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El 24 de agosto de 1899, a los ocho meses de gestación, nace en Buenos Aires
Jorge Luis Borges en casa de Isidoro Acevedo, su abuelo paterno. Es bilingüe
desde su infancia y aprenderá a leer en inglés antes que en castellano por
influencia de su abuela materna de origen inglés.
Georgie, como es llamado en casa, tenía apenas seis años cuando dijo a su
padre que quería ser escritor. A los siete años escribe en inglés un resumen
de la mitología griega; a los ocho, La visera fatal, inspirado en un
episodio del Quijote; a los nueve traduce del inglés "El príncipe feliz" de
Oscar Wilde.
En 1914, y debido a su ceguera casi total, el padre se jubila y decide pasar
una temporada con la familia en Europa. Debido a la guerra, se instalan en
Ginebra donde Gerorgie escribirá algunos poemas en francés mientras estudia
el bachillerato (1914-1918). Su primera publicación registrada es una reseña
de tres libros españoles escrita en francés para ser publicada en un
periódico ginebrino. Pronto empezará a publicar poemas y manifiestos en la
prensa literaria de España, donde reside desde 1919 hasta 1921, año en que
los Borges regresan a Buenos Aires. El joven poeta redescubre su ciudad
natal, sobre todo los suburbios del Sur, poblados de compadritos. Empieza a
escribir poemas sobre este descubrimiento(1), publicando su primer libro de
poemas, Fervor de Buenos Aires (1923). Instalado definitivamente en su
ciudad natal a partir de 1924, publicará algunas revistas literarias y con
dos libros más, Luna de enfrente e Inquisiciones, establecerá ya en 1925 su
reputación de jefe de la más joven vanguardia.
En los treinta años siguientes, Georgie se transforma en Borges; es decir:
en uno de los más brillantes y más polémicos escritores de nuestra América.
Cansado del ultraísmo (escuela experimental de poesía que se desarrolló a
partir del cubismo y futurismo) que él mismo había traído de España, intenta
fundar un nuevo tipo de regionalismo, enraizado en una perspectiva
metafísica de la realidad. Escribe cuentos y poemas sobre el suburbio
porteño, sobre el tango, sobre fatales peleas de cuchillo ("Hombre de la
esquina rosada" (2),"El Puñal"(3)). Pronto se cansará también de este ismo y
empezará a especular por escrito sobre la narrativa fantástica o mágica,
hasta punto de producir durante dos décadas, 1930-1950, algunas de las más
extraordinarias ficciones de este siglo (4) (Historia universal de la
infamia,1935; Ficciones, 1935-1944; El Aleph, 1949; entre otros).
En 1961 comparte con Samuel Beckett el Premio Formentor otorgado por el Congreso Internacional de Editores, y que será el comienzo de su reputación en todo el mundo occidental. Recibirá luego el título de Commendatore por el gobierno italiano, el de Comandante de la Orden de las Letras y Artes por el gobierno francés, la Insignia de Caballero de la Orden del Imperio Británico y el Premio Cervantes, entre otros numerosísimos premios y títulos.
Una encuesta mundial publicada en 1970 por el Corriere della Sera revela que
Borges obtiene allí más votos como candidato al Premio Nobel que
Solzhenitsyn, a quien la Academia Sueca distinguirá ese año.
El 27 de Marzo de 1983 publica en el diario La Nación de Buenos Aires el
relato "Agosto 25, 1983", en que profetiza su suicidio para esa fecha
exacta. Preguntado tiempo más tarde sobre por qué no se había suicidado en
la fecha anunciada, contesta lisamente: "Por cobardía". Ese mismo año la
Academia sueca otorga el Premio Nobel a William Golding; uno de los
académicos denuncia la mediocridad de la elección. Todos siguen
preguntándose por qué Borges es sistemáticamente soslayado. El premio a
Golding parece dar la razón a los que dudan de que los académicos suecos
sepan realmente leer.
Jorge Luis Borges murió en Ginebra, el 14 de junio de 1986.
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Borges:
ficción e intertextualidad
Por Margo Glantz
Si se constata que la primera obra que escribió Jorge Luis Borges en 1905, a la
edad de seis años, y con el permiso expreso de su padre, haya sido un resumen en
lengua inglesa de la mitología griega, tendremos la justificación del título de
este trabajo.
Habiendo aprendido a leer primero en inglés, gracias al influjo que sobre él
tuvo Fanny Haslan, su abuela paterna, Borges ejercita su vacilante pluma en un
texto flagrantemente intertextual. Es más, si su producción ya largamente
extendida por el siglo se coloca en dos extremos y si se revisa el tipo de
libros que escribió cuando empezaba y ahora que termina, constatamos dos libros,
uno del principio de su carrera, Historia universal de la infamia, fechado en
1935, y Libro de sueños, aparecido en 1976, por tanto del final. Ambos son
presentados en sus prólogos como "ambiguos ejercicios" sobre los cuales no se
tiene mayor derecho que el que podría tener un traductor o un lector. Es decir,
su actividad escrituraria es concebida como un ejercicio que permite luego pasar
a una "trabajosa composición" de ficciones.
Ficción e intertextualidad, pues. Borges escribe ficciones que se inscriben en
el universal ámbito de lo intertextual y su filiación es ampliamente declarada y
su participación como escritor denigrada y soslayada. En efecto, en el mismo
prólogo que antecede la impresión de sus historias infames, Borges añade las
siguientes palabras:
"(Estas historias) son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a
escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación
estética alguna vez) ajenas historias. De estos ambiguos ejercicios pasó a la
trabajosa composición de un cuento directo -"Hombre de la esquina rosada"- que
firmó con el nombre de un abuelo de sus abuelos, Francisco Bustos, y que ha
logrado un éxito singular y un poco misterioso". Enmascarado y defendido por "uno de esos abuelos" que combatieron en las luchas de independencia de la
Argentina y que Borges tanto admira, este joven tímido e irresponsable se lanza
a la tarea de "falsear y tergiversar" ajenas historias. Es decir que tanto en el
nombre como en la acción que le da sentido al nombre, Borges se esconde detrás
de alguien o de algo. Este esconderse que se traduce por falsearse determina, a
pesar de la ambigüedad aparente de los términos empleados, un nuevo concepto
explícito de la escritura. Una confesión expresa de la intertextualidad, una
relación con lo escrito antes, una negación de la individualidad del escritor,
una corroboración de la escritura como saber colectivo. Si a esta constatación
añadimos el título que ostentan los libros mencionados la corroboración se
magnificará: Historia universal de la infamia testifica en su capacidad
abarcadora el mundo, expresado en su universalidad, y el intento de compilar el
saber o registrar los hechos humanos que connota la palabra historia. Si a este
título agregamos el de Historia de la eternidad, libro que continúa
cronológicamente el de la infamia, esta constatación se vuelve en sí misma una
hipérbole. La intención de intertextualidad es delirante y así se nos declara en
la vociferación implícita del título que llevan los libros y los cuentos mismos,
en los prólogos con que empieza cualquiera de sus impresiones -y que ahora ha
publicado con ese título, Prólogos- en las alusiones falsas de sus textos, en el
aparato crítico falaz y sin embargo académico que los sustenta, en la minuciosa
pero a la vez rápida incursión por las erudiciones, en su continuo tránsito por
las enciclopedias que inician sus relatos y que encarnan su andamiaje, en su
pertinaz relación con autores del pasado, en su obsesiva visita a las
filosofías. Es más, la intertextualidad es el cuerpo de la ficción.

