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NOTICIAS SOBRE BERNARDO ALBERTE
COMUNICADO DE PRENSA [30/03/07]
FUE SOLICITADA LA DETENCIÓN DE DOS GENERALES POR EL HOMICIDIO DE BERNARDO
ALBERTE
Ante el Juzgado Federal N° 6 de la ciudad de Buenos Aires se solicitó la
detención de los generales retirados Jorge Eugenio O’Higgins y Oscar Enrique
Guerrero, por considerarse que tuvieron participación en el homicidio del
que resultara víctima el recientemente ascendido post-mortem coronel
Bernardo Alberte quien fuera edecán del Presidente Perón y su delegado
personal durante los años 1967 y 1968. El crimen fue perpetrado por un grupo
de tareas que irrumpió en la vivienda de Alberte, la madrugada del 24 de
marzo de 1976. La medida judicial fue solicitada por Bernardo Alberte (h.)
en su carácter de querellante en la causa en la que se investigan
violaciones a los Derechos Humanos en el marco de los delitos cometidos en
jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército.
En noviembre pasado, cuando ya se había iniciado la investigación le fue
entregada al doctor Ramón Torres Molina, patrocinante de Alberte (h.), en la
sede de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas
documentación que una persona había conservado durante veinticinco años
entre la que se encontraban cartas originales que Perón escribiera a Alberte.
Las cartas estaban en el domicilio de Alberte la noche de su asesinato y
fueron sustraídas por el grupo de tareas.
La documentación había sido encontrada tirada en el palier del departamento
que O’Higgins ocupa en la Ciudad de Buenos Aires, e incluye entre otras
cosas una agenda personal del año 1979 perteneciente al citado militar.
Asimismo, por la difusión de una fotografía antigua de Guerrero, este fue
reconocido como participe del grupo que irrumpió en el domicilio de Alberte,
por personas que estuvieron presentes durante los hechos.
El 24 de marzo de 1976, los dos oficiales se desempeñaban en el Estado Mayor
del Ejército por lo que se supone que fue en éste ámbito que se decidió la
muerte de Alberte, quien entonces tenía el grado de Teniente Coronel
retirado.
Bernardo Alberte -
bernardoalberte@fibertel.com.ar
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de diciembre de 2006, ascienden post mortem a Bernardo Alberte a
Teniente General
04/15/06 (Clarín): El Gobierno asciende post mortem al ex edecán de Perón.
El Presidente y la ministra de Defensa firmaron el pedido de acuerdo al
Senado para promover de teniente coronel a teniente general a Bernardo
Alberte. Luego de que denunció la represión ilegal, fue asesinado el día del
golpe de Estado en 1976 por un comando paramilitar.
El Presidente y la ministra de Defensa firmaron el pedido de acuerdo al
Senado para promover de teniente coronel a teniente general (R) a Bernardo
Alberte. Luego de que denunció la represión ilegal, fue asesinado el día del
golpe de Estado en 1976 por un comando paramilitar. El 13 de marzo de 1976,
Alberte denunció públicamente a la Triple A, adjudicándole un intento de
secuestro contra su persona. También había denunciado la represión ilegal y
la complicidad de las Fuerzas Armadas. El 24 de marzo, día del golpe de
Estado, un comando paramilitar irrumpió en su domicilio y lo arrojó al vacío
desde su departamento, provocándole la muerte.
El pedido del Presidente define como "reparación histórica y moral" el
ascenso post mortem de Alberte y se rescata que "haya ofrendado su vida en
defensa de la democracia".
Alberte se desempeñó como oficial a partir del 24 de agosto de 1954, con el
grado de mayor, como edecán del presidente de la Nación Juan Domingo Perón.
Y con la caída del gobierno, el 16 de septiembre de 1955, por el golpe de
Estado, sufrió un retiro efectivo obligatorio.
En 1956 estuvo detenido y por rehusarse a prestar declaración en una causa
por "proposición de rebelión", debió huir del país, tras lo cual fue
declarado "en rebeldía" y se le dio de baja de las filas del Ejército
argentino.
Bajo las leyes de Amnistía de 1959 y 1973, Alberte fue reincorporado al
Ejército con grado de teniente coronel en situación de retiro.
Bernardo
Alberte (1918-1976), peronista y revolucionario
Por
Emilio J. Corbière
Recuerdo a Bernardo Alberte, en las vísperas del golpe militar de 1976. Lo
visité en su departamento de Avenida del Libertador, como redactor de 'La
Opinión'. Alberte condenó a los militares que iban a dar el golpe y reclamaba
que el gobierno detuviera a Jorge Rafael Videla y otros golpistas. Pero no tenía
confianza en el gobierno de María Estela Martínez de Perón, personaje mediocre
que había respaldado al criminal José López Rega y a la Triple A.
Tenía razón Alberte, militar de estirpe sanmartiniana que no deshonró su
investidura como los militares del Proceso.
Lo recuerdo a Alberte en 1968, durante la dictadura del general Juan Carlos
Onganía, en el local de Paseo Colón, de la CGT de los Argentinos. Allí
concurríamos con el dirigente gremial socialista Eduardo Arrausi. Alberte fue un
ejemplo como lo fueron, en el peronismo, John W. Cooke, Andrés Framini, la
querida e inolvidable Alicia Eguren, Gustavo Rearte, Juan José Hernández
Arregui, entre otros, y no los monigotes actuales.
Fue delegado de Juan Perón
y secretario general del Movimiento Peronista bajo la dictadura de Onganía. Era
un militante de hierro pero detrás de su adustez había un varón cordial, un
compañero entrañable, que siempre buscó la unidad de los revolucionarios. Nunca
buscó cargos, ni candidaturas, ni prebendas. Fue solidario con los perseguidos.
Por todo eso, los militares criminales lo fueron a buscar a su domicilio y allí
lo asesinaron.
Alberte fue un joven oficial del Ejército que participó como tal los días 16 y
17 de Octubre de 1945 en la movilización popular que dio nacimiento al
justicialismo. Era edecán de Perón cuando se produjo su derrocamiento en 1955.
Había participado de la defensa frente a los bombardeos durante aquel fatídico
año, cuando la marina lanzó sus bombas desde sus aviones en pleno centro
porteño, como los nazis hicieron en Guernica contra los vascos.
Cuando la banda criminal lo sorprendió en su domicilio, estaba escribiendo un
documento donde denunciaba el secuestro y asesinato de Máximo Altieri, un joven
de la Corriente Peronista 26 de Julio. Es justo el homenaje a este militar como
es justo condenar a sus asesinos repulsivos.
Fuente:
La Fogata
Carta del Mayor Alberte
al General Peron. "No estan dadas las condiciones para su retorno"
Buenos Aires, 30 de octubre de 1972
Sr. General Juan D. Perón Madrid
Estimado General: He recibido el encargo de compañeros de las O.P.R.(Organizaciones
Peronistas Revolucionarias) de hacerle llegar a Ud. el pensamiento de esas
organizaciones respecto de la situación que se plantea actualmente en el
país y el Movimiento y lo hago complacido, por cuanto ello me permite
retomar un contacto, por este medio, que nunca había perdido a través del
trabajo que continuamos desarrollando después de haber dejado de ser
conducción del Movimiento. Todos los sectores políticos del país están
actualmente conmocionados y convulsionados por la coyuntura electoral
planteada por la dictadura y, ante la perentoriedad de los plazos impuestos
por ella, necesariamente se van poniendo en evidencia los elementos ocultos
que caracterizan la trampa de la camarilla militar cuyo objetivo fue
integrar el Peronismo al sistema con la finalidad de crear un gobierno
favorable al continuismo. El fracaso de la "Operación Paladino" (engendro
del no menos pernicioso Remorino), no ha significado, de ninguna manera, que
la dictadura militar haya perdido la batalla, puesto que dispone aún de
medios y de fuerzas importantes que se fueron consolidando mientras los
sectores burocráticos y burgueses del Movimiento practicaban a través de
aquella conducción táctica traidora, oportunista e incapaz la política del
"coqueteo" con los mandos militares, hecho que siempre denunciaron los
sectores revolucionarios del Peronismo. La política del diálogo se
transformó así en la estrategia de la conciliación y del acuerdo, dejando de
constituirse en una exigencia táctica para convertirse en toda una filosofía
claudicante, basada en una situación nacional ficticia; inventando, además,
un Perón dispuesto a diseminar la semilla del conformismo; descreyendo de
las propias fuerzas del Movimiento Peronista y de la importancia de la
organización revolucionaria; soslayando permanentemente la necesidad de
explicitar un plan operativo revolucionario que planteara correcta y
concretamente toda una estrategia de poder y jugando todo a la buena
voluntad de los factores y de los centros de poder ante quienes hicieron
repugnantes exhibiciones de mansedumbre y de acatamiento a las que siempre
respondieron con agravios o silencios altaneros y despectivos. La índole
tramposa de las elecciones que se prepara está dada en todos los pasos de la
dictadura militar. La Ley Electoral establece una serie de normas con esa
clara intención. Por una parte se crea un sistema de burla a las mayorías:
plazo perentorio para concretar alianzas; segunda ronda, en la que podrán
intervenir hasta cuatro fórmulas (nada menos!) en nuevas composiciones, con
lo que se da margen al gobierno para enhebrar nuevas maniobras, fomentando
el espíritu del "arreglo". Por otra parte se implanta el sistema de la
proporcionalidad (bajo la modalidad D’Hont) para la elección de diputados,
tendiendo al fraccionamiento partidario con el objeto de quebrantar la
voluntad de las mayorías, dificultando su espontánea asociación. Se trata de
crear un gobierno que prosiga la obra del actual y que no se interese
demasiado en verificar cómo se han producido las cosas. Pero aunque no
prevaleciera la maniobra oficial; si pasando por encima de los ardides
tramados, la reforma de la Constitución, las proscripciones indirectas, la
Ley Electoral, triunfara un gobierno no dispuesto a no mantener la línea
continuista la trampa lo espera. Se ha denunciado la existencia de un acta
secreta que establece pautas a la que deberá ajustarse el futuro gobierno,
al mismo tiempo que se trata que este sea lo más débil y condicionado
posible y sujeto a todas las alternativas de un proceso que por su
naturaleza ha de ser sumamente difícil y que la actual camarilla militar
pretende manejar a través de sus personeros uniformados que ya han empezado
a ocupar los puestos clave. En estas condiciones el gobierno que surgirá de
semejante parodia no tendría solidez ninguna. Por eso actualmente el Pueblo
comprende que si debe elegir, no solamente debe elegir Presidente, sino
también Comandante en Jefe, no sólo diputados, sino que también se hace
necesario que participe en la elección de los generales del pueblo. Pero
estos ya han sido elegidos de antemano y no son del pueblo, sino que están
al servicio de la oligarquía y del imperialismo. La masacre reciente de
Trelew muestra todo este panorama con gran claridad. El régimen que trata de
constituir un gobierno destinado a consolidar la vieja estructura contra la
voluntad nacional y el interés concreto de los sectores populares,
manteniendo la ficción de las formas democráticas, se ve obligado a mostrar
su verdadera máscara. No hay posibilidad alguna de gobernar determinando el
empobrecimiento del Pueblo y la colonización del país sin ejercer
simultáneamente la dictadura. Por eso el carácter crecientemente dictatorial
del régimen y las formas bárbaras que cada vez asume más la represión. Las
denuncias de nuestros prisioneros de guerra, si no fueran suficientes los
fusilamientos, los asesinatos, los secuestros, etc., causan escalofríos y el
mundo entero observa con preocupación la ferocidad implantada en la
Argentina por las FF.AA. desde el gobierno, contra sus opositores políticos
y especialmente contra los militantes revolucionarios del Peronismo. Los
últimos discursos de Lanusse revelan no sólo que es incapaz de mantener la
calma y la mesura en sus expresiones, por lo que le cabe a él como a sus
antecesores, la pregunta de ¿quién lo metió en este oficio de la política,
tan alejado del arma de caballería?, sino muy especialmente todo un espíritu
gorila que mantuvo lo suficientemente oculto como para engañar a muchos
ingenuos, aun a aquellos que no olvidaron que en 1951, en la revolución del
Gral. Menéndez, a él le correspondía la misión de asesinar a Perón en la
Puerta N° 4 de Campo de Mayo, cuando la traspusiera el 28 de septiembre para
acudir a un acto en esa guarnición militar. Esta es una característica
objetiva de la situación política imperante en la Argentina. Por ello es
increíble observar con qué superficialidad e irresponsabilidad se está
planificando todo un operativo para trasladar de lugar el Comando
Estratégico del Movimiento; concretamente el operativo "retorno". Cualquiera
que medianamente razone puede suponer que los peronistas estamos todos locos
o que somos todos imbéciles. En realidad la explicación no es tan simple. Si
bien es cierto que el trasvasamiento generacional ha tenido resultados
importantes. Que la Coordinadora de Juventud ha asumido su papel con
eficacia dentro de la conducción del Peronismo influenciando la conducción
política que ejerce el compañero Cámpora para el bien del Movimiento, han
aparecido aquí, con motivo del "retorno", expresamente, todas las
limitaciones que caracterizan el carácter burocrático de la conducción
táctica actual y que aparentemente estaban siendo superadas. Basta con leer
la lista del posible pasaje que acompañaría a Perón en su regreso, para
darse cuenta que todo esto no es serio, pero que tampoco es gracioso, en
razón de las trágicas consecuencias que pueden derivarse de un viaje así
concebido. Este pasaje se caracteriza, más que por la heterogeneidad de los
personajes, por la truculenta y tenebrosa carga de intereses, de apetitos y
de especulaciones que se tejen y se entrelazan aprovechando una figura como
la del líder de las masas obreras argentinas al que se le cree "embozalado"
en razón de una claudicación que quieren ver y que les permitirá repartirse
el botín cuando desaparezca voluntaria o forzosamente en la escena. Si es
como para imaginarse el espectáculo del viaje de ida con todos estos
personajes, cuchicheándose al oído sus planes, por parejas, eventualmente
por grupitos, para impedir que la reacción de la ingenuidad de un Bonavena o
de un Pascualito Pérez de un puñetazo los lance por la ventanilla al medio
del océano, al sorprender las intenciones de toda esa delincuencia política,
salvo alguna que otra honrosa excepción. Pero los revolucionarios militantes
peronistas y no peronistas creen en Perón. Perón no puede venir a pactar con
el enemigo del Pueblo y de la clase trabajadora, entregar el Movimiento y
retirarse luego del país, abandonando la lucha en la que estamos empeñados,
desertando de esa lucha para cuya victoria final lo necesitamos, en razón de
ser el elemento movilizador de las masas, característica cualitativa del
líder que no puede ser reemplazada ni superada en esta etapa de la guerra.
