y obtemperante
indulgencia del Chacho.
Su papel, su modo de ganar la vida, digámoslo así, era intervenir en las
cuestiones y conflictos de los partidos, cualesquiera que fuesen, en las
ciudades vecinas. Apenas ocurría un desorden el Chacho acudía, dándose por
interesado de alguna manera. Así había servido a Quiroga, Lavalle, la
Madrid, Benavides, Rosas, Urquiza y Mitre. A favor o en contra de alguien
había invadido cuatro veces a San Juan, tres a Tucumán, a San Luis y Córdoba
una. Su situación en la República Argentina, con su carácter y medios de
acción, era la de los cadíes de las tribus árabes de Argel, recibiendo de
cada nuevo gobierno la investidura, y cerrando el último los ojos a las
razzias que tenía hechas para robar sus ganados a las otras tribus.
Y sin embargo, este jefe de bandas que subsiste treinta años no obstante los
cambios que el país experimenta, y mientras los gobiernos que lo emplean o
toleran sucumben, fue derrotado siempre que alguien lo combatió, sin que se
sepa en qué encuentro fue feliz, pues de encuentros no pasaron nunca sus
batallas, sin que esta mala estrella disminuyese su prestigio con los que lo
seguían, ni su importancia para los gobiernos que lo toleraban.
Conocido este singular antecedente, la mente se abisma buscando la atracción
que ejercía sobre sus secuaces, sometiéndose por seguirlo a privaciones
espantosas, al atravesar desiertos sin agua, experimentando derrotas en que
perecen siempre los que por mal montados no pueden escapar a la persecución
de sus contrarios. Tiene en los Llanos la misma explicación que en los
países árabes la vida del desierto, pues aquella parte de La Rioja lo es,
aunque tiene pastos; es de privaciones, pobreza y monotonía. Las excursiones
hacen sentir la vida, despiertan esperanzas, llenan la imaginación de
ilusiones. Irán a las ciudades, donde hay goces, alimentos variados, vino,
caballos excelentes, vestido; y estos estímulos bastan para hacerles
afrontar peligros posibles, privaciones, que al fin de cuenta, son las
mismas a que están habituados diariamente.
El bárbaro es insensible de cuerpo, como es poco impresionable por la
reflexión, que es la facultad que predomina en el hombre culto; es por tanto
poco susceptible de escarmiento. Repetirá cien veces el mismo hecho si no ha
recibido el castigo en la primera. El bárbaro huye pronto del combate; y
seguro de su caballo, la persecución que no lo alcanza, no ejerce sobre su
ánimo duraderos terrores. Volverá a reunirse lejos del peligro, sin echar
muchas cuentas sobre los que más tarde pudieran sobrevenirle. ¿Concíbese de
otro modo cómo Peñalosa emprende una guerra, cuando, sometida toda la
República en 1862, había cuerpos de ejército victoriosos en Catamarca al
norte, en Córdoba al Este, en San Juan al sur? Y sin embargo, esto lo repite
cada uno de esos campesinos a su turno. Oyendo Elisondo el tiroteo de Las
Lomas Blancas, interceptando el parte del combate que da por aniquilado al
Chacho, él, que había permanecido tranquilo hasta entonces, levanta una
montonera que nunca contó cien hombres, y molesta y fatiga largo tiempo a
los ejércitos regulares. Cuando el coronel Arredondo seguía la pista al
Chacho supo, decía, por los licenciados que alcanzaba, que se dirigía a San
Juan. Los licenciados eran los que por favor, ocupaciones o enfermedad no lo
habían seguido antes; pero al saberse que iba a San Juan, es decir, a Orán o
Bujía, de quinientos hombres que llevaba, su número ascendió a más de mil,
con los que no estaban para eso ni enfermos ni ocupados.
De los prisioneros tomados, sólo quince en más de ciento, no tuvieron quien
solicitase su libertad, y los acreditase de honrados, lo que probaba que
eran todos gente conocida y con familia. El robo, que era esta vez el
estímulo, era sólo reputado un botín legítimamente adquirido. La tradición
es, por otra parte, el arma colectiva de estas estólidas muchedumbres
embrutecidas por el aislamiento y la ignorancia. Facundo Quiroga había
creado desde 1825 el espíritu gregario; al llamado suyo, reaparecía el
levantamiento en masa de los varones a la simple orden del comandante o
jefe: la primitiva organización humana de la tribu nómade, en país que había
vuelto a la condición primitiva del Asia pastora. El sentimiento de la
obediencia se trasmite de padres a hijos, y al fin se convierte en segunda
naturaleza. El Chacho no usó de la coerción, que casi siempre los gobiernos
cultos necesitan para llamar los varones a la guerra. Pocos son los
intereses que los retendrían en sus casas miserables; la familia vive de un
puñado de maíz o de la carne de una cabra, y la guerra es la vida, las
emociones, las esperanzas; y el caballo, el ferrocarril que suprime las
distancias y convierte en realidad el sueño dorado, hacer algo, sentirse
hombres, vivir en fin. Esta organización se ha visto reaparecer y
perfeccionarse en los pueblos formados por la raza guaraní, en Entre Ríos,
Corrientes y Paraguay; y puesto a dos dedos de su pérdida en varias
ocasiones a los de descendencia más puramente española que habitan la
provincia de Buenos Aires, en la embocadura del Plata, y la provincia
agrícola de Cuyo, poblada por españoles venidos de Chile y que extinguieron
o absorbieron a los Huarpes, antiguos habitantes del suelo. Los quichuas,
que pueblan la provincia de Santiago, se conservan casi desde los primeros
años de la independencia bajo esta disciplina primitiva e indígena, y sólo
gracias a la buena intención de sus jefes, es más bien que un peligro, un
elemento de orden. De estos resabios salió la montonera , pronunciándose, al
expirar en el movimiento final del Chacho, bajo las formas de un alzamiento
de campañas, que bien examinado en sus localidades y propósitos, era casi
indígena, como se verá por los hechos que vamos a referir. Por eso siempre
que usemos la palabra caudillo para designar un jefe militar o gobernante
civil, ha de entenderse uno de esos patriarcales y permanentes jefes que los
jinetes de las campañas se dan, obedeciendo a sus tradiciones indígenas, e
impusieron a las ciudades, embarazando hasta 1862 la reconstrucción de la
República Argentina bajo las formas de los gobiernos regulares que conoce el
mundo civilizado, cualquiera que sea la forma de gobierno, con legislaturas,
ejecutivo responsable y amovible, y tribunales que administren justicia
conforme a las leyes escritas, que la montonera había abolido en todas las
provincias argentinas durante treinta años en que, como aquellos hicsos del
Egipto, logró enseñorearse de las ciudades.
Las travesías
Las faldas orientales de la cordillera de Los Andes, desde Mendoza hasta la
cuesta de Paclin que divide a Catamarca de Tucumán, pocas corrientes de agua
dejan escapar para humedecer la llanura que se extiende hasta las sierras de
Córdoba y San Luis, al Este, que limitan este valle superior. La pampa
propiamente dicha, principia desde las faldas orientales de estas últimas
montañ as. Desierto es el espacio que cubren los llanos de La Rioja, las
Lagunas de Huanacache, hasta las faldas occidentales de las dichas sierras.
