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"Más vale honra sin sindicatos que sindicatos sin honra" y "Unirse desde abajo y organizarse combatiendo", fueron las consignas que encarnaron el espíritu clasista que le dieron origen a la CGT de los Argentinos en el Congreso Normalizador "Amado Olmos" del 28 al 30 de marzo de 1968. Emerge así una concepción clasista desde distintos sectores del activismo sindical. La CGT de los Argentinos fue el intento más concreto y audaz de conformar una organización de dimensión nacional capaz de expresar una clase obrera en transición, dispuesta a reformular sus instrumentos reivindicativos. Pero sobre todo un marco político para responder a la reestructuración del perfil de acumulación capitalista -y a su correspondiente sistema de poder institucional y disciplinamiento social- que supuso el golpe militar de junio de 1966. |
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1968-28 al 30 de marzo-2006 - La CTA-Rosario rinde homenaje a los que ayer y hoy
siguen luchando por "una sociedad donde el hombre no sea el lobo del hombre sino
su compañero y hermano".
"Empezaron sintiendo vergüenza por sus ropas de obreros, trataron de ponerse a
tono con los despachos y antesalas ministeriales y poco a poco de representantes
obreros frente al poder se convirtieron en representantes del poder frente a los
obreros."
"Se enriquecieron, adquirieron hábitos y vicios incompatibles con sus cargos de
dirigentes sindicales, burocratizaron sus sindicatos, los transformaron en
maquinarias sin contenido, se limitaron —en el mejor de los casos— a la acción
social, el tanto por ciento de aumento en cada nuevo convenio, los hoteles de
turismo, las colonias de vacaciones."
"Olvidaron que los trabajadores no pueden ni deben mantenerse al margen de los
problemas fundamentales de la vida nacional."
"Olvidaron que la política del gobierno contraría los intereses de la clase
trabajadora."
"Toleraron los avances incesantes de los monopolios que rigen la economía del
país, arruinando a las empresas nacionales, especulando con la desocupación que
abarata la mano de obra, envileciendo los salarios."
"Durante años esos dirigentes se opusieron entre sí; encarnaban actitudes
distintas ante los problemas nacionales, inclusive se combatieron con dureza. El
tiempo ha borrado esos matices, ha gastado los ropajes ocasionales y los ha
dejado desnudos; es posible ver que se parecen mucho, unos y otros. Por eso
ahora, como por arte de magia, están todos juntos, enfrentados a los
trabajadores."
[Del Semanario de la CGTA, 1968] Congreso Normalizador de la CGT Amado Olmos
Durante meses una predica golpista proveniente de distintos sectores dio sus
frutos el 28 de junio de 1966, cuando el movimiento encabezado por el Gral. Juan
C. Onganía destituyo al presidente Arturo Illía. Contribuyeron para la asonada
militar desde las multinacionales hasta un enorme aparato en el que
intervinieron varios medios de prensa, las FF.AA, sus organismos de
"inteligencia" y dirigentes sindicales que se sumaron a la campaña
desestabilizadora.
Luego, del fracaso de las medidas de la CGT a comienzos del 67, creció la
relación de los sindicatos colaboracionistas encabezados por Coria, con el
gobierno. Posteriormente, en el Congreso Normalizador "Amadeo Olmos" de la CGT,
del 28 al 30 de marzo de 1968, se produjo la fractura del sindicalismo, y surgió
la "CGT de los Argentinos" (CGTA), siendo elegido Raimundo Ongaro, como
Secretario General, al que apoyaron un amplio arco ideológico de gremialistas.
Mientras que se retiraron del congreso tanto vandoristas como colaboracionistas,
constituyendo la "CGT de Azopardo", que paso a ser la "CGT oficialista y
colaboracionista", que en las discusiones con la CGTA, levantaba la consigna
"Primero la unión, después la lucha", mientras que la central comandada por
Ongaro, les respondía planteando "Primero la lucha, después la unión"
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[Audio directo desde el sitio de la CTA - Podés detenerlo]
Investigación histórica: Santiago Mondonio y Fiorella
Maranesi.
Narrador: Víctor De Gennaro. Realización artística: Martín Fedele y Pablo Favieri. Realizados para el programa "Reincidentes" que se emite por Radio Cooperativa. Grupo de Estudios Históricos de la Central de los Trabajadores Argentinos |
Dentro de la CGTA, confluyeron distintos sectores entre los que se destacaron
direcciones enrolados en el "peronismo duro", como telefónicos, sanidad, otras
influenciadas por el radicalismo y los socialistas democráticos, expresados en
ferroviarios y viajantes, otros sectores que respondían a la política del
Partido Comunista, y a grupos políticos como el Partido Comunista Revolucionario
(PCR), y principalmente sindicalitas ideológicamente social-cristianos,
políticamente vinculados a sectores del peronismo como el ongarismo, la UNE en
el movimiento estudiantil, sacerdotes del Tercer Mundo, etc.
Todo ese conglomerado de fuerzas políticas, sindicales y estudiantiles que se
expresaron en la CGTA o de Paseo Colón, lo hicieron tras un programa
antiimperialista, antimonopolista y antioligarquico. En los años de su
existencia llevo adelante importantes luchas contra el plan de racionalización y
ataques de las conquistas obreras de aquella dictadura que "no tenía ni tiempos,
ni plazos...".
A las semanas, un sector del movimiento obrero de Rosario y del Cordón
Industrial lanzo una convocatoria titulada "POR UNA CGT SIN COMPROMISOS O
ATADURAS ESPURIAS" en donde se afirmaba "Asumimos la responsabilidad que el
momento nos exige, UNIR en torno a esta Regional de la CGT, a todos los que, sin
compromisos o ataduras espurias, entendemos que a los trabajadores se los arma
de fe y de ansias de lucha, con posiciones claras, que no dividen, sino que
unifican y sirven para hacer surgir dirigentes leales a las ideas e intereses
del pueblo trabajador". Posteriormente, el 17 de abril un plenario de 27
gremios, presidido por Héctor Quagliaro, conformo la "CGT de los Argentinos
Regional Rosario", aprobando lo resuelto en el congreso normalizador.
A nivel nacional la CGTA, emitió el "Programa del 1º de Mayo de 1968", redactado
por Rodolfo Walsh, siguiendo a otros documentos del sindicalismo como el de La
Falda (1957) y el de Huerta Grande (1962). En Rosario, el histórico documento de
la central obrera, fue ampliamente divulgado entre los sindicatos, activistas
gremiales y políticos, como un modo de propagandizar el acto del día de los
trabajadores. El programa tenía un contenido antidictatorial, antiimperialista,
y de liberación.
"Durante años solamente nos han exigido sacrificios. Nos aconsejaron que
fuésemos austeros: lo hemos sido hasta el hambre. Nos pidieron que aguantáramos
un invierno: hemos aguantado diez. Nos exigen que racionalicemos: así vamos
perdiendo conquistas que obtuvieron nuestros abuelos. Y cuando no hay
humillación que nos falte padecer ni injusticia que reste cometerse con
nosotros, se nos pide irónicamente que "participemos".
Les decimos: ya hemos participado, y no como ejecutores sino como víctimas en
las persecuciones, en las torturas, en las movilizaciones, en los despidos, en
las intervenciones, en los desalojos. No queremos esa clase de participación.
Agraviados en nuestra dignidad, heridos en nuestros derechos, despojados de
nuestras conquistas, venimos a alzar en el punto donde otros las dejaron, viejas
banderas de la lucha."
(Mensaje a los trabajadores y al pueblo: 1 de mayo de 1968. CGT de los
Argentinos)
Fuente: C.T.A. Rosario
CGTA: Un polo de unidad
antidictatorial
La CGT de los Argentinos (1968-1973), nacida del congreso normalizador "Amado Olmos" de la
central obrera del 28 al 30 de marzo de 1968, surgió como una respuesta
combativa a las variantes de adaptación al régimen generadas por las
conducciones burocratizadas del sindicalismo peronista, nucleadas en las 62
Organizaciones con la hegemonía de la Unión Obrera Metalúrgica de Augusto
Timoteo Vandor. Las consignas más clásicas de la CGTA traducen ese origen: "Más
vale honra sin sindicatos que sindicatos sin honra", y "Unirse desde abajo y
organizarse combatiendo".
La actitud antiburocrática de la CGTA implicó por eso, también, un salto de
precisión en el modo como los sectores más dinámicos y combativos de la clase
trabajadora y el activismo peronistas fueron procesando el desarrollo de su
experiencia desde esa identidad política. De manera más explícita en algunos de
esos sectores, de forma más latente en otros, con la CGTA empezaron a asumir
como un hecho el fin de la condición movimientista original del peronismo, su
quiebre en varios peronismos distintos y antagónicos.
Una manifiesta tendencia hacia posiciones clasistas fue el resultado de ese
triple proceso de síntesis. Funcionó como efecto, pero también como causa de
profundización, de la convergencia de esos sectores del activismo sindical y
político del peronismo con expresiones de la izquierda marxista y de la
militancia cristiana radicalizada.
El ya famoso programa del 1 de mayo de la CGT de los Argentinos, redactado por
Rodolfo Walsh en la tradición de los documentos liminares de La Falda (1957) y
Huerta Grande (1962) de las 62 Organizaciones pre-vandoristas, aparece como la
traducción sistematizada de esa emergente concepción clasista. Es a partir de
ese nuevo estadio de la conciencia de clase de los trabajadores peronistas desde
donde el programa propone, con párrafos que parecen en muchos casos escritos
para la Argentina menemista de los 90, caminos de unidad de acción para los
empresarios nacionales, los pequeños y medianos empresarios, los profesionales,
los estudiantes, los intelectuales, los artistas, los religiosos.
En sus tres o cuatro años de existencia efectiva, la CGTA intentó ser también en
su práctica cotidiana ese ámbito de convergencia. Lo consiguió, de manera
parcial, incompleta, a veces conflictiva, en el plano de la relación entre
organizaciones sindicales y políticas del peronismo revolucionario, la izquierda
y la Iglesia tercermundista. También en el del encuentro en la acción entre ese
activismo y grupos de intelectuales, profesionales y artistas.
El semanario de CGTA se convirtió en un instrumento central de ese encuentro.
Dirigido por el propio Walsh, con una redacción integrada por periodistas como
Horacio Verbitsky o Rogelio García Lupo, la revista consiguió juntar un nivel de
calidad profesional inusitado con una tarea también sin antecedentes de
información sobre las formas y razones de las luchas populares para consumo de
sus propios protagonistas. Llegó a tirar un millón de ejemplares y sus páginas
sirvieron, por ejemplo, para editar por primera vez, dividida en varias notas,
la investigación de Walsh sobre el asesinato del dirigente metalúrgico de
Avellaneda Rosendo García, el "¿Quién mató a Rosendo?", el más profundo análisis
del significado político, y de los métodos de acción. del vandorismo.
La CGTA fue también el escenario en el que se desarrollaron experiencias de
militancia artística como las del pintor Ricardo Carpani, o las del Grupo Cine
Liberación, que permitió la filmación -y el uso permanente como herramienta de
formación y organización políticas- de la película "La hora de los hornos" de
Fernando Solanas y Octavio Getino.
CGTA y Cordobazo
Con el liderazgo del dirigente gráfico Raimundo Ongaro, la CGTA había nucleado
desde su nacimiento a varios de los cuadros sindicales y políticos que habían
enfrentado con mayor dureza al nuevo régimen militar. Los dirigentes Ricardo De
Luca, de obreros navales y del Movimiento Revolucionario Peronista; Julio
Guillán, de los telefónicos; Lorenzo Pepe, de la Unión Ferroviaria; Amancio
Pafundi, de los estatales: Jorge Di Pasquale, de los empleados de farmacia;
Benito Romano, de los obreros azucareros, estaban entre los fundadores o en el
consejo directivo.
El local de Paseo Colón de la Federación Gráfica Bonaerense, donde funcionó la
CGTA, se convirtió rapidamente en escenario de permanentes reuniones de los
grupos de la tendencia revolucionaria del peronismo --con dirigentes como
Gustavo Rearte, Envar El Kadri o Raimundo Villaflor-- y de varias organizaciones
de izquierda, que empezaron a coordinar sus acciones políticas con las de la
propia central.
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La huelga portuaria que había empezado algo antes del nacimiento de la CGTA, la
de los petroleros de Ensenada en setiembre y octubre de 1968, las luchas de los
trabajadores de los ingenios de Tucumán y las movilizaciones sociales en Tucumán
y Rosario tuvieron a la central como instrumento de apoyo activo.
A través de la relación de su conducción nacional y de su filial cordobesa con
Agustín Tosco, la CGTA participó del armado en el lugar y de principal
estructura de apoyo nacional a las jornadas del Cordobazo, entre el 28 y el 30
de mayo de 1969. Y protagonizó sus ulterioridades más inmediatas, con la
convocatoria al paro nacional para el 1 de julio de ese año, mientras la CGT
Azopardo, que reunía a vandoristas y participacionistas, se echaba atrás ante
las presiones del gobierno del general Juan Carlos Onganía y su ministro de
Trabajo, Rubens San Sebastián.
El enfrentamiento con el régimen militar se profundizó dramáticamente el 30 de
junio de 1969, cuando un comando ingresa en el local central de la Unión Obrera
Metalúrgica y da muerte a Vandor. Muy pocas horas después, el gobierno
concretaba la ocupación e intervención de la Federación Gráfica Bonaerense y la
mayor parte de los sindicatos integrantes de la CGTA. Sus principales
dirigentes, con Ongaro a la cabeza, van a compartir la cárcel con Agustín Tosco
y Elpidio Torres, los dos líderes visibles del Cordobazo.