Por ello nosotros, integrantes de la tendencia revolucionaria del Peronismo,
en nuestra prédica política planteamos siempre los siguientes interrogantes
y respuestas: 1. ¿No fueron suficientes 18 años de persecuciones, de
represión feroz, torturas, encarcelamientos, secuestros, desapariciones,
Conintes, fusilamientos, profanaciones y vejámenes a nuestros líderes y a
nuestros símbolos, hambreamiento, desocupación, miseria y entrega para
comprender que no puede creerse para nada en los fusiladores, los
torturadores, los secuestradores, los carceleros, los represores, los
explotadores del Pueblo, los entregadores? 2. ¿O se creyó acaso que en este
momento culminante de la historia y de la lucha por la liberación nacional,
cuando la clase obrera y la juventud toman conciencia de su función social y
de su papel histórico, que la oligarquía y el imperialismo han de resignar
por motivaciones de conciencia las situaciones de privilegio y de poder que
usufructúan? 3. ¿O lo que es peor de todo esto, es que acaso se creyó que
Perón como por arte de magia podía llegar al país, dispuesto a transar con
la dictadura militar para aplacar el rebaño que ya comienza a mostrar los
dientes como consecuencia de la injusticia y de la explotación a que es
sometido? Ese Perón conciliador y entregado no existe y es una posibilidad
irreal y arbitraria, creación de la infamia oligárquica. Perón no puede
venir a pacificar al país sino después de la destrucción del enemigo; él
vendrá para potenciar las luchas de la clase obrera y demás sectores
populares en contra de la oligarquía. En la formación de esa imagen de Perón
hay cómplices dentro del Movimiento: algunos por inmadurez y otros por estar
demasiado maduros de tanto chapotear el barro del sistema. Tampoco podrá
volver Perón por el simple deseo del dirigentismo burocrático y burgués;
tampoco como consecuencia de declaraciones tremendistas de esas que tanto se
postulan en los días de fiesta o en alguna fecha del calendario peronista,
ni aun por el simple deseo de 10 millones de peronistas, de los que cada uno
se imagina que el resto saldrá a la calle para recibir a su líder y como
consecuencia de ello sumarse después a la gran manifestación triunfal. Es
muy común comprobar en estos casos, y sobre todo cuando los tanques están
apuntando, que las cifras se inviertan y que donde debían haber millones
hayan unos pocos. El "insurreccionalismo" no tiene cabida cuando enfrente
hay fuerzas represivas dispuestas a matar. Y podemos asegurar que capitanes
Sosa y tenientes Bravo hay por centenares. Sólo Perón podrá volver como
consecuencia del desarrollo cotidiano y en profundidad de una política
revolucionaria que esté caracterizada por una teoría revolucionaria
correcta, por objetivos estratégicos y planes operativos concretos y por la
consolidación de un aparato político-militar que conduzca y encuadre a las
fuerzas con unidad de acción y de concepción . Pero todo esto no existe. Y
cuando hacemos esta crítica no perseguimos la destrucción de hombres o de
dirigentes de una burocracia pactista o acuerdista para reemplazarla por
otra superviolenta o tremendista. Ambas son perniciosas y la última no dice
en virtud de qué proceso y por qué mecanismos la acción de grupos dispersos
ha de transformarse en el triunfo final del movimiento de masas. Además la
crítica a la burocracia de turno suele oscurecer la crítica de la burocracia
como sistema de conducción; lo que hay que cambiar no es el equipo
burocrático de turno sino los métodos. Porque hace años vemos aparecer
dirigentes que luego se esfuman en su propia insignificancia; las que
permanecen in cambiadas son las prácticas, el estilo de conducción, los
sistemas internos de promoción, la visión de la política frente al régimen.
En este sentido debemos recalcar que nosotros consideramos que La Hora del
Pueblo, el FRE.CI.L1.NA, el Documento de los 10 puntos, etc. son respuestas
de Perón a las distintas etapas del engendro lanusiano, el G.A.N. Es decir
son respuestas coyunturales, tácticas, insertas dentro de una estrategia que
tiende a dar el poder al pueblo. Y así, como respuesta táctica, debe
considerárselo, lo mismo que la exhortación pacifista del líder cuando
plantea el elemento que crea todas las contradicciones: su retorno. Y cuando
así lo hace no es, como algunos dirigentes creen, que Perón ha aceptado las
reglas del juego de la dictadura. La falta de vocación revolucionaria de
estos dirigentes les hace interpretar que con su resolución coyuntural,
Perón consagra como estrategia del Movimiento sus entrevistas sigilosas con
los espadones de turno o sus coqueteos con los factores de poder. Para ellos
la pacificación deja de ser una exigencia táctica, una instancia transitoria
que como toda contingencia en la guerra, planteada en forma de tregua tiende
a ganar tiempo para permitir agrupar y preparar fuerzas para la decisión
final, para transformarse en toda una filosofía basada en una situación
ficticia creada por una imaginación claudicante que termina siempre en
exhibiciones repugnantes de mansedumbre y acatamiento ante los figurones
castrenses. Es que la estrategia del Peronismo no debe ser otra que la de la
guerra popular prolongada; la que no transa con el régimen y plantea la
destrucción del sistema para imponer la construcción nacional del
socialismo; la que toma como punto de referencia fundamental a las masas y
sus reivindicaciones no sólo inmediatas sino históricas y la que plantea
ante la actual coyuntura: Sin Perón no hay elección.
Sólo el Pueblo en el poder traerá a Perón.
La que considera que la elección es una trampa y que salvar la coyuntura
electoral desde el punto de vista revolucionario no significa utilizar el
recurso de omisión, haciendo mutis o desensillando hasta que aclare y menos
apoyar aunque sea tangencialmente la salida electoral. Para el peronista
revolucionario salvar la coyuntura electoral significa profundizar la tarea
(que de estar más avanzada no tendríamos tantos problemas), esclareciendo el
papel de Perón y su apoyo al movimiento revolucionario del pueblo, a través
de la instrumentación del ejército popular. Por eso consideramos que el
único camino que dará el poder al pueblo y romperá definitivamente la
dependencia de la Nación sólo puede andarse al organizarse las bases en
todos los niveles, entendiendo niveles tanto los sectores y planos de
actividad (barrial, fabril, estudiantil, etc.) como las formas de lucha,
porque es evidente que el pueblo debe organizarse para responder a la
violencia reaccionaria con la justa violencia del pueblo. Ya lo dijo la
compañera Evita, tal vez profetizando sobre la etapa que ahora nos toca
vivir: "la violencia en manos del Pueblo deja de ser violencia para
transformarse en justicia". Hemos querido, compañero General Perón, expresar
nosotros también nuestra opinión con este informe debiendo Ud. aceptar que
el mismo está avalado por miles de compañeros que militan en el Movimiento
no "politiqueando" sino enfrentando día a día a una represión que cada vez
es más feroz y que ya nos ha cobrado la vida de muchos valiosos compañeros.
Su mejor homenaje a ellos es atender su voz y considerar su pensamiento.
Ellos le envían junto con el mío su más afectuoso saludo. Hasta la victoria
final. Caiga quien caiga y cueste lo que cueste venceremos.
Bernardo Alberte
Bernardo
Alberte por Bernardo Alberte
Perón, "El Viejo", el auténtico líder, a comienzos de 1967 nombra a Alberte
–su antiguo edecán- Delegado y Secretario General del Movimiento Peronista.
Alberte puso fin a la etapa de "desensillar hasta que aclare".
Por Bernardo Alberte (h)
"Nosotros les prevenimos que algún día vendrá el hombre sencillo de la
Patria a interrogar a sus militares en actividad y en retiro. No los
interrogaran sobre sus largas siestas después de la merienda, tampoco sobre
sus estériles combates con la nada, ni sobre su ontológica manera de llegar
a las monedas, no sobre la mitología griega ni sobre sus justificaciones
absurdas crecidas a la sombra de la mentira.
Un día vendrán los hombres sencillos de esta tierra, aquellos que fueron sus
soldados, a preguntar que hicieron cuando la Patria se apagaba lentamente,
que hicieron cuando los pobres consumían sus vidas en el hambre y la de sus
hijos en la enfermedad y la miseria, que hicieron cuando los gringos
vinieron a imponernos esa nueva forma de vida "occidental" que todo lo
corrompe y compra el dinero.
Quizás para ese momento, la vergüenza que provoque el silencio como respuesta,
no sea suficiente como castigo."
Con palabras como estas, Bernardo Alberte rechazaba en 1969 acogerse a un
decreto del dictador Onganía que permitía la reincorporación de militares
peronistas dados de baja -como él- luego del derrocamiento de Perón. Después
de la victoria popular del 11 de marzo de 1973, y al asumir la Presidencia
de la Republica, el Dr. Héctor J. Cámpora en uno de sus primeros decretos
reincorporo a Bernardo Alberte al ejército con el grado de Teniente Coronel
en retiro.
No era la primera vez, ni seria la ultima, que el destino de Alberte se
cruzaba con los triunfos y las derrotas populares.
Nació en Avellaneda, Provincia de Bs. As., el 17 de noviembre de 1918, se graduó
como Subteniente a los 21 años con las mejores calificaciones de su
promoción. Cuando a comienzos de octubre de 1945 el entonces Coronel Perón
fue destituido y encarcelado, el joven oficial salio en su defensa.
Arrestado en Campo de Mayo, acusado de promover la insubordinación de la
Escuela de Infantería, fue con el levantamiento popular del 17 de Octubre
que Alberte recupero su libertad y su empleo. Ya con el grado de Mayor, en
1954, fue designado edecán del Presidente. El 16 de junio de 1955 cuando la
aviación naval bombardeo el centro de Buenos Aires y ataco la Casa Rosada
con el propósito de asesinar a Perón, Alberte fue uno de los militares que
encabezo la defensa. En septiembre, al producirse el nuevo y definitivo
levantamiento, entablados los combates entre tropas leales y rebeldes, iba a
ser partidario de resistir hasta las últimas consecuencias. Permaneció junto
al Presidente hasta que Perón decidió renunciar. Entonces los golpistas lo
encarcelan en represalia por haber cumplido con su deber militar y
constitucional.
Compartió en Ushuaia la prisión con otros destacados dirigentes peronistas y
fue liberado a fines de 1956. Citado por el Comando en Jefe del Ejército, no
quiso presentarse ante sus verdugos. Declarado en rebeldía se vio obligado a
buscar refugio en Brasil, donde permanecía exiliado cuando fue dado de baja
por los militares golpista.
En Marzo de 1957, desde Río de Janeiro escribe a Perón, entonces radicado en
Caracas, Venezuela, haciendo un balance de los acontecimientos del 55: "Que
los militares eran los que constituían la masa del ejército que le
permaneció leal hasta el último día de su gobierno, pese a las defecciones y
traiciones conocidas de las que no se escaparon de cometerlas también
civiles; que ese Ejército que le era leal con la cooperación del pueblo, con
la que siempre se sintió estimulado, pudo haber vencido a los rebeldes si se
hubiera dispuesto a enfrentar la guerra civil y sufrir los bombardeos y
destrucciones que estaba dispuesta a realizar la Marina. Guerra civil y
destrucciones, o algo similar que ahora, muy probablemente, tengamos que
aceptar como única solución para liberar a la Patria de los sátrapas que la
quieren gobernar".
Tras el pacto con Perón que permitió a Frondizi alcanzar la Presidencia, en
1958 fue sancionada una ley de amnistía que le permitió a Alberte regresar
al país. Como no era hombre de deprimirse- al comienzo de su exilio
brasileño supo ganarse la vida como vendedor ambulante de ropa femenina- ya
en Buenos Aires instaló una tintorería a la que llamó "Limpiería" y que con
el tiempo se haría popular a causa de las actividades de su dueño.
Corría 1965 cuando el dirigente metalúrgico Augusto Vandor comenzó a
disputarle abiertamente a Perón el control de su Movimiento. Desde su exilio
en Madrid, el General envió a su esposa Isabel para contrarrestar el avance
vandorista. La casa particular de Alberte sirvió de refugio a la viajera en
determinado momento de su estadía. En junio de 1966, en vísperas del
derrocamiento del presidente Illia, Isabel volvió a Madrid. Pocos días
después Vandor, Alonso y otros sindicalistas, asistían en la Casa Rosada a
la asunción del dictador onganía, a quien el periodista Mariano Grondona
comparaba con el presidente de Francia general Charles De Gaulle. Y mientras
el capitán –ingeniero Alzogaray, designado embajador en Washington, proponía
proclamarlo monarca, Vandor y sus amigos prefería verlo como un nuevo Perón.
Perón, "El Viejo", el auténtico líder, a comienzos de 1967 nombra a Alberte
–su antiguo edecán- Delegado y Secretario General del Movimiento Peronista.
Alberte puso fin a la etapa de "desensillar hasta que aclare", y desafiando
las persecuciones desatadas por la dictadura, en poco más de un año puso en
pie a un Movimiento que estaba postrado y dividido, dando particular
intervención a la juventud.
Debió enfrentar las tendencias conservadoras y burocráticas dentro del
peronismo, tanto en su sector político como gremial. Su gestión política fue
determinante para el surgimiento en marzo de 1968 de la C.G.T. de los
Argentinos, central obrera que creó un nuevo instrumento de lucha sindical,
y donde actuaron entre otros: Raimundo ongaro, Jorge Di Pascuale, Agustín
Tosco, Atilio López, Rodolfo Walsh e Hipólito Solari Irigoyen, es decir,
sindicalistas, peronistas, radicales, izquierdistas, etc.
La política seguida por Alberte fue de lucha frontal contra el régimen de
onganía y de apertura a los sectores sociales y políticos que se le
oponían. Uno de sus resultados fue el acercamiento de la masa estudiantil al
movimiento obrero a través de la C.G.T. de los Argentinos. Así se logró
arrinconar al "participacionismo", abriendo una nueva perspectiva en el
panorama político argentino que desembocaría en el Cordobazo de 1969. Pero
para entonces Alberte ya no ocuparía el cargo de Delegado, al que renunció
en marzo de 1968. Perón designó en su reemplazo a Jorge Daniel Paladino,
personaje al que el mismo Perón acusaría, en 1971, de haberse transformado
en un agente del dictador Lanusse.
Bernardo Alberte, en cambio, siguió en la misma línea, compartiendo
posiciones con John William Cooke y Gustavo Rearte. A pocos meses de su
renuncia editó el periódico Con Todo, portavoz del peronismo revolucionario,
y salió públicamente en defensa de los guerrilleros de las Fuerzas Armadas
Peronistas (FAP) arrestados en Taco Ralo, Tucumán, en septiembre de 1968.