E1 Bermejo, de San Juan, que rueda greda diluida en agua y se extingue en el
Zanjón; los ríos de San Juan y Mendoza, y el Tunuyán, que forman los
lagunatos de Huanacache e intentan abrirse paso por el Desaguadero, y se
dispersan y evaporan en el Bebedero, he aquí los principales cursos de agua
que humedecen aquel desolado valle, sin salida al océano por falta de
declive del terreno. Veinte mil leguas cuadradas que forman las Travesías ,
están más o menos pobladas según que el agua de pozos, de baldes, o aljibes,
ofrece medios de apacentar ganados. A la falda de Los Andes están dos
ciudades, San Juan y Mendoza, que no modifican con su lujosa agricultura,
sino pocas leguas alrededor, el desolado aspecto del país llano, ocupado en
parte por médanos, en parte por lagunas, y al norte cubierto de bosque
espinoso, garabato y uña de león , que desgarran vestidos o carne, si llegan
a ponerse en contacto. Estas espinas corvas o encontradas como el dardo,
dejarían al paso como a Absalón, colgado a un hombre si la rama no cediese a
su peso. Los campesinos habitantes de estos llanos llevan a caballo un
parapeto de cuero para ambos lados, que cubre las piernas y sube alto lo
bastante para tenderse y cubrirse cuerpo y rostro tras de sus alas. Por
escasez de agua, ni villa alcanza a ser la ciudad de La Rioja, que está
colocada a la parte alta de los Llanos; igual inconveniente al que retarda
el crecimiento de San Luis, no obstante que ambas cuentan tres siglos de
fundadas.
A estas facciones principales de la fisonomía del teatro del último
levantamiento del Chacho, agréganse otras que por imperceptibles al ojo,
pasarían sin ser notadas.
Las lagunas de Huanacache están escasamente pobladas por los descendientes
de la antigua tribu indígena de los huarpes. Los apellidos Chiñ inca,
Juaquinchai, Chapanai, están acusando el origen y la lengua primitiva de los
habitantes. El pescado que es allí abundante, debió ofrecer seguridades de
existencia a las tribus errantes. En los Berros, Acequión y otros grupos de
población en las más bajas ramificaciones de la cordillera, están los restos
de la encomienda del capitán Guardia, que recibió de la corona aquellas
escasas tierras. En Angaco descubre el viento, que hace cambiar de lugar los
médanos, restos de rancherías de indios de que fue cacique el padre de la
esposa de Mallea, uno de los conquistadores. Entre Jáchal y Valle Fértil hay
también restos de los indios de Mogna, cuyo último cacique vivía ahora
cuarenta añ os.
Pero es en La Rioja misma donde se encuentran rastros más frescos de la
antigua reducción de indios. Al recorrer esta parte del mapa, la vista
tropieza con una serie de nombres de pueblos como Nonogasta, Vichigasta,
Sañogasta y otros con igual terminación, que indican una lengua y
nacionalidad común que ha dejado recuerdo imperecedero en los nombres
geográficos. Discurriendo estos nombres por faldas de las montañas, uno de
ellos penetra en San Juan por Calingasta. Un filologista noruego al leer
estos nombres entregábase a conjeturas singulares, a que lo inducía la
averiguada semejanza de los cantos indígenas llamados yaravíes con las
baladas populares escandinavas, y la frecuente ocurrencia en América de la
terminación marca , significativa de país o región en el gótico, Catamarca,
Cajamarca, Cundinamarca y otros que recuerdan a Dinamarca, o país de los
danos, y las marcas de Roma, que son denominaciones dadas por los lombardos:
creía encontrar en las terminaciones en gasta la misma en ástad de Cronstad,
Rastad y cien más que, fuera de toda duda, son la misma de Belukistán,
Afganistán, Kurdistán, cuya raíz significativa se halla en el sánscrito,
ramificación como el gótico, de un idioma común al pueblo ariano que dio
origen a las naciones occidentales por sucesivas emigraciones.
Más asombroso y de más reciente data, encontraba el nombre de Gualilán, que
tiene en las inmediaciones de San Juan un mineral de oro trabajado desde
tiempo inmemorial; gúel o gold es en gótico oro , y land , la terminación
conocida de Shetland, Ireland, Island ; Gualilán, significa, pues,
literalmente tierra de oro, importando poco las vocales, que se cambian
según la ley llamada de Grimm; reputando imposible que la casualidad hubiese
dado al mineral el nombre significativo que lleva, desde que se sabe que
todos los nombres antiguos de lugares expresaron circunstancias y accidentes
locales, como Uspachieta o Uspallata, en quichua significa montañ as de
ceniza, color que en efecto asumen las circunvecinas y cuyo nombre dieron
los conquistadores peruanos que invadieron a Chile por el camino del Inca,
visible aún a lo largo del valle de Calingasta, y cuyas pascanas de piedras,
a guisa de villorrios, se encuentran en la quebrada que conduce al paso de
la cordillera de Uspallata y pasa por el Puente y la Laguna del Inca.
En Calingasta se encuentran numerosos vestigios de las poblaciones indígenas
y restos visibles de la conquista. Por allí estaban las célebres Labranzas
de Soria , minas de plata cuyos derroteros se encontraron en el Cuzco en
poder de los indios, y que más tarde en su busca trajeron el descubrimiento
de las minas del Tontal y Castaño, como la alquimia tras la piedra filosofal
reveló los principios de la química. En Calingasta la tradición oral da al
capitán Soria una epopeya que termina en la muerte, mandado ajusticiar por
los reyes de España por haberse rebelado con las indianas. Quizá éste es
sólo el eco lejano del fin trágico de Gonzalo Pizarro, ajusticiado por La
Gasca, y cuyo rumor se extendió por toda la América. En apoyo del hecho
muéstranse varios lugares donde en excavaciones naturales a lo largo de la
falda de ciertos cerros, están hacinados por millares esqueletos de indios,
muertos, según se dice, de hambre, por no someterse a los conquistadores
españoles. Un examen inteligente de estos curiosos restos, muestra, sin
embargo, que son cementerios de antiguas y numerosas poblaciones indígenas
que poblaron el fértil valle de Calingasta, y que han desaparecido con la
conquista. Más al norte y en dirección hacia el punto de donde vino el
pueblo de las terminaciones en gasta , se encuentra una montaña de sal gema
con cavernas prolongadas a extensiones aún no reconocidas en su interior.
Estas cavernas son un vasto osario de momias de indios, que conservan el
cabello en trenzas y las carnes acartonadas, preservadas acaso por las
emanaciones salinas del lugar o por algún procedimiento de embalsamar.
Más significativos restos se conservan en el valle mismo de Calingasta,
cerca de las actuales poblaciones cristianas. En las extremidades de los
espolones de un conglomerado antiguo de guijarros unidos por un cemento, en
que el río se ha excavado su actual lecho, vense unas depresiones circulares
de origen artificial, hasta quince en un solo lugar. Estas depresiones
corresponden a la entrada de otras tantas criptas o tumbas excavadas dentro
del conglomerarlo, en bóvedas, llenas hasta la altura de la entrada de
esqueletos de indios. En los que se han sacado, todos con cabello rojizo por
la acción del tiempo, se encontraron algunos objetos de arte indígena, tales
como agujetas de oro con un guanaco figurado, y algunos de cobre. Un
esqueleto de niño en una canastilla de esparto de las Lagunas, preciosa
industria que se conserva aún en Guanacache, y en Valdivia de Chile. Una
espada toledana con empuñadura de plata encontróse en otro punto, y es
variado el surtido de vasijas de barro que abundan por todas partes.
A lo largo del río por leguas, vense de ambos lados en el terreno alto, dos
bandas o listas blancas que señalan los vestigios de antiguos canales de
irrigación, que sirvieron al cultivo del maíz, pues las piedras llamadas
conanas en que lo molían, y agujereadas por el uso abundan por todas partes.
La vega es igualmente fertilísima y produce hoy el preferido trigo de
Calingasta. Aquellas indicaciones de canales sirvieron al gobernador de San
Juan en 1863 para fijar el lugar donde habían de erigirse las fundiciones de
Hilario, que empiezan a dar nueva vida y riqueza mayor que las Labranzas de
Soria a aquellos lugares despoblados por la conquista.
Hacia el centro del valle está la Tambería, que los habitantes muestran como
población indígena, y el nombre haría creerla colonia peruana; pero
inspeccionándola de cerca, vese que es Reducción, según el plan de los
jesuitas, y la explicación no sólo de la desaparición de los indios, sino de
hechos iguales en La Rioja, y que van a entrar luego en la historia del
movimiento indígena campesino suscitado por el Chacho.
