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Historia de perros

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Breve historia del Teatro del Pueblo, por Camila Mansilla
Historia de perros

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Teatro del Pueblo
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Pequeña cronistoria de la generación literaria de Boedo

Por César Tiempo [1953]

Hubo una época en que el meridiano de la literatura nacional pasó por Boedo. Boedo es una calle y un barrio. Una calle que nace en Almagro y termina en el Parque de los Patricios y un barrio que crece hacia arriba y no se detiene jamás. De pronto, mediante no sabemos qué misteriosos ardides, aparece en Avellaneda, en Lanús, en Lomas de Zamora, después de haber cruzado por el convés de hierro y cal hidráulica del Puente Valentín Alsina que permite a la provincia codearse con la ciudad. Pero además de ser una calle y un barrio, Boedo fue una divisa.

Toda capital – dijo alguna vez Balzac – tiene su poema, en que se expresa, en que se resume, en que es más particularmente ella misma. Boedo fue ese poema. Conflagrado de clamores e impaciencias, impetuoso, tumultuoso, ardido, rebelde, pero encendido de humana y celosa poesía. De haberse comprendido mejor a sí mismo, de haber prolongado y renovado las inquietudes y los deseos de superación de un cuarto de siglo atrás, de no haber ahuyentado a sus soñadores, Boedo habría sido a Buenos Aires lo que Saint – Germain des-Prés a París.

Como Saint-Germain-des-Prés
Es evidente que nuestro barrio no puede estar colmado de recuerdos revolucionarios y artísticos del quartier parisiense en el que vivió y murió asesinado Marat, en el que escribiera sus brulotes Camilio Desmoulins, en el que tuvieron sus ateliers los pintores Courbet y Delacroix, su refugio el comediante Mounnet-Sully, su imprenta Honorato de Balzac y en una de cuyas calles – la de Beaux-Arts, N° 13 – se extinguió la existencia latitudinaria de Oscar Wilde, y en el que podemos encontrar hoy la sede del Sindicato de Libreros, los despachos de los anticuarios más importantes de Francia y el café Deux-Magots, cuartel general de la nueva literatura. Boedo también tuvo lo suyo. Por allí pasó Darwin, el famoso naturalista, rumbo a los mataderos de Nueva Pompeya, por aquí anduvieron prohombres y ex hombres de la política local e internacional, ases del futbol, glorias del teatro, cancionistas y estrellas que conocieron en su hora el trueno de la notoriedad. Pero nosotros queremos hablar de los escritores llamados de Boedo.

Personajes de Boedo
¿Porqué precisamente de Boedo?. Ninguno de sus integrantes vivía en el barrio, el director de la revista que daría nacimiento a la empresa editorial llamada a difundir la labor de sus conmilitones, se domiciliaba en Wilde, un pueblito de línea del sur. Elías Castelnuovo era inquilino de un zaquizami enclavado a cinco pisos sobre el nivel de la calle Sadi Carnot. Álvaro Yunque compartía con su madre y sus hermanos una antigua casa porteña de la calle Estados Unidos 1824, en cuya cuadra tenía de vecinos a tres notabilidades a las que hay que referirse con la melancolía del aoristo: Juan B. Justo, Jaime Yankelevich y Ernesto Morales. Gustavo Riccio vivía en la calle Rivadavia 2014, Roberto Mariani en la Boca, cerca de la casa de Pedro Juan Vignale, que no tardaría en trasladarse de la calle Lamadrid a Villa Ballester y de Villa Ballester a Río de Janeiro, Luis Emilio Soto en las inmediaciones de 15 de Noviembre y Solís, Leónidas Barletta en Nazarre y Bolivia, Roberto Arlt en Flores, Lorenzo Stanchina en Villa Devoto, Nicolás Olivari en Villa Crespo, Enrique Amorín en su Salto natal, con recaladas en Montevideo y Buenos Aires. José Salas Subirat en el taller de afilación de Garay y Solís, Aristóbulo Echegaray en Monroe, un pueblo de la línea del ferrocarril Pacífico. Abel Rodriguez en Rosario, Juan I. Cendoya en La Plata. Antonio Alejandro Gil en la calle Santiago del Estero y Pedro Echague. José Sebastián Tallón en un caserón de la calle Brasil 1388, y Clara Beter en las nubes. Hablo de los boedistas de la primera época, de las etapas fundamentales. Y no solo no eran vecinos de Boedo, sino que ni siquiera se reunían en algunos de los innumerables cafés de la calle epónima.

"Claridad" y "Los Pensadores"
Por otra parte conviene recordar que la editorial que luego los prohijaría no nació en Boedo, sino en un tabuco de la calle Entre Ríos 126. Más tarde Lorenzo Rañó les concedió un espacio en su imprenta de la calle Independencia 3531, y cuando la revista cambió el nombre fachendoso de "Los Pensadores" por el de "Claridad", el grupo constituyó su sede definitiva en la calle San José 1641, a pocas cuadras de la plaza Constitución. En Boedo 837 tuvo asiento nominal la redacción de "Los Pensadores" en sus salidas iniciales cuando era una publicación destinada exclusivamente a difundir las grandes obras de la literatura clásica y moderna, mucho antes de convertirse en el órgano de combate de aquellos jóvenes de la generación del 22 a quienes el éxtasis y los sentimientos ciegos del arte por el arte fueron siempre extraños.

¿A qué venía, pues, la etiqueta de marras? La intención del bautista – en quien algunos creyeron reconocer a Enrique Gonzalez Tuñón , cuya dicacidad era inagotable como su talento – fue evidentemente burlona, despectiva. Al subrayar la procedencia de los integrantes del grupo quiso decir que venían de extramuros, de la suburra, que pertenecían al populacho. Lo notable del caso era que el único habitante auténtico de Boedo era Gonzalez Tuñón, que vivía en la calle Yapeyú, a dos cuadras de la popular arteria de cuyos cafés era además uno de los más empedernidos habitués. Por su parte los de Boedo trataban no menos peyorativamente a sus impugnadores, los escritores agrupados alrededor del periódico "Martín Fierro" llamándolos "los de Florida", transfiriendo al plano literario, quizá sin proponérselo, el duelo histórico de la antigua Roma entre patricios y plebeyos.

Feria y Torre de Marfil
Mientras Florida implicaba el centro con todas sus ventajas: comodidad, lujo, refinamiento, señoritismo, etcétera, etcétera, Boedo venía a representar – para los de Florida – la periferia, el arrabal con todas sus consecuencias: vulgaridad, sordidez, grosería, limitaciones, etcétera. Florida, la obra; Boedo, la mano de obra. Para sus detractores, por otra parte, la literatura de Boedo era ancillar, estercórea, verrionda, palurda, subalterna, inflicionada de compromisos políticos; y la de Florida: paramental, agenésica, decorativa, delicuescente, anfibológica e inútil. Excesos verbales estos que correspondían a las naturalezas ricas en fosfatos de los jóvenes beligerantes que se resistían a reconocer afinidades y simpatías, pero cuyo encono no hizo llegar nunca la sangre al río. (El enconamiento se debe siempre a la falta de asepsia). Con el andar del tiempo, Enrique González Tuñón y su hermano Raúl impregnarían su obra de un noble y solevantado acento social, exaltarían el suburbio, pondrían su obra bajo la advocación de Carriego, y ante la iniquidad desatada por el nazifascismo se alinearían valientemente en las filas de los escritores de Boedo, claramente definidos frente a las tiranías como fraguas de servidumbre y barbarie que era necesario apagar y aplastar. Y como dato curioso para los historiadores de mañana, conviene anotar que, Evar Méndez, el fundador de "Martín Fierro" pronunciaría una conferencia en nuestra Facultad de Filosofía y Letras celebrando, entre otras cosas, la jerarquización operada en las masas obreras y campesinas por obra de la estructura social vigente, en tanto Elías Castelnuovo, uno de los hermes de Boedo, hablaría en 1952 en un salón de la calle Florida, frente a un público de profesores eméritos y señoritas beneméritas, presentado por un ex redactor de revistas ultramontanas ad usum Delphini, con palabras en las que cabrilleaba la felicidad sibilina de poder exhibir al gran novelista que ayer nomás contrariaba a los concilios empeñado, a pesar suyo, en conciliar los contrarios...

Pero si hubo contusos, desertores e hijos pródigos en ambos bandos, es indiscutible que fue esa generación polarizada por Boedo y Florida la que anticipó el renacimiento argentino sacudiendo de su marasmo la vida intelectual del país. Pero vayamos por partes.

Se anticipan a Florida
Cronológicamente, el grupo literario de Boedo apareció antes que el de Florida. El primer número de "Martín Fierro" sale a la calle en febrero de 1924; el primero de "Los Pensadores", en febrero de 1922. Conviene aclarar antes de seguir adelante que el nombre de la revista no implicaba un rasgo de petulante autosobrevaloración de sus colaboradores. Se llamó así porque se limitaba, como ya los señalamos, a publicar en cada número una obra maestra de la literatura universal poniéndola al alcance de los lectores más modestos. El ejemplar se vendía a veinte centavos.

Los pensadores no eran, pues, los muchachos de Boedo sino los maestros del pensamiento nacional e internacional popularizados por la revista. El primer número incluía un relato de Anatole France, "Crainquebille", que ya había sido teatralizado por Samuel Eichelbaum y llevado a un escenario criollo por Elías Alippi.

Los fundadores de la publicación fueron Antonio Zamora, un joven español que cumplía su aprendizaje de andinista en la falda de "La Montaña", y llegó a ocupar más tarde una banca en el Senado de la provincia de Buenos Aires y a controlar un frigorífico en la provincia de Córdoba, y Daniel C. de Rosa, encargado a la sazón de la reventa de "Crítica". Un año después de Rosa se separaba de la empresa y Zamora se convertía en deus ex machina de la misma asesorado por el poeta Gustavo Riccio.

Riccio era un muchacho poseedor de una notable cultura general, un poeta inclinado a la caricatura sin deformaciones ni crueldad, dueño de una simpatía afectuosa que sabía dar a los transportes de la poesía y aún de la amistad una cadencia entre nostálgica y desilusionada. Melómano fervoroso, lector de varios idiomas vivos, se defendía económicamente ayudando a su padre en la relojería de la calle Rivadavia o llevando los libros de contabilidad de la Confitería del Molino. Fue Riccio quien recomendó la mayor parte de los títulos lanzados por "Claridad" hasta 1925 y fueron de su pluma los prólogos y las presentaciones de los autores. También se debió a él la iniciativa de la colección "Los Poetas" y la publicación del primer libro de Álvaro Yunque, ese generoso y genesíaco "Versos de la calle" que su autor había presentado con anterioridad a un concurso de la Editorial Babel y cuyo jurado, compuesto por Leopoldo Lugones, Rafael Alberto Arrieta y Arturo Capdevila, desestimó inclinando sus preferencias por "El Grillo" de Conrado Nalé Roxlo. Riccio, empero, no llegó a integrar prácticamente el grupo de Boedo y ni siquiera fue "Claridad" sino "Campana de Palo" quien publicó su primer libro. Minado por un mal incurable, el autor de "Un poeta en la ciudad" realizó en 1925 un viaje al Paraguay, de donde trajo los originales de otra colección de poemas "Gringo Puraghei", la salud más socavada y un deseo de soledad que se proponía dedicar a la ordenación de sus papeles y sus sueños, melancólicamente persuadido de que debía partir en plena juventud. Así fue. La vida de Riccio se extinguió en la puerta misma de su casa el 6 de enero de 1927. Tenía apenas 26 años. Una calle de Flores recuerda hoy su nombre. En ella vive el actor Roberto Escalada.

Premios literarios
A fines de 1924 "Claridad" incorporó a sus colecciones una más: la biblioteca "Los Nuevos". El primer título lo constituyó una re edición de "Tinieblas", el vigoroso libro de cuentos de Elías Castelnuovo, que había merecido el espaldarazo de Roberto J. Payró y un premio municipal, cuando los premios municipales de literatura significaban un galardón y no un escarnio. (El camarada Juan Unamuno debe recordar que fuimos él y yo, cuando integramos los jurados, quienes concedimos las codiciadas distinciones de entonces a poetas de la envergadura de José Portogalo y a los prosistas de la intensidad de Fernando Gilardi, amén de otras personalidades, a la sazón en barbecho, confiadas en la humana sinceridad de su mensaje, temeridad que no volvió a repetirse, pues últimamente el concurso se había convertido en una repartija de cheques entre compañeros de pic nic o de sacristía ...)

Castelnuovo no tardaría en ponerse a la cabeza del grupo que se fue formando aluvionalmente como una provincia holandesa. ¿De dónde había salido el autor de "Tinieblas" promovido de un modo fulminante a la notoriedad apenas publicado su primer libro? Por de pronto, se sabía que era uruguayo, como Lucio V. López, como Horacio Quiroga, como no pocos escritores argentinos representativos. Hijo de padre danés y madre italiana, corre por sus venas sangre de ahasvero, el judío errante. También él se sintió impelido desde muchacho a la existencia errante y difícil, a esos viajes a pie que recomendaba Fernando González, el gran colombiano, a los escritores que algún día utilizarían la pluma para contar lo que vieron con sus propios ojos y no a transcribir experiencias ajenas. A los catorce años tenía recorrido el Uruguay de extremo a extremo, a los veinte la Argentina, a los veinticinco el Brasil. Conoció los oficios más inverosímiles , durmió en el tálamo de la miseria sin redención en la selva, en la pampa, en la soledad más espantosa, allí donde la muerte es una cosa blanca y sin color. Y pudo, como pocos, levantar el acta de acusación a la sociedad, obstinada en aniquilar a los mejores. Antes de ponerse a escribir se había llenado el alma de hechos, de imágenes y de llagas. A los doce años vendía huevos por las calles de Montevideo. Luego fue linyera, peón de albañil, mozo de cuadra, peón de saladero, aprendiz de constructor, tipógrafo, linotipista. Este hermoso ejemplar humano, a quien la vida no logró doblegar ni envilecer, se convierte, por propia gravitación, en líder del movimiento de Boedo.

