
Introducción:
El título de este artículo lo pone Vd., querido lector, porque nosotros
preferimos lavamos las manos. Es que siendo la historia una cola del artículo
precedente, bien pudo llamarse "Tango que me hiciste mal" o "Vacaciones en
Buenos Aires II". Pero nos cuidamos mucho de sugerir ninguno de ellos. El
primero porque de tanto ir el cántaro a la fuente parece un afano intelectual, y
suena horrendo desde el vamos. Pero la variante queda aún más expuesta a la
crítica de los competidores. Habría que ser tara y medio, digo yo, para
desconocer el destino que nuestra filosofía popular asigna a las segundas
partes. Así que amparándonos en esa atmósfera, y para lavarnos las manos,
metimos dos palabritas en extranjero mesturadas con la lunfa nacional, como se
usa ahora. Que de no batirla clarete, poco pesca el respetable. Y con tales
afanes llenando la pensadora, retomamos nuestro instructivo relato.
-¡Oia, mi dio, qué despelote de minusa la Madalena, mostrando las gambas tipo
bataclana! –comentó el Beto di Filipi, con la boca abierta, al verla bajar por
la escalera, desde la oficina del trompa.
Pero el capataz lo oyó, y de puro celoso, se le inyectaron los ojos de sangre.
-¡Tené más respeto, payuca mal parido! -le gritó, amenazándolo con un puño.
-¿Mal parido, yo? ¡A la vieja me la vas a respetar! -gritó di Filipi, mientras
levantaba una pala, para descargarla violentamente sobre el marote del negrero.
Este cayó redondo, y de la boca le salió suspiro.
-¡Negro hijo de puta! -dijo, antes de desmayarse.
Aquel acto de violencia no era frecuente en los talleres clandestinos, donde con
tantas privaciones y tantos castigos, las víctimas se han vuelto apáticas, hasta
perder la capacidad de reacción ante un atropello. Así que todos abrieron muy
grandes los ojos, al ver desmoronarse escaleras abajo, la figura todopoderosa
del mandamás. Y el ritmo se detuvo, mientras la gente intercambiaba miradas de
sorpresa. Entonces uno de los guardas gritó:
-¡A laburar si quieren comer hoy, que ésto no es una terapia de descanso!
Junto a él había un boliviano de 1,55 metros de altura, con casi dos metros de
tórax, y brazos acostumbrados a levantar pesadas cargas. Quien sintió la llamada
del destino, como elegido para convertirse en la estrella de esa jornada. Y sin
decir palabra, con una mano tomó al guarda por el cogote, mientras la otra le
aprisionaba las asentaderas. Levantarlo en el aire y arrojarlo sobre la figura
inmóvil del capataz fue una reacción instantánea, que marcó el comienzo de la
rebelión. Porque todos los bolitas, paraguas, chinos y provincianos que había
encerrados en esa mazmorra empezaron a apalear a sus captores, entre gritos en
un popurrí de lenguas vernáculas.
-¡Tomá otra piña, porteñito añamembuí!
-¡Que la Pachamama te cure los chichones, chei!
-¡Me jodiste durante tres años, pero ni Mao Tsé Tung te va a salvar!
Aparecieron otros capos, pero el horno ya no estaba para bollos. Y sin mayores
argumentos todos fueron a reforzar la masa humana que se debatían entre las
patadas y palos propinadas por los pobres inmigrantes. De pronto, uno de éstos
rompió el portón, y entró la luz de la calle. Poco después llegaban los
periodistas, la policía y la Dirección de Migraciones.
"Violenta rebelión de trabajadores esclavos" decía Clarín.
"El Once ha presenciado otra batalla campal" informó el diario La Nación.
-¿Y ahora para dónde agarramos, che? -dijo el Rata.
-A tomar un bondi que nos lleve lejos de aquí, no vayan a reorganizarse los
capos y nos revienten a palos, con la mostaza que deben tener en el balero.
Así fue como la pendejada llegó al balneario de Quilmes. Donde hay muchas
parrillas, que te dan de morfar y hasta te pagan un jornal. Poco, pero lo
necesario para alquilar entre todos un cuarto con dos camas. Donde había que
turnarse para dormir, es bien cierto, pero eso siempre es mejor que hacerlo bajo
la lluvia en plena Ruta 8, o terminar en otro taller clandestino de Plaza Once.
Lo importante era que estaban en Buenos Aires, de modo que el sueño se iba
cumpliendo. Sólo faltaba encontrar un laburo como la gente. Seguro, bien pagado,
y decente, si es posible.