De allí en más, la CGT de los Argentinos ingresa en una etapa de luchas
constantes, y en un proceso de lento desgaste de su poder organizativo. Se trata
de un desgaste que es a la vez transformación. Sus cuadros de dirigentes, sus
activistas, van integrándose en otras formas de lucha, en organizaciones
políticas y en organizaciones armadas. El propio Ongaro, Di Pasquale y algunos
otros dirigentes de CGTA aparecerán, cuatro años después, integrando la
conducción nacional del Peronismo de Base.
Carlos Eichelbaum
www.los70.org.ar
Los
Programas Históricos del Movimiento Obrero Argentino
Por
Guillermo Gallo Mendoza
1. LA FALDA. El golpe del 16 de septiembre de 1955 tuvo respuestas en las
movilizaciones de las bases, asambleas en fábricas, huelgas y sabotajes,
mientras que los "libertadores" intervinieron a la CGT, asaltaron sindicatos,
inhabilitaron miles de dirigentes y encarcelaron otros tantos. El objetivo del
golpe era la de implementar el plan Prebisch, favorable a la oligarquía y los
monopolios. Se liquidó el IAPI, empresas estatales de DINIE y se derogó por
decreto la Constitución de 1949. En los años 1956 y 57 la lucha por la
recuperación de los gremios se centró principalmente en los sindicatos
industriales. Surgieron nuevos dirigentes, como Andrés Framini, Dante Viel,
Natalini, Sebastián Borro y Atilio López, entre otros. La recuperación de
sindicatos y delegaciones regionales posibilitaron la creación de la
intersindical que el 12 de julio de 1957 lanzó un paro general, acatado en todo
el País. La intersindical reunió a 94 gremios, de los cuales desertaron 32
(sindicalismo amarillo), dando lugar al nacimiento de las 62 Organizaciones.
En el mismo año, la dictadura convocó a Constituyente para reformar la
Constitución de 1949. El Peronismo proscrito llamó a votar en blanco, siendo
acatado por más de dos millones de electores.
En el marco de resistencia obrera y lucha política del Peronismo contra las
proscripciones y la entrega, la CGT de Córdoba convocó a un Plenario Nacional de
Delegaciones Regionales de la CGT y de las 62 Organizaciones, en la localidad de
La Falta, donde aprobó un Programa de Gobierno antioligárquico y
antiimperialista, algunos de cuyos puntos fueron los siguientes:
a) Comercio exterior
Control Estatal del comercio exterior sobre las bases de la forma de un
monopolio Estatal
Control de los productores en las operaciones comerciales con un sentido de
defensa de la renta nacional
Ampliación y diversificación de los mercados internacionales
Planificación de la comercialización teniendo presente nuestro desarrollo
interno
Integración económica con los Pueblos hermanos de América Latina
Política de alto consumo interno; altos salarios, mayor producción para el País
con sentido nacional
Desarrollo de la industria liviana adecuada a las necesidades del País
Incremento de una política económica tendiente a lograr la consolidación de la
industria pesada, base de cualquier desarrollo futuro
Soluciones de fondo, con sentido nacional a los problemas económicos regionales
sobre la base de integrar dichas economías a las reales necesidades del País,
superando la actual división entre provincias ricas y provincias pobres
Control centralizado del crédito por parte del Estado, adecuándolo a un plan de
desarrollo integral de la economía con vistas a los intereses de los
trabajadores
Programa agrario, sintetizado en expropiación del latifundios y extensión del
cooperativismo agrario, en procura de que la tierra sea de quien la trabaja
b) Para la Justicia social
· Control obrero de la producción y distribución de la riqueza nacional,
mediante la participación efectiva de los trabajadores:
En la elaboración y ejecución del plan económico general, a través de las
organizaciones sindicales
Participación en la dirección de las empresas privadas y públicas, asegurando,
en cada caso, el sentido social de la riqueza
Control popular de precios
Salario mínimo, vital y móvil
Previsión social integral
Estabilidad absoluta de los trabajadores
c) Para la Soberanía Política
Fortalecimiento del Estado Nacional Popular, tendiente a lograr la destrucción
de los sectores oligárquicos antinacionales y sus aliados extranjeros, y
teniendo presente que la clase trabajadora es la única fuerza Argentina que
representa en sus intereses los anhelos del País mismo
Dirección de la acción hacia un entendimiento integral con las naciones hermanas
latinoamericanas
Acción política que reemplace las divisiones artificiales internas, basadas en
el federalismo liberal y falso
Solidaridad de la clase trabajadora con las luchas de liberación nacional de los
pueblos oprimidos
Política internacional independiente
2. HUERTA GRANDE. La gran presión popular y la agudización de la crisis
obligaron a la oligarquía a dar por finalizada la etapa encabezada por los
dictadores Aramburu - Rojas, convocando a elecciones generales con la
participación sólo de los partidos "democráticos" y la absoluta proscripción del
Peronismo a cuyos adherentes les quedaba sólo la posibilidad de votar en blanco
u optar por el mal menor respecto a los partidos "democráticos".
El razonamiento de la oligarquía consistía en que el Movimiento Peronista se
iría disgregando, lo que daría oportunidad, a los otros partidos, de conseguir
el apoyo de dirigentes gremiales a través de persuasión, presión, dádivas y
corrupción. Esta política fue seguida por Frondizi - Frigerio, dando lugar al
surgimiento de la tendencia "integracionista" en el sindicalismo, encabezada por
Eleuterio Cardozo. Luego sería Vandor quién más se adaptaría al nuevo escenario
político.
Así, en 1958 los votos Peronistas se dividieron entre los emitidos en blanco y
los que apoyaron a Frondizi, debido al compromiso de éste de devolver la CGT y
sancionar una ley de asociaciones profesionales que respetara la estructura y
principios del sindicalismo nacional, entre otras promesas que fueron
rápidamente incumplidas.
Así, ya en enero de 1959 debió enfrentarse a una huelga general de solidaridad
con los obreros del frigorífico municipal Lisandro de la Torre (que se oponían a
la privatización), lanzada por las 62 Organizaciones. Frondizi respondió
poniendo en marcha el tristemente célebre Plan CONINTES que desató una represión
masiva contra los Trabajadores, dando inicio a una etapa de violenta lucha
contra la represión y el régimen pro-imperialista. La defensa de la Soberanía
Nacional y la reconquista de la CGT constituyeron las grandes banderas del
movimiento obrero que alcanzó en marco de 1961 la devolución de su central
sindical.
En lo político, en el año 1962 el Movimiento Peronista se preparó para enfrentar
al régimen dentro de sus propias leyes y armas, librando la batalla electoral
para elegir gobernadores y legisladores provinciales. Como resultado de ello, el
18 de marzo, no obstante la defección de dirigentes sindicales como Vandor
(Metalúrgico) y de políticos como Iturbe, el Peronismo consiguió un aplastante
triunfo en la provincia de Buenos Aires, llevando como candidatos a trabajadores
como Andrés Framini (textiles), a Gobernador, Sebastián Borro (Frigorífico
Nacional), Jorge Di Pascuale (Farmacia), Roberto García (Caucho) y Eustaquio
Tolosa (Portuarios) a diputados nacionales, entre otros. Los "democráticos"
respondieron anulando el resultado que expresaba en las urnas la voluntad
popular.
Sobreviene el derrocamiento de Frondizi por los militares, poniendo en su lugar
al Presidente del Senado, el Dr. Guido, ya que aquellos no se decidían a tomar
directamente el gobierno
Se realiza en Huerta Grande (Córdoba) un Plenario Nacional de las 62
Organizaciones, aprobando un Programa que implicó una profundización de los
contenidos antioligárquicos del Peronismo, expresados en un discurso de Andrés
Framini.
El mencionado Programa expresaba la voluntad y decisión de:
2. Nacionalizar todos los bancos y establecer un sistema bancario Estatal y
centralizado
3. Implantar el control Estatal sobre el comercio exterior
4. Nacionalizar los sectores claves de la economía: siderúrgica, electricidad,
petróleo y frigoríficos
5. Prohibir toda exportación directa o indirecta de capitales
6. Desconocer los compromisos financieros del país, firmados a espaldas del
Pueblo
7. Prohibir toda importación competitiva con nuestra producción
8. Expropiar a la oligarquía terrateniente sin ningún tipo de compensación
9. Implantar el control obrero sobre la producción
10. Abolir el secreto comercial y fiscalizar rigurosamente las sociedades
comerciales
11. Planificar el esfuerzo productivo en función de los intereses de la Nación y
el Pueblo Argentino, fijando líneas de prioridades y estableciendo topes mínimos
y máximos de producción.
3. EL PROGRAMA DE LA CGT DE LOS ARGENTINOS. Este Programa constituyó uno de los
resultados de la lucha contra la dominación oligárquico-imperialista y fue
elaborado en los tiempos de la "dictadura de los monopolios", como se denominó a
la mal llamada "revolución argentina" que encabezó Onganía a partir del golpe
del 28 de junio de 1966. En estos tiempos se acentúo el proceso de dependencia
ocasionando una brutal etapa de reajuste económico como instrumento que
garantizaba la profundización de la política de concentración monopólica. Las
economías regionales virtualmente quebradas, los cierres de ingenios azucareros,
la crisis de las PYME fueron algunas de las consecuencias de la política
económica conducida por Adalbert Krieger Vasena.
Para eliminar oposición a la implementación de su programa, la dictadura
disolvió los partidos políticos, eliminó las legislaturas, intervino las
organizaciones gremiales y reprimió violentamente la protesta social, cobrando
sus primeras víctimas en Córdoba (Santiago Pampillón) y Tucumán (Hilda Guerrero
de Molina).
En los últimos meses del año 1967, con el retiro de la personería gremial a
varias organizaciones sindicales (portuarios, textiles, ferroviarios,
telefónicos) y la amenaza de la creciente desocupación, se posibilita el
desarrollo de una intensa gestión negociadora con la dictadura, gestión que es
encabezada por la burocracia sindical "vandorista", pero también por los
"participacionistas" que encabezaban Rogelio Coria (UOCRA), Armando March
(Comercio) y Loholaberry (Textiles); mientras otros dirigentes y sus sindicatos
continuaban con una oposición inflexible al gobierno, conducidos por Peronistas
combativos como Amado Olmos (Sanidad) y Raimundo Ongaro (Gráficos), además de
nucleamientos independientes.
Al aproximarse la fecha de la reunión del Congreso Normalizador de la CGT, en
marzo de 1968, se manifiestan dos posiciones: a) los que buscaban el
reconocimiento del gobierno y no admitían la participación de los sindicatos
intervenidos por su luchas reivindicativa, y b) los que sostenían que, como la
reunión era soberana, no debía ser tenida en cuenta la opinión oficial y se
debía permitir el acceso de los sindicatos privados a su personería gremial.
No obstante la oposición realizada por los seguidores de Vandor (UOM) y Alonso
(Vestido), así como por el Secretario de Trabajo Rubens San Sebastián, se reunió
el Congreso denominado "Amado Olmos", que designó un nuevo Consejo Directivo
encabezado por Raimundo Ongaro (Gráficos), secundado por Julio Guillán (FOETRA)
y Ricardo De Luca (Navales), dando origen a la "CGT de los Argentinos".
En respuesta a ello, Vandor, Alonso y Pomares (Bancarios) convocaron a un
Congreso paralelo instando a la participación con el gobierno.
El 1º de mayo de 1968 la CGT de los Argentinos dio a conocer el Programa que se
inserta a continuación:
"Los trabajadores de nuestra Patria, compenetrados del mensaje evangélico de que
los bienes no son propiedad de los hombres sino que los hombres deben
administrarlos para que satisfagan las necesidades comunes, proclamamos la
necesidad de remover a fondo aquellas estructuras.
| Gustavo
Rearte Gustavo Rearte fue uno de los fundadores de la primera JotaPé en la Resistencia Peronista, junto con John William Cooke estableció los puentes del peronismo con la Revolución Cubana, con Fidel y el Che, participó en la toma del frigorífico Lisandro de la Torre y escribió el documento de Huerta Grande que marcó un hito en la historia del movimiento obrero. Rearte empezó como obrero en la fábrica SIAM, después en Jabón Federal y llegó a ser secretario general del Sindicato de Jaboneros y Perfumeros. Después del ‘55 participó en los primeros grupos de peronistas que se manifestaban contra el gobierno militar y organizó la primera JotaPé, junto a sus hermanos Alberto y Miguel, Felipe Vallese, Héctor Spina, Carlos Caride, Jorge Rulli y Cacho El Kadri, entre otros. La Revolución Cubana, Fidel y el Che también impactaron en su pensamiento. Junto con Cooke fueron el puente entre Perón y Fidel. Rearte incluso fue el enlace para preparar dos viajes de Perón a Cuba, que finalmente no se realizaron. Rearte estuvo entre la dirigencia combativa que organizó la toma del frigorífico Lisandro de la Torre para evitar su privatización. Tras la represión fue preso y en el peronismo combativo fue creciendo la idea de que solamente quedaba la lucha armada como opción, así comienzan las experiencias guerrilleras de Uturunco y luego Taco Ralo en Tucumán. LECTURAS RECOMENDADAS |
Para ello retomamos pronunciamientos ya históricos de la clase obrera Argentina,
a saber:
La propiedad sólo debe existir en función social
Los trabajadores, auténticos creadores del patrimonio nacional, tenemos derecho
a intervenir no solo en la producción sino también en la administración de las
empresas y en la distribución de los bienes
Los sectores básicos de la economía pertenecen a la Nación. El comercio
exterior, los bancos, el petróleo, la electricidad, la siderurgia y los
frigoríficos deben ser nacionalizados
Los compromisos financieros firmados a espaldas del pueblo no pueden ser
reconocidos
Los monopolios que arruinan nuestra industria y que durante largos años nos han
estado despojando, deben ser expulsados sin compensación de ninguna especie
Sólo una profunda reforma agraria, con las expropiaciones que ella requiera,
puede efectivizar el postulado de que la tierra es de quien la trabaja
Los hijos de obreros tienen los mismos derechos a todos los niveles de la
educación de que hoy gozan solamente los miembros de las clases privilegiadas".