Si
entendemos por intertextualidad el hecho de que "todo texto es absorción y
transformación de una multiplicidad de otros textos" (Kristeva, Todorov,
Barthes) cualquier obra analizada estará "trabajada" por la intertextualidad.
Pero la obra de Borges explícita esta relación, ya lo he dicho, la utiliza como
fundamento de la ficción y sobre ella se construye. Analicemos el origen de la
infamia:
En 1933, el periódico de Buenos Aires, Crítica, lanza un suplemento sabatino
impreso en colores y ofrece a sus lectores tiras cómicas, crucigramas, cuentos,
reseñas de cine, y libros, etc. Borges es uno de sus directores y en el primer
número publica bajo el rubro Historia universal de la infamia, la biografía
ficticia de "El espantoso redentor Lázaro Morell". A partir de esta fecha hasta
el 23 de junio de 1934, irán apareciendo, algunos sábados, las ficciones
contenidas en ese libro de ejercicios ambiguos. Estas ficciones han sido
construidas a partir de múltiples datos extraídos de muy diversas fuentes: Un
libro de Mark Twain, la Enciclopedia Británica, una historia de la piratería,
otra sobre los gangsters de New York, textos de Swedenborg, Las Mil y una
noches, El Libro del Conde Lucanor, etc.
Estas dispares fuentes se unifican en un procedimiento, el empleado por Marcel
Schwob para construir sus vidas imaginarias: "Inventó biografías de hombres
reales de los cuales poco o nada quedaba registrado, dice Borges. En cambio yo
leí a cerca de personas conocidas y deliberadamente varié y distorsioné los
datos a mi capricho". La erudición alimenta una construcción que, aunque apoyada
en datos fidedignos, los distorsiona y en los intersticios de la distorsión se
fundamenta la invención. Pero no para allí el procedimiento. El suplemento
semanal que insertó las historias infames se nutre de literatura popular que
sirve para entretener y los relatos de Borges se entregan como un producto de
subliteratura. La construcción empieza a volverse laberíntica.
La característica principal del laberinto, marca esencial de la ficción
borgiana, es su complejidad, pero también su aparente sencillez. Y esa sencillez
se inicia en el título "que aturde con su infamia" al colocar en la historia
universal un dato contradictorio que la pone al revés: una heroicidad de signo
contrario, como también lo ha sido el hecho de plantear una imitación de Schwob
pero utilizando su mismo procedimiento a la inversa.
Al reconocimiento de un saber universal que determina una ficción se agrega un
contexto popular que la vuelve cotidiana a pesar de todas las referencias
librescas. Los "ejercicios ambiguos" empiezan a adquirir un relieve muy
especial. Son ejercicios de erudición y de concentración histórica que revelan
un saber enciclopédico y por ello total. Pero su totalidad se apoya no sólo en
el intento por reducir lo universal a unas cuantas vidas infames, sino por
acercarlas a un público que las contemple como productos de literatura popular.
El laberinto que es la ficción misma empieza a construirse: literatura popular
más literatura universal, más conocimientos enciclopédicos, más invención. Pero,
¿cómo concentrar en unas cuantas páginas la historia universal? Usando a la vez
la concentración y la proliferación. Borges mismo lo declara: "Estos
ejercicios... abusan de algunos procedimientos: las enumeraciones dispares, la
brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera de un hombre a
dos o tres escenas". Los datos eruditos que se manejan como intertextualidad se
disuelven en ficción: las imágenes fundamentales determinan la concentración.
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Un movimiento específico acompaña al personaje y lo deja instalado como imagen:
Billy the Kid marca en su revólver las muertes que lo han vuelto legendario, sin
contar entre ellas a los mexicanos, y Monk Eastman "por cada pendenciero que
serenaba hacía una marca en el brutal garrote". Este acto repetitivo fija al
personaje y lo graba en el relato de la acción, cumpliendo así literalmente la
repetición.
La repetición se da en este nivel pero se reitera mediante la enumeración. El
conocimiento es múltiple, abarcador, enciclopédico, y ocupa sólo el espacio
abreviado de la reiteración, otra de las piezas para la construcción del
laberinto.
La palabra enciclopedia convoca la idea de monumentalidad, sin embargo las
enciclopedias concentran en apartados, pulcramente separados por un orden
alfabético, vastas cantidades de conocimiento. Borges procede de la misma
manera, pero, además de concentrarlo, lo representa y la historia se reduce al
comentario resumido de unas cuantas vidas infames que descuellan por su
turbulencia, pero sobre todo por ciertos actos narrados que destacan como
imágenes: "Los hilos de un relato se entrelazan de vez en cuando y forman una
imagen en la trama; de vez en cuando los personajes adoptan una actitud, entre
ellos o hacia la naturaleza, que deja grabado el relato como una ilustración.
Crusoe retrocediendo ante la huella de un pie, Aquiles clamando contra los
troyanos, Ulises doblando el gran arco, Christian que corre con los dedos en los
oídos: cada uno de éstos es un momento culminante de la leyenda, y todos ellos
han quedado impresos para siempre en el ojo de la mente" (Stevenson citado por
Borges). Así la historia se desdobla, es, por una parte, como dice la Real
Academia, "Narración y exposición verdadera de los acontecimientos pasados y
cosas memorables" pero también fábula, cuento. Y como cuento que descansa en
imágenes "impresas en el ojo de la mente" se acerca al cine.