La influencia rusa
En las colecciones de "Los Pensadores" y "Claridad" pueden rastrearse las centenares de páginas que escribió para ubicar su verdad, que era la verdad de quien quería para sus semejantes, ante todo y sobre todo, un mundo mejor. "El pueblo, la carne viva del pueblo, solo figura en las estadísticas y en las crónicas policiales, escribirá en un suelto anónimo que serviría de declaración de propósitos de la Biblioteca "Los Nuevos". Salvo las excepciones que apuntamos – Mariani, Yunque, Barletta, Amorim, Abel Rodríguez - , nuestra literatura va de la calle Florida al Royal Keller, pasa por el rosedal de Palermo y se acuesta en el Plaza Hotel. Con ventilador en verano; en invierno con estufa. Es una elucubración de frigorífico, producto de la poltronería chorotega. Nuestra literatura no camina de a pie como la de Máximo Gorki; va en automóvil. Ella no va: la llevan como a un paralítico. Es una literatura sin sangre. Por ningún lado se le ven callos o deformidades propias del esfuerzo y la contracción. Jamás se metió en las minas del interior o se ensució de grasa en los ingenios o se desgarró la piel en las cosechas. Jamás entró en un sindicato o en una fábrica. Jamás estuvo encarcelada por revolucionaria. Tras de ser pomposa y vacía, fue siempre parcial y conservadora. Nuestra literatura no vio jamás la tierra donde pisa. Si hay quienes ignoran la vida nuestra, son, precisamente, aquellos que escriben la historia de nuestra vida".

A Castelnuovo y a su grupo se les acusó de estar influídos por la literatura rusa. Es curioso señalar que Raúl Scalabrini Ortiz, que estaba entonces en la vereda de enfrente y fue uno de los corifeos del nacionalismo " a rebrouse-poil", escribió en una autobiografía que reputó una de las páginas más lúcidas de su tiempo, estas afirmaciones que no pueden considerarse como ejercicios sobre el alambre, sino arraigadas convicciones de un hombre de pensamiento: " Yo creo que Buenos Aires tiene algo de ruso, en resultados, con causas distintas, muy distintas. "Yama", por ejemplo, es una novela argentina y lo son, asimismo, algunos pasajes de "Humillados y ofendidos". Esa similitud es en dirección de susceptibilidades, en recelo. Aunque no me gustan los cientificismos, diría que el alma argentina es un producto químico no físico de sus componentes. No ha conservado ninguna de las características de sus progenitores".

EL ARTICULO PRECEDENTE FUE PUBLICADO EN EL MENSUARIO "ARGENTINA DE HOY", DE BUENOS AIRES, ARGENTINA EN EL MES DE NOVIEMBE DE 1953. EN EL MISMO, SU AUTOR INDICA LOS ORÍGENES DEL LLAMADO "GRUPO DE BOEDO"

Fuente: wwww.desmemoria.com.ar

El arte como campana

Por Angel Berlanga

Escritor, periodista y dramaturgo, figura central del Grupo Boedo y creador del Teatro del Pueblo, su personalidad resulta clave a la hora de analizar la historia cultural argentina del siglo pasado.

“El teatro es la más alta escuela de la humanidad”, dijo Leónidas Barletta en 1964, en el marco del Festival Nacional de Teatros Independientes. Otra frase dimensiona todavía mejor su pasión, su aspiración, su pretensión: “Nos sentimos responsables, dentro de la formidable transformación que se opera, en la liquidación de viejos y carcomidos conceptos y en la constante renovación de valores. Queremos llevar el arte puro al corazón del pueblo, ser rectores de su comportamiento, inspirarlo en el bien, en la justicia, en la generosidad, encendiendo en su alma ansias de superación moral.” Muchos años atrás, el 30 de noviembre de 1930, a pocos días del golpe de estado contra Hipólito Yrigoyen, Barletta, nacido hace hoy exactos cien años, fundó el Teatro del Pueblo y asumió su dirección. La primera sede fue en la todavía angosta calle Corrientes, en el 465, un local que había sido una lechería. Y las primeras intenciones fueron enfrentar artísticamente al “teatro comercial”, cobrar poco y nada, poner en escena obras de autores nacionales y, de acuerdo al acta fundacional, “llevar a las masas el arte en general, con el objeto de propender a la elevación espiritual de nuestro pueblo”.
La distancia temporal entre los pronunciamientos del ‘30 y del ‘64 son apenas una señal de una perseverancia que lo acompañó hasta el final. Una voluntad que observó Roberto Arlt entre dos notas que publicó en el diario El Mundo. En la primera, a poco de la apertura del Teatro del Pueblo, anotó que se había llevado una pésima impresión, describió una sala destartalada y vaticinó un fracaso rotundo. Un año después escribió: “Aquí se está preparando el teatro del futuro, para que cuando esa gente se harte de películas malas, tenga dónde entrar. Estamos en los comienzos de la lucha. La situación creada a los autores sinceros en este país es fantástica. Los empresarios teatrales rechazaban la obra de las generaciones innovadoras. Sin embargo el público tenía curiosidad de conocer autores nacionales, quería ver lo que daba la generación del 900. Esto es lo que ha hecho Barletta. Ha creado un teatro jugándose su prestigio de escritor”. El Teatro del Pueblo fue escenario para grandes autores extranjeros (Shakespeare, Gogol, Tolstoi, Cervantes, Lope de Vega, Moliere) y también para estrenos de contemporáneos argentinos como Raúl González Tuñón, Nicolás Olivari, Ezequiel Martínez Estrada, Eduardo González Lanuza y Roberto Arlt, entre tantos. Barletta estimuló mucho a Arlt para que escribiera teatro y casi todas sus obras se estrenaron allí. Antes de cumplir los 30, Barletta ya tenía una nutrida trayectoria como periodista y escritor, con cuatro novelas, tres volúmenes de cuentos, uno de poemas y una obra de teatro. Junto a Elías Castelnuovo, Alvaro Yunque y Roberto Mariani gestaron el legendario Grupo Boedo: autores provenientes de ámbitos de pocos recursos, trabajadores, influidos por los novelistas rusos, simpatizantes con la revolución del ‘17, enfrentados con la otra mitad de la leyenda, el Grupo Florida. Barletta publicó en 1967 un ensayo llamado Boedo y Florida, una versión distinta, donde sostuvo que mientras sus viejos rivales querían “la revolución del arte”, él y los suyos buscaban “el arte para la revolución”. La virulencia de los enfrentamientos varía según las versiones, que son muchas. “De la disputa surgieron innegables beneficios”, escribió Barletta. “Los de Boedo se aplicaron a escribir cada vez mejor y los de Florida fueron comprendiendo que no podían permanecer ajenos a la política. Pero el beneficio más importante fue que la querella llegó a apasionar a la gente y surgió una literatura argentina y una masa de lectores hasta entonces inexistentes”.
Según escribió Raúl Larra en la biografía Leónidas Barletta, el hombre de la campana, a los siete años quedó huérfano de madre y su padre, que ya no aportaba demasiado por el conventillo donde vivían, decidió dejarlo al cuidado rotativo de tías y demás parentela. Salgari, Dumas y Verne estuvieron entre sus primeras lecturas. Cuando terminó la escuela primaria decidió no estudiar más y empezó a ganarse la vida trabajando. Entre 1924 y 1937, en paralelo con sus actividades literarias y teatrales, fue despachante de aduana en el puerto. Tras unos años como presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, en 1952 fundó Propósitos, un periódico político–cultural en el que acaso desarrolló su máxima lucidez como periodista e intelectual. Desde allí se opuso a los golpes militares, criticó ácidamente a Juan Perón (durante y tras sus dos primeras presidencias) y rescató a Evita, denunció las maniobras para privatizar la producción y explotación del petróleo y defendió el rol de YPF, rechazó la requisitoria de EE.UU. para que la Argentina se sumara a la guerra de Vietnam. Ese abanico de posturas le significaron persecuciones y clausuras varias. Propósitos, que llegó a tener una tirada de 100.000 ejemplares, apareció hasta 1975, el año en que Barletta murió.
Los temas centrales de su vasta producción literaria son la pobreza y las diferencias sociales. Sus personajes son, en general, hombres y mujeres pobres, y sus circunstancias, sentimientos e historias son narrados desde una óptica solidaria y comprensiva. Le molestaba que lo tildaran de “escritor realista”. “En todo caso, sólo soy un inventor de supuestas realidades”, argumentaba. No se advierten reclamos contra el olvido en el que parecen haber caído sus novelas y sus poemas. Sus libros, 37 en total (Royal circo, Historia de Perros, La felicidad gris, De espaldas a la luna, Pájaros negros, entre ellos), no se consiguen. Hay apenas algún que otro volumen perdido en librerías de antigüedades. En la Biblioteca del Gobierno de la Ciudad no hay un solo ejemplar de su obra. En la Nacional, unos pocos. Es en el Teatro del Pueblo, hoy ubicado en Diagonal Norte 943, donde mantiene su presencia y donde su idea del teatro como “instrumento de acción política y cultural” (al decir de Roberto Cossa, uno de sus actuales directores), persevera. Allí sigue la campana con la que Barletta, en la vereda de una todavía angosta calle Corrientes, le advertía a la gente que estaba por comenzar otra función.

www.rodelu.net - 2002

Breve historia del Teatro del Pueblo

Por Camila Mansilla

El Teatro del Pueblo es uno de los primeros teatros independientes de Argentina y América latina.
Nace a fines de noviembre de 1930, en un contexto socio-cultural donde la crítica al teatro comercial se evidenciaba mediante la propagación de grupos de teatro independiente. Pero no todos esos grupos tuvieron la eficacia y la constancia en su lucha como la del Teatro del Pueblo. Sin duda Leónidas Barletta -el promotor del grupo- tuvo mucho que ver con este hecho.

A partir de 1931 -precisamente el 20 de marzo que es la fecha del acta oficial de fundación-, Barletta se convierte en el director del Teatro del Pueblo y hasta su muerte alterna su actividad teatral con su trabajo como comprometido periodista.

El Teatro del Pueblo surge con la finalidad de "realizar experiencias de teatro moderno para salvar el envilecido arte teatral y llevar a las masas el arte general, con el objeto de propender a la salvación espiritual de nuestro pueblo".
Durante varios años el Teatro del Pueblo carece de lugar propio y estable, por lo tanto se ve obligado a recorrer distintos edificios que le concede la Municipalidad de Buenos Aires. En 1943 las nuevas autoridades municipales del gobierno militar de turno lo expulsan violentamente del edificio de Corrientes 1530 que ocupaba desde 1937. A partir de ese momento ocupa en forma definitiva el subsuelo que alquila en Diagonal Norte 943.

El grupo de trabajo que constituye el Teatro del Pueblo tiene su período más fructífero entre 1937 y 1943 llevando a escena obras de la dramática universal de todas las épocas sin descuidar la producción nacional. Barletta invita a poetas y narradores argentinos a incorporarse a la actividad dramática; así es que logra que se pongan en escena textos de Alvaro Yunque, Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Roberto Arlt, entre otros. Artistas plásticos y músicos argentinos de reconocido prestigio participan de las distintas actividades que promueve el Teatro del Pueblo, muchas de éstas fuera del edificio teatral con el fin de llevar el teatro a la gente.

Desde 1943 transita un largo período crítico que culmina en 1975, año en que fallece Leónidas Barletta y con él cesa la actividad teatral del grupo. El espacio antes ocupado por el Teatro del Pueblo pasa a ser un centro de exposiciones plásticas.

Recién en 1987 un grupo prestigioso de teatristas lo recupera bautizándolo con el nombre de Teatro de la Campana, y en 1996, por fin, el Teatro del Pueblo abrió nuevamente sus puertas recuperando su nombre mediante un convenio que suscriben el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos y la Fundación Carlos Somigliana (SOMI), que desde entonces tiene a su cargo la dirección artística, técnica y ejecutiva. El Teatro del Pueblo forma parte de la mejor historia cultural de los argentinos.

www.teatrodelpueblo.org.ar

Historia de perros

©CENTRO EDITOR DE AMERICA LATINA S. A., 1972
Cangallo 1228 - Buenos Aires
Hecho el depósito de ley
IMPRESO EN LA ARGENTINA PRINTED IN ARGENTINA
impreso en los talleres gráficos recali s.a.c.i.f.e.i
av. a. alcorta 2532. buenos aires. junio 1972