El Programa fue acompañado con un mensaje que, en síntesis, expresó lo
siguiente:
Durante años nos exigieron sacrificios. Nos aconsejaron ser austeros. Lo fuimos
hasta el hambre. Nos pidieron aguantar un invierno. Aguantamos diez.
Un millón y medio de desocupados y subempleados es la consecuencia de la
política económica de este gobierno elegido por nadie. La clase obrera vive su
hora más amarga. Convenios suprimidos, derecho de huelga anulado, gremios
intervenidos, conquistas pisoteadas, personerías suspendidas, salarios
congelados.
La mortalidad infantil es cuatro veces mayor que en los países desarrollados y
veinte veces mayor en áreas de Jujuy; más de la mitad de la población está
parasitada por la Anquilostomiasis en el Litoral Norteño; 40 % de los chicos de
Neuquen padecen de bocio; la tuberculosis y el Mal de Chagas causan estragos en
numerosas provincias; la deserción escolar en el ciclo primario alcanza al 60%;
las puertas de los colegios secundarios están entornadas para los hijos de los
trabajadores y definitivamente clausuradas las de la Universidad. La década
infame de los años 30 resucita en todo el País con su cortejo de miseria y de
ollas populares.
A los desalojos rurales se suma ahora la reaccionaria ley de alquileres, que
coloca a decenas de miles de comerciantes y pequeños industriales en situación
de desalojo, cese de negocios y aniquilamiento del trabajo de muchos años.
No queda ciudad en la República sin numerosas villas miserias, donde el consumo
de agua potable y energía eléctrica es comparable al de las regiones interiores
del África. Un millón de personas se apiñan alrededor de Buenos Aires en
condiciones infrahumanas, sometidas a un tratamiento de ghetto, y las razzias
nocturnas nunca afectan las zonas residenciales donde algunos "correctos"
funcionarios ultiman la venta del país y jueces "impecables" exigen coimas
millonarias.
Si un destino de grandeza, si la defensa de la patria, si la definitiva
liquidación de las estructuras explotadoras fuesen la recompensa inmediata o
lejana de nuestros males, ¿qué duda cabe de que los aceptaríamos en silencio?.
Durante el año 1967 se ha completado prácticamente la entrega del patrimonio
económico del País a los grandes monopolios norteamericanos y europeos. La
empresa que en 1965 alcanzó la cifra más alta de ventas en el país, en 1968 dejó
de ser Argentina. Viejas actividades nacionales, como la manufactura de
cigarrillos, pasaron en bloque a intereses extranjeros. El método que posibilitó
este escandaloso despojo no puede ser más simple. El gobierno, elegido por
nadie, rebajó los aranceles de importación, los monopolios aplicaron la ley de
la selva, el "dumping", los fabricantes nacionales se hundieron. Esos mismos
monopolios, sirviéndose de bancos extranjeros, ejecutaron luego a los deudores.
Este es el verdadero rostro de la libre empresa, de la libre entrega. Este poder
de los monopolios que con una mano aniquila a la empresa privada nacional, con
la otra amenaza a las empresas del Estado donde la racionalización no es más que
el prólogo de la entrega, y anuda los últimos lazos de la dependencia
financiera.
Agraviados en nuestra dignidad, heridos en nuestros Derechos, despojados de
nuestras conquistas, venimos a alzar, en el punto donde otros las dejaron, las
viejas banderas de la lucha.
[De. "NOTAS RESPECTO A LA PARTE DE UNA HISTORIA MUY PARCIALMENTE DIFUNDIDA",
1991]
www.argentinazo.com.ar
Por Alberto Jorge Lapolla
La rebelión del pueblo de Córdoba había tenido su origen en un conflicto del
gremio mecánico que reclamaba por mejoras salariales y laborales quitadas por la
dictadura (las llamadas Quitas Zonales y el sábado Inglés), provocando una
confluencia de hecho de los tres sectores sindicales existentes entonces en la
provincia, los peronistas tradicionales, los Legalistas -Elpidio Torres-, los
peronistas combativos, los Combativos -Atilio López y Tapia- y los
Independientes -Agustín Tosco- al calor del influjo unitario y combativo que
había producido la emergencia de la CGT de los Argentinos durante 1968,
encabezada por Raymundo Ongaro.
La CGT de los Argentinos simbolizaba el nuevo peronismo de la Resistencia, aquel
que venía combatiendo contra la represión y la proscripción desde 1955 y que
enfrentaba la propia traición en su seno encarnada en el vandorismo y la
burocracia sindical conciliadora, que había apoyado el advenimiento de la
dictadura de Onganía.
La CGTA era la herencia de los mayores exponentes de lo que daría en llamarse
Peronismo Revolucionario y luego Tendencia Revolucionaria del Peronismo, que
encabezaban John William Cooke, Gustavo Rearte y el Mayor Bernardo Alberte.
Casualmente sería la desobediencia de Alberte al deseo de Perón, para que Vandor
se hiciera cargo de la CGT tras la muerte de Amado Olmos, el hecho que
originaría la CGTA y la conducción revolucionaria de Ongaro y del peronismo
combativo. Conducción que plantearía la unidad de acción contra la dictadura sin
importar el origen político de los luchadores y haría de la alianza con Tosco y
el sindicalismo del interior su principal estrategia de construcción de un nuevo
gremialismo combativo, democrático y antiburocrático.
De las regionales que se sumarían a la CGTA, sería la de Córdoba la de mayor
peso, estructura e influencia y sus resultados no tardarían en observarse en la
gigantesca movilización del proletariado cordobés a la cabeza de su pueblo. .
La CGT de Córdoba había convocado a un paro activo para los días 29 y 30 en
solidaridad con los mecánicos -el principal gremio provincial- al cual había
sumado su apoyo expreso el movimiento estudiantil a través de la FUC, ya que los
estudiantes se habían sumado a la lucha de los trabajadores ya desde 1960-1961,
pero en particular luego que la dictadura de Onganía entrara a sangre y fuego a
las universidades nacionales en junio de 1966, en la célebre Noche de los
bastones largos, al grito de 'judíos de mierda. Bolches a Moscú'. Para Córdoba
en particular, el estudiantado no hacía más que retomar la tradición de los
jóvenes Rebeldes de la Reforma Universitaria de 1918, quienes encabezados por
Deodoro Roca marchaban por las calles de la Docta del brazo de la joven
Federación Obrera de Córdoba cantando 'obreros y estudiante unidos adelante.'
La magnitud de la movilización obrera, -más de 20.000 en la columna del SMATA y
10.000 en la de Luz y Fuerza- espantó a la policía que disparó a quemarropa
sobre la columna de mecánicos que se acercaba a la Plaza Vélez Sarfield,
asesinando el obrero Máximo Menna. Este crimen infame -uno más en la larga lista
iniciada en junio de 1955, con los bombardeos a la Plaza de Mayo- enardeció a
los trabajadores y a todo el pueblo de la Docta que pasaron a enfrentar
abiertamente la represión, arrojando todo tipo de proyectiles desde las columnas
y desde las casas y balcones. Derrotando la represión y poniéndola en retirada,
quedando el pueblo -primero obreros y estudiantes y luego el pueblo todo- a
cargo de la ciudad de Córdoba, territorio ganado a la represión por primera vez
desde 1955.
La rebelión cordobesa que de hecho significaba la explosión de la verdadera olla
a presión en que el gobierno autoritario y falangista de Onganía, había
transformado a la nación, había sido precedida por casi todo un mes de peleas,
manifestaciones y marchas por distintos motivos en casi todo el país. Luchas en
las cuales en la semana previa, habían sido asesinados por la policía tres
estudiantes universitarios, que luchaban contra las privatizaciones de los
comedores estudiantiles: Bello, Cabral y Blanco.
Desde una perspectiva histórica puede pensarse que era casi inevitable que la
poderosa clase trabajadora de entonces -seis millones de obreros activos, la más
combativa y organizada de América- explotase contra la brutal represión y
recorte de derechos que la dictadura llevaba adelante, en un intento por poner
fin a la Argentina peronista que aún gozaba de gran potencia en cuanto al
poderío industrial de la nación y al poder, número, peso y organización de la
clase obrera.
Desde los bombardeos de Plaza de Mayo en 1955, hasta el Cordobazo la clase
trabajadora solo había retrocedido ante los embates del poder económico-militar,
en particular por la imposibilidad de contar con una conducción sindical
combativa que defendiera sus derechos quitados por el poder dominante. La CGT de
los Argentinos había cambiado las cosas, para el pueblo pero también para el
poder.
Otro escenario
A partir del Cordobazo el país sería otro y el movimiento obrero combativo de
Córdoba sería el problema de todos los problemas para los sucesivos dictadores
que caerían bajo su potente lucha, incluido el propio gobierno peronista -a
excepción del Dr., Héctor Cámpora, cuyo gobierno apoyaría casi
incondicionalmente la alianza del peronismo combativo provincial con Agustín
Tosco- ya que tanto el General Perón como luego su viuda y su mucamo José López
Rega tratarían de destruir al inmenso movimiento rebelde originado en el
Cordobazo, que iniciaría la gran rebelión popular de los setenta.
A partir del mayo cordobés y dadas las confluencias altamente revolucionarias
que se producían en la Argentina y en el continente americano luego de la
derrota norteamericana en Bahía de los Cochinos por las tropas cubanas en 1961,
el asesinato del Che en 1967 y la fuerte radicalización que comienza a transitar
el Movimiento Peronista a través de su lucha y Resistencia, harían que la lucha
en nuestro país ya no fuera sólo por un cambio de gobierno sino por el cambio
del carácter, del contenido del Estado a través de una revolución popular que
conquistando el poder a la plebeya, arrasara los privilegios oligárquicos de una
vez y para siempre. Exactamente lo que la oligarquía ha intentado impedir desde
siempre, desde el propio derrocamiento de Mariano Moreno y su Plan
Revolucionario de Operaciones en diciembre de 1810.
Contra esa posibilidad cierta a partir del país que emergió del Cordobazo, se
alzó el Gran Acuerdo Nacional (GAN) y el repliegue de las fuerzas represivas de
la oligarquía para esperar mejores condiciones. Las cuales vendrían de la mano
de los brutales errores de las fuerzas revolucionarias luego de que Juan Perón
asumiera su tercera Presidencia y de los innecesarios ataques que éste hiciera
contra su juventud revolucionaria y los sectores de su propio movimiento que con
su lucha lo habían traído de vuelta al país y al gobierno.
En esa absurda postrera pelea de Perón, no sólo se abriría la puerta para la más
atroz de las dictaduras, sino que además el peronismo sería castrado de toda
posibilidad revolucionaria, al punto que en los '90 sería el partido encargado
de llevar adelante el programa político que la oligarquía no había podido
completar desde 1955. Sería el Infame Traidor a la Patria nacido en Anillaco y
escondido en Chile, el encargado de destruir físicamente a la industria, a la
clase trabajadora y al Estado Nacional soberano e independiente, construido por
el peronismo entre 1945 y 1955. En 1976 teníamos seis millones de obreros
mayoritariamente industriales, en 1999 sólo restarían menos de un millón. Sería
el infame riojano quien cumpliría el sueño del Almirante Isaac Rojas? 'para que
desaparezca el peronismo deberán desaparecer las chimeneas'.
Poder popular en Córdoba
Durante los dos días que duró la toma de la ciudad por el pueblo insurrecto,
emergió un líder que alcanzaría luego ribetes casi míticos cuando su larga
detención en las cárceles patagónicas: Agustín Tosco, jefe del sindicato de Luz
y Fuerza y principal impulsor de la idea de la unidad política, organizativa y
revolucionaria del movimiento obrero con un proyecto de lucha revolucionaria del
pueblo.
Tosco, junto a Gustavo Rearte, Raymundo Ongaro, Armando Jaime, los hermanos
Villaflor, René Salamanca y Alberto Piccinini entre otros, simbolizarían un
proyecto de sindicalismo combativo y revolucionario que nacido dentro del
peronismo proponía ir más allá, completando la Revolución Peronista con una
mayor participación económica y política de los trabajadores en la República. El
poder económico oligárquico e imperialista y su brazo dentro del movimiento
popular, la burocracia sindical vandorista, destruyeron este proyecto a sangre y
fuego. Luego la dictadura genocida completaría el trabajo: el 55 por ciento de
los 30.000 desaparecidos son dirigentes sindicales de base, miembros de esta
corriente combativa, clasista y revolucionaria originada por el Cordobazo.
En su derrota -que es la derrota de la nación misma- se nos fue el sueño de una
Patria justa, libre, soberana y socialista. En su lugar tenemos este presente de
ignominia y entrega que nos devolvió a la Argentina colonial que nos toca
resistir y transformar.
Memoria e historia
Alguna vez Alcira Argumedo señaló que desde el genocidio primigenio o fundante
producido por la conquista española, católica y europea en América, los pueblos
originarios y sus descendientes mestizos, el pueblo profundo de la Patria Grande
americana, ha luchado heroica y constantemente por redimirse del yugo opresor de
500 años de expoliación y genocidio recurrentes. En ese sentido señalaba
proféticamente que casi cada generación de criollos desde la conquista ha
luchado por redimir su libertad, siendo esta situación particularmente visible
desde la gran insurrección del pueblo indio del Perú encabezada por el Inca
Gabriel Condorcanqui -Túpac Amaru-: desde su monstruosa derrota en la segunda
mitad del siglo XVIII, no ha habido generación de americanos que no se alzara en
lucha por su libertad y dignidad.