La Tambería de Calingasta, compónela una serie de ruinas, siguiéndose unas a
otras para construir una plaza en cuadro, visiblemente como medio de
defensa. En la parte más alta del terreno hay un edificio de piedras toscas,
pirca , de diez varas de ancho y veinte de largo. Esta ha sido la iglesia,
aunque no se descubre cómo ha sido techada, no habiendo a los alrededores
maderas naturales. El tamaño del edificio indica que la Reducción no pasó de
cuatrocientas almas.
Como se ve, pues, la Tambería es una misión jesuítica o de frailes
franciscanos que seguían sus planes. Pero aquella población facticia está
contando los crímenes de la conquista. Los cementerios indios, las
catacumbas excavadas en la piedra, las largas acequias a lo largo del valle,
las conanas y vasijas de barro que por todas parten abundan, están mostrando
que aquel valle de leguas de largo, estaba densamente poblado por una nación
indígena que tenía asegurada su subsistencia en el abundantísimo pescado del
río, y en el maíz que producía un terreno feraz, irrigado por canales. La
caza de vicuñas y guanacos, que todavía se hace en las cordilleras, a más de
carne abundante, debía proporcionarles lana para tejerse telas, si las artes
peruanas les eran conocidas, o envolverse de la cintura abajo en sus pieles,
pues las pinturas indígenas de indios que se ven en las Piedras Pintadas de
Zonda, otro valle inferior e igualmente irrigado, muestran que así vestían,
aunque lo imperfecto del diseño no deje distinguir si es de tela o piel el
chiripá que figuran.
Estas numerosas poblaciones desparramadas a ambas orillas a lo largo del
río, fueron desalojadas por los conquistadores para hacer de las tierras de
labor estancia y propiedad de algún capitán, acaso de apellido Tello, pues a
los Tellos pertenece hoy aquel país indiviso aún, y semillero de pleitos,
como los terrenos eternamente indivisos de Acequión y Berros dados a otro
capitán Guardia; el Ponchagual, Mogna y casi todos los campos de San Juan.
Los indios fueron a consecuencia reducidos a población, y como era de
esperarlo, en tres siglos desaparecieron, pues hoy apenas se ven
descendientes de raza pura indígena. En vano las Leyes de Indias quisieron
proteger a los naturales contra la rapacidad de los conquistadores, que
despoblaban de hombres el suelo a fin de crear ganados que les asegurasen la
opulencia sin trabajo. Hasta hoy en Buenos Aires mismo se nota esta
tendencia de los poseedores de suelo inculto, a despoblarlo, no ya de
indios, sino de familias españolas allí nacidas, y reducirlas a villas, que
son nidos de vicio y pobreza.
Que Calingasta fue un señorío, lo revelan las antiguas plantaciones de
árboles frutales que alcanzan a una altura prodigiosa, y las ricas
capellanías de que está dotada. Lo mismo y peor se practicó en La Rioja
donde, siendo escasa el agua, los indígenas vivían a la margen de las
escasas corrientes, y fueron reducidos en lo que hoy se llaman los Pueblos ,
villorrios sobre terreno estéril, cuyos habitantes se mantienen escasamente
del producto de algunas cabras que parecen ramas espinosas; y están
dispuestos siempre a levantarse para suplir con el saqueo y el robo a sus
necesidades. El coronel Arredondo, que recorrió los Pueblos para someterlo,
los encontró siempre en poder de mujeres medio desnudas, y sólo amenazando
quemarlos consiguió que los montaraces varones volviesen a sus hogares. El
pensamiento le vino alguna vez de despoblarlos, y sólo la dificultad de
distribuir las gentes en lugares propicios lo contuvo. A estas causas de tan
lejano origen, se deben el eterno alzamiento de La Rioja, y el último del
Chacho. La familia de los Del Moral hace medio siglo que viene condenada a
perecer víctima del sordo resentimiento de los despojados. Para irrigar unos
terrenos los abuelos desviaron un arroyo, y dejaron en seco a los indios ya
de antiguo sometidos. En tiempo de Quiroga fue esta familia, como la de los
Ocampo y los Doria, blanco de las persecuciones de la montonera. Cinco de
sus hijos han sido degollados en el ú ltimo levantamiento, habiendo escapado
a los bosques la señora con una niñita y caminado a pie dos días para
salvarse de estas venganzas indias.
¿Cómo se explicaría, sin estos antecedentes, la especial y espontánea parte
que en el levantamiento del Chacho tomaron, no sólo los Llanos y los Pueblos
de La Rioja, sino los laguneros de Guanacache, los habitantes de Mogna y
Valle Fértil, y todos los habitantes de San Juan diseminados en el desierto
que se extiende al Este y norte de la ciudad y hasta el pie de las montañas
por la parte del sur, con el Flaco de los Berros que tanto dio que hacer?
Para terminar con este cuadro en que, en país estéril y mal poblado, va a
trabarse la lucha de aquellas poblaciones semibárbaras por apoderarse de las
ciudades agrícolas, comerciantes y comparativamente cultas que están al pie
de Los Andes, Mendoza, San Juan, Catamarca, debe añadirse que esta parte de
la Repú blica a que hemos dado el nombre de Travesía, estaría condenada a
eterna pobreza y barbarie por falta de agua y elementos que fomenten la
futura existencia de grandes ciudades, si por el sistema de las
compensaciones de la Infinita Sabiduría, no hubiese en su suelo otros ramos
con que la industria humana pudiese compensar tantas desventajas.
El valle que ocuparon los pueblos de la terminación en gasta , divide de la
cadena central granítica de Los Andes, otra paralela de terreno secundario y
metalífero. Desde Uspallata hasta Catamarca, abundan los veneros de oro,
plata, cobre, plomo, níquel, estaño y otras sustancias minerales, siendo ya
asientos conocidos de minas Uspallata, El Tontal, Castaño, Famatina, y
varios en Catamarca, de donde compañías inglesas extraen abundante plata y
cobre. En ramificaciones inferiores, otra cadena de montañas en Guayaguaz,
Huerta, Marayes, y aun las sierras de los Llanos, ofrecen el mismo recurso y
aun depósitos de carbón de piedra apenas explorados.
El censo de Chile en 1855 dio en el número de habitantes de Copiapó,
provincia esencialmente minera, diez mil habitantes argentinos, que son
riojanos en su mayor parte, por ser ésta la provincia colindante. Este
aprendizaje de los que se expatrian en busca de trabajo, y los irregulares
laboreos de los antiguos minerales de Famatina, ofrecieran medios de cambiar
los hábitos semibárbaros que la dispersión en el desierto ha hecho nacer, si
con los capitales que requiere aquella industria, una política conocedora de
las necesiclades peculiares de esta vasta región que ocupan cinco
provincias, se contrajese a remediarlas. Desde San Juan se intentó algo con
tolerable y animador éxito durante la azarosa época que vamos a recorrer, y
en la esfera que podía hacerlo un gobierno de provincia que estuvo condenado
a mantenerse en armas, para evitar la disolución completa que amenazaba a la
sociedad culta, tan mal colocada en aquel extremo apartado de la República.
Pero algo más vasto ha de emprenderse, y ésta es la tarea que viene deparada
al gobierno nacional, citando se halle desembarazado de los conflictos que
en la hoya del Paraná le dejaron otros errores de la colonización española
con las misiones del Paraguay. E1 ferrocarril central, que ya está trazado
hasta Córdoba y el límite occidental de la pampa, no se aventurará a
internarse más al oeste de la Travesía, si las faldas de los Andes no le
preparan carga de metales para trasportar a los puertos del Atlántico, y los
mantos de carbón de piedra que en varias partes asoman a la superficie
pábulo abundante y barato para el consumo de la locomotiva.