"Empleada doméstica, cama adentro, necesito", decía un aviso.
-¡Eso no es para mí! -dijo la Loli.
"Peón industrial, acostumbrado al trabajo pesado", decía otro anuncio.
-¡Que labure el patrón! -pensó Bartolo.
Todo era igual, una cantidad monumental de esfuerzo, grandes pretensiones en
cuanto a referencias, y apenas la guita suficiente para morirse de hambre en
tres meses.
-¡Acá hay algo interesante, che! -comentó uno de los somellis Di Filippi.
Todos prestaron atención a la lectura de ese aviso, porque salía de lo común.
"Necesito pareja profesional de bailarines, para show tanguero en taberna de San
Telmo", decía el texto, impreso en letras destacadas.
Todos habían bailado el tango alguna velada, pero ninguno era un experto. Sin
embargo, las condiciones del empleo despertaron escondidas vocaciones.
-¡Qué bueno! Yo me apunto porque siempre quise ser bailarín -dijo el Samuel.
-¡Yo también! -repuso Bartolo.
-¡Y yo! -gritó Magdalena.
-¡Cuenten conmigo! -suspiró Mireya, ensayando unos pasitos.
Cualquier cosa con tal de morfar a diario. Así que se compraron una radio usada
en la calle Libertad, y meta práctica hasta que llegaran las entrevistas.
-¿Me permite, doña?
-Sé más fino para invitar, che.
-¿Bailamos, princesa?
-Ahora suena mejor.
Por fin llegó el 12 de abril, y la cola de aspirantes daba vuelta a la manzana.
Lungos y petizos, rubios y morochos, gordos y flacos. Unos con chambergo a la
usanza clásica, otros con gorra moderna con la visera hacia atrás. Unos
trajeados como ministros, otros en ropa informal. Unos con anteojos negros,
otros con gafas de biblioteca. Pero más allá de las apariencias, a toda aquella
multitud la hermanaba una pasión. Los hombres silbaban melodías llenas de ritmo,
mientras el minaje ensayaba cortes de fogosa inspiración.
"Tango, tango...que tenés el alma inquieta
de un gorrión sentimental...
Pena, ruego... que es todo el barrio malevo
melodía de arrabal..."
Por fin, un empleado con cara redonda y boba dio la orden de partida.
-¡Pase el primero!
Se contorneaban solamente al ritmo de unos compases, y los aspirantes al cargo
terminaban en la vedera como escupida de trompetista. Entonces el Rata Costoya
olfateó matufia, y le vino al balero una idea genial. Así las ochenta guitas por
barba que costó el bondi, no fueran a aterrizar en Pérdidas y Ganancias. Había
que crear un interés ajeno al puramente artístico. Porque todo medio es apto
para llegar al corazón del mandamás. Arte que los porteños llamamos administrar
el "cachet", alma y prez de la cometa nacional. Y la Wilkipedia no escatima
elogios para definir el concepto: Honor, estima o consideración que se gana con
una acción gloriosa.
-¡Me se prendió la Philips! -dijo el roedor- Hay que elegir un nombre sugestivo,
para que los jurados paren la oreja.
-¿Barejemplo? –preguntó un turco, más interesado en nuestra música ciudadana que
en los ritmos de Estambul.
-Debe ser algo con un mensaje que se entienda sin mayor esfuerzo.
-¿Qué te parece "Tango con cometa al 10%"? -preguntó un desubicado.
-Eso sería poco fino, y se puede decir con más clase. Para el caso, "Tangoleta
10".
-Demasiado directo. "Tango 10" suena mejor. Así los bagres se amasijan por
llegar al anzuelo.
-Gran espectáculo en vivo y en directo, con la intervención del conocido grupo
de danza "Tango 10" -propalaba a los cuatro vientos un altoparlante. ¡Apúrense,
ladies and gentlemen, que las entradas se acaban! Y los turistas hacían cola,
con la de cuero en mano.
En resumen, a los pibes les fue bien. Porque de mil que llegan, solamente uno se
forra. Como en la rula. Pero no hay que aflojar, porque donde menos piensa el
cazador, salta la liebre. Por eso es que en Buenos Aires ya no queda un terreno
baldío, ni dónde estacionar el piróscafo, ni espacio para estirar la cuchara el
día que llueva sopa, casi más.
THE END
Copyright: John Argerich, 2008.
All rights reserved.
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La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en medios impresos y
electrónicos de diez países.
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