La invención se vuelve plástica en su representación y reitera imágenes y al
concentrar en un acto su signo determinante acude a otro tipo de
intertextualidad que ya no es el texto escrito. Recordemos que el periódico que
publica los cuentos infames publica también tiras cómicas y reseñas
cinematográficas y en honor de la verdad éstas están mucho más cercanas al cine
que aquéllos.
Su colorido y su movimiento sucesivo es un sustituto del cine épico que a Borges
le gusta reseñar en artículos también sucesivos. Esos tan reiterados "ambiguos
ejercicios" han sido inspirados como lo confiesa Borges "en sus relecturas de
Stevenson y de Chesterton y aún de los primeros films de von Stenberg..."
La realidad que la historia quiere que se capte no es vaga "pero si nuestra
percepción general de la realidad"; para contrarrestar esa débil percepción se
manejan imágenes tajantes que nos la devuelven clarificada y sintetizada, de ahí
el peligro de justificar demasiado los actos o de inventar muchos detalles.
Hasta aquí la concentración que permite realizar el paso de la Historia como
narración verídica, de los hechos a la historia como fábula o como cuento. El
arte individualiza lo que la Historia generaliza y procede por imágenes
discontinuas como el cine.
Lo escénico otra vez, otra vez el gusto de contemplar la imagen. En esa
inclinación Borges parece acercarse a una intertextualidad que la lleva a lo
popular: Tira cómica, historias truculentas y antiheroicas, cine épico, western,
novela policiaca, contrastan con la erudición, con lo que el saber concentrado
es realmente enciclopédico; pero si uno de los niveles de la lectura de este
autor es esencialmente popular porque engloba todos esos aspectos asimilándolos
gracias al procedimiento de la concentración y la proliferación, éste también
nos conduce a otro significado de la imagen, su significado metafísico. "Los
doctores del Gran Vehículo, advierte Borges al finalizar el prólogo que antecede
la reimpresión de sus historias infames en 1953, enseñan que lo esencial del
universo es la vacuidad. Tienen plena razón en lo referente a esa mínima parte
del universo que es este libro. Patíbulos y piratas lo pueblan y la palabra
infamia aturde en el título, pero bajo los tumultos no hay nada. No es otra cosa
que apariencia, que una superficie de imágenes..."
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Borges, el argentino más citado El titular de la agencia que subsidia la investigación científica en la Argentina, Lino Barañao, dijo en una entrevista que el escritor Jorge Luis Borges es el argentino más citado en la prestigiosa revista científica Nature. Lo mencionan por la originalidad de sus ideas, aunque no fue científico. Barañao afirmó: "...Y eso muestra varias cosas. Primero, qué aporte pueden hacer las artes y las ciencias sociales a tener ideas novedosas. Y segundo, lo importante que sería poder tener gente que apareciera en la literatura por la originalidad de sus ideas, y no por el aporte sistemático. Porque el aporte sistemático finalmente es efímero. Las cosas que hizo Leloir en los años ´50 fueron muy importantes, ganó el Premio Nobel, pero ya nadie las cita. Lo que a Borges se le ocurrió al mismo tiempo sigue siendo citado como una idea original. Una idea fructifica a veces en hallazgos importantes. Una de mis preocupaciones por mi función actual es cómo hacer para alentar la creatividad a nivel científico. Eso, porque creo que tenemos esa capacidad". Fuente: http://weblogs.clarin.com/ensayo-y-error (2007) |
Y el cine es también sólo superficie de imágenes, cuando la proyección cesa la
pantalla no refleja nada, es como un espejo que carece de fondo y cuya realidad
es el vacío. También la palabra escrita evoca imágenes que impresas simulan una
percepción visual, "ocular". Su realidad es tan falsa como el rostro del profeta
velado, cuento con el que termina el ejercicio ambiguo y se inicia la
composición de un "verdadero relato" en esta compilación de historias infames.
El tintorero enmascarado Hakim de Merv es el más imaginario de sus infames, es
el invento más total de esta galería de imágenes discontinuas que venimos
trabajando. Su intertextualidad aparente es menor, más diluida y su más cercano
antecedente es El rey de la máscara de oro de Marcel Schowb y ciertos elementos
históricos obtenidos en la descripción topográfica e histórica de Boukhara
escrita por Abu-Bak Mohammad ibn Dja' far Narshakhi.
Borges mismo cita cuatro fuentes pero muchos de los elementos principales han
sido inventados por él. Lo importante es advertir que Borges ha incluido, en la
cita antes leída, a su libro como parte del universo y su profeta velado invoca,
para validar su superchería, una herejía gnóstica; además el profeta tiene
relaciones con la alquimia: es tintorero, combina ácidos, conoce los metales y
su cara se ha trasmutado por la lepra.
Esta trasmutación de lo narrado en invención enfrenta una cosmogonía herética a
una realidad desfigurada. El profeta es invulnerable y su rostro ciega a quien
lo mira; la máscara, el velo son usados como intermediarios de una
invulnerabilidad que causa la ceguera a quien la enfrenta, pero el verdadero
rostro es el espejo descarnado del leproso, mirarlo es como experimentar el
vitriolo, ácido que el tintorero emplea en sus experimentos.
El Dios que postula la cosmogonía de Hakim es un Dios espectral: "Esa divinidad
carece majestuosamente de origen, así como de nombre y de cara. Es un dios
inmutable, pero su imagen proyectó nueve sombras que, condescendiendo a la
acción, dotaron y presidieron un primer cielo. De esa primera corona demiúrgica
procedió una segunda, también con ángeles, potestades y tronos, y éstos fundaron
otro cielo más abajo, que era el duplicado simétrico del inicial. Ese segundo
cónclave se vio reproducido en uno terciario y ése en otro inferior, y así hasta
999. El señor del cielo del fondo es el que rige -sombra de sombras de otras
sombras- y su fracción de divinidad tiende a cero."
La famosa frase que convoca a Tlön aparece ya aquí, la subrayo: "La tierra que
habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son
abominables, porque la multiplican y afirman." La cosmogonía gnóstica así
enunciada se guarda en el relato. El velado rostro del profeta huye de los
espejos y de su reflejo; su invulnerabilidad es una parodia que enmascara,
oculta, y sus artes mágicas derivan de la alquimia. La intertextualidad se
amplía y se dirige a una zona esotérica, patrimonio iniciático pero también
popular. Todo el saber se conjunta agregándose concentrado y repetitivo en
páginas breves. Y al conjuntarlo y hacer de su libro una parte del universo
entramos en la máxima sintetización mediante otra combinación alquímica.