Nada educa tanto a los hombres
como ver el destino de los hombres


GUSTAVO FRENSSEN-JÜRN UHL

1

FIDEL

La casa era de madera, pintada de rojo. Un cuadrado de tierra con algunas plantas y después la habitación, con su ventana. Detrás, con materiales diversos se había construido la cocina; pero el pasillo de la galería estaba hecho de mosaico con guardas y debajo de la bomba-sapo había una tina y una tabla sobre dos ladrillos para no encharcarse los pies.
En los fondos se alzaba el gallinero y parte de su cerco había sido sustituido por un viejo elástico de cama.
En esa casa el destino había congregado a cinco seres que resbalaban sobre la superficie de la vida. Tres eran los hijos: Alberto (a éste costó más trabajo ponerle nombre), Mario y Pedrito. Este último había sido el más solicitado por la Muerte; al fin, tanto había suplicado la pobre mujer, que se lo había dejado, junto con dos arrugas en la frente.
La madre era fuerte y sanota. Pero después que vino el primero la llamaron doña. (Y usted sabe, el empacho se cura tirando de la piel de la espalda de la criatura y viene el sarampión y la escarlatina y todos los días la muerte nos acosa para mantenernos vivos.)
Después llegaron los otros y donde más señales deja si tiempo es en la piel de las manos.
(Lo más extraño de todo esto es que la madre también crece, como los niños.)
A él (al marido, doña María lo nombra “él”) nunca le falta su camisa limpia y a veces fuma durante la noche sentado en la cama porque le duelen las muelas. Pero, con todo, pudo comprar un terreno y levantar esa casita de madera. Quería poner un gallito de lata en el techo y valen más que una pileta de tierra romana. Hay que seguir pagando, es cierto; pero, después, la casa es de uno. Y ya están todos dentro y doña María es la única que no deja su casa. Su marido va a trabajar todo el día, sus hijos van a la escuela; pero ella no pasa del portoncito del alambrado. A veces, deja de lavar, se seca las manos apurada, en el delantal, y sale a la puerta, con las narices estremecidas, como si olisqueara algún suceso en el aire. Sí; ella espera siempre que suceda algo. De pronto (¡qué sé yo!, un personaje extraño va a venir por el medio de la calle, con pasos lentos, como el judío de las colchas, y va a repartir la felicidad para todos, como reparten las muestras gratis de cacao. O llegará una paloma blanca, o una nube con un gran arcoiris (¡qué sé yo!); pero algo tiene que suceder.
Los días se disuelven en el crepúsculo impreciso y no pasa nada. Y se está solo y el pobre marido está solo, y los chicos están solos, por más que no se separen ni un memento. La única forma de encontrarse es siempre fuera de sí mismos en la alta noche, cuando el espíritu se remonta y los ojos buscan el fulgor de una misma estrella. Y entonces los hijos ya no tienen madre.
Pero los chicos no pueden saber nada de todo esto. Ellos miran sus narices reflejadas dentro del tazón de café con leche y no sospechan que advienen a un mundo que debía ser nuevo con cada uno que nace, que debía ofrecerle a cada recién nacido la posibilidad de crearlo todo, en vez de darle a uno lo que han hecho los demás y de obligarle a mirarlo como propio.
Y esa tarde, una tarde en que el humo de las chimeneas de las fábricas quedaba fijo en el espacio, doña María oyó una alegre gritería.
Se limpió las manos en el delantal y salió a la puerta, arrastrando las chancletas.
Los chicos estaban en la calle y Alberto llevaba un perrito atado por el cuello con un piolín. El animal trotaba a gusto, y a cada trecho se detenía, con una pata en el aire, y miraba a un lado y a otro sin comprender probablemente la causa de tanto alboroto.
–Mama –gritó Alberto (Dijo mama, no mamá. ¿Y qué? Es mejor que digan mama y no mami). –Mama, míralo; lo encontramos en el potrero.
Los chicos quedaron pendientes de la respuesta y hasta el perro pareció comprender la importancia decisiva de ese al momento, levantando unos ojos suplicantes hacia la mujer. Pero doña María no hizo esperar mucho su juicio. La contestación en esos casos es siempre la misma:
–Yo no quiero perros en mi casa –dijo, aparentando enojo–; bastante tengo que limpiar todo el día. Un animal que no se sabe ni de dónde viene...
Ahora hablaba para la vecina, que sonreía lánguidamente, cruzada de brazos, recostada en el poste de la puerta de alambre, que daba al jardincito de la casa.
(Claro, no se sabe cómo hacer. Uno quisiera contar todo. Es tan agradable para los que se acostumbran a los cuentos. Porque la vereda es de cascotes, piedras, ladrillos, un poco de todo. Y el alambrado casi siempre está cubierto por una enredadera sufrida y a pesar de los perros, las gallinas, los caballos sueltos, alguna oveja, las vacas del lechero don Gaitán, que hacen sonar el cencerro a cada mordisco, viene la primavera y da flores, se cubre de campanillas azules, moradas. ¡Qué lección!)
Doña María todavía no ha mirado hacia su vecina, pero habla para ella. Habla sin convicción, levantando el tono para que se crea que lo que dice es terminante. Pero nadie le cree. Pedrito, mirándola en los ojos, dice: –Mama, es mansito.
–Yo no quiero perros, he dicho –grita–. Tengo tres bocas para llenar y con lo que tu padre me deja, no puedo hacer milagros.
Por supuesto, esto es lo que debe decirse en esos casos. El perrito se le acercó, sacudiendo la cola. Doña María lo rechazó, agitando el delantal.
–¡Fuera! ¡No faltaba más! ¡Cualquier animal que encuentran en la calle, lo traen a casa! ¡Como si la casa fuera un chiquero!
–Nos seguía desde el puente, mama –prorrumpió Mario. –A mí no me importa –replicó doña María. Y dando vuelta la cabeza, se encaró al fin con la vecina–. ¿Se da cuenta, doña Matilde? Un perro que encontraron en el potrero, un perro vagabundo. ¡Quién sabe de dónde viene! ¿Para qué lo quiero? ¿Para andar corriendo detrás de él todo el santo día? No, no, yo no quiero perros en mi casa. Mi hermana, que es loca por los animales, tenía uno que era una maravilla. Bueno; ése no era un perro, era igual que una persona, solo le faltaba hablar. Iba a buscar al marido a la estación y una vez que él le quiso levantar la mano a ella, porque es algo mano larga, le enseñó los colmillos.
La vecina pareció animarse un poco, adelantó un pie y dijo:
–Yo tenía uno... Pero los chicos no la dejaron continuar:
–Mama, ¿lo dejas entrar? ¿Sí o no? –He dicho que no.
Los chicos empezaban a impacientarse. Pensaban: Mamá; está bien, mamá, ya has dejado a salvo tu autoridad. Déjanos entrar para que podamos soltarlo y darle agua. ¿No ves que quiere quedarse con nosotros? Como se ve hay una forma de pensar, con palabras sin sonido que es tan fina y elegante como la misma forma literaria. Alberto insistió:
–Andaba perdido.. . pobre; si llueve, de noche. .. –He dicho que no y basta.
Los tres hermanos se entendieron con una mirada y tirando del perrito, seguidos por los otros muchachos, se dirigieron hacia la esquina.
–¿Adónde van ahora? –tronó doña María, exasperada. –A soltarlo, al potrero... –gritó Alberto. Doña María levantó los brazos en un gesto de desesperación:
– ¡Cómo van a soltar a ese pobre perro en el potrero! Malvados. ¡Se da cuenta doña, doña Matilde! Traigan ese animal adentro. ¡Pronto! Debe estar muerto de hambre. Llévenlo al fondo, hasta que llegue Pedro.
Los chicos volvieron a mirarse, sonriendo, y entraron. Doña María todavía tuvo tiempo de decir, gesticulando: –¡Qué chicos estos, son capaces de hacerla enloquecer a una!
Y entró en su casa detrás de sus hijos. Sí; había un arbusto de cedrón junto a la ventana y cuando el viento soplaba contra las persianas, como una boca sopla en los agujeros de una armónica, entraba en la pieza una musical fragancia.
Doña María hubiera querido tener una hija. Una mujercita es más compañía. Porque hay cosas de las que es inútil hablar con los varones. Pero el destino quiso que fueran tres muchachos.
Nunca han tenido perros. Gallinas, sí; pero el mundo de las gallinas es tan limitado. ¡Son tan torpes para volar! Y a causa de esto están siempre encolerizadas y dispuestas a llevar la contraria. Y siempre hay una que corre como si hubiera descubierto una lombriz y es para hacer chasquear a las otras. Los perros, en cambio, ven más que los hombres y reconocen a las sombras y son los únicos que ven a la muerte merodear por los barrios, trazando enigmáticos signos en las puertas a tablero de las casitas. Sí; los perros huelen más, oyen más, ven más que los hombres. A ellos les ha sido concedido el don de comprender más la vida, por eso no se les deja hablar. Y si viven tan poco tiempo es para que no puedan acompañarnos en la vejez y que, por su lealtad, se viesen comprometidos a enseñarnos el camino.
Ni aun a los perros sabios, tan tristes bajo las lamparitas del circo, con su collar de pelo y su cola rematada en un pompón, les está permitido más que contar, bailar o imitar a un centinela. Pero ellos están conformes y de pronto, con un ladrido saturado de angustia, nos quieren prevenir.
Alberto soltó al perrito que miró sin desconfianza a los tres chicos y luego fue a husmear un rincón, una pata del sillón de mimbre y, finalmente, se sentó sobre sus patas traseras, con una oreja caída y otra alerta, al parecer satisfecho de su primera exploración.
Era un Derrito flaco, de pelo blanco con manchas de color canela. Su mirada era humana y su hocico sensible. No demostraba temor y miraba a los chicos como si se hubiera criado con ellos. Y ahí estaban los cuatro, mirándolo, como se mira el brote de una rama, con miradas que son un poco para el recién nacido.
Porque la casa estaba ya formada, y a la mañana, antes de que saliera el sol, se oían concertados, el canto del gallo y el carraspeo del padre, que salía pesadamente de su sueño y el soplido persistente del calentador y alguna palabra suelta, impregnada del sopor de la madrugada. Y después, con la suavidad con que avanza la niebla, iban creciendo los ruidos. Las gallinas iniciaban sus voraces secreteos y es casi seguro que hablaban de su tarea de abastecer de huevos, o conspiraban para pasear por el mosaico del corredor, y no podían comprender por qué doña María se empecinaba en limpiar las manchas que ellas ponían con toda dedicación y que tan bien quedaban en el mosaico lustroso. Un balido llegaba de la casa de al lado, una hoja caía balanceándose en el aire y las hormigas negras suspendían su afanosa labor nocturna, las puertas estaban francas y cada uno de los habitantes de la casa tenía la suya: a los ratones se les respetaban les agujeros en las tablas y a las gallinas, las excavaciones debajo del alambrado, que les servían para salir al baldío. Los gorriones chillaban desesperadamente, persiguiéndose y cuando se cansaban se daban chapuzones de tierra molida. Las moscas se entrecruzaban en desordenado vuelo y cada cosa, cada ser, encontraba de nuevo su exacta ubicación en la casa, la tabla de lavar en la tina, la olla en el fuego, los mosquitos en el cielorraso y el sillón de mimbre donde la madre canturreaba, recosiendo la ropa y donde el padre balanceándose comprobaba, después del trabajo, que la casa era propia.
Los chicos volvían de la escuela (al menos, que ellos sepan leer; siempre es útil), con cierta ansiedad de verificar que todo estaba como lo habían dejado y no se tranquilizaban hasta que retornaban los olores y los ruidos familiares. Y cuando el cielo se quedaba sin su azul y empezaba el cristalino alternar de las ranas, regresaba el padre y reñía a su mujer para estar seguro de que una vez más era ella misma, y ponía un rostro grave y meditativo que no era de él y quería saber si sus hijos habían repasado la tabla y si la maestra había advertido que también ellos estaban en la clase.
De todas las cosas había que darle cuenta mientras comían: de las diabluras de Mario, de la rebeldía de una planta que quería pasarse a la casa vecina por encima de la tapia, de la tardanza en volver de la gallina colorada; entonces, poco a poco, iba apareciendo en los cansados ojos del obrero una lumbre de satisfacción y la botella ya estaba casi vacía.
Todo esto iba a ser ahora trastornado por la presencia de un ser extraño. El perro estaba allí, sentado sobre sus patas traseras, tranquilo, y los cuatro sabían que los habitantes de la casa iban a estar sobresaltados hasta que entendieran que él quería compartir sus vidas y que se iba a quedar allí, quieras que no, volviendo por supuesto, cuando todos durmiesen, si lo echaban.
Lo habían traído atado con un piolín, pero la verdad es que él había trotado siempre adelante, como si conociese el camino. Con su hocico lustroso había reconocido inmediatamente lo que estaba a su alrededor. Alberto le dio agua de la bomba en una taza y bebió a lengua suelta, con mucho ruido; le alcanzaron unas sobras de puchero y las engulló, atragantándose. Entre todos lo llevaron a dar una vuelta por la casa y él fue identificando cada lugar, como si en ellos hubiera vivido. Aquí parecía que iba a detenerse, como si hiciera esfuerzos por recordar, como si volviese a él un olor antiguo, pero arrugaba el hocico y seguía andando con su mirada indiferente. Delante del gallinero se detuvo y las gallinas se enderezaron en sus perchas con cuchicheos y aspavientos de muchachas sorprendidas en ropas de entrecasa y el gallo protestó con engolada indignación. Luego encontraron un sapo y el perro se detuvo a husmearlo pasando su nariz sobre su lomo rugoso, pues solo los perros están avisados del mágico poder de los sapos.
Después volvieron a la galería y el perro se sentó otra vez sobre sus cuartos traseros y esperó, resignado como un aspirante que se somete a todas las pruebas.
–Habrá que ver si “él” lo deja –dijo la madre sonándose con el delantal, para disimular su simpatía. (No hay por qué escandalizarse. El delantal a estas mujeres les sirve de toalla, repasador, pañuelo; con él se protegen del sol y la lluvia, recogen la fruta, espantan las moscas y por eso no son ni peores ni mejores que las otras mujeres.)
Entonces chirrió la puerta del alambrado y entró el padre. Los chicos se alinearon junto a la madre y aguardaron la acometida. Sucedió, luego, una cosa increíble. El hombre recorrió el pasillo lentamente, se detuvo frente al grupo, echó una mirada tranquila al perro, se quitó el saco y se sentó, con un resuello, en el viejo sillón de mimbre. Nadie dijo una palabra. Y antes de que alguien pudiera pronunciarla, el perrito se acercó a los pies del hombre, se echó en el suelo, todo a lo largo, y apoyó su hocico húmedo en uno de sus botines.
Los chicos instintivamente se apretaron alrededor de la madre. Pero el hombre, se inclinó suavemente y con su mano tosca le rascó la cabeza.
El perro dejó oír un gruñido gozoso.
Uno no acaba nunca de entender á la gente. Lo que correspondía al padre, según todas las leyes que rigen los actos de estos hombres, era darle una patada por atrevido. Y él, en cambio, lo había acariciado, como no lo había hecho nunca con ninguno de sus hijos.
(Dije patada y dije bien. El pie del hombre cuando hiere es pata. Pero la gente cree que es fina con solo observar ciertas reglas y alguna vez sé ha oído amenazar a un chico, con darle un “estirón de oídos”.)
Los tres muchachos estaban tan contentos como si hubiesen recibido ellos una muestra de afecto. Se sentían más cerca del padre, cuya hosquedad no habían podido disolver ni cuando todos rodeaban silenciosos la cama de Pedrito, consumido por la fiebre, ni cuando él vino del trabajo con un brazo fuera de la manga del saco, envuelto en una venda ensangrentada y todos se pusieron a llorar.
–¿Qué nombre le pones, papá? –preguntó, de pronto, Pedrito, que podía usar su debilidad como una fuerza.
El padre inclinó la cabeza para mirar al perro que dormitaba con absoluta confianza y dijo con pesada sensatez:
–Tendría que llamarse Fidel.
Entonces Mario corrió hasta la entrada del corredor y gritó tres veces, para probarlo:
– ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!
Y Fidel se enderezó con un ladrido pueril y a saltos grotescos se acercó al chico y alzándose sobre sus patas jadeando, trataba de alcanzar a lametearle la cara.
Así fue como la familia sintió asombro de no haberse dado cuenta antes de que para ser todos más felices, a la casa le faltaba un perro.