Durante el congreso clandestino celebrado por el peronismo en Córdoba en
enero de 1969, Alberte pronunció un discurso que obtuvo mucha repercusión.
"Hay que dominar la estrategia mejor que los generales que la emplean para
oprimir y sojuzgar y que en nuestras manos debe servir para liberarnos. En
esta época de transición entre el capitalismo y el socialismo, entre el
miedo y la libertad, entre lo que cae y lo que viene, hay que ser un hombre
de acción para ser digno de la conducción de las masas populares".
Al hablar en el cementerio de la Chacarita, el 22 de julio de 1971, después
del secuestro y asesinato de Juan Pablo Maestre y su esposa Mirta Misetich,
Alberte reveló que ambos eran militantes de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias (FAR), reivindicando como combatientes a quienes hasta
entonces sólo aparecían ante la opinión pública como víctimas de la
represión ilegal.
En 1973, las vísperas del retorno del Peronismo al gobierno, Alberte
observaba el futuro con prevención: "A esta altura de la situación ya se ha
puesto en evidencia (...) la trampa de la Junta Militar cuyo objetivo es
integrar al Peronismo al sistema con la finalidad de crear un gobierno
favorable al continuismo. (...) Pero aunque no prevaleciera la maniobra
oficial, si pasando por encima de los ardides tramados (...) triunfara un
gobierno no dispuesto a mantener la línea continuista, la trampa le estará
esperando siempre".
Coincidía su visión de los acontecimientos con la de Gustavo Rearte. Y
cuando la "primavera" de Cámpora agonizaba, a comienzos de julio de 1973,
tuvo que volver Alberte a la Chacarita para despedir los restos de uno de
los fundadores de la Juventud Peronista –Gustavo-, derribado prematuramente
por el cáncer, como cinco años antes lo fuera Cooke. Quiso el destino que
don Bernardo confortara a los dos en sus últimos días, como amigo y
compañero.
No ocupó Alberte cargo alguno en los gobiernos peronistas que se fueron
sucediendo. Se mantuvo en un segundo plano hasta 1975. Entonces se puso a la
cabeza de la Corriente Peronista 26 de Julio, acompañado entre otros por
Susana Valle, y salió a denunciar frontalmente al golpismo que se avecinaba.
"Sabemos que desde las estructuras del Movimiento y del gobierno, hubo y hay
quienes desvirtuaron y desvirtúan los contenidos del Peronismo –cuando no
los traicionaron-; los hemos señalado oportunamente –cuando el silencio
gorila callaba las acciones de López Rega- y los seguimos señalando".
Pocos días antes del golpe, la represión ilegal desembozada irrumpía en las
oficinas céntricas donde funcionaba la Corriente 26 de Julio con el evidente
propósito de secuestrar a Alberte. Pero esta vez los paramilitares fallaron
en su intento.
En la víspera del 24 de marzo dirigió una memorable carta a Videla, poniendo
en evidencia la responsabilidad de las Fuerzas Armadas en la represión
ilegal, que acababa de cobrarse la vida de un joven colaborador suyo, Máximo
Altieri.
Horas después, en momentos de producirse el golpe militar, efectivos
uniformados del Ejército y la Policía Federal irrumpieron en el domicilio de
Alberte, derribando la puerta con sus armas y profiriendo insultos y
amenazas. Sin poder ejercer defensa alguna, ante el despliegue desmesurado
de efectivos y armas utilizadas, don Bernardo fue arrojado al vacío desde
una de las ventanas de su departamento. Al caer a un patio de la vivienda
del primer piso, su morador, el Dr. Herrera, ex juez y otros testigos que
presenciaron el hecho, fueron amenazados con armas largas para que
silenciaran lo visto. En tanto el cuerpo de Bernardo Alberte yacía exámine,
su casa era violada y saqueada, intimidándose a sus familiares con armas de
fuego.
Sus familiares iniciaron antes la Justicia una querella al responsable del
Ejército, el general Videla, pero se encontraron con jueces que se
declaraban incompetentes pese a tener pruebas suficientes para esclarecer el
hecho. Así se dieron trágicas anécdotas como la del Juez Rafael Sarmiento
que, cuando el abogado patrocinante de la familia le dijo que a Alberte lo
habían tirado con vida por la ventana, contestó "¿Y con eso...? A todos los
peronistas habría que tirarlos por la ventana". O la del Juez Juan Bautista Sejean, que le confesó al propio hijo de Alberte que tenía miedo de
investigar y por eso se declaraba incompetente.
Don Bernardo era consciente de los riesgos que corría al decidir permanecer
en su hogar la noche del golpe. Complejo sería intentar describir el
entrecruce de razones y sentimientos que pudieron llevarlos a desoír la voz
del sentido común que estaba acostumbrado a desafiar con valentía. Los
generales que ordenaron su asesinato debían de conocerlo bien, sabían que
combatiría a la dictadura con todo el peso de su prestigio y coraje.
Osvaldo Bayer on ice
Una nueva patinada del prestigioso historiador
Buenos Aires, sábado 10 de abril de 2004
Señor Director de Página 12
Presente
De mi consideración:
Me dirijo a Ud. a para solicitarle la publicación de la nota que sigue abajo. El
motivo es un párrafo de la columna titulada "Con la misma escuela de Camps",
firmada por Osvaldo Bayer y publicada en la página 8 de la edición de Página 12
del día de hoy, Sabado 10 de Abril de 2004, donde se involucra al teniente
coronel Alberte como represor y/o mafioso durante el gobierno peronista 1946-55.
Soy autor del libro Un militar entre obreros y guerrilleros (ed.Colihue, Buenos
Aires, 2001), una biografía de Bernardo Alberte, militar y político peronista
asesinado por un grupo de tareas policial-militar en la madrugada del 24 de
marzo de 1976, a escasas dos horas de producirse el golpe militar genocida.
Alberte tenía el grado de Teniente Coronel (R.E.) cuando fue asesinado.
Atentamente,
Eduardo E. Gurucharri (DNI 4.444.368; TE 4523-7483)
En defensa de la memoria de Alberte
En su columna -Con la misma escuela de Camps-, publicada en la edición de Página
12 de hoy sábado 10 de abril, Osvaldo Bayer involucra al teniente coronel
Alberte como represor y/o mafioso durante el primer gobierno peronista. Dado que
el único oficial del Ejército con ese apellido fue el entonces mayor Bernardo
Alberte, edecán del presidente Perón al momento de desencadenarse la
autodenominada revolución libertadora en 1955, quien fuera expulsado de la
fuerza por el dictador Aramburu y reincorporado en 1973 por el presidente
Cámpora con el grado de Teniente Coronel retirado, hasta ser asesinado por un
grupo de tareas policial-militar el 24 de marzo de 1976, a escasas dos horas de
producirse el golpe militar genocida, como biógrafo y compañero de militancia de
Alberte me siento en la obligación de defender su memoria.
Alberte nunca fue un represor ni un mafioso. Como militar en actividad, cumplió
con su deber de defender el orden constitucional contra los golpistas y por eso
fue expulsado del Ejército. Como ciudadano siempre se ganó la vida trabajando. Y
como político combatió a las dictaduras militares que sobrevinieron, desde su
cargo de Delegado de Perón en tiempos de Onganía o como vocero del Peronismo
Revolucionario después. Fue uno de los pocos militares que denunció públicamente
la conspiración golpista antes del 24 de marzo y finalmente fue el primer
asesinado por la dictadura genocida.
Tengo el mayor respeto por Osvaldo Bayer, más allá de su posición antiperonista
que obviamente no comparto. La única vez que cambié algunas palabras con él fue
tras las cámaras de un estudio de televisión, en el otoño de 2001. El presentaba
su primera novela y yo mi biografía de Alberte, "Un militar entre obreros y
guerrilleros". Allí recuerdo la injusta detención de Atahualpa Yupanqui que él
menciona en su nota, agrego la de Osvaldo Pugliese e incluso un hecho mucho más
grave producido durante el primer gobierno peronista que Bayer tampoco menciona:
el secuestro y asesinato del médico afiliado al Partido Comunista Juan
Ingalinella, perpetrado por policías rosarinos en 1954. En mi libro también hay
datos sobre los crímenes de la Triple A nunca publicados hasta entonces, por
ejemplo algunos relativos al asesinato de un gran amigo de Alberte, Julio
Troxler, que López Rega anunció durante una reunión de gabinete presidida por
María Estela Martínez, el 8 de agosto de 1974, seis semanas antes de producirse,
asunto por el cual lo mínimo que debería hacer la Justicia es llamar a declarar
a la ex-presidente. Con el mismo énfasis digo que Bayer yerra por completo
respecto a Alberte y francamente debo suponer que le falló la memoria y se
equivocó de apellido. Pero como lo publicado, publicado está, se impone esta
aclaración.
Eduardo E. Gurucharri
Buenos Aires, 12 de abril de 2004
Señor Director de Pagina 12
De nuestra consideración
El motivo de la presente es solicitarles tengan a bien publicar esta nota
aclaratoria sobre la figura de Bernardo Alberte.
Nos hemos sentido tristemente sorprendidos por la nota -Con la misma escuela de
Camps- que Osvaldo Bayer escribiera el sábado 10 de abril, en ese matutino donde
involucra al Tcnel. Alberte con una total ligereza y falta de rigor histórico.
Queremos expresar que Bernardo Alberte fue un militar y dirigente peronista que
combatió al golpismo y a las dictaduras militares, que siendo peronista se opuso
al participacionismo y a la domesticación del peronismo, que bajo su gestión al
frente del Movimiento Peronista impulsó la CGT de los Argentinos, central obrera
que crea un nuevo instrumento de lucha sindical, que desembocaría en el
Cordobazo, que se opuso al liberalismo económico en el peronismo que ya actuaba
en vida de Alberte bajo el gobierno de Isabel Martínez, López Rega y Carlos
Ruckauf, que siendo peronista se opuso a la Triple A.
Cuando el ejercito que usurpó el poder el 24 de Marzo de 1976, el mismo que
bombardeó a mansalva la Plaza de Mayo, robó el cadáver de Evita, fusiló y
torturó en la Penitenciaria Nacional, en José León Suárez, fusiló en Trelew, lo
elige esa madrugada como una de sus primeras victimas, asesinándolo, cumple
acabadamente con la lógica castrense, alimentada en las escuelas interamericanas
por los servicios de inteligencia del imperialismo.
La matanza de aquellos años fue sistemática y apunto adelantándose a los
acontecimientos, a eliminar buena parte de la masa critica vinculada con la
lucha liberadora.
Alberte no tenía otro discurso que el compromiso insobornable con la clase
trabajadora y con los sectores revolucionarios en lucha por un cambio de
sistema.
Bernardo Alberte perteneció a ese grupo de personas que como el Gral. Juan J.
Valle, John W. Cooke, Alicia Eguren, Juan García Elorrio, Gustavo Rearte, Jorge
Di Pascuale, Julio Troxler, Rodolfo Ortega Peña, Rodolfo Walsh, y tantos
compañeros y compañeras mas se comprometieron con valentía y honradez por sus
convicciones poniendo en juego su vida que en muchos casos perdieron.
Acompañamos a esta, copia de la carta escrita* por el Tcnel. Bernardo Alberte
al entonces, Tte. Gral. Videla horas antes de ser asesinado por una patrulla
militar en la madrugada del 24 de marzo de 1976.
Marita Foix, Patricia Walsh, Ramon Torre Molinas, Ruben Dri, Eduardo Gurucharri,
Jorge H. Perez, Bernardo Alberte (h).
La nota de Osvaldo Bayer en Página 12 [Lunes 12 de Abril de 2004]
Con la misma escuela de Camps
Por Osvaldo Bayer
Se ha discutido a fondo, pero no quiero quedarme sin expresar mi opinión en esta
repentina expresión popular del operativo Blumberg. Quien me da la oportunidad
es el intelectual Ricardo Talesnik, el conocido dramaturgo, que acaba de
escribir "Nadie es dueño de la historia" en Clarín. Talesnik no hace la historia
de los derechos humanos en la Argentina, que tomando el corto plazo podría
escribirse, digamos, desde el teniente coronel Osinde, o la operación masacre de
Aramburu o mejor, un poco más acá, desde López Rega, pasando por el denominado "proceso" y llegando ya a la actualidad a las policías de Duhalde, de Ruckauf y
de Solá, para hacer pocos nombres. Pero para ser más justos mencionemos también
a los saltos decanguro de Menem, a De la Rúa, pasando por el purgatorio
alfonsinista del "yo no vi, tú no viste, él no vio" y que dejó intacta la
estructura, ahora más sonriente, de los que hacían parir a las prisioneras
políticas en los patrulleros de Camps y Etchecolatz. No, Talesnik se refiere
sólo a la reciente manifestación Blumberg.
Bastaría preguntarse: ¿dónde están hoy esos oficiales,esos suboficiales, esos
agentes que desaparecían además de los sospechosos, los televisores y las
radios? Fueron los que ayudaron a integrar la estructura "democrática". Pero
también los de las nuevas mamadas con la moralidad del período Menem y el brazo
ejecutor de Ruckauf y Duhalde, cuyo fresco más costumbrista fue aquella fiesta
de fin de año de la escuela de policía donde los flamantes oficiales se robaron
hasta las cucharas y las ollas del banquete. Todo dentro de la misma moralidad.
De la policía de Camps a la Bonaerense de Duhalde.
Con la escuela de Camps, un monstruo con todas lascualidades del asesino nato.
Poder y disciplina: al primer movimiento, el tiro fácil. El secuestro de lujo y
el vamo y vamo.
Con la teoría radical de los dos demonios ya está toda la definición. A olvidar
y a mirar para adelante. Por eso Alfonsín dejó a todos los profesores de las
escuelas de policía y a todos de las escuelas militaresnombrados en general por
la dictadura, con los mismos programas del proceso.Y felices Pascuas. Ahora
tenemos todo esto, de la estructura monstruosa de la dictadura pero también de
antes de los López Rega que ya había roto las coyunturas para proceder. Esa
tradición del peronismo que en su primer gobierno metió preso a Atahualpa
Yupanqui y nos presentó al teniente coronel Alberte y a esas apariciones como el
Juancito, el Turco Antonio, para hablar un poco de la maffia, y a aquellos
hábiles picaneros que terminaron con Stroessner, el protector, los policías
Lombilla y Amoresano, dos sirvientes de la tortura para no olvidar. Y como
decíamos, después lo monstruoso sin medida: Camps, Etchecolatz, Etchecolatz,
Etchecolatz, Suárez Mason, Menéndez. Pero la casa estaba en orden.
Pero bien, me quería referir a Talesnik, el intelectual. Les reprocha a "Hebe de
Bonafini, a las Abuelas, las Madres y a los organismos de derechos humanos" no
haber concurrido a la "manifestación popular excepcional" de Blumberg.