Borges intertextualiza su creación y sus ensayos prefiguran sus ficciones. El
ejercicio ambiguo que desemboca en la composición se inicia en la metafísica que
para Borges es una rama de la literatura fantástica. Imaginar a Dios y hacerlo
protagonista de diversos relatos míticos que se consignan en las cosmogonías es
la máxima ficción, concebida como invención y, como construcción Borges reseña
las cosmogonías, las relata traduciéndolas a su lenguaje y luego las incorpora a
su ficción, pero al incorporarlas se inserta dentro del relató mítico. El
profeta velado se contamina de la herejía de Basílides, analizada en Discusión,
libro anterior al de la infamia. Y en el título de su ensayo aparece como imagen
predominante la figura enmascarada: "Una vindicación del falso Basílides".
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Esta proliferación de la intertextualidad se asemeja a la cópula y a los espejos
y se aproxima a la contaminación del libro. El libro sin embargo parece
trasmutarse y desaparecer como un sueño al tiempo que se le concibe
simultáneamente como un libro total, como una posibilidad de lectura cifrada de
lo cósmico. El libro de sueños aparecido en 1976 es una antología textual de
sueños donde se insertan algunos textos firmados por Borges. El puro hecho de
seleccionar el material se convierte en una autoría y todos los textos se
asimilan a un solo autor polivalente, el propio Borges. Así se aniquila su
individualidad al tiempo que se resalta. La intertextualidad se agiganta pero
también se desvanece dentro del contexto de lo soñado, que equivale de nuevo a
un reflejo en el espejo: lo soñado nos vincula con un rostro que se esfuma en
cuanto la vigilia amenaza la noche.
La ambigüedad evocada en el "ejercicio" de una ficción preparatoria invade la
composición total. A la precisión de ciertas imágenes tajantes responde la
imprecisión de lo soñado. Pero la composición, la ficción, que se fundamenta en
la intertextualidad y que se encarna en ella, nos conduce a un concepto que
abarca todo lo anterior. La intertextualidad es el Libro, pero el libro es
concebido como una escritura cifrada del universo, como un espacio donde se
conjunta la palabra y la escritura y por tanto como un espacio sagrado. Julia
Kristeva dice en Texto de la novela: "La escritura es concebida como una red de
marcas para cuya sustancia escritural y valor fonético de MATERIA es tan
importante como el contenido expresado". El reflejo vacío del espejo, la
irrealidad del universo se conjuran en la escritura y en la palabra revelada, en
el verbo encarnado, en la escritura y en ese espacio donde convergen palabra
como sonido y palabra como grafía, se recupera el universo, es más, se concentra
el universo.
El libro, combinación de letras y de números, es concebido como revelación, como
otra forma de la herejía gnóstica, la cabalística: Esa ciencia oculta que
mediante combinaciones puede crear hombres imperfectos como el Golem o sueños
perfectos como el tigre asiático. La composición combinatoria de palabras que
preside a la ficción ordena el mundo y lo enfrenta así ordenado, dentro del
espacio que la grafía condensa, "al desorden asiático de la realidad".
La intertextualidad borgiana abre el camino a la lectura plural, a la
reescritura de lo leído. En Borges converge el autor universal y desaparece el
escritor que el individualismo romántico nos ofrece como estereotipo. Firmar un
texto o antologarlo viene a ser lo mismo y en su escritura Borges convoca a la
vez el problema mismo de la escritura y de su teoría, o mejor, de la composición
del relato.
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Hombre
de la esquina rosada
[De "Historia universal de la infamia", 1936]
A Enrique Amorim
A mi, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que
éstos no eran sus barrios porque el sabía tallar más bien por el Norte, por esos
laos de la laguna de Guadalupe y la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y
ésas en una misma noche, pero es noche que no se me olvidará, como que en ella
vino la Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez dejó, para no
volver, el Arroyo. A ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para
reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más
fuerte por Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los
hombres de don Nicolás Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía
llegar de lo más paquete al quilombo, en un oscuro, con las prendas de plata;
los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también; nadie inoraba que
estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la
melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le
copiábamos hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la
verdadera condicion de Rosendo.
Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima empezó por un placero
insolente de ruedas coloradas, lleno hasta el tope de hombres, que iba a los
barquinazos por esos callejones de barro duro, entre los hornos de ladrillos y
los huecos, y dos de negro, dele guitarriar y aturdir, y el del pescante que les
tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le atravesaban al moro, y un
emponchado iba silencioso en el medio, y ése era el Corralero de tantas mentas,
y el hombre iba a peliar y a matar. La noche era una bendición de tan fresca;
dos de ellos iban sobre la capota volcada, como si la soledá juera un corso. Ese
jue el primer sucedido de tantos que hubo, pero recién después lo supimos. Los
muchachos estábamos dende tempraño en el salón de Julia, que era un galpón de
chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que usté
lo divisaba de lejos, por la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza,
y por el barullo también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más
conciente y formal, así que no faltaban músicantes, güen beberaje y compañeras
resistentes pal baile. Pero la Lujanera, que era la mujer de Rosendo, las
sobraba lejos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años en que ni pienso en
ella, pero había que verla en sus días, con esos ojos. Verla, no daba sueño.
La caña, la milonga, el hembraje, una condescendiente mala palabra de boca de
Rosendo, una palmada suya en el montón que yo trataba de sentir como una amistá:
la cosa es que yo estaba lo más feliz. Me tocó una compañera muy seguidora, que
iba como adivinándome la intención. El tango hacía su voluntá con nosotros y nos
arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar. En esa diversion
estaban los hombres, lo mismo que en un sueño, cuando de golpe me pareció
crecida la música, y era que ya se entreveraba con ella la de los guitarreros
del coche, cada vez más cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por otro
rumbo, y volví a atender a mi cuerpo y al de la companera y a las conversaciones
del baile. Al rato largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz.
En seguida un silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre
estaba adentro. El hombre era parecido a la voz.
Para nosotros no era todavía Francisco Real, pero sí un tipo alto, fornido,
trajeado enteramente de negro, y una chalina de un color como bayo, echada sobre
el hombro. La cara recuerdo que era aindiada, esquinada.
Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le jui encima
y le encajé la zurda en la facha, mientras con la derecha sacaba el cuchillo
filoso que cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba a
durarme la atropellada. El hombre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a
un lado, como despidiéndose de un estorbo. Me dejó agachado detrás, todavía con
la mano abajo del saco, sobre el arma inservible. Siguió como si tal cosa,
adelante. Siguió, siempre más alto que cualquiera de los que iba desapartando,
siempre como sin ver. Los primeros —puro italianaje mirón— se abrieron como
abanico, apurados. La cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés
esperándolo, y antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió
con un planazo que tenía listo. Jue ver ése planazo y jue venírsele ya todos al
humo. El establecimiento tenía más de muchas varas de fondo, y lo arriaron como
un cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a salivazos. Primero
le tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba los golpes, puras
cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como
riéndose de él. También, como reservándolo pa Rosendo, que no se había movido
para eso de la paré del fondo, en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con
apuro su cigarrillo, como si ya entendiera lo que vimos claro después. El
Corralero fue empujado hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento de
chamuchina pifiadora detrás. Silbando, chicoteado, escupido, recién habló cuando
se enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se despejo la cara con el antebrazo
y dijo estas cosas:
—Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen
el Corralero. Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano,
porque lo que estoy buscando es un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo
que en estos andurriales hay uno que tiene mentas de cuchillero , y de malo , y
que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me enseñe a mi, que soy
naides, lo que es un hombre de coraje y de vista.
Dijo esas cosas y no le quitó los ojos de encima. Ahora le relucía un cuchillón
en la mano derecha, que en fija lo había traído en la manga. Alrededor se habían
ido abriendo los que empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en un gran
silencio. Hasta la jeta del milato ciego que tocaba el violín, acataba ese
rumbo.
En eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en el marco de la puerta seis o
siete hombres, que serían la barra del Corralero. El más viejo, un hombre
apaisanado, curtido, de bigote entrecano, se adelantó para quedarse como
encandilado por tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con respeto. Los
otros vigilaban, listos para dentrar a tallar si el juego no era limpio.
¿Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no lo sacaba pisotiando a ese
balaquero? Seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo escupió
o si se le cayó de la cara. Al fin pudo acertar con unas palabras, pero tan
despacio que a los de la otra punta del salón no nos alcanzo lo que dijo. Volvió
Francisco Real a desafiarlo y él a negarse. Entonces, el más muchacho de los
forasteros silbó. La Lujanera lo miró aborreciéndolo y se abrió paso con la
crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas, y se jue a su hombre y
le metió la mano en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dió con
estas palabras:
—Rosendo, creo que lo estarás precisando.
A la altura del techo había una especie de ventana alargada que miraba al
arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si no lo
reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a
perderse ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como un frio.
—De asco no te carneo —dijo el otro, y alzó, para castigarlo, la mano. Entonces
la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró con esos ojos
y le dijo con ira:
—Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un espacio y luego la abrazó como para siempre
y les gritó a los musicantes que le metieran tango y milonga y a los demás de la
diversión, que bailaramos. La milonga corrió como un incendio de punta a punta.
Real bailaba muy grave, pero sin ninguna luz, ya pudiéndola. Llegaron a la
puerta y grito:
—¡Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo dormida!
Dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los
perdiera el tango.
Debí ponerme colorao de vergüenza. Dí unas vueltitas con alguna mujer y la
planté de golpe. Inventé que era por el calor y por la apretura y jui orillando
la paré hasta salir. Linda la noche, ¿para quien? A la vuelta del callejón
estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el asiento, como
cristianos. Dentre a amargarme de que las descuidaran así, como si ni pa recoger
changangos sirviéramos. Me dió coraje de sentir que no éramos naides. Un manotón
a mi clavel de atrás de la oreja y lo tiré a un charquito y me quedé un espacio
mirándolo, como para no pensar en más nada. Yo hubiera querido estar de una vez
en el día siguiente, yo me quería salir de esa noche. En eso, me pegaron un
codazo que jue casi un alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del barrio.
—Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo —me rezongó al pasar, no sé si
para desahogarse, o ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado; no lo
volví a ver más.
Me quedé mirando esas cosas de toda la vida —cielo hasta decir basta, el arroyo
que se emperraba solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de tierra, los
hornos— y pensé que yo era apenas otro yuyo de esas orillas, criado entre las
flores de sapo y las osamentas. ¿Que iba a salir de esa basura sino nosotros,
gritones pero blandos para el castigo, boca y atropellada no más? Sentí después
que no, que el barrio cuanto más aporriao, más obligación de ser guapo.
¿Basura? La milonga déle loquiar, y déle bochinchar en las casas, y traía olor a
madreselvas el viento. Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para
marearse mirándolas, una encima de otras. Yo forcejiaba por sentir que a mí no
me representaba nada el asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje
insufrible del forastero no me querían dejar. Hasta de una mujer para esa noche
se había podido aviar el hombre alto. Para esa y para muchas, pensé, y tal vez
para todas, porque la Lujanera era cosa seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy
lejos no podían estar. A lo mejor ya se estaban empleando los dos, en
cualesquier cuneta.
Cuando alcancé a volver, seguía como si tal cosa el bailongo.
Haciéndome el chiquito, me entreveré en el montón, y vi que alguno de los
nuestros había rajado y que los norteros tangueaban junto con los demás. Codazos
y encontrones no había, pero si recelo y decencia. La música parecia dormilona,
las mujeres que tangueaban con los del Norte, no decían esta boca es mía.
Yo esperaba algo, pero no lo que sucedió.
Ajuera oimos una mujer que lloraba y después la voz que ya conocíamos, pero
serena, casi demasiado serena, como si ya no juera de alguien, diciéndole:
—Entrá, m'hija —y luego otro llanto. Luego la voz como si empezara a
desesperarse.
—¡Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí, perra! —se abrió en eso la puerta
tembleque, y entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si viniera arreándola
alguno.
—La está mandando un ánima —dijo el Inglés.
—Un muerto, amigo —dijo entonces el Corralero. El rostro era como de borracho.
Entró, y en la cancha que le abrimos todos, como antes, dió unos pasos marcados
—alto, sin ver— y se fue al suelo de una vez, como poste. Uno de los que
vinieron con él, lo acostó de espaldas y le acomodó el ponchito de almohada.