2

LA NOCHE

Los tres hermanos dormían en una sola cama, dos a la cabecera y el más chico a los pies como suele decirse. Esto también tiene sus inconvenientes porque de un lado y de otro empiezan a tirar de las cobijas y casi siempre la disputa termina con unos coscorrones. Pero esa noche, ni se buscaban los pies para empujarse ni tironeaban la manta. Y tampoco podían dormirse pensando en Fidel que había quedado en la cocina, con un plato de sopa de pan, que no se había dignado tocar.
Después que el perro fue admitido en la casa, cuando todos entendieron que también él había tomado su decisión de quedarse, empezaron a tratarlo sin miramientos. Doña María se secó una lágrima con el delantal y para disimular su emoción empezó a gritar:
–Mario, mira cómo te pone el delantal limpio. Espera no más, que mañana vas a tener otro lavado y planchado para ir al colegio.
Y dijo esto, no porque le importara mucho fregar con sus brazos vigorosos toda la ropa de la familia (aunque hay que renegar porque el agua es, buena para tomar, pero corta el jabón), sino porque nunca está de más que “él” se entere de que mientras trabaja para mantener la familia, ella no se está cruzada de brazos.
Porque (no se impacienten, por favor) si una mujer no dice ella misma lo que hace, el trabajo no se ve. Y si hay una discusión cualquiera, en seguida los maridos quieren afirmar su autoridad porque Yo trabajo, yo me deslomo para mantenerlos.
–Bueno; ¿y yo no trabajo? A Dios gracias (nombrar a Dios da cierta finura a la frase), andan todos limpitos y remendados. La ropa no será nueva, pero no le falta agua y jabón, ni aguja y hilo. ¿Y no es trabajar baldear el corredor que esas cochinas gallinas ponen a la miseria en cuanto pueden pasar? ¿Y no es trabajo lavar el piso? Porque yo no soy de esas que le pasan un trapito sin enjuagar y no cambian nunca el agua del balde. ¿Y no es trabajo hacer la comida y dar de comer a estos tres lobos? Porque tus hijos parece que no hubieran comido nunca; no comen, devoran ...
Aquí, él, contestaba invariablemente:
–Mejor; señal que tienen el estómago sano. Mientras el padre se pueda ganar el puchero, que coman hasta reventar.
(No son expresiones elegantes; pero son claras. Benot, a quien don Pedro y doña María no conocen ni de nombre, ha dicho que el lenguaje “es la colección de herramientas y mecanismos con que trabaja el entendimiento. Y naturalmente, los que tienen poco entendimiento, usan herramientas toscas; pero no menos eficaces.)
A veces los chicos, entre sueños, oían decir al padre:
–Toma, para parar la olla.
A los chicos les gustaba esa imagen de parar la olla. No les costaba imaginar a la olla vacía y mustia, con la cinta de un puerro flotando en un caldo flaco, ni a la olla como erguida, rebosante, con la tapa retemblando, la olla parada.
Doña María protestó porque Fidel le ponía las patas encima a Mario, pero Fidel era un perro comprensivo. Se quedó quieto y hasta agachó la cabeza como avergonzado. Pedrito le ofreció un trozo de pan que sacó del bolsillo y Fidel lo rehusó después de acercarle el hocico.
–Vayan a lavarse ... –gritó doña María, y como había comenzado en un tono de indignación, se vio obligada a agregar, sin motivo– ... sucios, que siempre andan con las manos sucias, lávensen siquiera una vez.
(Dijo “lávensen”, es cierto; pero hay que tener en cuenta que no fue más que hasta cuarto grado. Cuando se llega a cuarto año, entonces se le puede decir jofaina a la palangana.) Por otra parte, siempre que doña María estaba delante de su marido hacía demostraciones de su oficio de madre. Que no se fuera a creer él que se había casado con una mujer que no servía para nada. Y para que no fuese a olvidar que también su opinión pesaba en la casa, agregó:
–Y dejen a ese perro tranquilo, porque en cuanto me fastidien, le doy un escobazo y lo echo.
El padre, como siempre, ni pestañeaba. Lo que ocurría no tenía sentido para él. Hacía ya mucho tiempo que no comprendía. Y su temor de que alguien advirtiese que no podía comprender lo había hecho hosco. Intuía que todo era más sencillo y que habían complicado las cosas inútilmente. Como si viviesen vidas superpuestas, vidas que no eran las de cada uno. Como si hubiesen acumulado, capa sobre capa, formas absurdas de vivir y ahora no se podía horadar la gruesa costra, debajo de la que estaba la vida esplendente y sencilla. Entonces se abandonaba uno como la hoja a la corriente. Y casi siempre ocurría esto en la buena época de los sueños. En el tiempo en que las madres se resignan a la separación, porque se ha rebasado su mundo. Y todo es tan razonable, sin embargo, que, en vez de salir por esos caminos a gritar la alegría de sentirse libre, arrancando puñados de pasto y refregándolo por la cara para sentir el campo, se presenta uno en el portón gris de una fábrica y con una voz sorda que hace achicar los ojos de los capataces, pide trabajo.
Es tan razonable; pero no se puede comprender. En vez de tomar contacto con él mundo y gozar sus maravillas, resulta que uno ha nacido para fabricar tapitas de lata, para las botellas de cerveza. Las poleas y los volantes giran como en una pesadilla. Y no se acaba nunca. Todos destapan botellas de cerveza y luego la tapita rueda debajo de las sillas. La máquina sigue acuñando millones y millones de tapitas. Y en vez de sentir uno que el aire celeste le acaricia la boca con un susurro de beso, siente el aliento de la máquina en los ojos quemados de cansancio. Y todo es tan razonable. Por ejemplo: si uno sigue su impulso y se va por esos caminos de Dios, ya se sabe, necesita una barba de carpincho, una bolsa y un palo. Entonces se le deja seguir y los perros y los pájaros, los pachorrientos sapos y las fulmíneas lagartijas lo reconocen. Y hay que andar, con los pies doloridos y un tallo fresco de hinojo en la boca, indiferentes a los que en toda clase de vehículos disparan frenéticos de la soledad y se detienen en los pueblos, en las calles más transitadas, a tomar un respiro, y descubren que lo mismo están solos. Los perros de las chacras se largan contra uno a grandes saltos, ladrando furiosamente; pero es para engañar a los de la casa, para que sigan ignorando que pasa aquel a quien solo los perros reconocen.
Y un día, hacia el crepúsculo, el espacio se ahueca como si nos fuese a tragar. Un gran árbol señala el límite preciso y Arturo, el boyero, inicia sus celestes guiñadas. Y ya lo sabemos todo y podemos entrar sin temor en la tierra.
Y no como los que van en furtivas vacaciones a robar trocitos de naturaleza para encerrarlos en sus herméticas habitaciones de la ciudad. Con gestos ridículos hinchan el pecho y quieren llevar los bolsillos llenos de piedritas, hojas y ráfagas de aire limpio y vuelven a la ciudad neblinosa, sonrojados como si hubiesen cometido un hurto.
En cambio, siempre se encuentra una muchacha que está dispuesta a aceptar, porque uno no ha dejado de acuñar tapitas de lata, ano tras año. Y en seguida uno encuentra por todas partes escarpines y pañoletas de lana como si los recién nacidos de ahora tuvieran más frío que los de antes y se es padre de familia y se puede usar una cara seria para esperar los otros hijos, las gallinas, el perro, que constituyen la casita. Nadie sabe quién enseña a jugar al truco, y a las bochas se aprende mirando arrimar a los viejos. Y de pronto, uno se pregunta: ¿se podría saber para qué hago todo esto? Naturalmente, es muy razonable; pero no se puede comprender. Uno tiene hogar y esposa honesta y trabajadora y los chicos son buenos y obedientes y en el almacén le dicen a uno: buenas noches, don Pedro, y no se debe Dada. Pero es duro de comprender que uno haya venido al mundo para hacer tapitas de lata para las botellas de cerveza.
Ahora correspondería decir: durante la comida no ocurrió nada digno de mención. ¡Qué dulce es la rutina! Uno dice: “nada digno de mención” y no dice nada. Y entonces, usted que está leyendo, tiene libertad para suponer lo que quiera. Al fin, el que escribe, humilde o soberbio, es como un ratón que recorre enloquecido todo el largo del zócalo sin encontrar la hendija donde meterse. A veces, cuando está más desesperado, suele dar con el agujero y se mete en él temblando y esto vuelve a darle alguna confianza en su oficio. Pero siempre es más lo que se corretea por fuera que lo que se alcanza a hurgar por dentro.)
La madre, que piensa en todo, mandó a Alberto a echar las sobras a las gallinas, por encima del cerco.
Pero el padre extendió la mano y apartó dos trozos de carne con los dedos y se los dio a Fidel, que esperaba inmóvil. Sí; ya estaba convenido: hasta que Fidel muriera, el padre iba a mirar en el plato de las sobras, que pertenecía a las gallinas, y separando dos trozos de carne se los iba a echar al perro, que los engullía sin masticarlos, con un quejido ahogado. Justo es consignar que este hábito le había sido respetado al padre, sin protestas. Quizás convendría añadir que doña María se encargaba de dejar en su plato la parte de Fidel. Y así todos estaban servidos como por la mano de Dios. Y era Dios mismo quien les servía, pues que los había proveído de la bondad y la maldad de que disponen todas las criaturas.
Aquella noche, los tres muchachos fueron a la cama, después de acariciar la cabeza de Fidel, y el perro quedó en la cocina, dispuesto a enfrentar, por primera vez, a los habitantes nocturnos de su nueva casa. Y ya se sabe, el perro busca un rincón, da una vuelta en redondo y se echa, apoya el morro en las patas delanteras, sacude las orejas y se dispone a dormir con un ojo abierto. Oye todos los ruidos y los clasifica cuidadosamente, pues ha de hacer amistad con ellos. Y también los ruidos tienen su naturaleza y si no se les estima lo suficiente, se irritan y alteran, avanzan deformados y estallan y uno los desconoce y producen sobresalto. Son crueles y vengativos. Una simple gotera o el pulso del reloj o la madera del ropero que restalla, bastan para ahuyentar el sueño, según es sabido.
Esta vez, una cama crujió pesadamente y después golpearon el piso los seis botines de los chicos. Más tarde un grillo empezó a ensayar su chirrido. Fidel lo reconoció en seguida. Primero fue un ruidito sordo, aislado; luego tres seguidos y una pausa, como la de quien pone la mano en la oreja, para cerciorarse de que lo han oído; en seguida una serie, como si quisiese atornillar cada chirrido con media vuelta más de la rosca sonora. Fidel fingió que dormía plácidamente y entonces el grillito suavizó su estridor y siguió cantando para la noche. Una araña desenvolviendo velozmente su hilo de plata se descolgó sobre su hocico; pero Fidel sabía que nada malo debía temer de ella, como no fuese alguna cosquilla de sus ocho patas peludas. El fuego mortecino le disparó una pavesa encendida con un chasquido de látigo. Se levantó y cambió de sitio. El fuego era cordial, pero peligroso. Una vez había querido sacar un pedazo de asado y un tizón le había mordido el hocico. Muchas cosas son incomprensibles para los perros. Un perro nunca podrá comprender por qué siempre que hay un buen trozo de carne asada alguien blande un palo para impedir que lo coma. Un perro nunca comprenderá por qué están las despensas abarrotadas de provisiones que no pueden tomar los seres famélicos que arrastran los pies por esas calles. Un perro no puede comprender para qué los hombres han inventado la tortura del vidrio que no deja pasar ni el olor de las ricas cosas que se ven al través.
Inició un leve temblor para que todos supieran que sentía un poco de frío y se dispuso a dormir. Se hizo un ovillo, metiendo la nariz en las gamuzadas verijas y quizás empezó a soñar, como un ser humano, en deliciosos lugares abrigados.
Y en la habitación, el padre, la madre y los tres chicos no podían atrapar el sueño que planeaba sobre sus cabezas, pensando en el perro que había quedado solo. Si al menos se decidiese él a empujar la puerta y a entrar sin ruido, todos dormirían tranquilos. ¿Acaso la madre no hacia entrar a la clueca con su racimo vivo de pollitos? ¿No ponía entre sus pechos a los pollitos tristes?
Era extraño y había ocurrido muchas veces: la familia se entendía mejor cuando no se hablaban y no se podían ver las caras. En la obscuridad todos sacaban a relucir sus propias caras; pero con la luz cada uno tenía que ser como el mundo lo había dispuesto y no como eran. El padre no podía, de ningún modo, tener una expresión de niño y a los niños se les amenazaba con purgarlos si querían estar tristes. Al fin, Alberto comprendió que todos estaban de acuerdo y se deslizó de la cama, abrió con cuidado la puerta y salió descalzo a la galería. Se acercó a Fidel en la obscuridad y le palmeó suavemente la cabeza. El perro se incorporó, moviendo la cola y siguió al muchacho, cautelosamente.
Entraron sin ruido en el cuarto. Todos suspendieron la respiración. De un salto, Fidel se instalo en la cama de los chicos, al lado de Alberto. Entonces volvieron a respirar, aliviados, y durmieron un solo sueño como si se sumergieran en el agua tranquila de un estanque.