Con toda comprensión por el dolor de Blumberg, no se puede emparejar la historia
argentina yendo todos a pedir al Congreso nacional penas más drásticas para los
ladrones y asesinos. La República padece de males más profundos que la de
sentirnos todos iguales, en nuestros dolores y nuestros ideales, como lo pide
Talesnik.
Fueron Hebe de Bonafini, las Madres, las Abuelas y los organismos de derechos
humanos los que constantemente denunciaron a qué jugaban la Bonaerense, la
Federal, las palmaditas en el hombro de Alfonsín, después las felonías de Alí
Babá y sus cuarenta yabranes, las gansadas del radical de pura cepa Fernando de
la Rúa (repetimos: radical, radical hasta lamédula), y luego Duhalde, el Barceló
de Lomas de Zamora, para no hablar de Ruckauf, que estuvo en todas y tiene las
manos manchadas de sangre desde que era el confesor gratuito de Isabelita y
López Rega. Y fueron esas dignísimas viejas de pañuelo blanco las que salieron a
la calle para terminar con el antro de los desaparecedores. Fueron esas viejas,
Talesnik: nunca el nombre de Blumberg apareció en una solicitada por ellas.
Desde 1976 hasta hace pocas semanas se vendió todo lo argentino. ¿Y por qué, si
los ladrones del poder vendían todo la policía no iba a pasar de la pizza con
doble muzzarella a los miles de dólares con los cobardes secuestros y los robos?
Y de pronto, las víctimas fueron esa clase media alta, porque allí había guita.
Los que saludaron a Videla y sus escuadrones de asesinos de pronto pasaron a ser
las víctimas. Ah, entonces,sí, a la calle. E hicieron bien, porque es en la
conquista de la calle donde se puede conquistar la justicia y la moral, como
hicieron los pueblos en sus épicas marchas de protesta y conquistaron así las
ocho horas y la búsqueda del fin de la explotación del hombre por el hombre.
Así, sí. En la calle. Y claro, entonces sí, ante la masa hasta se movieron los
senadores y diputados.
No, Talesnik, Hebe de Bonafini y las Madres no estuvieron en esa manifestación
custodiada y trasmitida por los canales privados de televisión. Estuvieron desde
1977 en esa Plaza de Mayo, custodiada por la asesina SIDE, las policías, los
militares Astiz y los alcahuetes del poder, que ya habían hecho desaparecer a
Azucena Villaflor y dos Madres más.
Ya es una historia vieja: el aumento de penas no soluciona nada. Lo ha
demostrado la historia. La Iglesia Católica pese a sus hogueras donde se
quemaban vivos a los librepensadores no logró parar a los protestantes. El
fusilamiento, la horca, la guillotina, las inyecciones letales no lograron nunca
disciplinar las sociedades injustas pese a que los que aplicaron esas penas se
llamaran Hitler, Mussolini, Franco o Bush. El jueves lo dijo bien claramente,
con toda valentía, el peronista Miguel Bonasso cuando le preguntaron porqué
habían fracasado todas las políticas bonaerenses de mano dura, y el respondió:
"No dio resultado porque no desmontaron la estructura mafiosa que une a los
punteros del Partido Justicialista de Buenos Aires, intendentes y comisarios.
Una tríada que forma una gran camorra. Y no desmontaron esa hermandad porque
forman parte de ella".
Bien claro de un hombre que conoce a fondo la situación política. ¿Por qué la
Cámara de Diputados no constituye una comisión investigadora a base de esta
denuncia? No, dejan que Carlos Ruckauf y su guardaespaldas Casanovas tomen la
voz cantante en la sesión Blumberg.
¿Cómo fue posible la experiencia Juárez en Santiago del Estero? ¿Cómo es posible
que el Partido Justicialista haya permitido una experiencia absolutamente
decadente e insultante a la condición humana? No,después de la experiencia López
Rega, el Partido Justicialista tendría que haberse limpiado definitivamente y no
volverse a meter en el barro de la inmoralidad y el abuso una y otra vez. Si
seguimos así, nuestro próximo jefe de la Policía Federal va a ser Musa Azar,
votado por los diputados que en la sesión Blumberg cortaron la palabra a los
diputados de la oposición.
El intelectual Ricardo Talesnik termina su crítica a los organismos de derechos
humanos diciendo: "Ninguna minoría, ningún sector político, racial o religioso
tiene derecho a sentirse dueño de la historia, porque la historia la escribimos
todos diariamente, aunque no militemos en política, no seamos famosos ni
tengamos poder. Todos nos jugamos la vida por el simple hecho de estar vivos".
No, Talesnik: ni López Rega, ni Musa Azar, ni los policías secuestradores hacen
la historia, sino que la retroceden. Los que hacen la historia se llaman
Sandino, Emiliano Zapata, Mariano Moreno, Agustín Tosco y José Martí. No
necesitan velas para que los acompañemos en nuestro reconocimiento. Y aquí,
desde 1977, las únicas que hicieron historia, y nada menos que en la Plaza de
Mayo, fueron las Madres. Reconozcámoslo.
Néstor Miguel Gorojovsky nestorgoro@fibertel.com.ar
Bernardo
Alberte y el Peronismo Resistente
Por Alberto Lapolla
(Fragmento de Los hechos...y las razones)
El Cordobazo como bisagra
de la Resistencia Popular
De manera similar, que en los primeros días de Mayo, entre el 25 de mayo, el
derrocamiento de Moreno en diciembre y la derrota de Castelli a partir de
junio de 1811, encierran de alguna manera todas las claves de los hechos que
sucederían a posteriori; incluyendo tendencias, líneas de acción y de
defección; prefigurando al mismo tiempo la gran nación americana que pudimos
ser, y la pequeñez portuaria-británica que derrotó todos los proyectos
nacionales; de una manera similar -decíamos-, el Tercer gobierno Peronista
prefigura también, la tragedia por venir.
El ciclo abierto por la irrupción de la CGT de los Argentinos, que daba
encarnadura real –no ficticia- a los programas obreros de Huerta Grande y La
Falda, a través del programa del 1º de Mayo de la CGTA –redactado por
Rodolfo Walsh- y el accionar concreto de una nueva conducción sindical
Peronista dispuesta ‘a sacar los pies del plato’, marca la aparición de una
nueva conducción sindical peronista dispuesta a voltear a la dictadura de
Onganía sin más vueltas. Llevando a la práctica, una nueva dimensión del
Frente Peronista: la unión de todos los que luchaban por la Liberación
Nacional y Social sin exigencia de ortodoxia, ni disolución de identidad.
Todo este proceso se hallaba lubricado además, con un fuerte componente de
autonomía real de los trabajadores y de su organización. Dicho desarrollo
enmarcaba un nuevo Peronismo, resultante del colosal efecto producido por La
Revolución Cubana entre sus filas; especialmente por la decisión de Fidel y
el Che, de liquidar la invasión norteamericana de Bahía de los Cochinos y
por la propia dinámica de confrontación con el poder oligárquico de la
Resistencia Peronista; hechos que actuaron como una bomba de profundidad
sobre el Peronismo ortodoxo y cuestionaban la decisión de Perón de abandonar
el poder sin combatir en 1955.
Ese nuevo Peronismo Resistente, sería el encarnado en las figuras de John
William Cooke, del Mayor Alberte, de Gustavo Rearte, de Raymundo Ongaro, de
Rodolfo Puiggrós, de Alicia Eguren, de Juan José Hernández Arregui, de
Raymundo el Negro Villaflor, de las FAP, las FAR y finalmente los
Montoneros. Destacamos la figura de un Mayor Alberte, que no sólo desobedece
a Perón –negándole el acceso a Vandor a la dirección de la CGT, cuando la
muerte de Amado Olmos-, sino –y ese será su aporte histórico, el que lo
ubica en la historia grande de los argentinos- que se pone a organizar el
Peronismo Revolucionario juntando y uniendo todas las líneas y tendencias
que lo componían.
Ello incluía, desde nacionalistas provenientes de la derecha, nacionalistas
de izquierda o castristas; marxistas leninistas, estalinistas, trotzquistras-insurreccionales,
insurreccionales-guevaristas, guevaristas de todo pelaje, Peronistas
Revolucionarios de todo matiz; cristianos de base o simplemente pastorales,
seglares, partidarios de las nuevas ideas de Juan XXIII –en contra de las
propias posiciones de Perón que las cuestionaba-, militares nacionalistas de
todo calibre, militantes sindicales antiburocráticos, clasistas o
socialistas, peronistas evitistas, intelectuales revolucionarios, jóvenes de
todas las líneas revolucionarias e insurrecciónales existentes, y así de
seguido. Alberte –junto a Rearte, Puiggróss y Cooke (a través de Alicia
Eguren luego de su muerte)- daban así origen a uno de los procesos más ricos
y valiosos de la historia argentina, al dar vida a la Tendencia
Revolucionaria Peronista. Valiosa por su diversidad, combatividad y
tolerancia de matices, hasta la llegada de la hegemonización montonera. Esta
irrupción, marcará un antes y un después en los hechos de la década, y dará
por resultado la gran bisagra del período 1955-1973: el Cordobazo.
Del Cordobazo al Gran Acuerdo Nacional
No cabe duda, que la frase pronunciada por el general Pedro E. Aramburu,
cuando la sublevación obrera y popular de Córdoba: ‘hay que pactar con Perón
antes que esto salte por los aires,’(Jun-1969) sellaba el fin de la
Libertadora, como proceso de capitalismo posible para la Argentina. No se
podía gobernar sin el Peronismo, a menos que se quisiera que la Argentina
marchara a una Revolución al estilo cubano. Los pasos de Perón, producido el
Cordobazo, van en el mismo sentido: ordena desarmar la CGT de los Argentinos
‘que es un tablao’(Jun-1969) y no ‘sacar los pies del plato’(Jun-1969). La
inmediata muerte de Vandor, un mes después del Cordobazo –y luego de
entrevistarse con Perón en Irún-, parecería señalar el costo que alguien
cobró, por permitir que su gente –Elpidio Torres- estuviera a la cabeza de
la rebelión cordobesa. El resultado de esta convergencia estructural,
respecto de la marcha del capitalismo, sería el Gran Acuerdo Nacional
–previo asesinato de Aramburu, luego de una posible entrevista secreta con
Perón en Francia- y el retorno de Juan Perón al gobierno.
El Cordobazo había dejado claro que, la convergencia combativa, orgánica y
estructural del Peronismo Combativo -encarnado en la CGTA de Raymundo Ongaro-
y el sindicalismo de izquierda representado en la figura del Gringo Agustín
Tosco, era mortal para el esquema de capitalismo asociado a las
multinacionales pergeñado por el Desarrollismo, para preservar ‘las
chimeneas’ que el almirante Rojas quería erradicar. También era mortal para
la estructura sindical burocrática asociada a la patronal, como esencia del
gremialismo ortodoxo Peronista.
Casualmente, ésa sería a nuestro entender, la lucha central del período que
se cerrará con la irrupción de la dictadura genocida: la posibilidad, o no,
de generar una nueva conducción sindical combativa, autónoma y
revolucionaria de los trabajadores. Línea que se expresaría en las
corrientes combativas y antiburocráticas de la Resistencia ejemplificadas en
los programas de Huerta Grande y la Falda, en la CGTA luego, en el Clasismo
más tarde, en Tosco en todo el ciclo hasta su muerte, en los movimientos
como el SMATA cordobés, la UOM de Villa Constitución, la lista Marrón de
FOETRA, en los trabajadores del Chocón, en las luchas de la FOTIA, en la CGT
de Salta con Armando Jaime, en las luchas de Astilleros, en fin, en un
reguero múltiple de luchas obreras que plantearon como reivindicación
central el cambio de conducción sindical, hasta su máxima expresión: las
luchas de junio y julio de1975, que liquidaron a López Rega y que
convencieron al mando burgués de la necesidad del golpe genocida ya no sólo
contra el movimiento obrero, sino contra la clase obrera misma.
El primer ‘plan de ajuste’ neoliberal, hecho dentro de un gobierno Peronista
(el Rodrigazo de junio 1975), fue aplastado por gigantescas movilizaciones
estructurales, de la clase trabajadora encabezadas por las Coordinadoras
Sindicales de Base, última emergencia del poderoso movimiento obrero
argentino. Ése, que desde el 17 de octubre de 1945, había logrado inclinar
la balanza de la historia para su lado. Sería, no casualmente, a partir de
las luchas obreras de junio de 1975 –conocidas como el Rodrigazo- que una
infame frase comenzaría a salir de los labios de políticos, militares y
empresarios, tan diferentes como Ricardo Balbín, Mariano Grondona, Jorge R.
Videla, Rogelio Frigerio, Emilio Massera o Juan Alemann: ‘hay que acabar con
la guerrilla fabril’, dirían, legitimando la matanza por producirse. De tal
forma, entre el 55 y el 58% de los desaparecidos serían dirigentes
sindicales de base. Al final del proceso la clase obrera industrial –o quasi-industrial-
se reduciría de seis millones de trabajadores en 1976, a menos de un millón
en diciembre de 2001
La responsabilidad del General
El Tercer gobierno del General Perón, es uno de los tabúes sobre los que la
política argentina actual –el Peronismo es gobierno desde 1989 casi sin
interrupción, hasta hoy, a excepción de los dos años de De La Rúa- prefiere
mirar para otro lado. Es soslayado en sus errores, pero también en sus
aciertos. Como que se oculta, que aplicó la última política económica de
Liberación Nacional que conocemos los argentinos. Claro, hablar de la
política económica aplicada entre 1973-1974, por la dupla Perón-Gelbard
llevaría a la inevitable pregunta, de, ¿por qué dicha política no puede ser
aplicada en la actualidad? La respuesta no está al alcance de los políticos
que gobiernan la Argentina post dictadura. Hemos analizado en detalle el
gobierno Peronista en nuestro trabajo ‘La Esperanza Rota’(De la Campana,
2005), al cual remitimos al lector, pero creemos necesario precisar algunas
cuestiones para comprender el marco de acceso de la sociedad argentina a la
dictadura genocida, y al final de nuestro estadio de nación independiente,
justa, libre y soberana.
Perón a nuestro entender, cometió en su Tercer gobierno una serie de
errores, o de defecciones, que resultaron nefastos para el futuro de la
nación y de su propio Movimiento. Destrozó innecesariamente al Presidente
Cámpora, para ocupar su lugar, a sabiendas que poseía ya 79 años (todo
indica que habría nacido en 1894, en Roque Pérez), y que la duración de su
vida, según le habían anticipado sus médicos, no soportaría el ajetreo del
gobierno. No sólo eliminó a Cámpora, y cualquier atisbo de la Juventud
Peronista de su Tercer gobierno, incluyendo cuadros esenciales de ese
momento como Juan Manuel Abal Medina, Esteban Righi, Jorge Vázquez y Julio
Troxler, entre muchos otros. También volteó uno a uno, a los gobernadores
vinculados a la Tendencia Revolucionaria Peronista. Algunos como el de
Córdoba, representativos de todo el movimiento popular provincial en la
lucha contra la dictadura. Otros como Bidegain, cuadros históricos de la
Resistencia y de sólida formación política e intelectual.