Reconstrucción
En 1861, la victoria de las armas de Buenos Aires sobre las autoridades de
la Confederación que habían rechazado a los diputados enviados al congreso
después de enmendada y jurada la nueva Constitución, traía por consecuencia
la necesidad de una reconstrucción general de la República, a fin de hacer
prácticas las instituciones federales que esa constitución proclamaba. La
caída de Rosas y el ensayo de una confederación sin Buenos Aires, habían
tenido el mismo mal éxito que la confederación de los Estados Unidos, aunque
por distintas causas. Cuando en 1853 hubo de darse una constitución federal,
el congreso se encontraba con un caudillo de provincia dueño del poder que
llamaban nacional, sostenido por los mismos caudillos que habían como él
apoyado la larga tiranía de Rosas. La constitución ni constituía la nación,
ni regía a su propio ejecutivo, quedando la provincia más importante fuera
de la nación, y el presidente fuera de la constitución.
San Juan había luchado diez años para desasirse de la mano de su caudillo de
veinte años atrás, que el presidente caudillo apoyaba por analogía de
posición. La época constitucional fue para San Juan precisamente la época de
las violencias, las intervenciones armadas, las invasiones del Chacho, con
su acompañamiento de saqueos y aun de incendios, hasta que aquel empeño de
amalgamar la constitución y el caudillo, supliendo la falta de uno con
detestables procónsules, acabó en una gran catástrofe, y en el sacrificio
del virtuoso doctor Aberastain, muerto por improvisados caudillejos, salidos
apenas de las tolderías de los indios, a quienes el gobierno confiaba
misiones judiciales o ejecutivas, como la España al juez La Gasca en los
primeros tiempos.
El término de la guerra y el fruto de la batalla de Pavón era, pues,
despejar a las provincias del personal de las antiguas y modernas criaturas
de aquella política bastarda, y hacer práctica en sus efectos la
constitución que ya regía a Buenos Aires. Un esfuerzo de los ciudadanos de
la ciudad de Córdoba, derrocando el gobierno que aún adhería a los vencidos
de Pavón, y la actitud armada que Santiago del Estero había conservado,
simpática a la causa ya victoriosa, facilitaban la obra por esa parte, no
requiriéndose el empleo de las armas, que sólo serviría para dar confianza a
los pueblos, mientras se organizaban nuevas administraciones. No sucedía lo
mismo con respecto a las provincias situadas a las faldas de los Andes. Los
Saa se mantenían en armas en San Luis, Mendoza estaba gobernada por un
miembro de la familia de los Aldaos, San Juan por un teniente de Benavides,
La Rioja virtualmente por el Chacho.
El ejército que a fines de 1861 avanzó hacia Córdoba no llevaba
instrucciones para extender sus operaciones hacia aquella parte; pero
retirándose hacia ese lado las únicas fuerzas confederadas que se mantenían
en pie de guerra, una pequeña división fue siguiéndolas de estación en
estación hasta la ciudad de San Luis. En previsión de los sucesos, el
general en jefe de este ejército había dado misión al Auditor de Guerra, por
ser uno de los hombres públicos que habían traído el desenlace de aquella
cuestión y pertenecer a aquellas provincias, de dirigir los primeros actos
civiles de los pueblos que el ejército fuese librando del dominio de la
caída confederación.
No tardó mucho en hacerse sentir el acierto de esta medida. El jefe de un
regimiento de línea perteneciente a la confederación, y que se había
retirado desde Córdoba al acercarse el ejército de Buenos Aires, ofició al
jefe de la vanguardia, que estaba ya en San Luis, que el pueblo de Mendoza
había depuesto al gobernador y nombrándolo a él en su lugar, con lo que
creía quitada la ocasión y el motivo de avanzar fuerzas hasta aquella
provincia. Fuele contestado que él como jefe de fuerza nacional que
guarnecía a Mendoza de años atrás, era el único hombre que no podía ser
nombrado gobernador de la provincia que dominaba con tropa de línea, y que
el Auditor de Guerra, con poderes para representar al general en jefe,
marchaba incontinente, seguido de una fuerza, para conocer la verdad de los
hechos, y poner al pueblo en aptitud de darse un gobierno.
Compréndese que este lenguaje quitaba la tentación de inventar sofismas, y
apenas conocido en Mendoza, el nuevo y el depuesto gobernador pusieron la
cordillera de por medio, desbandándose todas las fuerzas, inclusas las de
línea. Una copia de la misma nota enviada a San Juan, produjo los mismos
efectos, desde que el círculo de los benavidistas supo, a no dudarlo, que el
autor de aquella nota era don Domingo F. Sarmiento, y que éste se dirigiría
bien pronto a San Juan.
El 1° de enero de 1862 atravesaban en efecto el puente medio destruido del
Zanjón de Mendoza los primeros treinta hombres del ejército de Buenos Aires,
enmudecidos y espantados ante la pavorosa escena que se presentaba a sus
ojos en las ruinas de una ciudad hasta donde la vista podía alcanzar. Las
convulsiones de la naturaleza habían sido más severas para con aquella
antigua y civilizada ciudad que los diversos tiranuelos que por treinta años
la habían detenido en sus progresos. El temblor de marzo, diez meses antes,
había arrasado hasta los cimientos, pulverizado los edificios, y desgranado
los templos en menudos fragmentos. Podían discernirse las que fueron calles
por estar acumuladas sobre ellas mayores masas de ruinas. Las techumbres
hacían con sus palizadas, una especie de inmunda espuma que cubría la
tierra, como aquellas basuras que las crecientes arrastran y remolineando
hacen una superficie sólida sobre el agua de los grandes ríos; el pino del
convento de San Agustín elevaba su solemne y negra copa, visible ahora hasta
el tronco de todos los puntos del horizonte; la alameda plantada por San
Martín tendía su línea de verdura al extremo opuesto del lúgubre paisaje,
señalando el término de tanta desolación.
Debajo de aquellas ruinas estaban sepultados quince mil habitantes, entre
ellos la parte más inteligente y acomodada de la población de provincia y
ciudad tan importantes. Los partidos políticos habían perdido hasta su
significado, puesto que sus próceres habían desaparecido en su mayor parte
de la escena; y sólo como muestra de los intereses personales que envolvían
las cuestiones políticas, debe recordarse que del seno de esas ruinas había
salido una división de tropas, tres meses antes, a llevar la guerra a otras
provincias, con el mismo espíritu que cuarenta días antes del temblor había
encendido la saña del representante de la política de exterminio del fraile
Aldao y empapado en sangre a San Juan. Mendoza tenía un importante rango
entre las ciudades argentinas. Colocada en la línea de comunicación del
Atlántico al Pacífico a través de los Andes, recibía de ambas costas la
acción civilizadora, y no hay viajero célebre, compañía de teatro o de
ópera, que no hubiese visitado esta ciudad. Allí se había formado el
ejército de San Martín; allí hallaba el comercio de Chile y de Buenos Aires
un mercado vastísimo y productos valiosos. A la hora de su muerte Mendoza
ostentaba edificios, como el pasaje Soto, que habrían decorado dignamente a
Buenos Aires.
La calamidad más duradera empero, era la desaparición de una ciudad
agricultora, como centro de civilización, en aquella grande extensión de
territorio que hemos llamado la Travesía; San Luis en uno de sus límites
permanecía después de tres siglos un trazado de ciudad; La Rioja, al norte,
una villa sin importancia. Arrasada Mendoza como baluarte, el desierto
pesaba todo entero sobre San Juan, mal colocado para resistir a su acción
disolvente. Los vecinos de la destruida ciudad que salvaron de la
catástrofe, encontraron en sus fincas abrigo, pues que la intensidad del
sacudimiento se sintió bajo la ciudad misma, perdiendo, como la luz, su
fuerza a medida que irradiaba; y la provincia se había convertido en una
campaña agrícola sin centro, como las campañas pastoras que tanta influencia
han ejercido en la desorganización de la República. Veíase esto en el traje
de los ciudadanos más cultos, que teniendo que servirse habitualmente del
caballo como medio de locomoción, llevaban hasta la afectación y como un
buen tono creado por el temblor, el desaliño del vestido, el poncho y los
arreos del gaucho. La desaparición de Mendoza, en el momento en que más se
necesitaba de una fuerte ciudad en el interior, sobrevenía tan en mala hora,
como la muerte del general Paz cuando Buenos Aires resistía victoriosamente
a las últimas oleadas de los jinetes en armas; su existencia sólo habría
alejado muchos malos pensamientos por lo improbable de su realización.