Retomando nuestra historia reciente podría decirse que los hijos de la montonera
que peleo en Pavón, que combatió con el Chacho Peñaloza y con Felipe Varela,
serían quienes acompañen a Leandro Alem -'el último federal'- en la Revolución
de 1890, sus hijos llegarían al gobierno con Don Hipólito Yrigoyen, cerrando más
de medio siglo de dictadura 'republicana' conservadora. Sus hijos harían el 17
de octubre de 1945 arrasarndo la Década Infame, completando la democracia con
los derechos sociales y económicos de los trabajadores. Los hijos de esta
generación de 1945, harían el Cordobazo y la gesta épica de los años setenta.
Los hijos de los sobrevivientes de la derrota de 1976 se sublevarían en las
jornadas de diciembre de 2001, liquidando el modelo de desaparición nacional
pergeñado por el traidor de Anillaco y su calvo socio en la entrega de la
nación.
Es en esta clave que debemos recordar el glorioso Cordobazo, al inmenso Agustín
Tosco y la maravillosa gesta de los Setenta, tratando de conjurar la advertencia
que nos legara el gran Rodolfo Walsh: 'Nuestras clases dominantes han procurado
que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes,
ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de los hechos
anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La
historia aparece así como propiedad privada, cuyos dueños son los dueños de
todas las otras cosas.'
[De: "29 de mayo de 1969 – 2004. A treinta y cinco años del Cordobazo"]
La Fogata
[Del Semanario de la CGTA, 1969]
"Todos los poderosos se van a unir contra nosotros. Es posible que intenten la
formación de otro cuerpo. Es posible que vayan a los ministerios para decir que
este Congreso es nulo. Tal vez no tengamos edificio, tal vez no tengamos
personería, tal vez no tengamos esta poca libertad con que lo estamos desafiando
todo… Pero este Secretariado y este Consejo Directivo, a la luz o en la
clandestinidad, son las únicas y legítimas autoridades de la CGT, hasta que
podamos reconquistar la libertad y la justicia social y le sea devuelto al
pueblo el ejercicio del poder".
La emoción que hace un año y medio dominó a todos los que asistíamos al cierre
del Congreso Normalizador de la CGT y que aplaudimos esas palabras de Raimundo
Ongaro, es difícil de analizar. Sin duda el delegado de Gráficos que acababa de
ser elegido Secretario General expresaba el sentimiento de muchos trabajadores,
sin duda una elocuencia singular daba a esas palabras un relieve mayor del que
se desprende de la letra impresa. Pero quizá lo que más nos impresionaba, sin
saberlo, era la visión anticipada de los hechos que iban a sacudir, desgarrar y
exaltar al movimiento obrero en la Argentina.
No habían transcurrido veinticuatro horas cuando los que se habían alejado del
Congreso acudieron a los ministerios a impugnarlo. No habían transcurrido dos
meses cuando formalizaban en Azopardo una CGT paralela. Pasaron quince meses, y
la CGT intervenida, ya sin edificio ni personería, ingresaba a la
clandestinidad. Junto con docenas de dirigentes, Raimundo Ongaro estaba preso.
Esos quince meses que presenciaron el total cumplimiento del vaticinio formulado
el 29 de marzo de 1968, constituyen una de las etapas más extraordinarias en el
desarrollo del movimiento obrero argentino. La consigna que la nueva CGT puso en
práctica se reducía, en su expresión más sencilla, a cuatro palabras: Rebelión
de las Bases. Lo que semejante rebelión implicaba era, sin embargo, vasto y
profundo. El desbordamiento de las conducciones claudicantes no se proponía
simplemente el reemplazo de hombres envejecidos en la táctica y la entrega, sino
la transformación radical del sindicalismo en instrumento de liberación
nacional, aunque ello exigiera la destrucción formal de los sindicatos que la
encaraban, frente a una dictadura brutal con los trabajadores argentinos en la
medida en que estaba sometida a los monopolios extranjeros.
Como esa rebelión se producía en los estrados más profundos del pueblo, pudo
pasar inadvertida, no sólo para el gobierno — ciego de nacimiento— sino para un
periodismo acostumbrado a percibir nada más que formalidades y transcribir
comunicados.
Sin embargo, había signos evidentes. La toma del barrio Clínicas, el 28 de junio
de 1968, era la versión anticipada del Cordobazo. La huelga petrolera iniciada
en setiembre se prolongaba más de dos meses, y la huelga de Fabril no llegaría a
levantarse.
Raimundo Ongaro tenía la certeza de que el movimiento obrero estaba saliendo de
una profunda crisis de confianza. Si un grupo de dirigentes, por pequeño que
fuese, aguantaba todas las amenazas y seducciones, las amarguras y las derrotas,
esa confianza debía renacer. La CGT de los Argentinos cumplió ese papel hasta el
sacrificio. Su estructura formal fue despedazada por las intervenciones, las
intrigas, los abandonos. La llama que había encendido pareció a punto de
extinguirse: en el verano que sucedió a las dos grandes huelgas, una calma
siniestra de derrota pareció extenderse por todo el país. Nunca como en esos
días de pasillos semidesiertos brilló tanto la fe de Ongaro, su aptitud para
agrandarse en la adversidad y contagiar esa fe a quienes lo rodeaban.
Igual que en los días eufóricos del Congreso Normalizador, en estos días amargos
veía más lejos que sus enemigos. Había recorrido el país palmo a palmo,
movilizando las masas y siendo movilizado por ellas. La versión que traía de
esas giras era siempre la misma: la gente estaba harta de humillación y
sufrimientos, quería pelear, pedía armas, y aun sin armas estaba dispuesta a
salir a la calle. La calma era engañosa, y la derrota aparente.
En abril se puso en movimiento el norte santafesino y Ongaro volvió a alzar una
bandera argentina junto a los trabajadores y los curas rebeldes de Villa Ocampo,
esta vez ante el fuego de los fusiles. Tucumán se agitaba nuevamente, y el
incendio se propagaba a Resistencia, Corrientes, Rosario, Córdoba. La sangre
derramada por estudiantes y trabajadores selló una alianza que transformaba
radicalmente el equilibrio de fuerzas, abriendo a todo el pueblo una perspectiva
revolucionaria.
Esa perspectiva es la que hoy tenemos ante nosotros. En un año y medio el
movimiento obrero ha pasado de la postración a la plena conciencia de su fuerza,
ha aprendido a devolver una mínima parte de la violencia que se ejerce contra él
y se dispone a llevar la lucha hasta la conquista del poder político, camino
difícil pero único para destruir la sociedad explotadora y "socializar con signo
nacional las riquezas y los bienes fundamentales que producimos los
trabajadores".
En esa transformación, la CGT de los Argentinos desempeñó un papel protagónico.
Ese papel es el que hoy purgan en las cárceles de la dictadura Raimundo Ongaro,
Agustín Tosco, Jorge Di Pascuale, y muchos más pero hoy todos sabemos que la
llama que encendieron no se apagará, que otros como ellos han surgido en las
luchas de todo el país.
La difusión del Programa del 1º de Mayo, que Ongaro contribuyó a forjar y poner
en práctica, y de los escritos que desarrollaron y profundizaron ese programa,
es tarea importante del movimiento obrero.
Tal como él presumía, el camino que separaba a un dirigente sindical de un
dirigente revolucionario, estaba sembrado de espinas. Habiendo recorrido ese
camino, bien puede Raimundo Ongaro afirmar que no le importan las rejas que
padece. Preso, sigue libre en el afecto de sus compañeros. Amordazado, sigue
hablando en los hechos que produce el pueblo.
Setiembre de 1969
Palabras iniciales
[Del Semanario de la CGTA, 1973]
Por Ricardo Carpani
Marzo 1968 - Marzo 1973
CGT DE LOS ARGENTINOS
A partir del golpe contrarrevolucionario de setiembre de 1955, la lucha de la
clase obrera argentina ha estado jalonada por una serie de momentos culminantes,
que determinaron cambios sustanciales en la continuidad de su accionar político.
Cada uno de ellos fue marcando, al mismo tiempo que la irreductible voluntad
popular de no aceptar pasivamente la estabilización del sistema
bugués-imperialista en crisis, el ascenso permanente de la conciencia de sus
finalidades históricas por parte de los trabajadores y, de ese modo, la
irreversibilidad de nuestro proceso de liberación nacional y social, pese a las
condiciones adversas generadas por la restauración oligárquica en el transcurso
de los últimos 18 años.
El carácter masivo del repudio peronista a la dictadura de los monopolios,
expresado en las urnas el 11 de marzo de 1973, hizo de esta fecha uno de esos
momentos; sus consecuencias pueden constituir, a partir del 25 de mayo el inicio
de un nuevo período de aceleración y profundización de aquel proceso,
incalculable en sus alcances. Pero si ese acto de repudio fue posible, y con él
la esperanza actual en que una nueva y superior etapa llegue a consolidarse, no
se debió al repentino descubrimiento, por parte de los generales de la entrega,
de una insospechada vocación de respeto a las mayorías populares ni mucho menos
a una espontánea intención de abandonar las palancas del poder que ejercen
representando al imperialismo y sus socios nativos.
En efecto, las elecciones del 11 de marzo expresan el fracaso rotundo del
régimen militar instaurado en 1966, con su política de saqueo imperialista de
las riquezas nacionales, superexplotación del trabajo y hambreamiento para los
sectores populares. Y la razón fundamental de ese fracaso está en la resistencia
activa y sin cuartel de los trabajadores argentinos a lo largo de estos últimos
años, impidiendo la imposición de una "paz social" fundada en la prepotencia de
las bayonetas, que garantizara sin sobresaltos la rentabilidad expoliadora de
las inversiones monopolistas internacionales.
Estas elecciones fueron, pues, una conquista de los trabajadores, arrancada a la
dictadura militar en la persistencia de una lucha sangrienta y sacrificada, que
forzó a ésta a buscar una salida perpetuadora del sistema en la negociación con
los sectores claudicantes y traidores del propio Movimiento Nacional. Y fue esa
persistencia de la lucha lo que permitió a la conducción estratégica del general
Perón ir desmontando una a una todas las trampas tendidas por el régimen, en
colaboración con esos sectores claudicantes, hasta enredar al continuismo en su
propio juego tramposo, hacer irreversible el proceso electoral y posibilitar la
expresión masiva del repudio popular pese al carácter fraudulento y condicionado
de dicho proceso.
La presente recopilación de algunas declaraciones y artículos es un testimonio
vivo de esa lucha de los trabajadores argentinos, escrito día a día, al calor de
la batalla, durante los últimos decisivos 5 años. En sus páginas están
presentes, explícita o implícitamente, todos los héroes y mártires que pagaron
con su vida, la tortura o la cárcel el derecho a pelear por la libertad y la
dignidad humana. Están también aquellos momentos culminantes que jalonaron esa
lucha. Es más, dichas páginas comenzaron a escribirse en uno de esos momentos:
como consecuencia del Congreso Normalizador de la CGT Amado Olmos, reunido del
28 al 30 de marzo de 1968.
Inmediatamente después de la restauración oligárquica del 55, la militancia
obrera peronista, lejos de resignarse ante la derrota momentánea, inicia una
larga lucha por la recuperación popular del poder. Masacres y fusilamientos,
tortura y prisiones, serán las respuestas sistemáticas del régimen vendepatria.
Cambiarán los hombres y los ropajes —"constitucionales" o "de facto"—, pero no
cambiarán sus métodos represivos ni la esencia reaccionaria, burguesa,
dependiente y proimperialista que lo caracterizan.
Sin embargo, la represión no será su única respuesta. Habrá también otra más
sutil y
efectiva: la corrupción y el soborno, directos o indirectos, de las direcciones
sindicales. Muchos dirigentes entrarán en el juego, transformándose en
burócratas y traicionando a su clase. Para quienes permanezcan fieles a ella y
para el resto de la militancia revolucionaria peronista la lucha se planteará en
el futuro en un doble frente: contra el régimen y contra la burocracia sindical
y política del Movimiento, objetivamente aliados en la defensa de sus bastardos
intereses coincidentes.
Sobre la base de esa lucha y respondiendo a la voluntad crecientemente combativa
de los trabajadores, la tendencia revolucionaria del peronismo obrero consigue
desplazar a los burócratas traidores en el mencionado Congreso Normalizador.
Estos, con el apoyo gubernamental, desconocen el Congreso y dividen al
movimiento obrero. Nace así la CGT de los Argentinos y con ella comienzan a
escribirse a través de su periódico las páginas de esta recopilación.
Desde el "Mensaje a los Trabajadores y el Pueblo", el 1º de mayo de 1968,
pasando por la descripción de las luchas que durante todo ese año y el siguiente
encabeza la CGT de los Argentinos y que van preparando el clima de rebelión que
desemboca en el "Cordobazo" (otro momento culminante del proceso), hasta el paso
de ésta a la clandestinidad, el encarcelamiento de sus militantes, la
descripción de las luchas obreras posteriores —tomas de fábricas, insurrecciones
populares a lo largo y ancho del país, consolidación de las organizaciones
armadas, etc.—, en fin, todo lo que fue determinando el fracaso del régimen
militar, se expresa en esas páginas como persistencia inalterable de una lúcida
conciencia revolucionaria y una insobornable conducta al servicio de los
trabajadores, algunas de cuyas manifestaciones se hace necesario destacar. Y no
ya por lo que significaron en su momento como prueba de la madurez de conciencia
de la clase obrera argentina, sino, principalmente, por la significación que
adquieren ante la futura lucha que se avecina. Puede decirse que dichas
manifestaciones de los sectores revolucionarios del peronismo obrero expresados
en los últimos 5 años por la CGT de los Argentinos, prefiguran el carácter de la
lucha en la nueva etapa que se abre el 25 de mayo de 1973.