El derrocamiento de Obregón Cano y Atilio López –de la manera más infame-,
puede ser interpretado casi como un castigo a la rebelde Córdoba y al inicio
de la insurrección que lo había devuelto al poder. Dejó sin lugar alguno en
el Movimiento o en el gobierno, a cuadros centrales de la Resistencia como
Andrés Framini, Sebastián Borro, Avelino Fernández, el Viejo Ireneo Chávez,
Gustavo Rearte, Arturo Jauretche y al propio Mayor Alberte. Quebró así, la
continuidad de la lucha de la Resistencia con el nuevo gobierno Peronista.
Ubicó de vicepresidenta a su mujer Isabel Martínez, de quien muchas veces
había señalado a sus colaboradores -en los primeros años de su exilio-, que
dudaba de que fuera ‘de los servicios’. A su muerte, la presidencia de
Isabel Perón sería una de las mayores tragedias de la historia nacional. El
General, conocía perfectamente las ambiciones desmedidas –unido a la aguda
inteligencia preverbal- de su esposa, así como la estrecha relación de
dominio que sobre ella ejecutaba su mucamo, José López Rega.
Conocía también de sobra la pertenencia de su mucamo a la logia fascista P2,
con la cual él mismo, había establecido espúreas relaciones, en la parte más
oscura de su gobierno. La condecoración a Licio Gelli -incluyendo el beso
aplicado de rodillas sobre su anillo-, en agradecimiento ante el Burattinaio;
así como su entrevista con Pinochet en el Aeropuerto de Morón, deben ser de
los peores momentos en su larga trayectoria política. Esa actitud de
favoritismo hacia su esposa y su mucamo, sería tan condenable, que Don
Arturo Jauretche, peleado con Perón desde 1948 y que moriría pocos días
antes del General, el 25 de mayo de 1974, lo haría maldiciendo a su antiguo
amigo: ‘que se puede esperar de quien pone de ministro a su lacayo’, expresó
indignado, luego de los hechos del 1º de Mayo de 1974.
Peor aun, en el que consistió, tal vez, su mayor error estratégico, Perón
destruyó la corriente nacionalista y democrática del Ejército argentino,
encabezada por el general Carcagno y los coroneles Cesio, Perlingher y
Ballester, destruyendo así la única corriente aliada que era fiel al
proyecto Peronista. Descabezada esta línea, en el ejército sólo restarían
los fascistas llamados nacionalistas, y los fascistas llamados liberales.
Los dos grupos ferozmente antipopulares, anticomunistas, antiperonistas, y
aliados hasta los tuétanos de los Estados Unidos en la ‘tercera guerra
mundial contra el comunismo’. El Perón que había vuelto en 1972 había
percibido un país sublevado y fuertemente radicalizado. Ese país, no
coincidía en absoluto con su concepción política compendiada en su libro ‘La
Comunidad Organizada’. De tal forma, es probable que el General haya obrado
en consecuencia. Su ex ministro, médico y amigo, el Doctor Jorge Taiana,
relató, que luego de su primer retorno en noviembre de 1972, el General,
estaba casi alucinado, con lo que consideraba un ‘avance descomunal del
comunismo en la Argentina’.
Está claro que en dicho ‘comunismo’ el General no incluía al lánguido y
reformista PC, sino a toda la Nueva Izquierda surgida entre los sesenta y
los setenta. Tampoco se refería claro está, sólo al PRT-ERP, al PCR, a VC o
al Clasismo; sino especialmente a ‘sus muchachos’ de las FAR, las FAP, el
PB, los Montoneros, la CGTA, los Sindicalistas Combativos y al enorme
crecimiento de la figura de Agustín Tosco, como referente de los
trabajadores. No trepidó en llamar al Gringo, ‘el dirigente de la triste
figura’, cuando éste apenas había salido de su larga prisión, durante la
dictadura. De allí que su accionar aparezca por momentos, esencialmente
contradictorio entre su línea económica e internacional, y su política
interna de castigó sin piedad a ‘sus muchachos.’
En esta línea, su decisión de eliminar a Carcagno y Cesio, resultó tal vez,
su jugada, más suicida, a sabiendas que el Ejército gorila había sido su
principal enemigo por dieciocho años. Él, había prometido a los coroneles
Peronistas el mando de las fuerzas armadas durante su exilio. Luego al
volver al poder les expresó: ‘prefiero un Ejército de generales derrotados y
no uno de coroneles victoriosos’, mostrando una vez más las terribles
limitaciones de su ‘maquiavelismo sin destino’, como alguna vez calificara
el Padre Hernán Benítez, a su accionar. Sin embargo, nos parece que la peor
de sus acciones, fue su guerra a muerte contra la Juventud Peronista, el
Movimiento Montonero y la Izquierda Revolucionaria Peronista en su conjunto,
más allá de los graves errores y provocaciones de los ‘muchachos’. Ése era
el Peronismo que había crecido y madurado en dieciocho años de Resistencia.
Era -junto a la Izquierda Revolucionaria- la mayor creación del pueblo
argentino en su lucha contra la oligarquía. Sin ellos Perón no se habría
movido de Madrid, aun contando con la ayuda de Licio Gelli. Jamás el
vandorismo, ni el sindicalismo ortodoxo habrían logrado que Perón volviera
al país. Si él había vuelto, lo era debido al accionar de una, o dos
generaciones, de trabajadores, militantes y jóvenes heroicos, que decididos
a luchar por la dignidad, la libertad, la justicia y la soberanía popular,
enarbolaron su nombre como bandera de lucha saliendo a tomar el cielo por
asalto.
El pago de Perón a sus jóvenes revolucionarios, a los que debía su presencia
en la nación, fue repugnante, y, es tal vez el elemento más deleznable de su
larga y fundamental carrera política. El Tercer Perón no estuvo a la altura
de lo que el pueblo había hecho por traerlo de vuelta. Por ora parte, su
guerra al marxismo y al pensamiento revolucionario dentro del movimiento
–que llevó a la renuncia inmediata de Rodolfo Puiggróss a la jefatura de la
UBA al conocerse el comunicado del Concejo Superior en ese sentido, hecho
también ocultado cuando se habla de Puiggróss- fue nefasto para el devenir
del Peronismo.
La castración teórica, que aun hoy, exhibe ese inmenso ‘gigante
invertebrado’ que parece poder ir en cualquier dirección, parece tener su
explicación en la guerra a muerte que Perón librara contra la izquierda de
su movimiento entre 1973 y 1974, cercenando al Peronismo de todo pensamiento
revolucionario. Meter al gigantesco movimiento revolucionario popular que se
produjo en la Argentina entre 1968 a 1973, en los restringidos, apáticos y
limitados márgenes del Pacto Social y la Paz Social, sólo podía terminar en
el increíble gobierno peronista de 1989 a 1999, con Cavallo continuando la
obra iniciada por Celestino Rodrigo y Ricardo Zinn, anticipando el plan de
Martínez de Hoz. Sólo así, se puede entender que el Peronismo en su conjunto
–después de haber nacido un 17 de octubre y haber producido un Movimiento de
la magnitud de la Resistencia y del Peronismo Revolucionario- haya sido
cómplice de la más infame traición a la Patria cometida por el menemismo.
Sólo el brutal vaciamiento de contenido, mediante la prohibición del
pensamiento que exigió Perón en su Tercer gobierno, puede explicar el
Peronismo posterior a la dictadura. Sin la guerra al pensamiento
revolucionario que propugnara Perón, no se puede explicar la complicidad
descarda, como veremos en estas páginas, de muchos sobrevivientes del
genocidio con la entrega de la nación. Pero su más lamentable culpa, carga
con el hecho de haber exigido ‘el escarmiento’ sobre la Juventud
Maravillosa, entregando a la muerte más atroz a los mejores hijos de la
Patria. A la gente que expresaba la maduración de un pensamiento
revolucionario que nos hubiera dado otro país.
Esa generación, entregada al suplicio mas atroz por la oligarquía, educada
en el terror inquisitorial español y en el disciplinamiento ‘progresista’
británico; ambos reciclados en la Doctrina de la Seguridad Nacional yanqui.
Abandonada y entregada por una conducción infiltrada hasta los tuétanos por
los servicios de inteligencia del enemigo, fue también llevada al holocausto
por el propio Perón, que volvió al país con una idea de juventud a corregir,
tal cual expresara el propio 21 de junio de 1973, luego de Ezeiza: ‘Tenemos
una juventud que está mal encaminada...’ O como diría sin ambages, en la
reunión con el gabinete del 21 de junio de 1973 en Gaspar Campos, según
recordara el ex ministro Jorge Taiana: ‘para salvar a la Nación hay que
estar dispuesto a sacrificar y quemar a sus propios hijos’(248)(pag103) (Taiana
J.op.cit.2000). Palabras del General, que hasta donde sabemos no poseía
hijos.
La responsabilidad guerrillera
Iniciamos este balance por el accionar de Perón, pues pese a que ya nos
hemos referido a la irresponsable visita que Quieto y Firmenich realizaran a
Madrid antes del segundo regreso de Perón (La Esperanza Rota, De la
Campana,2005), no hemos contabilizado accionar grave alguno de ninguno de
los grupos guerrilleros entre el 25 de mayo de 1973 y los hechos de Ezeiza,
más allá de algunos secuestros y el Devotazo. Hecho éste último que de
ninguna manera puede interpretarse –pese a lo que aun hoy señala la derecha
peronista- como ‘accionar subversivo’ y sí, como justicia del pueblo por
liberar a sus presos. De cualquier manera, estos hechos no pueden justificar
Ezeiza.
En la obra antedicha, hemos desarrollado en extenso nuestra tesis –que no es
sólo nuestra- que carga en Perón la responsabilidad clara por los hechos del
20 de junio de 1973. Si bien no creemos que dichos hechos, justifiquen las
terribles provocaciones que la izquierda armada –peronista y perretista-
realizaría luego de los mismos; corresponde cronológicamente ubicar que el
primero que pegó fue el anciano General. A sabiendas seguramente, de que
‘sus muchachos’ caerían en la trampa como lo hicieron, y podría liquidarlos
–y junto con ellos a Cámpora y su gobierno- de un solo golpe. Perón sabía
además, que Cámpora no haría nada para evitar su accionar, aun en
conocimiento de que Perón se moriría en poco tiempo. El Tío jamás
enfrentaría al General. De la misma manera cabe preguntarse ¿qué habría
ocurrido, si cómo proponían algunos sectores de la Tendencia, no se debía
concurrir a Ezeiza, o al menos no disputar en absoluto ningún lugar en la
marcha, dejando que el golpe de la derecha peronista cayera en el vacío? Sin
embargo –y Perón lo sabía-, estaba en la dinámica de los hechos que ello no
ocurriera.
De cualquier manera, hubo quienes –Envar El Kadri, Gustavo Rearte, Bernardo
Alberte, Juan Manuel Abal Medina, Agustín Tosco, el general Carcagno y
muchos más- aún descontentos con la forma en que Perón se hacía del
gobierno, entendían que no había que enfrentarlo y que por el contrario
había que buscar la forma de transformar en organización, el enorme poder
del campo popular, que debía prepararse para enfrentar el inmenso agujero
negro que se produciría -a no dudarlo- a la muerte del Viejo. Sin embargo la
irracionalidad –y el accionar hábil de la inteligencia militar, manejada por
la CIA y el MI5- llevó a las dos organizaciones político-militares a atacar
con acciones armadas descabelladas e injustificadas, al gobierno Peronista,
elegido dos veces en seis meses, con el mayor consenso obtenido por partido
alguno desde 1955.
Perón fue elegido Presidente en elecciones libres, limpias y puras con el
62% de los votos en primera vuelta, cifra no alcanzada aun por ningún
dirigente político argentino. Si bien sus métodos, y el cambio en 180 grados
de su discurso del 21 de junio de 1973, no eran gustosos ni agradables, su
política económica, su ubicación internacional y estratégica, no dejaban
dudas que su gobierno era un golpe de timón a las políticas de la
dependencia y del control oligárquico, llevadas adelante desde 1955. Hoy
resulta claro que conducciones más maduras –y más enraizadas en el pueblo-
habrían comprendido la necesidad de buscar una tregua y un acuerdo con el
anciano General, que seguramente, éste gustoso habría acordado, pues era el
papel que deseaba en su último tramo de vida. Sin embargo, ni Santucho –ni
el resto de sus compañeros de la conducción restringida del PRT-ERP- ni
Quieto ni Firmenich –ni otros en la conducción Montonera- pudieron o
quisieron pensarlo así. De tal forma, el último intento de gobierno de
Liberación Nacional, del siglo XX y lo que va del XXI, se desarrollaría no
en los marcos de un Frente de Liberación nacional ampliado como proponía –no
con los mejores modales, es cierto- Perón, sino en los marcos fraticidas de
una guerra civil entre sectores populares que debían estar unidos frente a
un enemigo poderoso, agresivo y acorralado en el resto del mundo.
Como gran mérito del General debe ubicarse, que a diferencia de su Primer
gobierno, esta vez Perón pasó por arriba de la ahistórica conducción del PCA,
y buscó el acuerdo con los soviéticos directamente con ellos –a través de
Gelbard- para completar la industrialización y la infraestructura
estratégica y energética de la nación. No de otra cosa se trataba el plan
Perón-Gelbard, llamado Plan Trienal, y que nos hubiera puesto a la cabeza
del desarrollo industrial independiente de América Latina; con el campo
Socialista europeo –en 1973, dieciséis años antes de su colapso-, como
compradores privilegiados de nuestra industria liviana a cambio de alta
tecnología, industria pesada, infraestructura y desarrollo energético para
completar nuestro desarrollo, por lo que restaba del siglo XX. Así, la
Argentina ocuparía hoy con creces, el lugar de Brasil. Nuestra población
sería de no menos de 45 a 50 millones de habitantes, y seguramente
tendríamos un pueblo próspero, alimentado, saludable, educado feliz. Cuando
Leonid Brezhnev expresó en Moscú a Gelbard, en 1974: ‘allí donde vaya la
Argentina irá América Latina’, sabía de que hablaba.