3

EL LIBRO DE LOS SUEÑOS

Doña María tomó un pan y lo cortó en tres rebanadas, a lo largo. Las puso sobre el fuego y en seguida se expandió por la cocina un rico olor a miga chamuscada. Alberto, Mario y Pedrito aguardaban pacientes. El perrito, Fidel, miraba a los chicos, miraba a la madre, tratando de adivinar sí también a él le darían algo de comer. ? Doña María rezongaba, sin volver la cabeza:
– La leche no la quieren tomar los niños. Quieren cosas sabrosas. La leche, que hace bien, no la quieren.
Raspó el pan tostado con un cuchillo y luego le frotó un diente de ajo y le echó por encima un poco de aceite. –Tomen y no se ensucien –dijo, y añadió con grandes aspavientos, enderezando un pan que había quedado vuelta abajo en la mesa–. ¿No ven el pan, no ven el pan dado vuelta? ¿No les han enseñado a poner el pan derecho? Cuando el pan está con la cara para abajo se ofende a Dios y le duele la barriga al panadero.
Inesperadamente cambió de expresión y se rió, satisfecha de lo que había dicho, con una risa pueril, impropia, mientras le echaba un trozo de pan a Fidel. (Al perro no le gustaba el pan; vero todo tiene que ser compartido en una casa pobre.)
Doña María prosiguió, como para justificarse:
–Cuando yo era chica, mi madre, que jamás me había levantado la mano, porque una vez tiré un pedazo de pan, me dio una cachetada.
Aspiró aire para hablar con solemnidad y agregó:
–El pan es sagrado.
(Es curioso, todos los chicos a quienes sus padres no les han pegado nunca, tienen el recuerdo de esa cachetada única que les ha de servir de ejemplo para toda la vida.) Alberto, Mario y Pedrito y el mismo Fidel, no se interesaron por el sermón del Dan y se alejaron en fila, con cierta prudencia, como si estuvieran desganados y sin saber qué hacer. Pero la madre, que conocía estas argucias, los detuvo en seco, gritando:
–¿Dónde van ahora? Vienen de la escuela y se van a la calle. ¿No pueden comer el pan en casa? ¿Todos los vecinos tienen que saber que comen pan con ajo, en vez de tomar la leche?
–Vamos un rato al puente –dijo Alberto, arrastrando las sílabas.
– ¡Ay! ese puente. ¿Por qué habré merecido el castigo de vivir cerca de un puente? El día menos pensado se va a ahogar uno de mis hijos en ese río bendito. Tanto trabajo para criarlos y después, en un momento se lo lleva la corriente, como al hijo de doña Azea.
Esta filípica significaba que la madre no se oponía realmente y los chicos siguieron andando y mordisqueando el pan crujiente, untado con aceite y ajo. Fidel ensayó una carrerita rematada con un salto y miró a los chicos con ojos desorbitados de alegría. Pero Alberto le echó una mirada furiosa y el perro volvió a quedarse quieto. Doña María se limpió el contorno de la boca con una punta del delantal y mirando al grupo que se alejaba, murmuró: –El perro los cuidará, como el ángel custodio. Dicen que a veces toman formas de animales para cuidar a los chicos. Dios me perdone ...
Era un día suave. En el débil celeste del cielo se desflecaban algunas nubecitas. Una brisa alegre estremecía las hojitas y levantaba las crenchas de los chicos. Sin volver la cabeza, llegaron a la esquina, donde el alambrado del lote estaba caído y se veían las huellas del carro que había tumbado dos postes. Pasando entre los alambrados flojos entraron en el descampado.
Por bueno que fuese el alambrado de los baldíos la gente se abría paso para acortar camino o salvar un charco.
Apenas estuvieron ocultos por la última casa de la cuadra, Mario estalló en una especie de frenesí y le dio un empujón a Alberto que le hizo caer el pan al suelo y levantando las rodillas como un caballo, salió corriendo y riendo a gritos, seguido del perro. Alberto recogió su pan con una lentitud que indicaba la gran velocidad de su ira y soplándole algunos granitos de tierra, gritó con rabia comprimida: –Si te agarro, te rompo la cara. Y como Fidel ladraba, agregó: –Chúmbale, Fidel, rómpele los pantalones. –Bueno; ¡basta! –gritó Mario, jadeante–, si me pegas se lo digo a mama.
Caminaban por un senderito pelado, bordeado de manzanilla y cicuta, coloreado por el pompón violeta del cardo. Una cabra ramoneaba las hojitas de un arbusto, mirando de reojo al grupo que pasaba. Pedrito dijo, señalándola con el dedo:
–El chivo de Tristifuque.
Los tres hermanos se rieron, porque el dicho era del padre, y la cabra se libró de ser molestada, por la altura de los yuyos. Andaban descalzos; pero los tres pisaban con soltura, retozando un trecho, saltando aquí, sosteniéndose en un pie para quitarse un pincho clavado en la planta, arrancando, al pasar, un tallo sobresaliente.
Fidel trotaba adelante y de tanto en tanto se detenía de golpe para olfatear minuciosamente una planta, con el aire de quien hace memoria.
(Todos podían olvidar; pero los perros y las plantas, no. Los niños nada saben y en la vacuidad de sus miradas residen las únicas posibilidades de superar el mal. Los hombres se lo pasan inventando cosas para olvidar y todos los días aparecen nuevas bebidas para embriagarse o vara endulzar la boca. Pero los perros tienen que mantenerse lúcidos y sobrios y desde cachorros respiran un aire amargo de ponzoña.)
Fidel corría por el caminito, de mata en mata o con el hocico pegado al suelo como si siguiese un rastro. Alberto avanzaba, distraído, con la mirada errabunda sobre el pasto. Pero cuando tuvo a Mario cerca se transformó bruscamente y gesticulando como un loco lo agarró por el cuello y lo tiró al suelo. El juego se hacía violento. Fidel miraba a los muchachos que se revolcaban en la tierra sin saber si debía intervenir. Al fin, indeciso, lanzó un ladrido ahogado. Pedrito, aterrado, gritó: –¡Déjalo, Alberto!
Pero Alberto, enrojecido, poseído de toda la furia por la resistencia de Mario, comprimiendo su cara contra el suelo, le retorció una oreja hasta que el dolor se hizo insoportable y aparecieron unas lágrimas en sus ojos. Al verlo llorar el odio se trocó en amor. Dio un respingo y se incorporó, vigilando, con rápidas miradas, listo para huir, si Mario lo corría. Pero la furia de su hermano se había diluido en un llanto cálido y Pedrito y Fidel se habían colocado a su lado, mientras él se restregaba la oreja dolorida.
–Vas a ver con mama –intercedió Pedrito, apiadado.
–Y él, ¿por qué empuja? –dijo Alberto, y en son de burla empezó a cantar–: Si te agarro, te hago barro, si te piso, te hago guiso ...
De pronto los cuatro olvidaron la rencilla, porque una lagartija cruzó velozmente el caminito. Fidel dio un salto, sacó las uñas, enderezó las orejas y empezó a husmear las matas. Con la voz sofocada dijo Mario:
–Por aquí... espera ... dame un palito...
Pero ya la lagartija se había precipitado en un agujero. Siguieron caminando, dejando que Fidel escarbara un poco para demostrar su buena voluntad.
–Bueno –manifestó Alberto mirando por encima del hombro–; no pegues a traición si no querés que te haga saltar un diente.
Mario vaciló un momento y miró en derredor buscando una solución. En el suelo había un cascote. Lo agarró y se fue amenazante sobre su hermano.
–A ver, pega. Sácamelo el diente. ¿A ver?
– ¡Maaario! –expresó Alberto en tono de reconvención.
Fidel estaba ahora de parte suya, miraba el trozo de ladrillo en la mano de Mario y gruñía, replegando el hocico y enseñando los dientes.
–¿Por qué no pegas ahora, aprovechador?
–Bueno; soltá la piedra y se acabó la pelea. Corta mano.
(Une pone el dorso de la mano y el otro simula un corte, como de cuchillo, con el perfil de la suya y el pacto queda, sellado.)
El viento les azotaba suavemente las mejillas. Ahora caminaban Mario y Pedrito abrazados por el cuello, empinándose a cada paso en el sendero angosto. Detrás venía Alberto bordeando los yuyos, levantando las piernas para no pincharse. Delante iba Fidel, acechando. Su lengua roja se doblaba hacia un costado agitada por el aliento. A Fidel le convenía ir el primero, con el cogote torcido, para verles las caras a los chicos y adivinarles las intenciones. Solo cuando volvían a casa, Fidel iba detrás, con la mirada puesta en el suelo, trotando sobre las sombras alargadas que se pegaban a los talones de los chicos.
Más adelante, un perro enorme, de ojos duros y gruñido sordo, se acercó amenazante. Fidel vaciló, con una pata en el aire. Los tres chicos rodearon al animal empobrecido y haciéndole cerco pasaron cautelosos.
De pronto, Alberto exhaló un grito que les puso frío en la espalda, porque en ellos todo era así, imprevisto, escalofriante. Una suma de pequeños terrores componía su día y aún los mantenía sobresaltados durante el sueño. Estos sacudimientos nerviosos eran su vida y les compensaban de la tediosa tiesura que les imponían sus maestros y sus padres. Aquellos inacabables: “caminen bien”, “siéntense derechos”, “no griten”, “coman despacio”, “quédense quietos”, necesitaban una compensación.
La resignación a ser dóciles, silenciosos, tranquilos a que los obligaba la tenacidad de la prédica, aderezada de restallantes cachetazos, buscaba salida al instinto irrefrenable y se desahogaba en torrentes de travesuras, de gritos, de amores y odios, de simpatías y repulsiones.
(“Quédense quietos” –qué me dicen– uno acaba de nacer, puede decirse, y ya quieren que se quede quieto. Ya llegará, inexorablemente, el momento de quedarse quietos, dejen ahora que los chicos corran, salten, griten, lo resuelvan todo, minuciosamente. Ésa es la ley, aunque no sea cómoda para los adultos domesticados.) Alberto dio un grito terrible y dijo atropellando: –El último es un pavote.
(Los últimos, los últimos... Querido, no, los últimos no son unos pavotes: son los bienaventurados de que habla el texto bíblico, pues el mundo es por la invencible fuerza y permanencia de los débiles, de los humildes. Algún día comprenderás que el poderoso es un accidente y que el único poder que realmente existe es el que no puede ejercerse contra nadie, ni contra nada.)
Ahí, a la vista, estaba el río y los tres chicos y el perro se largaron por La pendiente en desenfrenada carrera. Y cuando llegaron a la orilla, se echaron de boca en el suelo y metieron las manos en el agua, con una expresión de delicia en los ojos como si se hubiesen quemado los dedos, como si ofreciesen sus dedos a la voracidad de los peces para pagar una culpa y sintiesen en éxtasis el martirio de que se los están royendo.
El agua corría undosa, charolada. Los tallos henchidos, aguanosos, remedaban el vientre liso de los pescados. Siempre había un hombre de piel rugosa y tostada, que sostenía una caña oblicua sobre el agua en la que repesaban sus ojos. Y cuando miraba a los chicos era como si la corriente le hubiese vaciado las pupilas y tenía que mirar un rato largo para volver a llenarlas con las imágenes del mundo. A un costado había dos o tres mojarras obligadas a morir de esa torpe muerte convulsiva de los peces, sin piernas, ni brazos, y, lo que es más duro aún, sin párpados.
Fidel lameteó el agua ruidosamente y se desperezó estirando las patas y bostezando.
La luz se recostaba en los pastos con mansedumbre vesperal y la activa fragancia del poleo estimulaba la respiración. El corcho de la caña de Desear saltó en el agua y el hombre, despaciosamente, retiró el anzuelo para ponerle una nueva carnada.
–Debe ser un sábalo –dijo Alberto, pero el hombre no contestó.
(Se ha llegado a tal grado de hosquedad que ni a los niños contestan los pescadores de caña que siempre fueron los hombres más buenos del mundo, acaso porque tienen siempre las dos manos ocupadas.)
Los chicos, sin embargo, estaban cómodos en el silencio que siguió . . .
(Un momento. Permítanme este desahogo aunque no venga al caso. Lector: cada vez que usted sospeche que mi sinceridad flaquea, por favor, no me acuse; comprenda que nos ha tocado vivir en una tremenda época de mentiras, donde el ejercicio de la verdad es, en cierto modo, algo sumamente heroico. ¿Dónde iba ...?)
... y echados en si suelo, a lo largo, apoyando la cabeza sobre los codos, vieron sumergir nuevamente el anzuelo, mientras Fidel se lamía tenazmente una pata.
Alberto mordisqueaba un tallito agrio de trébol (¿se acuerdan? vinagrillo). Por el puente de viejas vigas de madera, blanqueadas a la cal, pasaba un carro, una mujer vestida de negro... Los seres y las cosas parecían hallarse lejanos, como si la atmósfera fuese una cúpula de cristal y todo ocurriese en la superficie externa de ese casco transparente y luminoso.
El hombre seguía vaciando sus ojos mortecinos en el agua fluente, y no se movía a no ser para rascarse. No tiene, al parecer, otra intención en esta clara tarde: pescar y rascarse. La incesante corriente lo ha lavado de otras intenciones.
El perro deja de lamer su pata, estornuda, se sienta sobre su cola y pasa de su expresión grave a una cariñosa y alegre. Y se acerca al pescador bamboleando la cabeza y meneando la cola.
– ¡Fidel! –llama Alberto, pero ya el perro le ha lamido la mano grande y dura que él apoya en el pasto y el hombre absorto ha hecho como que no lo ha advertido. Y en cierto momento es seguro que la amistad se ha estrechado entre ellos dos porque Fidel, aguijado por el ejemplo, con la pata trasera, se ha rascado vigorosamente una oreja.
(Si doña María lo hubiese visto, lo hubiera reprendido: ¡No toques la guitarra, Fidel!)
Pedrito mira el sauce y la parte del puente que se refleja en el río. Mario está esperando el momento de hacer una de las suyas; Alberto quiere saber si el presunto sábalo volverá a burlarse del pescador comiéndose la carnada.
El sol es anaranjado y los pájaros vuelan en el aire blando, con perezosos giros.
(Es seguro que alguien está haciendo una poesía.) Por cuarta vez el corcho se hunde y salta sobre el agua bailoteando.
El pescador de caña, impasible, levanta el sedal, pone un gusano de blancos anillos gordos, que se rasga con un ruidito de seda al ser atravesado por el anzuelo. Ahora el piolín da dos vueltas sobre su cabeza, como la cola de un látigo, y cae en el agua y solamente el corcho sale a flote. Pero el pez no quiere picar y ronda burlón alrededor del garfio encarnado. Los tres chicos han clavado los ojos en el corcho, pero dentro del agua nada se ve. El río asume una coloración gris aventada por los aletazos de los negros biguás.
Y el pescador retira su caña, recoge el tarrito de las lombrices, se sacude los pantalones y se va sin pronunciar palabra, sin mirarlos. Fidel lo sigue unos pasos, luego tuerce la cabeza con una mirada interrogante y finalmente vuelve al lado de los chicos que miran alejarse al pescador con su caña al hombro.
Por un instante han quedado solos. Nadie pasa por el puente. Grandes oleadas de fresco silencio llegan del bosquecito de álamos de la otra orilla. De pronto, con un alarido de los que dan espanto a Pedrito, Mario salta dislocado y con una mueca horrible alza los brazos y empuja y derriba a Alberto en si agua.
–Me la pagaste, me la pagaste –vocifera como enloquecido.
Alberto manotea desesperado, asiéndose de las matas de la orilla, barbotando:
–El barro... no puedo salir del barro... ay... mama... .
Fidel ha prendido los dientes en una manga de la blusa de Alberto y tira con denuedo, gruñendo. Pedrito llora de terror. Mario lo echa al suelo y agarrando a su hermano por la ropa tironea con el perro, hasta que Alberto consigue poner una rodilla en el borde de tierra y sube penosamente.
Hay una leve pausa. Mario se ha puesto a unos pasos de distancia en actitud de escapar y mira desconfiado a su hermano, chorreando, sofocado. Alberto se da un respiro y en seguida, con un quejido, se levanta y lo corre, pero las ropas mojadas y Fidel, excitado, que se le mete entre las piernas, ladrando, traban sus movimientos. Entonces vuelve a echarse en el suelo y llora y Fidel le lame la cara salada.
Después vuelven a casa porque ya se ha puesto el sol, dejando apenas un suave rubor en el horizonte, entré; los árboles desmelenados, obscuros. Mario va adelante, pronto para correr, a la primera señal de que quieran agarrarlo. Fidel trota cavilando y Alberto y Pedrito van juntos, sumidos en sus pensamientos.
Cuando entran en la cocina, Mario se pone del otro lado de la mesa para defenderse. –Mama.
De pronto, descubren que la madre está en un rincón, con ojos de haber llorado y la frente y las sienes cubiertas de rodajas de papas, como una gran corona que agobia su cabeza.
(Todavía hay quienes prefieren pegarse a las sienes unas rodajas de papas o unos porotos partidos, antes que tragar una cafiaspirina. Dicen “tintura de odio” y se pasan la barrita de azufre por el cuello, pero no es culpa de ellos... ¡Es que se sabe tanto! Los médicos hablan con calculada superioridad y con palabras indescifrables que nos anonadan y todo lo más que se les ha pedido es que nos curen.)
Doña María mira a sus hijos uno por uno, como si los contase, como si los viese por primera vez y sonríe con el belfo blando, a punto de iniciar otra vez el llanto.
– ¿Qué tenés, mama? –pregunta Alberto, y Pedrito y el perro se le ponen al flanco. Unos pasos en la galería apenas si dan tiempo al perro a enderezarse y ya está el padre en la puerta de la cocina.
Se deja caer en una silla y pasea una mirada circular, que se detiene en doña María con su cabeza coronada de medallones de papa.
–¿Qué te pasa –le dice– que tenés esa cara toda llovida?
Bueno; usted, lector, que considera distraídamente todas las cosas, hágame el favor, deténgase a analizar esta expresión. Pero... ¿Se da cuenta? ¿De dónde pudo sacar este hombre rudo, que no ha leído a Proust, esa imagen tan fina? La cara toda llovida ... llovida. ¿Se da cuenta?
Doña María, levantando ¡a punta de su delantal, se dio unos toquecitos en la comisura de los labios y masculló:
–Los chicos se habían ido al puente con el Fidel y yo me fui a recostar un rato. Y empecé a soñar que me había puesto a jugar en la galería con el perro. Daba unos saltos y se revolcaba en una forma que yo no podía aguantar la risa. Entonces yo le pregunté al perro: ¿Cómo, dejaste ir solos a los chicos al puente? Y él salió corriendo, como loco... Entonces me desperté y fui a lo de doña Matilde, que tiene el libro de los sueños y le cuento lo que me había soñado y abre el libro y me dice: Ay, doña María, ojalá que no le pase nada, mire lo que dice el libro: Perro: jugar en sueños con un perro... anuncia desgracia en la familia. Y estos cuatro desfachatados, que habían ido al río y no volvían y no volvían ...