Con la falta de vistas que vayan más allá del momento presente, de la simple
idea de fijar un local para la reconstrucción de una nueva ciudad, habían
surgido dos partidos, cada uno armado de razones más o menos plausibles, de
acuerdo sólo en no ceder un ápice de sus encontradas pretensiones. El uno
tuvo al destronado déspota por jefe, decíase que con miras interesadas; el
otro a la oposición liberal. Más tarde la legislatura sostenía a los unos, y
el gobernador a los otros. Cuando el gobierno nacional nombró un comisionado
para designar lugar para los edificios nacionales, y con eso dirimir la
cuestión de galgos y podencos, no fue aceptada esta arbitración que habría
terminado por lo mejor, que era hacer lo menos malo, pero fijar lo que era
urgente, un plano de ciudad.
Y este comisionado tenía, a más del encargo oficial para misión tan
aceptable, no diremos títulos a la consideración personal de todos, sino lo
que es más influente, enormes sumas de dinero a su disposición, para que
fuesen empleadas en edificios e instituciones públicas en Mendoza. Cuando en
Buenos Aires se supo la horrible suerte de la ciudad, la caridad pública,
allí como en Chile y en toda América, se excitó en favor de las víctimas;
pero estos sentimientos, por vivos que sean, no producen espontáneamente
todos los benéficos resultados que se desearía, si no se organizan medios de
acción, que administren , por decirlo así, la filantropía, la caridad, el
patriotismo. Mucho se hizo espontáneamente o por asociaciones existentes,
como los Masones, la de San Vicente de Paúl, etc.; pero nada, ni todo esto
junto, pudo compararse con los resultados obtenidos por la oficina de
socorros que aquel comisionado improvisó, sirviéndose de la prensa, los
colegios, las adhesiones políticas mismas, y todos los medios de obrar
poderosamente sobre la opinión. Médicos, medicinas, dinero, ropas, abrigos,
salieron de ese taller en ayuda de los desgraciados; obteniendo veinte años
después para Mendoza por el mismo mecanismo, lo que había obtenido en Chile
para los derrotados argentinos, y sesenta mil pesos quedaron depositados en
el banco, a disposición de otro gobierno más moral que el que había disipado
los primeros auxilios enviados de todas partes. El de Chile habría mandado
los que retenía por iguales temores, y el agente español perdido todo
pretexto para guardar otra suma. Así, pues, un pueblo por no discutir
francamente una cuestión de conjeturas más o menos posibles, renunciaba a
recibir cien mil fuertes que le ofrecían sus amigos y el comisionado podía
decretar en una tira de papel.
Reunido lo que era posible de un pueblo tan disperso el 3 de enero,
procedióse a nombrar un gobernador interino, habiendo limitado su ingerencia
el Auditor de Guerra a crear un jefe de policía que mantuviese el orden.
San Juan
El 4 de enero treinta hombres de Guías al mando del capitán Irrazábal,
varios oficiales sanjuaninos y el Auditor de Guerra, se dirigieron a San
Juan, contando ya no encontrar resistencia armada, por tener anuncios,
aunque inciertos, de un cambio de autoridades.
En Guanacache salióles al encuentro un comisionado de San Juan, trayendo
comunicaciones oficiales del nuevo gobernador establecido, por haber huido
los comprometidos en la serie de violencias de que aquella provincia había
sido víctima por diez años, sin intermisión, como si la constitución hubiese
sido una túnica de Dejanira mandádale por una venganza atroz, a causa de la
parte que algunos de sus hijos habían tomado en la caída de la tiranía de
Rosas. El pueblo de San Juan, una vez libre de sus oscuros carceleros,
restableció la administración del doctor Aberastain, tal como estaba el día
de su muerte; gobernador interino, ministros, tribunales, jueces de paz,
policía, etc. La tranquilidad era perfecta, como la del agua que ha
encontrado su nivel después de tentativas inexpertas que la han hecho
precipitarse y causar estragos con su corriente.
Para entrar en San Juan, desde Mendoza, se atraviesa el campo llamado la
Rinconada, teatro de aquel drama horrible que preparó un acto discrecional
del gobierno nacional, obrando contra texto expreso de la constitución, y
sin datos suficientes; y que explotaron las malas pasiones, confiando una
misión judicial a un bárbaro que con ella se hacía aparecer en la escena
política.
Los que sobreviven a las grandes catástrofes como la de Mendoza o la
Rinconada, olvidan con el tiempo las impresiones que experimentaron, cuando
las ruinas están todavía bamboleándose o la sangre de las víctimas no se ha
secado aún. Se vive entre ruinas, y lo pasado se olvida, aunque algún tinte,
sólo discernible para los extraños, deje en las fisonomías el recuerdo de
una grande desgracia. Dios ha hecho este beneficio a la humanidad haciéndola
flaca de memoria. Pero la escena donde han ocurrido tales acontecimientos,
vista por la primera vez, evoca los fantasmas de la imaginación, y el drama
sangriento o aterrante vuelve a representarse con la vista de los lugares,
mudos testigos de los hechos. En la calle de cuatro leguas sombreada de
álamos que desde aquel campo de sangre conduce a la ciudad, en frente de un
jardín de laureles rosas entonces en flor, con la profusión peculiar a esta
planta de las riberas del Jordán, una cruz negra, alta, labrada, señala el
lugar en que fue fusilado el doctor Aberastain. ¿Por qué? ¿Para qué? Nunca
supieron decir los autores del crimen ni aun sus motivos. Era un hombre
educado, y los bárbaros les tienen especial rencor. Saa, improvisado hombre
público, creyó mostrar en ello grande capacidad y energía. ¡No era culpa
suya!
Allí habían venido a recibir al representante de tantas esperanzas, por
tantos años frustradas, con las armas de Buenos Aires triunfantes al fin,
los restos del batallón de guardias nacionales que se halló en la Rinconada;
y si a las escenas de los lugares se añaden aclamaciones que acentuaban
manos mutiladas alzadas al aire, se formará una idea de las torturas morales
que debían producir por el momento, aunque más tarde el nivel del olvido
viniese a hacer plácido lo que nunca deja de serlo, la vista del país
asociada a los recuerdos de la infancia, la patria, la familia, en fin.
Después de veinte años de ausencia de un joven, San Juan recibía en medio de
manifestaciones de júbilo a un viejo, cuyo espíritu, por la prensa, la
tribuna o la guerra, nunca estuvo, sin embargo, fuera del estrecho, oscuro y
pobre recinto de su provincia.
Es excusado decir que fue aclamado gobernador, destino que, dadas las
necesidades especiales de hombres que han vivido largos años consagrados a
la gestión de la cosa pública, a la discusión de las grandes cuestiones
sociales, en grandes centros de población, con el bullicio y los goces de
las capitales, no habría tentado a muchos, creyendo descender de posiciones
conquistadas. Había, sin embargo, perspectivas que entraban a completar una
grande obra comenzada, para quien no tuviese a menos solicitar un
departamento de escuelas, a fin de poder hacer dar un paso en la
organización de la futura república. ¿ Había gobiernos provinciales en
aquella confederación en que el presidente se había ocupado exclusivamente
en estorbarles toda acción propia, si no estaban subordinados a algunos de
sus agentes personales? Después de haber borrado de la Constitución todo lo
que a esta coacción concurría, ¿no valdría la pena de ofrecer en la práctica
la sencilla armonía de poderes nacionales y provinciales, cada uno obrando
en su legítima esfera? Y luego, ¿no hay una deuda contraída, y que una vez
ha de pagarse, para con aquellos que sin tener estímulos ni recompensas que
ofrecer, reclaman como propias, experiencias, ideas, nociones adquiridas por
los suyos, que los grandes centros les arrebataran? Tres años inmolados
honrosamente pasan luego y dejan una satisfacción, si tal puede obtenerse,
la de intentar el bien. El coronel Sarmiento, hasta entonces Auditor de
Guerra del primer cuerpo de ejército, aceptó así el gobierno que sus
compatriotas le imponían como un deber, y como un honor que estimaba en
mucho.