También lo sabían los Estados Unidos, que al mismo tiempo, apoyaba
incondicionalmente a la dictadura brasileña, pactando con sus ‘gorilas’
militares y empresarios el desarrollo de un Brasil industrial, bajo control
de las multinacionales, y, sin poder sindical, ni beneficios sindicales ni
sociales por un largo tiempo. Un Brasil de las multinacionales que
contrapesara la Argentina Estatal Peronista. Kissinger respondió a Brezhnev,
casi en los mismos días: ‘allí donde vaya Brasil, irá América latina.’ Esta
vez para desgracia nuestra y de muchos pueblos, Kissinger ganó la pulseada,
no sin una clara intromisión imperialista en nuestro suelo, tal cual lo
preanunciara el académico británico-canadiense H. Ferns, con cuya expresión
terrible comenzamos este libro y con una matanza de varios cientos de miles
de latinoamericanos.
El tiempo de los Setenta terminó. Se llevó a Perón, a la generación
revolucionaria y produjo la mayor derrota del pueblo argentino después de
Pavón, devolviéndonos al estado colonial. La inmolación de la juventud
revolucionaria, a través de su autodestrucción y del accionar genocida y
terrorista de unas fuerzas armadas -que también decidieron autodestruirse,
asumiendo su parte del deseo de Ferns, transformándose abiertamente en
fuerzas de ocupación de su Patria, con su pueblo como enemigo-, nos han
retrotraído a situaciones que habían sido superadas durante el período
1945-1975. En el exterminio de la generación revolucionaria, en la
destrucción del movimiento obrero como corazón y médula de la organización
del pueblo argentino, se puede entender que la nueva rebelión del pueblo
argentino, que pusiera fin a esta etapa de derrota, la de diciembre de 2001,
no encontrara un sostén político en que apoyarse y finalmente fuera heredada
por una nueva reformulación liberal-keynessiana del Peronismo.
Al ser exterminadas las dos principales expresiones construidas por el
pueblo en el largo ciclo 1955-1975; es decir, el Peronismo Revolucionario y
la Izquierda Revolucionaria, lo único que estaba en condiciones de salir al
encuentro de ese potente y magnífico –como lo han sido siempre las
rebeliones de nuestro pueblo, desde 1780 a la fecha- movimiento popular
expresado en ‘piquetes y cacerolas’, era la vieja izquierda sobreviviente de
la derrota de los Setenta. La vieja izquierda en sus distintas vertientes
–comunistas, estalinistas, trotsquistas, maoístas y todas las combinaciones
posibles- ya estaba incapacitada de generar nada nuevo, en 1973. Por eso fue
superada por la llamada Nueva Izquierda que originara las dos formas
revolucionarias a que hacíamos referencia. Producido el estallido, ni el PC,
ni el PO, ni el MST, ni el PTS, ni el PCR, ni las miles de siglas más que
podemos seguir invocando, estaban en condiciones de entender de qué se
trataba. No se trataba de discutir como pasar de ‘1905 a 1917’, o de
‘Febrero a Octubre’ en Rusia, como proponían exaltados jóvenes militantes
del PO, del MST, del PTS, del MAS ante multitudes de vecinos, que los
contemplaban azorados, sin saber a qué se referían.
Vecinos que se retiraban de las Asambleas Populares espantados por las
discusiones sobre Trotzky, Lenin o Lunacharsky. Asambleas populares y
piquetes, que habían logrado juntar más
de cuatro millones de personas en las calles de Buenos Aires y el conurbano,
espantando a Donald Rumsfeld -por entonces ministro de defensa de George W.
Bush- quien proclamaba horrorizado: ‘El problema de la Argentina, no es la
crisis financiera. El problema de la Argentina es toda esa gente en la
calle’. No se trataba de Lenin o Trotzky, sino sólo de pensar en Castelli,
en Artigas, en Moreno, en Yrigoyen , en Alem, en Perón, en Evita, en Ongaro,
en Tosco, que habían ocupado esas mismas plazas en otros momentos de lucha
del pueblo, en reclamo de su libertad. Se trataba de recordar aquello que
había expresado alguna vez, Antonio Gramsci: ‘los pueblos marchan con toda
su historia encima y suelen retomarla allí donde la dejaron...’ Ello era tan
evidente en las marchas y barricadas porteñas del 19 y 20 de diciembre, que
las mismas se realizaban en los mismos sitios que en 1945 o en 1970, que
casi causa vergüenza recordarlo. Se trataba simplemente de eso pero... como
expresara Rodolfo Walsh, en un documento citado al final de estas páginas,
la izquierda argentina, en todas sus variantes, no podía siquiera
pensarlo...
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Años de violencia,
con hombres de poder absoluto
Apenas habían sonado las dos de la madrugada del
24 de marzo de 1976 cuando fuerzas policiales y del Ejército rompieron la puerta
e irrumpieron en el departamento del sexto piso de un edificio de Avenida del
Libertador al 1100. Sin más, en medio de insultos y gritos, el dueño de casa fue
arrojado al vacío delante de su esposa: se trataba del mayor retirado Bernardo
Alberte, ex delegado personal de Perón en la Argentina durante una etapa del
exilio del líder.
La acción fue un símbolo de la Argentina que se iniciaba, de la Argentina en la
que el en ese momento general Carlos Guillermo Suárez Mason se convertía en uno
de los hombres de mayor poder.
Muchos años más tarde, Bernardo Alberte hijo tendría ocasión de encontrar,
arrinconar, insultar y patear a un Suárez Mason ya sin sus atributos.
Pero durante casi toda la dictadura, como comandante del 1ø Cuerpo de Ejército y
de la Zona 1, fue protagonista no sólo de la implementación de los métodos del
terrorismo de Estado del régimen militar en la Capital y la provincia de Buenos
Aires. También de buena parte de las decisiones políticas y económicas que
empezaron a cambiar para siempre a la Argentina según un diseño de país que
actuó como razón principal del golpe militar de aquel día.
Pozo de Banfield, la Cacha, Automotores Orletti, El Vesubio, Olimpo, fueron
algunos de los centros clandestinos de detención y desaparición de personas
"inaugurados" ya desde los primeros días de la dictadura en jurisdicción de la
Zona 1, por los que —junto a la ESMA— pasaron la mayor parte de los 30 mil
desaparecidos del régimen.
Esos métodos de represión fueron el correlato, la condición de sustento de la
política económica de Alfredo Martínez de Hoz. Fue en esa etapa —salvo el fugaz
antecedente impulsado por Celestino Rodrigo en 1975, durante el gobierno de
Isabel Martínez— cuando se pusieron en marcha las recetas neoliberales.
En lo institucional, la cara pública de la represión ilegal, la dictadura cerró
el Congreso, ilegalizó a los partidos políticos, intervino los sindicatos,
suspendió la vigencia de las leyes laborales y regimentó, cuando no se hizo
cargo directo, del manejo de los medios de comunicación públicos y privados.
En setiembre de 1977, durante una gira por Estados Unidos, el entonces
presidente, Jorge Rafael Videla, reconoció la existencia de desaparecidos en la
Argentina.
El 7 de abril de 1978, el gobierno de la dictadura hacía público un informe
según el cual los detenidos políticos y sociales legales, es decir reconocidos,
llegaban a la cifra de 3.312. Se trataba, en rigor, de los privilegiados de la
política del terrorismo de Estado de la Argentina de esos días.
Clarín, 22/06/05
Biografía de Bernardo Alberte
"Nosotros les prevenimos que algún día vendrá el hombre sencillo de la Patria a
interrogar a sus militares en actividad y en retiro. No los interrogaran sobre
sus largas siestas despues de la merienda, tampoco sobre sus estériles combates
con la nada, ni sobre su ontológica manera de llegar a las monedas, no sobre la
mitología griega ni sobre sus justificaciones absurdas crecidas a la sombra de
la mentira.
Un día vendrán los hombres sencillos de esta tierra, aquellos que fueron sus
soldados, a preguntar que hicieron cuando la Patria se apagaba lentamente, que
hicieron cuando los pobres consumían sus vidas en el hambre y la de sus hijos en
la enfermedad y la miseria, que hicieron cuando los gringos vinieron a
imponernos esa nueva forma de vida "occidental" que todo lo corrompe y compra el
dinero.
Quizás para ese momento, la vergüenza que provoque el silencio como respuesta,
no sea suficiente como castigo."
Con palabras como estas, Bernardo Alberte rechazaba en 1969 acogerse a un
decreto del dictador Onganía que permitía la reincorporación de militares
peronistas dados de baja -como él- luego del derrocamiento de Perón. Despues de
la victoria popular del 11 de marzo de 1973, y al asumir la Presidencia de la
Republica, el Dr. Héctor J. Cámpora en uno de sus primeros decretos reincorporo
a Bernardo Alberte al ejército con el grado de Teniente Coronel en retiro.
No era la primera vez, ni seria la ultima, que el destino de Alberte se cruzaba
con los triunfos y las derrotas populares.
Nacido en 1918, se graduó como Subteniente a los 21 años con las mejores
calificaciones de su promoción. Cuando a comienzos de octubre de 1945 el
entonces Coronel Perón fue destituido y encarcelado, el joven oficial salio en
su defensa. Arrestado en Campo de Mayo, acusado de promover la insubordinación
de la Escuela de Infantería, fue con el levantamiento popular del 17 de Octubre
que Alberte recupero su libertad y su empleo. Ya con el grado de Mayor, en 1954,
fue designado edecán del Presidente. El 16 de junio de 1955 cuando la aviación
naval bombardeo el centro de Buenos Aires y ataco la Casa Rosada con el
propósito de asesinar a Perón, Alberte fue uno de los militares que encabezo la
defensa. En septiembre, al producirse el nuevo y definitivo levantamiento,
entablados los combates entre tropas leales y rebeldes, iba a ser partidario de
resistir hasta las últimas consecuencias. Permaneció junto al Presidente hasta
que Perón decidió renunciar. Entonces los golpistas lo encarcelan en represalia
por haber cumplido con su deber militar y constitucional.
Compartió en Ushuaia la prisión con otros destacados dirigentes peronistas y fue
liberado a fines de 1956. Citado por el Comando en Jefe del Ejército, no quiso
presentarse ante sus verdugos. Declarado en rebeldía se vio obligado a buscar
refugio en Brasil, donde permanecía exiliado cuando fue dado de baja por los
militares golpista.
En Marzo de 1957, desde Río de Janeiro escribe a Perón, entonces radicado en
Caracas, Venezuela, haciendo un balance de los acontecimientos del 55: "Que los
militares eran los que constituían la masa del ejército que le permaneció leal
hasta el último día de su gobierno, pese a las defecciones y traiciones
conocidas de las que no se escaparon de cometerlas también civiles; que ese
Ejército que le era leal con la cooperación del pueblo, con la que siempre se
sintió estimulado, pudo haber vencido a los rebeldes si se hubiera dispuesto a
enfrentar la guerra civil y sufrir los bombardeos y destrucciones que estaba
dispuesta a realizar la Marina. Guerra civil y destrucciones, o algo similar que
ahora, muy probablemente, tengamos que aceptar como única solución para liberar
a la Patria de los sátrapas que la quieren gobernar".
Tras el pacto con Perón que permitió a Frondizi alcanzar la Presidencia, en 1958
fue sancionada una ley de amnistía que le permitió a Alberte regresar al país.
Como no era hombre de deprimirse- al comienzo de su exilio brasileño supo
ganarse la vida como vendedor ambulante de ropa femenina- ya en Buenos Aires
instaló una tintorería a la que llamó "Limpiería" y que con el tiempo se haría
popular a causa de las actividades de su dueño.
Corría 1965 cuando el dirigente metalúrgico Augusto Vandor comenzó a disputarle
abiertamente a Perón el control de su Movimiento. Desde su exilio en Madrid, el
General envió a su esposa Isabel para contrarrestar el avance vandorista. La
casa particular de Alberte sirvió de refugio a la viajera en determinado momento
de su estadía. En junio de 1966, en vísperas del derrocamiento del presidente
Illia, Isabel volvió a Madrid. Pocos días después Vandor, Alonso y otros
sindicalistas, asistían en la Casa Rosada a la asunción del dictador Onganía, a
quien el periodista Mariano Grondona comparaba con el presidente de Francia
general Charles De Gaulle. Y mientras el capitán –ingeniero Alzogaray, designado
embajador en Washington, proponía proclamarlo monarca, Vandor y sus amigos
prefería verlo como un nuevo Perón.
Perón, "El Viejo", el auténtico líder, a comienzos de 1967 nombra a Alberte –su
antiguo edecán- Delegado y Secretario General del Movimiento Peronista. Alberte
puso fin a la etapa de "desensillar hasta que aclare", y desafiando las
persecuciones desatadas por la dictadura, en poco más de un año puso en pie a un
Movimiento que estaba postrado y dividido, dando particular intervención a la
juventud.
Debió enfrentar las tendencias conservadoras y burocráticas dentro del
peronismo, tanto en su sector político como gremial. Su gestión política fue
determinante para el surgimiento en marzo de 1968 de la C.G.T. de los
Argentinos, central obrera que creó un nuevo instrumento de lucha sindical, y
donde actuaron entre otros: Raimundo Ongaro, Jorge Di Pascuale, Agustín Tosco,
Atilio López, Rodolfo Walsh e Hipólito Solari Irigoyen, es decir, sindicalistas,
peronistas, radicales, izquierdistas, etc.
La política seguida por Alberte fue de lucha frontal contra el régimen de
Onganía y de apertura a los sectores sociales y políticos que se le oponían. Uno
de sus resultados fue el acercamiento de la masa estudiantil al movimiento
obrero a través de la C.G.T. de los Argentinos. Así se logró arrinconar al
"participacionismo", abriendo una nueva perspectiva en el panorama político
argentino que desembocaría en el Cordobazo de 1969. Pero para entonces Alberte
ya no ocuparía el cargo de Delegado, al que renunció en marzo de 1968. Perón
designó en su reemplazo a Jorge Daniel Paladino, personaje al que el mismo Perón
acusaría, en 1971, de haberse transformado en un agente del dictador Lanusse.
Bernardo Alberte, en cambio, siguió en la misma línea, compartiendo posiciones
con John William Cooke y Gustavo Rearte. A pocos meses de su renuncia editó el
periódico Con Todo, portavoz del peronismo revolucionario, y salió públicamente
en defensa de los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP)
arrestados en Taco Ralo, Tucumán, en septiembre de 1968.
Durante el congreso clandestino celebrado por el peronismo en Córdoba en enero
de 1969, Alberte pronunció un discurso que obtuvo mucha repercusión. "Hay que
dominar la estrategia mejor que los generales que la emplean para oprimir y
sojuzgar y que en nuestras manos debe servir para liberarnos. En esta época de
transición entre el capitalismo y el socialismo, entre el miedo y la libertad,
entre lo que cae y lo que viene, hay que ser un hombre de acción para ser digno
de la conducción de las masas populares".