4

EL TRAJE NUEVO

A la mañana, el padre faltó al trabajo y fue con su mujer a comprar un traje de confección en La llave del Buen vestir, frente a la estación. Doña María iba un poco sofocada por su estrecho vestido de salir. Hasta la tienda había unas ocho o diez cuadras largas, con pasos de piedra y senderitos bordeados de ramitos de manzanilla florecida, donde acechaba el cáustico bicho colorado. Pero más que el vestido, a la mujer la mortifican los zapatos de taco alto, bajos de escote y la pungente decisión de sacar del escondite del ropero los sesenta pesos que llevaba en la cartera. El empeine de su pie era tan grueso que a las zapatillas de entrecasa, para calzarlas, tenía que hacerles un tajo y los pesos los había juntado, moneda a moneda, con paciente obstinación, porque una nunca sabe qué puede pasar.
El padre iba unos pasos adelante, ensimismado, sin saco, con su camisa planchada, pañuelo blanco, en vez de cuello y el chambergo viejo mal puesto sobre su cabello descuidado. Pero lo que le daba carácter, conservando un resto de gracia juvenil y de simpatía en su rostro duro, era un mechón de pelo que le hacía una onda en la frente y el cigarro, girando en la comisura de la boca.
El jamás se miraba en la luna del ropero y es posible que se peinara con los dedos y de pronto, no se sabe cómo, la onda volvía a colocarse sobre su frente. Cuando lo observaban, él la levantaba, con un gesto severo, como quien entiende que ha renunciado a toda presunción, pero la matita de pelo caía irreductible.
Jadeaba doña María, y no podía soportar el sufrimiento de los pies. Cuando sus hijos descalzos chapaleaban en el barro, ella sonreía con deleite. Hubiera querido ella misma entrar en el charco, pero qué pensarían los chicos, a quienes, por principio, tenía que reprender con energía: –¡Otra vez en el barro, como los cerdos!
(A doña María le gustaba intercalar en su lenguaje algunos vocablos finos, cuando se trataba de educar: –No se dice mentiroso, sino embustero; digan: usted dispense, recuerdos a su mamá... se le han dado. ..)
Cuando doña María se calzaba los zapatos, los mismos que se había puesto el día de su casamiento, Alberto, arrodillado, empuñaba un calzador de metal, empujando y resoplando, con la punta de la lengua afuera, mientras Fidel gruñía. Y después era la risa, viendo cómo la madre se ponía de pie, tambaleándose, avanzaba ahogando un quejido y haciendo unos visajes medio de dolor, medio de risa. Pero un rato después, con la caminata, los dedos de los pies empezaban a hincharse y a repujarse en el cuero y la abertura del zapato se ceñía como estrangulando el tobillo deforme.
Doña María odiaba los zapatos tanto como su marido el cuello. (Don Pedro, al cuello, le llamaba el yuguillo. ¿Saben? Esos fierros que van sobre las pecheras de los caballos, donde se prenden los tiros.)
Para entrar en la tienda, doña María compuso una cara agresiva. El tendero era de cráneo chato con una escobilla de pelo descolorido, que extendía de parte a parte para disimular la calvicie; todo lo demás no importaba, exceptuando sus ojitos astutos de ratón. Dijo, frotándose las manos:
–¿Alguna cosita para la señora o para el señor, un parcito de medias, una camisita?
Y se dirigía a la mujer. (Este sí que sabe cuántas púas tiene el peine.) Ninguno de los dos contestó, pero los ojos de doña María relampaguearon con un seco: ¡Es inútil; a mí no me va a engañar!
Y empezó la esgrima:
–Le doy algo de primera, un traje sufrido, de buen paño...
(¿Y qué? El que vende no puede decir que la mercadería es mala, pero todos se han empeñado en que debe pasar por ese trance de clausurar su conciencia si quiere recibirse de comerciante y lo obligan a repetir en voz alta que la mercadería es excelente. Luego toman aliento e insisten en que lo que no sirve debe guardarlo para los otros. Entonces, el buen hombre se ve obligado a decir: ¡Se lo ofrezco porque es usted! Y cosas por el estilo. Y qué sucedería si al entrar en la tienda uno dijera: déme una camisa o una corbata de las peores que tenga, quiero que los que lleguen después no encuentren más que lo mejor. ¿Qué sucedería si consumiésemos todo lo feo del mundo? Podría ser que se agotasen todas las cosas de mala calidad y mal gusto y que, al fin, también nosotros pudiésemos comprar una camisa buena alguna vez.)
El tendero decía:
– ¡Vea, señora, qué paño y qué hechura! y miraba a don Pedro como a un “esqueleto capaz de envejecer los trajes recién estrenados, como una vez dijo Oliverio Girondo.
Don Pedro miró impaciente a un lado y a otro y finalmente se dirigió a la puerta, a grandes pasos.
–¡Cómo! ¿Se va el señor? ¿No le gusta el género? Puedo mostrarle otros –dijo el tendero, agitado.
Doña María, reposada, contestó:
–No; no se va; va a escupir, a la calle, con perdón de su cara. Con esos cigarros que fuma, tiene que escupir a cada momento para poder hablar.
Don Pedro era ancho de hombros y el tendero tuvo que despojar de su traje al maniquí que estaba a un costado de la entrada. Lo trajo en brazos y la mirada estúpida del muñeco no variaba aun cuando lo habían acostado sobre el mostrador para sacarle los pantalones. Doña María dio vuelta la cara. El vendedor empujó a don Pedro hacia un cuchitril detrás de una cortina y por la abertura de la tela le iba alcanzando las prendas para probar. La cortina se abrió luego para dejar pasar a cien Pedro con el traje nuevo. El vendedor dijo, con cierta exaltación profesional.
–Le queda pintado. Mire la espalda, señora, ni una arruga.
(Todo lo decía él y había que admitirlo, aunque fuese verdad.)
–Las mangas, sí, son un poco cortas, pero se le puede dar un centímetro más.
Don Pedro miró a su mujer, y hablando por primera vez, farfulló:
–Mejor que sean cortas, así no se ensucian tanto.
El tendero insinuó una sonrisa irónica.
(¡Cuánto cuesta mantenerse en la ignorancia! Todos han aprendido algo y quieren probar su saber sin pensar en las perturbaciones que causan. Se empieza a comprender que no es elegante apoyar el escarbadientes o el pucho del cigarro en la oreja y que no está bien soplar el hueso para que salga el caracú, como la arveja de la cerbatana, o meterse en la boca la hoja del cuchillo con los garbanzos en fila y al final –a la fin– uno piensa tanto que pierde el sueño y termina por “marearse de la cabeza”. ¿Por qué no lo dejan a uno ser feliz a su modo? ¡Ah!, no, querido: la sociedad tiene sus derechos. Si se pone de moda comer una presita con los dedos, resulta distinguidísimo; pero si se come con los dedos antes de que sea moda, resulta bochornoso.)
¡Es lindo entender, pero tan difícil! Al fin de cuentas, como decía el lavandinero, a todos hay que hacerles la barba cuando mueren.
Tímidamente se resolvieron a comprar el traje y dejaron el maniquí desnudo sobre el mostrador. Y regresaron, él adelante, ella retrasada, sin poder alcanzarlo a causa de los zapatos y pensando: Avenas llegué a casa, empiezo a gritar: “Nene, tráeme las zapatillas”. Y el primero que corre a buscarlas es Fidel y me traen, una el perro y la otra el muchacho.
El padre entró en la casa con cara hosca para disimular su pudor. Los tres chicos lo rodearon curiosos y Fidel empezó a oler con desconfianza las botamangas del pantalón nuevo. Y de pronto, el hombre, inquieto, vio llegar el momento en que iba a tener que mostrar a sus hijos y al perro una cara adaptada a un traje que todavía no quería ser suyo, un traje que caía sobre su cuerpo sin obedecerle, con esa inestabilidad de las pelucas. Gesticulando gritó:
–Salgan del paso, ¡carajo! ¡dejen caminar a la gente! ¡No han visto nunca un traje!
Y volviéndose a su mujer:
–Y usted también, déjese de mirar con esa cara... ¡Y no hablen más del traje porque me lo saco y lo pongo en el fuego!
(Sí; la psicología de los pobres es realmente complicada. Y esta aparente explosión de grosería, no es sino la defensa torpe de un alma tímida y delicada.)
Todos sonreían, divertidos por la turbación y el enojo del padre y hasta Fidel ensayó una carrerita para probar su alegría; pero doña María contenía trombonazos de risa, con lágrimas en los oíos.
– ¡Ay! Dios mío, si lo hubiesen visto salir de atrás de la cortina, con el traje nuevo: parecía el maniquí de la puerta de la tienda.
Los chicos aprovecharon para reír fuerte, pero como Alberto lo hizo en son de burla, doña María, instantáneamente seria, le sacudió un coscorrón:
–¡Qué te has creído, che, que te vas a reír de tu padre? ¿No te han enseñado educación todavía? ¡No faltaba más!
Y así pudo salir el padre de aquella situación lastimosa. (Es complicado, ¿verdad? Sin embargo, ellos se entienden.)
Don Pedro, que había perdido medio día de trabajo, para ir a comprarse el traje, ahora no sabía qué hacer y fue a mirar las gallinas. Doña María, a sus anchas, feliz con sus chancletas, entró en la cocina a preparar el almuerzo. Al ver al padre, las gallinas corrieron creyendo que les iba a echar algo y Fidel aprovechó la ocasión para amagar un golpe con el hocico, a través del alambre, al gallo engolado que hizo girar sus ojitos iracundos, cloqueando.
El padre abrió la portezuela del gallinero y tendiendo suavemente la mano hacia una tabla donde se alineaban unas palomas, agarró una, en tanto las otras huían batiendo las alas despavoridas.
–¿Qué vas a hacer, papá?
El padre dijo con el tono de quien se ve obligado a hacer algo a disgusto:
–Trae el piolín del barrilete.
Alberto fue a la carrera a buscar el piolín y salieron al potrero de al lado.
Doña María gritó:
–Eso es, ponete la ropa a la miseria ahora. Ya te arruinaste un saco, ahora arruina el otro. ¿Todavía no tenés bastante?...
(La ropa, la ropa. .. Mirando bien dan lástima esos que son capaces de dejarse basurear por no estropearse la ropa en una pelea.
El padre ató las dos patas de la paloma y pasó una vuelta de piolín por su cuello, de modo que hizo tres tiros, como en los barriletes. Luego la soltó al aire, aflojando el hilo y la paloma, asustada, empezó a volar en círculo sobre sus cabezas.
Fidel saltaba y ladraba enloquecido. –Papá –preguntó Mario–, ¿te obligan a ir a trabajar con el traje nuevo?
Sin contestar, a cada uno, empezando por el más chico, el padre dio a tener el piolín del barrilete vivo y finalmente fue recogiendo el hilo hasta que la paloma, palpitante, con el pico abierto, estuvo en sus manos y fue libertada. Pero estaba tan agotada y aturdida que cayó al suelo como un trapo y Fidel se le echó encima y de un bocado la apresó entre los dientes.
– ¡Fidel! –gritó Alberto con ansiedad y al querer correr tropezó y se derrumbó largo a largo; pero intervino el padre:
–Déjasela, no le hace nada. No la agarras vos mejor con la mano, que el perro son los dientes.
Y a Fidel:
–Anda, llévala adentro.
Y una reflexión que nadie entendió:
–Ojalá el hombre tuviera la mano blanda como la beca del perro.
Y Fidel iba adelante, orgulloso, con la paloma en la boca.
Sí; el padre sabía muchas cosas; pero no estaba casi nunca en casa. Los domingos, después de almorzar llegaban el lavandinero, a quien apodaban Gracias-por-todo, un compañero del taller, Remigio, que estaba en el torno de la otra cuadra y un viejo, don Serafín, que se había jubilado como señalero del ferrocarril. Se jugaba al truco y se bebía vino.
Las voces iban creciendo y retumbaban los puñetazos en la mesa mientras los chicos se desgañitaban cantando la Marcha de San Lorenzo y diciendo: oír se deja de corcer el cilacero, en vez de: oír se deja de corceles y de aceros. Al anochecer iban a terminar la partida en el despacho de bebidas de la esquina y no siempre amistosamente.
Don Pedro tomó un plato de sopa, sin ganas, le dio un pedazo de carne al perro, pues por el perro y no por otra cosa se sentía dueño de la casa, y se fue al taller, con el traje nuevo.
Los chicos comieron algo, se peinaron propinándose uno que otro puñetazo, se pusieron el guardapolvo y salieron para la escuela, escoltados hasta la esquina por Fidel.
Cuando el perro volvió y fue a olfatear el tacho donde estaba el saco viejo en lavandina, doña María se secó las manos en el delantal y salió a explorar la calle. Como siempre, estaba doña Matilde, recostada en el poste de la puerta de alambre del terrenito de su casa, con una sonrisa de oreja a oreja.
–¿No fue a trabajar don Pedro, esta mañana?
–No –respondió doña María y añadió, tiesa de miedo–: anoche me parece que tomó un vasito de más y trajo todo el saco roto y manchado de vino. Se lo lavé antes de acostarme; pero no sale del todo. Entonces fuimos a la tienda y le compré otro esta mañana, con una plata que estaba juntando.
–Sí; lo vi con el traje nuevo, remontando una paloma en el potrero. Nunca había visto hacer esto –recitó doña Matilde mirando lánguidamente al cielo.
¡Dios mío, ésta sabe algo! –pensó doña María y chapurreó:
–Para entretener a los chicos. ¡Las quiere, a las criaturas! (Y bueno; si no lo hubiesen buscado, no se hubiera metido). El tiene esa cara seria, que parece que siempre está enojado, pero ¡qué esperanza!, es un hombre de su casa, trabajador, que nunca le ha hecho faltar el pan a sus hijos... al que hablara mal de mi marido le sacaría los OÍOS. .. (¡Dios mío!... si el otro llegara a morir.) Se lo digo yo, doña Matilde, es un hombre al que hay que sacarle el sombrero...
–Y no como esos sinvergüenzas –le interrumpió doña Matilde, acentuando su sonrisa–, que porque el contrario dice turco en vez de truco, son capaces de abrirle la barriga de una puñalada. Pero, aunque todos se callen después, los agarran lo mismo, por las manchas de sangre del traje.
Adentro, en la casa, por primera vez aulló el perro.

