
Cuando
al Piojo Rafantini lo llamaron a la oficina del capo, pensó que era para darle
un par de cachetazos. Todo por culpa de esa desgraciada que se sentaba enfrente,
con unas gambas de infarto y minis a media nalga, como se usan ahora. Porque el
cuerpo humano de la persona es débil, dice el refrán, y el pobre la pifiaba
tupido en el laburo, con tanta distracción. Como por ejemplo, cuando le dijeron
que mandara con toda urgencia un equipo de calefacción a la filial Terranova, y
de tanto junar a la rubia se equivocó de código al apretar el botón, enviándolo
por expreso aéreo a Brazzaville, República del Congo.
-¡Vea che, que con la calor que hace siempre acá, no vamos a poder venderlo!
–decían los morochos cuando se quejaron vía fax.
Pero ellos no fueron los únicos en tirar la bronca.
-¡Apuresén que nos cagamos de frío! –gritaba un gerente regional, entre los
hielos del Canadá.
Mas seamos realistas: de nada sirvieron las protestas, porque el mal ya estaba
hecho. Y cuando en Estocolmo se supo lo ocurrido, Rafantini se convirtió en el
punto de todas las cargadas.
-¿Así que está nevando en el Congo, che? –le sacudían los colegas, al verlo
llegar a la oficina.
-¿Por qué no mandás también un enfriador de ambientes a la Antártida?
Pobre Piojo. Terminar su larga foja de servicios convertido en punto de tanta
maldad. Todo por esas gambas que lo ponían biscocho. Intentó de todo. Ir al
laburo con gafas negras. Poner una cortina que atajara el show que venía del
otro lado del pasillo. Calarse anteojeras, como les ponen a los caballos. Pensar
en la señora, en Santa Rosa de Lima, en los pibes. En lo linda que es la bandera
azul y blanca. Pero, nada. Cada vez que creía haberse liberado de aquella
obsesión, estaba otra vuelta mirando, baboso, a la loca ésa. Ni la luenga, que
es prenda bien íntima, podía ya controlar.
-¡Godmorgon, piernucha! – la saludó cierta mañana con una sonrisa babosa.
-¿Cómo te atrevés a llamarme así, cabeza negra? –dijo ella- soy la licienciada
en costos industriales Suzanne Kvällström, medalla de oro por la Universidad de
Uppsala.
-¡Qué oficio interesante! –repuso el Piojo, para congraciarse- Siempre quise
conocer a alguien para discutir ese asunto. ¿Qué sistema te parece mejor? ¿El
costeo directo, o el método por absorción?
Ella le echó un vistazo despectivo, convencida de que el tipo quizás hubiera
leído un artículo suyo en la revista de la empresa, pero con seguridad no tenía
puta idea de lo que estaba diciendo. Entonces le clavó la vista de frente,
cruzando las piernas, y al Piojo le empezaron a dar vueltas los ojos adentro de
las órbitas. No sabemos si ella comprendió la intensidad del duelo, pero dijo
con mirada despectiva:
-Mirá idiota, a la empresa mi tiempo le cuesta ciento cincuenta y seis coronas
la hora, más cargas sociales. No me hagas tirarlo a la basura hablando
pelotudeces con un salame como vos.
Y sabido es que los suecos trabajan en el más profundo silencio, así que todos
oyeron el desplante.
-Esa cabra tiene agallas, compadre... -le susurró un chileno que repartía la
correspondencia interna.
Rafantini se quedó más callado que pato en escabeche, porque ya ningún mensaje
le llegaba. Pálido, con los ojos entrecerrados, pensando sólo en los encantos de
esa vikinga. Así las cosas, la computadora de pronto hizo “¡Bizzz...!” con tono
inapelable, y entró otro pedido de envío urgente.
“Despachar 3.000 kilos de ácido sulfúrico a la filial Buenos Aires”. Una orden
fácil de cumplir, con toda la parafernalia informática que había en el
escritorio, pero el horno no estaba pa’ bollos, como se suele decir. Así que el
loco metió nuevamente las de andar, porque miraba la máquina con los ojos
entrecerrados, y otro asunto en la azotea. Los lectores pueden imaginarse el
resultado, sin mayor esfuerzo. Apretó una tecla chunga, saliendo el pedido con
un número de inventario que se le parecía, pero no era igual. Para resumir, una
semana más tarde, en Tierra del Fuego todos estaban preguntándose para qué
cuernos la casa matriz les habría enviado tres toneladas de arena, con lo que
cuesta el flete aéreo desde Europa, y lo barata que se la consigue aquí. Esa fue
la gota que colmó el vaso. Un drama en apariencias muy tranqui, porque los
suecos no se calientan nunca, pero te la colocan doblada.