Esos ausilios lo ensuciaron de sangre. Vimos entonces que traiba una herida
juerte en el pecho; la sangre le encharcaba y ennegrecia un lengue punzó que
antes no le oservé, porque lo tapó la chalina. Para la primera cura, una de las
mujeres trujo caña y unos trapos quemados. El hombre no estaba para esplicar. La
Lujanera lo miraba como perdida, con los brazos colgando. Todos estaban
preguntándose con la cara y ella consiguió hablar. Dijo que luego de salir con
el Corralero, se jueron a un campito, y que en eso cae un desconocido y lo llama
como desesperado a pelear y le infiere esa puñalada y que ella jura que no sabe
quién es y que no es Rosendo. ¿Ouién le iba a creer?
El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso
al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó, la Julia
había estao cebando unos mates y el mate dió Ia vuelta redonda y volvío a mi
mano, antes que falleciera. “Tápenme la cara”, dijo despacio, cuando no pudo
más. Sólo le quedaba el orgullo y no iba a consentir que le curiosearan los
visajes de la agonía. Alguien le puso encima el chambergo negro, que era de copa
altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja. Cuando el pecho acostado dejó
de subir y bajar, se animaron a descubrirlo. Tenía ese aire fatigado de los
difuntos; era de los hombres de más coraje que hubo en aquel entonces, dende la
Batería hasta el Sur; en cuanto lo supe muerto y sin habla, le perdí el odio.
—Para morir no se precisa más que estar vivo —dijo una del montón, y otra,
pensativa también:
—Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas.
Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo la
repitieron juerte después.
—Lo mató la mujer.
Uno le grito en la cara si era ella, y todos la cercaron. Ya me olvidé que tenía
que prudenciar y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi pelo el fiyingo.
Sentí que muchos me miraban, para no decir todos. Dije como con sorna:
—Fijensén en las manos de esa mujer. ¿Que pulso ni que corazón va a tener para
clavar una puñalada?
Añadí, medio desganado de guapo:
—¿Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio, juera
a concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente muerto como
éste, ande no pasa nada, cuando no cae alguno de ajuera para distrairnos y queda
para la escupida después?
El cuero no le pidió biaba a ninguno.
En eso iba creciendo en la soledá un ruido de jinetes. Era la policía. Quien
más, quien menos, todos tendrían su razón para no buscar ese trato, porque
determinaron que lo mejor era traspasar el muerto al arroyo. Recordarán ustedes
aquella ventana alargada por la que pasó en un brillo el puñal. Por ahí paso
después el hombre de negro. Lo levantaron entre muchos y de cuantos centavos y
cuanta zoncera tenía lo aligeraron esas manos y alguno le hachó un dedo para
refalarle el anillo. Aprovechadores, señor, que así se le animaban a un pobre
dijunto indefenso, después que lo arregló otro más hombre. Un envión y el agua
torrentosa y sufrida se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si le
arrancaron las vísceras, porque preferí no mirar. El de bigote gris no me
quitaba los ojos. La Lujanera aprovechó el apuro para salir.
Cuando echaron su vistazo los de la ley, el baile estaba medio animado. El ciego
del violín le sabía sacar unas habaneras de las que ya no se oyen. Ajuera estaba
queriendo clariar. Unos postes de ñandubay sobre una lomada estaban como
sueltos, porque los alambrados finitos no se dejaban divisar tan temprano.
Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a unas tres cuadras. Ardía en la
ventana una lucecita, que se apagó en seguida. De juro que me apure a llegar,
cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y filoso
que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué
otra revisada despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un
rastrito de sangre.
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El
evangelio según San Marcos
El hecho sucedió en la estancia La Colorada, en el partido de Junín, hacia el
sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un
estudiante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos definirlo por ahora como uno
de tantos muchachos porteños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad
oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de
Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería
que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le
interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta
inteligencia era perezosa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una
materia para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador,
como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert
Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pidió que todas las
noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los
años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de coraje; una mañana había
cambiado, con más indiferencia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de
compañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria.
Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el
país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos
plumas; veneraba a Francia pero menospreciaba a los franceses; tenía en poco a
los americanos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos
Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las
cuchillas o los cerros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en La
Colorada, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por
natural complacencia y porque no buscó razones válidas para decir que no.
El casco de la estancia era grande y un poco abandonado; las dependencias del
capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el
padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta
paternidad. Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de
caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.
Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba.
Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y
que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo
llegaría a distinguir los pájaros por el grito.
A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una
operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa,
que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su
infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la
estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche
traía un alivio. En el alba, los truenos lo despertaron. El viento zamarreaba
las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire
frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.
Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la galería los campos anegados,
pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa
mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece
más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o
desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gutres, ayudados o incomodados
por el pueblero, salvaron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos
animales ahogados. Los caminos para llegar a La Colorada eran cuatro: a todos
los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz;
Espinosa les dio una habitación que quedaba en el fondo, al lado del galpón de
las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran
comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tantas cosas en
materia de campo, no sabían explicarlas, Una noche, Espinosa les preguntó si la
gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en
Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre
la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre solía decir que
casi todos los casos de longevidad. que se dan en el campo son casos de mala
memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen ignorar por
igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.
En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un
manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del
Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una
novela reciente: Don Segundo Sombra. Espinosa, para distraer de algún modo la
sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran
analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían
importar las andanzas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que llevaban
siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero,
no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los
campos de los Nuñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones,
antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no
llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.
Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo
para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a
los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba
lugares a los que no iba nunca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la
que hay un buzón, unos leones de mampostería en un portón de la calle Jujuy, a
unas cuadras del Once, un almacén con piso de baldosa que no sabía muy bien
donde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que
estaba aislado -la palabra, etimológicamente, era justa- por la creciente.
Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés.
En las páginas finales los Guthrie -tal era su nombre genuino- habían dejado
escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este
continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían
cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya
no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el
inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían
de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del
calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y
casi no escucharon.
Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el comienzo del Evangelio según
Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo,
decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan
con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de
oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la sangre, pensó. También se
le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos
historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla
querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las
clases de elocución en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las
parábolas.
Los Gutres despachaban la carne asada y las sardinas para no demorar el
Evangelio.
Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se
lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre, querían ponerle una
telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación
despertó no dejó de asombrarlo. Al principio, había desconfiado de los Gutres y
había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba
consigo; ahora, ausente el patrón, él había tomado su lugar y daba órdenes
tímidas, que eran inmediatamente acatadas. Los Gutres lo seguían por las piezas
y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le
retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió
hablando de él con respeto y pocas palabras. Concluido el Evangelio según
Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que
repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran
como niños a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad.
Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la
fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto,
la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le
dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que
iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un
forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le
gustaba el café, pero había siempre una tacita para él, que colmaban de azúcar.
El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito
suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó
y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que
estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo,
desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba
temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio
un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una
íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría
a nadie esa historia.
El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con
Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres.
Espinosa, que era libre pensador pero que se vio obligado a justificar lo que
les había leído, le contestó:
-Sí. Para salvar a todos del infierno.
Gutre le dijo entonces:
-¿Qué es el infierno?
-Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.
-¿Y también se salvaron los que clavaron los clavos?
-Sí. -Replicó Espinosa cuya teología era incierta.
Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su
hija.
Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos.
Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes
martillos y por vagas premoniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al
corredor. Dijo como si pensara en voz alta:
-Las aguas están bajas. Ya falta poco.
-Ya falta poco -repitió Gutre, como un eco.
Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la
bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo.
La muchacha lloraba. Cuando abrieron la puerta, vio el firmamento. Un pájaro
gritó; pensó: Es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las
vigas para construir la Cruz.
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El
sur
El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y
era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann,
era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía
hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2
de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por
indios de Catriel; en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a
impulsos de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico o de
muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y
barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de
estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese
criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas
privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una estancia en el Sur,
que fue de los Flores; una de las costumbres de su memoria era la imagen de los
eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue carmesí. Las
tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se
contentaba con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa
estaba esperándolo, en un sitio preciso de la llanura. En los últimos días de
febrero de 1939, algo le aconteció.
Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas
distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de
Las 1001 Noches, de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara
el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la
frente: ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta
vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre.
La arista de un batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le había
hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y
desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y
las ilustraciones de Las 1001 Noches sirvieron para decorar pesadillas. Amigos y
parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy
bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no
supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una
tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un
sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía.
Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no
fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto
llegó, lo desvistieron, le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una
camilla, lo iluminaron hastala ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre
enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en
una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la
operación, pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal
del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos
días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades
corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con
estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le
dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a
llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión
de las malas noches no le habían dejado pensar en
algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba
reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia.
Increíblemente, el día prometido llegó.
A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había
llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a
Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano,
era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La
ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le
infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios.
Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos
antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras,
las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día,
todas las cosas regresaban a él.
Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solfa
repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en
un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva
edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de la puerta, el zaguán,
el íntimo patio.
En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó
bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de
Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una
divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café,
la endulzó lentamente; la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica)
y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que
estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la
sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.
A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y
dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches
arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las 1001
Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era
una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y
secreto a las frustradas fuerzas del mal.
A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego
la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que
Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a
su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la
mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus
milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.
El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya
remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.
Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera
dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria,
y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio
casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar
los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y
hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas
eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y
sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la
campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.
Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol
intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y
no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en
Constitución, al dejar el andén; la llanura y las horas lo habían atravesado y
transfigurado. Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte.
No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era
vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo
desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y
tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al
Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto,
le advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un
poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación
que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los
hechos no le importaba.)
El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las
vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún
vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un
comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.
Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el
sol, pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que
la borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas,
Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.
El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su
bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en
acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había
unos caballos. Dahlmann, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió
que lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El
hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro
hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el
almacén.
En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann,
al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba,
inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y
pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una
sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una
eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el
largo chiripa y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con
gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no
quedan más que en el Sur.
Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el
campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro.
El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos
vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada
por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los
tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de
chacra; otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto.
Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de
vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso
era todo, pero alguien se la había tirado.
Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dahlmann, perplejo, decidió que nada
había ocurrido y abrió el volumen de Las 1001 Noches, como para tapar la
realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se
rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que
él, un convaleciente, se dejara arrastrar por
desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el
patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:
Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.
Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que
estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la
provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba
contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado
al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.
El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan
Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su
borrachera y esa exageración era una ferocidad y una burla. Entre malas palabras
y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo
barajó, e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que
Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.
Desde un rincón, el viejo gaucho extático, en el que Dahlmann vio una cifra del
Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies.
Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se
inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi
instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe,
no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez
había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de
una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro.
No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.
Vamos saliendo dijo el otro.
Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al
atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y
acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en
la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él,
entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera
elegido o soñado.
Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la
llanura.
![]()
La
biblioteca de Babel
El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un
número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos
de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier
hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La
distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos
anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de
los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres
da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a
todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno
permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la
escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. En el zaguán hay un
espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese
espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa
duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y
prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el
nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten
es insuficiente, incesante.
Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he
peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis
ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas
leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren
por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá
largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que
es infinita. Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen
que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo
menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala
triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una
cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la
vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras.
Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La
Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya
circunferencia es inaccesible.
A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada
anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de
cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de
unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada
libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa
inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo
descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital
de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario
inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar.
El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los
demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de
tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para
el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la
distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos
símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las
letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente
simétricas.
El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación
permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y
resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado:
la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio
en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV
perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy
consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página
penúltima dice "Oh tiempo tus pirámides". Ya se sabe: por una línea razonable o
una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de
incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la
supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a
la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que
los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero
sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí.
Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a
lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los
primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos
ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que
noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad,
pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a
ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada
letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea
de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de
otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías;
universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la
formularon sus inventores.
Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan
confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas.
Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban
redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo
establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con
inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de
análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición
ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera
la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros,
por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la
coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los
viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De
esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus
anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos
símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que
es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del
porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la
Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de
esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el
evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario
del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión
de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos
los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología
de los sajones, los libros perdidos de Tácito.
Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera
impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores
de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya
elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba
justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la
esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de
apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del
universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos
abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por
el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los
corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las
escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles,
morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron...
Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del
porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que
la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de
la suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la
humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves
misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los
filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se
requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos
que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores.
Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan
de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de
escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo
hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La
certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y
de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una
secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran
letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos
libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes
severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que
largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete
prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles.
Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con
fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico,
ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es
execrado, pero quienes deploran los "tesoros" que su frenesí destruyó, negligen
dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de
origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único,
irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares
de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra
o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las
consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido
exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de
conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los
naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro.
En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro
que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario
lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten
aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca
de Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo
localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un
método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B
que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un
libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y
consumido mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo
haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo,
aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la
sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo
exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero
que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo
razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción.
Hablan (lo sé) de "la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el
incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo
confunden como una divinidad que delira". Esas palabras que no sólo denuncian el
desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo
y su desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las
estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco
símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que
el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula "Trueno
peinado", y otro "El calambre de yeso" y otro "Axaxaxas mlo". Esas
proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una
justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex
hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos caracteres
dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus
lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una
sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos
lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta
epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los
cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación.
(Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el
símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de
galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y
las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás
seguro de entender mi lenguaje?).
La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La
certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco
distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie
las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las
discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en
bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios,
cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que
la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca
perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de
volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre
retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo
juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y
hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la
imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me
atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada
y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección,
comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el
mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra
con esa elegante esperanza.
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Funes
el memorioso
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre
en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en
la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo
del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara
taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo
(creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con
las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera
amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz
pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de
ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el
proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio
será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del
volumen que editarán ustedes.
Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo
-género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato,
cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo
suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro
Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un
Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que
era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o
febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray
Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco.
Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi
felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había
escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los
árboles; yo tenía el temor la esperanza) de que nos sorprendiera en un
descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta.
Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo.
Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los
ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una
estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el
cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le
gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin
detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven
Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el
diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera
recalcado mi primo, a quien estimulaban creo) cierto orgullo local, y el deseo
de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por
algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora,
como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María
Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero,
un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.
Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86
veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como
es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes".
Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco,
y que había quedado tullido, sin esperanza.
Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez
que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto;
el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con
elementos anteriores.
Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o
en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana.
Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo
había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su
condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra,
inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No
sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del
latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de
Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis
historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de
latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las
orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió
una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro,
desdichadamente fugaz, del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos
servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado
a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el
préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario para la
buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín".
Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta,
muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f
por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que
no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a
estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un
diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de
Quicherat y la obra de Plinio.
El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente,
porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el
destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos
la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio,
la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me
distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me
faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El Saturno"
zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me
encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el
día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo
estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque
ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio
de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la
oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo.
Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con
moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas
romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables;
después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo
del capítulo XXIV del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese
capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis
redderetur audíturn. Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara.
Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo
rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad.
Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre.
Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa
el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No
trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con
veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y
débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se
imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche. Ireneo empezó
por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados
por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su
nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que
administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides,
inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con
fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que
tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo
volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un
sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta
del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años
había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo,
de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente
era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más
antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho
apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo.
Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Nosotros, de un vistazo,
percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos
que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer
del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un
libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la
espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del
Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a
sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños,
todos los entre sueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no
había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me
dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres
desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de
ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de
basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo,
son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las
aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el
fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto
en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo. Esas cosas me
dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había
cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que
nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando
todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y
que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de
Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había
discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había
rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola
vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que
los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar
de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a
los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo
Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis
Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera,
Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra
tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy
complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era
precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era
decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los
números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso
entenderme. Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) un idioma imposible en
el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un
nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por
parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo
recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que
la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas
pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo
disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable,
la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría
acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez. Los dos proyectos que
he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un
inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero
revelan cierta balbuciente
grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no
lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le
costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos
dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las
tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las
tres y cuarto visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos,
lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el
movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de
la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte,
de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme,
instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han
abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres
populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una
realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz
Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es
distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba
cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el
menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra
percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un
trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba
negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara
para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por
la corriente. Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués,
el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es
olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes
no había sino detalles, casi
inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía
diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, más
antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada
una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable
memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
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Las
ruinas circulares
Nadie lo vio desembarcar en la anónima noche, nadie vio la canoa de bambú
sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el
hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas
que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma
zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es
que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente,
sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado
y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de
piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese
redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva
palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero
se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que
las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza
de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el
lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no
habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio,
también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era
el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro.
Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los
hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo
o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un
nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería
soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la
realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si
alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida
anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y
despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los
labradores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades
frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su
cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza
dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que
era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban
las gradas; las caras de los últimos pendían a mucho siglos de distancia y a una
altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de
anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y
procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de
aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y
lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia,
consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los
impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente.
Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar
de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que
arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos
de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos
preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias
del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para
siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho
taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su
soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los
condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo
maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día,
emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que
pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche
y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatía contra él. Quiso
explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de
sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles.
Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de
exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de
ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que
se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque
penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que
tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un
fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había
desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo,
dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio.
Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho
razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese periodo, no reparó en
los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera
perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses
planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi
inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate
en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo
soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor
vivencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a
corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y
muchos ángulos. La noche catorceava rozó la arteria pulmonar con el índice y
luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo.
Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el
nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales.
Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal
vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se
incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo
soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra
ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo, era el
Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre
casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido
destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó
a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró
su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva,
trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos
criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple
dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y
en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente
animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las Criaturas excepto el Fuego
mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una
vez instruido en los ritos, lo enviara al otro templo despedazado cuyas
pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel
edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años)
a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Intimamente, le
dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica dilataba cada
día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso
deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había
acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba:
"Ahora estaré con mi hijo". O, más raramente: "El hijo que he engendrado me
espera y no existirá si no voy".
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que
embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre.
Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta
amargura que su hijo estaba listo para nacer. Tal vez impaciente. Esa noche lo
besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanquean río
abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no
supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros)
le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la
tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando
que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas
abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía
con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría
de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el
hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos
narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo
despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de
un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no
quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de
todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su
hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por
atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera
de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la
proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo!
A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una
mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de
aquel hijo, pensado entraña por entraña en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos.
Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como
un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía
de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches;
después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace
muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por
el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el
incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego
comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus
trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Estos no mordieron su carne, éstos
lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con
humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro
estaba soñándolo.