5

EL PAN DULCE

Tenia razón doña Matilde.
A don Pedro lo pusieron preso y el disgusto (doña María decía: la mala sangre) no era por tener que ir a visitarlo a la cárcel, con el hijo mayor, mientras los otros dos y el perro cuidaban la casa, sino por lo que se murmuraba en el barrio.
Los chicos, a decir verdad, sentían cierto secreto orgullo de que el padre se hubiese hecho valer amagando una puñalada con un cuchillo de mesa. Pobrecitos, ¡qué saben ellos de estas cosas! (Este pensamiento debe ir acompañado de un suspiro.)
La gente de buen juicio había dicho sencillamente: –No se debe provocar a un padre de familia. Pero la herida no había tenido consecuencias y Fantasía ya andaba otra vez apoyando el codo en el mostrador de estaño del almacén con su vaso semillón dorado.
El mismo almacenero, don José, había salido de testigo. (No se alboroten: está bien dicho; no hay por qué complicar el idioma.) Pero don Pedro estaba adentro y no lo soltaban.
Doña María lo contaba de este modo:
–Como ser, aquí hay una reja; bueno, enfrente hay otra reja alambrada. Y entonces él viene y a veces no se puede acercar de tantos que hay detrás de los barrotes de hierro y no se puede oír lo que dicen, porque hablan todos juntos, gritando. Entonces, claro, usted comprende, a una le vienen las lágrimas a los ojos y un nudo en la garganta que no puede hablar. Y él, con toda la barba, como si no pasara nada; ¿se da cuenta? María, no te hagas mala sangre y ándate para casa. Al pobre Alberto lo miró y nada más. ¿Los chicos, están bien? Y el Fidel, ¿no me busca a la noche? ¿Se da cuenta, señora? En esa situación y acordándose del perro.
El perro era el que hacía más sensible la ausencia del padre. Cuando llegaba la hora en que volvía del trabajo, Fidel iba a la puerta, miraba inquieto hacia la esquina y volvía caviloso, con un trotecito cansino. Se echaba en cualquier lado, con la cabeza apoyada sobre una pata como si dormitase. Pero afinaba su oído y al menor ruido de pasos se enderezaba súbitamente y corría a la puerta.
Pero los días pasaban y don Pedro no volvía. Gracias-por-todo dijo que un amigo le había anunciado que pronto iba a estar en libertad, que estaba todo arreglado. Y a doña María, en la guardia, le habían asegurado: ¡Váyase tranquila, señora, mañana lo tiene en su casa!
Doña María salía de mañana a buscar ropa para lavar y volvía con un gran atado sobre la cabeza. El resto del día fregaba furiosamente sobre la tabla hasta quedarse sin aliento; después cocinaba y mientras los chicos comían, sentados a la mesa, ella tomaba un bocado de pie, sin ganas, tanto para no debilitarse.
Fidel husmeaba los rincones una vez más, buscando el olor que completaba a la familia, porque los perros sienten hasta el olor de los pensamientos.
Luego los varones lavaban los platos y todos se iban a acostar. Fidel hacía su última recorrida y se metía debajo de la cama de los chicos, desde donde podía proteger a la familia. Doña María caía en la cama tundida; pero el sueño no se dejaba atrapar ni boca arriba, ni de costado, mientras en la obscuridad el universo reproducía su hervidero de estrellas titilantes, Y ya sabemos, la obscuridad se hace más tensa y se acumula sobre el pecho y hay que derrumbarla con un gran suspiro y ese momento es el que le sirve al perro para entrometerse en cosas particulares, con cierto decoro.
Doña María siente en la mano abandonada el aliento húmedo y cálido de Fidel y luego su lengua tibia y le dice en voz baja, para que no oigan los chicos:
–No está, no; no está. Todavía no volvió. Ándate a la cucha.
Pero Fidel seguía lamiéndole la mano, porque doña María estaba pensando: ¿Y si no volviera? ¿Qué hago yo con los chicos? Porque sin padre ¿cómo puede haber educación en una casa? Una madre puede tener limpios a los chicos y darles un moquete a tiempo, una madre puede darles de comer bien y cuidarlos si se enferman, una madre es menos austera que un padre y no tiene vergüenza de suplicar y aun de arrastrarse por el suelo para pedir a la muerte que le deje a su hijo. Una madre conoce todas las posturas y los grandes gestos de los trágicos griegos y ha aprendido secretamente a torcer la boca, a desencajarse los ojos, a llorar lágrimas que saltan, gordas como piñones, por el costado de los ojos, y con gracia inimitable se cierran sobre la comisura de la boca; ha aprendido a bramar como ninguna actriz lo haría; y a pesar de que casi todas saben a conciencia su oficio de madres, a menudo son derrotadas y les queda la angustia de no haber sido del todo convincentes. Una madre puede estrujar contra su pecho a su hijo, con cualquier motivo, y traspasarle ese caudal de ternura, que un día hay que volcar en el sucesor; una madre puede enseñar a querer y siempre sabe las fechas de los cumpleaños. Pero un padre puede enseñar a dar la cara, a tender una mano lisa, a afrontar la contraria y a que no se debe tener deudas.
(Para todo esto no se necesita más que vivir como los demás: salir de mañana para el trabajo y regresar con un paso recio y ese olor a sudor sano que se escapa por las aberturas del saco.)
Sin padre no puede haber educación en una casa; pero las madres lo saben todo. Y saben esos miles de pequeños secretos sin los cuales no podríamos vivir, como soplar en un ojo para sacar un granito de tierra o golpear en la espalda para aliviar el ahogo de un ataque de tos.
Y también son las madres las que ennoblecen las cosas feas del mundo. Las tocan con sus propias manos y sus manos siguen siendo hermosas. Y si están encallecidas y cuarteadas son más maternales y no se comprende cómo el niño puede saberlo. Por eso las madres de manos pulidas dan a criar a sus hijos y el crío tiene que aprender a reconocer otro olor de madre. Y luego es tan difícil recuperar a la madre, aunque una tenga las manos cuidadas.
Después llegaba el día y doña María se ponía a fregar en el tacho, tanto más furiosamente cuanto más injusto le parecía lo que estaba ocurriendo.
A veces iba Alberto a entregar la ropa fresquita, bien doblada, y volvía con algún dinero. La madre había dicho:
–Vamos a juntar, para darle una buena comida a tu padre, cuando vuelva.
Y como estaba próximo el Año Nuevo, quiso que el muchacho trajera una hoja de panel y lápiz y anotara:
1 pan dulce
1 paquete de fruta seca
1 turrón

¿Y qué más? Bueno; se mata una gallina y se hace el estofado.
(–Doña Matilde, dice mi mama que tenga feliz Año Nuevo y que le mate esta gallina, porque si la mata ella después no la puede comer.
Y un buen plato de fideos. (Sin fideos no parece día de fiesta.)
–¡Ah!... pone... una botella de sidra... y diez de hielo...
–Mama... ¿por qué no compras un ananás”?
–Ponélo al ananás. Se pela, se corta en tajadas redondas y se le pone un vasito de vino seco.
Doña María había colocado moneda sobre moneda y llegó a reunir diez pesos, que le cambiaron a don José, el almacenero.
La víspera de Año Nuevo, vino Gracias-por-todo bien temprano y le gritó desde la puerta:
–Doña María, parece que hoy lo largan a don Pedro.
Ella se detuvo un poco asustada, porque primero había ido todo tan lentamente, que era una desesperación y ahora las cosas se precipitaban de tal manera que no había tiempo de pensar qué había que hacer, qué cara había que llevar... ¿Tendría que besarlo? Pero no tenía costumbre y era como desbaratar delante de extraños la seriedad que él se había impuesto y que tanto le costaba conservar.
Al mediodía empezaron a salir los presos perdonados en vísperas de las fiestas. Y ella estaba en la vereda de enfrente, en la sombra, sintiendo un temblor por dentro y cada vez que alguien trasponía el portón y se detenía un instante, parpadeando, como si por primera vez se asomara al mundo, ella sentía una flojera, como si toda la emoción hubiese bajado a sus piernas.
Una mujer escuchimizada, pasó a su lado y le dijo casi sin mover los labios:
–¿El suyo no salió, señora? Allá va el mío.
(Doña María: ya sé que a usted no le importa; pero quizá le resulte interesante saber que el Cap. VI de la Gramática castellana, dice: Pronombres posesivos son aquellos que significan posesión o pertenencia de alguna cosa o persona. ¿Comprende por qué a usted le agradó lo que le dijo la pobre mujer?)
El primer indicio que tuvo ella de que el suyo no salía, fue un copioso sudor que le bajaba desde la nuca por el cuello. Cosa rara, primero fue el sudor y después el pensamiento. Entonces comprendió que había esperado hasta ahora sin pensar que esperaba y que su capacidad de paciencia se había agotado frente a aquellos muros amarillos de la prisión. Tuvo la sospecha de que no quedaba otra cosa por hacer que gritar y desplomarse en la vereda teniendo por único testigo al vendedor de masitas, que movía su plumero de tiras de papel con esa parsimonia con que las vacas mueven distraídamente la cola. Pero en ese momento apareció él en el portón. Pareció indeciso, como si no supiese claramente hacía qué lado tomar. No la vio y parecía que no esperaba a nadie. Se dirigió con cierto esfuerzo a pasos pesados hacia la esquina, como si fuese para el lado opuesto al que había resuelto ir. Ella quiso gritar y no pudo. Su chistido cayó al suelo antes de llegar a él. Entonces reunió todas sus fuerzas y empezó a correr detrás de su marido. Tenia miedo de no llegar a alcanzarlo y que él hubiese perdido la costumbre de volver a casa, después de tantos días de encierro, y que siguiese por esas calles, tantas que no se sabía cómo hacer para recordarlas y que, entrampado en ellas, no pudiese volver nunca más. El la presintió detrás suyo y se dio vuelta en el preciso momento en que una baldosa más alta que otra se propuso ayudarla y la hizo caer, de rodillas. Entonces vino hacia ella, a grandes pasos y la alzó con sus nervudos brazos. Y en esta forma se cumplió el abrazo. Y se sentía tan feliz así sostenida.
–¿Te hiciste mal?
–No; no me hice nada, es que estos malditos zapatos, pía... pía... pía...
(Ya todos saben que cuanto más se habla más se disimula. ¿Para qué copiar lo que dijo doña María? Cuando se adquiere una conciencia de escritor, este oficio es doloroso. Cada uno ponga allí lo que le parezca.)
Pero él no la escuchaba y a la luz plena del mediodía su humillación se acentuaba. Nadie había comprendido nada. Se le había tratado como a un irresponsable, que no sabe lo que ha hecho. El había arriesgado su vida para imponer un respeto y se le había dado el tratamiento de un niño que ha cometido una falta. No era posible entenderse y habían concluido por dejarlo en el cuadro.
(¿Por qué tutear a los presos? Cuanto más bajo cae un hombre más cuidado hay que tener con la dignidad que ha podido salvar.)
El caminaba sombrío y ella trotaba a su lado, rengueando y como él se enjugó la frente con la mano, ella quiso llevarle el sombrero, para que él supiera cuánto lo quería. Pero ya no era el mismo don Pedro. Su importancia de vecino respetado se había desmoronado. Mejor era que pensara en su mujer y en sus hilos también los domingos, en vez de ir a jugar a la baraja y a tomar vino.
–Yo sé que hice mal; pero uno tiene la sangre calienta y no va a dejar que se le rían en la cara.
–Tenés que pensar en tus hijos.
–Sí; pero tampoco sería un buen ejemplo que los hijos supieran que uno se dejó basurear por un compadrito.
–A vos qué te importa... vos tenés a tu mujer y a tus hijos...
¿Acaso no le hablan dicho que Fantasía le había puesto pimienta en los ojos al perro del guardabarreras? El no se metía con nadie; pero odiaba a los que maltrataban a los animales. Los perros y los gorriones le daban más lástima todavía.)
Cuando llegaron a la casa, desde el fondo vinieron corriendo los tres chicos y al llegar junto al padre se quedaron mudos, revisándolo por la espalda, por los costados, como si esperaran que trajera algo escondido. Doña María los apartó rudamente:
–Ya están... ya están con la boca abierta. Dejen pasar... ¡malcriados!
Pero los tres chicos se reían y Fidel, después de cerciorarse que el patrón había llegado, empezó a correr, frenéticamente, desde la puerta al gallinero, de la cocina a la pieza, llevándose todo por delante, golpeando las puertas, empujando las sillas...
–Míralo –dijo doña María–. Se volvió loco.
Don Pedro fue derecho a su sillón de mimbre y sus manos parecían acariciar los brazos del viejo sillón.
–¿Por qué no te haces una siesta? –dijo doña María, que ya se había puesto de entrecasa y se sentía, más tranquila escondiendo las manos debajo del delantal.
Para olvidar aquel mal momento de su vida tenia él que tomar contacto con las cosas familiares. Pero don Pedro no quería hacer la siesta.
–¿Querés comer alguna cosa? ¿Querés tomar algo?
No: don Pedro no quería ni comer, ni beber.
(A medida que avanzamos en la vida nuestros ojos parece que se corrieran hacia la nuca y miramos hacia atrás. Lo que queda al frente cada vez es menos y el presente en realidad no existe. El presente es como un muro divisorio. Lo que vivimos lo arrojamos por encima del muro y pertenece al pasado. Recuerdos y presentimientos, eso es nuestra vida.)
El perro estaba tan contento que había entrado en la pieza y tironeaba de un zapato viejo. De pronto el animal se levantó sobre sus patas traseras y revisó el antiguo tocador de nogal. El cepillo de la ropa le tentaba con su pelo ríspido, pero estaba lejos de su hocico; la jabonera tenía un olor que le disgustaba, aunque su color y su brillo le atraían; el juego de copitas de licor, con su arco dorado, también estaba fuera de su alcance. No había otra cosa a su disposición más que el arrugado papel verde de diez pesos que doña María acababa de sacar de su escondrijo. Dio un saltito sobre las dos patas y lo alcanzó. Tenía un olor tan particular, un olor mezclado de hombres y de azufre que lo excitaba. Lo dejó en el suelo, lo volvió a oler, remangando el hocico; se echó atrás, agachándose sobre sus patas delanteras hasta apoyar la cabeza en el suelo, y lanzó un ladrido infantil (¿puede decirse?), batiendo la cola. Después se echó sobre el papel de diez pesos como sobre una laucha, con las dos patas a la vez y sacando las uñas bruscamente. En seguida, gruñendo y sacudiendo con furia la cabeza y con ayuda de las patas, empezó a mordisquear y a romper el billete de diez pesos hasta que no quedaron más que unas tiras de papel esparcidas por el suelo.
Y en ese momento, doña María le decía a Alberto, en la cocina:
–Agarra la plata que está sobre el tocador y anda a comprar las cosas. Y no vayas a perder los diez pesos.
(Bueno; casi no tengo ganas de seguir contando. ¿Se imaginan? Sí; ya sé: esto fracasa como drama para los que pueden asistir a una exposición de abanicos fin de siglo; pero les juro que es un drama tremendo para más de cuatro y sospecho que en junto deben ser algo más de cinco.)
Alberto se quedó inmóvil en la puerta de la pieza, helado de terror. El perro fue hacia él moviendo las orejas. Pero el chico retrocedió y dio un grito espantoso:
– ¡Mama!... ¡mama!...
Corrió la madre, corrió don Pedro, corrieron los otros dos chicos. Alberto tartamudeaba:
–Mama. .. el Fidel... se comió la plata...
Hubo un momento de consternación. Fidel lentamente, mirando de reojo, se escurrió bajo la cama. De pronto, doña María se sacó una zapatilla y quiso correr detrás del perro; pero don Pedro la retuvo por un brazo. Sus ojos eran mansos y suaves, el mechón de la frente caía sobre una ligera sonrisa.
–¿Qué vas a hacer?, déjalo.
–Era la plata para la comida de Año Nuevo... –murmuró ella, apuntando un sollozo–. Queríamos darte una buena comida y comprar un pan dulce.
–Un hombre que le da a otro un cuchillazo no puede comer el pan dulce de Año Nuevo –dijo don Pedro sentenciosamente.
–Pero... –preguntó perpleja doña María, mirándolo en los ojos–. ¿A vos te parece que el animal comprende?
– ¡Claro que comprende! –dijo él levantándose el mechón de pelo de la frente– ¡mejor que vos y yo, comprende!
Y así fue como Fidel no les dejó comer el pan dulce de Año Nuevo.
(Y, claro, uno se olvida casi siempre de que aun cuando lo pierda todo, absolutamente todo, no ha perdido nada, si no se ha perdido uno mismo.)