Al hablar en el cementerio de la Chacarita, el 22 de julio de 1971, después del
secuestro y asesinato de Juan Pablo Maestre y su esposa Mirta Misetich, Alberte
reveló que ambos eran militantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR),
reivindicando como combatientes a quienes hasta entonces sólo aparecían ante la
opinión pública como víctimas de la represión ilegal.
En 1973, las vísperas del retorno del Peronismo al gobierno, Alberte observaba
el futuro con prevención: "A esta altura de la situación ya se ha puesto en
evidencia (...) la trampa de la Junta Militar cuyo objetivo es integrar al
Peronismo al sistema con la finalidad de crear un gobierno favorable al
continuismo. (...) Pero aunque no prevaleciera la maniobra oficial, si pasando
por encima de los ardides tramados (...) triunfara un gobierno no dispuesto a
mantener la línea continuista, la trampa le estará esperando siempre".
Coincidía su visión de los acontecimientos con la de Gustavo Rearte. Y cuando la
"primavera" de Cámpora agonizaba, a comienzos de julio de 1973, tuvo que volver
Alberte a la Chacarita para despedir los restos de uno de los fundadores de la
Juventud Peronista –Gustavo-, derribado prematuramente por el cáncer, como cinco
años antes lo fuera Cooke. Quiso el destino que don Bernardo confortara a los
dos en sus últimos días, como amigo y compañero.
No ocupó Alberte cargo alguno en los gobiernos peronistas que se fueron
sucediendo. Se mantuvo en un segundo plano hasta 1975. Entonces se puso a la
cabeza de la Corriente Peronista 26 de Julio, acompañado entre otros por Susana
Valle, y salió a denunciar frontalmente al golpismo que se avecinaba. "Sabemos
que desde las estructuras del Movimiento y del gobierno, hubo y hay quienes
desvirtuaron y desvirtúan los contenidos del Peronismo –cuando no los
traicionaron-; los hemos señalado oportunamente –cuando el silencio gorila
callaba las acciones de López Rega- y los seguimos señalando".
Pocos días antes del golpe, la represión ilegal desembozada irrumpía en las
oficinas céntricas donde funcionaba la Corriente 26 de Julio con el evidente
propósito de secuestrar a Alberte. Pero esta vez los paramilitares fallaron en
su intento.
En la víspera del 24 de marzo dirigió una memorable carta a Videla, poniendo en
evidencia la responsabilidad de las Fuerzas Armadas en la represión ilegal, que
acababa de cobrarse la vida de un joven colaborador suyo, Máximo Altieri.
Horas después, en momentos de producirse el golpe militar, efectivos uniformados
del Ejército y la Policía Federal irrumpieron en el domicilio de Alberte,
derribando la puerta con sus armas y profiriendo insultos y amenazas. Sin poder
ejercer defensa alguna, ante el despliegue desmesurado de efectivos y armas
utilizadas, don Bernardo fue arrojado al vacío desde una de las ventanas de su
departamento. Al caer a un patio de la vivienda del primer piso, su morador, el
Dr. Herrera, ex juez y otros testigos que presenciaron el hecho, fueron
amenazados con armas largas para que silenciaran lo visto. En tanto el cuerpo de
Bernardo Alberte yacía exámine, su casa era violada y saqueada, intimidándose a
sus familiares con armas de fuego.
Sus familiares iniciaron antes la Justicia una querella al responsable del
Ejército, el general Videla, pero se encontraron con jueces que se declaraban
incompetentes pese a tener pruebas suficientes para esclarecer el hecho. Así se
dieron trágicas anécdotas como la del Juez Rafael Sarmiento que, cuando el
abogado patrocinante de la familia le dijo que a Alberte lo habían tirado con
vida por la ventana, contestó "¿Y con eso...? A todos los peronistas habría que
tirarlos por la ventana". O la del Juez Juan Bautista Sejean, que le confesó al
propio hijo de Alberte que tenía miedo de investigar y por eso se declaraba
incompetente.
Don Bernardo era consciente de los riesgos que corría al decidir permanecer en
su hogar la noche del golpe. Complejo sería intentar describir el entrecruce de
razones y sentimientos que pudieron llevarlos a desoír la voz del sentido común
que estaba acostumbrado a desafiar con valentía. Los generales que ordenaron su
asesinato debían de conocerlo bien, sabían que combatiría a la dictadura con
todo el peso de su prestigio y coraje.
Fuente: El Descamisado
Bernardo Alberte,
primera víctima del golpe del '76
"Lo tiraron desde el sexto piso"
El mayor Alberte terminaba de escribir una carta al jefe del Ejército, Jorge
Videla, cuando fue tirado por la ventana por un grupo de tareas, que inauguraba
la sangrienta represión de la última dictadura militar.
Alberte fue delegado personal del ex presidente Perón y secretario general del
Movimiento Peronista.
Miguel Bonasso, Página 12, 22/03/99
"¡Alberte, te venimos a matar!", gritaron los hombres del Ejército que vestían
uniforme de combate. Y el teniente coronel retirado Bernardo Alberte supo que
hablaban en serio. Intentó alcanzar su pistola, pero no le dieron tiempo. Lo
agarraron entre varios y lo arrojaron al vacío. Su cuerpo destrozado fue llevado
al Hospital Militar y a la comisaría 31 de la Policía Federal, pero el crimen
quedó impune. Durante años su hijo Bernardo y sus hermanas recorrieron los
estrados judiciales, donde sólo encontraron odio, indiferencia y cobardía. La
causa quedó cubierta por el polvo y el olvido. Como el nombre mismo de Bernardo
Alberte, ex delegado de Juan Perón y ex secretario general del Movimiento
Peronista en los duros años del onganiato. Un rato antes de que llegaran los
visitantes de la noche, el Yorma, el Tintorero, como lo conocían amigos y
enemigos, había tecleado una carta al comandante en jefe del Ejército Jorge
Rafael Videla, denunciando el secuestro y asesinato de Máximo Altieri, un joven
militante de su agrupación (la Corriente Peronista "26 de Julio"), y los
intentos de bandas armadas, integradas inequívocamente "por elementos de
seguridad", que habían pretendido secuestrarlo a él mismo. Allí Alberte, sin
esperanzas, advertía al futuro dictador sobre los alcances de la enorme ordalía
de sangre que las fuerzas a su mando estaban por desatar contra el pueblo
argentino. Terminó de escribirla a la una de la madrugada de un día muy
especial: el 24 de marzo de 1976. Una hora después los asesinos irrumpían en su
departamento de avenida Libertador al 1100, perpetrando el primer asesinato de
una serie que sumaría más de treinta mil. Por una extraña paradoja de la
historia, la primera víctima del golpe militar resultaba ser un militar. Claro
que un militar muy especial, que reverenciaba al Che Guevara, odiaba a "la
oligarquía y el imperialismo" y se había tomado en serio la consigna de Eva
Perón: "El peronismo será revolucionario o no será nada". A veintitrés años del
crimen impune, Página/12 entrevistó a Bernardo Alberte hijo, que no ha cesado un
solo día de bregar por la memoria de su padre. Este es el diálogo y la historia
trágica de un peronista tercamente ético que fustigó sin piedad "a los
dirigentes del movimiento que se pasaron al enemigo" y a sus antiguos camaradas
de armas, convertidos en "una banda de asesinos y torturadores".
–Bernardo: ¿su padre ha sido olvidado o silenciado?
–Ha sido silenciado por este peronismo traidor y socio de los genocidas que está
en el Gobierno.
–Cuéntenos, entonces, quién fue Bernardo Alberte.
–Fue el hijo de un inmigrante español que puso una vinería. Papi era un hombre
del pueblo que, por alguna razón que desconozco, se hizo militar.
–¿Y eso le dejó huellas? ¿Era "milico" en la vida personal?
–Y bueno, en algunos aspectos formales, sí. Era severo, introvertido.
Madrugador. Se levantaba a las seis de la mañana. Pero, a diferencia de varios
de sus colegas, siempre fue un formidable laburante. Un tipo exitoso en el
comercio, que nunca le hacía ascos al laburo. Y que a mí y a mis hermanas nos
tenía al trote para que estudiáramos y trabajáramos.
–¿Cuándo nació?
–El 17 de noviembre de 1918. Tendría ahora 80 años. Tenía 56, casi 57 cuando fue
asesinado. Ahora bien, lo más importante de Bernardo Alberte fueron los grandes
cambios que sufrió a lo largo de su vida. Como fue cambiando su conciencia de la
realidad argentina, desde que se graduó como subteniente con las mejores
calificaciones de su promoción.
–¿Cuándo se hizo peronista?
–Fue peronista desde los orígenes mismos del movimiento. Y tal vez por eso mismo
nunca fue un obsecuente. Cuando se las tenía que cantar al propio Perón, se las
cantaba. (De ahí que Perón lo llamara "el gallego cabezadura"). Así lo hizo en
su primera carta de 1957 y así lo hizo en la última, escrita en octubre de 1972,
en vísperas del famoso retorno.
–¿Qué le "cantaba" a Perón en esas cartas?
–En la de 1957 (que le mandó al exilio de Caracas) le decía que entendía por qué
no se había puesto al frente del Ejército leal y del pueblo, para enfrentar a
los gorilas. Aquello de evitar el derramamiento de sangre. Pero al mismo tiempo
se preguntaba y le preguntaba cuánta sangre haría falta para desalojar del poder
a sátrapas como Aramburu y Rojas. En la de 1972 lo prevenía contra aquello otro
de volver al país "como prenda de paz" y no como líder de una verdadera
revolución peronista.
–¿Cómo empezó la militancia del joven Alberte?
–En octubre de 1945, cuando el entonces coronel Perón fue destituido y enviado
preso a la isla Martín García, papá, que era teniente, intentó levantar a la
Escuela de Infantería. Falló en su intento y fue degradado y encarcelado.
Después del levantamiento popular del 17 de octubre, recuperó la libertad y el
grado. En 1954, cuando era mayor, lo designaron edecán del presidente y en esa
función estuvo al lado del general Perón hasta que éste decidió renunciar y
salir del país. En junio de 1955, cuando la aviación naval bombardeó la Casa
Rosada, Alberte fue uno de los militares que encabezó la defensa del orden
constitucional. Y en setiembre, al producirse el nuevo levantamiento, fue
partidario de resistir hasta las últimas consecuencias. Los golpistas lo
encarcelaron en represalia por haber cumplido con su deber militar y
constitucional y lo confinaron en las cárceles flotantes, en la Penitenciaría,
en el Penal de Magdalena y finalmente en la cárcel de Ushuaia. Recuperó su
libertad recién a fines de 1956.
–Tal vez, paradójicamente, de esa manera salvó su vida, porque si hubiera estado
en libertad, se hubiera enganchado en el levantamiento de junio de 1956 y
hubiera sido fusilado como el general Juan José Valle.
–Sin duda. Por algo la viuda del general Valle le entregaría después, en el
sesenta, las charreteras de general que le arrancaron a su esposo antes de
fusilarlo en la Penitenciaría. Custodia que mi padre le agradeció en una carta,
como el "más grande honor de su vida". Y es tan cierto que salió de la cárcel y
anduvo perseguido hasta que se asiló en la embajada de Brasil y luego tuvo que
salir al exilio en ese país. Entonces el Ejército lo dio de baja. El exilio fue
una experiencia que le dejó huellas todavía más dolorosas que la prisión.
–¿Cuáles son sus recuerdos personales de aquellos momentos?
–Yo nací en 1948, así que cuando papá fue preso por primera vez yo tenía siete
años. Y me recuerdo, claro que me recuerdo. Me recuerdo de las cartitas que le
mandaba al barco diciéndole: "¿Papi, cuándo nos vas a invitar a dar una vuelta
en el río?". Porque él, evidentemente, no quería dramatizar la situación y uno
se figuraba, casi, como que estaba de paseo.
–¿Y en el exilio?
–A Brasil, en los primeros tiempos, fue solo. Después fuimos nosotros. Al
principio fue vendedor ambulante. Vendía ropa interior. Después consiguió un
trabajo de escribiente en una oficina. Cuando volvió del exilio, después de la
amnistía de Frondizi en 1958, tuvo que disminuir bastante su actividad política
para recomponer la situación económica. Porque nunca olvidó que tenía mujer y
cuatro hijos. Primero puso un negocio de compostura de calzado en el acto. Y le
fue bien. Después la tintorería de la calle Juncal, que él llamó La Limpiería. Y
conservó hasta el final. La Limpiería que yo sigo atendiendo hasta el día de
hoy. Como le dije: era muy laburador. El siempre les decía a los muchachos: para
militar hay que robarle horas al sueño, porque si no se deteriora la parte
económica y sufre la familia. Pero, a comienzos de los sesenta, ya estaba de
nuevo militando a full.
En el ‘65, cuando Isabel Perón vino a la Argentina enviada por el General para
frenar el alzamiento neoperonista de (Augusto) Vandor, se alojó primero en el
hotel Alvear y luego en el hotel del Sindicato de Luz y Fuerza, adonde iban
todos los días los gorilas para armarle quilombo. Era una situación peligrosa y
complicada. Un día vino (Jorge Daniel) Paladino por casa (nosotros vivíamos
entonces en la calle Yerbal) y le dijo al viejo que no sabían dónde meterla.
Entonces papi les dijo: "Bueno, tráiganla a casa". Y la trajeron nomás. Estuvo
como quince días allí en la calle Yerbal, con algunos hombres de custodia.
–¿Y López Rega? Porque se dice que fue su papá el que le presentó al Brujo.
–Bueno, ya va a ver. Los custodios de Isabel en aquel momento eran dos muchachos
que terminaron en trincheras diferentes: Alberto Brito Lima y Dardo Cabo. Brito
Lima terminó con la gente de (Jorge) Osinde y (José) López Rega que hicieron la
masacre de Ezeiza y Dardo, en cambio, fue asesinado por los militares en la
cárcel. En aquellos días dormían en mi pieza y le aseguro que era una ferretería
la casa. Había unos matracones que Dios nos libre. Un día llamaron por teléfono
los "comandos civiles" o algo así, diciendo que iban a tomar la casa y había que
sacar a Isabelita de cualquier forma. Papi les propuso que se descolgaran con
una soga por la pared trasera (que tenía unos doce metros de altura) y se
escaparan por las vías del ferrocarril. Isabel lo miraba como diciendo "éste
está loco". Y se cambió el plan de fuga. A Isabel la sacaron con una jugada de
novela: mi hermana se puso una peluca rubia y salió por la puerta con toda la
custodia. Y todos los policías y los periodistas se fueron detrás, permitiendo
que al rato Isabel se esfumara sin llamar la atención. Y fue en esos días,
efectivamente, cuando apareció el Brujo López Rega por casa. El tenía entonces
una imprenta, Suministros Gráficos, y hacía trabajos para el movimiento.