San Juan era, como Mendoza en lo material, un montón de escombros en lo
moral. Casi treinta años de gobierno de hombres oscuros, sin educación ni
principios, habían hecho de la autoridad pública algo menos que una
decepción, un objeto de menosprecio. Sin rentas, sin sistema de
administración, servían las que se cobraban a satisfacer necesidades siempre
apremiantes, objeto de especulación su cobro para algunos agraciados, de
resistencia y de fraude para el pueblo, que encontraba en ello el medio de
hostilizar al enemigo, el poder irresponsable y arbitrario. Sin industria
que pudiera con la paz desenvolver riqueza en grande escala, la guerra, las
revueltas, las invasiones del Chacho, las intervenciones nacionales, la
incuria del gobierno, el retraimiento de los ciudadanos, habían destruido
más propiedades y fortunas que las que el lapso del tiempo y el fruto del
trabajo venían pacientemente acumulando. Ni un solo edilicio público debía
la generación presente a las pasadas, seis templos yacían en ruinas, y ni la
antigua Escuela de la Patria se había conservado como único establecimiento
de educación. El desaliño de la aldea colonial, las señ ales de los estragos
de las aguas, excavaciones en la plaza como muestras de tentativas de
mejoras, indicaban bien a las claras que el gobierno no era hasta entonces
el agente de la sociedad misma para proveer a sus necesidades colectivas,
como cada uno provee a las individuales. No habiendo un centavo en caja y
estando por cobrarse desde principio de año todas las rentas, el nuevo
gobierno tuvo desde luego que estrellarse contra aquellos hábitos
inveterados de resistencia, contra el hereditario descrédito que le legaban
las administraciones pasadas, contra la falta de autoridad moral del
gobierno para hacer cumplir las leyes. A fin de proveer a las necesidades
financieras, llamó a los prestamistas de dinero para procurarse el necesario
para esos días, ofreciendo un interés crecido, y nadie, habiendo entre ellos
quienes giraban centenares de miles, ni todos juntos, tuvieron dinero
disponible, porque el deudor era el gobierno. Un mes después, cobrado uno de
los impuestos retardados con la multa que la ley imponía a los morosos,
muchos se presentaron reclamando de esta severidad inusitada, pues era la
práctica ganar tiempo y retardar el pago, por negligencia muchas veces, por
resistencia casi siempre. Fenecido el primer año de administración, la
contaduría presentó en caja un sobrante de seis mil pesos, no obstante la
variedad de trabajos públicos emprendidos, porque en el lapso de ese año se
había obrado una revolución en las ideas, comprendiendo todos que el
gobierno era su propio gobierno y no el antiguo enemigo, idea que nos es
común a todos los pueblos sudamericanos, y que en los Estados Unidos hace
que hoy emprenda el gobierno pagar una deuda de tres mil millones que la
Inglaterra y la Francia no habrían soñado posible.
El nombre del Chacho había, desde pocos días después de operado el cambio,
empezado a resonar de nuevo. Cuando el gobierno de la confederación, que lo
había condecorado con el título de general, requirió fuerzas para invadir a
Buenos Aires, había este caudillo de la montonera de los Llanos permanecido
tranquilo e indiferente a la suerte de sus aliados, hasta que el ejército
vencedor hubo ocupado a Córdoba, y la lucha cesado por todas partes.
Entonces, por motivos y con objetos que él mismo no sabría explicarse, se
lanzó sobre Tucumán, desde donde rechazado, volvió a los Llanos. Allí le
aguardaba ya una división de ejército que lo batió por segunda vez,
quitándole la poca infantería, y un cañón que andaba trayendo; y tras este
combate, que habría bastado para pacificar el país, se siguió una guerra de
escaramuzas, que fue atrayendo refuerzos de tropa de línea, de la que había
venido a Mendoza y San Juan, y levantando en masa los Llanos hasta tomar
proporciones alarmantes, desmontar la caballería regular en correrías sin
resultado, y poner a rescate la ciudad de San Luis, a donde fue a aparecer
la montonera, a cien leguas del punto en que el ejército la buscaba.
Una nueva fuga y nueva persecución del ejército acercó aquellas bandas de
descamisados a treinta leguas de San Juan, y no cambiaron de rumbo, sino
cuando obtuvieron, por pasajeros, la certeza de que eran debidamente
esperados. Sepultados de nuevo en los bosques de los Llanos, la persecución
seguía, agotados de una y otra parte los caballos, pero el ejército con
facilidad de remonta de San Juan, cuando recibió del jefe de las fuerzas
nacionales ya , orden del gobierno general de aceptar las propuestas de
sumisión que el Chacho había dirigido desde San Luis, lo cual dio lugar a lo
que el Chacho llamó tratado, y dejarlo tranquilo en su casa con los honores
de general de la Nación.
La distancia a que el gobierno nacional se hallaba, la poca importancia que
en el litoral se daba a este caudillejo que apenas tenía casa en que vivir
en medio de bosques de garabatales , la necesidad sobre todo de presentar la
República en paz para darle formas, reunir el congreso y elegir presidente,
ocultaban el peligro, que para lo futuro quedaba, de dejar establecido, como
parecía, que el ejército regular era impotente contra la movilidad de la
montonera; y la alarma en que quedaban las provincias vecinas con aquel
perturbador en posesión siempre de los medios y posición que por tantos años
le habían servido para sus depredaciones y correrías.
Cualesquiera que fuesen las condiciones del tratado, si tratados era posible
que hubiese entre un gobierno y un general suyo, basta ver cómo lo entendía
y practicaba el Chacho, para comprender la situación en que quedaban las
provincias vecinas y el gobierno de La Rioja mismo. Habiéndose creado en
esta provincia un gobierno civil, quiso, como era de esperarse, tener en su
poder las armas que habían servido a prolongar la guerra sin motivo aparente
y sólo por la voluntad del general establecido en los Llanos, y al efecto
ordenó a los comandantes de los departamentos recogerlas. A la solicitud del
de Malangan contestó el Chacho lo siguiente:
"Malangan, julio 13 de 1862.
"Al señor comandante don Joaquín González:
"Acabo de recibir una comunicación del capitán don José María Suero en que
me da cuenta que un señor García comisionado de V. S. le pide entregue el
armamento y animales del Estado que tiene en su poder, quedando sin efecto
la comisión que a estos fines le confié, dando su dicho comisionado por
razón los tratados míos con el gobierno de Buenos Aires.
"Con sentimiento veo, señor comandante, que usted no está al cabo de esos
tratados, como veo no conoce sus atribuciones. Por esos tratados, señ or, y
de acuerdo con el jefe del primer cuerpo de ejército de Buenos Aires, estoy
yo encargado de garantir el orden en la provincia, a cuyo efecto queda en mi
poder el armamento que he tenido; y tengo a más instrucciones que ni
siquiera es dado comunicarlas a usted. Su gobierno mismo, señor comandante,
no puede exigir de mí lo que no está en su derecho, como lo que usted exige.
Cada uno en su puesto y no tomar las atribuciones ajenas, porque de lo
contrario no nos entenderemos.
"Por fin, mis convenios son exclusivamente con el gobierno nacional, cuyas
órdenes obedezco, y a él exclusivamente corresponde exigir, tanto el
cumplimiento de lo pactado, como darme las órdenes e instrucciones que
estime convenientes.
"En vista de los antecedentes que tengo manifestados, y para guardar la
armonía que deseo con usted como con todas las demás autoridades, espero que
usted no exigirá lo que por su dicho comisionado lo hace, puesto que en
ningún caso se le entregará, y cuento que será bastante prudente para
conocer su posición y la mía.
"Al dejar así cumplido el objeto de ésta, me es grato ofrecer a usted las
consideraciones de mi aprecio. ? Dios guarde a usted. - Angel Vicente
Peñalosa" .