6

LA CALESITA

Los ojos del perro se iluminaron. Mario golpeándose con la mano en el muslo, lo llamó con un tono que Fidel ya conocía. Porque aun cuando el perro no hacía preferencias con los chicos, a cada uno le reservaba una parte de intimidad no compartida con los otros dos.
(Ya intuía él, siendo perro, antes que el filósofo, que las vidas no son más que un íntimo acontecer.)
Así, acompañaba a Pedrito, el melindroso, a dormir y se anticipaba a poner el hocico sobre las patas, para que doña María pudiese decir, con el aire distraído de quien sigue el vuelo de una mosca:
–Dormite, pichón; ¿no ves a Fidel, que es buenito, cómo se durmió en seguida?
Y en cuanto el chico se quedaba dormido, Fidel sacudía una oreja, olfateaba el aire y salía con suavidad de gato, dejando al niño dormido con su soledad. Afuera, en la galería, se sacudía erizando los pelos, o bostezaba estirando las patas traseras. Y moviendo la cola con discreta alegría, iba al encuentro de Alberto, que estaba casi siempre sentado en el suelo, recontando las cosas que atesoraba en sus bolsillos.
Si estaban solos, casi siempre se entregaban al juego tácitamente convenido. Pero tenían que estar solos para que todo saliese bien. Alberto se echaba de espaldas sobre las baldosas y Fidel lo embestía, saltando sobre él, haciendo locas cabriolas y mordisqueándole suavemente los brazos. Cuando, pasado el primer ímpetu, Alberto quería agarrarlo, Fidel se escurría de las manos y si se dejaba atrapar era para fingir una gran desesperación por desasirse, con inverosímiles contorsiones, mordiscos que no alcanzaban a apretar los dientes y grititos ahogados de impotencia. Y todo esto sin más ruido que el del resuello y uno que otro falso gruñido. A veces, una oreja torcida en tirabuzón o la filosa punta de un colmillo, les recordaba, después del inesperado gemido, que se habían excedido en la simulación. Entonces doña María, sin asomarse siquiera, ponía una tregua en la contienda.
–Alberto, deja ese perro, no lo cargosiés. El día que te muerda vas a venir llorando.
El perro aprovechaba para tomar un respiro y luego volvía a la carga. Pero cuando se fatigaba de esta lucha, iba a dar unos lametazos en el tacho del agua y se echaba a dormir, gruñendo si Alberto lo molestaba.
Otro de los juegos que preferían, era el siguiente: Alberto ponía en el suelo, al lado suyo, como al descuido, cualquiera de las cosas que guardaba en sus bolsillos, una perilla, una arandela de goma, un piolín, una tapita de lata, y Fidel la tomaba entre sus dientes y salía a todo correr.
–Trae eso acá –decía Alberto con voz de enojo. Y empezaba la persecución.
A Mario, en cambio, le servía de cómplice en sus travesuras. Fidel siempre acompañó a los chicos a todas partes y hasta tuvieron que echarlo del patio de la escuela; pero cuando Mario lo llamaba, con un silbido corto, golpeándose con la mano en la pierna, ya sabía el perro que debía prepararse para sobresaltos y locas carreras.
Primero se iniciaba una corta disputa:
–¿Por qué no va Alberto? ¿Siempre yo... tengo que ir?
– ¡Mario –decía doña María, con un dejo de distinción–, anda pronto, no me quiebres la cabeza!
Entonces Mario hacía la señal convenida y salía con el perro. El chico se transformaba apenas pisaba los ladrillos de la vereda. Su semblante adquiría una expresión hosca y meditativa, como la del explorador de una selva. El perro lo seguía, atento a sus indicaciones. Tenia que ladrar cuando Mario se lo ordenaba y escabullirse cuando se peleaba con otros chicos a cascotazos, con esas corriditas en las que las patas traseras parecen pasar a las de adelante, con la cola escondida. Y tenía que hacer frente a los perros del barrio, al Negro, que era fino y nervioso; al Yacaré, que tenía un ojo menos; al Jazmín, que era corto de patas, pero poderoso. Todos, al verlo escoltando al muchacho, querían humillarlo en su presencia y lo olían desconsideradamente; pero Fidel se sentía valeroso junto a Mario. El chico le echaba una ojeada al perro que les salía al paso, valorándolo y seguía su camino, con un rápido gesto de desprecio. Si el contrario gruñía, provocando, le sacudía un puntapié, mientras Fidel erizaba la pelambre y tomaba posiciones. Pero si el perro seguía husmeando atrevidamente, de pronto, Mario se volvía hacia él y señalándolo, con un gesto de ferocidad ordenaba:
–¡Chúmbale, Fidel!
Y Fidel, ceñudo, se abalanzaba, ríspido, frunciendo el hocico para que se le viesen los colmillos y se iniciaba un conato de pelea.
El otro perro decía retrocediendo: –¡No te hagas el malo!– Y Fidel contestaba: –¡Cuando voy con él, no me gusta que se tomen confianza!
Y cuando acobardado y aturdido por el sorpresivo ataque, el otro perro quedaba arrinconado, Mario ordenaba:
–¡Basta... déjalo... vamos!
Con Jazmín no ocurría esto y casi siempre le daba unos revolcones a Fidel. Entonces Mario lo espantaba a pedradas y Fidel, temblando y sacudiéndose la tierra del lomo, con una pata levantada, lo interrogaba con los ojos. ¿Estuve bien?
Bueno; llegó el lechero, apurado como siempre:
– ¡Lechero, patrona!
Fidel lo dejó pasar, indiferente, como todas las tardes. Siempre era lo mismo: el ruido que hacia al destapar el tarro; si ruido de la leche que llenaba la medida; el que hacía al volcar la medida en la ollita y otra vez el sonido a hueco de la tapa del tarro.
– ¡Hasta mañana, patrona!
Y Fidel que se incorporaba bruscamente y corría detrás del lechero, buscándole los calcañares y ladrando como un descosido.
(Los lecheros siempre andan apurados como si temiesen no alcanzar a distribuir toda la leche que dan las pachorrientas vacas.
Ahora, doña María le da un peso a Mario (¡No lo pierdas!) para que vaya a comprar yerba al almacén y empieza la parte dramática del relato.
(¿No puede ir él? ¿Siempre yo... etc., etc. Bueno; esto ya lo saben.
Eran las cuatro y media; pero el sol estaba alto y las moscas vibrantes. (También el día y la noche ahora los señalan los economistas en vez de los astrónomos.)
Mario salió seguido por Fidel. Caminaba mirando al suelo y un mechón de pelo le caía sobre la frente como a su padre. Pero pasó delante del almacén “Vita Nova” y no se detuvo, ni vaciló siquiera.
En la otra esquina, en un potrero triangular, habían instalado una calesita y Mario iba hacia allá, atraído por las lejanas notas del elemental organito.
La cúpula anaranjada del toldo era vieja; pero los caballitos habían sido repintados y lucían gallardos entre los barrotes bronceados. Sí; toda la calesita era triste y giraba como cansada, con leves chirridos de vejez. Cansado el organito desparejo, vencidas las tablas onduladas del piso circular; exhausta la cúpula de lona raída, con flecos sucios; agotado el hombre que daba vueltas a la pera de la sortija; derrengado el matungo. Solamente los caballitos de madera se mantenían enhiestos. El caballo de verdad, sin arrogancia, huesudo, con los ojos tapados con un trozo de arpillera, estaba atento a su trabajo y no podía evitar una sacudida de orejas, cuando oía la voz del patrón. Los caballitos de madera, tan soberbios y coloridos, estaban en cambio, casi todos desorejados; pero ejercían tal atracción que Mario traspuso el alambrado sin poder pensar lo que hacía. Le dio el peso al hombre y pagó dos vueltas. Se guardó en el bolsillo del pantalón el resto de las monedas y esperó, con tres o cuatro chicos más, a que la calesita se detuviera, para subir. Luego, excitado, fue probando todos los caballitos, y desechándolos, a uno por el color, a otros por la dureza del asiento, a éstos por las cortas riendas. Solamente cuando si viejo caballo –¡Arriba, Pimpollo!– hizo andar la calesita se acordó de Fidel. Pero ya era tarde y el perro corría detrás suyo, todo alrededor, con un aire alegre, de cachorro.
Y se pretende que el chico levantaba las narices, como los caballitos, y que sentía al girar como una extraña embriaguez que lo impulsaba a dar otra vuelta y otra, y otra más...
(Si; era preferible dar hoy mismo todas las vueltas necesarias para agotar ese deseo, aturdido por la música del organito falto de aliento. Después se forzaría a llorar para simular que había perdido el peso.)
Mientras tanto, a su casa había llegado el mercero, con su canasta de baratijas al brazo y su fardito de telas sobre la espalda. Los chicos le habían puesto de sobrenombre Sopadoble, por su corpulencia. Era un sefardita acriollado y alegre, con una alegría un poco puesta, que no podía comunicar a los demás. Entraba en casa de sus marchantes, como Pedro por la suya, cantando:
–Lori-bilori Vicente colorí...
Remataba su canturria con un potente: –¡Merceroo! y empezaba a charlar con vivacidad profesional:
– ¡Dichosos los ojos que la ven, marchante! ¡Cómo le va, doña María! El marido y los hijos, ¿están bien? Eso es todo. La salud, primero. Déjeme poner el atado en el suelo... Le voy a mostrar un género floreado que es un primor...
–¿Y qué quiere que haga una vieja como yo, con un género floreado...?
Y pensaba: Bueno, tan vieja no sos...
–Doña María... viejos son los trapos... pero una mujer como usted... que Dios la conserve por muchos años, usted... usted todavía tiene que ir vestida a la inglesa...
(¡Qué me dicen: para Marcial, el ser inglés era el colmo de la perfección! ¡Y los pobres ingleses son tan desdichados como todos!)
–¡Déjese de, embromar, mercero! –dijo doña María. Todavía le debo doce pesos y hoy no le puedo dar nada...
– ¡Marchante! ¿Marcial le ha pedido plata alguna vez...? Cuando hay, hay; y cuando no puede, no paga. La plata no es todo en el mundo... Si hoy no tiene... algún día tendrá.
A esa confianza, doña María correspondió, yendo a la cocina a poner sobre el fuego la olla, para recalentar algún resto de la sopa del mediodía, que era lo que más apetecía Marcial. El aflojaba las correas del fardito y ponía en fila los cortes del género.
–Hay que aprovechar ahora, marchante, después de la guerra, no va a haber género... El mundo va a cambiar mucho, doña María.
–Sí –dijo ella, sentenciosamente–; quién sabe cómo van a ser las cosas... pero la ropa de mi marido y de mis hijos, tendré que refregarla como ahora...
(¡Vaya a saber qué quiso decir con eso doña María!)
Marcial se echó en el piso fresco del corredor y puso sobre las piernas el plato honda que le trajo doña María. Y mientras ella y los chicos miraban las cosas, el mercero, con un pedazo de pan, tomaba cucharadas de sopa recalentada y decía con la boca llena:
–Dios se lo pague, doña María... ya me empezaba a doler la cabeza del hambre.
–Un ciato de sopa no se le niega a nadie –refunfuñó con cierto pudor doña María, extendiendo algunos géneros y esperando que un sentido oculto le señalase imperativamente cuál era el de su conveniencia.
De pronto se acordó que había mandado a Mario al almacén hacia ya mucho tiempo y que aún no había vuelto. Le dijo a Alberto que miraba, de rodillas, con Pedrito, la abigarrada canasta del mercero:
–¡Anda a ver dónde está tu hermano! ¡Hace una hora que lo mandé al almacén, a comprar yerba y todavía no ha vuelto. ¡Dios bendito! ¡Con tal de que no haya perdido la plata!
Y dirigiéndose al mercero:
–Y este marroncito, ¿a cuánto sale?
(Lo más pesado para doña María era tener que decidir. ¿Por qué no lo daban todo hecho y elegido en el mundo? Para elegir había que saber qué era lo que aprobaban los otros y simular que se coincidía por casualidad. Pero nunca se podía hacer lo que uno quería y uno mismo tenía que el