Destaco en primer término el lúcido reconocimiento de que nuestra lucha de
liberación nacional contra el imperialismo es inseparable de la lucha de clases,
ya que éste ejerce su dominio expoliador a través de sus socios subordinados: la
gran burguesía nativa y un ejército supuestamente nacional, pero, en los hechos,
mero brazo armado de esa burguesía y los monopolios internacionales.
Siendo la lucha de liberación nacional una lucha de clases, sólo a los
trabajadores unidos y organizados corresponde la dirección hegemónica del
proceso, que no podrá por lo tanto detenerse en la simple expulsión de los
monopolios imperialistas, sino que implica también el desplazar simultáneamente
del poder a todos los sectores de la burguesía nativa —esencialmente
dependiente— destruyendo el sistema capitalista e iniciando la construcción del
socialismo en nuestra Patria.
Las páginas de esta recopilación son terminantes al respecto. En ellas puede
leerse: "La clase trabajadora argentina no reprueba una forma determinada del
capitalismo, las cuestiona a todas". Y más adelante: "La clase tabajadora tiene
como misión histórica la destrucción hasta sus cimientos del sistema capitalista
de producción y distribución de bienes". Y para precisar el contenido específico
de este cuestionamiento del sistema capitalista, como así también del socialismo
que se intenta construir: "La historia del movimiento obrero, nuestra situación
concreta como clase y la situación del país nos llevan a cuestionar el
fundamento mismo de esta sociedad: la compraventa del trabajo y la propiedad
privada de los medios de producción". Está claro, entonces, que, mal que les
pese a los burócratas reformistas y a los políticos del nacionalismo burgués,
para el peronismo obrero verdaderamente nacionalista y revolucionario la lucha
de liberación nacional se identifica en un mismo proyecto histórico con la lucha
de liberación social de los trabajadores, la destrucción del sistema capitalista
y la construcción de una patria socialista.
Cabe señalar, además, el carácter eminentemente político revolucionario y, por
lo tanto, antiburocrático, que imprimió a su accionar la CGT de los Argentinos
desde sus orígenes: "El movimiento obrero no es un edificio ni cien edificios;
no es una personería ni cien personerías; no es un sello de goma ni es un
comité; no es una comisión delegada ni es un secretariado. El movimiento obrero es la voluntad organizada del pueblo y como tal no se
puede clausurar ni intervenir".
Concretamente, la lucha sindical adquiere real sentido revolucionario tan sólo
si se la considera como un aspecto de la lucha política contra el imperialismo y
el sistema capitalista. De ese modo, toda argumentación tendiente a justificar
la inactividad política o la conciliación con el sistema en aras de preservar
una supuesta defensa sindical de los trabajadores, demuestra su verdadero
carácter reformista; mera argucia de burócratas amarillos cómodamente instalados
en dicho sistema. Frente a ella la CGT de los Argentinos afirma: "Preferimos
honra sin sindicatos que sindicatos sin honra". Así: "La lucha por mejores
condiciones de vida es inseparable de la lucha por el poder". Y esa lucha por el
poder es para el movimiento obrero el factor fundamental al cual todos los otros
deben estar subordinados.
Es de destacar también la constante desmistificación de la violencia, realizada
por la CGT de los Argentinos desde su periódico y en los hechos, como asimismo
de las consignas de unidad y organización. En el primer caso señalando a la
violencia como algo inherente a toda sociedad estratificada en clases opresoras
y clases oprimidas, distinguiendo además de la violencia represiva del régimen,
la violencia de la explotación cotidiana que el sistema impone a los
trabajadores, y contraponiendo a esa violencia reaccionaria la necesidad de
ejercer por parte de éstos todas las formas de violencia revolucionaria, como
único camino capaz de conducir a su liberación.
En el segundo caso afirmando que no puede haber unidad con los enemigos del
pueblo ni con los traidores a la clase obrera; que la única unidad posible y
deseable sólo puede darse en la lucha constante y efectiva contra el sistema;
que sólo de esa lucha puede surgir una auténtica organización revolucionaria de
la clase obrera peronista; y que esa organización no habrá de resultar de la
aplicación mecánica, hecha desde arriba, de modelos abstractos, sino de la
experiencia concreta y viva de las bases, templadas en la diaria pelea.
Retengamos todas estas manifestaciones pues insisto en que ellas constituyen
ejes esenciales en torno a los cuales girará la batalla en la próxima etapa que
se inicia el 25 de mayo.
A no ser que los sectores más gorilas de las fuerzas armadas, desesperados en su
odio de clase, intenten exitosamente impedirlo, todo hace suponer que el 25 de
mayo el peronismo accederá nuevamente al aparato del gobierno después de 18 años
de proscripción y lucha popular. Se cumplirá así uno de los objetivos de esa
larga lucha, sacrificada y sangrienta. Sin embargo, el saldo que ella dejó
trasciende ampliamente los límites de ese objetivo. La experiencia de la derrota
del 55 y la adversidad de la lucha posterior fueron templando en la militancia
obrera peronista una conciencia revolucionaria de la cual las páginas de esta
recopilación son un ejemplo. Y es precisamente esa conciencia obrera de los
fines perseguidos y de cómo llegar a ellos lo que modifica totalmente el cuadro
en el cual deberá el peronismo ejercer nuevamente el gobierno.
Está claro que ya no podrá reeditarse la misma experiencia que llevó a la
derrota del
55. Está claro que no bastará con el control del aparato gubernamental burgués,
pues ese control será siempre necesariamente condicionado y neutralizado por
todos los reaseguros para el sistema, derivados del propio carácter burgués del
aparato estatal. Está claro, entonces, que lo único que puede garantizar el
desarrollo y cumplimiento de nuestra lucha de liberación no es ya el control
—obligadamente relativizado— del gobierno, sino el poder real y efectivo de los
trabajadores organizados, como punto de arranque hacia la construcción de un
socialismo nacional de proyección latinoamericana. Ello implica necesariamente
el desmantelamiento de la vieja maquinaria gubernamental burguesa y su reemplazo
por otra, en la cual ese poder de los trabajadores y el pueblo pueda realizarse
en forma directa, pasando éstos a ser los verdaderos constructores de su propio
destino. Tal es la perspectiva de lucha que se abre en esta nueva etapa al
peronismo revolucionario y a la que podemos caracterizar como de lucha abierta y
definitiva contra todo tipo de reformismo. Revolución o reformismo, constituye
el dilema fundamental que deberán resolver los trabajadores argentinos, y de que
se imponga uno u otro depende la realización o frustración de nuestra liberación
nacional y social en el corto o mediano plazo.
Esta opción, sin embargo, no es enteramente nueva. El nacimiento mismo de la CGT
de los Argentinos está signado por ella, y las batallas contra la conciliación
de clases, el burocratismo sindical y político, el "desarrollismo" económico de los sectores
burgueses del movimiento, etc., junto con las pautas ideológicas que señalé más
arriba, así lo prueban a lo largo de toda su trayectoria. Simplemente sucede que
con el acceso del peronismo al gobierno, las contradicciones de clase que éste
lleva en su seno adquieren una dimensión realmente nacional. Y con ello la
opción entre revolución o reformismo se transforma en la opción política
fundamental en el país.
Sintetizando, las elecciones fraudulentas y condicionadas del 11 de marzo no son
una panacea ni garantizan por sí mismas una profundización del proceso de
liberación de nuestro pueblo. Pero el aplastante triunfo peronista hace que se
inserten como momento táctico de gran importancia dentro de la estrategia de
guerra revolucionaria integral por la construcción del socialismo, que impulsan
los sectores revolucionarios del peronismo.
Se abren así nuevas perspectivas de lucha que pueden permitir el paso de la
etapa de resistencia al régimen militar vendepatria a una ofensiva creciente y
definitiva contra el sistema burgués-imperialista. Pero el acceso del peronismo
al gobierno no significa todavía la derrota del sistema, ya que éste tiene sus
representantes en las propias filas y puestos directivos del Movimiento;
simplemente polariza las opciones fundamentales y clarifica la lucha. Las clases
dominantes no abandonan pacíficamente la escena política; mucho menos si detrás
de ellas se encuentran intereses de tal magnitud como son los del capital
financiero internacional capitaneado por el imperialismo yanqui.
La derrota definitiva del sistema implica, pues, la construcción de un ejército
del pueblo, el ejército peronista, capaz de oponerse y derrotar al ejército del
sistema. Implica también la organización revolucionaria de la clase obrera
peronista, como dirección natural de ese ejército y de todo el proceso. Y ello
es inalcanzable sin el desplazamiento simultáneo de los burócratas
conciliadores, sindicales y políticos, que pululan en puestos directivos del
Movimiento. La lucha por concretar este proceso se inserta en lo que el Gral.
Perón definió como "etapa de derrota y persecución del enemigo". Dicha etapa no
será aún la etapa de construcción del socialismo pero por la índole de las
tareas que deberá encarar la militancia, éste ya debe estar presente y
clarificado en ella como objetivo, e, incluso, en parcial ejecución. La
responsabilidad mayor de dicho proceso corre por cuenta del peronismo obrero
revolucionario, en la organización y movilización permanente de las bases, como
única garantía de su cumplimiento.
Los postulados y las acciones de la CGT de los Argentinos en su breve y fecunda
historia prefiguraron cualitativamente las características de la lucha futura.
La nueva etapa implicará un aumento cuantitativo y una profundización y
enriquecimiento de esos postulados y acciones. Se cumplirá así con la mayor
aspiración de los trabajadores argentinos: "CON PERÓN Y ELPUEBLO AL PODER -POR
LA CONSTRUCCIÓN DE UNA PATRIA JUSTA, LIBRE Y SOBERANA -LA PATRIA SOCIALISTA". La
ruta que conduce a ella se encuentra en la verdad fundamental de aquella
consigna que dice: "SOLO EL PUEBLO SALVARÁ AL PUEBLO".
El Congreso normalizador de la CGT
Amado Olmos
[Del Semanario de la CGTA, 1968]
El 28 de marzo de 1968, el Congreso "Amado Olmos" realizado en Buenos Aires
normalizó la situación en que se hallaba la Confederación General del Trabajo.
También terminó con una guardia de dirigentes que habían extraviado en el camino
las banderas cuya custodia les fue confiada.
Fue un Congreso legalmente constituido, convocado por los mismos que luego lo
abandonaron en un intento de quebrar la decisión de la clase trabajadora
argentina de despertar de un pesado letargo.
Un letargo que en realidad sólo imperó en el espíritu de esos dirigentes
dispuestos a la maniobra política, electoral o golpista, en vez de volcar ese
talento que han demostrado poseer, en la organización de la lucha por los
derechos de sus hermanos trabajadores.
Empezaron sintiendo vergüenza por sus ropas de obreros, trataron de ponerse a
tono con los despachos y antesalas ministeriales y poco a poco de representantes
obreros frente al poder se convirtieron en representantes del poder frente a los
obreros.
Se enriquecieron, adquirieron hábitos y vicios incompatibles con sus cargos de
dirigentes sindicales, burocratizaron sus sindicatos, los transformaron en
maquinarias sin contenido, se limitaron —en el mejor de los casos— a la acción
social, el tanto por ciento de aumento en cada nuevo convenio, los hoteles de
turismo, las colonias de vacaciones.
Olvidaron que los trabajadores no pueden ni deben mantenerse al margen de los
problemas fundamentales de la vida nacional.
Olvidaron que la política del gobierno contraría los intereses de la clase
trbajadora.
Toleraron los avances incesantes de los monopolios que rigen la economía del
país, arruinando a las empresas nacionales, especulando con la desocupación que
abarata la mano de obra, envileciendo los salarios.
Durante años esos dirigentes se opusieron entre sí; encarnaban actitudes
distintas ante los problemas nacionales, inclusive se combatieron con dureza. El
tiempo ha borrado esos matices, ha gastado los ropajes ocasionales y los ha
dejado desnudos; es posible ver que se parecen mucho, unos y otros. Por eso
ahora, como por arte de magia, están todos juntos, enfrentados a los
trabajadores.
El 28 de marzo de 1968 quedaron definitivamente atrás. La CGT normalizada recoge
las banderas que ellos arrojaron a un costado y las alza con orgullo para
comenzar una nueva etapa, que será de lucha y sacrificio, pero no se desviará en
componendas a espaldas del pueblo.
Antecedentes
En 1964 estadísticas de la CGT indicaban que 1.300.000 compatriotas no tenían
trabajo. Semana a semana cerraban nuevas fábricas. Se perseguía a las
organizaciones sindicales, se asistía con insensibilidad al agravamiento de la
crisis que asfixia a Tucumán.
En el mes de julio José Alonso, entonces secretario de la CGT, pone en marcha el
plan de lucha, empezando por una primera etapa de esclarecimiento para proseguir
con la ocupación masiva de las fábricas. Parecía la reacción lógica contra el
deterioro creciente de la economía, la carestía de la vida, la desocupación, el
estancamiento progresivo que cubría con el llamamiento de sus dirigentes;
comprendían que la acción era necesaria para modificar ese estado de cosas.
Pero los dirigentes jugaban su propio juego; se trataba simplemente de debilitar
al gobierno para favorecer los planes intervencionistas de sectores militares
cuya palabra aún estaba empeñada en un juramento por el cual, en 1960 y 1963,
corrió sangre argentina.
Tras las banderas de la reivindicación gremial se ocultaban actitudes
sospechosas. Augusto Vandor convenía con los patrones la hora de ocupación de
las plantas, todo transcurría con sorprendente tranquilidad pese al dramatismo
de la medida adoptada.
La batalla obrera era utilizada como instrumento político de Vandor y Alonso,
enfrentados entre sí, no en defensa de posiciones realmente encontradas, sino en
la disputa por el control de un aparato que les servía para negociar con los
jefes militares que los alentaban privadamente. Los trabajadores arriesgaron sus
salarios, la tranquilidad de sus familias, sus vidas; en verdad eran jugados en
una maniobra golpista.
