Por John Argerich

VEINTICINCO AÑOS COMIENDO PESCADO
(Donde se habla de nostalgias y emigración)

-¿Desea comer lenguado, el señor?
-No, muchas gracias.
-¿Salmón del Cabo Norte?
-Tampoco.
-¿Una paella, quizás?
-Menos.
-¡Ah, ya sé qué podemos ofrecerle!
-¿Mmmm?
-Pez espada con salsa Stroganoff.
-¿Pez espada, dijo?
-Si, señor.
-¡Ni pensarlo!
-¿Un pollo asado, entonces?
-No, gracias.
-¿Canapé de cerdo con patatas suflé?
-Esa basofia dásela al cocinero.
El Pedrito Chantaline salió del restaurante dando un portazo, y en la vedera se encontró con dos ojos profundos que lo observaban sobre unos bigotes crispados por la tensión.
"Choripán y papas fritas", decía un cartel que colgaba al frente del triciclo.
-¡Otro que se raja del restaurante! -dijo hombre, con ese acento porteño que pasan los años, y no se pierde- ¿Será acaso que...?
-¡Al fin pescaste cómo viene la mano, che! Soy argentino -repuso Pedrito, sin poder ocultar su emoción- "Argie", como dicen los yonis. Igual que vos.
Después los dos hombres se estrecharon en un abrazo efusivo, y el diálogo cobró la calidez de nuestras noches de verano. Porque con las cartas puestas sobre la mesa, quedaba poco que decir.
-¿Vendés morfi, flaco?
-Ponéle la firma, y ni te pregunto lo que querés lastrar.
Entonces el coso se arregló la corbata de moñito con un guiño de entendimiento. Después giró ágilmente sobre sí mismo, para trasmitir la consigna a dos pibes que empujaban el enorme triciclo parrilla, con una bandera celeste y blanca pintada en el costado.
-¡Marche un especial de milanesa a caballo, dulce de leche y medio litro e’ tinto bien frappé!
Todo estaba dicho, y en la calle, el festival de Fuengirola atronaba la noche con coplas gitanas pintarrajeadas de acento calé. Aunque escuchando atentamente sus palabras, ése fuera un calé moderno, con cierto dejo imperialista agazapado entre sus versos.
"Dijo un día faraón,
gitanillo ha de nacer"
–decían los cantaóres-
"el que cimbre las canastas
y que esquile los borricous
con tijera de papel..."
E iban pasando las carrozas, abarrotadas de manolas luciendo mantones de vivos colores y el pelo adornado con claveles. Y para ratificar la pasión por el cambio que ha hecho de Andalucía un matete cultural, las había morenas, pelirrojas y rubias platinadas. Todas sacudiendo castañuelas y panderetas, aunque algunas entonaran estribillos en inglés. Como se usa ahora con tanto gringo mesturado en la ciudad. Unas cantaban, otras reían, y todas charlaban a gritos, cruzando bromas y piropos con el público que acudía al festival.
-¡Ole tu gracia, morena!
-What a figure, baby!
-¡Que te ola tu mujé...!
-What did you say?
Pero entre la multitud se oyó de pronto una voz distinta, para hacerle parar la oreja al más salame. No más gitanadas, sino un diálogo como de alguna película vieja en blanco y negro con Libertad Lamarque, Carlitos Gardel y un gran elenco. De cuando los muchachos usaban gomina, un decir. Pero vamos al grano, y recojamos esa perla de la parla rea, que brotaba junto al Mediterráneo azul.
-¡Oiga, maestro...!
-¿Qué hacés, loco?
-Junando el minaje, ¿y vos?
-Ya lo ves, me morfo un choripán hecho por un paisano que vende sánguches en la playa. Porque te lo digo sin despreciar. Paella morfa cualquiera, pero para lastrar como la gente, hay que relacionarse. ¿Capisci la onda, o no?
-Si, claro... ¡En este mundo las relaciones son todo, che!
-Decímelo a mí, que estuve veinticinco pirulos sin manducar más que carne de chancho, pescado y pollo...
-Entonces disfrutemos de un ambigú.
El del triciclo los semblanteaba, calculando la venta en ciernes. Porque como sabía decir el finado Sandrini la amistad es una cosa, pero los negocios son otra.
-¡Dame otro sánguche de chorizo, negrura!
Y el precio de la oferta, que en el mercado libre siempre es relativo, se acomodó con urgencia al renacer de la demanda.
-Servíte, son cinco euros.
-Hace un ratito me cobraste dos con cincuenta.
-Es la tarifa diferencial por servicio VIP. ¿No ves que vengo gambeteando cuadra y media atrás tuyo, con la merca?
El proveedor transpiraba, bandeja en alto, y los dos pibes que empujaban el triciclo atrás suyo, iban con la luenga colgándoles de costado.
-Si, claro...
Entonces cayó el Gordo Figueroa, que venía en tren de levante con los hermanos Bevilacqua. Los "zomellis a la trucha", que les dicen, por haber nacido el mismo día, aunque de distinto año. Y como bien sabemos, un argentino es un ser solitario, dos forman un club social, y con tres surge una colectividad. ¡Qué satisfacción, andar entre paisanos!
-¡A esto hay que darle forma, che! –dijo el Pepino Bevilacqua.
Ya había seis socios, y la celebración fue incrementando sonoridad. Primero el de los chorizos sacó una armónica, y entre todos cantaron "Mi Buenos Aires querido". Después apareció un morocho con guitarra, y le dieron al folklore nacional. "Paisajes de Catamarca", "Los quebrachales", qué sé yo. Al ratito, la paisanada llegaba a treinta y siete valores. Unos lloraban, otros se mamaron. Los más prácticos, organizaron un partido de fóbal en la playa. Solteros contra casados, que era la única forma de integrar equipos con un cachito de cohesión. Que si a los equipos les ponían River y Boca, el plantel acababa a los cachetazos cuando se acabara el vino.
-¡Viva el Club Argentino! –dijo una voz gangosa, bautizando para siempre a la nueva institución.
Pero por estas tierras hay muchos argentinos. Poco después los socios eran trescientos, y para fin de año se esperaba duplicar la afiliación, con una festichola de solidaridad y empanadas. Ahora estamos pensando en pedir la personería política, para tener peso en el parlamento. Como Vds. ven, se cumplió una vez más el viejo adagio. Dios los cría y ellos se juntan, che.

THE END

Copyright: John Argerich, 2007
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La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 32 medios de 10 países.

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