"Guaja, julio 2 de 1862.
"Señores capitanes don Santos Carrizo y señor Castro:
"He recibido la apreciable nota de ustedes, y en su contestación digo que el
comisionado nacional coronel Baltar marcha en este momento a La Rioja a
dejar todo arreglado. El se dirigirá a ustedes sobre lo que han de hacer,
intertanto es preciso que se sostengan hasta que reciban sus órdenes. Soy
como siempre, etc., Peñalosa.
"Bichigasta, julio 16 de 1862.
"Señor comandante don Domingo García:
"A pesar de estar impuesto de los documentos que acreditan su comisión, y
estar a mi vista exactos, en contestación de ellos tengo una orden del
general Peñalosa, fecha 2 del presente, en la que me dice retenga las armas
basta que él me ordene, esto sin fijarse para nada de las disposiciones del
supremo gobierno. El 10 del presente hice un propio al general Peñalosa por
si me ratificaba la orden; y como hasta ahora no he recibido contestación,
me veo en el caso de retenerlas hasta aguardar la disposición del señor
coronel Baltar, comisionado, que también estuvo presente cuando se me dio la
orden. Dios guarde, etc. J. María Suero.
"En estos momentos recibo la contestación del general Peñalosa con el propio
que hice, y me dice que retenga las armas hasta recibir órdenes de él en el
sentido contrario. Vale."
¿Supo el Gobierno Nacional estos hechos?
¿Fue engañado su comisionado?
El hecho real es que no había gobierno civil posible en La Rioja, y que
continuando el Chacho en la situación de barón feudal que el supuesto o real
tratado le creaba, San Juan no tenía hora segura de nuevas incursiones, como
si nada se hubiese cambiado en la condición y circunstancias del país
después de veinte años.
Ya se había expuesto en términos generales al Gobierno Nacional la situación
precaria de aquella parte del territorio argentino, y en correspondencia
íntima indicádosele con insistencia al gobernador de San Juan la necesidad
de hacer de esta ciudad, la única existente en más de diez mil leguas
cuadradas, un centro de poder material y de educación, a fin de contener los
progresos de la barbarie, que aquellos desiertos habían creado, y reparar
los estragos de treinta años de retroceso y de la reciente desaparición de
Mendoza, so pena de ver suprimido del país poblado y civilizado un quinto
del mapa argentino, si se dejaba por algunos años más obrar las agencias
disolventes. Pedía cañones, un batallón de línea y permiso para crear
fuerzas de caballería, educadas en país agrícola y con caballos preparados
al efecto, según ideas que sobre la reorganización de la caballería
argentina había tratado de generalizar, no siendo ellas en definitiva más
que volver a las tradiciones de los antiguos granaderos y cazadores a
caballo de San Martín, frescas aún en las provincias de Cuyo donde aquellos
famosos regimientos se remontaron. Estas indicaciones no encontraron una
formal aceptación, si bien por la insistencia de otros, se obtuvo al fin que
un batallón viniese a acuartelarse en San Juan.
Quedando La Rioja, como quedaba, y el Chacho establecido en Guaja, que sólo
dista quince leguas de la villa de Valle Fértil de San Juan, era conveniente
cultivar las mejores relaciones diplomáticas con aquel cacique que
aconsejaba a los prudentes tener en cuenta las situaciones respectivas.
Felizmente había acompañado al ejército de Buenos Aires un capitán de línea,
hombre muy circunspecto, y además pariente muy cercano de Peñalosa. Este fue
nombrado subdelegado de Valle Fértil, con encargo de cultivar la amistad del
Chacho y evitar toda ocasión de desacuerdo, tan frecuentes en las fronteras,
e inevitables en aquel asilo de vagabundos y cuatreros que eran el azote de
San Juan.
Del tono de estas relaciones dará idea la carta del Chacho que contestaba a
las primeras del subdelegado que más tarde fue a Guaja y pasó algunos días
con él.
"Guaja, setiembre 22 de 1862.
"Señor sargento mayor don Sixto Fonsalida:
"Tengo a la vista sus dos muy apreciables, una oficialmente y la otra
particular, la que tengo el placer de contestar, diciendo a usted que parece
que la Providencia ha tomado una parte activa en la reconciliación de
nuestros desgraciados sucesos, para que terminen las disensiones y sea una
realidad el sostenimiento de una paz que nos dará por resultado el sosiego
de las pasiones exaltadas y la calma de tantos sufrimientos debidos a
nuestros propios desvíos.
"El párrafo de la carta que me trascribe textualmente del señor gobernador
de San Juan, me lisonjea en alto grado, y creo que siguiendo esas máximas,
habremos logrado el afianzamiento de nuestras instituciones, corrigiendo los
daños y desórdenes causados por la guerra. Los sentimientos nobles que
abriga el gobierno de San Juan no me son desconocidos, por lo que presagio
un venturoso porvenir, estrechando una relación sincera entre las dos
provincias, prometiendo a usted que todo lo que esté en la esfera de mis
atribuciones, lo emplearé contribuyendo con el contingente de mi poco valer,
a fin de conseguir tan importantes fines...
"Por lo demás, descuide usted que siempre observaré la conducta que me es
característica, no dejándome sorprender de suposiciones falsas e imaginarias
que jamás tienen lugar en mi imaginación. Mucho gusto tengo en que haya
arribado a ésa con los sobrinos mis amigos, entretanto quisiera que disponga
como siempre de la inutilidad de su afectísimo amigo. - Angel Vicente
Peñalosa" .
Esta carta había sido precedida, meses antes, por otra dirigida al
gobernador de San Juan en que recordaba con arte los servicios que había de
él recibido en Chile. "Por mi parte, le decía, no esquivaré la ocasión de
serle ú til, tanto más cuanto es un deber en mí para con uno de los más
valerosos campeones de la causa que en otro tiempo sostuve con el malogrado
ilustre general Lavalle, y de la que no he desertado." Estas manifestaciones
tomarán luego, en vista de los hechos, una singular importancia.
No sería fácil decir si estos conceptos de la cancillería de Guaja, el
rancho del Chacho, eran suyos o del amanuense. Hay, sin embargo, una palabra
cuyo origen es curioso recordar. El adjetivo venturoso no entra en la común
parlanza de la gente llana. Rivadavia, en sus conversaciones, se extasiaba
al arrullo de la esperanza en el venturoso porvenir que aguardaba al país.
Sus enemigos hicieron de esta frase un apodo de ridículo, y el que esto
escribe la oyó en 1829 andando de boca en boca entre los parciales de
Quiroga. ¡Triste cosa! ¡Después de treinta años de desastres, en lugar del
venturoso porvenir anunciado, encuéntrase la frase en el fondo de los
Llanos, en boca de uno de los bárbaros que alejaron ese porvenir con sus
violencias, como encontraríamos en los matorrales un jirón del vestido de un
viajero que fue robado y muerto en ellos!
Estos dares y tomares ocurrían en septiembre. En noviembre siguiente una
partida de vagabundos, desertores o salteadores que se asilaban en los
Llanos, salió de allí y dirigiéndose a las Lagunas de San Juan, saqueó la
casa del juez de paz, arreó caballos y ganados, arrebató a una recua de
mulas las mercaderías que traía de Buenos Aires, desnudó y despojó de su
dinero y vestidos a dos transeúntes franceses, y después de aporrearlos
malamente, los llevó con el botín a los Llanos.
Era esto un salteo de caminos calificado, y la revelación de un peligro
nuevo para provincia como la de San Juan, separada de las otras por
desiertos y soledades que no pueden ser custodiadas. El importante comercio
de ganado con Chile exige que la plata boliviana con que se compra en
Tucumán y Salta, vaya en cargas, a la vista de todos y conducidas por dos o
tres mozos. El salteo de caminos, que no había hasta entonces entrado en los
desórdenes de la guerra civil, iba, a no ser reprimido enérgicamente, a
paralizar la industria y el comercio de que aquel pueblo vivía.