Las grandes maniobras
Cuando el golpe se produjo los jefes se presentaron a cobrar sus dividendos. Una
marcha
militar y una proclama genérica, bastaron para atraerlos. En todos los diarios,
revistas y noticieros asomaron sus rostros sonrientes mientras a pocos metros
juraba un nuevo presidente; habían llegado a la Casa de Gobierno, se les pedía
opinión y no retaceaban declaraciones optimistas. La fiesta terminó pronto y
tuvieron que irse como lo que eran: invitados a una reunión ajena.
Ya Vandor había conseguido desplazar a Alonso y colocar en la dirección de la
CGT a un adicto: Francisco Prado. Entre todos ellos terminaron de desorientar,
con sus coqueteos oportunistas, a quienes esperaban una definición categórica de
sus dirigentes.
Habían aprendido un lenguaje nuevo, leían libros de sociología, se sentían
ideólogos de una conciliación que siempre supieron vestir con apariencias
nobles, aunque se tratara en realidad de firmar un pacto con el diablo. Todos
los plazos se vencen, y llegó el momento en que el diablo vino a exigirles el
alma que habían hipotecado.
Tenían ganas de seguir creyendo en las fantasías que otros inventaban y que
ellos repetían, preferían no darse por enterados que no hay conciliación posible
con quienes elaboran sus planes sobre la base de la explotación de los
trabajadores, la ruina de la industria nacional, el empobrecimiento de la clase
media.
Sindicatos, Fuerzas Armadas y Empresarios, era la alianza que se proponían.
Las circunstancias habían cambiado. Los trabajadores nunca renunciaron a su
voluntad de trabajo común con otros sectores nacionales; pero la empresa
argentina fue destruida por el capital imperialista sin atinar a defenderse y
las fuerzas armadas, divididas o no, padecen una desorientación tal que les
impide darse cuenta por dónde anda el enemigo.
No bastaba entonces la voluntad de conciliación, porque la conciliación en sí
tiene tan poco sentido como la lucha porque sí.
Era necesario tener claros los objetivos, las necesidades, los intereses de la
clase trabajadora; ellos eligieron el camino de la conciliación porque sí,
atados a ilusiones nacidas cuando esa alianza era posible y también a prebendas
personales. Y lograron la conciliación, pero defendiendo objetivos que no eran
los de los trabajadores/as ni los del país.
El precio de la traición
La política económica del nuevo gobierno contradijo rápidamente las palabras de
los discursos iniciales, desató una ofensiva profunda e implacable, planificada
contra los sindicatos que no se plegaban a las condiciones del vencedor. Los
grandes dirigentes, deslumbrados por la proximidad del poder, aconsejaban calma, retrocesos tácticos, desalentaban la
resistencia.
El caso de Eustaquio Tolosa terminó de mostrar lo que estaba pasando: los
portuarios no se oponían a discutir modificaciones que abarataran los procesos
económicos, se ofrecían voluntariamente a dialogar, proponían soluciones. Tolosa
llegó a entrevistarse con el presidente Onganía. Únicamente solicitaban que no
se pusiera en vigencia, unilateralmente, un reglamento de trabajo vergonzoso,
que anula viejas conquistas e impone condiciones despiadadas en beneficio de
sectores empresarios cuyos representantes eran asesores inmediatos del ministro
de Economía Salimei.
Abaratar los costos, "limpiar" el puerto quería decir aumentar la explotación de
los trabajadores: eso es lo primero que se les ocurre a todos los
"racionalizadores".
Onganía escucha a Tolosa y no dijo más que unas pocas palabras, sin
comprometerse. Una semana después se aplicaba la nueva reglamentación: ante el
ofrecimiento generoso de los trabajadores de aportar ideas para mejorar el
funcionamiento del puerto, se respondía con una provocación. Una táctica que
volvió a aplicarse el día en que los portuarios se aprestaban a levantar el
paro: ese fue el momento elegido para detener a Tolosa, en medio de la asamblea,
por una orden judicial que pudo haberse ejecutado antes o después.
Lo que se proponían era desmantelar la organización sindical, obligarla a
salidas desesperadas que la embretaran en una alternativa de hierro: lucha a
muerte o capitulación total.
Que el gobierno procediera de esa manera, es posible entenderlo. Pero lo
inesperado, lo doloroso fue la relación de algunos de los que dirigían entonces
la central obrera, responsables de denuncias policiales contra los trabajadores
del puerto que ocuparon el local de Azopardo, procurando sacudir la indiferencia
con que se respondía a su situación.
Uno tras otro, son intervenidos o se retira la pesonería gremial o se congelan
los fondos a los sindicatos que no aceptan confundirse. Azucareros, químicos,
canillitas, prensa, ferroviarios y telefónicos siguen en la lista iniciada por
los portuarios.
Los ferroviarios también ilustran con precisión qué busca el gobierno:
desmantelar ramales, despedir obreros, preparar el terreno para que los
fabricantes extranjeros de camiones puedan hacer mejor su negocio. No se trata
de negar las bondades de este sistema de transporte, ni de oponerse al trazado
de nuevas rutas, vitales para el desarrollo. Pero, como siempre, se empieza por
atacar a los trabajadores y por desbaratar de
un plumazo lo que ya existe en el país, a cambio de lo que todavía no se ha
construido.
El desmantelamiento de las empresas nacionales, las puertas abiertas para los
monopolios que colocan a sus hombres en los ministerios, la política petrolera
que vuelve a entregar a extranjeros el sur argentino, la destrucción progresiva
del sistema previsional siguieron chocando con las palabras oficiales.
La espada y la pared
La política del tero, de gritar por un lado y poner los huevos por el otro, ha
llegado a transformarse en un arte refinado. Pero no sólo las grandes líneas
sirven para radiografiar a un gobierno; también las pequeñas medidas definen su
actitud. La elevación de la edad jubilatoria de 55 a 60 años es una muestra del
desprecio oficial, de esa voluntad de dar siempre otra vuelta de tuerca, de
ajustar cada vez más la soga que ciñe el cuello de los trabajadores. ¿Por qué no
subir aun más el tope? Si se fijara en 70 años, el problema de los jubilados
desaparecería totalmente, desaparecerían los jubilados, para ser más explícitos.
La grave crisis, que el gobierno gestado en junio de 1966 aceleró, hizo que el
clamor popular llegara a los hombres que conducían la CGT y los acorralara entre
dos fuegos: estaban decididos a "participar", pero para eso necesitaban seguir
manejando sus organizaciones, porque a ningún funcionario, ningún militar,
ningún banquero le interesa dialogar con un dirigente que no tiene poder sobre
sus dirigidos.
Para conservar ese dominio debían responder al reclamo de las bases, y así nació
el plan de acción de principios de 1967, viciado desde la raíz por la falta de
convicción de quienes lo organizaron. Prendieron una fogata queriendo simular un
incendio y terminaron asfixiados por el humo.
Ese plan de acción se proponía calmar la ansiedad de quienes veían oscurecerse
cada vez más el panorama, pero sin llevar las cosas demasiado lejos: un poco de
ruido, algunas manifestaciones en las calles y de vuelta a casa sin muchos
riesgos. Contaban para eso con la complacencia de sus aliados en el gobierno, y
se llevaron un chasco: esta vez los militares no quisieron oír hablar ni en
broma de obreros en pie de lucha, no aceptaron explicaciones y montaron un
operativo de represalias escalonadas que debía terminar con la intervención de
la Confederación General del Trabajo.
Ante esas amenazas, los mismos que habían proclamado consignas de rebelión
borraron con el codo todas sus palabras y dieron por terminado el plan. Lo peor
fueron las excusas a que apelaron: la falta de espíritu combativo de los
trabajadores.
Eso es una mentira que corearon a sabiendas; los trabajadores/as están
dispuestos a gastar todas sus cartas en la lucha, pero también están cansados de
que se juegue con naipes marcados. Miles de trabajadores han ido a parar a los
calabozos, han perdido sus trabajos, han sido abandonados sin miramientos por
esos dirigentes que gustan ser considerados "factores de poder", "grupos de
presión" sin darse cuenta —cuando son bienintencionados— cuál es el poder que
integran en su calidad de socios menores.
Suspendido el plan de acción de 1967, el gobierno se jactaba de su poder, del
efecto que habían surtido sus amagos y su despliegue de violencia. Hubiera sido
el momento de reflexionar, pero esos dirigentes dejaron pasar la oportunidad y
actuaron en forma coherente con lo que venían haciendo desde mucho antes:
lamieron el zapato que los había golpeado y aguzaron el ingenio para reanudar el
diálogo con funcionarios que se negaban a recibirlos.
A pocos días de la clausura claudicante del plan de acción —siempre con el
argumento de no perder los sindicatos, que es lo único que a ellos les duele—
Taccone y Cavalli ingresaban a los despachos ministeriales, sentaban las bases
de colaboracionismo. Realmente resulta difícil entenderlos: tenían evidencia de
sobra de que sólo los aceptarían rendidos incondicionalmente, habían hecho todo
lo necesario para agradar al secretario de Trabajo y pese a ello los rechazaban.
De todos modos insistieron, como hijos del rigor, y después de los primeros
reveses volvieron a buscar la segunda cuota. Claro que los reveses no los
reciben ellos sino los trabajadores/as.
Aferrados con tenacidad al pequeño islote de poder que les consiente, no se dan
cuenta que, poco a poco, son empujados al agua y que nadie les va a tirar un
salvavidas el día que pierdan pie.
El argumento sigue siendo conservar los sindicatos, los locales sindicales; la
diferencia es que los irán perdiendo de a uno, hagan lo que hagan, porque o se
los quitará el gobierno —que no se inquieta por pagar con buena moneda a esos
buenos amigos— o los perderán por la rebelión de las bases, dispuestas a ser
protagonistas y no testigos mudos del proceso.
Una vez levantado el plan de acción y concluido el oscuro período de Prado, se
planteó la necesidad de una sucesión que permitiera continuar los contactos con
el gobierno y que, a la vez, no arriesgara a los líderes de primera línea
durante un período que preveían difícil. Así surge la Comisión Delegada de 20
miembros, con la tarea de suavizar la transición hacia tiempos mejores:
entretanto participacionistas y colaboracionistas siguen negociando con las
autoridades, confiados en la inocuidad de los 20.
Las negociaciones tienen una finalidad primordial: obtener el reconocimiento del
gobierno. Esto les preocupa mucho más que el reconocimiento de los afiliados.
En señal de protesta, cinco miembros abandonan en poco tiempo la comisión
delegada. Para el 26, 27 y 28 de enero de 1968, el Comité Central Confederal
había decidido, la realización de un Congreso Normalizador. Con argucias
estatutarias los amigos del gobierno, consiguen postergarlo hasta marzo. Son sus
últimos días de gracia, que dedicarán a gestiones cada vez más desesperadas ante
un interlocutor que pide favores pero no deja de amenazarlos.
Por otra parte los jerarcas colaboracionistas procuran sondear la actitud que
asumirían los distintos gremios en el Congreso Normalizador de marzo y planean
una reunión de todos los secretarios generales. Reparan entonces que
estatutariamente una reunión de esa naturaleza se constituye en órgano de
consulta cuya opinión no puede ser desatendida. La solución es convocarlos en
dos tandas.
Así se evitan compromisos legales. La primera tanda aceptó postergar el congreso
por 60 a 90 días; la segunda exigió su realización inmediata y —poniendo el dedo
en la llaga— sostuvo que debían participar las organizaciones intervenidas por
el gobierno y las que tienen cancelada su personería gremial. Lo contrario
—sostuvieron— equivaldría a convalidar la sanción aplicada a estos gremios,
castigados por su actitud combativa.
Frente a la disparidad de opiniones la Comisión Delegada apeló a un nuevo ardid:
citó a un concilio secreto a 15 secretarios generales, a los que llamó
"notables"; entre ellos Vandor (metalúrgico), Alonso (Vestido), Pérez (Luz y
Fuerza), Bono (La Fraternidad), Uncal (Comercio), De Luca (Navales), Horvat
(ATE), Pepe (Unión Ferroviaria).
En reuniones celebradas con los 15, la Comisión Delegada propuso dos variantes
para una misma maniobra que finalmente fracasó: postergar directamente el
Congreso o convocarlo y, una vez constituido, pasar a cuarto intermedio por tres
meses, si es que lograban controlarlo.
La maniobra, elaborada por el secretario de Trabajo, apuntaba a dos frentes. Por
una parte Rubens San Sebastián podía concurrir sin aprensiones al Congreso de la
Organización Internacional del Trabajo, en Ginebra, amparado en la sensación de
normalidad que ofrecía el movimiento obrero argentino. San Sebastián prometía
como retribución "normalizar" algunas organizaciones intervenidas: Unión
Ferroviaria, FOTIA, Prensa, Químicos, donde se maniobraría para colocar
dirigentes que respetaran ese "pacto de caballeros" y sumaran cerca de 100 votos
colaboracionistas al Congreso, que recién tendría lugar cuando San Sebastián
estuviera de regreso de Ginebra.
De paso, la "normalización" propuesta por el secretario de Trabajo hubiera
eliminado a los actuales dirigentes de los gremios castigados, una pica clavada
en Flandes que molestó mucho al gobierno; esos dirigentes que han visto
avasallados sus sindicatos, que han debido pasar a la resistencia reorganizando
sin medios económicos los aparatos intervenidos, fueron los enemigos más severos
de los planes oficiales aceptados por los colaboracionistas.