-Rafantini a Dirección –dijo la voz impersonal de un altoparlante.
-Buenas tarde, señor jefe.
-Vea, che –dijo el capo- encuentro muchos errores en su trabajo últimamente, y
me parece que se debe a pura distracción. Pero no debe preocuparse, porque
nuestra política laboral no contempla echar nunca a nadie. Vamos a darle una
nueva oportunidad trasladándolo a otro centro operativo. ¿Le gusta el norte?
-¿Estocolmo norte?
-No, un poco más arriba,
-Ah, ya sé... ¿ Gävle o Sundsvall?
-Tibio, tibio.
-¿Más arriba todavía? ¿Será Umeaa?
-Tibio, tibio.
-¿Luleaa, entonces, señor?
-Caliente,caliente...
-¡Oia, mi dio!¡No me diga que...!
Pero el traslado estaba resuelto.
-Kiruna.
Y como el apreciado lector seguramente jamás oyó hablar de esta urbe,
permítasenos presentarla. Una ciudad de 19.000 habitantes, ubicada cerca del
confín norte de Suecia, 145 kilómetros arriba del círculo polar. Ni una sola
palmera hay allí, ni calas ni gladiolos. En verano el sol no se pone durante un
mes, y en invierno ocurre justiniano al vesre. O sea, la noche eterna. Pero en
todas partes se cuecen habas, como habremos de comprobar.
-¿Qué hacías en la Casa Matriz? –dijo un trompa con pinta de esquimal.
-Gestor de Operaciones Internacionales.
-¡Qué experiencia tan interesante! Acá vas a tener otras tareas, para conocer
mejor la empresa.
El Piojo se sintió más tranquilo.
-¿Haciendo qué, señor? –logró preguntar por fin.
Entonces, la cara del capo se retorció en una mueca, y por la forma de reírse,
se vio que su mamá había tenido problemas con la ley de profilaxis.
-Lo que hacen todos los inservibles –repuso con un gruñido- Cortar árboles de
sol a sol, hasta que aprendas a ganarte el sueldo. Vaya al depósito, para que le
den el equipo de trabajo ¡Corriendo, carajo, que no me gusta repetir las
órdenes!
Sería injusto negar que en ese momento el Piojo sintió dudas sobre su futuro, no
sólo en la empresa, sino a todo lo ancho y largo de nuestro planeta azul.
Sentimiento que se iba convirtiendo en pavura cuando conocía a sus compañeros de
labor. Unos ursos cuadrados como roperos, que sólo se expresaban con
monosílabos, y si abrían la boca, era para emitir sonidos guturales en la
mestura más desgraciada de sueco, esquimal y finlandés. Todos mascaban tabaco, y
colgando del cinto llevaban un hacha, raquetas para caminar por la nieve, y una
botella de vodka. De pronto sonó un timbre con voz chillona.
-¡Grupo número uno, a los camiones!
El viaje fue incómodo e interminable, con el mionca saltando en la huella de
hielo, de modo que al llegar, los pobres laburantes tenía la osamenta molida.
Pero eso no es nada, comparado con la tarea de talar pinos de ocho metros de
alto, que al caer te llenaban la ropa de astillas y nieve. Entonces se pudo ver
el cielo, y en la penumbra invernal, apareció un brillante disco de plata. ¡La
luna recostada sobre una roca, entre los árboles! El Piojo se levantó un poquito
las gafas, y la encontró idéntica a aquella que gambeteaba las noches tibias, en
los baldíos de su ciudad.
-Mi Buenos Aires, querido... –gimió en voz baja, para que ninguno de aquellos
bestias lo escuchara- ¿Cuándo te volveré a ver?
Una escena de gran dramatismo, en que el Piojo pudo haber exagerado un poco la
nota, pero aquello no era joda. Andaba en la mala, y cuando menos lo pensás,
salta la liebre. Caminando despacito con una guadaña al hombro apareció una
figura vestida con capa negra. Y le palmeó la espalda, susurrando la letra de un
viejo tango:
“Y ya que todo es mentira,
y ya que nada es amor...
¡No esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor!”
En ese momento el Piojo decidió renunciar a su cargo en la empresa. Otro golazo
del Departamento de Personal.
THE END
Copyright: John Argerich, 2006
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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 32 medios de 9
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