–Se dice que su papá y él pertenecían a la logia Anael.
–Yo siempre lo negué, porque papi –que era muy reservado– no me lo dijo nunca.
Pero parece que es cierto. La logia había sido creada por el ex juez Julio César
Urien y, en realidad, era una agrupación antiimperialista, tercermundista, que
luego López Rega (que debía ser de la CIA nomás) cargó de contenidos fascistas.
La cosa es que yo un día llegué del colegio y me encontré sentado en la sala a
un tipo bastante estrafalario, que me hizo preguntas raras, de trastornado. Y
era, claro, López Rega. Que conoció a Isabel en mi casa y a partir de ese
momento se le pegó para siempre con las consecuencias que todos conocemos.
–Llegamos, entonces, a su etapa como delegado.
–Perón designó a papi como delegado personal y secretario general del movimiento
en 1967. Cuando se acabó la política del "desensillar hasta que aclare", que él
mismo había propiciado al comienzo de la dictadura de (Juan Carlos) Onganía,
había que volver a reorganizar las fuerzas para pegar duro. El enfrentó al líder
de la UOM, (Augusto) Vandor y al jefe de los que entonces se llamaban "participacionistas", el dirigente de la Uocra, Rogelio Coria. Y los echó del
movimiento. Que empezó a reorganizar poniendo el eje en la nueva militancia, en
la juventud. Fue entonces cuando se llevó a cabo el Congreso de la Juventud.
También apoyó decididamente al gran enemigo de Vandor, Raimundo Ongaro, y a la
CGT de los Argentinos que éste conducía en contra de las direcciones sindicales
vendidas a las patronales y los milicos. El siempre denunció todas las trampas
del régimen para captar al peronismo y neutralizarlo. Por eso, cuando el general
Onganía quiso devolverle el grado, junto con otros militares peronistas, se negó
diciendo que no lo aceptaría hasta que le devolvieran el grado y el uniforme a
Juan Perón. Lo que hizo que muchos de sus antiguos camaradas, dispuestos a
aceptar la canonjía del dictador, lo putearan. En marzo de 1968, cuando se
produjo el congreso normalizador de la CGTA, renunció a sus cargos.
–En rigor, Perón lo reemplazó por el conservador Jerónimo Remorino.
–Sí. Y por (Jorge Daniel) Paladino.
–¿Nunca más lo volvió a ver a Perón? ¿Ni siquiera cuando regresó?
–Nunca. Sólo fue a despedirlo cuando murió, el primero de julio de 1974. Allí
estuvo en la fila, bajo la lluvia, como un peronista más. No quiso usar sus
privilegios como ex delegado, como tampoco quiso arrimarse al último Perón para
tener un cargo en el gobierno. En algún momento le ofrecieron ser nombrado
presidente de YPF, pero cuando él presentó su plan para levantar la petrolera
estatal, obviamente no lo llamaron.
–¿Fue amenazado por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina)?
–Fue amenazado, pero siguió haciendo su vida normalmente.
–Es increíble que no lo hayan asesinado. ¿Pudo ser un inesperado escrúpulo del
Brujo?
–No creo. Pienso más bien que lo pudo haber salvado alguno de sus antiguos
camaradas que se sumaron a la Triple A. Alguien que vio una lista y dijo, por
ejemplo: "¿Alberte marxista, no me jodan?".
–Pero él se había radicalizado mucho. Simpatizaba con la revolución Cubana, con
las organizaciones armadas. ¿No?
–Sí. Centralmente con el grupo de Gustavo Rearte y con el Peronismo de Base y
las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP).
–Pero en 1976 los militares cumplieron la sentencia de la Triple A. ¿Cómo fue el
asesinato?
–El 20 de marzo lo fueron a buscar a las oficinas de la Corriente 26 de Julio,
en la calle Rivadavia. Y no lo encontraron. En aquellos días él salía de casa
con el impermeable enrollado en el brazo para tapar el revólver que llevaba
apuntando. Pese a ser militar no era un hombre adicto a las armas. Pero tampoco
quería que lo mataran "sin llevarse a uno del otro lado". Entonces secuestraron
a este compañero, Máximo Altieri, un militante de la corriente. El episodio lo
conmocionó tanto que hasta escribió una carta a las Tres A diciendo que él se
canjeaba por el muchacho. La carta, que conserva mi hermana, no llegó a hacerse
pública porque el viejo, enloquecido, salió a buscarlo y no paró hasta
encontrarlo. Tarde, desgraciadamente. Encontró su cadáver destrozado en la
morgue del cementerio de Avellaneda. En la noche del 23. El último día de su
vida. Esa mañana yo le había dicho que se rajara, que lo iban a matar, pero él
se encogió de hombros y me miró como diciendo: "Yo no me voy más". Entonces
llegó a casa y se puso a escribir la carta a Videla, denunciando el asesinato de
Altieri. La terminó a la una de la madrugada. A las dos llegaron los carros del
Ejército y cortaron la cuadra de Libertador que va de Ayacucho a Schiaffino,
frente a donde estaba el Italpark. Rompen la puerta de entrada. Van directamente
al departamento del encargado y lo llevan para que los guíe hasta la casa de
Alberte. Suben los seis pisos por la escalera. Rompen la puerta de servicio a
culatazos y entran gritando: "¡Alberte, te vamos a matar! ¡Por tu culpa murieron
muchos camaradas!". Papi intenta alcanzar su pistola, pero lo arrojan desde el
sexto piso. Cae muerto en el patio del primer piso, donde vivía un juez de
apellido Herrera, que sale despavorido a ver lo que estaba pasando. Un tipo del
Ejército lo encañona y le dice que, si se atreve a denunciar el hecho, él
también va a morir. Mami y mi hermana Lidia estaban tiradas en el piso,
apuntadas por los fusiles. A mi hermana se la quieren llevar, pero por milagro
se salva. Buscan papeles. Armas que no hay. Y se salva también milagrosamente la
correspondencia Perón-Alberte, que papi ha tenido la prudencia de entregarle,
días antes, a un compañero de fierro (Tomás Saraví) que se la lleva a su exilio
de Costa Rica y la preserva. Durante años la daremos por desaparecida, hasta que
hace poco, otro querido amigo y compañero, Goyo Levenson, me dice que la busque
en Costa Rica. Y ahora que la recuperamos la vamos a publicar con Eduardo
Gurrucharri. Milicos y policías saquean la casa. No dejan nada. Concluido el
operativo, el responsable del asesinato, identificándose con nombre y rango
llama al Hospital Militar Central, para pedir una ambulancia. Que llega, a cargo
de un doctor Pisione y del teniente Federico Guañabens (cédula de identidad Nº
7.016.526). En la guardia del Hospital Militar el cadáver de mi padre es
recibido por el teniente primero Figueroa, jefe de servicio de la guardia del
hospital. Pero, ante lo comprometedor del caso, deciden derivar el cuerpo a la
comisaría 31 y arrancar la página del día del libro de entradas para no dejar
huellas.
–¿Qué hicieron ustedes?
–Todo lo que pudimos. Algunos nos preguntaban si no teníamos miedo. ¿Pero cómo
va uno a sentir miedo con tanto dolor? Si nos hubiesen matado como a él, nos
habrían hecho un favor. Entonces conocimos los mayores extremos de grandeza y
miseria de la condición humana. Dos jueces se declararon incompetentes: Juan
Bautista Segean y Rafael Sarmiento. Segean me dijo directamente: "Si investigo,
me matan a mí también". Sarmiento fue más lejos y le dijo a nuestro abogado: "No
sólo a Alberte había que tirarlo por la ventana, sino a todos los peronistas".
Nuestro patrocinante, en cambio, era un tipo maravilloso. Quiero rendir homenaje
a Jorge Garber, abogado de discapacitados, que iba él mismo en silla de ruedas a
Tribunales, empujado por su formidable coraje. Después la causa se radicó en el
propio Comando en Jefe del Ejército, en el Consejo de Guerra Especial Estable de
la Capital Federal. Con los resultados que usted se podrá imaginar. En junio del
‘76 nos volvió a golpear la tragedia, cuando secuestraron a mi cuñado Alberto
Bello, esposo de mi hermana Silvia, que fue asesinado en Córdoba. En 1979,
cuando vino la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, hicimos la larga
cola de familiares para denunciar los dos crímenes y allí vimos a esas Madres de
Plaza de Mayo, a las que les decían locas porque habían sabido ver antes que
nadie la dimensión real del infierno. En el largo via crucis hubo un juez,
Olivieri, que al menos llamó a declarar a los vecinos como testigos. Pero ni con
eso logramos que se hiciera justicia. Otro juez, Eduardo Marquardt, ordenó "archivar las actuaciones". En ese largo peregrinar pedimos, junto con mi
hermana Silvia, el apoyo de abogados peronistas. Hubo borradas históricas. Italo
Luder, que en ese momento estaba en campaña electoral, se negó en redondo a
firmar el escrito, aduciendo que "el tema Alberte era un caso muy espinoso".
Igual hizo Angel Federico Robledo. En cambio el futuro embajador en Estados
Unidos, Diego Guelar, que reconoció a mi hermana Silvia porque había militado
con su esposo Alberto, aceptó firmar. Otros firmaron y luego se arrepintieron
como el doctor Gerardo Conte Grand. Entre los firmantes estaban Carlos Corach,
César Arias, Alberto Iribarne y el mismísimo Carlos Saúl Menem, que nos impactó
al decir: "Si es por don Bernardo, primero firmo y después leo". Claro que el
impacto solidario se nos borró cuando firmó el indulto de los asesinos de mi
padre y esos otros letrados justicialistas que cité lo avalaron. O cuando
concurrió al velorio de su amigo el fusilador Isaac Rojas, junto con Massera y
Astiz.
–¿Qué hubiera hecho Bernardo Alberte frente al peronismo de hoy en día?
–Hubiera hecho lo mismo que hizo frente a los traidores como Vandor y Coria.
Atacarlos y denunciarlos. Creo que se hubiera muerto de nuevo. Creo que de algún
modo más sutil ellos también lo habrían matado.
¿POR QUE BERNARDO ALBERTE?
En nombre del padre
Miguel Bonasso
Bernardo Alberte (50) es hijo del otrora legendario delegado de Juan Perón, el
"Yorma" Bernardo Alberte. Y junto con sus hermanas ha dedicado gran parte de su
vida a tratar de que el asesinato de su padre no quedara impune y su memoria no
fuera borrada por los que usufructúan los símbolos históricos del peronismo. En
su casa hay una vitrina con mudos testimonios de una historia malversada: las
charreteras que los "libertadores" le arrancaron al general Juan José Valle
antes de fusilarlo. La gorra verde oliva de su padre. Es un personaje bueno,
tierno, que sigue llamando "papi" al hombre duro y ético que le arrebató la
patota militar. Bernardo hijo aún atiende el negocio heredado de Bernardo padre:
La Limpiería de la calle Juncal, que alguna vez fue la jabonería de Vieytes de
un peronismo romántico y peleador, confinado por el cinismo modernizante a las
nieblas de la leyenda y la historia. Como tantas miles de víctimas, sigue
esperando "ese oscuro día de justicia", que el año pasado pareció acercarse un
poquito a la realidad con las suaves detenciones de Videla, Massera, Bignone,
Nicolaides, Acosta y el muy augusto hijo de su madre, Pinochet. Pero ese hombre
bueno, como suele suceder, se transfigura cuando se topa en la calle con los
malos. Como ocurrió con el ex general Carlos Guillermo Suárez Mason, a quien un
buen día agarró de la campera, hasta romperle la manga, metió en un garaje y le
dijo de buenas a primeras: "Vos mataste a mi padre". El anciano fofo que se
deshacía entre sus manos le contestó "yo no maté a nadie" y, por unos instantes,
lo dejó descolocado. "Pero vos sos Suárez Mason", dijo Bernardo Alberte flotando
entre la pregunta y la afirmación. Y como la respuesta fue afirmativa, comenzó a
cachetearlo y escupirlo, hasta que el asco lo hizo detenerse. Circunstancia que
aprovechó el general para intentar una retirada que nunca hubiera podido ser
digna, pero que se convirtió en grotesca por la certera patada que recibió en
las nalgas. Otro buen día, Alberte se encontró con el juez que había celebrado
el salto al vacío de su padre y esta vez se limitó a putearlo. Rafael Sarmiento
ensayó una disculpa y Bernardo le respondió que llegaba con veinte años de
retraso. Durante los años más negros de la dictadura militar, Bernardo Alberte
(hijo) bregó para que se esclareciera el asesinato de su padre. Ahora libra otra
clase de lucha para salvarlo de esa segunda muerte que es el olvido de la
democracia amnésica.
Fuente: Página/12
Entre los miles de hombres y mujeres que
sufrieron y resistieron los bombardeos de Plaza de Mayo, hubo un militar que
luego sería edecán de Juan Domingo Perón y que el 16 de junio de 1955 participó
de la defensa de la democracia. Se trata del Mayor Bernardo Alberte, quien en
palabras del recordado y entrañable periodista Emilio Corbière, "fue un ejemplo
como lo fueron, en el peronismo, John W. Cooke, Andrés Framini, la querida e
inolvidable Alicia Eguren, Gustavo Rearte, Juan José Hernández Arregui, entre
otros, y no los monigotes actuales. Fue delegado de Juan Perón y secretario
general del Movimiento Peronista bajo la dictadura de Onganía. Era un militante
de hierro pero detrás de su adustez había un varón cordial, un compañero
entrañable, que siempre buscó la unidad de los revolucionarios. Nunca buscó
cargos, ni candidaturas, ni prebendas. Fue solidario con los perseguidos. Por
todo eso, los militares criminales lo fueron a buscar a su domicilio y allí lo
asesinaron" el 24 de marzo de 1976.
A continuación, la carta que escribió Alberte a Jorge Rafael Videla pocas horas
antes de ser secuestrado por miembros del Ejército Argentino.
Un documento que en medio de los aniversarios por los bombardeos sobre Plaza de
Mayo en 1955 y los fusilamientos de junio de 1956, echa luz para entender por
qué el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional es una punta del ovillo
que iniciaron las bombas arrojadas sobre la población civil el 16 de junio de
1955 para derrocar al gobierno constitucional del General Juan Domingo Perón
Buenos Aires, 24 de marzo de 1976
Al Sr. Teniente General
D. Jorge Rafael Videla
Comandante General del Ejército
S/D
Me dirijo a Ud. a los efectos de informar lo siguiente:
1.- El día 20-III-76, a las 20