Iniciada la causa criminal por la deposición de los robados, el gobierno de
San Juan se dirigió al de La Rioja pidiendo la aprehensión y entrega de
Agüero, Almada, Carrizo, Potrillo, Pérez y cómplices. El gobernador de La
Rioja, a su turno, los pidió al general Peñalosa, acompañándole los
documentos, y éste le contestó lo que sigue:
"Cuaja,diciembre 12 de 1862.
"El General de la Nación:
"En su mérito (la nota del Gobierno), quedan disueltas esas fuerzas que
hostilizaban la tranquilidad de San Luis y Córdoba. Los jefes han entregado
las armas que quedan en mi poder, y ellos bajo mi vigilancia. Otras medidas
más graves hubiera tomado, señor gobernador, si no estuviera persuadido que
esos hombres aleccionados por la experiencia y mejor aconsejados, podrán ser
útiles a la nación, pues que son soldados valientes y amigos buenos y leales
a la causa a que se adhieren; y que de consiguiente una vez adheridos a la
nuestra, nos ayudarán a sostenerla con la decisión que han sostenido la que
acaba de expirar. Permítame, señor gobernador, que yo abrigue la convicción
que al soldado valiente y al amigo bueno que se desvía, es más prudente de
encaminarlo que de destruirlo. - Angel Vicente Peñalosa."
¿Era subterfugio estudiado confesar desórdenes en Córdoba y San Luis, en
lugar del salteo de las Lagunas? Lo que hay de curioso son las virtudes de
condottieri que sostendrían una causa con el mismo ardor que habían
sostenido la contraria. ¿No era el Chacho mismo el más feliz dechado de esta
acomodaticia virtud?
De todo esto se dio cuenta al gobierno nacional. La constitución federal
tenía establecido "que los actos públicos y judiciales de una provincia
gozan de entera fe en las demás", y si los reos de un crimen cometido en una
provincia no son entregados por la autoridad de otra, al gobierno nacional
incumbe allanar el obstáculo, a fin de que la administración de justicia no
sufra embarazo. En el caso presente era más urgente su acción, porque el
embarazo provenía de un funcionario suyo, que principiaba sus notas
llamándose el General de la Nación, aun en aquella misma que encubría
salteadores de camino a mano armada que no tienen asilo ni en las naciones
extranjeras. El delito de este jefe, que recibía salario de la Nación, este
vez estaba agravado por el ejercicio de la facultad de indultar y conmutar
penas que es sólo privativo del poder ejecutivo.
No sabemos que se tomase en consideración en los consejos del gobierno
nacional este asunto que tanta inmoralidad encerraba, no obstante que todos
los diarios reprodujeron las notas con la novedad que tales ocurrencias,
apenas concebibles, debían causar.
El gobernador de La Rioja acompañó este extraño documento, con cuatro
palabras que revelaban la desairada posición que ocupaba.
"La Rioja, diciembre 26 de 1862.
"Aunque con bastante atraso por su fecha, se ha recibido por este gobierno
la nota de 12 del corriente del general Peñalosa, que en copia legalizada le
adjunto, para el conocimiento y resolución de S. E., según el mérito que
ella arroja. - Francisco S. Gómez. - José Manía Ordóñez, oficial mayor."
¿Qué iba a resolver el gobierno de San Juan? Así terminó el año 1862. Dos
millones de pesos y un millar de vidas sacrificadas iban a ser el resultado
de todos estos antecedentes.
Reacción
Bajo los más siniestros auspicios se abría el año 1863 en la región que
hemos descrito entre las sierras de San Luis y Córdoba al oriente y la
cadena de los Andes hasta Catamarca. La tempestad tiene precursores en el
lejano relampagueo de la nube que corona las montañas, ecos en el tronar
sordo que precede a la borrasca. La prensa, las discusiones de las cámaras,
el tono y el carácter de las reuniones públicas, están mostrando en las
sociedades civilizadas el grado de citación de los partidos y los propósitos
de sus prohombres. Pero imaginaos una conspiración de oscuros cabecillas, de
masas ignorantes que se agitan sordamente en las campañas, o en las más
bajas capas sociales de las ciudades, sin ideas, sin periódicos, sin órganos
audibles, porque lo que pasa entre peones y paisanaje no llega a oídos de la
sociedad culta que vive de otras ideas y de otros intereses, y os daréis
cuenta de los síntomas exteriores de este estado de cosas, de los rumores
que corren, de algo que se siente y no se ve, sino por la fisonomía
insolente de uno, por una palabra que a otro se le escapó por la amenaza de
un tercero de lo que ha de suceder después.
Los comerciantes que regresaban de Chile repetían lo que en Los Andes decían
sin embozo tres ex gobernadores y varios coroneles de Benavides, Saa o
Nazar, los depuestos caudillos de Cuyo que se agitaban allí y recibían
mensajeros, noticias y avisos de los movimientos del Chacho, que a la fecha
estaría en San Juan, y de Urquiza que había ya ocupado el Rosario. De los
Llanos corrían los mismos rumores: la citación sería para la Pascua,
contaban con Catamarca y Córdoba; en San Juan con los oficiales de
Benavides, en todas partes con partidarios. En San Juan la agitación tomaba
formas extrañas y llenas de la malicia candorosa de la ignorancia. El
gobierno era masón, según los rumores que corrían entre la gente llana, y
había llevado la impiedad hasta hacer de una iglesia una escuela; de una
capellanía una quinta normal. La fotografía recientemente introducida,
prestaba con sus imágenes asidero a invenciones supersticiosas; y sacerdotes
paniaguados con el partido antiguo de Rosas, a quien debían posición y
honores, explicaban devotamente desde el pú lpito toda la abominación de la
masonería, subentendido que el gobernador era masón, y a él se dirigían
aquellas hipócritas conminaciones.
En este estado de fermentación en el interior, uno de los ministros del
gobierno nacional escribía al gobernador de San Juan: "Marzo 12. Vamos
navegando por un mar de rosas. Viviremos tranquilos. Progresaremos. Usted se
contentaría con que viviésemos tranquilos; pero eso es contentarse con
poco".
Con motivo de elecciones ocurridas en Chilecito, asiento y plaza de minas,
el Chacho había mandado fuerzas, apoderándose de sesenta fusiles y pólvora,
añadiéndose prisiones de comerciantes que rescataron su libertad con
mercaderías y erogaciones de dinero. Los despojados pidieron auxilio a San
Juan donde se estacionaba un batallón de línea; pero habiendo el gobierno
nacional apresurádose a declarar seis meses antes que toda la República
estaba bajo el régimen constitucional, y no teniendo instrucciones el
gobierno provincial para el empleo de aquella fuerza, se limitó a darle
cuenta de los desórdenes de Chilecito.
Era claro y sabido que se preparaba una insurrección cuyo centro estaba en
Guaja, y cuyos aliados se movían activamente en Aconcagua, de Chile, desde
donde mantenían inteligencias con San Juan, Mendoza y San Luis.
El subdelegado de Valle Fértil, encargado de observar los movimientos del
Chacho, daba en marzo cuenta de la agitación que reinaba por aquellos pagos,
y de las conferencias tenidas en Chepes entre diversos cabecillas adonde
había concurrido el Chacho a solemnizar con su presencia la dedicación de
una capilla, fiesta que daba ocasión a octavario de carreras, reunión de
gentes, y discusión de aquellos negocios que con el salteo de caminos
conducían derecho a la destrucción del gobierno nacional.
"En un paraje de la sierra llamado la Jarilla, escribe el subdelegado, Lú
car Llanos, Pueblas y Agüero tienen reunidos doscientos hombres, desde donde
algo intentan sobre San Luis. Están reuniendo caballadas y citando la gente,
dando por pretextos que los Echegarayes se preparaban a invadir los Llanos.
"Conocedor de estos lugares, no extrañe que le diga que el gobierno de San
Juan no puede contar con la decisión de estas gentes, y que me considero
expuesto el momento menos pensado, no obstante el disimulo con qu