Se sabe que el avestruz es un animal tonto que esconde la cabeza para no ver el
peligro. El gobierno, en cambio, procede como un avestruz vivo, que trata de
ocultar a sus enemigos para que no se los vea, aunque no tenga el poder
suficiente para hacerlos desaparecer del todo. Nuevas autoridades en los
sindicatos intervenidos, elegidas de acuerdo a ciertas formalidades con
apariencia de legalidad, hubieran debilitado a los anteriores dirigentes
reforzando a la vez el frente participacionista. Inclusive un pequeño grupo de
dirigentes tomaron café en la residencia presidencial de Olivos y en un clima
muy cordial analizaron con Onganía las características que tendría la nueva CGT:
la diferencia estribaba en saber si la central obrera debía convertirse
abiertamente en un apéndice de la Secretaría de Trabajo o, si le sería permitido
cierto aspecto de autonomía.
Ese es el único punto en el que actualmente discrepan los ocupantes del edificio
de la calle Azopardo: apariencias, formalidades tácticas. En el fondo, nada los
separa: como osos de feria se preparan para bailar el ritmo que les toquen. Pero
sus planes fueron desbaratados y ahora van a tener que bailar en serio.
El Congreso Normalizador
Durante el cónclave de los 15 —como dijimos más arriba convocado por la comisión
delegada para tratar de conseguir una nueva postergación del Congreso
Normalizador— los representantes de la Asociación Trabajadores del Estado,
Navales y Unión Ferroviaria se negaron con energía. La CGT —sostuvieron— no
podía asumir el papel de verdugo y bajar el hacha sobre la cabeza de las
organizaciones sancionadas por el gobierno, justamente por practicar la
solidaridad con azucareros y portuarios. Afirmaron también, que el problema
debía ser resuelto por el Congreso Normalizador.
El 28 de marzo en el local de UTA en la calle Moreno 2969 comienza a sesionar el
Congreso Normalizador bajo la advocación de Amado Olmos, fallecido en triste accidente hacía un par de meses. Su objetivo: sustituir
a la comisión delegada por un nuevo secretariado elegido en congreso mayoritario
y representativo de los trabajadores. En nombre de la Comisión Delegada abrió
las deliberaciones el ex dirigente Notaro, leyendo la lista de gremios que
estatutariamente —dijo—, estaban en condiciones de integrar el Congreso.
Las primeras palabras encerraron también la primera maniobra. Según esa lista,
sobre 457 delegados en condiciones de participar, sólo había presentes 219, por
lo cual faltaban unos pocos para hacer quórum. En realidad había más de 219
delegados presentes, pero lo que se proponían en ese momento era desconocer a
aquellos delegados que representaban a gremios intervenidos o con su personería
cancelada.
Plantear las cosas de entrada en esos términos hubiera sido tan violento, que no
se animaron a representar públicamente ese papel que desde hace mucho actúan en
privado, apelaron a un subterfugio: explicaron que no podían participar en el
Congreso los delegados de aquellos gremios que adeudaran sus cuotas a la Caja
Confederal. Invocaron para eso el artículo 60 del Estatuto de la CGT.
A esta insidiosa argumentación, que de prosperar hubiera impedido que sesionara
el Congreso sin necesidad de que los colaboracionistas y participacionistas
tuvieran que desenmascararse, respondió el dirigente telefónico Guillán leyendo
el citado artículo 60: "Todas las organizaciones que adeuden sin causa
justificada más de cuatro meses a la Caja Confederal, serán consideradas, previa
notificación, como dimitentes y en tal caso los miembros del Comité Central
Confederal que pertenecen a la organización deudora dejarán automáticamente de
formar parte del mismo". Guillán sostuvo que ese no es el caso de las
organizaciones que están intervenidas o tienen sus fondos congelados, ya que
esas circunstancias son una causa justificada para el atraso de las cuotas. En
consecuencia pidió se les permitiera intervenir con voz y voto a la par de las
demás organizaciones.
Decididas intervenciones de los representantes de Municipales —que ofrecen pagar
en ese mismo momento las cuotas de su gremio— Químicos, Navales, FOTIA y
Ferroviarios, obligan a la comisión delegada a aceptar la participación de los
gremios que adeudan fondos con causa justificada. Se lee entonces el orden del
día y se pasa a elegir la Comisión de Poderes, encargada de analizar las
credenciales de los delegados.
Municipales propone que se incluya a la Unión Ferroviaria en esa comisión, pero
Lorenzo Pepe declina el ofrecimiento para no dar un pretexto que permita
desconocer la legitimidad
del Congreso. Después de tres horas de cuarto intermedio para que se analicen
las credenciales, el Congreso vuelve a sesionar a las 22.30 con 393 delegados
que hacen un minuto de silencio en homenaje a Amado Olmos: también se envía un
telegrama al Presidente de la Nación solicitando la libertad de Eustaquio
Tolosa. Varios dirigentes preocupados por las controversias que se presentan
respecto de algunas credenciales, advierten al congreso acerca de las presiones
que se realizan para hacerlo fracasar.
Cuando se eligen autoridades del Congreso, la presidencia es ocupada por Honorio
Gutiérrez de UTA. Pallares, de Pintura, informa que ese mismo día la policía
disolvió violentamente a los trabajadores de la fábrica Alba "que no estaban
ocupando la misma, sino reunidos en asamblea". La Comisión apoya un pedido por
la libertad de los detenidos de Alba, empresa del grupo Bunge y Born. También se
acepta una moción de Ceramistas contra la "agresión a la que son sometidos los
obreros de la fábrica de azulejos San Lorenzo".
Los hijos de los pobres
Inmediatamente Guillán pide que el Congreso haga un llamamiento público a las
organizaciones que no han concurrido y se sumen a las deliberaciones de los días
29 y 30. Fustiga también a los dirigentes colaboracionistas pero, propone,
queremos que "vengan a discutir aquí, en el seno de la CGT, las diferencias, que
puedan tener con este Congreso constituido no sólo legítima sino
estatutariamente".
En ese momento toma la palabra por primera vez Raimundo Ongaro, de la Federación
Gráfica quien manifiesta su dolor por las organizaciones ausentes y su alegría
por la alta inspiración constructiva que alienta al Congreso.
Ongaro se refería en primer lugar a los delegados de Luz y Fuerza, Construcción,
Vitivinícolas, SUPE, Comercio y Metalúrgicos que en ningún momento se
presentaron al Congreso evidenciando su intención de hacerlo fracasar. También a
los del Vestido, Gastronómicos, Alimentación, Vidrio, Sutiaga y Bancarios, que
se retiraron luego de la elección de la Comisión de Poderes, durante el cuarto
intermedio.
Agregó Ongaro: "Todo el día han estado circulando toda clase de versiones. No sé
si afortunada
o desgraciadamente, la mayoría de ellas son o van a ser verdaderas; quiero
decirlo acá sin faltarle el respeto a los presentes ni a los ausentes: parece
mentira, cuando alguna vez los más pobres, los más humildes, los que nunca hemos
pedido nada, triunfamos en una votación, que es un hecho normal y accidental en
la vida, todos se enojan con nosotros. Nosotros durante años no dijimos nada,
cuando veíamos los acuerdos de los núcleos y los dirigentes, acuerdos hechos a
espaldas nuestras y de los obreros. Nunca dijimos nada, todo lo aguantamos por
el pueblo, por la Patria y por los trabajadores/as. Todo lo aguantamos por
unidad, solidaridad y disciplina. Nos íbamos con amargura, tratábamos de
justificarles todo a esos dirigentes que hoy se han ido. A esos dirigentes que
hoy, cuando en una votación sencilla y normal ganan los hijos de los pobres se
han enojado. Les vamos a abrir las puertas, les vamos a abrir los brazos, pero
quiero que en la moción conste esto: que esta comisión de poderes que eligió el
Congreso también se eligió con todos los atributos de los que, sin tener miedo a
perder la vida, han venido a desafiar y a decir la verdad que otros tienen de la
piel para adentro, pero ni esa verdad se animan a decir.
Hoy estamos acá, agraviados en nuestra dignidad, pisoteados en los derechos del
pueblo, despojados de nuestras conquistas, todos nos han humillado y todavía
porque venimos a gritar la verdad, para que no irritemos a los que nos están
golpeando nos tendríamos que callar o tal vez tendríamos que ser
participacionistas.
Nosotros hemos dicho que preferimos honra sin sindicatos y no los sindicatos sin
honra, y mañana nos pueden intervenir. No tenemos aquí ninguna prebenda personal
que defender, pues para defender a nuestros compañeros no hace falta el sillón
ni el edificio. Lo hacemos porque lo llevamos en la sangre desde que hemos
nacido.
Les advierto esta noche, si es que me están escuchando que lo sepan, que les
hago un llamado todavía. Dígannos que no están de acuerdo, que piensan distinto,
insúltennos, calúmniennos, pero no escriban estas tristes y negras páginas, que
porque un gobierno y un ministerio no se animan a impugnarnos, tengan que ser
compañeros los que se animen a decir y dejar escrito, que ellos invalidan a los
propios compañeros trabajadores".
Al finalizar las palabras de Ongaro, Lorenzo Pepe propuso un cuarto intermedio
hasta el día 29 y lamentó que ya estuviera en marcha "una supuesta división del
movimiento obrero. Nosotros no hemos dividido a nadie, ellos se han dividido
solos". El 29 el Congreso reanudó sus sesiones con 279 delegados, 97 más que el
quórum necesario.
Con un entusiasmo que hechos posteriores no confirmaron, el delegado de
Municipales llamó "ratas" a los miembros de la Comisión Delegada que abandonaron
el Congreso. Arrausi, de FUVA, aclaró entonces que el representante de su sector
en la Comisión Delegada no se había retirado sino que estaba en el consultorio
de un médico por problemas de salud.
Menna, de la Fraternidad, repudió a quienes realizan maniobras turbias y pidió
que se mantuviera la unidad de la clase obrera para formar un bloque
inexpugnable contra el enemigo común: la oligarquía y los cipayos al servicio
del capital foráneo. Como consecuencia de las palabras del delegado municipal
fue necesario aclarar que se encontraban presentes otros miembros de la Comisión
Delegada que no abandonaban el Congreso: Coronel (Sanidad), Otto Calacce,
Agustín Cuello (FOETRA), Amancio Pafundi (UPCN), Eligio García (Edificios de
Renta) y Perfecto Barcia.
Luego tomó la palabra el portuario Mario López Sosa. "Hace dos años, en este
mismo recinto —dijo— SUPA señalaba la noche negra que amenazaba a nuestra
patria. No fuimos escuchados. Nadie nos creyó. Dijimos que no estábamos en
contra de la recuperación portuaria sino en contra de que se nos quitaran las
conquistas conseguidas a través de 50 años de luchar a punta de cuchillo por los
obreros del puerto.
Pero ¿qué pasaba? Al caer el gobierno de Illia muchos compañeros se presentaron
en la Casa Rosada. Nosotros, los portuarios no nos presentamos porque al ver
cómo se conformaba el gabinete con hombres que fueron escarnio de los
trabajadores portuarios dijimos que íbamos a esperar hasta que aclarara. Por eso
estamos contentos hoy, porque las organizaciones pobres han dicho basta a los
elefantes blancos. Aquí no se ha gritado un viva a ningún político sino a la
clase trabajadora. La lucha comienza hoy en este recinto".
Ese día, a las 10 se constituyó la Junta Electoral, presidida por Rodolfo Díaz,
de UTA. Se leen los nombres de los miembros de la Lista Azul y Blanca, única
presentada y se pasa a votación; 275 votos a favor y cinco en blanco consagran a
las nuevas autoridades de la CGT, con mandato hasta 1970.
Entretanto, el secretario de Trabajo San Sebastián, se entrevista con el
Presidente Onganía y advierte oficialmente que no se reconocerá al consejo
directivo que surja del Congreso "por estar ilegítimamente constituido y no ser
auténticamente representativo". Ya veremos quién es representativo; si esta CGT
de los Argentinos o el personero de un gobierno elegido por nadie.
Este es el Consejo Directivo de la Confederación General del Trabajo elegido en
el Congreso Normalizador:
Secretario General: Raimundo Ongaro (Gráficos).
Secretario General Adjunto: Amancio Pafundi (UPCN).
Secretario de Hacienda: Enrique Coronel (Fraternidad).
Prosecretario de Hacienda: Pedro Avellaneda (ATE).
Secretario Gremial e Interior: Julio Guillán (FOETRA).
Prosecretario Gremial e Interior: Benito Romano (FOTIA).
Secretario de Prensa, Cultura y Propaganda: Ricardo De Luca (Navales).
Secretario de Previsión Social: Antonio Scipione (UF).
Vocales: Honorio Gutiérrez (UTA); Salvador Manganaro (Gas del Estado); Enrique
Bellido (Ceramistas); Hipólito Ciocco (Empleados Textiles); Jacinto Padín
(SOYEMEP); Eduardo Arrausi (FUVA); Alfredo Lettis (Marina Mercante); Manuel
Veiga (TER); Antonio Machese (Calzado); Floreal Lencinas (Jaboneros); Félix
Bonditti (Carboneros).
A las 5.30 horas, de la madrugada del 30 de marzo, los congresales clausuraban
las deliberaciones, entonando el Himno Nacional Argentino.
Por su parte, los miembros de la ex Comisión Delegada que habían abandonado el
Congreso, se reunieron en el edificio de Azopardo (custodiado por la policía,
que no fue entregado al nuevo Consejo Directivo) con varios de los grandes
bonetes colaboracionistas: Vandor, Armando March, Coria, Cavalli, Izetta, Pérez.
Como única respuesta a los llamamientos, decidieron declarar nulo el Congreso,
prorrogar el mandato de la Comisión Delegada y suspender a las representaciones
de FOETRA, Navales, ATE, UPCN, Calzado, Jaboneros, Ceramistas, FUVA y Gráficos,
ante el Comité Central Confederal y lanzarse a una desaforada campaña de
comunicados de prensa, impugnando el Congreso.
Entretanto, el nuevo Consejo Directivo de la auténtica CGT desplegó una intensa
actividad: se decidió entre otras cosas que todos los miembros del secretariado
y del Consejo Directivo hicieran ante un escribano declaración jurada de sus
bienes, para que los trabajadores puedan verificar que en esta CGT de los
Argentinos, nadie se enriquece de la noche a la mañana para comprar autos de lujo, colecciones
de pintura, perros de raza.
Día a día comunicados de prensa fueron informando a los trabajadores y al
pueblo. Se destacó la urgencia de la reapertura de las fuentes de trabajo
paralizadas; la derogación de la ley 17.224; se creó la Comisión Nacional de
solidaridad de Tucumán; se visitó en la cárcel de Villa Devoto al compañero
Eustaquio Tolosa —designado secretario general honorario de la CGT— y se le hizo
llegar la solidaridad de todos sus compañeros; se informó a la Organización
Internacional del Trabajo de la realización del Congreso Normalizador y de la
elección de nuevas autoridades.
Se recibieron dos cartas enviadas desde la cárcel por el compañero Tolosa. En la
primera de ellas se advierte sobre la necesidad de ofrecer un frente común a los
enemigos del pueblo, y se desalienta la fantasía colaboracionista. También
afirma el compañero Tolosa, que creerá en las buenas intenciones de la ex
Comisión Delegada, a la cual está dispuesto a recibir, siempre que sea
acompañada por miembros del Consejo Directivo de la CGT Normalizadora que dirige
el compañero Ongaro. En la segunda carta, luego de manifestar su agradecimiento
por haber sido nombrado Secretario General Honorario de la CGT, Tolosa
manifiesta que si no recibió a los compañeros designados por el Congreso
Normalizador, fue únicamente porque en la cárcel le ocultaron esa visita, y
finaliza alentando a la CGT Normalizadora a continuar su lucha.
Para el 1º de Mayo, la CGT ha planeado la realización de actos en todo el país.
En Buenos Aires, el acto tendrá lugar en la Plaza San Justo, de La Matanza, a
las 15 horas, presidido por el Secretario General Adjunto, Amancio Pafundi. En
Rosario, Córdoba y Tucumán, los actos serán presididos por los demás miembros
del Consejo Directivo, Ongaro en Córdoba, Guillán en Rosario, Romano en Tucumán.
Cartas de
Perón a Raimundo Ongaro
Madrid, 5 de abril de 1968
Señor Don Raimundo Ongaro
Buenos Aires
Mi querido compañero y amigo:
Por las informaciones y noticias, he seguido el desarrollo de los
acontecimientos ocurridos alrededor del Congreso de la CGT y deseo hacerle
llegar, junto con mi saludo más afectuoso, mis felicitaciones más cordiales, que
le ruego haga extensivas a todos los compañeros que participaron en esa acción,
que no solo ha salvado el honor peronista, sino que también ha permitido
comprobar fehacientemente la conducta de los que, con diversos pretextos, se
encuentran traicionando a los trabajadores y al Movimiento.
Espero que esta elocuente evidencia convenza a los demás compañeros y a la masa
popular sobre los verdaderos valores de algunos dirigentes, como asimismo puedan
discernir con claridad entre los que sirven y los que son solo simuladores que
no persiguen otro fin que sus intereses personales, en procura de una riqueza
tan infamante como sus procedimientos. No se ha puesto menos en evidencia la
actitud gubernamental que sigue utilizando la corrupción más despreciable en
complicidad con los que se avienen a ello con fines de lucro.
Hay una virtud contra la que el dirigente no puede delinquir: la lealtad que
debe a la base. Y, cuando olvidando la misión que ha recibido y traicionando sus
deberes esenciales, se lanza a la conquista del dinero, poco tarda en quedar
destruido por sus propios malos procedimientos. Una cosa es la habilidad en la
dirección y otra muy distinta el procedimiento tortuoso con fines inconfesables.
Como una cosa es el error o la incapacidad y otra muy distinta la mala
intención, obediente a mezquinos intereses. De todo se ha visto en esta
oportunidad, pero no es difícil diferenciar los que puedan haberse equivocado,
de los que están en otra cosa muy distinta.
Yo, que como siempre, me mantengo al margen de los problemas internos del
sindicalismo, porque creo que éstos deben ser resueltos por las respectivas
organizaciones, no puedo menos que percibir con extrañeza y con dolor la falta
de solidaridad provocada por unos cuantos malintencionados, en complicidad con
organismos oficiales que, teniendo la obligación de portarse bien, no escatiman
medios para provocar la destrucción de la organización sindical argentina. Y, si
por la situación esto puede explicarse, lo que resulta inexplicable es que haya
dirigentes que traicionando su deber, se presten para esa destrucción.
El tiempo será el mejor juez y el mejor testigo porque las infamias pueden
cometerse: lo difícil es borrarlas. Llegará un día en que cada uno deba rendir
cuentas de sus acciones. Mientras tanto responderán ante su conciencia. Le ruego
salude a los compañeros.
Un gran abrazo.
Madrid, 27 de junio de 1968
Señor Don Raimundo Ongaro
Buenos Aires.
Querido compañero:
Desde el comienzo de las actividades sindicales de la CGT que Usted encabeza, he
venido observando un cambio radical en la conducta de las organizaciones
sindicales. Es indudable que la inacción suicida que caracterizó a la etapa
anterior, como consecuencia de la descomposición moral de un numeroso grupo de
dirigentes sindicales que, en vez de cumplir con su misión, se dedicaron a
especular desdorosamente con su cargo, ha sido la causa que más ha gravitado en
el desastre de la conducción de la Clase Trabajadora y, en consecuencia, el
remedio no puede ser otro que reemplazar a esos dirigentes con hombres que
vuelvan por las virtudes esenciales, sin las cuales es imposible toda actividad
constructiva.
Realizado lo anterior, se podrá comenzar una lucha activa y exitosa, mediante la
cual se devuelva a la masa popular el dinamismo indispensable que nuestra masa
ha perdido como consecuencia de su falta de confianza en sus dirigentes. El
último Primero de Mayo ha sido sólo un síntoma de tal regeneración, después de
varios aniversarios opacos y decepcionantes. Sin la intervención de la masa,
convenientemente conducida por dirigentes prestigiosos, ninguna lucha en el
campo sindical puede llegar a nada, como no sea el desánimo y la resignación que
en los momentos actuales representan el desastre.
En 1945 la situación era similar a la que hoy les toca vivir a los trabajadores
argentinos, pero teníamos una juventud entusiasta y decidida que fue capaz de
realizar un 17 de octubre. Me temo que en estos momentos tal juventud no exista,
no porque no haya jóvenes y hombres valientes y decididos, tampoco porque esa
juventud no esté movida como en 1945 por ideales constructivos, sino porque
carecen de conducción y encuadramiento apropiados, que sean capaces de llevarlos
al éxito. Las masas populares no valen por su número solamente, sino y
preponderantemente por la calidad de sus dirigentes.
En su actividad intuyo los fines que la inspiran y los objetivos que persigue en
los sentidos indicados. Por eso deseo hacerle llegar mi enhorabuena. Usted es el
primer dirigente contemporáneo que puede conseguir movilizar la masa hasta ahora
inactiva y perezosa, y ello es debido a sus valores espirituales. Persista sin
desmayos en ello y realizará lo que los peronistas venimos anhelando desde hace
ya más de doce años. De la frustración sólo se puede salir mediante la acción
decidida de dirigentes que, poseyendo las virtudes esenciales, sean capaces de
movilizar la masa y lanzarla a la lucha con la firme voluntad de vencer.
He querido hacerle llegar, junto con mi saludo más afectuoso, estas pocas
palabras de estímulo que nacen de mi más pura sinceridad y que quieren hacerle
llegar también mis felicitaciones.
Un gran abrazo.
27 de junio de 1968
Mensaje a los trabajadores y el pueblo - Mayo de 1968
Programa del 1º de Mayo
1. Nosotros, representantes de la CGT de los Argentinos, legalmente constituida
en el congreso normalizador Amado Olmos, en este Primero de Mayo nos dirigimos
al pueblo.
Los invitamos a que nos acompañen en un examen de conciencia, una empresa común
y un homenaje a los forjadores, a los héroes y los mártires de la clase
trabajadora.
En todos los países del mundo ellos han señalado el camino de la liberación.
Fueron masacrados en oscuros calabozos como Felipe Vallese, cayeron asesinados
en los ingenios tucumanos, como Hilda Guerrero. Padecen todavía en injustas
cárceles.
En esas luchas y en esos muertos reconocemos nuestro fundamento, nuestro
patrimonio, la tierra que pisamos, la voz con que queremos hablar, los actos que
debemos hacer: esa gran revolución incumplida y traicionada pero viva en el
corazón de los argentinos.
2. Durante años solamente nos han exigido sacrificios. Nos aconsejaron que
fuésemos austeros: lo hemos sido hasta el hambre.
Nos pidieron que aguantáramos un invierno: hemos aguantado diez. Nos exigen que
racionalicemos: así vamos perdiendo conquistas que obtuvieron nuestros abuelos.
Y cuando no hay humillación que nos falte padecer ni injusticia que reste
cometerse con nosotros, se nos pide irónicamente que "participemos".
Les decimos: ya hemos participado, y no como ejecutores sino como víctimas en
las persecuciones, en las torturas, en las movilizaciones, en los despidos, en
las intervenciones, en los desalojos.
No queremos esa clase de participación.
Un millón y medios de desocupados y subempleados son la medida de este sistema y
de este gobierno elegido por nadie. La clase obrera vive su hora más amarga.
Convenios suprimidos, derechos de huelga anulados, conquistas pisoteadas,
gremios intervenidos, personerías suspendidas, salarios congelados.
La situación del país no puede ser otro que un espejo de la nuestra. El índice
de mortalidad infantil es cuatro veces superior al de los países desarrollados,
veinte veces superior en zonas de Jujuy donde un niño de cada tres muere antes
de cumplir un año de vida. Más de la mitad de la po
blación está parasitada por la anquilostomiasis en el litoral norteño; el
cuarenta por ciento de los chicos padecen de bocio en Neuquén; la tuberculosis y
el mal de Chagas causan estragos por doquier. La deserción escolar en el ciclo
primario llega al sesenta por ciento; al ochenta y tres por ciento en
Corrientes, Santiago del Estero y el Chaco; las puertas de los colegios
secundarios están entornadas para los hijos de los trabajadores y
definitivamente cerradas las de la Universidad.
La década del treinta resucita en todo el país con su cortejo de miseria y de
ollas populares.
Cuatrocientos pesos son un jornal en los secaderos de yerba, trescientos en los
obrajes, en los cañaverales de Tucumán se olvida ya hasta el aspecto del dinero.
A los desalojos rurales se suma ahora la reaccionaria ley de alquileres, que
coloca a decenas de miles de comerciantes y pequeños industriales en situación
de desalojo, cese de negocios y aniquilamiento del trabajo de muchos años.
No queda ciudad en la República sin su cortejo de villas miserias donde el
consumo de agua y energía eléctrica es comparable al de las regiones interiores
del Africa. Un millón de personas se apiñan alrededor de Buenos Aires en
condiciones infrahumanas, sometidas a un tratamiento de gheto y a las razzias
nocturnas que nunca afectan las zonas residenciales donde algunos "correctos"
funcionarios ultiman la venta del país y donde jueces "impecables" exigen coimas
de cuarenta millones de pesos.
Agraviados en nuestra dignidad, heridos en nuestros derechos, despojados de
nuestras conquistas, venimos a alzar en el punto donde otros las dejaron, viejas
banderas de la lucha.
3. Grandes países que salieron devastados de la guerra, pequeños países que aún
hoy soportan invasiones e implacables bombardeos, han reclamado de sus hijos
penurias mayores que las nuestras. Si un destino de grandeza nacional, si la
defensa de la patria, si la definitiva liquidación de las estructuras
explotadoras fuesen la recompensa inmediata o lejana de nuestros males, ¿qué
duda cabe de que los aceptaríamos en silencio?
Pero no es así. El aplastamiento de la clase obrera va acompañado de la
liquidación de la industria nacional, la entrega de todos los recursos, la
sumisión a los organismos financieros internacionales. Asistimos avergonzados a
la culminación, tal vez el epílogo de un nuevo período de desgracias.
Durante el año 1967 se ha completado prácticamente la entrega del patrimonio
económico del país a los grandes monopolios norteamericanos y europeos. En 1958
el cincuenta y nueve por ciento de lo facturado por las cincuenta empresas más
grandes del país correspondía a capitales extranjeros; en 1965 esa cifra
ascendía al sesenta y cinco por ciento; hoy se puede afirmar que tres cuartas
partes del gran capital invertido pertenece a los monopolios.
La empresa que en 1965 alcanzó la cifra más alta de ventas en el país, en 1968
ha dejado de ser argentina. La industria automotriz está descoyuntada, dividida
en fragmentos que han ido a parar uno por uno a los grupos monopolistas. Viejas
actividades nacionales como la manufactura de cigarrillos pasaron en bloque a
intereses extranjeros. El monopolio norteamericano del acero está a punto de
hacer su entrada triunfal. La industria textil y la de la alimentación están
claramente penetradas y amenazadas.
El método que permitió este escandoloso despojo no puede ser más simple. El
gobierno que surgió con el apoyo de las fuerzas armadas, elegido por nadie,
rebajó los aranceles de importación, los monopolios aplicaron la ley de la selva
—el dumping—, los fabricantes nacionales, hundiéronse. Esos mismos monopolios,
sirviéndose de bancos extranjeros ejecutaron luego a los deudores, llenaron de
créditos a sus mandantes que con dinero argentino compraron a precio de
bancarrota las empresas que el capital y el trabajo nacional habían levantado en
años de esfuerzo y sacrificio.
Este es el verdadero rostro de la libre empresa, de la libre entrega, filosofía
oficial del régimen por encima de ilusorias divisiones entre "nacionalistas" y
"liber